Por debajo del agua
Fernando Zamora
Copyright 2010 by Fernando Zamora
Smashwords Edition
I
Si uno cierra los ojos y tiene suficiente imaginación, le es posible escuchar, en los edificios viejos, conversaciones que ya se fueron. Es verdad que todo el antes y el después suceden al mismo tiempo, porque hace unos años, en un casino militar que no se usaba desde el gobierno del presidente Calles, escuché en el silencio lleno de polvo la siguiente pregunta:
——¿Qué pasó mi general? ¿Se le fue la vieja?
Era un hombre de bigote ralo, indígena (así lo imaginé de primera instancia) y su voz una especie de murmullo sudando fuera de las paredes y los pisos de madera.
——¿Qué pasó, mi general? ¿Se le fue la vieja?
Ahí se quedó la pregunta, flotando.
Otro día, varios meses después supe por una foto, fechada en 1921 que aquel hombre se llamaba Ramiro Rangel, y que durante los primeros años de la presidencia de Álvaro Obregón había organizado un lío tremendo para perjudicar a un enemigo de su jefe, el general Federico Quintero.
De acuerdo con la historia de la Revolución y la historia de mi familia (ambas confluyen aquí) el enredo de Rangel no tuvo como finalidad el provecho político, sino la revancha personal. Era un hombre simple, que por corto de mirada no pasó a la historia de México con todo y que su voz ahí se quedó, flotando en el edificio indiscreto.
Y ahí estaría, sin que nadie la hubiese recogido, de no ser por la imprevista circunstancia que me llevó a aquel bar, justo cuando algo estaba a punto de explotar bajo los pisos, detrás de las paredes, entre las escaleras, como el estómago de un gato muerto que dejó salir no un olor amargo sino la voz de Ramiro Rangel.
——¿Qué pasó, mi general? ¿Se le fue la vieja?
En otra década ya (en otro milenio, incluso) supe que aquella cantina iban a demolerla. Y yo pensé que todo se había quedado así, como una historia extraña, de voces homicidas y escándalos familiares, de esos que no contamos ni a los amigos de parranda. El 6 de octubre de 2001, sin embargo, apareció una nota en el periódico El Economista: Piden reabrir el caso del asesinato del general Federico Quintero. La familia del militar quiere acceso a los archivos para demostrar la culpabilidad de Plutarco Elías Calles y de Álvaro Obregón.
En el artículo se comenta la destitución del asesino material, el subsecretario de Guerra, Pablo Aguirre, a quien el mismo presidente protegió de la cárcel y el escándalo.
Todo esto yo ya lo sabía. Lo único en verdad interesante era la ilustración: una foto de media página que completa el sentido de la pregunta atrapada en el casino militar.
Se trata ——ahora estoy viéndola—— de una imagen inédita del general Aguirre. La pregunta de Rangel (¿qué pasó mi general?, etcétera) fue dirigida precisamente a él, es decir, se supone que a Pablo Aguirre se le fue la vieja.
Los diseñadores del periódico, por alguna razón estilística, decidieron virarla al azul. Ahí está Pablo en 1921: tiene piel blanca y pelo castaño. El bigote y el cabello bien peinados. Este último, sobre todo, acomodado con miras a disimular la cara de niño (no debe tener más de veinticinco años en esta foto).
Junto a Pablo hay una mujer que llamaría la atención en cualquier época. Es Isabel. No se trata de que sus facciones sean algo especial. Si uno lo piensa, son en realidad bastante simples. Hay, sin embargo, un equilibrio exacto, casi diríamos que provocativamente matemático, entre los tamaños y las formas de cada uno de sus miembros: la nariz, la boca, los ojos, Es evidente que la foto detuvo el instante previo a un beso que deben haberse dado entre risas y juegos, de esos que tenemos con los amantes que son, también, nuestros mejores amigos.
Además de las voces escuchadas en sueños, en edificios a punto de venirse abajo y de este artículo en el periódico que se me aparece junto al café en el desayuno, hay una tercera razón que me ha llevado a estar interesado en la intriga que produjo el fin de la relación entre Isabel y Pablo y los asesinatos de Hugo Estrada y Federico Quintero. Por una cuestión de mecanismos literarios, esta última (sin duda la más contundente) la dejaré para el final.
No se trata de un asunto de sorpresas o malabarismos estilísticos, es sólo que necesito todavía algo de reflexión antes de emitir un juicio sobre mi propio pasado y todo aquello que me ha llevado a estar interesado en un par de hechos que tuvieron lugar hace casi un siglo, durante la infancia de Isabel.
En fin, la noche en que culminaron estas historias (por un lado la de Pablo y Hugo y, por el otro, la de Pablo e Isabel), el general Aguirre acabó no sólo con Quintero; arrancó también, de tajo, las raíces de toda su carrera militar.
Durante su trayecto político, Pablo se había mantenido fiel al ejército de Obregón y sin quererlo con estas muertes, mandó al carajo su pasado de héroe de Celaya. Por si fuese poco, la misma noche Aguirre asesinó también a su mejor amigo.
Ahora miro la foto de Aguirre. Imagino el casino militar en el que se le fue la vida: se abren las persianas y no hay polvo ni humedad. Huele a sudor y tabaco y hay un poco de luz de madrugada que se filtra por las ventanas.
Rangel se aproxima. El general ha perdido la sonrisa de niño. Está envejecido (aunque tiene menos de treinta años). Ha bebido mucho y quiere más.
A Rangel le entran los escrúpulos y quizá por eso, para hacer como que no entiende lo que sucede, viene y le pregunta:
——¿Qué pasó, mi general? ¿Se le fue la vieja?
Pablo sonríe. El cabo ha roto las formalidades. Cuando Aguirre lo invita, Rangel se sienta y sirve un trago grande.
——¿De qué se preocupa, mi general? ——escupe Rangel——. ¡Si ahora tenemos a todas las viejas de la ciudad para nosotros! ¡Viejas son lo que sobra mi general!
Vuelve a Pablo la mirada de niño.
Responde echándose otro trago:
——No como Isabel, Ramiro. No como Isabel.
¿Cómo es la voz de Pablo Aguirre?
La imagino despostillada con tanto grito y rabia de aquella tarde. ¿Y la de Hugo?
Hugo Estrada es el mejor amigo de Pablo; se conocieron en la infancia. Pero no nos adelantemos, estábamos hablando de sus voces, no de sus historias personales.
Aquí está el general, en un casino militar, adueñándose de un discurso alcoholizado, agitado como un demente que se dice por dentro:
Acabo de matar a mi mejor amigo. Y no es que me importe mucho, pero hay polvo y un ruido que se lleva todo adentro. Es algo que nunca sentí. ¡Como si hubiera dejado de ver!
Acabo de matar a mi mejor amigo! No me importa acordarme de su nombre ni tampoco me arrepiento. Lo hice con ganas. Estaba encabronado. Triste también. Un poco, y ahora he dejado de ver.
Acabo de matar a mi mejor amigo y la música allá afuera donde todo sigue como si nada, es tan extraño: cerrar los ojos porque no tiene caso dejarlos abiertos y ya ni siquiera me importa estar ciego.
Acabo de matar a mi mejor amigo. ¡Porque se me dio la gana y porque soy el general Aguirre! Y ahora quiero beber más y más. ¡Mucho más!
A mí nadie me dice hasta dónde y quiero que este perro venga, salga de atrás de la barra y me sirva otro trago aquí mismo.
——¡Si, mi general!
Acabo de matar a mi mejor amigo... ¡Porque soy muy cabrón y muy macho y nada me importa! Estoy borracho y voy a seguir así hasta que me deje tranquilo el olor a pólvora y sangre seca. ¡Que venga este perro y limpie la bota que Hugo embarró con su sangre! No me importa estar solo, ni pudrirme en el Infierno. No creo ni en Dios ni en el Infierno ni en la muerte y sé que nunca voy a morir. ¡El general Aguirre no se va a morir nunca! ¡Quiero que lo sepan! Que la muerte es una historia de viejas pendejas para asustar a los niños perfumados como el Hugo que hace no mucho... no hace mucho en realidad.. tenías sólo trece años...
En 1912 Hugo Estrada tenía trece años y aún vestía medias, pantalón corto y boina ladeada cuando conoció al futuro general Aguirre. La guerra, la Revolución estaba lejos: lejos del colegio de jesuitas, de los casinos y de la casa de campo en San Agustín.
Pablo acompañó a su papá para pasar un fin de semana con los Estrada. Tomaron por la mañana un tranvía que los llevó a Huipulco. De ahí, una carreta de mulitas los condujo al centro de Tlalpan ascendiendo por la calle de Correos. Al pasar por los portales, los llamaba el olor de los buñuelos.
La iglesia está repleta de conciencias arrepentidas; en la plaza, los niños vocean La Prensa y Pablo mira sorprendido a unos muchachos de dieciséis o diecisiete años que visten capas dragonas, kepis y uniforme militar: son los conscriptos de la Academia de aspirantes de Tlalpan. En poco tiempo van a levantarse contra Madero.
Finalmente, cortando en el centro una parvada de palomas, Pablo y su padre llegan a una finca detrás de la que fue casa de Carlota, la emperatriz de México.
El papá de Pablo camina deprisa. Tiene tiempo buscando esta invitación. Quiere dinero del señor Estrada. Han sido amigos desde hace tiempo y planean negocios relacionados con minas y tesoros. Nunca dieron el gran golpe, por supuesto, y ahora, todas sus ilusiones burguesas las está barriendo la Revolución.
La familia de Hugo se encuentra bastante venida a menos, pero la casa en San Agustín es todavía muy impresionante. Es un edificio viejo de techos altos, poblado de fantasmas, un piano de cola, paredes de piedra, caballos...
Cuando uno sale por la puerta trasera y camina hacia la plaza, se encuentra con otras fincas y haciendas con veredas de grava flanqueadas por palmeras verdes.
De noche los grillos hacen ruidos y en las mañanas los cuervos graznan.
Quién sabe por qué recuerdo, Pablo que la noche anterior a que vinieses, mi hermano y yo nos habíamos subido al techo a fumar. Desde allá veíamos la torre de la iglesia. Nos quitábamos el frío abrazando unos jorongos y burlándonos de las caderas de la nana. Luego, serios, platicábamos de no sé qué, de cuando se fue mi madre y algo que decía Carlos sobre los clavos de Cristo.
Mis hermanos, Daniel, Carlos e Isabel, todos en la casa, sabíamos que los irlandeses, tú y tu padre, habían venido a pedirnos dinero, pero con eso de la guerra y los gastos y todo ¿qué iban a sacarnos?
Desde que se fue mi mamá lo único que hizo mi padre fue gastar en alcohol y en los casinos de Tlalpan. La finca era buena, pero ¿quién iba a poder comprarla?
A la hora de la comida, mi gemela y yo nos burlábamos de ti porque te habías sentado a la mesa muy derecho, como para hacerte más alto y más serio...
Luego, en la noche, me comentó Isabel: “El hijo de tu padrino es un pesado”, como si yo tuviera la culpa. Yo no dije nada de lo que había pasado en el jardín después de la comida.
Y eso te lo debo: que me enseñaste ahí, en San Agustín algo tan obvio, algo que se llevaba todo lo viejo, lo que no sirve: el dolor de mis hermanos cuando se fue mi madre, el sol y la lluvia tan aburridos en Tlalpan, el rechinido de los pasos de mi padre cuando subía las escaleras.
Era algo que aliviaba mi vergüenza, porque, no sé... Antes de conocerte, Pablo, no pensé que pudiera existir. Y fue Isabel quien me lo dijo. Que aquello que me habías enseñado se llamaba futuro.
En casa de los Estrada, al centro del parque, hay un árbol de tronco grueso. Sus hojas cobijan una laguna que se formó con la lluvia.
En esta laguna, por debajo del agua, han aparecido toda clase de bichos.
Hugo y Pablo cazan un sapo, atrapan chapulines y más tarde se quedan con la boca abierta mirando el paso torpe de una mantis religiosa.
Hay viento de marzo y en la tarde, sorpresiva, una tormenta. Hugo se mete bajo el árbol a pesar de que un caporal le ha dicho que, si hace esto, un día lo va a partir un rayo... pero yo no pienso mojarme, se dice.
A Pablo, en cambio, el agua lo tiene sin cuidado. Es más, le gusta mojarse. No detiene su juego de cargar y disparar un rifle ficticio matando huestes invisibles.
De pronto, por algún instinto muy básico, por alguna cuestión que nunca entendió del todo, Pablo toma a Hugo por el brazo y lo jala hacia la lluvia. Luchan, cuerpo a cuerpo, y se embarran de lodo.
El sapo que han atrapado aprovecha el reverso de fortuna y escapa dando tumbos sobre la hierba.
Pablo es más fuerte: inmoviliza a Hugo. Se sienta sobre su pecho y comienza a hacerle cosquillas. El niño está a punto de morir de la risa. La lluvia se le mete en los ojos, en los zapatos, en el pantalón, en las medias y la camisa. Todo su cuerpo está lleno de agua. Pablo acerca la boca y deja salir un hilo de baba que va y viene amenazándolo como una serpiente.
Hugo, dando patadas al aire, mueve la cabeza.
——¡Suéltame!
Ríe y forcejea. Lucha con las rodillas desnudas, descascaradas. Pablo se detiene. La saliva vuelve a su boca. Se callan.
Ahí están un rato, viéndose. Tan cerca que pueden oler sus ropas, sus pieles húmedas.
——¡Carajo! ——dice Aguirre.
Hugo, sorprendido, mira los ojos azules del otro. Quisiera saber qué defecto imperdonable ha encontrado en él.
——Cómo me hubiera gustado que fueras mujer.
Y se recuesta Pablo así, junto a Hugo, sobre la hierba, sin miedos ni remordimientos, acariciándole el cabello y bebiendo el agua que viene del cielo.
En la cantina del Centro que demolieron hace poco, Ramiro Rangel y el general Aguirre, borrachos, desenredan las intrigas de sus amores revolucionarios.
Hay quien ha querido ver en Rangel a una especie de Yago que obraba por mala voluntad. Yo pienso que el cabo no tiene semejantes alturas dramáticas. Era mucho más simple, en todos los sentidos.
Si nos atenemos a los hechos y dejamos de lado la imaginación, las cosas son más bien sencillas: Pablo y Hugo se conocieron por la amistad de sus padres un fin de semana de 1912. Al año siguiente trabajaban juntos en un taller de grabado que perteneció a Miguel Ángel Estrada.
Sé por referencias familiares que don Miguel era un viejo con aspiraciones porfiristas que juraba descender de nobles virreinales.
Entre los bienes de los Estrada hubo una casa de campo en San Agustín (hoy Tlalpan), otra en la calle de Versalles y algunas joyas, pinturas de Cabrera y cuentas en el Banco de Londres y México. Parece ser que cuando la esposa (madre de Hugo, llamada como su gemela Isabel) se largó con un hombre que desconozco, Miguel Ángel Duque de Estrada (firmaba así, con el Duque muy grande y muy orondo), encontró consuelo en el alcohol. Se separó de sus hermanos y sus primos. Tal vez por vergüenza, quién sabe. No volvió a ver a nadie.
En 1913 don Miguel se sostiene con un negocio nada más: la imprenta aquella en la que su hijo Hugo selló amistad para siempre con el futuro general Pablo Aguirre.
Esta imprenta, localizada entre 1911 y 1920 en la calle de Bucareli, frente al Reloj chino, estuvo bajo la administración de Rubén romero, hombre de buena reputación que siguió junto a Miguel Ángel Estrada a pesar de su carácter y situación.
Dentro del taller de don Rubén debe haber habido regados por todas partes bandos del gobierno a medio entintar. Gracias a los tiempos belicosos, consiguieron trabajo imprimiendo llamados y afiches que invitaban a la población civil a unirse al nuevo presidente en su lucha en contra del zapatismo.
Pienso en el taller y me viene a la cabeza el aroma de las tintas, del aceite en las máquinas y el del sudor de siete aprendices entre los que se encuentran Hugo y Pablo.
El ruido es alto, constante, hipnotiza:
——¡Hugo! ——gritó don Rubén.
——¡Si señor!
——Mira nomás esos zapatos.
——¿Qué tienen mis zapatos?
——Están relimpios. ¡Qué se me hace que son nuevos! ¡Como que les damos el remojón! ¿Qué no?
Y la erre en su boca era ligera y amenazadora.
——¡Oigan todos! Aquí el pollo trae zapatos nuevos. ¿Quién quiere darles el remojon?
——¡Ehhhh!
Los aprendices dejan de lado sus tareas y, como atendiendo a un llamado de guerra, se van sobre los pies de Hugo, pisoteándolos, llenándolos del lodo de sus propios zapatos. El muchacho se deja hacer con algo de estoicismo.
——¡A ver! ¡A ver! —tranquiliza don Rubén— A chambear cabrones. Y tú, Hugo... en lugar de andar de perfumado, deberías estar dibujando ¿no? O ¿para qué te puso aquí tu papá?
El niño se limpia los zapatos con la parte posterior del pantalón.
——Pues el cartel de los pelones lo entinté yo solito.
——¿Pel...? ¿Los pelones? ¿Qué quieres niño? ¿Que vengan a hacerme preguntas? Estamos hablando de los soldados del ejército mexicano...
——El caso es que yo entinte solo el bando del ejercito-mexicano-que-combate-a-los-sucios-sombrerudos-piojosos-traidores-a-la-patria.
——Eso está mucho mejor.
Pablo sonríe con Hugo.
——Ya los vi, cabrones. ¡No me pelen los ojos! ¿Para qué te quería? ¡Ah si! Apéate los tipos móviles del juego cuatro ahí sobre el estante azul.
Truena los dedos.
——¡Rapidito, Hugo, que no tengo tu tiempo!
El niño sale corriendo.
En la parte más oscura del taller (ahí donde dicen los aprendices que aparece en las noches la Llorona) hay un estante enorme que Hugo escala sobre un taburete de cuero.
Una rata lo mira desde abajo con aire de superioridad.
Cuando Hugo vuelve con el estuche de tipos, otro aprendiz que repara el vientre de una máquina grasosa, saca la pierna y hace que el muchacho se venga para abajo con todo y tipos. Hugo se va a los golpes. Comienza la batalla campal.
——A ver chamacos ¡detengan este mitote! ——grita don Rubén con respiración entrecortada.
Imposible. Pablo defiende a Hugo, quien lanza patadas y golpes. Cada quien toma partido. Gritan y se lo pasan bien. Es una buena pelea.
Entonces todos se callan.
Entra el dueño del taller, Miguel Ángel Estrada. Sólo Rubén sigue riendo, con todo y que ha manchado su saco predilecto tinta color amarillo limón.
——Mira nada más la bulla que organizó tu muchacho ——comenta de buen humor.
Don Miguel, alto y serio, se encorva para mirar a los ojos de su hijo.
——¿No puedes quedarte un instante quieto?
Risas burlonas.
——¿Y a ti?, ¿ya se te olvidó que hoy nos toca póquer? —le pregunta al maestro del taller.
——¡Es cierto! Hoy toca la baraja en casa de don Fernando.
Miguel Ángel Estrada asiente y lanza sobre su hijo una nueva amenaza:
——Contigo arreglo cuentas en la casa.
Don Rubén mira al niño con aire de compasión e intercede:
——Es que yo pensé que mejor... que se queden Hugo y Pablo chambeando, ¿no? A mi se me hace que los dos tuvieron la culpa ¿verdad Pablo?
Pablo dice que sí.
——Además ——continúa—, tienen que terminar el grabado para los pelones.
——Los pelones.
——Es decir, los soldados. ¡El gobierno, pues!
Don Miguel sale del taller pelando los ojos.
——Bueno muchachos ——dice el maestro——, ahí les encargo el changarro y espero que arreglen todo este desmadre. Yo aquí me voy con mi compadre a buscarle la cara a la suerte ——piensa y concluye——: y de ser posible pues también vamos a verle la cara a don Fernando, ¡cómo chingados no! ——y sale riendo de buena gana.
La ciudad ha quedado vacía muy temprano.
Hugo y Pablo, castigados, trabajan todavía dibujando bocetos y grabando planchas en el taller.
Les duelen los pulgares.
La rata que habita el rincón más oscuro y misterioso ha terminado con varios mendrugos de pan y medio hambrienta, cerca del estante de los tipos móviles, levanta la cara. Mira a los niños con ojos amarillos y cierta expresión de orgullo. Segura de sí, se aventura cerca de las mesas donde trabajan.
——¿Qué fue eso? ——pregunta Hugo cuando escucha el ruido de las patas diminutas hurgando en el papel del basurero.
Su voz es delgada. Detrás de los hombros le cae un resplandor vidrioso: es el brillo del farol de gas que en la calle ilumina las tejas de Bucareli.
——Una rata ——contesta Pablo, quien recuerda la tarde lluviosa bajo un árbol en Tlalpan, en donde hay una laguna llena de bichos.
Y siente Pablo, la misma sensación de un año atrás, cuando lo vio en San Agustín por primera vez: un ardor caliente y ligero que le sube el torso.
Los ojos del futuro general Aguirre, a Hugo, se le pegan, se le enredan en la sombra del pelo, en las pestañas que bajan como resbalándose sobre los pómulos y la nariz.
——Ya son las diez ——dice Pablo, por decir cualquier cosa.
——¡Mira!
Hugo le muestra el boceto de un nuevo bando del gobierno maderista.
——Ta güeno ——confirma Pablo, aunque éste te quedó medio chueco.
——¿Chueco?
——Está bien.
——A lo mejor, lo que pasa es que le dejé la cara muy cuadrada, ¿no?
Pablo levanta los hombros. Vuelve a su trabajo. Quiere callar, pero las voces luchan dentro para romper el silencio. Quieren decirle a Hugo lo único que en verdad necesita: que quiere que venga y le arranque el ardor en el estómago, el cosquilleo que le sube por las piernas.
——¿Mejor? ——pregunta Hugo, después de un tiempo.
——Mejor.
Se sonríen. Simplones. No pareciera haber nada especial en la sonrisa. Son amigos ¿no? Nada más.
——¿A qué hora quedó de venir tu hermano?
——A las doce ——contesta Hugo.
——A las doce...
Pablo cruza los brazos sobre la mesa de dibujo. Recostado así, siente el golpe de su pulso. No sabe bien qué decir hasta que:
——¿Sabes? ——dice finalmente.
Hugo concentrado en su trabajo no se da cuenta del nervio en la voz de Pablo.
——¿Sabes? El otro día...
——¿Qué pasó?
——Estaba platicando con un amigo... ¿Te acuerdas de Federico?
——¿El hijo del coronel Quintero?
——¡Ese mero! Y estábamos platicando, ¿no? Y ¿tú sabes lo que significa conocer?
——¿Conocer? —pregunta Hugo sorprendido.
Levanta los ojos. Mira a Pablo.
——Si sé que significa, pero no puedo explicártelo ahorita.
——¡No! Conocer no como te estás imaginando. Yo digo como en la Biblia. ¿Sabes? ¿Has leído la Biblia?
——No... No se debe leer si no te la explica un padre, ¿no?
Hugo ha comenzado a intuir alguna cosa.
——¡Eso no importa! En la Biblia dice que cuando uno conoce es...
Finalmente Hugo suelta la carcajada porque con una seña de manos ha entendido lo que Pablo está queriendo decir.
——¿Fornicar?
——Más o menos.
——Ah, ¿como Adán y Eva?
——Eso, como Adán y Eva.
El silencio se hace liviano. Las palabras fluyen sin querer.
——Tu ¿nunca has conocido?
——No, ¿y tú?
——Yo sí ——dice Pablo orgulloso——. Se siente rico, calientito.
El ratón del taller hurga cerca de los pies de los aprendices. Se pasea cerca de la ratonera. Va y viene retando sus fauces de metal.
——¿Quieres... conocer?
——¿Aquí?
——Detrás del taller no va nunca nadie.
——¿Ahora?
Hugo traga saliva.
——Si...
Las voces se les hicieron ligeras. Sentían miedo a ellos mismos aunque no sabían muy bien lo que iba a pasar. El calor les pulsaba en las sienes, en las palmas de las manos, en los pies.
Tenían un poco de miedo también de Dios, de la confesión del próximo domingo, del porvenir. Pero fueron y encendieron una mecha de sebo que hacía de vela. El frío seco salía de las paredes. Un sarape cubriendo un viejo molde de adobes pendía del techo y hacía de cama. Había una ventana rota y sobre la mesa, un Cristo crucificado que Pablo cubrió. Luego, se sentó sobre la cama, atrajo a Hugo por la cintura. Crujieron las cuerdas que sostenían al molde. Comenzaron a mecerse.
Aguirre abrazó a Hugo a la altura del pecho. Se quedó así un rato, mirando la llama azul y roja, pensando en lo que iba a hacer. Escuchaba los golpes del corazón de Hugo y eso dijo:
——Parece que se te va a salir el corazón.
Se acercaron uno al otro, hasta que quedaron tan juntos que se dieron un beso discreto y luego, desataron y desabotonaron. Se desvistieron y cuando cayó la última prenda el frío fue la primera caricia.
Se tocaron y se besaron y a lo lejos se escuchaba la música de una fiesta en una de las casas de Bucareli.
En enero de 1913, Pablo Aguirre y Hugo Estrada se tocaron con miedo, pero igual se tocaron. Vibraba el farol en la calle y Hugo escuchó un golpe y volvió en sí sobresaltado. Nada, era sólo un escalofrío, un recuerdo del fantasma. El ahorcado. Nada más.
El asunto en la covacha acaba de terminar. Se lo pasaron bien, pero duró poco. Tampoco lo hicieron con la intención de que durara mucho. La mecha de sebo se ha consumido y el ratón de los ojos amarillos está a punto de morir en la ratonera.
Los muchachos han vuelto a sus mesas de trabajo.
——Otra más ——dice Hugo, y escucha las fauces de la ratonera quebrando el cuello de la rata.
Disimula el nervio que trae atrapado en la garganta. Pablo no dice nada. Está volcado en su trabajo y sus pensamientos.
——¿Qué te pasa? ——pregunta Hugo——. ¿Te comieron la lengua los ratones?
Después de un tiempo, se hace claro que el silencio que ha caído no es el de dos amigos o dos amantes. Es un silencio bochornoso que no permite relajarse.
——¿Por qué eres así? ——interroga Pablo.
——Así, ¿cómo?
Pablo ha vuelto de una reflexión, un viaje largo en su cabeza. Pareciera ser otro distinto al que fue al cuarto trasero a tocar a Hugo. El que está aquí es un Pablo muy distinto.
——Así, maricón.
——No sé ——contesta Hugo y trata de pensarlo, con toda sinceridad——, pero ¿tú qué?
——No quiero hablar de eso, ¿si? ——dice el nuevo Aguirre.
Pablo se siente cansado. No es una sensación molesta, pero la mente le gira sin tregua y dirige los miedos contra todo el placer que se le quedó en el cuerpo.
——¿Tú no estás enojado?
——No.
Pablo está a punto de explotar.
——Entonces es cierto lo que dicen los del taller, que eres leandro. Todos lo dicen, también tu hermano.
——No metas a mi hermano en esto, ¿si?
——A pesar de que Pablo quisiera seguir lanzando reproches, se calla. Vuelve a su trabajo un poco más relajado. Después de todo, el raro es el otro, el extraño. Él sólo ha caído en una tentación tan insignificante como tocarse bajo las sábanas o robar un chocolate. Ya lo dirá el sacerdote el próximo domingo.
El padre irlandés de Pablo lo ha acostumbrado a ir a misa cada domingo y antes de la comunión debe confesar hasta la falta más insignificante. Ahora, a ver qué le dice, porque intuye que trae una grande. Después de lo de Federico no se ha presentado con algo de semejante tamaño.
De cualquier forma, el pequeño par de recriminaciones que ha lanzado sobre su amigo ha aligerado la carga, lo ha hecho sentir mucho mejor. Ha sido una especie de juego de niños ¿no? Nada serio. Hugo puede incluso ser su amigo, siempre y cuando no ponga en peligro su alma inmortal porque si no...
——¿A qué hora viene tu hermano? —pregunta de nuevo, coqueto, mirándolo a los ojos.
——A las doce, ya te dije ——responde Hugo de mal humor.
——Y ahora tú, ¿qué te traes?
——¿Y si fuera leandro, qué?, ¿qué pasaría si yo fuera leandro? ¿Ibas a dejar de ser mi amigo?, ¿de saludarme en la calle?
Pablo no puede creer la frialdad con la que se está tratando un asunto tan serio. Ser leandro es contravenir las reglas de Dios, ¿qué no?
——¡Es tu problema si eres leandro o no! ——dice Aguirre——. Yo no soy así... ¡No voy a ser así!
——Pero eres así.
Aguirre levanta los ojos.
——¡No soy leandro ni tantito!
——¿Y hace rato?
Hay preguntas ante las que es imposible mentirse. Hugo las conoce bien. Con cara de niño va y pregunta alguna cosa que no puede dejarse de lado, pero no porque no haya respuesta. Isabel era igual.
——Shhh. ¡Mejor sigue trabajando! Ya van a ser las doce y tu hermano va a venir.
Afuera se mezcla el olor del excremento y de la orina de los caballos con el de una noche de sereno y pisos mojados. Como muchas calles no han sido pavimentadas y el drenaje es precario, por todos lados hay inundaciones y lodo que desprende un frío húmedo. En el taller se enfrían los pies de los aprendices que dibujan sin hablar ni mirarse. La luna enciende su luz sobre la plaza del Reloj chino, que suena a las doce, cuando entre Hugo y Pablo se agota el silencio. Entonces, una sombra salta fuera de la covacha. Los dos se quedan de una pieza. Carlos, el hermano de Hugo, ha salido del cuarto donde todo acaba de suceder. Está borracho y de buen humor.
——¡Órale pollos! ¿Por qué tan asustados?
——¿Dónde estabas? ——pregunta Pablo aterrado.
——¿Cómo entraste? ¿Tienes llave?
——¿Qué se traen?, ¡no es para tanto! Me metí por la ventana rota, ¿cuál es el problema?
Se relajan los nervios. Pasa el instante en que tuvieron la impresión de que Carlos había estado presente juzgando el momento más íntimo de sus vidas.
——¿Alguien puede decirme qué le pasa a todo mundo? ——dice Carlos con lengua torpe——. Yo también tuve que trabajar desde que comenzó todo este asunto de la guerra y cuando venía al taller no tenía un hermano que me trajera de cenar...
Carlos hace una pausa de sabor melodramático.
——¡Ni un amigo!
Trepa en la mesa de don Rubén y saca de su morral de cuero una canasta con tacos y un frasquito de vidrio llena de pulque.
Filantrópico, el muchacho reparte los tacos:
——Uno para ti, otro para ti... y dos para mi.
Come con gusto.
——¡Provecho! El caso es que un amigo creo que sí tenía: ¡el Pata!
Corre el pulque hacia su hermano quien da un trago y lo pasa a Pablo.
——Era de ley el Pata. ¡Lástima que sus papás se fueron al gringo! Dizque porque van a invadirnos.
——¿Quiénes? —pregunta Pablo.
——Los gringos.
——¿Se lo llevaron para invadirnos?
——¿Qué se yo?
——Que tontería ——dijo Hugo.
——Además es mentir ——confirmó Pablo.
Carlos come sin dejar de verlos y con la boca llena comenta:
——¡Dices eso porque eres gringo!
——Mi papá es irlandés y no gringo ——se defiende Pablo——. ¡Además me trajo desde que tenía yo cinco años!
Da una gran mordida al taco y luego, enchilado, un buen trago al pulque.
——Pero ni siquiera sabes comer chile —dice Hugo.
——¡Claro que sí!
——¡A ver niños! ——interrumpe Carlos——. No se enojen con esas tonterías. Traigo una buena noticia.
Acaba con el taco. Bebe de un sorbo todo el pulque y comienza:
——Mi novia...
——¿La puta?
Hugo y Pablo han preguntado al mismo tiempo, sorprendidos, medio en broma. Riendo.
——Voy a hacer como que no escuché ese comentario idiota... ¿En qué estaba? Ah si, mi novia, la Señorita Miranda...
Hugo y Pablo se miran. Un poco de complicidad y pareciera que pueden estar juntos toda la vida.
——... nos invita a nadar a la alberca Ester ——Carlos se detiene y mira a Pablo acusador ——Incluso a los enemigos extranjeros.
——¿A la alberca Ester?
——Están emocionados.
——¡Eso mero! Mi novia es muy amiga de la señorita Ester que acaba de traer a unos bailarines de Argentina ——Carlos baja la voz, como contando un secreto——. Dicen que hacen un baila... lúbrico...
——¿Qué es eso?
——¿Yo que sé? El caso es que vamos a ir todos, y para eso, la señorita Miranda, me ha dado diez pesos en bronces y reales para que compremos todo lo necesario para pasar un día en grande.
——¿Diez pesos? Qué a todo dar.
——Un momento. Hay que guardar un poco, para comprarle una cosa, un detalle, ¿qué se yo?
Carlos guarda siete pesos en una mollejita y extiende el resto junto con algunas otras moneditas que saca de su morral.
——Hugo ha sido nombrado por este comité, ministro del tesoro y tú, Pablo, serás el encargado de conseguir platos, sal y, claro, aguardiente.
——¿Aguardiente?
——¡Señores! Estoy haciendo el favor de invitarlos, a pesar de su corta edad, a una excursión de adultos. Tienen que comportarse a la altura ¿entendido?
Sonríe a Pablo:
——¿No me digas que nunca has robado un poco del aguardiente de don Rubén? ¡Todo mundo sabe que lo guarda detrás de la cómoda de los retratos!
Los tres están felices. No hay nada más que decir. Y esa era la virtud de Carlos, según me han dicho que podía ser un poco tonto, pero era capaz de poner contento al más amargo y sobre todo por eso lo adoraban las mujeres.
——De mi papá yo me encargo ——dijo de pronto, como si recordara una pesadilla——. ¿Todo bien Hugo?
——Todo bien.
——Entonces asunto arreglado y a ti, Pablo, te esperamos a las siete el domingo acá detrás de la casa de Versalles, ¿te parece? Bien. Asunto arreglado...
Unas últimas gota de pulque se deslizan holgazanas por la botellita de vidrio hasta la lengua de Carlos quien guarda luego la canasta y baja de la mesa que ha servido de estrado para su arenga.
——¡Ya es hora! Vámonos, Hugo. ¿Tú vienes Pablo?
——Él se queda a dormir aquí.
——Pues mucho cuidad manito, con el Ahorcado ——dice Carlos——, o la Llorona que es peor.
Pablo salda la advertencia con una seña que indica que la Llorona y el Ahorcado, los dos se la pelan y Carlos y Hugo salen riendo.
Afuera del taller todo parece nuevo. La lluvia ha limpiado la calle y huele bien.
Carlos y Hugo caminan rumbo a su casa, les gusta la noche y el tañer del Reloj chino. Luego de un trecho en silencio, Hugo pregunta:
——¿Tú crees de verdad que existe la llorona?
——Claro que sí.
Los zapatos de Hugo se manchan de lodo en el crucero.
——¿Será como el diablo?
——¡Mucho peor!
——Entonces, Carlos ¿tú crees que se lleva también a los maricones?
Carlos se pone serio. Abraza a Hugo y dice.
——No lo creo, hermano. No lo sé. De verdad no lo sé.
En la covacha del taller ha quedado flotando el recuerdo de Hugo y Pablo no sabe qué pensar. En cuanto se fue, comenzó a extrañarlo. Extendió un jorongo sobre la cama. Los mecates chillaron bajo su peso. Cerró los ojos y miró las imágenes en las que había estado trabajando toda la tarde: soldados, fusiles, uniformes, letras y... suspira. El cuerpo de Hugo, el cuerpo que lo acaricia. Quisiera poder pensar en otra cosa.
Hugo ya está acostado y mirando el techo de su cuarto, cree mirar a Pablo. Carlos apaga la luz.
——Ay mis hijos... va a venir por ti la Llorona ——bromea Hugo.
——¡Ya cállate cabrón! ——le grita Carlos——. ¡Quiero dormir aunque sea tres horas!
Pablo en la covacha, se da vuelta. Acomoda la almohada. Con dos dedos apaga la vela y ahí, en la oscuridad, aparecen destellos de colores: los soldados federales de los bandos de don Rubén toman forma.
El futuro general cierra los ojos. Sueña y recuerda con miedo el proverbio que aprendió en San Agustín: Por debajo del agua.
Hugo sueña lluvia que cae del cielo y se filtra sobre la cama. Agua que desborda un mar muy lejos. Sueña que el taller se inunda, que se inundan las calles de México y lo arrastran más allá de Versalles y Bucareli. Pablo sueña también, un manantial que lo baña y cuando ha llenado por completo la covacha, se ve a sí mismo nadando en la alberca Ester, lejos de los ojos de Dios, del padre del domingo. Le sorprende no necesitar ni siquiera del aire para ser feliz. Es como volar por debajo del agua, porque debajo del agua, todo es posible. ¡Todo es tan cómodo!
Tocarse por debajo del agua. Tocarse en la alberca Ester.
Han ido para nadar y conocer a unos bailarines argentinos que presentan una especie de baile erótico. Aquella danza, les dijo Margarita en voz baja, calienta a los hombres y a las mujeres pervertidas: se llama tango.
Así Pablo y Hugo, olvidándose del futuro nadan en la alberca Ester (muy popular en aquellos años). La fama del balneario duró hasta la década de los cincuenta. El paseo con Hugo y con su hermano no está, por supuesto, registrado en ningún archivo de la Revolución, pero me parece justo darle a este hombre atormentado el placer de ser niño de nuevo. Después de todo, no nació siendo un héroe, no apareció de pronto arengando soldados medio muertos en Celaya ni asesinando a Federico Quintero. Él también, como todos, fue un niño y tuvo ese sueño que es parecido a nadar. Surcar como por debajo del agua. Y en la alberca Ester sólo era eso, un niño que se lo pasa de pronto muy bien.
En esta inmensidad de agua, es posible olvidarlo todo, los sonidos se vuelven nostalgia allá abajo, las imágenes se disuelven cómplices del agua. El cuerpo semidesnudo se complace en una caricia primitiva.
Al fondo de la alberca, la luz juega con las hojas secas, perdidas hace tiempo. La parte más profunda se pierde en una nube borrosa. Mirar al cielo desde abajo lo divierte. La cara de Carlos y Marga se deforman y Hugo...
Hugo aparece de pronto a la mitad de la piscina.
——¡Ahí estás! ——grita Pablo.
——Ahora sólo te falta atraparme pinche chango.
La guerra tiene a México consternado. Hay por todas partes un clima de luto que de pronto aquí contrasta con la felicidad de estos cuatro: Hugo y Pablo, Carlos y Margarita.
Carlos conoció a la Marga en un burdel de la extinta clase media porfirista. En el estado en el que se encuentran los sentimientos de la población capitalina no es necesario guardar las apariencias. Se besan y beben al borde de la alberca y contravienen toda regla social. Las reglas de un México que se fue de pronto.
Como sea, dos besándose hubiesen llamado la atención incluso varias décadas más adelante, pero a Carlos y a Marga no les importa el qué dirán y a sus acompañantes, mucho menos.
Marga ha consentido en sostener una relación con Carlos porque le da seguridad como mujer tener aún los encantos para seducir a un muchacho tan joven (además, entre las fotos que he visto en mi familia, sobreviven varias de Carlos y es claro que hubiese podido seducir a cualquier mujer en cualquier tiempo).
En lo que respecta al hermano de Hugo, es seguro que Marga resulta la salida perfecta a una libido que se le estaba desbordando. Con su novia puta, el hijo mayor de Miguel Ángel Estrada se da los aires de gran señor. Se siente seguro de sí mismo, querido, escuchado y, por si fuera poco, solapado en un alcoholismo incipiente que maduró con el tiempo.
Además es claro, por lo que sucedió después, que Margarita marcaba el rumbo de la relación. Ella decidía por ambos y cuando don Miguel no tuvo más coraje, fue el dinero de ella quien sostuvo a los hermanos de Hugo. ¿Quién lo diría? Al final fue una puta la que evitó que se perdiese el recuerdo de un apellido que se remonta hasta aquellos nobles que yacen en la iglesia de Dolores, en el Centro Histórico de la ciudad de México.
Carlos en la alberca bebe grandes cantidades de alcohol fuerte y barato y se besa con Margarita.
——¿Dónde está tu hermano? ——pregunta ella.
——No sé, jugando con Pablo por allá.
——Oye, ¿nos echamos un caldito?
——¿Bien calientito? ——pregunta Carlos, excitado y borracho.
——¡Bien calientito!
Al otro lado de la alberca, Hugo y Pablo han detenido el juego de cazarse y están sentados a la orilla balanceando los pies. Se abrazan a sí mismos para contrarrestar el frío.
——¿Qué le habrá visto tu hermano a la Marga? ——Pregunta Pablo.
——No lo sé. ¿las nalgas?
——¡Que bruto! Si lo que menos tiene son nalgas. A lo mejor las tetas, porque la tiran de hocico, pero ¿las nalgas?
Marga y Carlos detienen su propio juego. Del otro lado de la piscina miran a los niños que ríen y comentan. Carlos parece preocupado. Marga lo consuela.
——¿Tú ya no estás enojado? ——pregunta Pablo.
——¿Y tú? ——responde Hugo mirando a sus pies debajo del agua.
——No sé. Es que no está bien lo que hacemos. Me lo dijo el padre.
——¿Se lo contaste a un padre?
——Me hizo rezar cien padres nuestros y quinientas aves marías.
——¡Pues a ver si funciona!
——Prometí que nunca volveríamos a hacerlo.
——Está bien ——contesta Hugo resignado——. Nunca más volveremos a hacerlo.
——¿Es una promesa? ——pregunta Pablo temeroso.
——Hugo levanta la mano.
——Te lo prometo.
Los dos juraron. Y se sintieron bien en ese momento, pero luego volvieron a hacerlo no una, sino muchas, muchas veces.
De acuerdo con los registros de la Academia de Aspirantes de Tlalpan, el padrino de Pablo Aguirre, el capitán Manuel Antonio Quintero Salgado, padre de Federico Quintero, fue quien lo recomendó para ingresar en la escuela de Tlalpan y no en el Colegio Militar de Chapultepec. Fue gracias también a su padrino, que pudo borrar desde que se volvió cadete, todo rastro de su apellido irlandés lo que lo convirtió en un puro militar mexicano.
En 1913, Aguirre está a punto de cumplir dieciséis años. Tiene la edad perfecta para ingresar a la Academia, cuya especialidad es cubrir los puestos de mando del tambaleante ejército federal.
Luego de unos meses de instrucción apresurada, el cadete Aguirre causa alta en las filas de Emilio Campa. Una vez en el norte, Pablo sigue los pasos de Federico Quintero y deserta con un piquete de soldados y soldaderas que se adhieren a Escalante en el estado de Michoacán. El futuro general pasa entonces un periodo de prueba en el que efectivamente muestra que su lealtad no está con el gobierno impuesto por los Estados Unidos. Escalante entrega a las órdenes de Pablo Aguirre cuatrocientos desarrapados. Después de todo, a pesar de su juventud, Aguirre sabe más de disciplina militar con el poco tiempo que estuvo en la Academia que todos los civiles que se sumaron a la causa por un mero asunto de ideales o aventura.
Comenzaron a llamarlo mi general, aunque no pasaba de ser mayor de caballería. Cuando murió Escalante, Aguirre se puso a las órdenes de Francisco Serrano. El general le confirmó el grado que se había ganado peleando en Michoacán y Zacatecas. Entonces, el mayor Aguirre luchó en las campañas contra Huerta en 1914 y contra la convención en 1915. Fue héroe de la batalla de Celaya y desde que conoció a Álvaro Obregón en persona, ya nunca le quitó los ojos.
Todos estos hechos, sin embargo, están en cualquier libro de historia del periodo y no corresponde ahondar en ellos aquí.
Es posible que Hugo haya tomado la vocación militar de Pablo con una mezcla de tristeza y celos. Después de todo, lo quería y puede que haya sido suficientemente iluso como para pensar que la carrera de las armas terminaría por poner fin a sus encuentros amorosos.
Por lo pronto, aquel día de 1913 en la alberca Ester, Pablo no ve claro su futuro y piensa, como todos, que será grabador. Pintor, en el mejor de los casos. Su intención más seria consiste, sin embargo en ser puro y evitar la tentación de la carne. Hugo por su parte, prefiere no pensar en ello.
En el balneario han dado las seis y media de la tarde. Aparecen los grillos. Algunos nadan cerca de Hugo y Pablo, que se refrescan del calor de la tarde meciendo las piernas desnudas en la piscina. En las mejillas de Aguirre han aparecido dos enormes manchas rojas. Los arrulla el espasmo de los músculos que se relajan luego de haber estado nadando.
Carlos y Marga también se sienten cansados. Cuando se acaba el aguardiente, Marga toma un billete del monedero que le ha regalado Carlos con su propio dinero y manda a los dos muchachos por un poco más de alcohol.
En la tienda, una española con el inquietante nombre de la Sonámbula les toma el billete con suspicacia. Hugo y Pablo, sin darse por aludidos, compran con el cambio fruta de horno: un centavo para cajeta y otro más lo invierten en charamuscas.
Cuando vuelven a la piscina, Carlos está angustiado.
–––¡Cómo se tardan, manito! Ya mero me está entrando la cruda.
Pablo y Hugo dan buenos tragos a la botella y se retiran a conversar cosas
privadas en una banquita de piedra. El frío les lame las piernas.
Está a punto de comenzar el gran momento de la tarde.
Desde 1907 a 1908, doña Ester ha transformado su establecimiento en un pequeño centro de espectáculos. Cerca de las siete, alrededor de un estrado de madera, manda colocar mesitas y sillas. Vende licores baratos y el pianista, un tal maestro Garrido, acompaña a una rubicunda matrona que interpreta cuplés más o menos calientes.
Este día, sin embargo, es especial. Doña Ester ha contratado a dos bailarines de tango. Según se dice, el tango fomenta los excesos y en tiempos de crisis esto es exactamente lo que la empresaria necesita del respetable.
Cuando Ester da la señal, se escuchan aplausos desapasionados.
Aparecen los bailarines.
Se miran primero como si se odiaran por necesitarse tanto. Se toman las manos y la cintura. Comienza la música, es la historia de dos amantes ingratos.
Sobre el sonido del bandoneón se enredan sus cuerpos. Miran a lo lejos. Se retuercen, se celan y tocan. Parecen a punto de besarse, pero no. Es más, es un coqueteo aterno que no pide que se consuman.
Hugo, atónito, deja de mover los pies bajo la silla. Sus ojos abandonan incluso los ojos de Pablo.
Este baile le produce una sensación agridulce en el estómago. Es cierto lo que dijeron. Éste es el baile de la lujuria.
Hugo entiende muchas cosas. Ante aquellos dos es fácil darse cuenta de que, por ejemplo, el juego en la covacha era parte de algo más grande que él mismo.
–––Se siente calientido –––dijo pablo.
También era cierto.
Con este baile, Hugo se hace consciente de lo que ha pasado entre ellos. Sabe lo que siente Carlos por Margarita, lo que sintió su madre cuando hizo por primera vez el amor con el hombre con el que se fue: es el amor presente y concreto en otro cuerpo. Más allá de cualquier romanticismo de idiotas.
Atrás se queda la infancia y en el silencio que sigue al último golpe del bandoneón. Hugo entiende también el significado del ruido de los grillos y se sorprende a si mismo sabiendo que todo, absolutamente todo, está infestado de vida, y estar presente allí, sintiendo ese río que le sube desde la tierra, es lo unico que importa.
Entre la gente del establecimiento, el tango produjo más escándalo que gusto. Se tardará poco menos de diez años en imponerse como moda y símbolo de una época. Ester se ha equivocado de nuevo. Como su amiga Margarita, siempre va delante de los tiempos.
Hugo vuelve en sí. Descubre a Pablo aplaudiendo boquiabierto. Asistir a esta fiesta de cuerpos le trae a la mente una tarde azul y acalorada de Tlalpan.
Etán ahora en el jardín de los Estrada, bajo un árbol, junto a una pequeña laguna que dejó la lluvia. Ahí, los insectos comen y son comidos por debajo del agua.
–––Pablo.
–––¿Mmmh?
–––¿Te hubiera gustado que fuera mujer?
Pablo, que se moja el cuerpo recostado sobre la hierba, gira la cabeza para mirarlo de frente.
Sonríe.
–––¡Claro que sí!
Tierra estéril
En la cantina indiscreta suena la risa del general. Es una risa amarga, desconsolada. Aguirre da un trago grande al caballito de tequila. Escupe.
–––¿De qué se ríe, mi general? –––pregunta Rangel.
–––¿Sabes lo que más extraño de Hugo, Ramiro?
–––¿Qué?
–––Sus ojos.
–––¿Sus ojos?
–––Yo miraba a través de sus ojos.
El general hace una pausa. Ramiro no sabe qué decir, le gusta escuchar intimidades, es cierto, pero las interpretaciones metafísicas siempre se le escapan.
Se rasca la nuca.
–––Yo miraba a través de sus ojos.
Y aquella tartde en casa de los Estrada, los amigos vieron muchas cosas tendidos sobre la hierba: vieron a la hermana e Hugo desaparecer entre los muertos de la Decena Trágica (aunque tal vez la raptaron o se la llevó la leva para la Revolución); vieron una fiesta de pintores en San Carlos y más tarde, en Zacatecas, una estación de ferrocarril improvisada en el casco de una hacienda que se vino abajo con el golpe del fusil y los machetes de la División del Norte.
–––¡Han pasado siete años! –––dice Isabel caminando del brazo de Pablo Aguirre en el andén de la estación improvisada.
Estamos en mayo de 1921. Faltan todavía diez meses para que este hombre se vuelva el general Aguirre, para que asesine a Federico Quintero y acabe con Hugo Estrada y con Isabel.
Ahora Pablo es coronel solamente, pero tiene ya tiempo demostrando lealtad y celo al caudillo. Hace más de un año que no pisa los adoquines de ciudad de México; Isabel tiene siete de no caminar por la calle de Plateros.
Aguirre ha olvidado el taller y la alberca y los juegos bajo el agua. Camina del brazo de una hermosa muchacha de veintitrés años; aquella con la que aparece retratado en el artículo de El Economista: Isabel.
–––Las cosas nos van a ir mucho mejor en la capital –––asegura Pablo.
–––Eso no te lo creo.
Se abrazan.
–––Para cuando llegues a México en este armatoste, yo ya voy a estar esperándote…
A sus lados cruzan y suben a un tren maltrecho toda clase de hombres heridos, niños requemados y boquiabiertos, soldaderas.
Este tren es uno de los últimos contingentes del ejército de Obreón. Se trata de un pequeño grupo de retaguardia hecho de civiles leales a la causa, mujeres, niños y soldados enfermos o heridos. El grueso de la milicia ganadora hace tiempo que sentó sus reales en la capital.
Algunas de las soldaderas que acompañaron a los obregonistas por aquellos ocho mil kilómetros de campaña acomodan a sus heridos o a sus niños en compartimientos tan gastados como ellos mismos.
Isabel quiso viajar en este tren por dos razones: la primera, quiere retrasar hasta el último minuto el regreso a la ciudad; y la segunda, sabe que es el último viaje que hará con las amigas que conoció durante la guerra: Scorro y Doloritas.
Aunque Pablo no ve con buenos ojos que su mujer se junte con esta ralea del ejército, no tiene tampco sobre ella autoridad.
Le suelta la mano luego de un beso de despedida, justo a tiempo para evadir la mirada indiscreta de Federico Quintero que aparece por el andén.
–––Y en ese tren –––eructa Agirre meses más tarde, en el casino militar–––, en ese tren venías tú, cabrón.
Rangel baja la mirada.
Hay una estación de ferrocarril improvisada en el casco de una hacienda que se vino abajo; un montón de mujeres y hombres heridos que abordan un tren viejo; un coronel de dos estrellas que se apellida Aguirre y que entró a la guerra porque necesitaba un pretexto para adueñarse de México. Hay una revolución que se levantó contra todo y contra todos: contra el tata Dios y el tata Díaz, que viejo se fue a París a morir un sueño de valses y generales de Viena.
–––Y la guerra –––escupe Aguirre, que quiere morir de borracho–––. La gran puta nos regaló siete años y la última tarde con un beso que nos dimos junto al ren y nos bañamos ahí mismo de humo blanco y un olor insoportable a fierros viejos.
Suena un silbato. Parte chirriando el ferrocarril. Pablo da la vuelta y se aleja. Se pierde entre los vendedores de quesos frescos, los jaletineros y labriegos que han venido a despedir a la Revolución.
Un viejo rasca su guitara y un muchacho manco toca trabajosamente un cilindro desafinado.
En 1921, Aguirre es ya coronel del Ejército del noroeste. Se precia, con razón de ser el más joven del círculo íntimo del nuevo presidente de la Repùblica.
Luego de la precipitada huida de Carranza, los obregonistas se apoderaron del país sin mucha dificultad. Su jefe, Alvaro Obregón, es el único con los tamaños y las expectativas para dirigir a México. Nunca perdió una batalla, ni siquiera consigo mismo. Para que deje el poder van a tener que matarlo.
Mientras en la capital el nuevo jerarca toma las riendas y despacha asuntos de gobierno, sus ejércitos se aglutinan en diversos puntos estratégicos, especialmente en el centro, en Cuernavaca y en la ciudad de México.