El chacal del general
by
Mauro Zuñiga Araúz
SMASHWORDS EDITION
* * * * *
PUBLISHED BY:
Mauro Zuñiga Araúz on Smashwords
Título: El chacal del general
Copyright © 2007 by Mauro Zuñiga Araúz
Smashwords Edition License Notes
This ebook is licensed for your personal enjoyment only. This ebook may not be re-sold or given away to other people. If you would like to share this book with another person, please purchase an additional copy for each person you share it with. If you're reading this book and did not purchase it, or it was not purchased for your use only, then you should return to Smashwords.com and purchase your own copy. Thank you for respecting the author's work.
1
Ciudad de Panamá, jueves 9 de julio de 1987.
Sonó el timbre.
Ruido áspero, rugoso; lacerante, como el golpe de un látigo rígido sobre una piel lastimada.
Los dos ancianos se vieron con un rostro ya olivado.
– ¿El timbre?
–Sí, sí, el timbre.
Los oídos se habían desacostumbrado a ese ruido rayado, escarpado.
–Qué sé yo la última vez que sonó –dijo uno de los dos.
Hubo, en el acto, un gesto de admiración, trasmitido por vibraciones insonoras. Cuando Chicho estaba y sonaba el timbre, miraban a través del ojo mágico de la puerta. Ojo mágico. Religión desde que el General se convirtió, por decreto propio, en el dueño y el señor de las vidas y de las haciendas. ¡Llegó la gente! Se escuchaba la voz alegre de Chicho, hijo único de la pareja envejecida. ¡Llegó la gente! Era una señal, una contraseña. Los desconocidos se retiraban, a veces en silencio, a veces con violencia. Una vez intentaron forzar el portón de hierro.
Virginia leía, con bifocales baratos que descansaban sobre la nariz acartonada, el diario La Prensa, único valiente y desafiante que se voceaba en el país. Las cejas blancas invadieron la frente como la marea alta. Subió los párpados; sus ojos pálidos y abiertos semejaban los de los pescados muertos sobre la arena. Un movimiento vermicular de las comisuras les impidió a los labios formular preguntas. Efraín salió de la cocina. El ruido del timbre lo congeló.
La desinformación vestía las letras de los medios escritos y le almidonaba la lengua a las emisoras. La voz retadora de Radio Mundial atormentaba a los verdugos.
–Saben que la casa no está vacía –dijo Virginia con voz temblorosa –. Acabamos de encender la luz.
–Nos deben estar espiando –comentó Efraín sin moverse
Era la voz del miedo. Un miedo íntimo, auténtico.
Desde que Chicho ingresó al colegio vivían en el tercer piso de un apartamento alquilado en La Exposición, un céntrico y modesto barrio. El edificio era viejo, con las escaleras desgastadas y pintado de un gris desteñido. Cada apartamento tenía una sala-comedor, una cocina pequeña, dos recámaras separadas por un solo baño de material añoso. El matrimonio ocupaba una recámara; el hijo la otra, vacía desde el 13 de septiembre de 1985.
–Esto de quedarme paralítica no va conmigo –decía Virginia con inusual frecuencia después de la trombosis cerebral que le mantenía la mitad izquierda del cuerpo inmóvil– Me siento como un vegetal petrificado. Cuando Chicho aparezca no me puede encontrar postrada en esta mecedora. ¿Aparecerá?... No puedo ser una inválida.
La repisa de la cocina se bajó y se reemplazo la estufa por cuatro quemadores nuevos que le quedaban a la altura de la cintura. Así cocinaba.
“La concentración va.” La noticia brotaba a cinco columnas del periódico editado el 9 de julio.
–Algo va a pasar –le dijo a su marido–. Este diario está encendido. Mira la cantidad de remitidos de todos los sectores sociales convocando a la Gran Marcha Blanca de mañana.
–Los leí todos –respondió Efraín.
Compartían hasta los pensamientos atormentados.
El turno de la lectura de Efraín era matutino; el de Virginia, cuando el sol se deshilachaba sobre la ventana de su recámara.
Volvió a sonar el timbre.
–Vienen por nosotros –exclamó la mujer –. Les conviene desaparecer a los familiares de los desaparecidos. Sin testigos, no hay delito.
El hombre salió tímidamente de la recámara.
– ¿Para dónde vas?
Habían leído el martes 7 de julio en el mismo diario. “Atacan caravana de automóviles.”
–Paramilitares sin escrúpulos –dijeron.
Fotos. Golpes. Gritos que no son impresos. Angustias visibles en la gente reprimida. Teléfonos.
–Es mejor no contestarlos. Nunca portan buenas –decía ella.
–Tampoco nos podemos aislar –decía él.
–Me siento en un laberinto infernal–. Hablaba con un sollozo que la ahogaba–. ¿Dónde estará nuestro hijo? Sé que estoy viva porque te miro, porque la biología reclama sus necesidades, porque al terminar mis infatigables coloquios con el insomnio veo la luminosidad, ciega a los ojos de los muertos; porque siento la amargura de los días insípidos, monótonos, intrascendentes. !Qué dolor! No se puede describir sin sentirlo.
La palma debilitada de Efraín le acariciaba las hebras de la cabellera blanca.
Chicho no acostumbraba informar sobre sus destinos. Voy a una reunión, dijo la noche del viernes 13 de septiembre.
Se le vio en una mesa solitaria de una conocida refresquería del malecón. Solicitó un capuchino que lo tomó sorbo a sorbo. Miraba hacia la puerta cada vez que se abría. Nadie llegó. Pagó el café. Le sonrió con amabilidad a la camarera. Bromeó sobre cualquier cosa. Salió por la única puerta del local. Había pocos comensales distraídos, sentados en las bancas de la terraza. No lo vieron. El auto permanecía en el mismo lugar donde lo encontró Efraín el sábado por la tarde. Padre desesperado. Sí, sí, aquí estuvo anoche. Nada extraño, dijo la camarera. No había rastros.
Un médico blanco, de una altura cercana a los seis pies, con el cabello negro de hebra fina partido a la izquierda y canas dispersas sobre las sienes, ojos verdes, nariz larga con una pequeña protuberancia natural, con lentes por la miopía y la presbicia, de airoso caminar, de mirada retadora, que solía pararse con el pulgar derecho dentro del bolsillo del pantalón, había sido retirado de un transporte colectivo en la frontera con Costa Rica el mismo día en que Chicho desapareció. Muchos vieron a los agentes del orden empujando al galeno, enemigo declarado del General. Pronunciaba su nombre en voz alta, con la cédula de identidad personal en la mano. Agentes del orden: leopardos, pumas, machos de montes, tigres, caballos, víboras. El murmullo de su captura se extendió por todos los rincones. De Chicho no se dijo nada: había desaparecido como los fantasmas que regresan a sus tumbas sin ser vistos por ojos mortales.
En la madrugada del lunes 16 de septiembre de 1985, Virginia se levantó empapada en sudor. Miraba hacia todos lados. Caminaba de su habitación a la de Chicho, regresaba, volvía y regresaba; no hablaba; subía y bajaba los brazos rítmicamente. Efraín se despertó.
– ¿Qué te sucede, Virginia?
Seguía caminando en silencio. Entró al cuarto de su hijo, se sentó en la cama y se acostó. Empezó un llanto legendario. ¿Por qué fue el primer llanto del primer hombre? Por un dolor sin heridas físicas.
–Calma, ¿qué te sucede?
–Encontraron a un hombre decapitado dentro de un saco de lona.
Dejó de llorar.
– ¿Cómo lo sabes?
–Lo acabo de ver; un niño lo encontró ayer.
–Debe ser el del médico.
–No sé, no sé; vestía un pantalón color café que le hacia juego con una camisa de rayas del mismo color.
Efraín palideció. Con esa ropa había desaparecido Chicho.
– ¿Qué más viste? –preguntó Efraín con el alma comprimida.
“¿Vive? ¿Estará muerto? ¿Cómo murió? ¿Lo torturaron? ¿Qué le hicieron? ¿Le sacaron los ojos? ¿Se los pincharon? ¿Le cortaron la lengua con un afilado cuchillo? ¿Le sacaron los dientes con pinzas ajustables? ¿Le hicieron tragar cucarachas vivas? ¿Dónde estás, hijo mío?”
Virginia encontraba momentos, todos los días, para derramar su pesar por sus mejillas desgastadas.
Efraín se resistía a aceptar la donación de la agrupación benéfica. Duele llegar a viejo. Duele más si las esperanzas se quiebran como un fino adorno de cristal de Murano. La pierna izquierda de Virginia no se recuperaba, el brazo se movía con torpeza y la mano sujetaba con debilidad. “A Virginia se le debe desplazar en una silla de ruedas”, le había recomendado el médico. Una silla de ruedas. “Lisiada.” “Baldada.” “Impedida”, término menos criminal. Ofensivo, despectivo. Derrengada, ¿más aun? Efraín aceptó la donación. Duele llegar a viejo sin ahorros, sin nada. Viejo, nada, cosa, silla de ruedas. Había permanecido hospitalizada, ausente, retraída, hasta el primero de noviembre de 1985.
– ¿Supiste algo?
De sus labios agotados salía cada mañana la misma pregunta a Efraín cuando la visitaba en el Complejo Hospitalario del Seguro Social.
–Nada –contestaba el hombre para economizar palabras. Palabras mugrientas.
– ¿Contactaste a alguien?
Prefería no mirarla. Se entretenía sacando y metiendo en la misma bolsa de plástico el papel higiénico, el jabón, la pasta de dientes, la ropa interior. Le daba el desayuno: café desteñido y frío. Pan endurecido, huevos grasosos, crema sin sabor.
– ¿Quieres algo de la casa?
– ¿Qué? El paladar se me fugó. Chicho y el médico están compartiendo destinos –dijo Virginia, con los ojos humedecidos.
–El pesimismo no te ayuda; tal vez lo están interrogando.
–Los policías capturaron al médico en pleno día. ¿Quién se llevó a Chicho?
–La posibilidad de un amigo no se descarta –dijo Efraín sin ningún convencimiento.
– Ya hubiera avisado, tú lo conoces bien.
La silla de ruedas era de vinil. Calurosa para sentarse en ella todo el día. Efraín le compró una mecedora de segunda, de caoba, con asiento y respaldar de mimbre, fresca. Con el barniz trasparente, resaltaban las vetas. Reposaría en la recámara con ventilación cruzada. Vigoroso el esfuerzo del hombre para cambiarla de la silla de ruedas a la mecedora, de la mecedora a la silla de ruedas. Ella se apoyaba sobre el cuello frágil del que la tomaba con ambas manos por las axilas.
Un sol apenado se dejó ver. Indeciso. ¿Salgo? ¿Me oculto? No sabemos interpretar el idioma del Astro Rey. Salió el 18 de septiembre. La gente se despertó con un presagio que no se traduce en el otro lenguaje, el que necesita letras. Una voz lapidaria, sin sombras, brotaba de las bocas. “Comunicado estúpido”, decían unas. “Confesión de culpa”, murmuraban otras. Del Cuartel Central de las Fuerzas de Defensa había salido un escueto documento desvinculándose de la captura del galeno en el trasporte colectivo.
Los ancianos se despertaron tarde. La pesadilla del 16 de septiembre los había consumido hasta la madrugada.
–Siento mucho dolor de cabeza –dijo ella.
– ¿Te tomas un café?
–Tal vez un sorbo.
– ¿Te lo llevo a la cama?
–No, a Chicho lo encontraron sin cabeza.
–Ya se hubiera sabido, debes descansar, te ves fatigada.
El hombre trajo la media taza de café y galletas.
–Chicho está muerto, Efraín, en cualquier momento dan la noticia. Lo decapitaron en el cuartel de Concepción.
– Resulta inverosímil –cuestionó Efraín.
–Lo metieron en una lona de correos –dijo ella –. Lo vi con la misma ropa
–Chicho salió de la casa esa noche. Si estaba decapitado no le pudiste ver la cara.
–Pero era él.
–Si era alguien, fue el otro.
–Eso es lo que van a decir.
–Puedo comprar comida para que no cocines.
–No, no me dejes sola.
Día denso y espeso. Se le podía introducir la mano al aire y sentir una telaraña ácida.
–Prende el radio y no lo apagues –dijo ella.
Música, noticias breves, chistes, recetas de cocina, consejos médicos. Ese día se comunicaban con monosílabos, manera fácil de decir que aún no se habían muerto. De repente, el sonido del radio dejó de oírse. Son unos irresponsables, pensó Efraín fugazmente. Nadie ofrecía explicaciones cuando se cortaba la luz. Nadie las reclamaba. ¿Para qué? Se desahogaban con el pensamiento. “Irresponsables”. El locutor habló con un cordel que le amarraba la lengua a los cuatros colmillos. Logró emitir una voz gangosa y moribunda. “Atención, señores, apareció el cuerpo decapitado del médico desaparecido. Vestía un pantalón café y una camisa de rayas del mismo color.” Virginia se desplomó, inconsciente. Abrió los ojos en una cama en el hospital sin poder mover la mitad del cuerpo. Su mente se fue recuperando lentamente. El 18 de septiembre le contestó coherentemente al neurólogo. Lúcida, pero con una anarquía entre el cuerpo y la mente. Se enlazaban las depresiones.
Sonó el timbre.
Efraín volvió a entrar a la recámara. Se entendían con la mirada. La cambió a la silla de ruedas. La lluvia opacó la tarde que no le dio la bienvenida a la noche oscura, martillada. Noches idénticas, de ánimas. Brujas que se cuelan debajo de la puerta y por las ventanas abiertas. Rutina de la soledad. Tristes, con un sabor carmelita cuando las abandona el sol. “Pase usted, señora noche, instálese”. Llega a la casa para estrangular a los viejos con su silencio mortal.
Mes y medio en el hospital, acostada dentro de un saco de lona verde. Relatos. Relatos completos o terminados de adornar. Imaginación, realidad, novedades. El doctor tenía un tatuaje en la espalda, con las siglas F-8, marcadas con un cuchillo oxidado. Es la nueva marca de los matones, aparecida por vez primera en la espalda de un dirigente pocos meses después de haber coordinado el primer movimiento multitudinario contra la dictadura.
Efraín le llevó a Virginia al hospital una noticia esperanzadora.
–Se está solicitando una comisión que investigue el asesinato del doctor.
–Esa comisión no va para ninguna parte –dijo el joven que aseaba el cuarto con un trapeador sucio.
Las lágrimas se despertaban en los ojos silenciosos de Virginia.
–Cálmese, doñita –le dijo una mujer negra que ocupaba la cama del centro –. El crimen del médico se va a aclarar, porque nada permanece oculto bajo el sol.
–Ese asesinato ocupa la totalidad de las noticias; sin embargo, nadie habla del de mi hijo –lo dijo con una voz desolada.
–¿Qué dijo? –preguntó la negra.
–Nada.
Llegó la hija de la paciente negra con las manos sucias de la tinta aún caliente del periódico.
–Lo decapitaron en el cuartel –dijo.
A los pacientes se les desbordaron los ojos mientras la joven leía con una voz estropajosa. Los callos de los pies le rodearon el rostro. Leía sin ver a nadie. El drama de su aliento entró en todos los oídos. El silencio macabro, acostumbrado a despedir a la muerte llevándose un alma en su vientre, ocupó el cuarto del hospital. Hablar significaba acompañar al muerto. Si se movían, el espectro ensangrentado del decapitado podía entrar por la puerta abierta. Las orejas no vistas se incrustaban en la pared o debajo de las camas o se movían en el aire. Allí estaban. Cada persona tiene su propio timbre de voz, grabado y guardado en las escalofriantes salas del G-2. G-2, palabra fúnebre. Sombra siniestra que cubría la piel de los vivos; que encarcelaba, torturaba, exiliaba y sepultaba. Hablas y te escuchan, te escuchan y te buscan; te buscan y te encuentran; te encuentran y te matan. Silencio. No se conformaban con taparles la boca: les doblaban la lengua hacia atrás, se la amarraban. Tragar la lengua para que se olvide de las sílabas.
–Allí mataron a Chicho –dijo Virginia con un llanto incontrolable.
– ¿A Chicho? No señora, al médico –le aclaró la hija de la paciente negra.
–A Chicho, mi hijo, desapareció la noche del 13 de septiembre.
No pudo seguir hablando. Las gotas cristalinas que expulsaban los ojos le inundaron los labios.
La hija de la paciente negra cerró el periódico y lo escondió debajo de la almohada de la cama de su madre. Si las palabras no se ven, se esfuman, pensó. Silencio. Inmovilidad. Daba pena respirar. Los ojos estáticos miraban sin ver. No se puede sustituir el silencio del miedo. Los pensamientos se encierran en una piedra redonda que reemplaza al cerebro inútil. Nadie miraba a la mujer llorando. ¿Chicho? La eternidad se mide sin tiempo, se paraliza el reloj: Una hora, un día, un mes, un año, un siglo. Es lo mismo. Cerebros y tiempo fosilizados. ¿Cuánto tiempo entre las palabras de la hija de la paciente negra, el llanto de Virginia y la entrada de Efraín? Una eternidad.
–No me siento bien –fue el saludo de la mujer.
Su esposo traía una manzana dentro de una bolsa de papel.
–No me siento bien aquí, me quiero ir.
–Aún no estás recuperada.
Se sentía mirado por ojos invidentes, muertos, dolorosos, que lubrican un color rojo con un líquido transparente.
–A Chicho lo decapitaron en el cuartel y nadie dice nada –dijo Virginia recuperando el acento.
–Son caprichos –dijo él –. Las huellas dactilares son las del médico
–No confío en nada; la gente confundía a Chicho con ese doctor.
Sonó el timbre. Un ruido más prolongado, definido.
Efraín llevó a la mujer en la silla de ruedas hacia la sala y luego miró por el ojo mágico.
–Es Gilberto –dijo.
– ¿Gilberto? ¡Qué raro!
Amigos. El mejor, el más íntimo. Amigos desde el primer día de clases. Compartían hasta las mujeres que se dejaban manosear por una billetera de poco contenido. Hermanos. Hermanos-amigos o amigos-hermanos. Donde entraba uno, el otro también. Ambos eran hijos únicos. “Tía Virginia, tío Efraín”, era la nomenclatura oficial dentro y fuera del hogar. Compartían tareas escolares sobre la mesa del comedor. Compartían las picardías, las travesuras jóvenes, los chistes prohibidos a oídos infantiles. Buenos alumnos, mejores deportistas. El día de la graduación, Gilberto le entregó a su madre el diploma y a tía Virginia una rosa roja y un beso en la frente. El protocolo se desmoronó, pero el gesto fue aplaudido con una emoción que rebosó el recinto. Al finalizar estudios, Chicho se matriculó en la Facultad de Derecho y Gilberto en la de Medicina. Habían consolidado, en sus largas tertulias, vocaciones de servicios: darse, entregarse. Difícil en sociedades fragmentadas, decían, pero posible. Edificaron el matrimonio de voluntades y quimeras. Aspiraban tirar al cesto el lucro, ese vicio de los mortales. Mejorar las condiciones ajenas. Esa noche alegre, el abrazo con el papel en la mano, consolidó anhelos. La universidad nacional les abrió sus puertas el mismo día. La mesa del comedor siguió ofreciéndose para los estudios fatigosos. Los amigos se estimulaban, no estaban dispuestos a permitir que los ideales se desflecaran: no eran ropa barata. Se llega, se llega bien, se llega entero. Las fugaces debilidades se fortalecían en el rostro del otro.
–Si tus notas son muy buenas –le animó Chicho cuando a Gilberto se le fueron incrustando dudas al aprobar todas las materias del cuarto año.
–No me gusta la medicina.
–Es una verdadera profesión de servicio –insistía Chicho.
–Hay algo que no me termina de agradar.
–Trata.
A los cuatro meses de la conversación, Gilberto abandonó la carrera. Unas gotas de luto brotaron de los ojos de Chicho.
– ¿Qué vas a hacer?
–A poner mis ideas en orden
– ¿A jugar béisbol?
–No lo descarto.
Se miraron con detenimiento. Por las puertas de las pupilas entró un escrutinio; una disección, porque eran amigos de verdad.
–¿Por qué abandonaste la medicina?
“¿Lo entenderá? Si ni yo mismo lo sé” Gilberto retiró la mirada al ver la rigidez en el rostro de Chicho. El techo del apartamento tenía manchas no vistas antes. Gilberto se levantó para enderezar un cuadro. Entró a la cocina y salió con un vaso de agua fría. Se volvió a sentar. Los ojos de su amigo no lo abandonaron.
–Siento una atracción patológica hacia la sangre.
–No entiendo.
–La sangre me excita; no creo que sea bueno para un médico semejante debilidad.
El vaso quedó vació.
– ¿Conoces la causa?
–No.
– ¿Has consultado a algún especialista?
–No.
Silencio. Hubo un vació moribundo. Sintieron que el tiempo les hacia morisquetas. El futuro visitó al pasado. El presente se deshizo como hielo ante la mirada del Sol. Las ideas se iban enterrando en un cementerio congestionado de cruces al que se llega sobre una alfombra incolora. Entró una brisa viva que los despertó.
–En el béisbol no hay sangre –dijo Chicho.
–A veces.
El hervidero nacional se replicaba en los cuartos del hospital. Pensaban, sin decirlo, que si las voces salían a la vez de todas las gargantas, los códigos electrónicos no las podían identificar. ¡Mentirosos! ¡Farsantes! No engañan a nadie. Cada vez que hablan se comprometen más. Todo el mundo sabe que al médico lo decapitaron en el cuartel.
– ¿Crees que a Chicho lo mataron aquí y lo llevaron hasta allá? –le preguntaba Efraín, animado en sofocar emociones.
–Para los militares la lógica no existe –contestó con una expresión veraz, que primero arrinconó a las dudas y las mató, después. El cadáver de una duda. ¿Alguna vez existió? En Virginia nunca.– ¿A quién enterraron el 20 de septiembre?
–Al médico lo identificó su familia por la cicatriz desde el tobillo hasta la rodilla derecha –afirmó Efraín.
– ¿Cuándo fue la última vez que le viste las piernas a tu hijo? –le preguntó su esposa.
Efraín se llevó la mano al mentón. La duda se escapó del ataúd y se le clavó en la frente.
–Chicho se cayó de un trapecio a los cinco años –le recordó la mujer. Lo evocaba con el yeso en la pierna derecha y la sentencia del galeno: “Las múltiples fracturas no se han soldado. Hay que operarlo.”
–No recuerdo –le contestó Efraín–. Para qué alimentar su ilusión, pensó.
– ¿No te acuerdas del accidente?
–Sí, pero eso fue hace mucho tiempo.
–Chicho tenía cinco años –le dijo su mujer con extrañeza; las cicatrices no se borran.
Efraín se frotó las palmas de las manos por toda la mejilla. Quería introducir cada letra de sus dudas por los poros lánguidos de su rostro viejo.
–Pero el cadáver enterrado no fue el del médico –dijo ella con voz enflaquecida.
El silencio la arropó con firmeza, la fue estrangulando hasta que un humor viscoso apareció en sus ojos.
El General regresó once días después del crimen. Las emociones semejaban un pequeño balón que se desplaza desde el cráneo hasta la cola y desde la cola hasta el cráneo de una jirafa en un recorrido perpetuo.
– ¿Has sabido algo?
–El General rechazó todas las acusaciones. “Investigaremos ese horrendo crimen”, dijo al bajar del avión.
¿Qué hay? ¿Qué supiste? Ella sabía las respuestas, pero quería desviar su flujo interno que había llegado compacto a una sola meta. ¿Qué hay? Era sólo una costumbre, un decir, una ecuación matemática simple. Ignoraba que Einsten sostenía que dos y dos son cuatro, hasta que se demuestre lo contrario. Para ella lo contrario no tenía cabida, acaso en aquellas células rebeldes que se resisten a abandonar al cuerpo cuando el espíritu se ha despedido.
Chicho empezó a jugar billar con la broma. Bola ocho. Triángulo. Su comentario lo sacó del embrujo. La sangre no puede excitar a nadie, se decía. Asusta pero no excita.
–Gilberto, tienes la imaginación de un escritor. Inventas fábulas; deberías escribir cuentos.
–Me gustaría porque la sangre de los libros no salpica.
–La de la mente tampoco.
–Las cosas se deben cortar por lo sano.
–No termino de entender, nunca te vi debilidades.
El céfiro que había entrado con sorpresa, se retiró. El apartamento quedó seco. Recibió el calor rancio de los cuerpos calurosos. ¿Acaso nos sabemos débiles? Debilidad absoluta, como las máscaras del Demonio. ¡Deja que te las enseñe!
– ¿Qué fue lo que pasó?
–Presencié un parto y la sangre me provocó una erección Otro silencio les ató los cordones de los cuatro zapatos–. Le extraje sangre de la vena a una paciente; eyaculé.
El silencio no se retiró. Los ojos revoloteaban, no se podían mirar. Vergüenza, pero también franqueza. Amigos íntimos, unidos por los átomos del tiempo. El espacio vacío los dejó correr, correr sin detenerse, seguir corriendo. ¿Arrepentimiento? ¿Culpa? ¿Puede haber arrepentimiento sin culpa? El lecho del pensamiento también se fue con el céfiro. Inmovilidad. Minutos, horas, meses, años, siglos.
–Algo me tiene que estar pasando –dijo Gilberto. Se levantó. Golpeó a su amigo en el hombro y se retiró. El cerebro se le fue desperezando a Chicho, pero no pasó de un bostezo que lo acompañó toda la noche sin dormir.
Efraín abrió la puerta principal del apartamento. Luego, con una doble llave abrió la de hierro.
–Están bien resguardados –dijo Gilberto.
–En una ocasión intentaron forzarla –dijo Virginia.
–No hay seguridad para nadie –dijo Efraín.
–Sí, ya sé.
– ¡Qué sorpresa! –dijo Virginia–. Desde antes que llegó Chicho de París no te habíamos vuelto a ver.
–El trabajo, tía –se sentaron en la sala–. Estos muebles no cambian, los conozco desde el día que los compraron.
Dos poltronas y un sofá. El tiempo invisible deja sus huellas desgastadas. Entropía.
–Fueron momentos que no olvidaremos jamás –dijo Virginia con un rostro indefinido. Mezcla de sentimientos que escuchaban músicas distintas. Los recuerdos de un pasado alegre, la certeza de una muerte infame. La soledad interrumpida por el visitante. Su mecedora. La esperanza que se desvanecía en un bolillo grande de hilo.
–Estudiábamos mucho.
–Todas las noches –dijo Efraín.
– ¿Te provoca algo, hijo? –preguntó Virginia.
“Hijo”, sí, “hijo.” Así les decía a los dos. “Oye, hijo”. Los dos contestaban. Eso era, el otro hijo. Uno solo dividido en dos. ¿Exageración? No, no.
–La soda de naranja que tomaba siempre –solicitó Gilberto.
–Sólo hay ginger-ale –dijo Virginia sin poder ocultar la nostalgia.
–Pero hay galletas de higo –recordó Efraín –, ustedes acababan los paquetes.
–Son muy pegajosas, no podíamos parar.
¿Debilidad? Trivialidades. Efraín se levantó a buscarlas.
–Humedécelas con ginger-ale –gritó desde la cocina.
–Está bien.
Virginia fue evacuada del hospital el 1 de noviembre. Salió precipitadamente. El hospital colindaba con el Ateneo de Ciencias y Artes, sitio donde se había convocado una reunión para exigir que se concretase la Comisión Investigadora. La paciente estaba estable. Las autoridades exigieron la evacuación. Evacuados. Inodoro. Residuos sociales. Heces. Final de la fisiología. Váyanse, váyanse. Van a dispersar la reunión. Utilizarán gases lacrimógenos tóxicos. Váyanse. ¿Por qué no los dejan reunir? Sedición. Con esa sonrisa cosmética que los hombres pintan para exportar, Efraín se despidió ceremoniosamente de los pacientes y del equipo médico
–¿Exigirán una comisión para investigar donde está Chicho? –le preguntó Virginia a los oídos pacientes.
No llore, doña, que se va recuperada para la casa –le dijo la enfermera.
La paciente de la silla de ruedas, al llegar a su apartamento, fue directamente a la cama de Chicho. Lloró.
– ¿Se te ofrece algo de comer?
Las galletas de higo se derritieron en la boca de los tres.
– ¿A qué se debe el honor? –le preguntó Virginia con un semblante nuevo.
–Quería saludarlos.
–Te perdiste –le reclamó la mujer con acento maternal -. No hubo manera de localizarte cuando desapareció Chicho.
–Hay cosas que ni yo mismo entiendo –dijo Gilberto–. Debí haber estado más cerca de ustedes.
–Tú eras su hermano –le dijo Efraín sin fingir amabilidad.
–Y Chicho el mío.
Chicho continuó. Se graduó de derecho en la Universidad Nacional. Dos meses antes de que su amigo recibiera el diploma, Gilberto viajaba al exterior. Había sido aceptado en una Academia Militar.
2
Chiriquí, provincia fronteriza. Altiva. Las anchas planicies verdes y calurosas contrastan con las altas montañas rodeadas de nubes frías. Su capital está sembrada en el centro del sol. Sus habitantes sudan durante el día y no reciben las caricias del viento nocturno. Un Capitán fue a dar allá, como Jefe de Tránsito.
Los lugareños preferían el ron propio, su marca de fábrica y orgullo nacional. Tómelo como quiera, pero tómelo.
El tercer día que el Capitán vio a Crispín tomando seco, una bebida transparente y aromática destilada de la caña, se le acercó. Sírvanos dos tragos de “querosín”, le solicitó al cantinero. Las palabras “por favor” no existían en el vocabulario del militar. Crispín era un hombre obeso y calvo que vestía ropa de marca fina, desajustada y amorfa. Se sentaba en la barra del bar del hotel, un local señorial y distinguido, cómodo, atractivo, con aire acondicionado y baño privado. Una barra con sillas altas y altos respaldares con telas rellenas.
–No sé por qué le dicen querosín al seco con squirt –dijo Crispín.
–La gente le da nombre a todo –contestó el Capitán –. Al ron de acá le dicen “vuelve loco”–. Ambos se rieron.
–No conozco a nadie que haya tomado ese ron y quede cuerdo –dijo Crispín–. Detrás de cada accidente hay un “vuelve loco”; lo deben retirar del mercado.
–O beberlo con prudencia.
–Cuando la gente lo empieza a beber termina en la tumba o en la cárcel. Debe ser un buen negocio para los policías – lo dijo sin saber el oficio de su interlocutor.
El militar vestía una guayabera de mangas largas y un pantalón de franela.
–Tómate un “vuelve loco” –dijo el Capitán.
–El querosín es muy bueno.
–Entonces, pidamos dos –dijo el Capitán con voz autoritaria.
Bebieron varios tragos en armonía.
–Para mí está bien –dijo Crispín.
–Tómate el arranque.
El hombre se había levantado, pero volvió a sentarse.
¿Vives aquí? –le preguntó el militar con interés.
–Por desgracia. Soy de la capital, pero invertimos en un negocio cuyo olor necesita la nariz de sus dueños. Una empresa agrícola con pretensiones. Soy ingeniero agrónomo.
– ¿Vives solo?
–Sí, allá tengo una amiga sin compromisos.
La lluvia que bañaba las tejas coloniales del hotel apresuró la salida de Crispín.
–Mañana tengo mucho que hacer.
Se levantó sin resistencia.
–Volveremos a tomar querosín –le dijo el oficial.
Palmada sobre el hombro izquierdo.
–De seguro.
Se encontraron varias veces en el bar. Confianza. Le decía Crispín, el militar lo invitó a que lo llamara por su apodo reservado a la elite que lograba penetrar el cerco. Muy pocos.
Un día encontró a Crispín tomando una cerveza ordinaria.
– ¿Traicionaste al querosín? –le preguntó.
–Pruébala, está helada.
–No –contesto el Capitán, con un acento dimensional en la o, advertido por el otro.
– ¿Has tenido algún problema con la pobre cerveza?
–Algún día lo sabrás.
El negocio de Crispín fracasó. Regresó a la capital.
–Así te vas a morir de hambre –le decía el antiguo Capitán, posesionado como Jefe Absoluto de los organismos de inteligencia, el G-2, y ascendido, como meteorito, a Teniente Coronel y miembro del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa.
–La calle está dura, amigo.
–Pero no para todos.
Crispín era intermediario. Compraba en grande para vender en pequeño. Legumbres, alimentos. Se trasladó la amistad al apartamento, en la ciudad de Panamá, que compartía Crispín con su compañera sin compromisos, una mujer mayor con el cabello deslucidamente teñido.
–Fula, preparas muy bien la ensalada de frutas.
–Gracias, se la prepararé cada vez que venga.
– ¿Quieres querosín? –preguntó Crispín.
–Los tiempos van cambiando –le contestó el militar, al momento que Gilberto colocaba sobre la mesa una botella de Chivas Regal. Se la tomaron con hielo.
–Me gustaría comprar el diario El Mundo –le dijo el Teniente Coronel.
–Tú tienes la plata.
–Tengo el dinero, pero tú el nombre y la firma.
–Yo soy ingeniero agrónomo.
–No te compliques cuadriculando el círculo.
Giró las instrucciones. Los detalles, los nombres, los bancos, el dinero, las llamadas. Regresó a los pocos días. La transacción no cristalizó.
–Había cosas chuecas –dijo Crispín.
–Ahuevado, así no vas a salir de la pobreza.
El güisqui se mezcló con los rabitos de puerco con garbanzos que había llevado el Jefe de Inteligencia para celebrar el contrato.
Otra noche. Otra oferta.
–Cómprale la emisora a ese revoltoso.
–Soy su amigo.
–Ya lo sé, pero yo no.
–No me hagas esa propuesta.
El hielo helaba el vaso secado por la servilleta. El abanico de techo era muy respetuoso con el visitante: no le permitía sudar.
–Encárgate del contrato de electricidad de los ministerios.
–Ofréceme algo que pueda administrar.
–Contratas a alguien que sepa; así ganas sin hacer nada.
A veces la ensalada de fruta se quedaba intacta.
–El licor y la miel no se llevan bien –decía el visitante.
Cuando el alcohol le tapaba la lengua y le cerraba los ojos, Crispín llamaba a Gilberto. Entre los dos lo introducían en el auto como un saco de papas crudas. Si se quedaba dormido sobre el sillón de telas floreadas que adornaba la sala, no se le perturbaba. Gilberto vigilaba su sueño.
–No te pierdas está oportunidad –le dijo a Crispín por teléfono–. Mañana vamos a desayunar con el General. A la siete en punto. Es muy importante.
El General era uno de los dos jerarcas que había dado el golpe de Estado. No separaba un habano de sus labios.
Al entrar a la casona, caminaron como una procesión de ánimas ante las miradas inquisidoras de la seguridad personal. El Teniente Coronel se lo presentó.
–Vas a ser Ministro de Obras Públicas –le dijo el Jefe de Inteligencia.
Por la sorpresa del ofrecimiento se le instaló una rubicundez en el rostro de Crispín.
– ¿Cómo es esto? –preguntó con la saliva espesa.
–Mañana tomas posesión –dijo el Teniente Coronel con autoridad delegada.
–No, no, muchas gracias; pero no, no estoy preparado para esas cosas de la política –mientras el rubor se transformó en una palidez visible a todos los ojos.
– ¿Para qué estás preparado?
–Para ser tu confidente –contestó el General con una sonrisa que le tapaba los oídos.
La fula se fue. Se cansó de oler cebolla y ajo y de tolerar la idiotez de su compañero que se derretía como una mantequilla caliente.
– ¿Por qué no tomas cerveza?
“Este hombre pertenece a una raza diferente”, pensó el responsable de la Seguridad del Estado. “No hay nada de él en nuestros registros. Es un ser especial, alejado de la rutina de la genuflexión. Sí, sí. Mi, mi. Cabo, Sargento, Capitán, Mayor, General. ¿Qué hora es? La que usted quiera. Sí, sí, cómo no. Use a mi esposa. Se la presto. No se preocupe, aunque la gente se entere. Mejor. Ella es el puente. Mi salvación. Si quiere una noche o un “week end”. Fin de semana huele a trabajo. “Week end” es diversión, francachela. Se la preparo. Dieta. Ejercicios. No puede tener celulitis. ¡Qué pena con el militar! Se la mando en helicóptero. Yo mismo se la llevo, si quiere. Me quedo en la terraza, si quiere. Me divierto, si quiere. Lo comento, si quiere. La beso después, si quiere”.
–De negocios no sé nada, Crispín. Una vez tuve una cría de puercos y me la robaron. Te quise ayudar, pero te encuentro envuelto dentro de una… Soy tu antítesis.
–No lo dudes.
Abrazo fraterno, sincero, cierto, limpio.
–Cuando estaba de recluta en la Academia Militar salimos un sábado de farra. Esa academia está reservada a la gente de plata. Blanquitos y bonitos. Llegamos a un burdel. Bebimos cerveza. Éramos tres. Yo perdí la cuenta del número de botellas. Los dos habían subido con la prostituta, una mujer blanca, delgada, bien formada, con el cabello rubio natural. Cuando llegó mi turno, la mujer se negó. No sé que me pasó. Sentí todo mi odio innato y le di un puñetazo en la cara. La golpeé otra vez. Me enloquecí. Me la quitaron de encima. La iba a matar. Desde entonces, no tomo cerveza.
– ¿Te arrepentiste?
–Jamás. Quería transitar por otros senderos, pero éste es el único que se me ofreció.
El espacio se congeló en una pausa prolongada.
–Brindemos por ti y por mí –dijo el Oficial.
Los vasos de güisqui llegaron al techo. Vasos de vidrio transparentes.
–En los de vidrio de colores con flores, el alcohol muerde el cerebro con todas sus muelas. Eso dicen los bebedores de cantina. Obsérvalos en las fiestas de patios de vecinos. No hay que brindar por la vida porque es errática –dijo el militar.
Se volvieron a servir.
–Yo quería ser médico, evitar que la gente se muriera, pero no me dejaron.
– ¿Quién te lo impidió?
–El mismo que no me dejó ser enfermero.
Saborearon el trago a la vez. Distrajeron las miradas en las luces de la calle, perezosas.
–Olí las ciencias médicas como pinche asistente de laboratorista; era el camino que yo quería –otro silencio vacío el apartamento–. No sé quién fue, pero me convirtió en criminal.
Cuando entró Gilberto, el Oficial estaba dormido.
Paúl no tenía apellido. Lo escondió dentro de un libro de muchas páginas, lo trituró, lo pulverizó con una piedra filosa sobre un bloque de cemento. Hablaba, chupando un caramelo, un español aprendido sin las arandelas con las que vestimos el idioma oído al nacer. Endulzaba el acento. Presentaba a su mujer para romper fronteras. Latina. Llegó como inversionista. El cadete lo conoció en una recepción diplomática ofrecida para los discípulos de la academia. Paúl conversaba con los alumnos encauzándoles la mente hacia temas intrascendentes. Los jóvenes bonitos se interesaban en los orígenes de la mosca. Uno, insignificante, de cara redonda, hablaba con propiedad de las alternativas que podían derivarse de la revolución cubana. Fulgencio Batista había huido hacía escasos meses. Paúl y el nuevo cadete volvieron a hablar sin necesidad de cocteles. “Puede ser nuestro hombre” escribió a su casa matriz.
–Sospechamos que su condiscípulo Álvaro Sánchez tiene contactos con los grupos universitarios proclives a la revolución cubana. Le agradeceríamos nos investigue –le solicitó Paúl con una expresión benigna, sentados en las sillas destartaladas de una cantina rústica y bulliciosa.
A la semana, las mismas sillas de la misma cantina escucharon la información.
–Se ven en el kiosco de la esquina de la universidad. Álvaro acude con una boina negra que le queda grande. El plan es integrar una célula dentro de la academia.
–Correcto.
Paúl le introdujo un billete de cincuenta dólares en el bolsillo de su camisa blanca.
– ¿Cómo obtuviste la información?
–En mi país conocemos el milagro, jamás el santo.
El cadete se infiltró en la célula.
–Álvaro reclutó catorce. Se reunirán en una residencia particular con los estudiantes para discutir la toma de algún lugar público con idea publicitaria.
–Asiste.
Todas las voces coincidían: Palacio de Justicia. El cadete disentía: que la Casa Presidencial era más espectacular y menos vigilada. No lograba convencerlos. Le había sugerido a Paúl no intervenir antes de dos horas. De acuerdo. El acuerdo se logró enseguida. El cadete insistía en la Casa Presidencial. Una larga perorata. La experiencia histórica de la publicidad política. No convencía. El Palacio de Justicia está agujereado y lo que buscamos es sensacionalismo. Cuando en su reloj sincronizado faltaban cinco minutos para las doce, se disculpó para ir al baño. Doce en punto. Hora acordada. El ejército allanó la residencia que se mantenía iluminada por una vela encendida con miedo. Aire rancio. No hubo resistencia. Nadie registró el cuarto de baño. ¡Qué suerte la del otro!, comentaron los demás cadetes, sin malicia.
“Es astuto, manipulador y barato. No llama la atención”, volvía Paúl a transmitir a una de las esferas del poder hegemónico.
Ni día, ni hora; el visitante tampoco llamaba. Cuando se presentaba, lo encontraba en el apartamento. El Chivas Regal lo llevaba el militar en medios galones que se volatilizaban en una noche. Bota el concho, le decía si Crispín retenía en la botella grande el sobrante del güisqui. El anfitrión hacía gala de un repertorio de chistes cuando la conversación se iba descolorando.
–Me hablaste una vez de odio innato.
–Eso fue por lo de la prostituta; no ocurrió más.
–No ocurrió nada más allá, pero al regresar maltrataste a otra prostituta en la ciudad atlántica dentro de tu propio radio patrulla.
Colón, ciudad atlántica. En sus años de esplendor la luz se derramaba por todos los rincones; pero poco a poco se fue convirtiendo en una ciudad andrajosa, pordiosera, atrapada por el desempleo, la delincuencia, la prostitución y el vicio.
El Teniente Coronel se levantó con indiferencia. Se dirigió hacia el pequeño balcón a respirar el aire contaminado de la gran ciudad. Regresó y se sentó con la misma indiferencia.
–Bastaba con que se supiera que eras de la Academia para que se abrieran todas las puertas.
–Y también las piernas.
–Sólo me acostaba con mujeres blancas, fulas, altas y bonitas.
– ¡Qué exigente!
Un silencio mortecino barrió la cara del militar.
–Prefiero enterrar mi odio en la historia.
Se levantó bruscamente y se retiró sin despedirse.
Fue un alumno sobresaliente. Espiaba los movimientos de los cadetes y de los instructores, escarmentados después de la paliza a sus compañeros en la plaza del plantel. A Álvaro lo desnudaron. “El comunismo es el enemigo de la democracia”, gritaba un oficial iracundo por un altoparlante. ¿Qué les pareció semejante bestialidad? –les preguntó el cadete de acento extranjero, con rostro compungido, a cinco alumnos que caminaban distraídos. El único que expresó disgusto fue expulsado. Se le había encontrado material subversivo debajo del colchón. Soy inocente, dijo con veracidad, camino a la cárcel.
Cuando llegó Gilberto a la Academia Militar, el nombre de su coterráneo que le antecedió fue lo primero que acariciaron sus oídos. No había carta de recomendación escrita. Esos detalles no pueden ser vistos por ojos de intrusos.
–Tú eres tonto, Crispín –le dijo el militar cuando rechazó la administración de una empresa de embalaje aéreo–. ¡Qué carajo sabía yo de supervisión de carreteras! Me pagaban mucha plata, pero estaba entrenado para otros propósitos.
El incidente con la prostituta en la ciudad costera del atlántico le marcó su hoja de servicios. Barrio escandaloso, adúltero. Vicio, pecado, degeneración. Mujer insolente, atrevida. Mi estructura es para mandar. Así. Así no, coño. Así. Aprender con letras legibles. Entender con golpes. Ambos llegan al cerebro. Si le reviento la cara, la comunicación es expedita. Las marcas en el rostro se ven siempre. Todos miran la cicatriz en el espejo. Te tienes que acordar cada vez que lo ves. No puedes esconderla. ¿Adónde? No. La frente está arriba de los ojos y los ojos tienen que mirar de frente. Los cobardes también tienen que mirar de frente cuando se peinan. Las mujeres, siempre. A los cinco meses lo trasladaron a la provincia fronteriza y altiva.
–Muy aburrido –le contestó a Paúl–. Los policías ponen las boletas. Yo se las arreglo.
Paúl había llegado con su latina piel canela y ojos vivaces.
– ¿Qué puede hacer un oficial de tránsito? –le preguntó con el caramelo en la mano.
–Nada. Por mi despacho desfilan amigos con los amigos de sus amigos. Amigos de amigos con más amigos. Se multiplican como hongos silvestres. Tarjetas de presentación con el favor escrito en tinta. Amigos, boas que rodean el cuello. Para lo único que sirvo es para cuidar sus bolsillos.
–Es bueno que no te vean con cara de malo.
–Mi cara nunca puede ser buena. Aquí lo bueno es el querosín.
–Y el arranque.
–Ya lo conociste. A-rran-que. Es el último trago, el que hace daño.
–Tú no estás aquí para quitar boletas –lo dijo con voz imperativa–. Esta es una región muy peligrosa: comunismo, sindicalismo.
Al quedarse el militar solo, entró Crispín. El cantinero se había dormido cuando abandonaron el bar. Ninguno de los dos entendió lo que salía de sus labios pegajosos como la goma seca.
Al norte de la nueva ciudad que acogió al Capitán está Boquete, su patio frío, pueblo pintoresco bordeado de flores multicolores salpicadas por las colinas verdes. Sobre una carretera de asfalto bien pavimentada se tomaba treinta minutos en llegar. Se veían las casas de madera levantadas sobre muros de concreto ricas en flores jóvenes. Praderas cubiertas con hortalizas visibles. Niños con las mejillas enrojecidas por la brisa. Había un motel de ocasión, oculto y limpio, incrustado en un cerro solitario desde donde se contemplaba el majestuoso volcán.
Marta Quintero aparecía tres veces en los archivos del tránsito con infracciones por conducir en estado de embriaguez. Las tres fechas precisas: viernes, siempre viernes, siempre en la carretera que une al calor con el frío. Contempló el retrato: una mujer guapa de veintiséis años. “Nunca la he visto. Yo mismo le anulé las multas”. Amigos de amigos. La curiosidad lo llevó de la mano. Investigó: mujer casada, marido ganadero y próspero que viaja los viernes a la capital. A veces solo; otras en compañía de ella. Tienen dos autos, un Ford grande que lo usa él, el Toyota pequeño, Marta. Registró la matrícula de ambos autos. Ordenó que se le notificara cuando al Ford conducido por un hombre sin pasajeros salía de la ciudad. Al cuarto viernes se le comunicó lo que esperaba. Instruyó a un radio patrulla vigilar al Toyota.
–La mujer recogió a un hombre en el jorón ubicado a la salida de la ciudad. Se dirige a las tierras altas y frías. La pareja llegó al motel, toma licor en el bar. Alquiló una habitación.
–Esperen. Cuando escuchan los gemidos, entren y tomen las fotos. Cúbranse el rostro.
Otro patrulla detuvo al Toyota al entrar a la ciudad. La conductora tenía aliento alcohólico. Dos días más tarde, un amigo de un amigo le solicitó el perdón de una multa impuesta a la amiga de un amigo. El Capitán, inexpresivo, se levantó. Revisó los archivos.
Imposible –dijo–. Es la cuarta infracción por la misma causa. Dígale a la señora que venga a hablar conmigo. Corre el riesgo que le anulen las tres exoneraciones y quede detenida.
Marta Quintero era una mujer alta, delgada, con busto prominente sin exagerar, de cabellos castaños y cortos y de una blancura tostada por el sol. Entró nerviosa al despacho del Jefe de Tránsito, con las manos inseguras.
–Un día se va a matar. Sería una pérdida irreparable para el país.
–¿Por qué? –preguntó la mujer con inocencia.
–Los ojos de la naturaleza dejarán de ver semejante belleza.
Una fugaz cincelada de pintura roja encendió el rostro de la joven.
–Siéntese –le dijo.
–Gracias.
Se sentó.
–Aquí tengo su archivo.
Un oficial, sofocado, irrumpió el despacho sin tocar la puerta.
–Mire lo que han traído –le extendió un sobre cerrado con cinta adhesiva. El Capitán miró con sorpresa al oficial, pero con mayor asombro el paquete.
–Nuestros agentes se lo decomisaron a una banda que se dedica al chantaje –le dijo el oficial.
–Las cosas cada día están peor –comentó el Capitán, frunciendo el ceño, preocupado, con el rostro austero y la boca encogida. Lo abrió. Miraba a las fotos y miraba a la mujer y volvía a mirar a las fotos y volvía a mirar a la mujer.
–Está usted en problemas, señora –dijo con cara rígida, de piedra, de concreto, de acero–. Estas fotos son suyas y muy comprometedoras –la pintura roja apareció en las mejillas de la joven que empezó a sudar. Se levantó con intención de tomarlas.
–Las fotos pertenecen al departamento de inteligencia. Por favor, siéntese.
– ¿Qué van a hacer con ellas? –preguntó con los ojos húmedos y las manos incontrolables dirigidas al cabello, a la nuca, a la cartera.
–Qué sé yo. A lo mejor se las entregan a su esposo.
Llanto explosivo. Le ofreció agua en un pequeño vaso de cartón.
–Con llorar no se remedia nada.
La mujer trató de hablar, pero de su boca seca no salió ninguna palabra.
–En este mundo todo se resuelve –dijo el Capitán con una expresión refrescante.
El motel le abrió sus puertas a la nueva pareja al siguiente viernes, en la noche. El Toyota ya conocía la ruta. Desnudos, arropados por el frío.
3
Efraín le solicitó a Gilberto que lo acompañara a la recámara a buscar la mecedora.
–Es más fresca. No debe permanecer mucho tiempo en la silla de ruedas. Se puede escaldar.
–Qué guapo estás, ingrato –dijo Virginia–. Tienes el cuerpo bien cuidado.
En Gilberto se apreciaba un cuerpo hercúleo, con los músculos delimitados, fibrosos, sin señales de grasa. Vestía una camisa deportiva de mangas cortas.
–Nosotros proponemos, pero Dios dispone –dijo el visitante.
A las gentes del interior del país, pueblos conservadores, de donde procedían Efraín y Virginia, la religión les impregna sus células. Su cultura gira en torno a la Iglesia, y el nombre de Dios aparece en todos sus actos y deseos. “Gracias a Dios”. “Si Dios quiere.” “Primero Dios”. “De Dios depende”. “Con el favor de Dios”. “Vaya con Dios”. Es una rutina, indistinguible al yo profundo. “Dios dispone”.
Virginia se mecía imperceptiblemente con los ojos alejados y fijos.
–Qué feliz nos haces, Gilberto. Verte a ti es ver a Chicho.
Una expresión de regocijo brotaba de los tres semblantes.
–Chicho creció en la libertad. Tú fuiste a la casona de quincha antes de que fuera demolida.
– ¡Claro que sí! Se conocía de memoria la distancia que separaba los árboles de mango, de tamarindo y de cereza. Caminaba entre los tres con los ojos vendados.
A la mujer se la llevó la historia.
–Eran los únicos sembrados en el patio de la casona. Cuando hacía esas maromas decía una expresión que nunca pude retener –dijo Gilberto.
– ¿Trillado? –preguntó Efraín.
–No, esa no.
Son los decires que no se transmiten, que mueren con cada generación.
–Le prometíamos que íbamos a ir al río a las tres de la tarde, cuando el brazo pequeño del reloj estaba en las tres y el grande en las doce –decía ella.
–Aprendió a manejar las manecillas –agregó Efraín–; nos despertaba de la siesta con el solazo de la una que hervía sobre los techos de teja.
–Nos bañamos en ese río –recordó Gilberto–. Nadábamos hasta las tres piedras distantes. Competíamos y yo siempre perdía.
–Eso lo dices para complacernos –dijo ella satisfecha.
–Nací aquí, en la capital. Mis padres me prohibían salir de casa, salvo con la doméstica y tomado de la mano, se imaginan. No podía jugar porque me sofocaba. Te va a dar tos, me decían.
–La gente del campo le da más libertad a los hijos –dijo Efraín.
–Es más sano –dijo Gilberto.
–Fue difícil convencer a tu mamá para llevarte con nosotros al interior –recordó Virginia–. Sólo una vez. Nos dio mucha pena con tu papá la vez que te fue a buscar.
–Me habían dado permiso por una semana.
–Llevabas más de un mes.
–Fue muy brusco –dijo Gilberto.
–Nos sentimos como alcahuetas –dijo ella.
La mujer se introdujo por ese ancho túnel invisible que enlaza tiempos perdidos y completa los fragmentos en un instante. No necesita halarlos porque se presentan suavemente, se replican, se siguen viviendo. Aquí están. Su aroma se percibe por los poros abiertos de todos los sentidos.
–Ahora, cuéntanos de ti. ¿Qué has hecho? –preguntó Virginia.
Ayer y hoy diluidos, pero fracturados.
–Tengo algunas sorpresas –contestó.
– ¿Te casaste?
Querían volver a fusionar las historias paralelas.
Háblanos de ti, así conocemos mejor a Chicho. Háblanos de Chicho, así te conocemos mejor a ti.
La frase revoloteó por el cráneo sin mover la lengua.
–No, que va. Es mucha responsabilidad. Algunas novias, pero hasta ahí.
–Te deben caer por montones –comentó la mujer que respiraba las perlas de un aire nuevo–. Chicho empezó a traer una amiga a casa, pero nunca nos dijo nada. Le decía Carmen. Yo le decía Carmencita.
–Nunca indagamos las profundidades –dijo Efraín.
–Una joven tierna. Se preocupó mucho cuando Chicho desapareció. Nos visitaba, después nos llamaba. Me dio la impresión de que algo le ocurría. Es muy triste lo que sé, me dijo la última vez. De esto hace un año.
–No he vuelto al pueblo –dijo Gilberto–. Debe estar cambiado.
–Nosotros tampoco desde que Chicho desapareció –dijo Efraín–. Casi dos años.
Un cálculo matemático complejo cuando las ideas necesitan peinarse con un cepillo blando.
–Diecinueve meses y veinticuatro días –corrigió Virginia.
Sencillo para el alba que le desprende las páginas al calendario que se ve todos los días. Una página menos, un día más. Un día menos. ¿Cómo se mide la esperanza? ¿Qué cuesta tres pesos con cincuenta minutos? Un día más, menos esperanza. Un día más, más dolor. Cuando todo termina, tus ojos nublados contemplan el cuerpo muerto. Se te da la oportunidad de llorar mirándolo. Pero cuando no sabes dónde está. ¿Estará prisionero? ¿Estará pidiendo ayuda? ¿Vivo?, ¿sufriendo?, ¿muerto? Vivimos en una incertidumbre desgarradora.
–No tengo dudas de que el cuerpo decapitado en el cuartel es el de Chicho –dijo Virginia.
– ¿Cuándo derribaron la casa de quincha? –preguntó Gilberto–. No lo debieron permitir. Era una casa colonial que se veía entera.
–Tenía más de cien años –contestó Efraín. Se levantó para acariciar con la palma acostumbrada la cabellera de su mujer. Gilberto rompió el silencio para recordar los juegos y los sueños de ese verano alegre. ¿Sueños?
–Yo también tuve el mío –dijo la anciana.
Palabras cortadas en picaditos con un cuchillo afilado.
–Se le había perdido una manilla de béisbol –dijo Gilberto– El partido era al día siguiente. Soñó que estaba en la caseta donde se guardaba el carbón. La fue a buscar en la mañana y la encontró llena de cenizas.
Gilberto evocó una picardía compartida por los dos. Se rió, pero la pareja no lo acompañó en su risa. La mirada que le entregaron sus ojos desteñidos retrató el dolor compartido. Gilberto se levantó y se dirigió hacia la cocina. Abrió la refrigeradora, sacó la jarra de agua y se sirvió en el único vaso de vidrio claro, que junto a pocos dibujados con flores lilas, descansaba en una bandeja colocada sobre la repisa. Se tomó el agua lentamente.
–Las galletas de higo dan sed, pero el agua mata el sabor que dejan en la boca insípida –dijo Gilberto.
–Mi hijo está muerto. El sabor está muerto.
Gilberto intentó lavar el vaso. Con un hilo delgado de voz que apenas lograba cruzar los labios, Virginia le solicitó que no. Ella lo haría después.
–Recuerdo cuando me quisieron hacer cómplice –dijo Efraín.
– ¿Cuándo? –preguntó Gilberto con un gesto de sorpresa.
–Lo de los sapos –exclamó Virginia, con la voz aún apergaminada.
Los ancianos repasaban la vida de su hijo con anécdotas. Las decían, las repetían. Lo miraban detrás de sus retinas. Edificaban las esperanzas. La memoria es la vida de los que esperan. El pensamiento de sus propias muertes se les entrelazaba al verse los rostros arrugados. Un minuto, una hora, un día, un mes. Viento sobre el desierto árido. Un arbusto inútil, una arruga nueva. No nos podemos morir. Abandonarnos sería la otra muerte. Querían morirse, pero eran las únicas miradas mentirosas que interceptaban los ojos viejos.
–Sí, sí, ya recuerdo –dijo Gilberto.
–Pasaron toda la noche recogiendo los sapos –dijo Efraín.
–Los guardaron en una caja de cartón. La sapería me dejó la casa hedionda –dijo Virginia.
–El profesor de biología nos pidió que cada uno llevara uno. Chicho y yo dispusimos llevar todos los que cupieran en una caja.
–Eran como cien –dijo Virginia sonreída.
–Cincuenta y seis –corrigió Gilberto–. Los dos entramos al salón antes de la hora con la caja envuelta en una sábana. Pensábamos que nadie nos había visto. Chicho colocó la caja debajo de su silla. La abrió. Se imaginan.
Esta vez compartieron una risa prolongada. Los fantasmas les habían esculpido un rostro de concreto. Una boca contraída en un círculo cerrado. La risa destruyó el espasmo y los músculos se relajaron. Las máscaras se demolieron. Se desprendieron en trozos de distintos tamaños que chocaron contra el piso húmedo por lágrimas eternas.
–Supongo que la idea fue de Chicho –dijo Virginia.
–Eso fue lo que me dijo a mí –dijo Efraín.
–Eso fue lo que le dijo al Director –dijo Gilberto–. Cuando me levanté y dije que yo también, gritó con energía: “tú eres un mentiroso”.
–Así era –dijo Virginia, recogiendo por el suelo los fragmentos dispersos del concreto fracturado.
Los recuerdos revolotearon por los cerebros sincronizados de los ancianos. Gilberto mantuvo un rostro inexpresivo.
– ¿También fue Chicho el ocurrente del peo guardado en una botella de vidrio? –preguntó Virginia que aún no había completado de reconstruir su máscara.
–Al menos déjenme ser el padre de alguna maldad.
–No creo –dijo ella–. Desde hacía meses nos venía preguntando sobre el olor de un peo comprimido. Debe ser el olor más fétido que hay en el universo, le decía Efraín.
–Se sentía un olor a amoníaco viejo, a huevos podridos, a cañafístula –dijo Gilberto.
– ¡Cañafístula!, me acuerdo cuando Chicho te la dio a probar –dijo Virginia–. Recogiste en tu cara el asco de la humanidad.
–Por supuesto, ¡qué olor tan repugnante! –dijo Gilberto.
–Era su fruta favorita –dijo ella e inclinó la cabeza en el respaldar de la mecedora. El concreto petrificado se apoderó de su rostro. El silencio se instaló como cuervo inmóvil en el apartamento. Virginia miró al visitante detenidamente. Sus pupilas inmutables se colocaron serenamente en un cementerio. Parecían una lápida pupilar por sus ojos deslustrados y silenciosos. Le extendió las manos que él apretó con firmeza.
–Me acuerdo cuando les dieron el boletín del último año, junto a un pequeño papel con la fecha de la graduación. Compartían una alegría infinita. Cada uno me besó en una mejilla y en la frente. Conservo esos besos. Retraté en ese instante la cara de los dos. ¡Cómo te queremos, Gilberto! No sabes la falta que nos has hecho.
Los árboles de la acera murmuraron una letanía, y un aire intranquilo, curioso, se quedaba afuera y volvía a entrar.
–Me acuerdo, me acuerdo –decía la mujer–. El día cuando recibió la aceptación para especializarse en París.