ANTOLOGÍA
DE UN LOBO DOMESTICADO
Víktor Valles
ANTOLOGÍA DE UN LOBO DOMESTICADO
By Víktor Valles
Published by Editorial Emooby at Smashwords
©Copyright 2011 Editorial Emooby
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Table of Contents
© Autor: Víktor Valles
www.entradanoparacualquiera.tk
© Portada: Alexis Pujol

Marzo de 2011
© Edición Digital: Editorial EMOOBY, 2011
Este libro que hoy tienes en tus manos no es un simple libro: es un pasaje a través de dos años que transcurrieron a medio camino entre la luz y la sombra.
Ante ti no tienes palabras: tienes sentimiento a flor de pelaje, zarpas clavadas, sangre derramada…
El aullido retumba entre las paredes de una húmeda celda…
Antología de un Lobo Domesticado
Una voz rompió el silencio dándome el alto. Yo paré, me senté y miré fijamente a mi alrededor. Desconocido ante los ojos tapé con los dedos mi rostro, oculté con el cuero las entrañas que rugen como las fieras en sangre caliente, hambrientas… Silencié mi voz tras la barra de un bar.
Tras mi mirada hay una historia más por contar… A veces alegre, a veces triste; se escriben versos en tinta verde con olor a mar, a bar, a locura y cordura entrelazadas en una misma canción que, por el momento, no termina.
Eché un vistazo atrás, el viento se llevó los pétalos de rojas rosas que fui dejando por la senda, alcé la mirada y vi a aquellos quienes hoy no están aquí, sonrientes. En mis manos: un café. Lentamente se enfría, poco a poco se marchita el calor, el fuego… Atrás quedó alimentarse de rabia y de odio, de aquellos negativos pensamientos que dejaron mi piel sobre el asfalto, de aquel oscuro sentimiento: porque jamás estuvo hecho para mí. Quedaron restos para cuando hace falta, empaquetados en un ataúd que no quiere abrirse, cual desea jamás ser profanado en vano: una caja de truenos dormida en la arena. El reflejo de mi mirada sabe que debe permanecer dormida la fiera y enfriarse, como el café.
Anoche, en una calada, me mezclé con el humo; me transformé en el estruendo de una guitarra, me convertí en acera recorrida, en silencio, en abrazo, en palabra escrita… Me convertí en silenciosa sombra en la barra del bar, en invisible palabra sorda esperando respuesta, en verde mirada oculta en la oscuridad. El frío del invierno se deshiela lentamente en mis entrañas y a veces aparece la primavera, como un oasis que solamente vive en mi mente pero que de tanto en tanto viaja de corazón en corazón, buscando cobijo en sus brazos, buscando un lugar donde dormir.
Endulcé mi voz en suaves versos, saqué en ellos la más sincera verdad, por encima de la mentira con la que nos engañan. Y en papel permanecen, como cerveza que se vacía pero vuelven a llenar. Envolví mi corazón en papel secante, sin más… Y ahí quedó para la eternidad el camino recorrido, lo que jamás se recorrió y lo que algún día recorreré. Ahí quedé yo bañado en formol.
Respiro, late el corazón, siento, me duele,… estoy vivo. No sé de sonreír pero mírame a los ojos y ellos te contarán; te ofrecerán alegría,tristeza, poesía… Te darán las gracias cuando me abraces y lanzarán piedras cuando me mientas, te contarán historias cuando estés inmersa en el aburrimiento y te abrirán las puertas siempre que lo necesites. El silencio te llevará más allá de las palabras, solamente inténtalo escuchar…
Prendió la cerilla, llama fugaz que se debilita ante el aire. Cuidadosamente encendí, con su lumbre, el alma de la vela. Divino cuerpo de cera que se aferra, sin querer, a la tranquilidad envuelta de oscuridad, rompiendo la armonía con su leve luz.
Llené la copa de vino, dediqué unos segundos a rezarle al removerla y caté su dulce sabor como si de sangre se tratase. Respiré hondo, suspiré… Y volví a probar un poco más de su embriagadora fragancia. Cerré los ojos y aspiré, capté por un segundo los sueños encarcelados en su aroma, abrí los ojos y allí estaba ella: la vela.
La miré fijamente, la llama que levemente alumbra la oscuridad, las pequeñas chispas que surgen de su luz, las lágrimas de cera cayendo y tatuando los sueños en su cuerpo, las realidades de cera construidas a base de llanto y calor. Olfateé su silencio, bebí su olor a mecha quemada, contemplé su rostro reflejado en el aura del fuego, soñé con ser cuerpo de cera. Y lentamente lágrimas caen, llora la vela y la oscuridad oculta sus tormentos. Volví a beber un poco de vino, cerré los ojos y suspiré… Una voz fría concurría mi mente: “el fuego purifica el alma, el fuego purifica el alma, el fuego purifica el alma, el fuego purifica…”. Abrí los ojos de sopetón, era el momento de arder en silencio, era el momento de arder…
La vela continuaba consumiéndose, expirando a cada chispazo. Solamente yo podía contemplar aquel milagro, sólo yo podía entender aquella obra. Me convertí en humano, demasiado humano… Me convertí en lo más absurdo, en lo más animal, en el ser más irracional de cuantos la naturaleza contempla. Me convertí en lo que más odiaba y más amaba a su vez, en la belleza y el horror, en lo eterno y lo efímero, en la verdad y la mentira… Me miré las venas, volví a llenar de vino la copa.
Observé las lágrimas de cera, el dibujo de su caer… La arbitrariedad con la que marcaban su destino, la poca racionalidad de su vida. Me vi reflejado en su mirada, que no era más que la mía. Me convertí en lágrima, en sueños me convertí por unos segundos en cera a la deriva cayendo sobre su desnudo cuerpo, dibujando corazones borrosos en sus pechos. Escribiendo versos en su vientre construidos con las palabras de un viejo y solitario borracho en la barra de un bar, observando a la muerte danzando a su acecho. Me observé reflejado en las lágrimas, me convertí en humano… demasiado humano.
Por unos segundos desperté de mi pesadilla en cilíndrica forma de cera. Lágrimas brotaron de mis ojos sin poder evitarlo, los sueños escapaban a cada año que pasaba, y ya no podía regresar atrás… Mis pesadillas tornaban, a cada segundo, realidad. Me convertía en una estrella fugaz de la cual nadie conoce ni nombre ni rostro, pasó con su luz y desapareció, vagando en la eternidad con el peso de jamás haber cumplido su cometido: alumbrar la noche, acompañar a la Luna. Mis pesadillas, como ves, se convertían en realidad…
Encendí un cigarrillo, sentí como mis venas se llenaban de humo y palabras, pensamientos en lo más profundo que viajaban por todo mi cuerpo: haciéndome temblar, haciéndome llorar, haciéndome… Por mucho que intentara luchar en contra, me convertía en humano, demasiado humano. Mis carnes tornaban putrefactas como mi mente, no lograba pronunciar más que estupideces, no lograba un pensamiento real… sin aire viciado en sus entrañas. Y entonces la vela me observaba, con sus ojos de fuego, y se compadecía de mí. Era un ser totalmente absurdo, totalmente humano… Me miré las venas y volví a sorber el vino, como si de mi sangre se tratase.
¿Me estaba volviendo loco? ¿Estaba perdiendo hasta la última gota de cordura? Solamente me sentía, a cada milésima de segundo, más humano… Más despiadado, más cruel, más estúpido, más desbocado…
Cerré los ojos durante varios minutos, en silencio. Finalmente pasaron quizás un par de horas hasta que los volví a abrir. Necesitaba deshacerme de todo aquello que me habían enseñado, de todas aquellas mentiras. Dejé de creer en la humanidad, en su salvación, en sus cuentos con final feliz. Dejé de creer en todo aquello con lo que, desde mi infancia, me habían engañado. Necesitaba deshacerme de aquellos sueños entre rejas.
Vacié la copa de vino, apagué el cigarrillo y con mis dedos apagué la vela, asesiné sus sueños de cera e inicié mi camino de vuelta, dejando de ser humano… demasiado humano.
Era una madrugada de invierno, las calles de la ciudad padecían inertes el paso del gélido viento explorando las esquinas donde las almas se compran y se venden, donde se juega una partida entre la vida y la muerte. La luna mascaba cristales mientras las estrellas danzaban ante la mirada de borrachos y drogodependientes que ayunaban obligados esperando ver al sol volver.
Yo, por mi parte, me mantenía despierto en aquel viejo piso del centro, adentrado en mi vacía habitación tan llena de recuerdos. En mis manos un café, en mi mente… quién sabe.
Me cubrí con la cazadora y abrí la puerta de cristal que daba a la terraza. Salí admirando al firmamento, como si fuera aquella la primera vez que lo observaba. Seguidamente me senté en aquella silla destartalada herencia de la vida transcurrida y posé el café sobre la pequeña mesa. Saqué del bolsillo de mi camisa una cajita metálica y, al abrirla, olfateé el aroma a tabaco de la picadura.
“¿Qué haces aquí?” Me pregunté… “¿Qué haces aquí? Tú: quién soñaba con volar pese a temer a las alturas, quién soñaba con viajar hasta caer muerto…”. El papel se deslizaba por mis dedos envolviendo la hierba mientras mis ojos viajaban, volando, hasta el horizonte infinito.
Con el cigarrillo entre mis dedos me incorporé, apoyándome en la oxidada baranda que daba al vacío, a la nada. Allí abajo solamente había hierro y asfalto, la muerte de la noche de invierno, la nada.
Fui la última víctima de un guionista cruel, de un mal director que me arrebató los sueños. Posaron sensuales grilletes en mis tobillos que me mantuvieron aferrado al suelo, me torturaron hasta que me acomodé y enamoré de aquella sensación de esclavitud: entonces los sueños murieron en mis ojos. Entonces agonicé sin darme cuenta que moría…
Encendí el cigarrillo y aspiré…
Atrapado en una pecera desperté, ahogándome. Atrapado sin salida resucité, al tercer día. ¿Qué hago aquí? Ya has estado aquí antes… ¿Qué haces aquí? Ya no queda camino por delante…
El agua me sobrepasaba el cuello.
Entonces recordé el día en el cual fui condenado a aquel corredor de la muerte, recordé y me provocó arcadas. Aún no comprendo como fui capaz de aceptar tal situación. Yo solamente quería volar… ¿En qué pensaba?
Por suerte, finalmente, todo quedó atrás. Aun así me había olvidado de caminar tras tantos años clavado en un simple punto clave, tras tantos años sin sueños ni esperanzas.
“¿Qué haces aquí?” Me pregunté… “¿Qué haces aquí? Con las ansias de volar que guardas, tú que tantas ganas de andar tienes…”. El humo se apoderaba de mis entrañas, pero rápidamente se viciaba y me abandonaba: se iba volando, sin rumbo fijo, por el aire infinito.
Adormecido ante la sensación de ahogo apagué el cigarrillo en el cenicero metálico, entré en el piso sin cerrar la puerta y me adentré en la habitación. Una vez allí me desnudé y me quedé auto-observándome un instante, al siguiente me dirigí al armario y escogí ropa nueva. Volví a vestirme.
Seguidamente dejé las llaves sobre la mesa del comedor y crucé por vez última la puerta de entrada a aquel piso. Escaleras abajo fui dejando en cada peldaño los recuerdos, los malestares,… Una vez en el viejo hall sonreí, salí al exterior y caminé calle abajo, sin rumbo.
“¿Qué haces aquí?”, me pregunté… “¿Qué haces aquí? Ya me voy para jamás volver, quiero volar y a la felicidad serle fiel”.
Esta mañana desperté y me acordé de ti…
Paré un instante a recordar… ¿Dónde estoy? ¿Dónde estás? ¿Quiénes somos en realidad?