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Abracemos la
bibliodiversidad.
Gracia
—Que el Señor Jesús derrame su gracia sobre todos ustedes —dijo la voz en la acera—. El que declara esto se halla próximo a venir.
Abel Pesares buscaba por las balaustradas de su mente la palabra justa que completara la esquela fúnebre que escribía esa mañana cuando cierto gélido vapor serpenteó por sus poros al escuchar aquellas palabras. Lentamente, se levantó de la descalabrada silla de piel y corrió las amarillentas cortinas y, al mirar a través de la vitrina, Abel vio a un joven de aspecto pajizo y canijo.
—Gracia y paz a vosotros —dijo el yonqui, a la vez que apoyaba las manos sobre la vitrina—. Dame una ayudita para mi cura, que yo vi en la mano derecha del que estaba sentado en el trono un libro sellado con siete sellos.
Abel hizo ademán de retirarse pero el yonqui volvió a golpear el vidrio.
—Y vi a un corpulento ángel que pregonaba a viva voz —prosiguió—. ¿Quién es digno de abrir el libro y desatar sus sellos? Lo vi. Te digo que lo vi. Y nadie, mi pana, nadie, ni en el cielo ni en la tierra podía abrir el libro. ¡Ja,ja! Ni siquiera podían mirarlo. Y lloré tanto que un anciano me dijo: «No llores. He aquí que el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido para abrir el libro y desatar sus siete sellos».
Abel se alejó de la ventana y retomó su lugar frente al viejo escritorio de caoba.
—¡Te digo que me escuches! —insistía el yonqui, quien oprimía su rostro contra el vidrio, como si deseara hacerse fuego y arena.
Una llamada telefónica intervino en el momento. Abel miró el oportuno aparato y, al levantar el auricular, la voz al otro extremo de la línea le llegó dulce y espesa al corazón, como la miel de las abejas. Sólo existía una voz así: aquella voz que tantas veces Abel escuchó en la oscuridad y que hasta podría trazarla como un mapa; una resonancia cual escalera de palabras hacia el cielo. Era Magdalena, distancia y proximidad de la conjugación de un deseo.
—Un momento, Magdalena —dijo Abel y luego se dirigió al yonqui—. ¡Loco de mierda, desaparece de mi vista! ¡No quieras que salga de aquí a limpiar la acera contigo!
Abel estaba acostumbrado a ver otros ambulantes y narcómanos vagar por la Calle Europa, pero la imagen del yonqui carecía de antípoda en la memoria de Abel.
—Ten cuidado con esa mujer —dijo el yonqui.
Abel se incorporó poco a poco, teléfono aún en mano.
—¿Qué dijiste? —inquirió curioso.
—¡La mujer! ¡Esa mujer!
El yonqui miró a Abel y con los ojos le confesó una categoría de temor que jamás podría ser expresada con palabras. El yonqui entonces se dio a la carrera y se perdió calle abajo. Abel lo persiguió con sus ojos, pero se le acabó la mirada.
—¿Magdalena, estás ahí? —dijo al volver al teléfono. Las palabras del yonqui fluían irreflexivamente por su cabeza, como moléculas de gas caliente.
Al retomar la conversación con su íntima amiga, Abel apercibió algo extraño en la manera que la mujer se dirigía hacia él en aquella ocasión. Los “¿cómo estás?” y “¿qué haces?” que andamiaban la rutina coloquial de Magdalena no fueron pronunciados. El ritmo y el paso de la conversación con Magdalena carecieron de la amenidad habitual. La voz no le parecía retozar como de costumbre y, en cambio, se revelaba más plomiza y casi sin inflexión. Era una voz lineal, como la de los secretos, mas aun para Abel le seguía sabiendo a la sangre de las flores.
—Abel, estoy en problemas y necesito tu ayuda.
Magdalena, conversadora nata y elocuente, le hablaba hasta los muertos que, como médica forense, compartían con ella diariamente. No obstante, ahora urgía una prisa con complejo de persecución, cual si temiese ser escuchada. Magdalena, en un desacostumbrado imperativo, le pidió que se vieran en el Tofú Bar, un restaurante vegetariano el cual ella frecuentaba y que Abel odiaba. Abel hubiese reclamado ir a otro lugar, por hacer honor al hábito de llevar la contraria, pero la voz de Magdalena cargaba una ansiedad extrema.
Abel, vestido en camiseta, pantalón y sombrero negro en medio de aquel inclemente verano tropical, salió para el punto de encuentro, el cual no quedaba muy lejos. Miró a ambos lados de la acera para ver si daba con los rastros del exaltado yonqui, pero sólo atinó a los celajes de sombras que pasaban por allí sin mirarse unas a otras.
Camino a su cita, Abel apreció aquella pobremente planificada mezcolanza de arquitecturas que hacían de Santurce una colosal aberración urbana. Portando un morral de piel, en el cual llevaba una caja de cigarrillos sin abrir, una libreta de anotaciones, una chequera de la que nunca sabía si tenía fondos o no y el Retrato del artista adolescente de Joyce, Abel caminó como siempre: sin prisa de llegar a ningún sitio.
El Tofú Bar esperaba a Abel repleto de profesionales vegetarianos, en su mayoría médicos especialistas, actores de teatro y empresarios con la fiebre del fitness. Magdalena gustaba del lugar porque, según ella reclamaba, respetaba el valor de la carne muerta. No sabes el asco que me da el pernil de cerdo, decía. No sabes el horror que siento al pensar en unas costillas a la barbacoa. Sangre. Carne fláccida. Es un acto allende del salvajismo. Abel siempre le argumentaba, apoyándose en datos, pues, antropológicos; que la dentadura del ser humano funcionaba para morder, triturar, masticar y desgarrar carne, como la de los perros. Morder, triturar, masticar y desgarrar carne. Antropofagia, supervivencia o evolución. Llámele como sea. Nada como una hamburguesa doble. Y de esas, Abel no encontraría ni el fantasma de su aroma, y al menos con eso hubiese hecho las paces, pero lo que más odiaba del Tofú Bar era que carecía de sección de fumadores.
—¡Abel! ¡Por aquí! —escuchó Abel al entrar. La voz, almibarada y delicada, como el canto de una lira.
—Magdalena —dijo Abel con una sonrisa y se dirigió hacia la mujer. Abel encontró a Magdalena peculiarmente bella, aunque con la preocupación develada en su rostro. Al llegar a ella, le depositó un blando beso en la mejilla.
—¿Cómo has estado? —preguntó Magdalena, mientras degustaba unas aceitunas que ordenó mientras esperaba por Abel.
—Mejor que mal y peor que bien —dijo Abel mientras se colocaba un cigarrillo en la boca.
—No puedes fumar aquí —dijo Magdalena mientras ella le quitaba el pitillo de los labios y se lo acomodaba en la mano.
—Ya sé. Sólo quería ver si me salía con la mía.
—No siempre uno se sale con la suya.
—Déjame verte. Estás preciosa.
En verdad que sí lo estaba. Magdalena se mantenía muy en forma. Su pelo abultado y rizo del negro, negro, negro de la obsidiana; su piel del blanco, blanco, blanco de la cal. Después de todo, esos días y noches trabajando con muertos se traducían en la ausencia de sol.
—¿El trabajo? —inquirió ella, mostrando en su mirada un interés genuino por Abel.
—Bueno. Se mueve. Siempre se muere gente.
—Curioso. ¿Alguna vez pensaste que ambos vivimos de los muertos?
A decir verdad, la muerte era algo que los unía.
Cuando Magdalena y Abel se conocieron, él apenas se reponía de una etapa destructiva de su vida. El consumo de alcohol y drogas poseían la voluntad de Abel para entonces, luego de una intensa relación amorosa con una chica llamada Giovanna, con quien concibió un hijo llamado Giancarlo, la luz de sus ojos mientras vivió, porque el chicuelo sufrió el ataque de una rara bacteria que se apoderó de sus pulmones y lentamente reclamó soberanía sobre el diminuto cuerpo del niño hasta que el reino bacteriológico conquistó la indefensa carne y la sustrajo a sus dominios, desembocando en la eventual muerte del infante de apenas seis meses de nacido. Para Abel, que llamaba a su hijo “mi melocotón”, la experiencia desgarradora delegó el peor de los dolores en el corazón del entonces estudiante de literatura.
Luego del suceso, Giovanna, práctica estudiante de leyes, se acercó a su compañero (nunca se casaron) y le pidió que se separaran. Le dijo que eso era lo mejor por el momento, que ambos tenían cosas sobre las cuales pensar en soledad, especialmente cuando ya no existía un nexo físico entre ambos. Abel sintió una extraña sombra de muerte eclipsarle el alma. Descorazonado, partió en un improvisado viaje hacia México en la primavera de ese año.
La primera noche en un modesto hotel de Ciudad México, como quien busca respuestas en el pozo del conocimiento colectivo, Abel se sentó al pie de la piscina del hotel acompañado de un cesto de frutas a leer un particular libro que había llevado consigo: Relación acerca de las antigüedades de los indios, la obra de Fray Ramón Pané que explora los mitos y creencias sobre el concepto de la muerte en los indios antillanos. El libro, escrito en 1498, llamó la atención de una chica de tez blanca y labios rubescentes como las fresas silvestres. La chica dijo llamarse Magdalena, estudiante puertorriqueña de medicina forense y quien cultivaba la inquietud de contestar la gran interrogante: ¿qué ocurre después de la muerte? Ella, ya concluidos sus estudios, se refugiaba en aquel hotel para despojarse del ambiente etílico de la escuela de medicina. Bajo las estrellas que lograban imponerse ante el velo de smog mexicano, Abel le confesó que su interés consistía de un bien de consumo personal, nada académico.
Magdalena sonrió y a Abel le pareció que se abría el cielo.
—¿Sabías que el Coaybay de los indios antillanos tiene el mismo significado que el Mitlán de los aztecas o el Xibalbá de los mayas? Un lugar donde moran los muertos —dijo.
Abel no aportó nada al comentario. No tenía otro referente adicional a aquel libro que una vez olvidó devolver a la biblioteca Lázaro de la Universidad de Puerto Rico, recinto donde para entonces estudiaba.
—El primero que estuvo en Coabay se llamaba Maquetaurie Guayaba, celador de las habitaciones y casas de los muertos —añadió la chica.
En principio, la vida de los muertos se invierte. De día duermen y salen de noche, para no ser distinguidos, pues caminan sin ropa y es fácil advertir que no tienen ombligo, explicó Magdalena. Según ella, los muertos de noche se convierten en fruta para ser degustados y volver a la sangre de sus familiares y amigos. Abel se paralizó mientras se llevaba a la boca un jugoso y fresco melocotón.
Por un largo rato, sólo miraron el cielo estrellado, hasta que Magdalena rompió el silencio para añadir: «También se dice que era en la noche que los muertos salían a bailar». Al ritmo de una ranchera que comenzó a sonar por los altavoces en el hotel, Magdalena sacó a Abel a bailar, y así la noche desembocó en la cama.
—Míralo de este modo —Magdalena trajo a Abel de vuelta al Tofú Bar—: sin muertos, no hay esquelas y entonces, ¿de qué esperabas vivir? Apenas quieres buscar trabajo en otra cosa que no tenga que ver con tu preparación literaria.
—No hice estudios literarios para irme a dar clases o para trabajar en agencias de publicidad.
—Es verdad. Hiciste estudios literarios para escribir esquelas en forma de elegías.
Abel la miró sin mostrar el mínimo de apreciación por lo que se suponía que fuese una broma. Magdalena, percatándose de ello, sonrió con la amplitud del cielo y le envió un beso a través del espacio.
—Sé realista, Abel —dijo riendo—. Si la gente no muere, no comes. Y yo tampoco. Es un tipo de antropofagia conceptual.
—Conceptual o no, ¿tenemos que hablar esto a la hora del almuerzo, en un lugar que sirven vegetales en salsas raras y las lasañas son de berenjena?
—Bueno, ya. Quería relatarte algo inaudito que me ha sucedido.
—A ver. ¿De qué se trata?
Magdalena miró a su alrededor para cerciorarse que nadie estaba interesado en la conversación que ella y Abel sostenían. De los presentes en el restaurante, le llamó la atención un par de tipos de complexión física muy parecida, pálidos y con poca cara de ser vegetarianos. No obstante, prosiguió sin darles mayor importancia.
—Estoy en problemas.
—Eso ya lo dijiste por teléfono. ¿Podrías ser más específica?
—Anoche mataron a alguien aparentemente importante en el bajo mundo.
—¿Mataron a Plutón?
—Gracioso. Me refiero al mundo del crimen organizado.
—Vaya. Qué noticia.
—Escucha. Dejaron un tierno cadáver a la entrada del Instituto de Medicina Forense. Alguien nos hizo el servicio a domicilio. Simplemente lo dejaron allí. Al parecer, primero lo torturaron y luego le arrancaron el corazón.
—Jum. Curioso. De esa manera murieron las personas a quienes tengo que escribirles esquelas hoy.
Las piezas que componía Abel no sólo eran una expresión de arte mortuorio, sino que también constituían su modo de supervivencia inmediata. La Funeraria Arocho, propiedad de su amigo Emilio, le pagaba una tarifa fija de $20 dólares por texto, el cual consistía en una simple esquela donde se vertían los sentidos pésames de amigos y familiares. Los escritos de Abel, transposición del código emocional de los que sobrevivían al difunto, danzaban con la luna de las elegías. Con toda la criminalidad que cundía en la ciudad, las esquelas por encargo fluían cual aguas del Estigio, lo que representaba unos 100 dólares al día, a veces más, aunque otras menos. Para Abel, el negocio había al menos concretado uno de sus sueños: vivir de su escritura.
—A lo mejor algún día las puedes publicar algún día en como conjunto en un libro —dijo Magdalena.
—No te burles.
—No me burlo.
—Sí lo haces.
—Ay, tonto. Sabes que creo que algún día harás algo grande por la humanidad.
—Claro— respondió Abel sin convicción—. Como morirme.
—Morirse no es una proeza, es un destino. Además, eres un pesimista. Es más, no voy a hablar con gente así, así que de vuelta a nuestra conversación. ¿De qué hablábamos?
—De las muertes de las personas a quienes le extirparon el corazón.
—Ah, claro. Sí. Pues encontramos, en la sangre de los fallecidos, rastros de una droga particular. Me imagino que conoces de la oleada de muertes vinculadas con la Gracia.
Gracia, pensó Abel.
La sustancia de moda en la vida nocturna de San Juan ganaba fama de poder transportar a su usuario hasta las altas esferas celestiales. Un goce impasible. Un éxtasis dulce. Encuentro definitivo con la eternidad. El adiós de la carne baldía y degenerativa. Ver a Dios, nada más y nada menos. ¿Metáfora o revelación? Según la describían, la droga tornaba la experiencia cotidiana en el principio mismo de los profetas. La integración con el Uno. El Bien. La droga: el imán. El Alpha y el Omega. El centro. La gente acudía a Gracia con fe envidiable, una fe detonada por el afán de ver a quien, por los siglos de los siglos, permanecía tras bastidores.
—Entiendo el auge de la droga —dijo Abel—, pero, a decir verdad, nunca lo relacioné con las muertes. Bueno, ninguno de mis clientes ha muerto de sobredosis.
—No, me imagino que no. La verdad nunca es un entero. Las autoridades no quieren escandalizar al pueblo.
—¿Y tú cómo sabes?
Magdalena calló. Miró sus manos. Jugó con sus rubescentes uñas. Luego dijo:
—Conozco gente que me dice cosas.
Abel no hizo expresión alguna.
—Ya sabes, por la naturaleza de mi trabajo — aclaró ella.
—Claro.
—He visto muchos casos de esos últimamente y yo asocio a la droga con la manera que asesinan a la gente. Te digo. Todos los que han muertos en esas extrañas circunstancias reflejan residuos de la droga en su cuerpo, pero nunca los informes deben decir que la víctima estaba drogada, ¿ves? Mueren porque les extraen el corazón.
—Veo.
—Sin embargo, el cadáver de ayer no presentaba signo de estar drogado al momento de su muerte, algo sumamente extraño. Rompe el patrón. Además, no es nada usual el interés de sus asesinos en hacernos el trabajo fácil.
—Alejaron el cuerpo de la verdadera escena del crimen, ¿no?
—Totalmente. Yo encontré el cadáver luego de un día bastante tranquilo, cuando me disponía a retirarme a casa. Al salir por la puerta trasera, por donde usualmente entregan los cadáveres, me sorprendió el muerto tendido en el suelo. Notifiqué a la guardia de seguridad del hospital para que avisara debidamente a la policía, que, como siempre, tiene el hábito de templar el tiempo cuando más se les necesita. Por poco no salgo de allí anoche. El asunto es que mientras la guardia de seguridad acudía por ayuda, noté que el muerto llevaba una sortija muy llamativa. La prenda parpadeaba, Abel. Como una luz intermitente desganada. La maldita brillaba como la sangre. Y de ella emanaba un calor muy particular. Entonces...
Magdalena pausó. Tomó un poco de agua. Volvió a cerciorarse de que nadie se interesaba en lo que ella hablaba.
—¿Entonces...? —dijo Abel.
—Tomé la sortija.
—¿Qué hiciste qué?
—Eso. Tomé la sortija. Tomé la muñeca del cadáver, simulando que le verificaba el pulso. Y con mis dedos tan cerca de la prenda, tocarla fue inevitable. La palpé. La acaricié. La miré. Enorme tentación. Así que, con un sigiloso compás de mano, deslicé la sortija hasta el bolsillo de mi bata.
—No puedo creerlo
—¿Qué esperabas? Sabes que siento debilidad por las prendas.
—Sí, pero no las prendas de otras personas que están muertas.
—El tipo era un Big Shot del bajo mundo. Un bichote, Abel, un bichote. Además, ¿de qué iba a enterarse? Estaba muerto.
—Lo que hiciste lo denominan robo. Y no quiero hablar de profanación.
—¿Qué esperabas que hiciera? Debo confesarte que la luz me imantó de una manera muy extraña. Parecía que me hablaba.
—Las cosas de los muertos son de los muertos. Tú, mejor que yo, lo sabes. Pobre tipo.
—¿Pobre? ¿Pobre, dices? ¡El individuo llevaba cadenas de oro de grosores inimaginables! No creo que fuese tan pobre. Además, en una de sus manos tenía seis dedos llenos de aros con joyas preciosas. ¡Seis dedos, Abel! Precisamente, en el apéndice que salía desde la raíz del meñique, llevaba la sortija que titilaba.
—La cual, por supuesto, solicitó que fueses su nueva dueña.
—Eres insoportablemente cínico.
—Gracias.
—La cosa es que alguien sabe que tomé la sortija. Y creo que me buscan.
—No es para menos.
—Estoy en líos, Abel.
—Magdalena, no creo nada de lo que ocurre en este momento— dijo Abel, aturdido—.Te escucho y no te reconozco. Te comportas como otra persona. ¿Qué sucede?
Magdalena lo miró en silencio.
—La única constante en el mundo es el cambio —dijo.
Abel apreció el rostro de Magdalena por unos segundos y, en efecto, notó un algo diferente en ella.
Inevitablemente, Abel se transportó a la noche que se conocieron en México. Días extraños y memorables a la vez. Abel acongojado. Abel sufrido. Abel deseoso de quemar en la combustión de un amor inflamable. La muerte de su hijo, la muerte de una parte de su alma -la inocencia ciega que él había fijado en su amor por Giovanna- y la muerte que sentía revivirle al tomar el cuerpo de Magdalena. El día que regresaba a Puerto Rico, Abel y Magdalena portaban una tristeza de cristal que amenazaba con quebrarse en cualquier momento. Abel hubiese querido abrazar a Magdalena y consumarse con ella en un beso infinito, pero no pudo. Ella tal vez esperaba lo mismo. Al llamado a los pasajeros para abordar el avión, Abel le entregó su número de teléfono y dirección, por si algún día ella deseaba saludarlo. Durante el vuelo de regreso, Abel observó que las estrellas fulguraban con un brillo indefinible.
Ya en Puerto Rico, Abel pasó días sentado en su estudio, mirando al espacio vacío. Entonces se percató de la vida que le rodeaba: las risas de los vecinos, la música de salsa retumbando en las salas de las casas, las palomas que acudían a su ventana y luego se retiraban inadvertidamente, los sonidos del tráfico vespertino, el canto de los barrenderos municipales. Su corazón, pensó, era una papiroflexia mal hecha.
Para evadir el peso de su propia miseria, intentó escribir algunos poemas cubiertos por capas de dolor y tristeza, pero la futilidad le desgastaba la tinta. La infelicidad era un signo demasiado pequeño para designar la desolación en su vida. Los medicamentos y su propia escritura ayudaron, pero al pasar los días, nada parecía contener el derramamiento de aquella oscuridad. Comenzó a sentirse solo, aún cuando compartía en grupos de amigos y conocidos. La vida social dejó de proveerle sentido y satisfacción. Se miraba al espejo y extrañaba el viejo reflejo de aquel que juró encender todos los soles del universo.
Un día tocaron a su puerta y, al acudir al llamado, Abel encontró a una chica de tez blanca y labios rubescentes como las fresas silvestres en la primavera. No me mires así, Abel, dijo la chica entonces.
—No me mires así, Abel —dijo Magdalena, trayendo a Abel a la realidad una vez más.
—¿Y cómo fue que te dio con profanar un muerto?
—¿Qué sabes tú de profanar muertos? Cuando se trabaja con ellos, se hacen hasta tus amigos. Le ganas el despego a la materia muerta. ¿No sabes que el cuerpo es sólo jaula? ¿No has leído el Libro tibetano de los muertos que te presté hace un tiempo?
—Sabes que más razón que pasión para esas cosas, vengan de donde vengan. Para mí, la realidad es o no es. Uno se muere y ¡puf! Se acabó el evento. No hay reencarnación. No hay resurrección. No creo que vaya a descender un Mesías para liberarnos de esta existencia miserable. Y tampoco creo que Dios, si es que existe, esté sentado detrás de un escritorio tomando decisiones corporativas para solidificar su reino y castigar con el infierno a los disidentes.
—¿Sabes? Te escucho y me parece que eres como un sarcófago. Todo caja por fuera y un muerto por dentro. Tienes que creer en algo, Abel. Es naturaleza humana creer en algo. Si no, no hubiese mitología ni religiones ni nada de eso. Eres escritor, poeta. Tienes que tener un alma para esas cosas.
—No existe el alma.
—Sí que me convences de que estás muerto.
—¿Muerto? ¿Por qué? Ciertamente, tu Dios es el que hace sufrir, que mata a discreción meramente porque se cree con derecho de propiedad intelectual. No, señorita, no. Me niego a creer que Dios tuvo algo que ver con la muerte de mi hijo porque no puedo creer que él, así, con é minúscula, ejerció su voluntad sobre un niño que apenas comenzaba a vivir. Y si es cierto que existe tal Dios, tampoco quiero saber de semejante tirano.
—Te equivocas, Abel. Creo que llevas una experiencia personal a un plano de generalización mayor y...
—Escucha. Tú quédate con tu viaje new age y déjame en paz como soy.
Magdalena lo miró y sonrió con tristeza.
—Eres como las piedras, Abel —dijo Magdalena.
Él tornó la mirada en dirección opuesta. Ella cuestionó—: Nunca nos pusimos de acuerdo, ¿verdad, Abel?
El rostro de Abel fue deshojándose ante Magdalena para dar paso a una cara familiar: la de Abel el soñador; Abel, el del eterno misterio; Abel, el de la búsqueda; Abel, el inasequible; Abel, el niño. El affaire entre ellos se caracterizó por su tinte de extraño registro. Salían y se divertían. Se leían poemas a la luz de las velas aromaterapéuticas. Escuchaban interminablemente a Aire, de Bach. Fumaban Dunhills y tomaban vodka helada. Hacían el amor, ella pensando en qué sucedería después y él quién sabe en quién o en qué cosa. En noches como esas, pasaban días sin tenerse noticias del uno y del otro; ella, esperando a que el teléfono sonara y la afable voz de Abel se vertiera por el auricular; él, quién sabe por qué nunca llamaba. Magdalena no quería asediar el espacio de Abel, amigo y amante de mucho tiempo, y quien siempre, por más cerca que estuviese de sus pechos, se encontraba tan distante.
Magdalena recordó la última noche que compartieron juntos en su casa de los suburbios, cuando se amaron como dos átomos que se mueren por crear materia nueva. Eran pan y vino. Eran luz y calor. Eran luna y sol. Eran, en fin, todas las cosas de este mundo que se complementan una a la otra. Magdalena era la verdad iluminada en la mitad oscura de su existencia, pero nunca lo admitiría. Ella lo sabía. Junto a ella, el universo de Abel parecía engranar en un perfecto orden, y aún la idea más disparatada hacía sentido. Ella era un retrato de su espíritu porque en ella se proyectaba en todo lo que le hacía feliz, aunque fuese tan sólo por unas horas.
Aquella noche, ambos inventaron escoger ser algo, animado o inanimado. Magdalena dijo que quería ser mariposa, árbol, pedrusco y arena. Abel dijo que quería ser río, lluvia, prado y jardín, pero sobre todo, secreto. Ella le propuso que podría ser viento, suspiro, aliento o voz, pero Abel no pareció entenderle, pues su vida con ella bien podía ser teatro, máscara o escena que ocultaba unos labios muy tiesos y agrietados de tanto tiempo sin poder sonreír. Belleza fatal, dijo Magdalena. Abel, en cambio, dijo que su deseo real era esparcirse por el mundo y hacerse nada en todo. Los labios de Magdalena se ahormaron en una media luna plateada que parecía la entrada angosta a aquel mundo en el cual Abel era rey sin saberlo o sin querer reconocerlo. Magdalena atesoraba el recuerdo de aquella noche como uno de los más bellos momentos juntos, porque se tocaron más allá de lo físico. Fue un instante mágico que culminó cuando ella, tomando su lápiz labial, escribió sobre la espalda de Abel:“mi viento”, y luego preguntó: «Y ahora, ¿qué?».
Y como el viento en la mañana, Abel salió de la casa para nunca volver.
Ciertamente, para Magdalena, las cosas para entonces carecían de razón y la vida se le cerraba como Dama de Medianoche al amanecer, y ya el mundo comenzaba a perderse frente a sus ojos. Su vista se tornó carminosa, como si se le reventaran todos los capilares de los ojos: el frenesí estallaba como un huevo de dolor, y ella sólo deseaba gritar y gritar. Su voluntad decaía lánguida y endeble, como un día que se muere detrás de las murallas de aquella ciudad a medias, y como un trueno blando, las lágrimas brotaron en sus ensangrentados ojos. Entonces, la existencia a su alrededor cobró un valor empíreo, y Magdalena comenzó padecer de una pérdida ambigua porque extrañaba lo que nunca fue de ella.
—Si alguna vez estuvimos de acuerdo o no, no viene al tema —dijo Abel, retrayéndola de su breve divagar por nubes de recuerdos.
Magdalena le habló con la tristeza inundándole la voz.
—Nunca cambias. Lo que no cambia, se muere.
Abel mantuvo el silencio por unos segundos.
—En qué lío y con quién te has metido —dijo Abel, adustamente—.Esto es un país enfermo, Magdalena. Hay que andar con mucho cuidado. Aunque no me guste decirlo, Magdalena, cometiste un robo.
—No te hagas el más puritano ahora.
—No presumo de lo que no soy, pero sabrá Dios qué cola arrastra la desaparición de esa sortija. Mira, me dices que te están siguiendo. ¿Qué se supone que haga? No sé si creerte o aludirlo todo a las traiciones de tu cargo de conciencia. Uno nunca sabe de qué lado está el demonio.
—¿Sabes? No creas que no me he sentido culpable. Lo que pasa es que también pensé en las vidas perdidas de esas personas que el tipo tuvo que haber eliminado para tener una sortija como esa.
—No discrimines. Pudo haber trabajado como cualquier obrero honesto.
—¿Debo recordarte cómo murió? ¡Le arrancaron el corazón! La gente normal y corriente no muere así. Según los estudios de autopsia, el hombre estaba vivo al momento del acto, por lo que se especula que el asesino requirió ayuda de varias personas. ¿Puedes creer semejante morbosidad? Y debo añadir que ese modo de asesinato no es estilo de cualquier asesino.
—Bueno, y a fin de cuentas, ¿cuán grandiosa es esa sortija?
Magdalena se limpió las manos con la servilleta. Entonces, dejó caer una sólida sortija de oro sobre la mesa, en cuyo se asentaba un colosal rubí del cual emanaba una lenta luz intermitente y en cuyo centro se revelaba una misteriosa G.
La lluvia caliente del verano caía sobre la ciudad mientras Patria fumaba un cigarrillo en medio de la oscuridad de su habitación. A través de la ventana, Patria observaba el panorama citadino que, desde aquel penthouse en el exclusivo sector del Condado, se apreciaba. El olor a sexo viejo en las sábanas se entorchaba como una trenza junto al humo de cigarrillo y Patria aún se columpiaba en ese claroscuro que se forma entre estar medio dormido y estar medio despierto. Otra mañana insípida. Otra mañana con la desabrida sensación de ser muñeca de cristal. Adorno. Prenda. Trofeo. Una infelicidad pesada le llenaba los poros y la promulgaba por los dédalos de la confusión. ¿Quién era? ¿Qué quería? Su mente, aturdida por la resaca de la noche anterior. Sus músculos, débiles por las tensiones experimentadas durante una noche de sexo monocromo; ese sexo rutinario y pautado donde el orgasmo no tiene otro fin que melcocharse de amnesia, breve pero repetida, la única manera de saberse viva porque sabía a morirse en los confines de una luz de sodio que le urdía cada célula en su cuerpo. Aquella mañana, Patria despertó con ganas de tomar una decisión tajante en su existencia: deseaba encontrar una vida.
Patria tornó su mirada hacia el techo y se desdobló en los grandes espejos allí fijos. También pudo ver las alas de águila tatuadas en la seca espalda de Sam, un estadounidense sureño con un pasado oscuro, de cuyo pasado ella solamente conocía sus días como soldado en la guerra de Vietnam. Entonces recordó que no estaba sola en la habitación.
Maldición, pensó.
Patria, sentada en posición casi fetal, se mecía como un metrónomo a la vez que movía los redondos dedos de sus pies y escuchaba los últimos clarines del tráfico de aquel viernes por la madrugada —el trompetazo del éxodo, escape, olvido. Peregrinos del alma siempre errante. Viajeros en el tiempo. Tabú y pasión a babor y a estribor, en cualquier orden. La barca de los locos. Encendió la tele y la observó por un rato sin subir el volumen. Daba la impresión de que observaba una película en la cual, curiosamente, las palabras holgaban. Las noticias relevantes de la semana atañían la misma información de siempre: corrupción en el gobierno, secuestros de niños, asaltos a mano armada, crímenes pasionales y los asesinatos vinculados con la distribución, uso y consumo de la droga Gracia.
Un leve trueno la sacudió por dentro y su cielo se desvistió para revelarle un armazón de huesos que daban paso a la culpabilidad.
Patria apagó la tele.
Justamente la noche anterior, entre whiskey y coca y sexo y más whiskey y coca, había tenido la oportunidad de inhalar los lácteos polvos de esa nueva droga que Sam le había ofrendado. Ella insistía en que le dejara probar tan mágica sustancia que proporcionaba un estilo de vida sin limitaciones materiales, pero Sam siempre se negaba. Para justificar su negativa, aludía al control estricto que ejercían sus jefes sobre las cantidades que le entregaban para venta y distribución. Así es este negocio, baby, decía el gringo. A Patria nunca le importó mucho para quién trabajaba Sam, porque ella sólo pretendía obtener seguridad económica y consentir sus caprichos epicúreos. Soy un acólito de la Hermandad, decía Sam. A Patria le importaba un bledo qué era la Hermandad. Algún día voy a desplegar las alas de este tatuaje, argumentaba Sam. A Patria le seguía importando un bledo. Lo que quería era su parte del acuerdo sin acordarse: ella tenía todo lo que quería y Sam la tenía a ella. Pero aquella mañana, Patria entendió todas las fútiles ramificaciones del río que corría en medio de su pecho —río que corría en dirección a ninguna parte; que a veces se crecía y se ensanchaba y otras veces se reducía a una simple hebra de agua; que sólo existía en su fluir; que nunca llegaba a su mar. Aquella mañana, intuyó que su complacencia (no podía decir su felicidad) engendraba la muerte de otros.
Miró a Sam y, en efecto, se sintió fría, por no admitir que no sintió nada. Se preguntó cuánto tiempo llevaba en aquel estado de frigidez emocional. Se preguntó qué deseaba: ¿Vivir una ilusión? ¿Sentir que la sangre transportaba un fuego? ¿Saber que detrás de todos los muros de cemento, había un gran jardín en medio de grandes céspedes, árboles y pájaros? ¿Levantarse y sentir un aroma de flores verterse como un fantasma de humo por todo el apartamento? Se preguntó si algún día se levantaría con el tibio roce de un beso de paz.
Pero se encontraba adosada de piedra y granito, como un callejón sin salida. El final del camino. Desvío. No pase. Pero Patria quería volver a su origen.
Sofocó en el cenicero lo que quedaba de cigarrillo y encendió otro.
Las cosas con Sam ya no destilaban el hábito conocido. O tal vez nunca proliferaron, lo que en realidad era más probable. Patria, a pesar de ser una mujer intensa, tenía una gran dependencia de Sam. Él firmaba la vida cómoda de Patria. Él, en su momento, amparó a una Patria que zozobraba en los mares del nunca hacer. Patria pensó una vez que anclaba en puerto seguro, pero en realidad (ella sabía) no había llegado a ninguna parte. La incertidumbre la abrumaba y abría sus fauces cual demonio que procedía a engullirla. Ahora era hora de buscar su destino.
Y es que luego de probar aquella sustancia granulosa, un tanto sal y un tanto azúcar, el cielo se hendió en dos como una toronja de sodio y vertió su zumo fluorescente sobre la extensión de horizonte que comprendía ser esta ciudad adoptiva. Tómalo con calma, le dijo Sam. Las dosis son fuertes y te puedes quedar en el viaje. Pero Patria, rebelde en ciernes, hizo caso omiso y atraída por una amnesia voluntaria, inhaló fuertemente los sacros polvos.
En un rapto de ceguera momentánea, vio descender palomas de plata cuyo aleteo era el origen del viento; y vio cuatro ángeles con sus trompetas de oro posarse en cada uno de los puntos cardinales; y una esfera de ojos giraba como el globo de cristales que colgaba en medio de El Backseat, la disco de moda; y Patria sintió una espada de luz posarse en su frente y penetrarla suavemente como el enterrar de dedos en arena mojada; y una voz le dijo:«Abre tus ojos y déjame entrar»;entonces, le llegó un aguijonazo dulce al corazón y vio una figura descender en una nube acompañada de dos lobos blancos. Patria olvidó respirar y se le quedó la voz enredada en la garganta. Quiso decir algo pero no pudo y cuando al fin la espada de luz retrocedió, balbució: «¿Dios?»
Patria, entre temor y valentía, determinó que la droga producía un efecto alucinógeno de amplio poder. Sin embargo, ¿qué tal si la droga en efecto era el módem de Dios? ¿Una puerta? ¿Y si Dios había descendido para hablarle? ¿Había sido tocada por el Creador? Una verdad, no empero, se imponía: su corazón no palpitaba ya en la misma dirección. La experiencia trascendía las limitaciones de un mero arrebato.
La cama fría. Balsa a la deriva. Mar quieto. Nada de viento.
Volvió a mirar la espalda de Sam. No sintió nada. Suspiró. Devolvió su mirada a los espejos del techo. Entonces se percató de que, sobre una esquina del tocador, descansaba la caja de bronce en la cual Sam portaba la droga: un pequeño cofre con una G inscrita sobre la tapa que a su vez estaba asegurada por una pequeña aldaba. A Patria le pareció que el cofre despedía cierto calor como cuando uno presiente que alguien le observa. ¿Le interesaría la droga a alguien que no fuera de la Hermandad? Su alma pedía camino y su mente pedía libertad. ¿Qué aljamiado secreto yacía bajo la piel? Lengua seca. Desierto de emociones. Sed de vida. ¿Dónde está mi estrella? ¿Mi estrella? ¿Mi estrella polar? La nueva vida estaba tras la puerta.
Si tan sólo tomaba un poco, pensó, Sam tal vez no se percataría. Con el dinero compraría un boleto de ida a cualquier parte.“Cualquier parte” desconocida sonaba mejor que aquel país conocido.
Patria advirtió que el segundo cigarrillo también se le había consumido entre los dedos. Ese es el efecto del tiempo dormido; el curso del fuego sin rumbo; el destino cuando se olvida el alma, pensó. Así, con sigilosos movimientos, se levantó. Se acomodó los desgastados jeans, las medias y se puso los botines. Buscó una camiseta limpia, le hizo un nudo al frente y dejó al descubierto su ombligo, el conducto al origen. Se miró en el espejo. ¿Cómo reconocería a Eva entre mil mujeres? Eva no tendría ombligo, decía el viejo chiste.
Buscó la manera de acomodarse el pelo. La caída límpida de su largo pelo de incógnitas no brindaba las condiciones óptimas para la creatividad. Cabello muerto, decía su estilista. Carretera recta hacia el sur. Tierra abajo. Nada de ondulaciones. Nada de imperfecciones. Sólo una carretera de cabello azabache deslizándose rostro abajo, pasando por el cuello recio y alargado, hasta los hombros, proemio a la flor de la canela. Decidió dejarlo tan cual estaba. Tomó su cartera de piel marrón. Tomó sus llaves. Y tomó el cofre de bronce.
Lo sintió tibio entre sus manos. Lo vio resplandecer. Lo abrió. Miró a Sam en su coma onírica. Tiró una carcajada al aire -un “ja” seco y pesado- y cerró el cofre.
Con el sigilo de una pantera, Patria abandonó la habitación, tomó el ascensor y llegó a la calle.
La Gracia era toda suya.
Selva y calor. Lluvia y fango. Los retumbantes bramidos de los tanques se escuchaban en la lejanía. Bufidos metálicos. Un corazón se escuchaba latir contra la epidermis del cielo. El viento susurraba:“¡Charlie, Charlie!”.200 libras de explosivos. Ratel-de-clunk. El olor a carne quemada. Carne humana. Barbacoa de horror. Moscas y peste. Ratel-de-clunk. ¡Charlie, Charlie! La muerte de NAPALM. Sam a la carrera, su pie levemente herido por la trampa de dap loi. Recuerdos de Ho Chi Mihn. El efecto dominó te viene rozando los talones, Sam. Corre, corre Sam. Jadeo, jadeo. El Viet Cong viene. El Viet Cong está en todas partes. ¡Charlie, Charlie! La boca del infierno yace bajo tus pies. Las punzantes voces como picadas de avispas se le metían tambor y tímpano adentro.Hooooo Chiiiiiii Minnnnnnnnghhhhh. Los bambúes. Los bambúes. Corre hacia los bambúes. Suicida. Hooooo Chiiiiiii Minnnnnnnnghhhhh y tú perdido en la jungla Vietnamita.
La pesadilla otra vez.
¡¡¡¡¡¡¡AAAAAAAHHHHHHH!!!!!!!
Sam despertó floreado por un sudor frío como agua condensada. Sus ojos se encontraron con su propia mirada en el espejo del tocador. Su corazón latía beligerantemente. Oh, Dios. Otra vez ese mal sueño. El pasado yacía en una orilla remota de su memoria mas todo permanecía intacto en su mente como si hubiese sido ayer. El símbolo del 15to Régimen de Artillería tatuado en su brazo, aunque Sam sabía que no era merecedor de llevar ese emblema, lo transportaba como un túnel a través del tiempo. El Sargento Sam Eagle vendió muchas vidas en la guerra de Vietnam para salvar el odre. Una y otra vez. Él llevaba el arrepentimiento como un tatuaje en el corazón, pero no se inmutaba. Vietnam era matar o que le mataran, ¿no? Aquello no era Kansas, Toto.
Sam entró al baño, se lavó la cara, tomó sus píldoras amigas y encendió un cigarrillo. Se quedó, una vez, apreciando su rostro de Mark Twain famélico, sin reconocerse o conocerse a sí mismo. Sacudió su cabeza, abrió la ducha para darse un baño y entonces se acordó de su mujer.
—¡Patria! —llamó con autoridad y en su español con acento anglo.
Maldita mujer. ¿Dónde podría estar metida? El apartamento era espacioso y cómodo, pero de todas formas el confín se limitaba a su naturaleza de penthouse en la cúspide de San Juan.
—¡Patria! —volvió a llamar, esta vez más enérgico.
Silencio. Piedra. Nada.
Debe estar tomando el sol en la terraza, pensó, y Sam fue a tomar una ducha.
Sam, no obstante, seguía en aquella ceguera visionaria que de vez en cuando le asaltaba en la hondura de los sueños. Se apoyo del lavamanos y trató de clamar los tremores que sacudían su cuerpo. Buscó en el botiquín por aquellas pastillas sanadoras que le sosegaban los demonios bajo su carpa craneal y se las tragó de un golpe. El recuerdo de aquella jungla de muerte, sin embargo, permanecía fresco en su mente.
Su vida cambió el abril 23 de 1969, cuando llegó a Cameron Bay, en donde su batallón fue asignado a dar respaldo a las tropas de ingeniería en Chu Lai.Todo se impregnaba de gases de los helicópteros y de olor a pólvora. En julio de ese año, muchos de sus compañeros murieron víctimas de una emboscada que les tendió el enemigo mientras el batallón limpiaba las minas que gorgojeaban la zona. Sam, quien, al igual que un puñado de sus compañeros, salió ileso y entonces creyó que se había salvado por alguna providencia, se quedó unas horas tendido entre los otros soldados muertos, hasta que los hombres del Viet Cong se habían convencido de que las tropas estaban aniquiladas. No obstante, los tentáculos de la guerra crepitaban por sus sentidos. El olor a sangre difuminándose entre el hedor a tierra húmeda. Las detonaciones de armas en conflictos aledaños al perímetro de acción. El rugir de los helicópteros que volaban a poca altura. Los gemidos de compañeros gravemente heridos.
Bajo un rapto de desesperación, Sam salió huyendo por la pantanosa jungla, entre telas de arañas gigantes y árboles enormes y frondosos que repelían la poca luz de sol. El chapoteo de sus botas militares hundiéndose en la ciénaga vietnamita competía con el estruendo de la lluvia. Nada se excluía en aquella repentina demencia: lluvia, escarabajos, cañones. Un largo trecho se tendía entre Chi Lai y la base en Columbia, Carolina del Sur, donde comenzó su carrera militar. Aquello distaba de sus juegos infantiles donde Sam pretendía ser soldado, tiempos en que un palo de escoba era su rifle y una bellota de pino, su granada. Entonces el concepto de guerra no prendía en su mente como una terrible pesadilla. Ese día Sam corrió y corrió hasta caer desmayado. Por suerte, o por desgracia (nunca podía decidirse), fue encontrado por los otros sobrevivientes, quienes, al igual que Sam, vagaban como almas que no se saben muertas en medio de un limbo de lluvia y sangre.
Desde entonces fue matar o morir.
Su guerra comenzó en dos frentes: el corporal y el mental. La inocencia cedió ante la ferocidad de la guerra. Los conceptos del bienestar, el hogar y la familia de pronto se trastornaron. Ciertamente, Vietnam no era Kansas ni mucho menos Tallahassee, su tierra de origen. Y todo le olía a Sam: el aire agrio y pútrido, como si toda la tierra estuviese en estado de descomposición. El aire flotaba caliente y húmedo, nada como el de su Florida querida. La tierra se torcía negra como el ópalo. Y el miedo crepitaba por los sentidos, como un gato de amonia. No había vuelta atrás.
Moscas y peste. Ratel-de-clunk. ¡Charlie, Charlie! La muerte de Napalm.
Lentamente, Sam fue reincorporándose.
Ya en el cuarto de baño se percató que la toalla de Patria reposaba sobre la de él, en lugar de la de él sobre la de Patria, como se suponía que fuera el orden. ¿Qué sucede con esta mujer?, se decía a sí mismo. Desaparece. Se evapora. No deja rastros. Hace lo que le da la gana y, sobretodo, hace visible su insubordinación. Qué mujer esta, decía. Patria exigía ayuda doméstica para mantener el apartamento en perfecto orden. No confrontaba problema con eso, claro, pues se llamaba Sam Eagle, distinguido partícipe de una poderosa red de narcotraficantes, pero, ¿alterar el orden de las toallas? ¿Quién se creía ella para tomarse esa libertad? Él era su creador. Ella sería nadie sin él. De seguro estaría sirviendo tragos en El Backseat, o peor, en alguna barra dominada por la mafia dominicana. Sam, mientras más pensaba en ello, más fuertemente frotaba el jabón por la tostada piel gringa de su rostro. ¿Qué sucede con esta mujer? Nunca muerdas la mano que te alimenta, decía Sam mientras recordaba las insustanciales discusiones que ambos sostenían a menudo, ya fuese porque Patria no colocaba en su lugar la ropa que se quitaba o porque dejaba los zapatos por doquiera o porque ni siquiera se dignaba a prepararle una taza de café. Tú no necesitas una mujer, decía Patria. Tú lo que necesitas es una esclava, afirmaba ella y, a base de ese argumento, se negaba a cumplir las “peticiones” de Sam Eagle por lo que Sam recurría a la fuerza bruta. Para eso le pagas a una mucama, insistía la Patria. Pero de alguna manera debes mostrar gratitud, le replicaba Sam. Que no soy una mucama. Que no voy a arrastrarme en virtud de la gratitud. Que no soy mujer de talibán. Que qué te crees tú. Si no te gusta, no te lo comas, reclamaba ella. Maldita mujer con ínfulas de feminismo, reprochaba Sam. Que de verdad que no aprecias lo que he hecho por ti. Te crees pájaro con alas grandes. Al menos me deberías preparar el desayuno, insistía Sam. Que para eso tenemos mucama, debatía Patria. Yo no soy mucama ni sirvienta y ya me harté de tus mandatos. Que no me jodas o me voy.
¿Qué? ¿Osar amenazar a Sam Eagle? A Sam Eagle nadie lo abandona, decía Sam. Y no vuelvas a poner esa palabra en tu boca.
Lo próximo que seguía era el puño penetrando en la boca de Patria.
La primera vez que lo hizo, Sam se asustó muchísimo. Patria sangró por medio día, sus labios se hincharon como globos de cumpleaños y no comió ni dijo palabra alguna el resto del día. Avergonzado, pero sin arrepentirse, Sam hizo que sus hombres vigilaran la entrada al apartamento y no dejaran entrar ni salir a nadie. Patria se había buscado una buena razón para ser castigada, reclamaba. Pero ese día, Patria, en venganza, abrió las jaulas de los pájaros que Sam Eagle coleccionaba, entre ellos una cotorra puertorriqueña, especie endeble del reino animal y que Sam tenía cautiva ilegalmente, y los dejó en libertad. Patria, con los labios descosidos, forzó una sonrisa mientras veía a las preciadas mascotas de Sam perderse en la bruma citadina.Al Sam volver en la noche, encontró las jaulas vacías. Maldita mujer del diablo, gritó. Y volvió a someterla a su fuerza bruta, esta vez penetrándola por el culo.
Who’s your daddy now?, preguntaba el gringo en su embestida.
Para Patria fue humillante; para Sam, fue una muestra incuestionable de poder; para ambos, fue la caída de un sol que les indicaba que el amor, si existió en algún momento, voló por la ventana y que ya no regresaría.
Desde entonces, la mujer fue gas incontenible -mala hierba que nunca muere- enredadera sin límite; mujer de arena fina: potra salvaje.
¿Qué pasó?, pensó Sam. Ella surcaba el alma como mariposa y docilidad. Ahora aguijoneaba la carne como escorpión y furia. De todas formas, Sam tenía mejores cosas por las cuales preocuparse, pensó él, mientras continuaba con su ducha. Tenía un compromiso consigo mismo y eso bastaba. Recordó cuando una noche, mientras vagaba aplomado por el sórdido peso de los estupefacientes y el alcohol, Sam vio una puerta abierta en el cielo. Le pareció escuchar una voz como de trompeta, que le dijo: «Sube acá y yo te mostraré las cosas que sucederán después de éstas». Sam rió. Un cielo de cuervos. Enhiesta maravilla. Su vida, marinada por un terso dolor. Fosca soledad. Ser de nada. Quietud de alas apagadas que no le dejaba espacio para alzar vuelo. Y entonces todo le pareció tan absurdo y tan contingente. Al instante, un trono apareció establecido en el cielo y, en el trono, un hombre sentado cuyo aspecto era semejante a piedra de jaspe y de cornalina. Sus ojos verdeaban como esmeralda. Sobre su trono, un arcoiris. Tengo una misión para ti, le dijo el hombre, y tu deber será encausar las almas para el pueblo que yo he escogido. Sam rió nuevamente. Rió como demente. Rió como si se vaciara. La imagen del hombre en el trono se fue desvaneciendo y Sam fue sintiéndose liviano y etéreo como ondas de ámbar y un aroma de perfumada ambrosía le fue cavilando el olfato hasta adormecer todos sus sentidos y finalmente caer preso de un profundo sueño.
Al despertar, se encontraba en la sala de emergencias en un hospital de Condado, rodeado de pacientes. A su lado encontró un tipo musculoso de tez oscura. ¿Quién eres? ¿Qué me sucedió? ¿Por qué estoy aquí?, preguntó Sam en su idioma. Yo te encontré, dijo el hombre. Soy El Mensajero. Has sido llamado a cumplir tu vacación con la Hermandad.
La Hermandad.
Sam pertenecía a la calle. Dealer exitoso. El Sueño Americano. Él no necesitaba ninguna hermandad de porra. Sam Eagle era Sam Eagle. Así que, get out of here. Tu vida me pertenece, dijo el hombre. Yo te salvé, así que me debes. Sam le dijo que haría cualquier cosa: llevarlo a su casa, buscarle una mujer, darle dinero y hasta droga, pero que luego tendría que dejarlo en paz. El hombre sólo dijo que deseaba que lo acompañara a una reunión de la Hermandad.
—Entiendo que conoces del Double— le dijo El Mensajero.
Sam lo miró sin titubear. Sabía que le hablaba del Double UOGlobe número 4.
El Mensajero, sin duda, era un enviado. Pocas personas conocían ese nombre, a excepción de... sí, en efecto, era el llamado.
Sam se miró al espejo.
—Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas— dijo, luego escupió el espejo.
Al salir de la ducha, volvió a insistir. God damn it, Patria, where the fuck are you?, decía. Sam salió en dirección de su ropero, justo al lado del tocador. No me hagas enojar, Patria. Te estoy llamando, ¿por qué no respondes? Silencio, piedra, nada otra vez. En fin, Sam se apresuró a ponerse sus kakis y camiseta blanca y salió malhumorado por el apartamento, maldiciendo en inglés, en búsqueda de Patria. Estúpido, pensó. Muy obvio. Ella no se encontraba, pero, de todas formas, ¿desde cuándo ella salía sin avisarle? ¿Sin dejarle una nota? ¿Sin despertarlo para notificarle? Movida extraña e inusual. Algo olía muy raro.
Olor. Olfato. Aroma. Hedor. Carne quemada como barbacoa humana.
Los ojos de Sam se fueron tornando de un tono bermejo. En Vietnam, nunca vaciló en halar el gatillo de un rifle, pistola, escopeta o ametralladora. Treinta años después, aún conservaba la misma determinación y, por supuesto, Patria no se saldría con la suya. The damn bitch, pensó. Apuesto a que está gastándose dinero en ropa. Apuesto que está desayunándose sin invitarme. Apuesto a que está paseándose por la playa, exhibiéndose ante todos esos animales de cama que rondan Condado. Ah, perra. Ya verás cuando llegues. Ya verás cuando...