Espejo de miseria
by
Mauro Zuñiga Araúz
SMASHWORDS EDITION
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Mauro Zuñiga Araúz on Smashwords
Título: Espejo de Miseria
Copyright © 2009 by Mauro Zuñiga Araúz
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1
ELLA
Un ruido seco partió la noche en dos. La mujer y sus dos hijos se despertaron. Los tres dormían en una cama, cubierta con un colchón desteñido, envuelto en una vieja sábana. Rota. Seguido al portazo, entró un hombre con la barba desordenada y la ropa mugrienta. Hediondo. Borracho. Encendió la luz del único cuarto de la habitación de madera añosa.
—¿Dónde está mi comida?
La vivienda se inundó de palabras que parecían fluir de la capa inmóvil de las cañerías de la ciudad.
La mujer se levantó en el acto, como si una picana eléctrica se le clavara en la espalda. Los niños, con los ojos desorbitados, se sentaron en la cama con las piernas recogidas. Abrazados. Temblorosos. La mujer se dirigió hacia la estufa y el hombre hacia la mujer. Con el puño de la mano derecha la golpeó en la oreja izquierda. Ambos cayeron. La mujer se recuperó. Se llevó la mano izquierda a la oreja maltratada de donde salían unas manchas de sangre rutilante. Los niños dieron inicio al mismo llanto. El hombre se levantó tambaleante. Se quitó la correa, se acercó a la cama y con el cuero les pegó en las canillas descubiertas. Siguieron llorando.
Tú esperabas, impotente, la repetición de la escena que hacía de las noches una prisión de gruesos barrotes. Así ocurría desde que tu cerebro retuvo la señal de los sentidos. Tu padre, en tu propia casa. Tu hermano era sólo cuatro años mayor que tú, pero sentías que las edades se distanciaban con el tiempo. Era tu guardián, aunque lloraban juntos.
El hombre prendía la radio para opacar los ruidos humanos.
—Ya me tienen harto, chiquillos del carajo.
El hombre le dio a la mujer una bofetada en la nariz con sus nudillos huesudos. Se asomaron nuevas gotas de sangre.
—Eres un desgraciado, mal parido.
—Cállate, puta de mierda.
Volvía a descargar su furia en las piernas desnudas de los hijos.
Tu madre forcejeó para arrebatarle el cinturón. Volvieron a caer. Rodaron por el suelo.
La mujer se levantó primero y se sentó en la cama.
—Lárgate, infeliz.
El hombre-ogro se incorporó. Jadeaba. Lanzó un nuevo correazo que terminó en los brazos de la mujer. Se sentó en una poltrona. Agotado. La mujer se dirigió a la estufa, le preparó la comida y se la sirvió en un plato incompleto de arcilla. El hombre se cambió de la poltrona a una silla de la mesa. Comió. Los niños dejaron de llorar. Se cambiaron para un canapé sin sábanas, manchado de amarillo. El padre entró al pequeño cuarto de baño a desalojar. Salió. La mujer lo ayudó a despojarse de la ropa. El hombre se tiró sobre la cama en ropa interior y se quedó dormido. Los ronquidos estremecían las hojas de zinc. La cama ya casi no crujía. Ella olvidó las sensaciones del placer: prestaba su cuerpo para complacer los instintos salvajes que conservan a la especie o la denigran. No gemía: también se le olvidó mentir.
En el único cuarto de la habitación estaban las dos camas, un aparador de madera carcomida, dos poltronas con las cremalleras visibles, una pequeña mesa de comedor con dos sillas enclenques y un tubo de madera para colgar la ropa remendada.
Tú ignoras la sensación de una caricia paterna. Tus tímpanos jamás han vibrado por los tonos de las palabras tiernas del hombre que depositó su simiente para darte vida.
El hombre-ogro se iba con el sol, para regresar en su ausencia; tarde, cuando la noche atrapaba con su túnica los cuerpos fatigados de los tres. La mujer permanecía apesadumbrada, con el rostro lastimero. Un ojo cerrado, morado; una mejilla rota; los labios hinchados; los brazos moreteados. Cocinaba cuando lograba sustraer algunos reales de los bolsillos del pantalón del hombre que roncaba.
Nunca la viste llorar. Tal vez sus lágrimas se derramaban detrás de los ojos para ir a dar a su propio mar o, tal vez, no lloraba. Tal vez su dolor corría dentro de las venas encendidas o tal vez, no sentía dolor.
—¡Qué Niño Dios, ni qué Niño Dios! Los que ponen los juguetes son los padres —gritaba el hombre.
Esa oración repetida entró por tus tímpanos antes de que identificaras la Navidad como una fiesta de fantasías. Para ti, tu padre le había apagado la luz. En tu jaula fundiste el pasado y el futuro en un angustioso presente. Muy niña para formular inquietudes o entender significados, ni siquiera para comprender que tu mundillo no era independiente al mundo grande que rodeaba la barriada.
Vivías en la ladera de una cuesta conocida como El Cerrito, ocupada por casas de madera con techo de zinc, a las que se llegaba por angostos senderos de tierra suelta que la lluvia unía en una melcocha inmunda. A los siete años fuiste a la escuela.
Escuela. Un edificio de una sola planta con salones hacinados de niños de ambos géneros, sentados uno al lado del otro o encima del otro, sobre una plancha de madera sin respaldar, sostenida por bloques de cemento. Escuela sin pizarrón, sin libros, sin cuadernos, sin exámenes. Escuela sin individualidad. Las preguntas se formulaban al azar y eran respondidas por un coro musical. Todos aprobaban, hasta los retirados. La escuela llegó a ser un parque de diversión. Amigos y risas; bromas y chistes; travesuras sin castigo.
Fuiste ablandando tu amargura al compartir bondades con otros niños que también se liberaban de sus máscaras al pisar las aulas, para retomarlas en su pesaroso trayecto hacia el hogar. Aprendiste un nuevo lenguaje que no necesita letras. Se entendían por el olfato. Olían el rumbo de sus energías. Hablaban por las vibraciones de las pupilas porque, en el fondo de sus ojos, se reflejaba el movimiento del manantial profundo. Sentían las ondulaciones de la piel. Aprendiste que existía un mundo capaz de activar fibras moribundas. No aprendiste bien las letras del abecedario, pero sí las que dispara la conciencia sin necesidad de abrir la boca. Te diste cuenta de que no estabas sola.
Una mañana llegó Mario, un compañero de clases, con un trapo harapiento sobre la nariz, salpicado de sangre. Nadie preguntó la causa. No era necesario. Al hablar el nuevo idioma, compartieron el mismo drama.
Te le acercaste. Al quitarle el trapo, te percataste de que el tabique de la nariz se había desprendido. La sangre salía a borbotones. Te quitaste la camisa con la que apretaste la herida.
—Ya te vas a aliviar —le dijiste, mientras le acariciabas la frente.
La maestra se acercó cuando notó que la camisa del estudiante se pintó de rojo.
—Necesita ir a un hospital —dijo. Alarmada.
Hospital. La gente que se dirige hacia allá no vuelve a ser vista. Lugar fúnebre. La maestra insistió. Exigió. Se dio inicio a la procesión con el santo vivo a cuestas. Hospital. Sitio lúgubre, repleto de telarañas que con sus hilos atrapan, asfixian y matan.
Mario sudaba. Su mirada débil agonizaba en tus ojos.
—Ya te vas a mejorar —le decías.
El joven se desmayó con los párpados abiertos.
—Mario, despierta, que ya estamos llegando.
En tu rostro se iban estampando las marcas de las cuatro paredes de acero que delimitan los estilos de vida de los niños del Cerrito: una cárcel de metal compacto. Impotencia. Desesperación. Dolor. Tristeza.
Llegaron al hospital. Entraste con Mario al cuarto de urgencia. Lo colocaron en una camilla sin sábanas. Dejó de respirar. El médico se balanceó sobre él con masajes firmes sobre el pecho. Tu mano alcanzó a tocar el dorso de la del joven. Una enfermera trató en vano de separarte. Te aferraste con más firmeza a la mano agonizante hasta que el médico dictaminó la sentencia. Te obligaron a salir.
Veías bultos borrosos que gritaban y lloraban. Tus ojos estaban secos.
Otro compañero se te acercó, se quitó la camisa y te cubrió los hombros. Te acarició la espalda. Volviste al mundo de colores definidos.
La palma del niño vigorizó tu espíritu. Nunca habías sentido la calidez de una piel humana.
—Gracias —lograste decirle, con una voz metálica, de amalgama, entre un dolor profundo y un aliento nuevo.
El cadáver de Mario quedó en el hospital. Tú regresaste al hogar. Te arrodillaste frente al retrato de María Auxiliadora, colgado en la pared, rodeado de un marco de madera de color blanco viejo y cubierto con un vidrio roto. Abriste los brazos en cruz y lloraste. Sentiste un dolor nuevo que te exprimía el pecho y te machacaba el espíritu entre dos piedras filosas y grandes. Eras muy pequeña para comprender lo sucedido y trataste, dentro de tu inocencia, de encontrar un consuelo en el rostro de la Virgen. Sabías que el dolor del cuerpo se retira pronto, que el del miedo desaparece al salir el sol; pero recibiste alguna señal que te indicaba que este dolor se te incrustaría para siempre; porque te imaginaste que el dolor de la muerte no tiene fin.
Mario hablaba letras con sonidos delante de ti; hablaba sin el sonido de las letras delante de ti; se desmayó delante de ti; se murió delante de ti.
¿Por qué se murió si estaba sano? Era la pregunta que tu mente atormentada le quiso formular a la virgen.
—¿Por qué lloras? —te preguntó tu madre.
Le relataste el drama como una sucesión de imágenes; pero no le comentaste sobre la sensación que te produjo la calidez de la palma del niño sobre tu piel. Esa era tuya.
Al siguiente día muy pocos niños asistieron a la escuela. Al joven de las palmas radiantes no lo volviste a ver, aunque en la nebulosa en que transcurrían tus sentimientos ignorabas que tus pies te conducían a clases sólo para verlo.
Una noche soñaste. Te viste sentada, harapienta, en la esquina de un cuarto sin puertas ni ventanas, inundado de basura; luchabas con impotencia para mantenerla alejada. La basura agria y fétida, en la que se confundían los desechos mundanos, crecía hasta invadir tu piel y cubrir tu cuerpo. El techo del cuarto era de un negro profundo. Cuando apenas podías ver, apareció el rostro sonriente de un niño. No lo identificaste. Al esfumarse, te despertaste. La imagen del sueño te inquietó. Tratabas de definir al niño que en los recuerdos de niña no creías haber visto. Repasaste los rostros de tus amigos de El Cerrito, pero en ninguno se detenía; tampoco con los que compartías travesuras en el aula de clases; aunque la de aquél, el que entregó su calor, por tu dolor y tu luto no lograste fijarlo en la retina. Su imagen corporal se había desvanecido.
Cuando tu hermano terminó la escuela primaria lo enviaron a trabajar como asistente de mecánico en un taller cuyo propietario era un amigo de tu madre. En algún momento comentó que quería ser doctor, pero esa ilusión se truncó como un hachazo seco en el centro de cualquier parte. Carlos madrugaba para regresar en la noche impregnado de aceite negro. Espeso.
Los dolores permanecían invariables. Dolores propios. Íntimos.
—Lo voy a matar —te decía tu hermano al escuchar los ronquidos del hombre-ogro.
—No se te ocurra. Eso es pecado —contestabas.
Tu madre te había enviado a las lecciones sabatinas de catequesis preparatorias de la primera comunión. Los curas te hablaron de pecados y del juicio implacable de Dios. Atemorizada, le tapabas la boca a tu hermano, quien ya empezaba a vestir el cuerpo de un adolescente.
—¡Cállate! No vuelvas a repetir eso.
Tomaste en serio las enseñanzas de la Iglesia. Después de la primera comunión, a la que asististe como una niña huérfana, incorporaste el hábito de escuchar misa los domingos; de comulgar al menos una vez al mes y de colaborar en algunas tareas de la parroquia los sábados por la mañana. Leías la Biblia.
—Lo voy a matar —frase repetida, que, por escucharse como una letanía idéntica, perdía importancia.
No te sorprendió la decisión de no enviarte al colegio al finalizar la escuela. Pasabas el día, junto a tu madre, dedicada a la tarea de coser ropa para un pequeño negocio que vendía al por mayor.
Dejaste de ser niña. Tu cuerpo se fue transformando: senos erectos, caderas prominentes, glúteos firmes y grandes. Una noche, después de que el hombre-ogro maltrató, comió y se acostó, te obligó a buscarle un vaso de agua para saciar el calor de sus calderas internas recalentadas por el aguardiente del día. Te miró con ojos de bestia. Llevabas como única prenda un camisón. Viejo. Deteriorado. Por sus desgarraduras se alcanzaba a ver los pezones de virgen y parte del vello público. El hombre tomó el vaso y te levantó el camisón hasta la altura de las mamas. Te manoseó los genitales con sus manos sucias. Te echaste hacia atrás. Llevaste el vaso vacío hacia la mesita de la cocina. Te acostaste junto a tu hermano. Tu padre te levantó con violencia, te tumbó en su cama y te volvió a subir el camisón al momento que te forzaba a abrir las piernas. Llevó su boca hacia las mamas redondas. Su fuerza animal fue doblegándote.
—¡No! —alcanzó a decir la madre.
Un “no” amargo, convertido en un monosílabo desgarrador al momento que el hombre ogro te iba a penetrar.
Fuerzas impotentes de la madre. Gritos. Lloraste. Desesperada. Carlos, con una pieza larga de hierro que mantenía debajo del canapé, golpeó a tu padre en la parte trasera del cráneo. Lo golpeó y lo siguió golpeando. Sangre derramada sobre la sábana. El hombre se incorporó. Se volteó. Recibió varios golpes en la nariz y en las cejas. Cayó de espaldas sobre la cama. Las mujeres se abrazaron en los retazos de un llanto que se fue deshaciendo en un suspiro entrecortado, mientras Carlos maltrataba a su antojo la cabeza del hombre-ogro. Cabeza desfigurada. Una de las puntas del metal se introdujo por la frente. Golpeó ambos lados del cuello hasta verificar que el hombre-ogro dejó de respirar. Muerto. El joven, exhausto, con las manos encharcadas de rojo, se tumbó sobre el piso. Las dos mujeres se inclinaron sobre él. Se abrazaron.
—Mejor es que te vayas —le recomendó tu madre—.Viene la policía y te detiene. No van a entender la causa de este crimen. Yo voy a dañar la puerta y decir que dos forajidos irrumpieron en la noche y asesinaron a mi marido, aprovechando tu ausencia. Vete, hijo mío. Lávate la sangre y múdate de ropa. Yo me encargo de desaparecerla, de quemarla. Regresa mañana temprano. Antes de llegar, compra una botella de cerveza caliente y te la rocías por el cuerpo. Vas a oler a licor. Te tomas un par de sorbos. Finges que estás borracho. Tú no sabes nada. Al entrar a la casa y vernos llorar, imitas nuestro dolor mentiroso.
Así se hizo. La mujer salió gritando por el vecindario. La casa se llenó de gente. Vecinos alarmados.
Tú llorabas arrodillada frente al cuerpo de tu padre muerto. Escena que provocó algunas lágrimas verdaderas.
—Mi pobre hijo no estaba. Si hubiera estado no se comete esta infamia.
Plañidera sin costo para nadie.
Al llegar la policía, la mujer describió la anatomía y las vestimentas de los dos criminales, encapuchados.
—¡Cobardes! —dijo tu madre con el rostro demacrado
A la mañana siguiente, Carlos había cumplido las recomendaciones de la viuda que ya se había vestido de negro.
Sepelio de pobres. Ataúd de madera rústica cargado por hombres fuertes que se turnaban en el peregrinaje de la iglesia al cementerio. En el trayecto de dos kilómetros, Carlos también ayudó a pasear a su padre. Las dos mujeres no se despegaron del ataúd. Al colocar la última palada de tierra, los tres se abrazaron en un llanto legendario: el llanto externo que se encarga de enterrar las dudas junto al muerto, si por la mente de alguien voló alguna sospecha.
Desapareció el miedo.
—Ese pecado no se confiesa —te advirtió tu madre.
—Si lo comparto con un sacerdote, se alivia mi pena.
—No, no. Nunca. Es un secreto que no puede salir por ninguna de las tres bocas.
—Hemos cometido varios pecados mortales: No impedir su muerte; haberlo ocultado, y el más grave, nuestra satisfacción al verlo muerto.
—Los curas no tienen la facultad de interpretar los pecados.
—Entonces, debo ir al Obispo.
—Peor.
Sentiste temor, porque querías salir perdonada de ese crimen. Aprendiste que la Iglesia Católica dirime los conflictos del alma. Tu propia madre te envió a caminar sobre ese sendero; pero ahora, era ella la que te detenía los pies.
—No te entiendo.
—Hay momentos en los cuales nos debemos comunicar directamente con Dios. Él no repite lo escuchado; los humanos, sí.
Carlos cambió de oficio. Ya no traía aceite a la casa, sino dinero.
—Te voy a cambiar todos los muebles de la casa, madrecita.
Carlos ocupó el puesto de tu padre, incluidas las costumbres. Te agredía. En una ocasión te golpeó con sus botas de cuero; tu madre se interpuso, recibiendo ella parte de la violencia animal.
—En esta casa sólo se va a escuchar mi voz —gritaba. Altanero.
Te abrazabas con tu madre. Lloraban. El dolor pretérito y el presente se fundían dentro de una nueva prisión, herméticamente cerrada.
En un cuaderno de páginas anchas que escondías debajo del colchón, empezaste a escribir un diario. Creías que lo que te sucedía a ti no les podía ocurrir a otros niños de tu edad y, como te avergonzaba compartir tus pesares, decidiste hablar contigo misma. No le querías hacer correcciones para no desteñir la originalidad de tus sentimientos. Dudaste iniciarlo por el temor al robo y desnudar así tu intimidad; pero la idea de su lectura antes de morirte te dio el impulso final, porque nunca perdiste la esperanza de que todo iba a cambiar.
26 de julio de 1977
Me llamo Omayra Huertas y tengo 13 años ya no soy una niña me di cuenta de eso cuando manche las savanas de sangre me asuste mucho pense que mi papa me abia metido un cuchillo por alla abajo y yo no me di de cuenta cuando se lo conte a mi mama ella me tranquiliso me dijo que eso le pasaba a todas las niñas cuando se acian mujer mis tetas y mis nalgas me crecian mas rapido que a las otras niñas no me gusta decir que tengo un cuerpo diferente pero es la purita verdad yo me lo veo en el espejo aunque disen los evangelios que las mujeres no le devemos prestar atención a esos asuntos del cuerpo un dia mi papa que era un hombre muy malo quiso avusar de mi pero mi hermano no se lo permitio
Cuando Carlos llegaba a dormir a la casa traía una sed insaciable, pero tu madre no se atrevía a corregirlo por sus reacciones. Iracundas. Una noche trajo a una prostituta con quien copuló en presencia de ustedes; otra vez, a otra, lo que se convirtió en rutina.
31 de julio de 1977
Carlos no llega a dormir todas las noches mi mama no me lo dice pero yo se que ella piensa que anda en algo malo a veces sale a buscarlo y no lo encuentra trae a mujeres de la calle con quines ace vulgaridades a mi me da tanta indecencia que no quiero ver a mi mama esas mujeres andan desnudas dentro de la casa sin importarles que mama y yo estemos despiertas
15 de agosto de 1977
La ultima mujer que trajo Carlos se llama Carol dice que es su mujer y que esta preñada vaya a saber de donde la saco mi hermano es un hombre apuesto y se puede conseguir algo mejor pero en la vida que anda solo se codea con esa clase de gente yo no me atrevo a decirle nada porque me vuelve a pegar mi mamá y yo le resamos mucho a la virgencita maria auxiliadora pero no podemos hacer mas nada
Desde que Carol se instaló en la casa, tu madre se envejeció. A los ojos tristes con los que la conociste, se le esculpió un semblante de enfermedad. Las pocas veces que hablaba lo hacía con una voz mortecina, apenas audible. Sus movimientos eran torpes. Lentos.
2 de noviembre de 1977
Me volveria loca si algo le llega a suceder a mi mama lastima que sea una mujer tan callada que no quiera compartir conmigo las angustias que le ocasiona mi hermano ella se aisla en su mundo Carlos es un cabron se esta perdiendo bebe fuma coge drogas y a saber en que negocios anda del embarazo de Carol no se ha vuelto a hablar yo no le noto ninguna barriga alomejor es una falsa alarma o una mentira ninguno de los dos tiene cabeza para cuidar a un niño y de seguro nos lo van a dejar a nosotras que no tenemos donde caernos muerta porque el dinero de la costura no alcansa para nada con un recien nacido en casa llorando dia y noche si se va a terminar de morir mi mama a mi no me ace porque soy joven pero a ella si lo unico que hizo Carlos fue comprar los muebles ya no da casi nada yo quiero tener un diploma para conseguir un buen trabajo y llevarme a mi mama a vivir en un sitio decente donde no tenga necesidad de reventarce
A diferencia de la escuela primaria a la que acudían niños y niñas de edades similares, en el colegio nocturno, en el que te matriculaste, había personas nacidas en años diferentes, identificadas también con la indumentaria de la pobreza. Tu primera amiga fue Carmen, una empleada doméstica de veintiún años, con quien hablaste primero de la capa aterciopelada que cubre la luna, de la atmósfera de los planetas, de los rayos del Sol, para aterrizar sobre la corteza terrestre.
—No me va bien en el trabajo. Mi patrono se cree con derechos sobre mí y, de hecho los tiene, porque cuando le viene el capricho abre la puerta de mi cuarto y me hace suya. Yo tengo miedo a que su esposa se entere y me haga un daño —te dijo Carmen.
—Pero díselo a ella. Así terminas con esa humillación —le sugeriste.
—Me despide. Las mujeres prefieren tener empleadas sin atractivos para evitar tentaciones. En mi último empleo no era solo el marido, sino también el hijo mayor. Yo le decía que no, pero eso no lo entienden ellos que piensan que con el pago que nos dan van incluidos otros servicios.
—¿Tú lo rechazabas?
—No, porque con el ruido se despierta la patrona y ellos saben que nosotros necesitamos el dinero. De eso vivimos. Te digo que una noche el muchacho estaba muy necesitado y se movía con violencia, al punto que el canapé donde yo dormía se cayó y la mamá llegó al cuarto y nos descubrió. No tuvo la cortesía de dejarme pasar el resto de la noche. Me despidió en el acto lanzándome improperios. Al hijo lo tomó por el brazo y lo mandó a acostarse. Para ellos nosotras sólo somos un cuerpo que ellos utilizan para enjuagar su rifle.
—Me parece repugnante abrirle las piernas a alguien a quien uno no quiere.
—El chico padecía de un acné mal curado que le olía mal. Tenía que aguantármelo; no había de otra. El viejo era un hombre barrigón que parecía un orangután. Cuando entraba a mi cuarto, iba a lo que iba. Al terminar de cepillarme, me empujaba.
—¡Qué asco!
Amigas. Los bordes abiertos del dolor se suturaban con hilos de laxa costura mientras vomitaban las piedras calientes de sus volcanes, para abrirse nuevamente cuando los rostros de las jóvenes dejaban de mirarse. Una sensación desconocida alegró tu espíritu: poder compartir manantiales ocultos. Se fue creando entre las dos la necesidad de hablar, de confesarse. Desvestir sus intimidades se convirtió en una materia no matriculada.
—Tuve que irme de la casa porque mi padrastro abusaba de mí con la complicidad de mi madre.
—Mi hermano Carlos trajo a vivir a casa a una mujer sacada del basurero.
—Desde los quince años me gano la vida por mi cuenta.
—Mi madre sufre, pero no habla. Cada día le sale una arruga nueva. Yo también quiero ser una mujer que no dependa de nadie.
11 de mayo de 1978
Desde hace un mes estoy en el colegio publico nocturno no habia podido escribir por falta de tiempo comparto el dia cosiendo con mi mama por la noche al regresar a casa hago las tareas de la mirada desesperada de Mario antes de morir me acuerdo siempre hay un chico en el colegio que se parece a el y que tambien se llama Mario me impresiono por poco le pregunto si no era el pero no queria que pensara que yo era una loca ese recuerdo me trajo otro que tampoco olvidare el del calor de las manos de mi compañero me di de cuenta del valor de los pequeños gestos si me dijo algo no me acuerdo pero sus manos hablaron por el no habia sentido un gesto tan tierno dentro de mi dolor hubo un espacio grande de paz al saber que alguien esta sintiendo lo mismo que tu conoci a Carmen tiene veintiún años pero parece mayor tambien tiene deseos de ser una mujer independiente su padre murio y su madre se ajunto con un hombre grosero que la desnudaba y la hacía pasear por la casa antes de tener relaciones al principio lo hacía cuando la madre no estaba pero después no le importaba que estuviese su mujer ya que la misma daba la espalda y se entretenía haciendo cualquier cosa un día se le dijo a su mamá pero ella le dijo que era una puta Carmen no le dijo nada pero cogió su muda de ropa y se vino al pueblo dice que no cree que vaya a regresar yo la comprendo también me contó lo que le ha pasado en las casas de familia donde a trabajado pobrecita debe ser una penitencia sentir a un hombre encima de uno al que no nos una ningún sentimiento por eso estudia para poder tener un trabajo donde se le respete me a contado sus cosas a veces llorando yo también le he contado las mias las dos decimos que al contar lo que nos pasa sentimos como si un animal grande que nos corroe por dentro saliera por la boca nos gusta estar juntas y hablar de lo nuestro ni ella ni yo habíamos tenido a una persona que nos diera la confianza para hablar de cosas que pensábamos que se iban a enterrar con nosotros mi maestra dice que yo tengo muy mala gramática y me ha mandado a leer unos libros que se llaman novelas otros de redacción y a que le entregue una composición cada semana.
Una noche escuchaste el portazo, pero no se encendió la luz. A los pocos minutos, otro portazo rompió la quietud.
—Puta de mierda. ¿Dónde te has metido? —gritó Carlos.
Hubo un forcejeó.
—No me pegues, maricón —dijo una voz femenina.
Los cuerpos de Carlos y Carol rodaron por el suelo. La madre encendió la luz. Carlos golpeaba a la mujer con los puños, los pies, las rodillas y los codos. Carol sangraba.
Golpes. Gritos. Animales salvajes. Patadas. La joven quedó inconsciente.
—No seas asesino —gritaste.
Tu hermano se abalanzó contra ti. Te golpeó la cara con la palma derecha. No logró derribarte. Luego, lo hizo con el puño. Caíste.
—Si no está muerta, la terminaré de matar —decía Carlos con fuego en la voz.
Tu madre visitó a Carol en el hospital. Llevaba una estampa de María Auxiliadora. La joven la recibió con una sonrisa. Tu madre se dio cuenta de que no tenía familia.
—El primer milagro que le quiero pedir es que Carlos me perdone —le dijo Carol a tu madre.
—Yo me encargo de eso.
Carol salió del hospital perdonada.
Ya en casa, la pareja no exteriorizaba diferencias; pero un día Carol se fue. No la volvieron a ver. Su cadáver descuartizado horrorizó al país.
La maestra te llamó una noche al finalizar las clases. Te asustaste. Pensaste que habías cometido un grave error, pero en tu mente no se detuvo el recuerdo de haber hecho algo incorrecto. La mujer te invitó a que la acompañaras con su familia a una exposición de pinturas. ¿Pinturas? Pensaste encontrarte con frascos llenos de muchos colores. Aceptaste por cortesía. Hubiera sido de mal gusto decirle que no a una autoridad, pensaste. Era una exposición de cuadros pintados por artistas. Tu maestra te fue explicando el significado de cada uno, con lo que te dio la bienvenida a un mundo desconocido por ti. Te regaló un libro de pinturas famosas junto a la biografía de sus autores. Lo abriste con entusiasmo, pero a la vez con cautela por temor a entrar a un universo sospechoso. Te gustó. Investigaste, por tus propios medios, la existencia de otros hombres que con sus propias manos han derramado belleza sobre lienzos en blanco. Belleza. No conocías la cara oculta de la moneda, pero tratabas de robarle tiempo al trabajo para disfrutarla. La maestra te fue dejando libros como granos de maíz en un desierto con pájaros solitarios. Te fuiste enterando de que la belleza también entra por los ojos en letras de molde sobre el papel. Empezaste a leer poesías cuyas estrofas aprendías de memoria y las murmurabas con la boca cerrada alejada de oídos atentos. Te diste cuenta de que muy apartado al espacio dentro del cual te movías, existe otro de fantasías que te ayuda a olvidar los ruidos mundanos. La belleza también entraba por los oídos, pero no al escuchar la música altisonante que brotaba de los radios de El Cerrito, sino la otra, la suave, la dulce, la armoniosa.
18 de octubre de 1979
Dejé de escribir porque no lo sabía hacer. No taché lo escrito por el compromiso conmigo misma. Duermo poco porque me da gusto devorar novelas. He perdido la cuenta del número, pero sus lecturas, los libros de redacción y las composiciones me han ayudado.
No le he querido contar a Carmen lo que sucedió hace más de un año; sólo le dije que mi hermano tuvo una trifulca con su mujer y no lo hemos vuelto a ver. Talvez está muerto, aunque ya nos hubiéramos enterado, como dice mi mamá con una voz de mujer enferma próxima a la muerte. Tengo miedo a que regrese y le haga lo mismo a alguna de las dos.
30 de octubre de 1979
Anoche regresó Carlos. Tenía los ojos hundidos y la cara seca. Se sentía muy ansioso porque sabía que lo buscaban. Nos dijo que sus amigos lo protegían. Mi mamá le preguntó el motivo de su larga ausencia, pero calló y se quedó mirando el techo como una estatua de piedra. No mencionó a Carol.
El semblante de Carmen se veía afectado. Cara arruinada. Al terminar la sesión de esa noche oscura, cubierta por nubes de lento movimiento, se encontraron en la banca ubicada en el amplio pasillo de salida.
—Estoy embarazada —te dijo Carmen como un fuetazo seco sobre una piel lacerada.
—¿Cómo lo sabes?
—Desde hace dos meses no me viene la regla. Hoy me hice la prueba y dio positiva.
—¿De quién es?
—Del marido de mi patrona.
—¿Ya se lo dijiste?
—Sí. Me dijo que abortara.
—¡Abortar! Eso es matar. No puedes jamás asesinar a tu propio hijo. ¡Cómo se le ocurre semejante crimen!
Quedaste taciturna, mirando el corto y estrecho túnel con sus paredes de acero. Oscuro.
—Si el embarazo continúa, dónde voy a trabajar. A nadie le gusta que una empleada doméstica trabaje con hijos. Tampoco lo voy a llevar donde mi mamá y no tengo más familiares.
2 de diciembre de 1979
Todavía me tiembla la mano por lo que me contó Carmen. Está preñada y va a abortar. Es un pecado imperdonable. Ella misma se va a sentir arrepentida por el resto de su vida. Me dice que no puede salir a mendigar y que una guardería no solo es costosa, sino insegura y que además tiene que ir a recoger a su hijo por la tarde y que no tiene donde llevarlo. También me dice que qué le va a decir al chico o chica cuando crezca y pregunte quién es su padre. Está metida en un foso muy hondo. Yo no la puedo ayudar, sería más carga para mi mamá y la pobre no puede más. Me dijo que tiene que tomar una decisión pronto, sino no podrá hacer nada por el tamaño de la criatura que lleva dentro del vientre. Mi único consejo es que se le enfrente a su patrono para que le reconozca a su hijo y se lo mantenga, pero ella no se atreve. Le dije que si le contesta que no, yo la acompaño a hablar con la esposa. Está convencida de que eso sería un suicidio.
—Mi patrono me dijo que él conoce una clínica donde se hace abortos. Él me da el dinero.
—Quiere comprar su infamia y de seguro hará que te despidan.
—Me prometió que no, que ambas bocas deben sellarse.
—¿Sientes algo por él?
—Repugnancia.—Guardó silencio para dejar que su memoria rescatara el recuerdo depositado en el fondo del abismo—. Cuando abandona el cuarto corro a bañarme y a lavarme bien las partes para quitarme ese almidón blanco y gelatinoso; por eso no sé por qué quedé preñada.
—¿Hiciste lo que te sugerí?
Carmen no contestó. En el silencio estaba la respuesta, taponada dentro de un círculo compacto de hormigón armado.
11 de diciembre de 1979
Carmen me pidió que la acompañara a la clínica. Al principio dudé porque me iba a sentir cómplice del pecado, pero después de pensarlo bien, accedí. Si una tiene amigas es para apoyarlas. Esa noche no fuimos a la escuela. Carmen había hecho la cita para las seis de la tarde. No encontrábamos la dirección. Era una callejuela sucia con basura regada por las aceras y con los faroles rotos. Creo que no te han dado la dirección correcta, le dije. A medida que avanzábamos, el olor a suciedad se hacía más agrio y repugnante. Cómo va a estar ubicada una clínica en un lugar tan pestilente. Ella tenía en su mano el papelito con la dirección. Coincidía con un edificio viejo, deteriorado y sin pintar, con las ventanas destartaladas. Aún no era de noche, pero al entrar al vestíbulo no veíamos nada. Tratamos de buscar el encendedor de la luz y al encontrarlo, no funcionaba. Volvimos a salir. En el transcurso de nuestra caminata por la calle nos encontramos únicamente con dos hombres andrajosos con los que no hablamos, aunque ellos se nos quedaron mirando como bichos raros. Verificamos la dirección con las últimas luces del sol. Era la misma. La clínica quedaba en el tercer piso, pero no existía ningún anuncio. ¡Qué extraño! Las clínicas tienen siempre una placa en un lugar visible. La buscamos con detenimiento. Sólo había anuncios de propaganda en papeles desteñidos. Volvimos a entrar. Tanteando con las manos y caminando muy despacio, tocamos el pasamanos y el primer escalón de madera. Empezamos a subir la escalera con el mismo cuidado y observamos que había escalones incompletos. Si pisábamos sobre esos baches nos podíamos hacer un daño. El edificio hedía a carroña, a carne descompuesta. Llegó un momento que le dije a Carmen que nos regresáramos, porque en vez de una clínica íbamos a dar con una pocilga infectada. La mujer estaba decidida. Llegamos al tercer piso y empezamos a probar en la puerta del apartamento que quedaba a la izquierda, pero nadie contestaba. Luego hicimos lo mismo con el de la derecha. Nos abrió una señora gorda que parecía una cocinera, vestida con un delantal blanco salpicado de sangre. Usted es la joven, preguntó. Sí, contestó Carmen. La hizo pasar de inmediato a otra habitación que no tenía puerta. Yo me quedé en la sala. Había un mueble que alguna vez debió haber sido una poltrona porque sobre la madera se notaban bultos de algodón cubiertos de plástico. Escuché a la cocinera decirle a Carmen que se desnudara y se acostara sobre una camilla. Al poco rato los gritos de Carmen resonaron en mis oídos. ¿Qué sucede?, pregunté. Nada, me contestó la mujer gorda de mala manera, pero los gritos continuaron y me levanté y dirigí hacia la habitación. Carmen estaba desnuda y le tenían una sonda metida por sus partes. Cuando la cocinera se percató de mi presencia, me largó. Los gritos se fueron apagando. Sentí una respiración agitada y me volví a acercar. Carmen estaba empapada en sudor. Le salía mucha sangre por allá abajo. Señora, mi amiga se está muriendo, le dije. ¡Cállese! No quise salir. Al rato expulsó un material carnoso acompañado de un gemido. Levántese y váyase que ya todo terminó. Me llamó la atención que la señora realizó todo el procedimiento con las manos sin usar guantes. Nos fuimos. Carmen se apoyó sobre mí en nuestro camino de retorno. Me duele mucho, me decía. Apenas podía caminar. La sangre le corría por los muslos. Me acordé de Mario. Su cara se me volvió a clavar entre mis dos cejas. Le dije a Carmen que fuéramos a un hospital. Al principio me dijo un “no” firme, decidido; pero luego, cuando le insistí que se estaba desangrando y que se podía morir, aceptó. Yo sólo tenía el pasaje del bus. Ella me dijo que en la cartera tenía algún dinero que usamos para pagar el taxi. Llegó casi desmayada al cuarto de urgencias. La atendieron de inmediato. Los médicos como que sabían de qué se trataba, porque no hicieron mayores preguntas y la llevaron al salón de operaciones. Yo di los datos a la recepcionista y esperé. A las mil y quinientas vino un médico joven, vestido de verde, indagando sobre los familiares de mi amiga. Me asusté porque no traía ninguna cara agradable y uno piensa lo peor. A su amiga tuvimos que sacarle la matriz, estaba perforada. Le hemos colocado suficiente cantidad de sangre y su condición es estable. Ahora no puede verla. Ojalá me diga quién fue el que le hizo semejante infamia, me dijo el doctor para terminar la conversación. Me dio la impresión de que con esa frase dan por concluido el informe. Tal vez nadie les dice nada. Es una cocinera, doctor, le dije. Si usted quiere yo lo llevo al lugar. Se me quedó mirando para ver si le decía la verdad. Venga mañana a la hora de visita y pregunte por mí, me dijo. Me entregó su nombre escrito sobre un papel formal de la clínica.
Esa noche volví a soñar con el cuarto inmundo y la basura y mi cara sucia. Apareció el niño, pero esta vez no sólo su cara sino su cuerpo completo vestido todo de blanco. ¿Qué significa este sueño? ¿Quién es ese niño? ¿Qué mensaje me quiere enviar, si es que en él hay alguno?
12 de diciembre de 1979
No lo pensé dos veces. No le quise comentar nada a mí mamá. Ella tiene muchas tribulaciones para añadirle una más. Le dije que tenía que hacer una tarea en la biblioteca para que no se extrañara de mi salida al finalizar la mañana. Llegué al hospital. Carmen permanecía en cuidados intensivos. La visité y la encontré muy repuesta. Le prometí que vendría cada vez que podía. Me pidió que llamara a su patrona para decirle que su mamá había muerto y que no tuvo cabeza para nada más que para tomar el bus a su pueblo. Me estaba solicitando que volviera a pecar. Si algo le he jurado al Sagrado Corazón de Jesús es precisamente no mentir. Si llamo miento; si no, la botan. Antes, ante las preguntas inquisidoras he preferido callar, pero no mentir. Tampoco le dije lo que iba a hacer. Como las visitas en esa unidad son cortas, la enfermera me pidió que me retirara. Llamé al doctor. Me condujo a una oficina donde estaban varios policías. Me dirigí en un auto con ellos y les indiqué el lugar. Me solicitaron que me trasladara hacia otro automóvil, lo suficientemente cerca para poder identificar a la mujer; pero lo suficientemente lejos para que ella no me viera y así protegerme. A los pocos minutos los policías bajaron con la cocinera y yo dije que sí moviendo la cabeza. La esposaron y se la llevaron. Me costó trabajo llamar a la patrona, pero trancé conmigo misma: una buena acción por otra mala, así quedábamos a paz y salvo mi conciencia y yo.
El siguiente domingo pasaste toda la misa arrodillada. Al concluir la ceremonia te dirigiste al confesionario.
—Padre, he pecado. Ayudé a una amiga a matar a su hijo.
El cura abrió la ventanilla para satisfacer su santa curiosidad.
Te ruborizaste al verle el rostro rígido, inclemente, despiadado. Sentías que tu alma se desplomaba en un pozo caliente que daba directamente al fuego infernal. Lo que no sabías era que el sacerdote no perseguía el pecado, sino que quería reconocer a la pecadora.
—¿Qué ha sucedido?
Detallaste los hechos.
—Es un pecado mortal.
La ventanilla se cerró.
—Padre, también tengo otro pecado.
—¿Qué ha sucedido?
La ventanilla se volvió a abrir.
—He mentido.
El cura hizo un gesto despreciativo. Cerró la ventanilla sin ningún comentario.
Sentiste que la carga pesada que te apretaba el pecho la dejaste en la iglesia.
De la iglesia te dirigiste a visitar a Carmen. La encontraste llorando.
—No podré tener hijos. Me quitaron la matriz.
—Agradece a María Auxiliadora que estás viva.
—Una mujer que no puede concebir es un pedazo de carne que ha perdido el alma. Debí haber tenido a mi hijo.
15 de diciembre de 1979
Cuando Carmen me dijo que debió haber parido a su hijo, no le iba a decir que yo se lo había dicho. Eso era ayudarla a que se hundiera más en su dolor. Guardé silencio. Le di a oler la rosa que le había llevado para animarla y le dije que debemos entender la vida joven como una flor que empieza a abrirse. No sé de dónde me salió esa inspiración, pero es verdad. También le dije que lo más importante para los católicos es el arrepentimiento. Tampoco le dije que era la primera vez que yo había pecado y que sentí una inmensa paz cuando el padre me dio la absolución. No quería que se sintiera culpable de lo que me había sucedido. Le acaricié el cabello. Me acordé cuando aquel joven tocó mi piel. Pareciera que la piel transmite sensaciones más auténticas que las dichas por la boca. Por la boca sale lo que se nos ocurra, hasta mentiras; pero la piel no puede desviarse de los mensajes que enviamos desde adentro. Ella me tomó la mano. Le recé las doce promesas del Sagrado Corazón y se las iba escribiendo en un papel que encontré en su gaveta. Me solicitó que le repitiera la tercera y la sexta. “Las consolaré en todas sus penas” y “Los pecadores encontrarán en mi Corazón un océano de misericordia”. Le entregué el papel escrito que leyó varias veces. Así es, me dijo ya más calmada; la vida no tiene retorno. No tendrás hijos, pero de seguro que el Señor te tiene reservada otra misión. Rezamos un rosario a María Auxiliadora. Quedó tranquila, incluso hizo algunas bromas. Tal vez me meta a monja, me dijo mientras volvía a leer las doce promesas. La dejé tranquila. Ese día sentí que mi cuerpo era muy pequeño para contener el alma que se movía feliz por toda mi interioridad.
Carmen salió recuperada del hospital. No perdió su trabajo, pero no pudo continuar en el colegio. Se veían los domingos en la plaza.
4 de febrero de 1980
Esta tarde se presentó Carmen con los pómulos hinchados y morados y una maleta de cartón color marrón con todos sus enseres. Me dijo que anoche el patrono, aprovechando la ausencia de su mujer, se metió en su cuarto para requerirla de nuevo; pero al rechazarlo, le entró a puñete limpio y la forzó a dejarse hacer la cosa que le provocaba mucho dolor. El hombre terminó y se fue, pero como en su cuarto no hay cerradura, quitada por el dueño, regresó al poco rato. Ella le dijo que tuviera misericordia porque sus partes le dolían mucho por la operación. Entonces, él se desabrochó la bragueta, se sacó el miembro y puso a Carmen de rodillas, coincidiendo su pito con la boca de ella que él trató de acercar y ella a mantener los labios cerrados. Volvió a golpearla, pero esta vez se dijo que prefería morir antes de hacer semejante porquería. El hombre siguió golpeándola hasta que terminó. Le dijo que se largara, que le iba a decir a su mujer que era una puta. Carmen durmió en las bancas de una capilla que no tenía santos, sólo asientos. Por fortuna, no permaneció en la intemperie. Algo tiene que estar pasándoles a los hombres. No debo escribir esto, pero mi papá era un animal que sólo le preocupaba saciar sus deseos. Carlos es un asesino que va por el mismo camino o cuidado, por uno peor. El patrono de Carmen es un salvaje que ha destruido el cuerpo y el alma de una mujer joven. La ha tratado peor de lo que podemos hacer con una rama seca de un árbol. Y eso de querer que la parte más inmunda que tiene el hombre, llena de orina y de sudor, se la meta en la boca, es un acto tan repugnante que sólo de pensarlo se me revuelven las tripas y se me encoge el estómago. Si ninguna mujer es capaz de semejante inmundicia, la única explicación que me doy de la conducta de ese patrono es que es un enfermo mental, como lo demostró al venirse después de la paliza.
2
UNO DE ELLOS
Raúl era el menor de dos hermanos. El padre, apodado “el oso”, era un hombre obeso, con el abdomen prominente. Boca grande, que al abrirla, enseñaba unos dientes amarillos y sucios. Nariz ancha y grosera que parecía ocupar todo el rostro. Ojos grandes. Vidriosos. Cara llena de cráteres de irregular tamaño y profundidad. Se vestía siempre con una camisa distinta de flores de cualquier color, desabotonada desde el ombligo. Permanecía la mayor parte del día en su oficina, como le denominaban a un cuarto dentro de la casa, con un escritorio grande de madera; un par de sillas al frente; otra giratoria detrás, ocupada por él y una pequeña mesa auxiliar sobre la cual reposaban papeles y documentos escritos a mano. El oso mantenía un puro apagado entre los labios. Con una voz ruda y soez gritaba por teléfono o atendía a los clientes; pero al salir de la oficina a compartir con su esposa y sus dos hijos, cambiaban los modales y aparecía un cariño, oculto en el despacho. La familia nunca escuchó, fuera de la oficina, un timbre de voz irritado.
Vivían en una barriada de clase media, sin ostentaciones, rodeada de una cerca de cemento rústico sin pintar. Los dos hijos asistían a un colegio privado regentado por jesuitas. Nada los distinguía del resto de lo alumnos, pero Raúl sentía que a él y su hermano, los compañeros los evitaban y que algunos, incluso, le huían. Nunca se mencionó la naturaleza del trabajo de su padre. No recibía en su hogar respuestas que calmaran sus inquietudes. El oso manoseaba mucho dinero, como lo apreciaba el mismo Raúl al ver los sacos de lona repletos de billetes. A Raúl también lo empezó a intrigar que su padre no salía, que todo lo manejaba desde su oficina en un trabajo sin descanso.
La madre, una mujer tímida y silenciosa, se acostumbró a hablar con gestos. Tampoco salía del hogar. Sólo lo hacia los domingos a la primera misa, poco concurrida. Las actividades externas se las delegaron a una empleada doméstica que llegó a la casa el mismo día en que nació Raúl. Era una mujer mayor que se reclutaba en su interioridad. Expresaba una sonrisa forzada.
Un sábado en la noche, cuando la familia celebrara el décimo cuarto año de Raúl, entraron cuatro hombres grandes a la casa. El padre los recibió en la oficina; pero se fue con ellos, luego de una charla de pocos minutos y de pocos amigos. Era la primera vez que el oso salía de la residencia. Su madre quedó desencajada e inmóvil.
El oso no llegó esa noche, ni la siguiente. El teléfono de la casa sonó en la madrugada. Raúl lo contestó. No lo sorprendió el grosor de las palabras. Estaba acostumbrado a escucharlas cuando se deslizaban por debajo de la puerta de la oficina. Lo que lo asustó fue la amenaza. Le dio el teléfono a su madre.
—Sí, sí…Está bien….Sí…en tres días…Sí, está bien…No, no habrá ninguna llamada.
A la madre se le desplomaron las mejillas; se le nublaron los ojos en una mirada ausente; la boca entreabierta se petrificó. Parecía un cadáver, vivo por el rápido movimiento de las alas de la nariz.
—¿Qué sucede? —preguntó el hijo mayor.
Silencio tétrico. Escalofriante.
—Tu padre está secuestrado. Tengo tres días para recolectar el dinero —lo dijo con una voz gangosa, apenas perceptible—. Tres días —repitió —. ¿De dónde voy a sacar tanto dinero?
—A sumar los billetes guardados en los sacos escondidos.
—Con eso no alcanza. Ellos deben saberlo.
—¿Y en el banco?
—¿Banco? El dinero de tu padre no puede ir al banco.
Algo quería preguntar Raúl, pero guardó silencio. Silencio inquietante. Vergonzoso.
En la madrugada del tercer día se presentaron los hombres con el oso vestido con la misma camisa. Sucia. Un olor pestífero emanaba de su cuerpo. Los desechos de la fisiología permanecían dentro de su ropa. Lo sentaron en una silla de la oficina. Preguntaron por el dinero. La suma no se había recogido. Los hombres sacaron sus revólveres y encañonaron al oso. Le solicitaron a la mujer que se desnudara en presencia de sus hijos. La violaron.
El cañón de uno de los revólveres les advirtió que era mejor permanecer sentados cuando Raúl y su hermano trataron de impedir el acto brutal. La escena se desarrolló completa con cada uno de los invasores. Cuatro. Miraban a los hijos con las muecas indolentes de un placer inesperado. El oso no se movió.
Vaciaron sus instintos.
Las neuronas de Raúl fijaron ese momento que se eternizaba.
Quería gritar: “¡Basta, infelices!”, pero los dientes le impidieron que saliera de la boca.
“Mi pobre mamá ultrajada delante de nosotros; tratada como saco de carne por esos miserables. Si iban a cometer el crimen que lo hicieran al margen de nuestras miradas, para que su dolor fuera uno solo,” pensaba Raúl con los ojos rojos. Húmedos. Enfurecidos. Impotente.
Los revólveres se cargaron sobre la cabeza del oso. Varios disparos sin ruido.
La noticia se difundió. La televisión y los diarios mostraron la fotografía. Las emisoras la describieron. Ajuste de cuentas, decían todos.
Después de la ejecución del padre, la familia se trastocó. El aislamiento fue total. Se sentían como unos miserables al borde de pedir limosna con las manos extendidas. Vendieron la casa a unos extranjeros. Se fueron a vivir a otra ciudad.
La madre, que conocía bien el arte culinario, se dedicó a la venta de comida guormet para las grandes festividades. Refugió su pena en el alcohol. Los hijos abandonaron la escuela para introducirse prematuramente en el mundo laboral. Raúl trabajaba como peón en el depósito de un almacén. Luego, pudo matricularse en una escuela nocturna.
“Todas las noches me acuesto con el recuerdo de esa noche fatal. Las pesadillas me aturden. Amanezco asfixiado.”
3
ELLA
6 de abril de 1980
Anoche hablé con un muchacho muy guapo. Me trató con amabilidad. No puedo decir que es distinto porque la verdad es que no me he relacionado con muchos. Casi no salgo de mi casa, cosiendo y leyendo. En el colegio sólo hablaba con Carmen. Lo único que me llama la atención de él es que anda siempre en corbata.
—¿De qué trabajas? —le preguntaste.
—Soy el Jefe del almacén de una oficina. Entro a las seis de la mañana a abrirlo porque la entrega de los pedidos se hace desde muy temprano. Vengo a la escuela y regreso al almacén a cerrarlo a las once de la noche. Yo me encargo del recuento de la mercancía. Trabajo de lunes a sábado. Aprovecho el domingo para estudiar.
Me parece un muchacho serio.
14 de abril de 1980
Al joven le gusta hablar conmigo y a mí también con él.
—Podríamos vernos los domingos para estudiar juntos —te sugirió.
Los domingos en la tarde los tengo reservados a Carmen quien está muy sola, pero en la mañana hay un espacio.
—Aunque sea un par de horas —te dijo el joven.
14 de mayo de 1980
Raúl, como se llama mi amigo, me dispensa un trato especial. A pesar de tener una voz varonil, fuerte, llega a mis oídos como una melodía deliciosa. No es que lo esté inventando, pero me trata con la suavidad con que cuidamos los pétalos de las flores. Los domingos vamos juntos a misa. Él sabe rezar, es una virtud que me encanta encontrar en los hombres. El hombre que reza, que busca a Dios, es bueno. Eso no lo hacía mi papá ni lo hace mi hermano. No sigue la liturgia para complacerme, para verme realizada cuando estoy en la iglesia, sino que se trata de algo que lleva muy dentro de él. Después nos vamos a los salones de la biblioteca pública a estudiar. No desvía la conversación hacia temas comprometedores. Me siento respetada. Cuando terminamos, me acompaña a la parada, y antes de abordar el bus, nos despedimos con un beso cariñoso en las mejillas.
La mañana se dibujaba de un gris sombrío. Cuando caía la lluvia fina, como diminutas perlas de algodón que se desvanecen antes de sorprender la superficie, un destacamento de policías, en arreo de combate, rodeó la casa de madera.
Empalideciste al escuchar, por un altoparlante, la voz gruesa de un agente del orden quien les exigía:
—Salgan con las manos sobre la nuca.
10 de agosto de 1980
Pensábamos que se trataba de un rodeo en otra casa, pero al asomarnos, era la nuestra; mi mamá y yo salimos como nos lo habían exigido. Había muchos policías armados apuntándonos. Dejamos la puerta abierta y entraron tres como si fueran a asaltar un refugio lleno de maleantes. Me sentí la mujer más infeliz del mundo. Todo el vecindario estaba afuera. A mi mamá la interrogaron sobre el paradero de Carlos. Nos trataron con mucha insolencia. A mamá le salieron unas lágrimas rojas. Jamás he visto a nadie llorar así. Nos empujaron antes de montarnos en la parte trasera de un auto.
—Ustedes son cómplices de ese homicidio —les gritó el Jefe del Destacamento.
Toda la gente nos miraba al bajar por el camino de El Cerrito. Me imaginé el via crucis de Cristo, pero en vez de látigos que abrían llagas físicas, eran las miradas las que nos azotaban. Miradas tal vez sorprendidas, pero acusadoras. El dedo índice se nos clavaba en la cruz. Durante el trayecto los policías nos miraban con desprecio. Al llegar a la estación nos sacaron con violencia y nos empujaron hasta una sala atestada de gente inmunda y borracha; mujeres pintadas con lápices labiales rojos brillantes, de cuyas bocas salían palabras inmundas; hombres agitados con ojos sin pestañar, inyectados de un rojo sucio; adolescentes sonámbulos. Un mundo nuevo para mí. Dos policías no se nos despegaron hasta que nos llamó un oficial. El hombre leyó unos documentos referentes a nosotras. Levantó la cabeza sólo para sentenciarnos:
—Están detenidas.
Presas. En una cárcel. Nos condujeron por un largo pasillo desaseado, alrededor del cual estaban las celdas congestionadas de hombres con las espaldas desnudas, que gritaban improperios y obscenidades. Por momentos me sentía de la misma estirpe que ellos; pero no, no. Mi alma me decía que no, que no podía ser, que mi único pecado fue el de acompañar a Carmen a esa clínica del diablo, pero ya me confesé y me arrepentí. ¿Qué culpa tengo yo de lo que haga mi hermano? ¿Cómplice? Pude haber sido cómplice de algo que pasó antes y de lo que jamás escribiré, ni hablaré; pero ahora, ¿cómplice de qué? Cierto es que mi hermano no anda bien, que hizo algo horrible con Carol. Por él no doy mi mano, pero tampoco moveré nada para que le suceda algo. Si el castigo de él lo tengo que pagar yo, que me dejan encarcelada para siempre. Durante el trayecto me daba vergüenza ver a mamá. Pienso que cualquier mirada que cayera sobre ella la humillaba más. Atravesamos un pasillo ancho sin celdas, para ingresar a otro igual al anterior. Los calabozos estaban llenos de mujeres de mal vivir, por su aspecto roñoso. Los policías abrieron uno y nos metieron como hacen con el ganado cuando lo conducen al matadero. Varias mujeres estaban en ropa interior, descocidas y rotas. Una mujer gorda, con rollos en el cabello, nos dio la bienvenida con un tono burlón. Nos mantuvimos en silencio. En silencio también rezaba “María Auxiliadora, rogad por nosotros”, oración que repetí para ahuyentarme de las vulgaridades que escuchaba. Durante toda la noche mi mamá y yo no dormimos; total, ya estábamos acostumbradas. Dos días después nos mandaron a salir de la celda a un cuarto. Una señora nos esperaba. Nunca la había visto. Era una abogada. Nuestra defensora de oficio. Nos dijo que la policía no había encontrado a Carlos. Nos dio confianza. Mamá le dijo sobre su agresión cuando ella lo regañaba antes de marcharse, pero que hasta hace poco fue que lo volvimos a ver. La abogada tomó nota y nos prometió que saldríamos pronto, con algunas condiciones. En efecto, al cuarto día nos dieron lo que se llama libertad condicional: tenemos que avisar a la policía si sabemos dónde está nuestro hermano. Durante esos cuatro días me sentí como una puta. No sé exactamente cómo deben sentirse, pero imagino que son los seres más repugnantes del mundo, que ellas mismas saben, porque han de tener conciencia, que están en lo más hondo del escalafón humano: allá abajo, donde viven las ratas y las cucarachas. En el camino de vuelta a casa, le dije a mi mamá que mis ruegos a la virgencita nos ayudaron. Ella me dijo que también se la pasó rezando.