Excerpt for El Evangelio según Mateo (II) - Serie de Crecimiento Espiritual de Paul C. Jong Serie 2 by Paul C. Jong, available in its entirety at Smashwords

Al pueblo de Jesucristo, Rey de reyes


El Apóstol Mateo nos dice que la Palabra de Jesús se dijo a todo el mundo, ya que él veía a Jesús como el Rey de reyes. Ahora, cristianos de todas partes del mundo que acaban de nacer de nuevo al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu que nosotros difundimos, están ansiosos por alimentarse del pan de vida. Sin embargo es difícil mantener una relación de hermandad con ellos porque están lejos de nosotros. Por lo tanto, para satisfacer las necesidades espirituales de este pueblo de Jesucristo, el Rey de reyes, han sido preparados estos sermones como un nuevo pan de vida para que puedan fomentar su crecimiento espiritual. El autor afirma que aquellos que han recibido la remisión de los pecados al creer en la Palabra de Jesucristo, el Rey de reyes, deben alimentarse de Su Palabra pura para defender su fe y sustentar sus vidas espirituales. Este libro les proporcionará verdadero pan de vida espiritual a todos los que se han convertido en el pueblo real del Rey por su fe. Dios seguirá proporcionándoles este Pan de vida a través de Su Iglesia y Sus siervos. Que la bendición de Dios esté con todos ustedes que han nacido de nuevo del agua y el Espíritu y que desean tener una verdadera relación de hermandad con nosotros en Cristo Jesús.



Serie de crecimiento espiritual de Paul C. Jong Serie 2

El Evangelio según Mateo (II)


Smashwords Edition

Copyright 2005 by The New Life Mission

Todos los derechos reservados.


La reproducción total o parcial de este libro, no autorizada por la editorial, vulnera derechos reservados. Cualquier utilización deber ser previamente concertada.


Las citas de las Escrituras son de la Sagrada Biblia: Versión directa de las lenguas originales (Nacar - Colunga).




Índice


Prefacio



CAPÍTULO 9


Crean en Jesucristo que vino como nuestro Dios (Mateo 9,1-13)

Jesús vino a salvar a los paralíticos espirituales (Mateo 9,1-13)

¿Fe religiosa o fe en el poder del Evangelio del agua y el Espíritu? (Mateo 9,1-17)

Los obreros de Dios (Mateo 9,35-38)


CAPÍTULO 10


El poder de curar todas las enfermedades se encuentra en el Evangelio del agua y el Espíritu (Mateo 10,1-16)

Vivamos como obreros de Dios (Mateo 10,1-8)


CAPÍTULO 11


Juan el Bautista no fue un fracaso (Mateo 11,1-14)


CAPÍTULO 12


Jesús dijo que desea misericordia y no sacrificio (Mateo 12,1-8)

¿Quieren saber qué es la blasfemia contra el Espíritu Santo? (Mateo 12,9-37)

El pecado imperdonable y la responsabilidad de los nacidos de nuevo (Mateo 12,31-32)

¿Dónde quiere habitar Satanás? (Mateo 12,43-50)


CAPÍTULO 13


La parábola de los cuatro tipos de campos (Mateo 13,1-9)

Los misterios del Reino de los Cielos les han sido revelados (Mateo 13,10-23)

El Reino de los Cielos es como un hombre que sembró una buena semilla en su campo (Mateo 13,24-30)

El poder del Evangelio del agua y el Espíritu (Mateo 13,31-43)

El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en un campo (Mateo 13,44-46)

El Reino de los Cielos es como una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces (Mateo 13,47-52)

No cabe duda de que María no es divina (Mateo 13,53-58)





Prefacio


A lo largo y ancho del mundo, mucha gente está recibiendo la remisión de sus pecados. Como consecuencia de ello, necesitamos gente para guiarlos y mostrarles el camino del Señor. Deberíamos reunir a todos aquellos que han recibido la remisión de sus pecados en una Iglesia. Espero fervientemente que aparezcan muchos líderes en todas las naciones del mundo. Me gustaría poder mandar a todo mi personal de trabajadores por todo el mundo como mensajeros de Dios, como misioneros. Sin embargo, si los mandara a otras naciones, ¿quién apoyaría aquí el Evangelio de la Justicia por la obra de Dios como los botones ornamentales de un candelabro? Así, espero que surjan trabajadores de Dios en todas y cada una de las naciones.


Esta publicación el segundo libro de mi serie de crecimiento espiritual para los futuros líderes de los redimidos. Mientras sirvo al Señor, creo que la gente de Dios se levantará. En anticipación a los futuros líderes, he preparado estos sermones previamente grabados en cintas y que ahora os presento aquí. Estos sermones, que han sido traducidos y editados con la intención de preparar a los líderes del mañana, os harán llegar a vuestros corazones mensajes para alimentar el alma.


Creo firmemente que estos sermones serán alimento espiritual para todos. Debido a que nos es imposible mantener una relación de hermandad cara a cara con todos los creyentes y trabajadores de Dios de otras naciones, espero que al compartir este libro pueda estar en unión espiritual con aquellos que ya creen el Evangelio del agua y el Espíritu. Demos gracias porque Él nos ha hecho Sus trabajadores, alimentándonos con el Pan de la Vida.


Hasta ahora hemos publicado 10 libros en inglés y nos hemos dado cuenta que aquellos que han leído los libros dan gracias por haber recibido la remisión de sus pecados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu. Ahora, a través de los sermones para el crecimiento espiritual, testificaré una vez más que el Evangelio del agua y el Espíritu es la única verdad que da vida. Estoy seguro de que entonces llegarán a darse cuenta que las Escrituras está llenas de la verdad del Evangelio del agua y el Espíritu. Y al final, toda la gente del mundo entenderá que el Evangelio del agua y el Espíritu es la única verdad. Una vez hayan aceptado la verdad y desechado su fe basada en meras emociones, sus corazones se llenarán del Evangelio del agua y el Espíritu que es el único camino hacia la redención eterna. Por tanto, gente de todas partes vivirá como los discípulos de Cristo. Entonces, nos convertiremos en instrumentos para salvar a las almas perdidas y haremos Su obra por las ovejas perdidas en todo el mundo con la fe en el poder del Evangelio del agua y el Espíritu.


Así como una planta florece y da fruto, creo que el poder del verdadero Evangelio, no sólo bendice a aquellos que creen en él, sino que también les permite vivir como trabajadores de Dios. Serán bendecidos física y espiritualmente. Ahora, los trabajadores de Dios en todas las naciones sembrarán las semillas del Evangelio del agua y el Espíritu y salvarán un número incontable de pecadores. Mientras predicamos el Evangelio del agua y el Espíritu, continuamos ganando. Daremos más frutos de Dios con la fe en el verdadero Evangelio. Vivimos en tiempos de cosecha y recogeremos una gran cantidad de frutos de salvación. Ahora, creeremos en Sus palabras, le daremos gracias y le glorificaremos.


Si Dios lo quiere, haremos todas estas cosas y más. Y creo que nos bendecirá a todos y cada uno de nosotros. Que Dios les dé abundantes bendiciones físicas y espirituales, las bendiciones de la santa fe del Cielo y la gordura de la tierra, a todo aquel que cree en el Evangelio del agua y el Espíritu.


Paul C. Jong




CAPÍTULO 9




Crean en Jesucristo que

vino como nuestro Dios


< Mateo 9, 1-13>

«Subió luego a una barca, y haciendo la travesía, llegó a su ciudad. Le presentaron un paralítico acostado en su lecho, y viendo Jesús la fe de aquellos hombres, dijo al paralítico: Confía hijo; tus pecados te son perdonados. Algunos escribas dijeron dentro de sí: Este blasfema. Jesús, conociendo sus pensamientos, les dijo: ¿por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir «Tus pecados te son perdonados» o decir «Levántate y anda»? Pues para que veáis que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra poder de perdonar los pecados, dijo al paralítico: Levántate, toma tu lecho y vete a casa. Él, levantándose, fuese a su casa. Viendo eso, las muchedumbres quedaron sobrecogidas de temor y glorificaban a Dios de haber dado tal poder a los hombres.


Pasando Jesús de allí, vio a un hombre sentado al telonio, de nombre Mateo, y le dijo: Sígueme. Y él, levantándose, le siguió. Y sucedió que, estando Jesús sentado a la mesa en casa de aquél, vinieron muchos publicanos y pecadores a sentarse con Jesús. Viendo esto, los fariseos decían a los discípulos: «Por qué vuestro maestro come con publicanos y pecadores?». Él, que los oyó, dijo: No tienen los sanos necesidad de médico, sino los enfermos. Id y aprended qué significa «Misericordia quiero y no sacrificio». Porque no he venido yo a llamar a los justos, sino a los pecadores».


A través de la lectura de las Escrituras de hoy, espero compartir las bendiciones de Dios con todos ustedes. El pasaje de arriba describe cómo Jesús curó a un paralítico. Cuando la gente le llevó un paralítico a Jesús, Él dijo: «Confía hijo; tus pecados te son perdonados». Entonces al oír lo que Jesús decía, algunos de los escribas pensaron: «Este hombre blasfema. ¡Es tan arrogante!». Sabiendo lo que los escribas pensaban, Jesús les dijo: «¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir «Tus pecados te son perdonados» o decir «Levántate y anda»? Pues para que veáis que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra poder de perdonar los pecados». No había manera de que Jesús no supiera lo que había en los corazones de los escribas. Por eso les dijo: «¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones?».


¿Qué es un mal pensamiento? Es no creer en el poder del Señor. No saber quién es el Señor ni creer en Él es precisamente un mal pensamiento. Jesús ha perdonado todos nuestros pecados excepto la blasfemia contra el Espíritu Santo, que es el uno pecados que no puede ser perdonado. Este pecado es no creer en Jesús, y no creer en el Evangelio del agua y el Espíritu que Él cumplió. Por tanto es imposible que los que cometen este pecado sean perdonados. Si tuviéramos que nombrar el pecado más grande de todos, diríamos que es el no creer. Este pecado es un millón de veces mayor que los pecados que cometemos con nuestras acciones. No creer en Él es el peor pecado de todos.


Cuando Jesús vio a los cuatro hombres trayendo a un paralítico, dijo: «Confía hijo; tus pecados te son perdonados». En ese momento había unos escribas al lado de Jesús. Los escribas eran hombres de buena educación y formación. En el lenguaje actual, equivalen a funcionarios públicos. Así que estos escribas eran los funcionarios del Estado de Israel por aquel tiempo. Escuchando lo que Jesús decía al paralítico, pensaron: «¡Es tan arrogante! Es el hombre más arrogante que jamás haya visto. ¿Cómo puede decir: “Hijo, tus pecados te son perdonados”? No puedo entender cómo este hombre llamado Jesús puede decir estas cosas. Es un blasfemo». Pensaban que Jesús había dicho cosas que nadie debería decir. Como Jesús dijo: «Hijo, tus pecados te son perdonados», los escribas, que no creían que Jesús fuera Dios, no pudieron evitar pensar que blasfemaba.



Jesús es Dios para todo el mundo


Hoy en día, cuando vemos la televisión, nos encontramos con líderes religiosos que aparecen en algunos programas, diciendo: «Te perdono tus pecados». Como esta gente, como simples seres humanos, dicen estas cosas como si fueran Dios, los consideramos extremadamente arrogantes.


Los escribas de la lectura de hoy pensaron lo mismo, considerando a Jesús extremadamente arrogante. No lo dijeron, pero Jesús sabía lo que pensaban y les dijo que tenían malos pensamientos en sus corazones. Jesús les reprendió por sus malos pensamientos diciendo: «Os digo esto para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados». Y en realidad quería que todos se dieran cuenta de que Jesucristo, que vino como el Hijo de Hombre, tenía poder para perdonar los pecados.


Decimos que alguien blasfema cuando esa persona no sabe bien cuál es su lugar, debido a su arrogancia y su orgullo, e intenta exaltarse a sí mismo más allá de Dios. Los escribas pensaron que lo que Jesús decía era blasfemia arrogante porque no creían que Él fuera Dios mismo y el Hijo de Dios. Pero este era sólo un reflejo de su maldad, porque Jesús era Dios en realidad. Jesús es el Señor de todas las cosas que creó la humanidad y el universo, y Él es el Señor de los ejércitos, de todas las cosas que encontramos en el universo.


Este es Jesús para nosotros, pero los escribas no conocían Su posición. Jesús les dijo que tenían malos pensamientos porque sabía que eso era lo que pensaban de Él. Así que dijo: «Os digo esto para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados. Si hubiera dicho: “Hijo, levántate, coge tu cama y vete a casa”, y si el paralítico se hubiera levantado, tomado su cama e ido a su casa, a lo mejor hubierais entendido esto. Pero no es así».


Nuestro Señor explicó esto contrastando dos cosas diferentes que pudiera haber dicho, preguntado a los escribas: «Qué es más fácil, decir “Tus pecados te son perdonados” o decir “Levántate y anda?”». ¿Qué creen ustedes que los escribas pensaban que era más fácil? Hubiera sido más aceptable para ellos que Jesús hubiera dicho: «Hijo, sé curado de tu parálisis, toma tu cama y anda», más que: «Hijo, tus pecados te son perdonados». Pero como Jesús era el Hijo de Dios, el Ser Absoluto, cuyo poder era mayor que este, dijo: «Tus pecados te son perdonados», para que la gente viera que el Señor tiene el poder de perdonar los pecados de la humanidad. Dijo esto para dejarles ver que Jesús tenía esta autoridad para perdonar los pecados.


Cuando profesamos nuestra fe en Jesús, todos creemos que es el Creador que hizo el universo y el Salvador que nos ha salvado de todos nuestros pecados. Pero, en realidad, a veces rebajamos Su posición, porque para Dios Padre, Jesús es Su Hijo. Sin embargo, aunque Jesús sea el Hijo de Dios, Él es en Su esencia Dios Todopoderoso también. Jesús es Dios mismo y tiene el poder de perdonar los pecados de la humanidad, y es nuestro Salvador. Y Jesucristo vino a la tierra a borrar todos nuestros pecados con Su bautismo y Su sangre en la Cruz.


¿Cuál es la concepción que tienen de Jesús y cómo creen en él en sus corazones?¿No creen, en ningún caso, en Jesús como los escribas? Cuando Pedro creyó en Jesús e hizo su profesión de fe, dijo: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo». ¿Cómo consideran a Jesús y quién creen que es? ¿Creen realmente que Jesucristo es Dios mismo? Dios Padre existe para Jesús, pero para ustedes y para mí, Jesucristo es el mismo Dios.



¿Han reconocido a Jesús adecuadamente?


Cuando Jesús vino al mundo, fue a menudo denunciado y despreciado, tratado como una persona insignificante. La Biblia dice: «Estaba en el mundo y por Él fue hecho el mundo, pero el mundo no lo conoció» (Juan 1, 10). En otras palabras, Él, que es el Creador y Señor de todos nosotros, vino a este mundo, pero el mundo no lo reconoció como Señor. ¿Quién no lo recibió? Todo el mundo.


¿No hemos olvidado esta verdad aunque hayamos sido salvados de nuestros pecados al creer en Él a través del Evangelio del agua y el Espíritu? ¿No han olvidado, por casualidad, quién es Jesús, ignorando Su honor y dignidad, dejándole de lado? El Padre está por encima de Jesucristo, pero para nosotros «Dios Padre», el Padre de Jesucristo, es Dios y Jesucristo es el mismo Dios y Ser Absoluto. ¿Por qué? Porque es nuestro Señor y porque vino a este mundo a salvarnos de nuestros pecados a través del Evangelio del agua y el Espíritu. No sólo tiene la autoridad para perdonar nuestros pecados, sino que también es nuestro Señor, y el Creador que nos hizo a todos. Es en realidad nuestro Señor, Dios y Salvador de todo el mundo.


¿No han despreciado nunca a Jesús? ¿No pensamos en Jesús como de alguna manera más bajo que Dios Padre, ya que es el Hijo de Dios, en vez de pensar en Él como Dios mismo? Desde un punto de vista humano, mucha gente tiene una tendencia a pensar que Jesús está por debajo de Su Padre. Pero Jesús es también nuestro verdadero Dios (1 Juan 5, 20). Para Su Padre, Jesucristo es el Hijo, pero para nosotros es Dios. Esta fe es muy importante.


Jesús es Dios mismo y no debe ser ignorado, el Todopoderoso y Omnipotente no debe ser rebajado. No creer en la deidad de Jesús es lo mismo que cometer el pecado de blasfemia. El Dios que no sólo se ha convertido en el Salvador que nos ha librado de todos nuestros pecados, sino que también es nuestro Señor, es Jesucristo.


A no ser que tengamos la fe que cree y conoce a Jesús correctamente, estamos destinados a tener pensamientos malos como los escribas. Y acabamos despreciando a Jesús. ¿Cuán malvado es acusar a Jesús de blasfemia? ¿Cuán cruel es no creer en Él? No creer en Él es el peor pecado de todos. La gente que no cree en Él está destinada a ir al infierno.


Ustedes y yo debemos creer en Jesucristo como nuestro Salvador y como Hijo de Dios. Nunca debemos pensar que Jesús es inferior a Dios Padre. Debemos creer en Jesús como Dios mismo, sin ninguna insuficiencia. Jesucristo es Dios para nosotros. Él es verdadero Dios igual que el Padre.


Cuando Jesucristo vino a la tierra, lo hizo rebajándose hasta un nivel inimaginable. Jesús vino a esta tierra encarnado en un hombre para salvar a la humanidad de sus pecados. Pero a pesar de no merecer este tratamiento, ¿cuánto respeto ganó y cuánto fue despreciado? ¿Cuánto sufrimiento soportó cuando fue despreciado desmesuradamente?


¿Nosotros, los nacidos de nuevo, no nos enfadamos por dentro cuando los que no han nacido de nuevo alardean, nos ignoran y nos desprecian? Esto se debe a que en nuestros corazones tenemos fe en que somos el pueblo de Dios, y a que pertenecemos a Jesús y reinaremos con Él. Como somos el pueblo de Dios, somos fundamentalmente diferentes de los de este mundo que no creen en Jesucristo. Somos la nueva creación, mientras que ellos son la vieja creación, y ellos perecerán, mientras que nosotros disfrutaremos de la vida eterna y reinaremos con Jesús. Por eso cuando somos ignorados o se burlan de nosotros, hieren nuestro orgullo y nos sentimos completamente indignados.


Si nosotros nos sentimos así, ¿cómo se sentiría Jesús que es Dios mismo? No podemos imaginar qué despreciado se habría sentido cada vez que Sus propias criaturas le ignoraban a Él, a Dios, el Creador.


Cuando estos cuatro hombres le trajeron el paralítico a Jesús, Él le dijo a este: «Hijo, tus pecados te son perdonados. Levántate y anda». Jesús estaba más que capacitado para decir eso. Jesús le dijo eso al paralítico porque él creía firmemente que Jesús era el Hijo de Dios y el Ser Absoluto. Este paralítico de verdad creyó en su corazón que Jesús era su Salvador y Dios mismo. Creyó, en otras palabras, que Cristo vino a este mundo encarnado en un hombre para salvarle.


Como se acercó a Jesús con este corazón, nuestro Señor, conociendo su corazón, le dijo: «Hijo, tus pecados te son perdonados». El paralítico fue perdonado de todos sus pecados al reconocer quién era Jesús y al creer en Él con su fe.


Por eso es tan importante que nos demos cuenta de quién es Jesús exactamente cuando profesemos nuestra fe en Él. Si no tenemos el conocimiento apropiado de Jesús, toda nuestra fe se vendrá abajo. Sólo cuando conocemos a Dios correctamente nuestra fe está completa. A menos que conozcamos a Jesucristo adecuadamente cuando creemos en Él, nuestros corazones no podrán mantenerse en la fe, aunque hayamos sido salvados de nuestros pecados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu. Los que tienen esta fe no pueden mantenerse en pie. Aunque hayan vislumbrado el conocimiento que les permite recibir la remisión de los pecados, no saben por dónde andar, a quién obedecer o cómo vivir. Y al final abandonan su fe.


Por eso no sólo debemos creer en este Evangelio, sino que debemos vivir creyendo en Jesús y siguiéndole. Si hemos sido librados de nuestros pecados al creer en Jesucristo, debemos convertirnos en Su pueblo y obedecer Su voluntad de acuerdo con Sus mandamientos. Es justo que Jesús no diera la remisión de los pecados, no sólo a Su pueblo, sino a todo el mundo.


Así que los que Jesús dijo era justo, pero como la gente no se dio cuenta de quién era Jesús, no pudieron entender la Palabra de verdad que Él dijo.


En otras palabras, Jesucristo mismo, puede perdonar nuestros pecados. No hay otro nombre que pueda perdonar nuestros pecados. Está escrito en la Biblia: «En ningún otro hay salvación, pues ningún otro nombre nos ha sido dado bajo el cielo, entre los hombres, por el cual podamos ser salvos». En la lectura de las Escrituras de hoy, Jesús mismo dijo: «Porque no he venido yo a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Mateo 9, 13). Sólo Jesús tiene esta autoridad.


En realidad lo que parece formidable a nuestros ojos es simple para Él. Debemos creer en Él desde este punto de vista. Basándonos en esta fe, clamamos a Dios cada vez que rezamos. Al hacer esto, confesamos que Él es Dios, y no sólo llamamos a Dios Padre, sino a Jesús y al Espíritu Santo también. Para nosotros, Dios Padre es Dios, de la misma manera en que Jesucristo es Dios, y el Espíritu Santo. Porque el Dios de la trinidad es un solo Dios, cuando pronunciamos Su nombre y creemos en Él, no debemos pensar en Jesús o el Espíritu Santo como un Dios inferior a Dios Padre. En realidad, debemos pensar en ellos como el mismo Dios.


Como el Dios de la Trinidad es el mismo Dios, todos creemos esto sin falta. Dios Padre, Jesús y el Espíritu Santo se diferencian en Su posición y Sus funciones, pero para nosotros, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son el mismo Dios. Por tanto, cuando rezamos, y cuando pensamos en Jesús e invocamos Su nombre, debemos creer en un Dios Omnisciente, el Dios que tiene el poder de perdonar los pecados de la humanidad y de juzgarla.


En nuestros corazones, debemos tener la fe que cree en Jesucristo como Dios, como el Ser Absoluto que reina sobre todos nosotros. Cuando tenemos este tipo de fe, no nos perdemos ni nos desviaremos del camino de la justicia, sino que vivimos de manera en que nuestras vidas son relevantes para toda la Palabra de Jesucristo. ¿Por qué? Porque Jesús es Dios, el ser Absoluto, y no podemos pensar que ha hecho obras inútiles, sino que debemos aceptar Sus obras como la Palabra absoluta en la que creemos y a la que seguimos. Por tanto, no debemos reaccionar adversamente contra el hecho de que Jesús ha perdonado nuestros pecados, y de que Jesús reina sobre nosotros. Es natural que Él nos gobierne, y que esto sea para nosotros motivo de regocijarse. ¿No es así para ustedes?


Hasta este mismo día, la cuestión de si Jesús es hombre o Dios es el problema más discutido y contestado por los teólogos, y sin una conclusión a la vista, no hay final a este debate. Muchos de ellos no pueden ni siquiera explicar la doctrina de la Trinidad cuando se les pregunta. Así que aunque afirman creer en Jesús como su Salvador, sus pecados permanecen intactos en sus corazones; dicen que Jesús les ha salvado, pero no conocen la verdad de la remisión de los pecados; y en algunos casos extremos, los pluralistas religiosos dicen que hay salvación en otras religiones también.


Como no conocen la deidad de Jesús y no creen en ella, no han sido salvados de sus pecados aunque digan que pertenecen al cristianismo. Afirman que se puede alcanzar la salvación y entrar en el Reino de los Cielos incluso a través de una religión no cristiana, justificando esto por la necesidad de encontrar una armonía pacífica con las demás religiones. Por eso están destinados a perecer.


¿Qué llevó a los denominados doctores de la divinidad a decir tales cosas? Dicen estas cosas porque no saben quién es Jesús, y no creen que Él sea Dios mismo. Así que mientras reconocen que Él es el Salvador que tiene poder para perdonar los pecados, cuando llegamos a la cuestión de si es hombre o Dios, no se dan cuenta de que en realidad es Dios. Su fe es como una casa construida sobre arena, se vendrá abajo en un abrir y cerrar de ojos.



La caída de un poderoso fundador de una secta


Había una vez un famoso fundador de una secta cristiana que era muy influyente en Corea durante un tiempo. Antes de establecer su secta, era uno de los mayores en la Iglesia Presbiteriana. Un día, un poder milagroso y asombroso descendió sobre él. Cuando ponía sus manos sobre la gente en nombre de Jesús, la gente se curaba de sus enfermedades, y muchos empezaron a venerarle y seguirle. Al final dejó la Iglesia Presbiteriana para establecer su propia confesión. Vestido de blanco y delante de mucha gente, ejercitaba su aparentemente poder milagroso, y cuando lo hacía, sus seguidores empezaban a dar saltos, a aplaudir, a gritar de alegría, montando una escena impresionante. Sus seguidores perdieron la cabeza, llenando sus arcas con joyas, desde oro hasta plata. En una sola reunión podría recoger suficientes joyas y tesoros para llenar bastantes bolsas grandes, y así se hizo extremadamente rico en poco tiempo, y compró grandes extensiones de tierra y casas.


Aunque acumuló grandes riquezas al ejercer estos poderes y hacer milagros en nombre de Jesús, como no creía en Jesús como Dios, ni en Dios ni en la Palabra de Dios, cuando estaba en sus últimas, acabó insultando a Jesús y blasfemando. Entonces ordenó a sus secuaces que quitaran todas las cruces de sus iglesias. Al final, negó a Jesús, y su fe se vino abajo completamente. Así fue el fin de uno que no creía en Jesús como Dios.


La base de nuestra fe que cree en Jesucristo como nuestro Salvador es el hecho de que «Jesús es Dios». Sólo cuando creemos que Jesucristo es Dios podemos creer que vino a este mundo encarnado en un hombre por nosotros, tomó nuestros pecados al ser bautizado, murió en la Cruz, y así nos salvó. Al creer en esto podemos recibir la remisión de nuestros pecados. Sólo cuando creemos en la deidad de Jesús podemos reconocer que toda Palabra que Jesús dijo es verdad, y podemos seguirla.


A menos que crean que Jesús es Dios, su fe se vendrá abajo, Por muy ardientemente que crean en Él como su Salvador. Y al final, cuando se encuentren con problemas espirituales mientras sirven al Señor, acabarán abandonando a Jesús y a Dios Padre. Por tanto es muy importante que creamos en Jesús como nuestro Salvador, el Dios de la creación, y el Señor del juicio también.


La razón por la que los escribas de la lectura de hoy fallaron en su fe a pesar de creer en Dios es que no reconocieron quién era Jesús. Por el contrario, el paralítico de la lectura reconoció a Jesús como Dios y creyó en Él en su corazón, y por eso Jesús le dijo: «Hijo, tus pecados te son perdonados»—así recibió la bendición de la remisión de los pecados, se curó por completo de su enfermedad, y pudo volver a casa con un cuerpo sano. Los escribas, por el contrario, fueron reprochados, porque no se dieron cuenta de quién era Jesús y no creyeron en Él. No sólo se les reprochó, sino que tampoco recibieron la remisión de sus pecados y permanecieron destinados al pozo de fuego eterno.



El Señor vio a llamar a los débiles como nosotros


Jesús dijo: «No he venido yo a llamar a los justos, sino a los pecadores a arrepentirse». Por eso la Biblia también llama a Jesucristo el Hijo del Hombre, que nació en este mundo del cuerpo de una virgen llamada María, aparentemente como el hijo de un hombre. Como Dios se convirtió en el hijo de un ser humano, y como Dios Todopoderoso vino como el hijo de un hombre a salvarnos, también le llamamos Hijo del Hombre. Jesús, el Dios verdadero, vino a salvar a toda la humanidad como el Hijo del Hombre, pero mientras que un hombre, el paralítico le reconoció, otro tipo de gente no lo hizo. Aquí está la encrucijada que lleva a la salvación o a la no salvación.


Por tanto, tener fe en la deidad de Jesús es extremadamente importante para tener fe en el Evangelio del agua y el Espíritu. Creer que Jesús es Dios es la base de la fe que sustenta nuestras vidas espirituales hasta el último día.


Los teólogos y otros muchos han debatido la cuestión de si Jesús es humano o divino, y este debate todavía no ha terminado. Pero con fe podemos resolver esta cuestión de una vez por todas. Jesús es Dios. Es el Dios Todopoderoso. Dios Padre, el Espíritu Santo y Jesucristo son el Dios Todopoderoso.



Jesús es nuestro Dios, el Salvador y el Hijo de Dios


Génesis 1, 2 dice: «La tierra estaba confusa y vacía y las tinieblas cubrían la haz del abismo, pero el espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas».


El «Espíritu de Dios» se refiere al Espíritu Santo. Que el Espíritu de Dios se cerniera sobre la superficie de las aguas significa que el Espíritu Santo planeaba por la superficie de la atmósfera. Entonces Dios creó todas las cosas una tras otra con Su Palabra. En Génesis 1 y 2, se explica la creación de Dios del cielo y la tierra. Aquí no sólo se menciona a Dios, sino también a Su Hijo y al Espíritu Santo. Cuando Dios hizo al hombre, dijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza». Así que de esta expresión «nuestra» podemos ver claramente la trinidad de Dios.


Cuando Dios creó los cielos y la tierra al principio, dijo: «Que haya luz». Este pasaje también habla de Jesucristo. El pasaje «El Espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas», se refiere al Espíritu Santo. Así que Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo son un solo Dios.


Las tres personalidades de la trinidad son el mismo Dios Todopoderoso. No debemos olvidar que hemos sido salvados al creer en estas tres Personas de la trinidad. Mis queridos hermanos, ¿creen que Jesús es el Dios Todopoderoso y Absoluto y que es el Salvador? Todo el mundo debe creer esto, pues es extremadamente importante. Debemos reafirmar esta fe en nuestros corazones una y otra vez. Debemos poner esta fe en nuestros corazones y reafirmarla.


Por muy ardientemente que creamos en Jesús como nuestro Salvador, si no creemos en Su Perdona como Dios Absoluto, nuestra fe se vendrá abajo. Esta fe que se viene abajo y se derrite no proviene del corazón, y nos hace incapaces de darnos cuenta de que somos hijos de Dios y obreros Suyos. Así, es imposible tener orgullo. La gente que tiene esta fe se adhiere al cristianismo simplemente como una religión del mundo, y considera a Jesús como el fundador de su religión. Como resultado, acaban pensando: «Tengo que creer en una de las religiones del mundo», y pereciendo. Espero y rezo por que su fe no sea este tipo de fe débil.


Cuando entendí la Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu me di cuenta de que la fe doctrinal, por mucho que la estudiemos, es toda en vano y no es más que levadura. Hay varios tipos de Teología que no son diferentes al conocimiento secular de este mundo, y que deben ser desechados a la basura. Este tipo de erudición sin valor, no tiene respuestas, ni la verdad, pero genera controversias cada día, y no vale más que la levadura.


Permítanme que les avise de que los nacidos de nuevo y los que quieren nacer de nuevo deben evitarla. Nuestro Señor Jesús dice: «Ved bien de guardaros del fermento de los fariseos y saduceos» (Mateo 16, 6). ¿Por qué? Porque una vez se come de este pan, es difícil poder nacer de nuevo, y si los nacidos de nuevo comen de este pan, perecerán. Estoy muy agradecido por esta vida de fe que tengo ahora, en la que he encontrado el Evangelio del agua y el Espíritu y gracias a la que me guío por Jesucristo, mi Dios.


Debemos darnos cuenta y creer que Jesús es absolutamente Dios mismo para ustedes y para mí. Jesús es el Ser Absoluto. Jesucristo es el Dios Absoluto. Él es el verdadero Dios que tiene la misma autoridad, poder, fuerza y soberanía de Dios Padre.


Jesús dijo a Felipe una vez: «El que me ha visto a mí ha visto al Padre» (Juan 14, 9). Hasta ahora, nadie ha visto a Dios Padre, pero el que ha visto a Jesús ha visto al Padre. Esto es porque Jesús es Dios. Y Jesús también dice que tiene el poder en la tierra de perdonar los pecados. Debemos tener fe en la Palabra de Dios. Es mi más sincero deseo que ustedes y yo tengamos esta fe en nuestros corazones.


Aunque me gustaría que todos tuviéramos este tipo de fe, en este mundo, hay muchos como los escribas. Debemos estar alerta. Cuando predicamos el Evangelio, no importa cuántas veces les hablemos del Evangelio del agua y el Espíritu a los que no creen que Jesús sea Dios, porque todo es en vano. Esto se debe a que esta gente escucha la Palabra sin creer que Jesús sea Dios, por lo tanto todo lo que escuchan se convierte en mera doctrina.


Si ustedes y yo no queremos convertirnos en esta gente, debemos tener fe en nuestros corazones, creyendo que Jesús nos ha salvado y es Dios mismo. La Palabra de la Verdad obra en nuestras vidas sólo cuando tenemos fe en Jesús como el Dios de la creación que hizo todo el universo y todo lo que hay en él, y cuando tenemos fe en Él como Salvador y Dios del juicio.


Jesús está vivo ahora, y Él reina sobre nosotros como Dios Absoluto. Al venir como nuestro pastor, nos lleva a buenos lugares y reina con equidad—a los buenos y a los malos, a los creyentes y a los que no creen. Debemos creer que nadie más que Jesucristo es Dios. Debemos saber que el Jesucristo en el que creemos y al que nos acogemos es el Dios que gobierna el universo.



¿Quién creen que es Jesús?


¿Quién creen que es Jesús? ¿Creen que es Dios o que está hecho de la misma pasta que los humanos? ¿Piensan en Jesús como Dios y creen en Él como Dios?


Jesús no puede ser comparado con meras creaciones, porque junto con Dios Padre y el Espíritu Santo, es el que creó los cielos y la tierra y todo lo que hay en el universo desde el principio. ¿Quién hizo esta galaxia? ¿Quién estableció el orden en el universo y lo dirige con la mayor precisión? Jesucristo.


El nombre Jesús significa el Salvador, y el nombre Cristo significa Rey ungido. En otras palabras, significa que Jesús es Dios mismo. Jesucristo es nuestro Dios y dirige el universo y todo lo que hay en él. Tanto el cielo como el infierno están bajo el dominio de Jesucristo.


La razón por la que continuo dándole importancia a que nuestros corazones tengan esta fe es que la fe florece cuando escuchamos la Palabra de Dios, como la Biblia dice: «La fe viene por la audición, y la audición por la palabra de Cristo» (Romanos 10, 17). Su fe basada en la Palabra de Dios les dará fuerza para superar cualquier persecución y cualquier problema. Por eso deben seguir escuchando la Palabra y fortificando su fe, creyendo que Jesucristo es el Dios Absoluto, y que han nacido de nuevo a través del Evangelio del agua y el Espíritu.


Por esta fe pueden recibir la ayuda de Dios en sus vidas diarias. Y Dios será su apoyo y sus oraciones serán respondidas cuando recen a Dios poniendo su fe en Jesucristo como Dios Absoluto. Este conocimiento y esta fe es lo que refuerza el poder de sus oraciones.


El cristianismo se ha extendido por todo el mundo, pero en realidad su base no se ha establecido sólidamente. Esta base se construyó durante el período de los principios de la Iglesia, pero se vino a bajo en poco tiempo. Por muy larga que sea la historia del Cristianismo, al perderse su base, su historia tiene que escribirse de nuevo.


Echen un vistazo a los famosos doctores y profesores de Teología de este mundo. Aunque fueran denunciados y criticados explícitamente, no pueden decir ni una palabra, cuando se les pide que critiquen doctrinas o argumentos falsos, no pueden decir ni una crítica. Lo que intentan hacer es buscar faltas pero no conocen la Verdad y no pueden dar ninguna crítica seria. Cuando los que afirman creer en la Palabra de Dios no la entienden ni creen en ella, ¿no es obvio que no tienen buen juicio espiritual?


Cuando imprimí por primera vez panfletos que contenían el Evangelio del agua y el Espíritu, algunos pastores y teólogos intentaron denunciarme, porque algunos aspectos de lo que yo escribí diferían de lo que ellos creían. Pero cuando compararon lo que dije con la Palabra de las Escrituras no encontraron nada que criticar, así que dejaron el debate de lado por un tiempo. Han pasado muchos años desde entonces, pero no han dicho ni una sola palabra desde entonces.


Abran la Biblia. En la Biblia está escrito el Evangelio del bautismo que Jesús recibió y Su Cruz. Habla del agua, que es el bautismo que Jesús recibió de Juan. Podemos encontrar la Palabra del Evangelio del agua y el Espíritu en cualquier sitio de las Escrituras.


Sin embargo, como no tienen miedo a Dios, no les importa la Palabra de Dios e incluso intentar atacar la Verdad con su conocimiento mundano, que según Dios no es más que basura. Como Jesús es Dios, vino a la tierra, fue bautizado, derramó Su sangre hasta morir, y se levantó de entre los muertos, para salvarnos. Pero a pesar de esto, la gente que no sabe nada sigue discutiendo doctrinas falsas que distorsionan la verdad y que no tienen fundamento. Los que creen en Dios deben temerle, volver a Su Palabra, creer en Jesús, que es Dios mismo, y creer en el Evangelio del agua y el Espíritu cumplido por Jesús.


Cristo es el Profeta, el Hijo de Dios, y el Sumo Sacerdote celestial. Este Jesús que vino a la tierra es el Rey de reyes que cargó con todos nuestros pecados y los borró. El Rey de todo es Cristo, y el Hijo del Dios vivo es Jesús.


Cuando Pedro confesó: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo», quiso decir que Jesús es el Dios Absoluto. Es el Hijo de Dios y el Dios verdadero, que creó el universo y todo lo que hay en él, y no ha salvado perfectamente. Aunque es Dios mismo, como tiene un Padre, es el Hijo de Dios Padre. Nuestro Señor es el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Después de que Pedro hiciera esta confesión de fe, fue aprobado por Jesús.


Cuando la fe de Pedro fue aprobada, Jesús le dijo: «Tu fe es correcta», y Pedro estaba tan abrumado que se levantó contra el camino justo de Jesús con sus pensamientos carnales. Cuando Jesús dijo: «Debo morir crucificado», Pedro estaba tan abrumado que sin darse cuenta de la razón por la que Jesús debía morir, se opuso a Su muerte ciegamente, diciendo: «Que la muerte esté lejos de Ti, Señor; esto no Te sucederá». Jesús dijo a Pedro entonces: «Apártate de Mí, Satanás». Jesús no podría tolerar que nadie, incluso Pedro, estropeara los planes de Dios por ser abrumado por las emociones carnales. Por eso le reprendió duramente.


A veces nosotros también nos comportamos como Pedro. A veces, aunque hayamos trabajado duro para el Señor, los siervos del Señor nos reprenden por no haber hecho lo correcto. Cuando estamos abrumados por nuestras emociones carnales cuando estamos deseosos de servir a Dios, a veces cometemos los mismos errores que Pedro.


Muchas veces cometemos errores porque no diferenciamos lo que es carnal de lo que es espiritual. En otras palabras, no sabemos lo que es espiritualmente beneficioso para nosotros. Por ejemplo, al tratar con los que son insuficientes, debemos mostrar paciencia cuando la necesitemos. Pero tenemos que reprenderles cuando cometen errores espirituales, porque lo necesitan. Debemos darnos cuenta de que creemos equivocadamente que ser amable sólo en la carne es amor verdadero, y si nos comportamos así, iremos camino a la destrucción.


De cualquier manera, debemos darnos cuenta de que Jesús es Dios, creer en Su bautismo y en Su derramamiento de sangre y vivir guiados por Dios. Los pecadores deben darse cuenta de que necesitan a Jesús, y deben buscarle. La salvación que Jesucristo, el Ser Absoluto y Dios mismo, nos ha traído a través del Evangelio del agua y el Espíritu es necesaria para todos los pecadores.


Los justos deben predicar el Evangelio del agua y el Espíritu a todos los pecadores que lo necesiten. Como está escrito: «No tienen los sanos necesidad de médico, sino los enfermos», debemos enseñar el Evangelio a los que saben que son pecadores y sufren por sus pecados. En realidad, todo el mundo necesita a Jesús, pero otros no se dan cuenta de esta necesidad. Como resultado acaban no creyendo en Jesús.


Debemos creer que Jesús es el Dios Absoluto, que ha borrado todos los pecados del mundo a través de Su bautismo y Su derramamiento de sangre en la Cruz, y debemos darle gracias por todas estas cosas. Sin embargo, hay mucha gente que no cree así. No creen en el Evangelio del agua y el Espíritu y por tanto serán destruidos por sus pecados.


Para poder recibir la remisión de nuestros pecados y tener una fe concreta en Dios, tenemos que creer en Jesús como Dios Absoluto. Esto es absolutamente crucial. Ustedes y yo debemos creer siempre en el hecho de que hemos sido librados de la destrucción porque hemos sido perdonados de nuestros pecados y aceptado a Jesús como nuestro Dios.


De hecho, hemos estado enfermos de una enfermedad espiritual, pero al encontrar a Jesucristo, el Hijo de Dios, nos ha curado de todas nuestras enfermedades espirituales. Este fue un acontecimiento importante y muy valioso. Al no poder evitar ser echados al fuego eterno, estábamos destinados a ser destruidos; pero Dios tuvo tanta compasión por nosotros que se reveló ante nosotros, y puso Su gracia de salvación sobre nosotros. Así hemos sido salvados.


Nuestro Señor dijo: «No he venido yo a llamar a los justos, sino a los pecadores».


¿Quién necesita al Señor? Los pecadores como nosotros que conocen la enfermedad del pecado y quieren ser curados. Él es nuestro Salvador y el Dios Absoluto, por tanto los que enfermos espirituales le necesitan desesperadamente. Si no fuera por este Dios, el Ser Absoluto, nunca hubiéramos evitar la destrucción. Por eso Jesús, Dios mismo, tuvo que convertirse en nuestro Pastor. Así que debido a que Dios nos ha librado de nuestros pecados, nos hemos convertido en quienes somos ahora: el pueblo de Dios.


Éramos seres que no sólo podrían ser salvados si Jesús nos salvaba. Jesús tuvo que abrazarnos con Su poder. Habrá futuro para nosotros si Él se hace responsable de nuestra vida futura. Todos nosotros le necesitamos. Los que piensan que no le necesitan no creen en Él, pero ustedes y yo creemos en Él y le seguimos, porque le necesitamos desesperadamente. Necesitamos a Dios cada minuto y cada segundo.


Yo sé demasiado bien que so tan insuficiente y débil que no tenía otra opción que creer y confiar en Él, y le necesito desesperadamente. ¿Y qué hay de ustedes? ¿También le necesitan desesperadamente? ¿O no lo necesitan tan desesperadamente? Todos necesitamos a Jesús desesperadamente y debemos creer en Él por completo. Debemos rezar con fe y vivir con fe.


Como nos hemos convertido en los hijos de Dios por la fe, hay todavía más motivos para que vivamos con fe. Así estamos inmensamente bendecidos en este mundo. Estoy realmente agradecido. Recibir la remisión de los pecados puede que no parezca mucha cosa, pero lo que se oculta en este hecho es realmente apasionante.


Mis queridos hermanos, leer este sermón puede que no sea gran cosa, pero es en realidad una bendición asombrosa, y mientras servimos al Señor, puede parecernos que no hacemos gran cosa, pero es lo más importante del mundo.


¿Les parece importante el hecho de que hayan sido perdonados por sus pecados? Si es así, es hora de que despierten. Nosotros, los que hemos recibido la remisión de nuestros pecados, somos gente maravillosa. Somos hombres y mujeres extraordinarios que han recibido la apasionante salvación, que se han convertido en los hijos de Dios, y creen en el Dios majestuoso.


Espero y rezo por que mantengan esta fe hasta el final y que sirvan al Evangelio en unión con la Iglesia de Dios hasta el día en que se encuentren con el Señor. Juntos, creamos con fidelidad, sirvamos a nuestro Dios diligentemente y encontrémonos con nuestro Seño con alegría.


Doy todas las gracias a Dios. Les pido a todos y cada uno de ustedes que crean que Jesús es el Dios Absoluto.



Jesús vino a salvar a los

paralíticos espirituales


< Mateo 9, 1-13>

«Subió luego a una barca, y haciendo la travesía, llegó a su ciudad. Le presentaron un paralítico acostado en su lecho, y viendo Jesús la fe de aquellos hombres, dijo al paralítico: Confía hijo; tus pecados te son perdonados. Algunos escribas dijeron dentro de sí: Este blasfema. Jesús, conociendo sus pensamientos, les dijo: ¿por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir «Tus pecados te son perdonados» o decir «Levántate y anda»? Pues para que veáis que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra poder de perdonar los pecados, dijo al paralítico: Levántate, toma tu lecho y vete a casa. Él, levantándose, fuese a su casa. Viendo eso, las muchedumbres quedaron sobrecogidas de temor y glorificaban a Dios de haber dado tal poder a los hombres.


Pasando Jesús de allí, vio a un hombre sentado al telonio, de nombre Mateo, y le dijo: Sígueme. Y él, levantándose, le siguió. Y sucedió que, estando Jesús sentado a la mesa en casa de aquél, vinieron muchos publicanos y pecadores a sentarse con Jesús. Viendo esto, los fariseos decían a los discípulos: «Por qué vuestro maestro come con publicanos y pecadores?». Él, que los oyó, dijo: No tienen los sanos necesidad de médico, sino los enfermos. Id y aprended qué significa «Misericordia quiero y no sacrificio». Porque no he venido yo a llamar a los justos, sino a los pecadores».


En la lectura de las Escrituras de hoy, en Mateo 9, aparece un paralítico al que Jesús curó de su parálisis. Mediante este pasaje, me gustaría compartir con ustedes las bendiciones de nuestro Señor, considerando la enfermedad de la parálisis y explicando cómo el Señor nos ha salvado.


Todos somos paralíticos espirituales ante Dios. Un paralítico es una persona que, aunque posee intactas sus facultades mentales, esta discapacitado físicamente porque sus miembros están paralizados. Esta parálisis hace que no pueda mover ciertas partes del cuerpo. Así que cuando alguien se queda paralítico, no puede mover su cuerpo como desearía hacerlo.


Unos hombres trajeron a un paralítico amigo suyo ante Jesús, y Él al ver la fe de este paralítico y de los que le habían traído, le perdonó todos sus pecados y le curó de su discapacidad. Entonces nuestro Señor le dijo que tomara su cama y se fuera a casa.


Cuando la Biblia habla de curación, en realidad se refiere a la remisión de los pecados del alma. Así que cuando la Biblia describe la curación de toda esta gente enferma, está refiriéndose al perdón de nuestros pecados.


Primero, pensemos quiénes somos ante Dios. Pensemos por un momento si hemos sido salvados de nuestros pecados aunque no seamos paralíticos espirituales, o si hemos recibido la remisión de los pecados porque estábamos completamente paralizados—si hemos sido salvados de nuestros pecados teniendo la misma fe en el Señor que el paralítico del pasaje de hoy. Ante nada, tenemos que saber si hemos sido paralíticos espirituales. Y después tenemos que considerar si todos somos paralíticos espirituales.


No hay duda de que ustedes y yo hemos sido paralíticos espirituales. Hay ciertos aspectos en los que nuestros cuerpos no siguen las órdenes de nuestra mente, y esto se debe a nuestra naturaleza pecadora. ¿Pero cuánto deseamos vivir según la voluntad de Dios? Aunque hayamos anhelado vivir así, ¿cuál ha sido el resultado? En nuestra carne, ¿hemos seguido al Señor con obras perfectas y vivido como Él quiere que vivamos? No, todos hemos fracasado. Por eso ustedes y yo sufríamos de un grave caso de parálisis espiritual. Aunque hayamos sido paralíticos espirituales, hemos sido salvados de nuestros pecados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu.


Me conozco bien. ¿Puede hacer todo lo que mi corazón desea? Puedo confesar sinceramente ante ustedes que no puede conseguirlo. Mi corazón desea fervientemente seguir la voluntad del Señor al 100%, y vivir cómo Él quiere que viva. Pero muy a menudo, fracaso. Muchas veces mis obras no siguen el dictado de mi corazón. Pero aún así creo: «Aunque sea un paralítico espiritual, el Señor me ha salvado de mis pecados».


Creo que ustedes son también así. Ustedes también han sido paralíticos espirituales que no podían hacer lo que querían, debido a su discapacidad, pero sé que nuestro Señor les ha salvado de todos sus pecados mediante el poder del Evangelio del agua y el Espíritu. ¿Son ustedes perfectos en cuerpo y en espíritu? ¿Son su carne, sus pensamientos, sus corazones y sus obras perfectas y completas? No, pos supuesto que no. Ustedes y yo somos todos insuficientes, como el paralítico.


¿Cuántas debilidades tenemos? Al ser insuficientes, el Señor no tuvo más remedio que venir a nosotros. Y al hacerlo, tuvo que salvarnos de todos nuestros pecados. Mediante el bautismo de Jesucristo y Su derramamiento de sangre, hemos sido salvados de nuestros pecados. Cuando nos damos cuenta de que somos realmente insuficientes, podemos recibir la salvación y las bendiciones de Dios. Por tanto, todos nosotros debemos admitir nuestras insuficiencias ante Dios y vivir en Su gracia, estando agradecidos.


¿Cuándo admiten sus insuficiencias? Cuando no podemos vivir según la voluntad del Señor y cuando no podemos hacer sus obras de justicia, entonces admitimos ser seres insuficientes. Descubrimos este hecho en la práctica, no sólo en la teoría. Y nuestros corazones se hacen humildes y dóciles.


Mis queridos hermanos, somos insuficientes y paralíticos, pero aún así el Señor nos ha salvado de todos nuestros pecados. Por tanto no debemos olvidar las bendiciones de Dios, que nos ha salvado de nuestros pecados gracias a nuestra fe en el Evangelio del agua y el Espíritu. Cuando reconocemos nuestras insuficiencias fundamentales, no podemos más que darle gracias por Su salvación que nos ha librado de esta fatal condición. Sólo entonces podemos guardar humilde y agradecidamente guardar la Verdad de que el Señor nos ha salvado de todos nuestros pecados mediante el poder del Evangelio del agua y el Espíritu.


Sin embargo, mientras vivimos nuestra fe ante Dios, solemos olvidar nuestras propias insuficiencias, pensando que todo está bien ahora que hemos recibido la remisión de los pecados. Y hay veces en que conocemos muy bien los fallos de los otros, pero no nos damos cuanta de nuestras propias insuficiencias.


Cuando una mujer fue descubierta cometiendo adulterio, fue llevada ante Jesús; Él les había dicho a los que estaban alrededor de ella y que querían apedrearla: «Aquel de vosotros que este libre de pecado, que tire la primera piedra». Cuando Jesús dijo esto, nadie puedo lanzar ni una sola piedra.


De hecho, nosotros somos también como esta mujer que fue descubierta cometiendo adulterio, porque todos nosotros también pecamos como esta mujer. No estamos en la posición de comentar si otros son imperfectos o no. Todos y cada uno de nosotros somos paralíticos espirituales, y todos somos insuficientes. Por ser como somos, nuestro Señor nos ha salvados de todos nuestros pecados mediante el Evangelio del agua y el Espíritu, y todo lo que hemos hecho es aceptar esta salvación al creer en esta Verdad.


Entre los justos, ninguno es mejor o peor que otro. Es mejor tener pequeñas habilidades y nada de lo que presumir que se arrogantes y pensar que somos mejor que otros. Mientras que los que conocen sus propias insuficiencias encontrarán y creerán en la Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu, aquellos que no reconozcan sus propias insuficiencias acabarán rechazando el verdadero Evangelio que puede limpiar sus pecados. Por tanto, conocernos a nosotros mismos perfectamente es muy importante, porque si no conocemos nuestras insuficiencias, es imposible que confiemos en el poder del Evangelio del agua y el Espíritu.


Nuestro Señor dijo en la lectura de hoy: «Porque no he venido yo a llamar a los justos, sino a los pecadores». No es justo que no reconozcamos que somos débiles e insuficientes, y aún así buscar faltas a los demás y juzgarlos. Es una tendencia humana poner todo tipo de excusas, diciendo que no es porque seamos malvados inherentemente, sino porque los demás también son malos. Consecuentemente, no reconocemos que el problema no es de los demás, sino nuestro, y que son nuestras propias insuficiencias las que explican el problema.


Incluso después de recibir la remisión de nuestros pecados, seguimos siendo insuficientes. Puede que hayamos estado haciendo las obras de Dios durante todo el día, pero, ¿hay algo de lo que podamos presumir? No. Sólo dedicamos unas pocas horas a las obras de Dios, el resto se malgasta.


Los que creen que Dios ha salvado a los que son insuficientes de todos sus pecados mediante el Evangelio del agua y el Espíritu—estos son los que están bendecidos.


Mis queridos hermanos, no alardeen de su propia justicia ante Dios o ante el hombre. Puede que piensen: «Yo no soy así. Yo soy diferente. Soy bueno. No soy insuficiente. Cada día que pasa voy mejorando». Si piensan así, se están engañando a sí mismos. Por eso no pueden acercarse a la salvación del Señor. Por eso, aunque hayan sido salvados, no podrán ayudar a salvar otras almas mediante el Evangelio del agua y el Espíritu.


En todo momento debemos confesar al Señor: «Soy como el paralítico, Señor». Esta verdad no es una conjetura hipotética, sino que es real. Al vivir nuestra fe, debemos admitir ante Dios que siempre somos insuficientes en nuestras acciones. Sólo entonces podremos tolerar nuestras propias insuficiencias y las de los demás.


¿Qué pasa si decimos que no somos insuficientes pero que los demás sí lo son? Nuestros corazones se harán arrogantes como si fuéramos sus jueces. Pero, ¿quién puede presentarse erguido ante la Ley de Dios? ¿Ven la televisión? ¿Qué ven en las noticias? Vemos que incluso los que tienen poder, influencia y autoridad son calificados de criminales cuando quebrantan la ley. Cuando un criminal se lleva a la oficina del fiscal, tiene que mantenerse firme en el lugar designado para los criminales. Los periodistas le sacan fotografía, y él se tiene que someter a la investigación. Después tiene que presentarse en el juicio como acusado y ser sentenciado a un castigo.


Así que por muy poderoso que uno sea en este mundo, si ha cometido un crimen y quebrantado la ley, no sólo se arruinará su orgullo, sino también su reputación y su estatus. Todo el poder que tenía esa persona no queda más que en un sueño cuando se viene abajo—así es el perfil de un criminal. Incluso ante la ley secular de este mundo, cualquiera que comete un delito se convierte en un personaje deplorable.


Nosotros tampoco podemos evitar convertirnos en personajes deplorables, si aplicamos la ley estrictamente a nuestras vidas. Pero, desde la Ley podemos ver nuestra naturaleza pecadora, y al poner nuestra fe en el bautismo que Jesucristo recibió de Juan y el derramamiento de Su sangre como nuestra salvación del pecado, debemos ser perdonados por todos nuestros pecados. Entonces podemos estar seguros y confiados en esta fe nuestra en el Evangelio del agua y el Espíritu. Jesucristo nos ha salvado de todos nuestros pecado como nuestro Salvador justo. Debemos tener fe y poner nuestra fe en este Señor.


Si no fuera por esta fe en el Evangelio del agua y el Espíritu, ¿quién podría presentarse ante la Ley de Dios? Mis queridos hermanos, los hipócritas que querían apedrear a la mujer adúltera eran unos santurrones porque sus pecados no se habían revelado todavía, pero si se hubieran presentado ante la Ley de Dios con sinceridad, ¿se hubieran atrevido a levantar una sola piedra?


Al presentarnos ante Dios, sólo al creer en el Evangelio de Su Justicia podemos entrar en el Cielo. Todos somos pecadores y siempre lo seremos a no ser que creamos en el Evangelio del agua y el Espíritu. Los pecadores no son nadie a los ojos de Dios. Si no fuera por este Evangelio de la Justicia de Dios, no podríamos vivir con fe. Aunque uno dijera: «Estoy completamente libre de toda culpa y no tengo nada que esconder», sin la poderosa misericordia de Dios, no podría ser salvado de sus pecados.


El paralítico fue llevado a Jesús por sus amigos. Jesús le dijo al paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados».


Mis queridos hermanos santos, ¿cuántos pecados podría haber cometido un paralítico? ¿Habría cometido más pecados que alguien sano y normal? ¿Por qué, entonces, dijo Jesús: «Hijos, tus pecados te son perdonados»? Esto significa que ustedes y yo somos pecadores por causa de nuestros padres carnales, del mismo modo en que este paralítico había heredado su naturaleza pecadora de sus padres, y por tanto fue perdonado por sus pecados. Como está escrito en Mateo 26, 41: «El espíritu está pronto, pero la carne es flaca», tanto nuestros corazones como nuestras acciones no están completos.


Desde el momento en que nacimos del vientre de nuestras madres, heredamos todos los pecados de este mundo, los doce tipos de maldad, y así nacemos pecadores desde el principio. Por tanto, desde ese día en adelante hemos sido paralizados espiritualmente. Como hemos nacido en este mundo con corazones llenos de pecado no podemos hacer lo que nuestros corazones desean. Y como no hemos podido vivir según la voluntad del Señor, como nuestros corazones desearían, nos hemos dado cuenta de que hay pecado en nuestros corazones.


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