Diagnóstico: N. P. I.
by
Rose Marie Tapia
SMASHWORD
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Editora-autora
Rose Marie Tapia
Título: Diagnóstico: N. P. I.
Copyright © 2011 by Rose Marie Tapia
Nota de edición:
Se reservan todos los derechos. Ni la totalidad ni parte de esta obra puede reproducirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación, sin autorización expresa de su autora.
La salud es importante, pero es más importante descubrir una verdadera vida rica en amor y confianza. Mis creencias fueron capaces de vencer todas las pruebas, todas las desilusiones y conducirme a la victoria sobre la enfermedad. Las enfermedades me ayudaron a ser mejor ser humano, a buscar el camino de la espiritualidad, a no abandonar bajo ningún pretexto la lucha por sobrevivir, por encontrar respuestas, a tener paciencia para aceptar el desaliento, las desilusiones, las adversidades y seguir viviendo como si nada hubiera pasado.
No somos dueños del futuro, lo único que nos pertenece es el presente, es el regalo que nos da Dios para que lo disfrutemos, no para que lo malgastemos con pensamientos de preocupación y angustia. Porque se puede ser feliz a pesar de la enfermedad, los padecimientos, la minusvalía y las dificultades. No estaba limitada por las frustraciones del pasado. Tenía opciones, era preciso escoger y no aceptar el destino, porque la felicidad está reservada para aquellos que hemos llorado, para aquellos que hemos sido lastimados, para aquellos que incansablemente buscamos respuestas, para aquellos que luchamos contra la adversidad, para aquellos que tratamos de seguir adelante; porque nosotros sabremos apreciarla en su justa dimensión.
Reconstruiría mi vida, lo importante era resistir, no importaba lo difícil que pudiera parecerme. Podía vivir el amor, la fe y la esperanza. Descubrir motivos suficientes para poder soportar el dolor y las pruebas que impusiera mi condición de salud e inclusive poder consolar y ayudar a los que sufren.»
Fragmento de la novela: «Y era lo que nadie creía».
Padecer una enfermedad prolongada y desconocida requiere de paciencia y perseverancia. Es mucho más fácil abandonarse que luchar por superar cada uno de los síntomas que te afligen.
Con el paso de los años, la rutina de los procedimientos médicos se incorporó a mi vida sin rebeldías, sin quejas. Hacía lo que me indicaban los médicos aunque no esperara resultados satisfactorios. No era un sentimiento de resignación, esa palabra no me gusta, es inadecuada para una guerrera como yo. Simplemente seguía las instrucciones para no desgastarme. Soportar mi enfermedad ya era bastante tedioso como para involucrarme en discusiones estériles con personas que lo único que buscaban era disminuir mis dolencias.
Desde 1998 hasta 2003 se presentaron varias manifestaciones de la enfermedad del tejido conectivo; sin embargo, a partir del año 2004 el equipo médico logró estabilizar mi estado de salud. Las molestias era múltiples, pero ninguna ponía en riesgo mi vida. No obstante, la enfermedad se agazapaba como una fiera, esperando el menor descuido para saltar sobre su presa. Era consciente de esa amenaza y extremaba mis cuidados.
Por indicaciones médicas debía tomar diez vasos de agua diarios. Eran las doce de la noche y faltaba el último. Lo tomé aprisa y salí de la cocina rumbo a la recámara. Al pasar por la sala, un estremecimiento recorrió mi cuerpo y me apoyé en la pared para no caer. Volteé la cabeza y en uno de los sillones, sentado cómodamente, estaba un hombre vestido con una túnica blanca de lino. Parecía un príncipe árabe.
Regresé apresurada y me encerré en la cocina. A través de la pequeña abertura que dejaba la puerta corrediza, miraba ansiosa hacia la sala. Cerré una y otra vez los ojos con la esperanza de que la visión desapareciera. No obstante, el extraño visitante permanecía en el sillón. Una serie de interrogantes se agolparon en mi mente: ¿Cómo pudo entrar ese hombre? La puerta estaba cerrada. Además, su aspecto no pasaría inadvertido para nadie; y no solo por su vestimenta, es que era muy atractivo.
No me quedaba otra salida que enfrentar el miedo, pues no podía quedarme en la cocina más tiempo; ya llevaba allí diez minutos y la angustia se incrementaba. Intenté mover la pierna derecha, pero estaba rígida, pesada, paralizada. La sensación de entumecimiento se apoderaba de todo mi cuerpo. Respiré profundo, apreté los puños para infundirme valor, arrastré las piernas y poco a poco la sensación de parálisis fue cediendo.
Abrí la puerta y encaminé mis pasos hacia el intruso. El hombre levantó el rostro y tuve que sostenerme para no caer. Se veía rodeado de una luz incandescente. Sus negros ojos brillaban con inteligencia. Era apuesto, y sobre la piel morena de su rostro brillaba una gentil sonrisa.
Muchas veces, en meditación u oración contemplativa, solicité la visita de un sanador. Lo mismo hacía en la terapia de energía. Por esa razón, le dije al visitante que estaba segura de que él era la respuesta, mi sanación. No me contestó, pero por algún motivo me sentí autorizada a seguir hablando; las palabras salieron como torrente, contándole los síntomas, mi sufrimiento y mi esperanza de encontrar un diagnóstico que orientara a los médicos.
De repente, él se levantó; su estatura imponente me hizo retroceder. Se acercó y pronunció unas palabras en un idioma que no alcancé a entender. Luego se llevó la mano derecha al pecho y la subió hasta el rostro. En ese ademán percibí un mensaje no dicho, quizás un saludo, y le sonreí tímidamente.
En la cima de la desesperación habita la esperanza y algo en el fondo de mi corazón me dijo que no había nada que temer. Llenándome de valor le ofrecí mi mano, pero él permaneció inmóvil, sin responder al gesto. Cuando me acerqué e intenté tomarle la mano, lo vi dulcificar la expresión de su rostro y en un instante desapareció.
Volví a la alcoba, me tiré en la cama y, arropándome de pies a cabeza, me repetía angustiada: «Dios mío, ¿estaré enloqueciendo?» No había una explicación coherente, y lo peor era que no se lo podría contar a nadie, sin que dudara de mi salud mental. No podía conciliar el sueño, pero tampoco me atrevía a ir a la cocina para prepararme una taza de té de tilo. Así estuve por dos horas más, hasta que el sueño me venció.
A la mañana siguiente, sin concertar una cita, fui a visitar a mi médico de confianza, el Dr. Araúz. Decidí comentarle el extraño suceso, con la esperanza de que me creyera. La auxiliar del galeno dijo que debía esperar hasta que atendiera el último de sus pacientes. Esperé, pues sabía que era importante comunicarle lo acontecido.
Al entrar al consultorio, el médico percibió el desconcierto y preguntó qué me estaba perturbando de ese modo. No sabía cómo relatar un evento tan insólito sin parecer una loca, pero no tenía alternativa y, ante la expresión impávida del doctor, le referí los hechos.
—No se quede como si nada, dígame algo. Pareciera que le estuviera contando algo normal —le dije, disgustada, luego de esperar en vano una respuesta.
—No te preocupes, eso suele pasar.
—No entiendo. ¿Cómo es posible que usted me diga que es normal ver en mi casa a las doce de la noche a un árabe o un musulmán? Y para colmo, tal y como llegó, desapareció. ¿Quién era ese misterioso hombre?
—Seguramente se trató de una alucinación.
—¿Una alucinación? ¿Acaso me estoy volviendo loca?
—Nada de eso. Es una reacción secundaria al medicamento.
—¿Qué medicamento?
—Los corticoides... Una de las consecuencias de las dosis altas de esteroides son las alucinaciones. Tendremos que reducirlos desde hoy mismo.
—¡No lo puedo creer! La visión fue real. Estoy segura de eso y nadie me va a convencer de lo contrario.
—Por favor, tómalo con calma y no te desesperes. A partir de hoy bajas la dosis cinco miligramos cada tres días, hasta llegar a veinte. Siempre pensé que una dosis de sesenta era excesiva.
Por más que insistí no logré convencerlo de que la visión fue real. No tenía otra opción que acatar sus indicaciones sin preocupaciones inútiles; ya tenía suficientes problemas con soportar la enfermedad.
Cuando el Dr. Javier Araúz se levantó, lo observé detenidamente. Se veía cansado, era mi médico desde hacía dos décadas y juntos habíamos sostenido innumerables batallas, pues mi salud se había complicado en los últimos siete años. Lo conocía muy bien e intuía que el motivo de su agobio no era hastío por el caso. Debía tener otros problemas. Me retiré decepcionada, pero con la intención de seguir sus instrucciones.
Ese mismo día me cité con mi amiga Esperanza para conocer su punto de vista. Acostumbramos reunirnos en una cafetería cercana para conversar. Le comenté el siniestro incidente. Ella conocía mi elevado nivel de percepción y expresó que debió tratarse de una premonición.
—Es algo más complejo que una alucinación. Nos lo dice el hecho de que el extraño hablase una lengua desconocida para ti. Entre más lo pienso, más me convenzo: lo tuyo no fue una alucinación —reiteró Esperanza.
Luego de esa charla me animé a llamar al dermatólogo, el Dr. Naar, para comentarle el incidente y la decisión del Dr. Araúz de bajar la dosis de los corticoides. Me dijo, en tono de broma, que el aparecido podía ser Bin Laden, y que si regresaba le avisara para que cobráramos el rescate que ofrecían en Estados Unidos por su captura. El chiste me pareció gracioso.
Cada vez que me retiraba a la recámara, el miedo se apoderaba de mí. Estaba segura de que no fue una alucinación y temía que en cualquier momento regresara el extraño visitante. No entendía mis miedos, pues él no me había hecho daño, todo lo contrario. Entonces, ¿por qué le temía?
En un momento que pasé frente al espejo grande colgado a un costado de la alcoba, vi un reflejo, una imagen. Mi respiración se detuvo y el corazón golpeó con fuerza, los oídos me zumbaban y una sensación de desconcierto me invadió. Parpadeé varias veces y volví el rostro hacia el espejo. La imagen ya no estaba y tardé en recuperar el ritmo normal de mi respiración. «Solo estoy sugestionada», me dije en voz baja.
No pude evitar dejar de pensar en mi viaje de vacaciones a Puerto Rico, veinte años atrás. En la excursión había como doce pasajeros. Hice amistad con Irma, una señora como de cuarenta años, que se convirtió en inseparable compañera. Era mi primer viaje a ese país y no me cansaba de tomar fotografías, estrenando mi cámara Pentax profesional. Cuando se le terminó el rollo, no supe cómo cambiarlo. Le pregunté a Irma, pero ella tampoco conocía su funcionamiento. Entonces, vimos frente a nosotras a un hombre muy alto, que llevaba colgada a su cuello una cámara igual a la mía. Irma le solicitó ayuda y, en pocos minutos, el hombre cambió el rollo. Mientras maniobraba la cámara observé sus manos y algo llamó mi atención. Sin pensarlo, tomé una de ellas entre las mías y comprobé que era muy lisas, sin las líneas que tenemos todos.
En ese mismo instante entendí que era imprudente mi conducta, me disculpé y le pedí que nos tomara una foto. Antes de que se retirara, Irma le preguntó su nombre.
—Noahn.
Al no poder precisar su acento, le pregunté su nacionalidad. Él contestó que era ciudadano del mundo. Irma sugirió que nos tomáramos una foto juntos y, al inicio se negó, aduciendo que no era fotogénico, pero aceptó cuando le dijimos lo importante que sería para nosotras el recuerdo.
Ese suceso hubiera ocupado un pequeño espacio de nuestros recuerdos durante el viaje, si no es porque, al revelar las fotos, notamos que él no aparecía por ningún lado. Hablamos con el encargado del revelado, pidiéndole que nos adjuntara incluso las copias que salieron dañadas. Él nos mostró los detalles que aparecían en el sobre: 36 exposiciones, 36 fotos impresas, 36 fotos entregadas. Al observar cuidadosamente las fotografías, nos percatamos de que en el espacio entre Irma y yo, donde debía haber estado nuestro amigo, solo era posible distinguir un tenue halo de luz blanca.
Irma y yo conversamos largamente sobre el hecho, analizando toda explicación probable. Luego decidimos no contar el incidente a nadie. No obstante, le pregunté a una señora que estaba cerca de nosotras si llegó a ver al hombre que nos acompañaba durante la visita a la fábrica del Ron Bacardí. Nunca olvidaré su respuesta: «¿Qué hombre? Ustedes estaban solas».
Cuando lo supo, Irma, con los ojos llenos de lágrimas, me imploró que nunca más le mencionara ese suceso.
No lo hice, y aunque pasaron más de veinte años, recordaba hasta el último detalle del incidente. Irma nunca volvió a comunicarse conmigo, ni devolvió mis llamadas, lo que representó un misterio, al que ahora se sumaba otro, igualmente perturbador.
Esa mañana me levanté temprano, tenía cita con el inmunólogo. Así como los días lluviosos son terribles para mis dolores, en los días soleados me siento inmensamente feliz. Una amiga me recomendó al Dr. Manuel Abadía, y desde que lo vi supe que podía confiar en él. Era paciente, considerado y se interesó mucho en mi caso. Me hizo un examen muy completo y al revisar el diagnóstico de Elher Danlos se quedó pensativo y afirmó.
—¿Está confirmado ese diagnóstico?
—No, lo hicieron basándose en los síntomas.
—Hay muchos síndromes con síntomas similares.
—Lo que pasa es que aquí en Panamá no hay forma de confirmar ese diagnóstico.
—Podemos enviar la muestra del tejido a Los Estados Unidos, pero es un examen muy costoso.
—¿Cuánto?
—Alrededor de mil dólares.
—Estoy dispuesta asumir el costo, doctor. Proceda y me avisa cuándo debo regresar.
El Dr. Abadía me inspiró confianza por su formalidad. Su trato fino y afectuoso. A través de los años me he convertido en una experta en médicos, y valoré en el inmunólogo su capacidad científica y humanista.
Una semana después me extrajeron una muestra de tejido, que fue enviada al Departamento de Patología de la Universidad de Washington, en Seatle. Pasaron dos meses y casi ni recordaba el dichoso examen, cuando una tarde, al llegar a casa, escuché el timbre del teléfono. Contesté de inmediato. Era el Dr. Abadía, anunciándome que había llegado el resultado de la muestra. No lo dejé terminar y le pregunté cuál había sido. El médico guardó silencio por varios segundos. Eso me impacientó.
—Doctor, por favor, no me asuste. ¿Es tan terrible lo que tiene que decirme?
—No sé cómo lo vas a tomar.
—Hable de una vez, que me tiene en ascuas.
—No tiene Elher Danlos. Los médicos en Estados Unidos descartaron el diagnóstico, pues no detectaron anormalidad en el tejido.
—Entonces, ¿qué tengo?
—No lo sabemos. Hay que comenzar de cero.
—¡No puede ser! Tanto nadar para ahogarme en la orilla.
—No lo tomes así. Por lo menos ya sabemos que no tienes Elher Danlos.
Deje caer el teléfono. Estaba hastiada, pero no soy de las mujeres que se dan por vencida. Seguiría adelante. Lo importante era no dejarme vencer por la adversidad, si bien, ahora, no solo tendría que soportar la incertidumbre, sino el desencanto de haber hecho un gasto en vano. El Dr. Abadía temía que el diagnóstico fuera un lupus.
Esta era una guerra sin cuartel, más de diez médicos habían coincidido en el diagnóstico de Elher Danlos y ahora, todo se reducía a cenizas. Tuve ganas de gritar a todo pulmón, no soportaba una nueva decepción. No obstante era consciente de que la enfermedad era muy complicada y que esa actitud derrotista dificultaba las cosas.
Cuando analicé la situación, ya con mayor calma, me extrañé mucho de no sentirme frustrada. Continuaría la búsqueda que había caracterizado mi vida. Tal vez la persistencia renovaba mis fuerzas.
En otras de las citas médicas uno de los doctores dijo que mi caso se complicaba cada vez más.
—María Rosa, es posible que no llegues al mes de diciembre.
No comprendí y le pregunté a qué se refería.
—Estamos en septiembre, y por lo que veo es posible que usted no resista hasta diciembre. Puede morir antes.
—Todos moriremos, porque lo único que se necesita para morir es estar vivos, pero muchas veces mueren primero los sanos y los enfermos quedamos jodiéndole la vida a los médicos. Además, muchos de los médicos que han vaticinado mi muerte, ya han fallecido.
El médico se perturbó con la reacción y contestó:
—No debes preocuparte, ese buen estado de ánimo contribuirá en tu bienestar.
Dos días después me llamó para sugerirme que consultara con otro reumatólogo. Solicité la cita y la conseguí para esa misma tarde; era inusual, pero me explicaron que unos minutos antes un paciente informó que no asistiría.
Llegué a la Clínica Paitilla una hora antes de lo estipulado. La recepcionista del piso cuarto preguntó con qué médico me atendería, respondí que con el Dr. Alejandro Ibáñez. Un médico que estaba cerca comentó que Ibáñez era el mejor reumatólogo de Panamá. Le contesté que me alegraba mucho, porque mi caso era muy complicado. Sonrió y entró en uno de los consultorios.
Me senté cerca de la recepción para estar atenta al llamado. Contemplé a los pacientes que esperaban; de repente algunos parecían indecisos, decepcionados otros, pero la mayoría llenos de esperanza en una pronta mejoría.
Cuando la recepcionista anunció que podía pasar al consultorio del Dr. Alejandro Ibáñez, entré como un ejército derrotado, pero decidida a plantar batalla de nuevo. Llegué a escuchar un sonido, que no identificaba si era el eco de mis pasos, o el galope de mi corazón ansioso. Sin saber por qué, presentí que me hallaba en el umbral de una nueva esperanza.
Pocas veces al consultar un nuevo médico siento esa sensación. Estaba cansada de tanto peregrinar en busca de respuestas, pero algo en el ambiente me daba nuevas fuerzas, y en algún rincón de mi corazón se cobijaba la esperanza tantas veces replegada a punta de golpes, de desilusiones, de desconocimiento.
El médico me recibió de pie y entonces comprobé que era el mismo que hizo el comentario en la recepción. «Por lo menos tiene sentido de humor», pensé, y esa era una ventaja. El consultorio era similar al de otros médicos; las paredes decoradas con sus múltiples diplomas daban la seguridad de estar frente a un profesional idóneo, con múltiples especializaciones.
Cuando lo observé con más atención determiné que era de mediana edad, seguro de sí y con determinación, su jovialidad y atractivo lo hacían parecer más joven. Cuando conoció mi historial clínico, descartó de plano el diagnóstico de lupus. Para él, todo indicaba que se trataba del síndrome de Behcet, afirmó.
«Otro nombre raro por investigar», pensé, mientras esbozaba planes para internarme esa noche en las páginas médicas de la web para recabar todos los detalles posibles.
El Dr. Alejandro Ibáñez comentó que era un trastorno del sistema inmunológico, incurable, pero tratable; muy rara además, con una incidencia de dos personas entre cien mil. La única forma de diagnosticarla era por los síntomas y yo tenía varios de ellos. La vasculitis, el problema de hipertensión pulmonar, las úlceras en la boca, los dolores en las articulaciones y la tendinitis.
Luego habló del peligro de un aneurisma si la enfermedad se salía de control. Después de su brillante exposición me recetó quimioterapia oral, pero me opuse por los riesgos que implicaba. Sin embargo, otros galenos a los que consulté estuvieron de acuerdo con que era el tratamiento indicado y no tuve más remedio que someterme a él.
Los efectos colaterales fueron devastadores y, aunados a las consecuencias de los esteroides, las secuelas fueron peores que la enfermedad. Eso sí, el Dr. Alejandro Ibáñez se manejaba con mucha eficiencia y esto me daba cierto margen de seguridad. En varias ocasiones aseguró que tenía todo bajo control.
En una de las citas le pedí al Dr. Alejandro Ibáñez que precisara el diagnóstico, ya que al doctor Araúz deseaba conocer su opinión. Recuerdo que me dijo en tono solemne.
—¿El diagnóstico? El diagnóstico es N. P. I.
—¿N.P.I.? Llevo varios años estudiando mi caso y no sé a qué se refiere.