Excerpt for Paisaje con reptiles by Pilar Pedraza, available in its entirety at Smashwords



PAISAJE CON REPTILES

Pilar Pedraza



1ª Edición Digital

Junio 2011


Smashwords Edition

© Pilar Pedraza

Reservados todos los derechos de esta edición para:

Literaturas Comunicación, S.L.

Parador del Sol 9. 28019 Madrid.

http://literaturascomlibros.es

ISBN: 978-84-939035-1-0


Smashwords Edition, License Notes

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Índice

Copyright

Dedicatoria

Paisaje con Reptiles

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Sobre la autora



Dedicatoria


Para Juan López Gandía que ha respirado estos aires




PAISAJE CON REPTILES



Yo soy la herida y el cuchillo,

la bofetada y la mejilla,

yo soy los miembros y la rueda,

y la víctima y el verdugo.

BAUDELAIRE



1

Me desperté ardiendo, con los labios salados y arenosos. Era casi mediodía. Entre mi mirada y el mar se interponía la mole rosada de Julius, que yacía boca arriba con las piernas abiertas y las manos cruzadas bajo la nuca. Hundí el rostro en su axila inmensa, cuyo olor me embriagaba, mientras le acariciaba el contorno de la boca con las uñas. Me mordisqueó los dedos y luego sus labios recorrieron mi hombro, demorándose largamente en mi pecho desnudo. A pesar del calor, me estremecí. Le deseé. También él a mí, quizá por primera vez desde mi aterrizaje en la isla un par de semanas antes.

La noche de mi llegada no había sido capaz de amarme. Presentí que algo no iba bien al verle introducir la llave en la cerradura del bungalow con mano temblorosa. Nunca hasta entonces había visto temblar sus manos. Luego, avergonzado, culpó de su impotencia a nuestra prolongada separación, y yo fingí que no me importaba. No es que lo fingiera, en realidad; verdaderamente estaba tan cansada que casi lo preferí, pero no dejó de extrañarme, porque Julius, sin ser un atleta sexual, siempre se había mostrado muy apasionado conmigo, quizá porque mi juventud le había hecho recuperar un deseo que empezaba a adormecerse entre los pliegues de grasa de su cuerpo.

Ahora, en la soledad de aquella playa de arenas cenicientas, le sentía cercano de nuevo y al mismo tiempo encerrado en sí mismo, inaccesible como un cadáver. El momento de deseo había pasado.

—Tengo sed —dije, insinuando que se levantara y fuera a buscar un refresco al lejano quiosco de bebidas. Mi voz sonó en mis propios oídos como la de una niña caprichosa, pero no era un capricho: necesitaba verle moverse para comprobar que seguía vivo.

No hizo caso. Tal vez ni siquiera me oyó. Tenía en la cabeza algo enorme que me excluía. No había motivos para sentir celos: su obsesión en la isla no era otra mujer sino una mancha amarilla, oleaginosa y pestilente, que se extendía por la piel del mar. Mi marido formaba parte del equipo que la estudiaba desde una plataforma petrolífera abandonada. Cuando el aire estaba despejado como esa mañana, podía verse desde la playa la silueta gris del ingenio, erizada de torres y chimeneas. Parecía la cubierta de un barco hundido o más bien la cabeza de una gigantesca tuerca hincada en el fondo del océano. Julius había prometido llevarme a visitarla, pero cada vez que se lo recordaba me daba largas.

—Anda, tápate —ordenó con un susurro tierno y fatigado.

Tenía razón. Aunque la playa estaba casi desierta, fuera de la zona de los hoteles no era prudente exhibirse. Allí la gente era muy puntillosa en todo lo relativo al cuerpo, y además no estaban acostumbrados a recibir forasteros y se irritaban con facilidad, a pesar de su temperamento amable e incluso servil. Me puse el sostén del bikini mientras Julius encendía un par de cigarrillos. Me tendió uno, que rechacé con un movimiento de cabeza: tenía sed, no ganas de fumar. Se encogió de hombros, lo hizo volar de un papirotazo y aspiró el humo del suyo con la mirada perdida en la lejanía.

A unos cincuenta metros se había congregado junto al agua un grupo de niños. Me pregunté en voz alta qué estarían haciendo.

—Habrán cogido una tortuga —contestó Julius en medio de un bostezo—. No es la época del desove, pero desde hace días la mancha las empuja hacia aquí. Pronto llegarán muchas más. Están condenadas. En cuanto varan en la arena, los chicos se apoderan de ellas. Ve a verlo, anda. A los turistas os gustan esas cosas.

«Turistas». Me había llamado turista –tenía razón: yo era una turista; él, no, él ya formaba parte de aquel mundo salado y caliente–, mirándome con unos ojos enrojecidos por la borrachera de la noche anterior. Sin duda deseaba que me alejara para seguir durmiendo, porque bostezó de nuevo y se dio la vuelta en la toalla. Su espalda era maciza, carnosa, salpicada de manchas marrones y nacaradas en los sitios donde la fina piel quemada por el sol se había desprendido y afloraba la nueva. Ésta no tenía el aspecto liso y fresco habitual, sino cierta rugosidad sucia. Contemplando su cuerpo de coloso, inerme ante mi mirada escrutadora, me asaltó la idea de que se desintegraba. No era la primera vez. Desde el momento en que le vi cuando llegué a la terminal del pequeño y destartalado aeropuerto, no había podido librarme de la sensación de que le estaba ocurriendo algo muy malo, espantoso. Tuve miedo de haberle perdido, como si no fuera el mismo, sobre todo porque, al abrazarle, noté un olor extraño que se superponía, envileciéndolo, al aroma familiar de tabaco y canela que hacía tan confortable el refugio de sus brazos. Fue como abrazar a un ahogado.

Decidida a acercarme a la orilla para echar un vistazo, me puse en pie de un salto y me sacudí la arena de las nalgas con ambas manos. A Julius le gustaban mucho las bragas de mi bikini, de un tejido color gris acero, suave y brillante. Aquella prenda le excitaba: solía decir que parecía una pieza de metal injertada en mi carne, lo cual, para un hombre tan poco imaginativo como él, era mucho, casi una fantasía erótica. Pero eso era antes, en las playas del mundo de los vivos; allí, en la desolación de la bahía volcánica amenazada por las aguas podridas, paisaje mortal, infernal incluso en su belleza abrumadora, tenía embotada la sensibilidad para cualquier cosa que no fuera los matices de la mancha, variables según los elementos de la corrupción que predominaban en ella en cada momento. A pesar de ser ingeniero y no biólogo, sabía interpretar aquellos cambios como el amante los del rostro amado.

Antes de abandonar el sombrajo, me puse los pantalones, la camisa y las zapatillas de tenis para protegerme del sol y de la arena ardiente que se hundía bajo mis pies mientras me encaminaba sin entusiasmo hacia el mar.

Del grupo de niños de la orilla se separó y salió a mi encuentro una muchachita coja y fea, de húmedos ojos de perra, que me tomó de la mano sin decir palabra y tiró de mí hacia el corro. En su centro unos muchachos empapados se afanaban en un juego o trabajo atroz: estaban arrancando el caparazón a una tortuga gigantesca, todavía viva, que yacía patas arriba en la arena, mientras otros la sujetaban hincándole las rodillas en las placas del vientre. El animal no podía defenderse de los instrumentos que destrozaban su cuerpo; lo único que indicaba cierta resistencia era la tensión del cuello, tan erecto que la piel parecía a punto de desgarrarse. Lo movía penosamente de izquierda a derecha, y me dije: ¿por qué no se esconde en el caparazón?, pero no hay lógica en las reacciones de los moribundos, ni siquiera en los galápagos que han vivido cien años, como parecía ser el caso de aquel ejemplar impresionante. Cuando la concha se desprendió, fluyeron sobre la arena las entrañas sangrientas, azules y malva, con un ruido blando que sonó en mis oídos como un suspiro de alivio.

Dos de los niños corrieron a lavar en el mar el trofeo, mientras otros arrastraban hasta la playa una nueva víctima. Más pequeña pero menos resignada que la anterior, sacudía las patas, meneaba la cabeza y se ahogaba de pánico. Parecía querer escapar de sí misma o abandonar el refugio codiciado por sus captores. Sus esfuerzos me recordaron viejas fábulas de animales almizcleros que, para salvar la vida, se arrancaban con los dientes sus propios testículos, henchidos de perfume, y los dejaban al alcance de los buscadores de aromas.

Como el espectáculo merecía ser contemplado cómodamente, me senté junto a una barca sobre un montón de redes secas, cuajadas de cristales de sal que brillaban al sol. La cojita se instaló a mi lado. Sin soltarme la mano, apoyó en mi brazo la cabeza hirsuta y probablemente piojosa, y me preguntó mi nombre. Iba a responder cuando algo desvió mi atención. Una adolescente alta y oscura se interponía entre el sol y yo como caída del cielo. La miré deslumbrada, protegiéndome los ojos con la mano. Su vestido rojo con dibujos blancos se parecía tanto a uno de mis cuadros que me creí presa de una alucinación. Su rostro, sin embargo, recordaba más el trabajo de un escultor que el de un pintor. Las tres dimensiones de la cabeza eran reales, no fingidas a flor de lienzo por artificios de la perspectiva. El artista las había tallado en osados volúmenes a la manera egipcia para luego pulirlas hasta darles un acabado de cera. Los ojos parecían incrustados en materias preciosas, en tanto que los labios, careciendo del color propio, debían resignarse a compartir la canela que hacía apetitosas las mejillas.

Se sentó junto a nosotras en las redes, retirando mi bolso de charol. Al tocarlo, no pudo dejar de experimentar la magia que emanaba de él, y lo acarició furtivamente como a veces hacía yo misma. Era brillante, de tacto húmedo. No hacía juego con el aire deportivo de mi indumentaria, pero siempre me acompañaba: me había aficionado a su textura y a su color cereza. A menudo, cuando yacía sobre mi regazo lo contemplaba, casi lo acechaba a la espera de alguna señal de vida. Entreabierto, parecía la boca de un gran pez de labios hinchados. Una boca muda, dispuesta a tragarse lo que trajera la corriente. Nunca dijo nada aquel bolso, pero a veces mordía. Mis uñas solían ser víctimas de la voracidad del cierre, en el que Julius había hecho grabar mis iniciales cuando me lo regaló. Las letras enlazadas eran un detalle de mal gusto, pero el paso del tiempo y el roce habían atenuado el contraste entre la superficie virgen y la herida del buril.

Los muchachos se disponían a arrancar el caparazón de la segunda tortuga junto al montón de basura sanguinolenta en el que había quedado convertido el cuerpo de la primera. Una nube de aves marinas volaba en círculos sobre nuestras cabezas, graznando de impaciencia ante el inminente festín. Algunas pasaban tan cerca que se les oía rasgar el aire con las alas. No temo a los animales siempre que pueda verlos, pero la proximidad de aquellos pájaros, borrados por los destellos del sol, me acobardó. Mi aprensión no pasó desapercibida a las niñas: la cojita apretó mi mano entre las suyas y me tranquilizó diciendo que no bajarían a comer hasta que nos marcháramos. La otra se limitó a mirarme con el desprecio que sin duda reservaba a los pusilánimes.

Tratando de distraerme de la amenaza de las carroñeras, retomé el hilo de la escena interrumpida por la aparición de la joven bárbara.

—Me llamo Alicia —dije en respuesta a la pregunta de la pequeña—. Y vosotras, ¿cómo os llamáis?

—Yo me llamo Amara y ella Céfira —respondió la cojita señalándose a sí misma con el dedo y luego a la mayor, que, frunciendo el ceño corrigió y aumentó secamente:

—Sefira Toussaint.

Como si nada pudiera añadirse a la perfección de aquellas dos palabras, se levantó y se alejó por la orilla, muy erguida. La seguí con la mirada hasta que el centelleo del sol en el agua me cegó. «Principesca», pensé, dejándome llevar por un tópico de mi educación, según el cual todo indígena de piel oscura poseía en grado superlativo al menos una cualidad, que compensaba su inferioridad congénita.

—¿Para qué quieren las conchas? —pregunté a Amara. Pareció desconcertada por mi ignorancia.

—Pues... ¿Para qué las van a querer? Para venderlas en el mercado. En los talleres del barrio de los orfebres hacen con ellas muchas cosas. Cuentas y peines. Adornos, ya sabes.

Asentí gravemente, casi disculpándome. Claro que sabía lo que se hacía con el carey, pero por un momento había llegado a creer que la matanza que acabábamos de presenciar tenía otro significado que el de la mera caza para la venta.

El calor y la luz habían alcanzado una intensidad dolorosa. A pesar de los oscuros cristales de mis gafas de sol, todo me deslumbraba. Cerré los ojos. La brisa traía el olor de los animales recién sacrificados. Cuando volví a abrirlos, vi al grupo de niños alejarse con su botín: un par de caparazones como escudos, compuestos de placas poligonales, con las que se podría hacer una buena cantidad de objetos preciosos. Me habían dejado sola en la blanca luz, sedienta, rodeada de aves enloquecidas por el deseo de la carne húmeda. El pánico hacia los picos y las alas estuvo a punto de apoderarse de mí. Miré a mi alrededor en busca de un asidero. Julius me hacía señas agitando un brazo. Aunque nos hallábamos lejos el uno del otro y no podíamos vernos las caras, le sonreí agradecida. Si él estaba cerca irradiando su aura protectora, no había nada que temer. Me levanté y eché a andar como ebria, de espaldas al mar, dejando atrás la hirviente nieve de los pájaros, que al fin habían caído sobre la carnaza y la devoraban con estrepitosa ferocidad.

Comimos en un chiringuito de la playa. Mi apetito, estimulado por las sensaciones de la mañana, recibió con alborozo una fuente de mariscos presidida por unas centollas cuya pulpa, al deshacerse en la boca, destilaba un fluido casi genital. Mientras lo saboreaba pensé en las tortugas. Me preguntaba cómo sabría la carroña recalentada por el sol, cuyos colores parecían los de una paleta sucia, y la asocié con el banquete al que me habían invitado días atrás los compañeros de Julius, en un lugar llamado Pemba Village.

El Pemba era una especie de cabaña de madera negra entre jardines, rocas musgosas, escalerillas de troncos y cascadas, que proporcionaban una sensación de frescura tan intensa como efímera, porque en seguida el sudor y la asfixia volvían a apoderarse del cuerpo, mientras el espíritu languidecía en una calma sin sustancia. En aquel paraíso para turistas todo parecía perfecto, pero también falso o precario. No fui capaz de superar mi repugnancia hacia la carne amarillenta presentada con arte sobre lechos de pétalos, pulpa de frutas y hojas verdes. Fuera de la zona sombreada de las mesas, tomaban el sol en fosos de piedra negra las bestias de las que procedían aquellos bocados. Solo salían de su letargo para tragar sin entusiasmo grandes pedazos de vaca que la putrefacción tornasolaba de azul.

Mi ración de reptil había quedado intacta en el plato mientras Julius y los hombres de la plataforma, risueños y sudorosos, comían hasta hartarse, y los camareros también sudorosos, también sonrientes, nos servían vinos incoloros en cuencos de madera de ébano y caoba. A Julius le molestó mi inapetencia, que podía ser interpretada como un desaire por sus compañeros y por la gente del local. Aunque no dijo nada, lo leí en la expresión de reproche que le oscurecía el rostro. No era la primera vez que anteponía a mi placer o a mi voluntad el deseo de quedar bien con extraños, y eso era algo que yo no podía soportar. ¿A mí qué me importaba lo que pensaran los demás? No me daba la gana de almorzar ancas de cocodrilo. ¿Cómo decirle, por otra parte, a qué se debía en definitiva mi asco? No era solo que odiara comer inmundicias sino sobre todo que, sin saber por qué, relacionaba aquellas tajadas pálidas con la blanda impotencia que le había impedido corresponder a mi amor durante nuestra primera noche juntos en la isla. Ese tipo de confusión imaginaria de unas cosas con otras era frecuente en mí, pero no siempre podía explicarla sin ofender a los demás, y lo único que pedía era que me la respetaran.

—¿Te pasa algo? —me preguntó de pronto tomándome por la barbilla con la mano grasienta de arrancar patas de los caparazones. Me sobresalté. Su voz, al quebrar la burbuja de soledad que me rodeaba en mi ensoñación, hizo que el recuerdo del Pemba Village se evaporara bruscamente, dejándome confusa.

—No, no me pasa nada. Hace mucho calor y me duele la cabeza —respondí con una sonrisa de disculpa, como si me hubiera sorprendido en un acto vergonzoso.

—¿Calor? —se mofó él, lanzando una risotada que le hizo atragantarse. Al toser, su cutis rubicundo alcanzó tonos purpúreos y las lágrimas aclararon el azul de sus ojos.— Esto no es nada, mujer. Si hubieras venido hace tres meses, cuando el volcán calentó el subsuelo de la isla, te habrías enterado de lo que es calor. Era como estar en una sauna todo el tiempo. Perdí cinco kilos, pero por desgracia los recuperé enseguida.

Luego me dio un codazo amistoso y señaló con el cuchillo hacia el arbusto de adelfas, diciendo:

—Tienes visita.

Bajo las amargas flores rosadas se hallaba, mirándome fijamente, la niña coja llamada Amara, con su vestidito de algodón agitado por la brisa. Se restregaba la pierna enferma con el talón del otro pie. Julius se levantó con el pretexto de comprar tabaco. Supuse que lo hacía porque de lo contrario la pequeña no se hubiera atrevido a acercarse. Solía mostrarse muy considerado en pequeños detalles como ese. Era un rasgo de su carácter que nunca dejaba de sorprenderme en un hombre que había sido militar y hasta cierto punto seguía siéndolo.

La niña permaneció quieta, mirando cómo se alejaba. Hasta que Julius no hubo desaparecido por la puerta del bar, no hizo el menor movimiento. Luego vino hacia mí a pasitos cortos, muy seria, pero cuando estuvo a mi lado, se abrió en su rostro una sonrisa que dejó ver la maravilla de su dentadura blanquísima y sus feas encías bajo los labios morados.

—Señora Alicia —dijo bajito—, has perdido una cosa cuando estábamos mirando las tortugas.

—¿Sí? ¿Que he perdido, corazón? —pregunté con la voz de falsete que empleaba a veces cuando hablaba con niños, pues, no estando acostumbrada a tratar con ellos, solía pensar que sabían mucho más que yo, lo cual me intimidaba.

—Esto —dijo Amara, y exhibió triunfante un objeto dorado en la palma de la mano. Tardé unos segundos en reconocer en él mi barra de labios—. No es bueno perder cosas aquí —añadió.

Quise agradecérselo con unas monedas, pero las rechazó con el ceño fruncido. Entonces tuve una inspiración súbita. La tomé por la barbilla, como antes había hecho Julius conmigo y, tras depositar un beso en la punta de su mocosa nariz frecuentada por las moscas, le pinté la boca con el lápiz de color ladrillo, que olía a ciclamen y tenía el nombre, remoto y vagamente episcopal, de «Arenas de Antioquía». Su gozo fue tan puro e intenso que la transfiguró. Creí que entonces se marcharía, pero permaneció a mi lado como si quisiera decirme algo y no se atreviera. Cuando la silueta clara de Julius se recortó en el hueco de la puerta, se inclinó hacia mi oreja y susurró a toda prisa:

—No habías perdido tu pintura, señora Alicia. Te la quitaron. No es bueno que te quiten estas cosas. Ten cuidado—. Y echó a andar con la graciosa asimetría que la cojera confería a sus movimientos.

No sabiendo de qué o de quién debía protegerme, no di importancia a sus palabras. Tenía tanto calor y estaba tan cansada que en aquel momento solo podía pensar en las delicias de la siesta en el bungalow del hotel, que afortunadamente estaba cerca de la playa.

Más tarde, tendidos medio desnudos en la gran cama bajo el mosquitero, nos exploramos mutuamente con la boca, primero por rutina y en seguida con un ardor propiciado por la hora, la comida y el vino. En el pecho de Julius palpitaba una gran cicatriz de un púrpura pálido. Creo que fue aquella marca en su piel lo que me había enamorado. La primera vez que le vi, no pude apartar los ojos de ella, fascinada por el juego de su aparición y desaparición a través de la abertura de su camisa veraniega. Había sentido el deseo de besar la piel diferente, delicada como la de unos labios, que había cubierto la antigua herida. No tardé en saber que se debía a una intervención quirúrgica, pero esto no impidió que fantaseara continuamente sobre un presunto origen heroico. Tan pronto se me antojaba la huella de un lanzazo, digna de los semidioses de la Ilíada, como el testimonio de que le habían arrancado el corazón para ofrecérselo al sol. Cuando mencionaba a Julius estas ocurrencias, sonreía condescendiente, pero el caso es que al principio le divertían mucho, quizá por contraste con la sensatez de su primera esposa, la abandonada, que creía a pies juntillas en los datos de la realidad.

Aquella tarde, la piel pecosa y brillante de sudor de su torso me trajo a la memoria el suplicio de las tortugas, y ese recuerdo, que guardaba una ternura líquida dentro del hueso de su crueldad, avivó mi deseo hasta convertirlo en ansia. Excitada por la carne húmeda y sobre todo por el roce de los ásperos hilos de la colcha en mi piel abrasada por el sol de la mañana, me abrí a su duro abrazo, y mientras ascendía hacia mis cimas, desfilaron por mi imaginación las tortugas, sus entrañas, sus boqueadas de agonía, el acecho de los pájaros, el mar como una cinta de platino, la falda de la joven Sefira pegada a la carne desnuda por el viento salado. Temí perder a Julius como en otras ocasiones, pero él no desmayó sino que trabajaba potente en mi interior como una máquina de hacer fuego. Apenas lo hubo prendido, se deshizo. Pronuncié mentalmente mi palabra secreta, la llave de la apertura de las entrañas, y el placer me rozó y desapareció en seguida entre el follaje del sueño.

Desperté de mal humor. La voz de Julius me anunció desde el cuarto de baño que habían cortado el agua. No era una novedad, ocurría casi todos los días porque estaba racionada, pero me exasperó no poder desprenderme de la suciedad de la siesta. De mi regazo ascendía un invisible vaho como el que había aspirado hasta la náusea inclinada sobre el foso de reptiles del Pemba Village, mientras me recreaba en la contemplación de los hígados desdeñados por las bestias dormidas.

Estuve mirándole con ojo crítico mientras se vestía. Había engordado o más bien se estaba hinchando. Su vientre siempre tuvo forma de cúpula y eso no me disgustaba, al contrario, me parecía gracioso por contraste con los cuerpos esbeltos de los amigos de mi edad, demasiado parecidos al mío, pero ahora se me antojaba inflado por una preñez mortal, en tanto que sus piernas antes poderosas habían enflaquecido. Por un momento me pareció un hombre cualquiera, un viejo feo y desconocido que se movía con torpeza. Sin embargo, lejos de horrorizarme la perspectiva de que nuestra diferencia de edad estuviera empezando a separarnos, no me dolía constatar la decadencia de mi marido frente a mi propia juventud: más bien me recreaba en ella con la inocencia de un niño que disfruta jugando en un charco de lodo. Siempre cabía la posibilidad de abandonar esa diversión, si llegaba a volverse insoportable.

A través de las rendijas de las persianas se filtraba una luz cada vez menos cruda. Podíamos salir sin peligro de arder o convertirnos en un charco humeante sobre el suelo. La naturaleza concedía una pequeña tregua hasta la tormenta del crepúsculo.

—¿Qué vamos a hacer esta tarde? —pregunté. Era domingo y Julius había prometido que pasaríamos el resto del día juntos, pero yo sabía que no iba a poder resistir la tentación de acudir a la plataforma. Lo notaba en su expresión alucinada.

—Tengo que acercarme a la plataforma —respondió como un eco de mis pensamientos, y explicó—: un brazo de la mancha está cambiando de color. Ayer decidieron analizarlo.

—¿Yeso qué tiene que ver conmigo? Tú diriges a los ingenieros, no a los biólogos —protesté—. Si tienes que estar en todo, te vas a volver loco. Deja que cada cual haga su trabajo.

Pero era inútil tratar de disuadirle: nada referente a la mancha le resultaba ajeno. Dijo que quería estar presente en el bombeo de las muestras por si le necesitaban. Por mi parte, pensaba dar una vuelta por la ciudad. Esta información le hizo torcer el gesto.

—Sería mejor que te quedaras en la piscina del hotel, pero si te empeñas en salir, avisaré a Sugar para que te lleve.

Albert Sukari era el chófer adjudicado a los ingenieros de la plataforma que residían, como nosotros, en los bungalows del hotel Cartago. A mi modo de ver, el apodo de Sugar no le cuadraba. Aunque era muy educado y ceremonioso, no podía decirse que se tratara de un hombre dulce. Traía y llevaba a la gente con la impasible eficiencia de quien sabe que todo es inútil, pero disfruta con su trabajo. Desde el primer momento reparé en su costumbre de dar la bienvenida a los pasajeros al llegar a cualquier parte, aunque fuera dos manzanas más allá. Su exagerada cortesía me había intimidado al principio, hasta que me acostumbré y dejé de percibirla.

Cuando dije a Julius que no necesitaba a Sugar y prefería ir a pie, me largó uno de sus sermones sobre los peligros de la isla, la rapidez con que la noche caía en aquellas latitudes y mi propensión a desorientarme. Tenía razón en todo, pero su tono protector y algo gruñón me irritó. No dije nada por no empeorar la tensión que había surgido entre nosotros. Cuando oí rugir el motor de la lancha que le llevaba hacia la plataforma, sentí alivio y una especie de alegría infantil por haber recuperado la libertad.



2

Envuelta en una nube de niños que charlaban, reían y me tocaban, me encaminé hacia la parte meridional de la ciudad, cerca de las murallas, en busca de una plazuela que me había llamado la atención días atrás. Era muy recoleta, casi un patio. El enjalbegado no blanqueaba sólo las fachadas sino también el suelo de guijarros, de modo que me parecía estar en la ciudad de azúcar de los cuentos. No era una sensación desagradable pero tampoco tranquilizadora: toda golosina supone una boca que engulle y unos dientes que trituran.

Me senté en el brocal de una fuente seca, dispuesta a dibujar una de las casas, un edificio giboso y ciego unido al contiguo por el arco de un túnel. El único adorno de la fachada era una banda de arquitos azules que aliviaban su austeridad.

Los niños se acomodaron a mi alrededor como para recibir una lección, unos en cuclillas y otros sentados con las piernas cruzadas, dirigiéndome negras miradas atentas. Entre ellos reconocí a la cojita Amara y la chica del vestido rojo, la que se llamaba Sefira. Esta última me gustaba de un modo especial. Además de su belleza severa y hermética, casta como la de un ídolo, tenía algo que la hacía diferente de las demás muchachas. También yo a su edad había sido distinta, aunque no del mismo modo. Mi rareza era fruto de la soledad y la lectura precoz de libros de la biblioteca de mi abuelo. No siempre los entendía, pero su veneno resbalaba hacia el interior de mi espíritu sin encontrar obstáculos, provocándome una embriaguez que me hizo ver doble cualquier objeto durante el resto de mi vida. Me preguntaba cuál sería la causa de que aquella virgen remota estuviera al margen y a la vez en un centro preciso del mundo como la imagen de un altar. La soledad, pudiera ser; la lectura de los clásicos modernos, era improbable. Lo cierto es que a su alrededor parecía haber un halo que la mantenía aparte.

Cuando llevaba un buen rato dibujando la casa, salió de sus fauces una anciana de aspecto huraño que se puso a mi lado en jarras y miró el dibujo atentamente.

—Será difícil hacer eso —dijo. En su tono había una hostilidad mal disimulada por una sonrisa hipócrita.

—No, no es difícil. Sobre todo una casa tan bonita como la suya —repliqué, echando mano de los recursos más burdos de la diplomacia para que me dejara en paz.

Con la boca desdentada muy abierta y haciéndose pantalla con la mano sobre los ojos aunque tenía el sol a las espaldas, la mujer contempló su propia casa como si la viera por primera vez en su vida, y, finalmente, sentenció:

—No es hermosa. Es muy vieja.

Los niños me miraron conteniendo la respiración. Sin duda esperaban de mí una réplica brillante que les permitiera comprender mi entusiasmo, tan misterioso para ellos como para la arpía.

—Tiene usted razón: es antigua, pero a mí me gusta —me limité a decir. Me sentía idiota, como suele ocurrirles a los extranjeros en coloquio con los indígenas, e incapaz de explicar al auditorio los encantos de lo pintoresco.

La mujer remoloneaba como si deseara algo que no se atrevía a pedir. Obedeciendo a una inspiración fulgurante, como cuando pinté los labios a Amara, arranqué el dibujo del cuaderno y se lo tendí.

—Tome. Si le gusta, quédeselo como recuerdo.

La vieja lo cogió o, mejor dicho, me lo arrebató, se escurrió como una lagartija hacia el interior de la vivienda y cerró de un portazo que hizo estallar las risas de los niños.

—Ha recuperado su casa —explicó Sefira—. Temía que entraras en ella cuando quisieras, ahora que tenías su retrato.

—¿Tú crees que con un garabato como ése se puede entrar en algún sitio? —repliqué, dando a entender que era capaz de hacer cosas mucho más importantes.

—Hay que saber usarlo.

—¿Ella sabe?


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