PASAJEROS DE LA VIDA
-NOVELA-
AUREA-VICENTA GONZÁLEZ MARTÍNEZ
R. P. Intelectual: V-772-10
ISBN 978-1-4657-1217-2
ACLARACIÓN
Tengo el vicio de leer y me gustan especialmente las obras de teatro; meditando sobre algunas de las creaciones más conmovedoras del autor sueco Strindberg, en las que se muestra tan conocedor del alma femenina, me acordé de una pasmosa afirmación que tuve que oír de labios de otra fémina, joven madre y trabajadora: “Perder el tiempo leyendo un libro debería estar prohibido. Hacer punto y cosas así es algo práctico pero eso, no”.
Seguramente, de haberla escuchado, el genial y contradictorio autor se habría lanzado a tejer mucho y bueno con las palabras pronunciadas por mi sorprendente interlocutora y, al cabo, estoy segura de que hubiese sido capaz de comprenderlas; yo sigo sumida en la perplejidad.
Un libro siempre aporta algo a la existencia de la persona que tiene el gusto de leerlo, tanto al que se toma en serio el “oficio” de vivir como al que pasa su tiempo con indolencia.
Quiero dejar constancia de que los personajes y los nombres que aparecen en la novela son inventados por la autora y cualquier similitud con situaciones o personas reales es mera coincidencia.
CAPÍTULOS
I. DOMINGOS EN BLANCO. Pág. 3 a 24
II. SALUDANDO AL RESPETABLE.
Pág. 24 a 42
III. DEMASIADOS LÍOS. Pág. 43 a 60
IV. ENTRE LA TIERRA Y EL MAR.
Pág. 60 a 76
V. CALLEJEANDO. Pág. 76 a 87
VI. SE DESCUBRE LA VERDAD.
Pág. 87 a 111
VII. LA VOZ DE LA SANGRE. Pág. 112 a 129
VIII. TODO TERMINA BASTANTE BIEN,
AL MENOS. Pág. 130 a 141
IX. VOLVEMOS CERCA DEL MAR.
Pág. 142 a 170
CAPÍTULO PRIMERO
Domingos en blanco
PRIMERA PARTE
Los domingos son siempre un premeditado borrón que Aurora se impone en su disciplinada y meticulosa tarea de mantenimiento y laboreo de la mente; desarrollar con profesionalidad un trabajo y tratar de ampliar sistemáticamente los conocimientos que la doten de mayor capacidad para ello es toda su aspiración en la vida. Este paréntesis semanal de “dolce far niente” le suele resultar incómodo a veces, pero asume que es una pequeña e inexcusable contribución que se debe para mantener el equilibrio mental. A través de sus compañeros ha tenido el cuestionable privilegio de comprobar de cerca la devastación personal que se produce en el ser humano cuando no se acierta a detener la marcha a tiempo y uno se abisma en los vericuetos del intelecto.
Levantarse tarde, dejar a la modorra todo el tiempo que necesite para irse evaporando, desayunar sin prisas…, todo muy estudiado, muy calculado.
El único fallo de un plan tan bien urdido es que el cumplimiento del mismo abarca escasamente medio día aunque estirando mucho del programa pueda llegarse hasta el atardecer; aún así, hay que llenar lo que resta de la jornada de forzado ocio y el resultado, tristemente, suele devenir el mismo para ella: un sentimiento de absoluto vacío.
-¿Aún no has terminado, niña? Quiero darme un baño y tú llevas tres cuartos de hora en la bañera. Verás como al final encoges y todo, ¡caramba! –Ruperta, mujer entrada en años y siempre al borde de un ataque de mal genio, no comparte la irresponsable suavidad con que Aurora afronta los días festivos; estas jornadas son siempre un desencadenante de extrema hiperactividad para su madre -. No sé para qué te molestas en levantarte, ¡ni siquiera has tomado un desayuno como Dios manda!, ¡jolines, qué cruz de mujer! –trajinando entre la encimera y el frigorífico, al oír que la puerta del cuarto del aseo se abre, sale disparada hacia la recién bañada y la abraza con enérgicos gestos y unos besos en las mejillas igual de sonoros que las palabras acabadas de pronunciar.
-Bueno, vale, mamá, ¡ya está bien! Me vas a marchitar el rostro con tanta zalamería – protesta riendo la muchacha que en cuanto cumplió los treinta años se agarró, con decisión inamovible y esperanzas de permanencia, al imaginario listón de ese cumpleaños y según se encuentre de humor puede moverse con comodidad en la amplia horquilla de la cifra aparentando una edad en ambas direcciones; ahora sigue el infantil juego de Ruperta, más que complacida y realmente parece muy joven.
-¿Desayunamos, cariño?
-¡Claro, mami! ¿Querrías venir conmigo a leer al parque después de bañarte? Tengo dos novelitas espléndidas.
-¿Estás loca? ¡Domingo y a leer en el parque! Niña, no sé a quién sales tú…; a ver, a ver: a tu padre; noooo, y a mí, menos todavía –mientras sirve a su hija la humeante taza del desayuno que acaba de preparar, Ruperta la mira, sonriente, y se apresta a complacerla repitiendo la escena de forzado teatro que todos los festivos se representa en la cocina-. Veamos las posibilidades de que disponemos hoy para quitarte los libros de entre las manos –toma asiento frente a su hija y, recitando con enfática entonación, comienza a enumerar, cual letanía-. A ver, tenemos…, cuadros de Sorolla; matiné de cine en chino con la película subtitulada en inglés en Ca Sento; Romeo y Julieta interpretada por marionetas en la galería del centro comercial; visita guiada y gratuita a las catacumbas con la proyección del último montaje sicodélico de Pepín Serra al terminar el recorrido; competición libre de ajedrez amateur en la Avenida de las Rotondas; degustación de chocolate artesano en la plaza de los Apóstoles hasta el mediodía; concierto de campanas interpretado al unísono por todas las parroquias y templos de Termas para las dos de la tarde –ante las sinceras carcajadas de Aurora, corta en seco el monólogo y dedica, realmente enfadada, toda su atención al desayuno que tiene delante y que empieza a enfriarse, acabándolo a una velocidad pasmosa.
Un solecito pizpireto va alcanzando con sus luminosos rayos los rincones oscuros de la habitación más bonita de la casa.
-Vale, mamá, no te enfades, mujer –la joven entona la disculpa habitual acompañándola con la infalible receta que siempre le da resultado: acariciar la mano maternal que a su contacto, indefectiblemente, reacciona como si le hubieran dado cuerda al decaído ánimo y no hubiese sucedido nada perturbador.
-Bueno, pues tú te lo pierdes, ¿sabes? A mí, hasta me haría gracia completar el circuito festivo-educativo antes de la hora de comer…, ya veremos hasta dónde alcanzan mis fuerzas pues para la tarde tenemos un concierto estupendo tu tía Pipa y yo –se levanta y estampa un beso en la húmeda cabeza de la joven, recoge el servicio de mesa y tras depositarlo en el fregadero, lanza un beso al aire en dirección a su hija y abandona la estancia.
La muchacha deja que se vaya sin pronunciar palabra ni molestar las meditaciones a las que, sin duda, estará entregada la mente materna; seguro que a media mañana ya ha tenido la resistencia suficiente para liquidar de la imaginaria lista que se ha impuesto más de la mitad de sus metas. A ella le resulta sorprendente tanto afán de movimiento en una mujer que permanece seis días a la semana, tan de buen grado y sin quejas, cumpliendo dos tandas de cinco horas en su puesto de trabajo cada día laboral, sentada delante de un ordenador muy veterano y terriblemente lento, parapetada tras el pulido y añejo mostrador de la Biblioteca Municipal de Termas, atendiendo al público con una alegría y resistencia encomiables.
En Termas hay poca cosas que Aurora pueda considerar una distracción digna de ella, y aunque existieran, es consciente de que, salvo el trabajo, nada logra atraerla de verdad. Su madre, siempre al acecho de cualquier posible entretenimiento, se informa concienzudamente a lo largo de la semana de todas las posibilidades que se ofrezcan en la ciudad y es capaz de recitárselas, gustosa, y hasta de sobreponerse a los cada vez más fuertes y frecuentes ataques de crispación que la acometen y que no auguran nada bueno para la salud de la mujer; cabe la posibilidad de que el mal del siglo haya puesto sitio a la mente materna pero ella no tiene el valor de afrontar el asunto y tomar las riendas de éste posible problema llevándola a un especialista para que le realicen las pruebas necesarias y descartar o confirmar sus sospechas. Se maldice por ello, como le pasa ahora, pero deja que se pudra antes de germinar la incipiente semilla de diligencia que aparece en su conciencia; ni siquiera ha tenido el empuje suficiente para planteárselo a Ruperta y oír de sus labios si es consciente de la amenaza que parece cernerse sobre ella.
Mientras está lavando los tazones y las cucharillas, suena con reiteración el estridente timbre de la puerta.
-Voy, voy. Ya abro, por favor, deja de pulsar el timbre –casi grita la joven yendo hacia la entrada del piso, creyendo que es su tía Pipa, a la que no esperan hasta la tarde.
-¡Buenos días, señora! ¿Vive aquí doña Ruperta Cusí? –dos agentes uniformados de policía nacional, tras dedicarle el preceptivo saludo, se destocan de las gorras sosteniéndolas expertamente bajo el brazo.
-Sí, claro, pasen ustedes –contesta la chica, retirándose de la entrada y abriendo completamente la puerta de la casa-. Por aquí, se le ruego –indica, con la mano, el camino hacia la cocina tras cerrar a conciencia y apagar la luz de la entrada.
-Hemos venido, señora, a pedirle que lea ésta hojita y nos dé su opinión –le dice el agente masculino, tendiéndole un folio doblado-. Esperamos de usted una ayuda para esclarecer el asunto; lamento mucho tener que molestarla en día festivo, doña Ruperta.
-No, no, perdone, agente, Ruperta es mi madre; debe haber una equivocación.
-¡Ah!, por favor, se lo ruego, devuélvame el papel –el guardia lo retoma de las manos de Aurora, agarrándolo con violento gesto y, con voz algo menos amistosa, la interpela-. ¿Usted es? Haga el favor de identificarse.
-¡Vaya!, lo siento, no quería inmiscuirme en los asuntos de mi madre, pero, es que está en la ducha. Soy Aurora, Aurora Peter Cusí, hija de Ruperta Cusí.
-Si somos inoportunos, podemos esperar en la escalera. Dado que la madre de usted está en la casa, según nos dice, saldremos fuera –habla, por vez primera, la agente femenina, en un tono expertamente conciliador.
-¿Pipa, eres tú? Enseguida salgo, querida, un momentito, cielo, sólo me falta peinarme; hoy no tengo ganas de bañito me he conformado con una ducha rapidita –se oye, con proximidad creciente, la voz de Ruperta Cusí-. ¡Eh, voilà!, chica, no sabía que me ibas a acompañar en la peregrinación matinal.
Al abrirse la puerta del cuarto de baño, la mujer se sobresalta y titubea ante la inesperada visión de unos uniformes y, sobre todo, de la expresión consternada que aprecia en el rostro de su hija.
Los agentes, haciéndose cargo rápidamente del momento de confusión, intervienen, muy bien orquestados.
-Tranquila, señora –habla el hombre-. Somos el agente López y la sargento Ruiz, de la comisaría del distrito cuatro. Su hija ha sido tan amable de dejarnos pasar. Si puede usted atendernos dos minutos, le estaríamos muy agradecidos, doña Ruperta.
-No se alarme, señora, no sucede nada malo, le doy mi palabra –afirma, con convicción, la mujer uniformada.
-¡Ah!, bueno, vale. No se preocupen, agentes –les responde la madre de Aurora-. ¿No querrían sentarse? Por favor, se lo ruego –indica, con voz amable, las sillas de la cocina-. Como pueden ver he de vestirme un poquito más. ¿Y tú, hija, por qué no haces algo de café mientras me adecento y obsequias a nuestros invitados? ¿Les parece bien, señora Ruiz y señor López? –sin esperar respuesta, la mujer toma carrerilla por el pasillo que conduce a su habitación y cierra dando un enérgico portazo.
-Lo siento, mamá es así –dice Aurora, un poco abochornada y sin saber exactamente el porqué-. Se tomará muy a mal el que la esperen de pie. ¿Hago el café, señores, les apetece?
-Se lo agradecemos mucho, doña Aurora –responde, la sargento, al tiempo que se sienta e invita con la mano al hombre-. Estamos de servicio pero creo que nos tomaremos un momentito de descanso; si ustedes no lo comentan, nosotros tampoco lo haremos. Es bonita ésta cocina, daría cualquier cosa por tener una pieza así en mi casa.
-¡Ah!, bueno, el piso es una verdadera antigüedad, pero sí, es cierto, la cocina es mona y tiene sol casi todo el día; en pleno verano es una lata –va diciendo, la muchacha, mientras coloca la cafetera que acaba de llenar en el fogón.
En la cocina se instala un silencio incómodo que dura los minutos exactos hasta que vuelve a entrar en ella Ruperta, discretamente vestida y con un moño excelentemente colocado en la parte más alta del cráneo.
-Bueno, pues ya me tienen aquí; estoy a su disposición. ¿En qué puedo ayudarles? –pregunta, solícita y verdaderamente interesada.
-Ante todo, gracias por su acogedora invitación, señora Cusí –dice, la policía femenina-. Es algo irregular pero le agradecemos mucho el café.
-¡Faltaría más! –contesta, Ruperta.
-Necesitamos imprescindiblemente su ayuda sobre un documento que portamos aquí –el agente, saca del bolsillo superior de la chaquetilla del uniforme el papel que minutos antes arrancó de las manos de la hija-. Verá, señora, debido a su trabajo, tenemos casi la seguridad de que si lee el contenido podremos actuar con la celeridad que es pertinente.
-Claro, traiga acá, hombre, no padezca por eso; déjeme que vea de qué se trata –le interrumpe, Ruperta, cogiéndole el folio-, pero, no hagan cumplido, vayan sirviéndose el café. ¡Niña! ¿Dónde tienes la cabeza, mujer? Leche y azúcar, por favor –dice a su hija, cariñosamente-. Gracias, cielo –le dedica una amplia sonrisa cuando ésta coloca todo lo enunciado encima de la mesa y del deslumbrante mantel que la engalana.
-Doña Aurora, ¿le resultaría molesto dejarnos a solas con su madre unos minutos? Será cosa de poco tiempo y después nos iremos y no las molestaremos más –la sargento conmina a la joven con un gesto autoritario a ausentarse de la habitación-. Gracias; cierre la puerta al salir, se lo ruego, señora.
Una atónita Aurora dirige sus pasos hacia la puerta de la cocina y trata de cerrarla, cosa nada fácil en principio, ya que es un acto que ni siquiera recuerda cuando fue la última vez que tuvo que realizarlo. Al fin, violentando mucho los chirriantes goznes, lo consigue.
La joven pretende quedarse en las inmediaciones del cuarto pero repara en que el cristal que llena los dos tercios de la puerta que aísla la cocina del pasillo tiene un esmerilado muy ligero y únicamente conseguirá hacer el ridículo si la observan desde dentro. Había olvidado lo mucho que le reprendió su padre, unos días antes de abandonar definitivamente la casa, el que tuviera la fea costumbre de espiar las discusiones en voz tensa y bajísima que tenían él y su madre por las desavenencias de pareja. Hace años de eso pero sigue dolida y se abochorna cada vez que lo recuerda.
La que en otro tiempo fue habitación conyugal está ahora bajo el dominio exclusivo de su progenitora: la puerta está abierta de par en par y la cama se airea con toda la ropa depositada encima del pequeño butacón que le sirve de calzador; dirige hasta allí sus indecisos pasos, en parte porque se siente estúpida y contrariada por la forzosa exclusión y también porque, al igual que cuando era niña y las cosas no le iban bien, únicamente acurrucándose en la butaquita y poniendo los pies descalzos sobre el mullido colchón lograba apaciguar su inquietud y ahora va hacer lo mismo con la esperanza de alcanzar el consuelo del que se halla tan necesitada.
- Hay cosas que no cambian –exclama, sorprendida-. ¡Domingo!, ¡puaj!
La sábana bajera está lo suficientemente fresca para que a través de los dedos de los pies le llegue más rápida la circulación de retorno. Aurora se ha sentado encima del montón de ropa de cama y nota como se le clava, dolorosamente ya, una de las gruesas borlas de seda que enriquecen el damasco de la colcha preferida de su madura predecesora.
La tibieza que el sol introdujo en la habitación, a través de la ventana abierta, no es más que un recuerdo. Desde luego, son algo más de unos minutos los que se prolonga la inesperada entrevista; ha debido quedarse dormida pues el reloj de la mesilla de noche marca las diez de la mañana, no queda rastro de luz solar en la estancia y siente frío.
-¿Mamá?, ¿estás ahí, mamá? –va diciendo mientras se incorpora y se frota con energía la dolorida nalga en la que al tacto puede apreciar la hendidura profunda que le ha dejado el grueso adorno del cobertor en la piel.
En la mesa de la cocina hay tres tazas vacías y una cafetera tan fría como ellas.
Aún le quedan horas para pensar en la comida del mediodía, pero Aurora, la voluntariosa Doctora en Lenguas Muertas por la Universidad de la Sorbona, carece de la paciencia necesaria para desenvolverse en la vida corriente y aunque se entrega y dedica plenamente a cualquiera de los muchos trabajos que realiza en la Cátedra de Estudios de la Antigüedad que tiene bajo su cargo sin el menor asomo de impaciencia o inquietud, ahora rebusca, ansiosamente, en las profundidades de la enorme nevera familiar y comprueba si para confeccionar la musaka, con la que piensa festejarse hoy el paladar, dispone de todos los ingredientes necesarios.
Satisfecha con el resultado de la inspección, cierra, con desdén, la puerta del electrodoméstico más apreciado por su madre y se encuentra ante los ojos, pegado justo a su altura, un post-it bermellón en el que Ruperta, con la caligrafía infantil que la define, le advierte de que no la espere para comer. Ninguna explicación adicional; no ha escrito nada más en la nota.
-Pues no sé qué es lo que tendrá ella que hacer con tantas prisas –exclama, enfadada-. Ésta se cree la reina de Saba –acaba diciendo, con un estilo tan barriobajero que se queda estupefacta al oírse-. Otro día perdido sin remedio y encima sola –expresa en voz alta el pensamiento, sintiendo que se acrecienta con ello el malestar y el vacío que le atenaza el ánimo.
-¿Estás ahí, chiquilla? –llega, cantarina, la voz de Ruperta, desde la entrada de la casa y, sin tiempo para reaccionar, Aurora se ve atrapada por los afectuosos brazos de su madre que la estrujan sin compasión.
-¿Dónde estabas, mamá?, ¿has cambiado de opinión sobre la comida? –La joven no puede controlar el tono de voz que surge ligeramente emocionado desde su boca-. ¿Algo grave lo de los guardias? ¿Has podido ayudarles? ¿Qué ha sido que has tardado tanto? –las preguntas se suceden con rapidez.
-Tranquila, nena –contesta, la mujer, besuqueándola-. Ha resultado ser muy excitante. Por cierto, estabas tan dormida cuando íbamos a salir que no he querido molestarte, cariño. Bueno, hemos acabado rapidito y ya estoy aquí. ¿Qué prepararás hoy, cielo? ¿Me invitas? ¿Tienes de todo en la nevera, hija?
-Musaka ¿Me lo vas a contar, o no? Claro que sí. Porfa, habla ya.
-Por supuesto, ven, vamos a sentarnos –Ruperta guía cariñosamente hacia la mesa de la cocina a Aurora-. He podido ayudar a la policía en sus pesquisas ¡Interesantísimo todo, en serio! –Sin darle tiempo a interrumpir, continúa diciendo-: Verás, me han acercado hasta la biblioteca. Resulta que yo encontré, dentro de uno de los libros que devolvieron ayer tarde, el folio que viste. Aunque me han pedido discreción, sé que tú no hablarás con nadie, al menos hoy, ¿verdad, hija? –a un cabeceo afirmativo y ante la reconcentrada expresión de su hija, la mujer, prosigue, satisfecha-. Lo habían dejado encima del mostrador y hojeé el volumen antes de ponerlo en la gaveta de los que necesitan atención ya que está muy deteriorado; lo mandé a mantenimiento, junto a los otros libros dañados que recogimos durante la semana y francamente, no me he acordado de ningún otro detalles sobre él hasta que no lo he tenido delante de mis narices.
-¿Y? –interpela, ansiosa, Aurora.
-Pues que no era un papelito emborronado el que llevaba dentro el librito de marras: resulta que son las claves para acceder a la caja fuerte de la Banca Patricia que hay al lado de la biblio sin que salten las alarmas. Estaba todo lo necesario anotado –a una asombrada mueca de su hija, Ruperta se acelera en la explicación-. Identificar el ejemplar dentro del que iba, para comprobar si había algo más entre sus páginas, algún código más, ésa ha sido mi “difícil” misión. Hemos rebuscado en el almacén de mantenimiento y enseguida lo he identificado; me he quedado de piedra. ¡Figúrate el chasco que me he llevado al cogerlo entre mis manos y enterarme de quién es la última persona que lo ha tenido! No te lo podrás creer.
-Pero, mamá, no me estreses, mujer. Dímelo ya, por favor.
-Claro, por supuesto –da unos cachetitos cariñosos en la sonrosada mejilla de la joven que en estos momentos parece una criatura pequeña-, tú no te alarmes, ¿vale? Ya está todo felizmente aclarado.
-¿Y?, sigue, porfa.
-Sigo, sigo, hija. En cuanto le he puesto la vista encima me he acordado: tu tía Pipa; le presté a ella el volumen de marras –ante la cara de asombro de Aurora, su madre, prosigue-: Yo le di el libro, lo recogí ayer tarde, como te he dicho, cuando lo dejó encima del mostrador, sin detenerse, la mujer que se lo había “sustraído” a ella en la entidad financiera, cuando Pipa fue a hacer unas gestiones, y que nos conoce muy bien. Está claro que al depositarlo ahí, a última hora, estaba segura de que no me iba a marchar sin colocarlo en el estante correspondiente antes de salir, y sin extrañarme, claro está. Como tu tía es tan comodona, era previsible el que yo diera por sentado que se lo había dado a alguien para que lo devolviera por ella, y pensara que esa persona, llevando prisa, no se entretuvo ni un minuto más de lo necesario en la biblioteca.
-Claro, pero había que hacer la restauración y le hiciste la inspección de rigor –a un gesto afirmativo de su madre, Aurora, continúa-. ¿Y dónde pusiste el papel? Si lo tenía la policía ésta mañana, no lo entiendo. ¿Puede saberse quién es la persona en cuestión?
-Vamos por orden, chiquilla –Aurora se esponja, visiblemente, ante el cariñoso apelativo-. Sabes que coloco dentro de la bandeja que hay en mi mesa todo lo queda pendiente hasta la próxima jornada y como ayer fue sábado, en lugar de dormir el sueño de los justos los asuntillos pendientes, anoche, tras asaltar la biblioteca y no hallar en su sitio correspondiente en la estantería el librito, la dama en cuestión, fue pillada “in fraganti” trasteando en mi mesa y mis obligaciones para el lunes sin percatarse de que tenemos una nueva alarma tras el mostrador. Abrió con una copia de mis propias llaves los cerrojos del edificio y como yo no le había dicho nada del nuevo artilugio recién instalado, éste saltó.
-¡Increíble! Me tienes perpleja. ¡Vaya lío! Realmente estoy en ascuas. ¿Quién es ella?
-Tristemente he de confesarte, Aurora, que mi mejor amiga es la culpable de todo.
-¿Raquel, tu compañera de estudios? Pero…, pero. Y, ¿por qué?
-¡Fíjate, hija! Los pésimos resultados de unas malas inversiones financieras que le aconsejaron en el banco y que a su vez ella ofreció han sido el detonante de una cosa así. Raquel, que ha sido una empleada modélica durante tantísimos años –un amago de llanto se posa en los ojos de Ruperta-. ¡Tristísimo! –Aurora, conmovida, abraza a su madre.
-Después del disgusto creo que debías echarte un ratito, mamá, ¿no crees? -Pasa la mano por la espalda de su madre, masajeándola, en un intento de animarla.
-Mira, voy descansar cinco minutitos y después, en un salto, me acerco a casas de Pipa -visiblemente repuesta, Ruperta toma afectuosamente las manos a su hija y continúa-: Como el menú del día no me llama mucho –dice, mirando el libro de cocina que está sobre la mesa, abierto en la página donde se puede ver una hermosa composición de verduras-, mejor nos vamos en el tranvía hasta Chez Pottage y nos atiborramos, ¿qué te parece, te apuntas? Lo pasaremos bien, Aurora.
-¡Uff!, deja, deja. Yo me quedo aquí, solita y descansada que mañana tengo un día extraordinario de trabajo.
-¡Ah!, ¿es que han llegado los cacharros que esperabas?
-¡Caramba, mamá! Cualquiera diría que la remesa de antigüedades que tenemos por desembalar son cuencos de sopa de Pírex.
Ambas ríen con verdadero placer y Ruperta, entre besos al aire y portazo en la entrada, sale precipitadamente de la casa, dando al olvido el cansancio y el prometido descanso, espoleada por el apremio de contarle a su hermana el lío del que acaban de ser parte inocente las dos.
SEGUNDA PARTE
-Ya voy, ya voy. Deja de llamar así –Aurora, se apresura y corre hacia la puerta del piso, acuciada por las prolongadas llamadas del timbre, tratando de quitarse de las manos los últimos restos de berenjena que se resisten entre los dedos. El bonito delantal bordado con unos coloridos ramilletes de claveles se va tiñendo de morado mientras alcanza el vestíbulo de la casa.
Abre impetuosamente la puerta y se encuentra, sobresaltada, con que en el rellano se halla un hombre de muy baja estatura, la cara totalmente cubierta por un pasamontañas que únicamente permite adivinar unas rayitas escuetas por las que asoman unos puntos de luz.
Casi nunca está en casa el suficiente tiempo para tener que ir a abrir la puerta, y a pesar de que hoy son ya dos veces, la precaución que desde muy pequeñita le ha estado inculcando Ruperta no le ha servido de nada y en ambas ocasiones ha despreciado la mirilla en favor de la urgencia demostrada por la forma de tocar el timbre.
-¡Rápido! Pasa para adentro y chitón, guapa –sale, de detrás de la protección facial, una voz dominante y amenazadora que nada tiene que ver con el volumen físico del hombre-. Si gritas o haces un raro te dejo tiesa, muñeca –urge a la joven a hacer lo que le dice, acompañándose de unos movimientos extraños ejecutados con el bolsillo derecho de la holgada gabardina que parece envolver, más que vestir, al encapuchado-. Bien, eso está bien. Ahora, cierra y pon el candado de seguridad. Aquí, durante la próxima media hora, no hay nadie, ¿lo has entendido?
-Por favor, no me haga daño. En casa no tenemos dinero; hay unas joyas sin demasiado valor, y eso es todo, lo siento –se oye decir Aurora, desconociendo ése tono de su voz.
-Te he dicho que chitón, ¿acaso quieres cobrar, chica? –acompañando las palabras con un fuerte empujón en los riñones de la joven, el hombre la dirige hacia el punto de luz que es la cocina.
El sol entra a raudales en la estancia y todos los rincones parecen ascuas. Aurora comienza a llorar quedamente mientras hace lo que le impulsan a hacer con tan malas maneras. Cuando llega hasta la primera de las sillas que se agrupan alrededor de la mesa, nota como le faltan las fuerzas y se deja caer en ella sin intentar secarse los lagrimones que le resbalan por la cara y empiezan a empaparle el cuello cayendo hasta el peto del delantal.
-Llorona nos ha salido la tía ésta. Bueno, ¡basta ya o te arreo, guapita de cara! –Grita el intruso-. A ver, mujer, sólo tienes que estarte calladita y si llaman a la puerta, ni mu. ¿Está claro?, no es difícil, listilla.
Un cabeceo afirmativo y el individuo toma otra de las sillas y se sienta, tranquilamente, como si estuviese en la consulta de un médico o aguardando su turno en cualquier lugar.
-Oye, ¡chula la cocinilla, eh! –Dice, mirando en derredor-. Si mi vieja tuviera una cosa así, no tendría tan mala uva todo el día. Tu vieja tiene suerte, la he visto salir a la carrera –ante la cara de sorpresa de la joven, prosigue-: No para tu vieja, eh! Entra y sale, entra y sale. Primero con los maderos y ahora, sin darme tiempo a pillarla sube y baja, baja y sube –anima las palabras con gesto sincopados que no acaba de controlar-. Frito me tiene, la tía.
El teléfono suena y Aurora da un respingo que casi la hace caer de su acomodo, mira al encapuchado y se queda sorprendida al ver cómo éste se levanta sin prisas, completamente calmado y dueño de la situación, sin nada que recuerde los desproporcionados gestos que acaba de hacer, para dirigirse directamente hacia el aparato supletorio. Hasta a ella se le había olvidado que estaba ahí y no entiende la familiaridad que el intruso muestra hacia el entorno; lo ve descolgarlo, y en lugar de acercárselo al oído, grita a distancia al auricular un: “Sube, el camino está despejado”.
La muchacha mira consternada al hombre que hace unos momentos le acababa de ordenar que no contestara a la puerta y que ahora vuelve a colocar el telefonillo en su apoyo pero no se atreve a hacer preguntas y se conforma con secarse la cara en una de las servilletas que está sobre la mesa.
-Lo estás haciendo muy bien, guapa. Ahora, a callar, ¿vale?
El amplio tendedero que hay en la pequeña terracita del cuarto de estar que se halla justo al lado de la cocina produce un ruido anémico pero concreto que Aurora conoce bien, casi enseguida aparece dentro de la habitación un hombre de cara blanquecina y largas piernas que semejan dos postizos por lo desproporcionadas; a ella, que está sentada, le llegan a parecer zancos las extremidades del recién incorporado al grupo.
-Bueno, colega, ya estoy aquí –dice al hombre del pasamontañas-. ¿Esperamos a la vieja, o, has vuelto a cambiar de opinión?
-Tranqui, tú, eh, vale. Ésta se porta bien, así que vas al cuarto de la momia y lo vuelves del revés, ¿de acuerdo? Cuando lo encuentres, me lo traes.
-Quieto parao, ¿vale? Yo no toco aquí nada de nada. Quítate de la cabeza ésas ideas de mandamás que tienes. Dame la pipa y te vas tú a la guarida a rebuscar, ¿está claro, colegui? –responde, el zanquilargo, con tono chulesco, aproximándose excesivamente al otro.
Durante un momento, la muchacha siente que se le encoge el corazón. Éstos personajes representan una amenaza completamente desconocida y que no sabe bien cómo debe asumir; los mira, atónita, cuando se enfrentan, cara a cara, como David y Goliat, para acabar separándose dándose mutuamente la espalda y desentendiéndose de ella, instante que aprovecha para ponerse en pie y loca de terror lanzarse hacia la puerta de la galería que permanece entreabierta y por la que la luz solar parece llamarla y atraerla como un imán.
CAPÍTULO SEGUNDO
Saludando al respetable
PRIMERA PARTE
Como si de un cuchillo muy afilado se tratase, el haz de luz partió en dos los cuarenta metros cuadrados del salón y completó su avance hasta la pared de enfrente.
La puerta cristalera siempre estaba sin el cerrojo de seguridad echado; era harto improbable que nadie se interesase por un espacio vacío de contenidos y, además, las señales grabadas en el murete de la entrada, notablemente visibles, hacían despreciable su asalto para los expertos.
Joaquín nunca se planteó enjalbegar las vistosas marcas que los profesionales de lo ajeno habían tenido a bien pintarrajearle hacía ya mucho tiempo y ahora se mantuvo quieto, la respiración casi en suspenso, sintiéndose francamente sorprendido y halagado al ver que el destello de la linterna, tras su hallazgo, seguía posada en el mismo punto: iluminando la enorme chimenea. Sin duda había sido un capricho muy costoso el hacerla traer, pieza a pieza, desde Italia; hoy, mira por dónde, alguien más se percataba de su marmórea belleza. Desde luego, no tenía por qué preocuparse de que se la robaran: cada trozo pesaba tanto que se necesitó de un pequeño Caterpillar para poder ensamblarlo en su sitio y eran muchas las piezas que la componían.
Desde el suelo, cómodamente instalado dentro del saco de dormir aislante, podía regodearse y compartir los minúsculos cambios que efectuaba la linterna del intruso para iluminarla y veía, entusiasmado, lo que se demoraba en los detalles más sugestivos de “su” preciosidad. Estaba claro que fuese quien fuese el nocturno visitante sabía apreciar la belleza que poseían unas flores grandiosas y unas volutas espectacularmente esculpidas con la mayor de las maestrías en el noble material.
La linterna se apagó tan repentinamente como se había hecho presente; el siseo de la puerta al deslizarse sobre sus guías y la bocanada de aire fresco que se vertió en la casa le dieron a Joaquín los ánimos suficientes para extraer ambos brazos del confortable nido en el que tenía que pasar las solitarias e ingratas noches de soledad desde hacía casi dos meses.
Antes de que el cuarto menguante de la Luna le ayudase a situar al otro, ya estaba seguro de que lo hallaría muy cerca de la artística chimenea. De nuevo se produjo el milagro de la luz y ésta vez fue sobre el rosetón afiligranado que corona y parte en dos mitades la enorme boca vacía de la albergadora de calor.
Al incorporarse, las piernas todavía dentro del saco de dormir, el rozamiento que produjo el delicado material en el que estaba encapsulado hizo que el intruso dirigiera hacia él el potente ojo que portaba, cegándolo por un momento pero sin conseguir que el resorte de la supervivencia le fallara; dio un salto atrás, impulsándose fuertemente, con los pies bien juntos dentro de su mullida prisión, y se parapetó en la divisoria que daba acceso a la silente cocina.
-¿Quién está ahí? –Bramó un vozarrón desde el otro lado de la linterna-. ¡Sal, da la cara!
Joaquín se deshizo rápidamente de su concha y agarró con reverencia y algo de aprensión la fría culata del pequeño revólver que todas las noches le servía de compañía y consuelo y que llevaba en la cintura. Varias veces estuvo en un tris de lanzar aquél instrumento de muerte por encima del alto muro que servía de divisoria con la vivienda vecina, un chalet majestuoso y siempre en silencio pese a que le constaba, fehacientemente, que estaba habitado por dos grandullones que habían alcanzado la edad provecta hacía ya bastante tiempo y que jamás salían al jardín.
Se alegró de que la carga de conciencia, sobre un posible desastre si efectuaba dicha acción y se deshacía del arma, le hubiese impedido tirarla y la asió con más determinación.
-¡Sal tú, canalla! –Oyó su propia voz como la de un extraño. No había cambiado palabra alguna con ningún ser humano desde hacía un mes-. Tengo una pistola y te estoy apuntando –graznó, asustándose a sí mismo.
La oscuridad más absoluta volvió a inundar el espacio y sólo tomaron forma de nuevo las paredes al desprenderse del obstáculo de unas nubes la fantasmal y escasa luz lunar.
Joaquín, liberadas ya ambas piernas, salió del escondite mural dando un salto hacia delante al tiempo que agarraba, con las dos manos y toda la firmeza que le prestaban los brazos, el arma.
Su propia sombra, proyectada sobre la pared en la que estaba la chimenea y el nocturno visitante, fue demasiado espectacular y los nervios le jugaron una mala pasada. Sin razón aparente le invadió un desánimo tan grande que volvió a ponerse en la cintura la pistola; estaba bien seguro, por nada del mundo la utilizaría, ni siquiera para defender su vida.
La Luna, juguetona, dejó a oscuras a los dos hombres una vez más y por unos breves momentos pudo oírse con claridad meridiana la agitada respiración de ambos.
-Perdona si te he asustado –Joaquín habló el primero, dirigiendo su voz hacia el otro que se adivinaba en la penumbra.- Nunca te habría disparado. Créeme –apostilló, con una energía de la que no era, realmente, consciente ni responsable.
-No pasa nada; no debía de haber entrado. La culpa es mía. Si llegas a herirme, o matarme, no quiero ni pensar en la que te habrías metido. -No había ni un ápice de duda, ni tampoco de temor en las palabras que pronunció la voz desde la negrura- ¿Podemos encender la luz? - El intruso acabó la frase al tiempo que volvía un poco la claridad lunar.
-Bien que lo siento, hace dos meses que vivo así, a oscuras; cortaron el suministro. –Joaquín sintió que le ardía la cara de bochorno al pronunciar estas palabras.
-¿Linternas? –preguntó el otro con aplomo.
-Oye, verás, no tengo dinero para eso ni para nada, ¿qué tal si tú enciendes la que llevas y nos vemos las caras; te parece bien?
-¡Estamos avíados! Parece mentira que siempre tenga yo que hacer el gasto –rió el visitante, contagiando al dueño de la casa. Ambos dejaron ir parte de la tensión acumulada entre carcajadas más o menos sinceras.
La linterna, hábilmente dirigida hacia el suelo, dio, por fin, forma concreta y un deformado rostro a los dos hombres que se miraron sin pizca de extrañeza y después, como dos viejos amigos que se reencuentran, alargaron, con naturalidad, la mano diestra.
-Joaquín Vin –dijo el primero haciendo los honores como buen anfitrión y apretando la mano que le tendían.
-Norberto –un leve titubeo en una voz que prosiguió diciendo-: Comprenderás que no te diga el apellido, ¿verdad?
-Naturalmente, ni falta que nos hace pero aunque no puedo ofrecerte comida seria porque no tengo, si te conviene un tazón de cereales con agua y chocolate en polvo, te invito. ¡Ah!, también dispongo de azúcar. ¿Hace? Lo mereces por el susto de ésta –tocó la culata del arma que asomaba de su cintura- y porque veo que te ha gustado mi adorada –señaló la chimenea-. ¿A que es bonita, verdad?
Joaquín no pudo evitar echarse a reír de nuevo y con más sinceridad al ver el asombro con que acogió Norberto la propuesta de comer y el cabeceo afirmativo que hizo tras echarle una breve ojeada a la boca vacía que tenía justo detrás, y continuó hablando.
-Bueno, no esperarás que esto sea el Ritz, ¿verdad? Recuerda que hace un momento acabas de asaltar la casa de un tío que te ha confesado que no puede pagar las facturas de la luz. Además, tengo hambre, siempre tengo hambre cuando alguien entra en mi casa de madrugada para admirar “mi” chimenea de mármol italiano.
Las carcajadas repitieron presencia, completamente sinceras esta vez por parte de ambos, acogiendo las últimas palabras del dueño de la casa.
Mientras los dos hombres comen en silencio, cómodamente sentados cara a cara, las rodillas escondidas bajo la amplia mesa de cocina -que con su noble madera de buen pino americano sin pulimentar les presta algo de la solidez que posee y les transmite una extraña serenidad-, la linterna, plantada en forma de peana luminiscente entre ellos, aporta un discreto aire de recogimiento y sosiego a la insólita escena.
Sumergidos los sentidos en el afrutado perfume del magnífico chocolate en polvo que se había derramado sobre la mesa y el suelo, tras emanciparse del envase de papel que lo contenía, los dos hombres tenían la sensación de que el aire se había trocado alimenticia poesía y lo aspiraban con placer.
Pocos minutos antes, cuando, a tientas, con ésa premura que provoca los estados nerviosos, habían intentado chocolatear el tazón de cereales, que ahora se agitaban en el agua, impulsados por las patricias cucharas de sopa con las que los removían antes de llevárselo glotonamente, a la boca, se produjo la catástrofe y el desparrame del maravilloso alimento azteca.
Ninguno de los dos se alteró lo más mínimo por tal acontecimiento; no eran horas para ponerse en situación de postergar la gula desencadenada por la excitación y se sirvieron, a escote y por turno riguroso, cada uno, varias cucharadas de la delicia directamente del incontrolable recipiente. Completamente cubiertos los cereales con el bello tono marrón oscuro del chocolate, que se intensificaba por causa de la luz indirecta de la linterna, dejaron para más tarde la sufrida tarea doméstica de recoger el oloroso polvo vertido y pasaron a completar la capacidad del bol con el agua proveniente del monumental grifo de manguera que monta guardia ante el fregadero: un amplísimo seno de acero inoxidable que destellaba cual argénteo tesoro.
En estos momentos, únicamente se oían los tintineos de las cucharas al chocar contra los gruesos límites de la loza de los cuencos; eso y el gorgoteo del deglutir que surgía de unas gargantas ávidas de dulce.
El satélite seguía jugando empecinadamente al escondite con unos nubarrones que eran arrastrados sin descanso por el viento del oeste hacia el lejano mar.
- Oye, ¿y tú, porqué vives así? –acertó a pronunciar la frase con la boca llena, Norberto, intercalándola entre dos generosas cucharadas de cereales chocolateados.
- Pobreza repentina –con ésa menguada y contundente explicación,
Joaquín dio por finalizado el intermedio entre dos cucharadas del nocturno refrigerio que ambos hombres compartían.
- ¿Sabes?, me ha gustado muchísimo lo que tienes en el salón –dijo Norberto, señalando con el mango del cucharón sopero hacia la puerta de la cocina - ¿Es una copia de la que existe en el Palacio Ducal de Venecia? –Acabó de hablar, atacando con furia los restos de cereales que estaban adheridos al fondo del cuenco que tenía delante para continuar diciendo-: Es que yo, ¿sabes?, no siempre he sido un mangui – se estiró, involuntariamente, en su asiento –Tengo hechos estudios de Bellas Artes y recuerdo que cuando pasé aquél año en Venecia vi allí una fantástica chimenea, si no igual a la tuya, muy parecida, al menos. Macho, te ha debido de costar una pasta gansa hacerte con cosa semejante, ¿verdad?
SEGUNDA PARTE
- Llegar hasta Madrid desde la urbanización de Piedra Larga ya ves lo difícil que resulta, Norberto. Te agradezco que me traigas, hombre –Joaquín miraba de reojo, tanto al conductor como a los márgenes de una carretera implacablemente circundada de altas pantallas de metacrilato traslúcido, ahora, golpeadas inmisericordemente por la lluvia primaveral.
- No hay de qué, tío; es estupendo ir a por lana y salir con el trasquilón de un excelente desayuno gratis, aunque sea en plena noche, claro –el conductor, siempre sonriente, miraba al frente sin descuidarse un mínimo.
La autovía de las afueras madrileñas se asemeja, siempre, a un circuito de carreras y, pese a las multas de tráfico por exceso de velocidad, los días lluviosos son, por desgracia, en los que más se incrementan los accidentes, no sólo por causa atmosférica, sino por el morbo que se apodera de algunos automovilistas, sabedores de que las cámaras de tráfico, con la resolución tan cuestionable que poseen, a duras penas pueden traspasarla si la cortina de agua es lo suficientemente espesa y les resulta difícil llegar a las matrículas de los infractores y obsequiarles con una foto de su trasgresión
- ¿Cuánto tardabas para ir al centro, Joaquín? –la pregunta rompió el silencio que se había instalado en el interior del destartalado Renault.
- Creo que dos horas; no puedo asegurártelo ya que también el Rolex lo tuve que vender para pagar el recibo del agua –contestó el interpelado, con los ojos bajos y, nuevamente, algo de rubor en las recién afeitadas mejillas-. Se puede vivir de cualquier forma pero me hubiese resultado imposible resistir sin agua corriente.
- Yo, lo que no entiendo, es el porqué de tantas pérdidas económicas. Porque tú, según me has dicho, ganabas mucha guita y, de repente, nada de nada –ahora sí que descuidó la línea continua de la carretera que iba deslizándose como una serpiente de alba piel.
- Verás, Norberto, fui un tanto famoso; tuve mucha suerte, mucha, y, no me la merecía. Ya sabes que todo lo que es fácil en ésta vida, acaba pagándose a precio de oro –Joaquín miró a su compañero que aparecía enmarcado en la espesa lámina de lluvia que, chorreando, se deslizaba al otro lado del cristal de la ventanilla–. No, no estoy de broma. Todo me salió de perlas y no supe, o no quise, ¡caramba!, hacer las cosas cómo debía e imitar a la hormiga que acumula, poco o demasiado, para el invierno. Lo deposité todo en manos que yo creía buenas pensando en ahorrarme molestias y trabajos y, como has podido ver, una casa vacía en un sitio en el que no me puedo permitir ni tener luz eléctrica es todo lo que me queda. Bueno, otros están peor –dijo mirando, de nuevo, fuera del vehículo y contemplando el espeso diluvio que lo envolvía todo.
- ¡Carape! Es que no me lo puedo creer, en serio. Mira, ya estamos entrando –el conductor cabeceó arriba y abajo, repetidas veces antes de soltar el volante y señalar con un gesto de la mano derecha la entrada al túnel de alta velocidad, recientemente inaugurado y que los debía depositar en el mismo centro de la ciudad de Madrid, justo enfrente de la Casa de la Caridad a la que se encaminaba cada mes un Joaquín Vin conformado con la suerte que le había deparado aquél destino suyo que por tanto tiempo fue brillante.
- Para aquí; si puedes poner las luces de emergencia un poco, entro y salgo con el avío que me tienen preparado esas buenas gentes que no quieren hacerme padecer más todavía con la vergüenza de tener que esperar y de que me vean haciéndolo –Había dejado de llover y la portezuela que mantenía abierta escurría lo poco que le quedaba del agua caída y que no se había secado en la travesía del túnel de acceso a la urbe en donde ya apenas chispeaba.
* * * * *
- Oye, Cantero, mírame rapidito, en la memoria del central, qué es lo que pasa con el tal Vin ése de las narices; no me cuadra. Pues claro que no está claro; a ver, si te pido que lo compruebes, es porque los expedientes que nos han largado sobre él no son trigo limpio y no al revés. Sí, espero –Norberto permaneció con el móvil pegado a la oreja mientras veía entrar en el centro asistencial al pasajero que se acababa de apear del automóvil. Parecía un viejo repentino, tanto se doblaba sobre sí mismo Joaquín-. ¿Cómo dices? ¡Venga ya! ¿Te estás quedando conmigo, tío? –Gritó al pequeño teléfono-. Te lo dije y te lo repito y digo lo mismo que anoche porque lo estoy comprobando personalmente que eso del Joaquín Vin es un ful. Pues, ¡claro, hombre! ¿Lo estás viendo? A ver, lee, lee lo que te dice “Grace”. Hale, pues ya lo tienes, hay que hacerse con las pruebas y agarrar a los tiburones ésos y rápido. El tío no tiene ni para luz…No, que te digo que no. Mira, no seas ceporro y vete para la casa con un equipo. Sí, sí; sobre todo en la enorme chimenea que encontraréis nada más entrar por la puerta del jardín. Oye, mira, que las tomen todas; me juego el vermut de mañana si no están también las del Calcañares ése y seguro que algunas otras más nada desconocidas. No quiero que se me escape ninguno, ¿vale? No, yo no la he tocado, en la cocina, si… ¿Qué? mucho me temo que no sea ni medio de lo que pone en tus malditos informes. Oye, tengo que colgar. Dentro de cinco horas lo quiero todo en limpio y en el despacho del juez. Ésos tipejos irán a la trena. ¡Que sí, que sí! ¡Me importan un pito, tú y tus problemas de personal! Te doy cinco horas y quiero resultados, con que…Vale, vale, perdona, lo siento de veras, ya me tranquilizo. El juez ya lo tiene todo a punto, sólo habrá de… ¡Vale!, de acuerdo. Estoy con él. Bay.
* * * * *
Un montón de bolsas, unas con el emblema de la Cruz Roja y otras con los logotipos de conocidas grandes superficies comerciales que donan sus excedentes a los centros de caridad, fueron depositadas por Joaquín en el asiento trasero del vehículo; hecho lo cual, cerrando de golpe esa puerta, abrió la del copiloto y se sentó, acompañando, con un bufido, la acción.
- ¿Te lo puedes creer, Norberto? –dijo secamente y sin mirar a su interlocutor-. Querían que entrase a trabajar de barrendero mañana mismo. Hombre, no es mal oficio, pero ¿recuerdas lo que te dije, lo de que triunfé a lo grande? Bonito sería que un primer espada se entregase a la recogida de excrementos caninos y otras lindezas urbanas. Por mí, vale; todo menos esta ignominia de vivir así y a mi edad. Ya sé que no estoy para otros trotes más fuertes y aparte, que soy un inútil integral para cualquier cosa, pero, dime…, y si alguien llega a reconocerme y ponemos la Fiesta…, bueno, creo que tú me entiendes, ¿no? Es cierto que no te lo he contado todo, pero, figúrate, si llevan a ver a todo un primer espada como yo, que he sido considerado “una gloria nacional” –la frase le ha salido con un retintín amargo de los labios-, fregando y barriendo por las calles. Eso no, no, no…, no puedo hacer de menos a los que antes que yo y tras de mí han honrado…
Sin poder acabar de hablar, el hombre inclina la cabeza hacia delante y trata de sujetarla con ambas manos aunque sin demasiado éxito debido a las sacudidas que estremecen todo su cuerpo y los recios sollozos que le hacen temblar.
Norberto arranca el vehículo, procurando no mirarlo y prestando toda su atención a la conducción; dentro del coche el silencio únicamente es roto por el hipo que el llanto ha desencadenado en Joaquín Vin, una consagrada gloria del toreo.
Tras dar unas vueltas por las calles menos transitadas, el conductor inicia una paciente y disciplinada espera, aguardando turno cola con los demás vehículos en la interminable cola, y cuando le llega el turno, se introduce en la amplia boca del túnel que ha de llevarles a la más profunda de las plantas del amplio garaje que tiene un conocido y céntrico comercio en el subsuelo de la capital del estado.
Todavía sin osar decir palabra alguna, Norberto se apea del vehículo y pasando al otro lado del coche, abre la puerta de Joaquín; parece algo más sereno pero está terriblemente pálido, le tiende un enorme pañuelo, de blanquísima batista gentilmente adornado con un chillón anagrama bordado en azules, amarillos y rojos.
- ¡Tira, va, sécate!, que pareces una suegra el día en que se casa la fea de la casa de al lado con su único y resplandeciente hijo –procura hablarle sin mirar directamente a los ojos del compungido hombre, intentando dar un aire jocoso a sus palabras.
Joaquín agarra el pañuelo, con coraje, profundamente agradecido a la sensibilidad que muestra Norberto ante su derrumbe emocional y procede a secarse escrupulosamente el rostro y después las manos, humedecidas por el torrente de lágrimas que han dejado escapar unos ojos demasiado tiempo secos. Con un punto de dignidad, alisa el gran pañuelo, estirándolo sobre las rodillas; parece un cuadrante de almohadón más que un pañuelo y al plegarlo, por tercera vez sobre sí mismo, no puede reprimir un grito de sorpresa y sobresalto.
- ¡Diantre! Pero, hombre, Norberto, cómo le robas el pañuelo del recuerdo de promoción a un guardia. Tú estás loco, ¿sabes? Por lo menos, no lo exhibas por ahí. Figúrate que te cogen, o..., me pillan a mí con él entre las manos y…-visiblemente azorado, Joaquín, acaba de plegarlo procurando tapar el chillón anagrama-. En las tardes grandes, he podido ver algunos como éste –dice, apretándolo entre sus manos-. Eso no está bien, hombre. Hay que respetar, un poco al menos, las cosas sentimentales y…
No pudo acabar las trémulas frases que brotaban, como un manso torrente, de sus temblorosos labios; se quedó perplejo, consternado, ante las carcajadas y los espasmos que le daban a su interlocutor y que suscitaban la atención, nada disimulada del resto de los usuarios de aquélla planta del aparcamiento, bastante lleno de clientes a ésas horas del mediodía.
- ¡Tranquilo, Joaquín! Sal y vamos a comer una comida caliente al restaurante de aquí arriba desde donde tendremos unas magníficas vistas de la capital de España; paga la División de Grandes Delitos –dice, Norberto, cuando se tranquiliza un tanto y se repone de las contorsiones que le ha producido su propia jocosidad.
Ante la cara de pasmo del otro, torna a reír aunque ya más compuesto en el gesto y con un volumen menos alto.
- Verás, Joaquín –empieza a explicarle, mientras cierra la puerta del coche-. Cuando me colé en tu casa, tú sacaste la conclusión de que iba a robar y te seguí el juego. Ahora, visto todo lo que quería ver de tu domicilio y comprobado que lo que siempre nos ha dicho y nos dice “La Gran Grace”(*) de ti es verdad, y que vives tal como pareces vivir, y que, por el contrario, nada de lo que consta en los muchos archivos periféricos es cierto, vamos a vernos las caras con la gentuza que te ha expoliado y encima utiliza tu nombre y trastea con tus cuentas bancarias para lavar el dinero de otros que como tú, no entendéis una jota de finanzas y habéis hecho de ovejitas para ellos, grandes lobos que se esconden en la amistad y la confianza plena para esquilmaros –no se atrevía a mirar a la cara a Joaquín; le daba vergüenza asistir al desfile de expresiones que iban asaltando su faz-. Al menos tú –continúa-, has tenido el valor de seguir adelante sin claudicar.
-¡Señor, señor! Dios nos libre de amigos de los malos amigos –acierta a decir el contristado hombre.
-¡Ah! y de la chimenea, es cierto lo que te dije, ¿vale? Aparte de guardia, también soy especialista en arte y la tuya es bellísima –hace una pausa hasta verle sonreír, con un puntito de orgullo en los ojos. Al percatarse de que está totalmente tranquilo continúa-: Muchos millones de euros son los que estamos persiguiendo y trataremos de arrebatarles de entre los dientes a los tiburones. Son gentuza que toma el dinero y los bienes heredados o lícitamente ganados, como es tu caso, lo juntan con otro mucho, mucho más, de cosas muy oscuras y todo junto lo traslada esta banda de rufianes que nos está llevando de cráneo –ante la desilusión que va nublando el semblante de Joaquín, el policía añade-. Te doy mi palabra de “madero” de que antes de veinte días “tu” chimenea tendrá la compañía del mobiliario que te venga en gana adquirir con tus buenos dineros. No sé si todo o en parte será posible alcanzarlo pero te prometo que haremos lo imposible. Para ello es vital el que se encuentren en tu casa testimonios claros de las identidades y no será difícil, créeme; que yo sepa, estaban tan seguros de salirse de rositas que nadie ha entrado a limpiar los indicios que debieron dejar en ella –complacido del buen semblante que iba asomando a la cara del oyente, el policía, le propina una sonora palmada en la espalda.
La curiosidad de la gente disminuyó al notar cómo se distendía la tensión entre los dos hombres que ahora permanecían de pie y en silencio; tras unos minutos, los que todavía estaban atentos, los vieron empezar a andar camino de los ascensores más próximos en buena y pacífica armonía.
-Por cierto, mi verdadero nombre es Norberto Pedrosa, para servirte, y nunca mejor dicho compadre –Coge la mano de su todavía perplejo interlocutor, sacudiéndola con una energía que parecía querer transmitir un poco de su ánimo a aquél espíritu atribulado-.Vamos a comer bien. Seguro que de caliente no lo has hecho hace mucho tiempo, después me acompañarás a ver al Juez que te está esperando y podrás decírselo todo y reclamarlo todo; tenemos cinco horas por delante, así, que, no tengas ninguna prisa.
Al momento de acabar la frase Joaquín toma el borde del liviano suéter negro que lleva puesto por encima de los hombros y le da un tirón.
-Dime, ¿qué pasa?, hombre –pregunta sorprendido Norberto.
- Oye, ¿puedes contestarme a una pregunta, por favor? –Alentado por el cabeceo afirmativo, con voz todavía algo quebrada, se atreve a preguntar, verdaderamente inquieto -. ¿Y, quién es ésa tal Grace que dices? porque, yo no la conozco. ¡Palabra de honor!
Las grandes risotadas que el policía deja escapar, de forma casi tan escandalosa como hace un rato, les acompañan hasta el ático, lugar en donde aguardan las mesas del restaurante, un
buen menú y el sano esparcimiento de unas vistas preciosas sobre la gran ciudad de la Península.
(*) Nombre ficticio, del centro neurálgico de procesamiento de datos del país, al que la autora ha llamado así por Grace Hooper.
CAPÍTULO TERCERO
Demasiados líos
Sin necesidad de adentrarse en el edificio, desde el mismo umbral de la gran puerta rotulada con nombre de “SOL”, puede observarse el coso y se alcanza a ver casi la totalidad de la amarillenta arena que cubre el redondel.
En esta plaza señera, se desconoce el albero desde que el más famoso de los diestros de mediados del siglo pasado, resbalase en él y, levantándose, malparado como quedó por el deslucido lance, se quitase las manoletinas, sacudiéndolas con rabia e hiciese la severa advertencia de que no volvería a torear aquí hasta que no le pusieran una alfombra.
Está tan bien repasada la arena del ruedo que simula, y muy bien por cierto, una muy mullida y de la mejor calidad; ahora, toda ella resplandece bajo la cálida caricia que le dispensa el sol y los turistas se apiñan tras las macizas rejas, arremolinándose para asistir al espectáculo que ofrece el juego entre la materia y la luz. Los termanos, si tuvieran un poquito más de sentido práctico, podrían hacer pagar un plus a los extasiados visitantes por disfrutar tanto, aunque, viéndolos tan felices, entregados como están a la sana diversión de contemplar la maravillosa ilusión que proporcionan las cosas sencillas, tendrían que afrontar el ser acusados de carecer de sensibilidad y, en Termas, ciudad acogedora donde las haya, eso es un pecado de los más graves.