CORAZONES AISLADOS
Rafael Rodríguez Castañeda

Colección / Collection
Los cuentos del cíclope (A Book for a Buck), núm. 004
Primera edición electrónica: marzo de 2011
First digital edition: March, 2011
Publicado por Tártaro en Smashwords
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Copyright © Rafael Rodríguez Castañeda, 2011
Copyright © Tomás Zurián (ilustración en interiores / interior illustration), 2011
Copyright © Tártaro Servicios Editoriales, SA de CV, 2011
Av. Insurgentes Sur 377-503, colonia Hipódromo de la Condesa, delegación Cuauhtémoc, 06170, México, Distrito Federal
ISBN (ePub): 978-607-9150-08-2
ISBN (ePub, colección completa / complete collection): 978-607-9150-00-6
ISBN (mobipocket): 978-607-9150-09-9
ISBN (mobipocket, colección completa / complete collection): 978-607-9150-04-4
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Noticias
Con La noche boca arriba de Julio Cortázar y La fiesta brava de José Emilio Pacheco, Corazones aislados completa una Trinidad profana en la cartografía del relato negro y fantástico cimentado en la tradición mexica del sacrificio humano. Inédito hasta hoy, un jurado presidido por Carlos Monsiváis lo seleccionó en 1996 entre los ganadores del Concurso de Crónica y Cuento del Metro.
Historiador (La Profesa, Sedue, 1988, en coautoría con L. Autrey; Cincuenta años de La Cruz Azul, Cooperativa Cementera, 1981), ensayista y narrador, Rafael Rodríguez Castañeda (Pachuca, Hidalgo, 1940) es autor de la novela Viaje (UAM-X, 1991) y de El descarrilado (Latitudes, 1979), que reúne sus cuentos como becario del Centro Mexicano de Escritores (1964-1965).
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de las diez y media de la noche la afluencia al Metro comienza a declinar. Fatigados asientos quedan disponibles en los trenes para el pasaje que espera en las semidesiertas estaciones.
Ningún pasajero de esa hora sospecha que realiza su último viaje. Todos creen llegar a una de las estaciones cercanas al corazón de la ciudad. El tren comienza a frenar, ellos vislumbran sin leer la reiterada publicidad mural del andén, y oyen sin escuchar el chirrido de los frenos; el convoy se detiene, las puertas se abren, abandonan el vagón y se dirigen con escasa paciencia a la superficie mientras el silbato anuncia el cierre de puertas. El andén queda vacío cuando el tren se pierde en la penumbra del túnel y quienes buscaban la salida se enfrentan a la súbita oscuridad de lo que aparenta ser un apagón.
Sorprendidas sobre pasillos y escaleras, las víctimas comienzan a sospechar que algo anómalo ocurre al percibir la temperatura y el olor, que no son los habituales. Nunca vuelven a ver la luz; si recurren a cerillos y encendedores, en la penumbra descubren una áspera red que impide sus pasos. Minutos después constreñirá sus movimientos por completo. Quedan atrapados entre histeria y angustia crecientes. Aún no saben que son las presas en turno de la falsa estación, hacia la cual fue desviado el tren en que viajaban sin que nadie se diera cuenta. Más tarde los primeros serán sacrificados en la Sala Central. Además del horror de una muerte inminente, los demás sufren una espera que se puede prolongar de dos a quince días.
En los días sucesivos también, los diarios comienzan a dar cuenta de afligidas denuncias. Surgen hipótesis de secuestros con móviles diversos, desde plagio hasta esclavitud sexual en países remotos. A los campos militar y judicial les inculpan desapariciones que no han cometido. Algunas ausencias se vuelven materia irresuelta del Ministerio Público y de las procuradurías de justicia; otras originan solicitudes de información, publicadas con fotografías y señas particulares. No sin ironía, este tipo de anuncios se exhibe sobre los propios andenes. La trampa de la falsa estación explica parte de los tres mil seiscientos extravíos mensuales que ocurren en la ciudad más poblada del mundo.
La Sala Central, expresión cargada de un simbolismo sacro para una docena de iniciados, es el nombre de una cámara subterránea, galería artificial cavada subrepticiamente por cuadrillas anónimas durante la construcción de las primeras líneas del Metro.
Se trata de un espacio elíptico cuyas dimensiones resulta imposible determinar debido a un efecto de iluminación que impide ver la profundidad y altura de muros y bóvedas. Si fuera posible disociarla de los ritos que allí se ejecutan, semejaría una sala de museo mal alumbrada, porque a una distancia engañosa del cóncavo techo se configuran dos filas paralelas de pilastras que sirven de base a piezas arqueológicas aztecas, procedentes de los alrededores del Templo Mayor. Los haces de luz contrastan feroces bajorrelieves; predominan representaciones de serpientes y de la muerte.
La disposición de las primeras esculturas a izquierda y derecha obedece al simple criterio del tamaño: a la entrada están las piezas menores y al fondo las de mayor volumen. Sin embargo, este orden se rompe cerca de la piedra de sacrificios: independientemente de sus diversas dimensiones, allí se concentran las más hermosas y atroces. Las ordena su creciente magnetismo ofídico, su potencial aterrador. Esta impresión se magnifica según su proximidad al sitio donde hay huellas de sangre perennes.
La Sala Central es un Mictlán subterráneo concebido y edificado con recursos de ingeniería superiores a los que se utilizaron para construir los túneles del Metro. Inspiró esta obra demencial una interpretación aberrante de la religión azteca. El proyecto de caverna y altar de sacrificios, así como de la sociedad secreta que oficia allí, son obra de una mente extraviada y una pétrea voluntad: las de Pierre Vieillard.
Pierre Vieillard cursaba su último grado en el Politécnico de París cuando una función de cine le causó honda impresión. Vio una película1 de aventuras donde Jean-Paul Belmondo destacaba entre un grupo de expedicionarios de la Amazonia en busca de un ídolo con una enorme esmeralda incrustada al frente.
El personaje que sedujo a Pierre Vieillard, sin embargo, no fue el galán, sino el jefe del grupo, un viejo médico parecido a Jacques Vieillard, su abuelo, quien a la postre resulta ser el antihéroe: cuando hallan al ídolo, el viejo coloca en su respectivo pedestal otras dos estatuillas similares que ha llevado ocultas, igual que su identidad de sumo sacerdote. La convergencia triangular de iridiscencias esmeralda ilumina la clave secreta para abrir una insospechada gruta natural, convertida en templo, donde se perpetran ritos ancestrales.
El título de ingeniero civil y las relaciones de su abuelo con los ingleses sirvieron a Pierre Vieillard para conseguir trabajo en las minas chilenas de Lota y Coronel. Ir a Sudamérica constituía el primer paso en pos de su objetivo inconfesado, que era establecer contactos oblicuos para acercarse a Brasil.
Mientras consolidaba su prestigio profesional gracias a su talento en el cálculo de perforaciones riesgosas y ademes difíciles –Vieillard siempre los llamó «ademajes»–, en sus horas libres comenzó a estudiar tratados de religión precolombina.
Se desilusionó al saber que los sacrificios humanos entre los originarios habitantes de Brasil eran esporádicos e incruentos, pero entonces ocurrieron dos acontecimientos fortuitos y definitivos como la visión de aquella película: el primero fue la fascinación por las interpretaciones esotéricas que cierto periodismo hizo de La banda de los corazones solitarios del Sargento Pimienta,2 asociados a un tropiezo en su aprendizaje del español: de la expresión «corazones solitarios», Vieillard hizo una traducción mental equívoca a su lengua materna: «corazones aislados».
El segundo acontecimiento fue la noticia de que la construcción del Sistema de Transporte Colectivo de la Ciudad de México estaba en marcha.
A Pierre Vieillard no le costó trabajo hacerse contratar por la empresa responsable de la ingeniería y dirección de las obras del Metro. Una vez inserto en el cerebro del proyecto, trazó la Sala Central, hizo importar maquinaria especial para perforación y ademe, contrató por tiempo limitado a operarios extranjeros que no hablaran español, calculó y programó la fuerza de trabajo nocturna, se hizo cuate de los jefes de cuadrilla, llamados los Tecolotes, diseñó la desorientación general y la mala iluminación en la boca de su proyecto; prodigó ron y tequila entre paleadores y operarios de trascabos y relajó los controles de la contabilidad del material extraído, multiplicando contratos entre las flotillas que lo transportaban a los tiraderos del oriente.