Yolanda Ríos de Moreno
Copyright 2011, by Yolanda Guadalupe Ríos Cantú
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El día estaba llegando ya a su final, había transcurrido igual que muchos otros en la corta vida de Carlos. Sentado sobre una roca, a orillas de la carretera, cavilaba sin comprender por qué su padre, sabiendo las consecuencias que acarreaba, seguía siendo tan estricto y exigente como director de la escuela. Los alumnos le temían, sentían hacia él un gran respeto, pero esto no bastaba para reprimir los impulsos naturales que todo niño y adolescente tienen de hacer travesuras y maldades.
Visiblemente alterado, Carlos aún sentía un fuerte dolor en sus sienes, las irritantes palpitaciones ayudaban a aumentar la protuberancia enrojecida de su frente y ojo derecho, donde un hilillo de sangre se alargaba cada vez más hacia su cuello; pero esto, no era nada comparado con la impotencia que sentía al no poder defenderse, como él quisiera, contra esos grandulones resentidos por las sanciones, muy merecidas, que su padre les imponía por su mal comportamiento. En su pensamiento no dejaba de aflorar el recuerdo de la constante frase que su padre le dirigía: “No fomentes nunca la violencia, hijo; el conocimiento, la educación y la inteligencia deben ser capaces de sofocarla y transformarla en energía positiva”.

Lo malo era que los demás compañeros carecían de estos atributos o nadie les enseñaba esos principios, por lo que elegían la violencia con facilidad. .El, sin embargo, poniendo en práctica el consejo de su padre, trataba de ayudar a la profesora cargándole sus libros camino a casa, evitando así los enfrentamientos. Pero ese día ella se había retirado antes de la hora acostumbrada y el encuentro fue inevitable.