Amando al Enemigo
by
Cristina Pereyra
SMASHWORDS EDITION
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MALVINAS 1982
Cuando los cañones se callaron...
July tenía solamente un objetivo en la vida: salvar su hacienda. La muerte de su padre la había dejado sola con las tierras hipotecadas e un rebaño muy chiquito para cuidar. Pero el destino le pidió a ella mucho más el que se creía capaz de ofrecer a otra persona. Cuando ella encontró a un soldado argentino al borde de la muerte en sus tierras, July no dudó: le salvó la vida. O que ella no se imaginaba era el alto precio que tendría que pagar por eso. Ahora la vida de los dos está en riesgo... e también sus corazones e sus creencias.
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Amando al Enemigo
Copyright © 2011 by Cristina Pereira de Azevedo
Todos los personajes de este libro son ficticios.
Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
Publisher: Smashwords
Diseño de portada: ÑÇ
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Mientras calentaba el agua para el té, July se acercó a la ventana. El cielo tenía nubes blancas, es decir que por la mañana no habría lluvia. Eso era bueno, necesitaba revisar las cercas. Los vecinos no se molestaban si sus ovejas se mezclaban a sus rebaños, en la esquila los animales eran separados honestamente y sus pastos eran grandes lo bastante para que no tuviesen pierdas si sus pocos animales los comían también. Pero a ella le convenía tener sus animales en sus tierras, saber cuantos tenía.
Tomó aire. Su rebaño contaba hoy poco más de media centena de animales. Poco. Si seguía así no lograría mantener la propriedad que heredara de su padre. Tendría que sacar dinero de otra cosa hasta el rebaño se recuperar. Aunque no sabía el que podría hacer, quedaba segura de que lo descubriría muy pronto. Era eso o entregar las tierra al banco. No había elección.
Miró la pradera que tercamente pintaba de verde aquella tierra hostil. Tierra hostil que había expulsado su madre. Tras dos años viviendo allí, ella se había marchado de vuelta a Inglaterra, dejando atrás su marido y su hija. Nunca más volvió. July y su padre se quedaron y salieron adelante con la hacienda de ovejas. Aunque había nacido en Inglaterra, July no tenía ninguno recuerdo de allá, pues contaba ano y medio cuando sus padres se habían desplazado hacia el Atlántico Sur soñando con riquezas. El sueño se hizo añicos y su madre no se quedó para recogerlos. Como los ratos que abandonan el navío cuando ese empieza a hundirse, su madre se fue sin mirar atrás.
En esos veinte años July no había nunca tenido ganas de buscarla. Siempre había actuado como si ella estuviese muerta. Tampoco su madre le había buscado, mandado una tarjeta de navidad o cumpleaños. Pero, ahora, sola e en dificultades, a veces July se preguntaba si no sería hora de reclamar sus derechos de hija, de buscar una nueva vida.
Hacía casi un año que su padre se había muerto. Era el único pariente que ella conocía. El único que vivía en la isla. Es cierto que July tenía muchos amigos allí, en lo general personas de la misma edad de su padre o más viejas, pero sus amigos. Personas que la querían como a una hija, que la ayudaban en todo, pero ¿qué futuro tendría allí? Ninguno si no sacase dinero de alguna manera para pagar el banco. Se lo debía a su padre. Quizás vendiese las tierras y se marchase de la isla, pero no las perdería para el banco. Eso lo había prometido a su padre y iba a cumplirlo. O morir intentando.
El chirrido del agua en la tetera la trajo de vuelta a la realidad de las cosas prácticas. No podía desperdiciar su tiempo con devaneos, necesitaba trabajar. Preparó el té y tostó unas cuantas rebanadas de pan, algunas para comer ahora, otras para llevarse al campo. Tomaría un desayuno reforzado pues quería quedarse trabajando en la pradera hasta la tarde. Mientras untaba una tostada con mermelada miró hacia el perro que quedaba sentado delante de la puerta.
–Pasaremos todo el día en la pradera, Nick, ¿qué tal?
El inmenso perro blanco ladeó la cabeza como si estuviera analizando la cuestión, el que la hizo reírse. Nick tenía la costumbre de ladearse la cabeza siempre que su padre o ella le hablaban. Lo habían ganado aún cachorro de Mark Donald, que tenía tierras en la isla Este y solía venir a la Oeste para comprarse lana. Más que criador, Donald era comerciante. Tal vez el más importante de las islas y con el cual su padre había negociado todos los años. Nick era un pastor húngaro y había sido muy útil con las ovejas, además de ser una compañía en su vida ahora tan solitaria.
July se levantó, guardó las tostadas que sobraron en una bolsa plástica que enseguida puso en un bolso de lona, cogió el térmico con té y también lo puso en el bolso. Nick se estiró al ver que ella se acercaba a la puerta con el bolso colgado del hombro.
–Vamos –dijo July y sostuvo la puerta para que el perro pasase–, que hoy tenemos trabajo que le gustará más que el en el jardín de hierbas o en la huerta. Iremos al campo.
El perro saltaba alrededor de su dueña que siguió al galpón. "Una pintura haría milagros aquí", pensó July, "Así como en la casa." Pero tinta era un lujo que no podía permitirse en ese momento, aunque si fuese vender la propiedad, una capa de tinta subiría su precio. Cogió una manta y se acercó al caballo.
–Buen día, Roy –saludó ella acariciándole el cuello–, hoy vamos al campo. Hace un día agradable, pero no es un paseo, vamos a trabajar.
July puso la manta en el costado de Roy y fue por los arreos. Apenas terminó con Roy, cogió un martillo y clavos, los guardó en el bolso, se montó en el caballo y salió. Nick corría al lado de Roy por la pradera. A July le gustaba cabalgar, pero ahora recorrer sus tierras no le traía alegría. Todo lo que veía era desolación. Por un rato pensó que era así que su madre debía haber visto aquél sitio. Ella no se quedara lo bastante para ver lo que el marido construyera allí, para conocer los buenos tiempos de la hacienda. Todo que ella había visto era lo mismo que July veía ahora: desolación.
–¡Mira, Nick! –dijo ella mientras hacía Roy detenerse–. Traiga ellas acá y voy cerrar el agujero de la cerca.
El perro corrió hacia las ovejas que se quedaban allá de la cerca y hizo su trabajo de pastor, trayéndolas hacia el otro lado. July había bajado de Roy, lo ató a la cerca y sacó lo martillo y los clavos. Apenas las ovejas pasaron ella siguió hacia el agujero para arreglar la tabla que cayera. Terminado el reparo, montó y siguió recorriendo la cerca buscando otros agujeros. Encontró más cinco pequeños, que aún no permitirían que una oveja adulta pasase, pero si no los arreglase, sólo aumentarían. Además, en un mes habrían corderos, y eses pasarían allí.
Mientras arreglaba la cerca, Nick corría hacia la playa y buscaba pingüinos. Era una de las cosas que le gustaba mucho a su perro: correr atrás de los pingüinos. Aunque pudiese correr mucho más rápido que ellos, lo que le gustaba era asustarlos. Los perseguía de muy cerca, pero nunca había siquiera mordido a uno. Para Nick era sólo un juguete. En otros tiempos ella tendría se divertido viendo el perro en la playa, pero ahora no podía permitirse ninguna distracción. Y tampoco tenía ganas de distraerse. Toda su atención estaba en como podría mantener la hacienda.
En cuanto Nick empezó a ladrar agresivamente July alzó la mirada y lo vio correr hacia las rocas. El corazón le empezó a latir locamente. Nick solía ladrar de aquella manera cuando algún desconocido se acercaba. No era así que ladraba hacia los pingüinos. Seguro que alguien se acercaba. Ella se reprochó por no haber traído el arma de su padre.
Nick siguió alejándose hasta pararse delante de unos matorrales. July lo había seguido con la mirada. El perro seguía ladrando. Ella estrechó los ojos hacia los matorrales y advirtió un bulto oscuro medio escondido allí. ¿Un pingüino? Quizás fuese, aunque en la distancia parecía tener el tamaño de una persona.
Nick paró de ladrar, se acercó al bulto y lo olisqueó. Entonces sentó, alzó la cabeza hacia el cielo y aulló. Lo hizo de la misma manera que hacía cuando encontraba una oveja herida. Fuese lo que fuese, quedaba vivo. Y herido. Sin pensar en los riesgos July se echó a correr hacia el perro.
Paró en seco al mirar el bulto en los matorrales.
Su corazón dio un vuelco y se quedó sin aliento.
Un hombre.
Un soldado.
Un argentino.
July llevó las manos al pecho y empezó a temblar. Nick volvió a olisquear el hombre. "¿Qué debo hacer?", se preguntaba ella. Sabía que debería llamar al ejército, pues encontrara un enemigo. ¿Cuántos más habían? ¿Cuándo había llegado? Por su apariencia, quedaba en la isla hacía mucho tiempo. Tal vez desde la guerra.
Miró el hombre. El rostro pálido estaba lleno de heridas, su uniforme era puro harapo, apenas se veía la bandera en una de las mangas. Tenía ojeras y estaba muy flaco, además de desmayado. De aquella manera no podía ser considerado enemigo de nadie. El hombre quedaba muy cerca de la muerte. ¿Y si lo dejase allí?
Como si estuviese leyendo sus pensamientos, Nick la miró con fiereza. July se encogió de hombros, mascullando:
–Ha sido sólo una idea.
El temblor disminuyó y ella seguía mirando el hombre, sin hacer ningún movimiento. Si lo socorriese podría ser acusada de traición, si lo dejaba allí, su conciencia la acusaría. Tenía otra elección: llamar al ejército. Pero, tardarían mucho en llegar y él ya se habría muerto. Al fin y al cabo, las elecciones eran salvarlo o dejarlo morir.
Nick se acercó y la tiró de la manga del abrigo. July miró con afecto al perro.
–Sí, amigo. Es un hombre, y todos los hombres tienen derecho a la vida. Aunque sea un argentino, tiene el derecho. Hasta mismo los argentinos tienen derecho a la vida.
Saliendo del estado de shock en que había quedado al darse cuenta del que su perro había encontrado, July pasó a la acción. Buscó Roy y tras mucho esfuerzo logró alzar el hombre a su lomo. A pesar de quedarse muy flaco, el hombre tenía cosa de un metro y noventa, el que dificultó el trabajo de ella. Mientras conducía el caballo a casa, July intentaba decidir cuales serían sus prójimos pasos.
Por supuesto debería empezar limpiando las heridas y tratándolas, enseguida darle comida, pero... ¿y después? ¿Llamar al ejército y decirles que tenía un argentino herido en casa y lo estaba cuidando? Eso sería una total falta de quicio. En aquel fin de mundo, podría sanarlo sin que nadie supiera de su presencia, pero él no podría quedarse para siempre incógnito en su casa. Si lo sanaba en secreto, ¿cómo se libraría de él después? Miró al perro que caminaba a su lado en silencio.
–Me has metido en un lío mucho peor que el del banco, Nick. Si tuvieses quedado a mi lado mientras yo arreglaba los agujeros, no lo habríamos encontrado.
"Y él se moriría", añadió mentalmente. Esa idea le causó un nudo en el estómago.
En cuanto se acercaban a casa el hombre abrió los ojos vidriosos y murmuró palabras que ella no comprendió. No había recuperado la conciencia, estaba delirando a causa de la fiebre. July condujo Roy hacia la puerta de la cocina y allí bajó el hombre. Logró conseguir que él diese algunos pasos y así no le fue mucho difícil conducirlo hasta el cuarto de baño que había cerca de la cocina. Lo dejó tirado al suelo, apoyado en la bañera, y volvió a la cocina.
El fogón ya quedaba listo para ser encendido, sólo necesitaba llenar la ollas y calentar el agua. Terminó en la cocina y volvió al baño. Nick había quedado junto al hombre y se acostara sobre su cuerpo, como si quisiera calentarlo. July frunció el ceño al mirarlos.
– ¿Qué pasa, Nick? Nunca te han gustado los extraños.
El perro la miró con indiferencia y lamió la mano del hombre.
–¡Vaya! Ya me percaté de que él te cayó bien. Cuida de él mientras cojo lo que necesito.
El perro se quedó junto al hombre y July fue hacia la habitación que había pertenecido a su padre. Necesitaba ropa para el hombre y toalla, además de sus hierbas. Cogió lo que necesitaba para limpiarlo y arreglarlo, dejó la cama lista para acostarlo y volvió al cuarto de baño.
– Vuelvo en un rato – dijo ella dejando la toalla y la ropa allí.
Volvió a la cocina, probó el agua. Casi listo. Pasó a la despensa y cogió unos cuantos botes de preparados de hierbas. Eran para las ovejas, pero podían ser aplicados en personas. Aquel hombre tenía más heridas que cualquiera oveja que había tratado nunca. Volviendo a la cocina preparó una infusión hecha con una mezcla de hierbas que le bajarían la fiebre al hombre y verificó el agua del baño. A causa de la fiebre el baño debía ser tibio, sino la empeoraría.
Mientras llenaba la bañera con el agua, July recordó su padre. Tuviera un ACV tres años antes de su muerte y se quedara discapacitado por mucho tiempo. Después se había recuperado casi completamente. Pero los síntomas volvieron en los primeros días de ese año y, como el médico había les pedido, fueron a la capital. No había más tiempo, otro ACV le quitó la vida a su padre. Los ojos de July se llenaron de lagrimas por los recuerdos de como había cuidado a su padre. Había hecho todo lo posible para dejar su vida más agradable. Ahora haría lo mismo por ese desconocido.
–Sal, Nick –dijo ella acercándose al hombre.
El perro que conocía el ritual de los baños que ella daba en su padre, se alejó muy pronto, sentándose a la puerta del cuarto de baño. a él no le gustaba el agua, pero sabía que después ella lo necesitaría.
July miró aquel hombre que estaba hecho una lástima. Envuelto en harapos y oliendo peor que una mofeta, lucía la barba y el pelo muy crecidos y enmarañados. Decidió que le cortaría la barba y si no lograse desenredar su pelo con el acondicionador, también lo cortaría. Le quitó los harapos del uniforme y lo alzó a la bañera. Todo su cuerpo quedaba cubierto de heridas y poco se veía de músculos. El hombre estaba hecho piel y huesos. Un sentimiento de compasión la invadió. Él había sufrido mucho. Seguro que había pasado hambre, que sintiera soledad y tal vez miedo.
Ella le limpió sus heridas y cuando él gimió de dolor, masculló un pedido de disculpas. En cuanto lavó el pelo y lo desenredó, July se quedó encantada con su color negro y lo suave que era. Se alegró por no necesitar cortarlo. Sería una lástima. Vació la bañera, secó el hombre y lo puso sobre una manta. Nick se acercó y agarró con los dientes las puntas de la manta que July sujetaba. Ella se incorporó y miró al perro.
–Llévelo al cuarto de papá, Nick.
El perro la miró, en duda.
–Llévelo al cuarto de papá, Nick –repitió ella.
Fue lo bastante. Nick empezó a tirar de la manta, arrastrándola hacia el cuarto de su antiguo dueño. July caminaba al lado de la manta, cerciorándose de que el hombre no se cayera al suelo. En el suelo de madera pulida la manta deslizaba fácilmente.
Nick paró al lado de la cama. El hombre volviera a abrir los ojos y agitarse en la turbación de la fiebre. Eso ayudó la tarea de July de acostarlo en la cama. Él se alzó casi solo, ella sólo le dio la dirección a los movimientos. Él se quedó sin aliento, comprobando que sus fuerzas quedaban en el límite de la vida.
Ella fijó los ojos en el rostro sin color. Nunca había perdido a una oveja que se quedara herida y sin fuerzas, no lo perdería. Buscó las hierbas y la infusión que le había preparado. Lo hizo beber una taza de la infusión, el que fue fácil pues él tenía sed. Entonces ella pudo dedicarse a las heridas. Cubrió cada una con una gruesa capa del preparado de hierbas y tapó con una gasa. A causa de la cantidad de heridas que tenía en el cuerpo, el hombre quedó parecido a una momia.
July mojó un pañuelo en el agua y lo puso en la frente de él. Necesitaba bajarle la fiebre. Miró hacia Nick y le sonrió.
–Será una larga noche, Nick.
El perro emitió un sonido ronco y se acostó a sus pies.
Algún tiempo después, antes que oscureciera, ella dejó el hombre solo con el perro. La fiebre había bajado un poco y los delirios habían pasado, ahora él dormía tranquilamente. July preparó un puchero para ella y su “huésped”. Él necesitaba recuperar sus fuerzas, pero en el estado en que quedaba no soportaría una comida más elaborada. Quizás no se despertase esa noche, pero mismo adormilado podría hacerlo beber el caldo como hiciera con el agua.
Antes que la noche cayese, ella fue al gallinero recoger los huevos del día y alimentar las gallinas. Se las había olvidado, así como a Roy. Buscó al caballo en el galpón y resopló al verlo acostado en su sitio de costumbre.
–Buen chico –dijo ella–. He estado muy ocupada con nuestro nuevo amigo y me olvidé de ti.
July llenó el comedero con heno y le trajo agua. Ella sabía que quedaría atrapada por los cuidados al extraño en los próximos días y así era mejor dejar todo listo para algunos días. Volvió con los huevos a la casa.
El puchero estaba casi listo y ella fue al baño en el que había limpiado al hombre. Miró el uniforme tirado al suelo y su corazón empezó a latir locamente. Si alguien viera aquello quedaría con problemas. Y de los grandes.
Tocó la tela áspera. Seguro que aquellos harapos tendrían un significado especial para el hombre, pero no podía guardárselos. Lo mejor que podría hacer era quemar el uniforme para que nadie encontrara rastro de él. Bien, quizás pudiese guardar un pedazo de él... pensó en recortar la bandera, pero sería peligroso. Decidió por guardar un trozo de la manga. Nadie podría identificar que aquél retallo era de un uniforme argentino. Al menos era lo que ella esperaba.
En cuanto lo puso en el fuego del fogón sintió una punzada de culpa. Pero era lo que debía hacer, y lo hacía sin remordimientos. Se sirvió del puchero y lo comió a toda prisa. Empezaba a ponerse nerviosa por la presencia del hombre allí. Además, había quedado más de una hora lejos de él y se sentía responsable por su vida. Puso la ración en el comedero de Nick y llenó el bebedero. Colocó en un vaso grande sólo el caldo del puchero. Apenas entibiase intentaría hacer que el hombre lo bebiese.
Llevando una lámpara de aceite en la mano, caminó por la casa oscura hacia el cuarto que había pertenecido a su padre. Para ahorrar dinero no acostumbraba encender el generador, por lo tanto no tenía energía para las lámparas eléctricas. Desde el marco de la puerta vio que el hombre seguía durmiendo, aunque se agitara mientras ella quedara lejos, pues se había descubierto. Ella arregló la manta y miró cariñosamente hacia Nick.
–Vete a la cocina, ya he puesto tu ración.
El perro no se inmutó y ella repitió el orden:
–Vete a comer, Nick.
El perro se incorporó, olisqueó el hombre y la miró. Entonces obedeció y fue a la cocina por su ración.
July se sentó en la cama y acarició el pelo del hombre. Miró el rostro pálido. Sus párpados temblaban, quizás fuese una pesadilla. Probablemente los tenía, había sufrido mucho. Seguro que sí. Ella lo podía decir sólo mirándolo. Él se agitó aún más. Ella siguió acariciándole el pelo y pronto el hombre se calmó. Debería ser a causa de sus sueños pues la fiebre ya había bajado lo bastante para no producir esas turbaciones.
Él abrió los ojos y la miró. Parecía seguir sin la conciencia de sus hechos, pero seguro que fijó los ojos en ella.
–Ángel... muerte... –masculló el hombre, volviendo a cerrar los ojos y resoplando.
–No –repuso ella –. No soy un ángel. Aún sigues con vida, hombre.
Él no volvió a abrir los ojos, pero se había calmado y ella aprovechó para intentar hacerlo beber el caldo. Apenas lo ofreció y él aceptó con gusto, aunque paró de bebérselo antes de la mitad del vaso. Le había sido todo un esfuerzo hablar y enseguida beber, sus fuerzas se habían acabado.
July dejó el vaso en la mesilla de noche y lo auxilió a acostarse confortablemente. Ahora él tenía un sueño sereno, incluso una sonrisa si dibujó en sus labios resequidos. Ella tomó aliento, como dijera al perro, la noche sería larga. Cogió una manta en el baúl y se envolvió en ella. No lo dejaría solo mientras no estuviera sin fiebre, y le gustaría estar a su lado cuando se despertase.
Mucho más tarde en esa noche él volvió a despertarse, murmuró algunas palabras que ella no logró comprender y cayó en el sueño otra vez. Ella lo hizo beber un poco más del caldo, arregló la manta y le acarició el pelo hasta que se calmó.
July logró dormitar un par de veces, pero la mayor parte de la noche la pasó despierta, vigilando la fiebre del hombre y planeando como actuaría en los próximos días. Apenas amaneció July fue a la cocina. Revisó el fogón para cerciorarse de que la ropa de él hubiese sido totalmente quemada y encendió el fuego. Puso la tetera con agua allí y fue hacia el jardín de hierbas buscar las que necesitaba hoy. No tenía la costumbre de utilizarlas pero ahora le serían muy útiles.
El cielo gris prometía la llovizna tan común en la isla. July miró hacia la pradera dónde sus ovejas comían esparcidas. Casi las podía contar desde allí, su rebaño sólo disminuyera en los últimos años. Su esperanza era que pudiese conservar aquellas y mantener vivos los corderos que pronto iban nacer. Si no lo hacía, su hacienda se hundiría.
Volvió a la casa y preparó una infusión con las hierbas que había cogido. Hizo unas tostadas y se las comió puras mientras esperaba que la infusión se entibiase. Cogió el vaso con la infusión y regresó al cuarto. El hombre aún quedaba dormido en aquél sueño tranquilo que empezara a la mitad de la madrugada, sus facciones se habían suavizado y las ojeras quedaban un poco más claras.
July se acercó a la cama, lo ayudó a incorporarse un poco y le dio la infusión. Él no se despertó, pero bebió con gusto, la fiebre lo había dejado con mucha sed. Ella se sintió culpable.
–Lo siento, hombre –dijo ella con dulzura mientras lo acostaba en la almohada otra vez –, pero no puedes despertarte mientras yo esté fuera. Te necesito dormido hasta que vuelva.
La infusión que le había preparado era somnífera y lo mantendría dormido hasta las doce, tal vez más. July necesitaba arreglar un par de cosas y querría algunos consejos, iba a salir con Roy y dejar Nick con su huésped. Conocía a una persona que la podía ayudar a decidirse como actuar en esa situación y la iba buscar. Miró el perro con expresión seria.
–Cuidalo –dijo ella señalando el hombre.
Nick inmediatamente subió a la cama, acostándose junto a él y mirando hacia la puerta como solía hacer con el padre de July cuando ese quedaba enfermo. La escena trajo lágrimas a los ojos de ella, sin embargo balanceó la cabeza para despejarse de los recuerdos y se concentró en el presente. Ya tenía complicaciones lo bastante sin los malos recuerdos.
Ensilló Roy y siguió hacia la propriedad de sus vecinos. El todoterreno quedaba aparcado al lado de la casa, es decir que Harry volviera a casa. Eso era malo, quizás estropease sus planes de hablar a solas con la abuela de él. July alzó la barbilla, había venido por una cosa, no volvería a casa sin lo que buscaba.
Acercándose más a la casa ella vio que Harry la esperaba en el porche. July siempre se preguntaba si él tenía algún interés en ella o si era sólo por la hacienda, pues él nunca había demostrado tenerlo hasta que su padre empezó a tener pérdidas en la hacienda. Fue entonces que ella pasó a ser una chica interesante a sus ojos. Seguro que no era por ella sino que por la hacienda, y eso dejaba July muy enfadada, aunque hoy le convenía no demostrarlo.
Harry la ayudó a bajarse del caballo y la besó en la mejilla.
–Hola, July. ¿Cómo estás?
–Estoy bien, ¿y usted? ¿Hace mucho que has vuelto?
–Llegué trasanteayer a casa, antes de eso me quedé dos semanas en la capital negociando la lana.
– ¿Cómo están los precios? – July preguntó con interés real en el tema.
–Ven a la cocina y ya seguimos a hablar –invitó Harry –. Apenas habíamos empezado el desayuno. La abuela quedará muy contenta en verte.
July aceptó la invitación y siguieron por el porche hacia la puerta de la cocina en el lado de la casa. Como había dicho Harry, a sus padres les alegró la visita de July. Ella estrechó la mano del señor Collings, besó las mejillas de la señora Collings y abrazó la abuela de Harry.
–Deberías venir más a menudo, July –dijo la señora Collings –, la soledad no hace bien a la gente joven.
–Así es –añadió la abuela –, además nos gusta tu compañía.
July sonrió y explicó:
–Si pudiera, vendría todos los días, sin embargo ahora que estoy sola para cuidar de la hacienda las cosas se pusieron difíciles. Pronto tendremos corderos y el trabajo aumentará.
El señor Collings balanceó la cabeza.
–Desde luego, pero ¿no te crees que sería mejor que dejara su rebaño con lo nuestro? Ahorrarías trabajo y ya te lo he dicho que a nosotros no nos importaría un comino.
–Agradezco su oferta, señor Collings, pero quiero hacer lo que mi padre esperaba de mí – se excusó July –. A él no le gustaría que su hacienda se quedase sin las ovejas.
Fred Collings dio una sonrisa y guardó en sus adentros la opinión de que era solo una cuestión de tiempo para que la hacienda de los Steaday se quedase sin ninguno animal y en las manos del banco.
–¿Ya contó las novedades a July, Harry? –preguntó el padre.
–Apenas cruzamos algunas palabras en el porche. Preguntabas del precio de la lana, ¿no? –Harry habló con July. –Tendremos una mala temporada, han bajado y no creo que mejoren antes de la próxima estación.
July frunció el ceño. Mala noticia. Muy mala. Esa estación no había siquiera empezado, es decir que tendrían un año entero de precios bajos. Todo lo que a ella no podría ocurrir. No tenía todo ese tiempo con el banco.
–No te preocupes con eso –dijo Harry cogiendo su mano –. Todo se arreglará.
–Seguro que sí, además no he venido por noticias del precio de la lana y sí por un bueno rato de distracción.
–¡Muy bien, chica! –exclamó la abuela –. Hablar de negocios en el desayuno es muy aburrido.
Siguieron hablando del tiempo, de los vecinos y Harry les contó algunas anécdotas de sus meses en Inglaterra. En eso pasaron un largo rato hasta que los hombres se retiraron con la excusa del trabajo, dejando solas a las mujeres. La abuela invitó a July que echase un vistazo en las rosas que Harry le había regalado. Legítimas rosas inglesas.
Dejando la señora Collings en la cocina, las dos siguieron hacia el jardín de invierno que era el orgullo de la abuela. Allí ella cultivaba plantas de la lejana Inglaterra y algunas de otros lugares del mundo que a lo largo de la vida sus amigos le habían regalado. Aquél era un sitio sagrado en la casa, nadie entraba sin haber sido invitado por la abuela. Cuando venían buscarla allí, la llamaban desde la puerta.
"¡Qué bien!", pensó July, "Ha sido más sencillo del que me había imaginado quedarme a solas con ella.. Pronto podré volver a casa." Haber dejado al hombre solo en la casa le preocupaba, particularmente el miedo de que él se despertara le hacía el corazón encogerse. ¿Cómo se sentiría despertándose en una casa desconocida? ¿Cómo reaccionaría a eso? ¿La necesitaría a causa de su debilidad?
La abuela le enseñó a July un par de rosales recién plantados y entonces se volcó, mirándola a los ojos.
–¿Qué te preocupa, niña?
July palideció un poco y tuvo que tomar aire antes de contestar.
–Ya lo sabes, abuela. La hacienda.
La señora le sonrió.
–Lleva meses metida en preocupaciones con la hacienda. Hay algo nuevo. Importante. Tan importante como para quitarle el sueño por la noche.
–Tengo miedo de no lograr salir adelante. Si pierdo la hacienda, no sé lo que voy hacer.
–Buscar tu madre.
–Sería el camino más sencillo –July balanceó la cabeza –, pero no lo puedo hacer. A ella nunca le importó como yo y papá seguíamos con nuestra vida, no se importaría ahora. Aquella mujer dejó de ser mi madre cuando abandonó a mí y papá en esa isla.
–Quizás esté en lo cierto pero no te quedan elecciones, niña. Tendrás que buscar un pariente o un marido. Una cosa u otra.
July se encogió de hombros.
–Sin embargo, ella aún es mía. Aún la puedo salvar.
Quedaron un rato en silencio. La abuela no se había tragado las disculpas de July pero sabía que la chica había venido por ella, no solía hacer visitas sociales a sus vecinos, menos aún cuando quedaba a punto de perder el trabajo de toda la vida de su padre. Si la había buscado cuando tenía trabajo por hacer era por cosa importante. Tarde o temprano hablaría. Mientras tanto siguió enseñando a la joven las novedades en su jardín.
July no lograba encontrar forma de empezar el tema del que necesitaba hablar, entonces hizo la pregunta más directa posible y que le pareció la menos comprometedora:
– ¿Abuela, piensas que los argentinos van a volver?
La señora alzó una mirada serena hacia July.
–Siempre he dicho que vendrían. Y vinieron. Nadie me creía, pero así fue. Son tercos como nosotros.
July no supo como interpretar la respuesta.
–¿Volverán?
– Seguro que sí.
–¿Pronto?
La abuela estrechó los ojos. Ahí estaba lo que había quitado el sueño a la chica y la había traído a su casa esa mañana. La ansiedad de July lo decía todo.
–¿Qué pasa? ¿Por que te preocupas con eso ahora?
–Déjalo, ha sido sólo una pregunta.
La señora dio una carcajada suave.
–¿Esperas que yo va a creerte? Ni siquiera mientras ellos peleaban en el Este te has interesado por noticias de la guerra. Dímelo, así podré ayudarte.
July tomó aire y le contó a la abuela los hechos de ayer.
–Así que has encontrado un soldado argentino en tus tierras y lo has recogido a tu casa –masculló la abuela, reflexionando sobre el hecho.
–Así es. Ahora no sé como actuar.
–Nadie puede enterarse de eso.
–Ya lo sé, pero no podré ocultarlo para siempre...
–No te pongas la carreta delante de los bueyes –dijo la abuela con determinación –. Ahora necesitas ocultarlo mientras lo deja sano. Eso es todo.
July asintió y volvió a la carga con la pregunta que le quitara el sueño:
–¿Están volviendo?
–Él te contestará. Aunque yo creo que no, debe ser un extraviado del otoño. Ha sido humillante, no volverán antes de muchos años. No creo que vuelvan en este siglo.
July resopló aliviada. No iba ocultar un enemigo, sino un hombre herido. Y mismo que fuese un prisionero de guerra, tendría ese derecho. La abuela le tocó el hombro.
–Mantendré Harry alejado de tu casa y cualquier novedad te envío un mensaje por radio. Cuida que tenga batería, ¿no?
–Lo haré.
Más un rato y volvieron a la cocina. La abuela le regaló a July unos cuantos litros de leche y la joven declinó la invitación para la comida. July ataba el bolso con la leche a la silla cuando Harry se acercó. "Seguro que me espiaba desde el galpón", pensó ella.
–Pensé que harías la comida con nosotros.
–Necesito volver a casa, hay mucho trabajo por hacer.
–Es primavera, July, relájate.
Harry se acercó un poco más y July se quedó atrapada entre ello y el caballo.
–Quiero dejar todo listo antes que nazcan los corderos –se disculpó ella.
–¿Necesitas ayuda?
–No, gracias, pero si la necesito, te llamaré.
–No te olvides de los amigos –susurró Harry.
–Seguro que no –repuso ella muy seria.
Harry hizo una mueca y miró el caballo.
–¿Qué le pasa a Roy? Apesta como una mofeta.
July se dio la vuelta, escondiéndole su rostro antes que él se percatase de sus emociones. Necesitaba una respuesta rápida, así Harry no le daría ninguna importancia al hecho.
–Es la manta. He confundido los sitios y cogí la sucia –explicó ella mientras subía al caballo.
–¡Vaya! Es mejor que la tires a la basura, nadie logrará quitarle el olor. ¿Estás cazando mofetas? Si necesitas carne, te la doy. El puchero quedará más rico con mi ganado que con sus mofetas.
July sonrió contenta con la broma de Harry, él había quitado importancia al hecho.
–Me acordaré de eso antes de cazar más mofetas. Hasta luego, Harry.
–Hasta, July.
Ella espoleó el caballo para alejarse de él. Harry solía ser insistente cuando quería algo, y en ese momento quería acercarse a ella. Mientras cabalgaba la cabeza de July daba vueltas en su problema, aunque ahora ya quedaba más tranquila: tenía una aliada. Podía contar con la abuela para arreglar todo lo que fuese necesario para el hombre. Todo lo que necesitaba era mantener Harry lejos de su casa. Además de la colaboración de la abuela, unas visitas regulares a la hacienda de los Collings serían lo bastante. Así que su huésped se recuperase un poco, podría hacerlas con tranquilidad.
July se dio prisa en quitar a Roy la silla y los arreos. Tiró la manta a un canto y corrió a la casa. Entró y volvió a cerrar la puerta con la llave. De ahora en adelante tendría que mantenerlas cerradas siempre, aunque no fuese la costumbre de nadie allí. Fue hacia el cuarto y miró el hombre desde el marco de la puerta. Seguía durmiendo en la misma posición que lo había dejado.
Nick dejó su puesto de guardián y se acercó a su dueña, lamiéndole la mano.
–Hola, Nick. Has hecho un buen trabajo –dijo ella acariciando el hocico del perro.
El perro puso las patas en los hombros de ella y July lo estrechó con fuerza. En estos últimos meses Nick había sido su única compañía. Aunque fuese un perro, había sido lo bastante. Ella le quitó las patas del hombro y le dijo:
–Vete a la cocina. Enseguida me voy.
Nick volvió a la cama, olisqueó el hombre y salió del cuarto.
Ella se acercó a la cama, alejó un mechón que había caído en el rostro del hombre y puso la mano en su frente. Tibia. La fiebre no volviera, eso era una buena señal de recuperación. Su corazón se encogió al mirarlo indefenso en su sueño y acordarse que era un hombre entrenado para matar. Seguro que había dejado su patria soñando que volvería como héroe, y ahora quedaba atrapado en una cama, con su vida pendiendo del hilo de las ganas de una enemiga. July entornó los ojos. No eran enemigos. Ni siquiera se conocían, ¿como podrían serlo? Habían nacido en países distintos, sólo eso.
Tomó aliento. Iba cuidarlo. Lo había decidido aún en la pradera. Sus caminos se habían cruzado por la mano de Dios. El Señor la había invitado al perdón y ella aceptó la invitación. A pesar de aquel hombre ser un soldado que había invadido su país sería cuidado como si fuese uno de sus vecinos que la necesitase. No era él el culpable de la guerra, de que hombres de ambos los países habían caído muertos en el suelo de las Islas y en el mar. Él seguiría vivo. Ese había sido el pedido de Dios al ponerlo en sus tierras.
Arregló la manta sobre él, le dio una sonrisa y salió.
Nick quedaba sentado delante de la puerta cuando July regresó a la cocina. Ella le abrió la puerta y él salió. Silbando suavemente una de las canciones que más le gustaba a su padre, ella encendió el fogón y puso la olla del puchero en el fuego. Buscó en la despensa si había alguna botella de vino. Quedaban tres. A su padre siempre le gustara el vino, nunca lo había visto borracho pero con frecuencia lo veía sorbiendo un vaso de vino y mirando hacia el mar. Quizás pensando en la madre de ella.
July balanceó la cabeza para aclarar las ideas. No era tiempo para recuerdos, sino de seguir adelante. Llevó una botella a la cocina. Puso la tetera en el fogón. Prepararía té y lo dejaría en el térmico para beber mientras cuidaba del hombre. Separó la leche en dos porciones: una para beber y quizá preparar algún dulce y otra para hacer queso.
El puchero quedaba caliente. Separó caldo para llevar a su enfermo. Sirvió un plato y sentó a la mesa. Sola. Sonrió con la idea de que pronto él tendría fuerzas para comer en la mesa y ella no haría más la comida sola. Echaba de menos su padre en esas pequeñas cosas del cotidiano. Habían sido sólo los dos y eso los había hecho muy unidos.
Dejó el plato en el fregadero, llamó Nick desde de la puerta y en cuanto él entró la cerró con la cerradura. Cogió el vaso de caldo y fue con el perro al cuarto. Hizo que él hombre se lo bebiera todo. Llevó el vaso a la cocina y preparó el té. Cogió el térmico con el té, galletas, un libro y volvió al cuarto. Nick quedaba dormido al lado de la cama.
Acercó la vieja mecedora de su padre a la cama y sentó.
Eran las tres cuando él empezó a agitarse. July dejó el libro en el suelo y se quedó observando al hombre. Su agitación no era la de una pesadilla o de la fiebre, sino la de quién está se despertando. Tomó aire. Temía aquel momento, cuando tenía que ponerlo delante de la realidad. Si el hombre se quedase inconsciente sería mucho más fácil para ella cuidarlo, pero no sería saludable... entonces que se despertase. En algún momento eso iba ocurrir. Que fuese ahora.
Más algunos minutos y él abrió los ojos, parpadeando algunas veces antes de fijar la mirada en ella.
–Un ángel –dijo él en voz muy baja y cuando esbozó un movimiento para incorporarse quedó sin aliento.
–No soy un ángel, estás en la tierra, hombre.
Él hizo una mueca de dolor y necesitó esperar un rato hasta que su respiración volviese al normal y pudiese hablar.
–¿Volví a casa?
–No. Aún estás en la isla.
Se miraban a los ojos, pero July no tenía valor para acercarse y quedar al alcance de sus manos. Aunque eso era una estupidez pues el hombre no tenía fuerzas siquiera para alejarse el pelo de la cara.
–¿Malvinas? ¿Gran Malvina?
–En la isla Oeste –repuso ella con cautela. Él parecía ansioso, casi desesperado.
–Sí, Gran Malvina. Sigo aquí.
Él cerró los ojos. Sus párpados parecían hechos de plomo, así como sus brazos y piernas. Seguía vivo y en la isla. Nadie lo había rescatado. ¿Qué sería de su compañero? En un último rasgo de desespero se habían separado. No soportaban más el hambre y el frío. No tenían más esperanzas. Dejaron la cueva y siguieron rumbos opuestos. Aunque hablar le quitaba el aliento, necesitaba de respuestas.
–¿Quién eres?
–Vivo aquí. Te he encontrado en la pradera de mi hacienda y esta es mi casa.
–¿Sabes quién soy? –él seguía hablando con los ojos cerrados.
–Lucías tu uniforme cuando te encontré.
Él abrió los ojos y la miró.
–Y aun así me trajo a tu casa, ¿por qué?
–¿Por que te dejaría morir en la pradera? –repuso ella.
Él volvió a cerrar los ojos. ¡Dios! ¡cómo le faltaban las fuerzas!
–Hay una guerra, ¿no lo sabes?
El corazón de ella se encogió. Él no sabía que todo se había acabado hacía algunos meses. Es decir que había llegado en aquella época como ella había imaginado.
–La guerra acabó en junio –dijo ella con suavidad.
Él frunció el ceño. Era lo que pensaban ellos, que había acabado y que la habían perdido. Por eso nadie fue a rescatarlos. Ni les llevó provisiones. Quedaron olvidados en aquel cabo.
–¿Quién ganó? –preguntó él, aunque ya supiese la respuesta.
–Inglaterra.
Él se quedó un rato en silencio, evaluando las noticias, y enseguida preguntó:
–¿Qué mes es?
–Octubre.
Él tomó aliento. Había pasado más tiempo del que ellos habían pensado. No podía creerse que quedaron tantos meses atrapados en aquellas rocas. Y para nada. Fueron dejados allí con una misión. Una misión que nunca pudieron cumplir.
July se puso de pie y le dijo:
–Voy buscar un vaso de leche para usted, enseguida vuelvo.
Él asintió con un pequeño movimiento de la cabeza. Mientras ella fue a la cocina él intentó reflexionar sobre el que oyera, pero ya no tenía más fuerzas ni siquiera para pensar. Respiraba con dificultad. July volvió con el vaso de leche y lo ayudó a beber.
–Soy July, ¿cómo te llamas? –ella preguntó mientras lo ayudaba a ponerse confortable.
–Pablo.
–Pues bien, Pablo, duermas otra vez. Necesitas de descanso.
Él ya no tenía fuerzas para contestarla pero esbozó una sonrisa de gratitud. Apenas él se quedó dormido ella se dedicó a cambiarle los vendajes de las heridas, aplicando más de los preparados de hierbas. Enseguida fue a la cocina y preparó otro puchero, si él se despertase podría intentar que lo comiese, sino le daría el caldo para beber como hiciera ayer. Después volvió al cuarto y siguió leyendo.
Ya en el fin de la tarde July dejó el libro de lado y miró el hombre. Pablo seguía durmiendo un sueño tranquilo. Ella se puso de pie y caminó hasta la puerta, llamó Nick con una señal y fueron hacia la cocina. July le abrió la puerta al perro que pronto salió a la pradera. Dejando la puerta abierta a causa del olor del humo del fogón, ella se ocupó en revisar los armarios y la despensa. Ahora necesitaría más comida, pero si no tuviese cuidado en los pedidos alguien podría sospechar de las cantidades.
Hecho el inventario de los víveres, July salió a recoger los huevos y alimentar las gallinas. Llenó el bebedero de Roy, echó un vistazo en las cajas de abejas y entonces volvió a la cocina, llevando agua para prepararse un baño. El puchero quedaba listo y ella lo dejó en la encimera. Alimentó el fuego y puso el agua del baño para calentar. Fue hacia el cuarto y desde la puerta miró Pablo, que aún dormía. Notó que su rostro ya tenía un poco de color. Sonrió y se quedó allí un rato, mirándolo.
Volviendo hacia la cocina, July se paró a la puerta observando como Nick conducía las ovejas al lago para que bebiesen. Mientras el rebaño fuese pequeño ella y el perro lo podrían cuidar solos. Pero con un rebaño pequeño no lograría mantener la hacienda. Resopló. Debería tomar en serio el consejo de la abuela y no poner la carreta delante de los bueyes en ningún hecho de su vida. Vivir un día de cada vez.
Cerró la puerta. Después llamaría Nick, ahora prepararía el baño.
Pablo advirtió que la consciencia le volvía más clara esa vez. Se despertaba con más facilidad, sin aquel peso en los párpados y la dificultad en ordenar los pensamientos. Mantuvo los ojos cerrados mientras ordenaba sus recuerdos. Se percató del olor del humo mezclado al de comida. Una comida que olía muy bien. Sentía las sábanas suaves rozándole el cuerpo y el olor de flores de la almohada. Se acordó del ángel de ojos verdes que le salvara la vida.
–July...
Apenas dijo su nombre en voz muy baja y ella se acercó. Pudo sentir su calor y el olor a violeta. Sonrió y despacio abrió los ojos.
–¡Qué bien! Estás despierto.
La voz de ella tenía tal matiz de alivio que lo hizo preguntarse en que ella habría pensado que le preocupara.
–Sí, ¿no debería despertarme?
–He pensado que podría ser la fiebre otra vez –explicó July.
–¿Tuve fiebre?
–Tenías cuando lo encontré, y ha sido todo un trabajo bajarla. Lo bueno es que no volvió.
No escapó a Pablo la preocupación en la faz de ella.
–¿Hay motivo para que la fiebre vuelva?
–Una de tus heridas queda infeccionada –ella apretó los labios– y aún me preocupa.
Fueron interrumpidos por Nick que alzó la cabeza hacia la cama y empezó a olisquear la mano de Pablo.
–¿Qué es eso? –preguntó Pablo abriendo mucho los ojos y mirando el perro.
July rió.
–Es Nick, mi perro. Él que lo encontró en los matorrales de la pradera y viendo que estabas herido me llamó.
Nick se había incorporado y Pablo lo observó.
–¿Estás segura de que es un perro y no un buey?
Ella rió.
–Un pastor húngaro, no es un perro corriente ni mismo entre los ovejeros.
–Un perro pastor... ¿Quién más vive aquí? –aunque temía la respuesta que ella pudiera dar y sus implicaciones, necesitaba saber su situación.
–Roy, que es mi caballo, las gallinas, ovejas, abejas, pingüinos...
Él no pudo contener la risa al oírla.
–No eres una persona solitaria –bromeó Pablo.
–Desde luego que no.
–¿Vives sola? –preguntó el con seriedad.
–Sí. Vivía con mi padre, pero él se ha muerto el enero.
–Lo siento.
Ella se encogió de hombros. No quería pensar en su padre ahora. Seguro que el viejo Steaday no aprobaría el que ella hacía por el argentino. Su padre sería inflexible en mirarlo como enemigo.
–¿Tienes hambre? Hice un puchero, tal vez lo quiera.
–Sí.
Antes que él pudiese hacer un movimiento para incorporarse en la cama, July ya quedaba en la puerta.
–Si aún queda caliente lo traeré, sino voy calentarlo un poco más.
Mientras ella iba a la cocina él intentó sentarse en la cama, pero sus miembros no le obedecían y el esfuerzo le quitó el aliento. Cuando July volvió lo encontró sudando y sin resuello.
–No hace falta que te canses –dijo ella dejando el plato en la mesilla de noche –. Puedo ayudarte.
Él cerró los ojos y apretó los puños de frustración. No podía creerse que quedaba así. Dejó que ella lo sostuviese y apoyara su espalda en las almohadas.
–Gracias.
–No te lastimes ni te avergüences, eso puede pasar a cualquiera. En un día tenemos salud, en el otro ya no la tenemos más –ella cogió el plato de la mesilla –. He cuidado a mi padre cuando él se quedó discapacitado tras un ACV, puedo cuidarte también.
Pablo alzó la mano pero July le ignoró y empezó a darle la comida en la boca. Él se puso colorado pero tendría que quedar de acuerdo con ella: no tenía fuerzas ni siquiera para sostener la cuchara, desde luego que no lograría alimentarse solo. Pronto se quedó muy cansado, ya no podía mantener los ojos abiertos. Ella lo ayudó a acostarse otra vez y él durmió.
July volvió a la cocina. Limpiarla le calmaría los nervios. La mirada de desconsuelo de Pablo le había alcanzado el alma. En ese momento era un hombre que había perdido todo: la salud, la guerra y la patria. Y todo que ella le podría ayudar a recuperar era la salud. A lo mejor la abuela arreglaría una manera de ayudarlo a volver a Argentina. Por supuesto que él lo habría de querer. Además, no podría quedarse allí. Algún día lo descubrirían y enseguida su identidad sería revelada.
Limpiar la cocina no fue lo bastante para calmarle los nervios y July preparó un té. Unas hierbas calmantes podrían hacer milagros si bien combinadas. La abuela le había enseñado mucho sobre las hierbas y después Harry le había traído unos libros de Inglaterra que le enseñaran aún más. Podía sanar muchas enfermedades y heridas sólo con las hierbas. Tras beber el té, July volvió al cuarto y sentó en la mecedora. Apagó la lámpada de aceite pero dejó una vela encendida.
Hacía mucho que Pablo se acostumbrara a dormir pocas horas. Se despertó menos de dos horas después que July había vuelto al cuarto. Abrió los ojos y vio que ella quedaba allí, adormilada en la mecedora. Su corazón se encogió. Aquella mujer que debería odiarlo velaba su sueño.
Pablo se quedó largo rato observándola. Así, a la luz de la vela y durmiendo, parecía más joven y él se preguntó cuantos años tendría. Unos veinte, calculó. Demasiado joven para vivir sola. Sintió ganas de alejar los mechones de su pelo rubio que le caían sobre las mejillas y así mirar su rostro de ángel. Dio una sonrisa amarga. No podía ni siquiera apartarse el pelo de la propia cara y se ponía a anhelar tocarla.
Desvió la mirada hacia el perro tendido en el suelo a los pies de su dueña. Nick dormía. Pablo volvió a mirar el rostro de July. Las facciones tensas y los labios apretados revelaban que ella tenía preocupaciones y que las tomaba muy en serio.¿Sería él una de esas preocupaciones? Esa idea lo hizo sentirse incómodo. Y halagado. Se dijo que lo mejor sería volver a dormir. Cerró los ojos. La imagen de ella seguía allí, grabada en sus párpados y en su corazón.
Dos horas más tarde él volvió a despertarse y esa vez, cuando abrió los ojos, encontró la mirada de July. Ansiosa. Él enarcó las cejas y antes que pudiera preguntarle el motivo de su preocupación ella le dijo:
–Estabas muy agitado en el sueño –July se acercó y puso la mano en su frente –. No tienes fiebre –dijo con alivio.
–Estoy bien. Ha sido una pesadilla.
–¿Sí?
–De veras.
No había sido una pesadilla, sino un sueño que no le podría contar. Y encontrar su mirada al despertarse no le calmara los nervios. Seguía con la misma agitación. El perro alzó la cabeza y lo miró como se adivinase sus sueños y le hiciera una advertencia.
–¿Tienes sed... o hambre? –ella preguntó con gentileza.
Pablo tomó aire antes de contestarla.
–Creo que me gustaría un vaso de agua.
Ella le sonrió y cogió un vaso lleno de agua en la mesilla de noche. July le pasó un brazo por los hombros alzándole el cuerpo y acercó el vaso de sus labios. Pablo tembló al sentir sus dedos en la piel. Sorbió un poco del agua que ella le ofrecía y se percató de que tenía sed. Bebió todo.
–¿Quieres más?
–No, gracias – repuso él desviando la mirada del rostro de ella.
July dejó su cabeza en la almohada y arregló la manta. Pablo buscó con la mirada el que le había llamado la atención. Sí. Era lo que parecía. Volvió a mirarla y preguntó:
–¿Tu radio funciona?
–Sí. Siempre lo tengo listo para usar.
–¿Has llamado al ejército?
–No.
Pablo frunció el ceño, pero antes que pudiese hablar ella añadió:
–Ni voy llamarlos.
–¿Por qué?
–Usted es asunto mío, no de ellos.
–Tienes que hacerlo, July.
–Tengo que hacer el que manda mi conciencia.
Se miraron un rato como si estuviesen peleando, entonces él cerró los ojos. No tenía fuerzas para enfrentarse a ella. Como Pablo no logró ocultar su enfado, ella intentó explicarle porque lo había decidido así.
–Mira, Pablo, cuando te he encontrado en la pradera quedabas al borde de la muerte. Quizás tuvieses solo un par de horas de vida si nadie te socorriese. Si volviese a casa para llamar el ejército no te encontrarían con vida. Desde que te recogí estoy ocultando un enemigo. No puedo más llamarlos. Si lo hubiese hecho en aquél momento, te habrías muerto. No había elección. Todo lo que podría hacer es lo que hice.
Él tembló con la desesperación de la voz de ella.
–July, tarde o temprano encontrarán mi rastro. Y llegarán a usted –él abrió los ojos y la miró con dulzura–. Llámalos ahora y dije que me ha encontrado esa noche. Aún te puedes salvar si lo haces.
Ella balanceó la cabeza.
–Ya es tarde. Cualquiera se percatará de has recibido cuidados, además, he quemado tu uniforme –ella cogió un trozo de tela en el cajón de la mesilla de noche y le enseñó–. Pensé que podrías querer un recuerdo.
Pablo sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas.
–Eres una desquiciada –susurró él tocando la tela.
–La abuela queda en lo mismo que yo y nos ayudará. Todo saldrá bien, confía en nosotras.
–¿Tengo elección?
Ella dio una carcajada.
–En ese momento, no –dijo mientras volvía a guardar la tela en el cajón.
Él cerró los ojos.
–July...
Ella lo miró. Pablo se quedó en silencio. Ella seguía mirándolo y esperando. Quedaba segura de que él querría decirle algo muy importante.
–Había un compañero conmigo.
–¿Y?
–Llegamos al fin del que podíamos soportar y decidimos nos separar. Ya habíamos advertido que no había más una guerra. Que nos olvidaron aquí. Seguimos direcciones opuestas. Si alguien lo atrapar, sabrá de mí.
–Tal vez él no diga nada de ti.
–Se lo dirá. Pedirá que me busquen, querrá me ayudar. Él no puede saber que tu has salvado mi vida.
–Aún así no significa que puedan encontrarte aquí.
–Él puede decir dónde nos separamos, entonces seguirán mi rastro... y llegarán a usted.
–No voy entregarlo al ejército. Ni dejar que usted lo hagas –ella añadió al advertir el brillo de la mirada de él–. Si desconfío que piensas en hacerlo, prepararé un té que te hará dormir más de un año. Lo tomes en serio.
–No hará falta un movimiento nuestro, ellos llegarán aquí.
–Quizás lleguen, pero no te descubrirán.
–¿Tienes sótano? Ellos revisarán.
–Tengo un escondite mucho mejor. Te doy el té y te pongo allí.
–Prefiero el café.
–No estás creyendo en el poder de mi té... Te lo enseñaré.
–Eres muy terca.
–Lo mismo que usted.
Él rió. El cansancio ya le vencía y pronto él adormeció. July dio una sonrisa triste. Que él hubiese adormecido le convenía, si seguía despierto intentaría convencerla a entregarlo al ejército, pero le molestaba ver como le faltaban las fuerzas. Era un hombre alto y tenía los hombros anchos, seguro que siempre había sido bueno en los deportes. Era de dar lástima verlo sin fuerzas ni siquiera para hablar por media hora.
July se recostó en la mecedora, echando la cabeza hacia atrás. Las cosas eran más complicadas de lo que se había imaginado. No habría motivo para que nadie lo buscara mientras no supiesen de él, pero si su compañero fuese encontrado por alguien que llamase al ejército, mismo que nada dijese, iban buscar otros. Seguro que sí.
Pablo dijera que siguieron direcciones opuestas, como ella creía que él había venido desde el Oeste, su compañero siguiera hacia el Oeste. Enseguida de su hacienda quedaba la de los Collings, y siguiendo por la playa es posible llegar a Port Stephens. Si atrapasen el hombre y él diese la información de que su compañero siguiera hacia el Leste, llegarían a su casa. Por supuesto que Pablo dejara alguna huella en su camino. July frunció el ceño, acordándose de como lo socorriera en la pradera. Los matorrales pisados por ella, Nick y Roy podrían ser atribuidos a las ovejas. Como sólo lo alzara al lomo del caballo, no había nada que garantizara su presencia allí.
Inquieta con todas esas ideas, se percató de que no dormiría ni un rato siquiera si no arreglase lo escondite que se había imaginado como perfecto. Se levantó de un brinco y siguió hacia la biblioteca. Desde la puerta planeó como arreglaría los muebles para dar espacio a la pieza de madera que necesitaba. Enseguida arrastró los muebles, cambió las alfombras y algunos objetos de sitio, dispuso sobre el escritorio todas las fotos de su padre que tenía enmarcadas y encendió algunas velas. Revisó la casa cogiendo todos los candelabros que tenía y puso velas encendidas en todos ellos. Por la mañana buscaría el que faltaba en el galpón y en el jardín. Volvió al cuarto y apenas se acomodó en la mecedora, durmió.
Cuando Pablo se despertó ya era mañana. Se sorprendió por haber dormido varias horas seguidas y se preguntó si July le habría dado el dicho té. Miró hacia la mecedora y la vio vacía. Sí, ya se percatara de la ausencia de ella. Era capaz de sentir su presencia cerca de él. En cuanto él abriera los ojos el perro se había incorporado y acercado a la cama. Pablo tendió la mano hacia él y le sonrió.
–Buen día, Nick.
El perro lamió su mano y enseguida salió del cuarto. En un santiamén volvió con July en sus talones. Ella le saludó con una amplia sonrisa.
–Buen día, Pablo.
–Buen día. ¿Nick le dijo que me había despertado?
–Sí –repuso ella y entonces rió–. Sabes como son los perros, se nos dicen cosas sin hablar.
–Sé, siempre hemos tenido perros en casa. Son buena compañía.
Ella sintió el corazón encogerse al oírlo hablar de su casa. ¿Quién lo esperaría en Argentina? ¿Novia? ¿Prometida? ¿Esposa y hijos? ¿O tras tanto tiempo nadie más lo esperaba? ¿Ya lo daban como muerto? " No te pongas la carreta delante de los bueyes", sonó la voz de la abuela en su mente. "Sí", dijo a sus adentros, "siempre los bueyes delante de la carreta."