Excerpt for Arcanos mayores by Joseph R. Meister, available in its entirety at Smashwords

ARCANOS MAYORES

Joseph R. Meister


SMASHWORDS EDITION


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PUBLISHED BY:

Karibdis on Smashwords


ARCANOS MAYORES

Copyright 2011 by Joseph R. Meister


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ARCANOS MAYORES

1. El tarot

Petrel, noviembre de 2005

Ya había oscurecido cuando Nico, erizado de frío, salió de su coche, un VW Polo recientemente matriculado, y cogió el abrigo del asiento trasero, envolviéndose en él para protegerse de las inclemencias del tiempo. Procedió a cerrar las puertas del vehículo, no sin antes asegurarse de que el cierre centralizado funcionaba a la perfección. Tomó rumbo a su casa, volviéndose a mirar si había dejado el coche bien aparcado, como un rito de obligado cumplimiento, sobre todo teniendo en cuenta lo mal que había acabado su predecesor, consumido por las llamas de un fuego letal. Al llegar al portal sacó el manojo de llaves, manipuló el picaporte hasta penetrar en el interior, donde ya se notaba una mejoría sensible en la temperatura. Abrió el buzón y recogió su contenido, subiendo por las escaleras hasta su piso, un lugar donde se sentía seguro de las asechanzas ajenas. Una vez en el interior, se libró del pesado abrigo y se dejó caer en el sofá tras poner en marcha el equipo de música.

Entre las facturas del banco y diversos folletos publicitarios destacaba un sobre cuyo papel, de gruesa textura y casi áspera al tacto, era de un agradable tono avainillado. Para abrirlo hubo de romper un lacre de cera roja impreso con una extraña cruz. No figuraba el remitente, pero sus datos habían sido garabateados a mano con elegancia, con una tinta negra como la noche. Contenía un papel doblado con esmero, con unas líneas que parecían deshilvanar una poesía incomprensible, y un extraño naipe, huérfano de una baraja gastada y antigua, cuyos dibujos tal vez trataran de avisarle de algo. La atmósfera a su alrededor era ominosa, amenazante.

Contemplando extrañado la originalidad de aquella campaña de marketing, en aquel momento su única preocupación consistió en no averiguar qué querían hacerle comprar en esta ocasión, por lo que cuando sonó el teléfono dejó el correo sobre la mesa y se olvidó de él hasta el día siguiente.



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Al finalizar su jornada, fuera ya del horario en que “Nazca-21” permanecía abierto a una escasa clientela amedrentada por el gélido ambiente, Eloy cerró la puerta y apagó las luces del local, dejando encendidas las del despacho en el que seguiría trabajando un rato más. Volvió a la mesa, frente al ordenador, pero su mirada se centró antes en la bandeja del correo, abandonado desde la llegada del cartero, esa misma mañana. Magnetizados sus ojos por una extraña fuerza, extrajo del montón un sobre destacable por su color y textura, con un lacre de cera que alguien había sellado con una cruz de aspas redondeadas en los extremos, lo que le confería una peculiar circularidad. Sosteniendo un abrecartas con temblor, rasgó el sobre por la parte superior del envés, procurando no dañar el lacre. Extrajo una carta de tarot, el número XX de la serie de arcanos mayores, que simbolizaba el Juicio y, aunque lo ignoraba todo del esoterismo, un escalofrío le recorrió el espinazo, llenándolo de un temor atávico, de un miedo cerval. El sobre incluía además un extraño poema que hablaba, acaso, del rey Baltasar, del sacrilegio del vino, de unos peregrinos del Templo y...

¿Qué era aquello? ¿Una amenaza de degollación? Intentando racionalizar la situación, evocó contra su voluntad algunos episodios de su pasado reciente que no había podido borrar de su mente: la sangrienta partida de tres en raya, la traición de Venus, la búsqueda del tesoro y las muertes que ésta produjo tanto fuera como dentro del laberinto. Ya está, se dijo, se trata tan sólo de una broma macabra. Alguien pretendía burlarse de ellos. Después de todo, los titulares aparecidos en prensa habían sido sonados.

Examinó el sobre por sus cuatro costados, lo olió en busca de un rastro de perfume femenino, pero la escena del Juicio atrajo de nuevo su atención. Parecía querer avisarlo de un siniestro avatar. Los versos eran otro misterio incomprensible que no estaba en su mano resolver. No debía involucrarse. Había aprendido la lección. De todos modos, en aquel momento supo sin lugar a dudas que otras dos personas habrían recibido envíos similares al suyo.

Sumido en estos y otros pensamientos, rota la aparente tranquilidad de su existencia, se sobresaltó al escuchar el teléfono. Aunque no quisiera, debía levantar el auricular. Dos eran las posibilidades. Una voz sensual, dulce pero llena de malicia, daría paso a unas risas inmisericordes. O tal vez una voz grave, irreconocible, lo invitara a participar en un juego mortal...



***



Cuando el último de los compañeros de la emisora se hubo marchado, Alejandro apagó la calefacción y permaneció disfrutando del silencio, una vez terminada la programación habitual. En un abrir y cerrar de ojos llegaría un nuevo día, con su aluvión de noticias, de informaciones, de novedades. Había que estar preparado, siempre en movimiento. Estudió de nuevo las fotografías que tenía ante sí, esparcidas sobre la mesa, preguntándose si valía la pena investigar más a fondo sobre ellas. En las instantáneas, de gran tamaño pero escasa nitidez, se podía observar toda una serie de heridas sobrecogedoras que dibujaban una desdichada geografía sobre la epidermis de una niña de doce años. Sin embargo no se trataba, al parecer, de un caso de malos tratos, sino una serie de misteriosos estigmas espontáneos, situados estratégicamente en las palmas de las manos y en los pies (los clavos), pequeñas incisiones en la frente (la corona de espinas), surcos en la espalda (los latigazos) y en un costado (la lanza del centurión). De todos modos, no era lo más raro que había recibido ese día. Recordó el extraño sobre que una mano anónima le había enviado y que contenía una carta del tarot, la del Ermitaño, así como una extraña poesía cargada de enigmas.

¿Tendrían relación ambos hechos? Su mente le decía que era imposible, su corazón le susurraba que era probable. Pero su curiosidad podía más que las silenciosas señales de advertencia que lo envolvían. De nuevo, alguien barajaba los naipes de su futuro. Quizás esta vez ganara la mano, obtuviera respuestas a sus interrogantes. Apartando las desagradables fotografías, volvió a leer el poema, titulado “A la Cena y Brindis del infeliz Baltasar, Rey”:


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