Historias de un esquizofrénico que no quería serlo, pero que lo era.
Edita: © www.elpatiodeloscangrejos.blogspot.com
Autor: © Moisés Morán Vega
ISBN: 978-84-613-6341-4
Depósito Legal: GC-330-2010
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Índice
El agua envenenada 8
El contenedor 63
El control remoto 16
El interrogatorio 93
El miedo 71
El muerto 37
El número de serie 5
El subinspector Fabelo 67, 79
El traslado 42
El virus 32
Epílogo 114
La detención 86
La limpieza 58
La persecución 22
La policía 45, 47, 50, 86
La reja 12
Las pesquisas 79
Siempre se ajustan las cuentas 105
Teléfonos móviles 27
¿Qué hacemos con el muerto? 52
El número de serie
Amaneció el día como otro cualquiera. El mismo ruido en las calles, las mismas caras a la misma hora y los mismos problemas en el mundo. Marcos se levantó para acudir a su trabajo. Se dirigió al cuarto de baño y se miró al espejo porque sentía un ligero dolor en el ojo derecho. Se quedó perplejo al ver que en su pupila le habían grabado un número de serie.
—! No!, ¡otra vez no!
Se vistió tan rápido como pudo, levantó el teléfono, llamó a su jefe y le dijo que ese día no podría ir a trabajar porque tenía un problema que iba a tardar algunas horas en resolver. Su jefe estaba harto de sus historias de paranoico, pero no podía prescindir de él porque, sencillamente, en lo suyo era el mejor y, cuando estaba en sus cabales, sacaba el trabajo de tres operarios.
Abrió todos los cajones buscando las jodidas gafas negras, que por algún lado tenían que estar, pero que no aparecían. No quería salir con el ojo al descubierto y que todo el mundo pudiera ver su problema. Por fin, las encontró. Salió a la calle y se dirigió a la primera oficina de información turística que encontró.
Esperó pacientemente a que abriera, porque había llegado a las ocho en punto de la mañana. Vio llegar a la azafata y cuando esta dio por abierta la oficina, Marcos se dirigió a ella y le preguntó:
¿Usted sabe guardar un secreto?
¿Un secreto? ¿Qué secreto? —le replicó incrédula la azafata.
Se colocó las gafas de sol en la cabeza, se acercó lo más que pudo a la señora, abriendo con ambas manos su ojo derecho, y le dijo:
¿Usted no ve con claridad un número de serie escrito en mi pupila?
No, no lo veo. No veo nada, señor.
¿A qué organización pertenece usted?
¿De qué me está hablando? Usted está como una jaira1, caballero.
Está claro que me he equivocado de oficina —le dijo con una mueca de enfado.
Se alejó de la oficina turística. Le sonó el móvil. Atendió la llamada y, a continuación, se colocó la pantalla del teléfono frente al ojo derecho. Esperó unos instantes, mientras algún transeúnte lo miraba preguntándose qué demonios estaba haciendo, y se guardó el aparato en el bolsillo.
A toda prisa se dirigió al coche más cercano para poder ver la pupila del ojo derecho en el espejo. Como quiera que tenía dificultades para poderla ver con comodidad, sin más, le dio un puñetazo al retrovisor del coche, arrancándolo de cuajo. Lo cogió del suelo, abrió el ojo lo más que pudo y respiró con tranquilidad, el número de serie había desaparecido. Ahora podía volver tranquilo a su trabajo, había logrado neutralizar el no-sé-cuan-tos-in-ten-tos, (ya había perdido la cuenta) de La Organización de controlar su vida. Ellos estaban por todas partes.
El agua envenenada
El estrépito de la bocina llenó toda la nave. Como autómatas, todos los trabajadores se dirigieron hacia los vestuarios para darse una ducha ligera e irse a descansar después de una intensa jornada.
Marcos la oyó, pero siguió concentrado en aquellas planchas de hierro negro con las que llevaba trabajando toda la mañana. No iba a irse hasta terminar el cordón de soldadura que fijaba las dos planchas. Cuando se concentraba en un trabajo, no había quien lo sacara de él. De una manera o de otra, siempre acababa los trabajos que comenzaba.
A eso de las siete y media de la tarde, dio el definitivo punto de soldadura del cordón, se levantó la careta protectora, miró su reloj, dirigió su mirada hacia el contenedor de seis metros que hacía las veces de oficina y se encontró con la mirada de su jefe que estaba cerrando las cuentas del día. Le sonrió, mientras pensaba que Marcos estaba como una cabra pero era un excelente trabajador.
Bajo la ducha, mientras el agua enviaba al desagüe los últimos restos del gel de hierbas aromáticas con extracto de aloe vera y, sin saber muy bien por qué, pensó en su primo Dalmacio. Hacía mucho tiempo que no lo veía.
Sin darle demasiadas vueltas, cogió su viejo coche japonés y se dirigió sin demora a realizar una visita a su primo.
Al llegar a su portal, se quedó unos instantes frente al recién inaugurado portero automático. Nunca le habían gustado los chismes electrónicos, decía que eran fácilmente manipulables por La Organización. Se metió la mano en el bolsillo derecho de su pantalón vaquero, sacó un pañuelo blanco, enroscó una de sus puntas en el dedo índice, a modo de guante, y fue bajando uno a uno los botones hasta llegar al tercero izquierda. Lo accionó y esperó la respuesta. Quince segundos después, una voz masculina, enlatada, salió del intercomunicador y preguntó:
¿Quién es?
Yo.
¿Y quién coño es yo?
Tu primo Marcos.
¡Marcos! Es que no me acostumbro a esta mierda de portero. Espera, que te abro.
Sonó un quejido metálico y el mecanismo de la puerta se abrió. Marcos subió uno a uno los escalones, contando mentalmente cuantos había. Al llegar al rellano del tercer piso, se encontró con su primo esperándolo sonriente en la puerta y le gritó:
Joder, estás más perdido que Wally. ¿Cuánto hace que no nos vemos?
Y sin venir a cuento, Marcos le contestó con una pregunta:
¿Sabes cuántos escalones hay desde el zaguán hasta aquí?
Ni puta idea, primo.
Pues exactamente treinta y tres. Eso es bastante extraño, porque suele haber diez escalones entre piso y piso. Deberías pensar en eso.
Joder, primo, tú siempre con tus paranoias… Bueno, ¿y qué te trae por aquí?
Nada en particular. Me estaba duchando y pensé en ti.
Espero que no hayas imaginado que se te caía el jabón y todo eso… ¿No te estarás volviendo maricón?
Ssshhh, no digas esas cosas, solo tuve el impulso de venir a verte. Solo eso... Estoy muerto de sed.
En la cocina hay agua.
Marcos se levantó y se dirigió a la cocina. Al regresar vino con el rostro serio, como si hubiera visto un fantasma.
¿Qué pasó, primo?, ¿y esa cara?
¿Por qué me quieres envenenar? —le preguntó con el gesto serio.
¿Qué coño dices, Marcos? Tú estás como una jaira, tío.
Entonces, explícame porqué el agua de la talla que hay en la cocina tiene un sabor extraño, como a almendras amargas.
Pero, ¿has dejado la medicación? — le preguntó con ironía—. Pues claro que tiene un sabor raro, hemos mezclado agua y anís para quitarle el sabor y el amargor del barro. Por eso te sabe mal, ¿entiendes?
No lo entiendo. Gracias a Dios que lo escupí en el fregadero, sino estaría aquí tumbado echando espuma por la boca y en manos de La Organización. Ahora comprendo por qué tuve ese impulso irrefrenable de venir a verte. De alguna manera La Organización me lo metió en la cabeza. Es la única explicación.
¿Qué Organización? ¿De qué estás hablando?
Bueno, me tengo que ir. Ellos están en todas partes, primo, en todas partes.
Salió dando un portazo, saltando de tres en tres los escalones y corriendo por las calles en busca de su coche, mientras su primo Dalmacio no daba crédito a lo que había vivido.
La reja
A Dalmacio hacía algunos días que le habían entregado el pequeño dúplex adosado, después de mil y una peripecias con la constructora que, como ocurría siempre, incumplió todos los plazos habidos y por haber, y se lo dio tres años después de lo contratado.
En una primera inspección del dúplex, pudo comprobar que la ventana de la cocina, que daba directamente a la calle, necesitaba con urgencia algún elemento de seguridad adicional, ya que solo tenía el marco de aluminio y el cristal.
Sopesando mucho lo que había ocurrido con el agua, cuando llegó a casa de su madre, a eso de las tres de la tarde, cogió su teléfono móvil y llamó a su primo Marcos. Después de cinco tonos, su primo contestó:
¿Sí? ¿Quién es?
Dalmacio, tu primo.
¡Oh, primo!, ¿cómo te va?
Bueno, ya sabes, unas veces bien y otras no tanto. Te llamaba para que me hicieses un favor. Me acaban de entregar el dúplex, y como necesito colocar una reja de hierro en una de las ventanas que dan a la calle, me he acordado de ti.
Sabes que no hay problema, medimos, compras los hierros y te monto la ventana.
¿Cuándo podemos quedar? —preguntó Dalmacio.
Hoy mismo. Pasa a buscarme por mi casa a eso de las siete.
¿Sigues viviendo en el mismo sitio?
Sí, claro, aunque dentro de poco tendré que mudarme. No me gusta quedarme mucho tiempo en una misma casa. Yo tengo que estar continuamente en movimiento. Estos están por todas partes.
¿Quiénes? —se interesó Dalmacio.
Olvídalo. Te espero a la siete.
A las seis y media de la tarde, Dalmacio cogió su viejo Seat Panda y se dirigió a casa de su primo. Cuando llegó, Marcos ya lo estaba esperando en la calle. Subió al coche y después de unos minutos de conversación, y mientras se dirigían hacia casa de Dalmacio, éste le preguntó:
¿Qué tal te va con las tías?
Ahora no tengo novia.
Bueno, tendrás alguna novieta, ¿no?
No. No tengo. Las novias son un problema. Se meten en todo.
Dalmacio, encendió la radio para oír un poquito de música y hacer más llevadero el trayecto. Su primo lo miró fijamente, sin decir nada. Dalmacio siguió con la conversación.
Coño, pues, entonces, te tocarás algunas pajillas, digo yo, para matar el hambre.
Su primo lo volvió a mirar como si hubiera mentado al diablo. Abrió los ojos, mirando hacia la radio, pero su primo no entendía nada de lo que estaba ocurriendo.
¿Qué pasa? —preguntó Dalmacio.
Marcos le señaló la radio con el dedo índice, se llevó el mismo dedo hacia la oreja derecha y luego, uniendo el índice y el pulgar, se los llevó a la boca, realizando un gesto como si cerrara una cremallera.
Dalmacio recordó, por unos instantes, el incidente del agua envenenada, pensó que su primo había perdido el tino y encogiéndose de hombros, levantó las palmas de las manos preguntándole que era lo que pasaba. Marcos simplemente se llevó el índice a los labios, haciendo el gesto de silencio, para indicarle que no hablara.
Condujo hasta su nueva casa. Cuando llegaron, Dalmacio salió del coche y le espetó:
Pero, ¿qué coño pasa, Marcos?
No tenías que haber encendido la radio. Todas están intervenidas y estabas tratando temas muy peliagudos y personales. Ellos están buscando toda la información posible sobre mí. Pero ya está. Cuando subamos de nuevo, no la enciendas, por favor.
¿Y por qué no me dijiste que la apagase?
Porque lo habrían sabido. No me gusta que sepan que yo conozco que me están siguiendo.
Bueno, Marcos, vamos a lo que hemos venido — dijo con un mohín de enfado.
Marcos cogió el metro, midió aquí, allá y le apuntó, en un trozo de cartón que encontró por allí, todo el material que tenía que comprar y quedaron en que lo llamaría el fin de semana para ponerse manos a la obra con la reja.
Dalmacio quería esperar al viernes, que era el día que cobraba, para comprar los cinco hierros y la pintura blanca. Pero justamente el jueves por la noche recibió una llamada de Marcos.
Primo, suspende la operación.
Pero, Marcos, ¿qué operación?
Sabes perfectamente qué operación…
Dalmacio dedujo que se refería a la construcción de su reja de hierro. Volvió a oír el sonido seco cuando su primo colgó al otro lado, dejándolo con un palmo de narices y sin la dichosa reja.
Al final, llamó a un conocido que tenía una carpintería de aluminio y que le hizo, en quince días, una flamante ventana de aluminio, con lamas abatibles de color blanco, mientras pensaba qué coño le pasaba a su primo Marcos.
El control remoto
Eran las tres de la mañana cuando sonó el teléfono. El último politono Dionisioooooooo, coge las cabrassssss, ehaaaa, ehaaaa, ehaaaa, riauuu, riauuu, Dionisioooooooo, Dionisioooooooo, etc... retumbó en toda la casa de Dalmacio, que se levantó como un resorte y con el corazón en un puño. Encendió la luz, cogió el móvil, miró con rabia la pantalla táctil para saber quién coño había llamado a esas horas de la madrugada, pero no reconoció el número de teléfono. Con la voz ronca y malhumorada contestó:
¿Quién es?
¿Es usted Dalmacio Hernández?
Casi. A estas horas una parte de mí está hablando con usted y la otra está dormida, dulcemente, en mi cama. ¿Quién pregunta?
Soy el sargento Monagas. Le llamo de la Jefatura de la Policía Local de Las Palmas de Gran Canaria. Tenemos aquí a un señor, que según la documentación, se llama Marcos, que ha tenido un accidente, nada grave para lo que podía haber sido, y que nos ha dado su teléfono. Dice que usted vendrá y que nos aclarará lo sucedido, porque nosotros no damos crédito a lo que nos cuenta. ¿Es usted su abogado?
No, sargento, no. Soy su primo —dijo con resignación.
Pues venga lo antes posible porque tenemos que hacer unas diligencias informativas y no sabemos por dónde empezar.
¿Está borracho?
No, le hemos hecho dos veces el control de alcoholemia y en los dos, ha dado cero.
De acuerdo. En treinta minutos estaré ahí. ¿Ustedes están en Miller Bajo?
Sí, ahí, no nos hemos cambiado.
Vale, hasta ahora.
Dalmacio se lavó la cara, se vistió lo más rápido que pudo, bajó las escaleras, abrió la cancela y se subió a su nuevo coche japonés. Al entrar, puso la calefacción porque hacía un frío que pelaba. Diez grados, se dijo mirando el termómetro digital del salpicadero. Mientras entraba un poquito en calor, puso la radio, sintonizó la primera cadena que encontró y se detuvo a pensar en su primo por unos instantes.
Hacía más de un año que no sabía nada de él. La última vez que lo había visto había sido cuando el asunto de la reja. No pudo reprimir una sonrisa al pensar en toda aquella historia. A los diez minutos, arrancó y se dirigió hacia la Jefatura.
La noche estaba clara, ni una nube en el cielo, ni un alma en la calle, solo el silencio. Hacía mucho tiempo que no conducía en la madrugada. Había olvidado la agradable sensación de recorrer, de cabo a rabo, las calles de aquella ciudad, cuando no podía dormir o cuando necesitaba estar solo para resolver sus problemas con la humanidad.
Al llegar a Miller Bajo, aparcó a unos metros de la entrada de la Jefatura. Entró y le dijo al policía de la recepción que preguntaba por el sargento Monagas.
Después de unas llamadas y de unos instantes, apareció el sargento. Era un tipo orondo que, por lo visto, había abandonado hacía ya muchos años el ejercicio físico. Tenía una barriga que le sobresalía algunos palmos, fruto del buen comer y de la buena cerveza. Dalmacio, cuando lo vio acercarse, se lo imaginó vestido de Papa Noel, con su traje rojo y blanco, su campana y el saco de regalos para todos los niños del mundo. Una voz grave corroboró que sería un buen Santa Claus y lo despertó de su ensoñación diciéndole:
Soy el sargento Monagas. Tenemos a un sujeto en la sala de espera al que hemos encontrado hace hora y media en una cuneta de la carretera de Jinámar. Cuando lo encontramos, estaba sin sentido, y el coche, siniestro total.
Pero ¿qué le ha pasado?, ¿se quedó dormido?
A ver, eso es lo que yo supongo, eso es lo que quiero poner en la diligencia del accidente, que se quedó dormido, que perdió el control del coche, que se salió de la carretera, que no lo pudo controlar y como consecuencia, tuvo el accidente.
Bueno, ¿y qué problema hay?
Que no quiere firmar la diligencia, porque dice que no se quedó dormido.
¿Entonces?
Dice que La Organización, por control remoto, apretó el acelerador hasta poner el coche a ciento veinte, y que luego él tiró del freno de mano y se estrelló contra el muro.
¿Qué? No me lo puedo creer. ¡Joder! Y menos a estas horas.
Y claro, llevo más de una hora intentando convencerlo, pero no hay forma. Por eso lo hemos llamado.
¿Puedo hablar con él?
Sí, claro. Sígame.
Se dirigieron a la sala de espera, donde se encontraba Marcos. Al verlo, se levantó y le espetó:
Esta vez se han pasado. Han querido matarme, primo. Pero no lo han conseguido. Salí tarde del trabajo. Sabes que no me gusta dejar trabajos a medias y además, no tenía sueño. Cuando entré en el coche, la radio estaba encendida, ahí empecé a sospechar, porque yo nunca dejo la radio encendida y ellos utilizan las ondas de radio para controlar los coches, no sé si lo sabes. Pero no le di importancia. Al ratito de estar conduciendo, el coche comienza a acelerar solo, y a pasarse de un carril a otro superrápido. Gracias a Dios que no había ni un alma por la avenida. Intenté abrir la puerta para saltar, pero no podía. Ellos tenían todo el control. No podía hacer nada, hasta que pensé que mi única salvación era el freno de mano. Así que cuando ellos me dirigían hacia su sede secreta, tiré del freno de mano, el coche empezó a girar sobre sí mismo y dio dos vueltas de campana, hasta que perdí el conocimiento. Me despertaron los de la ambulancia. Estoy vivo de milagro y ellos no se han salido con la suya.
Pero ¿qué me estás contando, Marcos?
Lo que oyes, primo, lo que oyes. Cada día están más cerca.
De acuerdo. Pero —improvisó Dalmacio porque quería irse a dormir—, primo, si no firmas la diligencia del accidente, no te van a dejar salir, y además, ¿cómo se te ocurre contarles ese asunto de La Organización o tú te crees que alguno de estos no forma parte de ella? Si te quedas un minuto más quién sabe lo que te podrán hacer. Así que, tú mismo…Yo creo que lo mejor es decir que te quedaste dormido y para casita a descansar.
¡Joder, primo, no había pensado en eso! ¡Qué fallo he cometido!
Bueno, voy a buscar al sargento para que te traiga el parte, para que lo firmes.
Sí, sí, date prisa, tengo que salir de aquí rápidamente.
Dalmacio salió en busca de Monagas y lo encontró tomándose un café junto a unos compañeros. Se acercó hasta el lugar donde estaban y le dijo, con tono de disculpa e inventándose la primera historia que le vino a la cabeza:
Es que está pasando una mala racha. Tiene tratamiento con antidepresivos muy fuertes, a veces se le va un poco la cabeza, con alucinaciones y cosas de esas. Me acaba de decir que se quedó dormido y que le lleve la diligencia para firmarla.
Bueno, ¡por fin! Ya me estaba cabreando un poco.
Y no es para menos, sargento, no es para menos.
Después de que Marcos firmara todos los papeles, él y Dalmacio salieron de la Jefatura, se metieron en el coche y con la radio apagada, Dalmacio le dijo:
Primo, tú no estás bien, tío. Tienes que buscarte un psicólogo o un psiquiatra. No puedes seguir así.
¿Así, cómo?
¡Joder, primo! ¡Casi te matas hoy!
No, primo, casi me mato, no, casi me matan. Eso es muy diferente.
Dalmacio no dijo nada más, puso el coche en marcha, encendió la radio para que su primo no hablara más y lo llevó a su casa, pensando que estaba, irremediablemente, como una cabra.
La persecución
Ya habían pasado más de seis meses sin que Dalmacio tuviera noticias de su primo, cosa que agradecía enormemente, porque cada vez que se encontraba con él, siempre se topaba con algún problema o con alguna historia increíble. Pero esa situación iba a cambiar pronto. El último viernes del mes de mayo de 2006, que era su trigésimo tercer cumpleaños, cuando se encontraba tomándose un chocolate con churros en la churrería de La Naval, a las ocho de la mañana, entró su primo Marcos. Al principio no lo reconoció, cuando lo vio entrar con aquellas gafas negras que le cubrían media cara, el pelo teñido de un rubio platino que deslumbraba, una barba pelirroja, a todas luces postiza, y un mono de trabajo azul marino, aderezado con grandes y pequeñas manchas de grasa y multitud de agujeritos producidos por las escorias incandescentes de la soldadura.
Dalmacio llevaba muchos años haciendo la parada ritual de todos los viernes, saliera el Sol por donde saliera, en la churrería de La Naval porque, sencillamente, le encantaban los churros con ese punto exacto de aceite y de fritura. Entre churro y churro se leía, porque ya no había más tiempo, los titulares de La Provincia y del Canarias 7.
Mientras hojeaba la página cuarenta y siete, el del pelo rubio platino llamó a la camarera porque no le hacían ni puñetero caso. Al instante, Dalmacio reconoció la voz de Marcos.
Dalmacio giró despacio la cabeza, hacia el lugar donde se encontraba el que era supuestamente su primo, que seguía, insistentemente, levantando la mano para pedir un cortado leche y leche y cinco churros, sin que nadie le hiciera el menor caso. Reflexionó durante unos instantes sobre la conveniencia de saludarlo, pero justo cuando estaba inmerso en esa reflexión, oyó como aquel personaje, que parecía salido de una amanecida de la cabalgata del carnaval de Las Palmas de Gran Canaria, le decía:
¡Primo!
Su primo se quedó medio minuto fingiendo como que no lo había oído. Pero ante su insistencia, giró la cabeza y se quedó tres milisegundos mirándolo, con una mueca de extrañeza, para ver si de esta forma desistía del intento. Pero no fue así.
¡Primo! —volvió a gritar, esta vez quitándose las gafas oscuras para que Dalmacio lo reconociera.
¡Coño, Marcos! No te había reconocido —le mintió al tiempo que pensaba: ¿Quién coño sería capaz de reconocerlo?
Marcos se levantó y se sentó junto él. Dalmacio viendo que no había Dios que lo atendiera, dijo:
¡María! Un chocolate y cinco churros, y apúntalo a mi cuenta.