Joaquín Padeira Romero
1ª Edición Digital
Mayo 2011
Smashwords Edition
© Joaquín Padeira Romero
Reservados todos los derechos de esta edición para:
Literaturas Comunicación, S.L.
Parador del Sol 9. 28019 Madrid.
http://literaturascomlibros.es
ISBN: 978-84-938740-7-0
Smashwords Edition, License Notes
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a Victoria
Era la tierra desnuda,
y un frío viento, de cara,
con nieve menuda.
Me eché a caminar
por un encinar de sombra:
la sombra de un encinar.
El sol las nubes rompía
con sus trompetas de plata.
La nieve ya no caía.
La vi un momento asomar
en las torres del olvido.
Quise y no pude gritar.
Antonio Machado
Madrid, noviembre - diciembre 2009
Encontré a mi padre sentado en la cabecera de mi cama, doblando y apilando cuidadosamente mis camisas. Lo estuve observando durante unos segundos desde la puerta y, cuando al fin me decidí a saludarle, me contestó en tono apagado que esperaba que no me molestara lo que estaba haciendo.
—No me molesta, pero sabes que no hace ninguna falta —le dije. Verle ocupado en aquello me violentaba.
Siguió moviendo las manos con destreza. Estiraba los dedos sobre los pliegues, doblaba y desdoblaba los brazos, sin levantar aún la mirada. La lluvia arañaba entretanto, con la misma suavidad con la que él rozaba mi ropa, los cristales de la única ventana de mi dormitorio: amplio y sin apenas muebles, con una lámpara de pantalla anaranjada que colgaba del centro del techo. Avancé y me senté a su lado.
—Supongo que no será muy conveniente que me acostumbre al orden —añadí.
—Me aburría —se justificó, levantando al fin la cabeza—. Pero no vayas a pensar que hago estas cosas porque me dé pena que te marches.
Sus ojos, que me parecieron más pequeños que otras veces, estaban enrojecidos; su pelo, blanco e hirsuto, se arremolinaba sobre sus sienes; y tenía las mejillas contraídas, como si se estuviera esforzando por esconder lo que sentía en esos instantes.
—¡Esta ciudad!... —Exclamé de improviso para, también yo, poder esconder mis sentimientos; y comencé a explicar—: Venía de sacar el ticket del aparcamiento y, al llegar a mi coche, me encuentro al fulano de la ORA colocándome el aviso de una multa en el limpiaparabrisas. Conteniendo la rabia, le explico que he tardado un poco porque había dos personas delante de mí en la máquina y, el anormal, va y me contesta que lo siente mucho pero que ya no se puede hacer nada. Me desahogué, claro está; le llamé casi de todo. «¡Pues utilice usted el transporte público la próxima vez!», me suelta entonces él con retintín, dibujando una media sonrisa en su cara de imbécil. Gracias a la intervención de un hombre que pasaba en ese momento por allí que no le agarro del cuello...
Nos levantamos al tiempo, quedando yo ante la ventana y él a mi espalda. Contemplé la lluvia que caía en diagonal bajo la luz blanquecina de las farolas y, tras un corto intervalo, le conté una nueva anécdota, relacionada esta vez con lo que, también esa misma mañana, me había ocurrido en la oficina.
—Sabían que iba a ir, se lo había avisado dos veces, pero me dijeron que no tenían nada preparado todavía, que era mejor que volviera al día siguiente. Respondí que no me venía bien, que prefería esperar allí hasta que me prepararan los papeles. Pasaron a la ofensiva. Trataron de hacerme creer, en tono ya abiertamente hostil, que no tenían tiempo y que el director estaba además en una reunión. ¡Como si no supiera yo que esa gente se pasa la mitad del día tomándose cafetitos o haciendo compras por los alrededores de la Castellana! ¡No soportan –ellos, para quienes haber sido contratados por esa maldita oficina constituye el gran éxito de sus vidas– que haya tenido el valor de mandar mi empleo a paseo! ¡Les corroe la envidia! ¡Pero es esa mediocridad, ese tipo de sujetos acomplejados y resentidos que allí tanto pululan, que pululan por toda esta ciudad, lo que justamente me ha dado fuerzas para marcharme!
—Al menos parece que sabes lo que quieres —me interrumpió él sonriendo—; y eso siempre es bueno, pero... —matizó enseguida— me temo que la gente es bastante parecida en todos los lados.
—Al contrario —le contradije con determinación, aunque ya mucho más calmado—: son los sitios los que hacen el carácter de las personas.
Mi padre se había colocado a mi lado, y miraba también hacia la calle. Alzó los hombros y apoyó su mano en mi antebrazo, sin añadir nada. El silencio se interpuso una vez más entre nosotros. Sentí el peso rugoso y tibio de sus dedos curvados; me pregunté si volvería a verlo. Aunque sano y de constitución robusta, tenía ya setenta y cinco años, justo treinta y cinco más que yo, edad en la que uno se muere en cualquier momento, por cualquier tontería, con sorprendente facilidad, como tres años antes le había ocurrido a mi madre.
—Por mí no tienes que preocuparte —pareció leer mis pensamientos—. Sabes que no me importa estar solo. Si algo me pasara, está además tu hermano.
Pero hacía meses que ninguno de los dos sabía nada de mi hermano Federico. Mi padre, al igual que yo, evitaba siempre que podía a su mujer, quien no había sabido (ni querido) olvidar oscuras rencillas familiares; y Federico, débil de carácter, corto de inteligencia, muy unido a mi madre, había optado por dejarse arrastrar por el rencor de mi cuñada.
A la mañana siguiente –fría, pero de cielo muy azul– tras conseguir al fin los papeles que necesitaba de mi oficina, me dirigí al despacho de Gamoneda. Dejé el coche en el subterráneo de Tirso de Molina, y caminé sin prisa hasta Espoz y Mina. Gamoneda no me hizo esperar; pero, con la misma rapidez con la que me recibió en su despacho, oscuro y desordenado, me extendió una nota que resumía lo que le adeudaba.
—Por eso he venido antes de tiempo —le dije sin inmutarme, mientras tomaba asiento frente a él.
—¿Antes de tiempo? —Gamoneda abrió desmesuradamente sus ojos pálidos. Entró de improviso su secretaria —una mujer de buena figura pero de facciones vulgares, con la que sabía que él se entendía— y, tomando de su mesa un archivo, volvió a salir. Gamoneda encendió a continuación un cigarrillo, esperó a que la otra cerrara la puerta y luego añadió con sobriedad—: Esta mañana estoy muy ocupado; espero que sea algo serio.
Le detallé entonces mi alambicado plan de pagos y, cuando acabé de exponerlo, entrecerré los ojos y pensé en lo que me pareció más oportuno: en mi padre y en el modo en el que él habría afrontado semejante dilema. Pero la voz sibilante de Gamoneda me los hizo abrir un instante después. Sus ojos verdes y abultados, como guisantes a punto de saltar de una sartén al rojo vivo, me observaban con profundo desdén. De sus labios finos y amoratados, blanquecinos en las comisuras, salieron sin embargo palabras comedidas: no disponía de tiempo suficiente para bromas y estaba además completamente convencido de que, siendo yo una persona cumplidora, en los plazos acordados ajustaría mis cuentas...
De nuevo en la calle di un largo paseo en el que estuve meditando acerca de mis ya inevitables y casi desesperados planes. Sus irreversibles consecuencias acabaron por sumirme en el desasosiego cuando la mañana ya decaía. ¡Qué diría mi padre de conocer aquellas terribles ideas! Había vagabundeado durante dos horas, desde el centro hasta Moncloa y vuelta para recoger el coche y, al llegar a mi casa, en las inmediaciones de Cuzco, aún preferí entrar en una cafetería a pesar de sentirme agotado. Cuando me trajeron un refresco que ni tan siquiera recordaba haber pedido, estaba dormido; me lo bebí sin ganas, efectué un par de llamadas y regresé a mi casa, en donde, sin hacer mención a mi inminente marcha, mi padre me habló de curiosos proyectos y, más tarde, de momentos vividos hacía ya cincuenta o sesenta años que, según aseguró, recordaba no obstante con más precisión que muchos de los acontecimientos de su pasado inmediato.
Esa noche dormí mal. Desperté varias veces, la última de ellas pensando con lujuria en Julia, de quien había estado bastante enamorado meses atrás. Al poco de levantarme, la telefoneé y quedé con ella. ¡Dejarme llevar por los lascivos e incoherentes impulsos de un sueño!...
Cuando llegué al restaurante en el que nos habíamos citado, Julia se disponía a llevarse a los labios una jarra de cerveza. No tardé en revelarle que me marchaba a Australia en poco más de dos semanas.
—¿No había nada más lejos? —me respondió como si tal cosa, desviando la mirada porque en ese instante se aproximaba el camarero.
—Reconoce que te da un poquito de envidia —bromeé cuando, tras pedir la comida, volvimos a quedar solos.
—¿Australia? Es la primera vez que se me ocurre ponerme a pensar en ese país.
Sus labios carnosos y el pelo muy claro, aquellos ojos grandes y rasgados que no paraban de examinarme, enseguida me hicieron dejar de lado mis prevenciones. Y me olvidé igualmente de sus cambios de carácter, sus manías y sus obsesiones, sus costumbres estrambóticas, su forma de amenazarme cada vez que le llevaba la contraria, su fama de loca, causas que me habían llevado a tomar la decisión de romper con ella.
—Me apetecía mucho despedirme de ti —le dije en algún momento. Y como creía conocerla bien, di por descontado que me deseaba más de lo que yo la deseaba a ella—. O, mejor dicho —rectifiqué, buscando su mano, apoyada en ese momento sobre el mantel—, me apetecía estar contigo antes de irme —Julia siguió callada, de modo que, hundiendo mis dedos en el dorso de su mano, continué—: No necesitamos disimular; yo por lo menos no lo necesito. Y si no te he llamado antes, para qué negarlo, ha sido en parte porque no me han dejado (de forma deliberadamente ambigua, daba así a entender que aquellos que en su día se habían entrometido en nuestra relación, lo había seguido haciendo después), pero todo eso ya está más que olvidado... —Ella liberó su mano para levantar de nuevo su jarra de cerveza, instante en el que, aún consciente de mi mezquindad, pregunté—: ¿Sabes lo que deberíamos hacer en estos momentos, sin tan siquiera aguardar a que nos trajeran la comida?
—No tengo ni idea —sonrió con picardía, cruzando nerviosamente las piernas.
—Te doy una pista: algo que hemos hecho casi todos los días, algunos más de una vez, durante varios meses; algo que nos hacía sentirnos completamente felices, algo que siempre me decías que no cambiarías por nada...
—¿Eso? Pero eso es ahora agua pasada —replicó sin dejar de sonreír, descruzando las piernas de nuevo—. ¡Qué poco me conoces!
Nos trajeron ensaladas. Comimos en silencio y, tras retirarnos los platos, mirándome ella fijamente a la cara mientras yo trataba de dar con alguna frase afortunada, sin muestra de sonrojo, soltó:
—Pero podemos hacer algo rápido cuando acabemos. Para qué seguir disimulando, es la única razón por la que me has llamado. Eso sí: te aviso que tengo que estar antes de las cinco de vuelta en mi oficina.
Del resto de la comida que a continuación nos sirvieron, solo probé un poco de carne, pero ella siguió devorando con el mismo apetito. Tomamos después un taxi hasta su apartamento y, hora y media más tarde, con la promesa de escribirle y darle mis señas en Australia «por si más adelante se animaba a hacerme una visita», nos despedimos.
Dediqué la semana siguiente a trabajar en mis planes. Días terribles, agotadores, llenos de sobresaltos, de negros presagios y frustraciones. Cuando creía haber dado con la solución a un determinado problema, surgía como por encanto otro aún peor; cuando quedaba convencido de que algo a lo que antes no encontraba solución la tenía, aparecía un inconveniente más serio que, Dios sabía cómo, me había pasado desapercibido. Pero estando firmemente decidido a no pedir un solo duro prestado a mi padre, no tenía más remedio que seguir adelante y administrar mis ahorros con rigor y disciplina. Mis (por llamarlos de alguna manera) «colaboradores» se quejaban frecuentemente de la falta de regularidad en mis pagos y, aunque no paraba de prometerles puntualidad, temía sus reivindicaciones, pues no era gente a cuyo trato estuviera acostumbrado; daba por hecho además que, al igual que ellos tenían a gala respetar su palabra, exigirían que yo hiciera lo propio con la mía.
Gil, por ejemplo, el detective que había contratado hacía tres semanas, me llamó a última hora de aquel día, domingo, para anunciarme que tenía buenas noticias y, sin querer anticipármelas por teléfono, me citó treinta minutos después en su despacho –dos cuartuchos separados por una mampara– ubicado en una bocacalle de Bravo Murillo.
Rechacé el vaso de aguardiente que al poco de llegar me ofreció porque, como todo lo que allí me rodeaba, lo encontré desaseado. El propio detective –sus manos pequeñas y huesudas, con dedos como alambres coronados por uñas largas y renegridas; su pelo despeinado y grasiento, adherido a frente y sienes– me generó una aprensión invencible, sin que sus maneras suaves, casi afectadas, lograran (sino todo lo contrario) disminuir el rechazo que en conjunto siempre me provocaba.
Abrió después una caja fuerte con teatralidad, y de ella extrajo un sobre y un folio, que me tendió con expresión ufana. El sobre contenía cinco fotografías de Gamoneda, en diferentes actitudes comprometidas con su secretaria y con una desconocida, y el folio, una relación de sus principales acreedores con sus correspondientes importes.
—¡Enhorabuena! —le dije con sincero entusiasmo. Gil se me quedó mirando fijamente, arqueando una ceja, esperando sin duda a que yo me llevara la mano a la cartera—. Habrá que ver entre todos estos cual nos sirve... —proseguí, dirigiendo de nuevo la vista hacia la lista de acreedores.
—He preferido esperar a tener todo el trabajo hecho para llamarte. Me alegro de que estés satisfecho.
Siguieron el silencio casi opresivo que pesaba en aquel edificio, y un indefinido aroma a rancio que súbitamente se enseñoreó del despacho.
—No llevo el dinero encima —reconocí al fin—. ¿Te parece bien si mañana, en cualquier momento...?
Gil, que había permanecido todo aquel tiempo en pie frente a mí, estrujando un cigarrillo entre los dedos, me dio la espalda y contestó con lentitud, como escogiendo sus palabras, que le vendría bien siempre que fuera a primera hora.
A las diez de la mañana siguiente, tras pagar a Gil lo que le adeudaba, mantuve una corta entrevista con Tejera, otro de mis «colaboradores», en una cafetería del centro. Su rostro rufianesco –piel muy curtida; ojos redondos, sin apenas pestañas, inyectados en sangre y de mirada cruel– y su descomunal envergadura –más de metro noventa– lo convertían en la última persona que hubiera deseado tener por enemigo. De entre los que figuraban en la lista que me había facilitado Gil, le di el nombre del acreedor de Gamoneda que juzgué más se ajustaba a mis propósitos y, poniendo un sobre con billetes de cincuenta y cien en la mesa, le pedí que tratara de hacer el trabajo entre ese mismo día y el miércoles, pues sabía gracias a Gil que Gamoneda solía ausentarse de Madrid los jueves y los viernes. Tejera se metió ceremoniosamente el sobre en el bolsillo interior de su cazadora y, sonriendo de forma taimada, se limitó a decirme (habíamos estado discutiendo previamente los detalles) que no tenía absolutamente nada de lo que preocuparme.
—Te llamaré antes del miércoles —me prometió antes de despedirse.
Permanecí allí aún varios minutos, sin moverme, ajeno a todo lo que no fuera un minucioso repaso de mis planes. ¿Había algún detalle que, a pesar de mis incontables revisiones, hubiera escapado a mi atención, alguna instrucción que aún debiera ser corregida? Un sudor frío recorrió mi espalda. Bebí de un trago la cerveza que antes había pedido y regresé a mi casa, en donde, pretextando una jaqueca, me encerré en el dormitorio hasta que, a eso de las cinco, incapaz de recordar el contenido del sueño que, de manera brusca, me había hecho abrir los ojos unos minutos antes, tropecé en el pasillo con mi padre.
Me preguntó si ya se me había pasado la jaqueca, le respondí que sí, y me hundí en uno de los sofás de la sala, con los ojos entornados y las piernas encogidas, procurando prolongar el estado de sopor en el que aún me hallaba. Los graves hechos que en los siguientes días tendría que afrontar emergieron en mi cerebro con escasa consistencia, como pedazos de nubes separándose y volviéndose a juntar a impulsos caprichosos del viento. A través de los visillos corridos de una de las ventanas del salón, se adivinaba la inminente caída de la tarde. Sentí al poco los pasos de mi padre.
—¿No quieres nada caliente?
Dando por hecho que él tomaría café, le respondí que me preparara uno. Cuando regresó, me encontró paseando por el cuarto. La posibilidad de que las cosas no hubieran ocurrido según lo planeado, ya me había arrancado por entonces de aquel estado de sopor en el que hacía solo un minuto me encontraba. Deteniéndome en un extremo del cuarto, le vi depositar la bandeja sobre una mesa y llenar a continuación las tazas, mientras un reloj de pared que siempre marcaba correctamente las horas dejaba oír el sonido de su carillón desde la entrada.
—Las seis. Uno nunca suele encontrarse bien cuando se levanta al atardecer. Tienes mala cara... —dijo, sentándose con su taza entre las manos.
Me serví y me senté a su lado.
—Voy a dar una vuelta hasta la cena —siguió—. Supongo que no querrás venir conmigo.
Pero la idea de continuar esperando una improbable llamada, me decidió a acompañarle.
Caminábamos ya por la Castellana en dirección sur, sintiendo en nuestras espaldas el aire helado de aquella tarde de finales de noviembre, cuando mi padre, tras algunos titubeos, se interesó por mi economía. Y lo hizo de manera tan natural, que yo no pude menos que responderle que no solo contaba con algunos ahorros, sino que también tenía un par de buenos contactos en Australia.
—¿Cómo de buenos? —insistió.
—Eso solo lo sabré cuando llegue... —respondí, aunque enseguida aclaré—: Son amigos de buenos amigos, pero mantenemos contacto desde hace semanas; me han asegurado que allí no tendré dificultades.
—¿Te enfadarías —siguió, en tono mucho menos firme— si yo te diera algo de dinero, una cantidad poco importante para que, solo en caso de emergencia, la utilizaras?...
—Espero que a ti tampoco te parezca mal que la rechace —contesté sin dudarlo.
Quedamos callados. El aire agitaba con violencia las ramas desnudas de las acacias, los rascacielos de Azca derramaban sobre el asfalto de la avenida la luz pálida de sus neones, y un perro color canela husmeaba sobre la franja encharcada de césped que bordeaba el bulevar.
—No me parece mal, pero para mí hubiera sido una satisfacción poder ayudarte...
Nos detuvimos y, sin saber yo qué responder, durante unos segundos nos miramos. ¡Me pareció tan frágil y solitario en aquel instante, tan triste la idea de abandonarle!...
—De verdad que no lo voy a necesitar, papá —dije al cabo con voz entrecortada—. Te prometo que si eso llegara a pasar, te llamaría de inmediato y...
Pero él bajó la cabeza y, dando media vuelta, emprendió el camino de vuelta.
Esa noche quedé dormido muy de madrugada. Volví a tener sueños agitados que adiviné solo a medias cuando, acobardado y con la sensación de estar mucho más cansado que en el momento de acostarme, desperté pasado el mediodía.
Agradecí que mi padre no estuviera en casa. Me dolía la cabeza, y sentía subir desde mi estómago vapores ácidos y nauseabundos. Descorrí las cortinas de la sala y observé que había llovido, pues el asfalto y las aceras aún brillaban de humedad. Telefoneé a Tejera, pero su contestador saltó. Dormité hasta las tres, momento en el que, extrañado de que Tejera aún no me hubiera devuelto la llamada, marqué su número por segunda vez para encontrarme de nuevo con la grabación de su contestador.
Pase más de una hora en una cafetería del barrio, frente a una taza de café vacía y un bollo mordisqueado, y otra más errando por calles cada vez más frías, tiempo durante el que valoré todo tipo de posibilidades: desde la de que Tejera, «manos a la obra», tuviera deliberadamente desconectado el teléfono; hasta la cada vez menos improbable de que algo, un fallo o, incluso, una hábil maniobra de última hora de Gamoneda, hubiera dado al traste con mis planes.
Cuando me disponía ya a entrar en el portal de mi casa, apoyado su corpachón en la carrocería de un coche, encontré sin embargo a Tejera. No recordaba haberle dado nunca mi dirección, y mi primer impulso fue salir corriendo, pero tuve la serenidad de valorar las consecuencias de tal acto y, fingiendo contrariedad, me aproximé a él.
—¿Qué ha pasado? —le interpelé.
Tejera esbozó una sonrisa desagradable, plantó ante mí su imponente envergadura y, hundiendo sus manazas en los bolsillos, me pidió (más bien, me ordenó) que subiéramos a mi piso para discutirlo tranquilamente.
Le expliqué que vivía con mi padre.
—No importa —me respondió avanzando ya hacia el portal—. No tardaremos.
La portería estaba vacía, no coincidimos con nadie en el ascensor ni tampoco en los pasillos, pero lo único que a mí me preocupaba era saber si mi padre había llegado. Afortunadamente no estaba.
Tejera se sentó en una butaca del salón y se frotó groseramente las manos contra los muslos.
—¿Qué ha pasado? —repetí sin pasar de la puerta—. ¿Por qué no me has llamado antes?
—Me temo que no tengo buenas noticias para ti... —empezó—. Gamoneda me ha parecido después de todo una buena persona, un tipo serio; sus argumentos son desde luego mucho más convincentes que los tuyos. La verdad es que tu plan hacía aguas por todas partes. Yo lo tuve bastante claro desde el principio, pero mi norma es no discutir esas cosas con los clientes. Cuando dejé hablar a Gamoneda, pues me pareció justo darle una oportunidad, mis dudas desaparecieron. Resumiendo: que ahora él es mi cliente, y tú quién tiene que pagarme lo que le debes...
El miedo y la rabia me impidieron responderle. Las ideas más disparatadas se agolparon en mi cabeza. Tejera se levantó con expresión desganada, me agarró de las solapas y me alzó medio metro del suelo.
—¿Tienes en casa el dinero o hay que esperar a que estemos todos?... —masculló en el mismo momento en el que mi padre, llevándose el dedo índice a los labios, se deslizaba sigilosamente camino de la cocina.
Un pitido agudo que me perforaba el tímpano y una contracción dolorosa de todos mis músculos, precedieron a la pérdida de mi conciencia. La voz apremiante de mi padre y el roce continuado de algo húmedo sobre mi frente, me la devolvieron media hora después. El techo de la habitación se balanceó entonces borroso en la distancia, y descubrí que era una esponja lo que rozaba mi piel. Pero no recordé todavía el episodio de Tejera, ni tampoco me importó no saber cómo había llegado hasta el sofá del salón en el que, echado boca arriba, mi padre se empeñaba en enjuagar mi sangre. Eso ocurrió algo más tarde, cuando al preguntarme él que si quería agua y responderle yo que dejara de tocarme, recobré la memoria. Resultaba difícil creer que, sin ninguna ayuda, mi padre hubiera podido matar a Tejera con un cuchillo de cocina, y que aún hubiera sacado fuerzas para levantarme del suelo y acomodarme en el sofá del que, parcialmente, comenzaba a incorporarme. A mis pies yacía el enorme cuerpo de aquel matón. Sus piernas y su tronco ocupaban el espacio comprendido entre la alfombra y la puerta, y mi primera preocupación fue asegurarme de que estaba muerto.
—Lo está —me contestó mi padre con calma—. Y no me arrepiento de haberlo hecho. Llevas inconsciente media hora. He estado a punto de llamar a una ambulancia, aunque creo que he acertado al no hacerlo. No te ha hecho casi nada porque logré detenerle. Y aunque me falta por saber demasiado, he estado pensando todo este tiempo...
Dediqué los siguientes minutos a contarle en detalle lo ocurrido, desde el día en que se me ocurrió hacer caso a un amigo y comprar a crédito aquellos malditos bonos, hasta el momento en que decidí contratar los servicios de Gil y después de Tejera.
—Ese otro hombre, Gamoneda —siguió entonces él con la misma tranquilidad, como si lo ocurrido fuera un simple juego del que él hubiera salido triunfante—, no acudirá a la policía salvo que aparezca el cuerpo, y es muy probable que nadie más se acuerde de él en muchos meses.
Farfullé una disculpa.
—Ya hablaremos luego de eso —me interrumpió; y añadió con resolución—: Ahora me preocupa más que nada saber de ese detective. Nunca puedes estar completamente seguro de gente que se dedica a ese tipo de asuntos.
Quedó en silencio hasta el instante en el que, tras ponerme trabajosamente en pie y llevarme las manos a la cabeza, le aseguré que no consentiría que nadie le hiciera jamás responsable de esa muerte.
—No te imaginas lo poco que me importa a mí esta muerte —dijo como para sí.
Le observé mientras se agachaba para registrar los bolsillos del muerto: la viveza de su expresión y la energía de sus movimientos dejaban claro hasta qué punto estaba satisfecho y con intención de seguir adelante.
—Es muy injusto —me volví a lamentar.
—¿Y no es acaso injusto tener setenta y cinco años y un hijo que, en parte por culpa de su padre, tal vez haya arruinado su vida para siempre? —me replicó severamente—. Tendremos que esperar hasta las dos o tres de la madrugada —serenó de nuevo el tono mientras tiraba ya de los brazos de Tejera.
—¿Esperar a qué?
—A sacarle de casa para meterle en la maleta del coche y enterrarle después bien hondo en el jardín de la casa de la sierra. Habrá que enrollarle dentro de esta alfombra, una pena porque es buena y la tengo cariño, aunque tal y como se ha puesto de barro y sangre... Entretanto, podemos ir limpiando todo esto —su voz, jadeante por el esfuerzo, me llegó desde el vestíbulo, hasta donde había conseguido trasladar entretanto al cadáver.
Tanteando paredes y muebles para no perder el equilibrio, me dirigí a la ventana con intención de descorrer las cortinas y abrirla, pero mi padre me chilló desde el umbral que no se me ocurriera hacerlo.
—Vete a cambiar, tómate cualquier cosa y vuelves. Tiempo es lo único que ahora nos sobra —me aconsejó.
Eran poco más de las siete. En lugar de salir, levanté uno a uno los muebles que pisaban la alfombra y, con ella a cuestas, pasé al vestíbulo. Mi padre respiraba allí pesadamente. En silencio enrollamos el cuerpo de Tejera en el interior de la alfombra hasta formar un tubo muy grueso, que después empujamos contra la pared.
—¿Te encuentras mejor? —me preguntó al cabo enderezándose. Los huesos de su espalda crujieron, pero no se quejó—. Ahora puedes abrir esa ventana si quieres —añadió antes de dejarme solo.
Me apoyé contra la pared. No solo se habían ido al traste todos mis cuidados planes, sino que me veía obligado a lanzarme en compañía de mi padre a una aventura desesperada y de resultados más que inciertos, reflexioné. Y lo sorprendente seguía siendo su actitud. ¿Era su despreocupación fingida, o acaso lo sucedido le había trastornado? Resultaba curioso en cualquier caso que mi falta de iniciativa se estuviera viendo en buena medida compensada por la despreocupación y el aplomo de mi padre, que regresó en ese preciso instante para, de rodillas, ponerse a frotar con energía el suelo con un paño.
Todavía aturdido, se me ocurrió preguntarle si tenía alguna idea acerca de cómo resolver lo referente a mi deuda.
—Mañana iré a ver a Gamoneda. Le diré que Tejera, gracias a mi dinero, se ha puesto de nuevo de tu parte. Le ofreceré un treinta por ciento de la deuda para saldarla, y le pondré algunas de esas fotos que has conseguido encima de la mesa. Le diré que, si no acepta, Tejera volverá además a visitarlo, esta vez con las ideas más claras. Pero ya lo discutiremos más tarde.
—Eso no es muy diferente de lo que yo intenté. Gamoneda no tendrá dificultad en encontrar un sustituto a Tejera —insistí.
Seguían sin parecerme convincentes sus argumentos.
—Quizá no pagaste a Tejera lo que él creyó merecer. Salvo que tengas alguna idea servible, deja que sea yo quien ahora me ocupe del resto —zanjó la discusión.
Las siguientes horas las pasamos frente al televisor, sin dirigirnos la palabra. Yo le miraba de cuando en cuando tratando de adivinar cuáles pudieran ser sus pensamientos, pero en su expresión solo encontraba determinación y lejanía. Parecía como si aquella muerte hubiera despertado una faceta desconocida de su carácter o –idea que cada vez me parecía más probable– como si su mente, incapaz de asumir aquellos terribles hechos, se hubiera sumido bruscamente en una forma piadosa de olvido o demencia. Lo cierto fue en cualquier caso –y aún me avergüenzo al confesarlo– que en aquellos momentos, me resultaba por completo imposible tomar las riendas del problema y preferí seguir dejando su solución en manos de un anciano de setenta y cinco años.
A las dos de la madrugada, bajé al garaje y dejé el coche junto a la puerta del ascensor con el maletero abierto. Costó mucho esfuerzo poner la alfombra en posición vertical e introducirla en la caja del ascensor, pero la operación inversa, sacarla y colocarla en el interior del maletero, quizá porque el temor a ser allí sorprendidos nos hiciera sacar fuerzas de flaqueza, me pareció mucho más simple.
Lloviznó durante todo el trayecto hasta la casa de la sierra, a donde llegamos hacia las tres y media. Los empleados del servicio de vigilancia de la colonia no advirtieron nuestra presencia. Metimos el coche en el garaje y, provistos de pala, pico y linternas, comenzamos a buscar en el jardín hasta dar con un lugar, junto a tres encinas, que nos pareció conveniente.
—La tierra está helada. Costará varias horas cavar aquí un buen foso —señaló mi padre.
¿No sería mejor enterrarle en otro sitio?, me planteé ya entonces, sin tener no obstante el valor de transformar aquel pensamiento en palabras. Levanté el pico y lo clavé con fuerza en la tierra.
—Te vendrá bien el ejercicio —añadió—. Voy a ver si hay café en la casa.
Durante los minutos que tardó en regresar no paré de golpear con el pico en la tierra, tan dura como el mármol, sin lograr abrir en ella más que una oquedad de unos pocos centímetros. Me dolían las manos y los brazos, sentía pinchazos en la cabeza y no conseguía entrar en calor a pesar del esfuerzo, pero no era mi estado físico lo que me preocupaba, tampoco saber, como mi padre acertadamente había pronosticado, que nos llevaría horas, tal vez hasta el alba, cavar allí un foso lo suficientemente hondo, sino la convicción de que enterrar allí a Tejera constituiría una grave equivocación.
Mi padre apuntó con el haz de su linterna aquel proyecto de fosa, abrió a continuación el termo que se había traído de la casa y vertió café en un vaso que me tendió. Frente a mí, a un par de kilómetros de distancia, una franja de cielo amarillenta revelaba la ubicación del pueblo. Un ave zarandeó las ramas de un árbol cercano al levantar el vuelo.
—¿Has pensado en la posibilidad de que alguien llegara a sospechar de nosotros? —me decidí a preguntarle.
—No es probable... —Tomó la pala, clavó su filo en la hendidura y presionó en el canto posterior con la suela del zapato.
—Pero supongo que, si lo hicieran, este sería uno de los primeros sitios en donde se pondrían a mirar —continué.
—No tenemos alternativa. Si hacemos bien el trabajo, no quedarán rastros —refunfuñó forcejeando con la pala.
—Pero tal vez pudiéramos seguir con el coche adelante, hasta encontrar un lugar en donde... —insistí.
—¡Qué lugar iba a ser ese! —me cortó, arrojando la pala al frente—. ¿Crees que puedes pararte en mitad del campo y cavar una fosa de dos metros sin levantar las sospechas de nadie?
—No estaba pensando en el campo, sino en pasar aquí la noche y conducir mañana hasta la costa. En los alrededores de Altea existen calas desiertas a las que puede llegarse con el coche. Federico suele dejar aquí (mi hermano y su mujer se habían apropiado en la práctica de aquella casa) una copia de las llaves de su apartamento de Altea; en su trastero debe de seguir esa vieja canoa... Es verdad que corremos el riesgo de ser descubiertos, pero ese riesgo siempre será mucho menor que el de dejar el cuerpo al alcance del primer perro que olfatee el jardín. Que acabemos siendo sospechosos y empiecen a buscar por aquí es solo cuestión de tiempo...
Mi padre me dio la espalda. Me disponía a coger de nuevo el pico y pedirle que se lo pensara un poco más, cuando su risotada me estremeció.
—Veo que vuelves a estar en forma... —Se giró bruscamente; la ausencia de luz no me permitió distinguir la expresión de su rostro, pero comprobé que la mano en la que llevaba la linterna subía y bajaba sin parar—. Es una idea divertida, llena de riesgos; una aventura a la altura de dos locos como nosotros. Meterse en el mar en una noche de invierno, en una de esas canoas que vuelcan con solo una olita o un golpe de viento... Pero es una idea original. Y yo sé reconocer una buena idea en el acto. ¡Claro que acepto tu idea! —concluyó, golpeándome en la espalda.
Llegamos a Altea a primera hora de la tarde. Comprobamos que la canoa seguía en su sitio y que servía a nuestros propósitos (medía unos dos metros y medio, y su casco y sus remos estaban en buen estado), y compramos cuerdas y ganchos: para fijarla al techo del coche en su transporte hasta la playa y encadenar el lastre al cuerpo de Tejera. Procedimos después a recorrer las calas de los alrededores del pueblo hasta dar con una que, por estar ampliamente separada de la carretera por una pista sinuosa de arena y cantos, nos pareció idónea, y al anochecer comimos bocadillos y nos dispusimos a esperar en el apartamento de mi hermano.
Subir y anclar en el techo del coche la canoa resulto sencillo. Al dejar la carretera y adentrarnos por la pista de arena, apagué los faros y me guié por la luz de las estrellas. Detuve el motor casi en la misma orilla, en un punto que esa tarde había señalizado con dos maderos cruzados. No corría una brizna de aire y las olas se deshacían mansamente, arrastrando algas y guijarros. No había construcciones en ninguno de los cabos que circundaban la cala, ni tampoco en la ladera cubierta de pinos que se elevaba a nuestra espalda. Un débil parpadeo a nuestra derecha nos mantuvo sin embargo en silencio y sin bajar del coche hasta que, desplazándose lentamente en la dirección del mar, acabó por extinguirse: se trataba de las luces de posición de un avión que, por no saber en dónde acababan las cimas de los montes circundantes y en dónde la bóveda celeste, habíamos confundido con una linterna o, incluso, con los faros de un vehículo que estuviera avanzando por aquellas cumbres escarpadas.
Cuando abrí la maleta me asaltó un ligero olor a putrefacción que, instintivamente, me hizo dar un brusco paso hacia atrás. Mi padre, a mi lado, sin darme tiempo a reaccionar, hundió medio cuerpo en el maletero y, abrazándose con todas sus fuerzas a la alfombra, tiró de ella hasta conseguir que cayera al suelo dejando el muerto al descubierto. Me ocupé entretanto de desenganchar y llevar a la orilla la canoa. La oscuridad no me permitió distinguir los rasgos de Tejera mientras le ataba el lastre. Colocado el inmenso cadáver en el suelo de la embarcación y puesta ésta ya a flote, me senté a horcajadas sobre sus tobillos y, empapado hasta la cintura, remé con rabia hasta alejarme de la costa unos doscientos metros.
Conté cuatro barcos faenando en la distancia. Continuaba sin soplar una gota de aire. Los remos rasgaban el agua cadenciosamente mientras la imponente presencia de Tejera se iba iluminando con las luces de Altea que, superados los cabos que cerraban aquella cala, comenzaron a esparcir su resplandor amarillento sobre la superficie del mar. Mientras remaba y me adentraba en el mar oscuro, imaginé estarlo haciendo para no regresar nunca más a tierra. Me sentí muy solo. La luna ascendía en el cielo cuando consideré llegado el momento de desembarazarme de mi carga.
Pero la operación no resultó fácil. Una cosa había sido depositar el cuerpo en la canoa estando ésta en suelo firme, y otra muy diferente intentar la maniobra inversa a flote. Cada vez que lo intentaba peligraba la estabilidad, de modo que, tras varios ensayos, ansiando acabar con aquello cuanto antes, me arrojé al agua y desde allí la volqué. Comprobado que el cuerpo de Tejera había desaparecido de la superficie, di la vuelta de nuevo a la canoa, me subí a ella y, remando con mucho más ahínco que antes para tratar de paliar el frío que comenzaba a entumecer mis miembros, gané la orilla en donde mi padre me quitó la ropa y me frotó con una toalla. Recuerdo muy poco del resto. Aquella noche dormí más de diez horas seguidas y, camino ya de Madrid, quemamos la alfombra en un vertedero.
Con el equivalente al veinticinco por ciento de mi deuda, cantidad que mi padre había retirado de su banco, a media tarde del día siguiente me dispuse (así lo habíamos decidido en el último momento) a salir hacia la oficina de Gamoneda. El plan no difería gran cosa del que yo inicialmente había planeado.
—No vayas a decirme nada ahora de Federico —me atajó mi padre cuando fui a sugerirle que mi hermano debiera de ser compensado por aquello de alguna manera—. Todavía puedo hacer con mi dinero lo que me parezca...
Consciente de que siempre llevaría sobre mí la carga de haberle amargado sus últimos años, le pregunté que si había algún modo en el que pudiera satisfacerle.
—Siendo feliz a partir de ahora —me respondió al tiempo que desviaba la mirada—; de otra manera, todo este esfuerzo no habría servido de nada...
Me dejé llevar por la inquietud y se me ocurrió añadir tontamente que quizá le apeteciera reunirse conmigo más adelante en Australia, cuando me hubiera establecido convenientemente, pero él se limitó a desearme suerte frunciendo el ceño.
Veinte minutos después, el portero del inmueble de Gamoneda, hombre pequeño y desaliñado que no solía levantar la cabeza cuando yo atravesaba aquel portal, me miró con curiosidad, como tratando de identificarme, y sacando al fin la cabeza por el ventanuco de su garita, me preguntó que adónde me dirigía.
—La oficina está cerrada —me informó cuando le di el nombre de Gamoneda.
Cuando pasé a preguntarle por la causa, salió al descansillo y me respondió en tono misterioso que porque estaba muerto. Me aclaró a continuación que él había estado fuera de Madrid la víspera, que era cuando aquello había sucedido, y que la policía llevaba además el asunto muy en secreto; pero que, gracias a un vecino que se había dado de bruces en las escaleras con su secretaria tras haber descubierto ésta el cadáver, sabía que la muerte había sido violenta.
Caminé de vuelta a Tirso de Molina, en donde había dejado como de costumbre el coche. Comenzaba a anochecer y un desagradable viento, frío y racheado, levantaba polvo y arena desde las zanjas abiertas por las obras que allí se estaban llevando a cabo. Telefoneé a Gil desde el coche y, tras contarle lo ocurrido, sin darle tiempo a responderme, le pedí que me volviera a llamar si algo llegaba a sus oídos.
—Ya estaba al corriente —me dijo no obstante cuando me disponía a colgar—. ¿Le habías pagado ya algo? Si aún no lo habías hecho, tal vez estés de enhorabuena... —imprimió a su voz un deje de ironía que no me gustó—. Se lo han cargado de dos tiros a bocajarro. Puedo intentar enterarme de algo más si quieres...
—¡¿Quién?! —pregunté cada vez más excitado, estando ya casi seguro de que la noticia no iba a beneficiarme en absoluto.
—Solo sé que ha sido un encargo. Tenía un montón de enemigos. Llámame si llegas a tener problemas con la policía.
—¿De qué me hablas? ¿Qué tengo yo que ver con la policía?
—Solo te estoy dando mi opinión. Me parece poco verosímil que Gamoneda no haya dejado escrito tu nombre en alguna parte —respondió con calma.
—Aún así... —comencé. Había llegado entretanto a la rampa del garaje de mi casa y había frenado allí para no perder la cobertura, pero un coche que aguardaba a mi espalda hizo sonar su claxon en ese instante, obligándome a descender, y a perder así la conexión.
Mi padre se tomó la noticia con la misma indiferencia con la que antes había encajado la muerte de Tejera.
—La policía nunca persigue los ajustes de cuentas entre delincuentes con el celo que emplea cuando se trata de víctimas corrientes —comentó; y, levantando teatralmente las manos, añadió—: Tejera, quién nos lo iba a decir, pasa a ojos de la policía a convertirse en el principal sospechoso de haber asesinado a ese hombre. Eso nos conviene.
—Pero Tejera puede quedar fácilmente vinculado conmigo. He estado allí varias veces. Esa secretaria...
—Vinculado como tantos otros. Solo me preocupa el detective —me cortó, volviendo a su antiguo motivo de inquietud; e insistió—: La policía dará carpetazo a esas sospechas si el detective no mete las narices.
—¿Qué interés?...
—Sacarte el dinero, por supuesto —me interrumpió de nuevo.
—Sabe que no lo tengo.
—¿Acaso no sabe que tienes un padre?
—A mí me preocupa más bien que lleguen a impedirme viajar a Australia hasta que todo se aclare.
Levantó los hombros, y me contestó con desgana lo que solo para mí no era obvio en aquellos momentos: que eso carecía por completo de importancia.
La policía tardó cinco días en ponerse en contacto conmigo para pedirme que pasara a verles «en cualquiera momento que me viniera bien» por la comisaría de Miguel Ángel, lo que hice a primera hora de esa misma tarde.
Me recibió en su mesa de despacho, separado del resto de la sala por mamparas, un tal Merino: unos treinta y tantos años, trajeado y de complexión robusta. A nuestro alrededor se escuchaban voces, el ruido de las hojas de la puerta batiente que daba entrada a aquella sala y constantes timbrazos de teléfono. Me explicó que, por pura rutina, estaban entrevistando a todos los conocidos de Gamoneda y que mi nombre había aparecido en varios de los papeles que habían estado revisando. Abrió a continuación una libreta de anillas, apoyó en ella la punta de un bolígrafo, y me preguntó cómo lo había conocido.
—Hace dos años tuve un apuro económico importante, los bancos se negaron a prestarme el dinero y alguien me habló de él —comencé a exponer, siguiendo al pie de la letra el guión que acababa de repasar con mi padre—. Gamoneda cobraba unos intereses usurarios, pero me dijeron que era el único que dejaba dinero sin poner ninguna pega. En esos momentos no tenía otra salida... Me prestó el dinero en menos de veinticuatro horas. Solo me queda por saldar el veinticinco por ciento de aquella deuda, cantidad que precisamente me disponía a pagarle cuando me enteré de lo ocurrido.
—Es muy honrado por su parte reconocerlo —me dijo con seriedad, dejando de apuntar para pasar a observarme atentamente, sin interesarse no obstante por el origen de mis problemas económicos.
—Es lo justo. Sé que tenía familia. No tiene además mucho mérito ser honrado imaginando que todo eso estará más o menos documentado.
Merino me advirtió entonces que mi información no casaba con la que ellos habían encontrado en los papeles de Gamoneda.
—¿Y qué dicen esos papeles? —pregunté, con ensayada expresión de asombro.
—Que usted no ha pagado aún nada porque él le renovó varias veces el préstamo.
—Esos papeles tienen que estar desfasados. Gamoneda presumía de llevar su contabilidad en la cabeza, de no necesitar apuntar las cosas. No tendría por tanto nada de particular que aún no hubiera pasado a los libros oficiales la cancelación parcial de mi deuda —alegué con rotundidad.
—Usted mismo acaba de darme a entender que Gamoneda apuntaba esas cosas.
—Solo he dicho que lo suponía —precisé.
—Puede ser..., aunque también su secretaria lo afirma. Y afirma además que usted mandó a alguien para intimidarle.
—¡Le aseguro que eso es totalmente falso! —exclamé, pasando a fingirme indignado.
—No se enfade, que esa cuestión aún no es asunto prioritario para nosotros —dijo el policía, poniéndose a anotar de nuevo en su libreta.
Permaneció así un par de minutos, y a continuación se levantó. Cuando me disponía a estrecharle la mano, se llevó sin embargo la suya al mentón y, en tono desapacible, me preguntó que si estaba completamente seguro de no haber olvidado nada que pudiera serle de utilidad.
—Nada salvo decirle, para que luego no vayan a surgir malos entendidos, que en unos pocos días salgo de viaje por tiempo indefinido. Se trata de un viaje que, desde hace mucho, tenía preparado para el momento de saldar esa deuda. Mi padre podrá encargarse ahora de pagar en su momento a la viuda, a quien haga falta, pero si prefieren que se haga de cualquier otra forma...
—¿Cuándo se va?
—En una semana.
—Quizá le llame antes —se despidió, sin acompañarme a la puerta.
Tres días después, extrañado de no ver salir a mi padre de su dormitorio cuando ya pasaban de las once, entré en él y lo encontré tirado junto a la puerta. Debió morir poco antes, pues su piel estaba aún tibia y el olor allí era más o menos el de siempre. No me fue posible, sin embargo, saber si sufrió; tan solo suponer que, por algún motivo, por sentirse indispuesto probablemente, trató de alcanzar la puerta, lo que explicaría la expresión sorprendida de su rostro, como preguntándose: «¿De verdad que es justo ahora cuando voy a morirme...?».
El fallecimiento de mi padre careció en cualquier caso de la solemnidad y dramatismo que tantas veces en mi imaginación le había yo atribuido. Y –lo que es mucho peor–, aún sabiendo que a partir de entonces tendría que conformarme con recordarle, no experimenté de momento pena, sino una especie de vacío, al que fue sumándose el sentimiento mucho más placentero de encontrarme al fin libre de ligaduras: desaparecido mi padre, de nadie tendría yo que ocuparme y a nadie tendría que dar ya cuentas de nada. Así fui de egoísta en aquellos primeros instantes, aunque justo es decir en mi descargo que poco tardó en venirme a torturar la pena, que ese dolor se prolongó durante muchos meses, y que no ha pasado desde entonces noche o día en que no me haya acordado, al menos una vez, de mi padre.
Lo levanté en vilo, lo tumbé en su cama, lo cubrí con su sábana hasta el cuello, levanté la persiana y abrí de par en par la ventana. Los de la funeraria tardaron más de una hora en acudir a mi llamada, casi el mismo tiempo que me llevó localizar a mi hermano. Pasé todo aquel tiempo sentado a su lado, observando sus rasgos que, como el relieve de una hoja caída en el lodo, fueron hundiéndose lentamente. Un médico lo examinó y extendió el certificado, y los dos empleados que lo acompañaban lo metieron en una bolsa de plástico con cremallera y, de manera similar a como nosotros habíamos hecho con Tejera, lo izaron, lo pusieron en vertical y lo introdujeron en el ascensor. Volvieron a los pocos minutos para mostrarme fotografías de ataúdes y centros de flores; elegí una caja de precio intermedio, de color castaño claro, aunque, arrepentido en el acto por haber escogido uno de los modelos caros, considerando la inutilidad de aquellos gastos, dije que no quería flores ni ningún otro ornamento. Pagué con mi tarjeta en la confianza de poder recuperar el importe antes de que el cargo se hiciera efectivo en mi cuenta y, asegurándome ellos que todo estaría dispuesto en el tanatorio de la M-30 en menos de dos horas, salieron con la satisfacción del deber cumplido reflejado en sus rostros.
Apenas se fueron, comencé a rebuscar entre las cosas de mi padre, y encontré casi mil euros en uno de los cajones de la cómoda de su dormitorio, que me guardé precipitadamente en el bolsillo al sentir el timbre de la puerta. Federico entró encogido, sin saber qué hacer con las manos, dudando si abrazarme. Mi cuñada, con gafas y abrigo oscuro, caminaba inmediatamente detrás, no menos encorvada, pero se adelantó a mi hermano para besarme, y recuerdo que me asqueó el contacto grasiento de su mejilla.
—¿Dónde está? ¿Cuándo ha pasado? —preguntó Federico con voz lastimera, pasando a la sala.
Le resumí lo que sabía mientras mi cuñada registraba con disimulo el mobiliario y los cuadros, y como me pareció que no quedaba entre nosotros otra cosa de la que hablar que no fueran de los asuntos económicos, añadí que ya había tenido que adelantar cerca de tres mil euros.
—Tener que hablar de eso ahora... —resopló Federico, mirando de reojo a mi cuñada.
—No queda otro remedio. Y tendremos que seguir haciéndolo en los próximos días —respondí con crudeza—. Aún no he avisado a nadie. ¿Puedes ocuparte tú?
Federico comenzó a recitar nombres: el de nuestros dos únicos tíos vivos y el de varios amigos íntimos de mi padre, el de un vieja ama que nos había cuidado de niños.
—¿Ya no te vas de viaje? —le interrumpió mi cuñada. Al quitarse las gafas, descubrió una expresión antipática: el ceño fruncido, y los ojos muy pequeños y de mirada inquieta.
—Tendré que retrasarlo unos cuantos días... —dije, haciendo un rápido cálculo de lo que aquel cambio iría a suponerme.
Anuncié después que tenía que arreglarme, pero cuando regresé a la sala ellos ya no estaban.
Me resulta muy penoso contar lo que ocurrió a continuación. No tuvieron nada de particular las horas pasadas en el tanatorio, ni tampoco las escenas de aparente dolor de Federico y mi cuñada ante la llegada de familiares y amigos, o el entierro, la misa y las plúmbeas visitas y llamadas de pésame que se sucedieron. Capítulo aparte merece, no obstante, lo relacionado con la herencia. Sobre el poco dinero y valores que mi padre tenía depositados en el banco no hubo dudas: la mitad para cada uno. Pero en el asunto de las dos casas, no tardaron en surgir divergencias. Mi padre había manifestado en numerosas ocasiones, sin que ninguno de los dos hubiera mostrado nunca su disconformidad, que la casa de la sierra pasaría a mi hermano (quien, como ya he explicado, la utilizaba desde hacía tiempo como propia) y el piso de Madrid a mí. A pesar de ello, Federico comenzó a darme respuestas ambiguas (no había que hacer las cosas a la ligera, el abogado recomendaba estudiar con calma la fiscalidad, convenía asegurarse de que estaban bien hechas las tasaciones...) cada vez que le pedía que aceleráramos los trámites de la herencia. Sabía que detrás de todo ello estaban la codicia de mi cuñada, pero logré contener de momento mi indignación y me conformé con expresar rotundamente que la voluntad de mi padre no podía discutirse. Aunque no tenía intención de regresar a Madrid en un futuro próximo, no estaba dispuesto a quedarme sin la que había sido mi única casa (ellos tenían piso propio, en cuya compra habían participado mis padres), y yo contaba además con las rentas de su alquiler (gestión que había encargado a una agencia inmobiliaria). Con todo, me costó dos días de ásperas discusiones llegar a un acuerdo conforme al cual yo me quedaba con el piso de Madrid y mi hermano con la casa de la sierra, teniendo él derecho sin embargo a coger cuanto quisiera del piso, incluyendo las pocas joyas que mi madre había dejado y que mi padre guardaba en una cajita fuerte empotrada en la pared de su dormitorio; lo que consideré más que justo habiendo ya recibido el veinticinco por ciento de la deuda de Gamoneda (a lo que habría que sumar los mil euros sustraídos el día de la muerte de mi padre).
Fue así como empecé a soportar las idas y venidas de mi cuñada, al principio tímidas y recatadas, acompañada de mi hermano, después ella sola, en actitud abiertamente hostil y descarada. Se llevó cuadros y mesas, sillas y sofás, lámparas y figuritas de porcelana, vajillas, cuberterías, y hasta toallas, manteles y juegos de cama. Un completo expolio. Conseguí esconder no obstante algunas cosas –de valor más sentimental que económico– en mi dormitorio, pero hasta allí, oteando por su puerta entreabierta con expresión ávida, llegó una de aquellas tardes, y ya no pude aguantar más.
—¿También te quieres llevar mis cosas?
Se irguió en el centro del pasillo, levantó el cuello con altivez y, rehuyendo mi mirada, respondió que a saber lo que yo tendría allí escondido.
—¿Quieres verlo tú misma? ¿Quieres llevarte mis calzoncillos, mis zapatos, mi almohada? ¡Qué mala suerte tener un hermano con tanto aguante!
—¿Qué insinúas? —Tomó aliento, y me espetó—: ¡Eres un pobre hombre, una mala persona a quien nadie ha podido aguantar a su lado! ¡Por eso huyes sin nadie que te acompañe, desgraciado! —Se dirigió después a trompicones hacia la salida, con una lámpara en la mano cuyo cordón se iba enredando en las esquinas y, ya desde el rellano del ascensor, alzando de forma amenazadora una mano, añadió—: ¡Has engañado a tu propio hermano, y aún tienes la desvergüenza de insultarnos!
—Lo que insinuaba —respondí desde la puerta, deseando causarle todo el daño que me fuera posible— es que hay que ser muy imbécil para dejarse manejar por una mujer como tú —y sosteniendo con la mano el canto de la puerta que inmediatamente después cerré, añadí—: Con esa lámpara que te llevas se acaba el expolio: cambio ahora mismo la cerradura para evitar más asaltos.
Federico ni tan siquiera tuvo el coraje de llamarme o escribirme. No he elegido a mi hermano y menos a mi cuñada. No me siento culpable ni me arrepiento de nada. Estoy casi seguro además de que mi padre hubiera aprobado mi actitud. El agridulce sentimiento de libertad experimentado en el momento de su muerte, se multiplicó por cien gracias a esa herencia y a la definitiva ruptura con mi familia. Me felicité por mi suerte. Solo tenía que ocuparme de mí mismo: arreglar mi billete de avión, ordenar mis contactos en Australia y asegurar una correcta administración de mis bienes. Tiempo habría para recordar a mi padre sin la excesiva cercanía de su muerte. «Cambiarlo todo, dejar atrás, abandonada en un rincón como una mala novela, mi anterior existencia, dar inicio a otra muy distinta en la que no tuviera que dar cuenta de mis errores pasados...», en eso pensé sentado en una de las pocas sillas que se habían salvado de aquel expolio, mientras la luz de la tarde, como todo lo que hasta entonces me había acompañado, se iba extinguiendo.
Pasaron varios días. Había cambiado mi billete de avión para el diecisiete y estábamos a doce. En el piso ya solo quedaba mi cama y una nevera, pues todo lo demás lo había trasladado a una nave industrial en las afueras, propiedad de mi amigo Santiago, en donde también había dejado mi coche. La agencia inmobiliaria me había comunicado además que mis nuevos inquilinos entraban en la casa el uno de enero.
Quizá fuera por ello por lo que ver en esos instantes el nombre Gil en la pantalla del móvil me resultó por completo fuera de lugar. El detective me pidió sin preámbulos, de manera perentoria, que fuera a verle cuanto antes ya que, según aseguró, contaba con información de mi interés. A la cabeza me vinieron de inmediato los recelos de mi padre, y le contesté que prefería que me dijera lo que fuese por teléfono pues estaba muy ocupado ultimando mi viaje.
—Por teléfono no puede ser —me respondió tajante.
Me cité con él al día siguiente en su oficina, también domingo y también a última hora de la tarde, como aquella otra vez. En el interior del edificio hacía casi tanto frío como en la calle. No me quité ni el abrigo ni los guantes. El olor a rancio del despacho y el aspecto desaliñado de Gil eran los de siempre, pero el deje de suficiencia que encontré en su voz me resultó nuevo, y en el acto me puse en guardia.
—Ya sabes que los detectives siempre estamos pendientes de todo, que nunca dejamos de trabajar. Que no podemos evitar fijarnos en cosas que, para cualquier otro, pasarían desapercibidas. Es inevitable además que haya gente que, incluso por nada, venga a contarnos novedades... —comenzó tras conminarle a que soltara con rapidez lo que fuera; y enseguida desveló—: Me han llegado rumores sobre Tejera...
Fingiendo fastidio, le advertí que esperaba que esos rumores tuvieran algo que ver conmigo.