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Susana Tamayo Bojalil

Colección / Collection
Los cuentos del cíclope (A Book for a Buck), núm. 006
Primera edición electrónica: mayo de 2011
First digital edition: May, 2011
Publicado por Tártaro en Smashwords
Published by Tártaro at Smashwords
Copyright © Susana Tamayo Bojalil, 2011
Copyright © Tomás Zurián (ilustración en interiores / interior illustration), 2011
Copyright © Tártaro Servicios Editoriales, SA de CV, 2011
Av. Insurgentes Sur 377-503, colonia Hipódromo de la Condesa, delegación Cuauhtémoc, 06170, México, Distrito Federal
ISBN (ePub): 978-607-9150-13-6
ISBN (ePub, colección completa / complete collection): 978-607-9150-00-6
ISBN (mobipocket): 978-607-9150-12-9
ISBN (mobipocket, colección completa / complete collection): 978-607-9150-04-4
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Noticias
Dos sujetos discurren sobre los presuntos motivos en torno a la felicidad. A tal doctrina se han entregado para alargar sus horas de inercia existencial, cuando alguien llama a la puerta… En 2006 este relato ganó el Concurso Nacional de Narrativa Corta «Antimodelos de Feminidad».
Susana Tamayo Bojalil (México, DF, 1973) es escritora por convicción y editora de profesión en medios impresos y, en los últimos años, digitales, consecuente con una (r)evolución imparable en el mundo literario y de la información. Formó parte del consejo editorial de La Luz y Nada y en la actualidad trabaja en la industria de los videojuegos.
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que soy muy feliz. No entiendo cómo se atreven, si no sé qué es la felicidad ni si existe en algún lugar. Pienso que es algo momentáneo, una sensación, como la que me provocan algunos de los acordes en la música de los Stone Roses o algunas escenas de Tous les Matins du Monde.
—¿Y si fuera permanente?
—¿Qué? ¿La felicidad? –soltó una risa ahogada y continuó–. De seguro todos morirían de aburrimiento. ¡Qué aburrimiento!
—¿Quién quiere ser feliz por siempre?
—Yo no.
Los dos amigos eran vecinos, uno vivía en el doce y el otro en el veintidós. Compartían los fines de semana para discutir o platicar acompañados, como en comercial de televisión, de cigarrillos y cervezas suficientes para toda la noche, o para mantener el ritmo de la conversación durante dos o tres días seguidos y sólo interrumpirlo de manera breve para orinar o caminar unos cuantos pasos hacia el refrigerador y sacar otra cerveza.
—Pero, pensándolo bien –continuó–, dentro de esos momentos o sensaciones mi felicidad gira, en definitiva, alrededor de una vagina.
—¿Y si no existieran?
—Tal vez de penes, pero sólo de conocidos o amigos cercanos.
—¿Sí? ¿Tendrías sexo con un hombre?
—Si hubiera escasez de vaginas, claro que sí.
—Eso es demasiado, pero supongamos que acepto tu elección. Y después del sexo, ¿qué?
—Fumar mariguana… No, primero fumar y luego el sexo, porque si no parecería que estoy cogiéndome a un ser humano normal, y yo prefiero sentir que estoy cogiendo con algo, no con alguien. ¿Y tú?
—La comida.
—¿La comida?
—Sí, la comida en cualquier forma: enlatada, para microondas, en puestos y restaurantes, con servicio a domicilio, y si es buffet, mejor: así puedo comer durante horas todo lo que me dé la gana.
—Ahora entiendo por qué no te estorba esa barriga de marrano que tienes.
—No está tan grande.
—Nunca lo había notado, pero es cierto: tragas como troglodita.
—Tú haces lo mismo siempre que pedimos algo de comer.
—Como tú, nunca.
Los tipos, echados en un sillón, bebían y bebían mientras intercambiaban opiniones banales.
De pronto, alguien llamó a la puerta.
—Está abierto –gritó el gordo.
La puerta se abrió con lentitud. Entró una mujer de piel bronceada, falda entallada a medio muslo, zapatos de tacón estilo años sesenta y blusa blanca transparente que a contraluz lucía de manera perfecta el sostén negro que, de seguro, cubría un par de senos firmes. Su cabello era largo, rizado y mojado por tanta gelatina para el peinado.
—Buenas noches –soltó en tono sensual y con un timbre de voz rasposo, como ésos de locutora de la radio nocturna.
—Buenas… noches –contestaron los dos, tartamudeando, al mismo tiempo.
La mujer terminó de entrar al departamento y cerró la puerta sin despegarles la mirada.
—¿Quién eres?
—¿Qué haces aquí? ¡Qué estoy diciendo! ¿Cómo te llamas?
—Tengo el nombre que tú quieras ponerme.
—Vaya, qué mujer –dijo el consumidor de mariguana.
Siguió avanzando hacia la sala, mientras se desabrochaba los botones de la blusa.