Retrato de un país y su paisanaje
Javier Lorenzo
1ª Edición Digital
Junio 2011
Smashwords Edition
© Javier Lorenzo, 1996
Reservados todos los derechos de esta edición para:
Literaturas Comunicación, S.L.
Parador del Sol 9. 28019 - Madrid
http://literaturascomlibros.es
ISBN: 978-84-939035-7-2
Diseño de la cubierta: Benjamín Escalonilla
Smashwords Edition, License Notes
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A Marisol, Sergio y Javier, por su paciencia. A los enemigos, por su fidelidad.
Es bueno comparar el pasado con el futuro.
JUAN CARLOS ONETTI
Han pasado más de quince años desde que se publicó este libro y, al releer sus páginas, el autor se da cuenta de hasta qué punto han cambiado muchas cosas en este apasionado país. En cambio, extrañísimamente, otras parecen no sufrir el paso del tiempo: vicios y virtudes que se han aferrado al espíritu hispánico desde tiempos remotos y que aún laten debajo de todos los artilugios y tecnologías; de nuestra piel y costumbres de nuevos ricos. Que es lo que éramos en aquellas fechas.
Cabría preguntarse hasta qué punto la crisis que hoy atraviesa España y, en general, el mundo occidental no se debe en parte a los pequeños detalles que bullen en estas páginas. A esos comportamientos que son tan inconscientes y pueriles como, a la vez, hijos del egoismo, la vanidad y la incultura. Cada anécdota que despierte una sonrisa, cada dato que conduzca a la sorpresa, cada cita en boca de algún personaje público pueden ser muy divertidos, pero también pueden ser los síntomas de una sociedad dominada por la superficialidad que, bobaliconamente, observa cómo pierde pie al tiempo que sus competidores la adelantan. Un reto para cualquier sociólogo, una reflexión para cualquier lector.
A la hora de revisar estas páginas, he tenido que tomar varias decisiones. La primera, no retocar el estilo desenfadado en el que se escribió, así como las referencias de la época. La segunda, no añadir más de lo ya escrito. Tras su publicación, algunos lectores me enviaron recortes y noticias llenas de, digamos, idiosincrasia. Recuerdo, por ejemplo, la de aquel pueblo de apenas 1.500 habitantes que inauguró una piscina olímpica sin caer en la cuenta de que no habían hecho el desagüe. Pero ello daría para otro libro. Como también lo daría la década siguiente a la que aquí se retrata. Muchas veces, ya entrado el milenio, me encontraba con noticias absolutamente truculentas que eran dignas de aparecer en una jugosísima segunda parte. Pero yo ya había abandonado esa senda. Una senda que está abierta para cualquiera que se lance con entusiasmo a las entrañas de aquella nación perturbada y entusiasta en la que, sin acabar de creérselo, la peseta estaba dando sus últimas boqueadas.
Lamentablemente, ya no podría contar para ello con la ayuda de Luis Carandell, maestro del periodismo y prologuista de este libro. Sus «Celtiberia shows» fueron el norte por el que se guiaron estas páginas y desearía que, tras leerlas, el lector coincidiera conmigo.
Viene a decir Carandell en este prólogo que, a pesar de los pesares, nada es nunca tan negro como nos lo quieren pintar. Y yo estoy de acuerdo. Así pues, no se entienda lo que contiene este libro como una crítica ácida y demoledora –no se escribió jamás con ese propósito-, sino como una mirada curiosa que no puede dejar de sorprenderse ante los pellizcos de irrealidad que continuamente da este país; una España que, por encima de cualquier circunstancia, o de cualquier horterada, sigue siendo mágica. Y ese es su mayor encanto.
JAVIER LORENZO
El libro que el lector tiene en las manos se lee con gusto. O, al menos, con gusto lo leyó quien, no se sabe por qué méritos, fue distinguido por el autor con el título de prologuista. Para ejercer dignamente el oficio de escritor de prólogos no se necesita esperar a tener una sintonía total con el libro prologado. Si así fuera, no se encontraría prologuista para ningún libro. Lo que es imprescindible es encontrarle gusto a su lectura, de forma que no tenga uno que apoyarse en las muletas de la amistad o del compañerismo para recomendar a otros que lo lean.
Javier Lorenzo es un periodista de mucho oficio y su libro es una muestra de buen periodismo. «Yo no he compuesto un libro, sino un reportaje», viene a decir él mismo, juzgando su propio trabajo. Y es porque lo ha escrito con «ánimo periodístico». Yo siempre me he preguntado qué significa esto de «ánimo periodístico». ¿Querrá decir que uno escribe un papel para que dure solo un día y espere después su resurrección en una hemeroteca? En nuestro oficio, se hace a veces una distinción botánica que sirve para aclarar las cosas. Se habla de «hoja caduca» y «hoja perenne» para clasificar la floresta de la prensa escrita. No se puede predecir qué papeles escritos van a mantener su interés y cuáles lo perderán pasados los años. Pero si yo tuviera que situar estos papeles de Javier Lorenzo en alguna casilla, me inclinaría por incluirlos entre los que pueden aspirar a cierto grado de perennidad.
No lo digo por el estilo, pues el de los que escribimos en los periódicos es, como algunas fincas extremeñas, manifiestamente mejorable. Lo digo porque el autor hace en este libro una completa radiografía de la España actual, una «descripción topográfica» de nuestro país en cuerpo y que quizá, pasado el tiempo, pueda servir de referencia de nuestra época. Por lo general son los sociólogos quienes nos cuentan cómo es nuestra gente, cómo se comporta, qué siente, a qué aspira, qué cosas le gustan o disgustan. Lo suelen hacer con una información «seca», llenando las páginas de cuadros estadísticos que resultan mortalmente aburridos para el lector que no haya estado alguna vez matriculado en la especialidad.
Javier Lorenzo utiliza en su libro muchos datos, pero sabe hacerse perdonar el usarlos. Para huir de lo que podría llamarse «periodismo sociológico», ha buscado un subterfugio literario que entronca con una arraigada tradición española que es al mismo tiempo una práctica muy del día. Hace la «crítica de los tiempos» y pone todo lo español, por el hecho de serlo, en entredicho. Y califica de «hortera» todo cuanto, en España, se hace o se deja de hacer.
La palabra madrileña hortera se aplicaba clásicamente a ciertos mancebos dependientes de algunas tiendas cuyo afán consistía en parecerse a los caballeros a quienes atendían. Es una de las expresiones del «quiero y no puedo» que tan vivamente caracterizó la literatura del siglo XIX. Ya en nuestra época se ha acuñado el término horterada para designar la acción propia del antiguo o del nuevo hortera. Y ha surgido también el término hortera, definitorio de todo un espíritu y una forma de vida. Hoy puede ser calificado de hortera cualquier persona que cifre su éxito social exclusivamente en las apariencias. Ya se sabe la importancia que las apariencias tienen tradicionalmente en la sociedad española. A la preocupación de aparentar se debió el desdén que los hidalgos mostraban por el trabajo. Y cuando, como solía sucederles a muchos, estaban arruinados, eran capaces de echarse migas en la barba para que pareciera que habían comido.
La prosperidad que se vivió en España en los últimos ochenta y primeros noventa hizo que se generalizara el culto del dinero y la pasión por obtenerlo a cualquier precio. Se volvió a apreciar más la honra que la honradez, y la honra pasaba por tener dinero o por aparentarlo.
Sin embargo, la repulsa colectiva a lo hortera, la condena social de la horterada y la horterez, hace pensar que las cosas están cambiando. La relación que hace Javier Lorenzo de los diferentes aspectos de la vida española sugiere al lector que la realidad de nuestro país no puede expresarse ya en una sola clave. Su descripción comprende desde la política, la economía, la religión, la cultura, el deporte o las modas hasta las costumbres y las formas de vida de los españoles.
Y pese a que el autor adopta, como método literario, un punto de vista crítico para el que no le faltan razones, quizá el lector llegue a la conclusión de que, a pesar de todos los pesares, el país no está tan mal o, por lo menos, no tan mal como a menudo nos empeñamos en creer.
LUIS CARANDELL
¡Al fin he hallado un país donde la aventura y la emoción constantes son las de nuestra existencia!
Carta del político inglés Benjamin Disraeli (1804-1881) a su amigo Austen.
Este libro no tiene final. Quizá ni siquiera tenga un principio. Es posible que lo único que pretenda sea mostrar un esbozo de los endebles mimbres con los que está trabado el género humano, de la fragilidad de sus convicciones y de la desidia con la que acomete su existencia. Se habla de España, sí. Es la protagonista porque ha sido ella la que ha hecho posible este encuentro y la que generosamente ha brindado las pequeñas joyas de mezquindad, petulancia, estulticia, soberbia y vanidad que conforman estas páginas.
El Diccionario de la Real Academia Española define la palabra hortera como «escudilla o cazuela de palo», definición que no nos interesa en absoluto. También la describe como «en Madrid, apodo del mancebo de ciertas tiendas de mercader», figura ya más acorde con nuestros propósitos, ya que el afán de estos dependientes por parecerse a los señores a quienes atendían fue la causa por la que su apelativo empezó a cobrar tintes peyorativos. A ellos, posteriormente, se debe también la frase «no hay parto sin dolor ni hortera sin transistor», debido a que solían colocar el aparato bajo el mostrador o en la trastienda con el fin de escucharlo mientras atendían a su distinguida clientela.
La última acepción, más moderna, que ofrece el Diccionario es la de «vulgar y de mal gusto», lo que aún nos aproxima más a ese sentido que se le da a la palabra actualmente, mientras que la horterada es descrita como una «acción o cosa vulgar y de mal gusto». A este respecto, quizá habría que señalar ciertos extremos y matices. En primer lugar, porque el uso continuo del vocablo lo ha hecho más laxo y amplio de lo que era, llegando a indicar, por ejemplo, sentimentalismo o incluso atrevimiento. De modo que el sentido último del término debe entenderse desde la subjetividad personal de quien lo pronuncia. Por otra parte, apenas hay cosas horteras. Los objetos pueden ser feos, horribles, cochambrosos o repugnantes, pero no horteras. Lo hortera surge de un contexto, no se da como un hecho aislado, así que lo que en unos lugares puede resultar hortera en otros puede ser considerado como un destello de carácter y elegancia. En cualquier caso, lo que se vive con pasión, por muy estrafalario que parezca, nunca debería ser considerado hortera. Cuando se supera el umbral de las apariencias y se realizan las cosas con convicción no hay lugar para falsedades.
Son las actitudes lo que convierten a una persona o a una cosa en horteras. Lo que las rebaja más cuanto más pretenden destacar. El juego de las apariencias, las demostraciones fútiles de poder sí se nutren de objetos y de símbolos, pero en sus manos lo que hacen es resaltar la vanidad y la falta de cimientos, encuadrar ese quiero y no puedo que ha distinguido durante siglos a los españoles.
Dudo mucho, sin embargo, que este país haya tenido un comportamiento muy distinto al que tuvieron otros en una situación similar a la suya. Ninguna sociedad es capaz de evitar las consecuencias perversas que acarrea una etapa de prosperidad en los individuos y las instituciones. El síndrome del nuevo rico, la tentación de atar los perros con longanizas, el orgullo desmedido ante el papel de relativa importancia que toca desempeñar son reacciones incluso naturales en aquel sobre el que se ha derramado el cuerno de la abundancia.
Cierto es también que España, por tradición y carácter, presenta alguna características que podrían considerarse endémicas. En primer lugar, unas estructuras anquilosadas y con achaques que dan lugar a toda clase de compadreos, corrupciones y chapuzas. En segundo lugar, una forma de ser vehemente y apasionada, poco propicia a la mesura y el razonamiento lógico. Y en tercer lugar, el asentamiento y desarrollo por primera vez en su historia de una amplia clase media con acceso a todas las novedades de un mercado en expansión.
La imagen de la España agraria, aislada y reprimida ha desaparecido casi en su totalidad. La población urbana ya supera el 65 por ciento del total, las corrientes culturales son cada vez más uniformes y los últimos adelantos de la técnica y el progreso llegan hasta el confín más remoto de su geografía. La llamada «España profunda» ha dejado de existir, a pesar de que se empeñen en sacarla a flote cada vez que un lugareño la emprende a tiros en mitad de un pueblo por una cuestión de lindes. Lugareño que seguramente tendrá en su casa una televisión en color, quizá con parabólica y vídeo, que fumará rubio americano y tal vez hasta beba güisqui de importación.
Esto no significa que hayan desaparecido los contrastes. Sigue habiendo localidades sin luz eléctrica al lado de ciclópeas presas que abastecen de energía a millones de personas decenas de kilómetros más alejadas, ciertos programas de televisión tienen un presupuesto suficiente como para preservar toda la fauna del país durante varios años, se construyen circuitos de automovilismo en ciudades a las que se llega después de atravesar un rosario de baches y las discotecas más impresionantes del país se encuentran hoy a poca distancia de poblaciones que ni siquiera alcanzan los cinco mil habitantes.
Con todo, y a pesar del mimetismo al que tienden las pequeñas poblaciones con respecto a las grandes, este es un libro inevitablemente urbano. Hecho por y para los integrantes de esa comunidad de asfalto y hormigón que se deshumaniza más cuanto más se extiende. Es entre ellos donde se dictan las normas, se anatemizan los comportamientos herejes y se ensayan las futuras actitudes. En ese territorio es donde tendrá lugar nuestra historia.
Una historia que, aunque con sobresaltos, bien podría empezar a orillas del Guadalquivir. En Sevilla. En la Exposición Universal de 1992, a través de la cual España quiso mostrar al mundo su remozado rostro, el renovado brío de su nervio. Los esfuerzos para conseguir ese objetivo fueron ímprobos. La población se volcó, se embelleció la ciudad, se mejoraron los transportes y se contrató una gran campaña de publicidad en todo el mundo. En la isla de la Cartuja se quiso construir un paraíso para que todos lo admiraran.
Y sin embargo, el carácter español, y también las sempiternas circunstancias, impidieron que la fiesta fuera completa. No es que se perdiera dinero, a pesar de los escandalosos sueldos (prácticamente mamandurrias) que percibían los numerosos técnicos y organizadores allí instalados. No es que los visitantes no se maravillaran ante el gigantesco recinto, con sus pasillos llenos de diminutos aspersores de agua (el microclima le decían), sus trenes elevados y sus edificios asombrosos (algunos) venidos de todas partes del planeta. Fueron otras cosas.
En primer lugar, la fatalidad, la mala suerte congénita que podría confundirse también con falta de previsión o de profesionalidad. Pocos meses antes de la inauguración, una llama de soplete acabó con el palacio estrella de la Exposición: el Pabellón de los Descubrimientos, y cerca de esas fechas, el 22 de noviembre de 1991, Curro se caía al agua desde la réplica de la nao Victoria, que acababa de escorarse y naufragar en Isla Cristina (Huelva) tras ser botada. Tres días antes ya hubo un incendio en el flamante puente del Alamillo, y ese mismo día la organización se disculpaba con la provincia de Huelva, ya que en un folleto oficial se aseguraba que las tres carabelas de Colón iniciaron su viaje en el Guadalquivir y no en Palos de la Frontera, que es casi como decir que Cervantes era australiano.
No fueron los únicos despropósitos. Con el fraternal encarnizamiento que se les supone a los españoles, a nadie le extrañó que el presidente de Castilla-La Mancha, José Bono, amenazara con no asistir ni colaborar en el evento, mientras que Antonio Jara, alcalde de Granada, ciudad rival de Sevilla, daba como inevitable la «disgregación de Andalucía» a causa de la Exposición Universal.
Por otra parte, en un país del que un filósofo dijo que era el único del mundo en el que sus habitantes se levantaban cada mañana preguntándose si son o no son españoles, no hubo problemas con apenas ninguno de los países que participaba. De momento, la mascota (escogida a través de un concurso internacional en el que también dejaron participar a los artistas indígenas) fue creada por un checo llamado Heinz Edelmann, un detalle importante, pero que no tiene ni punto de comparación con la propuesta que le hicieron al director británico Peter Brooks para que se encargara del montaje de La verbena de la Paloma, una obra, como es bien sabido, sobre la que los sajones poseen una amplia experiencia. Es una lástima que se desestimara finalmente el proyecto. Las majas y los chulapos podían haber salido con sombreros de reina madre y bombín. Tampoco se estuvo muy al tanto de los detalles. El Gobierno de la Gran Bretaña, sin ir más 1ejos, encargó la construcción de su pabellón a una empresa cuyo nombre comercial es Trafalgar y que tiene su sede y oficinas en Gibraltar. Si no enviaron un mono de la Roca como embajador y para presidir sus actividades fue de milagro. Para ser una nación que se vanagloria tanto, y con motivo, no se puede decir en este caso de España que fuera muy diligente.
La Exposición sevillana fue un reflejo de la España actual quizá más exacto de lo que algunos figuraron o pretendieron. En esas ansias de oropel y reconocimiento, de puesta de largo, coincidía también una gran parte de la población. Sobre todo aquella a la que el desarrollo económico había sonreído. Simplemente, se perdió el sentido de la medida, un hecho que si a muchos les pareció un sarampión consumista, un abandono de los valores del ser humano, a otros les sirvió para justificar su existencia disfrutando de ella como nunca lo habían hecho. ¿Quién puede juzgarlo?
Podría ser que alguien se sintiera aludido por lo que aparece en estas páginas. No solo está en su derecho, sino que además es probable que tenga motivos para ello. Solicito, no obstante, su indulgencia en la esperanza de que este trabajo sirva para algo más que para distraerle.
Dije al comienzo que esto era un libro. Mentí. Más bien es un reportaje, una labor periodística que ha construido la propia realidad a base de pequeños destellos y anécdotas singulares. Si acaso, yo lo único que he puesto ha sido un poco de oficio y de esa inevitable mala leche tan nuestra. Si es cierto, como dicen, que nada hay más breve que un libro de historia, este debería tener una vida aún más corta. Al fin y al cabo, la banalidad constituye sus cimientos. El espejismo de un pueblo que se refugió en la horterada para con ella destruir a sus fantasmas.
La maldición endémica de la malhadada España es el mal gobierno.
Richard Ford (Manual para viajeros por Castilla, 1845).
A lo largo del último siglo, la palabra milagro se ha utilizado más para plasmar las transformaciones que han sufrido algunos pueblos que para calificar las experiencias de pastorcillos clarividentes. En su día se habló, por ejemplo, del «milagro alemán» o del «milagro japonés», refiriéndose así al enorme nivel de desarrollo económico alcanzado por esos países tras la Segunda Guerra Mundial y la posguerra. En cambio, cuando se menciona el «milagro español» a nadie se le ocurre dar a entender con eso que este país se haya colocado de un salto a la cabeza del mundo, en vanguardia de la última revolución tecnológica o que en él se aten los perros con longanizas, sino al hecho novedoso de que sus habitantes renunciaran a la rancia y muy carpetovetónica costumbre de masacrarse unos a otros. Significativa diferencia.
—Por algo se empieza, ¿no?
—Si es que lo quieren todo de golpe.
Pese a que la sombra de los dos goyescos a punto de abrirse la crisma enlodados hasta el corvejón parece haber desaparecido del horizonte, la falta de costumbre para dialogar, los malos o mezquinos hábitos sociales adquiridos y, sobre todo, la natural vehemencia que, como el valor en la mili, se les supone a los españoles conforman un panorama político único dentro de lo que ha dado en llamarse «nuestro entorno».
La relación de los españoles con la «cosa pública» es parecida a la que mantienen con su dentista. Es decir, bastante escasa. Como de refilón, vaya. El sociólogo Amando de Migue1 ha apuntado que solo el 1 por mil de la población tiene acceso a los diputados que votó. Un equipo de fútbol como el Barcelona tenía hasta el inicio de los años noventa tantos aficionados como afiliados el Partido Popular, que es la formación con mayor número de militantes del país. Hasta entonces era posible que todos ellos –unos cien mil, a esas alturas– acudieran a un estadio como el Nou Camp o el Bernabéu y que aún quedaran calvas de cemento en los graderíos. Y no digamos lo que ocurriría con otros partidos. La inmensa mayoría no llenaría ni un estadio de tercera regional. Por tanto, no es de extrañar que las cuotas supongan tan solo entre un 15 y un 25 por ciento de los ingresos que perciben las organizaciones que vertebran la vida política de la nación.
La innata desconfianza, e incluso aversión, que los españoles sienten por quien les administra se remonta a lndíbil y Mandonio, si no antes. El piove, porco Governo de los italianos queda en pañales ante la actitud de un pueblo acostumbrado tanto a no tener suerte con sus dirigentes como a sufrir la famosa y pertinaz sequía. Así, no es de extrañar que en marzo de 1982 (una época en la que se supone que el interés por la política se encontraba en plena ebullición), la televisión dedicara el mismo tiempo a la información política que a la meteorológica. La tendencia no se alteró mucho en los años sucesivos. Sobre todo porque los ministros de entonces eran, de entre los europeos, los que tenían la fecha de caducidad más remota. Tuvieron que pasar diez años para que Julián García Valverde, entonces responsable de Sanidad, presentara una dimisión como debe ser. Luego la cosa fue animándose un tanto pero a muchos les siguen dejando con la miel en los labios.
Existe un axioma, que más que axioma es una maldición, por el cual toda acción de gobierno resulta igual de inservible o perniciosa que su contraria, de modo que, quizá porque nunca llueve a gusto de todos, las trifulcas están aseguradas desde el mismo instante en que algún iluminado toma una decisión. Hay que reconocer, sin embargo, que la clase política española –a cualquier nivel, ya sea estatal, autónoma o municipal– cuenta con un prolijo rosario de anécdotas, insensateces, despistes y meteduras de pata que refuerzan la negativa idea que los españoles tienen de ella.
En 1988, Txiki Benegas, entonces número tres del PSOE, decía que España tenía «la clase dirigente más digna del siglo». Debía tener ya muchos enemigos, porque no habían pasado dos años cuando se vio que algunos se habían dedicado a llevarle la contraria. No es preciso detenerse en paradojas tan sublimes como la que permite a un defraudador tener firma en los billetes de curso legal o a un delincuente dar órdenes en la Guardia Civil (al fin y al cabo, en las elecciones europeas, autonómicas y municipales de 1987 el lema de1 partido vencedor fue «las cosas bien hechas», lo que trajo algún problema debido a que coincidía con el que poseía de antiguo una marca de chorizos y embutidos). Es más aleccionador fijarse en actitudes menos visibles, como la alegría y velocidad con la que se desenfunda la Visa oro o la fiebre por el diseño y el arte que padecieron nada más entrar en la Administración multitud de nuevos cargos: que si unas sillas italianas (incomodísimas la mayoría de ellas), que si el lienzo de un autor consagrado, que si una moqueta fucsia a tono con la mesa de reuniones, siempre procurando eliminar cualquier referencia del predecesor salvo el sillón de piel con orejeras (como los que pintaba antiguamente Forges), que era lo único que sobrevivía del viejo despacho. Todo a costa de un contribuyente que, por otra parte, siguió votando a los mismos durante luengos y cansinos años.
El afán por representar al pueblo alcanzó unos extremos inauditos entre abogados, empresarios y funcionarios de alto rango cuya vida carecía de sentido si no era para brindársela al prójimo a través de un puesto en la Administración. Y para que sus fuerzas no mermaran y sus sentidos se mantuvieran alerta, lo primero que se debatía en cualquier corporación o institución era un generoso aumento de sueldo para los allí presentes. Un asunto este que solía solventarse con celeridad y en el que era extraño advertir algún tipo de enfrentamiento partidista, quizá para no perder el tiempo ni el dinero de los contribuyentes. Como quiera que sea, en ciertos ayuntamientos se subieron los sueldos hasta un 480 por ciento, lo que ya implica, por encima de cualquier otra consideración, una seguridad infinita y unas ganas tremendas por hacerlo bien.
El político español, sea cual sea el puesto que ocupe, no se distingue por el cuidado de los detalles. Desde el presidente del Gobierno que utilizó a calzón quitado el yate del dictador poco después de hacerse con el poder, hasta el concejal que arrancó la oreja de un mordisco a un adversario ideológico por un quítame allá esa partida del presupuesto. Desde la original identificación de las causas que provocaron el síndrome tóxico («Es un bichito que se cae al suelo y se mata», dijo el entonces ministro de Sanidad), hasta las votaciones pedestres que llevaron a cabo diversos senadores en el curso de una sesión parlamentaria. Era digno de ver cómo se iban escurriendo por el sillón, cual relojes dalinianos, y acercaban el pie al botón que correspondía al compañero ausente. Qué soberbio ejercicio de disimulo. Entre fauna tan dispar se encuentra también el que ha viajado en Mystère para no tener que padecer una larga cola de ciudadanos, ese otro que fue sorprendido en el extranjero escamoteando ropa interior o aquel diputado extremeño que inventó la pirámide del amor en sus ratos libres. Ministros hay, incluso, que son amonestados en el extranjero por compatriotas emigrantes que les afean el caminar con las manos metidas en los bolsillos del traje o llevar el terno un tanto nevado en las hombreras.
—Tampoco los hemos encontrado en Don Algodón, no te digo…
DESFOGARSE SIN COMPLEJOS
Habiendo como hay para todos los gustos, es lógico que en España exista un sinfín de partidos políticos con los que, al menos, escaparse de la monotonía. Entre ellos cabría destacar a la Mayoría Silenciosa Unida, la Acción Yuntar, la Federación de Partidos Socialdemócratas y de Partidos (lo que ya es ser ambicioso), el Grupo de Acción Política «Meta» (que contra lo que pueda parecer no está liderado por Susana Estrada o una secuaz de Cicciolina), la Integración Generacional, las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (que quizá se hayan coaligado con alguna peña futbolística), el Movimiento de Recuperación del Partido Comunista (ideal para amantes de las misiones imposibles), el Partido de la Gente (así, tal cual), el Partido de los Parados Unidos (uno de los que cuentan con más base social), el Partido Independiente Tolerante Refrendario Cultural (tal vez compuesto por seguidores de Champollion y demás traductores de lenguas muertas), la Restauración Franquista del Pueblo Español o el conciso y elemental Vida y Progreso. Un amplio abanico de oportunidades para desfogarse sin complejos.
La capacidad de los políticos españoles para despistar a sus representados es notable. El lenguaje sencillo y directo ha desaparecido de su vocabulario y ha sido sustituido por alambicados términos y conceptos ambiguos, cuando no carentes de todo contenido. Tal vez, sin sospecharlo siquiera la Real Academia, el futuro del idioma se vislumbre ya en los circunloquios que surgen de las tarimas de los mítines, las ruedas de prensa y los parlamentos.
—Esta concertación representa una alternativa en base a la cual hay que confeccionar un relanzamiento puntual, metódico y sincopado del diálogo. Pienso de que el consenso incidirá en beneficio de todos tras eliminar las problemáticas. Los posicionamientos, virtualmente, se han estrechado tras la reunión mantenida.
—Vamos, que os fuisteis de cañas.
—Sí.
—Pues eso.
Hay ocasiones en las que es mejor que los ciudadanos no sepan exactamente lo que dicen los políticos, y que estos sigan con sus circunloquios, su adjetivitis, los leísmos, dequeísmos y también esos términos supuestamente cultos con los que adornan sus frases, ya que cuando se ponen a hablar claro las consecuencias pueden ser imprevisibles. Siendo como es imposible de reflejar aquí todos y cada uno de los casos que han surgido en el periodo democrático, baste con mostrar alguna de las perlas con las que se ha adornado la vida pública de los últimos años.
El conflicto bélico de las Malvinas ocasionó en el dirigente comunista Santiago Carrillo una fiebre patriótica que solo podía enjugarse enviando, como él pedía, el Ejército a las islas en litigio. Con lo cerca que está Gibraltar. Por su parte, el centrista José Luis Álvarez aseguraba que la guerra favorecía a las exportaciones de fruta española. No hay mal que por bien no venga.
Las curiosidades que aparecen durante las campañas electorales son de lo más notable. Así, durante la de 1986, Manuel Fraga opinaba que los socialistas habían sacado adelante la Ley del Aborto porque era el único método que conocían para controlar el paro. Por su parte, el consejero de la Junta andaluza Miguel Manaute clamaba poco después a los cuatro vientos que si los caballos votaran, votarían socialista. Teniendo en cuenta que lo dijo en plena peste equina, no dejaba de ser un alarde de optimismo. En cuanto al alcalde de Madrid, Álvarez del Manzano, adalid de la tolerancia y la solidaridad, recomendó a los inmigrantes ya en los años noventa que se volvieran por donde habían venido, ya que nadie los había llamado. A estos detalles nimios, pero ilustrativos, habría que añadir los calificativos tan enjundiosos con los que se obsequian los próceres, tales como «mamporrero», «descerebrado» o «tiralevitas», al margen de otros mucho más obvios e irreproducibles, fruto del amplio acervo español en materia de insultos y procacidades. España parece haber sufrido un severo proceso de desideologización. Las izquierdas, las derechas, los centralismos e independentismos se cogen de la mano en cuanto se pone a prueba la verdadera catadura personal de quienes representan esas opciones. Así, nadie podía esperar que alguien con pretensiones tan democráticas como la diputada de Esquerra Republicana de Catalunya Pilar Rahola le espetara a un guardia municipal que pretendía imponerle una multa la famosa frase de «usted no sabe con quién está hablando». Los modos autoritarios se han permeabilizado por todos los poros del cuerpo político.
Los poderes públicos, en su afán por mejorar la sociedad, son capaces de superar a la imaginación más calenturienta. El Ayuntamiento de Madrid, a través de su primer teniente de alcalde, Ramón Tamames –que, disculpen, ya no recuerdo en qué partido militaba por aquel entonces–, propuso en su día que el Guernica de Picasso se exhibiera en la plaza de Azca, quizá para que lo que no pudo conseguir Franco o Hitler lo consiguieran los elementos atmosféricos. Un poco más y colocan el cuadro en la Puerta del Sol sustituyendo al cartel de Tío Pepe. En Pamplona, las peñas tuvieron que poner el grito en el cielo, ya que corrió la voz de que iba a ser obligatorio tener un carné para correr los Sanfermines. La Diputación de Valencia, en un rasgo de sensibilidad sin precedentes, instaló una perrera en el sanatorio psiquiátrico de Bétera y, por último, el Gobierno Civil de Madrid prohibió un año las máscaras durante las fiestas de carnaval, lo que estuvo a punto de reproducir en versión moderna el motín de Esquilache. Hasta tal punto llegan los poderes públicos a preocuparse por los intereses de los españoles que en 1990 una Oficina de Bienestar de Barcelona, concebida para atender a personas con algún tipo de discapacidad, fue arrasada por un grupo de minusválidos debido a que se había construido sin cumplir ni una sola de las normas arquitectónicas que hubieran facilitado el acceso a aquellos que en esos instantes la estaban destrozando. El sarcasmo fue tan excesivo que hubo de ser demolida a golpe de prótesis y muletas.
El carácter festivo de los españoles se refleja tan a menudo en la política como en cualquier otro aspecto de la sociedad. He ahí, por ejemplo, cómo en 1989 unos seiscientos mil ciudadanos enviaron a Bruselas a José María Ruiz Mateos para que ejerciera de eurodiputado. Su paso por las cárceles alemanas debió considerarse como una prueba más de su experiencia internacional. Claro que en esas mismas elecciones casi cien mil personas de fuera del País Vasco votaron a Herri Batasuna como factor de estabilidad en Europa.
—¡Y qué más da! Si es que son todos iguales —asevera ese demócrata de toda la vida cuyo mayor logro fue comandar un grupo de baile con el que triunfó en el Bernabéu un Primero de Mayo.
Hombre, como diría Orwell, unos son más iguales que otros. Véase si no lo que sucedió en las elecciones de 1986, cuando tanto Miguel Roca como Antonio Garrigues obtuvieron para su Partido Reformista Democrático un sonoro fracaso y menos de doscientos mil votos en todo el país, pese a lo cual nadie sabe exactamente cómo se hizo frente a las deudas que les ocasionó una campaña electoral que propugnaba el fin del despilfarro estatal.
Las encuestas suelen fallar en España más que en otros países, y no porque estén mal confeccionadas. Al fin y al cabo, quienes las realizan son en su mayor parte multinacionales extranjeras (¡toma pleonasmo!) con amplia experiencia en el sector. Lo que sucede es que, salvo unas minorías comprometidas ideológicamente, una gran parte de los españoles deposita su voto dependiendo de factores tan fundamentales como el blanco de los ojos, la sonrisa Profidén o el pasodoble que ejecutó el cabeza de lista la noche anterior a la jornada de reflexión, además de las manías e inquinas personales de cada cual, aunque todo el mundo estará de acuerdo en que no hay escena electoral más repugnante que un político manoseando y besuqueando a un niño lloroso que ni sabe ni le importa de qué va el asunto.
A pesar de la prohibición de hacer propaganda en día electoral, los interventores siempre llevan la pegatina de su partido, mientras que ciertos votantes exhiben, digamos que descuidadamente, la papeleta del voto, tardando en introducirla en el sobre, paseándola por delante de cuantas personas conocidas haya en los pasillos y, en definitiva, haciendo el paripé antes de ir al bar de la esquina para comentar lo mal que está «la vieja piel de toro».
España es el único país del mundo en el que algunas elecciones pueden ser ganadas por todos los partidos. Es lo que se deduce tras escuchar a los dirigentes en la noche electoral. Afortunadamente, el pueblo entiende más de sumas y de restas, de modo que gran parte de las huestes victoriosas celebrarán inmediatamente el triunfo como si del triunfo de su equipo de fútbol se tratara, aprovechando de paso para circular por enfrente de la sede derrotada y pasarles por los morros la humillación y la vergüenza que debe padecer todo perdedor. Más que nada porque, si no, no tendría gracia.
—Chica, te digo que fue genial. Me llamó Pelayo y, la verdad, yo no estaba muy convencida, pero me lo pasé mejor que en el Club de Campo. Qué pena que no hagan elecciones todos los días.
—Si ya te decía yo que esto de la democracia tenía sus ventajas.
—¡Qué razón, mona! Más razón que un santo. Con lo apolillada que tenía yo la bandera de mi abuelo, el requeté.
El nuevo talante reaccionario del que en su día escribió Francisco Ayala no es algo que corresponda a una sola opción política. Es más bien, como apuntaba el escritor y ensayista, el fruto del desencanto y la desilusión, de la «estafa» que suponía el que, una vez desaparecida la dictadura, las cosas no transcurrieran tan felizmente como se esperaba. Si a esta impresión generalizada se une el pesimismo radical y ancestral del español en lo que se refiere a su propio país, así como la sucesión de graves escándalos que han sacudido en estos años la vida política, no es de extrañar que el casticismo agorero, cuando no las ideologías bastardas, hayan vuelto a crecer en una sociedad todavía púber intelectualmente y débilmente estructurada.
Lejos de fortalecer la propia estima y de amalgamar las voluntades de unos y de otros, los políticos no se paran en barras a la hora de machacar al contrario, aunque sea a costa de poner en juego el futuro de todos. Los patriotismos mal entendidos son la máxima expresión de este fenómeno, que lo mismo alcanza a quienes aseguran que España acude a Europa con acento pedigüeño que a quienes anteponen sus particularidades y egoísmos a la causa común.
¿QUÉ COHESION?
En este campo, el de las nacionalidades, existe todavía una falta de entendimiento estremecedora y un nivel de tolerancia irrisorio. Así puede ocurrir que los partidos nacionalistas de Tárrega (Lérida) se opongan a que actúe en su pueblo la cantante popflamenca Martirio o que una excursión de jubilados insulte en Lloret de Mar a un grupo de vascos porque están cantando en euskera. Y lo mismo sucede cuando la Generalitat retira la subvención a un cortometraje de uno de los integrantes de El Tricicle por tener un título en castellano (lo bueno es que el corto era mímico, no se pronunciaba ni una sola palabra) o cuando en los «abrevaderos» se escucha blasfemar porque Jordi Pujol aparece en el telediario hablando en catalán.
Pese a todo, las agresiones no siempre provienen del exterior. Uno de los ejemplos más evidentes es el que cada día se da en el diario Egin, de tendencia abertzale. Cuando hay una noticia que va en contra de sus intereses no solo le dan el mínimo espacio posible, sino que además la escriben en euskera. Al mismo tiempo, las noticias relacionadas con atentados o manifestaciones pro-etarras suelen aparecer en castellano. Del mismo modo, el hijo del presidente de la Generalitat catalana, Jordi Pujol, apareció durante el recorrido de la antorcha olímpica luciendo una camiseta en la que se leía: «Freedom for Catalonia». En algún letrero del camino aún podía verse, descolorida y estropeada por el tiempo y el olvido, esa pegatina que tanto abundó durante los años de la transición y que rezaba: «En catalá, si us plau». Como si no se hubiera podido entender en cualquier parte del globo el significado de la frase «Llibertat per Catalunya».