Excerpt for La Venganza de Leonardo da Vinci by Joseph Orbi, available in its entirety at Smashwords

La venganza de Leonardo da Vinci de José Orbi



La Venganza de Leonardo da Vinci

Copyright José Orbi 2010

Publicado por I. O. Twomey, Ltd. en Smashwords


I.O.TWOMEY, Ltd.

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Segunda Edición


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Índice de materias

Página Titular


1 - La pintura en la pared

2 - El Moro

3 - Contradicción

4 - Un poquito de mal

5 - La excepción

6 - Constantinopla

7 - Disciplina y algo más

8 - Amor al son de guerra

9 - Livy

10 - El espectáculo

11 - Personaje del pasado

12 - El zorro & la serpiente

13 - La develación

14 - La venganza de Leonardo da Vinci


Sobre el Autor


Nota del Autor


Todos los dibujos incluidos en este libro son de Leonardo da Vinci, con la excepción del «ariete de Salaí», dibujo de Giacomo Caprotti (Salaí). Para efectos de dramatización, algunos han sido retocados.


En cada hombre existe el Cristo.
En cada hombre existe el Judas.
—Maquiavelo

1 - La pintura en la pared


Todo era diferente. Al amor y a la guerra se les perseguía con el mismo entusiasmo y la moral nunca pisaba más allá del portal de la iglesia. La verdad es que la historia, como el reflejo de un viejo espejo después de estar escondido por años en un polvoriento cuartucho, pierde su luminosidad y distorsiona la veracidad de eventos pasados. Hasta aquéllos que han sido documentados se prestan para interpretarse incorrectamente cuando no se entienden la peculiaridad cultural y los hábitos de la época. Algo que parece muy obvio en el presente, puede haber sido otra cosa por completo, ya que las mismas excentricidades y la inseguridad innata del Hombre, tienden a atribuirle pinceladas de genio y misticismo a sandeces, a disparates y a simples tonterías.

Era un jueves por la mañana, en mayo. El valle se vestía con una leve cubierta de neblina gris-azul mientras los habitantes de Milán esperaban la salida del sol para empezar su día porque todavía se acogían a la dudosa defensa de sus cuatro paredes, detrás de contraventanas y encerrados bajo llave, vigilando sus pasos de habitación en habitación, con la ayuda de una vela, siempre con miedo a duendecillos y fantasmas que según la opinión general, habitaban cada rincón y nicho de sus hogares. No había duda, en 1498, Italia seguía evocando a la Edad Media.

Antonio se estaba vistiendo cuando oyó la puerta de entrada. Corrió a la sala, abrió la ventana, vio a Salaí saliendo de la casa y le gritó:

–¿Adónde vas?

Salaí se dio vuelta, y le enseñó la nota que llevaba en la mano.

¡Para Lucca! –le respondió en una voz que todavía llevaba la inocente melodía de la niñez.


Salaí


A Salaí le encantaba entregarle mensajes al Señor Lucca, no porque el Señor Lucca le era simpático; sino porque la tienda del Señor Lucca quedaba al lado de la dulcería de Tomasino, dos pequeñas habitaciones que el confitero compartía con su anciana madre y donde, con la ayuda de un hornillo de ladrillos en la parte posterior, preparaba la golosina preferida de Salaí, confite de anís. Tomasino exhibía sus dulces en bolsitas de colores, que clavaba en las paredes y el delicioso aroma de sus golosinas tentaba a grandes y chicos.

Salaí vestía mejor que la mayoría de los muchachos de su edad que se encontraban en la calle, con una chaqueta negra sin mangas sobre una camisa blanca, calzas color rosado, todo en su lugar gracias a un cinturón de cuero marrón oscuro. Además, tenía puesta una gorra roja que le gustaba inclinar hacia el frente, manteniendo su pelo rubio y ondulado fuera de su cara y de sus expresivos ojos grandes y azules, que solían sonreír, aunque sus labios no hicieran nada. Él era un chico muy apuesto y bien parecido, con delicados rasgos y facciones libre de las imperfecciones que acostumbran manifestarse durante la adolescencia. Tenía un cuerpo esbelto y bien proporcionado, aunque, para tener catorce años, era un poco pequeño de estatura.

Ése era Salaí, tan curioso como debe ser cualquier niño de su edad; por eso, en cuanto cruzó la calle, le dio un vistazo a la nota de su amo: «Le envío a mi criado Salaí... »

El chico frunció el ceño y no se molestó en leer el resto para que no se le arruinara el día. Él suspiró, encajó la nota dentro del cinturón y siguió de largo.

Como no tenía prisa, Salaí saludó a los amigos que se encontró por el camino, se le fue detrás a una familia de gallinas, le brincó por encima a una manada de puercos y a una cabra, se puso a jugar con un perro realengo, eludió un gato negro, por poco pisa un apestoso mojón, esquivó un cubo de aguas negras que zumbaron de un segundo piso y zigzagueaba entre vendedores ambulantes que montaban sus puestos para vender frutas, carnes secas, flores, cuero, perfume, lana y seda, en calles sucias de heno, basura y mierda de caballo.

Por aquí, por allá, bajando por un callejón, subiendo por otro le tomó quince minutos, hasta que llegó a una esquina y entró por la puerta donde un letrero grande y ordinario, anunciaba: «Tomasino - Dulces».

En ese momento, el dueño del establecimiento se encontraba detrás del mostrador, parado sobre una caja de madera. Era un tipo muy pálido, de pelo rojo que se paraba como en un puercoespín, cuando no usaba su sombrero de papel. Verlo al lado de Salaí daba la impresión de que Tomasino tendría unos diez años ya que el chico era más alto que el confitero. Sólo después de mirarlo con cuidado se podían ver las pecas y la cara surcada de arrugas.

–¡Miren quién llegó, nuestro querido Salaí! ¿Y dónde carajo estabas metido?

Tomasino se sacudió las manos en el mandil blanco, se llegó hasta Salaí, y de broma, le dio un empujón al muchacho.

–Ocupado –respondió Salaí, mostrando la carta que se suponía le entregara al vecino de Tomasino.

–¿Demasiado ocupado para visitar a tus amigos? –preguntó Tomasino.

–Muy ocupado y muy pobre.

Salaí bajó la mirada para ver si el confitero le cogía pena, pena que quizás podría intercambiar por una muestra de confite de anís.

–¿Pobre, eh?

Tomasino soltó una carcajada, y dijo mientras se rascaba el cuello:

–Sé como te sientes, mi niño. Yo también soy pobre, ¿o crees que me gusta estar encerrado en este santo aposento mezclando, cocinando y horneando todo el día... sudando como un cerdo y apestando a campesino... o mejor dicho, apestando a cerdo y sudando como un campesino? ¿Cuánto llevas encima? Tu amo es un hombre rico. De vez en cuando te debería pasar una mesada –añadió Tomasino, confiriéndole un capirotazo a la gorra del chico.

–Él dice que somos nosotros los que le debemos pagar a él –dijo Salaí, recogiendo del suelo su sombrerillo.

–¿Y por qué no? Es un gran maestro.

–¡Y nosotros sus esclavos!

–¿No me digas?

De nuevo, Tomasino acudió a la carcajada.

–Bueno, si quieres, puedes venir a trabajar para mí. Eso sí, yo tampoco te voy a pagar, pero por lo menos puedes comerte todo el dulce que te dé la gana. Podrías ayudarme a hacer entregas y yo te enseñaría a hacer dulce, para que cuando yo sea viejo y ya no pueda trabajar, tú puedas hacerte cargo de la tienda–. Y Tomasino vio que Salaí no le quitaba la vista a las bolsitas de confite en la pared. –¿Qué dices? ¿Quieres ser mi aprendiz?

Salaí no lo pensó mucho.

–Nah. No te preocupes, yo me las arreglo.

–De eso no tengo duda, mi niño –dijo Tomasino, arrancando una bolsita de confite de la pared. –¿Qué tal si me haces un favor?

Salaí miraba los dulces, mientras Tomasino caminó hasta detrás del mostrador, de donde sacó una cajita de madera, cubierta en terciopelo y de color púrpura, amarrada con una cinta dorada y estampada con el escudo de armas del Duque de Milán.

–Todo ese dulce para ti, si me llevas esto al castillo.

–¿Al castillo?

–Sí –dijo Tomasino mientras sonreía–. Esta cajita me la trae un soldado dos veces a la semana, para que yo la llene de dulces. ¿A que no te imaginas para quién? Para Beatrice. A su majestad le encantan los mismos confites que a ti, pero con nueces. El soldado siempre recoge la cajita al día siguiente, pero esta vez parece que el ejército está en maniobras y se han olvidado de los dulces de Beatrice. Eso quiere decir dos cosas. Primero, que la Princesa se queda sin golosinas y segundo, que a Tomasino no le pagan. Yo no puedo hacer la entrega... mi madre está muy mal, sabes, no se puede quedar sola.

–¡Seguro que voy! –le respondió Salaí.

–Ya quisiera que a todos mis clientes les gustara tanto el dulce como a ti –le dijo Tomasino, entregándole la bolsita de confite al chico–. Sería tan rico como Lucca. Él gana mucho más que yo. El otro día me puse a pensar, ¿qué tal si en vez de dulces, les vendiera mercancía a los artistas? ¿Qué te parece, eh?

–¡No, por favor, el pigmento sabe a mierda!

Tomasino se echó a reír, mientras se frotaba la nariz.

–¿Tu amo... se enfadará?

–Para que mi amo se enfade, mi amo tiene que saber que yo fui al castillo, ¿cierto? –le contestó Salaí, echándose un dulce a la boca–. No, no creo que mi amo se enfade en lo más mínimo.

De pronto, de atrás de la habitación se oyó una voz ronca y desagradable que llamaba:

¡Tomasino!

La sonrisa de Tomasino desapareció al mismo tiempo que respondió:

–¡Sí, señora ya voy!

Salaí amarró su bolsita de confite a la hebilla del cinturón, agarró la caja de dulces para la Princesa, se despidió del confitero y salió dando saltitos, cuando escuchó una pelea descomunal entre el pequeño y redondo Señor Lucca, y su agraciada y espigada señora, quienes se gritaban en el medio de la calle, justo frente a su establecimiento.

Lentamente y con mucho cuidado, el chico se acercó a los batallantes y se sorprendió cuando Lucca extendió la mano hacia atrás y sin un «¡Buenos días, Salaí!» o sin siquiera un «¡Oye, sí que madrugaste, Salaí!», recibió la carta de Maestro Leonardo y siguió insultando a su mujer.

¿Será posible que Lucca tenga ojos detrás de la cabeza? –pensó Salaí.

Debido a que en muchas peleas de matrimonios, suelen de pronto aparecer sartenes, escobas, palos y puñales, Salaí se despidió con mucha reverencia, retrocedió con cautela, se dio vuelta y salió corriendo en ruta al palacio.

El Palacio. La Ciudadela. El Castillo Sforezco. El Castillo del Duque; el Fuerte. Todos describían la estructura más grande de Milán, el edificio que reinaba en la ciudad, con su impresionante Torre de Filarete, una torre de rastrillo enorme, visible desde una distancia de tres cuadras.

A Salaí le encantaba pasear por las calles que llevaban al castillo, avenidas forradas de mansiones donde vivía la nobleza de Milán.

¿Qué quiere? –le preguntó uno de los guardias a la entrada.


El centinela


El chico fijó su vista hacia arriba arqueando la espalda y torciendo la nuca, maravillado con la altura de la torre, que de acuerdo con él, alcanzaba las nubes.

El centinela llevaba puesta una vestimenta de metal ornamentado tan elaborada y pulida, que brillaba con el sol de la mañana. La misma consistía de casco cubrenuca, coraza, pancera, quijote y grandes espuelas, que tintineaban como campanitas, lo que resultaba muy gracioso, según Salaí, por la aparente contradicción entre la apariencia tan feroz del soldado y la musiquita que producía al caminar.

–Tengo una entrega.

–¿Una entrega de qué? ¿Quién lo envió? –preguntó el oficial.

–Tomasino. Son los dulces de la Princesa –y Salaí enseñó la caja de confite.

Casi de inmediato y con un gran estrépito, se levantó el rastrillo y un recluta flaco con lanza, puñal, espada, botas y peto, apareció de detrás del portón, haciéndole señas a Salaí para que le acompañara.

El joven soldado marchaba al frente, de manera rígida, manteniéndose al lado de la pared interior del fuerte.

Salaí nunca había estado dentro de la ciudadela y quedó asombrado, especialmente por la carretilla del jardinero con la que tropezó, cayendo al suelo. ¡Menos mal que no soltó la caja de dulces!

–¡Jey! –gritó su escolta–. ¡Fíjese por donde anda!

–¡Lo siento, mi señor!

El recluta suspiró, murmuró algo entre dientes y procedió adelante.

Por fin llegaron a una puerta de madera en el segundo piso; estrecha, pero gruesa, la misma estaba protegida por otro soldado.

–Una entrega para la Princesa –anunció la escolta de Salaí.

–No se muevan.

El guardia, que era un hombre enorme, tocó dos veces a la puerta, entró al despacho y regresó segundos más tarde.

–Adelante –ordenó el centinela.

La habitación a la que entró el chico era del ancho de la torre, casi no tenía muebles y habían tres grandes vigas que cruzaban de un lado a otro del techo. Los pisos eran de madera pulida y al otro lado de la entrada, una ventana enorme con vista a la gran avenida frente al fuerte, cubría el ancho de la habitación.

Sentado detrás de un masivo escritorio, había un hombre alto y muy vertical, de unos cincuenta y cinco años, que vestía un chaleco negro de terciopelo, bordado con hilo de plata, una camisa de seda blanca, calzas negras y un sombrero del mismo color, con una pluma blanca al costado.

–¿Y qué tenemos aquí? –dijo el caballero, observando con gran interés a Salaí.

¡Bernardino!

El consejero del Duque oyó como su nombre rebotaba de pared en pared, haciendo las rondas por los pasillos del castillo, mientras que el chico lo saludaba con gran reverencia.

Lentamente, el hombre dejó su silla y se le acercó al chico, al parecer, moviendo solamente las extremidades bajas de su cuerpo.

–¿Qué llevas ahí?

Salaí se acercó al caballero, le entregó la caja de dulces e inmediatamente retrocedió tres pasos.

El hombre tenía una cara común y ordinaria, con expresión severa. El pelo que podía verse debajo de su sombrero era gris y la nariz era muy perfilada, dando la impresión de que Bernardino da Corte era un cuervo que se estaba poniendo viejo.

–Acércate –le ordenó Bernardino a Salaí, ofreciéndole un dulce de la caja.

El muchacho titubeó. Eran los dulces de la Princesa y él estaba seguro de que a Beatrice no le gustaría que nadie le comiera sus confites.

Bernardino sonrió, algo que casi nunca hacía.

–Me tengo que asegurar que no estén envenenados.

–¡Oh, no, Vuestra Merced! –Y para demostrar que los confites de Tomasino no ocultaban ninguna intención maléfica, Salaí se echó un dulce a la boca.

–¿Cómo te llamas, precioso?

–Giacomo Andrea, mi señor.

–¿Cuántos años tienes?

–Catorce, Vuestra Merced –Salaí sintió que Bernardino lo miraba de la misma manera en la que él miraba los dulces.

–Dime, Giacomo, ¿quién te envió?

–Tomasino, mi señor.

–Ah, sí. Sé quien es. ¿A eso te dedicas, a hacer entregas para Tomasino?

–No, mi señor –respondió Salaí.

¡Bernardino!

El consejero cerró los ojos un momento y le pidió al Todopoderoso que le arrancara la lengua al Duque.

–Muy bien, Giacomo –dijo, con un profundo suspiro–. Tendremos que continuar nuestra conversación otro día –y Bernardino sacó unas monedas y se las puso en la mano a Salaí.

–Gracias, mi señor –dijo Salaí con varias reverencias, hasta que llegó al pasillo.

¡Bernardino!

Bernardino siguió al deleitoso mensajero de dulces con la mirada, mientras jugaba con su monedero.



No muy lejos del castillo, en la iglesia del convento de Santa María de las Gracias, un grupo de frailes con talento musical elevaba sus voces a la gloria del Señor, mientras que otro grupo de hermanos, indudablemente sin aptitud para la música, sembraba hortalizas. En tanto, los demás religiosos paseaban por los pasillos, meditaban en la capilla, o merendaban en el corredor.

El hombre responsable de esta última inconveniencia no era ni más ni menos que el ilustre, el inigualable, el incomparable, el inimitable maestro y gran genio de la pintura Leonardo da Vinci.

Para consternación de los residentes del convento, Maestro Leonardo había ocupado el comedor más de tres años; desde que el Duque de Milán le sugirió que se ganara el pan de cada día decorando una de las paredes del convento.

El comedor era un cuarto grande, rectangular, de techo alto y abovedado, y con paredes blancas de austera sencillez. Habían dos ventanas altísimas en una de las paredes, por donde entraba la suficiente luz para evitar que los días se rindieran a la penumbra. Dos puertas hechas de tablas, una en la parte de atrás y otra que daba al pasillo del jardín, se mantenían cerradas con ganchos y sogas.

Durante casi treinta años, el refectorio fue un lugar ordenado, silencioso, donde sólo se escuchaba el susurro de las oraciones y las escudillas dando contra la mesa; antes de que cambiaran los bancos del comedor por caballetes, por mesas rústicas y por banquillos fabricados de leña y pedazos de madera, con las patas atadas por burdas sogas; antes de que montaran un andamio a lo largo de la pared que daba a la cocina; antes de que engancharan del techo una lona gris, sucia y de tela muy ordinaria a lo ancho y alto de la pared; antes de que aparecieran docenas de cuencos de barro, donde pigmento y yemas de huevo se combinaban en millones de colores; antes de que los llamados pupilos llegaran todos los días a mezclar esos colores con agua y yeso para crear las recetas mágicas destinadas a la pared tras la cubierta, perturbando así el silencio, la paz y la tranquilidad de la madrugada.

Lorenzo, con diecisiete años, era el mayor y el más alto de los muchachos y llevaba el nombre de su padre, quien pagaba buen dinero para que su hijo fuera aprendiz del gran maestro. Eso quería decir que Lorenzo Padre esperaba grandes cosas de Lorenzo Hijo, y especialmente que Lorenzo Hijo no debía malgastar la inversión de Lorenzo Padre, concentrando en sus estudios para aprender su oficio. Naturalmente, Lorenzo Hijo era muy bien parecido. Tenía que ser, si no, Maestro Leonardo jamás le hubiera permitido entrada a su casa, pese a todo el dinero que Lorenzo Padre invirtiera o pese al talento de Lorenzo Hijo, quien tenía pelo largo color negro y ojos grandes color castaño, que expresaban mucho aunque el chico no dijera nada. Sus extremidades eran sueltas y delicadas, las cuales podían admirarse fácilmente porque a Lorenzo le gustaba abrirse la camisa, que siempre estaba salpicada de colores. Si bien él era un poco delgado, a Maestro Leonardo le encantaba el poquito de lana en los labios del chico y especialmente sus cachetes colorados que a cada rato se rendían al cariño de su amo.

A Antonio no le interesaba la pintura. Él quería ser poeta. Desgraciadamente, su padre, un zapatero griego y un hombre de muy mal carácter, le entregó el futuro de su hijo de dieciséis años a Maestro Leonardo. Antonio era más bajito que Lorenzo, pero más alto que Marco y Salaí.

Antonio era responsable de mezclar agua con yeso. Maestro Leonardo decía a cada rato que Antonio era muy bonito aunque un poco tosco, con color típico del mediterráneo, ojos verdes y una voz ronca que, de acuerdo con su amo, era muy sensual. Antonio tenía pelo castaño oscuro que ataba detrás de la cabeza. Cuando hacía mucho calor, él se quitaba la camisa y los zapatos y hubiera mezclado agua y yeso desnudo, de no ser por los hermanos que se quejaban de que Antonio era un inmoral, un descarado, un desvergonzado y sinvergüenza, seguro de terminar ahorcado, si no quemándose en una pira erigida especialmente para delincuentes como él.

El trabajo de Marco Verrocchio era la mezcla de pigmento y yema de huevo. Él era un año mayor que Salaí, no muy alto, pero fuerte y tosco. Marco era el hijo de un primo segundo del distinguido maestro del propio Leonardo, lo que indicaba claramente que el talento no se hereda. Con su pelo largo color castaño, Marco a veces parecía un inocente y perdido cachorro de león, con cejas grandes y rubias enmarcando un par de ojos claros que siempre parecían preocupados, lo que indicaba que Marco nunca sabía lo que estaba pasando a su alrededor.

¿Y Salaí? Bueno, Salaí era Salaí y se suponía que no se metiera en problemas, lo que para él resultaba tan difícil como ir de paseo a la luna.

Esa mañana, los chicos, sin Salaí, lo habían arreglado todo. Las herramientas estaban listas y los colores fueron combinados mientras esperaban por Maestro Leonardo, quien era muy posible que no llegase en todo el día.

–Necesito azul –dijo Lorenzo.

–No tengo –le contestó Antonio.

–¿Quién mezcla? –preguntó Lorenzo.

–Salaí –explicó Marco.

–¡Fabuloso! –se quejó Lorenzo.

–Maestro Leonardo lo mandó a...

–No me digas, que no me importa. Cállate y ponte a trabajar –ordenó su colega.

–¡No me callo nada y no me pidas que mezcle porque no lo voy a hacer, porque no me sale de los cojones! –le respondió Marco, furioso.

Lorenzo se bajó del andamio y por poco le entierra el dedo en el pecho a su amigo.

–¡Tú haces lo que yo digo! ¡Si digo que mezcles, tú mezclas!

No era para más. Marco le iba a meter un tremendo empujón a su amigo, cuando se presentó Fray Bandello, frenético como siempre.

–¿Para dónde cogió ahora? –le preguntó a todos en el salón–. Oiga, usted, ¿dónde está su amo?

El prior apuntaba a Lorenzo con su rosario, el cual deslizaba nerviosamente entre los dedos.


Fray Bandello


Los chicos sabían dónde estaba Leonardo. Estaba con el caballo. Mala suerte, pensó Lorenzo, sin dirigirle la mirada al fraile. Bandello se pasaba hablando mal de ellos.

El prior había gastado dos hábitos, perdió mucho peso y hasta el pelo alrededor de su coronilla desapareció, desde que les ordenó a sus hermanos que desalojaran el comedor, para que Maestro Leonardo pintara la pared, a lo que él siempre se opuso y así se lo protestó al Moro, porque Maestro Leonardo, aunque un hombre de mucho talento y de insuperable genio artístico, era una persona que hacía lo que le daba la gana, cuando le daba la gana.

–¡No va a terminar nunca! ¡Nunca!

El fraile bajó la mirada y sacudió la cabeza antes de atreverse a mirar la cubierta que protegía la pared. Se dijo a sí mismo:

–Voy a estar muerto cien años antes de que ese hombre termine. ¿Y cómo va a terminar si se pasa de un lado para otro? ¡Cómo! Viene y se va, se va y viene. A veces está días parado frente a la pintura, con los brazos cruzados, pensando, masticando mentalmente las posibilidades; miles de posibilidades, siempre contemplando y en profunda reflexión. ¡El verano pasado, cuando el sol estaba en la cúspide y el calor desolaba las calles de Milán, lo vi correr desde el castillo, donde trabajaba en el desgraciado caballo y sin buscar sombra, se apresuró por la vía más corta y se llegó hasta aquí, le añadió uno o dos toques con el pincel, se largó y no se le vio en tres días! –Bandello iba a escupir, cuando se acordó de quién era y dónde estaba. Les tiró una mirada a los muchachos–. ¡Y estos mozalbetes! ¡Oh, Dios mío! ¿Quién se iba a imaginar que convertirían el comedor en un gimnasio griego? ¿Cuándo acabará esta tragedia? ¡Cuándo!

Aunque los chicos lo ignoraban, una violenta ráfaga de viento abrió la puerta trasera de sopetón y como por arte de magia, Leonardo da Vinci apareció en el refectorio y dijo:

–¡Buenas mañanas, hermano!

–¡Jesús! –gritó Bandello, agarrándose el pecho–. ¡Me da un infarto!

–No sea optimista, hombre, que a usted no lo mata nadie.

–¡Qué mucho me alegro de verlo! –exclamó Fray Bandello, sarcásticamente–. ¿Se puede saber dónde estaba ayer y anteayer y el día antes de anteayer? Ellos estaban aquí, pero usted, me imagino que tenía mejores cosas que hacer. No hace ni diez minutos que el Padre Superior me preguntó: «¿Y cómo está la pared?» «¡No está!» le contesté. Aunque le digo, me importa muy poco lo que él piense; es tan culpable de este enredo como usted y no le voy a permitir que evada su responsabilidad. Fue él, después de todo, quien creyó que sería una gran idea que usted trabajara en la pared. Yo, jamás...

–Tiene toda la razón, hermano –interrumpió Leonardo, haciéndole callar con un gesto de la mano–. Usted ha tenido la razón desde el principio.

Leonardo se quitó su gorra púrpura y la colocó en una mesita, cerca del andamio. Llevaba puesto una camisa blanca debajo de una chaqueta marrón sin mangas, y calzas negras.

–Ahora, ¿por qué no se va? así podemos seguir desperdiciando las horas decorando su convento –le dijo Leonardo, sus manos, instrumentos de creación, moviéndose al compás de sus palabras, con gestos y floritura que expresaban su maestría y la confianza en sí mismo. A los cuarenta y cinco años era un hombre muy bien parecido, de gran porte y elegancia; alto, esbelto, con pelo rubio ya adornado con un poco de gris, que mantenía corto y bien peinado, lo mismo que su barba. Sus facciones eran aristocráticas y su nariz en particular, tan perfilada que parecía cincelada. Sus ojos eran color azul claro y nunca se estaban quietos, examinando todo minuciosamente, a veces por sí mismos, percatándose de lo más mínimo, ya fuera un pájaro en una tapia, un chiquillo estornudando, un caballero otorgando una reverencia, una chica coqueteando, o un chico sonriéndose–. ¡Marco! –llamó, señalando a la pared.

Inmediatamente el muchacho tomó la soga que aguantaba la cubierta y le respondió:

–¡Listo, Maestro!

–Ya estoy cansado de repetirle, hermano –le dijo Leonardo a Bandello, su voz profunda, firme y arrogante, pero amigable–, yo logro gran parte de mi trabajo antes de aplicar pintura un lienzo, o en este caso, a una pared. Lo que quiere decir que gran parte de mi trabajo se completa mucho antes del primer toque del pincel. ¡Así es como creo una obra maestra!


El cenáculo de Leonardo


Las palabras «obra maestra» todavía flotaban por el aire, cuando Marco haló la soga y la cubierta cayó sobre el andamio, dejando ver un enorme fresco del tamaño de la pared, que representaba la última cena de Jesús con sus discípulos. Los luminosos colores vibraban en la pintura y su perspectiva era extraordinaria, con sólo dos rostros por terminar; el de Jesús y el de Judas.

Al hermano Bandello no le conmovió la dramática develación. La pintura seguía igual que tres meses atrás.

–Maestro, ¿sabe usted cuántas protestas yo tengo que sufrir todos los días? ¡Por Dios, que esto es peor que la inquisición!

–¿Protestas?

Bandello se llegó hasta la parte de atrás para cerrar la puerta que Leonardo había dejado abierta mientras decía:

–Por la mañana, cuando me estoy preparando para ir a misa, los hermanos me acosan de una manera terrible. ¡No me desean buenos días, ni me preguntan si va a llover, no! Se reúnen fuera de mi puerta y me hostigan con preguntas impertinentes, como si yo fuera el que los mantiene fuera del comedor. ¿Por qué? ¡Porque quieren saber, porque tienen todo el derecho de saber cuándo el gran Maestro Leonardo va a terminar la pared! ¿Cuándo? ¿Cuándo el agobiante alboroto, la nauseabunda peste a trementina, las indignantes manchas de pintura y yeso por dondequiera, además de la insultante conducta de sus «estudiantes» van a desaparecer? ¿Cuándo va a terminar esta condena, esta invasión? ¡Déjeme decirle, Maestro, cualquier pintor habría acabado hace tiempo!

–Ah, sí, pero el asunto es, mi querido hermano –dijo Leonardo con cierto grado de humildad–, que cualquier pintor no es Leonardo da Vinci. Ahora, en vez de estar parado ahí como una estaca de cera, ¿por qué no usa su influencia con el Señor y me consigue a Jesús Cristo?

Lorenzo creyó que el fraile se ahogaba. Antonio juraba que Fray Bandello no paraba de pestañear y Marco, bueno, Marco estaba viendo cómo matar una mosca que lo estaba volviendo loco, cuando el hermano Bandello regañó a Maestro Leonardo por irreverencia.

Leonardo inclinó la cabeza, sonrió, y tomando al fraile por el brazo, lo llevó hasta la puerta de entrada.

–Mire, hermano, nos estamos tardando tanto porque hace más de un año que ni encuentro al modelo para el Cristo ni al modelo para el Judas. ¿Dónde puedo encontrar a un hombre con la bendita bondad que se necesita para posar como Jesús? ¿Y dónde puedo encontrar a un hombre tan odioso, tan malvado que sólo él pueda tomar el lugar del Judas? Vamos, usted se supone que sepa más de esto que yo. ¡Créame, que en cuanto encuentre lo que busco, saldremos de aquí antes de que usted nos ofrezca un Ave María!

Bandello se zafó, se alejó del maestro, y con un pie en el pasillo, suspiró y le dijo:

–Eso fue exactamente lo que usted me dijo hace más de un año. ¡Excusas y más excusas! ¡Son pretextos baratos para mortificarnos! Oiga, un nuevo hombre llegó anoche del Ticino. Quizás le interese verlo.

–¿Para qué?

–Puede que le guste –contestó Bandello.

–¿Y para qué necesito que me guste un religioso?

Fray Bandello miró a la pared, y dijo:

–Digo yo, es posible que sea lo que usted busca.

–¿Para Cristo o para el Judas? –preguntó Leonardo.

–¡No sea irrespetuoso, Maestro!

–Perdone, pero yo he conocido a varios de ustedes que estarían perfectos para el Judas.

–¿Lo quiere ver o no? –le preguntó Bandello, de mal humor.

–¿Qué puedo perder... aparte de más tiempo? –le preguntó Leonardo, subiendo al andamio, quitándose la chaqueta y poniéndose un mandil de cuero–. ¿Cómo se llama?

–Marcelino –le respondió Bandello, saliendo del comedor y cerrando la puerta detrás de él.

–Un nombre muy peculiar –dijo Leonardo a quien le interesara.

–¿Por qué, Maestro? –preguntó Antonio.

–A casi todos les ponen nombre de santos –respondió el maestro.

–¡Pablo! –dijo Lorenzo.

–¡Pedro! –dijo Marco.

–¡José! –añadió Antonio.

–¡Marcelino! –concluyó Leonardo–. No, no suena bien.

–Maestro Leonardo –se oyó que dijo una voz desde la puerta trasera del refectorio.

–¿Sí? ¿Quién es? –contestó Maestro Leonardo desde el andamio–. Acérquese, que no lo veo.

–El hombre prudente no se deja ver hasta conocer si sería bien recibido –dijo el dueño de aquella voz de gran autoridad, antes de entrar de lleno en el refectorio, acompañado de un fraile alto y bien parecido, que se cubría la cabeza con un capucho.

–¡Maquiavelo!

Leonardo soltó el trapo mojado que tenía en la mano y se desmontó del andamio lo más rápido que pudo.

–¿Reconociste la voz después de tanto tiempo? –le preguntó Maquiavelo, acercándose a Leonardo.

–¡Tu cautela! –le dijo Leonardo, por poco dándole un abrazo a su amigo, aunque Maquiavelo parecía un hombre al que no le gustaba abrazar a nadie.

Aparentaba ser mayor que Leonardo. Por contrario, Maestro Leonardo le llevaba diecisiete años. Nícolo Maquiavelo tenía una cara ovalada que mantenía rasgos de juventud, aunque sus facciones se podían describir como poco comunes, cuello estrecho y una nariz elegante y larga. Su cabello era ondulado color castaño y lo mantenía corto para no pasar trabajo, mientras la preocupación y la concentración total de su escrutinio marcaban su frente. Aunque no era muy alto de estatura, el Señor Maquiavelo era tan inquieto como un relámpago que azotaba con elegancia y aspecto aristocrático.

–¡Qué sorpresa tan agradable! –exclamó Leonardo, mirando de reojo al acompañante de su amigo–. ¿Cómo diste conmigo?

–Le pregunté a un pordiosero que se encontraba en la puerta de la ciudad –contestó Maquiavelo.

–¿A un pordiosero?

–Eres tan conocido como el Duque –dijo Maquiavelo.

–¡Ha! ¿Cuántos años hace que no nos vemos? ¿Cinco, seis... ?

–Por lo menos.

–Maestro Leonardo da Vinci, éste es Fray Valentín –dijo Maquiavelo, apartándose a un lado, mientras el fraile ofrecía una reverencia–. Siento no haberte escrito que venía a verte. Sé lo ocupado que estás.

–Ocupado para todos, menos para mis amigos.

–Eres muy gentil. ¿Crees que puedes zafarte de aquí por un par de horas?

–Nada me gustaría más, créeme. Pero el prior no me lo perdonaría –respondió Leonardo. –Dice que estoy tardando demasiado–. Y señaló la pared. –Ya sé... ¿por qué no vienen a cenar a casa?

Maquiavelo fijó su mirada en Fray Valentín y dijo:

–¿No me digas que les has enseñado a cocinar a los chicos?

–¡De todo menos eso! Pero sí tengo una cocinera que es una artista con la salsa.

–En ese caso, ¿cómo puedo rechazar una oferta tan generosa? Además, quiero ver como vive el gran Leonardo, si lo que dicen por ahí, es cierto.

–Te vas a decepcionar –le dijo Leonardo, observando que Fray Valentín miraba la pintura en la pared–. ¿Alguna sugerencia, hermano?

–Es... es impresionante.

Leonardo y los chicos se echaron a reír.

–¡Lo que dice todo el mundo! ¿Qué les parece... como a las siete?

Maquiavelo inclinó la cabeza afirmativamente.

–¿Dónde te estás quedando? Puedo enviar por ti.

–No hay necesidad –le dijo Maquiavelo–. Además, partimos esta misma noche. Pero no te preocupes. Yo sé donde vives.

El Señor Maquiavelo le ofreció una reverencia a su amigo y estaba por abrir la puerta, cuando Salaí, quien regresaba con mucha prisa, se reventó contra el pobre hombre, casi tirándolo al suelo, tumbándole el sombrero y destrozándole su dignidad. Si no hubiera sido por Fray Valentín...

–¡Oh, perdone usted, Vuestra Merced! –exclamó Salaí, sorprendido por el encontronazo.

–¡Salaí! –gritó Leonardo.

–Estos chicos... son muy animados –ofreció Maquiavelo, con cara seria, mientras se arreglaba el sombrero.

–¡Si animados significa ser mal educados! –contestó Leonardo.

Sin otra palabra, Maquiavelo y Fray Valentín salieron del refectorio, a la vez que Leonardo llevó a Salaí por el brazo hasta el andamio.

–¡No te he dicho mil veces que no corras, esto no es un coliseo! ¡Están aquí para trabajar, no para darles golpes a la gente!

–¡El hijo de puta es más torpe que una monja alegre! –opinó Antonio.

–¡Oye, cabrón, la única alegre es tu madre, maricón! –le respondió su colega.

–¡Basta! –les gritó Leonardo, estableciendo el orden en el comedor–. ¿Se puede saber dónde estabas metido? –le preguntó a Salaí.

–Le llevé la nota a Lucca –dijo el niño.

–¡Eso fue hace más de dos horas! ¿Y qué es ese olor que llevas encima? –le preguntó Leonardo, percatando el inconfundible aroma a confite.

–¡No se baña hace una semana, Maestro! –intervino Lorenzo, logrando que sus colegas se echaran a reír.

–¡Esto no es asunto tuyo! –le dijo Leonardo a Lorenzo, furioso–. ¿Es que no tienes nada que hacer? ¡Pónganse a trabajar! ¡Vamos! ¡Disciplina! ¡Disciplina, ya que no tienen dignidad! ¡Antonio!

–¿Sí, amo?

–¡Busca un balde de agua!

Antonio agarró el recipiente de debajo del andamio y salió apresuradamente del refectorio.

–Maestro, se acabaron los huevos –dijo Marco, tratando de aparentar estar ocupado.

–Sal y pídele seis o siete a Fray Bartolino –dijo Leonardo.

Marco estaba por salir por la puerta cuando dijo Lorenzo:

–¡Qué no estén podridos, Maestro, que lo apestan todo!

–¿Oíste? –esto de parte de Leonardo a Marco, antes de que el chico se marchara–. ¿Y tú, qué? –le preguntó a Salaí, llevando al muchacho a un lado.

Salaí parecía estar en otro mundo. Pensó contarle a su amo sobre la pelea del señor Lucca con su mujer; de cómo la vieja le daba por la cabeza al marido y del horrible temperamento de la doña, cuando se acordó de las seis palabras en la nota que le entregó a Lucca.


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