El primer escalón
Una selección de mis primeros relatos
Edita: © www.elpatiodeloscangrejos.blogspot.com
Autor: © Moisés Morán Vega
ISBN: 978-84-613-5437-5
Depósito Legal: GC-1091-2009
Imprime: Gráficas Atlanta
C/ San Nicolás de Tolentino, s/n.
Polígono Industrial La Cazuela-Las Palmas de Gran Canaria. Gran Canaria
Impreso en las Islas Canarias
España
Queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del
Copyright, bajo sanciones establecidas por las leyes, la reproducción parcial
o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la
reprografía y el tratamiento informático.
A ti Mina, porque siempre has creído en mí, has estado a mi lado y eres mi más fiel correctora y lectora.
Índice
Claudia 94
El cráneo 119
El tatuaje 78
En B 4
La carta 114
La Prometida 133
La Sonata del pianista 9
Muerte al Borbón 97
Muerte en el Luas 48
Un tiro y después otro 130
En B
Incluso en aquellos angustiosos momentos, el señor Zaisberger creía tenerlo todo bajo control. Pero eso no era del todo cierto. Tenía tras de sí a cinco policías daneses, que esperaban con impaciencia que les dijera dónde estaba el libro de contabilidad “B” de Dan Malgenderson.
Christen Zaisberger era el contable de Malgenderson, un conocido mafioso que controlaba todos los hilos del juego ilegal, las drogas y la prostitución de la ciudad de Copenhague.
Arrodillado frente a la estantería y mientras hacía que buscaba el condenado libro, repetía, en su cabeza, la corta conversación que había tenido con Dan:
Ese libro es como tu vida, Christen; si lo pierdes, estás muerto; si lo entregas a la policía, estás muerto. No habrá sitio en el mundo en el que puedas esconderte. Al final te encontraré.
No se preocupe. Llegado el caso, lo protegeré con mi vida —le había contestado el contable.
Christen no tenía ninguna duda del lugar donde estaba escondido el libro de contabilidad, junto a la Smith & Wesson calibre 38 con cachas de marfil, y con un tambor de cinco balas que le había dado Gustav, “por si las cosas se ponen feas”.
Después de media hora de búsqueda, se levantó para intentar salir de aquel atolladero, diciéndole al Inspector Peter Holberg:
Mucho me temo que el dichoso libro me lo han robado, porque no hay manera de encontrarlo.
Déjate de cuentos, gusano. Sabes muy bien donde está el libro. Si no lo encuentras tú, lo haremos nosotros. Nuestros muchachos pondrán patas arriba toda esta pocilga y te aseguro que daremos con él. Si nos lo entregas, seremos condescendientes; en caso contrario, todo el peso de la Ley te golpeará en tu mandíbula como un mazo de hierro.
El contable se quedó unos instantes valorando lo que le había dicho el Inspector Holberg y volvió a hincar las rodillas en el suelo enmoquetado de su biblioteca, para seguir interpretando la pantomima de la búsqueda del libro. La paciencia del Inspector tenía un límite y se le estaba acabando.
Sin saber muy bien por qué, pensó en su mujer Martha y en sus hijos Lars y Greta. En el caso de que él faltara, su futuro económico estaría totalmente resuelto con los tres millones y medio de euros que tenía en el Banc Internacional d´Andorra, un dinero que había tomado prestado, con el paso de los años, de los fondos de la mafia.
La voz del Inspector lo devolvió a la realidad.
Esto está pasando de castaño oscuro... No vamos a estar aquí todo el día.
Estuvo algunos minutos más haciendo como que buscaba el libro, mientras que los cinco policías parloteaban distraídos, observando de reojo lo que hacía Christen. El contable se fue desplazando hacia la parte izquierda de su biblioteca hasta llegar al punto exacto donde se encontraba el pequeño libro de contabilidad de tapas negras, en el que estaban todas y cada una de las operaciones delictivas de Malgenderson. Apretó el botón azul que ponía en funcionamiento el mecanismo que accionaba, de forma automática, la apertura de la pequeña caja fuerte empotrada detrás de las obras completas de los escritores rusos Dostoievski, Chejov y Tolstoi. Con disimulo, metió su mano sudorosa y temblorosa hasta tocar el revólver, lo sacó rápidamente y se lo colocó en el cinto, sin que los policías se percataran de ello. A continuación cogió el libro, se levantó, intentando que las desbocadas palpitaciones de su corazón no hicieran que su voz temblara y dijo en voz alta:
Aquí está el maldito libro.
Bueno, parece que al fin apareció. ¿Ves que cuándo se quiere se puede? —le dijo Holberg al mismo tiempo que alargaba la mano y cogía el libro.
Todos los policías hicieron un corrillo alrededor del Inspector pensando que, al final, habían dado con la prueba definitiva que llevaría a la cárcel al hampón más perseguido de Dinamarca.
Por unos instantes, entre comentarios y risas, los agentes se olvidaron del enjuto contable. En ese momento, él cogió el revólver en sus manos y pensó: “¿Pero qué vas a hacer?, ¿disparar?, ¿matar a sangre fría a cinco policías? Eres un contable y no un maldito asesino”. Las miradas del Inspector y de Christen se cruzaron durante un segundo, momento que este aprovechó para sacar su Smith & Wesson del 38 y empezar a disparar. El primer tiro fue a la cabeza del Peter Holberg, que cayó de bruces soltando el libro; los otros cuatro policías no tuvieron tiempo de reaccionar ya que, cuando lo hicieron, las balas de la 38 Smith & Wesson, habían destrozado sus cabezas.
Después del último disparo apareció Gustav, que había estado escondido en todo momento detrás de la estantería. Se miraron y sin decirle nada, el contable cogió el libro y el revólver, los introdujo en su cartera de cuero negro, y se dirigió corriendo hacia la parte trasera de su casa, seguido de Gustav. Entró en la habitación de su hijo Lars, saltó por la ventana que daba al garaje, entró, cogió las llaves de la Harley—Davidson, se montó en ella y de una patada la puso en marcha. El ronco motor de la motocicleta resonó en toda la casa mientras los tres policías que estaban fuera subían las escaleras después de haber oído los cinco disparos.
Gustav se plantó delante de él y le dijo con una sonrisa:
Has hecho un buen trabajo. Jamás pensé que fueras capaz de hacer algo así.
¿Qué hacías en mi casa? —le preguntó el contable.
Vine a buscar el libro. Nos habían dado un soplo, pero los maderos se me adelantaron.
Bueno, pues ya lo tenemos. Sube, que los policías no tardarán en llegar.
Sí, pero no he concluido el trabajo. Queda un fleco que cortar —le espetó Gustav, quien llevó la mano a la altura del riñón derecho, sacó una Star de nueve milímetros y le apuntó directamente al corazón.
No creo que seas capaz, Gustav. He cumplido con mi parte, he protegido el libro.
El señor Malgenderson jamás se ha fiado de ti, aunque, después de lo que has hecho hoy, es para hacerlo..., pero Dan nunca lo sabrá, sólo conocerá que yo, arriesgando mi vida, he protegido la seguridad de la organización, he acabado con la vida de cinco policías y la tuya, claro. Las órdenes son las órdenes y hay que cumplirlas —le dijo antes de descargar el cargador de la Star en el corazón del contable, sin darle la oportunidad de decir ni una palabra.
Gustav apartó el cadáver de Christen, recogió el maletín ensangrentado, subió a la Harley y abrió gas a fondo, pensando que el trabajo le había salido redondo.
La Sonata del pianista
Don Pedro llegaba al Círculo Mercantil, sobre las seis de la tarde, bien trajeado, con el bastón en su mano derecha y con su periódico bajo el brazo. Se tomaba un café solo con leche condesada, “un bombón” como decían ahora, mientras hojeaba el periódico. Leía de pasada los titulares del día y, al mismo tiempo, oía con atención lo que decían las gentes de la cafetería del Círculo. Unos hablaban de economía, otros de política y algunos comentaban el último resultado de la Unión Deportiva Las Palmas. Él seguía con verdadero entusiasmo las diatribas de alguno de los tertulianos de las mesas cercanas, como enfocaban la discusión, y como se apoyaban en sus argumentos, a veces inverosímiles, a veces increíbles. Pero cuando se acercaba su hora, dejaba el periódico sobre la mesa y se dirigía al barman y le preguntaba:
¿Alguna petición para esta noche, Armando?
Don Pedro, sabe que siempre hay peticiones para usted. Hoy tengo una especial.
¿Sí? Dígame, no me tenga en ascuas.
Una señorita, estudiante del conservatorio, quiere que le toque una pieza. Espere que la tengo anotada por aquí. —Dijo buscando entres sus papales— Aquí está, la Sonata K. 333 de Mozart.
¿Y dónde está esa señorita? Nunca me habían solicitado nada clásico.
Es aquella morena que está sentada justo en frente del piano —Dijo Armando señalando hacia la muchacha.
Don Pedro la miró durante unos instantes, esbozó una pequeña sonrisa y se dirigió al piano. A partir de ese momento, todo se transformaba, sus manos y su mente pasaban a tomar el mando del Mercantil, porque cuando Don Pedro tocaba, todo se detenía, las tertulias enmudecían bajo el influjo de las notas musicales que salían del aquel instrumento que, por momentos, maravillaba a los oyentes.
Se sentó y comenzó a tocar el primer movimiento de la sonata. Sus manos parecían flotar por el teclado, y a medida que avanzaba con el Allegro, la cafetería comenzó a llenarse de gente, cada minuto que pasaba, las notas musicales fueron entrando por cada rincón del Mercantil. Cuando terminó el primer movimiento, se detuvo un instante, miró hacia la chica y continuó con el andante Cantabile, abortando, con la primera nota, un conato de aplauso. La sencillez del segundo movimiento fue meciendo al público, creando una atmósfera jamás vista y sentida, transportando a cada uno de los presentes a una especie de éxtasis colectivo difícil de describir. Al terminar el segundo, hizo una ligera pausa y prosiguió con el tercero, el Allegretto Gracioso que devolvió a sus atentos oyentes al movimiento y la alegría que se desprendía de cada nota de la sonata. Cuando el veterano pianista terminó, el público empezó a aplaudir y a gritar bravos. Algunos aplaudían y miraban incrédulos, preguntándose que sí este era el Pedro que ellos conocían y que cada noche les amenizaba con bandas sonoras famosas, canciones de amor, rancheras, cumbias y los grandes éxitos de los años sesenta, setenta y ochenta.
Como si no fuera con él siguió con las peticiones que tenía sobre el piano, al tiempo que los admirados oyentes fueron despejando la sala, quedándose los que agradecían tomarse una copa escuchando de fondo el dulce sonido de un piano.
Al terminar, se levantó y vio que aún seguía la chica sentada en el mismo sitio. Se dirigió hacia ella y le preguntó:
¿Te gustó?
Jamás había escuchado a nadie interpretar con tanta perfección esa sonata, y le juro que he escuchado muchas.
Bueno, la práctica hace mucho mi niña. ¿Y por qué te dio por pedirme esa sonata?
Mi abuelo es socio del Mercantil. Me dijo que cada noche tocaba aquí un famoso pianista y como estoy estudiando piano, me recomendó que sería interesante, que aprendería algo. Esa sonata para mí es una de las más hermosas que compuso Mozart, de las más difíciles de interpretar y quería saber si era cierto lo que decía mi abuelo y creo que es verdad.
¿Cómo se llama tu abuelo?
Marcelo Castellano, tiene más o menos su edad.
¿Marcelo Castellano? Pues no me suena el nombre de tu abuelo.
Él también es músico, tocó muchos años el violín en no sé qué orquesta de Madrid, hasta que se retiró.
Ahhh —Dijo sin interés.
No le molesto más. ¿Puedo venir a verle otro día?
Cuando quieras, pero no me pidas cosas raras que el público se me subleva, y a mí edad no estoy para estos trotes.
De acuerdo.
Por cierto, ¿cómo te llamas?
Noelia Castellano.
Bien, encantado, ahora tengo que irme.
Encantada y hasta pronto Don Pedro.
El pianista llegó a su casa después de un largo paseo, desde el Mercantil al barrio de Vegueta que lo vio nacer hacía más de setenta años. Los médicos le habían recomendado, después de su jubilación, que caminara como mínimo media hora para mantener a raya la tensión y aquella indomable diabetes, que de vez en cuando le daba algún que otro susto, cuando se le desbocaba como una bestia sin control.
Al poco de entrar en su casa, salió al balcón para disfrutar del silencio, mientras se tomaba una copita de vino tinto, contemplando como las sombras de la noche jugaban a esconderse de las nubes pasajeras y de la luna.
Después se sentó delante de su piano de media cola a tocar sus obras preferidas, generalmente clásicas y todas aquellas melodías famosas y bandas sonoras que había aprendido a lo largo de su larga vida. Mientras tocaba, no pudo dejar de pensar en los ojos de aquella joven que le recordaban a los de su querida mujer. Aquella adolescente experimentaba lo que él sentía cuando se sentaba delante de un piano; ese sentimiento inexplicable que veía en sus ojos y que se podía casi palpar con sus manos.
Recordó aquel día, con apenas cinco años, cuando su madre lo matriculó en clases particulares de piano, allá por 1943, con el viejo profesor Argelius Abaloni, un italiano de Módena, que recaló en Gran Canaria en 1895, recién cumplidos los veintidós, después de que un bergantín, que iba hacia Argentina, fondease durante cuatro días para hacer la aguada y reponer productos frescos de la isla. En esos cuatro días, el joven profesor paseó por las tranquilas calles de aquella incipiente ciudad colonial, recorriendo sus recovecos empedrados, conociendo a sus nobles gentes y sobre todo, se enamoró de su divino clima, que en pleno febrero, podía pasear en mangas de camisa. Argelius visitó los distintos pueblos de Gran Canaria y quedó impregnado para siempre del aroma de aquella tierra.
Sin pensarlo mucho, dio las órdenes oportunas para que desembarcaran su piano de media cola y su escaso equipaje. Se instaló en una pequeña casa solariega en la calle de Los Balcones del barrio de Vegueta. Con el tiempo y su buen hacer, se hizo con una buena clientela, de pequeños y mayores, de la clase media local y haciéndose con un nombre en aquella encantadora ciudad.
El profesor Argelius, cuando vio entrar al pequeño Pedro en su clase, no pudo mas que esbozar una afectuosa sonrisa, ya que era el alumno de más corta edad que había tenido en toda su larga trayectoria profesional, ni siquiera él había empezado tan temprano.
Pero mujer, ¿no es todavía muy pequeñito para empezar con clases de piano? le preguntó con asombro.
Sabía que me lo iba a preguntar, pero la respuesta es bien sencilla: en varias ocasiones, en distintos encuentros sociales y musicales, el pequeño Pedro, se queda anonadado oyendo las notas del piano, cuando él es de por si muy travieso y no para quieto. Con el piano, mire usted, se queda como ensimismado, por eso lo he traído, creo que le va a gustar. Haga usted la prueba, obsérvelo ahora ¿a qué no para de estar de un lado para otro? Toque, toque, toque un poquito y verá como se le acerca.
Bueno, vamos a ver si lo que usted dice es verdad.
El profesor Abaloni, se dirigió hacia su salón de ensayos, y comenzó a tocar Para Elisa y Pedro se fue acercando despacio hacia donde procedía la música y se quedó quieto escuchando y observando al viejo profesor como tocaba aquella obra maestra del célebre compositor sordo.
Al terminar, el profesor Argelius le preguntó:
¿Te gustó?
Pedro no contestó, solo se le quedó mirando fijamente, entonces tuvo la intuición, en ese mismo instante, de que el pequeño Pedro podría ser un gran pianista, porque vio un brillo que jamás había percibido en ninguno de sus alumnos.
Y así fue, Pedro comenzó, en las primeras clases, a desarrollar sus espectaculares cualidades para la música, sobre todo el oído, ya que con solo oír una vez una composición, era capaz de tararearla sin el menor error, y con el tiempo, fue aprendiendo las habilidades necesarias hasta que sus manos y su mente se fueron convirtiendo en una misma cosa. En solo dos años ya había adquirido muchos conocimientos musicales, tocaba sin partitura muchas composiciones y nunca olvidó el único consejo que le dio su profesor: “Nunca te vayas a la cama, sin haber tocado una pieza de música”
Pedro tomó clases con Argelius Abaloni hasta que éste cumplió los ochenta y cuatro años, y hacía más de cinco que solo impartía clases a Pedro, que ya tenía diecinueve.
Cierto día el viejo pianista le dijo amablemente:
Ya te he enseñado todo lo que sé, y creo que eres el alumno más aventajado que he tenido. Ahora te toca a ti recorrer tu camino, que no será fácil, un pianista nunca deja de tocar, porque, si lo hace, entonces estará muerto. Pero jamás tendrás ese problema, porque tú, amigo mio, tocas con el alma y con el corazón.
Gracias profesor, le voy a echar de menos. Con usted he aprendido mucho, sobre todo a trabajar duro y eso jamás podré agradecérselo. Sólo permítame que, de cuando en cuando, pueda hacerle una visita.
Ay, Pedrito, creo que eso va a ser difícil. Mañana parto para Módena, quiero morir en el terruño que me vio nacer. Aquí dejo la mayor parte de mi vida y muchos amigos, pero un italiano casi siempre vuelve a su casa. A mi edad, cada día puede ser el último, y sinceramente creo que ese día está ahí cerquita, esperándome en una esquina, y quiero, que esa esquina sea la de mi entrañable Módena.
Pedro no pudo impedir que los ojos se le llenaran de lágrimas porque de alguna manera, el profesor había formado parte de su vida. No en vano, había compartido con él dos horas diarias durante más de catorce años. En los últimos cinco, esa relación había sobrepasado el límite de profesor–alumno, para transformase en una verdadera amistad, ya que en muchas ocasiones, en ese lustro, después de cada clase, se quedaban a hablar largas horas como dos verdaderos amigos.
Entiendo que se vaya profesor, yo haría lo mismo, pero sé que usted está solo y la soledad, a esa edad, es muy complicada, aquí me tendría a mí y a mi familia para cuidarlo.
Te agradezco tu ofrecimiento, porque sé que lo haces de corazón, pero no te preocupes, ya lo tengo todo previsto, no estaré solo, tengo suficiente dinero para pagar una buena residencia en mi tierra.
Ya veo que no va a claudicar.
Ya me conoces. Lo que si te pediría es que cuidaras de la casa hasta que arregle ciertos asuntos.
Déjelo de mi cuenta, la cuidaré como si fuese mia.
No lo dudo, has pasado en ella muchos años.
Por lo menos, cuando llegue a Módena, haga el favor de hacerme una llamada, para ver como está y como le va.
No te quepa duda de que lo haré.
Al día siguiente Pedro acompañó, al aeropuerto de Gando, al viejo profesor para viajar en un bimotor Douglas DC–4 Skymaster de Iberia hacia Madrid y desde ahí hacia su añorada ciudad.
Pero esa sería la última vez que Pedro y el profesor se hablarían, porque al mes y medio recibió una llamada desde un despacho de abogados de Módena en la que le comunicaban que el viejo profesor había fallecido, que le había legado toda su fortuna que estaba compuesta por diez millones de pesetas, una casa situada en el barrio de Vegueta y que todas las instrucciones legales estaban a su disposición en una notaria de Las Palmas de Gran Canaria.
El joven Pedro no se lo podía creer, aunque en el fondo, comprendió la última voluntad de su profesor, porque en muchas ocasiones le había comentado que tenía que salir fuera a completar sus estudios, que su talento era tal, que tenía que ser reforzado con los conocimientos de los mejores maestros del mundo y estos estaban en Europa, sobre todo en Viena.
Pedro no quebrantó la postrera voluntad de su amigo y profesor, porque él entendió el mensaje claramente.
No se demoró mucho en organizarse para viajar a Viena a completar los dos años de piano que tenía pendientes para terminar sus estudios y después continuó en Viena, cinco años más, recibiendo clases de los mejores profesores de la vieja ciudad europea.
Las campanadas de su antiguo reloj de pared, lo devolvieron a la realidad cuando dieron las doce de la noche. Sintió como sus ojos estaban humedecidos por el recuerdo del profesor Argelius Abaloni porque le debía mucho de lo que él era y de lo que había conseguido en su vida.
A la tarde siguiente, se dirigió caminando al Mercantil como hacía todos los días, pero con una sospecha que pronto comprobaría personalmente. Al llegar al restaurante, saludó a Armando que, con un gesto, le indicó que alguien lo estaba esperando hacía un ratito. Al dirigir su mirada hacia donde señalaba el camarero, su presentimiento se hizo realidad; allí estaba Noelia que lo recibió con una espléndida sonrisa.
Don Pedro se acercó con paso pausado y cuando estuvo cerca le dijo:
Parece que le ha gustado mi música, porque está claro que mi belleza no es la razón de que esté usted aquí.
No se equivoca, no cabe duda de que usted es un maestro y toca el piano como pocas veces he oído, y solo con escucharlo seguro que aprenderé algo.
No me volverás a pedir alguna cosa rara esta noche, ¿verdad?
No, solo vengo a escucharlo, a deleitarme.
Uff, que alivio, porque aquí no están acostumbrados y tampoco me apetece mucho. Me gusta lo que hago porque de alguna manera me acerco a la gente.
¿Por qué toca en el Mercantil?
Esa es una pequeña historia, Noelia.
Ella sonrió para sus adentros al comprobar que recordaba perfectamente su nombre y se sintió feliz.
Hágame un resumen. Breve, que le quedan cuarenta y cinco minutos para empezar su función —Dijo Noelia con ironía.
Pues hace unos cinco años aproximadamente, estaba tomándome un “bombón” mientras leía el periódico, cuando vi que tres niños aporreaban un piano desvencijado que estaba medio abandonado en aquel rincón. Me acerqué y les argumenté que no era un juguete sino un instrumento que había que respetar porque de él salían las mejores melodías del mundo. Ellos se rieron a carcajadas y me dijeron que cómo podían salir melodías de un piano viejo y abandonado. Yo les dije que solo le hacia falta hacerle unos pequeños arreglos, una pequeña afinación y volvería a ser un buen instrumento. Ellos volvieron a reírse a mandíbula batida. Entonces les comenté que estuvieran mañana aquí a las seis de la tarde y si no sonaba como los ángeles les daba cien euros a cada uno. Los niños incrédulos me acusaron de loco y se fueron corriendo.
>>Yo, herido en mi honor, lo reconozco, le hice una inspección y realmente estaba en muy mal estado. Le faltaban la mitad de las cuerdas, algunas teclas y por supuesto afinarlo. Así que a la mañana siguiente, compré las cuerdas, las teclas que le faltaban y cogí mi afinador de piano. A las once de la mañana estaba aquí, me puse manos a la obra, y en menos de dos horas ya lo tenía preparado para tocar, solo me faltaba la afinación que la completé en una hora.>>
>>Por la tarde volví a eso de la seis, y los niños estaban ahí, pero no solos, sino también sus padres para ver si yo había sido capaz de cumplir mi palabra. Ellos me miraron con desconfianza, les dije que se acercaran y les indiqué que me dijeran que canción quería que les tocara. Se quedaron mudos mirando para mí. Unos de los padres me dijo que tocara Yesterday. Empecé a tocar la canción que me pidieron y cuando comenzó a sonar, se quedaron boquiabiertos y muy sorprendidos.>>
>> Al terminar les dije que un piano nunca muere, que cuando se le arrima, solo se llena de polvo y se queda dormido, pero que es capaz de revivir con los cuidados de una buena mano. >>
>> Los tres niños sonrieron y cuando ya se iban a ir, les invité que vinieran a recoger su recompensa, porque al fin y al cabo, ellos fueron los responsables de que él volviera a recuperar sus encantadores sonidos. Así que, este viejo piano y yo, hicimos un pacto esa noche, que mantendré hasta que tenga fuerzas para seguir tocando>>.
Bonita historia Don Pedro, muy bonita —Dijo Noelia con sinceridad
Yo no sé si es bonita, lo que sé, es que me lo paso muy bien tocando aquí, porque nadie me exige nada, yo sólo interpreto lo que me piden y si no hay peticiones toco lo que me sale del alma. Una forma de pasar las tardes haciendo lo que mejor sé hacer.
¿Y nadie más lo hace?
Aquí dicen que este es el piano de Don Pedro, pero lo puede tocar quien quiera. Un día deberías probar y interpretar alguna pieza.
¿Yo? Usted está loco. Nunca lo he hecho para el público, solo en los exámenes.
Pues ya es hora de que te atrevas y también es hora de ir preparándome para la función de hoy. ¿Alguna petición especial?
Siiiiiii, Only you de The Platters.
Que romántica está usted esta tarde, señora Noelia.
Es el amor Don Pedro, el amor. —Dijo sonriendo.
Bueno, pues Only you para los enamorados.
Se acercó al piano y comenzó a interpretar aquella canción que tantas veces había tocado en la intimidad para su encantadora mujer y que hoy, treinta años después, volvía a hacerla sonar para otra fascinante mujer.
Al terminar, se quedó unos momentos pensativo, rememorando aquellos días que había compartido con su mujer.
Pero tardó solo unos instantes en reponerse del aluvión de recuerdos, para continuar tocando en el Mercantil.
Noelia vio perfectamente como los dedos de Don Pedro temblaban y no supo, a ciencia cierta, a que se debía.
El pianista prosiguió con los temas de la noche, que lo formaban cinco peticiones y el resto lo completó con su amplio repertorio de canciones populares que siempre eran bien recibidas por el respetable.
Al concluir, se levantó con los surcos de la tristeza en su rostro, un semblante serio, frío y ausente.
Noelia pudo percibir con claridad aquella congoja que por momentos embargaba al viejo pianista, de manera que se acercó tan rápido como pudo hasta el lugar donde se encontraba y le dijo con cierta preocupación:
¿Se encuentra bien?
Si, mi niña. A los viejos los achaques de la salud nos atacan por todos los flancos posibles y cuando menos te lo esperas. —Mintió con un leve gesto de agradecimiento.
¿Quiere que le acompañe?
No, esto se me pasará con mi pequeño paseo hasta mi casa. No te preocupes por mí, todavía me puedo cuidar solo.
Vamos a ver, yo voy en la misma dirección que usted. Por lo menos déjeme que le acompañe hasta donde yo vivo, cerca de Triana. Me gustaría pasear con usted. —Insistió Noelia.
Mira que eres testaruda. Vale, pero ya te digo que soy mal conversador. —Volvió a mentir con el dibujo de una sonrisa en sus labios.
No se preocupe, hablaré lo justo y necesario.
Así que Noelia esperó a que el profesor cogiera su bastón y su chaqueta para acompañarlo hacia la salida del local social.
Noelia era una muchacha joven, de apenas dieciocho años, muy alta y corpulenta y casi le pasaba dos palmos a su acompañante.
Voy a tener que ponerme calzos la próxima vez que salga a andar contigo amiga. —Dijo con gracia Don Pedro.
Yo creo que ni con calzos. Nosotros, la generación de los ocho, cereales somos muy pinganuos, como dice mi abuelo.
Si, y tanto, nosotros fuimos la generación de un solo cereal; el gofio con leche de cabra, y como puedes ver, en esto de la altura, no nos fue muy bien. —Dijo él riéndose.
Caminaron con el paso pausado que marcaba la edad del viejo pianista, hablando de música, de los pianistas, de sonatas, de fugas y de alguna que otra ópera. En esos minutos su angustia se perdió entre las sombras de los callejones de las calles de la antigua Triana, hasta que se fueron acercando al punto donde su compañera de paseo tenía que quedarse.
Aquí me quedo, como le prometí.
Ya veo que eres una mujer de palabra. A mi todavía me quedan unos minutos de paseo agradable.
Le tengo que confesar que me siento muy a gusto con usted. —Se sinceró la joven.
A tu edad es muy difícil discernir muchas cosas, pero no le des más importancia de la que tiene pequeña, solo siente y disfruta del momento, porque los que no viven el presente, casi siempre, son prisioneros de su futuro — Sentenció el pianista.
Que profundo está usted esta noche.
En ese mismo instante sonó el teléfono móvil de la muchacha, que, con el dibujo de una sonrisa y con un beso volao, se despidió de su compañero de paseo.
Don Pedro observó como se alejaba la chica, seguramente hablando con alguno de sus múltiples pretendientes y, sonriendo, se dirigió hacia su hogar con su paso acompasado.
En la soledad de su casa, no pudo reprimir que los recuerdos de sus años con su esposa afloraran, los mejores años de su vida sin lugar a ninguna duda. Se asomó a su viejo balcón a disfrutar de la calidez de la noche y de aquella brisa marina, que con el viento noroeste, subía por las callejuelas de la vieja Vegueta y que en los calurosos días de verano, era una bendición divina.
Sentado en la mecedora del profesor Argelius, con su copa de vino, quiso recordar el pasado, recordar aquella mujer que amó hasta la locura, quiso recordar el deseo de tener los hijos que nunca tuvo, quiso recordar….pero no pudo. Se levantó tranquilamente y se dirigió al vetusto piano de su querido profesor en busca de refugio; era el único lugar donde encontraba seguridad y que hacía que se olvidase por unos instantes de todo el pasado.
Los días y los meses siguientes Don Pedro contaba con la presencia de Noelia, que cada tarde asistía puntualmente a sus recitales y al terminar paseaban juntos por Triana.
Con el tiempo fueron construyendo una amistad muy intensa y sus paseos nocturnos, se fueron convirtiendo en la excusa perfecta para sentarse, bien en el parque San Telmo, bien en un banco de Triana o bien en la Plaza de Santa Ana para hablar, ya no solo de música, que les apasionaba, sino también de la política, de la amistad, del amor, del clima, y de todo aquello que suelen hablar los buenos amigos.
Una de esas noches, cuando la primavera estaba en su meridiano y los aliseos volvían a entrar con intensidad por las montañas de La Isleta y en medio de una entretenida conversación Don Pedro le preguntó a Noelia:
¿Por qué no te vienes mañana sábado a comer a mi casa? No soy buen cocinero, pero los años y la necesidad me han ayudado mucho.
Para mí sería un placer. Me encantaría visitar su casa, seguro que es un lugar encantador.
No te hagas muchas ilusiones, es una antigua casa de Vegueta y como todos los viejos, tiene sus achaques.
Eso será lo de menos y seguro que usted exagera como hace casi siempre que habla de usted, porque la humildad le puede.
Lo mejor es que tú opines in situ tanto de mi casa como de mi comida y a ver que opinión me das.
¿A qué hora le viene bien? —Preguntó con impaciencia.
Sobre la una y media. Los viejos nos levantamos y desayunamos muy tempranito, y por tanto almorzamos también muy temprano.
No se preocupe por eso. Yo tengo un buen saque.
No lo dudo, pequeña, no lo dudo.
Pues mañana nos vemos en su casa a esa hora, pero me tiene que decir en qué calle vive.
Aquí cerquita, en la calle de Los Balcones, en el número 7.
De acuerdo, déjeme que la apunte.
El pianista observó como sacaba de su pequeño bolso una libreta y apuntaba con diligencia la dirección.
Después de ese instante se despidieron al refugio de la Catedral de Santa Ana, esperando, con cierta intensidad, ese día.
A la mañana siguiente Don Pedro se levantó más temprano que de costumbre, cuando aún el sol no se atrevía a aparecer por el horizonte. Tomó un desayuno ligero y se dirigió al Mercado de Vegueta para hacer las compras pertinentes y preparar el almuerzo.
Desde hacia ya varios días estaba barruntando que comida iba a hacer para su amiga Noelia y lo tenía claro: una buena sopa de marisco y una estupenda sama a la espalda, con su buena ración de papitas arrugadas y mojo.
No se demoró en hacer la compra, porque él conocía a la perfección cada puesto del mercado; llevaba muchos años yendo a realizarla, tenía la buena costumbre de comer productos frescos, un hábito que había adquirido de su entrañable mujer.
Ya en su casa, fue concienzudamente preparando todos los ingredientes. Tenía una especial emoción, ya que era la primera vez, en muchísimo tiempo, que preparaba una comida para alguien, y en cierta manera, sentía la necesidad de hacer un buen trabajo, porque siempre le gustó hacer las cosas bien. De tal manera que sobre las once tenía todo organizado para empezar a cocinar, pero no empezaría hasta las doce de la mañana, así que, para hacer tiempo, se sentó delante de su piano a tocar la sonata K–333 de Mozart, una sonata que empezaba a darle un sentido a su vida.
A eso de la una y cuarto, sonó el timbre de su vieja casona. Se asomó al balcón, y vio a Noelia con un bello traje negro que dejaba al descubierto sus hermosos hombros y que le sobrepasaba no más allá de las rodillas. También llevaba unos elegantes zapatos negros de tacón corto, y a juego, un bolso pequeño del mismo color. Él se quedó unos segundos admirando a la joven, hasta que ella, sintiéndose observada, miró hacia arriba y dijo en tono alegre:
¡¿Estaba usted ahí?!
Sí, llevo aquí un minuto admirando lo guapa que has venido.
No sea usted adulón —le espetó Noelia.
No mujer, no es adulación, es la pura verdad.
Pues, baje y ábrame que parecemos Romeo y Julieta.
Sí, ya bajo.
El viejo profesor bajó las escaleras lo más rápido que pudo, ya que a su edad, tenía que tomarse las cosas con mucha tranquilidad. Pero ese día se sentía ágil porque su corazón había vuelto a tener una razón por la que latir y esa razón no era el amor, sino la alegría de una buena y sincera amistad.
Abrió la vieja puerta, y allí estaba Noelia, que con los tacones, le sobrepasaba tres palmos.
Hola Romeo —Bromeó la invitada.
Bueno, en todo caso sería Julieta, por lo del balcón, claro está, pero con estos pelos y a mi edad, no doy la talla ¿verdad?
Sinceramente, creo que no, pero quizás con unos pequeños arreglillos y en Carnaval, quien sabe.
Si, sobre todo en Carnaval.
Entonces, ¿paso o almorzamos aquí afuera?—Preguntó con ironía.
Es que a mi edad la cabeza está más pa llá que pa ca. Pasa mujer y sube directamente a la parte de arriba que es donde vamos a comer. — Le dijo indicándole el camino de la escalera.
Subieron pausadamente la escalera de madera y en medio de ésta, Noelia le reclamó:
Pero no sea usted salvaje. ¿No me va a enseñar antes su bonita casa?
Es lo que te digo, tanto tiempo viviendo solo que me he asalvajado, ya no sé ni atender a los invitados ni a una hermosa mujer. Venga, retrocedamos el corto camino recorrido que te voy a enseñar la cueva de este viejo oso solitario.
Ni se preocupe ni se disculpe, es que le eché un vistazo de reojo y hombre, tiene usted una casa muy bonita.
No sé yo pequeña, la casa está tal y como la dejó mi mujer, yo no he tocado nada en muchos años.
Su mujer era muy buena decorando y tenía muy buen gusto.
Pues vayamos al grano, que la comida se nos enfría. —Dijo apresuradamente.
Recorrieron la planta de abajo y cada rincón estaba decorado con algún recuerdo de los múltiples viajes que realizaron Don Pedro y su mujer. A Noelia le impresionó sobremanera el Patio Canario, con una fuente central cuya agua buscaba el cielo, y una luz que llenaba cada escondrijo del centenario patio. Había más de quince helechos gigantes que colgaban de los techos de los pasillos perimetrales que circundaban la fuente. Por un momento, pareció entrar en otra época, se sentó en un banco de piedra que estaba frente a la fuente y se quedó unos instantes enmudecida con los ojos cerrados, solo oyendo el repiquetear del agua que rompía limpiamente el silencio.
Don Pedro la observó durante un ratito y la dejó sola, el se dirigió hacia la parte de arriba de la casa para empezar a servir la comida, mientras Noelia seguía como en trance oyendo la música del agua.
El pianista se acercó al pasillo que daba al patio, y desde allí, vio que su amiga seguía en el mismo sitio, tranquila y sin dar señas de querer levantarse. Pero Don Pedro, con un pequeño silbido, la trajo de vuelta a la realidad.
Don Pedro, esta casa es una maravilla, sobre todo este sitio. —Dijo Noelia todavía emocionada.
Si, es un lugar muy tranquilo, que yo no suelo frecuentar porque me trae muchos recuerdos. Sube ya, que tengo el primer plato sobre la mesa y el segundo casi está a punto.
Noelia subió, le dijo que después le enseñase el resto de la casa, se sentó, empezó a comer la sopa de marisco, miró a su anfitrión y le comentó:
Esto está delicioso caballero. No solo tiene usted buenas manos para el piano, sino también las tiene para la cocina.
Nada del otro mundo; tengo mucho tiempo para experimentar y ensayar.
Lo que usted diga, pero esto está para chuparse los dedos.
Aquí lo puedes hacer, pero mejor coge un poco de pan, y moja.
Posteriormente vino el segundo plato, la sama a la espalda, de la que la estudiante tomó buena cuenta, mostrando su satisfacción guiñándole un ojo y elevando el pulgar hacia arriba.
Después del excelente almuerzo, Don Pedro preparó un buen café y lo llevó al balcón que daba a la calle donde tenía instalada una cómoda mecedora y una pequeña mesita redonda.
Durante el café Noelia comenzó a preguntarle sobre su pasado, pero el viejo pianista se mostraba esquivo.
Me imagino que usted no quiere hablar del tema, porque no me cuenta nada de su mujer ni de su carrera.
Para mí ese es un tiempo pasado, maravilloso, pero pasado. Intuyo que no te interesa porque los escombros de mi vida no creo que puedan despertar interés en nadie.
Pues tiene usted muy mala intuición, porque sí me gustaría conocer esa parte de su vida de la que no quiere hablar.
No insistas Noelia, de verdad, esa parte de mi vida está enterrada en un panteón del cementerio de Las Palmas.
Mi abuelo, siempre que me ve, me dice que usted fue un gran pianista. Por lo menos cuénteme eso; me gustaría escucharlo.
Bueno, bueno, a ver por dónde empiezo. —Dijo pensativo.
La cara de su interlocutora se iluminó por unos instantes, como si fuera a descubrir un gran tesoro que llevaba oculto miles de años.
A los cinco años —continúo— mi madre me matriculó en clases de piano, porque decía que era la única forma en la que yo me estaba quieto. Y cierto era, porque cada vez que oía música, todo mi ser se paralizaba para escuchar el sonido que salía de ese ingenio. Así que, ni corta ni perezosa, mi madre habló con un profesor italiano afincando en Las Palmas de Gran Canaria desde principios de siglo, el profesor Argelius Abaloni, que sería mi profesor, mi mentor y mi amigo durante más de diez años. Él me enseñó todo lo que sé, sobre todo a tener paciencia cuando las cosas no salen como uno quiere y a trabajar duro, si uno quiere conseguir lo que desea, pero sobre todo, me enseñó a amar la música. A él le debo gran parte de lo que soy.
Hizo una pausa, como para recobrar el aliento. Sus ojos por momentos le brillaban cada vez más y se le llenaron de lágrimas que logró evitar gracias a un leve gesto del dedo índice de su mano derecha.
El profesor Argelius —prosiguió— murió en Módena hace ya muchos años y tuvo la gran gentileza de nombrarme heredero universal de toda su fortuna que incluía la casa en la que estamos ahora. Su herencia me permitió irme a Viena a completar mis estudios superiores de piano y recibir clases particulares de los mejores profesores del mundo, con los que aprendí mucho de lo que sé. Como puedes ver he sido un hombre afortunado.