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Cuadernos Críticos 2

Clandestino Menéndez



1ª Edición Digital 2011


Smashwords Edition

© Clandestino Menéndez

Reservados todos los derechos de esta edición para:

Literaturas Comunicación, S.L.

Parador del Sol 9. 28019 - Madrid

http://literaturascomlibros.es

ISBN: 978-84-938740-4-9



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ÍNDICE

Copyright

INTRODUCCIÓN

ANGELES IRRISORIOS

Crítica acompasada de Ángeles y demonios, de Dan Brown

A TRAMOS, SUBTERRÁNEA

Crítica acompasada de Pasiones romanas, de María de la Pau Janer, ganadora del Premio Planeta

LA LITERATURA EN UN PALÉ

Crítica acompasada de Harry Potter y el misterio del príncipe, J.K. Rowling

UNA PEQUEÑA AYUDA CONTRA LOS LIBROS DE AUTOAYUDA

Crítica acompasada de Déjame que te cuente, de Jorge Bucay

UNA CATEDRAL DE PRECIO TASADO

Crítica acompasada de La catedral del mar, de Ildefonso Falcones

EN EL CORAZÓN DE UN BESTSELLER

Crítica acompasada de Los hombres que no amaban a las mujeres, de Stieg Larsson

CORRECCIÓN POLÍTICA EN LA CORTE DEL REY ARTURO

Crítica acompasada de Historia del Rey Transparente, de Rosa Montero

LOS ENIGMAS OBVIOS

Crítica acompasada de El símbolo perdido, de Dan Brown

EL TIMO DE LOS ZARES

Critica acompasada de La casa del propósito especial, de John Boyne




INTRODUCCIÓN


En el presente libro, así como en su antecesor, Cuadernos críticos, se reúnen varias críticas sobre novelas recientes realizadas por el método conocido como «crítica acompasada». Como su nombre índica, en dichas críticas las observaciones, acotaciones, apuntes, se van haciendo «al compás» de la lectura, indicando la página o capítulo en que el error, y en ocasiones el acierto, se produce.

En el presente libro, así como en su antecesor, existe una finalidad última de denuncia de los falsos valores, mentirosas prácticas y mercachifles métodos que abundan hoy en día en el panorama editorial. Con intención humorística, a la vez que denunciadora, la crítica acompasada que se practica en estos Cuadernos pone en solfa muchos de los grandes éxitos actuales, sin más prejuicios que 1) no llegar nunca al insulto; 2) una cosa es el escritor y otra quien escribe el libro, así que la crítica acompasada no entrará a hablar sobre características físicas, gustos sexuales y otras cuestiones privadas; y 3) nunca se aplicará este método al escritor que empieza y al que, mal que bien, lo hace con ilusión y procurando manufacturar un producto lo más digno posible; otra cosa es, y lo verá el lector en este libro, cuando ese escritor novel surge de prácticas industriales-literarias o se sirve de un premio amañado.




ÁNGELES IRRISORIOS

Crítica acompasada de la novela Ángeles y demonios, de Dan Brown


«¡Que no quiero verlo!», decía yo, como Federico García Lorca ante el cadáver de Ignacio Sánchez Mejías, «¡que no quiero verlo!», cuando me pusieron delante el último bestseller de Dan Brown, el celebérrimo autor del Código Da Vinci. Ángeles y demonios se llama esta nueva obra del norteamericano, ante la cual retrocedía yo espantado, como un vampiro a la vista de un crucifijo o un jurado del Planeta frente a una obra con imaginación, por más que los compañeros me insistieran en mi deber y mi responsabilidad como crítico. Al final no tuve más remedio que avenirme a comentar este nuevo libraco danbroniense, aunque no sin antes obligar a mis jefes a que me suscribieran un seguro de vida, para dejar a mi familia un mediano pasar en caso de que me sucediera, como barruntaba, algo durante la lectura. Qué sé yo... algún tópico atroz, alguna situación descabellada o algún diálogo horrendo que me provocara un síncope. Porque en estos thrillers de moda uno siente, ciertamente, que el peligro acecha detrás de cada página.

Con toda la caución posible vamos, pues, allá. En la pág. 21 nos llevamos ya el primer susto: allí esta aguardándonos Robert Langdon (¿por qué será que a mí este nombre me suena tan ridículo?), el protagonista de El código Da Vinci. Se trata, ya dijimos entonces, de un personaje de excelente factura, muy bien construido... dentro de lo que entiende Dan Brown por factura y construcción. Léase: es un personaje muy guapo y muy bien vestido, con cuerpo de atleta, bello y apuesto... «poseía lo que sus colegas femeninas denominaban un “atractivo erudito”», porque el tipo es catedrático de Simbología Religiosa en Harvard. Respecto a su dimensión psicológica, sus principales preocupaciones intelectuales y vitales parecen ser, por este orden, hacerse una limpieza dental al menos una vez al año y usar fijador de pelo efecto mojado, que le favorece bastante.

Mientras tan apolíneo personaje practica sus cincuenta largos diarios en la piscina de la universidad para mantener el tipito, en la otra parte del globo dos personajes enigmáticos se encuentran (pág. 25) en una estancia sombría y mantienen este lacónico diálogo: «¿Tuvo éxito?»; «Sí. Todo salió a la perfección»; «¿Tiene lo que le había pedido?». Y se intercambian un objeto misterioso. «Buen trabajo. Esta noche cambiaremos el mundo». Y se va cada uno por su lado.

Aquí ciertamente le entra a uno el pavor; no porque los malos quieran cargarse el mundo, que, al fin y al cabo, al precio que está todo, casi mejor, sino al ver con qué toscas escenas, atmósferas pueriles y diálogos que avergonzarían a un párvulo se llega a la fama y al bestsellerato en casi todos los países del mundo. Es verdad que siempre ha habido literatura rápida y fácil para el consumo vulgar, pero nunca como hoy se había recurrido de forma tan cruda a lo simplón, en su doble acepción de sencillo e idiota.

Ajeno a esta conjura malévola, Robert Langdon se está mirando los abdominales, de perfil ante un espejo, cuando de pronto recibe una llamada telefónica, también muy enigmática, en la que se le insta a ir al aeropuerto (pág. 27), donde le aguarda un avión de ultimísima generación para llevarle a Ginebra. Allí necesitan, al parecer urgentemente, de su cerebro privilegiado. De su mente preclara. «Ah, Ginebra, estado de Nueva York», dice Langdon mientras se abrocha el cinturón. «No, Ginebra, Suiza», le replica el piloto. Pues eso, que necesitan de su cerebro.

En lo que Langdon cruza el charco a una velocidad de mach quince que a punto está de estropearle la máscara facial, Dan Brown, en un hábil ejercicio literario, aprovecha (pág. 30) para presentarnos –con mucho misterio, de más está decirlo– a uno de los dos malos de la novela. Se trata de un asesino, pero asesino asesino, eh, asesino de la muerte. Cómo será de asesino que se trata, ni más ni menos, que de uno de aquellos fumados seguidores del Viejo de la Montaña, los hassasin que tan célebres fueron en el siglo XI. El tipo es el único superviviente de la hermandad y es por eso que, además de asesino, tiene un cabreo...

Pero ya (pág. 33) ha llegado Langdon a Suiza. Reconoce el país helvético porque al bajar del avión «contempló el valle de un verde frondoso que se alzaba hasta los picos nevados que los rodeaban». También habría, se supone, muchas vacas con grandes cencerros, gente en pantalones cortos que comía chocolate y de fondo sonaba un reloj de cuco... Con sus descripciones tan vívidas, coloristas, y por supuesto alejadas de tópicos, Dan Brown parece trasladarnos físicamente allí.

En concreto, ha llegado a un laboratorio de investigaciones nucleares cuyo director sale en persona a recibirle. Se trata de un hombre que va en silla de ruedas motorizada y es amigo de mantener las distancias. Y cuando Dan Brown dice «mantener las distancias» se refiere a que al director del laboratorio le gusta ir unos metros por delante del visitante; y si este acelera, el otro corre aún más. Esto es verídico y está en la pág. 37.

Van recorriendo así el amplio laboratorio «ultramoderno» por donde «un puñado de científicos se movía de un lado para otro» (así, con este arte, describe Dan Brown el lugar y la actividad). Algunos hay, sin embargo, entre ellos «dos hippies melenudos», que en vez de a la investigación están dedicados a lanzarse un fresbee, o platillo volador. En un determinado momento (pág. 44, se estaba viendo venir), el fresbee se les escapa y nuestro protagonista, ágil y de espíritu juvenil, lo recoge y se lo devuelve en grácil parábola. «Le felicito —le dice el director—; acaba de lanzarle el fresbee al ganador del Premio Nobel Georges Charpak». «Hoy es mi día de suerte», piensa Langdon.

A propósito de esto, tengo delante un pequeño reportaje sobre Dan Brown que publicó el diario El Mundo con motivo del lanzamiento de este Ángeles y demonios. Extraigo una frase de dicho reportaje; es de su agente literaria: «Brown es tan inteligente como el personaje que él mismo ha creado».

Después de estas y otras aventuras, llegan por fin (pág. 48) a un pequeño despacho donde se encuentra el cadáver de un investigador, a quien entre otras muchas perrerías le han grabado a fuego en el pecho la palabra «Illuminati». Dicha palabra está escrita de tal forma que se lee igual poniendo el libro boca abajo (y aquí sí que, sinceramente, debo alabar el ingenio y la maña de quien haya hecho tal diseño, en verdad muy logrado). A consecuencia de ello, Langdon se lanza a explicar la historia de los tales illuminati, al parecer una secta de científicos enfrentada a la Iglesia y encabezada por... y aquí (pág. 51) Langdon hace un alto. «Estaba seguro de que Kohler (el director del laboratorio) reconocería el nombre». Al fin toma aire y lo suelta: «Se llamaba Galileo Galilei». Y al otro, en efecto, el nombre le suena de algo.

¿Pero qué relación hay entre estos illuminati y el muerto?, se pregunta el director. «La pregunta del millón. Langdon fue al grano». Esto se encuentra en la pág. 52 y, quitando allá lo que pueda ser culpa del traductor, no tengo duda, sin embargo, de que en el original Dan Brown haya utilizado, engarzado y zurcido, como en el ejemplo, una frase hecha detrás de otra. Práctica ésta, la de usar y abusar de frases hechas, que es lo más vulgar y antiliterario que existe, pero es que al señor Dan Brown lo literario le importa menos que un móvil politono. Ya lo dice en el reportaje antes citado: «Estoy tan ocupado escribiendo que apenas dispongo de tiempo para leer otra cosa que no sean libros de investigación» (dudo incluso de esto, añado yo). Pero sigue: «Durante las vacaciones, lo único que hago es agarrar unos cuantos thrillers que estén de moda de esas estanterías en las que colocan los bestseller en las librerías».

Sigue Langdon contándole al jefe del laboratorio, que le mira prendado de su inteligencia, la historia de los illuminati, hasta llegar a la conclusión, en la pág. 59, de que «se extinguieron hace muchos años» y que lo más seguro, pues, «es que otra organización se haya apropiado del emblema de los illuminati». ¡Igual fue el Real Oviedo, cuando, por eso de las deudas, tuvo que descender a Segunda B!

Tras una fugaz ojeada (pág. 63) al despacho del científico muerto, que resulta, pese a su cientificidad, ser sacerdote y tiene, como es lógico para Brown, todo el cuarto a rebosar de crucifijos, Biblias y estampitas, Langdon y el jefe del laboratorio salen al exterior a esperar la llegada de la hija (adoptiva) del occiso. Inteligente y deportista como Langdon, la chica, en el momento en que la avisaron de la muerte de su padre, estaba haciendo submarinismo en las Islas Baleares y lo dejó todo para ir a darle el último adiós a su progenitor adoptivo. De hecho, se ha venido hasta con las bombonas de oxígeno (si no te lo crees, lector, vete a la pág. 69). Cuando una página después se quita las gafas de bucear y se descalza las aletas, se nos describe como una mujer «no de una belleza avasalladora, pero sí de facciones terrenales que, incluso desde doce metros de distancia, parecían proyectar una sensualidad a flor de piel».

Así describe Dan Brown, efectivamente, pero no es por esto ni por la belleza de la submarinista por lo que quedo unos momentos confuso, sino porque, de pronto, me encuentro otra vez metido de pies a manos en el mismo entramado que El código Da Vinci. Compruébese: un científico muerto para extraerle datos, la hija adoptiva de ese científico que llega para ayudar al héroe en la investigación (y enrollarse al final con él, quién lo duda), un fanático asesino suelto, otro segundo malo que le dirige en la sombra... Todo prácticamente igual, apenas unos pequeños cambios de nombres. Al parecer, este Ángeles fue escrito antes que aquel Código, es decir, que ni siquiera puede decirse que Dan Brown se ha acomodado a la fórmula del éxito, sino que, sencillamente, parece que no sabe hacer otra cosa. En cualquier caso, esta semejanza entre novelas cercana al autoplagio indica tres cosas: 1) aquello que decía mi abuela del tonto y la linde; 2) que los aficionados a este tipo de novelas no quieren cambios ni variaciones ni perturbaciones, están muy a gusto instalados en el cliché, y como consecuencia de esto 3) parece haberse creado ya, con unas reglas y fórmulas muy estrictas, un subgénero literario que podríamos denominar «novelas de secta medieval que ha estado durante muchos siglos escondida y que viene justo ahora a dar por culo». Un género triunfante que amenaza hacer época, que la está haciendo ya.

Sigo, con esa sensación de dejá vu constante. Por lo visto, el científico muerto y su hija adoptiva estaban trabajando en un proyecto muy importante. Para verlo, entran en el laboratorio privado y restringidísimo del finado q.e.p.d. Pág. 88: «El laboratorio de Vetra tenía un aspecto increíblemente futurista. De un blanco reluciente, repleto de ordenadores y equipo electrónico sofisticado, parecía una especie de sala de operaciones». Y ya está compuesto el cuadro. Lo de Dan Brown con las descripciones, su torpeza quiero decir, comienza a ser proverbial. Como el tío no tiene la menor gracia para expresarse y la mayoría de las veces se nota que habla de oídas y en su vida ha estado, por ejemplo, en un laboratorio o en el despacho de un sacerdote, resuelve las situaciones de cualquier manera tópica y, por lo común, ridícula. Qué diferencia con el vero arte de la novela, una de cuyas reglas, quizás la principal, exige que el autor «presentice», es decir, haga presente ante el lector un segundo mundo, le dé cuerpo, forma, bulto y consistencia... Esto, justo en el otro extremo, es una sucesión de descripciones hechas de mala gana y por compromiso, con material de saldo. ¿Qué significa que una cosa es «increíblemente» futurista o que «parecía una especie de»?

En fin, el caso es que el muerto y su hija, de nombre Vittoria, han creado la antimateria, así como Dan Brown ha creado la antinovela. De igual modo, se trata de un arma de efectos letales; un solo gramo (una sola escena) puede destruir cualquier rastro de vida y/o inteligencia en varios kilómetros a la redonda. Y el malvado, por lo que parece, se ha llevado un cuarto de gramo de esa sustancia, el muy... bribón, no merece otro nombre. Según parece también, si uno saca la antimateria del laboratorio y no la devuelve en menos de veinticuatro horas, explota irremediablemente, así que ya está la intriga servida: ¿conseguirán detener al malo antes de que acabe la cuenta atrás?; ¿cortará el héroe, en el último momento, el cable adecuado?

Nótese que la simpleza (en sus dos acepciones, repito) narrativa de Dan Brown llega a tal punto que sus creaciones (aquí y en El código) suceden de manera estrictamente lineal, un suceso tras otro, con un manejo rudimentario del tiempo (que es esencial en novela); adviértase también que todo en este bolodro suena a cinematográfico (aún más, a peliculero); y esto así porque Dan Brown en realidad no novela, ni narra, ni relata literariamente, sino que se limita a darle forma de libro a una historieta pensada para el cine o, lo que es lo mismo, para que las ganancias y los derechos de autor se dupliquen.

Mientras se desvela esto de la antimateria, Sylvie Baudeloque, la secretaria del laboratorio, «era presa del pánico» (pág. 124). Sucede que ha llamado al director alguien muy importante y ella no le localiza en el móvil. ¿Qué hacer?, ¿qué hacer?, se pregunta. «Sorprendida por su audacia, Sylvie tomó la decisión. Entró en el despacho de Kohler [el director] y se encaminó a la caja metálica que había en la pared (...) Miró los controles y localizó el botón correcto. Después respiró hondo y agarró el micrófono». «Señor Kohler, señor Kohler, preséntese en su oficina cuanto antes», rugen los altavoces dos capítulos después. Brown, hombre, contrólate, que hasta del hecho de hablar por megafonía estás haciendo un misterio acongojante.

A la llamada del megáfono, que diría Félix Rodríguez de la Fuente, el director acude a su despacho a ver qué pasa. Toma el auricular (pág. 130) y apenas oye quien está del otro lado sufre una especie de jamacuco (o zamacuco, sobre esto hay opiniones enfrentadas) de tal magnitud que tienen que aplicarle oxígeno. Con las últimas palabras antes de desmayarse, pide a Langdon y a Vittoria que vayan volando al Vaticano. Y los otros, muy obedientes, cogen y al Vaticano se van en un avión especial X-33.

Durante el vuelo, para entretenerse, hablan sobre Dios. Más que nada para ponerse en situación. «Al final, todos estamos buscando la verdad», concluyen en la pág. 135, a tiempo del aterrizaje.

En el aeropuerto romano les está aguardando un helicóptero para llevarles a la misma sede papal. Vittoria se queda asombrada (pág. 140) al ver al piloto. «Daba la impresión de que iba ataviado para un melodrama shakesperiano. Su guerrera abultada era a rayas verticales azules y doradas. Llevaba pantalones y polainas a juego. Se tocaba con una boina negra…». A Langdon, que es hombre de más mundo, no le extraña sin embargo que un miembro de la Guardia Suiza (no es otro el que se describe) pilote un helicóptero con el uniforme tradicional. No se nos aclara si la alabarda que suelen usar la llevaba entre las piernas o en el asiento del acompañante.

Langdon aprovecha el breve trayecto para explicar unas cuantas cosas sobre el Vaticano, sin duda con ánimo de dejar admirada con su saber a la chica que tiene al lado. Se nos cuenta, por ejemplo (pág. 145), que el Vaticano es «el país más pequeño del mundo», junto con otras curiosidades que parecen sacadas de un calendario zaragozano o de un «¿sabías que...?» del Pronto.

Cuando al fin aterrizan en el Vaticano (pág. 146), Langdon se queda asombrado de ver muchos curas. Y es que parece, en efecto, que hay más de los normales. ¿Qué pasa aquí que hay tanto cura?, pregunta. El guardia le comenta que ha muerto el Papa y ese día justo es el cónclave para elegir otro y entonces «todos los cardenales de la tierra se hallan reunidos hoy aquí». «Los hombres se amontonaban en el tabernáculo», se nos dice en página siguiente. No es de extrañar. Tanto cardenal en un país tan pequeño, normal que acaben en montonera. ¡Qué imagen de la Iglesia estáis dando!, les reprocha una señora.

Por el camino desde el helipuerto a la Basílica de San Pedro, nuestros héroes pasan (pág. 151) ante «un edificio cuadrado con el letrero Radio Vaticana. Langdon comprendió con asombro que era un centro de emisión de programas de radio». ¿Quién no comparte el asombro de este hombre?

Llega ahora, en la pág. 152, un gran reto para Dan Brown. Tiene que describir el Vaticano por dentro, en concreto su meollo, el centro de poder, lo que visto ya su poco arte descriptivo se nos antoja un imposible. Sin embargo, eso sí hay que reconocerle, Brown es hombre de recursos y picardía. Dice: «No se parecía en nada a las oficinas administrativas que Langdon había imaginado» y hala, ya está la descripción del Vaticano resuelta. Dos páginas después, pasa por una sala de tapices y dice que eran «impresionantes por su belleza». O pasa por salas a oscuras, y eso que se ahorra de buscar tretas. Si, lector, en efecto, así, con este morro, está escrito Ángeles y demonios.

Vuelvo al reportaje de El Mundo ya citado y leo que los tres libros o autores de referencia para Dan Brown son Shakespeare (ya), Steinbeck (ya también) y The Elements of Style (Elementos del estilo), porque (y esto lo dice el escritor actualmente más vendido) «¿quién es capaz de recordar todas las reglas gramaticales y de puntuación?». Nadie, ciertamente, me adhiero a Dan Brown, y aun voy más allá: ¿quién es capaz de saberse de memoria las más de veinte, casi treinta letras, que componen un alfabeto? Solo algún superdotado.

Pág. 155: les está aguardando el jefe de la Guardia Suiza. «Langdon intuyó de inmediato que el comandante era un hombre que había capeado temporales». Sí, y cortado orejas. El hombre les invita a pasar a su despacho; Brown cree conveniente describírnoslo (pág. 162): «La habitación no tenía nada de especial: un escritorio lleno de cosas, archivadores, sillas plegables y una fuente de agua». Y ya está. Concluyo con esto el tema de las descripciones danbronescas, pero sepa el lector que va a seguir así, reo de estafa literaria, hasta el final.

El comandante les explica que la antimateria que han robado del laboratorio se encuentra en un lugar del Vaticano que todavía no han localizado y que estallará dentro de cinco horas y cuarenta y ocho minutos. Entretanto crece así la tensión hasta unos límites insoportables, los cardenales, ajenos a todo, siguen enfrascados en el cónclave para elegir Papa, ante la indiferencia general porque (pág. 167): «El interés mundial por los acontecimientos del Vaticano había disminuido durante los últimos años».

Había prometido no hablar más del ars descriptoria de Dan Brown, pero es que lo que encuentro en pág. 170 supera todas las barreras de la caradura combinada con la indigencia literaria. Le conducen por el Palacio Apostólico hasta el despacho del Papa y... «Langdon miraba con incredulidad las obras de arte que adornaban las paredes, obras que valdrían cientos de miles de dólares». Y ya está de nuevo la descripción hecha, pero no es esto lo grave, sino la tremenda, insondable, infinita paletada que supone pararse ante una obra de arte o un monumento y exclamar «¡el dinero que habrá costado esto!». Tal hace Dan Brown, autor a quien, en el fondo, lo único que le interesa y le motiva es el brillo del oro.

De pronto (pág. 179), les llama un autodenominado «emisario de los illuminati» (a quien reconocemos como el malvado hassasin) para decirles que, además de colocar la bomba, ha raptado, aprovechando la montonera eclesiástica formada, a cuatro cardenales y los va a ir asesinando uno tras otro. Después de mucho pensar, Langdon ve claro en la pág. 201 a qué vienen esos ataques contra los purpurados: «Langdon se preguntó cómo reaccionarían los católicos del mundo cuando encontraran los cadáveres de los cardenales despedazados (...). Si la fe de un sacerdote no le protegía de la maldad de Satanás, ¿qué esperanza quedaba a los demás?». Pensarían (sigue cavilando, muy concentrado) que Dios no les protege y así pues, concluye, se borrarían del catolicismo y se apuntarían a otra religión. He de evitarlo, parece decirse a sí mismo, y se pone en acción. Diría que estamos, sin duda (pág. 202), ante el momento de mayor estupidez del libro, si no fuera porque tiene 606 páginas y todavía, estoy seguro, aguardan muchas otras giliflautadas sin cuento en los dos tercios que quedan.

Langdon, ya lanzado a la acción, se sumerge en los Archivos Vaticanos en busca de la obra de Galileo, para encontrar en ella alguna pista de dónde pueda estar la sede «ultrasecreta» de los illuminati. Una sede que permaneció escondida durante siglos para escapar a la vigilancia de la Iglesia, de tal manera que solo los científicos más brillantes pudieran colegir su ubicación después de una larga y ardua fase iniciática. Langdon tiene cuatro horas y pico. Bah, de sobra.

Sin embargo, no se confía. Pág. 221: «El tiempo apremiaba y Langdon no lo perdió en explorar la estancia», es decir, los Archivos Vaticanos. Ya sé que había prometido no hablar más de las descripciones de Dan Brown, pero es que tal despliegue de sinvergonzonería literaria para librarse de una descripción es superior a mis fuerzas.

Al final, después de mucho dar vueltas, Langdon encuentra una pista (pág. 245) que le indica dónde será el primer asesinato, al parecer en la tumba de Rafael. Por el camino, pág. 252, este héroe moderno recapacita sobre cómo «ser conocido por el nombre (de pila, se refiere) significa un nivel de popularidad solo alcanzado por unos pocos elegidos, gente como Napoleón. Galileo, Jesús (y añade acto seguido) Sting, Madonna, Jewel y el artista antes conocido como Prince». Aparte de que los nombres tras el paréntesis son nombres artísticos, apodos, y no cabe comparar, ¿se incluye en esta brillante línea de pensamiento Dinio, Terelu o Chanquete? Brown, por Dios, deja ya de decir sandeces para parecer moderno y enrollado, que no tienes edad.

Mientras revisan el Panteón, donde está enterrado Rafael, la hija del científico asesinado, la que al final (si no, al tiempo) se enrollará con el protagonista, «sentía correr (en la pág. 278) su sangre italiana» y por tanto no hace más que murmurar ¡vendetta! todo el tiempo. ¡Cómo conoce Brown la naturaleza humana!

Al final, resulta que se han equivocado de lugar y la pista en realidad les conducía a otro sitio. Este otro sitio es una iglesia que casualmente está en obras, un andamio la cubre y bien quisiera Brown describírnosla, pero va a ser imposible. Además, el lugar está en la penumbra y Langdon tiene que palpar buscando una entrada. Mientras palpa (pág. 295), «por un instante, recordó el antiguo mito de Dédalo, cuando el muchacho recorría el laberinto del Minotauro con una mano apoyada en la pared, sabiendo que le habían garantizado encontrar el final si no rompía el contacto con la piedra». Para mí que Brown se ha hecho un lío con la mitología griega; aparte de eso, ¿cómo se puede escribir, al recrear un antiguo mito, «le habían garantizado»? ¿Quién se lo había garantizado?, ¿el Deustche Bank al tres por ciento? ¡Qué manera más pedestre y bursátil de escribir?

Entran en la iglesia al fin (pág. 296). Está en obras y toda llena de polvo, así que en otro libro la describirá. Nos comenta, eso sí, que «contrariamente a lo que pensaba mucha gente, las catedrales renacentistas siempre albergaban múltiples capillas». ¿Y quién es esa gente que piensa lo contrario? ¿Tu vecino?

Se meten por una alcantarilla porque sospechan que el cadáver del cardenal puede encontrarse allí; pero el sitio está a oscuras. Langdon se interna, sin embargo, en la cloaca y le dice a la chica que vaya a buscar algo de luz. De pronto (pág. 302) le inundó una luz azulada y «notó un intenso dolor en la nuca. Giró en redondo y vio a Vittoria con un soplete». Es lo que tienen las mentes privilegiadas como la de la chica. A ella le habían dicho de ir a por luz y… trajo luz.

Total, que encuentran al muerto y al salir del agujero (pág. 307), Langdon «se preguntó cuántos espacios angostos más podría encontrar en un solo día». Si me permites que te ayude, Brown, porque te noto un poco cansado, así grosso modo yo calculo que siete. Ocho como mucho.

Al parecer, una estatua en esa misma iglesia indica dónde será el siguiente asesinato, pero para eso hay que subirse al andamio y otear la ciudad. No hay problema; Langdon, en la pág. 323, «se izó sobre la plataforma superior, sacudió el yeso de su ropa y se puso en pie. La altura no le afectaba». Lo que se dice todo un carácter literario.

El lugar indicado es la misma plaza de San Pedro. Hacía allá que van, aunque les corroe la duda: ¿cómo va a dejar nadie un muerto en un sitio tan populoso? Llegan al lugar y lo examinan (pág. 336): todo parece normal: turistas, curas, monjas, cardenales, «un indigente ebrio que dormitaba en la base del obelisco», cubierto el rostro y como desmayado. Nada sospechoso. Ya se van a ir cuando de pronto una niña grita y descubren, horrorizados, que el indigente no es tal sino un cadáver. Y es que, se ha dicho muchas veces, la infantil inocencia sabe penetrar como nadie en el corazón de las cosas.

Langdon vuelve a los Archivos Vaticanos (pág. 371) en busca de una pista que le permita descubrir dónde será el siguiente asesinato. De pronto, una mano misteriosa le deja encerrado allí. Al verse rodeado de tanto libro todo lleno de letras, al protagonista de la novela le da un agobio y solo piensa en escapar. El método que emplea (pág. 383) es propio de las novelas de Rocambole, unas obras ligeras de entretenimiento que triunfaban hace más de un siglo, hasta que los lectores se hartaron ya de trucos y acabaron por formar el peyorativo «rocambolesco» como sinónimo de la situación absurda y forzada. Hoy, más de cien años después, se recupera lo que aburrió a nuestros abuelos, algo completamente superado. Estamos de broma, pero ciertamente es para echarse a temblar.

Encuentra la iglesia pero es tarde, el tercer cardenal está muerto (pág. 404). Otra escena rocambolesca para escapar del asesino, a quien casi capturan in situ. Al final, el malo rapta a la chica.

Entretanto, con aquello del muerto en medio de la plaza, todo el mundo se ha enterado de que en el Vaticano está pasando algo raro. Entonces, en un gesto audaz, en vez de alimentar el secretismo, el propio camarlengo busca a un cámara de televisión y lanza, en la pág. 415, un discurso que comienza de este modo: «Dios se ha convertido en algo obsoleto. La ciencia ha ganado la batalla. Nos rendimos». ¡Guau! Todo el mundo en todos los países se paraliza frente al televisor. El camarlengo lanza entonces un discurso insufrible y retórico, hecho de topicazos del estilo «el consumismo nos está haciendo perder los valores», «vivimos para trabajar y no trabajamos para vivir», «tenemos que escuchar a nuestros corazones», «hoy en día los tomates no saben a nada» que provoca, al final (pág. 419), que millones de personas en todo el mundo dejen lo que tienen entre manos y abracen el catolicismo.

En la pág. 446, Langdon llega al lugar donde supone va a cometerse el último asesinato. Estamos de noche, en medio de una plaza pública, y el protagonista, siempre tan sagaz, desconfía de un coche que, al contrario que los demás que circulan por la plaza, se acerca sin luces. Sin duda, es un intento de pasar inadvertido. Intento inútil, porque no escapa a la sagacidad de Langdon.

Efectivamente en ese coche viene el hassasin. Se entabla una pelea en la fuente que hay en medio de la plaza. Como es nadador y waterpolista, Langdon se mueve «como un torpedo» (pág. 452), pero el malo, sin embargo, es mucho más bruto y parece que va a ganar la pelea. Al final, Langdon recurre a una brillante estratagema: se hace el muerto (pág. 454) y el hassasin, tomándole por tal, le deja allí sumergido y se va.

Entonces Langdon sale de la fuente, se pone a pensar y llega a la conclusión de que la guarida de los malvados está en el castillo de Santangelo. Hacía allí se encamina, a vencer al malo y a rescatar a la chica. «Su corazón latía con fuerza (en la pág. 469). La frustración y el odio empezaban a hacer mella en sus sentidos». Yo también estoy mellado, pero no puedo, sin embargo, dejar ahora la lectura, en lo más emocionante.

Al final, en el dicho castillo encuentra al hassasin; toma Langdon entonces una barra de hierro de las que suele haber por allí siempre a mano y le hace frente, exigiéndole que suelte a la chica, que está maniatada en un rincón. El otro no quiere. Pelean. El hassasin, además de malo, juega sucio, y poco a poco va acorralando a nuestro héroe hasta que le empuja por un balcón. En un desesperado esfuerzo, Langdon logra agarrarse a la barandilla con una mano; el malo, siempre tan vil, va a golpearle en los nudillos para que se suelte y se precipite el vacío. Cuando ya tiene el barrote, que ha caído en la lucha, levantado para hacerlo, de pronto es atacado por la chica que se ha soltado de sus ligaduras y es el malo, entonces, quien lanza un grito, ¡ahhhhhhh!, se defenestra y muere. La chica se ha soltado de sus ligaduras porque en su día hizo yoga y tiene mucha flexibilidad. Así, en la pág. 481, concluye esta originalísima y nunca vista escena que creo haber explicado bien; si falta algo es porque entre medias de ella he sufrido un ataque de narcolepsia.

A todo esto, que se nos había olvidado, faltan (pág. 482) «algo menos de cuarenta y cinco minutos para la explosión». No me da tiempo siquiera de ir al baño.

Langdon y la chica vuelven a la carrera desde Santangelo al Vaticano por un pasillo secreto, el famoso passetto, abierto y despejado para ellos. Cuando llegan a los aposentos papales, se encuentran con un pequeño jaleo. Están allí casi todos los protagonistas y discuten a ver quién es el malo que guiaba al otro malo, al muerto, al hassasin. Al final, todas las sospechas recaen sobre el jefe del laboratorio y, bueno, se lo cargan (pág. 503). Antes de morir tiene tiempo, sin embargo, de darle a Langdon secretamente una minicinta de vídeo y musitarle al oído «dele esto a las televisiones», y según dice «...ones» dobla. ¡De dónde sacará Brown este tipo de escenas!, ¡qué imaginación desbordante!

Pero no tienen tiempo para velar al difunto, porque falta por descubrir la antimateria, queda muy poco para que explote. El camarlengo, entonces, entra en una especie de trance y «seguidme», dice, y tras él corren todos los testigos y también un cámara de televisión. Entra, en la pág. 516, por un «boquete bostezante» del suelo a las catacumbas (qué inspirado y lleno de gracia el símil de Brown, único, por otra parte, de todo el libro, lo que hace suponer el esfuerzo que le cuesta dar a luz este tipo de metáforas), y se dirige a la tumba de San Pedro, que al parecer está allí. Y en la tumba, en efecto, se encuentra la antimateria; la toma el camarlengo y «¡dejadme solo!» se dirige hacia el exterior. Salió, se nos dice en la pág. 528, «como una exhalación». O como una instalación, que dicen otros.

Y exhalado o instalado llega, en la pág. 532, hasta el helicóptero papal, al cual se sube y lo pone en marcha, porque resulta que además de camarlengo es piloto. Nada dice contra esto la Ley de Incompatibilidades, es cierto. Cuando despega, descubre que en el asiento a su lado está Langdon, que no quiere dejar pasar esa ocasión de salvar a la humanidad y que imagina que el camarlengo pretende llegar hasta el mar, internarse un poco en él y arrojar el petardo al ponto.

Lejos de ello, sin embargo, lo que hace el páter es ganar altura, mientras abajo, en la plaza de San Pedro, la multitud contempla atónita el elevarse del aparato (pág. 536). «Hombres y mujeres se tomaban de las manos. Otros abrazaban a sus hijos». Hay, en fin, un sobeteo general. Cuando ya apenas se le distingue, de pronto el helicóptero explota. «Nunca tantos habían guardado semejante silencio», se nos dice en la pág. 538. Nunca tampoco se había engolado tanto la voz para tamaña sandez.

Ante la multitud estupefacta, es decir, convertida en estúpida, de pronto se presenta el camarlengo (pág. 541), en majestad encima de un tejado. La gente brama, ruge, y se acentúa el sobeteo. ¡Milagro!, exclama la mayoría; ¡gol!, gritan algunos. Y tal parece, en efecto, pero... hay trampa.

En realidad ha sucedido lo siguiente: cuando el helicóptero había tomado ya su buena altura, de pronto el camarlengo (pág. 544) había cogido un paracaídas y había saltado con mucho tino para ir a caer encima del tejado, inadvertido a la multitud. Allí, en el aparato, queda entonces Langdon, a falta de cincuenta segundos para que estalle la bomba y sin otro paracaídas. Cuando solo quedan treinta y dos segundos toma la decisión, «la increíble decisión...». Coge una especie de sábana y salta. Con la sábana, a manera de ala delta, va amortiguando y dirigiendo el descenso hasta que se encuentra encima del río Tíber. Entonces suelta el trapo y, muy grácilmente (pág. 547), cae al agua haciendo un mortal carpado con doble tirabuzón. No olvidemos que en nuestro héroe todavía late un corazón de waterpolista.

Langdon sale de las aguas a tiempo para suspender el cónclave que ya iba a elegir, por unanimidad, al camarlengo adorado por los espectadores como nuevo Papa (pág. 559). Está claro que este, el camarlengo, es el malo supremo, el que dirigía al otro. La prueba está en la minicinta de vídeo que el jefe del laboratorio le dio a Langdon antes de morir, y que es una grabación secreta de una reunión entre ambos donde el camarlengo confiesa abiertamente su plan malévolo...

Dijo Plinio, y reiteró Cervantes, que no hay libro malo que no contenga algo bueno. Y por ahondar en el dicho, seguramente no haya libro malo que no contenga algo peor. El desenlace de este Ángeles y demonios constituye uno de los capítulos inolvidables, por horrendos, de la literatura universal. Véase: el camarlengo reconoce que, en efecto, él había trazado todo el plan (el robo de la antimateria, el asesinato de los cardenales y hasta el salto final en paracaídas) pero con un noble objetivo: soltar el famoso discurso por el que tantos paganos se convirtieron, y luego ser elegido Papa. De hecho, fue él quien asesinó al Papa anterior, con quien le unía una profunda amistad hasta que descubrió que... ¡tenía un hijo! (pág. 580). Esta paternidad física le convertía en impuro para un fanático de la talla del camarlengo y, así pues, se lo cargó. Lo que no sabía, y le revelan los cardenales allí reunidos, es que el difunto Papa no había roto su voto de castidad, porque había concebido el hijo, sí, pero... ¡mediante inseminación artificial! (pág. 582). Y aún más, ese niño probeta... ¡es él, el camarlengo! (pág. 583). Después de todo lo cual, me tienen que internar en una clínica, aquejado de politraumatismos varios.

Es fama que hay algunos libros, pocos, que cambian los esquemas vitales de una persona, otros que hacen pensar, que abren los ojos a otra realidad, que enseñan algo... La mayoría de los libros son útiles y buenos. Otros, sin embargo, como este que aquí cierro aunque queden solo veinte páginas, el libro más vendido de los que circulan hoy, te dejan en el cuerpo la misma sensación de quien se ha pasado toda una tarde explotando papel de burbujas. Esa misma. Esa. Esa.




A TRAMOS, SUBTERRÁNEA

Crítica acompasada de la novela Pasiones romanas, de María de la Pau Janer, ganadora del Premio Planeta


Yo me había prometido a mí mismo no leer más premios Planeta, dejar atrás esa etapa de la vida en que uno comete insensateces que al final acaban por dejarle secuelas. Adiós, sí, me había dicho, a las noches de insomnio (bastantes cabezadas daba ya durante el día, aferrado al libro); adiós a las tortícolis (fruto de tanto forzar el cuello para seguir el curso de las frases enrevesadas); adiós a los trastornos gástricos (nacidos de empapuzarme con todos esos argumentos absurdos y personajes indigeribles). Adiós a todo eso.

Cerca de cinco años llevaba ya desplanetizado cuando de pronto asistí en la televisión al escandalillo montado con ocasión de la entrega del Planeta 2005. Se acordará el lector: Juan Marsé, movido de pronto por una extraña furia (no por la honradez, pues de sobra sabía en qué pantano se estaba metiendo cuando aceptó ser jurado), arremetió contra los ganadores del premio (María de la Pau Janer y Jaime Bayly, finalista este) aduciendo que su obra es de una ínfima calidad, «a tramos, subterránea»; Rosa Regás y Carmen Posadas, a ambos lados del escritor catalán, asintieron muy convencidas a las palabras de Marsé, haciendo (¡ellas!) respingos exquisitos, dolidas (¡ellas!) también por eso que ha dicho Marsé de la falta de calidad; Janer y Bayly (más aquella que este) escucharon el rapapolvo con expresión consternada, balbuciendo acaso la Janer el, por otra parte tópico: «que decidan los lectores»...

Confieso que, en un determinado momento, dicha María de la Pau Janer llegó a causarme compasión, allí subida, aguantando la reprimenda, sin poder levantarse y contestar: «pero ¿de qué habláis? ¿No fuisteis vosotros también en su día un producto del amaño? ¿No fueron vuestras novelas en su momento también malas, y hasta horribles y calamitosas?». Sin embargo, la mujer tenía que callar, para no estropear la función, y aquello, ya digo, me produjo cierta lástima. Pero solo cierta, porque luego reparé en que, al fin y al cabo, estaba allí, participando de la gran estafa literaria, por su propia voluntad; leí luego su currículum, construido todo él a base de premios «a la española», como ya se conocen nuestras prácticas literarias por esos mundos; y acabé, al fin, por hacerle caso y decidirme a juzgar su obra como público.

21 euros, por cierto, me costó el dichoso libro, Pasiones romanas. Debe de ser lo que se llaman «las costas del juicio».

Pero empecemos con la novela. Pág. 11: se nos presenta a un hombre que llega a un aeropuerto sin demasiada prisa. «Nunca le han gustado las prisas». Es por ello que se toma con calma la facturación del equipaje, se para a comprar la prensa, se bebe un café, echa un vistazo a las tiendas, tiene dos o tres pensamientos grandilocuos... Como se suele decir, un principio de los que te dejan pegado al asiento. Y no es que uno tenga nada contra los comienzos lentos y minuciosos, antes por el contrario; es solo que resulta a veces fácil confundir la lentitud con la parsimonia y lo metódico con lo moroso.

Como era de esperar, en la página siguiente el hombre se sienta en una silla y se dedica a encadenar todos los topicazos que sabe sobre aeropuertos, todo eso, lector flexípedo, que hemos leído infinidad de veces acerca de rostros que se cruzan, gentes que no tienen nombre, historias que empiezan o acaban, reencuentros y despedidas... Aquí es de suponer que la Mari Pau puso el ordenador en piloto automático y se ausentó unos minutos a hacer un recado.

Después de esta caldereta aeroportuaria, comienza la descripción del personaje, de nombre Ignacio. Como buena escritora de su tiempo y de su clase, pone especial énfasis en la indumentaria; como mala novelista, nos «cuenta» como es el personaje («Nadie duda de su palabra. Es fácil fiarse de [su] cordialidad...») más que pintarnos, presentarnos, novelarnos una situación en que se vean todas estas características. La descripción, comoquiera que sea, va fraguándose ya como el cemento, de puro espesa, cuando afortunadamente la interrumpe una llamada de móvil.

«Dime, amor», responde Ignacio. Y ese «amor» le sirve a la Janer para ocupar media pág. 13 con consideraciones de este tenor: «Dice amor (...) como si fuera una prenda innecesaria, que no acaba de encajar con el resto del atuendo; unos gemelos de brillantes con la camisa de cuadros que utilizamos para hacer deporte los domingos por la mañana» Y más adelante opina que la palabra "amor" «sería mejor sustituirla por alguna más opaca». Aquí es, lector de brazos nevados, cuando a uno comienzan a flaquearle las piernas, al contemplar el modo transilvano de escribir, la forma inclemente de juntar letras en que parece producirse esta planetógrada y las más de cuatrocientas apretadas páginas que quedan por delante. No se me escapa, sin embargo, eso de la camisa a cuadros que nos ponemos para hacer deporte: ¿habrá querido decir chándal a cuadros?; ni esotro de las palabras opacas: ¿habrá querido decir esdrújulas?

A Ignacio, en resumen (pág. 14), «le gustan las cosas concretas, que tienen una utilidad que le hace sentirse seguro». Una llave inglesa, por ejemplo, aventuro yo.

De lo poco, muy poco, hasta aquí leído, creo poder sacar ya algunas constantes del estilo janeiro. En primer lugar, hay un gusto excesivo por la frase ampulosa, por la expresión impostada, por esa afectación que muchos confunden con el arte literario y que en el Círculo de Crítica de Fuencarral suele denominarse «lataratura». Unas frases, además, que muchas veces ni siquiera sostienen el tono de falsete y se derrumban de manera pedestre; así, en la pág. 15, para el tal Ignacio los que pululan por el aeropuerto «son presencias poco sólidas que se desvanecerán cuando sea capaz de leer el periódico». Abundan asimismo las generalizaciones chirles, las sentencias filosóficas de a tanto el kilo. En esta misma página: «La idea surge con la intensidad de los pensamientos que nos invaden, que se instalan en nosotros y no nos abandonan», que es como no decir nada. La Mari Pau, en fin, viene a ser como los que confunden jugar al fútbol con hacer malabarismos, y se planta en el centro del campo dispuesta a dar toquecitos a un balón durante todo un partido, sin ir para delante ni para detrás. Lo cual bien está contemplarlo un minuto, al segundo ya cansa... al cabo de noventa, uno, oh lector de pies ligeros, acaba por completo derrengado.

Cuanto más cuando la Janer ni siquiera toca con soltura el balón y se le cae al suelo cada tres o cuatro frases. Así, en la pág. 18, después de una serie de pensamientos inanes expresados, eso sí, con mucha altisonancia, de pronto nos encontramos con este punterón al aire y caída de culo: «a menudo la vida nos lía sin que lo busquemos, y nos joroba». La Janer, sin embargo, no parece dolerse del golpe, se levanta impertérrita y sigue escribiendo «a lo bonito».

Justo es reconocer, sin embargo, que el argumento, si se le quita toda esa sobreabundancia de frases hinchadas, parece interesante: un hombre que, de pronto, ve en la cartera que se le ha caído a un desconocido una foto que reconoce, y que le lleva a cambiar el destino de su viaje. Un tanto melodramático, pero factible y con atractivo.

En la pág. 21, aguarda una mujer. «Tiene los cabellos del color de las castañas asadas a fuego lento, para que nos quemen en la boca». Ejemplo (uno entre muchos) de lo que es hablar por hablar por hablar, en pleno engolamiento de la voz: ¿es que acaso las castañas asadas a fuego rápido no queman? Dicha mujer está esperando el regreso de alguien: «En cualquier momento, oirá la llave en la cerradura y la puerta que se abre. Verá cómo se adapta al espacio con una naturalidad que no deja de sorprenderla». ¿El que se adapta al espacio, trigonométrica Pau? ¿La llave, la puerta, la figura que llega? «No puede controlar las insignificancias, esos instantes que nunca se han ido por completo». Y todo así. ¿Tengo o no tengo razón, oh lector nubífero, cuando digo que esto le deja a uno exhausto (y apenas si han transcurrido unas cuantas páginas)? Ahora comprendo, cómo no, a Juan Marsé, lo estragado que debía de estar el hombre y el dolor de cabeza que debía de tener para que, pese al disimulo que le imponía su condición de jurado planetusco, saltara denunciando tamaño rollo, tan grande plasta y tal subterraneidad. No hubo gelocatiles suficientes en Barcelona para apaciguarle y meterle en razón.

Mientras espera, la mujer rememora el momento en que llegó a la ciudad (no sabemos cuál es esta ciudad) y se alojó en una pensión. Solo en la pág. 24: «el sueño era otra forma de huir»; más abajo: «el regreso constituía un ejercicio de voluntad»; y más abajo aún: «la existencia era un círculo». Sentencias todas ellas que, por separado, quedarían bien como colofón de una novela, como punto culminante de un pensamiento en progresión, como final rotundo de una obra. Aquí, sin embargo, andan mezcladas en total barahúnda, usadas a todo pasto, apretujadas a granel. Habrá pensado, sin duda, la Mari Pau que cuántas más frases a lo trascendente encaje en su novela más profunda parecerá. El resultado, sin embargo, es una especie de bruma, a veces cuasi sólida, que con gran esfuerzo va atravesando el lector.

En la pensión se encuentra con una mujer (pág. 25). «Se miraron como se miran dos personas desconocidas» (frases como ésta pueden hacer mucho daño con el estómago vacío). Al final, como la mujer también habla raro, se hacen amigas. Su nombre es Matilde y había tenido tres maridos. «Cantaba (pág. 31) aquella canción que habla de una mujer que había tenido tres hombres a los que mató con veneno». Hija, Mari Pau, qué estiradita eres, si hasta para reproducir una canción sandunguera como ésta de Guillermina Mota te pones pedante y tienes menos gracia que Carod-Rovira bebiendo de un botijo.

Pág. 32: En charlas como ésta fundan las dos mujeres su amistad: «Nunca nos parece más terrible [lo que no ha pasado] que lo que ya hemos vivido. Si lo es, no lo percibimos con la misma dureza de antes». Dicho lo cual, proceden a describirnos el mobiliario de la pensión.

Pág. 33: «Los sueños actuaban como una pantalla de cine que multiplica las imágenes. Del mismo modo permitían enfocar sus percepciones». ¿Desde cuándo una pantalla de cine, oh lector domador de potros, multiplica las imágenes? ¿No será más bien que las reproduce? Respecto a la segunda aseveración no digo nada porque no la entiendo.

He dicho antes que Mari Pau a veces se descontrola y se echa en el plato caviar iraní (de imitación) junto con chistorra. Así en esta pág. 33 y siguientes nos dice de Matilde que «se dedicaba a servir bocadillos en un bar de mala muerte», que su propietario «intentaba manosearle las nalgas» y que cierto individuo «tenía un cuerpo como un armario de tres puertas».

Francisco Umbral, a quien otras veces hemos criticado pero a menudo decía frases coherentes sobre literatura, echaba carbón de barbacoa a la polémica en la presentación de este libro, diciendo que Pasiones romanas «carecía de estilo». Supongo yo que se refería a estilo propio y original, porque si de algo adolece este libro es, precisamente, de su desmedida voluntad de estilo, de su afán casi pueril por ser literario; algo que, llevado al exceso, conduce a lo grotesco. Sería como quien, por querer parecer elegante, se pone la chistera encima del bombín (Mari Pau entre medias se calzaría también la boina) y sale de este modo tan ufano a la calle, seguro de su distinción.

Tras hablarnos de aquel armario de tres puertas, se nos describe (pág. 35) el mercado al que solía ir Matilde: los olores, los colores, los sabores... todo ello terreno abonado para la cursigrafía.

«No sé acallar los pensamientos. Tampoco sé transformar los sueños. Por cierto, ¿son buenos estos melones?», filosofa Matilde en la pág. 37.

La autora nos habla ahora (pág. 39) sobre el primer marido de Matilde, quien «trabajaba en una empresa de construcción». Un noble y viejo gremio este de los albañiles que la Janer, arrastrada por el tópico, se dedica a denigrar en la figura del marido, hombre grosero que come a lo bruto, profiere gruñidos, tiene las uñas negras, ronca en la cama y no levanta la tapa cuando va a mear. Qué diferencia, astucísimo lector, con el de aquellos días en que Matilde le conoció (pág. 40), durante el baile de San Juan. Para narrarnos este baile y el consiguiente enamoramiento emplea la autora una refinada plastizara que concluye con esta primorosa frase: «ella le sonrió con el corazón en los labios». Frase con la que acaba el capítulo y allí fue cuando el hombre, muy comprensiblemente, al oír tal, se convirtió hacia lo bruto y lo antiliterario.

Volvemos al tiempo actual (pág. 43). Una mujer se ducha: «El peso de los cabellos mojados hace que incline la cabeza hacia atrás, en una curva que se prolonga hasta la cintura». Lo que se llama comúnmente hacer el pino puente. A dicha mujer le gustaba el agua caliente para «inventarse la sensación artificiosa de haber robado el sol». Desde luego, cuando está inspirada Mari Pau resulta imparable.

Según se está duchando llega aquel a quien esperaba y echan un polvo pero, eso sí, con una clase, una elegancia, unas metáforas y unas sinécdoques que se me hace difícil reproducir. «Siente que la toman todos los vientos», dice en el momento del clímax. Después, reciben a unas visitas.

Son los vecinos y, como se instalaron casi a la vez en sus respectivas casas, Mari Pau emplea tres páginas para contarnos cómo fue la mudanza. «Cada historia es un largo camino que solo conoce quien ha tenido que recorrerlo», concluye (pág. 51) a manera de colofón transportista. No acaba aquí la historia vecinal, sin embargo, pues en la pág. 53 se nos narra cómo «una noche de enjuta luna» se conocieron la protagonista y el vecino. La protagonista estaba llorando en la escalera. Llegó el vecino. Mi novio me ha dejado, dijo ella; mi mujer se ha muerto, dijo él, ¿nos hacemos amigos? Y así fue la cosa.

Ignacio, el que se encontró la cartera, permanece en el aeropuerto aguardando que salga el vuelo a su nuevo destino. Como tarda bastante, a Mari Pau le da tiempo a lucirse describiéndonos (pág. 58) el aeropuerto de noche, (pág. 59) el aeropuerto de amanecida, y va a empezar a describirnos, arrebatada por el estro, el aeropuerto a la hora del vermut cuando, afortunadamente, al hombre le vuelve a sonar el móvil (pág. 60). Es su mujer, que por qué no va a casa. «De verdad, me molesta esta actitud tuya», responde dicho Ignacio, tan fino que habla por el móvil con el meñique levantado.

Al fin, llega a Roma (pág. 62). «El tráfico es caótico, ruidoso», apunta Mari Pau, siempre dispuesta a ver las cosas desde una óptica distinta y original. «El taxista no tiene nada que ver con los taxistas italianos de las películas (...) Ese hecho, que tendría que tranquilizarle, le pone nervioso».

De esta manera, asado a tópicos, llega Ignacio a una pensión (pág. 64) donde pregunta a la patrona si conoce a esta mujer (y le enseña la foto que encontró). A propósito de ello, se traen una larga conversación... ¡toda ella en castellano! Algo tan completamente absurdo como cuando, entre medias de la charla, sale una mujer de su habitación y le pregunta a Ignacio: «¿cansado del viaje?» ¿Y cómo sabe ella que ha viajado?, se pregunta el lector portador de la égida. En fin, tengo la impresión de que Mari Pau estaba tan preocupada en hilar frases pomposas que se le olvidaron estas cuestiones de pura lógica.

Pág. 71: La segunda parte empieza con esta frase antológica: «Dana e Ignacio se conocían de vista». Como apunté antes, prosa alambicada salpimentada de vulgaridad a secas. «Mientras tanto, cada uno escribía la vida con renglones torcidos» (pág. 73); encima, copiota en la vulgaridad.

Se nos cuenta que la protagonista tenía un novio, de nombre Amadeo (se le ocurrió a Mari Pau en un rapto de inspiración). Pág. 76: «La relación con Amadeo parecía feliz, pero sabía que tenía una fecha de caducidad que alguien había escrito en un calendario secreto». Es que hay gente que con tal de fastidiar... En esta misma página, y para ilustrar la relación marítima de la mujer con Amadeo, se nos cuenta que «compartir las sábanas, la cuenta corriente y el lavabo puede iluminar cualquier ceguera», algo con lo que, humildemente, me permito discrepar.

La pág. 80 destaca por su tono sentencioso. Extraigo las siguientes perlas: «ignorar no significa no imaginar»; «la memoria viste el pasado»; «cuando vivimos, es suficiente el afán de vivir». Aquí las expongo por si alguien las quiere utilizar para su escudo nobiliario.

Pág. 84: Comienza un glorioso capítulo, donde se nos relata la muerte del primer marido de Matilde, ese albañil eructador y pedorrero que se describió páginas atrás. Según la historia, sus últimas palabras fueron: «Quiero ver el fútbol y acostarme temprano»; al día siguiente se levantó emitiendo sonidos inarticulados, como tenía por costumbre, y al ir a ducharse se resbaló y se esnafró. Lo que más le dolió a Matilde, su esposa, fue que «con la caída, hubiera tirado la botella de colonia que ella guardaba para los días de fiesta (...) Incluso al morirse, el hombre le había hecho la puñeta». Aún le faltaba a la mujer, sin embargo, mucho por que le puñetearan, porque hete aquí que el fantasma, la sombra del albañil, se le aparece en las baldosas del cuarto de baño, tal cual las caras de Bélmez pero sobre gres. Al final, no le queda más remedio a la mujer que ir a la tumba del marido y soltarle un sentido monólogo del que destacan las siguientes frases: «He puesto los mejores detergentes, los que anuncian por televisión»; «haz un esfuerzo, hombre, y márchate de una vez por todas», y como remate le pone un puñal a modo de amuleto. «Lo ocultaré cerca de la losa donde reposas». Aquí queda el episodio, con esta maravillosa cacofonía última, para las generaciones futuras.

Pág. 89: «Meses después, [Matilde] conoció a Justo, el camionero». Ya se nos ha dicho páginas atrás que lo que más admiraba de él era «su pericia al volante». Sin embargo, «Justo no parecía un camionero», entre otras cosas, dice Mari Pau, que no es que tenga ganas de ofender, es que no sabe pensar más allá del tópico, porque «le gustaba llevar las uñas y los zapatos relucientes». Pese a todo, «cuando ponía en marcha los motores, todos sus miembros se tensaban». Sé que no tiene importancia, pero ¿«motores» en plural para referirse a un camión? Eso se dice de los aviones, mujer.

Comoquiera que sea, el caso es que Matilde va a ver a su camionero muy entusiasmada (pág. 92). «Cerraba la puerta bajo siete llaves», mismamente como el sepulcro del Cid (seguro que la Janer ha leído esta expresión no sabe dónde y se la ha apropiado como frase hecha), e iba a «ver a Justo, que la esperaba subido a un taburete, con un vaso en la mano». Hubiera estado más cómodo sentado, pero yo no entro en eso. Luego, «se paseaban por el mercado. Iban del brazo» y en torno de ellos explotaba la sensiblería durante varias páginas que aconsejo al lector pasar con guantes, porque se le quedan los dedos pringosos.


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