Excerpt for Ali Romero. La Historia de un Corsario Berberisco by Moisés Morán Vega, available in its entirety at Smashwords























Alí Romero. La historia de un corsario berberisco




















Edita: NACE (Nueva Asociación Canaria para la Edición)

Autor: © Moisés Morán Vega

De la portada: © Julio César Hernández Cordero

ISBN: 978-84-938659-1-7

Depósito Legal: GC-101-2011

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A mi hijo Aarón.


Agradecimientos:


A Irmina Díaz-Frois Martín

A Mª Jesús Ferrer Quintana


Prólogo


El trabajo de Moisés, aunque con licencias literarias, refleja bastante bien la apasionante historia de Simón Romero, su nombre cristiano o Alí Arráez Romero, el musulmán que adoptó tras islamizar.

Nacido en la calle Triana de Las Palmas, fue apresado a los 16 años por corsarios argelinos cuando faenaba en Berbería. Llevado a Argel, renegó pronto y se hizo corsario, con lo que consiguió el dinero para comprar su libertad. Ascendió a contramaestre de navío con lo que consiguió los medios necesarios para construirse un barco, al que denominó, significativamente, “El Canario”. Sus éxitos corsarios, debidos en gran parte a su valor personal, le proporcionaron gran popularidad gracias a la cual fue nombrado presidente de la taifa (gobierno) de los corsarios y poco después Gran Almirante de la Armada argelina. Su actitud ante los canarios fue ambigua, pues mientras venía a corsear a las islas y se llevaba cautivos a sus habitantes, les ayudaba en Argel con alimentos y ropas y sobre todo, les prestaba el dinero para que se redimieran. Además facilitaba la labor de los padres redentores, como ellos mismos reconocieron. Sin duda añoraba Canarias, como lo demuestra la ayuda a los canarios y el nombre de su navío. No obstante, según algunos testimonios, terminó aclimatándose y se convirtió en un buen musulmán.

Alí Arráez no fue una excepción entre los cautivos canarios, aunque si fue el renegando más destacado, pues hubo numerosos isleños que se islamizaron, y muchos se dedicaron al corso, como el tinerfeño Ozaín que llegó a contramaestre de navío, antes de ser apresado en una isla gallega.

¿Por qué renegaban? La mayoría porque desesperaban de ser liberados y deseaban mejorar su situación. Algunos eran forzados a islamizar, generalmente niños para ser adoptados y mujeres para enlazar con ellas. También los hubo que fueron voluntariamente a Berbería, como Salvador, el hermano de Alí Romero. Hay que recordar que estas regencias estaban menos jerarquizadas que los países europeos, y que un hombre humilde podía llegar a lo más alto, como sucedió con Alí Romero.

¿Los renegados asumieron positivamente su nueva cultura y religión? Algunos sí, como el protagonista de esta historia, que aunque al principio se autocriticaba por haber islamizado, más tarde se convirtió en un musulmán sincero. No obstante los hubo también que renegaron para poder ser corsarios y huir al llegar a tierras cristianas. Renegar no era fácil, pues implicaba sustituir una cultura por otra, con las dificultades que ello conllevaba.


Dr. Luis Alberto Anaya Hernández.

Profesor Titular de Universidad de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria.

La madrugada del veintiséis de julio del año 1655 el bergantín “Las Ánimas”, estaba atracado en el pequeño muelle de Las Palmas. Antes del amanecer, partiría rumbo a Berbería. El capitán, Juan Sánchez, estaba dando el penúltimo repaso a los pertrechos, las jarcias, los aparejos, las velas y los remos. También comprobó que el avituallamiento era el adecuado para las treinta jornadas que iban a estar pescando en las cercanías de la costa africana.

La pesca era una de las principales actividades económicas para los ciudadanos de Las Palmas, ya que de ella dependían muchas familias y el pescado salado era uno de los alimentos principales de la dieta del canario. También se había convertido en el principal producto, que los barcos adquirían cuando recalaban en el puerto para hacer la aguada, de camino hacia América o África porque se conservaba muy bien.

Una de las mayores preocupaciones de los maeses era la sal, sin ella no podrían soltar velas. Esta materia prima era fundamental para la salazón del pescado que realizaban en alta mar.

Por esta razón, el capitán Juan Sánchez se había acercado a las Salinas del Bufadero, en Bañaderos, la jornada anterior. En esta ocasión había apalabrado 300 fanegas de sal que guardaría como oro en paño en sus bodegas.

El precio de la sal siempre era motivo de disputas entre los salineros y marineros y esta vez no sería diferente. Al llegar a las salinas, el contramaestre, hombre de confianza del maese, desembarcó para cerrar el precio con el salinero y acordaron que sería de 980 maravedíes la fanega. Al subir a bordo el capitán le preguntó:

  • ¿Cómo fue la operación?

  • Bien. Sabe que estos salineros parecen moros. Están todo el día regateando un maldito cahíz de sal. Al final cerré en 980 maravedíes la fanega.

  • Muy bien. Eres un buen negociante, Bejamín. Recuérdame que te compense cuando cerremos la salazón con una veintena de pargos.

  • Con éste hay que tener mucho cuidado porque tiene muy mal carácter, señor.

  • Ya lo sé, no es la primera vez que nos llama “judíos usureros”. Solo le falta tirarnos piedras.

Antes de partir, llamó a cubierta a los diecisiete hombres que componían la tripulación del bergantín. Mientras iban llegando, pensó en las dificultades que había tenido para formar una tripulación decente y experimentada. Se vio obligado a contratar a tres muchachos entre los que se encontraba Simón Romero Arráez.

Simón nació en 1639 en la calle de Triana en Las Palmas de Gran Canaria, en el seno de una familia humilde como muchas de las que poblaban los barrios de las Canarias del siglo XVII.

La idea de enrolarse en un barco de pesca partió de su padre, que no veía salida alguna a la maltrecha situación económica de la familia, a no ser que tuviera un poco de ayuda por parte de sus descendientes. No podía contar con sus tres hijas, que estaban en edad de casarse y ya tenían acordados sendos matrimonios. Su hijo mayor, Salvador, estaba aprendiendo el oficio de carpintero de ribera, y el siguiente, Gaspar, se había ido al Nuevo Mundo, por lo que solo le quedaba Simón que, por aquel entonces, tenía dieciséis años, al que no se le conocía oficio ni beneficio y que se dedicaba, la mayor parte del tiempo, a holgazanear.

Su padre lo llamó un día antes del almuerzo y le dijo:

  • Ayer oí en el muelle que están buscando marineros para ir a la pesca a Berbería. Nos vendría muy bien algunos reales extras para mantener a nuestra familia. Creo que tienes edad suficiente para embarcarte y hacerte un buen marinero. Me han dicho que pagan aceptablemente y a medida que vayas cogiendo experiencia, el sueldo será mucho mayor. Aquí la situación cada día es peor. Mi sueldo casi no nos llega para comprar comida suficiente para alimentar a tantas bocas. No tenemos otra salida.

  • No se preocupe, padre, siempre me ha gustado el mar y sabía que tarde o temprano terminaría de marinero. Dígame con quien tengo que hablar.

  • El bergantín está atracado en el muelle y se llama Las Ánimas. Cuando llegues, pregunta por el capitán Juan Sánchez, él te explicará todos los pormenores.

El capitán cada vez encontraba más dificultades para buscar marineros que quisieran enrolarse para ir a África, porque el temor a los piratas era un virus contagioso que se propagaba entre todos los marineros de Las Palmas.

Él era consciente del peligro que corrían en aquellas costas. Un número considerable de pesqueros habían sido apresados por los corsarios que navegaban por el Mediterráneo y la costa de Berbería. Muchos no habían regresado ya que habían sido vendidos como esclavos en Argel o en Turquía. Pero la necesidad era superior a los peligros que pudieran correr en aquellas costas, porque una buena pesca garantizaba el futuro económico durante meses.

Las Islas Canarias se habían convertido, después de su conquista por la Corona de Castilla en el siglo XV y del posterior descubrimiento de América, en punto estratégico para el desarrollo de España como potencia mundial. Las Canarias, sobre todo Gran Canaria y Tenerife, eran punto de paso obligado de todos los buques que iban o venían del Nuevo Mundo. Este hecho no pasaba desapercibido para los piratas franceses, holandeses, ingleses y berberiscos que acechaban y atacaban a todos los barcos que seguían esta ruta.

Cuando todos estaban en la cubierta y antes de levar anclas, el capitán les arengó:

  • Antes de que el Sol salga por el horizonte nosotros ya estaremos rumbo a Berbería. Sé que muchos de ustedes están atemorizados por la posibilidad de que nos ataquen y como consecuencia de ello, seamos vendidos como esclavos a los moros de Argel. Ese es un riesgo que tenemos que correr. A todos les he adelantado una razonable cantidad de reales que me imagino los habrán destinado al sostenimiento de sus familias. El resto se los pagaré al terminar la temporada de pesca como hemos acordado. Así que cada uno que se sitúe en su puesto que partimos sin demora.

Comenzó a dar las órdenes oportunas para levar anclas, quitar los cabos de proa y popa y soltar las velas del bergantín para poner rumbo hacia las costas de Cabo Bojador.

Simón se colocó en la popa y muy rápidamente comenzó a recoger el cabo que mantenía al barco amarrado al abrigo de la sólida piedra del muelle de Las Palmas. Se quedó en el mismo sitio viendo como, por primera vez, dejaba atrás todo lo que hasta ese momento había sido su vida. Sintió como la brisa marina le acariciaba la cara y comprobó como el Alisio soplaba vigoroso, inflando las dos velas latinas del bergantín impulsándolo hacia horizontes lejanos y desconocidos.

Ya en alta mar, los tres muchachos estaban por la banda de estribor echando la bilis debido al continuo vaivén de proa a popa, de estribor a babor y viceversa. Cuando estuvieron restablecidos, el capitán los llamó y les dijo:

  • Veo que están ustedes sufriendo un poquito, pero eso es normal. Todos hemos pasado por eso, en unos días estarán bien. Si después de tres días alguno sigue vomitando, no se preocupen, lo tiraremos por la borda para que sea pasto de los tiburones. — Les dijo con una sonrisa socarrona.

Los tres muchachos palidecieron por momentos, imaginándose lo que les había dicho el maese.

  • Pero los tiburones pueden esperar unos días. Ahora quiero un voluntario para que suba al palo mayor a soltar la vela que no está portando todo lo bien que debiera. ¿Alguno se atreve? —preguntó dirigiéndose a los tres muchachos.

Simón dio un paso adelante y preguntó:

  • ¿Qué es lo que hay que hacer, señor?

  • Pues subirte a este palo. —le dijo dando unas palmadas al palo de la mayor. — ¿Ves aquella arruga que tiene? Pues tienes que llegar allí, tirar de la vela y quitar esa arruga.

  • Entendido. —Respondió Simón con determinación.

  • Sin pensarlo, subió, como un mono, hasta llegar donde estaba el punto que le había indicado su capitán. Se revolvió con habilidad para no caerse y resolvió la cuestión con agilidad. Al bajar el maese le dijo:

  • Como si lo hubieras hecho toda la vida. Creo que estamos ante un futuro buen marinero.

No se equivocaba.


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