Debemos comer la carne de Jesús y beber Su sangre de verdad
Hasta ahora muchos cristianos no conocen la Verdad, sino sólo unos rituales religiosos heredados de la tradición. Desde el Evangelio a la Sagrada Comunión, los cristianos de hoy en día se mantienen en la ortodoxia pero no a través del conocimiento de la Verdad, sino al hacer hincapié en los procedimientos formales y los ritos consagrados. Como resultado, cuando los cristianos de hoy en día se encuentran con el pan y el vino que representan la carne y la sangre de Jesús durante la Comunión, están agradecidos sólo por el sacrificio de Su sangre y siguen sin conocer el hecho de que Cristo tomó sobre Sí mismo todos sus pecados al ser bautizado por Juan el Bautista. Por tanto les pido a todos los cristianos del mundo que aprendan, de ahora en adelante, lo que significa la carne y la sangre de Jesús dentro del Evangelio del agua y el Espíritu, que crean en él y así reciban la salvación y tomen parte en la Sagrada Comunión con la fe correcta.

Sermones sobre el Evangelio de Juan (III)
Comed Mi carne y bebed Mi sangre
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Índice
¿Qué son estos pocos panes y peces para tanta gente? (Juan 6, 1-15)
Creer en Aquel que Dios ha elegido es la obra de Dios (Juan 6, 16-29)
Trabajen por la comida que dura hasta la vida eterna (Juan 6, 16-40)
Vivir según el Espíritu (Juan 6, 26-40)
Trabajen por la comida que no perece en este mundo (Juan 6, 26-59)
Debemos comer el pan del cielo por fe en el Evangelio del agua y el Espíritu (Juan 6, 28-58)
Jesucristo, que se convirtió en el pan de vida para nosotros (Juan 6, 41-51)
¿Cómo podemos comer la carne de Jesús? (Juan 6, 41-59)
Crean en Jesús que vino del Cielo como su Salvador en sus corazones (Juan 6, 41-51)
¡Jesús nos ha dado la verdadera vida eterna! (Juan 6, 47-51)
Cómo participar en la Sagrada Comunión con la fe adecuada (Juan 6, 52-59)
Jesús, que nos ha dado el pan de vida (Juan 6, 54-63)
Deben predicar la carne y la sangre de Jesús a los miembros de su familia (Juan 6, 51-56)
¿Por qué debemos vivir? (Juan 6, 63-69)
Debemos conocer la Verdad correctamente (Juan 6, 60-71)

Prólogo
En la historia del cristianismos la controversia de la Eucaristía que se produjo sobre la interpretación de la Sagrada Comunión todavía no se ha solucionado. En otras palabras, hay distinto argumentos que dependen de cómo se interpreta el pan y el vino que se usan en la Comunión:
1) Transustanciación. Una postura que mantiene la Iglesia Católica y que afirma que el pan y el vino de la Sagrada Comunión se transforman en la carne y sangre de Jesucristo.
2) Coexistencialismo. Una postura defendida por Martín Lutero que afirma que Jesucristo está presente en el pan y el vino de la Comunión.
3) Simbolismo. Mantenido por Ulrich Zwingli de Suiza, interpreta la Comunión como una conmemoración simbólica de la muerte de Jesucristo.
4) La Doctrina de la Presencia Espiritual de Jesucristo de Calvino. Esta postura cree que Cristo está presente en el pan y el vino de la Comunión.
Hasta hoy en día los cristianos creen en alguna de las posturas citadas anteriormente sin tener dudas. Sin embargo, estas cuatro afirmaciones, excepto la de la transustanciación, sostenida por la Iglesia Católica, son modificaciones parciales de la transustanciación. De hecho todos estos argumentos son nociones hipotéticas que se han inventado los hombres, ya que sus defensores no pudieron entender lo que el Señor quiso decir con: «De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros(Juan 6, 53).
Dicho de otra manera, todas estas contiendas surgieron porque sus defensores nos conocían la razón por la que Jesús nos dijo que comiésemos Su carne y bebiésemos Su sangre. En la Última Cena Jesús dijo a Sus discípulos que recordasen Su carne y Su sangre con pan y vino, y este pan aquí representa el hecho de que Jesús tomó todos los pecados del mundo de una vez por todas a través del bautismo que recibió de Juan el Bautista, mientras que el vino representa que Jesús pagó el precio del pecado en nuestro lugar al ser crucificado y derramar Su sangre hasta morir.
Nunca debemos dejar que sea en vano el amor y la salvación de Jesús manifestados en la Comunión. Todos debemos reflexionar una vez más sobre las intenciones del Señor cuando nos ordenó que comiésemos su carne y bebiésemos Su sangre y debemos tomar parte en la Comunión por fe. Cuando tomamos parte en la Sagrada Comunión, que constituye el testimonio de la salvación, debemos conocer correctamente la justicia de Dios que ha borrado nuestros pecados con el Evangelio del agua y el Espíritu y creer en Su justicia.
Repito que si participan en la Comunión creyendo en doctrinas como la transustanciación, les tengo que decir que su fe es incorrecta. Jesús dijo: «De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros» (Juan 6, 53), pero ¿significa esto que debemos tomar la Comunión para comer y beber a Jesús literalmente porque se ha convertido misteriosamente en pan y en vino? Según algunos teólogos, cuando tomamos la Comunión, Jesuscristo está presente en el pan y el vino, y por tanto al comer y beber el pan y el vino estamos comiendo la carne y bebiendo la sangre de Jesús. Si esto fuera cierto, significaría que a no ser que participásemos en la Comunión no podríamos comer ni beber la carne y la sangre de Jesús. Pero esta afirmación es una estupidez. Es una desviación de la Verdad. ¿Es esto lo que Jesús dijo?
¿Acaso dijo que debemos tomar la Comunión para comer Su carne y beber Su sangre? No, nunca dijo tal cosa. Al creer en la Palabra de Dios somos salvados de nuestros pecados y recibimos la vida eterna. Si comemos la carne de Jesús y bebemos Su sangre sólo cuando tomamos la Comunión, entonces ¿no significa esto que nuestra fe está constituida por nuestras obras? Quien enseñe falacias como esta será juzgado por Jesús.
Comer la carne de Jesús y beber Su sangre no se consigue mediante la Sagrada Comunión, sino que se consigue al creer en lo que Jesús hizo en Sus 33 años de vida en la tierra. Cuando Jesús vino al mundo, tomó todos nuestros pecados, ya que estábamos bajo la Ley, y tomó todas las maldicones de estos pecados de una sola vez. Para cargar nuestros pecados en Su cuerpo (carne), Dios mismo, que no tenía pecado, vino encarnado en la misma carne que nosotros y así aceptó todos los pecados del mundo de una sola vez al ser bautizado en Su cuerpo mediante la imposición de manos. Esta es la carne de Jesús que ofreció para cumplir la justicia de Dios. Al creer en el hecho de que nuestros pecados fueron pasados al cuerpo de Jesús a través de Su bautismo, debemos comer Su carne. Por fe comemos la carne de Jesús y bebemos su sangre al creer que Jesús cargó con estos pecados hasta la Cruz y fue condenado en nuestro lugar porque había tomado los pecados del mundo al ser bautizado por Juan el Bautista.
Hasta ahora muchos cristianos no conocen la Verdad, sino sólo unos rituales religiosos heredados de la tradición. Desde el Evangelio a la Sagrada Comunión, los cristianos de hoy en día se mantienen en la ortodoxia pero no a través del conocimiento de la Verdad, sino al hacer hincapié en los procedimientos formales y los ritos consagrados.
Como resultado, cuando los cristianos de hoy en día se encuentran con el pan y el vino que representan la carne y la sangre de Jesús durante la Comunión, están agradecidos sólo por el sacrificio de Su sangre y siguen sin conocer el hecho de que Cristo tomó sobre Sí mismo todos sus pecados al ser bautizado por Juan el Bautista.
Por tanto les pido a todos los cristianos del mundo que aprendan, de ahora en adelante, lo que significa la carne y la sangre de Jesús dentro del Evangelio del agua y el Espíritu, que crean en él y así reciban la salvación y tomen parte en la Sagrada Comunión con la fe correcta.
Me gustaría dejar claro que no intento atacar su fe, sino que deseo corregir sus errores y restablecer la fe correcta. Espero y oro para que protestantes, católicos y todos los que deseen creer en Jesús por todo el mundo entiendan la carne y la sangre de Jesús correctamente y crean en ellas dentro de la Verdad del Evangelio del agua y el Espíritu y así disfruten de la vida eterna.
Que Dios les bendiga a todos.
PAUL C. JONG
CAPÍTULO 1

¿Qué son estos pocos panes
y peces para tanta gente?
< Juan 6, 1-15 >
«Después de esto, Jesús fue al otro lado del mar de Galilea, el de Tiberias. Y le seguía gran multitud, porque veían las señales que hacía en los enfermos. Entonces subió Jesús a un monte, y se sentó allí con sus discípulos. Y estaba cerca la pascua, la fiesta de los judíos. Cuando alzó Jesús los ojos, y vio que había venido a él gran multitud, dijo a Felipe: ¿De dónde compraremos pan para que coman éstos? Pero esto decía para probarle; porque él sabía lo que había de hacer. Felipe le respondió: Doscientos denarios de pan no bastarían para que cada uno de ellos tomase un poco. Uno de sus discípulos, Andrés, hermano de Simón Pedro, le dijo: Aquí está un muchacho, que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos; mas ¿qué es esto para tantos? Entonces Jesús dijo: Haced recostar la gente. Y había mucha hierba en aquel lugar; y se recostaron como en número de cinco mil varones. Y tomó Jesús aquellos panes, y habiendo dado gracias, los repartió entre los discípulos, y los discípulos entre los que estaban recostados; asimismo de los peces, cuanto querían. Y cuando se hubieron saciado, dijo a sus discípulos: Recoged los pedazos que sobraron, para que no se pierda nada. Recogieron, pues, y llenaron doce cestas de pedazos, que de los cinco panes de cebada sobraron a los que habían comido. Aquellos hombres entonces, viendo la señal que Jesús había hecho, dijeron: Este verdaderamente es el profeta que había de venir al mundo. Pero entendiendo Jesús que iban a venir para apoderarse de él y hacerle rey, volvió a retirarse al monte él solo».
El capítulo 6 de Juan habla del pan de vida en su integridad. En el pasaje de las Escrituras de hoy se dice que cuando Jesús cruzó al otro lado del río Tiberias, una gran multitud le siguió. La razón por la que tanta gente siguió a Jesús es que había visto los milagros que hizo en los enfermos. Cuando Jesús subió a la montaña y se sentó con Sus discípulos, vio que la multitud se le acercaba y le dijo a Felipe: «¿De dónde compraremos pan para que coman éstos?». Entonces Felipe dijo: «Doscientos denarios de pan no bastarían para que cada uno de ellos tomase un poco».
Otro discípulo, Andrés, le dijo a Jesús: «Aquí está un muchacho, que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos; mas ¿qué es esto para tantos?». Felipe y Andrés le contaron a Jesús cuál era la situación en ese momento. Pero Jesús les dijo que le pidieran a todo el mundo que se sentase en la hierba. Entonces tomó los cinco panes y los dos peces que había traído aquel muchacho, los bendijo y los repartió a todos los que estaban sentados. Había más de 5,000 hombres, sin contar a las mujeres y los niños (Mateo 14, 21; Marcos 6, 44).
Gracias a este milagro, la gente reunida allí intentó hacer que Jesús fuera su rey. El pueblo de Israel vivía bajo el dominio de Roma por aquel entonces y por eso aunque trabajaban la tierra, tenían muy poco para sobrevivir, ya que casi toda su cosecha se empleaba en pagar los impuestos del imperio romano. Así que era más que posible que intentasen hacer a Jesús su rey. Como no podían sobrevivir por sí mismos y no tenían dinero para tratamientos contra enfermedades, seguían a Jesús muy de cerca, ya que Él había curado sus enfermedades y había saciado su hambre.
El pan del que se habla en el capítulo sexto de Juan simboliza la carne de Jesús
La carne de Jesús significa que Jesús cargó con nuestros pecados en Su cuerpo al recibir Su bautismo, entregó Su cuerpo para ser crucificado, derramó Su sangre hasta morir, se levantó de entre los muertos y así se ha convertido en nuestro Salvador. Al tomar nuestros pecados sobre Su cuerpo de una vez y al pagar el precio de estos pecados de una vez, Jesús nos ha salvado perfectamente de nuestros pecados. El cuerpo de Jesús es el pan de vida.
Y la sangre de Jesús es verdadera bebida. Desde un punto de vista, la Biblia puede parecer tan sólo un recuento histórico del pueblo de Israel, pero en realidad es la Palabra de Dios que habla de la carne y la sangre de Jesús que Dios nos ha dado para entregarnos la vida a toda la raza humana. Todos los capítulos de la Biblia contienen la Palabra de vida que Dios quiere decirnos. Así que si alguien conoce perfectamente lo que la Palabra de Dios le está diciendo, puede ser salvado de todos sus pecados.
Andrés le dijo a Jesús: «Aquí está un muchacho, que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos; mas ¿qué es esto para tantos?». Los dos pececillos se refieren a la Iglesia de Dios. Como estos peces, la Iglesia de Dios no es imponente en apariencia externa. Sin embargo, la Iglesia de Dios está predicando el Evangelio del agua y el Espíritu a todo el mundo. Gracias al Evangelio del agua y el Espíritu que estamos predicando, muchas personas de esta era pueden comer la carne de Jesús y beber Su sangre. Como estamos predicando este verdadero Evangelio a toda la población mundial, de los más de 6000 millones de personas que hay en el mundo, los que creen en este Evangelio están recibiendo la remisión de sus pecados. Algunas personas se preguntarán cuánto se puede conseguir mediante un grupo reducido de ministros y santos y unos pocos trabajadores repartidos por el mundo, pero como el Señor ayuda a la Iglesia de Dios y obra a través de ella, está salvando a todo el mundo de sus pecados. Nuestro Señor nos ha dado el pan de vida a los que creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu.
Jesús dijo que la carne de Su cuerpo es pan de vida para nosotros
Cuando participamos en la Sagrada Comunión, comemos pan y bebemos vino, y el pan simboliza el cuerpo de Jesús, mientras que el vino significa la sangre que Jesús derramó en la Cruz. Jesús nos dijo que le recordásemos con el pan y el vino de la Comunión (Lucas 22, 19). ¿Por qué? Porque nuestros Señor tomó todos los pecados del mundo al ser bautizado en Su cuerpo y derramar Su sangre en la Cruz por nosotros. Como nuestro Señor tomó nuestros pecados sobre Sí mismo a través de Su bautismo, estos fueron pasados a Jesucristo, y así nuestros pecados pudieron ser borrados. Cuando Jesús nos dijo que comiésemos Su carne y bebiésemos Su sangre, nos estaba diciendo que creyésemos en la Verdad de que tomó nuestros pecados sobre Sí mismo al ser bautizado, que entregó Su cuerpo en la Cruz para derramar Su sangre, se levantó de entre los muertos y así ha borrado todos nuestros pecados de una vez por todas. Así que si tenemos esto en cuenta, ¿qué hubiera pasado si Jesús no hubiera cargado con nuestros pecados al recibir el bautismo sobre Su cuerpo? Nuestros pecados nunca hubieran sido borrados. Por eso debemos recibir la remisión de nuestros pecados por fe, al comer la carne de Jesús y beber Su sangre.
Cuando estamos demasiado ocupados con nuestros propios asuntos, solemos olvidarnos de lo agradecidos que deberíamos estar porque nuestro Señor nos ha salvado de los pecados. En otras palabras, aunque deberíamos estar agradecidos eternamente por haber sido salvados a través de Su carne y Su sangre, cuando nuestras almas se llenan de oscuridad, no podemos sentir Su gracia. Y como resultado perdemos nuestra gratitud por Dios y Su gracia, del mismo modo en que la iglesia de Éfeso fue reprendida por haber perdido su amor inicial a pesar de haber trabajado sin descanso para Dios (Apocalipsis 2, 1-4). Sin embargo, cuando nos libramos de los asuntos que nos molestan durante un tiempo, lo dejamos todo de lado y pensamos en Dios, podemos ver lo agradecidos que deberíamos estar por la gracia de Dios. Cuando pienso en cómo el Señor vino al mundo, cómo fue bautizado para tomar mis pecados de una vez por todas, cómo cargó con esos pecados hasta la Cruz y cómo fue condenado por ellos, cómo murió y se levantó de entre los muertos, y cómo me ha quitado mis pecados, estoy lleno de gratitud. Cuando estoy inmerso en mi trabajo, estoy demasiado ocupado con lo que tengo delante de mí y tengo poco tiempo para estar agradecido. Pero cuando me presento ante Dios de nuevo, estoy muy agradecido de que haya salvado a alguien como yo.
En ocasiones tanto los pensamientos carnales como los espirituales están mezclados en nuestras mentes y nos confunden. Sin embargo, cuando pensamos en lo que Dios ha hecho por nosotros, nuestros corazones se llenan de gratitud. Una vez más debemos recordar que no estamos sin pecado ante Dios por nuestros propios méritos porque somos demasiado insuficientes y débiles.
Jesucristo es el Dios que nos creó. Jesús es el Creador que nos creó y que hizo el universo entero y por tanto es el Dueño del universo. Jesús es el Salvador que, cuando la humanidad que fue creada a imagen de Dios cayó en el pecado y fue destinada al infierno, nació en este mundo encarnado en un hombre a través del cuerpo de la Virgen María para salvar a Su pueblo de sus pecados; tomó esos pecados al ser bautizado en Su cuerpo; fue condenado por ellos en la Cruz y murió; se levantó de entre los muertos y así nos ha salvado completamente de nuestros pecados. No puedo estar suficientemente agradecido a Dios cuando pienso en el Evangelio del agua y el Espíritu.
Cuando la gente se encuentra ante la muerte y la destrucción, se vuelve muy sincera. Si pensara que voy a morir ahora mismo, dejaría todos los asuntos mundanos y sólo pensaría en mi relación con Dios. Y antes de expirar, estaría en completa paz y lleno de gozo por haber comido la carne de Jesús y haber bebido Su sangre mientras estaba vivo.
No hace mucho, un domingo de Pascua, dimos gracias al Señor por darnos vida eterna. Tras ser bautizado por Juan el Bautista y morir en la Cruz, nuestro Señor se levantó de entre los muertos y vivió de nuevo. Como la resurrección de nuestro Señor es nuestra resurrección, de los que creemos en Su Evangelio, al levantarse el Señor de entre los muertos, nuestros cuerpos serán transformados y también nosotros resucitaremos y obtendremos nuevos cuerpos que nunca perecerán. En otras palabras, del mismo modo en que el Señor se levantó de entre los muertos, nosotros, los que creemos en el Evangelio del agua y el Espíritu nos levantaremos de entre los muertos. De hecho creemos en la resurrección del Señor y creemos que nosotros también resucitaremos.
Cuando llega la Pascua, incluso los pastores que no han nacido de nuevo predican: «Como Jesús murió en la Cruz y se levanto de la tumba, deben vivir con la esperanza de la resurrección». La pregunta es si creen o no de verdad en la resurrección de Jesús. Dicho de otra manera, ¿están seguros de que resucitarán en el Día del Señor? No pueden estar seguros. Aunque dicen con sus labios: «Sí, creo», dudan en sus corazones y se preguntan: «¿Pasará de verdad?».
Antes de nacer de nuevo, mi mente no podía entender el significado de la resurrección. Me preguntaba: «¿Cómo pudo levantarse Jesús después de morir? ¿Cómo puede un hombre muerto levantarse?». Sin embargo, como el Señor que cargó con los pecados del mundo a través de Su bautismo, es esencialmente Dios Todopoderoso, es posible que se levantase. El Señor dijo que del mismo modo en que Él se levantó de entre los muertos nosotros también viviremos de nuevo. Nos dijo: «Quien coma Mi carne y beba Mi sangre, se levantará el último día. Quien crea en Mí recibirá la vida eterna».
Esto es cierto. Cuando llega la Pascua, los predicadores que no han nacido de nuevo hablan de cosas irrelevantes, pero debemos darnos cuenta de que el Señor nos ha resucitado y nos ha dado vida nueva, debemos creer en esto y darle gracias de todo corazón. Después de hacer la obra del Señor, debemos presentarnos ante Él.
¿Qué le pasará a nuestro cuerpo cuando estemos ante Dios? Los que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu creen que vivirán de nuevo. Los que no creen en este Evangelio no podrán participar en la primera resurrección (Apocalipsis 20, 5-6). ¿Cómo podrían esperar la resurrección de Jesús y la suya propia los que no comen la carne de Jesús ni beben Su sangre al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu? La gente no puede creer de corazón que serán resucitados en el futuro porque no saben que Jesús quitó todos los pecados del mundo al tomarlos en Su cuerpo mediante el bautismo que recibió de Juan el Bautista, ni que derramó Su sangre hasta morir en la Cruz y se levantó de entre los muertos.
Como Dios es esencialmente Dios pudo salvarnos al venir al mundo encarnado en un hombre, al tomar nuestros pecados sobre Sí mismo de una sola vez al ser bautizado por Juan el Bautista, al morir en la Cruz y levantarse de entre los muertos. Si Jesús hubiera sido sólo un hombre, esto no hubiera ocurrido, pero lo consiguió porque es Dios. No hay ningún ser humano, que sea simplemente una de las criaturas de Dios, que haya nacido en este mundo sin pecado. Todos los seres humanos nacen siendo pecadores.
Sin embargo, como Jesús es el Hijo de Dios Padre, como es quien creó el universo entero con Su Palabra y como es la voluntad de Dios Padre salvarnos de los pecados, Cristo vino al mundo en obediencia a la voluntad del Padre y nos ha salvado a través del Evangelio del agua y el Espíritu. Nuestro Señor nos ha resucitado de la muerte espiritual y física a los que creemos en esta Verdad. Como Jesús es su Salvador y mi Salvador, Él ha hecho todo esto por nosotros. Por eso en nuestros corazones tenemos fe en Dios y estamos profundamente agradecidos.
Debemos entender y creer que Jesús es Dios (1 Juan 5, 20). Si Jesús fuera una criatura solamente, nadie podría ser salvado. Imaginemos que alguien virtuoso y respetado en este mundo cargase con nuestros pecados y muriese por nosotros. ¿Podríamos ser salvados? No, no podríamos. Esto se debe a que no hay nadie que no peque y por tanto aunque esta persona cargase con nuestros pecados y muriese en nuestro lugar, no podría salvar a otros pecadores porque él mismo es un pecador.
Sólo Dios Todopoderoso puede salvarnos de los pecados y por eso vino a la tierra a salvarnos. Por eso nuestro Señor, que es Dios mismo, tomó los pecados del mundo sobre Su cuerpo al ser bautizado y así los borró. También como Jesús es Dios pudo ser condenado por nuestros pecados y morir en la Cruz en nuestro lugar y gracias a Su poder pudo levantarse de entre los muertos. Así Jesús nos ha salvado del pecado. Y por eso le damos gracias a Dios al creer en Jesús.
Hay mucha gente en este mundo que viven vidas religiosas basadas en sus propios pensamientos. Sus vidas religiosas son obvias. Basándonos en el pasaje de las Escrituras de hoy, predican lo siguiente: «¿Cómo fue posible que se multiplicaran los panes y los peces milagrosamente? Al ofrecer un muchacho su comida a Jesús sin dudarlo, los mayores se sintieron conmovidos y ofrecieron también su comida y así reunieron todos los víveres y los repartieron por igual, y así hubo suficiente comida para todos, e incluso sobraron doce cestas». Pero en realidad esto convierte la Palabra de Dios en un sistema ético de normas humanas.
La comida que el muchacho trajo sólo tenía cinco panes y dos peces. Probablemente sus padres le dieran ese almuerzo para asegurarse de que tenía algo de comer cuando fue a ver a Jesús. Pero el muchacho ofreció su comida al Señor. El Señor la bendijo e hizo el milagro de los panes y los peces. Este tipo de milagros no ocurren aunque nosotros bendigamos la comida. Todo el mundo lo sabe. En vez de aceptarlo tal y como está escrito en la Biblia, imaginen que fueran ustedes los que hicieron el milagro y piensen en ello. Si oraren sobre la comida y dijeran: «Que Dios bendiga esa comida», ¿se multiplicaría de repente para alimentar a todos los reunidos de manera que aún sobraran doce cestas? Por supuesto que no. No puede ocurrir ningún milagro por nuestro propio poder. Sólo Jesús puede hacerlo.
Ahora mismo, estamos difundiendo el Evangelio de Verdad por todo el mundo. Hay mucha gente en este mundo que predica su propio evangelio. Pero los que predicamos el Evangelio del agua y el Espíritu somos pocos. No hay otro Evangelio de Verdad aparte de este Evangelio del agua y el Espíritu. Este Evangelio del agua y el Espíritu en el que creemos y predicamos, este Evangelio que difundimos, es la Palabra de Dios que es capaz de salvar a todo el mundo. El Evangelio del agua y el Espíritu es el Evangelio bendito y el pan de vida que permite a la humanidad ser librada de todos los pecados y recibir nueva vida. Algunos de nosotros hemos escuchado este Evangelio del agua y el Espíritu recientemente, mientras que otros nacimos de nuevo hace mucho tiempo al creer en este Evangelio. Pero todos nosotros sabemos igualmente que este Evangelio del agua y el Espíritu es el único Evangelio de Verdad.
El Evangelio del agua y el Espíritu es la Verdad que testifica que el Señor ha borrado todos nuestros pecados con Su bautismo y Su sangre derramada en la Cruz: al venir al mundo, tomar los pecados del mundo en Su bautismo, derramar Su sangre y morir en la Cruz, y al levantarse de entre los muertos, nuestro Señor se ha convertido en nuestro Salvador. Los cinco panes del pasaje de las Escrituras de hoy simbolizan la salvación de gracia que el Señor nos ha concedido, y esto implica el Evangelio del agua y el Espíritu. En la Biblia, el número cinco simboliza la gracia y las bendiciones de Dios.
Mis queridos hermanos, en el Evangelio del agua y el Espíritu en el que creemos, están la bendición de la salvación, la bendición de la vida eterna y la bendición de la nueva vida. Es un Evangelio maravilloso. Es este Evangelio en el que creemos y que predicamos por todo el mundo a través de nuestros libros. Incluso ahora mismo, gente de todo el mundo nos envía sus testimonios de salvación diciendo que han recibido la remisión de sus pecados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu. Hay muchos misioneros y pastores entre ellos. Mis queridos hermanos, ¿está esta gente diciendo que ha nacido de nuevo ahora porque antes no habían creído en Jesús o porque creyeron en Él más tarde que nosotros? No. Lo que pasa es que habían creído en un falso Evangelio hasta ahora y ahora han encontrado el Evangelio del agua y el Espíritu predicado por la Iglesia de Dios y han creído en él. Por eso han empezado a vivir por la gracia de Dios ahora.
Nuestro Señor nos prometió que mandaría la primera lluvia y la última a su tiempo (Joel 2, 23). Durante la era de la Iglesia Primitiva, cuando los Apóstoles predicaban el Evangelio del agua y el Espíritu, Dios envió la primera lluvia y ahora está cubriendo el planeta con la última lluvia. Esta última está cayendo sobre todo el planeta a través de nuestros libros impresos y libros-e, así como de Internet. En otras palabras, al alimentarse de este Evangelio del agua y el Espíritu la gente satisface su hambre y sed espiritual y recibe vida eterna. Cuando nuestro Señor vino al mundo ofreció Su cuerpo por nosotros para tomar nuestros pecados a través de Su bautismo, los quitó todos al ser condenado en la Cruz y se levantó de entre los muertos de nuevo. Debemos comer el pan de vida que Él nos ha dado. A los que creen en este Evangelio que Jesús nos ha dado, Dios les ha dado la salvación y la vida eterna.
Nuestro Señor dijo: «Quien coma del pan que Yo le doy, nunca más tendrá hambre». También dijo: «Mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna» (Juan 4, 14).Por muchas cosas carnales que la gente tenga, siguen estando sedientos y hambrientos espiritualmente. Puede que coman, canten y bailen en este mundo, pero sus corazones están llenos de tristeza. Puede que se diviertan al máximo hoy, se alimenten de la mejor comida, se emborrachen hasta quedarse dormidos y disfruten los mayores placeres del mundo, pero al día siguiente sus corazones estarán vacíos de nuevo. La realidad de la existencia humana es que el corazón humano, sus pasiones, sus pensamientos y sus cuerpos están sedientos de algo siempre. Sin embargo, como el Señor tomó todos nuestros pecados al ser bautizado, murió en la Cruz, se levantó de entre los muertos, pagó la condena de nuestros pecados y borró todos nuestros pecados, los que creen en este Jesús como Su Salvador siempre tienen gozo en sus corazones. Siempre están confiados y dan gracias a Dios por su salvación.
Mis queridos hermanos, nuestro Señor nos ordenó que predicásemos el Evangelio del agua y el Espíritu. Por todo el mundo, no hay muchos ministros o santos que prediquen este Evangelio. Su número es tan pequeño como el almuerzo del muchacho del pasaje de hoy. Pero este almuerzo bastó para alimentar a toda esa gente y aún así sobró. Este es el poder y la bendición de Dios.
Ahora mismo, ustedes y yo estamos difundiendo el Evangelio del agua y el Espíritu a todo el mundo. Como la Iglesia de Dios cree en este Evangelio y lo predica por todo el mundo, las bendiciones de Dios se añaden. Por muy lejos que estén de nosotros, si creen en este Evangelio del agua y el Espíritu de corazón, todos sus pecados serán borrados y se convertirán en hijos de Dios sin pecado. Y recibirán todas las bendiciones espirituales del Cielo, además no sólo resolverán el problema de su alma, sino también el de su carne. Creemos que Dios nos bendecirá mientras nuestra fe crece. Esta obra maravillosa que se describe en el pasaje de las Escrituras de hoy se está llevando a cabo en este momento. Por tanto, un ministro que predique el Evangelio del agua y el Espíritu es un ministro de Dios competente. Los santos que están reunidos en la Iglesia de Dios que predica el Evangelio del agua y el Espíritu son verdaderos santos. Y esta Iglesia que proclama el Evangelio del agua y el Espíritu es la verdadera Iglesia de Dios.
Aunque haya muchas iglesias de Dios autoproclamadas en este mundo, la verdadera cuestión es si de verdad están predicando el Evangelio del agua y el Espíritu. Los que alardean del tamaño de sus iglesias, del número de feligreses o de la fama de sus pastores, se están aferrando a algo inútil. Por muy famosos y reconocidos que sean sus pastores, todo lo que hacen es acumular dinero y aclamar sus nombres. Este es el único objetivo de estos pastores. Por muchos diferentes títulos que tengan, no tienen ningún tipo de poder espiritual.
¿Qué hay de ustedes? ¿Creen en este Evangelio del agua y el Espíritu? Este Evangelio del agua y el Espíritu está escondido como un misterio para los que no tengan un corazón puro no pueden reconocerlo aunque lo miren y no lo escuchen aunque lo oigan. Sin embargo, a aquellos que buscan la Verdad, la Biblia les revela este Evangelio en cada capítulo para que puedan encontrarlo. En otras palabras, aunque los pecadores cristianos hablen del evangelio de la sangre de Jesús derramada en la Cruz, Dios habla continuamente del Evangelio del agua y el Espíritu. Este Evangelio del agua y el Espíritu consiste del bautismo que Jesús recibió y de la sangre que derramó en la Cruz. Si Jesús no hubiese sido bautizado por Juan el Bautista, no podría haber tomado nuestros pecados ni hubiera sido necesario que hubiese sido crucificado.
Si sólo están la sangre en la Cruz y la resurrección de Jesús en el Evangelio del cristianismo de hoy en día, ¿cómo podemos recibir la remisión de nuestros pecados? Como el Señor vino al mundo, tomó nuestros pecados al ser bautizado por Juan el Bautista, los llevó a la Cruz y fue condenado por ellos, hemos sido librados de ellos. Si el Señor no hubiese sido bautizado por Juan el Bautista, no habría cargado con los pecados del mundo.
Hoy en día, aparte del Evangelio del agua y el Espíritu, todos los demás evangelios que se componen sólo de la sangre de la Cruz están corruptos. ¿Cómo de corruptos? Puede que piensen que no importa dejar el bautismo de Jesús fuera del Evangelio del agua y el Espíritu, pero dependiendo de en qué Evangelio creamos, las consecuencias pueden ser muy diferentes.
En tiempos de la Iglesia Primitiva los Apóstoles predicaron el Evangelio del agua y el Espíritu. El Apóstol Pedro dijo: «El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva» (1 Pedro 3, 21). Pablo también predicó el Evangelio del agua y el Espíritu. Dijo: «Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos» (Gálatas 3, 27). El Apóstol Juan también dio testimonio del Evangelio del agua y el Espíritu en 1 Juan 5. Todos los Apóstoles creyeron en lo siguiente: «Cuando Jesús fue bautizado por Juan el Bautista, cargó con todos mis pecados y al derramar Su sangre en la Cruz, pagó la condena de cada pecado con el que cargó». Por tanto, quien crea en la sangre derramada en la Cruz solamente en vez de creer en el Evangelio del agua y el Espíritu cree en el cristianismo como una mera religión. Si es así, esa persona sigue siendo un pecador aunque crea en Jesús como su Salvador.
¿Cómo pueden borrar los pecados que hay en sus corazones? Cuando Jesús fue bautizado por Juan el Bautista, Él le dijo: «Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces le dejó» (Mateo 3, 15). «Toda justicia» es el resultado que el Señor consiguió al ser bautizado y al tomar todos los pecados del mundo y borrarlos de una vez por todas. Jesús vino a completar esta obra que cumple toda la justicia de Dios y la completó al ser bautizado por Juan el Bautista.
¿Qué significa que Jesús haya sido bautizado por Juan el Bautista? Significa que al ser bautizado por él, Jesús aceptó todos los pecados del mundo de una vez por todas. Si hay pecados en sus corazones y quieren borrarlos, ¿qué deben hacer para conseguirlo? Deben creer que Jesús borró sus pecados al ser bautizado por Juan el Bautista. Deben darse cuenta y creer sin falta que en el momento en que Jesús fue bautizado por Juan el Bautista, todos sus pecados fueron pasados al cuerpo de Jesús. De lo contrario no podrán borrar sus pecados.
¿Cómo pueden borrar los pecados por sí mismos? ¿Cómo podrían borrarlos a través de sus oraciones de penitencia? ¿Sería posible borrarlos si viviesen vidas piadosas y si hicieran muchas buenas obras? ¿Podrían ir al Reino de los Cielos si se sacrificasen para predicar el Evangelio de Jesús?
Como dice el himno:
«
¡Las
lágrimas no me salvarán!
Aunque
mi rostro esté bañado en lágrimas,
mis
temores no se disiparán,
mis
pecados no desaparecerán», sus pecados no desaparecerán por mucho
que lloren. La verdadera remisión de los pecados sólo se consigue
al creer en lo que Jesús ha hecho por nosotros. No se consigue por
nuestra propia cuenta, sino que conseguimos ser salvados si creemos
en el Evangelio del agua y el Espíritu, es decir, en que Jesús,
gracias a Su amor por nosotros, vino al mundo para borrar nuestros
pecados; que para conseguirlo fue bautizado por Juan el Bautista; que
murió en la Cruz y se levantó de entre los muertos y así nos ha
salvado. En otras palabras, somos salvados al escuchar el Evangelio
del agua y el Espíritu con nuestros oídos y creer en él con
nuestros corazones. No hay nadie que se haya salvado por sus propias
acciones.
Si nos reconocemos correctamente a la luz de la Palabra de Dios podemos darnos cuenta de que estamos destinados a cometer pecados durante el resto de nuestras vidas, desde el día en que nacemos hasta que morimos. Si pensamos lo contrario, se debe a que estamos a la defensiva y a que nos creemos superiores. Toda vida humana es una serie de pecados, desde el principio hasta el fin. Como Jesús dijo: «Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón» (Mateo 5, 28), ¿cuántos pecados comete la humanidad en sus pensamientos, palabras, ojos y acciones? Desde el momento en que nacemos, decimos «Dame esto, dame aquello». Porque todo el mundo nace con un corazón que hace el mal en la vida. Pero, ¿significa esto que la gente mejora cuando se hace mayor? No, al contrario, empeora cuando se hace mayor. Comete más pecados y dicen más maldiciones. Nadie aprende a pecar, pero todos lo hacemos bastante bien.
Cuando yo era joven solía pensar que era un buen muchacho porque obedecía a mis padres y me portaba bien. Mis vecinos también tenían una buena opinión sobre mí y creían que era merecedor de un premio por mi muestra de buen comportamiento. Así que yo pensé: «¡Debo ser bastante bueno!». Sin embargo cuando alcancé la pubertad empecé a cometer pecados propios de esa edad. Pecaba tanto que incluso la gente me decía: «¿Te ha enseñado eso tu madre?». Yo me engañaba a mí mismo pensando: «No soy el tipo de persona que comete este tipo de pecados pero aún así lo he hecho. ¡Fue un error! ¡No soy ese tipo de persona!». Cuando crecí y empecé a pecar al principio me sorprendí y los demás también se quedaron sorprendidos. Yo también estaba asombrado por los pecados de los demás.
Después de un tiempo, al hacerme mayor y convertirme en un joven, me di cuenta de que: «La humanidad es una raza de pecadores». Después padecí una enfermedad grave que casi me mata y esta experiencia traumática me llevó a creer en Jesús. Sin embargo los pecados de mi corazón no desaparecieron, sino que siguieron atormentándome. Al ver que no podía hacer nada para dejar de pecar aunque creyera en Jesús, estaba tan defraudado que incluso llegué a pensar en suicidarme una vez.
Sin embargo, el Señor vino a mí con el Evangelio del agua y el Espíritu. En ese momento, al creer en este Evangelio verdadero, todos los pecados que había en mi corazón desaparecieron completamente. Antes de encontrar el Evangelio del agua y el Espíritu, tenía muchos pecados en mi corazón aunque creía en Jesús. Aunque en aquellos tiempos le decía a la gente: «Creed en Jesús y sed salvados de vuestros pecados» yo tenía muchos pecados. En aquel entonces estudiaba teología y predicaba al mismo tiempo pero tenía los pecados escritos en mi corazón. Los pecados de la humanidad están escritos en la tabla de su conciencia (Jeremías 17, 1). Así es como nos damos cuenta de que hemos pecado a los ojos de Dios.
¿Creen que pueden vivir piadosamente si lo intentan y tienen cuidado? Es muy difícil. De hecho es imposible. Aunque pueden fingir ser buenos, es imposible vivir una vida piadosa a los ojos de Dios. Todo el mundo peca hasta que muere. Por eso Jesús vino al mundo y tomó sus pecados y los míos al ser bautizado, para poder borrarlos. Como el Señor nos quitó los pecados a través de Su bautismo, los pecados de nuestros corazones han desaparecido. Sin embargo, el problema es que casi todo el mundo desconoce este hecho. Creer en Jesús como el Salvador es creer que Jesús nos ha salvado al venir al mundo, tomar nuestros pecados, ser bautizado, ser crucificado hasta morir y levantarse de entre los muertos.
Por eso la Biblia dice que podemos ver el Reino de Dios y entrar en él si nacemos de nuevo del agua y el Espíritu (Juan 3, 3-5). Dios sólo podía salvarnos al venir al mundo encarnado en un hombre, tomar todos nuestros pecados sobre Sí mismo al ser bautizado por Juan el Bautista, borrarlos al ser condenado por ellos y levantarse de entre los muertos. Por eso nuestro Señor nos ha salvado de esta manera. Al darnos cuenta de este hecho y creer en él hemos sido salvados.
«Aunque soy un pecador y aunque no pueda evitar pecar durante toda mi vida, el Señor vino al mundo, fue bautizado, murió en la Cruz, y se levantó de entre los muertos para salvarme. Es mi Salvador. Como todos mis pecados fueron pasados al Señor cuando fue bautizado, no tengo ningún pecado. Como el Señor fue condenado por mis pecados en la Cruz y derramó Su sangre hasta morir, ya no seré condenado por estos pecados. Todo gracias a que el Señor fue bautizado y condenado por mí». La verdadera fe es entender el Evangelio del agua y el Espíritu y creer en él tal y como es.
Sólo porque vayamos a la iglesia siempre que tenemos que ir, porque hagamos obras de caridad cristiana y otras buenas obras, paguemos el diezmo y propaguemos el Evangelio diligentemente, no significa que nuestra fe sea buena. Quien venga a la Iglesia primero debe ser perdonado por todos sus pecados al creer en el Evangelio del agua y el Espíritu. Si por el contrario uno se dedica a su propia devoción y méritos sin recibir la remisión de sus pecados, como si estuviera ayudando a la Iglesia, no tiene la verdadera fe. Si alguien tiene pecado en su corazón, será arrojado al infierno. Así que si no se ha recibido la remisión de los pecados, primero se debe creer en el Evangelio del agua y el Espíritu que Jesús nos ha dado y recibir esta remisión de los pecados.
¿Qué puede hacer una persona para ayudar a Dios?¿Quién ayuda a quién, cuando esa persona está en un pozo sin fondo? Lo primero que debemos hacer ante Dios es recibir la remisión de nuestros pecados y ser perdonados y así conseguir una nueva vida. Sólo después de todo ello podremos resolver nuestros problemas físicos y espirituales con la ayuda del Señor. No tiene sentido que alguien que no haya resuelto su mayor problema intente hacer buenas obras en la Iglesia de Dios.
El problema con los cristianos de hoy en día es que siguen intentando ayudar a Dios por su propia cuenta. Por eso muchas iglesias intentan construir edificios de adoración más altos, en vez de ayudar a la gente a recibir la remisión de los pecados. Hay muchas iglesias en este mundo que parecen palacios. Este fenómeno es completamente incorrecto.
Mis queridos hermanos, ¿qué tipo de iglesia es la verdadera Iglesia de Dios? Una iglesia no es sólo un edificio. La reunión de los santos que creen en el Evangelio del agua y el Espíritu y que lo predican es la verdadera Iglesia de Dios. Aunque se reúnan y adoren juntos en un edificio en ruinas, si la gente que está ahí presente conoce el Evangelio del agua y el Espíritu y cree en él, este lugar es la bella Iglesia de Dios.
Cuando vienen a la Iglesia de Dios, ésta les ofrece ser hermanos, resuelve varios problemas que tiene en su mente acerca de la Palabra, les guía y ora por ustedes. Por tanto salva su alma primero. Además la Iglesia de Dios también aconseja a los santos sobre sus problemas carnales y les ayuda en sus vidas diarias. ¿Si una iglesia no tiene el Evangelio del agua y el Espíritu, es la Iglesia de Dios? Por supuesto que no.
La Iglesia de Dios les permite comer la carne de Jesús y beber Su sangre a través del Evangelio del agua y el Espíritu y por tanto les guía por el camino bendito que les libra del pecado. Que las bendiciones maravillosas de Dios estén con todos y cada uno de ustedes que han comido la carne de Jesús y bebido Su sangre.
CAPÍTULO 2

Creer en Aquel que
Dios ha elegido es la
obra de Dios
< Juan 6, 16-29 >
«Al anochecer, descendieron sus discípulos al mar, y entrando en una barca, iban cruzando el mar hacia Capernaum. Estaba ya oscuro, y Jesús no había venido a ellos. Y se levantaba el mar con un gran viento que soplaba. Cuando habían remado como veinticinco o treinta estadios, vieron a Jesús que andaba sobre el mar y se acercaba a la barca; y tuvieron miedo. Mas él les dijo: Yo soy; no temáis. Ellos entonces con gusto le recibieron en la barca, la cual llegó en seguida a la tierra adonde iban. El día siguiente, la gente que estaba al otro lado del mar vio que no había habido allí más que una sola barca, y que Jesús no había entrado en ella con sus discípulos, sino que éstos se habían ido solos. Pero otras barcas habían arribado de Tiberias junto al lugar donde habían comido el pan después de haber dado gracias el Señor. Cuando vio, pues, la gente que Jesús no estaba allí, ni sus discípulos, entraron en las barcas y fueron a Capernaum, buscando a Jesús. Y hallándole al otro lado del mar, le dijeron: Rabí, ¿cuándo llegaste acá? Respondió Jesús y les dijo: De cierto, de cierto os digo que me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis. Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará; porque a éste señaló Dios el Padre. Entonces le dijeron: ¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios? Respondió Jesús y les dijo: Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado».
¡Saludos a todos mis hermanos y hermanas! Estoy muy agradecido a Dios porque nos ha permitido adorarle en este precioso día de primavera en el que Su belleza se manifiesta en toda Su gloria mediante las flores que florecen por todas partes.
El pasaje de las Escrituras de hoy también viene del capítulo 6 de Juan. La gente le preguntaba a Jesús: «¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios?», respondió Jesús y les dijo: «Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado». En otras palabras, Dios se complace cuando creemos en El que Él envió. Este es el mensaje principal del pasaje de las Escrituras de hoy.
Al bendecir cinco panes y dos peces, Jesús alimentó a una multitud de israelitas hambrientos. Así que los que comieron aquel pan siguieron a Jesús. Jesús, sabiendo que le iban a tomar por la fuerza y le iban a hacer su rey, se fue a una montaña solo una vez más, y los discípulos se subieron a la barca y navegaron hacia Capernaum solos. Cuando estaban en medio del mar, se hacía de noche y Jesús no había vuelto.
Entonces empezó una gran tomenta en alta mar. Caía agua e inundaba la barca. Mientras los discípulos se apresuraban para sacar el agua y temblaban de miedo, el Señor se les acercó en medio de la tormenta. Pensando que era un fantasma que se les acercaba, los discípulos se asustaron aún más, pero Jesús les dijo: «Soy Yo, no tengáis miedo» (Marcos 6, 50). En cuanto Jesús se subió a la barca con los discípulos, la barca llegó a su destino enseguida.
Cuando Jesús y Sus discípulos cruzaron el mar hasta Capernaum, una gran multitud se les acercó y lo encontraron allí. Jesús les dijo: «¿Me seguís porque comísteis pan o porque vísteis el milagro que hice por vosotros? Me parece bien que me hayáis seguido porque entendísteis el significado de Mi milagro, pero está mal y no tiene ningún sentido que me siguieráis para comer más pan para vuestros cuerpos». Jesús dijo esto porque el pan de la carne desaparece una vez se ha digerido. Así que dijo: «Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece». Entonces la gente le preguntó: «¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios?» y Jesús les dijo: «Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado».
Aveces nosotros también seguimos al Señor para comer el pan de la carne. Sin embargo, el Señor nos dijo que trabajásemos por la comida que no perece. Incluso después de haber sido salvados de todos los pecados del mundo, en ocasiones nos perdemos y no sabemos qué debemos hacer para realizar la obra justa de Dios. Pero el Señor dijo: «Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado».
¿Quién es el enviado de Dios? Jesucristo. Dios Padre amó tanto a este mundo que envió a Su único Hijo. Dios Padre envió a Jesucristo al mundo. Nuestro Señor dijo: «Dios Padre ha puesto Su sello en el Hijo del Hombre». Dios Padre nos ha salvado a través del Evangelio del agua y el Espíritu para que toda la raza humana reciba la remisión de los pecados y se convierta en hijos de Dios a través de Jesucristo. Nuestro Padre envió a Jesucristo como único Salvador de la humanidad.
La gente se suele preguntar: «Queremos hacer la obra de Dios pero, ¿qué debemos hacer para realizar Su obra?». Creer en el enviado de Dios es la obra de Dios. En otras palabras, creer en Jesucristo es la verdadera obra de Dios. Como dice la Biblia: «Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos» (Hechos de los Apóstoles 4, 12), no hay otro Salvador que se le haya dado a la humanidad aparte de Jeuscristo. Al enviar a Su Hijo al mundo, Dios Padre ha hecho posible que todo el mundo sea salvado y entre en el Reino de los Cielos.
Creer en el enviado de Dios es hacer la obra de Dios
Jesucristo vino al mundo encarnado en un hombre y al ser bautizado por Juan el Bautista en el río Jordán, tomó todos los pecados de la humanidad de una vez por todas. Como nuestra carne es débil, pecamos constantemente hasta el día en que morimos, pero Jeuscristo tomó todos estos pecados de la carne de una vez por todas cuando fue bautizado por Juan el Bautista. Y al ser crucificado y derramar Su sangre, acabó con todos nuestros pecados y nos salvó para siempre. Entonces se levantó de entre los muertos al tercer día, ascendió a los Cielos y está sentado a la derecha del trono de Dios Padre, y así se ha convertido en el Salvador de la humanidad.
Ahora hacer la obra de Dios es creer en El que Dios ha enviado como nuestro Salvador, es decir, en Jesucristo. Y también es la obra de Dios el creer de corazón en el Evangelio del agua y el Espíritu a través del cuál Jesús nos ha salvado. Esta es la voluntad de Dios y nuestra salvación. ¿Cómo debemos hacer la obra de Dios? Debemos creer en Jesucristo como nuestro Salvador. Esto es hacer la obra de Dios. ¿Qué hay de ustedes? ¿No han estado trabajando duro por sí mismos para hacer algo por Dios? Sólo porque trabajen duro en todo lo que hacen por Dios no significa que estén haciendo la obra de Dios. En realidad creer en el maravilloso milagro de Dios, en Su salvación que nos ha dejado sin pecado, es la obra de Dios. Por eso nosotros, los creyentes, es decir, los que hemos recibido la remisión de los pecados al creer en Jesucristo, estamos haciendo la obra de Dios.
Incluso antes de nacer de nuevo yo era líder de una iglesia. En ese momento mi plan era conseguir mucho dinero y construir varios edificios grandes, uno de ellos para adorar, otro para educar y el otro para entretenimiento. Yo pensaba que esto era lo que debía hacer para llevar a cabo un buen ministerio, aunque yo tuviera pecados. Pero esto no era más que mi propia avaricia.
Sin embargo, cuando fui a la Biblia después de recibir la remisión de los pecados, vi lo que Jesús decía allí: que creyera en el enviado de Dios porque esa era la obra de Dios, y entonces cambié. Por eso la Biblia dice que debemos creer que Jesucristo es la obra de Dios.
Dios Padre envió a Jesucristo y Juan el Bautista a este mundo. Sabemos que Dios Padre nos envió a Jesús. Pero, ¿también nos envió a Juan el Bautista? Debemos confirmarlo con la Biblia.
Juan 1, 6-7: «Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan. Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él». En otras palabras, Dios Padre envió a Su Hijo y a Juan el Bautista a este mundo por un motivo especial. Así que la obra de Dios es creer en lo que ellos dos hicieron. Dios no quiere que hagamos nada arbitrariamente, sino que quiere que seamos salvados al creer en Su enviado. Por eso Dios dijo: «Creer en Aquel que Yo envié es hacer Mi obra». Dicho de otra manera, en vez de creer por nuestra cuenta sin darnos cuenta de lo que Dios quiere y en vez de dejar que nuestros deseos nos empujen a ser voluntarios, evangelizar y sacrificarnos, lo que de verdad es hacer la obra de Dios es creer en Jesucristo y Juan el Bautista, a los que Dios envió.
Dios dijo lo siguiente acerca de Juan el Bautista: «Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan. Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él» (Juan 1, 6-7). ¿A quién envió Dios? A Jesucristo y a Juan el Bautista. Juan el Bautista fue enviado a este mundo para dar testimonio de la Luz, Jesucristo, y como representante de la humanidad y último profeta del Antiguo Testamento. La Biblia dice refiriéndose a Juan el Bautista que es el hombre más grande de entre los nacidos de mujer (Mateo 11, 11).
Juan el Bautista bautizó a Jesús en el río Jordán. Esto se hizo para pasar los pecados del mundo a Jesús. Y al día siguiente Juan el Bautista dio testimonio de Jesús diciendo: «He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Juan 1, 29). Con esto Juan quiso decir: «Él es el Hijo de Dios, el verdadero Salvador de la humanidad. Cuando puse mis manos sobre Su cabeza y le bauticé ayer, le pasé todos los pecados del mundo». Juan el Baustista dio testimonio así de que había bautizado a Jesús y de que todos los pecados del mundo se habían pasado a Su cuerpo, para que así muchos creyeran en Jesús como su Salvador.
Dios envió a dos personas al mundo: la primera era Jesucristo y la segunda Juan el Bautista. Por tanto hacer la obra de Dios es creer que Dios Padre envió a Jesús y a Juan el Bautista y creer en lo que ellos hicieron. ¿Creen en esto? Hoy en día muchos cristianos no creen que Dios enviase a Juan el Bautista para pasar los pecados del mundo a Jesús y creen sólo en la sangre que Jesús derramó en la Cruz. Este tipo de fe no es el tipo de fe que se basa en el Evangelio del agua y el Espíritu. Los que siguen esta fe no creen en los enviados de Dios Padre. Si alguien cree sólo en la sangre de Jesús sin creer en lo que Juan el Bautista hizo junto con Cristo, no está haciendo la obra de Dios. Así que cuando predicamos el Evangelio, debemos predicar lo que Jesucristo y Juan el Bautista hicieron como enviados de Dios. Por tanto, los que creen en el verdadero Evangelio deben predicar cómo Jesús tomó los pecados del mundo cuando Juan el Bautista lo bautizó, además de creer en Su muerte en la Cruz. Predicar esto es predicar el Evangelio del agua y el Espíritu.