El Tarot de Alexandria
by
Cristina Pereyra
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Dos jóvenes arqueólogos, en busca de un audaz profesor. Las únicas pistas, las cartas de un tarot.
Trás ellos, la policia, los ladrones de relíquias, y un mistério. Dónde está el profesor Menlek? Está vivo o muerto? Son suyas las cartas que les dan las pistas o acaso están siguiendo una misión?
En las calles de Alexandria, una relíquia del tiempo de los faraones los espera en una maravillosa aventura.
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Copyright © 2011 by Cristina Pereira de Azevedo.
Smashwords Edition
Todos los derechos están reservados
incluidos los de reproducción, total o parcial.
Todos los personajes de este libro son ficticios.
Cualquier parecido con alguna persona,
viva o muerta, es pura coincidencia.
Revisión: Bea Sylva
Diseño portada: ÑÇ
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Smashwords Edition, License Notes
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Por su localización privilegiada, próxima a la cuna de las más antiguas civilizaciones occidentales, la Isla Jahan, en el Mar Rojo, ya sería un local apropiado para el desarrollo de un centro de estudios arqueológicos, pero lo que impulsó el surgimiento de la Universidad fue el descubrimiento de ruinas con alto grado de preservación hace dos décadas. Fue un descubrimiento accidental, pero que trajo a la Isla los más renombrados especialistas, en la tentativa de descubrir la civilización a la que pertenecían. Incontables debates se realizaron en los principales centros académicos del mundo, sin que hubiera alguna conclusión definitiva.
La presencia de trazos helénicos, egipcios y babilónicos dentro de un mismo período dividió opiniones, la mayoría se aferró a la proximidad de la isla con el litoral egipcio para fundamentar su tesis de que la ocupación tendría raíces en pueblos que migraron del Egipto, pero sin ninguna prueba conclusiva, los estudios en el local prosiguieron, y eso llevó, hace quince años, a la creación de una Facultad de Arqueología en la propia Isla. Patrocinada por una fundación filantrópica creada por un millonario australiano, nuevos cursos vinieron para atender la demanda de la región, y cinco años después de su creación, se transformó en Universidad.
Hoy, la Universidad de Jahan es un importante centro de investigación en diversas áreas, pero la arqueología aún es su buque insignia y la niña de los ojos de la administración. El Departamento de Arqueología concentra 70% de las inversiones de la Universidad y 40% del personal. Debido a la calidad de los docentes, los jóvenes que allí se forman siempre encuentran campo de trabajo, sea en la propia Universidad o en otras renombradas instituciones con larga tradición en esta ciencia.
El número de alumnos que se forman anualmente no es muy grande, tanto porque aún no es un área que despierte interés en un mundo capitalista donde la profesión es escogida por el retorno financiero que puede ofrecer, como por la dificultad del curso. El nivel de exigencia de los maestros es alto, el curso exige dedicación integral, y pocos son los que se encuentran dispuestos a dedicar años de su vida en investigaciones que pueden revelarse infructíferas. Los mejores alumnos, generalmente, acaban siendo contratados por la propia Universidad para proseguir sus investigaciones junto al Departamento.
Entre los licenciados del año anterior, dos jóvenes se destacaron y hace cuatro meses trabajaban en la Universidad, ella como profesora de Historia Neolítica, él como asistente de investigación. Se conocían desde la infancia, y muchas veces llegaron a ser confundidos con hermanos, ambos eran altos y flacos, pero las semejanzas acababan ahí. Sarah era rubia, con ojos de un azul brillante como el cielo, alegre, expansiva, determinada y peleona. Yul tenía el pelo castaño y ojos de un verde oscuro intenso, que expresaban toda la dulzura de su alma. Era quieto, generoso y siempre pronto a ayudar.
Los dos eran huérfanos y habían sido criados juntos en la aldea al sur de las ruinas, instruidos por un legendario maestro de artes marciales: Ruhi. Yul había nacido en el Japón y, luego después de la muerte de sus padres, había venido con su hermano mayor para Jahan. Koji, el hermano de Yul, fuera atraído por los rumores de riqueza fácil en las ruinas de la Isla, pero el sueño se había transformado en pesadilla y cansado de trabajar duro por más de doce horas diarias a intercambio de un menguado salario, marchó, dejando a Yul con Ruhi.
Sarah había nacido en el continente, hija única de una familia adinerada que perdió todo en la guerra civil. Los padres de ella se refugiaron en un primitivo barco, en la tentativa de salvar sus vidas, pues sabían que si los rebeldes los encontraban, serían asesinados. Una tempestad los había cogido en el Mar Rojo y el pequeño barco no resistió. Los hombres de un barco de pesca encontraron todos aún con vida, pero sólo la pequeña Sarah sobrevivió. El destino del barco era el puerto próximo a la ruinas de Jahan, y allá Sarah, con sólo cinco años, fue dejada bajo los cuidados de Ruhi.
En esa época el maestro de artes marciales ya tomaba cuenta de Yul, también con cinco años, e inmediatamente el hermano del chico sumió. Ruhi pasó a ser la única familia de aquellos dos niños. En una tentativa de buscar venganza por el propio sufrimiento y con la falsa creencia de que los artes marciales serían una expresión de violencia, Yul y Sarah se dedicaban a aprender todo lo que Ruhi les enseñaba. Querían ser tan buenos cuanto su maestro y así concretizar la soñada venganza, pero aprendieron con él otro significado para la vida y el sufrimiento. La dedicación de su maestro a todo lo que hacía les fue enseñada por el ejemplo, y eso había hecho de ellos alumnos ejemplares en los cinco años del curso de Arqueología, garantizando el empleo en la propia Universidad y la admiración de sus profesores.
Al contrario de lo que soñaban cuando niños observando los trabajos de los estudiosos en las ruinas, la vida de arqueólogo no era muy interesante. En el momento, para ellos, era meramente la rutina de profesores universitarios e investigadores de libros. Horas y horas en el aula, bibliotecas y oficinas, y, en días como hoy, perder la hora de la comida por estar concentrado en antiguas inscripciones grabadas en una roca. Ya pasaba de las once de la noche cuando dieron el día por concluido, cerrando el gabinete y saliendo para el campus con el objetivo de ir a casa.
Yul tiró la chaqueta de encuentro al cuello.
— Creo que yo nunca voy a acostumbrarme con el clima de aquí.
— ¿Crees? — Sarah rió —. ¡Yo estoy segura de que no! Tras tantos años aún reclama, es señal de que no habrá cambio.
Caminaban codo con codo por entre las alamedas del campus, en dirección al edificio residencial de los funcionarios. Cuando fueron contratados y se cambiaron para esta ala de la Universidad, tuvieron la suerte de conseguir apartamentos vecinos, y siempre iban y volvían del trabajo juntos. Durante el día, la temperatura de la isla pasaba fácil de los 30º antes de la mitad de la mañana, pero en cuanto el sol se pone, ella comienza a caer, llegando a cero o hasta menos que eso, obligándolos siempre a llevar sus abrigos más calientes para el trabajo, pues era más que común que retornasen a la noche.
— ¿Alguna noticia del Profesor Melnek?
—No, Yul, ninguna. Él había dicho que mantendría contacto, por cuestión de seguridad, por lo menos cada dos días, pero hace cinco días que no tengo noticias de él.
—¿Será que aconteció alguna cosa? — el rostro de Yul mostraba su real preocupación.
— Espero que no — la voz de Sarah salió sólo como un susurro.
Continuaron el camino en silencio. Melnek había sido profesor de ellos en el tercero y cuarto año, y era su superior directo en el Departamento de Investigación. Había venido de Alemania ya el primer año de la Universidad, y desde entonces siempre había estado allá. Además de grande teórico en Arqueología, era también un eximio cazador de tesoros, y fuera eso que lo había quitado de la Isla hace tres semanas. Rudolf Melnek había encontrado pistas sobre un artículo raro, cuya existencia era hasta entonces una leyenda: el Tarot de Alexandria. Búsquedas así siempre envuelven peligros, el mercado negro de artefactos arqueológicos se iguala al de arte, un mundo en que el dinero habla más alto. El Profesor siempre había sido cauteloso en sus jornadas — tal vez ese fuera uno de los secretos de su éxito —, y ahora no era diferente, había planeado todo antes de partir. Pero, aparentemente, alguna cosa había salido errada, y los jóvenes temían lo peor.
—Sarah— la voz de Yul mostraba la preocupación que sentía —, usted no está pensando...
— Yo voy atrás de él, Yul. Mañana pronto voy a ver si consigo la liberación de un vuelo — habló la joven con determinación.
— ¿Y si no lo consigues?
— Tendré que apelar a una lancha — Sarah sonrió para él —. Y necesitaré de usted.
Yul abrió una enorme sonrisa.
— Como si yo fuera a dejarla a usted ir sola.
Ella rió, era verdad. Yul siempre la acompañaba en todas las ideas que tuviera, de las sensatas hasta las más malucas e imprudentes. Estaban llegando al edificio en que vivían, Yul se adelantó y abrió la puerta para ella. Mientras él se ocupaba de cerrar la puerta, Sarah examinaba las cajas de correspondencia, la suya y la de él, de donde cogió varios sobres. Le entregó los que le correspondían a él y comenzó a examinar la propia correspondencia a la vez que subían los escalones de la escalera.
— ¡Vaya, finalmente! — exclamó Yul.
— Carta de su hermano. Apuesto que será la primera que usted va a leer — dijo Sarah, riendo.
— Es... — Yul miró desconcertado hacia la amiga — ¿Cómo adivinó?
— ¡Ah! ¡Yul! Siempre estás a la espera de una carta de él, y Koji sólo te escribe dos veces por año.
Alcanzaron el primer piso, unos escalones más y estarían en casa. Sarah miraba los sobres con displicencia, el Profesor Melnek habría enviado un telegrama, por lo tanto, nada de aquello debería interesarle. Continuaron subiendo las escaleras y analizando los sobres que recibieron.
— No quiero ni ver la cuenta del teléfono — observó Yul, pasando la factura para el fin de la pila.
— ¿Por qué? ¿Hacia dónde ha telefoneado? — la voz de ella tenía un leve matiz de irritación.
— A Bélgica e Italia — Yul parecía no haber notado el cambio en el ánimo de la amiga.
Sarah había perdido momentáneamente el interés por la propia correspondencia, miraba atentamente a Yul.
— ¿Y para qué llamó a esos países?
— Por unos documentos e informaciones para el Profesor Melnek, cosas que él no quería que fueran hechas en la Universidad — explicó Yul con simplicidad.
Sarah pareció aliviada con la respuesta. Llegaron al segundo andar y tomaron el pasillo de la derecha.
— ¿Relacionadas al Tarot de Alexandría? — preguntó Sarah.
— No, él estaba investigando sobre un papiro matemático. El material debe llegar la próxima semana.
Pararon delante de dos puertas codo con codo, marcadas con los números 216 y 218.
— Buenas noches, Yul.
— Buenas noches — él se inclinó y la besó en la frente —. ¿Va más temprano mañana?
Sarah rió.
— No se preocupe, si yo me voy a Alexandria, la llamaré . No voy a huir.
En respuesta él sonrió. Yul colocó la llave en la cerradura, giró y abrió la puerta. Sarah extrañó que su llave no estuviera encajando con facilidad, pero atribuyó al propio nerviosismo por la falta de noticias del Profesor. Forzó un poco y la llave entró, giró con dificultad pero abrió la puerta. Cautelosamente, Sarah observó el interior del apartamento, le gustaba aquel sistema que encendía automáticamente las luces cuando la puerta de entrada se abría. Todo parecía en orden, no notó nada fuera del lugar. Sólo era un problema en la cerradura, la necesitaba lubricar. Cerró la puerta, se sentó en el sofá y volvió a mirar su correspondencia.
Un sobre blanco, sin remitente, llamó su atención. No tenía su nombre, sólo la dirección, escrita en letra de forma. Intrigada, examinó el sello: Egipto. Su corazón disparó. Estampilla: ¡Alexandria! Levantó y corrió para la puerta, ganando el pasillo y batiendo en la puerta del vecino.
— ¡Yul!
Al escucharla, él dejó el sofá en un brinco y abrió la puerta.
— ¿Qué fue? — la expresión preocupada de él se amenizó al verla exhibiendo el sobre —. ¿Ya lo abrió?
— No. Vino de Alexandria, sin remitente — explicó Sarah.
— Entre — Yul dio un paso para el lado, dando pasaje para la amiga.
Sarah entró y él salió para el pasillo, cerró la puerta del apartamento de ella y volvió, cerrando la puerta. Sarah ya se había instalado en el sofá, Yul se sentó al lado de ella.
— No es la letra del Profesor.
Yul observó el sobre que ella tenía en las manos trémulas y confirmó la opinión de ella con un gesto.
— Posteado hace tres días en Alexandria — observó él.
— Aquí dentro hay algo pequeño — dijo Sarah, colocando el sobre contra la luz —. Parece una tarjeta. Tal vez nos dé alguna pista sobre el Profesor — ella habló mientras traía el sobre de vuelta al regazo.
Sarah rasgó el sobre y dejó su contenido deslizar para fuera, bajo la mirada ansiosa de ambos.
— ¡Una carta de tarot! — exclamaron juntos, mirándose.
— ¿Qué significa eso, Yul? No es lo que él buscaba, es una carta moderna.
— Sí, es una carta de las barajas actuales — dijo él cogiendo la carta del regazo de ella —. Una carta de tarot egipcio. La Rueda de la Fortuna.
— Los ciclos, cambio...
— ¡Suerte! — Yul la interrumpió —. Si fue el Profesor Melnek quien la envió, es un recado...
— ¡Diciendo que él la encontró! — fue la voz de Sarah anticipando el raciocinio del amigo.
— Sí, pero ¿por qué él nos avisaría de esa forma? Hasta podía mandar la carta, como una broma, pero escribiría alguna cosa, enviaría un telegrama, e-mail — el semblante de Yul mostraba preocupación —. Alguna cosa está errada, Sarah.
Ella se había levantado hasta la ventana, estaba mirando el cielo estrellado.
— Buitres.
— ¿Cómo esa carta no nos va a llevar a algún lugar? — Yul hablaba alto, intentando colocar sus pensamientos en orden.
— Tal vez tengamos que buscar el restante del barajo — arriesgó Sarah, aún en la ventana.
— No, es una baraja común, hay centenares, miles iguales. Tiene que ser otra cosa.
Sarah suspiró desanimada. Si habían buitres en el negocio, la pista del Profesor Melnek era muy caliente, o, si Yul estaba en lo correcto, él ya la había encontrado. Para haberles avisado de eso, es porque necesitaba ayuda, pero ¿cómo ayudarían?
— ¡Sarah!
Ella se volcó para el interior de la sala y vio una expresión victoriosa en el rostro de él.
— Hay un relieve de cera en la carta, y no es de los dibujos — dijo él, triunfante.
Ella volvió al sofá y cogió la carta, examinando lo que él había dicho y confirmando que había allí algo diferente del dibujo.
— ¡Necesitamos hacer un calco!
Ella se sentó en el suelo, alejó los objetos de la mesa de centro, cogiendo un lápiz que había allí. Yul le extendió una hoja de papel y ella inmediatamente inició el calco. Ambos se quedaron mirando el dibujo que surgió. Al principio eran sólo líneas, pero una idea se formó para ambos.
— ¿Un mapa? — Yul arriesgó.
— Es lo que parece ser. Pero ¿por qué?
— El lugar donde el Tarot está...
— O donde debemos encontrar al Profesor. Cualquiera de las dos alternativas nos da una única opción: ir hasta Alexandria — finalizó Sarah.
Yul no dijo nada, ella estaba correcta, tenían que ir atrás del Profesor.
— Ahora no es conveniente que volvamos al gabinete. Mañana, mientras yo convenzo el departamento de la necesidad de nuestro viaje, usted busca este lugar en el mapa. Si tenemos problemas por el frente, vamos a aprovechar la oportunidad de descansar, no sabemos lo que vamos a encontrar en Alexandria — dijo Sarah con serenidad.
— ¿Qué está pensando, Sarah?
— Que eso sea un pedido de socorro. Y tengo miedo que sea tarde.
Él se erizó con tales palabras, pues conocía la sensibilidad y la intuición de Sarah. Difícilmente ella erraba.
Sarah se despidió de Yul y volvió a su apartamento. Al entrar tuvo nuevamente la sensación de que había alguna cosa errada allí, volvió a observar todo, pero no percibió ninguna anomalía. Tomó un largo baño y se dejó caer en la cama, exhausta y aprensiva. Su sueño fue agitado, lo que la hizo levantarse el día siguiente casi más cansada que cuando se había acostado.
Después de la salida de Sarah, Yul volvió a examinar la carta. Hizo varios calcos de los dos lados, la colocó repetidas veces contra diferentes puntos de luz, pero no encontró nada, además de aquello que ya habían identificado. Faltaba poco para el amanecer cuando él concluyó la tarea, dejándose caer en la cama y adormeciendo inmediatamente. Cuando su despertador anunció el inicio de un nuevo día, él tomó un baño rápido, preparó sus cereales, que fueron devorados con prisa, y fue para la puerta del apartamento de Sarah.
Ella terminaba su desayuno cuando él la llamó. Tomó el bolso y salió. En el camino, Yul contó lo que había hecho en la noche anterior y que no había obtenido ningún dato más. Todo de lo que disponían era aquel mapa de cinco manzanas de la ciudad de Alexandria. Sarah fue directo a la dirección del departamento y Yul para el gabinete. Ella necesitó de más de dos horas para conseguir la autorización del viaje, él, de menos de diez minutos para encontrar el lugar marcado en la carta. Yul aún examinó muchas veces el mapa de la ciudad, pero había sólo un lugar que correspondía exactamente al mapa del relieve de la carta de tarot.