Excerpt for SALDANDO CUENTAS AQUÍ Y ALLÁ by Aurea-Vicenta Gonzalez, available in its entirety at Smashwords





SALDANDO CUENTAS

AQUÍ Y ALLÁ

-RELATO BREVE-

AUREA-VICENTA GONZÁLEZ MARTÍNEZ



Registro P. Intelectual: V-1167-11

ISBN 978-1-4657-5444-8

DEDICATORIA: Para Perseo Sanz





Introducción a la sabiduría

Mira que has de pensar que todos tienen sentido, razón, entendimiento y juicio; no pienses que con palabra les podrás persuadir que es bien hecho lo que es malo, ni al revés…

Por esto, es muy mejor que vayan todas nuestras cosas a la clara, llana y sencillamente.

JUAN LUIS VIVES



CAPÍTULOS

I. En Oriente 3 a 11

II. De vuelta a casa 12 a 20

III. Viento fantasma 20 a 29



ACLARACIÓN

Todos los personajes, nombres y situaciones son inventados por la autora.





CAPÍTULO PRIMERO

En Oriente

Las sandalias golpeteaban en la desnuda piedra y el sonido iba acompañándolo mientras ascendía por la desierta calle compuesta exclusivamente de interminables peldaños.

Oyó batir su propio corazón antes de pararse para mirar atrás; nadie parecía seguirle pero desde que se había tenido que ganar el pan nuestro de cada día cuidando de los demás, vigilándoles las espaldas y oteando la lejanía desde encima de sus cabezas, había adquirido la costumbre de no dar nada por seguro.

Apretó el paso todo lo que las suelas de gruesa goma daban de sí, no quería padecer otro accidente, en este sitio no, probablemente la caída le costaría la vida o, peor aún, le dejaría a merced de los perseguidores, sin poder defenderse, sin alternativa alguna al silencio. Ya había recibido sus primeras lecciones prácticas de la capacidad que tenían para hacer hablar a las piedras; no, antes muerto.

Tenía que tranquilizarse, ser sensato y comprender que en Jerusalén nadie conocía su pasado, nadie tendría ocasión de hacerle las preguntas que le habían llevado a huir de su Ceuta natal.

La inesperada ráfaga de viento le alzó el pesado borde del hábito y las lampiñas pantorrillas recibieron la suave caricia del templado aire tan súbitamente desatado. Se agarró la túnica con ambas manos, con decisión, antes de continuar su ascenso, no sin antes prestar atención a los espaciados portales que se sucedían en la empinada cuesta, variopintos, imposibles de aunar en cualquier estilo arquitectónico pero todos ellos con muestras de varios siglos de heridas, de polvo y sufrimiento instalados entre sus jambas. Cascotes que hacían las veces de macetas aparecían llenas de hierbajos delante de algunas de ellos y se acogían, en desesperado equilibrio, al mínimo espacio que le dejaban el escalón y la entrada antes de fundirse en el siguiente tramo.

Suspiró sonoramente y retomó la escalada preguntándose quiénes o qué poblarían aquellas casas en las que jamás había vislumbrado alma humana ni de cuyo exterior parecían preocuparse nadie de adecentar. Desde luego no parecía probable que nadie, aparte de personas sanas y jóvenes ocupasen los habitáculos hasta para él, con apenas treinta años en las espaldas, era un hercúleo esfuerzo desplazarse arriba y abajo y era bien consciente de que si hubiera de hacerlo cargado con algún peso de importancia no le resultaría muy satisfactorio.

Por fin alcanzó la desangelada cancela que le abriría paso a la segura protección del recoleto convento; tras su desconchada puerta nada podía sucederle, nadie le distraería de su afición favorita: los coloristas abalorios con los que confeccionaba hermosas pulseras y aportaba un poco de belleza al mundo; los humildes despojos de conchas marinas eran una pasión y, estaba convencido de ello, un modo de embellecer las muñecas de las mujeres a las que había renunciado, no sin pesar, pero plenamente convencido de que así lo había decidido para él el Altísimo, tras el encarcelamiento de Rosalía y la huída que emprendió para no correr la misma suerte.

Antes de empujar la pesada puerta se agachó para asegurar bien la correa de la sandalia de piel sin curtir a la trabilla que estaba justo debajo de su tobillo derecho ya que la velocidad con la que había ascendido los ciento veinte escalones la había aflojado; entonces lo oyó, un escalofrío de miedo recorrió como un relámpago su columna vertebral hasta la última de las vértebras que mantenían erguida su cabeza: estaban esperándolo.

-Tranquilo, Alex. No queremos hacerte daño.

La voz había salido desde dentro, la puerta se entreabrió lo justo para darle paso al aire que la transportaba, no le hizo falta pensarlo, todo su ser lo gritaba, no era morir lo que temía, eran los prolegómenos tanto tiempo temidos, tan duramente aprendidos.

Sintió que la cicatriz del pecho le ardía de nuevo, como aquél día en que la recibió por negarse a contestar las apremiantes preguntas que esa misma voz le hacía. Creyó estar de nuevo es España, la misma tarde de la fiera herida:

“-Dímelo, habla… Será peor para ti –repetía-. Quiero el dinero y lo quiero ya. Callas, pues tú lo has querido, no yo.”

Se le nublaron los ojos y sin poder incorporarse del todo comenzó a temblar; de sus bolsillos empezaron a escaparse las irisadas esferas que hacía pocas horas había recogido del artesanal taller del calador musulmán, sin duda la gastada bolsita de piel de camello que le servía para su transporte tenía desanudado el cordel que cerraba su retráctil boca. Los pequeños sonidos que producían las diminutas cuentas al caer de escalón en escalón, rebotando en su huída hacia abajo, tuvieron la virtud de infundirle el ánimo necesario para acabar de alzar completamente su estatura sobre los dos pies. Notaba como de sus ojos escapaban las lágrimas pero ya no tenía miedo, había dejado de temblar y únicamente sentía la pérdida de tan bellas y escurridizas posesiones; era una crueldad privar a las mujeres de tantos adornos como los que podría haber hecho con ellas y recordó, como en un relámpago, que tenía cortadas ya las blancas hebras de pura lana que le servían para completar sus bonitas creaciones y mantenerlas cuidadosamente anudadas.

Uno de los cordones del hábito había quedado hacia atrás, por encima de su hombro, enganchado en la basta capucha, el grueso nudo de lana le golpeteaba la espalda como un cálido y amistoso badajo; tuvo una idea y no se lo pensó un instante, supuso que daría el resultado apetecido y cuando contempló ante sí los grises ojos, que parecían incrustaciones en la cara de luna llena completamente horadada por la viruela, que le observaban con desdén lo supo con certeza y aguardó acontecimientos.

-¡Anda el Alex! –Escupió las palabras la picada boca cuyos labios presentaban grandes muescas-. Si pareces talmente un monigote. Estás de foto, querido –se chanceó el hombretón que casi igualaba su tamaño.

-¡Te lo diré todo pero sal de ahí! –Suplicó él sin disimulos-. Tendrás el maldito dinero pero, te lo ruego, ¡vámonos lejos de aquí! –dijo entre sollozos bien estudiados-. Los curas no saben nada –gimoteó convincentemente-. Ahí dentro no hay nada tuyo. Está todo lejos de Jerusalén y te lo devolveré, pero, sal ya, te lo suplico –conforme hablaba recuperaba el control y la confianza sin dejar de llorar a lágrima viva.

-¡Mira!, eso está muy bien. Gracias por ser razonable. No me gusta la violencia. Es cuestión de negocios, Alex –acabó de hablar el otro perfectamente convencido de que llevaba las riendas-. Anda, échame una mano para cerrar la maldita puerta de las narices. ¡Cómo pesa!

Unieron sus fuerzas y consiguieron atrancar de nuevo la entrada del convento; no era cosa sencilla el que quedara bien sellada la si uno salía y no estaba alguien al otro lado para empujar sobre los vetustos goznes.

Nada hubiera impedido el impune empujón cuesta abajo pero él había sido un buen escolta y ni en sueños se le hubiera pasado por la cabeza el que un hombre solo le abordase; efectivamente, mientras comenzaban a descender por los históricos escalones buscando la puerta que les llevaría al bullicioso barrio comercial de la ciudad, el chirrido del acceso al sagrado lugar volvió a escucharse y unos apresurados pasos les siguieron.

Eran tres más y estaba completamente seguro de que un puntero señalaba justo encima de su oreja izquierda, no comprendía el porqué pero siempre tuvo la habilidad, o la suerte, de anticipar la ubicación de la bermeja marca, lo único que no alcanzaba a comprender era dónde estaría apostado el francotirador.

Encallados en los desniveles de los pétreos escalones vio algunas cuentas iridiscentes y también las vislumbró, arracimadas en desiguales montones, en la revuelta que daba acceso a la pétrea salida porticada; ni se le ocurrió que podría recoger alguno de sus tesoros, cualquiera movimiento hubiera dado lugar a una granizada muy dolorosa, ya que le necesitaban vivo durante algún tiempo, no quería pasar lo que le quedaba de existencia sufriendo en demasía.

El vaivén de los barrios antiguos es tan frenético aquí como en cualquier parte del planeta aunque en Oriente siempre tienen el toque de algarabía que les hace diferentes, y si es tan chocante, se debe a que sin transición uno se ve inmerso en la marea humana desde el más absoluto de los silencios y de las soledades.

Cualquier calle puede depararnos el salto desde la mayor de las intimidades a la vorágine más absoluta.

Alex tenía en mente esa imagen cuando se avino pacíficamente a acompañar a Hugo escaleras abajo.

Le tenía tan cerca que sus pituitarias recibían de lleno el caro perfume con el que parecía cubrir cada centímetro de su piel; sin duda le hacía sentirse bien consigo mismo el hecho de gastar la más cara de las esencias sobre su atormentada piel. No se le había ocurrido hasta ahora el que su compañero de andanzas hubiera sufrido tanto en manos de la enfermedad que le marcó para siempre. La vida contemplativa parecía dar sus frutos, se hacía más persona, empezaba a sentir empatía.

Se les unieron los otros tres, había tenido buen oído para contarlos.

Ante los iluminadísimo vidrios de la misérrima tiendecilla del mercader de oro, situada justo en medio del bazar, Alex hizo como que se desmayaba. Una sandalia salió disparada hacia el cristal del expositor haciéndola añicos y él cayó, aplastando inmisericordemente, con todo el peso de sus cien kilos, a varios ancianos que no tuvieron la presteza suficiente para poder apartarse ante el súbito desplome de aquél pobre fraile remendado hasta lo indecible.

Desde los puestos de vigilancia que los comerciantes tienen pactados, todos y cada uno de los violentos defensores del comercio local se les echaron encima.

CAPÍTULO SEGUNDO

De vuelta a casa

Los pequeños pedigüeños se aferraban al pecho materno mientras las hembras mendigaban que les lanzaran un trozo de comida que cazaban al vuelo e iban a devorar, entre gruñidos, a un rincón de la calle.

Los machos, no mucho mayores de tamaño que ellas, envalentonados por la aparente impunidad en la que pueden efectuar sus latrocinios, se encaraman con osadía a toldos y farolas para lanzar desde allí los peculiares gritos que son tradición en Gibraltar.

A Alex se le humedecen los ojos cuando observa a la pequeña hembra que lleva colgando de su pecho un monito no mucho mayor que el último juguete que pudo regalarle a Iris, la preciosa hija de Rosalía, antes de huir a Tierra Santa.

Enseña un trozo de plum-cake, brillante como el mismo sol que le calienta la rapada cabeza, y el confiado animal se acerca hasta él de forma sorprendentemente tranquila, mirándole a los ojos.

Ve partir a la pequeña bestia que quiebra, una y otra vez, a las hembras de mayor tamaño ansiosas de apoderarse de la golosina que le acaba de dar. Sin duda no es de buen gusto para los estirados ingleses que viven aquí el alentar a las pequeñas monas en su mañanero trotar por el centro del barrio más lujoso del Peñón.

A Alex, le importa un pito la bella posadera que le está recriminando el que desperdicie un producto tan selecto con los animales y quizás por ello, para sorpresa de la inglesa, con su impecable acento de castellano viejo, le contesta distraído a las duras palabras mal pronunciadas en el idioma de los Hermanos Quintero.

-Señora, disculpe usted a un extranjero que está de paso y ha quedado seducido por la novedad. Siempre he creído que los monos estarían bien atendidos en la cima del Peñón y me ha producido pena ver en los ojos de las criaturas una luz de verdadera hambruna.

Sin continuar con los ceceos en los que se había desahogado ante su huésped, la dama da media vuelta y se enjuga una lágrima tomando los rastros que ha observado en los del hombre por lástima hacia los monos, verdaderamente conmovida, aunque al poco rato, sin darle apenas tiempo para acabar el sabroso té que contiene la filigrana de tetera que le han encomendado, y de la que va vertiendo en la taza de porcelana Windsor, aparece un jeep del que saltan a la carrera dos bobbys porra en ristre y se dedican a espantar a los pocos animales que no han huido ya al oírles llegar.

Alex comienza a reír y tras un buen sorbo apura lo que resta de la taza y se retrepa en la cómoda butaca forrada de chillones estampados.

Está contento, la vuelta a casa fue sencilla y rápida. Los asuntos con la sociedad que estableció en El Peñón han sido felizmente finiquitados, todos contentos y él, al fin, libre de la mayor de las cargas que debe llevar el hombre arrastrando por la Tierra: su propia conciencia.

Cierra los ojos y deja que el sol le acaricie, se dedica a disfrutar de una libertad que nunca antes sintió que existiera; todo lo ha hecho por la vía recta, todo lo ha podido arreglar bien, tal como le aconsejó su padre hace apenas dos días.

Dos días que han sido eternos, completos, y en los que ha pasado de la ansiedad extrema al presente como en un sueño.

Se dedica a recordar con deleite todos y cada uno de los pasos que ha seguido, empezando por su vuelta a casa, a su querida Ceuta.

Su madre estaba cosiendo, la recordaba más vieja, y le sorprendió ver lo mucho que la embellecían los años de sosiego que él, involuntariamente, le ha proporcionado.

Se subió –tal como hacía siempre desde que cumplió los dieciséis y no le alcanzaba al cuello- al taburete que utiliza para apoyar los pies desde que él se acuerda y se quedó con la mejilla pegada a la suya sin decir palabra; no recuerda el tiempo que estuvieron así, quizás mucho, quizás unos segundos, pero, la paz se introdujo en su corazón y ahí permanece todavía.

Fueron, callados y de la mano, hasta el cuarto del padre que estaba entretenido con su pasión de siempre: las grandes láminas en las que están estampados a todo color y con profusión de detalles los uniformes militares de todo el mundo y de todas las épocas.

No tuvieron que decir palabra, la madre cerró la puerta y salió disparada hacia la pequeña cocina de la que ya salía un fuerte olor a guiso de bacalao con patatas y laurel, seguramente iría a añadirle agua y algunos tubérculos más para aumentar el volumen de alimento. En cuanto se quedaron solos, como el hijo pródigo, se acercó al hombre que si bien no le había dado la vida, se la debía.

Le cogió de la mano, igual que cuando era niño y llegaba a casa maltrecho tras sus correrías callejeras, y le empezó a desglosar, con voz temblorosa, el significado de las pequeñas estrellas que cubrían el pecho de un uniforme.

“-Haz lo que debas, haz lo mejor. Te hemos educado bien, no necesitas consejos para distinguir el bien del mal. Los hermanos Mateo y Lucas no han dejado de decirme lo mucho que vales como persona y los progresos que has ido consiguiendo durante tu estancia en el convento. Fueran quiénes fueran tus padres carnales, seguro que también estarían igual de orgullosos de ti como lo estamos tu madre y yo. Es muy fácil caer, casi imposible levantarse en el nivel en el que estabas metido, Alex. ¡Dios te bendiga, hijo!”

El encuentro en la oficina de sociedades de inversión no pudo ser más fructífero. Bajo la experta supervisión del mismo responsable con el que abrió la cuenta en la que “enterró” los magníficos frutos cosechados por medio de falsos pagos y atrabiliarias condiciones, se fueron transfiriendo, de forma anónima, sumas muy importantes de liquidez inmediata.

La lista de los beneficiarios la constituía un largo pliego en el que constaban fundaciones de caridad de probada solvencia y de impecable trayectoria en defensa de cualquier valor humano.

Alex sonreía ahora al recordar la alteración que sufrió la expresión del hombre de negocios que le hacía de guía en todos y cada uno de los pasos necesarios para evitar que los receptores de las donaciones sufrieran algún inconveniente para disponer del dinero. No podía dejar de apreciar el ligero temblor que le acometió cuando acabaron de cumplimentar los requisitos legalmente exigidos y constataron que todavía se encontraban con “algo” de efectivo en la cuenta.

“-Dispondrá usted de una independencia económica notable, pese a la magnificencia con la que dispersado sus posesiones; nuestros derechos no ascienden a tanta cantidad como la que resta todavía.

-Tranquilo, sir. Tengo un encargo especial que hacerle y ha de ser sincero conmigo, ¿vale? No quiero que una chiquilla inocente quede a merced de la caridad. Su madre está en la cárcel para algún tiempo por encubrimiento y pretendo que usted, sir, ejerza conmigo de asesor legal y también en el tema de la educación y seguridad de la cría, y, todo ello sin que Rosalía, su madre, pierda los derechos con alguna charada legal. Ha de saber, que se la tienen jurada y son gente con muchas agallas e infinidad de contactos.”

No hay nada más satisfactorio que presenciar en directo el espectáculo de la puesta en marcha de los engranajes del auténtico poder: la legalidad.

Alex, con los ojos todavía cerrados, sonriendo, veía desfilar las imágenes como en una película.

El correcto y estirado hombre de negocios se mostraba tal cual era, un verdadero genio. La información que le acababa de dar no necesitó muchas ampliaciones; los detalles corrían a velocidad extrema circulando entre los cuatro asistentes que se les unieron en la cruzada.

Al acabar, los números que mostraba la pantalla plana, que reposaba sobre la inmaculada mesa de nogal maravillosamente encerada, daban un margen muy estrecho de líquido en la cuenta.

“-Hemos llegado al final, puede usted estar tranquilo sobre todos los asuntos que se han desenvuelto aquí –una mirada atenta del hombre hacia la brillante superficie y un suspiro de resignación para acompañar lo constatado en ella-. Ya está, todo de acuerdo. ¿Qué hacemos con la pequeñez que nos resta? ¿Prefiere usted no anular del todo la cuenta y mantener el depósito bajo mínimos? Le advierto que en unos pocos meses, con los intereses que le vamos a ir retirando, casi se habrá agotado el monto.

-Vale, mire, sir. Creo que no será muy válido lo que le voy a pedir pero si no se cree capacitado para ello, bueno, lo dejamos, sir.”

Alex seguía recordando y se echó a reír, ahora a carcajadas. Evidentemente fue un reto demasiado audaz, aquí, con gente tan preparada y tan bien instruida en todo lo relativo al dinero y lo que se puede hacer con él, no era de esperar menos que recogieran el guante al vuelo. Si sale bien y driblan los escollos patrioteros los pequeños pedigüeños tendrán “manduca” por algún tiempo servida por cuenta de “mi” cuenta.



CAPÍTULO TERCERO

Viento fantasma

Para un hombre de tamaño medio, con un color de piel normal y al que la naturaleza le hubiese dotado con unos ojos de color oscuro, la travesía del desierto es una proeza pero algo posiblemente natural si se ha preparado con detenimiento y sentido común.

Para uno de piel casi transparente, de envergadura grande, ojos claros y en plena huída, es todo un reto que difícilmente puede coronar.

Alex, cada vez que giraba la cabeza, veía la polvareda que levantaban los dos cuatro por cuatro que venían siguiendo a su todo terreno desde hacía más de una hora.

Medir a ojo las distancias en el desierto suele ser como el hacer caso de un espejismos, un vano intento de poner puertas al cielo.

Llevaba agua de sobra y en la casa le habían preparado la comida de emergencia que solían utilizar ellos mismos cuando habían de salir a escape, huyendo de las patrullas de todo tipo que de vez en cuando hacían un recorrido de “aprovisionamiento”.

Nadie había preguntado el porqué de la necesaria travesía, ningún comentario le había ilustrado sobre el motivo y la causa de la excelente acogida que aquéllas gentes, completamente extraños para él, le dispensaron en cuanto le vieron llegar, corriendo, exhausto y lleno de sangrantes heridas de todo tipo. Se limitaron a higienizarle los agujeros de las piernas y brazos, limpiarle los cortes de las mejillas y la cabeza y, tras lavarle escrupulosamente los pies con el agua turbia que sacaron del pozo que tenían delante del alto chamizo en el que convivían, sus bestias atadas más allá, protegidas con ridículas empalizadas, le dieron un caldo caliente, espesado y picante que tuvo la virtud de tirarle, literalmente, de espaldas y dejarlo dormido en el más profundo de los sueños.

Cuando abrió los ojos, a través de la abertura que hacía las veces de puerta en la redonda y gigante choza en la que todos parecían dormir plácidamente, vio una imagen tan luminosa que no alcanzó a desentrañar y se puso en pie con mucho cuidado sin notar ningún dolor, cosa que le extrañó de verdad pues recordaba con detalle todos y cado uno de los tormentos a los que Hugo y los otros tres le habían estado sometiendo durante mucho rato.

Retiró la burda cortina confeccionada con un saco viejo de yute que le separaba del misterioso redondel que le había impelido a levantarse. La visión de una maravillosa y gigantesca luna llena se le revelo de repente, tan cercana, que retrocedió temeroso, tomó aliento y avanzó unos pasos hacia ella.

Absorto en la contemplación del satélite no oyó la pregunta que le estaban haciendo desde la térrea entrada del beduino refugio.

Cuando, sin girarse, embebido todavía en la cruda luminosidad, respondió en el árabe que su padre siempre le había obligado a practicar en casa, tomó conciencia de que aquella gente le conocía.

Efectivamente, un viento favorable había trazado el camino hacia el pasado, que por motivos que desconocía le había sido arrebatado y ahora, por los mismos motivos le había guiado hacia él, envolviéndolo cuando huía, tras escaparse en un descuido de los que le maltrataban y parecían darlo por muerto.

Se reconoció en los ojos verdes que le miraban, en el brillante pelo claro que coronaba la destocada cabeza que le estaban mostrando, en la falta de pilosidad corporal, en la desmesurada estatura.

Le hablaban de un misterioso “Viento Fantasma” que había pasado por este sitio, muchos años atrás, lugar en donde tenían su campamento de invierno, ya que ellos moraban lejos, lejos, muy lejos de allí, y que se había llevado al mayor de los hijos de un hombre que siempre aseguró a los suyos que les sería devuelto.

Después de todo fue una inmensa suerte el que le desnudasen completamente antes de someterlo a la tortura. Poder refocilarse en la vil práctica de la tortura era tan grato para algunos que había conocido que dudaba mucho que necesitasen de un pago adicional por los servicios prestados.

Ahora, él también corría como el viento, a favor del viento, recto, todo recto, le habían dicho, hasta que se acabasen las piedras y después, cuando notase que los neumáticos del vehículo, -hábilmente camuflado y escondido entre las balas de paja que constituían el sustento de los dromedarios-, pisaban blando, girase todo a la izquierda y sin pensarlo un momento. Se aseguraron bien de que entendía las instrucciones y estuvieron repitiéndolo en todas las entonaciones hasta que él fue consciente de que necesitaban quedar tranquilos respecto a su comprensión.

Hacía solo unas horas pensaba que había tenido suerte, volvía tranquilo, sosegado, en paz, a su casa, a casa de “sus padres”, decidido a quedarse allí ganándose el pan con lo que fuera, era joven, estaba sano, hablaba el español, el árabe, el italiano, entendía el inglés y se defendía en otros idiomas más locales…

Se encontraba fuerte tras los años pasados en la parquedad del convento y con toda la fuerza espiritual que había podido acumular tras los ayunos y las penitencias y la felicidad que le proporcionaba su pequeña afición, confeccionando los abalorios femeninos y sabiendo que aportaba un pequeño beneficio a la comunidad de hombres buenos que, en atención a los requerimientos paternos y a los muchos favores que le debían al buen hombre, le habían acogido como a uno más pero sin las muchas obligaciones que tenían para sí.

Le cogieron en la puerta de la casa, anocheciendo, mientras él contemplaba embelesado la querida imagen de la modesta casita en la que tan rebelde se había mostrado, en la que tan sosegadamente le habían criado y a la que tan feliz regresaba.

Le tiraron como a un paquete en la parte posterior del todo terreno, los ojos embutidos en una apretada cinta adhesiva que se le clavaba en las cejas, las manos atadas atrás con idénticas apreturas y por último, cuando ya lo habían lanzado dentro del vehículo como a un fardo, le unieron los pies por los tobillos de la misma forma.

Debió dormirse, pese a lo incómodo de la postura y el traqueteo y los saltos del coche pues era casi de día cuando por fin pararon.

Le estiraron de los pies para apearlo y sintió que empezaba a manar de su occipucio un canalillo cálido que se vertía en la pedregosa y reseca tierra que le servía de lecho.

No podía sentir rencor, era inútil; aquéllas risotadas, aquél arrancarle la ropa y mofarse de las blanquecinas carnes con que el destino había querido recubrir sus anchos huesos, aquél demonio de hombre por el que en otros tiempos, cuando eran compañeros y le cubría los muchos errores que podían haber perjudicado a los protegidos y por cuya causa, por cargar con su responsabilidad recibió una sanción económica astronómica por la que se vio obligado a pasar , literalmente, hambre, por todo ello, a pesar de eso, como estaba en paz consigo mismo, le era imposible rendirse a la barbarie de los demás.

No les gustó nada saber que tendrían que dar “las malas nuevas” a sus amos: no existía físicamente el dinero por el que durante algún decenio tantos habían recurrido sistemáticamente al abuso con tal de irlo amasando para el “por si acaso” o bajo la consigna de “para las buenas obras”

Las sociedades fiscales tienen alguna parte de culpa, simplemente por existir, aunque también sirven para algo más que para depositar mullidamente el dinero que poco a poco se va juntando, de aquí y de allá, con más o menos voluntad de donativo de los muñidos y a su pesar. Como en los hormigueros, para el invierno, o en los avisperos, nadie se siente capaz de oponerse a algo que es bueno “por si acaso”, ni siquiera cuando hace daño a alguno como a él.

De no ser por el viento que le empujó a los brazos de Rosalía y de allí a ser el depositario de confianza de los muñidores -de no haber puesto el mar de por medio-, también lo hubiera lanzado a la cárcel, lo mismo que a su amada.

Menos mal que le trajo de vuelta, ha podido repartir en verdaderas buenas obras todo lo acumulado, ha podido asegurar generosamente la vida de la chiquilla, anclándola en buenas manos y…

Una rueda acaba de reventar, el estallido es tal que parece el sonido de un tornado que se precipitara sibilante sobre él.

Quizás es por el apremio urgente que siente de que todo acabe ya pero parece que las tres ruedas indemnes se deslizan sin dificultad, gira el rostro para controlar a los perseguidores y ve pasmado cómo están encima de él, es el momento de dar un volantazo a la izquierda. Chirrían las ruedas y todo el vehículo parece que va a perder la cohesión, empieza a hacer cabriolas y amenaza con volcar hasta que consigue estabilizarlo soltando, poco a poco y suavemente, el volante.

Los otros coches han desaparecido; una juguetona y fina capa de arena lo cubre todo, ha de esperar unos minutos hasta que se asienta el polvo y lo ve, se le sacude todo el cuerpo del espanto que le produce observar desde el borde mismo del abismo, allí abajo, destrozados, los restos de los todoterrenos.

Una inmensa piedad invade su ánimo, intenta reaccionar positivamente y después de pensar un poco calcula la manera de acceder hasta ellos, quizás estén malheridos y pueda hacer algo aunque es muy improbable, debido a la profundidad de la garganta por la que han caído, hay que intentarlo, se dice.

Vuelve a levantarse el viento y unas espirales de tierra y polvo le ciegan los ojos de manera que ha de detenerse en el intento de bajar por la pendiente.

Se oyen unas ensordecedoras explosiones que se suceden en cadena. Abre los ojos, henchidos de lágrimas y tierra y se encuentra mirando aquello que se temía. No hace falta bajar, irá a pedir ayuda, hay que sacar de allí pronto a las víctimas o con la luna llena los chacales acudirán en tropel.







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