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Itinerario de un tacaño

Mauro Zuñiga Araúz

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Título: Itinerario de un tacaño

Copyright © 2001 by Mauro Zuñiga Araúz

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EL MATRIMONIO

1

A don Matías lo acompañan, desde que se precisa el recuerdo, dos virtudes: es tacaño y olvidadizo. La primera no abrió caminos para que transitaran las dudas; la segunda permitió el escrutinio de las interpretaciones. No se sabe bien, y al parecer no se sabrá jamás, si las trajo en los genes, esas microscópicas partículas que inundan los cromosomas y se responsabilizan en recoger el polvo de nuestra historia, o bien, si fueron adquiridas. Los que se inclinan por la primera posibilidad, se basan en que el abuelo materno era tacaño y que al bisabuelo paterno se le olvidaban las cosas. Nadie, ni los más longevos, llegaron a conocer a los que antecedieron a don Matías. Tampoco quedó nada escrito, porque estos detalles no son registrados en la hoja de vida de la gente; pero son virtudes que se van transmitiendo de padres a hijos y sobre todo, de abuelos a nietos, en las tardes de lluvia. Los días de lluvia en los caseríos son grises y tristes. Vagos, no así inútiles. A la vagancia y a la inutilidad les gusta pasear juntas, pero cada una tiene el cuidado y hasta el orgullo de calzar zapatos propios. La vagancia le permite al pensamiento volar sin alas prestadas; la inutilidad lo esconde. Son tardes solitarias, ausentes. El futuro se detiene y la esperanza se desvanece, se desmaya, como una señora que, en ayunas, espera en la fila de los creyentes, animada en recibir la hostia en la misa cantada del mediodía, un domingo caluroso de verano. Las tardes de lluvia invitan al tiempo, hasta lo obligan a presentarse desnudo, a contar lo que sabe a través de las voces, sin aliento, de padres y abuelos. Esos son los momentos del contacto entre el ayer sin fronteras, ya fijo, con el hoy de infinitas posibilidades, pero que la lluvia lo limita a escuchar los ecos perdidos del ayer. La lluvia es seductora, despierta el ayer, que la furia del sol lo vuelve a enviar a la tierra de los sueños. Lo que se escucha durante esas tardes, se aprende, se procesa y se archiva en un poderoso disco duro, que alguien, alguna vez, se le ocurrió llamarle memoria. En otra tarde de lluvia, cuando los padres o abuelos evocan historias, el archivo se vuelve a abrir para volver a hacerlo, si el hijo o el nieto son, a su vez, padres o abuelos, repitiendo el ciclo que la lluvia despierta. Por otra parte, los que opinan que las virtudes de don Matías son adquiridas, entran en algunas consideraciones aún no confirmadas, afirmando que ninguna de las dos ocupa puestos en los genes, dando, para afianzar sus argumentos, el ejemplo de muchas personas que poseen una u otra virtud o ambas, con un árbol genealógico libre de pecadillos. Los que así opinan, y la verdad siempre sea dicha, están en franca minoría. La gente le da más valor al murmullo de la lluvia. Las historias que se dicen no siempre están escritas. A veces se dicen solas, otras veces las escriben para decirlas después, otras están escritas para no ser leídas. Se suceden como los funerales de los pobres. Sin alborotos. Unos dicen que a lo dicho se le agrega el ruido del trueno y se le resta la agonía del silencio. Otros, en cambio, que a lo escrito, la tempestad le borra páginas. De lo sucedido el único capacitado para dar fe es el suceso, porque los actores se empantanan en lo que aquellos que reclaman salvar la historia, llaman interpretaciones. Puntos de vista, los que estudiaron español. Dudas de la duda podría ser el nuevo nombre de los textos y de las cátedras que escarban el pasado.

La muerte le coqueteó varias veces a don Matías, pero su Tacañería lo indujo a que ni siquiera dejara pasar por su mente la idea de prestarle el cuerpo, aunque fuera de mentira, y menos por un instante. Don Matías conoce muy bien esas tentaciones y no ha cedido, no por falta de curiosidad, sino por ese mágico poder que excede cualquier debilidad de la voluntad, por lo que no la miraba con la expresión que contagia a la gente que se acuesta sin mañana: ni con la cola del ojo. La dejaba pasar con una indiferencia que rayaba en la vulgaridad.

La primera vez que la muerte le enseñó sus blancos colmillos, a través de una irónica sonrisa, fue a los siete días de nacido. Su madre, cuyo nombre todo el mundo ha olvidado, parió en su casa atendida por una comadrona, que ignoraba esas modernas técnicas de asepsia y antisepsia y que cortó el cordón umbilical con el mismo cuchillo con que la señora de la casa tajaba las tripas de los cerdos y de las vacas. Además, amarró el mismo cordón con los cordeles de unos zapatos viejos de don Jeremías, el padre de don Matías. A los siete días el recién nacido empezó a presentar fiebre, una risa extraña, forzada y generalizada. El mal duró doce horas. Desapareció en la misma forma como apareció. Era el mal de siete días o tétanos, como dicen los que saben, que impidió que la humanidad creciera al ritmo que se tenía previsto. A los recién nacidos, que escapaban de esa enfermedad, se los quitaban a las madres para ser estudiados, como trofeos de guerra, en las facultades de medicina. En el caso de don Matías lo dejaron con su madre, la del nombre que juega ajedrez con las avestruces, porque nadie le dijo nada a nadie. Hace pocos años, cuando en una tarde de lluvia se abrió el archivo y se contó con lujos de detalles lo acontecido, los que sostienen la tesis de la herencia como causalidad, se abrazaron de entusiasmo. Los estudiosos del tema le han dado la debida importancia a este episodio. En primer lugar, por lo común que era esa enfermedad en la población infantil durante la época que vio nacer a don Matías, y en segundo lugar, porque la mortalidad se acercaba a la totalidad de casos afectados; hechos que impedían pasar inadvertido el suceso. Hoy en día, dejar morir a un recién nacido de tétanos es merecedor de la silla eléctrica, o en casos más favorables la cadena perpetua. Fue la única vez que don Matías vomitó la muerte. Los expertos piensan que la muerte lo sorprendió, que por eso la dejó entrar, pero al sentirla, la expulsó de inmediato. Desean insistir en términos, en vocablos, en conceptos. No son amigos de utilizar palabras, ni expresiones figurativamente. Si hablan de vomitar, no se están refiriendo a devolver, ni a regurgitar, ni a echar. Se es diáfano, límpido, transparente, claro, cristalino, puro, traslúcido. Vomitar es arrojar violentamente por la boca lo contenido en el estómago. Así ocurrió con la muerte.

A los cinco años de edad, la muerte se llevó a todos los niños menores de seis años. Se metió en los cuerpos de los infantes a través de una enfermedad llamada disentería. Los vómitos y diarreas terminaban en la tumba. Don Matías no permitió que le diera ni náuseas. A los veinticinco años la muerte volvió a revolotear. La tuberculosis pulmonar estaba sembrando de luto los hogares. No había ninguno que no tuviera una cinta negra colocada en la puerta principal. En la de don Matías había cinco: las de sus padres y las de sus tres hermanos. Él ni siquiera estornudó. La coquetería apareció con una palmadita en la espalda a los cuarenta y siete años, edad en la que habían muerto sus abuelos, sus bisabuelos y sus tatarabuelos. Todos de ataque cardíaco o de apoplejía. Como a un reloj al que se le detiene la máquina automáticamente, a toda la familia de don Matías, a quien la muerte no se lo había llevado por razones otras, lo esperaba con toda comodidad en la esquina de los cuarenta y siete y con el mínimo esfuerzo se los llevaba en sus brazos para el mundo que ha borrado el tiempo. Para que no haya duda en la veracidad de esta regla, los hijos, nietos, bisnietos y tataranietos de don Matías se han muerto a los cuarenta y siete años, al punto que, en la partida de nacimiento de cada uno hay una nota, escrita a mano en la parte inferior de la hoja, que dice observaciones: morirán a los cuarenta y siete años de edad, salvo que la muerte no disimule su impaciencia y disponga saludarlos antes. Según este fatalismo genético, de ñapa son los años que don Matías vive. Lo que les ocurría a los hombres a esa edad, les sucedía a las mujeres a los cincuenta y tres, pero por otras causas: cáncer del aparato digestivo. Los expertos pensaron que tal vez la muerte se había confundido de género y que iba a hacer la formal visita a esta otra edad, pero nada. Durante ese año, no apareció ninguna molestia que importunara a sus tripas. Ninguno de los Fernández de la rama a quien corresponde el nombre de don Matías había vivido más de cincuenta y tres años, tanto para atrás, como para adelante, en lo que a generación se refiere. Una vez cumplido los cincuenta y tres, la otra virtud ocupó airosa su lugar: a don Matías se le olvidó morir.



2

Matías Fernández era el tercero de una familia de cuatro hermanos. Las dos primeras mujeres y hombre, su hermano menor. A los veinticinco años, cuando la muerte se llevó a sus padres y hermanos por la puerta trasera de la casa disfrazada de tuberculosis, don Jeremías y su esposa, con el nombre enterrado en la historia, no tenían nietos; entendiendo, sin necesidad de complejas elucubraciones, que los únicos descendientes son los de don Matías, a quienes la muerte sorprende a los cuarenta y siete o a los cincuenta y tres, de acuerdo al sexo, o antes, si se le antoja. La muerte es caprichosa y vanidosa, hasta indolente. No discrimina. Seductora. Desde los tiempos de la manzana con que enterró a Adán, ha evolucionado con sonrisas y obsequios. A veces, para evitar fatiga, une a varios mortales y se los lleva juntos. Así se le facilita el trabajo. Ir tentando, coqueteando a uno por uno es una tarea agotadora, por eso aprovecha los terremotos, las tempestades, los trasatlánticos, los aviones, los automóviles. La experiencia del Titanic fue beneficiosa, aleccionadora. Después de estos banquetes colectivos desea tomarse un breve descanso; mas desafortunadamente, los niños pobres del tercer mundo molestan demasiado y no la dejan dormir la breve siesta programada. A pesar de su intenso e ininterrumpido trabajo, la muerte no dejó de pensar en don Matías y, sobre todo, ocupaba mucho tiempo en idear una estrategia convincente para seducirlo. Tan entretenida estaba en estas reflexiones que no se enteró de la erupción de un volcán asiático que avasalló comunidades enteras. La gente nadaba en la lava hirviendo, pero nadie se moría. Muchos quedaron deformados, con quemaduras del cien por ciento, mortales siempre, pero la muerte no apareció. Sus meditaciones la mantenían entretenida. Se enteró tarde, no por eso evitó estragos. Se metió en la piel de los sobrevivientes con la bandera de las infecciones y, como cardúmenes en ríos infectados que desembocan sin vida en el mar, los cementerios se quedaron sorprendidos al recibir los cuerpos sin alma de todas las edades y sexos. Este incidente fue tan bochornoso para la muerte, que prometió no ocuparse, ni siquiera un instante, en elaborar tácticas, ni estrategias para seducir a don Matías y si bien entre ambos no se firmó pacto alguno, la muerte se olvidó de él.

3

Don Matías tenía muchas peculiaridades que aparecían a medida que crecía. Cuando muy niño, acumulaba piedras blancas que recogía del río en las mañanas de sol. Las piedras eran redondas, sin erosiones y todas del mismo tamaño. Las iba colocando debajo de su cama. Cuando se completó el primer piso, construyó el segundo, ubicando cada piedra nueva sobre cuatro piedras juntas, de tal manera que la cuarta parte de cada una sirviera de base para las del segundo piso y así, sucesivamente, fue edificando pisos hasta que alcanzara la madera sobre la cual reposaba el colchón. Don Matías no se conformaba con ver las piedras, las contaba, para lo cual tenía que desarmar y volver a armar, varias veces al día, la figura geométrica en forma de cubo. Para estar absolutamente seguro de la cuenta final y para evitar los acostumbrados extravíos, colocaba el número que resultase de la suma en varios papelitos: uno lo situaba en la gaveta de su mesita de noche, otro debajo de su almohada y el otro, en una imitación de cartera de cuero que guardaba en el bolsillo trasero izquierdo de sus pantalones. Se podían perder hasta dos. El número colocado en los papelitos tenía que coincidir con la cantidad de piedras. En una ocasión faltaron dos. Volvió a contar. Faltaban dos. Las contó cinco veces, faltaban dos. Como era la primera vez que ocurría, abrió una hendidura, un espacio pequeño, minúsculo para las dudas. Había contado mal o alguien las robó. Como no estaba seguro, decidió, a partir de la fecha, contar las piedras un mínimo de dos veces, tres si el tiempo le regalaba gracias. Si no había coincidencia, las volvía a contar hasta que la suma fuera igual. Esto le daba garantías. Si faltaba una, era señal inequívoca de la presencia de un intruso. Esto sucedió en una ocasión. Después de un mes entero buscando la piedra blanca y redonda, de día y de noche, cada hora, cada minuto, cada segundo, sin comer y sin dormir, la encontró detrás de la casa de madera de los pájaros ubicada en el patio, donde la hermana del medio jugaba con las muñecas. Se formó una gran bronca porque la hermana aducía que era de ella, pero las evidencias se le esfumaron cuando la madre, cuyo nombre se confunde en las tinieblas, le solicitó demostrar la procedencia, a lo que no hubo respuesta. Don Matías probó, sin dar cabida al equívoco, que la piedra perdida era del mismo tamaño y color que las dos mil ciento noventa y uno que reposaban, sin enterarse, debajo de su cama. La familia entendió, a partir del momento, conocido por los expertos como el incidente de las piedras, que las cosas de Matías eran de Matías, porque para esos tiempos el don no tenía espacio, ni siquiera en la imaginación. Después que la madre, con el nombre diluido en el éter, dirimió las diferencias, le demostró a su hijo, con matemática precisión, que si hubiese empleado las no sabe cuántas horas que despilfarró buscando una sola piedra, en ir al río a incrementar su colección, ya hubiera duplicado el número de piedras blancas y redondas. La respuesta de Matías, seca, cruda, pero no vulgar, interrumpió el diálogo. No importaba el número, sino la posesión, el sentido de propiedad. El cuerpo es materia, pero es nuestro, nos corresponde, no lo podemos regalar, ni alquilar, ni prestar a nadie, ni a la muerte. Nos comunicamos con el mundo a través de la materia, las cosas que vemos, que tocamos. Esas son de dos tipos: las tuyas y las demás. Las tuyas son como tu cuerpo, intransferibles. Tú vas de compras al mercado, pero no pagas con un pedazo de dedo, lo haces con dinero que es lo único transferible. Tu cuerpo y las cosas tuyas son lo mismo, cada una forma parte de lo otro. No estamos dispuestos a ceder nuestros órganos, ni las rodillas, ni el cuello; sin embargo, podemos darle la mano a la gente, el apretón de manos, porque no se nos gasta. Tú me das vitaminas y me explicas que son para tener los huesos fuertes y un corazón sano, pero no es como a los puercos o terneros, que los engordamos para venderlos. Con nosotros sucede todo lo contrario, atendemos al cuerpo para que permanezca sano. Lo mismo ocurre con nuestras cosas, las mantenemos con nosotros porque nos pertenecen. Si se te daña el estómago, no vas a buscar uno nuevo, tratas de repararlo. Si se me pierde una piedra blanca y redonda, no la reemplazo con otra igual, sino con la misma, por eso la busco; una nueva no tiene el mismo valor. Ahora, si una piedra se destruye, deja de ser, solamente así puede ser reemplazada; pero no si existe, si está íntegra: hay que buscarla hasta encontrarla. Si tratamos de ajustarnos a las definiciones que, de cada palabra, hace el Diccionario de la Lengua Española, tenemos que admitir que algunas acciones o actitudes no encuentran su correspondiente significado, quedan limitadas, se les encierra dentro de una resistente y poderosa coraza, se sienten prisioneras de lo que los expertos llaman caprichos idiomáticos. Tal fue el caso de la madre de don Matías, cuyo nombre está escondido en un templo perdido de Egipto, al escuchar la precocidad de su hijo. Decir que quedó sorprendida, estupefacta, maravillada, asombrada, confusa, petrificada, admirada, impresionada, nos dan un aproximado, pero no la exactitud de la reacción. Tal vez atónita se ajusta mejor, porque sí quedó pasmada. No pudo hablar por el resto del día, no por parálisis de las cuerdas vocales, sino por el congelamiento de las células cerebrales, las que entraron en un estado de choque, muy poco conocido en esos tiempos. Para los estudiosos, el incidente de las piedras marcó el inicio de la epopeya. Don Matías siguió recogiendo piedras blancas y redondas. Como no había espacio en el sitio original, las fue apilando desde la pared hacia su propia cama, con el mismo método. Respetaba el espacio de su hermano menor con quien compartía el cuarto. Este nuevo cúmulo de piedras blancas y redondas llegó hasta el techo, adquiriendo la forma de una auténtica pirámide. Tenía así, cubo y pirámide. El tiempo le impedía la contabilidad diaria, no así la semanal. Empezaba los lunes y terminaba los jueves. Después optó por contarlas una vez al mes. La indiferencia de sus hermanos lo invitaba a la fiesta del júbilo. A los veinticinco años de edad las dejó de contar. Ya no había necesidad.

4

Antes del periodo escolar, los niños acostumbraban quedarse en casa. Ahora, con esto de la estimulación, se habla del periodo preescolar y a los niños desde la cuna los envían a la escuela. Don Jeremías y su esposa, que permitió que su nombre se lo llevaran los tiburones, en vista de la precocidad de su hijo, contrataron una institutriz para que le enseñara matemáticas. Las clases se realizaban los jueves en la mañana. Aquí nació una incógnita. Don Matías solamente quería sumar y multiplicar. La resta es para los pendejos y la división para los solidarios, a ambos los está diezmando la teoría de Darwin. Don Matías lo pronosticó desde muy joven, por eso no aprendió a restar, ni a dividir, operaciones que jamás se ha visto precisado a realizar. No obstante, hay otra teoría, la que sostiene que su pérdida de memoria es selectiva y que su inteligencia enmascara cualquier debilidad, por lo que, al saber que no puede aprender a restar, ni a dividir, se ha valido de las argucias precitadas. Tampoco utiliza calculadoras, esos aparatos que están atrofiando los centros cerebrales de las sumas y de las multiplicaciones, no los necesita. Los espacios dormidos de la división y la resta se los transfirió a los de la multiplicación y a los de la suma, de tal manera que es capaz de obtener resultados instantáneos cuando lleva a cabo estas operaciones con números de hasta seis dígitos.

Cuando a los veinticinco años se quedó solo, por la irresponsabilidad de la muerte, que se apareció sin anunciarse, se vio obligado a hacer algunos arreglos en la casa. Los expertos llaman la atención en que la palabra “obligación” es utilizada tal como la define el Diccionario, haciendo la observación adicional, aunque resultase una redundancia, que tenía de todas maneras que hacerlo. Se dice esto, porque fueron los únicos arreglos que se realizaron en casa. El maestro de obra le sugirió que las cuarenta y ocho mil doscientos veintiocho piedras blancas y redondas deberían ser eliminadas por la orfandad de funciones o que, al menos, se podían mezclar con madera y arcilla en la pared lateral para efectos de decoración, pero la remota posibilidad de vender la casa en un futuro distante, lo obligó a introducir la sugerencia en una caja fuerte de cemento y hierro y arrojarla en el océano sin cuerdas, descartando la posibilidad de una tardía recuperación, si algún fugaz arrepentimiento se insinuaba en el horizonte del recuerdo. Eliminó la idea y al proponente, sin explicaciones.

Al poco tiempo que la muerte entrara por la cerradura de la puerta y le seccionara el alma a la familia, dejando cinco cuerpos buscando sepultura, el “Don” fue apareciendo, al principio con timidez, después con arrogancia, al punto que ni se inmutaba en contestar, si alguien, por las razones que fuesen, omitía el vocablo. Don Matías era su nombre completo, el apellido casi siempre sobraba, lo consideraba innecesario y hasta inútil, salvo cuando lo invitaban a ceremonias de gala o cerraba jugosas transacciones. En esas ocasiones, Don Matías Fernández sonaba muy bien, pero aún mejor, dependiendo del lugar y el entorno, obligaba a que agregaran su segundo apellido, el que hacía preceder por una soberbia “Y”, la que vista a la ligera tiene un olor a inocencia, pero al interponerla entre los dos apellidos, multiplicaba la importancia del nombre, le daba solemnidad, prestancia; porque en todas las épocas y más en aquellas, los nombres adornan a las personas, las visten. No vas al río con un vestido de luces, ni a un banquete en palacio con pantalones cortos. A don Matías se le tenía que decir así en su tienda, sin embargo, en una solemne ceremonia: Don Matías Fernández y Guerra; hasta el don había que escribírselo con mayúsculas. Pero Matías, a secas, jamás; eso era como si anduviese desnudo. Lo contrario también era válido en ambas direcciones. Si alguien en la tienda lo llamaba Don Matías Fernández y Guerra, lo consideraba una falta de respeto, una descortesía o una tomadura de pelo, categorías que clasificaba de acuerdo a la entonación, la que, cuando recaía en el don, era una falta de respeto, a lo que respondía con el insulto o físicamente, con el objeto que tenía al alcance, de la naturaleza que fuera. Los entendidos desean abrir un paréntesis para explicar, contrario a la costumbre, que el término “de la naturaleza que fuese” no se ajusta del todo a la realidad. Se ajusta un poco o del todo si entendemos que son realidades distintas. Porque no se vaya siquiera a insinuar que se trataba de un hombre irracional, visceral, a esos que las pasiones arropan y le apagan la vela de la razón. No. Eso nunca. No es que agredía a los irrespetuosos con los artículos de valor, por así decir, del más disponible, el que más al alcance se encontraba. “De la naturaleza que fuere” se refiere a aquellos que no tienen valor de cambio, ni valor de uso y que su posible deterioro después de contactar con el cuerpo del irrespetuoso, insolente, atrevido, en nada afecta a la contabilidad. Si la colocaban en el Matías, era por falta de cortesía, lo que muchas veces se confunde con ignorancia. A esos no los oía. La gente del arrabal utiliza una expresión flotante: se hacía el sordo. Si la ubicaban en la Y, se trataba de algún amigo, de los muy, pero muy escasos que tenía, quien disfrutaba haciendo bromas. Si el susodicho no pertenecía al reducido grupo de sus amigos, la clasificaba como falta de respeto, con las correspondientes consecuencias, haciendo hincapié en el significado que ha sido dado a “de la naturaleza que fuere”. Si no había acentos especiales y todas las palabras se pronunciaban con la misma entonación, continuaba en su trabajo con la indiferencia que hace llorar a los enamorados. Por el otro lado, un simple don Matías en un lugar de ceremonias, le era permitido a sus más allegados, porque al resto, los golpeaba con la mirada de la altanería, la que nadie desconocía. Los estudiosos desean aclarar y vale la oportunidad en este momento, que amigos, así como tienen los hombres normales, para don Matías no existían. Tenía conocidos, allegados, muchos de los cuales, para no decir todos, eran amigos heredados de la familia. Amigos de carambola. Él no hizo nuevos amigos. A medida que pasaba el tiempo, el reducido círculo se fue evaporando como los trozos de hielo en las tardes de sol.

5

Don Matías heredó la casa y la tienda de sus padres. Antes de que la muerte hiciera su visita, los ayudaba, junto a su hermano menor, en la administración del negocio, un modesto almacén de venta de productos secos, lo suficientemente importante para mantener, sin dificultades, a toda la familia. Pero esto de la herencia no era automático, una especie de ver el payaso y soltar la carcajada, no. Se tenía que desarrollar el tedioso juicio de sucesión, el que necesita una multitud de requisitos. Primero, que se probara que Matías Fernández y Guerra había nacido. Para su constancia se le exigía una certificación del Registro Civil, en el que, además, se agregara el día y el lugar, para mayor formalidad y seguridad. Segundo, que Matías Fernández y Guerra, aún vivía. No sólo era necesario que se presentara, sino que tres testigos declarasen ante un Notario Público que conocían al vivo y, sobre todo, siendo esto último lo más importante, que no había muerto. Tercero, que Jeremías Fernández y la mujer, de apellido Guerra, pero que su nombre permanece dándole la órbita a la tierra, se casaron. Aquí se presentó un problema insuperable porque no había constancia en el Registro Civil, ni en la Iglesia, del matrimonio de los señores, lo que le abrió varias ventanas, puertas de catedral más bien, a las dudas, las que desfilaban como marchas fúnebres. En primer lugar, que en efecto, el matrimonio nunca se realizó, lo que deja a su vez al descubierto varias posibilidades: primero, que los cuatro hijos son naturales y segundo, que es peor, son bastardos, porque una posibilidad, si la probabilidad de que no hubo matrimonio fuera la correcta, es la existencia de un impedimento, en cuyo caso la principal es que uno de los padres estuviese casado previamente y que no hubiera iniciado los trámites de divorcio. De ser cierta esa posibilidad, todos los hijos que se tengan fuera del matrimonio son bastardos. Si ninguno de los dos se casó previamente, los hijos son naturales. En segundo lugar, que el matrimonio se llevó a cabo en otro lugar distinto al pueblo donde nacieron y vivieron. En tercer lugar, que los papeles del matrimonio hayan desaparecido, bien por un accidente o intencionalmente. La primera posibilidad es la menos probable, porque en los archivos públicos no ha habido ningún accidente, como lo han dejado bien establecido los periódicos de los treinta y cinco años previos al nacimiento de don Matías. La segunda posibilidad, la del retiro intencional, no se puede probar, ni descartar, porque en esa época los expedientes no estaban numerados y se archivaban por orden, dependiendo de la fecha del matrimonio. La búsqueda la solicitó don Matías a cálculo. Ellos eran cuatro hermanos, entre los cuales se llevaban dos años, él era el tercero y tenía veinticinco años. Su hermana tenía veintinueve cuando la intrusa muerte se metió a hacer lo que no estaba previsto y, suponiendo que permanecieron cinco años planificando la familia, costumbre que no se estilaba para esa fecha, mandó a revisar los expedientes desde los últimos treinta y cinco años hasta la fecha, porque, eso pasa ahora, pero sucedía más anteriormente, los padres se casaban después que nacían algunos o todos sus hijos, o bien cuando estaban en articulo de muerte. La tesis de la sustracción intencional fue la que esgrimió don Matías en los Tribunales de Justicia, pero sin éxito, porque no encontró a nadie que atestiguara que sus padres se habían casado, por lo que no pudo cumplir con el tercer requisito. Cuarto, que Don Matías Fernández y Guerra era hijo de ambos, lo que estaba consignado en el certificado de nacimiento. Quinto, que ambos padres se hayan muerto. Sendos certificados de defunción fueron necesarios. Sexto, que nadie más tenía derechos a reclamar la herencia. Requisito controversial también, porque don Matías adjuntó los certificados de defunción de sus tres hermanos, pero ¿y los otros posibles? La probabilidad de que los padres no se hubiesen casado porque alguno ya lo estaba, llevaba implícito la posibilidad de que alguno tuviese hijos que tendrían derecho a reclamar parte de su herencia. Las autoridades le exigieron a don Matías que publicara en un periódico el anuncio llamando a los hijos de Don Jeremías Fernández y de la señora, cuyo nombre se mezcla con la bruma de los ríos, a que se apersonaran a las oficinas del Tribunal de Justicia, a lo que don Matías se negó por lo de las malditas dudas que siempre surgen en estos trámites. Cuando le enviaron cuatro policías armados de toletes, con el memorando que escuetamente lo obligaban a abandonar la casa y la tienda por ausencia de pruebas sobre la inexistencia de otros herederos, se trasladó de inmediato a la capital del país a averiguar cuál era el periódico de menor circulación y el que más pequeñas tenía las letras de la sección de clasificados. Lo primero era obvio, entre menos gente ve el anuncio hay menor probabilidad de que aparezcan los posibles hermanos y la segunda, menos obvia, si existen los posibles hermanos, probablemente tengan más de cuarenta años, edad en que los humanos necesitan instrumentos especiales para leer, sobre todo si se trata de letras pequeñas, los que escaseaban cuando don Matías publicó el anuncio en el diario de menor circulación.

Durante los quince días que se les dio de plazo a los posibles hermanos para aparecer, don Matías cerró la tienda; pero se mantenía adentro acostado sobre un catre de campaña, discretamente colocado, de tal manera que, mientras lograba ver a los aspirantes a clientes cuando se acercaban a la puerta, a ellos se les imposibilitaba verlo. Don Matías cerró la tienda para evitar que alguien que hubiera visto el anuncio, pero que no era su posible hermano, llegara con documentación falsa a querer transar directamente con él su parte de la herencia, que se iba a limitar a monedas, de quién sabe qué cuantía, aduciendo para ello, que otros intereses lo ataban en otras tierras y que materialmente no se podía quedar coadministrando la tienda; aparte, seguiría sosteniendo, dándole ánimo, seguridad y confianza, que entre sus planes no estaba crearle ningún inconveniente. Una vez establecido el acuerdo, se intercambiarían figuritas: el dinero de don Matías por la firma del posible hermano, rubricada al final del documento que establece que ambas partes acuerdan haber finiquitado los trámites de la herencia, con entera satisfacción de las partes. Esta posibilidad se eliminaba cerrando la tienda. Durante esos fatídicos quince días, don Matías vio, a través del vidrio de la puerta, a un centenar de posibles hermanos, cada uno con un maletín diferente donde debían estar, convenientemente ordenados, los documentos de la estafa. Después de quince días de angustias y quince noches de diálogo franco con el Insomnio, su fiel compañero de aventuras, de consultas y de consuelos, don Matías se levantó del catre y entrecruzando los dedos de las manos y de los pies, se dirigió al Tribunal, con la esperanza que los posibles hermanos no progresaran hacia probables y de allí a hermanos reales, de carne y hueso, que lloran y ríen y que, en este caso particular, iban a reír a carcajadas desde el momento que recibían su herencia, a todas luces inesperada, más inesperada que ganarse el premio mayor en una lotería, porque se ha comprado un boleto con el fin de que la posibilidad de ganar no se fuera a las sombras donde el limbo aspira entrar; pero de la herencia, no hubieran tenido la menor idea, si no hubieran leído el anuncio que los Tribunales, en pésimo momento, le obligaron a publicarlo en contra de su voluntad, porque de seguro que ni se hubieran enterado de que a sus padres se los llevó la muerte desprevenidos y menos, que habían dejado herencia. Don Matías pensaba que a toda esta complicadísima cadena de posibles, probables, realidad y carcajada se podía anteponer un vocablo más seco, más firme y sobre todo, más musical y agradable, que invirtiera la cadena de posibles hacia el lado contrario, menos largo y menos tortuoso, en donde, incluso, no existe la cadena, sino una sola palabra: “imposible” y allí se detiene todo. Si lo posible tomaba hacia la derecha o hacia la izquierda, hacia adelante o hacia atrás, no dependía, para nada de don Matías; él había disparado el rifle al aire en una tarde nublada. Si algún pájaro recibía el disparo y caía, el único que tenía que asumir plena responsabilidad era el azar, porque al momento del disparo ni se veían, ni se podían ver. Ese lunes en la mañana, a medida que se acercaba a los tribunales, caminaba con más dificultad, atribuido a cuatro posibilidades. Primero, por haber permanecido tanto tiempo acostado sobre un catre. Los músculos se le habían debilitado, lo que se acentuaba a medida que avanzaba. Segundo, porque había tenido que recurrir a unos cordones para fijar los dedos de los pies y de esta manera, mantenerlos entrecruzados. Como los zapatos eran de cuero duro, comprimían los dedos que quedaban en la parte superior y le producían un dolor insoportable. Tercero, porque su mente le dio rienda suelta a todas las posibilidades que se derivarían si la cadena de posibles llegara hasta las carcajadas. Durante los quince días en que las noches y los días caminaron sin fronteras, no logró agotar todas las posibilidades, o mejor dicho, ninguna, porque cada vez que intentaba hacerlo, la palabra “imposible” le rompía las burbujas y se sentía invadido de una calma fugaz, porque de inmediato surgían las posibilidades, pero siempre “imposible” interrumpía el análisis, evitando que las pompas volvieran a crecer. Durante el trecho, don Matías se disponía a abandonar a “imposible”, pero cada vez que lo pensaba en serio, el pánico se apoderaba del corazón y de los pulmones. Por una parte, aceleraba exageradamente el ritmo cardíaco y, por la otra, obligaba a los pulmones a respirar con tanta seriedad que parecían tragarse hasta la capa de ozono, situaciones que lo forzaban a llamar, con desesperación, a “imposible” desde el manjar predilecto de las moscas, a donde lo enviaba. Cuarto, la posibilidad de la resultante del conflicto entre las carcajadas e “imposible”. Como este conflicto no se había dirimido y como suele ocurrir cuando conflictos de tal magnitud no se resuelven, se presenta otro enemigo inesperado, el miedo, que acompaña a las angustias, como el frío al hielo y, que a su vez, admite, sin necesidad de juicio, su tutoría en la palidez, en el sudor frío, en la dificultad para hablar, en los deseos de defecar, más palpitaciones y más agitación. Cuando el miedo entró en la escena, la razón se sepultó en el fondo del océano, amarrada del ancla, por lo que esa mañana, los rostros del miedo fueron su carta de presentación. Si no fuera porque lo conocían, hubiera pasado como un ciudadano común denunciando un asalto reciente; pero el miedo, habitual en esos casos en los que muerde todos los órganos del cuerpo, le impide expresarse. La razón se desprendió del ancla cuando escuchó su nombre completo con una entonación de nobleza: Don Matías Fernández y Guerra. Pero la razón flotaba sin salvavidas en la superficie del mar, permitiéndole equiparar cargas y congelar las cuatro posibilidades, hasta colocarla en un lugar seguro. Esto ocurrió cuando el mismo Magistrado, con toga puesta, pronunció, con una ritualidad perfecta, su nombre completo y agregó dos palabras, las que, durante los quince días de albas y crepúsculos, ni imaginó que podían tener lugar en el tribunal: “lo felicito”. El miedo se desplomó, sintió que salía huyendo por las uñas de los dedos de los pies que tenía entrecruzados. El Magistrado dijo algunas otras palabras que no entraron por los oídos de don Matías, porque en ese preciso momento, todas las células de su cuerpo miraban con alegría la estrepitosa carrera del miedo. Don Matías se sentó, sin posibilidades y sin miedos. “Imposible” le dio una cariñosa palmadita en la espalda y se le fue introduciendo por los poros del cuerpo.

6

A los cinco años de edad, la Tacañería le susurró al oído, para prevenirlo, que la muerte se había colocado el antifaz de disentería, con lo que estaba seduciendo a los niños, quienes la seguían la mayoría de las veces con ingenua alegría. Don Matías cerró muy bien todos los orificios del cuerpo, no para impedir que entrara la muerte, sino para consolidar a la Tacañería. No quería volver a ser sorprendido, como ocurrió a los siete días de nacido. Había sido muy peligroso. Se tenían que tomar todas las precauciones. Más que una arma que ataca, la Tacañería es la única defensa que tienen los cuerpos contra todos los males. A pesar de que la Tacañería puede existir sin cuerpo, lo que ocurre cuando un tacaño arrepentido la deja ir; para que la relación sea verdaderamente efectiva, tienen que convivir siempre juntos y no separarse ni para sentarse en el inodoro. Hay tacaños que no viven con la Tacañería y la llaman solamente cuando la necesitan, pero a veces no acude de inmediato porque va a asistir a otro tacaño que la llamó primero. Esto confunde, porque un tacaño sin Tacañería se puede convertir en un vulgar normal, aunque ande cazándola como mariposas. Ahora bien, para convivir hay que cumplir unas reglas. Las cosas no son tan sencillas como aparentan y así como hay constituciones, leyes, reglamentos, acuerdos que regulan las relaciones sociales de los pueblos y hay mandamientos de obligatorio cumplimiento de los creyentes, la Tacañería también exige fidelidad. Cualquiera puede nacer tacaño, pero para no tomar partida en el debate sobre la causalidad, diremos también que cualquiera puede hacerse tacaño. Los problemas surgen cuando el tacaño abandona la Tacañería, aunque sea por un instante, al darle, por ejemplo, a un pordiosero una monedita vieja de un centavo. Cuando la manda a buscar de nuevo, ya no es la misma; por una parte, porque ha perdido lo que los humanos llaman virginidad, pero que no tiene expresión física porque la Tacañería no tiene himen y, por la otra, porque se siente traicionada. Los expertos aclaran que por pérdida de virginidad se entiende cuando la Tacañería frecuenta a varios tacaños, digamos prosaicamente, se acuesta con varios, le sirve a varios. A diferencia del tacaño que es vulnerable, la Tacañería es pureza absoluta. El tacaño es débil, a veces pusilánime. Cuando un tacaño deja ir a la Tacañería por una vez, lo sigue haciendo y los reencuentros son cada vez más laxos, menos emocionantes; la relación se va deteriorando, al punto que se ha dado el caso de un tacaño de nacimiento, para decir uno que se le conoce tacaño desde siempre, que termina siendo un dadivoso, con lo que le da una gaznatada (término que tiene más firmeza que su sinónimo gaznatada. La r es más violenta que la z. R de rudo, de rebeldía, de recalcar, en tanto z de zángano, de zamujo, de zancajear) con la mano abierta a la Tacañería, la escupe y aún no satisfecho, le da una patada en el centro del orificio naturalmente confinado a una desagradable función en ambos géneros; pero utilizado también, por otros géneros, para funciones menos instintivas. Estos actos no han logrado adulterar la pureza de la Tacañería.

Desde que estaba en el vientre materno, (y lo expresado a continuación es una libertad que se toman los de la tesis genética), entendió las tortuosidades de su relación con la Tacañería, por lo que los “mandamientos” que exigía la relación, (elaborados a puño y letra por ella, porque los entendidos no han encontrado el correspondiente Moisés, razón por la cual recomiendan que no se escriba en mayúsculas, ni la primera letra), no fueron abandonados ni en sus peores momentos de tristeza. Al ataúd de sus padres le dieron santa sepultura sin el adorno de una flor. La Tacañería se llenó de motivos y saludó a don Matías con una cándida sonrisa que lo acompañó para siempre. El amor eterno que se juraron en nada se parece al de las parejas de enamorados que se besan en público frente al altar. Es un amor íntimo, verdadero, privado, que permite el diálogo a escondidas, no por vergüenza sino por orgullo. Las conversaciones que no se exhiben son las genuinas. Entre don Matías y la Tacañería no había cabida para las murallas, ni siquiera las transparentes.

LOS MANDAMIENTOS

1

A los cinco años aprendió don Matías los dos primeros mandamientos de su relación, aunque, insisten los que asumieron posiciones, sabía del primero desde antes de nacer. No hay que separarse jamás de la Tacañería, al punto que tacaño y Tacañería tienen que llegar a ser lo mismo; andar, como ha sido dicho, siempre juntos. Siempre. No es que hay ciertos lugares en los que no pueda entrar la Tacañería por eso del pudor. Siempre es siempre. La Tacañería alimenta al tacaño, lo estimula, lo alienta y no disimula su felicidad cuando la acaricia en los momentos en que el tacaño tiene relaciones íntimas con una normal. Darle más importancia a ella que a la fulana que está tendida, sin ropas sobre una cama, es un homenaje que sólo puede darlo un tacaño respetuoso. Los mandamientos no hay que repetirlos como papagayos, hay que cumplirlos siempre. Para ser más exactos, entre el tacaño y la Tacañería no puede haber espacio para el pecado, aunque se haga acompañar de arrepentimiento. Desde el momento en el que el tacaño peca, esto es, desde el momento que deja escapar a la Tacañería, se perdió el encanto. Un sólo acto que ejecute el tacaño sin compañía de la Tacañería es un delito de alta traición y si bien es cierto que puede regresar y de hecho lo hace, ya no con el mismo entusiasmo. En esa relación no tiene cabida ni el pecado original. Aquí sí es válida la comparación cuando un miembro de una pareja descubre la infidelidad del otro: permite que la relación continúe si hay una elevada dosis de arrepentimiento; pero hasta que se disuelva el vínculo o que a alguno de los dos se los lleve la muerte en una noche de pena, quien se considera víctima, le martillará en los tímpanos perennemente las cuatro palabritas, que de manera separadas suenan a estrellas, pero al juntarse en orden, bailan en el infierno: “no es lo mismo”. Por su parte, la Tacañería no dice nada, no reclama, ni protesta, pero desde el momento que se le es infiel, el “no es lo mismo” lo refleja en su profundidad. El tacaño lo nota, también se resiente, pero no puede hacer nada, absolutamente nada. El hecho de que la joven que yace desnuda sobre la cama se sienta o no satisfecha cuando finaliza el coito con un tacaño, es algo tan intranscendente, que no aparece en los mandamientos, ni en las reglas. Al contrario, el segundo mandamiento es tan claro que, aunque no lo señale explícitamente, le prohíbe al tacaño estar haciendo indagatorias terrenales, como saber si la pareja logró o no el máximo placer. La única persona importante es el tacaño, lo demás no importa, es una sentencia lo suficientemente categórica y nítida que rompe las interpretaciones. Por lo tanto, la joven desnuda no importa, menos sus deseos, sus sensaciones. Lo único que verdaderamente interesa en una relación entre un tacaño y un normal es que el primero disfrute a plenitud, lo demás al chorizo y ni siquiera, por elemental cortesía, hay que hacer averiguaciones. Así lo entendió bien don Matías cuando la muerte se le metía por los orificios de la nariz a los niños de su edad y se los llevaba por el tubo digestivo hacia el valle del silencio. No es que se alegraba de ello, pero no le importaba absolutamente nada. En esto de las expresiones de dolor hay que tener mucho cuidado, ya que, a veces, se es parco o cuidadoso en evitar en el rostro, alguna vinculada a este hiriente sentimiento o en dejar escapar una lágrima forastera. Para los que así actúan, se les justifica diciendo que la procesión va por dentro, pero en el caso de los tacaños, la Tacañería está tan adentro, que detecta cualquier procesión que lleve al dolor en andas, de tal manera que, el segundo mandamiento hay que cumplirlo por fuera y por dentro. A los niños se los iba tragando la noche y don Matías sin arrugas, sin lágrimas, sin procesiones. Este mandamiento está estrechamente vinculado al tercero. Don Matías no lo sabía a la edad de cinco años, por lo que, opinan los entendidos, su indiferencia fue por deducción. No importa nada la opinión de la gente sobre los actos de un tacaño. De no existir este mandamiento diera cabida a los peligrosos sentimientos de culpa que brotan espontáneamente en las noches de insomnio. Si surgen por alguna razón, se eliminan de inmediato. La Tacañería se encarga de empujarlos. Ella sabe que los sentimientos de culpa no son llamados por el tacaño, vienen a tentarlo, a provocarlo, a mortificarlo, para que se arrepienta, para que rompa su compromiso. Desde que se asoman en la mente son barridos con pasión.

2

Desde los cinco a los veinticinco años, don Matías pasó manoseando a la Tacañería. La contemplaba, la adoraba, la acariciaba, la veneraba. Así daba fiel cumplimiento al cuarto mandamiento: Satisfacer todas las necesidades fisiológicas en la intimidad de la Tacañería, lo que la deleitaba y se engordaba de bríos para entregarse con más vitalidad a su tacaño, a su único tacaño. Entre más la atendían, la querían y la respetaban, su fidelidad se hinchaba, crecía y se introducía en todos los átomos del cuerpo. Fidelidad y lealtad mutua. Amor eterno verdadero. La llamaba en el silencio de la noche para que lo contemplara cuando satisfacía individualmente deseos y pasiones. Un placer individual. La Tacañería se regocijaba con estos placeres, le daba por bailar, por cantar, por gritar.

No compartir con nadie es el quinto mandamiento de la relación. Nada. No se puede compartir nada, a excepción de los olores que emanan del recto y el que originan los orines acumulados. Los expertos explican que la expresión “a excepción” no significa si se quiere. Significa que es una obligación del tacaño compartir su hedentina con los demás. El tacaño tiene que convertirse en un ser calculador y cumplir siempre los mandamientos. Las aglomeraciones en ascensores, paradas de autobuses y aulas son los lugares apropiados. Eso de las risas, sonrisas, caritas de yo no fui, escándalos o silencios es a discreción del tacaño. Así está escrito en los reglamentos: “a discreción”; aunque se le recomienda que opte, cuando pueda, por la vía del disimulo, lo que de ninguna forma se debe interpretar como una insinuación a violar el tercer mandamiento, sino al contrario. Cuando se siente el característico olor compartido y ante la ausencia de un responsable, las personas normales empiezan a culparse entre sí, lo que nutre, alimenta, llena de regocijo a la Tacañería y todo lo que la haga feliz, es válido. A veces el disimulo está demás, sobra o no es necesario, como ocurre en la mayoría, para no decir todos los otros casos, en los cuales no hay cabida para la discreción, la que aparece únicamente en la reglamentación del quinto mandamiento, con las recomendaciones respectivas.

Diera la impresión que durante el periodo comprendido entre los cinco a los veinticinco años, don Matías se preparó para la Tacañería, como lo hacen los meditadores o ciertos religiosos, quienes en retiro o en contacto con la gente, se depuran de lo mundano, para intimidarse con su nueva forma de ser y hacer las cosas; pero no, la Tacañería en este sentido no es exigente. No le pide al tacaño que se retire, ni que se flagele, ni que ayune, ni que comulgue los primeros viernes de cada mes, ni que rece, ni que aprenda catecismo, ni mantras, ni nada por el estilo. La Tacañería solamente le exige al tacaño que cumpla con los mandamientos, para lo cual no tiene que ir a ningún templo. Es más, la relación entre el tacaño y la Tacañería ha de ser tan perfecta que ambos tienen que estar plenamente felices. La perfección, en la relación, ha de ser perfecta. Una perfecta perfección. Una relación perfectamente perfecta, para que las dudas u otras interpretaciones no se asomen ni por la hendidura que queda por debajo de la puerta al cerrarse. Esta perfecta relación se establece desde el momento en que el tacaño es concebido, vale decir, desde el instante en que el espermatozoide paterno y el óvulo materno se amarran en un abrazo tan apasionado que ambos desaparecen para convertirse en un huevo independiente, en un ser distinto, pero capaz de capturar a la Tacañería como cazan los anfibios, con la lengua, a los insectos: de un solo tirón, de repente, mucho más rápido de lo que se persigna un ñato. Con extraordinaria rapidez. Así queda fijada la relación. Esta explicación nos reafirma que, en el periodo precitado, no es que don Matías hiciera uso de la Tacañería cuando así lo requería; lo hacia permanentemente. El tacaño no expresa su Tacañería en actos aislados o continuos, sino en todos. Estos argumentos son elaborados, como es de suponer, por los estudiosos que edifican y entrelazan la tesis genética. El tacaño y la Tacañería forman una unidad que se rompe cuando surge la traición. Entonces, no es lo mismo.

Para los cumpleaños de los cuatro hijos de don Jeremías con la señora que ha escondido su nombre debajo de la primera gaveta del armario de la recámara principal, les obsequiaban un regalo, que al principio era un juguete para ser compartido entre todos, después fueron objetos de uso personal. Durante la etapa de los juguetes compartidos, los cuatro corrían a jugar con el regalo ajeno, pero cuando cumplía don Matías, no había juego porque el juguete no se compartía, prefería esconderlo y hasta destruirlo, que compartirlo. Así ocurría cuando los hermanos se acercaban a jugar. Esta conducta reiterada hizo que en varias ocasiones conspiraran para dejarlo fuera del juego, una especie de Tacañería compartida. Naturalmente, la estrategia se desvanecía casi de inmediato, por dos razones, de lógica deducción. Primera, la Tacañería compartida no existe, es una contradicción absoluta, y segunda, los hermanos no eran tacaños e invocaban a la Tacañería como juegos de niños llamando a los espíritus, los que, con la misma velocidad que lo atienden, desaparecen en las sombras. De esto se desprende que la actitud de excluir a don Matías de los juegos se esfumaba más rápido que un helado en el recreo del primer grado de una escuela rural. Los hermanos olvidaban por la mezcla de dos sentimientos, íntegramente ausentes en un tacaño, la compasión y la necesidad de compañía, de estar juntos, de intercambiar sonrisas y bromas. Para el tacaño, la compasión es un sentimiento de debilidad, peligroso porque abre el camino para la violación del segundo mandamiento. Su existencia es como el trampolín desde el cual se salta hacia ese foso hondo, sin fin, que se llama traición. La compasión es una miel que atrae a los enamorados. Compasión y bondad son hermanos gemelos y donde hay bondad no puede haber Tacañería. Si queremos que la Tacañería se esconda en los infiernos enséñele la compasión, como se hace con el Conde de Drácula al obligarlo a ver la cruz. En esta cadena de debilidades que conduce a la ruptura, esas nimiedades de intercambiar sonrisas, bromas, alegrías, ocupan un lugar muy importante: pueden despertar sentimientos que en el tacaño están muertos o eternamente dormidos. Desde un punto de vista práctico, no se aprecian diferencias, pero para efectos de respuestas, nadie, absolutamente nadie, ni el más fiel y devoto tacaño, sabe si sus sentimientos están muertos o dormidos, motivo por el cual, los reglamentos son muy estrictos al impedir que se intente despertarlos, ya que no es lo mismo tirarle un balde de agua fría a un muerto a la salida de una cantina, que echárselo a un borracho, que duerme su impertinencia en la misma acera. Las reglas, en este aspecto, explican con lujo de detalles eso de por las malditas o benditas dudas. Es mejor dejarlos tranquilos. Aquí no hay espacio para las investigaciones. Algo más, porque según los entendidos, lo que abunda no daña, esto de intercambiar gestos, bromas, sonrisas, por más ingenuo que parezca o aparente, es una forma disimulada, si se quiere usar esa expresión, de compartir. A pesar de que al dar una sonrisa el tacaño no pierde nada, queda íntegro, tanto en su cuerpo como en sus propiedades, cuando la comparte, él, la o los que la reciben y a la vez, la obsequian, desarrollan de inmediato el pecado mortal de la Tacañería: la solidaridad. Un intercambio de sonrisas, de risas, de alegrías, no solamente es peligroso por lo que atañe a despertar dormidos, sino porque da pie y de hecho lo desarrolla, o al menos, lo insinúa, a que se viole el sexto mandamiento de la relación, que expresamente sostiene que al tacaño le es prohibido insinuar, por medio de palabras escritas o verbales, gestos o por cualquier medio directo o indirecto, la aparición en ningún ser humano, del pecado mortal de la Tacañería: la solidaridad. La explicación de motivos de este mandamiento es diáfana. La solidaridad es una enfermedad que, de propagarse, puede hacer desaparecer, no solamente a los tacaños, sino a la misma Tacañería, porque ella, aunque pureza absoluta, no puede permanecer eternamente esperando la existencia de un tacaño y el día que el pecado mortal invada el cuerpo de todos los seres humanos, a la Tacañería hay que tocarle el clarinazo final. Se deduce que la Tacañería y la solidaridad son enemigos mortales, por lo que le es expresamente prohibido al tacaño, ni siquiera insinuar la aparición de esta catástrofe. Ahora bien, la sonrisa no compartida es beneficiosa, ya que puede rendir utilidades. Don Matías entendió muy bien el significado de esta sonrisa unidireccional, a la que los tacaños llaman de tiro al blanco, cuando estaba detrás de la caja registradora de la tienda heredada y se la disparaba a los clientes después que habían pagado la compra, porque antes de sentir el dinero en sus manos podía haber alguna posibilidad de peligro. El tacaño es muy cauteloso, lo que también está detallado en los reglamentos. La “tiro al blanco” era infalible: todos los clientes que la recibían, regresaban.

3

Para los estudiosos, la edad comprendida entre los cinco y los veinticinco años fue crucial. En ese periodo ocurrieron muchos actos que complacieron plenamente a la Tacañería, quien en compensación, mordisqueaba con placer las orejas del alma de don Matías. Cada vez que don Jeremías y la señora, quien ha refugiado el nombre debajo de la alfombra, cumplían años, los hijos le compraban en conjunto, más que un regalo propiamente dicho, un cumplido, cualquier chuchería. Lo que importaba era la intención. No podían darse el lujo de comprar regalos, no estaban al alcance de sus posibilidades, las que se limitaban a recuperar de las alcancías individuales las monedas que habían ido depositando con la lentitud con que un mendigo se rasura. A los hermanos no les interesaba quién aportaba más, ni quién aportaba menos. Se hacía una colecta sobre la base de los recursos individuales y con el dinero que resultase se compraba la chuchería y la tarjetita alusiva, la que a veces costaba más que el propio regalo. Las posibilidades de don Matías siempre eran cero. Nada. Nunca tenía dinero. No había forma de comprobarlo porque mantenía su alcancía verdadera escondida. La otra, la falsa, la misma que los padres le habían regalado a cada uno de sus hijos para inculcarles el hábito del ahorro, distinguiéndose entre sí por el color de la porcelana con que estaba fabricado el chanchito, se mantenía inalterada sobre la mesita de noche, mismo lugar donde sus hermanos hacían reposar las suyas. Los hermanos acudían a la alcancía de don Matías, pero al percatarse de que se mantenía en la misma y exacta posición, señal de inmovilidad, terminaron por desistir. La verdadera alcancía era una lata que no tenía hendidura sino una tapadera que luego de abrirla para echarle monedas ( se hace la observación que nunca las sacaba porque no sabía restar), la volvía a tapar, la amarraba con unos gruesos alambres en sentido horizontal y vertical, asegurándose que lata y tapadera quedaran herméticamente juntas. La lata estaba enterrada donde finalizaba la sombra del tronco del árbol de harino a las tres en punto de la tarde y que correspondía a dos yardas y media de la base del mismo tronco. Esta lata enterrada le enseñó astronomía a don Matías. Desde ningún punto de vista podía dejar alguna marca en la tierra sobre el lugar donde quedaba la lata. Cualquier curioso escarba y alas le aparecían a la señora de los ahorros, por lo que, luego de mucho pensar y confirmar, durante varios días seguidos, que la parte final de la sombra del tronco del árbol está siempre en el mismo lugar cuando al reloj de la tienda de los padres le faltan cinco minutos para las tres, tomó la decisión. Cinco minutos era el tiempo que le tomaba ir caminando, sin despertar sospechas, hasta el árbol de harino, que parecía aguardarlo con la complicidad de un sacristán. Notaba que durante el año, el lugar de la sombra cambiaba, atribuido al principio a inequívocas interpretaciones. Como don Matías era un asiduo visitante del árbol, la lata no se le perdió ni una sola vez. El cambio de sombras le creó inquietudes que casi termina mudando el escondite; pero en primer lugar, todos los demás sitios eran vulnerables y en segundo lugar, estudió y comprendió el fenómeno. Se trataba de los solsticios, época en que el sol se encuentra en uno de los dos trópicos, lo que venía muy bien explicado en el almanaque Bristol que su padre compraba todos los años. Asunto resuelto.


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