Excerpt for Por si volvieras by Rosamaria Tapia C, available in its entirety at Smashwords

Por si volvieras

by

Rosamaría Tapia C.

SMASHWORDS EDITION

* * * * *

PUBLISHED BY:

Rosamaría Tapia C.

Rosamaría Tapia C. on Smashwords

Título: Por si volvieras

Copyright © 2005 by Rosamaría Tapia C.

Smashwords Edition License Notes

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Nota de la Autora:

Imagina una oruga. Pasa gran parte de su vida en el suelo, viendo a los pájaros, indignada con su destino y con su forma. “Soy la más despreciable de las criaturas—piensa—. Fea, repulsiva, condenada a arrastrarme por la tierra.”

Un día, sin embargo, la naturaleza le pide que haga un capullo. La oruga se asusta, nunca antes había hecho uno. Piensa que está construyendo su tumba y se prepara para morir. Aunque inconforme con la vida que ha llevado hasta entonces, se queja de nuevo al Ser Supremo. “Cuando por fin me he acostumbrado, Señor, me quitas lo poco que tengo.”

Desesperada, se encierra en su capullo y espera el fin. Algunos días después, se ve transformada en una linda mariposa. Puede pasear por el cielo y ser admirada por los hombres. Se sorprende con el sentido de la vida y con los designios divinos.

Esta historia muestra que los designios de Dios son a veces inescrutables. Como la oruga, no vemos más allá de la desolación y juzgamos la partida de un ser amado como una experiencia dolorosa que deja nuestro interior devastado. No comprendemos que la existencia, en su infinita sabiduría, nos manda tesoros espirituales en las manos de personas que van de paso por nuestras vidas.

Hay personajes en nuestra historia personal cuya misión, por efímera que sea, consiste en dejar encendido, en una esquina del alma, el candil de la esperanza. Esa luz que en medio de la oscuridad se convierte en el faro que nos guía a la orilla en medio de un temporal.

Hay amores que por razones fuera de nuestro control son imposibles de realizar. Somos muchos los que confesamos haber dejado un gran amor atrás. No queda solo la ausencia, si no también el recuerdo del amor que surgió, extendió sus alas y voló majestuosamente en nuestras almas. Este libro lo escribí para la sociedad de corazones privilegiados que amaron con la intensidad de un huracán y la pureza de un amanecer.

1



Un día antes

Eran cerca de la once de la mañana cuando una amiga me llamó por teléfono y me anunció que pasaría por mi casa a dejarme algo. Hice un gran esfuerzo para levantarme y, entre tumbos, llegué hasta la puerta de mi cuarto. El espejo que cuelga en la pared izquierda de la habitación me devolvió el reflejo de mi imagen. “No me he cuidado bien en las últimas semanas”, pensé. Ojos hundidos, más delgada que de costumbre y una expresión corporal que hablaba de cansancio y tedio. No cabe duda, han sido tres semanas muy difíciles después que decidí romper una relación perniciosa, de esas que cuando terminan dejan rastros físicos y emocionales.

El sonido del timbre hizo que me arreglara un poco la ropa que me había tirado encima sin siquiera saber si combinaba. Abrí la puerta y una mueca simuló una sonrisa. ¡Qué reconfortante es abrir una puerta y encontrar del otro lado a un rostro querido! Invité a mi amiga a pasar y, cuando me disponía a preguntarle por su vida, me interrumpió y sacó un sobre blanco de su bolso.

—Estoy preocupada por ti; te ves muy mal. Tienes que ayudarte, debes salir de esta crisis.

—En mi tiempo libre puedo deprimirme como más me plazca; además, nunca he faltado a las responsabilidades de mi trabajo.

—Lo sé, pero esto va mas allá de un simple estado de ánimo. Las rupturas afectan, claro que sí, pero es hora de superar la desilusión—afirmó, extendiendo su mano y entregándome el sobre.

—Léelo y recuerda que no estás sola.

Se marchó. Yo, sentada en la sala de mi casa, permanecí inmóvil durante varios minutos, sintiendo miedo de abrir el sobre. Sabía que era una tarjeta, pero le temía a su mensaje. Siempre he pensado que Dios escoge como emisarios a personas allegadas. Sabía que Él también estaría preocupado por mí. Respiré, abrí el sobre y, en el momento que leí el mensaje, supe que necesitaba cambiar muchas cosas en mi vida. Nunca olvidaré lo que decía la tarjeta. Aún la conservo:

“La pérdida nos vacía, pero debes aprender a abrir tu corazón y mente doloridos. Deja que la vida vuelva a colmarte. Cuando sobreviene el pesar, parece imposible, pero nuevas alegrías esperan llenar ese vacío. Me gustaría ahorrarte toda pena, todo fallo, cualquier fracaso. Si pudiera darte algo, sería la paz en lo más profundo de tu vida, que fuese serena y firme en todos los avatares. Te deseo la posibilidad de dejar que el pasado se aleje y de hallar un nuevo comienzo”.

El encuentro

Tomé la decisión de darle un nuevo rumbo a mi vida. Deseaba rodearme de mucha paz, pero era casi imposible con él irrumpiendo en mi puerta, en mi celular y hasta en mi e-mail. Me sentí débil, sola y con una conocida añoranza. Fue entonces cuando temí que el fantasma del pasado quebrara mi voluntad y que una vez más la fuerza de la costumbre ganara la batalla. En ese preciso instante, aterrada, me arrodillé ante Dios. Le imploré, confesé que flaqueaba y que temía volver a extraviar el camino. Pedí con la fuerza de un alma al borde de un abismo. Supliqué con la fe de quien se sabe hija de un Ser bondadoso y protector.

Hubo momentos en que creía que estaba pidiendo un imposible, que no reuniría las fuerzas necesarias para incorporarme y seguir. Pero de algún lado saqué fuerzas, repitiéndome una y otra vez: “Me tengo que ayudar”, convencida de que toda recuperación partiría de mí misma.

Comprendía que necesitaba cambiar de escenario y respirar un aire diferente, así que salí de mi casa pasada las nueve de la noche. Se trataba de una decisión heroica en tales circunstancias, heroica y necesaria. Procuré encontrar un lugar con aglomeración de gente, tal vez procurando que la multitud fuera un cobijo seguro para mi angustia.

Allí, entre el gentío, seguía sumida en mis pensamientos y en mis plegarias. A pesar de todos mis propósitos, estaba más sola que en mi casa. En eso, alguien me habló; nunca olvidaré el instante en que escuché la voz de aquel extraño. Era un sábado cinco de abril. La fecha es imborrable.

Son muy conocidos los clichés sobre el amor a primera vista; se dice que uno reconoce a la persona amada con una sola mirada; hay quienes afirman que “nací el día que te conocí” y que en ese instante se borra la historia de los que pasaron, que se bendice el destino que trae a la nueva persona a nuestra vida, y que el mundo para de girar por un instante. ¡Clichés! ¡Son clichés, y todos son ciertos! Lo confirmé esa noche, cuando de rodillas le pedí a Dios por luz y me la envió en las manos de él.

—¿Por qué tan seria?

—Necesitaba aire puro y salí a buscarlo.

—No soy de por aquí. Vengo a menudo a este país por razones de negocios. Viajo a Estados Unidos mañana y retorno en dos días. ¿A mi regreso te puedo llamar?

—Claro, llámame y nos tomamos un café.

—Te aseguro que lo haré, encantado de conocerte.

“Dios mío, es tu Emisario”; pensé. Así empezó la historia de este amor. Un amor que su imposibilidad no lo hizo menos real, ni menos inmenso, ni menos puro. Leí una vez que todas las historias de amor son iguales. Creo que todas las de amores verdaderos la son. Hay personas que conviven con su gran amor por años, otros meses, y hay quienes solo lo conocen por días. La duración no es lo que hace a un amor más intenso o más verdadero. Es lo que entregamos o lo que descubrimos, lo que hace a un amor inolvidable y arraigado al alma.

Las experiencias que se viven en un amor que no pudo ser son tesoros que uno lleva en el pecho y que casi nunca compartimos con nadie. En un rincón de nuestra alma reservamos un lugar donde ese amor pueda vivir para siempre. Ese espacio se convierte en un refugio, una morada llena de paz, un norte que nos guía por el camino incierto de nuestras vidas.

Mi historia de amor no es diferente a cualquier otra. Los momentos que viví son mi más preciado tesoro y los mantendré en silencio, temerosa de que el olvido descubra su recinto. Mis recuerdos los llevo pegados al pecho, en el abrazo más fuerte que alguna vez he dado. Solo en el anonimato, en el silencio, en las memorias, puede habitar lo que queda de un gran amor que ya no está.

De mi historia de amor contaré solo algunas cosas que escogí cuidadosamente. Diré que fue una historia de pocos meses, donde fui salvada en todas las formas en que una persona puede ser rescatada. Hay tantos abismos en nuestro interior que no es difícil que un alma se extravíe y se encuentre a la orilla de uno de ellos. Este amor que viví fue el candil encendido que me hizo reconocer todos los abismos y zonas rocosas que existen en mí. Su amor me enseñó a no transitar por áreas de derrumbe. Colocó señales de precaución y cercó áreas habitadas por las sombras donde un corazón bueno no debe deambular. Este amor me enseñó a valorarme, a saber quién soy y, lo más importante, a adquirir conciencia de lo que merezco. Digo “este amor” cuando debería decir “este hombre”. Porque fue él quien me rescató de mí misma, y de un futuro gris que había pintado para mí. No cabe la menor duda: ¡hay amores que salvan!

Nacer y morir: esta es la ley natural de todas las cosas. No puedo evitar pensar en los momentos que compartimos juntos. Dicen que todo se mide a través de lo que se entrega. A él le entregué mi más preciado tesoro, un libro. Ocho años atrás, mi tía más querida, la que me vio crecer, me regaló un libro: “A orillas del Río Piedras me senté y lloré” escrito por Paulo Coelho. Lo leí en una sola noche y desde ese momento lo convertí en mi más preciado tesoro. Es la historia de dos personas que se amaron mucho y años después se vuelven a encontrar. Él le dice que tenía algo para darle, entregándole una bolsita roja. Dentro había una medalla vieja y oxidada con Nuestra Señora De Las Gracias en un lado y el Sagrado Corazón de Jesús en el otro. Él le recordó que un día de otoño, muchos años atrás, se sentó con ella en la plaza para decirle algo que había ensayado durante semanas. En cuanto comenzó, ella le dijo que había perdido su medalla y le pidió que fuera a buscarla. Logró encontrarla, pero cuando regresó a la plaza ya no tenía el valor para decirle lo que había ensayado. Entonces se prometió que solo le entregaría la medalla cuando pudiese terminar la frase que había comenzado a decirle veinte años atrás. Él trató de olvidar, pero la frase seguía siempre presente. Finalmente le confesó: “Te amo”.

Esta historia quedó grabada en mi corazón como un recordatorio de que existen amores verdaderos e inmensos. El libro lo guardé conmigo durante ocho años para dárselo como regalo a aquella persona a quien le entregaría mi corazón. Y así, por años, me relacioné con algunos hombres y lo primero que me preguntaba: ¿Se merece mi libro? La respuesta siempre fue no, hasta que apareció él.

Recuerdo con qué amor lo envolví y la ternura que vi en sus ojos cuando lo recibía. En ese momento supe que mi libro, al igual que mi corazón, por fin había llegado a buenas manos. Lo leyó en un solo día y parecía mágico como los dos citábamos de memoria partes de la historia, como si fuéramos los personajes enamorados. ¡Y hasta cierto punto lo éramos!

Se acercaba el día de mi cumpleaños. Él comentó que tenía un regalo para mí, ya que no estaría en el país. Sacó de su bolsillo derecho una bolsita amarilla con un cordoncito blanco. No dijo nada, pues las palabras estaban de más. Fue entonces cuando sacó un collar. 

Tomé la medalla en mis manos y leí su inscripción. Decía: “5 de abril”.

Vivimos muchos momentos en los que se realizó nuestro amor, el que recordaré por el resto de mi vida, y que se grabó en esa medalla que usaré siempre en dos ocasiones memorables: el día que nos conocimos y el día de mi cumpleaños. Esos dos días, con la medalla en mi pecho, le rendiré homenaje a mi vida. Una vida que, gracias a su amor, es más profunda, generosa y humilde.

Así llegamos a la parte inevitable de esta historia. El fin. ¿Cuáles son las razones para que un amor no pueda ser? Poco importan las circunstancias cuando tenemos frente a nosotros una realidad que nos arranca la dicha y nos deja una dosis inesperada de incredulidad. ¡Cómo cuesta recordar! Más aún si tratara de explorar razones que hasta hoy son claras e ineludibles. En esta historia lo que abundaba era amor, buena intención, y por qué no decirlo; buenas razones para la separación.

Por mucho tiempo traté de explicar y explicarme lo sucedido. Las palabras no acudían a mi mente para representar el fin. Un día llegó a mis manos una poesía escrita mucho tiempo atrás por el autor mexicano Manuel María Flores. Este poeta murió en 1885 y nunca se enterará de que su poesía fue un bálsamo para mi corazón destrozado. Su poesía me hizo ver que en aquellos tiempos el poeta vivió un dolor como el mío y escribió para aliviar su propio dolor y el de las personas que leyeran sus versos. Él es mi gran amigo. Nos une su poesía y un amor que no pudo ser.

La ruptura fue en un restaurante. Él había viajado a mi país para que habláramos de lo nuestro. Es curioso, pero hay algo que siempre nos susurra al oído cuando algo anda mal y se acerca el final. ¿Qué cómo fue el final? En el plano físico, imagínense a dos enamorados viéndose con ojos inundados en lágrimas, con sus cuerpos tensos en posición defensiva y temblorosa. Si miraran más allá de lo físico, en el plano espiritual, verían dos almas abrazadas jurándose a gritos no olvidarse y a la vez oponiéndose a dos fuerzas externas que tiran a cada una en sentidos contrarios. Pareciera que Don Manuel María Flores escuchó el murmullo de esas almas. En su poesía se transcribe esa confesión y el juramento que sellaron con el último adiós.

Adiós para siempre, mitad de mi vida,

un alma tan sólo teníamos los dos;

mas hoy es preciso que esta alma dividida

la amarga palabra del último adiós.



¿Por qué nos separan? ¿No saben acaso

que pasa la vida cual pasa la flor?

cruzamos el mundo como aves de paso...

mañana la tumba, ¿Por qué hoy el dolor?



¿La dicha secreta de dos que se adoran

enoja a los cielos, y es fuerza sufrir?

¿Tan solo son gratas las almas que lloran

al torvo destino? ... ¿La ley es morir?...



¿Quién es el destino?... te arroja a mis brazos,

en mi alma te imprime, te infunde en mi ser,

y bárbaro luego me arranca a pedazos

el alma y la vida contigo... ¿por qué?



Adiós... es preciso. No llores... y parte.

La dicha de vernos nos quitan no más;

pero un solo instante dejar de adorarte,

hacer que te olvide, ¿lo pueden? ¡Jamás!



Con lazos eternos nos hemos unido;

en vano el destino nos hiere a los dos...

¡las almas que se aman no tienen olvido,

no tienen ausencia, no tienen adiós!



Salí del restaurante protegida por el escudo de la incredulidad. Mi mente registraba la angustia, pero aún el dolor no me había bajado hasta el corazón. Recuerdo haber subido a mi carro y luego no poder introducir la llave para encenderlo, pues mis manos no paraban de temblar. Llegué a mi casa con la mente en blanco, veía todo alrededor borroso y fuera de enfoque, a través del océano cristalino de mis lágrimas. Abrí la puerta y me senté en la sala con las llaves en la mano y el bolso en el hombro.

Allí sentada miraba un punto fijo en la pared. Recuerdo que por mucho tiempo permanecí inmóvil, sumida en una dimensión oscura donde sentía mucho frío. De pronto me hizo regresar en mí el hecho de sentir húmedo mi pecho. Mi camiseta estaba mojada y por un segundo no entendía el porqué. Entonces comprendí que las lágrimas rodaban sin parar desde mis ojos clavados en ese punto fijo en la pared. El dolor había por fin llegado a su destino: a mi corazón.

No sé cuantas horas pasaron. Solo sé que cuando me senté me acompañaba el sol y después, cuando volví en mí, se posaba en la ventana el reflejo de la luna. Me levanté del sofá y cuando miré hacia el fondo del comedor vi salir de entre las sombras a un hombre vestido de blanco. Mi corazón entregó sus armas y se rindió. No podía asimilar el dolor y el pánico a una misma vez. El hombre de blanco era de tez cobriza, cabello negro ondulado hasta los hombros, contextura delgada y de estatura mediana. Avanzó hacia mí rodeado de una tenue luz. La oscuridad le abrió paso y en ese momento pude verlo en su totalidad.

—Eres tú, Ariel… ¡te esperaba!

Me miró directo a los ojos y con mucho amor me dijo:

Namaste.

Al oír su respuesta vino a mi mente el sentido que tenía aquella palabra sánscrita: “El espíritu que mora en mí, honra el espíritu que mora en ti”. Sonreí.

2



Siete años atrás

En Los Ángeles, California, el sol se ocultaba en una hermosa tarde de otoño. Mis piernas se sentían fuertes y mi corazón se mantenía en un ritmo pausado a pesar de llevar varios minutos ejercitándome. Durante todo el día había estado triste y atribulada en la universidad, así que esa tarde corría para huir de mis pensamientos.

A medida que recorría la ciudad de Arcadia, en mi mente se llevaba a cabo un recuento de los últimos años que permanecí lejos de mi país. Para el año 1997 ya tenía más de siete años de vivir allá. Desde niña mi papá decía que cuando me graduara de la secundaria me enviaría a estudiar a los Estados Unidos, pues su meta más importante era que sus hijos tuvieran una excelente formación académica.

Mi permanencia en Los Ángeles sirvió para independizarme y madurar, pero a la vez me convirtió en una persona solitaria. En Los Estados Unidos tuve buenos amigos, pero nunca llené el vacío que dejó la ausencia de mis seres queridos. La soledad era mi única compañera.

Esa tarde de septiembre la soledad dejó de ser mi amiga y se convirtió en el huésped no deseado de mí corazón. Toda la tristeza y la nostalgia se posaban en mi pecho. Con cada milla que corría me alejaba de la realidad física y me acercaba más a ese universo circunscrito que prevalece en de cada uno de nosotros.

No sé en qué momento dejé de ver con mis ojos físicos y empecé a observar mi alrededor con los ojos del alma. El sol se ocultaba en esa tarde de otoño y la oscuridad de la noche me confortaba y protegía. “¡Qué sola estoy!”, pensé. De pronto, en la penumbra que me rodeaba, vi, no muy lejos, una banca de parque. Se me hizo peculiar ver una así en la acera de la transitada avenida Baldwin. En ella se encontraba un hombre, a quien por la distancia, aún no podía distinguir. A medida que me aproximaba se develaban ante mí, uno a uno, sus rasgos físicos. Era un hombre de cabellos negros ondulados hasta los hombros, tez cobriza, contextura delgada y estatura mediana. ¿Quién es ese hombre?, me pregunté con curiosidad y aprensión. ¿Qué hace allí sentado y vestido de blanco? Lo que observé al tenerlo cerca, me impactó enormemente: lloraba.

Mi mente disparaba conjeturas en todas direcciones. ¿Qué le habrá pasado?, ¿necesitará ayuda?, ¿estará perdido? Pensé que podía ayudarlo, así que me acerqué a él y le dije:

—Hola. Me llamo Ana María. ¿Estás bien?

Él levantó la mirada y me habló con una familiaridad que me resultaba ilógica.

—Estoy muy triste…

—¿Puedo hacer algo para ayudarte?

—Quizás… siéntate aquí, a mi lado.

Con la respiración aún agitada, y con actitud vacilante, me senté.

—De veras quieres saber la causa de mi tristeza?

—Sí, tal vez pueda ayudarte.

—¿Prometes no asustarte si te digo mis razones?

En ese momento dudé de mi intención de ayudarlo. Sentía miedo, pero fue más fuerte la necesidad de descifrar el acertijo que representaba ese hombre vestido de blanco. Él continuó:

—Sabes lo que es un “Ser de Luz”?

—No, no lo sé.

—Son seres asignados por Dios a cada ser humano para guiarlos, cuidarlos y acompañarlos. Para un Ser de Luz no hay amor más grande y puro que la persona asignada a ellos. Yo soy tu Ser de Luz, mi nombre es Ariel.

No creía lo que escuchaba. Había oído de ángeles custodios, pero no me era familiar el concepto de un Ser de Luz.

—Un Ser de Luz… ¿Yo tengo un Ser de Luz?

—¡Me tienes a mí!

—¿Cómo es que puedo verte? —esto se lo dije con una amplia sonrisa de incredulidad. Me parecía un tipo simpático, muy diferente a un embaucador.

—Porque puedes…

—No entiendo, tal vez si te explicaras…

—Así es… Tu espíritu ha evolucionado en los últimos años. Has trabajado duro para aceptar que eres un alma con cuerpo y no un cuerpo con alma. Tu visión espiritual ha trascendido a través de la meditación y por eso se abre ante tus ojos la dimensión no circunscrita…

—La dimensión no circunscrita… —aquel era un concepto que yo manejaba bastante bien hasta entonces, pero muy dentro de mi inconsciente, y él, de pronto, lo exponía como algo de lo que ya hubiésemos hablado antes.

—Es allí donde habito.

—Y si eso es cierto, ¿qué haces aquí? ¿Por qué lloras?

—Siempre estoy cerca de ti y decidí sentarme en esta banca mientras terminabas de correr. Consideré todos tus pensamientos, tu congoja, la soledad que sientes… tus dudas tan profundas… Fue entonces cuando me doblegué ante el peso de nuestras tristezas…

—Entonces, tú estás triste porque yo lo estoy… ¿es así?

—Así es. Lloraba por los dos. Por tu tristeza y la mía. No te has dado cuenta Ana María, pero en todos estos años siempre he estado a tu lado. He sostenido tu mano en situaciones difíciles y he llorado contigo en momentos de aflicción. No he cumplido mi misión contigo. ¡No soy un buen Ser de Luz!.

Bajó la cabeza y se sumió en una melancolía evidente. Me tomó varios minutos asimilar tanta información. Allí, frente a mi Ser de Luz, recordé el pasado y las veces que en soledad sentía la presencia bondadosa de alguien que me acompañaba, me sostenía y me daba alientos para seguir adelante. Hasta le había dado un nombre: le llamaba Mi Yo Interior. Pero ahora ese Yo Interior cobraba cuerpo, se me aparecía enfrente y platicaba conmigo como si de un viejo amigo se tratara.

—Ariel, no digas eso— tomé su mano y esta era suave y delicada—. No sabía que Dios me amara tanto como para asignarme un Ser de Luz que me acompañara por el camino de mi vida. ¡Perdóname por no haber escuchado tu voz cuando me ayudabas, me animabas y me dabas consuelo. Es verdad, ahora sé por qué no me derrumbé antes. Te prometo no sentirme sola nunca más.

 —¿Lo dices en serio?

—Por supuesto, secarás mis lágrimas y yo las tuyas.

—Es hermoso oírte decir eso.

—Pues, ¡hagámoslo! Sellemos este encuentro con la promesa de que nos conoceremos mejor.

—Me haces feliz…

—Aquí en mi interior será nuestro lugar de encuentro. El recinto donde florecerá por siempre nuestra unión.

—Esta bien mi querida Ana María, por si no te lo había dicho antes: “te quiero”.

Los siguientes años fueron maravillosos. Ariel y yo compartimos juntos todas mis alegrías y tristezas. No hablábamos del pasado. Él me decía que llegaría el día que tendríamos que recorrer las huellas de mi vida, pero para ello necesitaría adquirir las herramientas espirituales necesarias para que nuestro viaje al pasado fuera una misión exitosa.

Muchas veces quise hacerle preguntas de eventos específicos de mi niñez y adolescencia, pero él repetía que aún no era tiempo. Su negativa me frustraba y creo que lo notaba, porque un día, inesperadamente, me dijo:

—¡Eras una niña hermosa! La inocencia de un niño es tan pura que pueden ver a sus seres de luz sin mayor esfuerzo. Somos lo que los adultos llaman “amigos imaginarios”. Aunque no lo recuerdes, jugaba contigo y te devolvía tu muñeco favorito cuando se te caía de la cama.

—Cuéntame Ariel, ¿qué otras cosas recuerdas?

—Ya llegará el momento que te contaré lo que sé de ti. Solo quiero que sepas que de todas tus etapas, la de la niña es la que llevo más cerca de mi corazón.

Con mucho entusiasmo me dediqué como nunca a mis tareas espirituales. Comprendí que más allá de mi ser físico, de mis pensamientos y emociones existía en mi interior un reino donde cualquier cosa era posible. Descubrí que Dios nos habla a través de coincidencias que no son otra cosa que mensajes y pistas que dirigen y dan forma a nuestra vida.

Ariel seguía mi evolución espiritual muy de cerca. Me colocaba en el camino los libros adecuados que debía leer, las personas que debía conocer y los obstáculos indicados que, al vencerlos, me harían más fuerte. Comprendí que no existen atajos para fortalecer mi alma, así que requerí de muchos años de práctica y paciencia. Todo valió la pena. Acercarse a Dios y al mundo espiritual fue la decisión más acertada que he tomado en mi vida.

Hubo una práctica espiritual que me costó mucho: la meditación. Al comienzo, resulta muy difícil acallar el diálogo interno de un alma atribulada. Imposibilitada de mantener la mente en blanco, venía a mí una lluvia de pensamientos caóticos . Ariel siempre estaba presente en mis meditaciones. Me susurraba un mantra, que es un instrumento para liberar a la mente del flujo constante de pensamientos. Ariel me repetía una y otra vez: ¡Om!

Así fue que por muchos años practiqué la meditación. Aunque mis avances fueron lentos, cada vez penetraba más en ese universo intangible; fue entonces cuando descubrí que la meditación sería la herramienta espiritual que me ayudaría a transformar mi vida en una experiencia de paz y amor.

3



Siete años después

—¿Eres tú Ariel? Te he estado esperando.

—¡Namaste!

—¿Sabes lo que ha pasado?

—Por supuesto, estuve contigo todo el tiempo. Te di la oportunidad para conectarte con el dolor. Eso también es necesario.

Lloré como la niña que Ariel tanto recordaba. Nos abrazamos y permanecimos juntos por mucho tiempo. Me tomó entre sus brazos por unos minutos, protegiéndome del miedo y del dolor. Acariciaba mis cabellos y me decía al oído:

—Mi niña preciosa, ¡todo estará bien!

—Tuve un gran amor que ahora es imposible.

—¡Posees tantos amores imposibles!, Anita.

—Te hablo del hombre que me regaló la medalla.

—Sé perfectamente de quién se trata. No obstante, en este momento la que importa eres tú. Te has dedicado a amar a los demás y has dejado sin amor a muchas facetas de ti. No puedes amar a nadie sin antes aprender a amarte. Yo te guiaré por el camino para conseguirlo.

Abrazada a Ariel, escuchaba de sus labios los deslices que había cometido en el amor. Las entregas inmerecidas, las esperas sin retorno, el optimismo en el fracaso, la necesidad de cambiar, proteger y salvar a la pareja. Mis muletillas emocionales fueron expuestas en un tono de voz tan lleno de amor que no me sentí atacada ni juzgada. En los brazos de Ariel se me ofreció la luz necesaria para reconocer mis errores y el valor requerido para enmendar el camino.

—¿Qué hago con el dolor de esta pérdida?

—Todo sucede para el bien y nada es lo que parece. Te prometo que llegará el día que sanes esta herida. Desde hace siete años te he preparado para este momento. Mediante la meditación llevaremos amor a todas las Ana María que deambulan en tu interior faltas de cariño y comprensión. Debes estar preparada para la misión más importante de tu vida. Tendremos que transportarnos a tu pasado y confrontar capítulos de tu vida que aún no han sido cerrados.

—Tengo miedo de emprender este viaje, pero confío en ti. ¿Puedo llevar conmigo algo muy especial que me ayudará a mantener la fe?

—Por supuesto, ¿qué deseas llevar?

—Mi medalla.

—Llévala contigo, la medalla juega un papel importante en esta experiencia. No temas, Ana María, seremos dos aventureros en busca de un tesoro.

—¿Cuál tesoro?

—Tú.

4



Eran las doce de la noche, una fuerte opresión en el pecho me advertía el peligro, con cada giro me adentraba más a esa parte de la ciudad que no conocía. Manejaba por una avenida cuando, de pronto, un carro con las ventanas oscuras, de apariencia siniestra, se colocó en el carril de al lado. Daniel, quien viajaba conmigo, gritó que aumentara la velocidad para rebasar el auto sospechoso. Los intentos fueron infructuosos, pues el vehículo volvía a recuperar la distancia y quedaba paralelo a mi ventana. El pánico me invadió y empecé a buscar el celular en mi bolso para pedir ayuda. Daniel intentaba ayudarme a encontrar el diminuto teléfono, pero lo que logramos fue desviar la vista de la carretera. Perdí el control del volante y el auto giró en círculos hasta llegar a una estructura sólida, contra la que golpeó tan fuerte que rompió el parabrisas en pequeños pedazos. Desorientada y cubierta de vidrios miré alrededor.

—Daniel, ¿ves al carro que nos perseguía?

Daniel no respondió y sentí algo caliente que recorría mi cabeza hasta llegar a la frente. “¡Dios mío, estoy sangrando!”, pensé mirando al asiento del pasajero. Daniel estaba inconsciente y a simple vista, mal herido. En vano traté de despertarlo mientras enderezaba el auto para encontrar ayuda. Llegué a un hospital desconocido y corrí por los pasillos en busca de un médico. El lugar parecía desierto, sin embargo, en una de las salas algunos pacientes esperaban su turno.

—¡Ayúdenme!, ¡necesito un médico, mi hermano está mal herido¡ —grité llena de frustración e impotencia. Un doctor acudió a mi llamado y corrimos hacia…



Sonó la alarma de mi reloj y de un brinco quedé parada al lado de mi cama. La frialdad del piso penetró mis pies y me desperté bruscamente de esa terrible pesadilla.

“¡Daniel está a salvo!”, me repetía muchas veces mientras ahuyentaba de mi mente los detalles de aquel mal sueño.

—¡Hoy he comenzado mal, será un largo día! —murmuré.

Intenté tener una buena actitud para enfrentar el día. Sin poder deshacerme de la sensación tétrica, pensé que una llamada a Daniel me tranquilizaría.

Me vestí apresurada, pues necesitaba salir y respirar aire puro. En la prisa se me cayó uno de mis pendientes y fue a dar debajo de la cama. Me arrodillé con la cabeza muy cerca al suelo. El arete se encontraba en mitad del piso y junto a él había algo que parecía un papelito arrugado. Alcancé ambos y al mirar de cerca descubrí que además del arete, sostenía un pétalo seco de un clavel rojo.



Un día de mayo

—¡Amor, estás equivocado!

—No, ¡tú lo estás!

—Hagamos esto más interesante: una apuesta amistosa.

—¿Apostar dinero?

—No, algo mejor. Si yo pierdo, haré lo que tú quieras y si gano, tú harás lo que te pida.

—Es una propuesta muy tentadora. Acepto.

Perdí la apuesta. Diez minutos después me llamó por teléfono para expresar su deseo.

—Aún no he visitado tu casa, quiero conocerla.

—Eres muy fácil de complacer. Iremos ahora mismo.

—No entiendes Ana María, quiero ir a visitar tu casa, pero solo. Deseo adentrarme en tu intimidad y captar tu esencia, la que mora allí.

—Eso significa que tendrás acceso a todas mis cosas. A mi cuarto, mi diario, mis fotos, en fin, a todo.

—¡Es correcto! Hicimos un pacto, no puedes negarte.

—Cumpliré mi palabra. Mañana, mientras trabajo, puedes ir a mi casa.

Al día siguiente le di mi llave y me fui a trabajar. Pensé en todas las cosas que una persona guarda en su hogar y lo sagrado en que puede convertirse un refugio físico. Estaba nerviosa, no obstante, sabía que no tenía en mi vida nada por lo cual sentirme avergonzada. Dos horas más tarde, me informó que había terminado su misión exploratoria. En búsqueda de un poco de aprobación reconfortante le pregunté:

—¿Qué piensas ahora?

—¡Te amo!

Regresé a casa reflexionando las cosas que él debió haber visto. Lo imaginé viendo mis pertenencias y hasta los libros. Metí la llave en la cerradura y la giré. La puerta se abrió y lo que observé me dejó sin aliento y con la mente vacía. No conocía lo que era una sorpresa hasta ese día de mayo.

Mi casa estaba vestida de claveles rojos. Colocó un clavel en cada cosa que miró y en cada cosa que tocó. Había un clavel en la mesa del comedor, en el sofá de la sala, dentro de la refrigeradora, en la lavandería, en el estudio, encima de la biblioteca, en el baño, en medio de mi diario en la página que relataba lo sucedido el cinco de abril. La cama también vestía claveles rojos. Con pétalos escribió nuestras iniciales y a su lado el símbolo de infinidad.

En ese momento el amor me tomó en sus brazos y me llevó a un viaje del cual nunca regresaría. Retiré toda estrategia de autodefensa y me entregué sin cuestionamientos a ese sentimiento que me había dejado sin aliento ni salvación. Lo amaba, esa era mi verdad.

Los claveles se fueron marchitando, pero guardé los pétalos con los que escribió sobre mi cama. Alguno se debió haber caído y permaneció meses allí abajo. Ese pétalo seco me transportó a un día feliz, un día tan diferente al que vivía ahora.

—Buenas tardes, esta es una llamada de larga distancia, me comunica con Daniel.

—¿A quién anuncio?

—A su hermana, Ana María.

En el escritorio de mi despacho ordenaba los papeles que debía firmar, mientras Daniel acudía al teléfono.

—¿Qué hay de nuevo, Ana?

—Hola Daniel. ¿Cómo estás? Desperté pensando en ti y quise oír tu voz.

Daniel vivía en los Estados Unidos y eran pocas las veces que podíamos vernos. Era el mayor de mis hermanos y por llevarnos solo dos años crecimos compartiendo las mismas experiencias.

—Estoy bien, te extraño mucho. ¿Cuándo vienes a visitarme?

—Por eso te llamo. Tendré una semana libre y me gustaría pasarla contigo. Podemos irnos de paseo a Disneylandia. ¿Te gustaría ir?

—Me parece estupendo. Arreglaré todo. Cuídate mucho, Ana.

—Así lo haré, nos veremos muy pronto.

Me costó mucho concentrarme en el trabajo con tantas atribulaciones en mi mente. Pensaba en Daniel, en nuestro próximo encuentro, en ese pétalo marchito que tuve en mis manos y en la vida que se confabulaba para no dejarme olvidar el pasado.

Ya en casa traté de relajarme y dejar atrás mis aflicciones. Recordé las palabras que había leído de Pablo Picasso: “Cuando llego a casa dejo mi cuerpo al otro lado de la puerta, al igual que los musulmanes hacen con sus zapatos antes de entrar en sus mezquitas”. Mi cuerpo estresado y cargado de preocupaciones lo dejé postrado sobre la alfombra chica en la cual los invitados se limpian los zapatos.

Tarde en la noche opté por practicar la meditación para así crear un ambiente más armonioso a mí alrededor. Me fui adentrando en los túneles del subconsciente hasta llegar al lugar donde Ariel me espera para cruzar el umbral del reino de lo intangible.

—¿Estás lista para empezar, Ana María?

—Sí, ¿hacia dónde nos dirigiremos hoy en nuestra aventura?

—Al pasado. ¿Traes tu medalla?

—La llevo puesta—respondí acomodándola en el centro de mi pecho.

—La medalla será el faro que alumbrará nuestro regreso. Al explorar tu pasado encontrarás muchas sombras que se confundirán con la realidad presente, pero debes recordar que lo que experimentarás es parte de tu historia. Nuestra misión será cerrar capítulos y para eso, hay que caminar sobre el pasado. Si la meditación llegara a tornarse muy difícil y angustiosa, usaremos la medalla para guiarnos al tiempo presente. ¿Estás lista?

—Sí, lo estoy.

Ariel y yo nos adentramos en la oscuridad que rodeaba mi mente. No sabía hacia dónde nos llevaría ese universo no circunscrito, cuyas puertas se abrían de par en par como dándonos la bienvenida. En pocos minutos, todo se tornó claro y la oscuridad quedó atrás, como si me la quitaran de encima con la facilidad con que se desprende una pieza de vestir. Veía un paisaje específico, un lugar opaco donde hacía mucho frío. Un bosque se divisaba a pocos metros al norte y caminos desiertos nacían de entre los arbustos. ¡Nadie habitaba el espacio que abarcaban mis ojos!

—¿Ves allá al fondo junto a la línea de los árboles?

—No veo nada, Ariel. Aquí no hay nadie. Creo que llegamos al lugar equivocado.

—Estamos en el lugar correcto. Acerquémonos para que puedas ver mejor.

Enfoqué mejor mis ojos y a la distancia vi algo que me estremeció. Era una niña sentada a la sombra de un árbol.

—¿Quién es Ariel?

Él guardó silencio.

Ya cerca, sin que la niña nos viera, advertí detalles que se ocultaban en la distancia. Era una niña como de seis a siete años. Llevaba un traje blanco rasgado y sucio. Su piel blanca mostraba rasguños y cortadas y su mirada era triste y ausente. A su lado, un osito de peluche parecía haber pasado por la misma odisea; los dos sucios y maltratados. En su mano delgada y cubierta de tierra, esa niña llevaba un clavel rojo.

—¡Dios mío, Ariel! ¿Qué le ha sucedido a esa criatura? ¿Está perdida? Seguro se perdió en el bosque y se ha rasgado su vestido y su piel buscando ayuda.

Ariel me miró con los ojos llenos de lágrimas. Procuraba modular una oración, pero su voz se quebraba como si las palabras no soportaran el peso de la revelación que tenía para mí.

—¡Esa niña es mía! —dijo Ariel con orgullosa pertenencia—. ¡Esa pequeña eres tú!

—¡No puede ser Ariel! Yo nunca he estado aquí.

—Tú no has estado aquí, te quedaste aquí. Cuando te dije que rescataríamos a las Ana Marías que deambulaban faltas de amor en tu interior, me refería a esto. Cuando un conjunto de situaciones traumáticas acontecen, nuestra mente y alma no soportan el peso del dolor, entonces una parte de nosotros se queda atrás a la sombra del pasado. La parte que se queda detenida en el tiempo nos regala la oportunidad de seguir adelante sin tener que vivir con heridas abiertas. Nuestro ser se divide y así van quedando pedazos de nosotros estancados en el pasado. Es un mecanismo de autodefensa que nos permite sobrevivir el dolor y escapar de lo que, en ese momento, no estamos preparados a enfrentar.

—Entonces, ¿para qué recordar? No es mejor dejar todo en el pasado en vez de sacudirle el polvo a un infortunio.

—No es lo mejor. Estas partes que se quedan atrás sufren y nos visitan en el presente para clamar justicia y suplicar que las rescaten. Si ignoramos el grito de impotencia de estas partes abandonadas, nuestras vidas se contaminan. No sabríamos cómo acallar la tristeza tan honda que acompañaría nuestros días. Solo recuperando los “yo” de las sombras podemos vivir con amor y paz en nuestro interior. ¿Has oído que el primer paso a la felicidad es rescatar a nuestro niño interior?

—Sí, lo he leído en muchos libros de superación personal.

—Pues allí está tu niña. Solo tú podrás rescatarla. Aunque estaré a tu lado, solamente puedo esperar y rezar a Dios para que regreses con ella de la mano.

—Espera un momento Ariel, yo no puedo hablar con ella. ¿Qué le diría? Soy una extraña y no me dejaría acercarme.

—Dile que eres amiga de Ariel, que te he enviado.

—¿Ella sabe quién eres?

—Nunca me he alejado de su lado.

—Necesito que me expliques algo. ¿Por qué está en una condición tan deplorable?

—Pon atención y escucha con los oídos del alma. Los niños tienen otra manera de procesar el dolor. Ellos coexisten entre la realidad y la fantasía. Yo una vez traté que recordara lo que le había sucedido. En sus propias palabras me contó que su casa había sido consumida por un fuego. Llamas rojas gritaban y se abalanzaban encima de los miembros de su familia. Que en medio de un humo de cabellos negros y otro de cabellos rubios se habían achicharrado todas las pertenencias de su hogar. Que todos corrían en direcciones opuestas y que ella, escapando del monstruo de ojos profundos, había tomado de su mano las dos cosas que más quería en el mundo: su hermano y su osito. Así fue que, en medio del caos y del fuego que devastaba su casa, corrió en dirección al bosque a buscar refugio.

—¡Entiendo todo, Ariel! —respondí con un nudo en la garganta—. ¡Estoy lista! Te prometo que regresaré con ella.

—Tal vez te ayudaría saber que su oso se llama “Yiyo” y su hermano se llama…

—¡Daniel! ¡Lo sé!

Avancé los primeros pasos recordando el momento exacto en que ella y yo nos separamos. Todo volvió a representarse en mi mente como una dolorosa obra de teatro que se desplegaba ante mis ojos. Ahora todo lo pasado era aún más difícil de asimilar, porque lo experimentaba a través de la mente de un adulto. Ahora entendía las causas y las razones por las cuales mi niña interior había llegado aquí. ¡Ningún niño sobre la tierra merece sufrir de esa manera! Lo único que no encajaba en mi mente era la procedencia de ese clavel rojo que ella tanto protegía en su mano.


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