Excerpt for HOMBRES DE TODAS PARTES by Aurea-Vicenta Gonzalez, available in its entirety at Smashwords






HOMBRES DE TODAS PARTES


-NOVELA-





AUREA-VICENTA GONZÁLEZ MARTÍNEZ



Registro P. Intelectual Nº: V-7280-10


ISBN 978-1-4659-6435-9





ACLARACIÓN:


Tanto las situaciones como los personajes y los nombres que aparecen en la novela son fruto de la imaginación del autor, cualquier parecido con la realidad deberá tomarse exclusivamente como una mera coincidencia.

Hacer entretenido el presente escrito y mostrar una galería de personalidades chocantes ha sido la meta que me he propuesto; centrar la trama en asuntos de índole curiosa me pareció buena idea pero hay que aceptar con humildad el que nada puede compararse a la realidad misma.


DEDICATORIA:



A Juan, que siempre supo mantener

la llama del espíritu.







“ E L C R I T I C Ó N ”


CRISI CUARTA. El museo del Discreto

Topó una pluma de caña dulce, distilando néctar, y al punto la sacudió de sí, diciendo:

-Estas no tanto eternizan las hazañas cuanto confitan los desaciertos.

Aborrecía sumamente toda pluma teñida, tenida por apasionada, decantándose siempre ya al lado del odio, ya de la afición.

Baltasar Gracián Morales.




CAPÍTULOS



I. TESTAMENTO VITAL.

Pág. 4 a 60


II. CORRIENDO UN POCO.

Pág. 61 a 98


III. INTERCAMBIO DE PROFESIONALES.

Pág. 99 a 157


IV. CASTIGOS Y RECOMPENSAS.

Pág. 157 a 186


V. EN TIERRAS EXTRAÑAS.

Pág. 186 a 215


VI. DE NUEVO EN TERMAS.

Pág. 215 a 269








CAPÍTULO PRIMERO

Testamento Vital


-¡Adelante! – Vocifera el hombre tras la puerta a la que unos nudillos han golpeado con exceso de miramiento- ¡Que pase, le digo! –añade la voz, con más rabia, en respuesta a la segunda llamada, todavía más leve.

Con el rostro encendido, el gesto contrariado y unas ojeras profundamente oscuras que le hacen parecer una máscara burdamente pintada, pero, eso sí, impecable en la atildada indumentaria, el Comisario Jefe del GRINE, Lucas Martínez-Vela, con mando pleno sobre la Unidad del Grupo de Investigaciones Especiales, anda y desanda, arriba y abajo, como una fiera enjaulada, todo el espacio posible de su despacho oficial; ahora, detiene la rítmica marcha para mirar, colérico, las dos hermosas planchas de madera de roble americano que dan acceso a sus dominios y siguen unidas pese a lo imperativo de su orden y la estridencia de su voz.

El sol todavía no ha alcanzado a iluminar la amplia estancia y se conforma con juguetear en el inicio acristalado del magnífico ventanal que ocupa una de las paredes del rectangular cuarto. El benéfico efecto de la luz aún tardará alrededor de veinte minutos en completar la tarea de llenar, dorándolo, el sitio; en cambio, suavizar el mal humor de su vocinglero ocupante no será una misión tan rápida ni tan fácil de conseguir.

Es lunes, dos de agosto, primer día hábil de trabajo de un mes que la climatología vaticina no excesivamente caluroso pero que si mantiene la constante de humedad en el ambiente tan alta como vino siendo habitual en julio, será igualmente molesto de pasar en Termas.

El destemplado hombre de iracunda voz que ha quebrado tan desabridamente el monacal silencio que reina a estas horas en el edificio oficial, la Jefatura General de Policía, se ha lanzado a la calle refunfuñando, como cada mañana, y hoy no está dispuesto a consentir que disminuya un ápice el acaloramiento con que arropa su disgusto.

Desde que está destinado en Termas siempre le ha sucedido lo mismo: Seis días de la semana es instado, perentoriamente, a tomarse el desayuno por su mujer, Inés, que completamente ajena a la estación le pone entre las manos una taza invariablemente demasiado caliente.

Antes de que él logre siquiera ser consciente de ello, la enérgica mujer que eligió por compañera, le obliga a engullir un café con leche azucarado en exceso en previsión de que una vez fuera del hogar y de su cuidado pase mucho tiempo sin acordarse de que debe alimentar el cuerpo y velar por el mantenimiento de su salud.

La hora que ha transcurrido desde la forzada ingesta de cafeína, lactosa y azúcares no ha conseguido aún despabilarle del todo y sigue sumido en la desazón y el equilibrio inestable habitual, hoy quizás algo más incontrolados, pese a que la bella luz de la mañana no le ha dejado indiferente y en el breve recorrido que ha de efectuar hasta el puesto de trabajo todo le ha parecido luminoso, como recién lavado y a punto de estrenar; ni aún así ha declinado el refunfuño.

Llegar al despacho antes de que el monumental reloj de la fachada de la Jefatura General de Policía marque las ocho, es una proeza digna de mención para cualquiera que trasnoche tan a conciencia como lo hace el malhumorado señor comisario y él evita, como a la Parca, dormirse hasta la madrugada.

Que alguien llene su vida de noctámbulo haciendo tiempo hasta la tercera hora del nuevo día, con la nariz encima de una lupa enorme, y consiga no gruñir dentro de su horario laboral, sería un fenómeno digno de estudio y el señor comisario es demasiado modesto para alcanzar dicha distinción.

Este hombre tiene una colección filatélica que si bien no es valiosa, compensa la escasez de la importancia patrimonial con la cantidad, casi abundancia, de ejemplares; la monotemática figura de rosas en las estampillas, le confiere, además, una idiosincrasia innegable.

Como Cervantes imaginó para Don Quijote, el señor comisario pasa las noches de claro en claro, los ojos embebidos en la delicadeza de los detalles de sus preciadas posesiones, y en cuanto se refiere al día, lo mismo que nos dejó escrito don Miguel sobre el famoso hidalgo, Lucas Martínez-Vela anda sumido de oscuro en oscuro y la mayor parte del tiempo carente de buen ánimo.

A ningún apasionado de la filatelia, por modesto coleccionista que se considere o sea, puede extrañarle dicha dedicación aunque no esté de acuerdo con el comportamiento de nuestro hombre, un funcionario de policía al que el Estado ingresa en el banco, mensualmente, un discreto sueldo bajo el nominal y nada llamativo cargo de Comisario Jefe.

Él, nunca había completado su vigilia inmoderada con unos modales y un tono de voz morigerados en las primeras horas de trabajo aunque hasta hace poco tiempo, si tenía entre manos algo interesante como es el caso, alcanzaba el punto de equilibrio que necesita cualquier trabajador y conforme avanzaba la jornada las turbia aguas del malestar personal iban aclarándose; cada vez ése hipotético estado de bienestar lo conquista con menos facilidad y no le es fácil disfrutarlo ya que el cuerpo no suele dar para tanto a los sesenta cumplidos. Esta mañana, el hombre cree tener motivos nuevos y especiales que justifican la impaciencia que demuestra y, aunque no es así, además y sobre todo, lo que más le apetece es seguir beligerante.

-¡Contra! ¡Pasa ya, tarugo! ¡Maldita sea mi estampa! –vuelve a dejar oír su desabrida voz y algo azorado por la especie de rugido que la garganta ha logrado componer, se gira hacia el lumínico ventanal y deja que el sol le acaricie la pulidísima piel de los zapatos.

Las continuas llamadas telefónicas a su domicilio particular efectuadas por los hombres que dirige, y que comenzó a recibir cuando apenas había tenido tiempo de sumergirse en la oscuridad del dormitorio conyugal tras su acostumbrada vigilia, nada tienen que ver con su desazón.

A las tres treinta de la madrugada, tras descolgar el teléfono por vez primera, le habían comunicado que los antidroga iba a detener a un capitán de barco y que tras efectuar el arresto, pasarían a su jurisdicción tanto las competencias del resto de diligencias como el individuo en cuestión; era una espléndida noticia que le sonó a campanadas de fiesta y acabó de raíz con el natural cansancio que se había cebado ya en su castigado cuerpo. Que el GRINE entrara en acción era un indiscutible estímulo para su cerebro y los engranajes del mismo nunca le habían chirriado: seguía en forma.

El reloj despertador le fue acompañando con la implacable cuenta horaria durante todo el tiempo mientras se mantenía quieto y expectante en la tenue penumbra del cuarto, apoyada la espalda sobre la tres cómodas almohadas de plumas a las que entregaba el cuidado de su amplia espalda y el corto cuello para mantenerse sentado, las piernas bien estiradas sobre las acogedoras sábanas de hilo egipcio que le regalaban frescura a cambio de su calor corporal.

El anticuado aparato telefónico que tenía que ir descolgando y colgando a intervalos regulares y descansaba encima de su mesilla de noche, haciendo compañía al reloj, recibía de lleno el reflejo de las brillantes manecillas fosforescentes y el inquieto destello del segundero; a fuerza de mirarlo con atención, parecía dictarle los pasos que debía ordenar a su gente según le iban llegando las novedades de la operación.

No, eso seguro, sus malas maneras estaban más allá de la molestia causada por la imposibilidad de dormir, cada vez lo necesitaba menos; una de las contadas ventajas que tiene hacerse mayor es justamente ésa, le recordaba su mujer cuando se quejaba, pero él no estaba convencido.

La excepcionalidad del asunto que les habían endosado y el porqué de la adscripción al GRINE cada vez estuvieron más claras a lo largo de la noche: el hombre que había quedado en manos de la Unidad del Grupo de Investigaciones Especiales de la que él era responsable, llevaba encima en el momento de su detención unos papeles manuscritos que contenían un mensaje cifrado; además, la Brigada de Estupefacientes había tenido que desmontar en el barco que el detenido comandaba, tabla a tabla, y en presencia de sus efectivos, todo el camarote del sujeto para extraer, de tan pintoresco escondite, una pasmosa cantidad de droga que el marino transportaba allí y desde luego no cabía esperar que fuera para consumo propio a no ser que pretendiera vivir tanto como Matusalén. El asunto se fue entonando de tal forma que antes de alborear el día le había hecho disfrutar de lo lindo; no tenía motivo de queja al respecto.

Lo que no contribuía hoy a su buena disposición matutina, aparte de su decisión de comportarse como un cascarrabias, era el mismo tema recurrente, el de siempre: el hecho de que el GRINE, acrónimo con el que se les bautizó y denominaban, estuviera en la Jefatura General de Policía, disperso por todas las plantas del edificio, aislados entre ellos y condenados al ostracismo entre los demás agentes que se ocupaban del resto de los asuntos oficiales.

El personal bajo su mando permanecía, casi siempre, anclado delante de los sólidos ordenadores especiales que los amigos de más allá del Atlántico aportaron, generosamente, a la seguridad del país con motivo de la puesta en marcha de su Unidad.

La estética de los artilugios, a caballo entre la antigüedad y la desmesura, tienen a su favor el que salvo con una pequeña grúa son inamovibles y se han mostrado perfectamente inútiles para cualquiera que, por muy experto que se crea, o sea, en computación, si no ha recibido el entrenamiento personal con el que los donantes de tales máquinas complementan tan rumboso favor, están como ante un asno al que no apetece andar: rebuznos y alguna coz suelen ser los premios obtenidos, eso y una sorpresa final.

Uno a uno, los que han de utilizar tales inventos, deben cruzar “el charco” y a la vuelta, tras los ajustes pertinentes, ya están en disposición de poder abismarse en los ingenios y disfrutar de la líquida pantalla de proporciones absurdas. Estos aparatos son tan seguros por sí mismos que si son observados por unos ojos que no les son “familiares” en un breve lapso de tiempo suelen destellar y emitir un horrísono sonido al tiempo que capturan todos los datos de la fuente del problema; también de esos misteriosos ajustes mantienen la patente los benefactores. Los ingenios mecánicos, o sensoriales, por muy sofisticados que sean tienen vetada, por el mismo y expeditivo procedimiento, el chismorreo ocular.

Desde su puesta en funcionamiento, no ha habido que lamentar ninguna fuga de información ni se han tomado precauciones adicionales para tal fin; el Comisario Jefe es un hombre satisfecho al respecto, tampoco es éste un motivo de resquemor.

Los componentes del GRINE están intercomunicados entre ellos y conectados a todos los Servicios de Investigaciones Especiales del Mundo. Su personal se mantiene al corriente de cualquier asunto susceptible de ser considerado “especial” y están prestos para lo que se les pueda requerir; la complejidad o características de los temas, siempre vienen de la mano de la internacionalización del contenido y con ésa etiqueta son compartidos por los países amigos, perfectamente acordados en la defensa de los intereses comunes, a través del mismo medio.

Simulando que traducen con ahínco unos gruesos tomos de normativa europea, tras los que se atrincheran, físicamente, formando con ellos verdaderas barreras de papeles escritos en todos los idiomas, únicamente se acercan entre ellos, para discutir, de manera airada y teatral sobre lo que aparentan llevarse entre manos, como unos auténticos chiflados y consiguen, así, permanecer al margen de todo intento de vida social. Escandalizan, sorpresivamente, por todas las plantas del edificio oficial, sin respetar horarios, convencionalismos o nocturnidad, como verdaderos posesos.

La puesta en escena de semejante bodrio le pareció al atribulado responsable del GRINE de una idiotez mayúscula al leerla en los manuales y tampoco ahora le entusiasma nada a Lucas Martínez-Vela, un jefe chapado a la antigua que al principio de su mandato opinó, alto y claro, que la seguridad podría ser tratada con normas mucho más serias y con algo más de dignidad para los policías que debían cumplirlas. La cruda realidad se ha mostrado contundente y, para su sorpresa, el escandaloso y desabrido camuflaje resulta ser una sólida pantalla sin fisuras.

Él, es un jefe orgulloso de comandar a las personas de mentes escogidas que tiene a su mando y deplora la disciplina que se les impone para que mantengan el anonimato pero, asombrosamente, siempre ha hallado

eco favorable a ésas exigencias por parte de todos sus efectivos, aún así, la situación no le satisface con plenitud y los reconcomios, que suelen ser intermitentes, son casi una premeditada debilidad en la que refugiarse.

Haber tenido que esperar, estoicamente, el prometido local independiente para su Unidad y que, sobre el papel, parecía estar listo para ocuparlo a las pocas semanas de aceptar el puesto, dos años atrás, ésa sí, es una espina real que ésta mañana siente clavada en su veterano hígado.

Los continuos retrasos en los plazos de entrega de las obras, que tantos dolores de cabeza le habían producido, definitivamente dejaron de molestarle cuando, a los obligados recortes presupuestarios que trajo consigo la crisis mundial, se le unieron, en perversa asociación, la catarata de quiebras de las diversas constructoras encargadas de los trabajos; la Unidad del Grupo de Investigaciones Especiales - de cuyo acrónimo se desconoce la paternidad-, se quedó sin un espacio físico propio; nada se podía exigir al respecto ni convenía pedir a nadie la responsabilidad del incumplimiento sin correr el riesgo cierto de levantar, con ello, “la liebre” al público ya que únicamente existen, en su verdadero cometido y dimensión, para unos pocos y seleccionados personajes de alto nivel, previa firma de confidencialidad, y siempre ha habido que dejar correr el tema. Admitía que no llevaba bien tanto desencanto acumulado y la crispación hace mella en él, de cuando en cuando, de forma un tanto patológica; hoy es así.

Los componentes del GRINE, incluidos los efectivos que debían acoger temporalmente en Termas, procedentes de los demás países de la Unión y de parejas unidades especiales, llevaban bien tales asuntos y se avenían a la situación con ligereza; sortear con desenfado la desgracia personal que supone el permanecer aislados entre los demás agentes y, además, estar mal vistos por ellos, era un motivo más de particular aprecio por parte de un Lucas Martínez-Vela que ahora, observando la puerta cerrada de su despacho, se lamentaba con violencia interna de tan mal pagada profesionalidad y del sacrificio personal que se les exige a todos sin excepción.

Únicamente cuando había “acción directa”, como era el caso, y con la excusa de contrastar entre ellos, urgentemente, los volúmenes volcados al español con tanto esfuerzo, y que parecían ser tan importantes, sus efectivos, se adueñaban de la Sala de Juntas, cuarto diáfano de dieciséis por dieciséis que jamás es utilizado por el resto de las fuerzas del orden.

A veces permanecían allí, alejados de los demás sufridos compañeros que no les echaban en falta ni por asomo, una semana entera, protegida la confidencialidad de su cometido por el impenetrable y costoso blindaje con el que estaba provisto el sitio, saliendo y entrando, cuando les convenía, en el más absoluto secreto por el singular paso que les proporciona la curiosa escalera de incendios que empezaba y acababa en el rincón más anodino del gran parque móvil, siempre repleto de camionetas celulares para el traslado de detenidos, y que carecería absolutamente de valor en la evacuación del resto del edificio si por desgracia llegara a ser necesaria.

El espacioso lugar daba ocasión a los hombres del Comisario Jefe de rebajar la enervante tensión en la que se movían y abría, literalmente, la espita a la especial capacidad de cada uno de ellos y que, en esencia, había sido el principal motivo de su pertenencia al Grupo; los que más disfrutaban del lugar eran, sin duda ninguna, los recién llegados a Termas que entonces tenían verdadera ocasión de ejercitar su valía y, además, de intercambiar con los españoles los mutuos conocimientos sin tener que soportar el pesado protocolo de seguir el guión del fingimiento y andar aparentando las extremas chaladuras que venía en el manual y que debían cumplir a pies juntillas ya que todos lo firman antes de salir de sus países de origen.

Al verlos allí reunidos, tan a sus anchas, pareciendo totalmente felices de poder desplegar su tarea sin pérdidas de tiempo ni distracciones, desaparecía como por ensalmo el perenne disgusto de Lucas Martínez-Vela, un jefe que, a su vez, pasaba en la Jefatura General de Policía de Termas por ser uno de los pocos representantes de la vieja escuela. Investido hasta la médula por la imaginería funcionarial con todos los deméritos que los más jóvenes o progresistas policías despreciaban sin disimulo, acentuaba a conciencia éstas peculiaridades completando su papel con unas atrabiliarias maneras de comportarse que desencadenaban críticas muy duras y razonables a todos los niveles; eso, regocijaba mucho a los miembros del GRINE, que asistían a la diatribas y quejas íntimamente contentos ya que todos se sentían arropados por el responsable que también sufría, en nombre del deber, y mucho.

Con alegría, casi como unas merecidas vacaciones escolares, acogía el resto del personal las ausencias del GRINE al verse libres de la proximidad de los alborotadores. En general, los demás policías, procuraban tomarlos con flema, como un inevitable mal, pero, las imprevistas discusiones y la algarabía que desencadenaban, interrumpían y llegaba a entorpecer su trabajo cotidiano y no les impelía a intimar con ellos; eran “los chalados del comisario rarillo” y cuanto más lejos estuvieran, mejor.

Las incongruencias de ésa pandilla y del maniático de su jefe dan lugar a bastantes chanzas en Jefatura y huelga decir que está mal visto acercarse a ellos amistosamente.

Dos de las incómodas directrices de seguridad que le afectaban únicamente a él, y que debía acatar a rajatabla, eran, por un lado, la de no portar ni tener teléfono móvil, bajo ninguna circunstancia; la segunda, la llevaba peor debido a la impaciencia de su carácter: la rutina diaria de horarios era sagrada pero no la soportaba con el estoicismo que le hubiera convenido y, lo reconocía, ése es su verdadero talón de Aquiles.

Sabía que había muchas cosas importantes en juego pero, mientras permanecía en su domicilio, esperando hasta la hora de poder incorporarse al despacho según los cánones exigidos, le invadía un agudo malestar físico. Cuando había acción directa, lo de estar horas y horas, colgando y volviendo a descolgar el anacrónico aparato telefónico que era el único que permitían las normas y que había en la casa, casi le divertía, por lo estrepitosamente rancia que resultaba ésa pauta, que a pesar de todo se había mostrado irrefutablemente efectiva, pero la inactividad física se tornaba casi insufrible.

No es que fuera extraordinario el asunto que les había caído encima, las apariencias así lo indicaban; casi ningún cometido había sido espectacular hasta ahora, y el comisario lo sabía bien, pero todos fueron resueltos con holgura y, si se lo habían encomendado al Grupo de Investigaciones Especiales, que permanecía las veinticuatro horas del día en alerta permanente dentro de Jefatura, con las excusas más ridículas que pudieran hallarse, era, sin discusión, de indudable repercusión internacional.

Durante toda la madrugada, cuando a intervalos regulares, tuvo que atender el anticuado teléfono, se hallaba contento y gratamente impresionado por la entrada en acción de los suyos, no albergaba dudas sobre la efectividad de su grupo y, aunque se revolvía de impaciencia, hizo honor al cargo y procuró darle salida a su voz de forma neutra y contenida. Sus hombres, en frenética actividad y él dando las directrices que le parecieron del caso: el GRINE podía mantener su invisibilidad pero no descansaba nunca, se jaleaba mentalmente, convencido hasta la médula de que era así.

-Con su permiso, jefe – El inspector José Andújar, abrió con cuidado y cerró con mucha suavidad la puerta del despacho de Martínez-Vela trotando hacia su superior y despachando los dos metros que le separaban de la lujosa mesa de caoba en tiempo record-. Lamento la tardanza –acompañó con gesto mohíno las palabras-. Tenían un problema para ordenarlo, y no querían que subiera a verlo sin todo el expediente del fulano ése que está abajo puesto en solfa.- El hombre pasó de una mano a otra un gran legajo de papeles multicolores que intentaban escapársele.

-No te preocupes, Andújar. Veamos lo que traes aquí – se obliga a contestar con el mejor de los tonos, intentando ser conciliador, un Lucas Martínez-Vela casi pacífico y que en ése momento acababa de sentarse. Alarga la mano diestra para hacerse con el escurridizo montón y la cristalina superficie de la mesa regala la bella imagen invertida de una manga de chaqueta de impecable confección y de un resplandeciente puño de camisa adornado, su doble botonadura, con gemelo de lapislázuli.

-Creo que debe de saltarse las rosas y las amarillas, jefe, y pasar directamente a las hojas blancas y lo que escoltan –osa apuntar el inspector, consciente de que no es un día muy tranquilo y él, sin haber dado una excusa, ha llegado tarde al trabajo; se limita a repetir lo recientemente oído -. El asunto tiene perendengues por lo que dice Lampadina –la castiza definición viene, en franca camaradería, pretendiendo ser un puente tendido a la paz, y es acompañada de una enérgica sacudida, arriba y abajo, de la greñuda cabeza de Andújar-. Debería ver la jeta de la veneciana cuando me ha endilgado “el muestrario” –dice, palmoteando en los papeles que acaba de pasarle al jefe-. Por cierto, ¡cómo se ha puesto de seria la señoritinga al decirme que debe mirarlas usted rápido y “attento”! –acaba la frase haciendo una imitación grotesca de voz femenina y una fiera expresión se dibuja en el cetrino semblante del inspector: tan feroz es, que deja pasmado al insomne comisario.

-A ver, animal, ¿qué te tengo dicho, eh? –Sale la voz, de la garganta del comisario, como un caudal de agua soberbio tras la rotura de un dique, impactando de lleno en un hombre transmutado, instantáneamente, en guiñapo-. Te abriré un expediente. ¡Ya está dicho! Vuelve a burlarte y a remedar a Rosa Lampadina con ésas maneras y… ¡Voilà!, expediente –acaba la frase casi incorporándose de la butaca y emitiendo un notabilísimo espurreo salival que parece apagar, de repente, al tomar conciencia de ello, el malhumor del emisor y es el motivo del paso atrás del salpicado.

-Vale, jefe, perdone –Agacha la cabeza el subordinado, volviendo a dar un paso adelante y retomando la posición perdida-. Ha sido sin querer; la maldita costumbre –acaba la frase, el despeinado agente del orden, tan gentilmente asperjado, pasándose la mano derecha por la rebelde cabellera.

José Andújar, inspector de policía adscrito al Grupo de Investigaciones Especiales debe su puesto en dicha unidad a que es considerado un camaleónico nato y, si ésa cualidad, en la que es el mejor del grupo, no bastase por sí misma para su selectivo puesto, además de una innata capacidad para dominar varias lenguas, es un experto en estados de ánimo. Para calar a la primera las variaciones más nimias de los sujetos inmersos en las investigaciones, no tiene rival; es el responsable directo e indiscutible de que algunos asuntos de matices algo escurridizos se hubieran podido coronar con éxito. A eso…, y a otras cosas.

Además, la estrechísima relación de tipo personal que mantiene y cultiva sin tapujos con el Jefe de la Unidad, le permite someterle a un férreo marcaje por encargo de terceros sin demasiados problemas; le bastó una mirada para comprender el punto en que se hallaba con éste: aún estaba por venir el día en que llegase a tener que preocuparse, realmente, de los excesos verbales de Martínez y de las amenazas, frecuentes, de “empapelarlo”. Dando por bien recibido el rociado matinal, mantiene la mirada del otro; el encuentro de los dos pares de ojos ha bastado para que el agua vuelva a discurrir, mansamente, bajo el puente de la profesionalidad.

Son frecuentes las prácticas, con expertos en comportamiento, a las que deben someterse los profesionales del GRINE; en ambos, dichos ejercicios, han fructificado convenientemente.

-Bueno, discúlpame tú. Estoy que no me aguanto –dice, el comisario, sentándose teatralmente y procurando imprimir una expresión compungida a su cara-. La perra, anoche, vino a dormir encima de mis pies mientras estaba repasando los de las Seychelles; ya sabes, y al agacharme para hacerle una caricia, debió de caerse el magnífico de la “Rosa eglanteria” –continuó, mohíno-. No lo he podido encontrar –Acompañando con un gesto de resignación el comentario, toma aire ruidosamente antes de proseguir-. A pesar de “la marcha”, hoy no es un buen día –acaba la frase propinando una sonora palmada en el montón de papeles que descansan sobre el impoluto cristal de la mesa-. Siéntate, por favor, José –señala una de las dos butacas de chillona tapicería carmesí y patas leonadas que se hallan frente a sí y que desentonan sobremanera del resto; un austero espacio donde se tratan a diario temas nada coloridos.

-Porras, jefe, lo siento, de verdad –Se apresuró a contestar Andújar, sentándose a placer en el mullido espacio que le brindaban, satisfecho, más por el tuteo que por las disculpas, prueba irrefutable de que iba ganando el pulso “al viejo”, pensó.

En efecto, en José Andújar el sentimiento de la pérdida del sello era genuino; las rosas amarillas son también sus preferidas y los sellos su locura particular, hasta ahí todo era cierto.

Aquélla mañana, a la salida de “La Astronauta Chillona”, pub muy subido de tono en que había dejado transcurrir la noche, antes de que tuviera oportunidad de presentarse en Jefatura, dos hombretones, ataviados con guerreras muy cutres y botas de bola de acero en la puntera, le habían insistido, sin un ápice de simpatía y machaconamente, muy machaconamente, respecto a que en “las alturas”, a las que debía someterse por encima de todo, importaba sobremanera que la proverbial sagacidad y diligencia del comisario de la Unidad no se viera afectada y entorpecida en la caso que tenía entre manos; en aquéllos momentos, con el espeso muro que tenía delante de los ojos, y que los golpes acabados de encajar en partes delicadas de su anatomía no habían conseguido derribar dentro de su cerebro, no tenía ni la más mínima idea del contenido recopilado en el grueso expediente que descansaba ahora en la mesa, delante suyo. La ansiosa inspección a la que había sometido la multicolor compilación de informes y diligencias que portaba hasta su destinatario, mientras subía los amplios y desiertos tramos de la escalera hacia el cubil de Martínez-Vela, no le transmitió referencia alguna en la que basarse si el jefe le requiriese algún detalle ya que sería imposible disimular su ignorancia; fue proverbial la suerte que tuvo gracias al encargo y la observación de la veneciana y, mucho más, por obra del repelente chucho del que estaba tan orgulloso “el viejo”.

Mientras el cerebro se esforzada por aprehender una idea que él sentía nebulosa, José Andújar, refrescaba, con un ligero estremecimiento de miedo, el contenido del escrito que había recibido, antes de que pudiera poner pie en el edificio de Jefatura, junto a la taza del desayuno que habitualmente tomaba en el bar cercano. Una no tan escueta nota, como la que sería de esperar, en la que le apercibían, otra vez, de que necesitaban a Martínez-Vela plenamente entregado al trabajo y con todos sus sentidos alerta y disponibles para alcanzar una resolución satisfactoria del caso que llevaba su Unidad.

Ni siquiera tenía noción de que hubiese una operación en marcha pero, reducido a ser un peón en un tablero del que desconocía las reglas, más le valía cumplir bien su cometido, a pies juntillas y hasta el final ya que, aunque atisbaba en el horizonte el punto de conclusión de su forzado sometimiento y estaba ansioso de volver a sentirse un hombre libre, libre y bien lejos del comisario. Los últimos detalles íntimos que le manifestaban en lo recibido, desvelaban la agonía en la que le iban zambullir si, por incumplimiento suyo, el jefe fracasaba. De ser conocidos los detalles de los asuntos por los que lo tenían atrapado, por un fallo en su cometido o por simple capricho de “sus amos”, estaba perdido.

Limar cualquier inconveniente para que la mente de Martínez-Vela consiguiese un nuevo triunfo era ahora, pues, prioritario; no quería ni pensar en lo que le caería encima si no lo conseguía, las cosas pintaban mal y no se le ocurría cómo contribuir a mejorarlas, el inspector José Andújar parecía ahogarse en un proceloso y amenazador mar en el que el vacío mental era su mayor enemigo.

Agarrándose el mentón, el inspector, dejando que la mente vagase libremente y vertiese frases en todos los idiomas que domina, después de algunos instantes, trató de centrarse, hizo un análisis de la situación y se lanzó, como el náufrago a la tabla que flota cerca, al recuerdo de una de sus más querida posesiones; se le iluminó el rostro al recordar que tenía por abrir un último tesoro filatélico en forma de sobre que le había llegado por correo, justo antes de la quiebra de la empresa que se los proporcionaba regularmente a Martínez y a él, y de la que los dos habían sido socios desde su fundación. No era la primera vez que les enviaban los mismos sellos y se lanzó a hablar atropelladamente.

-No todo está perdido, jefe –dice, sinceramente entusiasmado-. Si la perra se ha tragado el sello, tranquilo, seguro que tengo otro yo –continuó hablando eufórico sin sombra de la reciente angustia que le había embargado y ni un ápice de recuerdo para el penoso griterío sufrido. Le embargaba el sentimiento pleno de que tenía en su mano, otra vez, el guiar por el sendero conveniente al hombre que, en su opinión, empezaba a chochear y del que esperaba alejarse antes de que llegase a descubrir la sostenida y falaz luz de gas con la que le había estado envolviendo desde hacía años-. La última remesa se me quedó sin abrir; por lo del disgusto, ya sabes, Lucas –acabó la frase con un tuteo involuntario, sacudiendo los hombros en un espasmo nervioso y poniéndose lívido al recordar el quebranto económico tan serio que les había acarreado a ambos el pretendido bluff del negocio filatélico.

-Gracias, José -Una sombra cruzó el rostro del comisario que disimuló, lo mejor que pudo, con un fuerte carraspeo, sin llegar a percatarse del todo de la intensa tormenta que se había desencadenado en Andújar por la pérdida de los bienes, evaporados en no se sabía qué lugar. Consciente y seguro al cien por cien de la doblez del otro, maldijo en su interior el haberse lanzado a la confidencia matinal y poco oportuna ya que habría sido fácilmente ocultable, dadas las circunstancias; tratando de contener sus emociones, consiguió, con voz aún insegura, que bien podía tomarse por emocionada, proseguir diciendo-. Te tomo la palabra, José. Veamos ahora el asunto pero, por favor, aguarda un instante que llamemos a nuestra vene…, perdón, a Lampadina –Pulsó un botón en el achaparrado teléfono que tenía al alcance de mano-. Virgilio, se lo ruego, haga subir a Rosa, gracias.

La modulación impecable y el tono correcto que el comisario utilizó hicieron prever al inspector José Andújar que iba a ser otro completo y satisfactorio día de trabajo, justo lo que sus auténticos jefes necesitaban de la sagacidad proverbial de Martínez-Vela y bajó, ostensiblemente y con un leve suspiro, la guardia. Había dado en el clavo y lo saboreó con exceso de expresividad.

Algo oscuro atisbó el jefe en el semblante del subordinado y, nuevamente, se obligó fingir una inocencia inexistente; remató la faena positiva con una frase campechana que sabía era del agrado del inspector, con lo que acabó de confiarle del todo.

-Nos vamos a comer crudo al tío éste. No faltaba más y, dime, ¿por dónde crees que he de empezar? – Lucas Martínez-Vela repiqueteó armónicamente con ambas manos sobre el papeleo que tenía ante sí, mirando directamente a las pupilas de un inspector Andújar visiblemente feliz. La degradación de su personalidad estaba aflorando con una rapidez inusitada y el comisario no dejó de sentir pesar por la pérdida de una mente privilegiada.

-Verás, jefe, según me han explicado, el mejor bocado y lo más curioso de todo, es lo que ha dicho Rosa aunque yo no entiendo…, o sea, las blancas -Se incorporó un tanto para salvar la distancia que le separaba del arco iris de papeleo y agachando el torso sobre el vidrio de la mesa echó mano, estirando sin contemplaciones, de un montoncito aparentemente blanquísimo que se hallaba en medio y lo colocó, bien alineado, a la vista del comisario; asió las dos primeras páginas, levantándolas hacia sí, valiéndose del pulgar y el índice de la mano derecha, previamente ensalivados, desvelando que encubrían un arrugado montón de papeles de menor tamaño, de un refinado y sorprendente color argén y que, a pesar de ello, más parecían un desperdicio escapado milagrosamente de la basura que algo con sentido en aquél sitio y dentro de un expediente policial; él fue el primer sorprendido ya que no tenía ni idea de su existencia o contenido.

El comisario Martínez observó que todo estaba generosamente grapado, y los blancos folios que servían de portada, representaban un orden y una limpieza al que aportaban su inverso, con la suciedad en la que aparecían rebozados, los demás papeles pese a su raro color. La eterna lucha de poderes, pensó fijando su atención en ellos y, a continuación, sin conseguir darle una explicación racional al motivo, empezó a invadirle un malestar físico general al que acompañó una fuerte punzada en la sien izquierda y se removió inquieto, plenamente alerta, antes de coger los papeles de las manos de Andújar que se los tendía.

La perfecta alineación del buen montón de sellos oficiales, en la nívea blancura de la primera hoja, se acompañaban de un muestrario de firmas pulcramente trazadas; el breve texto, en la segunda página, según había podido ver, someramente, al mostrárselo el inspector, componían un cuerpo al que ya se había acostumbrado el comisario Martínez-Vela: un informe de peritaje oficial.

-Toma, lee –dijo el inspector Andújar, alzando el conjunto y depositándolo en las manos de su superior sin percatarse de que seguía tuteándolo-. La Lampadina me ha advertido de que es el único motivo por el que se altera verdaderamente desde que se lo quitaron al julai…-se interrumpió-, perdón, el “caballero” que tenemos detenido y según ella, es muy importante que prestes atención. –Con la mayor seriedad del mundo, puso punto final a la frase antes de retroceder, dejándose caer, satisfecho de sí mismo, en la butaca que, resentida por la descortés carga con la que la obsequiaban de golpe, lanzó un crujido ostensible como protesta.

Calándose las gafas, Lucas Martínez-Vela, amo y señor del GRINE, dio un repaso a los arrugados y sucios papeles y con algo de aprensión, volvió a cubrirlos con los dos folios que los disimulaban sin permitirse siquiera el dirigir un ápice de atención hacia el arrellanado inspector cuyo cadáver funcionarial espera poner pronto encima de los documentos oficiales de su jubilación a modo de pisapapeles. Hacía mucho tiempo que el cosquilleo súbito en las palmas de las manos no se le hacía presente; en un primer momento, se quedó desconcertado ante el aviso que su subconsciente le transmitía ya que no se trataba precisamente de añoranza; en otras ocasiones había podido constatar que no era cosa baladí su aparición. El malestar general ya le tenía atrapado todo el cuerpo y no hacía sino aumentar con éste último pensamiento tan poco caritativo.

Tenía un sexto sentido que sobrepasaba su entendimiento consciente y le despertaba la alerta ante un caso realmente interesante y complicado pero, por lo que él sabía del asunto del que se ocupaba su grupo de investigación, éste trataba única y exclusivamente de drogas, a gran escala, eso sí pero algo ordinario y nada nuevo en una ciudad costera cuyo enclave había sido, es y sería siempre un nodo para todo tipo de industria humana, tanto de cosas positivas como negativas.

Volvió a mirar lo que tenía asido notando la electricidad del aviso del subconsciente ascendiendo con rapidez por sus brazos y llegando casi hasta los codos, provocándole una desazón inusitada, aunque muy estimulante, que acabó de despejar su cerebro.

Se ajustó bien las menudas y artísticas gafas de lectura que le enmarcaban los azules ojos en unos preciosos óvalos de auténtico carey y tras mirar, por encima del acristalado objeto, al inspector Andújar que se entretenía en seguir, sin disimulos, muy repantigado, con las piernas estiradas, los progresos que hacía el Sol en su conquista de todos y cada uno de los rincones del despacho, se aprestó, con urgencia, ahora sí, espoleado por el malestar en los codos, a leer los documentos que seguía aferrando con las dos manos como si estuviese temeroso de que el montón de hojas tomase hálito y decidiese escapársele.

En el primero de los folios pudo comprobar que estaban todos los requisitos oficiales y eran correctos, empezaba con el sucinto encabezamiento que le era conocido; levantó el segundo y ensalivándose el pulgar, inconscientemente, se preparó para deslizarlo hacia atrás en cuánto lo hubiese leído, acuciado por una prisa desmesurada e irracional.

Los valiosísimos y bien preparados colaboradores de la Policía Científica iluminaban, sin excepciones, la oscura boca del túnel en el que había que adentrarse si uno se ganaba el pan en el lado menos glorioso de la cotidianidad. Sus informes siempre eran muy interesantes y la experiencia enseñaba, hasta al más escéptico, que merecían la máxima atención; se dispuso a prestársela, cuanto más, el apremio que había sentido surgir desde las manos, le alcanzaba de lleno en la articulación de los antebrazos y amenazaba con producirle la tan temible contractura que recordaba, vivamente y con tanta amargura, del Caso White, espantoso y muy mal cerrado, pero…, eso era un recuerdo del pasado y así debía de seguir, lejos de la rutina diaria, con el sentimiento de culpa bien enterrado.

Leyó:



< < Página 1

Documento 123/9000

Nº Registro: 727374

Detalle:

Hojas con membrete del hotel L** A*****; manuscrito hecho con bolígrafos de tintas de color diverso, por una misma persona según valoración adjunta.

Fdo.: Jaime Pérez Rubí; Dr. Psiquiatra Forense. Especialista en Psicodiagnóstico.

Fdo.: Rosa Merita-Gómez; Licenciada en Psicología. Especialista en Psicopatología.

Fdo.: Carlos Suero Vin; Grafólogo. Especialista en Grafología Científica.

Fdo.: Petra Roses Rico; Perito Grafólogo.

A continuación y para que surta los efectos oportunos, procedemos a rubricar, en el mismo orden, el presente escrito.

RÚBRICAS:

1. Doctor Pérez Rubí. -------------------------------------------------------------------------

2. Licenciada Merita-Gómez ---------------------------------------------------------------- 3. Grafólogo Suero Vin -----------------------------------------------------------------------

4. Perito Roses Rico ---------------------------------------------------------------------------


Página 2


Valoración:


“Se aprecian grandes alteraciones anímicas y un fuerte componente de intoxicación en el autor de las hojas manuscritas aportadas a éste equipo técnico para su estudio.

Sostenemos que el autor de las páginas manuscritas que se acompañan y siguen al presente documento, es indiscutiblemente un toxicómano y la adicción, principalmente, la causante de los trastornos de personalidad que se pueden establecer a través de la observación de su escritura; ésta nos indica, claramente, que el sujeto está en un estadio muy avanzado de daño cerebral.

Aparte de otras conclusiones que tras un examen personal pudieran descubrirse, a priori, sus adicciones y la descomposición que en él han producido las sustancias tóxicas, nos llevan a pensar que se encuentra en el momento álgido del paso previo a la pérdida de cualquier ligadura moral.

Afirmamos, de común acuerdo, que las hojas han sido íntegramente escritas por la misma persona y en un lapso de tiempo muy breve y, así mismo, afirmamos, que se trata de un varón que se hallará en la horquilla de los treinta a cuarenta años, diestro y de una educación formal llevada hasta un nivel alto pero en ningún caso superior.

Con el material de que disponemos para ello, estamos elaborando un perfil de mayor complejidad que presentaremos a la mayor brevedad posible y por ello, hemos acordado emitir conjuntamente el presente informe, firmándolo, en Termas, a las siete horas y treinta minutos de la mañana del lunes, día dos del mes de Agosto del año dos mil diez.”

> >

Un perplejo Lucas Martínez-Vela se aprestó a contemplar el primero de los papeles manuscritos que no le dejó indiferente pues, pese a la suciedad que acumulaba, dejaba traslucir, enmarcados en su notabilísimo y delicado color perla, los hilos que aprisionaba en su trama y que era de una artística y poco frecuente factura. En orlados caracteres, con un ligero volumen, se hallaba plasmado el membrete del establecimiento hotelero que regalaba a sus clientes con tan buen gusto; habían utilizado para su estampación un color plata, algo más subido de tono, para el logotipo: “L** T*****”, cuyas letras decoraban con esbeltez el encabezamiento de los folios que repasó con aprensión; efectivamente, todas escritas a mano.

Un muestrario del trabajo con el que un pésimo alumno atormentaría a un enseñante era lo que allí había, ofendiendo a la vista, pensó Martínez. Las hojas estaban llenas de tachaduras, borrones y algunas manchas de oscuros orígenes y otras no tanto y sin embargo, habían sido escritas con una hechura caligráfica notable pese a la pauta común de suciedad y desaliño.

La intriga sobre el aserto de los expertos en establecer el nivel formativo del individuo que había conseguido completar aquél atentado en los costosos y pesados papeles quedó parcialmente despejada con un simple repaso de los dos primeros párrafos en los que su mirada tropezó con sendas faltas de ortografía de grueso calibre, y aún así, la verdad, no se podían apreciar incorrecciones lingüísticas de bulto si se repasaban, someramente, las últimas y eso le sumió en algunas cavilaciones respecto a los misteriosos métodos de que podrían servirse estos profesionales para averiguarlo. Su formación personal, en ésas artes, no había ido tan lejos como para conocer las oscuras sendas de la investigación salvo para poder catalogar, repentizando, los distintos tipos de escritura y las posibilidades de desviación mental que podrían delatar. Habría que estudiar a fondo el tema de que allí, entre aquéllas líneas, tal como en la madrugada pasada le había señalado Lampadina por teléfono, se escondía un mensaje; le había dado mucho que pensar el asunto.

Levantó la vista para contemplar al impagable inspector Andújar que sesteaba, ostentosamente, brindándole algunos ronquidos esporádicos, en plena mañana y aureolado por el matutino y dorado sol que ya se enseñoreaba por toda la estancia; el conjunto auditivo-visual apremió al comisario Lucas Martínez-Vela para intentar concluir cuanto antes la lectura que tenía entre las manos pues no era cosa de que le pillasen en dejación de autoridad a él y en semejante renuncio al greñudo y durmiente colaborador del que no le extrañaba lo más mínimo el que se hubiera dormido, sabiendo, como sabía de los malos pasos en los que andaba. No podía ser generoso con alguien que era directamente responsable de sus desdichas y del peor de los crímenes incruentos que puedan cometerse y que según su sensibilidad era la traición y el encubrimiento de esta agravado con la mendacidad más artera.

Los chismes que circulaban en Jefatura por la amistad que les unía y las peticiones por parte de ambos –comentadas hasta la náusea-, de idénticos destinos para unos puestos que les había acarreado, a cada cual, en su escala, ascensos y sanciones muy parejas, ya eran suficientemente nauseabundos. El comisario consideró fríamente que ahora no podía perder los nervios, faltaba muy poco para largar “ése” lastre de su cubierta como verdaderamente se merecía y lo haría con todas las de la ley; instintivamente dirigió la vista hacia el panel de madera que cubría la pared del fondo del despacho y volvió a fijar sus ojos en el durmiente dedicándole una sonrisa tan maléfica que hubiese conseguido helar la sangre de cualquiera.

Recordó que había mandado avisar a Rosa Lampadina, la joven policía llegada desde la Jefatura Veneciana adscrita a la Unidad Policial como parte de los obligados intercambios europeos de profesionales y cuya formación, durante el tiempo del desplazamiento, le habían encomendado tutelar a él; le intrigaba mucho el porqué de la advertencia que le había hecho al durmiente inspector la mujer, estando él ya informado, y tampoco comprendía su tardanza en acudir a la llamada pues siempre había demostrado ser de una puntualidad y eficiencia rayana en lo obsesivo.

Pensando en cosas tan dispares, la atención le hizo fijarse en la magnífica transformación que la luminiscencia solar imprimía a la hortensia alba que se encontraba a su derecha, aprisionada en el macetón de terracota, convertida ahora, por obra y gracia del astro rey, en resplandeciente y bellísimo espectáculo de dorados y verdes que parecían querer cegarle con su fulgor.

Volvió a concentrarse en lo que tenía ante sí y al mismo tiempo que deslizaba los ojos, de nuevo, por la primera de las mugrientas hojas, le abrumó el cosquilleo en las palmas de las manos. La mente le gastó una de ésas bromas a las que no acababa de acostumbrarse pese a la edad y a las muchas veces que le había sucedido; empezó a divagar en paralelo mientras leía.

Termas –cavilaba libremente su otro yo incontrolable-, es la típica ciudad costera, soleada y bella, una de las muchas que orillan el Mediterráneo y también, el último de los puertos de arribada en su vida profesional; a priori, reúne todo lo que un hombre entregado al trabajo, y que goce de una vida personal sosegada, puede anhelar para retirarse de la cotidiana obligación de ganarse el sustento. Disfrutar del merecido esparcimiento, llegado el momento, había sido uno de los motivos para aceptar el puesto, el otro, el verdadero, todavía contó más a la hora de elegirla, pero, tras el ilusionado desembarco, con la jubilación en el horizonte y una vez tomada la determinación de quedarse a vivir, o mejor, a morir aquí, dejándose llevar por las tranquilas aguas y la paz aparente del fondeadero, la realidad, obstinada ella, le había demostrado que eso era imposible.

En éste sumidero de mala intención y lenguas sueltas y envenenadas en las que su matrimonio -pese a la edad con la que recalaron Inés y él en la urbe-, había tenido que lidiar con tropezones de infamia, coloreada a veces con grotescos brochazos de color rosa y en la mayoría de los casos, muchos, demasiados, envueltos con otros de la confusa y repelente pátina gris que imprime la obscenidad.

Su mujer, Inés -Dios la bendiga, pensaba la parte de su cerebro librepensador-, acogía entre carcajadas salpicadas de lágrimas, que ella atribuía al ataque de risa y bien lo sabía él que eran de impotencia y rabia, los repugnantes asuntos que se iban reemplazando para denigrarlos a ambos como seres humanos, consiguiendo, con paciencia y razonándoselo mucho, transformarlos y hacérselos ver como si se tratase de chiquilladas sin trascendencia. Era mucho mejor tomar las cosas así y continuar para permanecer una pizca indemne ante la porquería y así trataban de hacerlo, como en un pacto de delicadeza hacia sus propias dignidades.

Por la mano de su media naranja, se le había hecho algo más soportable el vergonzante tormento sin verse en la necesidad de tirar la toalla antes de tiempo, renunciando al puesto y abandonando el servicio activo. Todavía no tenía en la mano los cabos sueltos del asedio al que los estaban sometiendo pero no andaban muy dispersos ya y podría decirse que la clave de bóveda roncaba allí mismo; antes de irse cortaría el aparente nudo gordiano con ayuda de lo que custodiaban las bellas planchas de roble que se hallaban al fondo del despacho, a su izquierda, sitio al que volvió a dirigir los ojos notando que se aplacaba su furia.

Ni un sólo día había transcurrido en Termas verdaderamente en paz. La carga de maldad diaria que él, un profesional bien curtido, había tenido que ver y tenía que investigar para ganarse las lentejas, en nada se parecía a esto.

La vida conyugal había sido muy dura, realmente penosa –continuaba monologándole su parte oscura sin que pudiera detenerla-, tras el vacío acarreado por la pérdida de su querido hijo Mateo cuya ausencia era imposible de paliar. La casa, aunque nueva y sin ningún objeto personal que se lo recordase, se les venía encima a los dos; ambos estaban muy bien juntos y no necesitaban hablarse siquiera para sentir la calidez de compartir sus existencias pero el vacío los mantenía cautivos, a cada cual por su parte, desde dentro.

Inés procuraba estar siempre atareada, inmersa entre muchas obligaciones y algunas buenas obras que le ocupaban tantas horas del día que podía acabarlo rendida y sonriente, mostrándole, únicamente, su mejor rostro, sin que pudiera verle más lágrimas que las que las pesadillas solían arrancarle de noche, derrotada su fuerte voluntad entre las garras del sueño .

En cuanto a él, sobrevivía gracias a sus secretos, extenuándose en el desempeño del trabajo y la dedicación obsesiva que tenía por la colección de sellos a cuya contemplación se entregaba en cuanto conseguía que su mujer se acostase. Era su manera de evitar el desaliento y también la excusa perfecta para poder aguardar, expectante, hasta la madrugada, acompañado únicamente por el can que su padre le regaló hacía ya un buen montón de años y que parecía sobrevivir más por cabezonería que por designio de la Naturaleza.

En el ilusorio silencio nocturno que podía ofrecerle una gran ciudad, admirando las hermosas estampillas que con tanto esmero atesoraba y, entretenido, recreando las conversaciones que había mantenido con su hijo, reviviéndolas, con intensidad, desde que era un niñito hasta la plenitud de ésas ideas que expresaba con determinación y que le dejaban asombrado por su madurez; así pasaba la vida…

Mateo, tan abruptamente perdido; todas las madrugadas le parecía verlo, flotando, al otro lado del protector haz de luz que proyectaba el flexo, un poquito más allá de la amplia y desordenada mesa de coleccionista filatélico amateur, en la negrura sin remedio del cuarto de estar: allí estaba la bella sonrisa de su hijo, únicamente la sonrisa. No quería perder lo que le quedaba de ésa vida cercenada prematuramente y por ello, demoraba hasta el abuso, día tras día, el irse a la cama pues estaba seguro de que el agotamiento y el enervamiento que le producían el cansancio y el insomnio le traerían de vuelta el tan adorado rasgo filial; bendita alucinación que se quedaba esperando hasta que llegaba, alrededor de las tres de la madrugada. Sonreía él a su vez y daba las buenas noches a la aparición, tranquilo ya, sabiendo que todos los pliegues del Universo, con luz o en sombras, cercanos o expandidos por el infinito, acogían a su hijo.

-¡Maldita sea! –Rugió, Martínez-Vela, cerrando de golpe la espita de las divagaciones a su mente- ¡Despierta, ceporro! –el amplio sillón en el que estaba sentado, se deslizó de manera incontrolada y chocó contra la pared produciendo un ruido sordo un poco más fuerte del que hubiera deseado cualquiera-. ¡Andújar! ¡Abre los ojos y sal de aquí rápido a ver qué pasa que no llega la Lampadina, diantre! –acabó la frase chillando un Lucas Martínez-Vela rabioso sobremanera.

-¿Qué pasa, jefe? –Se sobresaltó el inspector Andújar, despertando de sus ensoñaciones- ¿Qué quieres, Lucas? –El subordinado interpeló al comisario, poniéndose en pie de un salto y tuteándolo a gritos, azorándose todavía más al darse cuenta de ello.

-Te has dormido, José, y mira ¡me tienes contento, hombre! –La sonrisa

fue inevitable al observar en el otro el desconcierto que se le pintó en el rostro. Con verdadera fruición, Martínez, disfrutó del despertar tan abrupto que tuvo el hombre tras el dulce e inoportuno sueño y de la ruidosa vuelta a la realidad a la que había arrojado al inspector; se lo merecía, pensó, ampliando el disfrute.

Tras hacer un gesto al aire con la mano derecha, invitándole a abandonar el despacho, el comisario se desentendió de Andújar volviendo a ajustarse sobre el caballete de la nariz su preciado y lujoso objeto de ver de cerca, lanzando un gran suspiro de alivio y comenzando, ahora sí -ganada la batalla a su otro yo y bastante feliz con el resultado que había conseguido con el alboroto-, una atenta y disciplinada lectura del manuscrito.

José Andújar, cerró con mucho cuidado al salir, Martínez le había pillado en falta; el cambio de expresión y de color operado en el rostro del superior que había pasado del gris al rosado en un instante mientras él recuperaba totalmente la conciencia, burlándose, le alertaba de que era urgente hacerse perdonar lo más rápidamente posible la flaqueza del sueñecito. Apoyando la espalda en la puerta recién cerrada, extendió los brazos cuánto podía hacerlo y se desperezó, bostezando calladamente, percibiendo por todo su cuerpo el dolor de las recientes magulladuras y lanzándose a continuación escaleras abajo en busca de la mujer requerida por el jefe mientras se reprochaba los excesos de la noche anterior y el fallo cometido que no le acarrearía muy buenas consecuencias si llegaban a enterarse “los otros” y no veía cómo no iban a enterarse con el griterío que acababa de producirse al otro lado del tabique.

Lucas Martínez-Vela quedó sorprendido por el buen tacto de los papeles que le ocupaban las manos y en el que no había reparado; un ligero frufrú muy agradable fue el resultado producido por el frotamiento entre su dedo índice y pulgar de la primera de las hojas tras pasar hacia atrás los dos prosaicos y anodinos folios de Jefatura.

Volvió a fijarse en el anagrama estampado, tenía un suave matiz y aunque las letras serigrafiadas eran de factura severa y formal, el contraste de colores resultaba vistoso y derrochaba estilo; nada sorprendente pues no se espera otra cosa que lo mejor siempre que venga de un complejo hotelero que ostentaba, hasta hacía bien poco por lo que sabía, la única distinción de cinco estrellas en la región, pero lo cierto es que a él nunca le había caído un obsequio en forma de hoja con tanto valor, ni de cualquier otra forma, en ningún hotel, jamás.

Con gesto serio se zambulló en los resobados folios prestando la máxima atención a las inclinadas y redondas letras plasmadas en los papeles por un hombre al que los expertos presentaban como víctima de una gran drogadicción; la compasión que siempre le producía el conocimiento de la pérdida de sentido común en otro ser humano le invadió plenamente antes de comenzar la lectura que decía así:


<<

HOTEL L** T*****



Habiendo llegado al punto en que me encuentro, sin que yo lo halla merecido, según creo, me veo en la necesidad de dejar por escrito mis asuntos.

De mi paso por la Tierra al menos quedará una versión cierta aunque pobre y desarreglada, como corresponde a un honrado marino que soi.

Si puedo contarlo todo en el papel, lo dejaré en lugar conbenido seguro pues no tengo mucho tiempo, lo he acordado así y en buenas manos estará y espero que haciendo honor al código del Mar y a la palabra dada, pronto lo pondrán en posesión de alguien que pueda intervenir, persiguiendo a my matador ya que es el miedo de que acaben con mi vida; unamision fácil.

Empezaré ya lo prometido que un documento ha de estar bien hecho y he de relatar muchas cosas aquí aunque desconozco la forma oficial de escribirlo y que tenga validez y se haga justicia cumplida.

Así lo espero.

.

“A quién corresponda.

Termas, 1 de Agosto del año del Señor de 2010.

Quiero empezar diciendo que no soy yo el culpable de la absurda situación en que me metí, pido se me conceda el crédito suficiente en esa afirmación con lo que ahora explico.

Sepa quién esto lee que el 31 de Julio, un caluroso sábado, arribamos al puerto de ésta bella ciudad a bordo del buen buque de patas “Persy” matriculado en Malta, cuando nos dieron permiso y tras subir el práctico a bordo, atracamos en la dársena del Muelle Nuevo cerca del puerto deportivo y que está al otro lado de él y así fue que teníamos muy cerca el más espléndido bergantín que yo haya visto jamás del que únicamente nos separaba la anchura del muelle.

Sé que no tengo mucho tiempo para escribir éste papel que será mi declaración y mi testamento pero si he de irme que sea recordando aquellas cosas que quizás por mi oficio me gustan más y disculpen la largueza, creo que es mi consuelo en el negro día que me toca vivir, quizás el último.

Pasamos la noche del día 30 a bordo y como el barco estaba bien situado, entre dos transportes medianos de contenedores, cerca del profundo fondeadero del puerto de Termas y con el sol a punto de asomarse, esperábamos todos algo impacientes la maniobra y yo que estaba en popa, sin poder dormir tampoco, tras un poquillo de trasiego de coñac que no me sentó muy bien y queriendo despejarme antes de ir a prestar mis servicios pues al Capitán, aunque es un buen hombre, no le agrada el aliento rancio, me entretuve contemplando los raros mástiles de barcos que se veían, al otro lado, al amparo de la dársena


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