TRES EN RAYA
Joseph R. Meister
SMASHWORDS EDITION
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PUBLISHED BY:
Karibdis on Smashwords
TRES EN RAYA
Copyright 2011 by Joseph R. Meister
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TRES EN RAYA
1. COMIENZA LA PARTIDA
Petrel, verano del 2005
A medida que la tarde declinaba y las sombras se extendían, el pueblo fue tomando un aspecto moribundo acentuado por la ausencia de gente en las calles, a pesar de remitir las horas de intensa canícula. El sol del ocaso esparcía la gloria de sus últimos fulgores rojizos, que lo teñían todo de tonos ocres, dorados y purpúreos. Las nubes se oscurecían, cárdenas y violáceas, en el cielo de una tarde en trance de morir, como un siniestro presagio lleno de febriles delirios. Mientras, en lo alto del cerro, el castillo se erguía como un vigía de piedra que oteara el valle ante la llegada del crepúsculo.
El silencio se extendió por las calles vacías como un oscuro sudario y Alejandro consideró apropiado dejar de observar los sutiles cambios que anuncian la llegada de la noche y salir de casa ahora que, en el exterior, el calor se hacía soportable. Antes de cerrar la puerta de aquella tumba para vivos, se miró en el espejo, en cuyo azogue a veces se reflejaban los muertos apenas un instante y supo que se hallaban a su alrededor, sin dejarse ver por el momento, susurrándole al oído misterios que nunca entendería.
En unas semanas cumpliría treinta años, llegaría irremisiblemente el final de una juventud perdida, el comienzo de una concatenación de días sin sentido. Bien asentado en la vida, en el camino que había emprendido, la hallaba ahora carente de sentido. Desengañado, de vuelta de todo, se empeñaba en alcanzar la nueva y ansiada meta de la autodestrucción.
Salió de la casa, escapando de la prisión de sus paredes, y tomó el ascensor, que lo condujo directamente a la salida, a la calle abandonada, cuya ardiente atmósfera se introdujo en sus pulmones, se ciñó a sus sienes como una pesada corona de laureles marchitos. En el cielo brillaba la primera estrella de la noche, que ignoró desapasionadamente para dirigirse, con paso ligero, hacia los locales de “Nazca-21”, la empresa de informática de su amigo Eloy, que se hallaban en las inmediaciones del parque 9 d’Octubre.
Abstraído en sus pensamientos, no supo si se había cruzado con alguien a lo largo del trayecto, con algún otro náufrago en aquella isla de soledad estival. El tórrido verano de su pueblo, del que todos huían, parecía contradecir la actividad frenética que imperaba en el lugar durante el resto del año.
Cuando llegó a su destino empujó la puerta de cristal, aunque el letrero de cerrado hubiera desanimado a cualquiera. En el interior había luz. Eloy estaría allí, entre sus ordenadores, flotando en un espacio virtual en el que se sentía más libre que en la triste cotidianidad del paso de las horas.
–Hola– saludó con brío.
El silencio acogió su impertinencia. Eloy, en las lindes de su mundo digital, ajeno a todo, se hallaba en el pequeño despacho, navegando ante la pantalla multicolor. Ni siquiera parpadeaba.
–Hola– repitió, esta vez con calma, con una voz mesurada, acostumbrada a su trabajo ante los micrófonos de la emisora.
–No te he oído entrar, pasa– le respondió Eloy con una sonrisa, apartando por un instante la mirada de aquel circuito de perdición.
–Como siempre. Cualquier día no seré yo, y entonces veremos...
Dejó la frase en suspenso, cogió una de las sillas y rodeó con ella la mesa hasta situarse al lado de su amigo, frente al ordenador.
–Estaba chateando un rato, pero ya lo dejo si quieres– le propuso.
–No hace falta. Mientras esperamos a Nico.
–No creo que tarde– sonrió de nuevo Eloy–, para él la cena es sagrada.
–Para él cualquier comida es sagrada– agregó Alejandro con socarronería.
Eloy tecleaba velozmente sobre el teclado, capaz de seguir, al parecer, dos conversaciones al mismo tiempo, una con su amigo y otra con sus invisibles interlocutores virtuales.
–Creo que ya está aparcando ese cacharro que tiene– rió maliciosamente.
–Algún día se matará con él, ya lo verás.
–Espero que no nos pille dentro– dijo el informático, encogiéndose de hombros.
Alejandro escuchó la puerta de entrada y, por los pasos apresurados, supo que era Nico, siempre con prisas, siempre el último para todo.
–Buenas, ya estoy aquí– los saludó con su timidez habitual, como si en lugar de conocerse más de diez años les acabaran de presentar–. ¿Qué hacéis?
–Aquí, el amigo, con el chat nuestro de cada día– ironizó Alejandro.
–Bueno, ya lo dejo– suspiró Eloy–. Voy a despedirme de mis amigos.
–¿Qué amigos ni qué ocho cuartos?– bufó Nicó todavía de pie, a la puerta del despacho, sin atreverse a entrar–. Si no los conoces de nada. Tus amigos somos nosotros.