
ORIGEN
¿El origen de la consciencia o la consciencia como origen?
Una
aproximación científica al alma.
MÁXIMO PRETORIA
ORIGEN
Smashwords
Edition
Copyright 2011 Máximo
Pretoria.
- http://www.maximopretoria.com/ -
Digital
layout: Máximo Pretoria
Cover
photograph: Copyright Kim D. French
Cover layout: Copyright Luis
Muñoz García.
Copyright Illustrations (1.1, 4.2, 4.4,
4.5, 5.5, 5.6) Máximo Pretoria
Copyright Illustrations (5.2, 5.3,
5.4) Javier García Ureña
(Digital edition with Smashwords ISBN)
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Chapter 1: LA VIDA COMO PROPIEDAD DEL UNIVERSO
1.1. La improbabilidad
1.2. Vida exógena
1.3. Energía y vida
1.4. Del electrón al ADN
Chapter 2: EL ORIGEN DEL HOMBRE
2.1. Computadoras de ADN
2.2. La inteligencia del cocinero
Chapter 3: LA EVOLUCIÓN DEL CONOCIMIENTO
3.1. El lenguaje: Los mitos y la religión
3.2. La revolución de la escritura: La filosofía
3.3. El lenguaje matemático: La ciencia
Chapter 4: EL ORIGEN DEL UNIVERSO
4.1. Papá Einstein y el Big Bang
4.2. Los primeros 380.000 años del universo bebé
4.3. La fuerza del parto
Chapter 5: LA TEORÍA MATRIZ DE LA PERCEPCIÓN
5.1. Cruzando el Rubicón
5.2. Crisis y reconstrucción de las religiones
5.3. La anomalía
5.4. Teoría Matriz de la Percepción
5.5. Tiempo y consciencia
5.6. Información y universo holográfico
TIC-TAC,
MERAMENTE UN TIC-TAC
APÉNDICE
NOTAS
BIBLIOGRAFÍA
Este libro está dedicado
a mis padres.
Imaginémonos por un instante tumbados en una tranquila playa de una despejada noche de verano, ¿quién no se ha emocionado alguna vez, al contemplar serenamente el espectáculo del firmamento?, ¿quién no se ha visto humildemente sobrecogido ante la inmensidad del cosmos? Sin embargo, no percibe el firmamento de igual manera una persona con profundos conocimientos científicos, que una persona que no haya recibido instrucción alguna. No lo ve de la misma forma, un chamán en tiempos de los aztecas que un astrofísico actual. Ni un capitán instruido en las artes de navegación percibe lo mismo que un piadoso misionero cristiano. Podríamos decir, sin riesgo a equivocarnos, que todos contemplan el mismo cielo pero ninguno lo percibe igual. Esa diferencia en la percepción la marca las <<gafas>> del conocimiento humano. Podríamos establecer una burda semejanza con las modernas películas 3D. Si las miramos sin las gafas adecuadas veremos una película plana en dos dimensiones, pero al mirar la pantalla con las gafas 3D, la película se expande en una nueva dimensión que antes no apreciábamos. De repente adquirimos más información de la misma proyección.
Pues bien, ¿cuáles son las gafas de realidad incrementada que nos permiten ver una <<dimensión extra>> que no percibían en tiempos de los griegos, de los romanos, o en la oscura edad media?: el conocimiento científicamente contrastado. Sí, efectivamente, saber que las estrellas que tintinean en la oscuridad de la noche no son más que soles semejantes al nuestro, que alrededor de esos soles hay sistemas planetarios, que dichos planetas pueden ser de todo tipo y tamaño, unos gaseosos, otros terráqueos, algunos incluso puede que alberguen vida, tal y como la conocemos en la Tierra. Saber que las estrellas se agrupan en cúmulos y estos en galaxias que a su vez se organizan en cúmulos de galaxias. Y aún más, saber que existe un espacio tiempo, regido por leyes relativistas, que se deforma por la gravedad. Conocer que los responsables del brillo de las estrellas son los procesos de fusión del núcleo de hidrógeno, y que, transcurridos varios miles de millones de años, pueden terminar como supernovas o incluso como agujeros negros. En definitiva cuando miramos al cielo nocturno nos sobrecogemos por su belleza, tal y como lo han hecho nuestros ancestros en innumerables ocasiones, pero nosotros percibimos un extra, una realidad aumentada repleta de conocimientos.
El ser humano ha tenido desde sus orígenes la virtud de hacerse preguntas y la imperiosa necesidad de contestarlas. Como consecuencia de ello es el único animal sobre la faz de la Tierra capaz de crear cultura. Las creaciones culturales han enriquecido nuestras vidas hasta tal punto que hemos llegado a sumergirnos en un universo virtual en el que las palabras pueden llegar a ser para nosotros tan reales, o más reales aún, que la propia percepción de las cosas. Eso ha promovido a lo largo de los siglos la creación de una gran multitud de productos culturales, aunque no todos ellos hayan resultado ser igualmente beneficiosos para la humanidad. Así, la ciencia, es el mayor logro cultural hasta el momento, las credenciales de su valía son innumerables, por el contrario, los mitos, las creencias, las ideas infundadas o intrínsecamente absurdas, que quizá tuvieran algún tipo de valor en el pasado, pueden llegar a hacer un gran daño a la sociedad. En el ensayo que verán a continuación, se pretende dar una visión integral del conocimiento humano, eliminando las respuestas mágicas a muchas de las cuestiones que ha planteado la humanidad a lo largo del tiempo. Pero el dar una cosmovisión total y rigurosa del conocimiento acumulado durante generaciones sería una tarea a todas luces titánica. Lo que se pretende realmente es algo mucho más modesto, reducir a mínimos, sintetizar y marcar aquellos hitos transcendentales del conocimiento humano que la ciencia ha conseguido desentrañar. Aquellos conocimientos que, a día de hoy, pueden producir un significativo incremento de nuestra consciencia. Comprobaremos, por sorprendente que resulte, la estrecha relación existente entre los conocimientos adquiridos por la humanidad en campos tan dispares como la física, las matemáticas, la filosofía o la religión. Del mismo modo que para observar la imagen global codificada en un puzle es necesario colocar cada pieza en su justo lugar, los conocimientos humanos solo admiten un modo concreto de interrelación que nos permita tener una cosmovisión total e inclusiva. Al lograr encajar cada campo de conocimiento en el lugar que le corresponde, comprobaremos que emerge un solo cuerpo de conocimientos con dos vías de acceso.
En este sentido, la información recopilada en la Biblia puede entenderse como uno de los primeros esfuerzos imaginativos de nuestros ancestros por explicar los orígenes. Cómo se originó el mundo, cómo surgió el cielo y la tierra, cuál fue el origen del hombre, por qué sufrimos, qué nos depara la muerte. Preguntas insidiosas que han aquejado a la humanidad desde el origen de los tiempos. Y quién podía ser mejor para facilitarnos esa codiciada información que el sumo creador de todo lo que percibimos: Dios. Digamos que durante muchos siglos la información vital que explicaba las grandes cuestiones de la vida provenía del gran Arquitecto, del Padre, que dio origen a todo lo que existe. Sin lugar a dudas, las grandes verdades venían de Dios, ¡o de los dioses!, según la cultura en la que se estudie. Y la gran sabiduría de Dios fue rebelada a los hombres, en concreto a algunos hombres, los elegidos. Y dicha verdad fue plasmada en la Biblia, que era el libro por excelencia de los Judíos. Aunque lo cierto es que la Biblia fue una gran recopilación de textos a modo de enciclopedia del momento, que englobaba a libros anteriores como la Torah, también conocido como Pentateuco por los Cristianos, y que contiene en su seno varios libros: Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio. En definitiva en el pasado, tal y como ocurre hoy en día, se trataba de encontrar la verdad para responder a las grandes preguntas de la humanidad. Para ello se recurría, y esto es muy importante, a la fe en la palabra rebelada por Dios a los elegidos y se plasmaba todo ese conocimiento en la Wikipedia de la época, la Biblia.
Esa visión del mundo resultaría ser sorprendentemente estable y duradera en el tiempo. Saciaba la sed de conocimientos de la mayoría y limitaba el número de nuevas preguntas que uno se podía plantear. Aun así, seguían surgiendo cuestiones recurrentes en las mentes de los más curiosos. Tal cosa ocurrió con Tales de Mileto en el 639 a.C. Tales fue el iniciador de la indagación racional del universo, al fundar la escuela jonia de filosofía, se le considera el primer filósofo de la historia. Tuvo como discípulo a Pitágoras que dio un impulso decisivo a las matemáticas, con estudios sobre álgebra lineal y geometría del espacio. A él le siguieron gigantes del pensamiento, que iniciaron ramas completas del conocimiento, como Sócrates, Platón o el gran Aristóteles que fue el fundador de la lógica formal, la economía y la astronomía, asi como el precursor de la anatomía y la biología. La fe en las verdades reveladas iba perdiendo fuelle frente al uso de la lógica y la razón. Ya no era necesaria la acción de Dios para explicar las pequeñas cosas de la vida, por lo que apareció toda una suerte de escuelas del pensamiento para indagar la verdad en política, economía, en sociedad y sobre todo, en la naturaleza. Comenzamos a ver como Dios es desplazado del altar y deja de ser el comodín de la baraja para la explicación de todo. Pero aun entonces seguía siendo indeleble su huella, el propio Tales de Mileto escribía, <<Lo más hermoso es el mundo, porque es obra de Dios>>.
Tras la caída del imperio romano, Europa perdió contacto con gran parte del conocimiento escrito, las religiones retomaron su preeminencia y se inició la parálisis de conocimientos que hoy llamamos Edad Media (476 – 1492). No fue hasta Nicolás Copérnico (1473-1543) y su experimento mental que se desencadenó la revolución científica del Renacimiento. Copérnico ideó el sistema heliocéntrico, en el que la Tierra, sorpresivamente, dejaba de ser el centro del universo para pasar el testigo al Sol. Con su legendaria obra, la naturaleza comienza a perder su carácter teológico. Junto con la Tierra, el hombre deja de ser el centro del universo, pues Copérnico lo desplaza a una posición móvil y no más relevante que la de cualquier otro planeta. A partir de Copérnico se genera la idea de que el hombre depende ahora de su propia razón, y que esta es la facultad prominente del ser humano, la que hace que tome parte en el ordenamiento del universo. Así el hombre comienza a librarse del yugo de los dioses, y basa su autonomía en su capacidad de raciocinio. La razón humana puede ahora apoderarse de la naturaleza, dominarla y controlarla. Así el hombre deja de ser el centro físico del universo para convertirse en el centro racional del mismo, se siente libre y poderoso. A partir de ahora nos enfrentamos al mundo, no obedeciendo leyes divinas, sino construyendo hipótesis a través de las capacidades del hombre que, contrastadas con la naturaleza, contribuyen al progreso. Esto último fue el paso transcendental que les faltó a los antiguos griegos, pues, el gran problema de la filosofía ha sido siempre el no poder validar el innumerable número de hipótesis que una mente es capaz de generar. Hipótesis a cual más interesante y racional que iban generando una plétora de escuelas de pensamiento. ¿Pero cuáles de ellos eran correctos y cuáles no? Solo mediante la contrastación experimental pueden descartarse aquellas ideas que no se vean reafirmadas por la naturaleza. De este modo la aparición de la ciencia resolvía la gran cuestión que había mantenido a la filosofía sin rumbo durante siglos, ¿cómo puede el hombre continuar disfrutando de los beneficios de la cultura sin que sus venenos lo embrutezcan o lo intoxiquen fatalmente? En palabras de Aldous Huxley (1):
Nadie puede aceptar selectivamente una cultura, y mucho menos modificarla, excepto las personas que la han atravesado con su mirada, que han abierto boquetes en la valla circundante de símbolos verbalizados, y por tanto están en condiciones de contemplar el mundo…con un criterio nuevo y relativamente desprejuiciado.
Con este nuevo modelo, lento, pero seguro, la ciencia nos ha permitido obtener un cúmulo de conocimientos verdaderos sobre el universo en el que vivimos. La ciencia es la que nos proporciona los conocimientos necesarios para convertirnos en verdaderos perforadores de boquetes de la cultura, transformándonos en seres humanos plus. Ese plus es el que nos concede el conocimiento científico. Hasta tal punto ha llegado el éxito de la ciencia que, en pleno siglo XXI, ha desplazado definitivamente a los dioses, dejándolos literalmente en el paro. ¡Lamentable condición!, ya que pocas son las tareas que les quedan encomendadas. Lamentable, cuando se comprueba que los fenómenos meteorológicos, rayos, truenos, vientos y mareas son debidos a prosaicos efectos climatológicos. Cuando se comprueba que el hombre, ¡e incluso la mujer! que menciona la Biblia, provienen de los monos por simple evolución natural. O que para el origen de la vida, o del mismo universo, no es necesaria su magnánima intervención. Probablemente la última empalizada que salva a las religiones de la derrota final por la ciencia, sea la imposibilidad de ésta última de explicar una de las grandes preguntas del ser humano, quizá una de las más recurrentes y, sin duda, la que más angustia nos produce ¿Existe la vida después de la muerte? O dicho más categóricamente, ¿es eterna nuestra consciencia de ser o se extingue tras la muerte del cuerpo? En definitiva, ¿existe el alma? Y en tal caso, ¿dónde habita?, ¿cuál es su naturaleza? Aquí la ciencia no se ha atrevido hasta el momento a cruzar el Rubicón, por la sencilla razón de que la respuesta, hasta ahora, es una terrorífica negativa. De ahí que, por el innegable miedo a la muerte, la fe religiosa siga en pleno siglo XXI marcando sus pautas, sus leyes, y sus medias verdades, a una inmensa mayoría de la población mundial.
El propósito de las próximas secciones; El origen de la vida, El origen del hombre, La evolución del conocimiento y El origen del universo, es el de explicar los límites del conocimiento científico actual y comprobar cómo desmienten los mitos del pasado. Puede resultar extraño, en un principio, el orden en el que se van a exponer los capítulos; muchos quizás se pregunten, ¿por qué no sigue un orden cronológico, por qué el origen de la vida se expone antes del origen del universo? Sin embargo, cuando lleguen al final de estas secciones, comprobarán que es mucho más lógico seguir un orden natural, basado en la evolución de la consciencia. Veremos cómo el origen y evolución de la consciencia nos conduce inexorablemente a la última sección del libro, esa quinta y última sección, en la que haremos la presentación de una teoría de cosecha propia, la Teoría Matriz de la Percepción, con la que pretendo hacer un intento de cruzar el Rubicón. Un intento de insertar el alma y el más allá en las facultades de ciencias, desbancando definitivamente a la religión del monopolio absoluto de las almas. ¿Será una tarea imposible? Como comenta Richard Dawkins en su libro << El Espejismo de Dios >> (2):
Es parte esencial del proyecto científico admitir la ignorancia, incluso regocijarse en ella como reto para futuras conquistas. Los místicos se regocijan en el misterio y quieren que siga siendo misterioso. Los científicos se regocijan en el misterio por una razón distinta: les da algo que hacer.
Si finalmente logramos dar el gran paso y unificar todos los sistemas, incluso los más insidiosos, en un solo cuerpo de conocimientos, podremos generar una nueva forma de educar a la humanidad. La comunidad de naciones adolece de la falta de un sistema de conocimientos consensuado y auditado por organismos internacionales que generen el equivalente en educación al sistema operativo de los ordenadores. Una base educativa 1.0 que permita, a los jóvenes que la estudien, adquirir una mirada desprejuiciada de la realidad. Una base sin interferencias de creencias religiosas y de toda índole que hace que los hombres se dividan en facciones enfrentadas. Hay que llegar a comprender que el verdadero origen de muchas guerras está en la visión distorsionada de la realidad causada por deficiencias educativas. Todos podemos entender que cuando un padre Afgano lleva a su hijo a una madraza islámica lo hace con la sana intención de proveerle de una educación semejante a la que él tuvo. Pero poco puede él intuir lo equivocado de su elección, o lo deforme de su visión del mundo, si su propia cosmovisión se basa en las creencias infundadas de la religión.
Nos corresponde a todos el señalar la ignorancia como el punto de partida de los males del mundo. No se puede abandonar algo tan crucial como la educación de las nuevas generaciones a los oscuros intereses de los partidos políticos, de las religiones, o de las temibles sectas. Tomemos en serio la educación y devolvámosle el papel crucial que le corresponde. En la era de la globalización, debemos luchar por crear organizaciones internacionales que velen por señalar los contenidos mínimos a impartir, que auditen la calidad con la que se imparten, que impidan activamente la siembra y diseminación de conocimientos demostradamente nocivos. Conocimientos que, actuando a modo de sanguijuelas, crecen en los cerebros menos cultivados y se alimentan de la energía de nuestras vidas. En muchos países de gran bagaje educativo se sabe que no basta con una educación intelectual y humanista, que aunque valiosa, no es suficiente para la creación de mentes libres. Es necesaria una educación fundada básicamente en el conocimiento científico de la naturaleza, en la mentalidad relativamente desprejuiciada de la comunidad científica. Es necesario incentivar el adecuado escepticismo y la curiosidad en los niños, hacerles ver la imperiosa necesidad de demostrar las ideas científicamente. Solo podremos crear Homo sapiens sapiens plus, cuando consigamos ese sistema consensuado de conocimientos que nos permita ser capaces de explicar desde el porqué caen las manzanas de los árboles hasta el quién soy yo. ¡Desde el porqué, hasta el quién!
CHAPTER 1: LA VIDA COMO
PROPIEDAD DEL UNIVERSO
El
electrón burgués
Probablemente todos los seres orgánicos que hayan vivido nunca sobre esta tierra han descendido de alguna única forma primordial, a la que se infundió vida por primera vez…
CHARLES DARWIN, El origen de las especies, 1859
Hay que reconocer que el principal escollo al que nos enfrentamos a la hora de explicar el origen de la vida es su alto grado de improbabilidad. Fred Hoyle (1) dijo, en una analogía muy intuitiva, que la probabilidad de que la vida se originara en la Tierra no es mayor que la probabilidad de que un tornado girando sobre un desguace de maquinaria tuviera la suerte de ensamblar un Boeing 747. Los átomos de carbono, de los que está compuesta la vida, necesitan cantidades considerables de energía para reaccionar, de ahí que la materia inerte muestre preferencia por la formación de moléculas pequeñas y sencillas, con escasos átomos de carbono. La naturaleza no parece favorecer, a priori, la formación de las complejas moléculas necesarias para la vida. Por ello otros han ido un poco más allá y han tomado la metáfora del 747 para referirse a toda la evolución de los seres vivos. Realmente parece obra de prestidigitador el ensamblaje de una majestuosa águila, un veloz caballo o un inteligente delfín. Que estos seres sean completamente funcionales a partir del ensamblaje de sus partes independientes raya en una improbabilidad lindando en lo mágico. Y esto ha servido como excusa, ya desde nuestros ancestros, para que se defienda la existencia de un ser creador, omnipotente y de infinita inteligencia creador de todo cuanto existe. Las religiones han defendido siempre la existencia de un dios trabajador que hace la labor del ingeniero, y que es el ser responsable del diseño de los seres vivos. Este es el principal argumento de los seguidores del creacionismo, quienes lo quieren imponer como única teoría válida para explicar el origen de la vida. Por supuesto, eso está en las antípodas de lo que la ciencia nos puede ofrecer hoy en día sobre la cuestión. Los argumentos a favor de un diseño inteligente obra de un sumo creador, hay que descartarlos de plano por estar basados en la fe y en reflexiones laxas, nunca en la contrastación científica de los hechos.
Si lo analizamos detenidamente, una vez creadas las primeras formas vivas el problema de la improbabilidad se reduce considerablemente pues toma las riendas la evolución, un mecanismo científicamente bien definido que explica con gran precisión cómo la selección natural y el tiempo modelan los organismos hacia complejidades crecientes. Sin embargo, y en contra de lo que se defiende con el diseño inteligente, las adaptaciones de los seres vivos al medio, distan mucho de ser obras perfectas. Este giro anti intuitivo suele ser difícil de captar para los poco duchos en teoría de la evolución. En ese sentido, Stephen Jay Gould (2) nos hace una profunda reflexión sobre las múltiples imperfecciones que hacen ser a la naturaleza <<una magnífica chapucera y no un divino artífice>>.
Las disposiciones extrañas y las soluciones singulares constituyen la verdadera prueba de la evolución, caminos que un dios sensato jamás adoptaría, pero que un proceso natural a lo largo del tiempo, se ve obligado a seguir. El ejemplo más elocuente de los extraños caminos que suele adopta la naturaleza es el pulgar del oso panda. El plantígrado es descendiente de una raza cuyas extremidades están adaptadas en un principio para la carrera pero que, gracias a la evolución presenta un apéndice, un sexto dedo, que a modo de pulgar le permite agarrar los tallos de bambú de los que se alimenta con la misma destreza que lo haría un humano. Nuestra apreciada mano humana, directamente heredada de los primates, nos resulta una herramienta tan útil gracias a la presencia del pulgar, ese quinto dedo en configuración oponible a los demás. Nuestras manos son prácticas para nosotros, porque nos permiten manipular objetos y transformarlos en herramientas específicas para cada función. Eso podría parecernos una configuración habitual en la naturaleza, pero lo cierto es que la mayor parte de los mamíferos han especializado sus dedos en una función tan concreta que han terminado perdiendo los pulgares. En el caso que nos ocupa, los osos carnívoros utilizan sus dedos habitualmente para correr, apuñalar y arañar, pero lo tienen francamente complicado para manipular herramientas, pues todos sus dedos presentan la misma orientación. En ese sentido el pulgar del panda puede dejar perplejo a más de uno pues no es realmente un sexto dedo, de hecho ni siquiera es un dedo, anatómicamente hablando. Está constituido por un hueso llamado sesamoide radial, que en la mayoría de mamíferos se encuentra en la muñeca. Sin embargo, en este caso, el sesamoide radial está enormemente agrandado y alargado hasta conseguir una sorprendente semejanza al dedo pulgar. Y del mismo modo que el hueso se adaptó a la nueva función, el músculo que lo moviliza también evolucionó desde su papel original para adaptarse a la nueva actividad prensil. Pero aún les creará mayor perplejidad si analizamos la estructura del pie del panda. Aquí encontraremos la contrapartida del sesamoide radial, llamado sesamoide tibial, que está tan hipertrofiado como el primero. Y a pesar de ello, el sesamoide tibial no hace de soporte de ningún dedo nuevo, no ejerce función prensil, y su tamaño aumentado no le confiere ventaja adaptativa alguna. Se podría decir que el panda tiene cuatro manos, pero utiliza solo dos.
He sacado a colación el dedo del panda, porque es un claro ejemplo representativo de cómo la naturaleza improvisa y va a lo práctico, utilizando estructuras preexistentes para adaptarlas a nuevas funciones. Las partes duplicadas de un cuerpo no están controladas por un único gen. No encontraremos nunca en el ADN, un gen para el pulgar, otro para el dedo gordo del pie, ni un tercero para el dedo meñique. De ahí que a la naturaleza le resulte genéticamente mucho más complejo el aumentar exclusivamente los pulgares y mantener inalterado el tamaño del dedo gordo del pie. Por eso se propone como hipótesis que el pulgar del panda podría ser consecuencia de un cambio genético simple, tal vez una única mutación puntual que afectó al calendario y a la tasa de crecimiento. Durante las primeras etapas de gestación, la alteración en un solo gen puede cambiar el campo regulador de los dedos correspondientes. Esa mutación finalmente resultó ser útil para la adaptación a la dieta del bambú. De este modo quedan descartadas las adaptaciones óptimas dirigidas por un supuesto ingeniero inteligente, cuando se comprueba que el verdadero pulgar del panda ha quedado relegado a una función muy diferente a la nuestra. La acción de la naturaleza en este caso más bien parece una chapuza divina, pues se ha tenido que alargar un hueso de la muñeca para que haga la función de nuestro dedo pulgar.
Podríamos citar aquí infinidad de casos evolutivos similares que echan por tierra la supuesta perfección y diseño inteligente, de los seres vivos. Algunos casos incluso nos afectan a nosotros mismos, por ser herederos de remanentes evolutivos de nuestros antepasados los peces y renacuajos. Muchos de esos remanentes son los culpables de dolencias comunes como las hernias o el hipo. Los nervios frénicos que heredamos de los peces y se extienden del cerebro al diafragma pueden irritarse como consecuencia de la retorsión del tronco, algo muy frecuente en los niños pequeños que poseen una gran flexibilidad, y eso desencadena el hipo. Este mecanismo de cierre de la entrada del tubo respiratorio constituye un residuo de nuestra época de anfibios, cuando necesitábamos respirar mediante la combinación de pulmones y branquias. Quizá sea por eso que cuando tengo hipo, ¡no puedo evitar acordarme de los renacuajos! En el apéndice presente en nuestro intestino grueso tenemos otra clara muestra de imperfección pues, careciendo de una utilidad evidente, origina con demasiada frecuencia la apendicitis aguda, infección que de no tratarse a tiempo puede llegar a causarnos la muerte. Gran parte de las enfermedades que nos afligen a lo largo de nuestras vidas son fruto de deficiencias genéticas o remanentes evolutivos. Podríamos definirlos como los pequeños flecos y chapuzas heredados del proceso. A buen seguro que un dios sensato jamás se responsabilizaría de tales chapuzas. ¡Quizá sea por eso que los seres humanos nacemos sin certificado de garantía ni derecho a devolución!
En el libro que publicó Charles Darwin en 1859 ya se mencionaba lo innecesario de la presencia divina para explicar la evolución de las especies. En un extenso estudio de las orquídeas, Darwin llega a la conclusión que, sus flores desarrollaron esas intrincadas estructuras a partir de los componentes comunes de las flores vulgares. Si Dios hubiera diseñado una hermosísima máquina para poner de relieve su sabiduría, sin duda no hubiera utilizado una colección de partes florales con funciones normalmente diferentes. Según Darwin, las orquídeas no eran obra de ningún ingeniero celestial, sino meros ajustes provisionales hechos a partir de un juego limitado de piezas disponibles. Ya ha pasado más de un siglo de los postulados de Darwin y hemos constatado que el proceso evolutivo explica, de manera convincente y demostrada con multitud de restos arqueológicos, cómo han aparecido las distintas especies vivas a lo largo del tiempo. Entonces, si la ciencia no muestra falla a la hora de explicar el incremento de complejidad de los seres vivos el problema reside en explicar, ¿cómo aparecieron los primeros organismos?, ¿cómo pudo suceder un hecho tan improbable? ¿Tendremos que recurrir finalmente a Dios para explicar el origen de la vida?
Es notable que los elementos difundidos más ampliamente entre las huestes de estrellas sean algunos de los elementos más estrechamente relacionados con los organismos vivientes de nuestro globo… ¿No podría ser que por lo menos las estrellas más brillantes fuesen como nuestro Sol, centros que mantienen y dan energía a sistemas de mundos, adaptados para ser lugar de residencia de seres vivientes?
WILLIAM HUGGINS, 1865
Sin duda la vida en la Tierra surgió en un momento determinado hace unos 3.500 millones de años, mediante un proceso cuya particularidad desconocemos hasta el momento, que logró convertir la materia inerte en orgánica. Durante la década de los cincuenta del siglo pasado se gestaron los famosos experimentos de Stanley L. Miller y Harol C. Urey en la Universidad de Chicago. En ellos lograron sintetizar por primera vez moléculas pequeñas básicas para la vida (monómeros). Ejemplos característicos de este tipo de moléculas tan fundamentales para los procesos biológicos lo constituyen los aminoácidos, los ladrillos con los que se fabrican las proteínas. Sus experimentos pueden llegar a recordarnos vagamente la teatral forma de dar vida a <<Frankenstein>>, el terrorífico monstruo de la novela de Mary Shelley, cuando se utilizaba la magia encerrada en la electricidad de los rayos. Harold y Stanley también utilizaron descargas eléctricas para simular rayos atmosféricos en un intento de emular la atmósfera primigenia, aunque en su caso no consiguieron ningún monstruo entrañable, sino una mezcla insulsa y sin alma, compuesta por gases como (metano, amoniaco, hidrógeno) y algunos aminoácidos. El problema de la hipótesis de Harold y Stanley, es que supusieron que la atmósfera primigenia era altamente reductora (cediendo electrones a las moléculas) y en la actualidad parece cada vez más claro, que la atmósfera primigenia no era tan reductora. Si eliminamos ese factor de su experimento el número de monómeros que se crea es significativamente inferior al que ellos lograron. Pero en cualquier caso, con este experimento se dio un pistoletazo de salida para una auténtica explosión de nuevas hipótesis sobre el origen de la vida que se sucedieron en las décadas siguientes. Y muchas de ellas devinieron en nuevos experimentos que sirvieron para desvelar aspectos clave en la creación de moléculas complejas a partir de constituyentes más sencillos. Incluso se descubrió el mecanismo de ensamblaje de estructuras de gran tamaño como las membranas celulares.
Volveremos sobre el tema de la generación de los ladrillos para la vida más adelante, pero antes analicemos otras vías que ha explorado la ciencia para intentar arrojar luz sobre el origen de la vida. Mirando en retrospectiva hasta la década de los setenta la comunidad científica era bastante reacia a considerar la posibilidad de encontrar vida en otro lugar fuera de nuestro oasis planetario. El conseguir pruebas de un hallazgo así, lograría expandir enormemente nuestra conciencia sobre el papel que desempeña la vida en el universo. En primer lugar dejaríamos de considerarla un proceso local, surgido de las turbias probabilidades del azar, para convertirse en un hecho ubicuo, una propiedad más de nuestro universo que se encuentra en pie de igualdad con las restantes leyes de la naturaleza. Conforme avanza el nuevo siglo, vemos que aparecen cada vez más posibilidades de encontrar vida exógena. Hasta tal punto se contemplan hoy día como posibilidades rigurosamente factibles que han aparecido nuevas especialidades científicas de origen interdisciplinar, como la astrobiología y la planetología. Este cambio de mentalidad general, ha propiciado que se multipliquen los proyectos científicos encaminados a detectar si hay vida, o hubo vida, en planetas tan próximos como Marte o las, cada vez más sorprendentes, lunas de Júpiter (Europa) y Saturno (Titán, Encelado).
Salvo la Tierra, no hay planeta del sistema solar con mayores posibilidades de albergar vida que Marte. Se parece a la Tierra en muchos aspectos: la distancia al Sol, su formación, su historia climática, la presencia de volcanes o su atmósfera. Por este motivo ha acaparado la mayor parte de los recursos de exploración espacial. La presencia de pequeñas cantidades de metano en su atmósfera alimenta, aún más si cabe, las esperanzas de encontrar vida en él, pese a que el metano puede tener origen biológico o geológico. El metano que aparece en los planetas gigantes (Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno) se generó en la nebulosa solar primigenia. En la Tierra, sin embargo, la presencia de metano en la atmósfera es algo excepcional pues el 95 por ciento procede de los seres vivos. Es el producto metabólico de la acción bacteriana de nuestros intestinos. Otras fuentes importantes de metano son las termitas, los campos de arroz o las ciénagas. Los volcanes y otros procesos geológicos contribuyen con menos del uno por ciento del metano. Por tanto, encontrar metano en la atmósfera de cuerpos celestes semejantes al nuestro, incrementa la posibilidad de encontrar vida en ellos. No obstante, la concentración de metano en la atmósfera de Marte apenas representa una fracción millones de veces inferior a su concentración en la atmósfera terrestre. Sin embargo, su aparición suscita cuestiones que deben ser resueltas, ¿puede ser debido a volcanes, al impacto de meteoritos, a cometas, o es genuino indicio de vida? Debido a su escasa gravedad, sin su constante reposición, el metano desaparecería de la atmósfera marciana rápidamente, a razón de dos tercios cada 600 años. Luego deben existir fuentes de metano que mantienen su producción de manera constante. Los volcanes quedan descartados pues llevan extintos millones de años. Además los volcanes emiten otros gases como el dióxido de azufre, que no se han encontrado en la atmosfera marciana. Las aportaciones potenciales de meteoritos que impacten sobre su superficie son extremadamente reducidas. Por ese mecanismo apenas se explicarían el uno por ciento del metano hallado. Eso deja solo dos fuentes posibles: chimeneas hidrotermales o microbianas. Las chimeneas podrían explicar fácilmente la presencia de metano pero para ello sería necesario hallar acuíferos bajo la superficie de Marte. En la Tierra también se encuentran chimeneas hidrotermales en las dorsales oceánicas y, asociadas a ellas, encontramos primitivas formas de vida. Por ello no es descartable que de existir los acuíferos también encontremos algún tipo de vida marciana en sus inmediaciones.
La luna Europa fue descubierta por Galileo Galilei, y con sus 3.200 km de diámetro, es la cuarta luna más grande de Júpiter, con un tamaño muy similar a nuestra cercana Luna. Gracias a los datos aportados por las sondas Voyager 1 y Voyager 2 se cree que Europa tiene un océano de agua líquida bajo su superficie, a varios kilómetros de profundidad, cubierto por una espesa capa de hielo. La cercanía de Júpiter genera fuertes efectos gravitacionales de marea en su corteza que provocan el calentamiento de Europa y quizá sea el origen de su vulcanismo. Por tanto, podría haber fuentes de calor y presencia de importantes sustancias químicas para la vida en el hipotético océano. En la Tierra se conocen ejemplos de ecosistemas abisales que dependen de la actividad geotérmica para su subsistencia, de modo que dicha posibilidad no puede descartarse en Europa. Para dar respuestas más concretas sobre estas especulaciones se ha llegado incluso a proponer una misión no tripulada, consistente en una sonda de alunizaje y un submarino robótico capaz de penetrar la gruesa capa de hielo. Aunque por desgracia, dicha misión no se encuentra actualmente en los planes inmediatos de ninguna agencia espacial.
Otro satélite con posibilidades de albergar vida en nuestro sistema solar es Encelado. Fue descubierto por William Hershel en 1789, y es la sexta Luna más grande de Saturno. Desde las primeras fotografías enviadas por las sonda Voyager 2 a principios de los años ochenta, ha resultado ser más interesante de lo previamente imaginado. De ahí que disfrutara de una segunda visita con la misión Cassini-Huygens lanzada por la NASA-ESA en 2004. En ella se descubrió que Encelado eyecta grandes cantidades de agua al espacio a través de enormes géiseres, revelando la presencia de criovulcanismo y altas probabilidades de reservorios de agua líquida bajo la superficie helada. Incluso, no es descartable, la presencia de un océano bajo su corteza. Encélado es una sorpresa para la planetología, pues nadie esperaba encontrar tal actividad en una luna de tan solo 500 km de diámetro. Pero lo cierto es que el satélite es el más rocoso de todas las lunas mayores de Saturno. La roca representa el 60 por ciento de toda la masa del satélite. Su superficie helada se nos presenta blanca y brillante. En algunas regiones, el terreno liso difiere claramente del paisaje sembrado de cráteres que apreciamos en nuestra Luna. En el hemisferio sur, el más enigmático del satélite, se aprecian grietas y rayas de tigre (hendiduras de varios kilómetros de longitud que se encuentran sobre la corteza helada). Signos evidentes de actividad geológica, en los que se ha detectado la presencia de compuestos orgánicos que surgen de los calientes surtidores de vapor de sus inmediaciones. En el satélite se han hallado tres de los factores esenciales para la aparición de vida; agua líquida, compuestos orgánicos y energía. En entornos Terrestres semejantes se han encontrado organismos vivos que consumen hidrógeno o dióxido de carbono para sobrevivir. Si finalmente se demostrara la presencia de un océano bajo su superficie, los expertos consideran que podría ser incluso más factible que Europa como futuro lugar de búsqueda de vida. Sus capas de hielo superficial son mucho más delgadas, haciendo más fácil acceder al agua subterránea mediante sondas o submarinos robotizados.
Una vez que consiguiéramos llegar con nuestras naves robóticas a cualquiera de estos prometedores oasis de vida del sistema solar, ¿cómo podríamos saber si realmente albergan vida? Contestar a esta pregunta no es tarea fácil ya que, de albergar vida, serán organismos muy elementales, consistentes básicamente en algún tipo de bacteria primitiva agazapada en ambientes especialmente resguardados. En la práctica, eso puede suponer una larga y laboriosa expedición a rincones potencialmente inexplorables de los planetas, si tomamos en consideración las condiciones técnicas y económicas actuales. Otra opción es recurrir a la búsqueda de signos indirectos de vida, como ocurre con la presencia de fósiles en la Tierra. Pero si el encontrar fósiles de organismos pluricelulares es difícil, encontrar diminutos fósiles de bacterias es altamente improbable.
Quizás muchos recuerden en estos precisos momentos el gran anuncio que se realizó en 1996 por parte de David S. McKay del centro espacial Lyndon B. Johnson de la NASA en Houston, haciendo hincapié en que, ¡por fin se habían encontrado pruebas de la existencia de vida en Marte! La afirmación se apoyaba en la aparición de un diminuto fósil (380 nanómetros de longitud) hallado en el meteorito ALH84001 que fue descubierto en la Antártida portando nanoesferas (50 nm) y peculiares formaciones alargadas compuestas por algunos de los elementos necesarios para la vida. ¡Restos de vida en una roca marciana con más de 400 millones de años de antigüedad! Eso era una grata sorpresa. ¡Por fin se tenía el primer resto fósil de un extraterrestre! Sin embargo, con el tiempo se demostró que era un entusiasmo prematuro. El tamaño era ya de por si tema de controversia. La bacteria más pequeña de la Tierra, ronda los 600 nm, un virus de gran tamaño Mimiviurs tiene 400 nm y la forma de vida más pequeña que se conoce el Mycoplasma ronda los 200 nm. Por tanto, ¿cómo era posible que existiera vida en las diminutas nanoesferas de 50 nm, apenas mayores que un orgánulo celular como el ribosoma? Finalmente se constató que ni se trataba de bacterias, ni eran formas vivas, por lo que se propuso denominarlas biones (3). Estos diminutos objetos resultaron ser finalmente elementos de la naturaleza que se encuentran por doquier, en la sangre humana, en la mineralización de nuestros dientes y huesos, así como en multitud de ambientes y medios. Los biones son altamente interesantes porque caminan en el filo de la navaja entre la materia viva y la inerte. Se producen al intercalarse proteínas en la unión de los iones de calcio y fosfato, generando fosfato cálcico (hidroxiapatito) con una estructura eminentemente cristalina. Por tanto, el factor determinante para la formación de biones es la presencia de proteínas u otros materiales orgánicos en el medio (como ADN, ARN o lípidos), que actúan interponiéndose en la estructura cristalina del mineral. Las proteínas se intercalan en la red cristalina gracias a su fuerte avidez por unirse a los iones de calcio. Así se acumulan sucesivas capas de material dando lugar a formas esféricas que pueden llegar a confundirse con células. En la práctica, se ha observado que los biones pueden adquirir cualquier forma y tamaño, por lo que es frecuente verlos imitando formas biológicas que parecen tener vida propia por su capacidad de autoperpetuarse. Pero, aunque prometedores, solo se trata de materia inerte.
Si bien, hemos comprobado, que la esperanza de encontrar restos fósiles de microorganismos sigue siendo lejana, sí que hay un atajo que nos puede servir para dilucidar si hubo vida en algún periodo de la historia de los planetas: la evolución de los minerales puede ofrecernos pistas fundamentales. Los minerales actúan como auténticos <<chivatos>> que proporcionan datos clave sobre la evolución de la vida en un planeta de forma ubicua, en el espacio y en el tiempo. Resulta sorprendente constatar cómo la vida llega a alterar la naturaleza física de los planetas hasta el punto de quedar impresa en los minerales que los conforman. Basta con estudiar nuestro planeta para comprobar cómo la vida afecta la propia estructura del suelo que pisamos. Solo había una docena de minerales entre los componentes que formaron el sistema solar hace 4.600 millones de años. Sin embargo, la Tierra actual posee más de cuatro mil especies minerales distintas. ¿Por qué se ha producido esta enorme diversificación mineral?
El culpable de tal proliferación de nuevos minerales hay que buscarlo en la intervención de la vida que empezó a alterar la geología del planeta hace unos 2.000 millones de años. Asistimos así a una evolución en paralelo del mundo orgánico e inorgánico. Como nos aclara Robert M. Hazen, investigador del Laboratorio de Geofísica de la Institución Carnigie <<Los minerales, más resistentes, y no los inestables restos orgánicos, nos proporcionan los indicios más sólidos y fiables de la biología>>. Podemos comprobar el estado evolutivo de un planeta simplemente observando su color general. El color de su tierra es el color de los minerales que la conforman. Hace 4.000 millones de años, durante el llamado eón Hadeano, la Tierra podía considerarse fundamentalmente negra, pues ese es el color que le proporcionaban los minerales. Se trataba prácticamente de basalto negro, formado por solidificación del magma fundido. La diversidad mineralógica aumentó en esta época debido a los efectos climáticos provocados por la acción de la atmosfera y los océanos primitivos. La presencia del agua en sus diversas formas fue la que esculpió un paisaje básicamente negruzco, muy semejante al que podemos ver actualmente en muchas de las islas volcánicas de reciente aparición, como apreciamos en Lanzarote (Islas Canarias). Las interacciones entre la roca y el agua disolvieron algunos compuestos permitiendo que se aproximaran elementos raros que, al interactuar entre sí, formaron una nueva generación de minerales.
En esos primeros millones de años de existencia se formaron más de mil especies minerales nuevas en la Tierra. Pero el hito singular ocurrió cuando las primeras manifestaciones de vida fotosintética compuesta por algas oceánicas, provocaron el periodo conocido como la Gran Oxidación. Hace 2.200 millones de años el oxígeno atmosférico generado en los procesos de la vida fotosintética alcanzó ya el 1% de la concentración actual. Esto provocó que la Tierra en su conjunto adquiriera un nuevo color predominante, el rojizo. El color rojo de la tierra fue fruto de la creación de 250 nuevos minerales oxidados e hidratados, como consecuencia de la meteorización de otros minerales preexistentes. Un ejemplo de mineral directamente derivados de la acción de los primeros microorganismos vivos son los estromatolitos, minerales compuestos por carbonato cálcico. Pero a buen seguro que al mencionar el color rojizo de su superficie, muchos de ustedes han pensado inmediatamente en el planeta rojo por excelencia (Marte), y es que, la Tierra en ese periodo debió de parecerse mucho a nuestro planeta hermano. Sin embargo, el color rojo no es un indicativo determinante de la presencia de vida en Marte. Una de sus características físicas más importantes es su pequeña masa (tan solo 0´1 veces la de la Tierra) lo que le hace tener muy poca gravedad. La escasa gravedad impide atrapar con suficiente fuerza las moléculas más ligeras de los gases que componen la atmósfera, por lo que su atmósfera es una capa muy delgada. Por ello, en el caso de Marte, la oxidación fue causada por la disociación del agua bajo la intensa radiación solar existente en su alta atmósfera. La pequeña gravedad del planeta rojo no es capaz de retener el agua que se evapora a gran velocidad en su superficie. Ese vapor de agua al ascender a las capas más externas de la atmósfera es bombardeada intensamente por radiación ionizante proveniente del Sol que finalmente la divide en hidrógeno (que escapa al espacio) y oxígeno que al formar moléculas de O2 (más pesadas que las de agua), quedan atrapadas por la gravedad del planeta. Por tanto, el oxígeno marciano no deriva de la acción de seres vivos. A la Tierra roja le sucedió, tras un periodo de 1.000 millones de años, la Tierra blanca fruto de la era de las glaciaciones, en la que casi toda el agua cubría la superficie del planeta en su forma mineral, el hielo. En los sucesivos periodos interglaciares fue creándose cada vez más biodiversidad y con el desarrollo de los esqueletos de muchas especies de invertebrados marinos, se crearon multitud de arrecifes de naturaleza calcárea.
Finalmente llegamos a nuestra familiar y cercana Tierra verde (4) consecuencia del paraguas protector que supuso la capa de ozono estratosférico para el desarrollo de la biosfera terrestre. Gracias a la protección de los rayos ultravioleta que proporciona la ozonosfera, la vida <<escapó>> del mar y proliferó en la superficie terrestre, crecieron las plantas vasculares con raíces, y los hongos, que introdujeron nuevos mecanismos de descomposición química en las rocas. En el Devónico, hace unos 400 millones de años, la superficie terrestre tenía ya un aspecto tan familiar como ahora. La vida multiplicó en varios órdenes de magnitud la aparición de minerales, como el aragonito y la calcita (hallada en casi todas las estructuras duras, desde los fósiles de trilobites hasta el esqueleto humano), o la producción de arcillas, creadoras de suelos aptos para el cultivo. El color verde de la superficie de un planeta revela sin duda la presencia de seres vivos, pues muestran la presencia de organismo que captan mediante fotosíntesis la energía de su estrella. De encontrarse vida en otro planeta, la probabilidad de que se desarrollen organismos fotosintéticos es elevada. En la Tierra, la fotosíntesis resulta tan eficaz, que constituye la base de la que surge casi toda forma de vida. Aunque ciertas bacterias primitivas viven gracias al calor y las reacciones químicas de las fumarolas hidrotermales, en la superficie del planeta los procesos fotosintéticos son los predominantes.
Hay que tener en cuenta que la fotosíntesis se adapta al espectro lumínico de la radiación que incide sobre los organismos. Ese espectro es el resultante de la radiación lumínica que emite cada estrella particular, junto con el filtro que ejerce la atmósfera del exoplaneta objeto de nuestro estudio. Esto, en la práctica, supone que la fotosíntesis se puede llevar a cabo utilizando la luz de cualquier rango de frecuencias (desde el violeta intenso, próximo al ultravioleta, hasta casi el infrarrojo). Alrededor de estrellas más calientes y con luz más azul que nuestro Sol, las plantas tenderían a absorber esta luz azul y las veríamos de color verde, amarillo o incluso rojo. Pero entorno a estrellas más frías, como las enanas rojas, los planetas recibirían menos luz del espectro visible; los vegetales tratarían de absorber la mayor cantidad de luz posible, con lo que las veríamos de color negro. De hecho, en la propia Tierra existe toda una variedad de organismos fotosintéticos de distintos colores. Además de las plantas verdes, podemos encontrar plantas terrestres con hojas de color rojo, también encontramos este tipo de pigmentos en las algas rojas y algas pardas. ¿A qué se debe el color verde predominante en las plantas de nuestro planeta? El proceso de la fotosíntesis depende de la energía por fotón y el número de fotones disponible. Si las plantas consiguen captar un gran número de fotones rojos logran el mismo objetivo energético que con unos pocos azules. A pesar de que los fotones azules son más energéticos que los rojos, a la superficie de la Tierra llega una mayor cantidad de fotones rojos, puesto que el pico de intensidad lumínica está justamente en la región de frecuencias del rojo - naranja. Las plantas de la Tierra se han adaptado a utilizar fotones azules por su gran energía y rojos por su abundancia. Los fotones <<verdes>>, de longitud de onda intermedia, poseen menos energía y se encuentran en menos cantidad, de manera que las plantas apenas los absorben. El resultado conocido es que vemos a la mayoría de organismos fotosintéticos de nuestro planeta de color verde. Solo apreciaremos una excepción en las épocas otoñales en las que las hojas cambian de color para adaptarse a la menor intensidad lumínica y aparecen ante nuestros ojos de color amarillento - rojizo, debido al aumento de los pigmentos carotenoides que están especializados en absorber los fotones de frecuencias azules y verdes. Siguiendo este principio, los pigmentos fotosintéticos presentes en las plantas que evolucionen en otros planetas deben seguir siempre la misma regla de absorber los fotones más abundantes y los de mayor energía, por lo que no sería extraño encontrar exoplanetas con plantas de color azul o incluso negro. Sin duda, en tales páramos, ¡nuestros artistas no tendrían muchos motivos para exaltar las maravillas de la naturaleza, pero a los alienígenas seguramente les parecería maravillosa!
Pero utilizar los métodos de detección mineralógicos, o el comprobar el color que presenta su superficie, solo pueden servirnos para obtener pruebas de la existencia de vida en planetas del sistema solar. Tener la posibilidad de observar el color de la superficie de un planeta situado a cientos de años luz de distancia sigue estando, hoy por hoy, fuera del alcance de nuestro instrumental. Lo que actualmente sí está a nuestro alcance, es observar el espectro de la luz estelar que cruza la atmósfera de un planeta. Con el espectro de la luz podemos deducir los gases que la componen. Así las bioseñales a nuestra disposición para comprobar si hay vida en otros planetas se dividen en dos grupos; el color del planeta (ya expuesto) y los gases atmosféricos. Si pudiéramos encontrar gases de origen biológico como el oxígeno, ozono, metano, cloruro de metilo, u óxido nitroso, sería un claro indicio de la presencia de vida. Pero hay que extremar la prudencia, pues todos estos gases pueden aparecer también en mundos carentes de vida. El oxígeno puede aparecer cuando la luz de la estrella nodriza produce la descomposición del vapor de agua que hay en la atmósfera. Pero el oxígeno atmosférico se agota rápidamente debido a la lluvia y la oxidación de las rocas, como ocurre en la superficie marciana. Por tanto, si en un planeta con agua líquida apreciamos la presencia del oxígeno en abundancia, hay que pensar en la existencia de vida. El ozono se produce mayoritariamente en la estratosfera de la Tierra, al descomponerse el oxígeno molecular por efecto de la radiación solar. El ozono constituye una bioseñal de gran importancia. Mientras el oxígeno se detecta al observar el espectro lumínico en la longitud de onda de la luz visible, el ozono lo hace en la del infrarrojo, lo que resulta mucho más sencillo de detectar por nuestros satélites de observación. El metano también se puede encontrar en planetas carentes de vida, pero en esos casos, su concentración se presenta en forma muy estable. Por ello, si se observan ciclos estacionales en los que la concentración atmosférica de metano aumenta y disminuye, nos encontraríamos ante otra importante bioseñal. Precisamente, la presencia de trazas de metano en la atmósfera de Marte es la que alienta la posibilidad de encontrar vida allí. El cloruro de metilo y el óxido nitroso son gases que aparecen en la atmósfera terrestre por los incendios forestales y por la descomposición de materia vegetal. Sin embargo, sus concentraciones son mínimas, por lo que dificulta cualquier observación en planetas extrasolares.
En cualquier caso, la esperanza de detectar vida extraterrestre en el universo está sufriendo tiempos de bonanza, gracias al impulso que ha supuesto la detección experimental de cientos de planetas orbitando estrellas lejanas. Incluso se están encontrando planetas en sistemas estelares en los que en principio se descartaba su presencia. Así podemos encontrar sistemas planetarios orbitando estrellas tan exóticas como las enanas blancas, las enanas marrones o las estrellas de neutrones. Crece por tanto la posibilidad de encontrar mundos semejantes al nuestro por tamaño y distancia a sus respectivas estrellas. Planetas que se encuentren en la llamada zona habitable. La zona de habitabilidad estelar es una estrecha región circunstelar en donde, de encontrarse ubicado un planeta (o luna) permitiría la presencia de agua en estado líquido sobre su superficie. Además el planeta debe ser rocoso, con una masa comprendida entre 0,6 y 10 masas terrestres y una presión atmosférica que permita el punto triple del agua.
Para la detección de los nuevos planetas, se han utilizado un amplio abanico de modernos métodos. De entre ellos destacan por el número de planetas detectados, el de velocidades radiales y el método de tránsitos. El método de tránsitos consiste en observar el brillo de la estrella y detectar sutiles cambios en la intensidad de su luz cuando un planeta orbita por delante de ella. El método se basa en un proceso muy parecido a lo que ocurre cuando observamos desde la Tierra un eclipse de Sol. En ese momento la Luna se interpone entre el astro rey y nuestro planeta, por lo que apreciamos una clara disminución de la luz que llega hasta nuestros ojos. Del mismo modo cuando un planeta extrasolar se interpone entre su estrella y nosotros, se produce un eclipse parcial de la estrella y apreciamos una leve disminución del brillo. Pero si se han fijado en el diminuto tamaño que presentan las estrellas y que un planeta, por muy grande que sea, no disminuye más que una ínfima fracción el brillo habitual de su estrella, pueden hacerse una idea de la gran precisión que tienen que alcanzar los instrumentos de fotometría.
El que se encuentren cada vez más planetas extrasolares, ha permitido que se conozca de forma más precisa dos de los siete factores que componen la conocida Ecuación de Drake (5). Midiendo con precisión todos los factores que intervienen en la ecuación, podríamos obtener una estimación aproximada de las civilizaciones extraterrestres que han evolucionado de forma independiente en el Universo. Pero el calcular los diferentes factores llevará aún decenios, aunque actualmente ya podemos cuantificar con un mayor grado de certidumbre, la proporción de estrellas que tiene planetas en su órbita y el número de esos planetas situados en la zona habitable (ecosfera) de sus respectivos sistemas solares. En la actualidad se han encontrado más de 700 planetas fuera de nuestro sistema solar y su número crece cada vez más deprisa. Esto nos facilitará en el futuro tener el suficiente volumen de datos como para fijar con precisión los restantes factores de la ecuación de Drake, al menos, en lo que concierne a nuestro inmediato vecindario galáctico. ¡Esperemos que hayamos tenido suerte con nuestros vecinos extraterrestres! No sea que nos salgan belicosos como nos advierte el famoso astrofísico Stephen W. Hawking, que ve <<racional>> la existencia de otras civilizaciones, pero nos advierte sobre el peligro de que tengan los mismos insanos hábitos guerreros que tenemos los terrícolas.
También se ha estudiado mucho sobre la, quizá no tan improbable, llegada de vida desde el espacio. Aunque no estamos hablando en este caso de los famosos enanitos verdes trasladándose en OVNIS, sino de algo mucho más científico. Según la hipótesis exógena, los meteoritos y cometas que bombardean la Tierra hace más de 3.900 millones de años ya portaban los ladrillos fundamentales para la vida. Dicha hipótesis se basa en muestras tomadas directamente de cometas, como las recogidas por la sonda Stardust de la NASA, quien en 2004 atravesó la cola del cometa Wild2 y trajo partículas encapsuladas en aerogel hasta nuestros laboratorios. En dichas muestras se encontraron rastros de Glicina, uno de los veinte aminoácidos necesarios para la vida. A dicho hallazgo hay que sumar el de otros aminoácidos encontrados en restos de comentas que han caído en la superficie de nuestro planeta. Incluso se han realizado análisis de laboratorio, simulando las condiciones de las partículas en el vacío del espacio al ser bombardeadas por la radiación ultravioleta procedente del Sol. En uno de estos experimentos, como el ideado por el profesor J. M. Greenberg, se lograron sintetizar hasta dieciséis aminoácidos distintos y diversas moléculas orgánicas. Sin embargo, no está aún esclarecido como se convierten esos ladrillos fundamentales en las altamente complejas y operativas estructuras vivas. Ni tampoco supone una ventaja evidente, el que la vida se formara por primera vez en el espacio o en otro planeta y luego viajara hasta la Tierra. Eso tan solo alentaría la visión mágica y el misticismo sobre su origen.
Nunca convencerás a un ratón de que un gato negro trae buena suerte.
GRAHAM GREENE
Quizás para observar la vida tal como surge en el universo, no sea necesario irnos a otros planetas de nuestro sistema solar o tratar de encontrar exoplanetas situados a distancias astronómicas orbitando estrellas semejantes al Sol en nuestro vecindario galáctico. Tampoco hay que apresurarse a perseguir cometas cuando se aproximan a la Tierra. Puede que baste con mirar hacia nuestro propio planeta de origen y preguntarnos, ¿aún se conservan, en algún recóndito lugar, las condiciones físicas que dieron lugar al origen de la vida?