
¿Y TÚ QUÉ ME PROPONES?
Carta abierta a Marlon Brando
Jorge Scherman Filer
¿Y TÚ QUÉ ME PROPONES?
Carta abierta a Marlon Brando
By Jorge Scherman Filer
Published by Editorial Emooby at Smashwords
©Copyright 2011 Editorial Emooby
License Statement
This ebook is licensed for your personal enjoyment only. This ebook may not be re-sold or given away to other people. If you would like to share this book with another person, please purchase an additional copy for each recipient. If you’re reading this book and did not purchase it, or it was not purchased for your use only, then please return to Smashwords.com and purchase your own copy. Thank you for respecting the hard work of this author.
In memoriam
a Berta y Abraham
Lucy y José
mis abuelos
oriundos de Kishinev
Y a Montserrat,
por la vida
y la(s) amistad(es) compartida(s)
I don’t know if I do it right.
(Marilyn Monroe, refiriéndose
a su encuentro con Marlon Brando)
Admiro el talento de Marlon,
pero no envidio el dolor que lo creó
(Anthony Quinn
a Anna Kashfi)
Table Of Comtents
¿CUADRANDO EL SEGUNDO CÍRCULO DE EDIPO?
DIRECTOR Y ACTOR: ONE-EYED JACKS O EL ROSTRO IMPENETRABLE
DE REBELDE A LA ENCARNACIÓN CRÍTICA DEL PODER
EL PADRINO O ¿EL APOCALIPSIS DEL SUEÑO ESTADOUNIDENSE?
SOBRE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS, CINÉFILAS Y FOTOGRÁFICAS
LAS PELÍCULAS DE MARLON BRANDO
LAS OBRAS DE TEATRO DE MARLON BRANDO
Querido Marlon:
Nacer en Nebraska en 1924, en el medio-oeste estadounidense, y escuchar a tu padre –al odiado, amado y temido Bowie–, insistiéndote hasta los diecinueve años que eras un bueno para nada, que habías llegado a la tierra condenado a ser un don nadie y oír, en 1947, al poco andar en el Nueva York de post guerra, que por primera vez en la historia de Brodway –época en que el público estadounidense sólo se levantaba para entonar el himno nacional–, que las palmas del público te aclamaban de pie durante media hora la noche del estreno después de representar a Stanley Kowalski, no pudo sino llevarte a comprobar una intuición enquistada desde la niñez: eras un inadaptado, algo andaría por siempre mal en tu vida y en tu relación con el mundo.
Yves Simoneau, quien te dirigió en Asalta como puedas (Free Money, 1998), afirmó de ti cuando ya rondabas los setenta y cinco años:
Lo divertido acerca de este individuo es que es un club unipersonal. Me dijo: “Yo no pedí ser puesto en este pedestal cuando tenía veintidós”. Lo puso en un lugar diferente. En un sentido, él no está sobre el mismo planeta.
¿Era ya ésta tu percepción de niño pueblerino en Omaha? La palabra intuición puede sonar equívoca. Quizá lo sentiste desde los siete años, el día en que Ermi te privó de la confianza de su piel. O tal vez adquiriste esa certeza mientras recorrías los bares junto a tus hermanas mayores Frannie y Tiddie detrás el cuerpo alcoholizado de tu madre, Dodie, esa alma sensible y perdida tras la frustración de la actriz de renombre que nunca llegó a ser. ¿Quién sabe? O la jornada adolescente en que amenazaste a Bowie con matarlo si osaba golpear a Dodie. El horror, el horror, el corazón de las tinieblas por el estigma de haber nacido con el genio y la herencia de un hombre signado: Marlon Brando.
El casamiento de Ermi; Dodie que te dejó solo en los fríos días de Libertyville, quien luego se marchó de Nueva York cuando más la necesitabas a pesar de tu éxito, pero quien no dudó en darte el aliento y la confianza en la granja para representar a Marco Antonio en Julio César con el acento de Shakespeare, escuchando las grabaciones con las voces de John Gielgud, Lawrence Olivier y John Barrymore, mientras ya te habías labrado la fama del murmullo y la brutalidad del polaco violando a Blanche DuBois en Un tranvía llamado deseo.
Ya Jessica Tandy, quien hizo el papel de Blanche, se había quejado del bohemio –“¡Maldito loco!”– que se trenzaba a golpes entre bastidores, y que había tragado sangre en el escenario en una ocasión disimulando su nariz quebrada por sus arrestos de boxeador tras bambalinas a fin de romper el tedio de las quinientas funciones, ocho a la semana durante casi dos años, que te catapultaron a la gloria.
A los veinticinco años ya podías elegir tus papeles en el teatro o el cine, habías ganado 550 dólares semanales en Un tranvía…, indicabas con el dedo en el camerino a la chica con que pasarías la noche, pero volvías a tartamudear y te arrastrabas por las noches de Manhattan conduciendo tu moto junto a Wally Cox, preso de una porfiada y volátil depresión, y de una angustia y una ansiedad que acaso jamás te abandonaron.

Stanley Kowalski en Un tranvía llamado deseo
El teatro lo dejaste apenas terminó tu contrato de Un tranvía…, y jamás regresaste a él: no soportabas el desgaste emocional del actuar cotidiano, y preferiste el camino de Hollywood, al mismo tiempo que te convertías en su principal detractor, en el enfant terrible que rehuía o ridiculizaba a las principales periodistas del espectáculo. Mientras tanto, Jerry Lewis se reía de ti, convencido de que tus roles de bruto o campesino mejicano te inhabilitaban para representar a Marco Antonio. Una revista te llamó en esos días “El hombre de Neandertal” (no sería la última vez que te denostaban en esa vena; mucho más tarde, por tu papel del coronel Kurtz en Apocalypse Now, un crítico diría que te habías vuelto pesado hasta lo inservible). Pero con tu mejor acento inglés, declamaste en Julio César la famosa frase: “¡Amigos, romanos, compatriotas!”, y en esa, tu cuarta película, te ganaste tu tercera nominación al Óscar de mejor actor.

Marco Antonio hablándole a la multitud en Julio César
Pareces haber labrado allí, junto a esos famosos actores británicos, tu convicción de que Shakespeare era ajeno al idioma oficial de tu país. ¿Pensaste que era el anglo deformado por el hibridismo de inmigrantes y esclavos el que nunca sería capaz de honrar a Hamlet? ¿O creíste desde entonces que la suerte de patois –así lo llamaste– que se hablaba en los Estados Unidos era parte de su ethos cultural, dominado por la televisión (basura, como decías), y la frivolidad de la industria cinematográfica?
Hollywood, sin embargo, te atrajo como un imán junto al cambio del medio siglo, pues te declarabas perezoso, satisfecho de poder trabajar tres meses al año, y acumular el dinero suficiente para hacer lo que te viniera en gana el resto del tiempo. Ni siquiera te gustaba ser actor –afirmabas–, de seguro una más de tus mentiras calculadas. Simplemente enfrentabas y jugabas con la cámara porque era el regalo que los dioses te ofrendaron, la forma más fácil y lucrativa que te habría de permitir las múltiples máscaras con que te expusiste, a veces serio, a veces divertido, bajo la mano experta de tu maquillador Phil Rodes, y que por sobre todo te inventabas para burlar y esconderte del mundanal ruido.

Napoleón en Désirée
Sí, de la fama que te persiguió hasta tus últimos días escondido en tu mansión de Mulholland Drive, y que te hizo pagar quizá su peor precio sentado en el estrado intentando salvar a Christian, el mayor de tus hijos, acusado por el crimen de Dag Drollet, el joven tahitiano emparejado con su media-hermana Cheyenne, embarazada del muchacho. Allí, según algunos representaste tu mejor papel, afirmando que estaban en realidad juzgando a Marlo Brando, que todos querían un pedazo de ese pastel. Para otros, sólo pediste clemencia, reconociendo ser un padre inepto, compartiendo las fallas de su crianza separado de su madre, Anna Kashfi, y de haber llevado una vida destructiva, yendo detrás de un abanico de mujeres.
Cerraste tu testimonio con una emocionada frase para el bronce, en que pedías disculpas en francés a la familia Drollet: “No puedo continuar con el odio en sus ojos. Lo siento con todo mi corazón”. ¿Fueron vanas o sinceras tus palabras y esfuerzos para proteger a tus hijos? Christian evitó una cadena perpetua, lo condenaron a diez años, salió en libertad condicional cumplida la mitad de la pena, y Cheyenne se ahorcó al poco andar luego de perder una vez más la tuición de Tuki. La abuela Tarita, muchos años alejada de ti, a quien seguías viendo de vez en cuando, viajaría a Los Ángeles apenas supo de tu deceso. Y si nadie te lo dijo, acaso pensaste en medio del dolor y de la impotencia que bordeando los setenta años habías tenido tu propio motín a bordo.

Junto a Trevor Howard en Motín a bordo
¿Cómo saberlo?, la muerte anunciada que tan bien preparaste como el arrogante Fletcher Christian en Motín a bordo acostado sobre un trozo de hielo, helándote hasta los huesos para imitar y honrar los espasmos agónicos de Dodie el día que sí te abandonó para siempre.
Si hemos de creer a quienes alimentan tu leyenda o la denigran, y a lo que tus palabras ocultan, fuiste tal vez el Edipo más emblemático del siglo XX. El autor de A sangre fría habría dicho que le confesaste aquella noche del 56’ en el hotel de Kioto: Dodie se arrastraba borracha de rodillas implorándote que le hicieras el amor. Leo y releo el famoso artículo de Capote y no logro descifrar tras su prosa ponzoñosa que lo hayas confesado de esa manera. Lo del alcoholismo de Dodie lo dijiste siempre sin tapujos, lo del supuesto incesto suena más a la invención de aquel francotirador que no logra esconder en su artículo de The New Yorker la infatuación que le producías, o bien a la imaginación de Tomás Eloy Martínez que deduce de esa entrevista lo que yo no leo o bien conoce de fuentes ajenas a mis lecturas.
Pero más allá de cuál sea ficción propia de escritores y cuál la interpretación correcta, es un hecho cierto que la veta edípica ofrece un camino fértil para tratar de entender tu relación con las mujeres. En la versión de Anna Kashfi, esposa pasajera y madre de tu primer hijo, tu gusto u obsesiva inclinación por las mujeres, ¿cómo decirlo?, no Wasp (blancas, anglosajonas y protestantes), en cualquier variedad excéntricas pero distintas a Dodie, refleja tu fijación, tus miedos, tus traumas diría uno, con el sexo opuesto. Desde su resentimiento y subjetividad Anna Kashfi se atrevió a afirmar en 1979, más de dos décadas después de vuestra separación:
Las mujeres que han compartido la cama de Marlon también comparten características comunes: pelo y piel oscura y, preferentemente, ojos negros-azulados. Marlon se reserva sus favores para las orientales, latinas, negras, polinesias e indias, tanto del este como del oeste. Cuando yo lo acusé de elegir mujeres “inferiores” como parejas, para satisfacer su necesidad de sentimientos de superioridad, él se enfureció. “Mi madre era rubia”, dijo, exponiendo de esta forma –aunque todavía negándolo– las raíces de su fantasía sexual. Más tarde él admitió que no podría funcionar sexualmente con mujeres de piel clara; las más oscuras no conllevaban una amenaza edípica.
La inferencia de esta acusación es casi obvia: invertirías tu racismo acostándote precisamente con las mujeres que rechazabas, para no sentir que estabas copulando con tu madre. Kashfi insiste en este punto, y agrega nuevos argumentos para sostener su tesis.
En 1944, tú ganabas 75 dólares a la semana por tu actuación en tu primera obra de teatro: I Remember Mama. Te mudaste a un departamento en el West End de Manhattan, e invitaste a tu madre a vivir contigo. Accedió, asevera Kashfi, y despliega su mirada sinuosa de mujer herida:
Dodie Brando rápidamente abandonó a su marido por su hijo. Todo excepto la apariencia de su matrimonio se había disuelto mucho tiempo atrás, y estaba cubierta por el placer maternal de la ascendencia de Marlon. Aunque las tensiones de vivir juntos probaron ser intolerables para madre e hijo. Las inclinaciones sexuales sumergidas de Marlon por su madre habían de ser desahogadas. Debido al tabú sumergido del incesto, la cópula edípica solo podía ser realizada de manera vicaria. Él urgió a un amigo actor, Carlos Freddie Fiore, con quien compartía aventuras casuales (“Freddie es un homosexual insincero”, me lo describió Marlon), a seducir a su madre; Fiore alega que él rechazó la invitación –reconfirmado por la misma Dodie– por la amistad con Brando. Por otro lado, la afición de Dodie a la bebida, y sus actitudes posesivas y neuróticas, superaban lo que Marlon podía soportar… Después de dos meses él la expulsó.
Es duro de leer, sin duda. Pero tu autorreflexión y tus motivaciones parecen un tanto diferentes. El encanto por las mujeres oscuras te venía de la infancia, de tus noches junto a Ermi, la niñera-institutriz con la cual dormían desnudos. Confiesas en tu autobiografía que era danesa, pero que sangre Indonesia le daba a su piel un toque ahumado. Acariciabas sus senos a media noche si te despertabas y sentías que era solo tuya. Tenías cinco años y, ya lo dijimos, a los siete te abandonó para casarse. Dices con un dejo de duda, como siempre, que a medida que transcurrían los años y perseguías una tras otra a mujeres exóticas de piel oscura, no podías dejar de preguntarte si en realidad no tratabas de reemplazar a Ermi, “mi institutriz, cuya piel suave y morena… Ermi era el ideal que ha quedado grabado en la materia emocional de mi alma”.
¿Quién sabe? Yo ni siquiera estoy seguro de que entre las muchas mujeres de tu vida no hayas tenido más de un affaire con mujeres Wasp. Lo único cierto, es que las cuatro madres de tus hijos conocidos son dos mujeres latinas, una hindú (si hemos de creer que Kashfi lo era), y una polinesia.
Lo más interesante al respecto, a mi juicio, es tu propia interpretación sobre todo este asunto, tu visión personal a los setenta años. Habremos de recordar primero que Dodie murió un tiempo antes de que cumplieras treinta años. Antes de expirar, te dijo no tengo miedo, y tú tampoco debes tenerlo. Te recuperaste pronto, y según tu maestra de teatro y madre sustituta desde los diecinueve años, Stella Adler, eras fuerte y sabías controlarte. Sin embargo, predijo que te transformarías para siempre. Y Sondra Lee complementó y profundizó en esta opinión: “Tras la muerte de su madre, Marlon se volvió más inquieto y descentrado. Y también más escéptico”. A Richard Schickel, quizá tu mejor biógrafo –centrado en tu creación, el análisis de tus películas y su contexto cultural, y no el comidillo de la prensa rosa–, Stella Adler le dio la opinión de que Dodie era una criatura perdida, infantil y angelical, y que era el símbolo de tu pasión heredada por los animales, la naturaleza, la música y la pureza.
Sin duda, tu madre era para ti una espina difícil de arrancar. La amabas y resentías su abandono y su alcoholismo. Si hemos de creer a Capote, le confesaste en medio de la charla que recuerda y ¿deforma? Eloy Martínez:
Pensaba que si ella me amaba lo suficiente, si confiaba en mí lo suficiente, me decía, entonces nosotros podríamos estar juntos, en Nueva York; viviríamos juntos, y yo cuidaría de ella. Más tarde, una vez, eso realmente sucedió. Dejó a mi padre y se vino a vivir conmigo. En Nueva York, cuando yo estaba actuando en una obra. Lo intenté tan duro. Pero mi amor no fue suficiente. Ella no podía cuidarse lo suficiente. Regresó. Y un día ya no me preocupé más. Ella estaba allí. En una habitación. Sosteniéndose en mí. Y la dejé caer. Porque no podía más verla quebrarse, en frente mío, como una pieza de porcelana. Pasé justo por sobre ella. Y salí del cuarto. Me era indiferente. Desde entonces, he sido indiferente.
Sabemos que no es estrictamente cierto. Tú lo has dicho, no siempre dices lo que piensas, tus emociones son volátiles, y cinco minutos después ya no estás seguro de sentir lo que has dicho o si de verdad lo has afirmado. Lo que impacta y permanece en la mente es la escena, no así lo de tu indiferencia. Pero tu reflexión de adulto sobre Dodie y las mujeres es más compleja que la interpretación de Kashfi.
Dices en tu autobiografía que amaste a una mujer más que ninguna otra –la llamas allí Weonna–, pero sabemos que se trata de Jill Banner, actriz de poco renombre que conociste en los años ‘60 –según tú, actuó en Candy (1968), pero no aparece en los créditos, y no he podido saber si es verdad o lo dijiste para despistar. Ella es más conocida por su actuación en Spider Baby (1964). En cualquier caso, Jill Banner nació en 1946 y, por tanto, era veintidós años menor que tú. Si algo, podrías haber sido tú un padre para ella más que Jill Banner una madre para ti.
Vale enfatizarlo: la mujer que tú dices más amaste tenía la edad de una potencial hija, y digámoslo sin ninguna certeza, ella podría haber sido una Electra pero no tú un Edipo. La cuestión es que dices que a diferencia de la mayoría de tus mujeres, ella era un el prototipo más cercano a Dodie.
Vale la pena, dado lo que está envuelto, citar tu descripción en detalle:
Weonna había nacido a solo ciento sesenta kilómetros de mi ciudad natal. Había escrito algo, realizado algunas actuaciones, modelado por un tiempo, y hecho algo de dinero en el negocio inmobiliario. Era una pieza extraordinaria, con la piel blanca, suave, pelo rubio natural, pecas, un montón de lunares, ojos verdes, y una voz con un leve acento irlandés heredado de su madre, que era de Irlanda.
Pero además –como tu madre y tu abuela–, tenía sentido del humor y del absurdo. Compartían la misma cultura, vivido historias parecidas, y los dos llevaban en las venas sangre irlandesa. Y de acuerdo a la reconstrucción que es posible hacer de tu vida, Jill Banner estuvo junto a ti intermitentemente hasta su muerte en un accidente automovilístico en 1982 (en tu autobiografía proteges su intimidad diciendo que murió cayéndose de un caballo). Tenía solo treinta y seis y, tú, ya cerca de los sesenta, quedaste desolado y a los pocos meses iniciaste una nueva terapia bajo el alero del doctor Harrington, a quien admirabas (es uno de los elegidos a quien dedicas tus memorias). Lo importante es que luego del gran rompimiento con ella –debe haber sido allí por 1977–, y al cabo de cinco años cuando la reencontraste, le escribiste una carta, y en esa carta, lo entendiste después, iba uno de los grandes aprendizajes de tu vida. Pero no nos apuremos.
La historia, hasta donde parece posible, puede recrearse diciendo que en una de vuestras múltiples peleas heriste a Jill Banner –así lo sentía ella–, a lo que respondió con la peor venganza: sedujo a tu hijo Christian, quien debe haber tenido no más de veinte años. Para ti fue una daga insufrible. No había posibilidad de una reconciliación. De ahí la separación que duró un lustro. Una de tus biógrafas ha dicho que la herida que le habías inflingido a Weonna era el abandono, como muchas veces a tu hijo Christian, razón común para decidir herirte de vuelta y pasar la pena juntos. Volviste a ver a Weonna y al final la perdonaste, al igual que a tu hijo mayor –a él apenas ocurrido el hecho, pues considerabas que Jill Banner lo había manipulado en tu contra. Entonces, pasado el tiempo, cerradas las heridas, escribiste la importante carta que nos ocupa. En ella le decías que la perdonabas por
[…] todas las cosas que me había hecho a mí y que esperaba que ella me perdonara por todo lo que le había hecho. En aquel momento no supe por qué escribí aquella carta, pero ahora me doy cuenta de que al hacerlo, al perdonarla por haberme clavado un puñal en el corazón, estaba alcanzando mi propia libertad. Hasta entonces había pasado la vida buscando una mujer que me amara de forma incondicional, una mujer a la que pudiera amar y que tuviera la certeza de que nunca me haría daño ni me abandonaría, una mujer que compensara el dolor inflingido por mi madre y por Ermi… También me di cuenta de que para perdonarme a mí mismo por todas las cosas que había hecho, tenía que perdonar a mi madre. En aquel momento no lo sabía, pero cuando la perdoné, Weonna simbolizaba a mi madre y, por lo tanto, también perdoné a mi madre.
Así, de manera inconsciente –calculo más o menos a los cincuenta y ocho años–, y consciente a los setenta, habrías cerrado el primer círculo de Edipo con que tejiste la tragedia de tu vida.
¿CUADRANDO EL SEGUNDO CÍRCULO DE EDIPO?
Richard Schickel sintetiza tu sentimiento dominante de la infancia y temprana adolescencia con las siguientes palabras:
[…] el conflicto en el cual él estaba atrapado era completamente básico. Era un conflicto entre la lealtad debida por una parte a su madre –dulce, indulgente, inefectiva y crecientemente digna de lástima– y por otra parte su padre –estricto, inflexible, poco comprensivo.
Bowie fue una piedra en el zapato hasta su muerte, y uno se atrevería a decir más allá de ella. De dad heredaste quizá la rabia y la violencia. Nunca lo perdonaste en vida, y de su trato y dobleces –un moralista a la par mujeriego que se iba de putas–, te vino tal vez la inseguridad, los sentimientos de inferioridad por no haber llegado a ser un “hombre educado”, y tu necesidad de demostrarle al mundo que eras un ser valioso que tenía un mensaje y un talento que entregarle a tus semejantes.
El talento y la intuición de actor que Stella Adler descubrió apenas te conoció y que llenaban su visión sobre el Método: imaginación y observación. Dijo tu maestra al poco tiempo de conocerte:
[…] él es el más intensamente consciente, el ser humano vivo más enérgico… Solo sabe. Si tú tienes una cicatriz, física o mental, va derecho a ella. No quiere, pero no la evita… No puede ser engañado o tomado por tonto. Si dejas el cuarto [Marlon] podría ser tú.
Y también afirmó de ti:
Marlon nunca tuvo realmente que aprender a actuar. Sabía. Desde el mismo comienzo fue un actor universal. Nada humano le era desconocido tenía el potencial para cualquier papel. Es increíble cuán grande es la escala de sus emociones –él tiene la escala completa. Y tiene todo el equipamiento externo– miradas y voz y poder de presencia – para ir con él.
Tu capacidad mimética, la máscara que tanto te gustaba, tu admiración por Paul Muni: ¿Era tu forma velada de expresar o revertir desde niño tu timidez ante un padre que poco te entregaba y mucho te exigía?
Anna Kashfi ya había descubierto esta faceta de tu personalidad: “[…] Marlon inventó una caricatura de sí mismo y entonces la vistió como un disfraz”.
Pero tu máscara más sutil –y uno de tus desempeños quizás más aplaudido– fue la de Stanley Kowalski, donde desempeñaste un doble juego como actor: en la insensibilidad y brutalidad del polaco representaste a Bowie, a tu propia rabia y violencia heredadas, y a la vez te enfrentaste a fragilidad, al alcoholismo, y a las ilusiones de Dodie, metafóricamente representada por Blanche DuBois en Un tranvía...
Has dicho del despreciable marido de Stella, defendiéndote de quienes te acusan de slob (vago): “Yo era la antítesis de Stanley Kowalski; era sensible por naturaleza, y él era un hombre tosco, de intuición e instintos animales infalibles”.

Junto a Vivian Leigh (Blanche) en Un tranvía llamado deseo
O bien:
La gente me ha preguntado si soy realmente Stanley Kowalski. ¿Por qué?, él es mi antítesis. Es intolerante y egoísta. Kowalski es un hombre sin ninguna sensibilidad, sin ningún tipo de moralidad excepto su propio gimoteo, su insistencia llorosa en lo suyo. No puedo pensar –no puedo creer– que estamos aquí para un momento terrible de violento pisoteo, de hacer rechinar los dientes, y que eso sea todo.
Pero, ¿no debemos leer que recurriendo al Método, aparte de la imaginación y la observación, te habías conectado con tu pasado, con tu memoria afectiva, y visto o sentido en tu padre golpeando a tu madre a Stanley borracho castigando físicamente a Stella la noche del juego de cartas? Kowalski representaba en alguna medida todo lo que odiabas de tu padre, pendenciero y mujeriego, el hombre que hizo sufrir a tu madre, que destruyó sus ilusiones de seguir desarrollando su carrera de actriz. Y a pesar de sus mentiras, pensabas que en Blanche-Dodie había algo puro: era como una mariposa destrozada, suave y delicada, afirmas en tu autobiografía, y uno recuerda lo que le dijiste a Capote: tu madre se había quebrado por el alcohol como una pieza de porcelana.
Richard Schickel, con su sagacidad habitual, no pudo dejar de ver con su profundidad, una de las múltiples lecturas que admite tu actuación en la obra: