Excerpt for El crepitar de la hoguera by Rose Marie Tapia, available in its entirety at Smashwords

El crepitar de la hoguera

by

Rose Marie Tapia

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Editora-autora

Título: El crepitar de la hoguera

Copyright © 2010 by Rose Marie Tapia

Nota de edición:

Se reservan todos los derechos. Ni la totalidad ni parte de esta obra puede reproducirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación, sin autorización expresa de su autora.

1

No han pasado ni dos horas desde que abordé el avión hacia Roma. Mi conmoción se ha replegado, ensombrecida por la ira. Me siento como un animal acorralado, pero, si es necesario, utilizaré mis garras y colmillos para rescatar a Isabel. Tengo la certeza absoluta de que todo esto es una patraña para obligarme a regresar a Italia. Las palabras del empleado de mi primo Agnolo, todavía resuenan en mis oídos: «Señora Paola, usted no se ha enterado, pero ocurrió una desgracia y el señor está muy afectado. Ayer, después de que los señores regresaron de despedirla, la señora Isabel recibió una llamada, salió sin dar explicaciones y cuatro horas después llamó la Policía para informar que había sido asesinada».

Mis piernas tiemblan y una sensación de pánico recorre todo mi cuerpo. No puedo creer que mi amiga Isabel esté muerta. No. En mi corazón albergo la esperanza de que no sea cierto, de que esté viva, de que la pueda encontrar, abrazarla y decirle lo mucho que la quiero. Ella es mi hermana del alma y si estuviera muerta yo lo sentiría. Siempre que muere un ser querido he podido presentirlo horas antes. Así fue cuando murió mi amiga María Alejandra en ese accidente aéreo, lo supe antes del reporte noticioso. La angustia me fue ahogando, sudaba copiosamente y sentí la forma peculiar en que ella me saludaba: esas dos palmaditas en el hombro. Se me humedecieron los ojos y una voz desde dentro de mí expresó: «Busca la luz, querida amiga». Con Isabel hubiera sido igual. Sé que ella está viva, ¡malditos, malditos!…

Debo organizar mis pensamientos y establecer una estrategia. Sé que me enfrento a mafiosos dispuestos a todo y estoy segura de que Porco está involucrado. Pero, ¿qué quieren de mí? Por suerte tengo a Vicenzo, mi querido tío Vicenzo. Apenas pude llamarlo y decirle que me esperara en Roma; él me ayudará, no lo dudo.

Visualizo a Isabel, tirada en una vieja cabaña, maniatada. Tiene una bolsa negra en la cabeza con una pequeña abertura para respirar. Me acerco para ayudarla y, en ese preciso momento, despierto aterrada. Miro alrededor; la mayoría de los pasajeros duermen. Estiro las piernas y tomo un vaso de agua. Sobre mi regazo hay una nota cuidadosamente doblada. La despliego para leerla, es solo una línea: «Vigilamos, siempre estamos aquí». Me restriego los ojos para librarme de la somnolencia, vuelvo a echar un vistazo. Algunas personas ya han despertado. Todos me parecen extraños, sospechosos y amenazadores. Me invade una paranoia que, por más que trato, no puedo alejar de mí.

Intento conservar la calma, pero me mantengo expectante. De pronto, un hombre sale del baño, camina con pesadez por el pasillo y llega hasta mi puesto. Imagino que va a decirme algo, pero en ese momento le veo el rostro; es la viva imagen del terror: pálido, los labios húmedos y temblorosos, una mano sobre al pecho. Lo imagino mareado, enfermo. Intenta seguir, pero un peso mayor lo vence. Se devuelve y me observa. Luego, apoya el cuerpo sobre el espaldar de mi silla. Yo trato de incorporarme, pero él me hace volver a sentar con una mirada fría y con la muerte pintada en el rostro:

—Ellos la matarán a usted también. Regrese, devuélvase.

Interpreto mal su expresión, creyendo que me amenaza. Me incorporo y lo empujo. Fue una mala decisión: con la mano sobre el pecho se inclina y brota un chorro de sangre. Entonces advierto el extremo de una pluma fuente incrustada a la altura de su pisa corbata. Antes que yo, otros pasajeros gritan y tratan de apartarse del hombre que se desploma. Aun tirado en el pasillo, agonizante, saca fuerzas para decirme:

—Regrese, van a matarla.

Dos azafatas llegan y tratan de mantener la calma; es imposible. Una de ellas va a informar del caso a la cabina, supongo; la otra, la de más edad, se inclina y trata de levantar la cabeza del hombre, pero enseguida desiste. Es obvio que ha muerto.

Cuando Paola no sabe qué hacer, se paraliza. Todo a su alrededor es un caos por la histeria de varios pasajeros. Ella permanece en su puesto. El capitán del avión llega e intenta tranquilizarlos, hace algunas preguntas sobre la ubicación del hombre, sobre sus acompañantes. Alguien dice que lo vieron discutir con Paola, pero ella aclara que él caminó por el pasillo hacia ella y que solo intentó evitar que le cayera encima. Dos mujeres avalan su versión, aclarando que el hombre venía herido desde el baño. Varias personas dicen haberlo visto entrar ahí, pero están seguros de que iba solo.

El capitán revisa la escena. Encuentra los documentos del occiso, entre los que sale a relucir una placa policial. Las azafatas confirman que abordó el avión en Panamá.

Paola está asustada: ¿Quién es ese hombre? ¿Por qué le hizo tales advertencias? ¿Quién lo mató? ¿Será esta una acción de Porco?

No. Porco fue detenido para investigación. ¿Acaso este supuesto policía la confundió con otra persona? Eran muchas las preguntas sin respuesta. Recordó que su tío Vicenzo no confiaba en la Policía. En esos momentos le vendrían bien algunos de sus consejos.

El avión aterrizó cerca de las dos de la tarde, pero los retuvieron un par de horas por la investigación de la muerte del pasajero. Al final se determinó que se trataba de un suicidio. Paola no creía tal cosa, pero agradeció que llegaran a esa conclusión porque al fin pudo ir al encuentro de su tío, que la aguardaba con impaciencia, desconociendo cuál era el motivo de la demora.

El encuentro entre Paola y Vicenzo fue muy emotivo. Ella lo puso al tanto de lo sucedido y él mostró el mismo desconcierto. Ninguno de los dos creía que se trataba de un hecho fortuito, pero ahora tenían otros problemas que resolver. Afuera, el sol del atardecer inundaba el perfil de Roma con una cálida luz, resaltando la dorada magnificencia de la urbe que se desplegaba ante la vista. La ciudad de sus sueños, un áureo arquetipo de perfección y belleza.

Ensimismada en el paisaje, Paola trató de ordenar sus pensamientos y de aplacar su honda pena. Viéndola tan desdichada, Vicenzo la abrazó con fuerza y le dio dos palmaditas, diciéndole:

—Querida sobrina, cuando me llamaste, noté mucha alarma en tu voz, ¿ya puedes decirme qué sucede?

—Tío, Porco me siguió hasta Panamá. Lo arrestaron en el aeropuerto, cuando intentó atacarme…

—¿Qué pretendía?

—No lo sé, nada bueno, supongo. Pero hay algo más que me ha hecho volver…

—¿Y qué es?

—Tío, ¡mataron a Isabel!

—¡Eso es imposible! Yo me hubiera enterado.

—El empleado de confianza de Agnolo llamó para informármelo.

—No entiendo, ¿y por qué Agnolo no me dijo nada?

—Todo es confuso, tío. Yo creía que estabas al tanto de esta situación. Aunque, viéndolo bien, tal vez se trata de una gran mentira, quizás me engañaron. Sólo sé que tenía que regresar, necesito tu ayuda para encontrar la verdad.

—Tranquila Paola, me ocuparé de este asunto. No temas, estoy aquí para protegerte y juntos aclararemos todo.

Durante el resto del trayecto ella lo pone al tanto de los últimos acontecimientos. Le cuenta con detalles a Vicenzo sobre su llegada a Panamá, y el encuentro con Bronzino cuando se le cayó la placa de la oración de San Francisco de Asís que él le regaló; la persecución del mafioso por los baños del aeropuerto y su detención por las autoridades panameñas. Hasta su viaje de regreso. Entonces ya no puede contener el llanto.

—Tranquila, cara mía, tranquila. Te llevaré al hotel y mañana temprano viajaremos a Florencia. Verás que pronto todo se arreglará.

Ella también lo cree. Sabe que tiene que ser fuerte porque el camino por el que debe avanzar será muy escabroso.

Por la autopista, el viaje hasta Florencia se hizo corto; al llegar, Vicenzo condujo sobre el río Arno, permitiéndole contemplar la mítica imagen del puente Vecchio, atestado de gente. Paola extendió la vista por la corriente, a medida que escuchaba a su tío contarle que de todas las ciudades toscanas, Florencia era la más bella. En verdad, resultaba mágica la influencia que ejercían sobre los sentidos aquellas líneas arquitectónicas que parecían compartir lo aldeano y lo contemporáneo al mismo tiempo.

Desde la primera vez que Paola visitó Florencia sintió una sensación de pertenencia. Era la tierra de sus ancestros y estaba segura de que su alma llegó primero. Cómo olvidar la ciudad de Dante Alighieri. Sabe que su espíritu es valiente y, aunque algunas veces su cuerpo se estremezca como una hoja al viento, él es firme como el acero. No dejará puerta sin tocar para encontrar a su amiga, aunque tuviera que bajar al mismo infierno.

En Florencia se respira libertad, piensa Paola mientras avanzan por las calles florentinas. El cauce armonioso del río, y más adelante la visión de los jardines de las villas y los campos de olivos, tienen la facultad de relajarla. A pesar de la confusión del momento, siente que la invade una buena disposición de ánimo, pues se percibe rodeada de luz dorada. En el entorno, o tal vez dentro de ella, se escucha una música silenciosa, que brota de las lomas, de los campanarios o de los recuerdos.

Paola intenta distraerse para ahuyentar los malos pensamientos. En situaciones de crisis, esta es la actitud que le aconsejó su guía espiritual. Nunca dejarse abatir por los malos presagios. Se siente en comunión con Dios y se sabe protegida. De repente, como en un suspiro sostenido y luego liberado, deja escapar una expresión: «Si tengo a Dios a mi lado, ¿quién contra mí?» Vicenzo, extrañado, le pregunta si habla con él.

—No, tío, hablo con Dios.

Vicenzo no contestó, su sobrina tiene fundamentos judeocristianos sólidos, piensa, y tal vez esa sea su mayor fortaleza. Paola le agradece su comprensión y su callada solidaridad, mientras se agolpan en su mente los recuerdos de su primer viaje a Roma acompañada de Isabel: sus conversaciones, sus planes, el itinerario establecido por su amiga, las visitas a los centros turísticos y ella empeñada en establecer el orden de los sitios que debía investigar en busca de sus raíces.

Respiró hondo para despejar la mente y evocó su primera impresión de esa ciudad bulliciosa, cosmopolita y con innumerables atracciones que la convertían en un lugar fascinante. También evocó la sensación de que regresaba a casa y sus discusiones con Isabel cuando se acercaba a algunas personas en la calle y en los sitios visitados, con el único fin de preguntarles sus apellidos. Sonrió con tristeza al recordar a su amiga; ellas fueron siempre inseparables desde la niñez y aunque encontraron caminos diferentes, años después el destino las volvió a unir.

Vicenzo estacionó el auto en los garajes del Hotel Victoria, donde ya tenían reservadas dos habitaciones contiguas. Sentada al borde de su cama, Paola contempló los perfiles de Florencia encendidos bajo el sol del mediodía. Tenía que comenzar a indagar sobre el paradero de Isabel pronto, porque presentía que ella estaba sufriendo.

—Isabel, donde quiera que estés, te encontraré, te lo prometo, querida amiga. No descansaré hasta dar con tu paradero. Así sean demonios los que te tengan en su poder, yo iré por ti.

El timbre del teléfono la sacó de su ensimismamiento. Era Vicenzo, diciéndole que estaba listo para salir.

2

Al aproximarse a la casa de Agnolo, Vicenzo alertó a Paola sobre las precauciones que debían adoptar. Desde afuera, la casa parecía abandonada, el jardín estaba descuidado y los estacionamientos llenos de hojas. Vicenzo abrió la guantera de su automóvil, sacó una pistola y la revisó. No quería sorpresas. Luego, bajó del auto y se encaminó a la casa, no sin antes pedirle a Paola que se mantuviera en su puesto.

Paola lo vio pulsar varias veces el timbre de la reja, pero nadie atendió. Enseguida retornó hasta donde ella se encontraba y le reiteró que no se bajara, que encendiera el auto y que pusiera los seguros de las puertas.

—Si no regreso en cinco minutos, regresa por donde vinimos, y por el camino, llama a la Policía. Es el número uno, en mi celular. Solo regresa si vienes con ellos.

—Por favor tío, no me asustes.

—Sigue mis instrucciones, no hay tiempo que perder.

Paola se sentó detrás del volante mientras veía a su tío cruzar las rejas que lo separaban de la casa de Agnolo, para luego perderse entre las matas del jardín. Ella se pasó la mano por el cabello varias veces, un gesto que denotaba su nerviosismo y su impaciencia. El tiempo pasaba lento y pesado. Cuando creyó que había esperado lo suficiente, alzó el teléfono del asiento. Llamaría a la Policía desde ese mismo lugar; no abandonaría a su tío por nada del mundo.

Segundos después, un sudoroso Vicenzo apareció por detrás del coche, sobresaltándola. Mientras subía al auto le explicó:

—No hay nadie en casa.

—¿Nadie?

—No. Tampoco hay huellas de Agnolo, y lo peor es que hay señales de lucha. Logré ver varios muebles tirados por el piso.

—¿Llamo a la Policía?

—No, mejor hagamos la denuncia personalmente. La situación es muy peligrosa y no la podemos resolver sin ayuda.

—Tío, ¿no viste al empleado de confianza de mi primo? Él nunca sale de aquí por mucho tiempo.

—Ya te dije que no hay nadie. A lo mejor no fue el empleado el que te contestó. ¿Estás segura de que era él?

—No, ahora que lo pienso, no podría asegurarlo. Tienes razón, pudo ser otra persona.

Paola no entendía por qué razón alguien querría informarle sobre la muerte de su amiga. A menos de que se tratara de un ardid para hacerla regresar de inmediato.

—Sabían que con una noticia así regresaría; y lograron su cometido —dijo Paola enfurecida.

Al llegar a las instalaciones de la Policía, Vicenzo explicó lo que les preocupaba. Recalcó que su sobrina regresó desde Panamá por una llamada que la alertaba sobre la muerte de una persona, y necesitaban verificar los hechos. Un oficial les pidió aguardar unos minutos y luego los hizo pasar a una especie de sala de reuniones, donde poco después los atendió el inspector encargado.

—Bienvenidos —expresó el jefe policial mientras los saludaba— Soy el inspector Roberto Rossi.

Tras las presentaciones, Vicenzo le explicó a Rossi el motivo de su visita. El inspector desvió su mirada hacia Paola, quien permanecía en silencio.

—¿Conoce usted muy bien a su amiga, señorita?

—Sí, señor, crecimos juntas, hemos compartido mucho tiempo a lo largo de nuestras vidas.

—Pues verá, en las últimas setenta y dos horas hemos recibido tres cadáveres de mujeres en la morgue judicial, dos de ellas están sin identificar aún. ¿Querría ver usted esas dos fotos?

Paola se estremeció de arriba abajo. Aquella observación del policía la congeló en el puesto. No era capaz de imaginarse a Isabel como un cadáver congelado. Pero aceptó. El inspector alzó un teléfono que se hallaba a su lado y dio un par de instrucciones. Luego se levantó y fue hasta una cafetera colocada en un extremo de la sala.

—Últimamente el café que hacemos ha estado quedando bien, por eso me atrevo a ofrecerles una taza.

Sólo Vicenzo aceptó.

—Aguardemos unos instantes; he mandado traer las fotografías; quizás una de ellas corresponda a, ¿cómo me dijo que se llama su amiga? —Rossi extendió una taza de café a Vicenzo mientras dirigía la pregunta a Paola.

—Isabel Márquez, y Dios no quiera que ella esté allí.

Un silencio viscoso se pegó a las paredes. Parecía que la respiración de todos hubiera cesado, hasta que un policía se asomó por la puerta y extendió un cartapacio al inspector, del cual este extrajo un disco compacto que introdujo en la computadora de la sala. Poco después se desplegó un mosaico fotográfico sobre la pared. Con un par de clics sobre la pantalla, Rossi agrandó una foto y después otra. Mostraban los rostros tumefactos de dos mujeres blancas y con el cabello pintado de colores subidos. En ambas ocasiones, Paola negó con la cabeza. El inspector apagó el aparato.

—Me lo imaginaba, y me alegro por usted. Estas son prostitutas y tenemos indicios bastante certeros de la persona que les hizo tal cosa… Ahora bien, ya tenemos una denuncia aquí sobre esa presumible desaparición. Hace un par de días, el prometido de ella vino a formularla. También dijo que su empleado de confianza fue el último en verla. Agregó que la señora nunca saldría sola sin avisarle. Por eso ordené que el mayordomo fuera detenido.

Paola interrumpió al inspector:

—Estoy de acuerdo con Agnolo, Isabel es muy miedosa y jamás hubiera salido al encuentro de un desconocido sin avisar. Además, yo también percibí el nerviosismo del sujeto. ¿Y dónde tienen detenido al empleado de Agnolo?

—Lo estamos buscando; se fue sin dejar rastro.

—¿Cuándo desapareció? Yo hablé con el miércoles a las nueve de la mañana. Hora de Panamá, por supuesto.

—¿Y qué le dijo?

—En parte fue una versión parecida a la que le dio a Agnolo, aunque a mí me dijo que la Policía llamó para notificar sobre el asesinato de Isabel. En esa parte hay una gran diferencia. ¿Qué lo motivó a darme una versión diferente o mejor dicho ampliada? No lo entiendo. Pero, dígame, ¿a qué hora desapareció?

—Esa noche, cuando fuimos a buscarlo, ya no estaba.

—¿Y sabe algo de Agnolo? —preguntó Vicenzo.

—Él también desapareció. En el primer interrogatorio lo observamos muy tenso, aunque se justificó, aduciendo que su novia estaba desaparecida. Enseguida le informamos que no podía salir de la ciudad, pero cuando lo citamos para comprobar su versión, no vino. Tampoco estaba en su casa.

—No puede ser, tantas desapariciones y ni una sola pista —dijo Paola con frustración— Pero de algo sí estoy segura: Agnolo no tiene que ver con la desaparición de Isabel.

—Hasta que se aclare este asunto, es un sospechoso más.

—Es inaudito, Agnolo ama a Isabel y jamás le haría daño.

—No se preocupe señora, las investigaciones avanzan y para no entorpecerlas, no puedo adelantarles nada, pero muy pronto les tendré noticias.

—Antes de retirarnos le haré una pregunta y espero la pueda contestar: ¿conoce usted a Bronzino?

—¿Quién no? Porco es toda una celebridad en este lado de Italia.

Vicenzo y Paola se despidieron del inspector, pero antes de retirarse intercambiaron tarjetas. El inspector prometió avisarles sobre cualquier novedad. De pronto, Paola regresó sobre sus pasos para comentarle al jefe policial:

—En el vuelo en que vine a Italia, un hombre murió en el avión. Al parecer se suicidó, pero antes me advirtió que regresara a mi país, porque me matarían a mí también.

—No señora, no tengo idea.

—Pero es que él era policía.

—¿Cómo lo sabe?

—Cargaba una placa.

—Eso por sí solo no lo hace uno de los nuestros. Es más, permítame especular, pero la gente de Bronzino a menudo trata de hacerse pasar como policías para cometer sus fechorías, en particular para intimidar.

—No entiendo nada.

—No se extrañe de no comprender este asunto. Nosotros tampoco lo entendemos, al menos por el momento. Este caso es muy complicado, pero no pierda la fe, tarde o temprano cazaremos a esos delincuentes.

—Espero que lo hagan antes de que sea demasiado tarde.

Paola no esperó respuesta, tomó a su tío por el brazo y salieron del recinto policial. A Vicenzo le hubiera gustado agradecer a Rossi por su atención, pero también se sentía molesto y salió en silencio.

3

Un temporal azotaba a Italia de norte a sur y Vicenzo conducía con mucha precaución, puesto que la fuerte lluvia caída durante la noche propiciaba numerosos accidentes. El ejército italiano estaba en las calles ayudando en las tareas de limpieza de las autopistas, con el fin de que estuvieran despejadas para el tráfico.

Al llegar al hotel, la recepcionista le entregó a Vicenzo un mensaje del inspector de la Policía. Apenas lo leyó, marcó en el celular el número indicado. Debió esperar unos segundos, con el rostro nublado por las dudas. Paola lo observaba, segura de que se trataba de alguna nueva complicación.

Vicenzo intercambió muy breves palabras con Rossi y al final dijo que lamentaba mucho la noticia. Paola, impaciente, quiso saber el motivo de la conversación.

—¿Qué sucedió?

—Apareció el empleado de Agnolo.

—Pero, esa es una buena noticia. ¿No?

—No lo es. Lo encontraron sin cabeza; tiene muchos golpes. Dijo el inspector que fue sometido a torturas. Hay señales en las piernas que permiten suponer que estuvo atado por muchas horas.

—¡Dios mío!, ¡Isabel está en manos de esos miserables!

Vicenzo la abrazó para recordarle que no estaba sola.

La primera luz del día despuntó tímidamente, coronando la cima de los Apeninos y un desborde de colores y sonidos vino al encuentro de Paola, quien a esas horas realizaba una caminata para despejarse. Observó mucho movimiento en las calles y extrañó su ciudad natal. Pese a que Florencia le encantabas, existían diferencias; aquí la gente iba y venía ocupada en sus quehaceres sin prestar atención a nada ni a nadie. Por lo menos en su ciudad, en su barrio particularmente, las personas se saludaban, expresándose un verdadero interés por los demás. Comprendía que allí nadie la conocía, pero, entre ellos mismos, su comportamiento era distante y frío. Las calles, incluso las menores, estaban llenas de negocios donde se compraba y vendía de todo. No era extraño ver a un pintor, en una de la aceras vendiendo sus propias obras. Después de media hora de ejercicios, regresó al hotel.

Al llegar, su tío la esperaba para viajar hasta Arezzo. Por el camino, viéndola ensimismada en el paisaje, el hombre comenzó a hablarle de la ciudad que visitarían.

—Por aquí anduvieron los etruscos alguna vez, tuvieron estas tierras como uno de sus centros. Cuando los romanos tomaron posesión de la ciudad, la llamaron Arretium, y era famosa en todo el Imperio por su finísima cerámica. En Arezzo se encontró la quimera que hoy se exhibe en el Museo Arqueológico de Florencia, como uno de los ejemplos más conocidos del arte etrusco. Fue hallada aquí en el siglo XVI.

Lo que menos le interesaba a Paola, en esos momentos, era la historia de los etruscos, pero agradeció que su tío intentara distraerla. Por esa razón guardó silencio mientras lo escuchaba y, de vez en cuando volteaba a verlo para mostrar interés. Vicenzo sonrió, ya conocía ese gesto de condescendencia de su sobrina y le dio una palmadita en el hombro para que no olvidara cuánto apreciaba su paciencia.

—¿Te acuerdas de Mecenas? Arezzo fue su cuna, de él y de otros legendarios personajes como Petrarca —concluyó Vicenzo.

Paola volvió a preguntarle sobre el motivo del viaje y, otra vez, su tío pretendió desviarse hacia el tema histórico, pero ella insistió él no tuvo otro remedio que explicarle que allí residía un amigo, un magnífico investigador privado que podría ayudarlos.

—Como comprenderás no dejaré este asunto solo en manos de la Policía y aunque el inspector parece ser un hombre eficiente y honesto es mejor tomar ciertas precauciones —acotó Vicenzo.

Paola escuchaba a su tío absorta en sus pensamientos y aunque comprendía que él tenía toda la razón, se sentía confundida. Los acontecimientos eran oscuros, la situación muy peligrosa y sin estrategias para resolver los enigmas, se acrecentaban los riesgos. Claro que por encontrar a su amiga, ella era capaz de correr cualquier riesgo, incluso el de perder la vida.

Un letrero en la carretera les indicó que estaban entrando a Rigutino, en el monte Lignano. Alrededor se levantaban las colinas de Aretine y, enfrente, un ancho portón anunciaba «Quinta Verrazzano».

Vicenzo se acercó al hombre armado que custodiaba la entrada a la hacienda, se anunció y de inmediato los hicieron pasar. Su amigo Faustino Verrazzano los esperaba en la puerta. Paola lo observó detenidamente. «En verdad, todos estos italianos son guapísimos», pensó mientras sonreía. Ella misma se sorprendió de ese pensamiento que le recordaba su buen gusto, a pesar del mal momento por el que pasaba.

—Faustino, mi sobrina Paola.

El apuesto italiano se le acercó, Paola extendió la mano y él se la estrechó con delicadeza y calidez, mientras ella lo miraba directamente a los ojos. El hombre tuvo la sensación de que era la primera vez que una mujer le sostenía la mirada con tanta naturalidad.

Verrazzano era alto, de edad madura, cabello entrecano, de contextura atlética, ojos grandes y oscuros como la noche, la mirada penetrante y una sonrisa socarrona que se matizaba con los pensamientos que en ese momento corrían por su mente: «Esta sobrina de Vicenzo es muy bonita, pero sus ojos revelan un carácter de los mil demonios».

A pesar de esa primera impresión, no era el carácter de las mujeres lo que inquietaba a Faustino; en realidad, las mujeres dóciles no le resultaban atractivas, las que consideraba sosas, aburridas.

Luego de los saludos, pasaron al estudio, donde Vicenzo relató, con lujo de detalles, todo lo relacionado con la desaparición de Isabel y de Agnolo, al igual que los incidentes vividos por Paola.

—Faustino, ya sé que valoras tu tranquilidad actual, esta paz que se respira en tu casa, pero vengo a pedirte que nos ayudes en esta investigación. Nadie como tú conoce los movimientos del hampa local, sus conexiones, sus cabecillas.

—Ya, ya, Vicenzo. Tú para mí eres de la familia, no solo un amigo. Sé que en diversas oportunidades he dicho que se acabaron las investigaciones, las llamadas a media noche, los riesgos, pero eso solo vale para los particulares. Cuando alguien muy cercano a mí, como es tu caso, corre peligro, no puedo negar mi colaboración. Y menos si el peligro se extiende a una sobrina tan hermosa como la tuya.

Paola solo atinó a responder al comentario con una sonrisa. Le parecía que este hombre no era de preámbulos ante una mujer, y eso no resultaba cortés en la situación en que ellos se encontraban. Sin embargo, algo en su interior emergió para hacerla sentir halagada.

Luego, con una libreta en mano y a través de una preciosa caligrafía, fue anotando algunos datos que Vicenzo le proporcionó: fechas, horas, nombres, direcciones, teléfonos. Al final, antes de despedirse, les prometió que iniciaría las investigaciones de inmediato, y que tan pronto tuviera detalles del caso les informaría.

Al día siguiente, cuando se reunieron para desayunar, Vicenzo le contó a su sobrina que Faustino lo llamó muy temprano para darle algunos informes.

—Este hombre es sorprendente, ¿y qué averiguó?

—Nada bueno: que Bronzino ya está en Italia.

—¿Porco? Pero si yo vi cuando lo detuvieron en Panamá; pensé que iría a pasar un par de años en la cárcel, por lo menos.

—Ese miserable es capaz de cavar un túnel, pero siempre encuentra otras formas de escapar más «técnicas».

—No entiendo.

—Dice Faustino que alguien de la embajada intervino para que el gobierno panameño sacara a ese pez gordo de la pecera.

—Cuánta eficiencia.

—Exacto, así actúan los criminales de su tipo… Pero esto nos da mayores indicaciones de que él está detrás de la desaparición de Isabel.

—Yo nunca tuve dudas de eso, tío.

—Ahora debemos tener más cuidado, Porco es peligroso; pero te prometo que si logró burlar a las autoridades, no se burlará de mí.

—Tío, espero que no estés hablando de tomar la justicia por tus manos.

—Yo no lo llamaría de ese modo, prefiero decir que me aseguraría de que la justicia lo alcance.

En la recepción les informaron que había un sobre para Paola Finamore. Cuando preguntaron por el remitente, el muchacho de la recepción les dijo que fue enviado por medio de un servicio de mensajería local. Vicenzo tomó el sobre y lo examinó a contraluz antes de abrirlo. Se trataba de unas fotos. Apenas las vio, Paola dejó escapar una exclamación de júbilo:

—¡Isabel está viva, tío! Dios escuchó mis ruegos.

En efecto, en las fotos se veía a Isabel sentada frente a una mesa de plástico y, a sus espaldas, lo que parecía ser una sábana blanca. Sobre la mesa se hallaba colocado un ejemplar del diario Il Firenze, que enseguida Vicenzo identificó como del día anterior. El rostro de Isabel mostraba signos de haber llorado mucho, o al menos de no estar durmiendo bien. Con las fotos no venía ninguna otra información.

Vicenzo marcó el número de Faustino y lo puso al tanto de los documentos recibidos. Él dijo que lo esperaran esa tarde en el vestíbulo del hotel para revisar las fotografías y les advirtió que era muy probable que en el curso de las próximas horas se comunicaran con ellos.

Tal como lo advirtió Verrazzano, a los pocos minutos, por la misma vía del servicio de mensajería, llegó a la recepción un sobre, esta vez a nombre de Vicenzo; dentro hallaron una nota que él leyó en voz alta:

«Bella, Chi trova un amico, trova un tesoro, y tú eres un tesoro para tu amiga, y también para nosotros, tus nuevos amigos. Isabel está sana y salva, como pudiste comprobar, aunque muy nerviosa, no sé cuánto tiempo resista… De ti nos interesa tu particular don de darle valor a lo que no tiene valor… Sabes de qué hablamos, ¿verdad? Tenemos deudas, grandes deudas, y creo que a cambio de volver a ver a Isabel en una pieza, nos ayudarás a saldar esas cuentas con mis acreedores. Ah, y no olvides: te estamos vigilando. Cuando vengas, deja al vejete viendo televisión. Esta no es una aventura para ancianos».


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