Lola Beccaria
1ª Edición Digital
Mayo 2011
Smashwords Edition
© Lola Beccaria
Reservados todos los derechos de esta edición para:
Literaturas Comunicación, S.L.
Parador del Sol 9. 28019 - Madrid
http://literaturascomlibros.es
ISBN: 978-84-939035-3-4
Smashwords Edition, License Notes
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Pero lo que se negó al fatigoso anhelo de
una gran capacidad, se pemite a la sazón
dichosa de un mediano entendimiento
Félix Lucio de Espinosa y Malo
Ocios Morales, 1693
Describir mis pasos hasta hoy, las huellas que dejé o no dejé, las incisiones del mundo sobre mi carácter, el asombro y el cambio, es toda mi intención.
Por aquel entonces, en lo que luego resultó el principio, en el quicio exacto de la mitad de mi existencia, no sabía adónde encaminaba mis pasos, es cierto, porque me sentía como un viejo tren de suburbio que trazase cada veinticuatro horas, durante décadas, la misma gastada y repetida trayectoria, sin conocer, ni aun después de tal cantidad de tiempo invertido en intentarlo, su verdadero destino al final de las vías. No, no sabía adónde iba o quién era, porque mi ser no había sido definido a golpe de asertos o reconocimientos públicos, ni mi figura había sido delimitada a base de envoltorios de telas a la moda o maquillajes llamativos, ni mi persona había sido jamás recomendada por nadie, ni mi nombre sonaba más allá de mis propios oídos. No. Nada era sino la sombra de aquello que nadie querría ser jamás.
Y si no era un dechado de virtudes, ni una santa o una samaritana, si no era un genio de la ciencia, una célebre intelectual, o ni tan siquiera Miss Universo, tampoco podía decir, por contra, no podía jactarme, esto es, no me adjudicaba la importancia de ser asesina o abyecta o mala en mi totalidad: es que era insignificante, mediocre. A un perro pulgoso se le hacía más caso que a mí. Entonces, con el fin de no acabar minada por la vaciedad de lo mismo una y otra vez –es que era tan aburrido todo, tan deprimente– pensé en la única solución a mi existencia capaz de proporcionarme algo de satisfacción plena: alcanzar algún poder, tener éxito aunque no fuera más que parcialmente en cualquier ámbito de la vida.
Todas las máximas, todos los principios que han funcionado a través de los tiempos para mantener a la gente replegada y artificialmente saciada en su descontento, o lo que es lo mismo, controlada en su falta de afán y en su pobreza, se me revolvían dentro como un manjar indigesto; incapaz de digerirlo, no tomaba otra forma que la de un feto con cara voraz y miembros incipientes que parecía decir entre farfulleos: A mí qué. Estoy harto. Tengo hambre. Conceptos aparentemente antitéticos (no se podía tener hambre y estar harto a la vez), pero que yo interpretaba desde el ángulo de la insatisfacción. Esta lucha absurda de saber que quería algo pero no el qué, este deseo devorador, esta ansiedad de ser, de contar de sonar de influir de mandar de controlar en algo, aunque fuera en lo más mínimo, pero en algo, pusieron mi mente a trabajar.
Creo que no es necesario por mi parte exponer, a modo de aclaración inicial, por si aún pudieran quedar dudas acerca de lo que concretamente perseguía, que aquellos conceptos manidos por la sociedad de nuestro tiempo como las más benefactoras vías del placer, es decir, el amor y el sexo, habían sido absolutamente marginados de mi interés por lo menos diez años antes de que lo narrado ocurriera. Y si los había descartado era tan solo porque ellos mismos me habían descartado a mí sin miramientos, de forma déspota y aniquiladora, clasificándome mediante la elocuente etiqueta de individua poco o nada atractiva para ser deseada por ningún ser animal o vegetal sobre la tierra. A partir de entonces, todo hay que reconocerlo, no hice más que incidir en mi falta de atractivo, practicando el feísmo y hundiéndome en la aceptación fatalista de lo que no tiene ningún remedio. Tanto es así que ahora ya ni me interesan para nada ambos aspectos, pues he conseguido alcanzar el nivel de frialdad clásico de los ofidios.
Para adoptar y emprender, pues, una estrategia liberadora de la nada en que me hallaba inscrita, tan solo contaba con una serie de ideas básicas que había ido deduciendo y asimilando durante los largos y monótonos días de mi existencia anodina. He de advertir primero que soy pesada en mis razonamientos; para mí la razón solo tiene un camino: el lineal. Por eso no me aparté un segundo de esa senda segura que matemáticamente, paso a paso, me llevaría al éxito de mis planes. Desollaba mi cerebro de tanto pensar y así llegué a reconocer cuatro verdades fundamentales:
1ª.- Hay dos clases de personas: aquellas a las que todo les viene dado y aquellas que para conseguir algo tienen que sudar sangre, y luego incluso ni lo consiguen. Las primeras, los mimados de la fortuna, llegan al final de su vida sin una sola cana o arruga en la frente, con el aparato digestivo funcionándoles como un reloj suizo, descansadas y enteras; las segundas, los pobres desgraciados, simplemente no llegan al final de su vida, sino que se bajan dos o tres paradas antes con unas patas de gallo muy marcadas, una úlcera de estómago y el pelo blanco como única recompensa.
2ª.- El fracaso (entendido este como la falta de éxito continuada y sistemática) es una mierda que ninguna consideración moral justifica, consuela o redime. Lo cual equivale a decir que el éxito es lo mejor de la vida. Sin paliativos.
3ª.- Para una persona que artística o intelectualmente no sirve, éxito equivale a fortuna, materialmente hablando. Dinero. Propiedades. Y, por supuesto, reconocimiento público ante el poder de esa fortuna económica.
4ª.- El tiempo debe ser medido en términos de inversión y constancia. La cantidad de tiempo de la que dispone un ser humano para llevar algo a cabo es, relativamente, infinita, dentro de la obvia limitación que supone el final de la vida, la muerte. El truco reside en tener paciencia y saber administrarlo con sabiduría.
A estas ideas enunciadas, elaboradas de propio cuño, unía, por supuesto, otras, no por lo conocidas menos útiles y contundentes. Frases tales como el fin justifica los medios o una retirada a tiempo es una gran victoria, no se me escapaban en su totalidad y en la fuerza de su contenido, pero he de decir que prefería apoyarme en mis propias reflexiones que, aunque pocas, suponían un sólido andamio sobre el que situarme para construir el grandioso edificio que yo merecía.
A quien pueda parecer absurdo o escasamente convincente que a una mujer de cuarenta y siete años, poco agraciada en lo físico, de escasa valía intelectual, y de clase media tirando a baja sin posibilidad alguna de ascenso en el escalafón social, sin amigos o parientes próximos, carente de lazos afectivos y con una salud más que pésima, un buen día le dé un ataque de afán y desee cambiar su vida radicalmente, me siento en la obligación de explicarle que este nuevo estado, esta metamorfosis del carácter no se escoge, sino que sale de golpe en el ánimo, como un herpes en la boca; y si no se trata convenientemente, aumenta de forma considerable y una tarde de invierno te das cuenta de que ya no la puedes parar. La ambición se ha propagado hasta las uñas de los pies. Y es este un virus que se ceba especialmente en las personas que presentan un cuadro vital semejante al mío: la existencia vacía hay que llenarla como sea y el bombardeo exterior es tan intenso y tan brutal, que el carácter, ya de por sí permeable a los influjos de fuera, se abre cual esponja receptiva para ser llenado mediante la absorción de líquidos de ambrosía informadora a los centros del cerebro enriquecido por el movimiento hacia delante de un devorador deseo que no tiene fin si no es en su propia consecución sin escrúpulos.
Pero no debo apartarme del esquema trazado en un principio, pues ya dije que soy pesada en mis análisis y si me dejo llevar por la borbotonería de mis pensamientos eufóricos, jamás llegaré a explicar cómo triunfé en la vida. Es que nadie puede imaginar el gusto, el júbilo infinito que sucede al logro de algo que, por definición genética y social, nos está aparentemente vedado. Contradecir las leyes de una herencia no escogida por uno, desviar a placer la corriente del río que nos marca su cauce como un irrevocable legado, manipular el azar y dibujar el destino por campos ajenos, por aires privados donde nunca habríamos de pasear o respirar, equivale a cualquiera de los placeres más codiciados por el hombre, sobrepasándolos a mi entender con una inmensa ventaja de por medio.
Mi situación inicial al encarar el nuevo plan de vida no podía ser en principio más desoladora. Sin embargo, me dije, el cambio de actitud que yo había experimentado era la baza decisiva sobre la que cimentar el fruto venidero. Tan solo tenía que estar alerta, abrir bien los ojos y los oídos ante cualquier posibilidad de enriquecimiento que se me pudiera presentar, siempre teniendo en cuenta que hasta el momento no había reparado en el generoso caudal de oportunidades, brindadas por la casualidad y arrastradas justo ante el felpudo de mi puerta, que había dejado pasar de largo, porque no estaba en condiciones anímicas favorables de aceptar el reto que se me ofrecía, sobre todo teniendo en cuenta que la mayoría (si no todas) se basaba en la falta de escrúpulos, o ya directamente, en convertirme en una fuera de la ley, con la amenaza de la cárcel pisándome los talones.
Libre del fardo moral que otras personas acarrean hasta la muerte, y decidida a triunfar por encima de todo, ya tenía el ánimo propicio y los cinco sentidos trabajando a pleno rendimiento para lanzarme sobre cualquier oportunidad que la vida me brindara. Fue entonces cuando enuncié las cuatro verdades fundamentales arriba expuestas, con la intención palmaria de aplicarlas a la táctica de mis secretas intenciones. Referidas al proyecto y a mi situación personal, me definían en términos de una persona del segundo tipo descrito, esto es, un ser al que la vida no le iba a regalar nada que no se trabajara por sí mismo dejándose la piel en ello. Carecer de ideales o de metas heroicas suponía en mi caso un detalle más que positivo, puesto que tales impertinentes rasgos, alojados en el carácter, resultarían molestos y se interpondrían entre el pensamiento y la acción a la hora de emprender el camino trazado. Por otra parte, mi salida era única, y como tal, sencilla de escoger, en cuanto que no se abría ante mí un amplio abanico de posibilidades de éxito: yo no valía para nada, ya lo he dicho antes. No era guapa, carecía de cualquier don sobrenatural, de dinero para invertir o de visión política; no había estudiado una carrera millonaria (de hecho no tengo estudios superiores) y mi sensibilidad artística era cero. Con un bagaje como el mío, ¿adónde podía ir sino a morirme de asco hasta convertirme en polvo? Por último, contaba con todo el tiempo del mundo y con la suficiente paciencia como para esperar que el fruto, una vez madurado con cariño y con mimo, se pusiera al alcance de mi mano para poder saciarme con su carne y con su jugo. Y, por encima de todo, nada tenía que perder.
Observando cómo tal cantidad de personajes de baja ralea y escasos posibles como yo habían hecho fortuna, llegué a la conclusión de que ello se debía fundamentalmente a situaciones de asimilación máxima de información privilegiada, unida al acercamiento subrepticio hacia lugares donde esa información servía de algo. Es decir, se podría definir con la conocida frase estar en el momento justo en el lugar indicado; y luego, por supuesto, actuar sin tardanza, incidiendo sobre los puntos correctos. Algunos, incluso, precisamente por estar situados en determinado puesto de trabajo en apariencia insignificante y poco remunerado, se habían encontrado con amplias ventajas en sus manos de la noche a la mañana. La falta de iniciativa o la voz de la conciencia en muchos casos había dado al traste con negocios sumamente sustanciosos y fáciles de poner en práctica. Una vez en poder de la información oportuna, el truco consistía en perpetrar adecuadamente la manipulación del entorno y de los demás hasta alcanzar el punto perseguido. Pero los pasos a seguir habrían de ser medidos con cálculo matemático para no errar y desperdiciar así una oportunidad única.
Por último, no es cinismo ni obscenidad, es orgasmo mental, mi vanagloria, lo que aquí a continuación expreso.
Yo trabajaba como auxiliar en el Registro de la Propiedad de la ciudad de W., prototípica capital de provincias, de unos ciento veinte mil habitantes, con su plaza Mayor de soportales y su río circundante a las afueras. Tiene catedral gótica y diecisiete iglesias de importancia que abarcan todos los estilos arquitectónicos, desde el románico hasta el neoclásico inclusive. Algunas calles empedradas de fósiles adoquines, convertidas en peatonales, subsisten enfrentadas al moderno asfalto de las demás arterias. Y las mansiones señoriales construidas en siglos pasados se mantienen a través del paso del tiempo siempre erectas, serias, inmortales, con la solidez de algo que va a durar eternamente. La ciudad se extiende sobre un alto de superficie casi cuadrada, a no ser por un ángulo de varias hectáreas que permanece sin urbanizar, separado del núcleo por una cortada que forma el cauce del río en aquella parte de su trayectoria. Aquel terreno, unido al resto por un puente de hierro de espectaculares arcos y pilares, es una enorme campiña con abundancia de árboles, algunos centenarios, a la que acuden los habitantes de W. para su entretenimiento. La ciudad en sí se mantenía inalterada desde el siglo pasado en su zona antigua, la situada en el alto, y los lugareños se sentían muy orgullosos de la belleza y solera de su conjunto, tanto es así que habían logrado que la parte incluida dentro del casco viejo fuera declarada monumento histórico nacional, con todas las protecciones urbanísticas que ello conllevaba.
Precisamente, en relación con el prado nombrado en un principio, se había producido en W. hacía unos dos años un altercado de importantes proporciones: una empresa multinacional de capital extranjero estaba interesada en montar un centro comercial de gran envergadura, que ocupara justo una de las mitades de la campiña. Los portavoces de la empresa entraron en negociaciones con el Ayuntamiento de W., cuyo equipo de concejales pertenecía al mismo partido político que el Gobierno del país. El concejal de urbanismo, viendo el colosal beneficio económico que la compra de los terrenos y la instalación del centro podría reportar, y calculando la cantidad de dinero que él mismo se embolsaría por la gestión (la empresa le había ofrecido una buena ganancia por la consecución de su proyecto), movió los hilos con discreción para que el negocio se llevara a cabo. El Ayuntamiento, una vez mandados tasar los terrenos por un técnico poco escrupuloso, vendería la mitad del prado a la multinacional a un precio prácticamente irrisorio, alegando su falta de valor real pues estaba registrado como terreno no urbano, y a cambio el responsable del Departamento de Urbanismo obtendría su compensación bajo cuerda. Pero un pequeño desliz telefónico del concejal, captado por un impertinente y entrometido radioaficionado, que además resultó ser honesto, dio al traste involuntariamente con la operación. Organizaciones vecinales y ecológicas se pusieron en movimiento, la prensa local ofreció también su ración de denuncia, y el partido, por miedo a la repercusión en las urnas de la mala imagen de uno de sus ayuntamientos, frenó de raíz la operación, cesando de inmediato al concejal de Urbanismo con el fin de aplacar a la opinión pública.
Si bien es verdad que el asunto de la campiña había sido una cuestión de honor para los habitantes de W., no es menos cierto que estos se habían quedado con las ganas de tener un moderno centro comercial, como así lo disfrutaban el resto de las capitales de provincias cercanas. Sin embargo, tras el fracaso de la primera intentona, que no dejaba de ser un fraude organizado, parece que ninguna otra compañía de negocios se había animado a invertir en W., siendo como era una ciudad plena de posibilidades en ese aspecto. Que el casco antiguo estuviera situado en un alto inaccesible a toda modificación, en una especie de gueto urbanístico, no quería decir ni mucho menos que el resto de la ciudad presentara los mismos problemas; es más, la zona nueva, que se iba expandiendo poco a poco en forma de anillo en torno a la antigua, era un paraíso para los inversores. Cercanas a la estación de ferrocarril y al campo de fútbol se elevaban las modernas torres de casas alrededor de un jardín y una piscina comunes y, más allá, las hileras de chalets adosados marcaban el eco de su silueta sobre la línea ondulada, y antaño virgen, del horizonte. En la parte opuesta se habían ido situando, relativamente lejos unas de otras, las moles acanaladas y grises, o relucientes y opacas, de las naves industriales que hacían de W. la ciudad próspera y rica que era. Sin embargo, a pesar del amplio crecimiento de la ciudad, aún quedaban numerosos huecos por llenar, huecos que, en forma de terrenos vacíos, estaban esperando a que alguien –y no necesariamente su propietario real– se hiciera millonario con su explotación y venta.
Yo trabajaba, como he dicho anteriormente, en el Registro de la Propiedad de W. Mi oficina, la número 7 del registro, se hallaba en la tercera planta, al fondo a la izquierda, de un magnífico edificio de cuatro pisos situado en la plaza Grande, segunda en importancia dentro del escalafón urbanosocial de la ciudad. El edificio era un antiguo palacio renacentista sobre el que se hicieron obras barrocas posteriormente; varios años después, remodelada decoración rococó sobre la fachada y reorganización interna de aposentos a principios de siglo. Así descrito, el inmueble pudiera parecer a quien no lo conoce un pastiche de estilo inverosímil, pero en la práctica, el otrora palacio, en mi opinión, supera con mucho la belleza de otras piezas arquitectónicas de un solo y único acabado que muestra orgullosa la ciudad de W. Como dato curioso diré que, al parecer, hace ya varios siglos, el edificio sirvió como refugio a una secta de raros hombres de ciencia, con creencias insólitas y desconocidas, que se alojaron en los lúgubres y fríos sótanos de piedra y que se encargaron de escribir un extraño libro, indescifrable, que hoy en día se conserva en el Archivo Provincial, y del que nadie ha podido averiguar nada hasta el momento presente. Sobre la piel de la encuadernación estaba inscrito el título de la obra en letras góticas de oro: Liber Bohemundis, esto es, el Libro de Bohemundo. Los habitáculos del sótano, adonde yo he bajado gran cantidad de veces, se conservan tal y como aquellos seres misteriosos los dejaron; parece ser que un buen día desaparecieron sin dejar rastro y abandonaron su obra sobre un atril de madera, en una de las pesadas mesas que usaron como escritorio. Se cree que huyeron precipitadamente, pues todo quedó medio revuelto y desordenado: las exóticas ropas, los inexplicables utensilios metálicos y de vidrio, los alucinantes símbolos pintados sobre las paredes, la biblioteca políglota... Tal vez algún día se descubra la clave que permita descifrar el Libro de Bohemundo. Por mi parte, siempre pensé que en ese libro residía el secreto del éxito; su revelación hubiera sido el camino. Por eso visité constantemente el Archivo Provincial y trabajé allí sentada, sobre un mezquino pupitre, horas y horas, con el fin de averiguar el quid de la obra; pero me ha sido imposible hallarlo. El caso es que en realidad no se hace necesario un conocimiento especial de idiomas, pues el manuscrito alterna la lengua vernácula con el latín, es decir, se puede leer perfectamente con la ayuda de un buen diccionario latino, pero es evidente que la disposición del texto responde a una estrategia determinada y que el orden y el uso de palabras específicas supone la existencia de una clave secreta, ya que el sentido lineal de los párrafos, de por sí, es ininteligible.
Por dentro el edificio del Registro se divide en secciones, numeradas correlativamente, en las que se encuentran los libros registrales, apilados sucesivamente sobre los sencillos anaqueles de aluminio que pueblan de manera uniforme y monótona el ceniciento espacio de las habitaciones. Libros apaisados, voluminosos, deformados por el uso constante y sobados hasta la saciedad, incómodos y antiestéticos, manuscritos de letra apretujada y avariciosa, de ni se sabe cuántas diferentes manos, entre las que se encuentra la mía. Recuerdo que me complacía reconocer, instalada en mi insignificancia de funcionaria, de pieza ignorada dentro del engranaje uniforme del anonimato, mi propia individualidad, tan solo y únicamente porque centenares de columnas de aquellos libros de registro evidenciaban mi pulcra caligrafía y, por tanto, mi paso por el mundo. Esas páginas escritas por mí corroboraban mi existencia más que mi propio carnet de identidad, me hacían real y me convertían en protagonista de algo. Ya sé que no era mucho, después de todo, pero nadie sabe como yo hasta qué extremo es necesario tener un punto de referencia que nos permita vernos reflejados en el espejo de la vida externa, ajeno a nuestra propia e íntima aquiescencia o a nuestro reconocimiento privado. El estilo, el contenido de aquellos libros era a mi modo de ver el más claro y vivo ejemplo de que la literatura universal contaba con unas ramificaciones insospechadas y unas vías de comunicación desconocidas para el gran público. Así, el único género literario que acaparaba mi interés, y en el que yo tomaba parte activa como artífice (transmisora y copista), era, por lo reducido de su difusión, un género de elite: aquel en el que se describían fríamente, a la manera de un notario insensible y minucioso, o de un metódico y pulcro médico forense, las características de un inmueble o de una finca determinada, en términos de medidas y espacios. La agrimensura, la topografía, la geometría, la arquitectura, todas estas disciplinas entraban a formar parte de la gran obra interminable del registro de la propiedad. Tal vez allí, envuelta en los textos y en su filosofía, fue donde nació todo cuanto después hice y en lo que me he convertido. Ya dije que mis conocimientos culturales o intelectuales eran nulos; pero tenía en mis manos el arma de la expresión registral, en la que me había formado, a la que me había acostumbrado y la cual había estructurado mis ámbitos del razonamiento, de tal forma que podía afirmar sin rubor que era especialista en ella.
Creo necesario explicar cómo era yo por aquel entonces y cómo acostumbraba a vestir. Si el retrato resulta un poco ingrato, o cruel, no es de extrañar. Yo no reniego de mi pasado, puesto que a mi situación presente he llegado a través de él y por su causa. Como consecuencia del ayer, mi vida es hoy infinitamente mejor que entonces, ya que he triunfado; por tanto, si ejerzo ahora una crítica escrupulosa en lo que respecta a mi atuendo de aquella época es más que nada por un afán de mostrar que he superado con bien el pésimo gusto de antaño, en un acto de coquetería arrogante, pero de vanidad lúcida por mi parte.
Mi máxima inconsciente a la hora de ataviarme era la de no resaltar; poder pasar desapercibida sin atraer la atención de nadie suponía para mí la más alta aspiración. Como un insecto indefenso o un diminuto animal que por su carencia de defensas necesitara enmascararse en el medio para no ser visto, yo procuraba la simbiosis camaleónica al escoger cada mañana el atuendo diario. Paradójicamente el resultado, ahora lo sé, se rebelaba contra la intención inicial que me movía, y sucedía invariablemente que la gente, al verme, no podía evitar el reírse de mí a mis espaldas. Por lo visto era el clásico ejemplo de la mujer antilujuria, monjil, más tirando a ursulina que normal, y anclada en una moda pasada de época, sin que, de todas formas, alguien pudiera reconstruir o determinar con exactitud y fiabilidad la verdadera época a la que mi estilo pertenecía. Ridícula, clasificada con el rótulo de mujer mayor fuera de uso, y con aire de puritana severa, me dirigía cada jornada del año a trabajar al Registro, pensando –qué ironía– que nadie se fijaba en mí y que a nadie llamaba la atención precisamente. Mis ropas eran sencillas (eso creía yo): faldas de estampado lúgubre, largas por debajo de la rodilla, nunca ceñidas, más bien amplias como los faldones de un santo, o de una mesa camilla que fuera a emprender el vuelo, aunque sin adquirir nunca semejante volumen, puesto que yo era delgada y lisa como una estaca. Blusas de tonos indefinibles, tirando a hueso, ocre y salmón, pero sin llegar a serlo realmente, con cuellos apenas perceptibles y, a veces, hasta chalequitos sobre las referidas blusas, a juego por supuesto con el estampado lúgubre de las faldas. Y zapatos mocasín, de suela gruesa de goma, para no hacer ruido, con el fin de no profanar con mis pisadas sobre el suelo de madera el inviolable silencio de los sacrosantos lugares del Registro. Es que para mí aquellos aposentos eran sagrados, y yo era una especie de guardiana encargada de velar por su seguridad y conservación; incluso me había impuesto el hábito de hablar en voz tan baja que nadie, de no estar a veinte centímetros frente a mí, pudiera oírme. De alguna forma me sentía la dueña de mi parcela del Registro y hasta me molestaba que alguien viniera a consultar los venerables tomos a mi cuidado. Si aquellos libros custodiaban la propiedad de los demás, si aquellos libros aseguraban y demostraban las pertenencias inmuebles del género humano, a mí me pertenecían aquellos libros y, por tanto, de alguna forma era yo quien, dueña de ellos, dominaba la propiedad de todos.
Así colmaba yo mi afán de poder, tras aquel mostrador donde me parapetaba dictadora cada vez que un inquisidor visitante requería la consulta de algún tomo, que era muy de tarde en tarde. Y hasta me molestaban esas breves y raras visitas, porque me obligaban a ponerme al servicio de cualquier ignorante y despreciable individuo que lo solicitase. Normalmente tardaba en acercarme al mostrador, simulando una tarea a medio hacer que requiriera celeridad y urgencia, o leyendo distraída algún informe ficticio, tan solo para demorar la aproximación y, con ello, menguar el tiempo disponible del desconocido que esperaba con impaciencia al otro lado. Inmediatamente después, lo miraba de arriba abajo a través de mis gruesas gafas de miope y le preguntaba qué desea en el tono más bajo que haya hablado nadie jamás; obviamente no oiría mi pregunta, de eso se trataba, porque lo que yo perseguía era ponerlo a mi nivel, obligarlo a someterse a mi juego de sordos decibelios. Era un castigo, un aviso, una prueba todo junto. Allí mandaba yo, al ritmo que yo quería y al son que yo tocase. Este primer encontronazo servía para que el interlocutor aplacase su nivel de exigencia y lo convirtiese en ruego, en por favor le suplico que... Y para los reincidentes, o cortos de entendederas, o de carácter soberbio, aplicaba la técnica del retraso exacerbado, hasta que por fin se humillasen a hablar bajito, hasta que descendieran su mirada avasalladora al nivel del peticionario solícito y suplicante. En cuanto conseguía que disminuyera considerablemente el nivel de reverberación acústica de la sala, a base de este especial tratamiento, comenzaba yo a mostrarme algo interesada en saber qué deseaba el visitador inoportuno. Me hablaba este entonces en un tono absurdamente susurrante y grotesco, que evidenciaba la falta de costumbre, y en ese momento yo experimentaba la agradable sensación de la victoria. Sin embargo, esa rendición absoluta no me era suficiente. Aún tenía yo que mortificar de nuevo al extraño y le preguntaba si estaba seguro de haber acudido al despacho correcto en relación con su demanda. Quien fuera el individuo -y no fallaba- se quedaba un segundo perplejo y dubitativo, quizá poniendo en cuarentena la certeza de haber acudido al lugar adecuado, quizá maldiciéndose a sí mismo por haber podido errar, lo cual provocaría una segunda visita a otro despacho semejante y una segunda sumisión en tan solo el plazo de unos minutos, y finalmente se atrevía a enunciar la dirección deseada, esperando casi sin respirar el veredicto. Me sonroja pensar en el placer que me embargaba en ese mismo instante, cuando yo demoraba absolutamente a propósito mi respuesta afirmativa de que en efecto allí era. Y ya todo se traducía en una cadena de retrasos y demoras intencionadas por mi parte: me acercaba despacio hasta un anaquel determinado, abría un volumen tediosamente y volvía las páginas con languidez estudiadísima. Finalmente descubría que no era ese el tomo en que se encontraba la información requerida, y vuelta a empezar con otro tomo diferente. Cuando volvía de tan largo viaje por entre las estanterías del registro, el personaje en cuestión me miraba con rostro que intentaba ser impenetrable, incluso tirando a amable, pero palpablemente nervioso y agrio en el fondo. Las vibraciones de impaciencia y desesperación enrarecían el ambiente; las manos crispadas del solicitante y los nervios actuando bajo la epidermis de su cuello provocando la hinchazón de las venas hasta el extremo y peligro de reventar, eran signos evidentes de que tenía que acelerar el trámite de la entrevista, entregar al hombre el tomo deseado y dejar que a través de su contemplación benefactora se serenase hasta el punto de no morir de un infarto allí mismo. Qué incomodidad hubiera sido, y qué vulgaridad, Señor. Nunca, menos mal, nunca –digo–, en todos los años de mi estancia en el Registro, tuve la desgracia de presenciar (provocar) ningún ataque al corazón en mi despacho número 7. Pero sí puedo refrendar desde estas páginas, con el uso merecido y cabal de la pedantería ganada a pulso, mi maestría innata para colocar a los visitantes del 7 al borde del infarto y después recuperarlos inmediatamente para la vida como si nada les hubiera ocurrido. Tan solo les quedaba, eso sí, la huella imborrable, la lección de urbanidad y respeto, de su paso por mi oficina.
Como decía, ese era mi sentir antes de desembocar en la situación actual. Ahora todo es diferente, por supuesto, incluso creo que a raíz de mi triunfo me cambió el carácter. Mi antigua imagen me produce una simpatía no exenta de cierto menosprecio y paternalismo. Con relación a cómo soy hoy en día, me resulta realmente asombroso imaginarme por aquel entonces tan mediocre y tan casta en lo profesional, incluso ingenua y algo infantil en mis comienzos. Y cada vez que me contemplo en el espejo del recuerdo, me veo irremediablemente saliendo a las seis de la tarde por la puerta del Registro dentro de mi severo abrigo azul marino y con mi pañuelo imitación de seda y tema hípico atado a la cabeza, doblado en dos por la diagonal para formar el escaso triángulo que tapaba el pelo, ese horroroso corte de pelo que yo llevaba, paleto y pueblerino, lacio y pegado al cráneo, sujeto por una breve horquilla sin adornos, y con el nudito del pañuelo apretado al máximo bajo la barbilla, contra la nuez. El uso de este artefacto, que convertía mi cabeza en un huevo, era más que para combatir el frío, o por pudor femenino de solterona virtuosa, para cubrir mi rostro y esconderlo del interés ajeno todo lo que buenamente pudiera, y evitar llamar la atención de nuevo sobre mi persona. Rara manera de provocar lo que eludes con pavor. Los ojos de propios y extraños, nada más divisarme. me seguían ya por la calzada adelante, sin poder apartarse de mí. Por ahí va la del 7, se susurrarían con burlón retintín los unos a los otros al oído, si iban acompañados, o comentarían para sus adentros, si iban solos.
Para no retrasar con descripciones interminables y ociosas el correr de la acción, concluiré diciendo que si grande era mi escarnio, aunque entonces no me percatara de ello, mayor sería más tarde mi venganza.
Contaba únicamente con dos amigas a las que pudiera calificar de íntimas: Amanda y Dánae. Solía reunirme con ellas una vez cada dos semanas en un pequeño y recoleto café del barrio artesano, situado en la calle de los Dulceros, algo retirada del centro, y allí pedíamos invariablemente chocolate amargo y pasteles, junto con un vaso de agua de Vichy. Procurábamos sentarnos siempre en la misma mesa, si no estaba ocupada por otros, y generalmente lo conseguíamos, pues la hora que escogíamos para nuestras citas era siempre la menos concurrida de la tarde. Nuestra zona abarcaba el rincón más apartado del local y se componía de un diván corrido contra la pared, en forma de ángulo, un velador con historiadas patas de hierro y superficie de mármol amarillento, y un sillón con brazos de madera y asiento de terciopelo desgastado, casi calvo de flecos. Yo ocupaba el sillón y Amanda y Dánae el diván, y allí sentadas, a media voz, ejercíamos el sano oficio del cotilleo. En W. todo el mundo se conocía; ascendencias, relaciones, concomitancias, deslices y descendencias deseadas o no, de los personajes clave de la sociedad, eran el centro de nuestras habladurías. Seguíamos los devaneos folletinescos de las parejas ricas como si de un serial radiado se tratase, tan solo con el fin de censurar con acritud e intolerancia hipócrita, con avaricia y puritanismo intransigente, aquellas actitudes que por no estar al alcance de nuestras mediocres vidas, de nuestras humildes haciendas y de nuestra falta de atractivo físico, se nos hacían pecaminosas e incomprensibles a fuerza de desterrarlas de nuestras mentes como posible fuente de placer que por desgracia nos estuviera vedado. Y es que aquel desfile de riquezas, de despilfarro y fasto, de vestidos largos y diamantes colgados de las orejas, alcanzaba el nivel de la obscenidad, de lo impúdico a nuestros ojos miserables y lujuriosos, ávidos a base de únicamente mirar y carecer. La existencia de la belleza y de la riqueza ajenas, y su ostentación sin tasa, constituían el contrapunto más evidente de nuestra privación, de nuestro vacío. Si no los hubiéramos visto en sus palacios de dimensiones fabulosas, si no hubiéramos conocido las cifras que barajaban en sus inversiones y en sus cuentas corrientes, si por lo menos hubiéramos sido capaces de relativizar su importancia social, su felicidad o su patrimonio, no habríamos llegado al nivel de ansiedad que alcanzó nuestro desvelo. Pero, en el fondo, no nos interesaba saber que en realidad su elegancia era ficticia; su cortesía, aprendida y falsa; su cultura, superficial y zafia; su dispendio, una muestra evidente de complejo de inferioridad; su avaricia, una necesidad de ocupar el vacío de su existencia y la ferocidad de su corazón; y su ganancia, el déficit de unos pobres sentimientos y de una insana vida afectiva. Preferíamos mantener la ilusión, por si algún día nos tocaba a nosotros poder disfrutar de aquello que hasta el momento nos era mucho más que ajeno. Inverosímil.
Tal vez Amanda o Dánae hayan tenido ocasión de arrepentirse si se han dado cuenta de que donde veían príncipes de sangre azul no había más que muñecos de feria, menos solventes que una falsa moneda y más inseguros y endebles que un andamio podrido; y tal vez sigan todavía, aun después de los años, sentadas en el café de la calle Dulceros, manipulando la información y criticando a sus anchas todo lo que sigue siendo para ellas tan irreal como un cuento de hadas. No lo sé, ni lo puedo averiguar, porque no he vuelto a verlas desde aquellos tiempos. Incluso puede que ahora tengan un nuevo tema de conversación, esto es, mi vituperio. Si se han convertido en mis detractoras no se lo reprocho, puesto que, tras mi éxito, no me preocupé en absoluto por ellas ni les presté la más mínima atención; al contrario, eludí su compañía desde el primer momento de mi escalada social y las esquivé hasta por la calle, con el desdén propio de quien ya no las necesita para nada. Sin embargo, yo me alegro infinitamente de no haber desvelado, en aquel tiempo en el que el conocimiento de la verdad me hubiera frenado de raíz en mi ambición de ascenso y poder, el crudo misterio de las clases altas; porque ahora, desde la posición que ocupo y aun habiéndome dado perfecta cuenta de cuál es la sutil y enrevesada tela de araña que encubre la realidad de todo ese alambicado montaje, apuesto a ojos ciegos por el simulacro de una vida falsa pero opulenta e influyente, aunque no sea más que por la satisfacción de haber llegado desde la nada y de haber alcanzado el respeto que el poder del dinero me confiere.
Amanda era una especie de iluminada. Trabajaba en una institución de acogida de niños disminuidos física y psíquicamente. Al mismo tiempo, cuidaba de un hombre mayor, un antiguo profesor y sabio, que se había quedado parapléjico y vivía permanentemente atado a una silla de ruedas. No era pariente suyo, ni siquiera amigo de la familia, pero había sido durante muchos años el director de la institución donde ella trabajaba y le había enseñado todo cuanto sabía. El hombre la había criado a sus pechos, profesionalmente hablando, la había ascendido a la categoría de subdirectora pasando por encima de otras personas de mayor antigüedad en la casa y le había transmitido todas sus técnicas pedagógicas, que por lo visto eran revolucionarias. Durante veinte años se había entregado Amanda en cuerpo y alma a su profesión, consciente de la importancia de su labor, que ella llevaba a cabo como si su aportación al campo de la pedagogía para minusválidos fuera absolutamente imprescindible, amén de constante y eficacísima. Tal era el nivel de su entrega, tales eran su bondad y su desprendimiento, que a pesar de que ganaba una auténtica miseria, no había pedido jamás un aumento de sueldo. Es que a ella no le importaba el dinero, le parecía mezquino preocuparse por esas veleidades humanas, su actitud era la de un misionero que trabaja tan solo para el beneficio de la humanidad. Pero lo más gracioso es que de hecho su trabajo no requería esfuerzo alguno. Eran otros los que realizaban las faenas duras y sucias de la institución. Ella se había convertido en una auténtica dictadora; se limitaba a ordenar y dirigir la labor de los demás y tan solo esperaba de sus subordinados que la obedecieran sin mayores cuestionamientos, ya que desde su lucidez y racionalismo –palabras que empleaba harto frecuentemente para definir su propio carácter–, ella era la única indicada para decidir lo que debía o no debía hacerse, lo cual equivalía en suma a que no se le podía llevar la contraria en nada. En realidad, Amanda era una mujer absolutamente visceral, pues no juzgaba a la gente por su verdadera valía, sino que, siguiendo la misma política que llevara a cabo su antiguo jefe, anteponía a su lado a aquellas personas que estuvieran dispuestas a entregarle su alma sin pedir nada a cambio, pelotas y lameculos descerebrados que asumieran (o fingieran asumir), sin la menor vacilación, que ellos eran seres inferiores a las órdenes del ser superior que ella era.