Excerpt for La hoguera: La raíz de la hoguera y el crepitar de la hoguera by Rose Marie Tapia, available in its entirety at Smashwords

Título: Serie La hoguera:

La raíz de la hoguera/El crepitar de la hoguera

Editora-autora

Rose Marie Tapia

SMASHWORD

* * * * *

Editora-autora

Copyright © 2005 by Rose Marie Tapia

Nota de edición:

Se reservan todos los derechos. Ni la totalidad ni parte de esta obra puede reproducirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación, sin autorización expresa de su autora.

Primera novela:

La raíz de la hoguera



1

Parada sobre la tumba de Vittoria Scola, en medio del cementerio de Plaona, en Florencia. Paola Moreno Finamore se convenció que había tomado el camino correcto en la búsqueda de sus antepasados. Al verla absorta en su contemplación del campo santo de la cercana iglesia de Santa María Novella, muy parecida en su postura a una de las muchas estatuas colocadas sobre los sepulcros y bajo las arcadas góticas, Isabel, su amiga en la aventura iniciada casi un mes antes en la ciudad de Panamá, sintió que un estremecimiento y una súbita ola de frío le recorrían el cuerpo. Con voz entrecortada por el temor le preguntó:

—¿Qué pasa?

La respuesta logró estremecerla aún más, quizás por el tono con el que fue expresada:

Mi cara fratela. No te asustes, pero estoy segura de encontrarme parada sobre mi propia tumba.

Isabel se sentía parte de un hecho inexplicable que le producía una honda confusión; estaba allí, a decenas de horas de vuelo de su hogar, en medio de un paraje extraño, acompañando a su mejor amiga en un supuesto viaje hacia las raíces, y ahora la escuchaba expresarse de aquel modo extraño que la atemorizaba.

—Paola, no entiendo.

—Te pido un favor, mira esta lápida y confírmame si aquí dice: “Vittoria Scola, 6 de diciembre de 1414, 6 de diciembre de 1447. Con su vida paga el derecho a saber”.

—Sí, así es, es un italiano antiguo, pero…

—Y dime si la tumba de al lado no es la de Lucrecia Scola.

—Está bien, allí lo dice, pero ¿qué tiene esto que ver con…?

—¿Aún no lo entiendes, amiga? Esta es mi tumba. ¡Es mi epitafio!

—Paola, por favor, ¡vámonos de aquí! Ya esto dejó de ser hace rato un viaje divertido. ¡Me asustas! ¿Ves? ¡Estoy temblando!

—Oye, espera un momento. Si lo que crees es que estoy loca, pues no, al menos no más que cuando salimos de Panamá para hacer este viaje. Yo te dije entonces que venía a descubrir un secreto de mis antepasados, ¿no fue así?

—Sí. Pero entendí que era uno de los muchos pretextos que uno tiene para ir a conocer el mundo; como un tema de viaje, pero no pensé que nos dedicaríamos a investigar cementerios.

—¿Y dónde crees que encontraré a mis antepasados?

—Está bien, pero no digas que tú eres la finada de la tumba.

—Así es. La mujer que fue enterrada en esta fosa fui yo, y allá están los restos de mi madre. Mira, Vittoria murió el mismo día en que yo nací, sólo que quinientos años antes. Observa que falleció a los treinta y tres años, relativamente joven.

—¡Por Dios! Estás diciendo locuras.

—Aunque lo creas así, no son locuras; he llevado estos confusos recuerdos en la mente durante muchísimo tiempo, que ahora salen con tanta claridad. Debe ser porque me encuentro en el lugar donde inició todo.

—Ven, baja de allí, regresemos al hotel.

—No te he contado esto antes, porque no sabía si era un mito familiar, pero ahora ya sé que fue verdad. Una antepasada de mi madre murió en la hoguera, dándole gracias a Dios por ser una de sus escogidas. La acusaron de bruja, de hereje, pero ella lo único que buscaba era el conocimiento. Dicen que en sus últimos momentos vaticinó que su alma no encontraría la paz hasta cuando, quinientos años después, reencarnara en una mujer que llevara su sangre.

—Te juro que si no bajas saldré de aquí y le pediré al taxista que me lleve de vuelta al hotel, ¿entiendes?

A medida que la tarde avanzaba la temperatura iba descendiendo. Isabel camina hacia la salida, mientras siente que los nombres escritos alrededor de la cripta familiar le hablan, presentándose con cierta elegancia. Todos forman parte de la misma familia Cavello: Girolano, Taddeo, Masolino, Lorenzo, Vicenzo, Stefano, Agnolo, Michellangelo… todos hombres. La temperatura sigue bajando con la tarde; Isabel no puede contener su sobresalto al sentir sobre el hombro la gélida mano de Paola, quien le ha dado alcance.

—¡Caramba! ¡Qué buena compañera me ha tocado! Me abandona sin el menor remordimiento…

—Es que con estas cosas no se juega, soy muy respetuosa de los muertos.

—No más que yo, por eso es que voy a investigar los hechos que están tras esas historias que oí desde niña y que, al fin, puedo entender mejor.

Antes de salir, ambas mujeres voltean sus cabezas para echar un último vistazo a las antiguas estructuras del cementerio. A esa hora de la tarde parecen más antiguas y más tristes, y Paola tiene la certeza de que allí están las raíces por las que vino hasta el viejo continente.

Camino a la ciudad, el taxista echa de menos la grata conversación que compartieron y las constantes preguntas que le formularon durante el viaje de la ciudad al campo santo; sin embargo, acostumbrado a llevar y a traer turistas, se acomodó a la nueva situación y les permitió sumirse en el silencio mientras las llevaba de vuelta al hotel.

2

Hasta donde Paola recordaba, ella siempre había sido una mujer pragmática, apegada a los hechos, poco amiga de la aventura. Sin embargo, el viaje a Italia se había convertido en una obsesión en los últimos años, y el anunciado propósito de buscar sus raíces fue la forma en que la idea entró en su pensamiento. Isabel, que la conocía muy bien, advirtió aquel cambio, y hasta la felicitó. Siempre había considerado que su gran amiga, al no dejar nada al azar, le restaba el sentido aventurero a la vida, el que luego serviría para condimentar los recuerdos. Por eso aceptó acompañarla a Italia, el país en el que había hecho sus estudios de Arquitectura, una década atrás.

En realidad, todo comenzó con un sueño recurrente; durante varias noches soñó, casi siempre, con los mismos detalles, viéndose caminar por un paraje solitario, en el cual nunca antes había estado. La oscuridad de la noche y su creciente temor la obligaban a detenerse en cierto lugar, desde el cual se vislumbraba una pequeña y lejana luz. Ella aligeraba la marcha y poco a poco se acercaba a un local que parecía ser una antigua taberna. Abría la puerta y entraba; en la estancia se encontraban varias mesas colocadas en forma circular, alrededor de una pequeña barra; en una esquina, un hombre apuesto cantaba en voz alta una canción que no entendía. Eran muy pocos los parroquianos reunidos. Ella caminaba despacio entre las sillas y los hombres, hasta llegar a la barra y preguntarle al dependiente:

—Señor, ¿cómo se llama este lugar?

El tabernero la miraba desconcertado y con ademanes le decía que no entendía lo que le estaba preguntando. Entonces, uno de los lugareños de avanzada edad, aunque algunas noches era el hombre que cantaba, se acercaba y le decía, en un español extraño, que el nombre de aquel lugar estaba escrito en la pared. Ella levantaba la vista por encima de la cabeza del cantinero y leía “Sala Consilina”.

—No puede ser, yo nunca he viajado a este lugar. Yo vivo en Panamá.

—¿Panamá?——preguntaba el desconocido.

—¿Panamá? —coreaban los parroquianos mientras se paraban y venían a rodearla.

En el sueño, Paola sentía desconcierto y un pavor creciente. Cuando iba a llorar, la puerta se abría y daba paso a una mujer rubia de porte elegante, que con ternura se acercaba a ella, sonriente.

—Yo tengo las respuestas que buscas.

Paola la miraba, reconociéndola a pesar del atuendo antiguo que llevaba.

—Mamá, ¿qué haces en este lugar?

—Querida hija. Aquí estoy con mis antepasados. Soy muy feliz en este lugar. Desde hace años te estoy esperando. Recuerdas que me prometiste buscar tus raíces.

En ese momento, Paola recordaba que su madre había muerto hacia quince años, y se extrañaba de aquella conversación.

—¡Mamá, pero si estás muerta!

—No, hija: la muerte no existe.

Aquellas palabras tenían la virtud de infundir paz en su espíritu. Paola, trémula de emoción, se echaba en brazos de su madre, besándola en ambas mejillas. En ese preciso instante se sentía caer en un abismo, en un hoyo negro, y despertaba traspirando y con el rostro bañado en lágrimas.

Cada vez que se repetían esos sueños, ella sentía la emoción de hablar con su madre, y recordaba todas las veces que le había prometido hacer aquel largo viaje en busca de sus antepasados. De ese modo, poco a poco, se introdujo en su mente la idea de que ya era hora de cumplir con aquella promesa que la desvelaba y, sin pensarlo más, apeló al gran espíritu de aventura heredado de sus abuelos europeos, resolvió ir en pos de sus raíces e hizo a un lado una serie de compromisos que hasta ahora la habían maniatado. Sin embargo, no se atrevía a viajar sola. Nunca había estado en Europa y prefería ir con una persona que conociera Italia, el primer país en el itinerario.

Cuando le comentó a Isabel sobre su proyecto, aunque reservándose el detalle de los sueños con su madre, obtuvo de su mejor amiga una entusiasta y rápida respuesta:

—¡Ya tienes la compañera perfecta! ¡Nunca hubieras podido encontrar una mejor!

Unas cuantas semanas más tarde, bien temprano en la mañana, las dos mujeres iban en un taxi, camino al aeropuerto de Tocumen. Isabel se sintió un poco intrigada al ver la melancolía que acompañaba a su amiga, y lo tomó como un posible indicio de que se estaba arrepintiendo de iniciar el largo viaje. Cuando le hizo la pregunta, Paola le dijo que todo estaba bien, que sólo pensaba en lo hermosa que se veía la ciudad a esa hora. Un poco más tranquila, Isabel la respaldó:

—Es cierto, vivimos aquí todos los días, pero pocas veces reconocemos esto.

—La mayoría de las personas en el extranjero piensan que lo único importante en Panamá es El Canal. Sin embargo, hay tantos lugares pintorescos y bellos en nuestro país.

—Coincidimos, anoche compré este paquete de postales para obsequiarlas a todas las personas que conozcamos en Europa, y estoy segura de que serán muchas.

Ambas rieron por la ocurrencia y el resto del camino lo emplearon en asegurarse de que llevaban todos los documentos necesarios. En el momento en que abordaban el avión, Paola volvió a experimentar la misma extraña sensación que la invadía durante los sueños con su madre, pero esta vez le llegó en forma de una certeza de que aquella travesía iba a cambiar el rumbo de su existencia. Prefirió no contarle esa experiencia a Isabel, quien en esos momentos se ocupaba de que su equipaje de mano se acomodara en los espacios arriba de sus cabezas.

El trayecto duró varias horas, durante las cuales Isabel, una gran conversadora, logró entretenerla lo suficiente para que el viaje no resultara tan pesado. En el aeropuerto de Roma, al momento de retirar el equipaje, Paola volvió a sentirse invadida por la particular sensación, aunque esta vez era de alegría, ese regocijo especial que se experimenta al volver a casa. Confundida por aquellas extrañas emociones, le solicitó a Isabel que se detuvieran un rato para descansar, pretextando sentirse afectada por la tensión del viaje.

En realidad deseaba serenarse, ya que no le parecía natural aquel sentimiento de retorno, si ella no había estado nunca antes en Italia. Su amiga, de saberlo, le diría que estaba dejándose sugestionar, o tal vez se asustaría, así que decidió no hacer comentarios por el momento.

Las dos amigas salieron del aeropuerto, rumbo al hotel. El taxista, un hombre bonachón, de mediana edad, inició enseguida una animada plática con Isabel, quien se encargaba de traducirle las partes más sabrosas, aunque Paola entendía bastante bien el tema. El hombre ponderaba la belleza de Roma, y describía su ubicación, localizada a lo largo de la ribera del río Tíber, bulliciosa, cosmopolita, con innumerables atracciones que la convertían en un lugar fascinante. También dijo que su ciudad era un paradigma de la civilización, en cuyo progreso se combinaba la devoción por el pasado con los grandes avances del presente, y que por eso se le conocía como la ciudad eterna.

Tan entretenidas estaban en la conversación y en la admiración del paisaje que fue el propio taxista el que tuvo que anunciarles que se encontraban en el Hotel Vittoria. Paola había escogido aquel lugar cuando examinó la lista de hoteles, atraída por aquel nombre tan familiar, desechando otras sugerencias de Isabel. Hasta se sabía la dirección de memoria: Vía Campania 41, Roma 00187. Les correspondió una pieza confortable, con un estilo distinguido, decorada con sobriedad y sin lujos excesivos.

Asomada al balcón, con los perfiles de Roma encendiéndose con el atardecer, Paola no pudo evitar decirle a su amiga que dentro de ella se incubaba la certeza de que ya había vivido allí muchos años atrás.

Déja vu. Dicen los psicólogos que es un truco del cerebro, una forma de combinar experiencias vividas con imágenes salidas de nuestra imaginación. Eso nos lleva a creer que ya hemos estado en un lugar, o que ya hemos realizado algo, aunque no sea así…

En cierto modo, agradeció la forma en que su amiga había interpretado su desazón. No se sentía con ánimos de empezar una discusión sobre el valor objetivo o subjetivo de sus emociones. Se quedó un rato en el balcón, respirando el aire fresco, relajándose ante tanta belleza, hasta que se sintió más sosegada. Entró a la habitación, en silencio, seguida de cerca por la mirada de Isabel.

—Suéltalo de una vez, Paola. ¿Qué es lo que pasa? ¿Por qué ese silencio? Y no me vengas con tonterías; nunca hemos tenido secretos, pero desde el avión te estoy notando rara. ¿Hay algo que yo no sé?

—La verdad es que no quería asustarte. Tú siempre has dicho que no te gustan los eventos inexplicables.

—La que me resulta inexplicable ahora mismo eres tú, así que dime qué pasa.

—Está bien. Trataré de explicarte: desde que salimos de Panamá experimenté una extraña sensación y ahora que llegamos a Roma me he sentido como quien regresa a casa, como si hay algo de familiar en cada cosa. Y eso no es natural, yo nunca he venido a Italia.

—Vamos, eso no es tan raro. Deseaste hacer este viaje desde hace tiempo, has leído bastante sobre Italia en los últimos días.

—Es más que información cultural lo que está detrás de esto. En verdad yo siento que las sensaciones no son de ayer, ni de hace años.

—¿Ah no? ¿Y de cuándo entonces?

—De siglos, Isabel, de muchos siglos.

Mira, hermana, lo que pasa es que ese viaje fue muy largo. Tú sabes cuánto he admirado siempre esa intuición o, como tú dices, la elevada percepción sensorial que posees. Pero, por ahora vamos a ver si me archivas esas antenitas y te decides a proseguir sólo con el sentido común. De aquí nos vamos a cenar, luego descansamos y mañana se te habrá pasado eso. ¿De acuerdo?

Paola aceptó la sugerencia. Fueron a cenar algo liviano y regresaron temprano a su habitación, procuraron hablar de asuntos triviales y del itinerario que habían planeado para los próximos días. Isabel le había prometido llevarla a sitios interesantes y, a partir del día siguiente, estaba dispuesta a cumplir su palabra.

3

Sin ser hermosa, Isabel era una mujer muy interesante, de personalidad definida y con un porte muy distinguido. De piel cobriza, mediana estatura, cabellos negros y ojos pardos, lo que más resaltaba en ella era su inteligencia y la profundidad de sus sentimientos, que la hacían una amiga ideal.

Durante todo el día habían visitado lugares históricos irremplazables, en el sector de la Roma antigua, y una que otra tienda, siempre de la mano de Isabel. Al final, se extenuaron y decidieron que al día siguiente se inscribirían en alguno de los numerosos tours guiados que se habían encontrado durante su recorrido.

Ahora, las dos amigas estaban en una cafetería cercana al hotel, recordaron las experiencias de la jornada y platicaron sobre los lugares que les interesaba visitar. Isabel había visto, con disimulada molestia, cómo Paola había abordado a varias personas en las calles y en los sitios visitados, con el único fin de preguntarles por sus apellidos, los que anotaba en una libreta. En una pausa de la conversación, se había levantado para hacerles la misma pregunta a los comensales de las mesas cercanas, por lo que consideró necesario ponerle coto a esa situación.

—Paola, por Dios, ¿a cuántas personas les has hecho la misma pregunta sobre tus apellidos en el día de hoy?

—Déjame en paz, practico el idioma y hago un trabajo que para mí es importante.

—No te disgustes, lo que pasa es que tu comportamiento no es normal, mira esas personas cómo nos observan. Creerán que somos espías, o terroristas.

—Pueden creer lo que se les antoje.

Isabel sabía muy bien cuál era el propósito de la visita de Paola a Italia, pero deseaba hacerla comprender que aquel método no era el más adecuado. Sin embargo, lo que menos deseaba era iniciar una controversia con su amiga. Por eso procuró cambiar el tema de conversación e inició una especie de lección sobre los vinos que aparecían en la carta de la cafetería.

Mientras la escuchaba, Paola se percató de que un hombre sentado en una esquina de la cafetería, a quien ella no se había acercado a preguntarle sobre sus apellidos, las miraba desde que entraron al lugar. Hubo un momento en que intentó sostenerle la mirada, para hacerlo desistir de su observación, sin lograrlo, por lo que sintió que era mejor marcharse. Cuando salían, logró ver que el hombre las seguía durante el corto trecho hasta el hotel, y luego, desde el balcón, lo vio parado en la calle. No le hizo ningún comentario a Isabel, estaba segura de que ella diría que era la consecuencia inmediata de sus impertinentes preguntas a desconocidos.

Al día siguiente, muy temprano, mientras desayunaban en la cafetería del hotel, antes de salir a cumplir con su itinerario del día, Paola vio al mismo hombre de la noche anterior, quien se les acercó con mucha gentileza para saludarlas, preguntándoles que si podía compartir su mesa. Fue Isabel la que le manifestó que estarían encantadas de hacerlo, el asombro de Paola no le permitió emitir el más mínimo comentario.

El recién llegado era un tipo espectacular, de unos cincuenta años, delgado, de piel canela, cabellos rubios cenizos y ojos color de miel. Se expresaba en italiano, y aunque era Isabel la que le seguía la conversación, él miraba con insistencia a Paola. En un súbito cambio de tema, les dijo que se había acercado a su mesa admirado por el gran parecido que existía entre ella y una lejana antepasada suya, llamada Vittoria.

Paola entendió la alusión, pero quiso ganar tiempo pidiéndole a Isabel que sirviera como intérprete. En realidad estaba conmovida que la asociaran con ese nombre tan significativo para ella.

Cuando quiso saber más sobre la antepasada de su nuevo amigo, este les comentó que conservaba un hermoso retrato de ella, en el que se precisaban los mismos rasgos faciales que adornaban a Paola, y que tal vez habría la ocasión para que ellas fueran a verlo.

Isabel iba a interpretar esta respuesta, pero desistió al notar que su amiga le respondía al hombre en perfecto italiano, mientras averiguaba sobre la forma en que había muerto y otros detalles que parecían interesarle mucho.

—Un momento, Paola; ¿cómo es que yo he tenido que estar traduciéndote todo estos últimos días y ahora resulta que hablas en italiano mejor que yo? ¿Crees que esto es justo?

El hombre se echó a reír ante lo que creía un juego entre las dos amigas y, sin dar tiempo a su respuesta, le explicó a Paola que su bisabuela contaba que ella era descendiente de una mujer muy famosa, llamada también Vittoria, a quien habían quemado en la hoguera por practicar la alquimia. Agregó que en su familia se tenía esa historia como una leyenda, aunque había quienes aseguraban que todo eso era real.

—Oigan, yo sigo aquí, no me he ido. Lo primero que vamos a hacer es a poner orden. Ya oigo que hablan de sus más remotos orígenes, mientras que en el presente no nos conocemos. Así que hagamos las correcciones pertinentes: yo soy Isabel y mi amiga se llama Paola.

El desconocido las mira, mientras busca las palabras para expresarse.

—¡No puede ser! ¡No lo puedo creer! Paola se llamaba mi hija, murió en un accidente automovilístico junto con mi esposa Antonieta, hace cuatro años.

A medida que decía esto, las lágrimas comenzaron a correr por su rostro. Luego, recuperado de su manifestación de dolor, prosiguió.

—Discúlpenme, por favor. Me llamo Agnolo, vivo en Florencia. Estoy aquí por un asunto de negocios.

Luego de las presentaciones, conversaron un rato más sobre distintos temas y Agnolo les prometió invitarlas a conocer su ciudad natal. Cuando se despidieron, y después de prometerles que las buscaría en el hotel al día siguiente, el hombre le dice a Isabel:

—Estoy seguro de que fue Paola la que escogió este hotel.

—Así es, pero ¿cómo lo sabes?

—No me lo preguntes a mí, pregúntaselo a tu amiga. Ella sabe por qué lo digo.

Isabel pensó que ya era bastante tarea la de aguantarse los enigmas de Paola para que ahora viniese Agnolo con misterios similares. Eso sí que le parecía el colmo, pero se reservó los comentarios. Cuando Agnolo se retiró, Paola, sin rodeos alertó a Isabel.

—Pienso que es mejor evadirlo. Hay algo en él que me hace desconfiar. No puedo definirlo en estos momentos, pero olfateo algo raro. Me da la impresión de que es un hombre peligroso, y que no se acercó a nosotras con buenas intenciones. Presiento que su historia del accidente de su esposa e hija fue inventada, y que su dolor y su llanto eran fingidos.

Isabel estaba fastidiada por los cambios inexplicables en la conducta de su amiga. Durante toda la travesía habían corrido riesgos innecesarios y ahora era ella la que insistía en que se cuidaran. Sin embargo, la advertencia era válida.

—No sé qué decirte, pero no sólo tú presentiste eso. Así que, no hablemos más del asunto. Evadiremos su presencia y asunto resuelto.

—Me parece bien…

—¡Ah! Un momento… ¿podrías darme la receta para aprender italiano en tan breve tiempo?

—Vamos, no es ningún secreto. Este es un viaje que tenía en mente desde hace muchos años, así que venía estudiando el idioma poco a poco, lo que me faltaba era la oportunidad y la práctica.

—¿Y por qué no me dijiste eso desde antes?

—Porque no estaba segura de cuánta fluidez había adquirido; sólo cuando vi que era el momento oportuno me decidí a emplearlo.

—¡Qué bien! Ya temía que fuera otra de esas extrañas ocurrencias tuyas…

Después de desayunar, Isabel y Paola se dirigieron a una agencia de viajes para que las inscribieran en una visita guiada por la ciudad. El recorrido estaba lleno de lugares interesantes, y Paola hizo todo el esfuerzo posible para concentrarse en las descripciones del guía turístico:

—La Basílica de San Pedro fue construida en el año 324 por Constantino en honor al apóstol San Pedro, fue embellecida y muy retocada por artistas como Rafael, Miguel Ángel y otros. Como pueden observar, presenta nueve balcones, entre los cuales está la Galería de las Bendiciones, llamada así porque es el lugar donde el Santo Padre imparte las bendiciones. La última puerta que ven acá a la derecha es la Puerta Santa que el Papa abrió el Año del Jubileo...

Al ingresar a la Basílica, Isabel le hace notar que se encontraban delante de la más famosa construcción sagrada, colmada de santas reliquias y grandes tesoros artísticos. Ambas escuchan la explicación de que allí, en la Capilla de la Piedad, se encuentra la célebre obra de Miguel Ángel, que representa al Cristo acostado en los brazos de su madre, la viva imagen de La Piedad. Paola procura absorber cada una de las palabras del guía:

—Delante de la Basílica de San Pedro verán abrirse la plaza más grande de Roma: la Plaza de San Pedro; su Basílica domina la ciudad de Roma y se convierte en el punto de convergencia ideal, pero no olviden que por un lado nos recuerda la humilde tumba de piedra de Pedro y por otro la roca fundamental sobre la cual Cristo fundó su Iglesia...

Luego vendrán la Basílica Santa María la Mayor, Virgen que emociona a Paola, y mucho más cuando escucha decir que se trata de la Basílica más antigua en Occidente entre las dedicadas a Santa María. Más tarde pasan por el Coliseo Romano, el cual ya había visto de lejos el día anterior, y ahora la deslumbra por su imponente presencia y el carácter que obtiene de ser una de las estructuras arquitectónicas romanas más emblemáticas.

Después de aquella gira Isabel y Paola regresaron al hotel más cansadas que el día anterior. Allí se encontraron con que Agnolo les había dejado dos mensajes; en el primero las invitaba a cenar y en el otro se disculpaba porque se le había presentado un problema que lo obligaba a regresar por un tiempo a Florencia. Este último les produjo un gran alivio, no sólo por el cansancio que las agobiaba, sino por la especie de aversión que sentían hacia aquel hombre extraño. Sin embargo, las dos sabían que volverían a encontrarlo.

Los siguientes cuatro días fueron los típicos en la vida de un turista en Roma. Entre todos los monumentos y los retazos de historia universal, Paola pensaba que uno de los espectáculos más hermosos era el atardecer romano. Aquellos ocasos la embrujaban; se sentaba en la terraza del hotel a contemplar el paisaje y eso era suficiente para transportarse a otras épocas, siglos atrás, a sentir los fugaces recuerdos de un pasado que no había vivido, y la emoción inexplicable de encontrarse en una tierra conocida. ¿Cómo era posible tener recuerdos de un lugar al que nunca había visitado? Carecía de respuestas, y hasta se había resignado a no encontrarlas.

Una de esas tardes Isabel llegó a la terraza del hotel para invitarla a conocer un bar muy famoso en Roma. En verdad, Paola no estaba interesada en ese tipo de lugares, pero no podía decirle que no a su amiga, quien la acompañaba a todos los sitios que sí le interesaban, así que aceptó, no sin antes pedirle que la dejara contemplar hasta el último fulgor del ocaso.

Cuando llegaron al bar les asignaron una de las pocas mesas vacías que se encontraban al fondo del local. La música tecno llenaba el lugar y algunas parejas bailaban, mientras que la mayoría, a esas horas, prefería conversar en sus mesas. Ambas pidieron unos cócteles ligeros, recomendados por Isabel, y se dedicaron a observar el ambiente, que se caldeaba poco a poco. Fue Paola la primera que vio a Agnolo, acompañado por un hombre muy apuesto, como de veinticinco años, parados junto a la barra. Con un movimiento del codo y un gesto le señaló el sitio a su amiga:

—Mira quien está allá. Esta debe ser la embajada de Florencia, o algo así.

—Ya lo presentía yo; este es un mentiroso de marca mayor. Pero es bueno encontrarlo aquí, así podemos desenmascararlo y cortar de una vez esos aleteos suyos a nuestro alrededor.

Antes de que Paola pudiera decirle algo, Isabel se levantó y fue hasta donde conversaban los dos hombres. El tono directo y retador con el que se dirigió a Agnolo no revelaba mucha cortesía de su parte.

—Discúlpeme, caballero ¿cuál de estas puertas comunica con Florencia?

Agnolo la miró un instante y enseguida se hizo el desentendido, como si ella no existiera. Isabel no piensa dejar las cosas de ese modo e insiste:

—¿No me escuchas, querido Agnolo?

El hombre levanta la mirada y en tono airado le contesta.

—Señora, ni me llamo Agnolo, ni la conozco y usted me confunde.

Paola se ha acercado y cuando escucha aquella respuesta siente temor por las consecuencias; tal vez es cierto que entre las luces del lugar, la música y los cócteles hayan confundido al sujeto. Asustada, toma a Isabel por el brazo e intenta llevársela.

—Por favor, es mejor que salgamos cuanto antes de este lugar.

Isabel reconoce que su amiga tiene razón y abandonan el bar. En la calle toman un taxi y le dan la dirección del hotel Vittoria.

—Isabel, qué error más grande cometimos.

—Ni lo creas. No te diste cuenta, pero apenas salimos, los dos tipos esos también salieron, y mucho me equivoco o ese auto que viene detrás es el de Agnolo.

—Dios mío, sí, se parece a él, pero puedo estar equivocada.

—Pronto lo sabremos, trata de entrar al hotel lo más deprisa que puedas.

Así lo hicieron, casi corriendo entraron al vestíbulo del hotel, percatándose de que el auto sospechoso pasaba con lentitud por el frente. Isabel estaba atemorizada.

—¿Ves? Ese tipo venía tras de nosotras, Paola.

—Es cierto. Mañana mismo salimos de Roma.

—¿Regresamos a Panamá?

—¡Claro que no! Tenemos varios lugares por visitar, y vas a acompañarme.

Apenas entraron a la habitación sonó el teléfono. La recepcionista les avisaba que el señor Agnolo estaba esperándolas en el restaurante. Paola desconcertada, miró a su amiga; si antes no entendía nada, ahora mucho menos. Su primera reacción fue eludirlo, prevenir cualquier riesgo y alejarse de aquel tipo siniestro.

Isabel, muy asustada, opinaba en forma contraria.

—¿Nos vamos a ir con todas estas dudas? Está bien, si quieres lo hacemos; pero entonces pasaríamos toda nuestra vida preguntándonos que fue lo que pasó; en cambio, si bajamos y lo enfrentamos, asunto resuelto. ¿No te parece?

—Pero es que ese hombre se ha comportado de una manera tan extraña; yo diría que es peligroso permitir que esté cerca de nosotras.

—Sí, pero es conveniente escuchar cualquier explicación que nos ofrezca.

Isabel convenció a Paola de que deberían escucharlo y enterarse de la nueva versión, quizás de ese modo podrían comprobar que se trataba de un pillo de marca mayor. Con cara de desenvoltura y fingida seguridad, las dos mujeres bajaron al restaurante.

Lo primero que notaron fue que el Agnolo de ahora y el del bar era uno solo, pues el que tenían enfrente llevaba el mismo vestido. En su semblante se reflejaba una viva preocupación que disparó los mecanismos de alerta de Paola, quien enseguida reflexionó: “Este hombre es mucho más peligroso de lo que nos habíamos imaginado. Puede adoptar actitudes a su antojo. Hace un rato fingió no conocernos, y lo hizo muy bien; ahora finge estar preocupado, y de veras que convencería a cualquiera”.

Agnolo se acercó a las dos amigas y, con un tono muy amable, les pidió disculpas por el incidente del bar. Ambas lo miraron con dureza, como haciéndole entender que no le creían la más mínima palabra. Él, pretendiendo no advertir la recriminación implícita, les pide que se sienten; Paola habría rechazado la oferta, pero su amiga se le adelantó.

—Bueno, escuchemos otra típica historia del folclor romano.

—Señoras, acepto sus reproches; son ustedes muy amables en aceptar escucharme luego del penoso incidente de esta noche, pero les juro que soy el que más lamenta lo sucedido allí; créanme que comprendo su malestar y lo justifico, pero no tuve alternativas.

—¿Ah, no? Quiere decir que Isabel y yo somos objetos de sus desvaríos; algunas veces nos conoce, otras no; algunas veces nos miente con descaro y otras también...

—Señoras mías, yo merezco el concepto que tienen de mí, pero hasta ahora no les había dicho que soy policía, que estaba en el lugar en una misión encubierta, para sacarle información al sujeto con el que hablaba, al que le seguía la pista porque está involucrado en el tráfico de indocumentados desde Asia y Europa del Este.

—¿Ah, sí? Míreme a los ojos inspector Clouseau, ya que delante de usted tiene a dos de las Ángeles de Charlie; la tercera está retocándose en el baño.

Paola no pudo contener la risa, aunque aún no se le disipaba el disgusto hacia el hombre aquel.

—Isabel tiene razón, Agnolo. Tus palabras suenan bien, pero no son ciertas. De ahora en adelante será muy difícil creerte. La verdad es que ya no confiamos en ti. Pierdes el tiempo con la historia del policía, y encima nosotras perdemos el nuestro. Me imagino que tu verdadera profesión, si tienes una, es la de artista. Es mejor que nos retiremos y hagamos como si nunca nos conocimos.

Agnolo apretó los puños sobre la mesa. Se daba cuenta de que tenía aquella batalla perdida. Se mordió los labios y masculló unas palabras que parecían una sentencia, más que una disculpa.

—Señoras, no saben cuanto lamento toda esta situación. De veras, comprendo su disgusto y no puedo hacer algo para aplacarlo. De una cosa sí quiero que estén seguras: jamás he tenido la intención de ofenderlas. Espero que en el futuro exista la oportunidad de aclarar este malentendido.

Con un ademán reverente, Agnolo se puso de pie, se despidió de las dos amigas y salió por la puerta que daba a la calle. Isabel miró a su amiga y le manifestó que deshacerse del individuo aquel había resultado más fácil de lo que pensaban.

—Creo que se va humillado, y que por aquí no volverá dentro de buen tiempo.

—No estamos en Panamá, Isabel. Aquí hay gente de cuidado y es fácil promover los sentimientos de venganza. En el futuro es bueno que evitemos problemas de este tipo.

—Tienes razón, fui demasiado dura, pero tú no te quedaste atrás.

Pobre Agnolo, él vino a disculparse y mira lo que encontró. Le echamos a perder su show. A esta hora debe estar preguntándose qué fue lo que le falló. En fin, nosotras nos vamos a descansar, mañana debemos salir hacia el sur de Italia.

Lo que no sabían las dos amigas era que Agnolo permanecía en su auto, afuera del hotel, expectante, y que no se marchó hasta observar que se apagaba la luz de la habitación en que ellas se hospedaban.

4

Sala Consilina, el pueblo de Felicia, bisabuela de Paola, era hermoso; parecía sacado de esos parajes que ilustran los cuentos de hadas. Eran casas pequeñas, una al lado de la otra, rodeadas de vegetación exuberante, enmarcadas en un clima formidable. Paola nunca se lo imaginó así, por eso lo contemplaba absorta, extasiada por tanta belleza. En sus sueños, el pueblo siempre aparecía de noche, tétrico, sombrío, y ahora lo tenía frente a ella, radiante como el sol que las alumbraba.

Habían llegado hasta allí después de un largo viaje, el que finalizaba en este caserío sacado de sus sueños y de su memoria y enclavado entre las montañas del Valle del Diano, en el sur de Italia. Isabel comprendía el estado de éxtasis en que se encontraba su amiga luego de bajar del autobús, pero pensó que era tiempo de hacerla pisar la tierra:

—Vamos a buscar hospedaje y una cafetería; allí haremos nuestro itinerario.

—¿Itinerario? Pero si este pueblo lo podemos recorrer sin mayores ayudas…

—Sí, pero si lo que deseas es buscar tus raíces, te recomiendo que dejemos que nuestros dedos caminen por nosotras…

—No entiendo…

—Revisemos el directorio telefónico. Allí deben aparecer las personas que llevan tu apellido…

—Ah, sí, claro. Me imagino que las familias Cabello y Finamore deben ser comunes en este hermoso lugar.

Tan pronto estuvieron alojadas y repuestas del viaje, Paola e Isabel comenzaron a buscar en el directorio. Había allí diez personas bajo el nombre Finamore y ninguno con el apellido Cabello. Dispuesta a cumplir su tarea, Paola comenzó a llamar una a una a todas las personas con el apellido Finamore, preguntándoles por algunos nombres de antepasados para saber si alguno de ellos había emigrado a América. Todos los intentos resultaron infructuosos; algunos les dijeron que no sabían de lo que hablaban y otros cortaron la conversación no sin ciertas muestras de recelo.

Paola estaba de mal humor ante el desastre de sus primeras averiguaciones. Isabel tuvo que armarse de paciencia para soportar el estado de ánimo de su amiga y su negativa a salir a recorrer el pueblo.

Al tercer día de su llegada apareció el primer resultado. Un tal Vicenzo Finamore llegó al hotel en donde se encontraban las dos amigas luego de que un labriego amigo suyo le dijera que las extranjeras buscaban a los Finamore que tuvieran parientes en América. Vicenzo tendría como sesenta y cinco años, pero la edad no le restaba atractivo. Su piel era sonrosada, marcada por los soles y el trabajo, de elevada estatura, con cabellos canosos y ojos negros como la noche; su trato era muy cortés, y sus palabras tenían el mismo toque de dulzura que uno se imagina en los abuelos de los cuentos. Él les informó que recordaba a un tío-bisabuelo suyo, llamado Miguel Finamore, quien había sido jefe militar del pueblo, a fines del siglo XIX, y del que aún se contaban muchas historias curiosas, entre esas la de su salida hacia América.

Paola era de las que decían que a través de los ojos se asoma al alma de una persona. Vicenzo tenía una mirada profunda, que invitaba a sus interlocutores a confiar en él, pues transmitían un sentimiento de paz y de protección. Paola se sintió muy emocionada al escucharlo hablar.

—Ahora que lo veo, tengo el presentimiento de que estoy hablando con un pariente. Me contaron que Miguel Finamore era un hombre guapísimo. Debe haberse parecido a usted.

Vicenzo sonrió, bajando la cabeza, mientras la piel de sus mejillas se encendía como las de un adolescente. Isabel, que había escuchado la conversación en silencio, le preguntó:

—¿Y vive usted cerca de aquí?

—Oh claro, qué descortesía la mía. Vengan, acompáñenme, las llevaré a conocer mi casa.

Vicenzo había venido en una camioneta Volvo, en la que montaron las dos mujeres. Mientras transitaban por un bello sendero rodeado de granjas y de árboles, Vicenzo Finamore les iba contando algunos retazos de su vida.

—La casa en donde vivo es nueva, pero se levanta en el mismo lugar de la antigua residencia de los Finamore. Cuando Miguel se fue de este pueblo, al parecer los únicos familiares vivos eran mi bisabuelo y sus dos hijos, uno de ellos era mi abuelo; por esa razón le dejó la casa. Hace unos veinte años construí la vivienda actual, respetando las viejas fundaciones y algunos de sus muros.

A un lado del camino se divisaba la enorme casona, sobre un promontorio del paisaje. A Paola le pareció imponente, aunque Vicenzo seguía refiriéndose a ella como una casa común y corriente.

Apenas entraron a la sala, Isabel recorrió con la mirada las hermosas pinturas que decoraban las paredes.

—Tiene usted un gusto exquisito, las pinturas son preciosas; deben haber sido creadas por pintores famosos.

—Colecciono obras de arte. Ese es mi pasatiempo favorito.

—Y este es el retrato de una bebé, ¿verdad? ¡Qué linda!

Vicenzo se turbó ante la alusión a aquel retrato. Casi de un salto se paró enfrente, como para que no fuera contemplado, y con un visible rubor en su rostro le dijo a Isabel:

—Discúlpenme, si me permiten, pueden sentarse. Siéntanse en su casa mientras voy a anunciarle a mi padre que las extranjeras que preguntaban por los Finamore ya están aquí.

Ante la mirada de asombro de las dos mujeres, Vicenzo les aclaró que su padre estaba vivo y que colaboraba con los trabajos de la granja. Les advirtió además, que era un gran conversador y que recordaba las anécdotas sobre sus antepasados.

Cuando Franco Finamore entró se podía notar que se había estado arreglando para la ocasión. Vestía un sobrio vestido de trabajo, limpio y muy bien entallado que ocultaba la edad que confesaba: ochenta y siete años. En verdad, al lado de Vicenzo, cualquiera hubiese dicho que se trataba de dos hermanos. Tan pronto transcurrieron los saludos iniciales y se descorchó una botella de vino para celebrar el encuentro, Paola les contó el motivo de su viaje a Italia, mientras Franco y Vicenzo la escuchaban muy atentos. Paola llevaba una lista de preguntas en mente que comenzó a formular enseguida.

—Franco, ¿conoció usted a Felicia, la esposa de Miguel Finamore?

—No, por supuesto que no la conocí, pero mi padre nos contaba que era una mujer bellísima. Supe que Antonina, la madre de Felicia, huyó de Florencia con su hija, se trajo todos sus difuntos y los enterró en el cementerio de este pueblo. Felicia conoció aquí a Miguel Finamore y se casaron; poco después murió Antonina, casi al mismo tiempo en que la pareja tenía su primera hija. No se sabe por qué razón Felicia decidió escaparse de aquí, aunque se cree que fue por alguna de las muchas aventuras que se le adjudicaban a su marido, y se embarcó para América, con su pequeña niña en brazos. Miguel quiso volverse loco, abandonó sus deberes, sus propiedades, hasta que un día decidió irse a buscarlas. Me cuenta mi padre que mantuvo contacto con él durante algún tiempo, y que en sus cartas le relataba todos sus infructuosos esfuerzos por dar con el paradero de su mujer y de su hija.

Paola estaba maravillada, esa historia coincidía con la que le contaba su mamá acerca de su bisabuela, quien habría llegado a América en brazos de la madre, a fines del siglo XIX. Quiso entonces comprobar la versión que le había adelantado Vicenzo por el camino.

—¿Sabe usted dónde vivían ellos?

—Ya la casa no existe, pero el terreno era este, donde nos encontramos ahora. Cuando Miguel se fue del pueblo, los únicos familiares vivos eran mi abuelo y sus dos hijos; por esa razón mi padre heredó la casa, y luego la tuve yo, y ahora la administra Vicenzo, con la poca ayuda que ya le puedo prestar.

Paola no pudo contener el llanto; estaba emocionada. Si su madre la viera, se sentiría orgullosa de ella, ya que, luego de más de cien años, una Finamore había viajado al viejo continente en busca de respuestas, y las había encontrado, parándose en el mismo lugar donde se inició todo. Ahora se explicaba por qué el sentimiento de regreso, por qué la sensación de que todo aquello le era conocido. Isabel y Vicenzo se levantaron a consolarla, y las palabras de Franco le confirieron la fuerza espiritual que necesitaba en ese momento.

Cara, quiero que sepas que aquí tienes tu casa. Tus bisabuelos vivieron aquí, y salieron hacia América por motivos distintos, y aunque no se pudieron reunir jamás, tú regresas hoy y completas un círculo cien años después; quizás Dios nos ha mantenido vivos a pesar de tantas tribulaciones para que viéramos este momento. Que Él y la Virgen te bendigan.

La velada se extendió hasta entrada la noche, compartieron la cena, junto con anécdotas de un lado y de otro del mundo, lo que les hizo comprender que en verdad eran ramas de un mismo árbol, alejadas por el destino y vueltas a reunir alrededor del tronco, también por el destino.

Esa noche, de vuelta en el hotel, Paola se sentía tan emocionada que no creía ser capaz de dormir. Isabel le pidió que tomara las cosas con calma, que apreciara el éxito logrado, pero Paola insistía en que aún faltan detalles para completar su propósito.

—Pero, ¿qué más? Esta tarde has estado en el mismo sitio en que vivieron tus bisabuelos; llevas gran cantidad de fotografías de ellos y de los paisajes de este pueblo, ¿qué falta ahora?

—Vamos a ir al cementerio mañana. Allí debe haber un registro de los fallecidos y veremos si hay alguien que se apellide Cabello. Mira que a Vicenzo no lo encontramos en el directorio, porque no estaba registrado su número; así que es posible que los Cabello estén en el cementerio.

—Está bien, te acompañaré si me prometes tranquilizarte. Además, te advierto que debemos ser muy prudentes. Estamos en tierra extraña, y el sur de Italia no es una región cualquiera. Así que debemos andar con mucho cuidado.

Al día siguiente, antes de las doce, estaban en el cementerio. El campo santo era diferente a los de su país, tenía un aspecto melancólico, mustio; estaba rodeado por una gruesa pared con arcos invertidos, por encima sobresalían las copas de los olivos y los cipreses que proporcionaban sombras a los sepulcros y a las capillas. Un portón de hierro daba acceso a las criptas. En la entrada las atendió un señor de mediana edad, a quien le solicitaron la información sobre los difuntos que llevaran el apellido Cabello. Se presentaron como familiares lejanas que deseaban rezarles a sus parientes que allí descansaban. El empleado le dijo que tales registros eran incompletos, pero Paola insistió en verlos.

—Mire señor, nosotras hemos viajado desde muy lejos para hacer estas averiguaciones, por favor ayúdenos. Venimos de América, sabemos que una de nuestras antepasadas está enterrada en este pueblo y deseamos conocer la ubicación de esa tumba.

De mala gana, el hombre se dirigió a unos armarios y observó los legajos acumulados.

—¿Cómo me dice que es el apellido?

—Cabello — respondió Paola.

—Está bien, siéntense allí y esperen un momento.

Casi una hora más tarde el funcionario regresó con unas anotaciones. Se trataba del número de una panteón donde reposaban personas con aquel apellido.

Luego de caminar unos minutos por entre las criptas encontraron la tumba; la lápida estaba muy bien conservada. Allí estaba el nombre de la madre de Felicia, con un amoroso epitafio dedicado por su hija. Paola notó que el apellido estaba escrito con v: Cavello.

—Isabel, mira aquel osario vacío; cualquiera diría que allí hubo restos alguna vez y fueron removidos.

—Paola, por favor. No empieces con tus extravagancias.

—No son extravagancias; allí deben haber reposado los muertos que se trajo la madre de mi bisabuela de Florencia… pero ya no están.

Para evitar una discusión en aquel momento y lugar, Isabel se da la vuelta y comienza a examinar los impresionantes ornamentos de las otras tumbas. En su deambular advierte que muy cerca de allí hay una persona que se oculta entre las criptas. Ella hace un movimiento de engaño y la obliga a mostrar su cara. La sorpresa la deja muda, y enseguida regresa donde está Paola para decirle, casi en un susurro.

—No me lo vas a creer, acabo de ver a Agnolo detrás de esas tumbas.

—¿Ese? ¿Y qué hace por aquí?

—A mí no me preguntes, pero creo que lo mejor es que nos marchemos.

—Tienes razón.

Las dos amigas salieron del cementerio a toda prisa, sin detenerse a averiguar si su siniestro vigilante seguía allí o se había marchado. No tardaron en saberlo, mientras comían, advirtieron que el auto de Agnolo pasaba despacio frente a ellas y se detenía un poco más adelante. Isabel dijo que era prudente informar aquello a la Policía; aducirían que aquel hombre las había venido siguiendo desde Roma y que creían que tenía malas intenciones.

Paola, más repuesta del susto de la tarde, optó por otro mecanismo. Llamó al muchacho que servía la comida y le deslizó un billete en el delantal

—Hijo, quiero que te asomes a la calle y me digas si conoces al hombre que está sentado al volante de ese auto.

El muchacho, con una sonrisa divertida, le devolvió el billete:

Sería un robo cobrarles por eso. Desde aquí puedo decirles que ese caballero se llama Filippo Panciatichi, que es cliente de este local, que todos lo conocen, que es soltero, que no tiene hijos, que tiene mucho dinero… A ver ¿qué más les interesa saber, signorinas?

Paola e Isabel abrieron la boca ante la andanada de respuestas recibidas. El muchacho gozaba con el impacto de sus informaciones y quiso continuar la diversión:

—Además, es un pintor muy reconocido, tiene muchos clientes en este pueblo.

Mordiéndose los labios, Paola se dirige a Isabel, en español:

—Esto no puede ser. Una vez más este idiota nos tomó el pelo. ¿Qué es lo que ese tipejo se ha creído?

El camarero se turba, creía que aquella airada reacción es por su causa:

—Discúlpenme señoras que las haya molestado, pero lo que les he dicho es verdad. Aquí todos conocemos al señor Filippo, él siempre pasa largas temporadas en nuestro pueblo y…

—No, no, muchacho, no nos referíamos a ti; has sido muy gentil y aunque creas que no, te has ganado tu propina.

El chico toma el billete, temiendo volver a enojar a las mujeres y se retira agradeciéndoles sus palabras.

Casi de inmediato salen las dos mujeres y se encierran en sus habitaciones, presas del temor. Isabel insiste en su idea de marcharse de allí.

—Te repito, Paola, ya es hora de volver a casa. Esto se pone más peligroso cada vez, este tipo puede ser un loco, un asesino en serie, un secuestrador de mujeres solas, un demente, un depravado con mil rostros, un…

En ese momento, alguien toca a la puerta, ambas dan un salto, ahogando un grito de espanto. Ninguna de las dos se atreve a hablar. Es Paola la que atina a preguntar, ante los insistentes golpes sobre la puerta:

—¿Quién es?

—Soy yo, el muchacho que las atendió en la cafetería. Les enviaron un hermoso ramo de flores…

—¿Flores? ¿De parte de quién?

—De los señores Franco y Vicenzo Finamore…

Aquellos nombres son como un bálsamo para su angustia. Las dos abren la puerta con una amplia sonrisa.

—Muchas gracias. ¿Podrías hacernos un favor?

—Lo que ustedes digan, señoras…

—Te daremos una buena propina si le haces saber a Vicenzo Finamore que deseamos hablar con él, ahora mismo.

—Van a tener que perdonarme el que no les acepte la nueva propina…

—¿Cómo? Pero si dijiste que…

—Es que el señor Vicenzo está allá abajo, en la cafetería…

—¡Bendito sea Dios! ¡Dile que suba!

Isabel no sabe si sorprenderse de los cambios de actitud de su amiga o de la forma en que se van encadenando los sucesos. Con voz grave se dirige a ella:

—¿Te has vuelto loca? Primero aceptas que tenemos que salir del pueblo cuanto antes, y ahora le pides a tu supuesto tío que suba a nuestra habitación. La verdad es que cada día te entiendo menos. Estás jugando con fuego. Te encanta el peligro. Es más yo diría que disfrutas todas estas chifladuras.

—Isabel, primero, Vicenzo y yo sí somos parientes, tú lo sabes; segundo, te pido que confíes en mí.

En ese momento, volvieron a tocar la puerta, y Vicenzo Finamore se anunció. Tan pronto está en la habitación, sin más rodeos, Paola le formula la pregunta que la angustia:

—Vicenzo, ¿conoces a un tal Filippo Panciatichi?

—¿Filippo? ¿Y quién no lo conoce? Acabo de saludarlo allá abajo; él es muy popular aquí, somos hasta parientes; no sería raro que ya ustedes lo conocieran también…

—Sí, así es, y no en situaciones muy agradables…

—¿Cómo? ¡No puede ser! Filippo es de las mejores personas que he tratado.

—Así pensamos en un principio, pero conocimos al tal Filippo, o como se llame, en Roma; allá nos dijo que se llamaba Agnolo, y que estaba muy triste porque su hija y su mujer habían muerto en un accidente…

—Ah, ya entiendo; trató de seducirlas. Pues bien, yo lo conozco desde hace varios años; le he comprado varias pinturas, somos buenos amigos y hasta parientes, ya les dije. Pero hablaré con él y las haré respetar, ténganlo por seguro…

—Te pido que tengas cuidado, tengo el presentimiento de que se trata de una persona peligrosa.

—¿Peligroso Filippo? ¿Estás segura de que hablamos de la misma persona?

Esta vez fue Isabel la que contestó.

—Sí señor, de eso puedo darle testimonio. No cabe la menor duda de que Agnolo y Filippo son la misma persona, y que ambos son unos sinvergüenzas y mentirosos.

Paola se acercó a su tío y le confesó:

—No sólo eso, sino que cuando fuimos al cementerio esta tarde, ese hombre nos seguía muy de cerca. También una vez, en Roma, nos dijo que era policía y que se encontraba en una misión encubierta.

Vicenzo se echó a reír a carcajadas. Le preguntó a las dos mujeres si no podían darse cuenta de inmediato cuando un hombre intentaba sacar partido de las situaciones para propiciar una aventura, pero les prometió que acabaría con ese malentendido de una buena vez.

El hombre salió de la habitación convencido de que la mejor forma de dilucidar la situación era enfrentando a Filippo. Al llegar a la cafetería del hotel, lo vio sentado cerca de la barra y de inmediato se le acercó, increpándolo sin muchos miramientos.

—¿Por qué razón estás siguiendo a mi sobrina Paola y a su amiga? Quiero que sepas que ellas no están solas, me tienen a mí y a mi familia, y estamos dispuestos a protegerla como lo hacemos en el sur de Italia. Ustedes, los florentinos, no entienden de esto, pero aquí la familia se defiende a sangre y fuego. Paola es una Finamore legítima. Te lo digo por si no lo sabes.

Filippo estaba pálido. Sus conversaciones con los Finamore versaban siempre sobre temas de arte y asuntos de negocios, y era la primera vez que veía a aquel hombre de modales corteses tan enojado. Recuperándose de la impresión, contestó.

—No sé a que te refieres. Las dos damas me llamaron la atención, tú sabes que siempre me han atraído las extranjeras. Además, no entiendo en absoluto tu amenaza. No ha sido mi intención asustarlas, sólo pretendía mostrarles mi admiración.

—Vamos a poner las cosas en claro. Basta de acercamientos hacia ellas, basta de seguirlas, basta de mirarlas, ¿me entiendes?

Filippo soltó una carcajada; ahora el asombro había dado paso al humor:

—¡Vamos, vamos, Vicenzo Finamore! ¡Estás haciendo el papel del abuelo celoso! Tú sabes cómo somos los italianos, cada mujer es una posible presa a la que…

Vicenzo lo tomó por las solapas del vestido. Su mano de labrador apretaba con fuerza y decisión.

—Eres un asno, Filippo Panciatichi! Estás hablando de mi sobrina. De ahora en adelante, ten mucho cuidado con ella o te la vas a ver conmigo. Ya estás advertido.

Agnolo, o Filippo, no se desapareció por mucho tiempo. La mañana del siguiente día, mientras Isabel y Paola desayunaban, apareció en el restaurante. Ambas coincidieron en aparentar indiferencia, pero él se les acercó como si nada hubiera ocurrido.

—¿Qué se cuentan mis queridas amigas?

Ellas no le contestan, siguen tomando sus alimentos, ignorándolo, demostrándole desprecio. El hombre insiste.

—Por favor bellas damas no tomen la vida tan en serio. Solo quise otorgarles un poco de sabor italiano a su estadía en este país.

Paola lo mira con frialdad al responderle.

—Perdone señor, no somos sus amigas y quiero que sepa que lo único desagradable de nuestra estadía en Italia, ha sido conocerlo. Por favor retírese y déjenos en paz.

—Les falta mucho mundo. Si no fuera así, tendrían mejor carácter. Aunque no lo crean, para mí esto fue solo una diversión, no hubo mala intención en mi proceder, pero dejemos la fiesta en paz. Hasta luego, tengo la certeza absoluta de que ésta no va a ser la última vez que nos veamos.

Después de decir esto, salió sin despedirse. Aunque no se dio la vuelta en ningún momento, Paola sintió que se iba riendo. Así se lo mencionó a Isabel, quien le manifestó que no se ocupara más de ese cretino.

Al medio día dejaron el pueblo. Paola sintió cierta nostalgia, no deseaba despedirse de Vicenzo y Franco, a ella nunca le habían gustado las despedidas. Era mejor así. Cuando llegara a Panamá les escribiría agradeciéndoles sus atenciones y lo invitarían a conocer su país.

El autobús que habían tomado haría un recorrido por el sur de Italia, tal como ellas lo habían previsto con el fin de conocer en el camino otros pueblos y paisajes. Paola experimenta una sacudida:

—Isabel, no me hagas preguntas, pero en el próximo poblado vamos a la terminal del tren a comprar un boleto para Florencia.

—¿Florencia? ¿Y eso?

—De saberlo te lo explicaría, pero es algo así como una súbita revelación.

—¿Y se puede saber si tu dichosa revelación incluye lo que vamos a hacer allá? Porque según este mapa, el próximo pueblo en el que hay una estación de tren es Teggiano, y ya estamos llegando, pero me gustaría saber qué vamos a buscar a Florencia.

—Sólo sé que debemos visitar una iglesia: Santa María Novella.

Isabel no contestó. Sabía que era imposible sacar a su amiga de aquellas ideas extrañas. Prefirió concentrarse en el hermoso paisaje y olvidarse de que perseguían un conjunto de sueños, visiones y revelaciones que tal vez no las conducirían a ninguna parte.

5

Mientras salen del cementerio de Plaona, y a medida que el taxi las aleja de aquel lugar tan significativo en sus memorias Paola vuelve a sentir la sensación de estar en casa, aunque ahora de un modo más definido. Si cuando arribó a Roma pensó que retornaba al hogar, aquí en Florencia le asaltaba la seguridad de haber vivido allí por mucho tiempo. No podía expresarlo con palabras, pero las sensaciones eran reveladoras, al punto de que le hacían brotar lágrimas de felicidad. Ahora sabía que aquella inquietud que la había acompañado desde niña se satisfacía en ese lugar, a pesar de querer profundamente a su país. Florencia, de algún modo, era su tierra.

Sumida en el silencio, la vista fija en la lejanía, su rostro inexpresivo parece el de una mujer en trance. Isabel la toma por los hombros y la sacude, para sacarla de aquellas hondas reflexiones. Ella sonríe.

—¿Has visto tierra más hermosa?

—Claro que es hermosa, ya lo sabemos, pero ¿para apreciar eso hay que salirse del mundo?

—Vamos, Isabel, no exageres. Es que esta ciudad me ha hecho experimentar sensaciones tan maravillosas.


Continue reading this ebook at Smashwords.
Purchase this book or download sample versions for your ebook reader.
(Pages 1-30 show above.)