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POR LA CARNE TAMBIÉN


Sandro Cohen



Libros Malaletra


Narrativa



Published by Publicaciones Malaletra Internacional at Smashwords

Copyright 2011 Sandro Cohen

ISBN: 978-607-95520-3-9

Made in México



Diseño de portada: Ricardo Caballero

Smashwords Edition, License Notes.

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Índice

Sonetos a Celina

Dos contra uno

Los novios

Carmen

La felicidad

El sobre

Dolores, después de tantos años

Ahora que lo pienso

Ésta es la carta

Tarde en la universidad

A cuatro manos

La otra

Cuento de navidad

Prohibido fumar gracias




Cien lugares comunes, amor cándido,

amoroso y porfiado amor primero.

Vámonos por las rutas de tus venas

y de mis venas. Vámonos fingiendo

que es la primera vez que estoy viviéndote.

Por la carne también se llega al cielo.

—Gilberto Owen,



"booz canta su amor",

El libro de Rut







SONETOS A CELINA



El dinero sí me importaba. Se supone que a los escritores les interesa la Verdad, la Justicia o la Belleza mucho más que su cuenta bancaria. Pero como periodista yo ganaba apenas lo suficiente para subsistir con cierto decoro, y debía aparentar holgura porque me habían asignado la fuente de Economía. Los personajes entre los cuales me movía se vestían bien, comían en buenos restaurantes, usaban automóviles lujosos, y de noche asistían a cocteles en compañía de damas distinguidas. Ni modo de vestir pantalón de mezclilla y chamarra de cuero, como si fuera de Cultura.

A pesar de que ganaba más que el común de mis compañeros, con los gastos extras que debía hacer, vivía prácticamente al día. Sin embargo, logré convencer a mi editor de que me dejara hacer un reportaje de fondo acerca de cómo funciona la Bolsa de Valores entre bambalinas, detrás del escenario, debajo del agua, o como uno quiera decirlo. Así podría abrirme puertas más lucrativas en el futuro. Representaba la posibilidad de elaborar una gran denuncia, una crónica de la corrupción en las esferas más altas del gobierno y del comercio, semblanzas verídicas de los involucrados, tanto de los ganadores como de los perdedores.

Además, olvidaba que, en una de ésas, pudiera descubrir alguna historia digna de contarse en una novela. Siempre había querido romper la etiqueta que algún crítico me había colgado y que, para esas alturas, parecía indestructible: periodista aspirante a escritor de cuentos y poemas fácilmente olvidables, sin sangre humana. La verdad, ésta era la imagen que tenía de mí mismo antes que se desencadenasen los hechos que me han traído, una vez más, hasta este lugar.

No soy tan ciego o vanidoso como para hacerme falsas ilusiones, pero es posible que algunas páginas mías valgan la pena y logren sobrevivir a pesar del vacío en que han caído. El mejor escritor del mundo nunca seré, pero pensaba que tenía algo que decir y que escribía pasablemente, aun en esos días cuando andaba tan mal. Me había deprimido un poco por lo que empecé a sospechar acerca de Celina, y otro poco por la absoluta falta de caricias al ego: me sentía como cucaracha. En momentos como ésos uno cae fácilmente en el cinismo. Con 100 mil dólares, aproximadamente un millón de pesos —algunos miles más u otros menos, según la cotización de la moneda—, Celina y yo podríamos haber comprado algo propio para salir adelante: no tendríamos que pagar renta, podríamos vivir en un barrio bien, comprar un auto decente; ella tendría la posibilidad de independizarse y yo podría dedicar más tiempo a escribir lo que yo quería en lugar de desgastarme en el periodismo, que siempre es ingrato. O casi siempre. El reportaje que hacía sobre la Bolsa prometía por partida doble: en lo profesional había posibilidades de ganar hasta un Premio Nacional. Y gracias al reportaje conocí a Celina. Aunque no podía saberlo cuando la vi por vez primera, fue ella quien me hizo vislumbrar la posibilidad de conseguir, con relativa facilidad, los 100 mil dólares.

No podía desenmascararme ante los sujetos de mi reportaje. Debía ser más sutil. Mientras iba haciendo las entrevistas de rigor, mientras juntaba documentos y filtraciones incómodas, entregaba al periódico notas decorosas —nada fuera de lo normal— y en ocasiones hasta elogiosas para Los hombres y mujeres que impulsan a la industria y el comercio del país. Así fui ganando su confianza durante los seis meses que me dediqué a conocerlos a fondo, y al mismo tiempo armaba el material que sería una especie de bomba atómica en el mundo financiero. De menos tendrían que cerrar la Bolsa temporalmente para evitar una fuga estrepitosa de capitales una vez que se revelasen los pozos sin fondo de corrupción que ahí había.

Conocí a Celina telefónicamente el lunes de la segunda semana de mis investigaciones. Había hablado a la Consultoría de Luévano, Deschamps y Asociados para pedir cita con cualquiera de estos dos señores, y me comunicaron con Celina Romero, la asistente del señor Óscar Luévano. Me identifiqué como reportero del periódico Reforma y le dije que me interesaba hacer una nota sobre la internacionalización de la imagen de un México nuevo gracias a su arquitectura, literatura y cocina, incluyendo sus cervezas y tequilas. (Luévano, Deschamps y demás Asociados asesoraban a varios fabricantes y exportadores de bebidas alcohólicas). Me dio cita para el jueves a las once de la mañana.

Llegué puntualmente pero la secretaria me dijo que tomara asiento, que en un momento me atenderían. (Siempre me han molestado estos giros de lenguaje oficinesco. Como el que siguió de inmediato: ¿Gusta un café? De haber tenido 10 pesos por cada taza de café que me ofrecían antes de hacer una entrevista, no habría escrito estas palabras, difícilmente habría tenido necesidad de hacer el reportaje y estaría lejos de aquí, de este brasero que hice con mis propias manos y las piedras mismas del lugar, y con el cemento y cal que traje desde la ciudad de Toluca sin que nadie sospechara por qué me hacían falta).

Estaba a punto de informar a la secretaria que me retiraba, que tenía otra cita a las doce, cuando se abrió la puerta detrás de su escritorio. Salió Celina.

Señor Soberanes... ¡Mucho gusto! —me extendió la mano derecha y la tomé, cuidándome de no apretar demasiado fuerte, como sí lo habría hecho con la mano de un hombre—. Siento mucho haberlo hecho esperar, pero estaba en una llamada de conferencia a Nueva York y se extendió más de la cuenta —había usado la frase conference call, y en cualesquiera otras circunstancias esto habría bastado para que yo ironizara a partir de su pochismo de alta tecnología a fin de burlarme inmisericordemente de ella, pues la gente de finanzas no suele tener imaginación ni sentido del humor, y nunca se dan cuenta. Mas en este caso, apenas pude abrir la boca.

—El gusto... es mío.

Hacía mucho que no había visto una mujer tan hermosa, y eso que veía mujeres hermosas diariamente. Algo tenía que irradiaba confianza, seguridad y una sexualidad a flor de piel más que intocable, lo cual se traducía en una sensualidad que me perturbó desde el primer instante y que me impidió emplear mi discurso tan ensayado. Me hizo pasar a su despacho y me señaló un sillón donde podía sentarme. Había otros tres colocados alrededor de una mesa cuadrada de vidrio, en cuyo centro había un arreglo floral de indiscutible buen gusto. Igual que su vestido, los cuadros colgados en las paredes, la alfombra en el piso y los ceniceros sobre la mesa.

—¿Le molesta si no fumo? —me preguntó con mucha seriedad.

—Sí, sí, por favor, adelante... —balbuceé antes de darme cuenta de que fue ella quien se había burlado de mí.

—¡Siempre dicen lo mismo! —se regocijó y me quedé en silencio, mi señal de derrota. Pero pronto me di cuenta de que iba a tener que romper algunas reglas si iba a reponerme y sacarle la sopa. A un lado de la comisura de sus labios, muy cerca de su boca, tenía una minúscula cicatriz, el pequeñísimo defecto que la volvía aun más apetecible e inalcanzable. Fue en ese momento cuando tomé la decisión de conquistarla. Con apenas deslizar la mirada hacia su mano izquierda, vi que no traía anillo de matrimonio y sentí que el campo se nivelaba. Sonreí...

—Licenciada Romero, como usted sabe, estoy realizando una serie de artículos sobre la imagen de... —no deseo recordar las palabras que empleé en esa ocasión para que Celina aceptara cenar conmigo en Delmonico's, donde podría seducirla mientras dábamos vueltas sobre la ciudad y sus 15 millones de habitantes. Me escuchó amablemente. Hizo algunos comentarios relativos a la fuerza de la economía de exportación y la salud de la Bolsa, pero yo apenas escuchaba. Simplemente observaba la manera en que movía la boca, el modo en que se asomaban sus dientes por entre los labios, y cómo éstos se separaban ligeramente, dejando entre sí un levísimo dejo de saliva que primero se adhería a los dos, pero que se replegaba enseguida cuando Celina abría la boca un poco más. Al cerrarla de nuevo, sus labios volvían a sellarse perfectamente tras el rojo discreto del lápiz labial cuyo sabor gozaba con sólo ver su brillo. Ya estaba enamorado.

Quedamos de vernos en el restaurante giratorio el viernes de la siguiente semana porque al otro día debía salir a un viaje relámpago (así lo llamó) a Nueva York y Londres; cuestiones de trabajo. Ahora sé por qué y con quién viajó, pero en ese momento carecía de motivos para tener celos. Además, ¿quién era yo?

Los próximos días los pasé en una especie de neblina. Me presentaba en la Redacción, escribía mecánicamente, entregaba mis notas y recogía órdenes de trabajo cuando las había. Sólo pensaba en Celina, en la comisura de sus labios. Me preguntaba quién era, si sería rica, si de veras era licenciada (en este país nadie se queja cuando le dicen licenciado) o si, sencillamente, era una secretaria que el jefe había ascendido a asistente porque era muy lista, muy guapa y...

Más que la espera, mis pensamientos eran la peor tortura. Por primera vez en mi vida, no sabía si estaba yo desclasado o si tenía las armas suficientes para librar la batalla sin hacer el ridículo. ¿Vería en mí algún atractivo? ¿Le importaría que hubiera publicado poemas y cuentos en alguna revista? ¿Se fijaría siquiera en mí? ¿Se burlaría de mí si supiera cuánto gano?

Desde el viernes mismo aproveché la neblina que se había apoderado de mi cerebro y me puse a escribir sonetos. Hacia fuera no veía nada, pero dentro de mi cabeza todo aparecía con nitidez de cristal. Escribía sin parar, tachaba y volvía a borronear los endecasílabos. Antes que pasara la semana, ya había terminado un ciclo completo de poemas, todos ellos dedicados a Celina. En ese momento, si hubiera sido el siglo XIII, Beatriz habría sentido celos y Dante habría abandonado la escritura. La Vida nueva de repente hubiera envejecido y sus metáforas se habrían convertido en fórmulas huecas. El mundo se habría llenado de Celina y sólo ella existiría, como de hecho ya había ocurrido para mí en ese momento.

A las nueve en punto apareció, aun más hermosa que ocho días antes. Primero la vi contra las luminarias del sur de la ciudad. El aire estaba limpio y se observaba, a más de 20 kilómetros, la fila de luces rojas de los coches que, a la manera de una gran serpiente, ascendían, centelleantes, por un costado del Ajusco hacia Cuernavaca. Quince minutos después apreciaba el lóbulo de su oreja izquierda, con la Sierra Madre Occidental —bañada en la luz del plenilunio— como fondo. A los 30 minutos la antena del Cerro del Chiquihuite aparecía como una peineta detrás de su cabello, y por primera vez me pareció hermoso ese artefacto de las telecomunicaciones. Apenas puse atención a la silueta de los volcanes cuando aparecieron un cuarto de hora después. Ya había hecho unas preguntas sin demasiado filo, y había grabado unas cuantas declaraciones cuando saqué de un cartapacios que traía mi ciclo de Sonetos a Celina, mi propia Vida Nueva, la corona que había elaborado con siete sonetos entrelazados, todos ellos arrancados de mis tripas, y los coloqué enfrente de ella, junto a su taza de café.

En ese momento ella no sabía de qué se trataba. Antes de ver las hojas pensaría que serían artículos escritos por mí acerca del cuasi monopolio telefónico o el hombre más rico de América Latina. Rápidamente echó un vistazo a la primera hoja y estoy seguro que estaba a punto de preguntarme qué pretendía con ello, pero en lugar de formular su interrogante, cerró los labios con fuerza —lo cual me inspiró una gran ternura— y no mostró sorpresa alguna cuando empezó a leer el primer soneto. Al llegar al verso final de ese poema, levantó la mirada, me vio a los ojos pero no dijo palabra. Volvió a la lectura, un poema tras otro, hasta concluir. Cuando volvió a verme, sus ojos se habían llenado de lágrimas.

Esa noche me acompañó a mi departamento y formalizamos, poesía mediante, nuestra relación. Me confió que, en efecto, había sido secretaria. Pero también era licenciada, pues siguió estudiando por las noches y se graduó con honores de la Facultad de Economía de la Universidad Nacional. Deduje que su buen gusto lo había adquirido en virtud de sus dotes de observación, y que el aplomo con que se movía también lo había aprendido sobre la marcha: sus orígenes eran más bien humildes y se había levantado prácticamente sola. Era la mayor de entre cuatro hermanas y dos hermanos, hijos de vendedores ambulantes. Me dijo que un hermano se había muerto en una riña callejera entre bandas que peleaban el dominio de no sé qué terrenos, que una de sus hermanas se había quedado en el viaje tras un pasón de cocaína mal cortada, y que otra estaba rematadamente loca. Los otros la iban librando, de una manera u otra, entre la violencia, el alcohol y demás sordidez de las clases populares que no perdonaban la ambición, que a manera de imán parecían jalar hacia abajo a todo aquel que deseaba salir de su esfera de influencia. Cuanto más uno se esforzaba por romper con la fuerza de esa gravedad —me explicaba—, más estrepitosa resultaba la caída. Ella se había salvado de milagro y eso, probablemente, es lo que más me pesa ahora, mientras prendo las ramas de ocote sobre el brasero.

Yo quería verla todos los días. Deseaba llevarla conmigo a mis entrevistas, involucrarla en todo cuanto hacía. Pero ella también debía trabajar, atender —igual que yo— su carrera... Terminaba, además, una maestría en Economía Internacional. Siempre tenía mil cosas que hacer en la oficina y no me permitía llegar por ella, ni mucho menos hablarle. Me decía que, por desgracia, no ganaba bien porque había entrado como secretaria. Si hubiera comenzado en el puesto que tenía en ese momento, probablemente ganaría el triple. Le dije que la estaban explotando, que debía independizarse. Estaba de acuerdo conmigo, pero me aclaró que le convenía quedarse porque estaba haciéndose de contactos importantes y aprendía a mover palancas. Con su maestría, sin embargo, pensaba que podría poner su propia consultoría, y la hora no estaba muy lejos, que debía yo tener paciencia.

El tiempo que pasábamos juntos me sentía feliz, pero no era mucho. Ella salía de la ciudad con frecuencia, y a veces se ausentaba durante dos semanas o más. Después supe que viajaba con Luévano, Óscar Luévano, su jefe, y me volví a torturar con todas las suposiciones del caso, hasta que un domingo la enfrenté en un restaurante de comida mexicana en Clavería.

—Háblame de Luévano.

—¿Qué quieres saber?

—Quiero saber quién es para ti —después de formular mi deseo, la vi directamente a los ojos. Me sostuvo la mirada pero no habló. Me vio fijamente, como si estuviera en el trance de una decisión difícil. Una vez más cerró sus labios con fuerza y temblaron fugazmente, como si fuera a llorar o a gritar, o las dos cosas. En ese momento, desconozco la razón, evoqué ante mis ojos su cuerpo desnudo. La vi relajada sobre mi cama, entre dormida y despierta. Se desperezaba estirando sus brazos, primero, y luego las piernas. Vi las marcas curiosas que tenía detrás de los muslos y pantorrillas. "Con mis hermanos nos pegábamos con ramas que recogíamos de la Alameda cuando éramos niños. Un día hasta me sacaron sangre...". Una imagen encima de la otra, mezcladas. Dos Celinas en dos mundos diferentes.

—Es mi amante.

—... —desapareció la mujer encima de mi cama. El trío que iba de mesa en mesa empezó a cantar "Yo nunca me enamoré de ti", y pensé que ni en las peores películas mexicanas podía suceder esto.

—¿Contento? ¿Has satisfecho tu curiosidad?

Nunca la había visto tan fría. Por mucho que me había imaginado que Luévano y ella pudieran ser amantes, o que se había acostado con él alguna vez —no soy del todo naïf, una palabra muy elegante para decir que no me chupo el dedo—, jamás pensé que me lo diría tan seca, brutalmente. En el fondo guardaba esperanzas de que me regañara, de que me llamara paranoico. "Sólo existes tú —quería que me dijera—. ¡Déjate de tonterías! Ese hombre no es nada para mí".

—...

—Tenemos más de cuatro años. Él está casado, tiene hijos y nunca se va a divorciar. Además, ya no quiero nada con él...

—¿Desde cuándo? —levanté la mirada por primera vez.

—Desde hace seis meses, cuando te vi en la sala de espera de mi oficina —sentí que mi corazón revivía, pero sólo para encogerse aún más.

—¿Todavía te acuestas con él?

—¡Qué vulgar puedes ser!

—Es sólo una pregunta...

—Me lo... requiere. Y si me preguntas qué tal está en la cama, te diré que lo hace muy bien, y que me fascinaba... —no quería imaginarme cómo lo hacían, pero no podía evitarlo. ¿Ella le abriría las piernas para que la penetrara, lo excitaría con la mano, con la boca? ¿Le susurraría al oído, como me lo hacía a mí? ¿Sería mejor amante que yo? ¿Cómo se veía el rostro de ella cuando la penetraba? ¿Gozaba? ¿Pensaba en mí? ¿Me olvidaba?—. Pero después me di cuenta de que me emborrachaba con su dinero, su poder. Me gustaba que me llevara en su avión privado y que me hiciera el amor sobre el Golfo de México, rumbo a Nueva York, y que viéramos, desnudos y aún acostados, cómo aparecían las Torres Gemelas por el lado izquierdo del avión. Que me bañara con champaña en el Four Seasons, que me comprara vestidos con los cuales yo jamás podría haber soñado siquiera —aquí se interrumpió y soltó un suspiro. Me pareció que veía hacia atrás, que enfrentaba imágenes que le causaban dolor, que no solía frecuentar—. Me ha regalado algunas joyas cuyo valor rebasa y multiplica 10 veces lo que mis padres ganaron durante toda su vida. Las tengo en una caja segura dentro del banco y sólo las saco, de una en una, cuando hacen falta para cuando él me quiere a su lado, sonriente, como su puta de lujo, en alguna cena, algún viaje —antes de ese momento, jamás había usado una palabra así, y me asusté—. Mi papá se emborrachaba con alcohol del 96 cortado con Pascual de Uva, y se creía el más guapo, el más chingón del mundo. Óscar me emborrachaba con vino francés, con coca, pero más que nada, ahora lo sé, con su poder, y yo también me creía la más chingona...

—Lo eres.

Por segunda ocasión la vi llorar, esta vez —incontrolablemente— sobre su flan de natilla. Pedí la cuenta y la acompañé a su casa, al departamento que él le había alquilado o comprado —lo desconozco— en la calle de Maimónides. Hicimos el amor con mucha lentitud, pero no sé dónde estaba ella realmente. Sus gemidos venían de muy profundo, pero yo no lograba descifrar su significado. Con su tercer orgasmo me inundó toda la cara y sentí una gran felicidad, como nunca antes. Todo mi dolor y angustia se trocaron en alegría. Mientras Celina contraía los músculos de su vagina y me bañaba con sus líquidos, me pegaba cada vez más a su orificio y sentí ganas de introducirme por entero, ser parte de ella, no separarme nunca de su presencia, de su belleza, de su infinita —y de ello estoy completamente convencido, aún hoy— bondad.

Juro ante Dios y todos los poderes que no se me había ocurrido antes. Mi cabeza descansaba sobre su estómago y con la mano izquierda acariciaba su pecho.

—Lo chantajeamos.

—...

—Lo chantajeamos. Le pedimos dinero. ¿Cuánto le podemos exigir?

—¿De qué hablas? —preguntó, pero sé que ya me comprendía perfectamente.

—Para que no se entere su esposa. Tú misma me dijiste que la mayor parte de su lana es de ella. Que sí gana bien con la consultoría, pero que lo fuerte es de ella, que por eso nunca se va a casar contigo.

Me apretó la mano sobre su pecho y luego me hizo presión sobre la espalda, indicándome que la montara. De inmediato respondí y la volví a penetrar. Empezó a moverse enseguida, como si reanudara su éxtasis en el lugar exacto donde lo había interrumpido. Tenía los ojos abiertos. Siempre los cerraba, pero ahora los mantenía abiertos y me veía fijamente. Empezó a gemir de nuevo, a gritar. Sentí sus espasmos de nuevo, pero ahora sobre mi sexo. Con cada sacudida, ella abría más los ojos. Vi cómo sus pupilas se dilataban para ocupar casi todo el iris. Podía verme en ellas, duplicado. Gritaba y se sacudía, se cimbraba. Me jaló hacia su boca, me abrió los labios con su lengua y la metió hasta lo más profundo. Yo jamás había sentido algo así; nunca habíamos hecho una conexión tan profunda, tan completa como esa tarde, y no supimos nada hasta las ocho de la mañana del próximo día.

Nos despertó la luz que empezaba a filtrarse por las persianas.

Cien mil dólares —me soltó de sopetón, como si dijera buenos días—. Él puede juntar cien mil dólares sin despertar sospechas. Con suerte, los podrá reponer en un par de semanas, un mes a lo máximo. Ella jamás se enterararía.

Casi había olvidado mi propuesta. De hecho, la había olvidado por completo, sumido, como estaba, en mi nueva felicidad, sin haber reflexionado en su razón de ser.

—¿Cómo?

Sólo sonrió y me dio un beso.

Hoy renuncio, y junto al oficio donde le informe de mi decisión irrevocable, le entregaré un breve recado que dirá, más o menos, así: "Estimado Óscar: si aún quieres tu avión, tu suite privada en el Four Seasons, tus tarjetas de crédito y un espacio en la cama junto a tu esposa, favor de entregarme la cantidad de 100 mil dólares antes que transcurran siete días a partir de este momento. Ni se te ocurra acudir a la Policía: sería el fin de tu maravilloso matrimonio, y no creas que la consultoría quedaría a salvo. Demasiados secretos me sé que podrían hundirte, y no sólo están conmigo. Si me ocurriera alguna desafortunada desgracia, al otro día tus trácalas serían vox populi en todo el país". ¿Qué tal?

Le di vueltas al plan muchas veces en la cabeza. Me pareció perfecto. Por lo que Celina sabía del carácter de la esposa, ésta jamás iba a permitir que le pusieran el cuerno: lo celaba mucho y Luévano tenía que hacer mil malabares para despistarla. A veces, incluso, le pedía que lo acompañara en sus viajes, e iban los tres. Así la esposa podía comprobar que no había nada entre Óscar y Celina. En esas ocasiones se portaban profesionalmente; se sacrificaban para que, más adelante, pudieran darle vuelo a la hilacha.

También por eso Luévano mandó construir esta cabaña perdida en la sierra, sin teléfono; apenas si cuenta con luz eléctrica. Su esposa no sabe que existe. En la oficina, únicamente Celina tenía conocimiento de ella, pues la había construido para estar con ella. Ni sus amigos ni sus socios. Ni en su testamento figuraba. Según Celina, le gustaba llamarla mi universo paralelo.

Otro elemento a nuestro favor era que Luévano ignoraba mi existencia. Celina, desde el principio, se había encargado de ello. Durante esos seis meses no volví a pisar su oficina; nos veíamos en otra parte. Si el jefe estaba en la ciudad, íbamos a lugares donde él jamás aparecería. Íbamos al cine a Galerías en lugar de Pabellón Polanco, Centro Comercial Santa Fe o Altavista. Comíamos en Burger King o en barrios viejos del norte de la ciudad. Comprábamos antigüedades y ropa usada en La Lagunilla. Nos divertíamos mucho.

Cuando estuvimos seguros, redactamos juntos la renuncia y el recado. Celina llegó temprano a la oficina y dejó los papeles en un sobre cerrado, encima de su escritorio, y se retiró discretamente. Alquilamos, bajo nombres falsos, un cuarto de hotel en Santa María la Ribera porque sospechábamos que él la buscaría en Maimónides. Cada hora salía yo al cibercafé de la esquina para consultar la cuenta de correo electrónico que habíamos abierto exclusivamente para recibir la respuesta del ex jefe de Celina.

No tuvimos que esperar mucho. A las cinco de la tarde había llegado, también bajo una identidad falsa:

Celina: me has roto el corazón. Pero está bien. Acepto el trato. Te lo ganaste. Si de veras querías eso, sólo tenías que habérmelo pedido. Obviamente, no te puedo hacer una transferencia electrónica y necesito un poco de tiempo para juntar el efectivo en dólares. Sin embargo, estoy seguro que para el viernes lo tendré. A la medianoche ve al Hábita, un antro en la calle de Masaryk. Habrá mucha gente y no tendrás que preocuparte por ninguna mala jugada. Métete, pero quédate sólo media hora. Al salir, verás una limusina color guinda. La habré enviado yo. Te metes en el asiento de atrás y verás un maletín con el dinero. Cierras la puerta y lo cuentas. Podrás irte en ese momento o le pides al chofer que te lleve a donde gustes. Espero que no volvamos a encontrarnos nunca.Te amo, Óscar.



—Es una trampa —me dijo—. Estoy segura de que es una trampa.

—Puede ser... ¿Por qué una limusina? ¿Por qué no lo deja en un bote de basura, como en las películas? ¿Por qué tan complicado?

Así es él. Le gusta estar en control, y eso no me gusta. Ya no me gusta. Y no le creo nadita. En los ocho años que tengo de conocerlo, jamás ha cedido si no era para ganar más. Es ajedrecista nato, pero juega con seres humanos. Son sus peones. Lo he visto mil veces. Aquí la reina soy yo. O más bien es su esposa y la tiene que proteger para tenerme a mí, que sería su alfil, su torre o... ¡qué sé yo!

—Su caballo.

Me vio como si se fuera a reír, pero se contuvo. Me fijé en sus labios y una vez más vi su cicatriz junto a la boca. Empezaron a formarse lágrimas en sus ojos, pero se las quitó con el dorso de la mano y respiró profundamente. Por primera vez me di cuenta de la gravedad del asunto.

—¿Qué hacemos? —me preguntó. Hasta ese momento casi había parecido un juego. Un ajedrez dónde nosotros veíamos las jugadas, pero sólo aquellas que estaban a nuestro favor. Realmente no habíamos explorado nuestras debilidades más que superficialmente. Sea como fuere, ya no era posible retractarnos, volver a como estaban las cosas antes del domingo, cuando habíamos decidido apoderarnos de nuestras vidas y dejar de depender de terceros.

—Te acompaño. Tengo un arma. No te preocupes.

—¿Y si el chofer se larga al ver que somos dos?

—Le damos una oportunidad más antes de enviar nuestro informe a la señora de Luévano.

Esa noche había, en efecto, muchísima gente. Le abrieron las puertas a Celina a las doce en punto pero yo ya había entrado con 15 minutos de anticipación, no sin antes depositar un billete de 500 pesos en la mano del cadenero principal para que los de seguridad se evitaran la molestia de auscultarme. Estaba apostado en la barra, aguantando estoicamente la música electrónica, cuando a las 12:28 Celina empezó a encaminarse hacia la salida. Nadie se le había acercado. Yo la seguí a una distancia discreta, aún resintiendo los decibeles que hacían de mi tórax un tambor, y salí detrás de ella. Sobre la avenida la limusina estaba estacionada en doble fila. Los cristales de las ventanas estaban polarizadas y hacia dentro no se veía nada. Estaba yo a un metro de Celina cuando, sola, se abrió la portezuela trasera unos cuantos centímetros. Cuando se encontraba a sólo dos metros del automóvil, se detuvo y me miró sobre el hombro. Le indiqué con los ojos que se metiera, que yo estaría detrás. Con el brazo izquierdo hacía yo presión sobre la pistola que estaba en su funda sobaquera.

Celina terminó de abrir. Ambos, ya juntos, pudimos ver el maletín.

—Métete —le dije en voz apenas audible. Y estábamos adentro. Celina levantó el maletín como si hubiera sido nitroglicerina. Mi corazón latía descontroladamente y empecé a sudar frío. Me miró antes de proceder. Asentí con la cabeza, pues no nos atrevíamos a hablar.

Ahí estaba: 10 paquetes de 100 billetes de a 100 dólares cada uno. Cien mil dólares. Me puse a analizar el efectivo; no parecía falso. Total, no le convenía a Luévano entregarnos billetes falsificados o marcados. Habíamos documentado plenamente sus transas, su ropa sucia, y yo ya había depositado toda la información en un correo electrónico, sembrado en mi disco duro, mismo que había programado para que se enviara automáticamente a todos los periódicos, empezando por el mío, si yo no lo desactivaba en 48 horas. Intenté descubrir si el chofer nos observaba, pero había un grueso vidrio entre el compartimiento de pasajeros y el asiento de adelante.

Habíamos contado hasta los primeros 25 mil cuando perdimos el conocimiento.

Al despertar, la cabeza me estallaba. Había sido, supongo, una especie de gas que ataca al sistema nervioso. Yo me encontraba en el piso de la cabaña, atado de manos y pies, y éstos —a su vez— estaban amarrados a la cama de hierro forjado. Al principio no podía ver bien, pero escuchaba gemidos. Era Celina. Poco a poco fui enfocando hasta que logré verla, desnuda, colgada de una viga por las muñecas, las piernas separadas y amarradas a dos aros de metal que sobresalían del piso. Ella apenas empezaba a volver en sí, y estaba amordazada.

Traté de llamarla, pero yo también tenía un trapo en la boca, y varias vueltas de cinta canela alrededor de mi cabeza me impedían escupirlo. Fue entonces cuando vi a Luévano sentado en un rincón, vestido en pantalón de mezclilla y camisa sport. Tenía un látigo en la mano derecha. Recordé las marcas en las piernas de Celina. El hijo de puta...

—¡Buenos días, muchachos! ¡Qué gusto tenerlos de invitados en esta su humilde casa! Lamento no poder ofrecerles de comer, pero ustedes saben: ando un poco corto de efectivo en estos días.

Intenté con todas mis fuerzas soltar la cuerda con que me había atado, pero apenas pude moverme. Se puso delante de Celina y empezó a abrirse la bragueta. Metió la mano izquierda, sacó su miembro, aún flácido, y empezó a agitarlo.

—¿Qué, no te gusta? ¡Antes te encantaba! Vamos a enseñarle a tu amiguito cuánto te gusta.

Celina empezó a moverse frenéticamente, tratando de zafarse, pero era imposible. De repente Luévano pellizcó su pezón izquierdo le dio una torcedura y un tremendo jalón. Celina gritó con dolor y puso los ojos en blanco, pero apenas pudo escucharse.

—¡No te oigo! ¡No te oigo! —gritaba una y otra vez Luévano mientras lograba una erección. Y le soltó el primer latigazo sobre la pierna izquierda. Y después sobre su costado y espalda. Luego sobre la otra pierna, y su pecho, y otra vez su espalda—. ¿Crees que puedes meterte con cualquier pendejo? ¿No entendiste que eres mía, que yo te hice, que a mí me debes todo? —puntuaba sus oraciones con latigazos precisos que hacía estremecer el cuerpo de Celina, quien intentaba verme de reojo, suplicante—. ¿Realmente crees que no supe con quién andabas desde el primer momento? ¿Crees que no sé qué pretende hacer este imbécil? ¿Destruir una vida de trabajo honesto? —empezó a correr sangre. El hombre se acomodó detrás de ella y la penetró en seco. El sufrimiento fue demasiado para ella y se desmayó.

Tras descansar media hora, tal vez, Luévano se levantó del suelo donde se había recostado, sobre un tapete, y se dirigió hacia mí. No voy a describir lo que me hizo porque, la verdad, no aguanté mucho. Esperó hasta que Celina volviera en sí. Quería que ella me viera. Luévano me desamarró una pierna, me cortó el pantalón, me arrancó el calzón. Yo nunca había sentido un dolor parecido. Pensé que iba a ahogarme en mi propio grito, que me iba a tragar aquello que tenía en la boca, pero no tuve tal suerte. Era como si me hubiera metido una macana. Vi estrellas sobre negro, y luego sólo negro. Cuando recuperé el conocimiento, cubierto de mi propia sangre, producto de los latigazos y los desgarrones que me había hecho, él estaba otra vez encima de Celina. Ya estaba completamente desfigurada; sus ojos, hinchados como dos pelotas. Sus pechos habían sido cercenados y sangraban profusamente. Su cuerpo, del costillar hacia abajo, se había teñido completamente de rojo. No podía ver si respiraba. Luévano, otra vez, se había dormido.

Entonces me di cuenta de que se le había olvidado volver a amarrar mi otra pierna. También me fijé en que la cuerda con que me había atado las manos casi se había trozado por tanto movimiento contra la pata de la cama de hierro, que tenía el borde filoso. No me costó mucho trabajo terminar de cortar las amarras. Vi que junto a la chimenea había un atizador, el lugar común de las novelas policiacas inglesas que en ese momento vi como la llave que abría las puertas del Paraíso. Creo que lo maté con dos golpes. Nunca supo qué le pasó, por desgracia. Para asegurarme de que estaba muerto, le atravesé el corazón con el atizador. Otro lugar común.

Esa noche, cojeando —y aún con mucho dolor—, encontré las llaves del coche de Luévano y me dirigí al pueblo más cercano. Me detuve ante un teléfono público, sin que nadie se fijara en mí, y hablé a mi casera. Le pedí que, de favor, entrara en mi departamento y desconectara completamente mi computadora de la pared. Hice mucho hincapié en que también desconectara el cable telefónico, pues iba a tomarme unos cuantos días de vacaciones, que no se preocupara. Que también desconectara la luz y el gas. Que se llevara a su casa lo que había en el refri.

Nunca iban a creer lo que yo había escrito, mi reportaje. Además, de publicarlo, yo iba a aparecer como el primer sospechoso tras la súbita desaparición de Óscar Luévano Maldonado, uno de los principales y más respetados consultores de la Bolsa Mexicana de Valores.

Celina apenas duró un par de horas y no pude hacer nada por salvarla. Estaba completamente rota. Al otro día, como pude, los enterré aquí en este lugar. Juntos. No pude cavar más de medio metro; el cuerpo me dolía demasiado. Poco a poco he ido juntando las piedras con que hice el bracero, el cual cubre completamente la fosa, y ahora que lo prendo por primera vez, titubeo antes de quemar estas hojas. Pienso en los sonetos que le escribí a Celina. Si no los hubiera hecho, tal vez hoy estaría viva. Por más que los queme junto con estas hojas, ella no volverá. Nunca podré quitarles la sangre con que los he manchado. Literatura con sangre humana.






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