Excerpt for Laila y la gárgola - La Princesa de Josgwen by Vania Itzel Herrera Cabrera, available in its entirety at Smashwords


Vania Itzel Herrera Cabrera


Laila y la gárgola

La princesa de Josgwen


Smashwords Edition


Copyright 2011: Vania Itzel Herrera Cabrera

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Agradecimientos


Los agradecimientos los escribiré antes de concluir la novela, porque cuando un escritor no está inspirado no es bueno forzar las palabras a que salgan chuecas, cóncavas y absurdas. Es mejor esperar.

Al ser supremo, gracias Dios por todo lo que me has otorgado.

A mi mamá, por su extraordinario carácter, temple y sabiduría, que me han hecho una mejor persona.

A mi papá, por su gran ejemplo; lo admiro mucho. Agradeciéndole los momentos que hablamos mediante el silencio, las miradas, y con el corazón puesto uno sobre el otro.

A mi hermano, por su cariño; lo extrañaré enormemente. No puedo concebir a quién le contaré mi vida, mis cosas, mis anécdotas; pero sé que será el mecatrónico que siempre ha deseado ser.

A mis abuelitos, tíos, primos y demás parientes que me han apoyado a lo largo de mi vida.

A la familia Sánchez Rosales, por su apoyo a lo largo de este tiempo.

A mis dos grandes maestros poetas, ¡gracias Félix, Roberto!

A mis maestros, presentes y pasados.

A mi familia escolar, la voy a extrañar infinitamente; mis hermanos, porque no son mis amigos, son mis hermanos, y los amo con todo el corazón. Amigos muchos, verdaderos pocos, y hermanos escasos.

A mi magnífico editor, que me ha apoyado invariablemente a lo largo de este tiempo. Gracias.

A toda la literatura que me ha ayudado a mejorar y madurar en el arte de las letras: Jane Austen, Isabel Arredondo, Julio Cortázar, Elizabeth Kostova, Jorge Luis Borges, Laura Esquivel, Rosario Castellanos, Oscar Wilde, C. S. Lewis, J. K. Rowling, Elena Garro, Francisco Tario, Cornelia Funke, Roberto Fernández Iglesias, Félix Suárez y tantos más, que si no los menciono no es porque carezcan de importancia, sino porque tengo tantas cosas que agradecer…

A toda la música que escuché mientras escribía esta novela, especialmente a Pas si simple de Yann Tiersen. Sin ella el final no habría sido posible.

A los grandes escritores que conocí a través de este viaje. Chicos, sé que van por un gran camino, toda mi admiración y mejores deseos en las letras y la vida para ustedes.

Con especial cariño a las escuelas y centros culturales que me abrieron sus puertas. A mis amigos de Casa Laboratorio, que fueron los primeros en hacerlo.

Gracias a todos aquellos que cuidan la naturaleza, y un coco a los inconscientes.

A todas las personas que han gustado de mis letras…

Gracias a la vida, que me ha dado tanto…

A Espuma y Lena, gracias por su paciencia mis novelas adoradas; espero que no desaparezcan de mi vida tan rápido como vinieron.

A mis cuentos queridos, que han aguantado pacientemente su turno.



Índice


Introducción

Capítulo 1: Escapadas

Capítulo 2: El tercer punto

Capítulo 3: Maldad pura

Capítulo 4: Sospechas

Capítulo 5: Confusión, mucha confusión

Capítulo 6: Pesadilla

Capítulo 7: Muerta, viva o a la mitad

Capítulo 8: Realidad inexistente, incierta o cierta

Capítulo 9: Perdida

Capítulo 10: Derek

Capítulo 11: Perfección

Capítulo 12: Un plan

Capítulo 13: Cuidando

Capítulo 14: Enamorada

Capítulo 15: Títeres

Capítulo 16: Lo que pasó después

Capítulo 17: Muerto

Capítulo 18: Boda

Capítulo 19: El precio de la verdad

Capítulo 20: Otro mundo… RFQ

Capítulo 21: Paltlieg

Capítulo 22: Por fin la verdad

Capítulo 23: Euríneme

Capítulo 24: Tal vez

Capítulo 25: Una historia muy larga

Capítulo 26: Reencuentro

Capítulo 27: Regreso

Capítulo 28: Venganza y despedida

Capítulo 29: Sentimientos oscuros

Capítulo 30: El final… o casi

Capítulo 31: El hogar de la muerte

Capítulo 32: Nadie esperaba esto

Epílogo



Introducción

Estaba demasiado oscuro por donde caminaba. El pasillo no parecía tener fin…

Hasta que esa voz me llamó; no era mi nombre el que pronunciaba —ni Laila ni Euríneme— pero estaba plenamente segura de que era a mí a quien llamaba.

Mis ojos escudriñaban en todas las direcciones posibles, pero siempre era el mismo resultado: oscuridad.

De repente alguien tomó mi mano y comenzó a susurrarme palabras sin sentido. Al principio no comprendí de qué se trataba todo eso, sin embargo, dentro de la retahíla de incoherencias hubo una palabra que atrapó mi atención: Eckmen, el nombre clave de Edsuyn. Esa palabra fue la última que mi acompañante pronunció y entonces, con la última sílaba, se hizo la luz.

Por fin pude ver a mi compañero, estaba totalmente segura de que nunca antes lo había visto; aunque por otro lado, algo en él me daba confianza, tranquilidad; varios sentimientos extraños que desde hacía mucho no experimentaba. Nunca había visto a Edsuyn, pero me lo imaginaba diferente.

—Suéltame —ordenó con voz ronca—, ya tienes el mensaje.

No contesté porque mi voz no respondió, así que me limité a obedecerle; intenté que nuestras manos se separaran pero me resultó imposible, y un horror aún más grande apareció para atormentarme… ¡nuestras manos entrelazadas chorreaban sangre!

—Suéltame —repitió con voz sosegada y expresión franca y tranquila.

Nuevamente la voz me falló, y con esfuerzos sobrehumanos traté de soltarme, pero otra vez fue inútil.

—No puedo —conseguí decir por fin, con voz ahogada.

—Debes hacerlo —me exigió.

Reanudé los intentos, y como siempre, nada sirvió. La sangre empezaba a extenderse tormentosamente, aunque sólo a mi alrededor; sobre él no caía la mínima parte del líquido. No dejaba de fluir, ¡parecía que jamás tendría fin!

—Yo no puedo hacerlo —aseveró negando con la cabeza—. Tú tienes que hacerlo, al fin y al cabo es tu sangre, no la mía.

—Estoy tratando —le aseguré al borde del pánico—, pero todo es imposible.

—Deséalo con más fuerza.

En ese momento su voz evocó en mi mente una realidad espeluznante; ahora estaba segura de que, si a él no lo había visto antes, su voz sí la había escuchado muchas veces… dentro de mis pesadillas.

El desconocido no me dio tiempo de pensar más, tomó mi mano libre con la suya y esta unión, mágicamente, empezó a recoger toda la sangre

—¡Despierta! —gritó una vez que toda la sangre estuvo de vuelta en mi cuerpo.



Capítulo 1: Escapadas


De sopetón abrí los ojos a la realidad, una más horrible que mis más terribles pesadillas, que al final resultaban ser falacias sin fundamento; pero esta realidad no era mentira ni engaño, era la pura y simple verdad.

Me incorporé despacio y con calma, la visión me falló un poco, aunque luego me recuperé y miré la molesta luz violeta que me hacía enfadar por las noches. Esta vez no era la excepción, me sentía frustrada de haber despertado, como siempre, aunque no toda la culpa era de la luz, también la situación que vivía hacía su parte, haciéndome desear fervientemente regresar al sueño, escapar, huir y no volver jamás. Una vez que despertaba me era imposible volver a dormir, y eso, igual que todo lo anterior, me ponía de un humor de los mil demonios.

Me levanté de la cama, no sin antes brincar un poco sobre ella, lo que me provocaba bienestar y me causaba gracia a pesar de mi evidente molestia. Cuando terminé de divertirme bajé, disponiéndome a ir a pasear un rato, aunque de repente recordé la retahíla que me fue dirigida en el sueño.

—Puede ser una simple coincidencia —susurré hacia mis adentros—, pero también puede ser verdad… —una felicidad incontenible empezó a recorrerme.

Corrí hacia mi escritorio y tomé un pedazo de papel y uno de esos extraños lapiceros —así les decía yo, pero la gente de Josgwen los nombraba paliflos, aunque para mí tenían la misma función que los lapiceros, por lo tanto de mi boca recibían dicho nombre—; me costó un poco de trabajo recordar todo lo que me había dicho el chico de mi sueño, pero después de estrujar mi memoria resultó más sencillo. Escribí todo al pie de la letra y lo releí varias veces, siempre recordando que las palabras habían sido justo así.

Cuando acabé me puse uno de esos vestidos, que para mi gusto no resultaban tan extravagantes; allí se le denominaba ropa de servidumbre, pero para mí era de lo más cómoda. Encima del vestido me cubrí con la capa azul acostumbrada, tomé el papel de la mesa junto con otro pedazo en blanco y el lapicero extravagante; la peineta, que nunca dejaba sola, la escondí como siempre en una bolsa discreta de la capa. Abrí mi puerta lo más silenciosamente posible y eché a correr…

Aunque a veces maldijera la luz violeta, ahora me resultaba de lo más conveniente, porque alumbraba perfectamente mi camino. Los nervios hicieron que por un momento olvidara la ruta, claro, luego la recordé a la perfección, siguiéndola con pasos rápidos y silenciosos. No era la primera vez que lo hacía, aunque sí la primera que los nervios me traicionaban tan cruelmente. Había esperado por mucho tiempo ese sueño y ahora que se había presentado no lo iba a desaprovechar.

Antes de llegar a mi destino debía bajar las escaleras que tenían esas paredes cubiertas con algo así como alambre de púas, sólo que no estaba quieto, sino que ¡se movía! Eso me ponía aún más ansiosa. Normalmente las bajaba con naturalidad y jamás me había pasado nada aparte de algunos rasponcitos, y eso al principio; después de las primeras semanas no había sufrido daño alguno, no entiendo por qué en esos momentos me preocupaba tanto.

Fui cuidando mi vestido y capa, ya que si alguien me veía con la ropa llena de cortadas por los rasguños de inmediato sabría que había estado allí. Gracias al cielo pasé ese trecho, y ¡había salido ilesa! Sentí que el corazón se me quería salir del pecho y las manos me empezaban a sudar. Siempre que iba por ahí me encontraba con un guardia dormido, que nadie ni nada podían despertar por mucho ruido que se hiciera; él estaba con la boca abierta, dormido como un bebé. Pero los pensamientos negativos se juntaron y empecé a imaginarme las peores cosas, entre ésas estaba que ese día hubiera decidido permanecer despierto. Venciendo la incertidumbre que me paralizaba comencé a caminar lo más despacio posible. Pero, ¡cómo podía ser! Cuando uno no quiere hacer ruido es cuando parece que más hace, y eso lo envuelve en una realidad que los nervios provocan, donde todo se hace mal… y esa vez no fue la excepción. Con el corazón a punto de desbordárseme del pecho llegué a encontrarme con un guardia profundamente dormido, como siempre, y por fin pude soltar un suspiro. Tomé sus llaves y fui abriendo las puertas mientras caminaba. Me sentí triste al saber que no podría platicar con ellos, pero no podía despertarlos; juro que habría hecho hasta lo impensable por dirigirles unas palabras, el problema era que no podía; nadie en Josgwen podía despertar mientras la luz violeta estaba presente, era una especie de somnífero; así que no sé por qué me preocupaba tanto ser descubierta si nada más algunas veces la gente se levantaba, y cuando lo hacía le era imposible hablar; era el efecto que la luz provocaba en ellos. Sólo unas veces me habían sorprendido, las primeras, cuando aún no conocía los efectos de la luz violeta; me ponía nerviosa, y con la cara enrojecida intentaba explicarles que no podía dormir mientras ellos regresaban a sus habitaciones sin decir nada. No comprendía al principio, pero cuando se lo conté a Edsuyn, él me lo aclaró, explicando todo el asunto de la luz.

Por fin llegué a una celda. Vi a Sele muy dormida y a Derek junto a ella con el ceño fruncido; no lo pude evitar, comencé a llorar. Me costaba trabajo contenerme estando en Josgwen, una vez que empezaba a llorar era casi imposible parar, nada más que allí lloraba de forma silenciosa, no escandalosamente, como solía hacerlo en… donde vivía antes.

Con lágrimas anegando mis ojos abrí su celda y puse el papel sobre el regazo de Sele. Deseé que ella o Derek, habiendo vivido toda su vida en Josgwen, supieran ordenar el mensaje, y a la noche siguiente dejaran la respuesta en la que había depositado mis esperanzas. Estuve llorando afuera de su celda mucho tiempo, en silencio y con nostalgia, hasta que calculé que en algunas horas la gente se empezaría a levantar, y si me hallaban allí sería mi fin.

Me despedí de ellos en silencio. Con otra nota les expresé cuánto los extrañaba, deseando poder hablar con ellos. Les pedí, como ya dije, que si sabían el significado del mensaje, en la siguiente noche dejaran la explicación donde encontraron la otra nota. No quería irme pero mi instinto de sobrevivencia me lo pedía a gritos, así que cedí y me alejé rápidamente de la celda, llevando un hueco en el alma más grande que con el que había llegado…

Puse todo en su sitio antes de marcharme. Subí las escaleras, ahora con más calma, y salí del lugar. Caminé hacia mi recámara pero me di cuenta de que algo no estaba bien porque una figura alta se aproximaba. Un miedo tremendo comenzó a estremecerme cuando distinguí de quién se trataba…

—¿Qué haces aquí? —preguntó retadoramente al tiempo que clavaba sus ojos en los míos, que estaban tristes y aún soltando lágrimas—, ¿por qué estás llorando?

—No podía dormir y salí a caminar, y lloro porque me siento sola —le contesté con firmeza y calma, aunque mi corazón latía a tal velocidad que él pudo apreciarlo.

—Estás nerviosa, ¿cierto? —dijo con tal seguridad que me asusté aún más, pero no perdí la calma.

—¿Cómo no he de estarlo, si tú imaginas tantas cosas que temo que no me creas y mates por mi culpa? —le dije tratando de calmar mi llanto.

—No, pequeña mía —dijo mientras me abrazaba—, nunca podría matar a alguien en tu nombre…

—No mientas, Galahad —le contesté con frialdad—. Bueno… aunque podrías tener razón, porque hasta que no me case contigo no serás capaz de disgustarme, querido —dije marcando con ironía la última palabra.

—Pero si sabes que te adoro, ¡¿cómo sería capaz de enfadarte?! —me sonrió de manera macabra.

—Adoras mi reino, que es otra cosa.

Cuando terminé de decirlo me arrepentí profundamente, así que decidí desviar la mirada.

—Mañana hablaremos —me aseguró severo.

—Descansa —dije angustiada.

—Igual tú —contestó aún más seco.

Caminé lo más rápido que la sensatez me lo aconsejaba; si corría sabría que estaba nerviosa, si caminaba lento sabría que fingía, así que traté de hacerlo con naturalidad.

—Eres muy fría, ¿no crees? —escuché su voz detrás de mí, así que salté por la sorpresa.

—Me asustaste —le reclamé mientras daba media vuelta para quedar de frente.

—Lo siento —dijo sin quitarme los ojos de encima.

Nos quedamos en silencio, viéndonos. Él me asustaba cuando me miraba de esa forma tan posesiva, pero si desviaba la mirada comenzaría a sospechar, así que se la sostuve sin expresión en el rostro.

—Me voy, que muero de sueño —dijo por fin después de un largo rato, haciendo ademán de marcharse.

—Hasta mañana —odiaba besarlo, pero esto siempre lo hacía olvidar los pleitos, así que me puse de puntitas y lo abracé; después posé mis labios sobre los suyos y le di un beso que intenté fuera rápido, aunque él siempre los prolongaba hasta que se le daba la gana.

—Hasta mañana —dijo cuando estuvo satisfecho.

Prefería cerciorarme de que se alejara, así que hasta que advertí que ya estaba muy lejos me dirigí a mi habitación para encerrarme. Lloré aún más desconsoladamente, pensando lo peor, imaginando tragedias, hasta que me venció el cansancio y me quedé dormida con lágrimas en los ojos, como me solía suceder.



Capítulo 2: El tercer punto

Josgwen no era tan desagradable… sólo era un poco diferente del mundo convencional en el que solía vivir.

En el día había mucha luz. Contábamos con siete soles —o algo por el estilo— que era con lo que nos alimentábamos… ¡Ah, sí!, lo olvidaba, en Josgwen no hay comida como en la Tierra; como dije antes, comemos luz; en Josgwen le dicen energía kuanterífica —que viene a ser el equivalente de la energía calorífica según las deducciones que he hecho—. En la noche la luz violeta es provocada por las lunas —allí les dicen traqueprías—, y como expuse anteriormente, es una especie de somnífero que provoca que todos duerman. No me explicaba por qué Galahad había podido hablar conmigo, si los kuanteros —soles— aún no salían; pero era tan ignorante en tantos aspectos que no sabía si era porque la luz de las traqueprías era menos intensa o porque a él en especial, como a mí, no le hacía efecto el somnífero… Hacía muchas especulaciones sobre ese tema

Edsuyn decía que como yo era nueva no me hacían efecto las traqueprías, pero pasado un año me vería atrapada en sus brazos. Al principio pensaba que la luz era lo que me impedía dormir, claro que luego Edsuyn me aclaró todo.

También había muchas gárgolas, pero la mayor parte de ellas se volvían humanos, como Either, para fungir como soldados. No sabía cómo era que Galahad y su tío podían seguir controlándolas, pero no me importaba mucho ni era un asunto que mereciera mi atención. Durante toda mi estadía no las vi en su forma habitual, sino con un curioso uniforme azul, bastante parecido al alemán en la Primera Guerra Mundial.

Y aquí viene la parte verdaderamente fea: me iba a casar con Galahad. Sí, era horrible, abominable, etcétera; pero no me quedaba más remedio porque, cuando llegué a Josgwen, él me explicó todo lo que no había querido decirme antes, y ése era el tercer punto. Cuando por fin me lo dijo creí que era lo peor del mundo, aunque luego me ubiqué en la realidad, donde debía hacerlo para que no muriera nadie. Ni Galahad ni su tío eran personas tontas. Si me casaba con Galahad ellos obtendrían el control de Josgwen, y como consecuencia también de Wartreop. Tenían planeado que la boda se llevara a cabo lo más pronto posible, aunque inteligentemente yo la había ido aplazando por “caprichos” de princesa que deseaba que Galahad me cumpliera. A Edsuyn le había parecido perfecto.

Vivía en una soledad sin precedentes. Por mucho que tuviera compañía de vez en cuando, no era la que deseaba. Me urgía estar con Armida y Ludwig. Ellos vivían en un poblado cerca de Josgwen, y Armida estaba realmente molesta porque los habían separado de sus padres… por mi culpa. No había querido que eso pasase, pero no fue mucho lo que pude hacer por mi desdichada prima, así que ella decidió no volver a dirigirme la palabra al recibir mi negativa a su petición de ayuda. Comprendía su molestia, aunque de vez en cuando se me antojaba caprichosa y absurda. Ella sabía a la perfección que yo carecía de voto ante Lord Red sin la intervención de su sobrino, quien sólo en casos que le parecían razonables abogaba por mí.

No podía hablar con ellos si Galahad no estaba presente, con doscientos soldados acompañándonos, pero siquiera podía ver a Ludwig, quien no hablaba más que lo indispensable conmigo. Por mucho que intentara hablar en clave con él, temía que Galahad comprendiera, así que me resignaba a conversar sobre trivialidades

El humor de mi primo era lo único que me rescataba de la soledad, pues siempre que yo le encargaba a Galahad un nuevo capricho él me veía con complicidad y le decía: “¡Ay primo!, qué molesta te salió mi prima adorada”. Al principio me daba risa y a Galahad también, pero después de varias veces él terminó molestándose, haciendo que nos marcháramos. Era algo así como mi carcelero, porque mientras él se ausentaba me dejaba encerrada con llave, vigilada y además, al principio, amarrada. Poco a poco me fue tomando confianza y ya podía ir y venir como me diera la gana, claro que sólo dentro del castillo.

Él se enamoró mucho de mí y fue portándose más gentil conmigo, aunque yo no le correspondía, ¡y él pensaba que lo quería! Seguía siendo dueño del título de las tres íes.

Edsuyn mantenía contacto conmigo alertándome de qué debía hacer o cómo tenía que actuar, aunque claro, también había veces en las que mi astucia me guiaba. Por meses había esperado la ilusión que se me concedió la noche anterior. Edsuyn ya me había hablado de ella, era información que conseguiría, pero como era muy rebuscada tardó mucho para reunirla toda, además de ser datos de los cuales él no tenía conocimiento, por lo que deberíamos interpretarlos. Así podría escapar de la boda, buscar a mi tío para que me explicara la nota de mi madre y por último… ¡morir! Sí, suena muy dramático, pero es lo que “espiritualmente”, como le gustaba decir a Edsuyn, me pasaría en cuanto hallara a Either. La última vez que lo había visto había sido unas semanas atrás, y eso gracias a las ilusiones de Edsuyn. Hablé con él pidiéndole que cuidara a mis padres hasta que yo pudiera ir a recogerlo y de esa forma cumplir nuestro cometido. Ni Edsuyn ni Either me querían decir por cuánto tiempo debería estar “muerta”, pero estaba segura de que no iba a ser corto, de lo contrario me habrían tranquilizado diciéndome que no sería por mucho, que no tenía nada de qué preocuparme; pero ambos evadían siempre mis preguntas o simplemente ignoraban el tema. Me asustaba no saber por cuánto tiempo estaría en el mundo de los muertos ni qué pasaría con mi cuerpo mientras lo hiciera, preocupaciones que, según mi primo, no debían alterarme, ya que mi atención debía centrarse en evitar la boda y necesitaría de toda mi astucia y concentración para ello.

Lo que Edsuyn no sabía era que comenzaba a sospechar de aquello que me ocultaba, sin embargo no lograba saber qué era exactamente y eso me ponía en una incertidumbre terrible que no me permitía ser libre, sentirme en paz… Cada día que pasaba intentaba vivirlo al máximo porque no quería arrepentirme por las cosas que no hice en caso de morir definitivamente, sin embargo no podía hacer mucho encerrada en mi cuarto; ya vivía como una enferma terminal que no sabe cuándo partirá, sólo sabe que sucederá tarde o temprano. Durante las primeras semanas me destrozó emocionalmente no saber qué iba a ser de mi vida.

Edsuyn se dio cuenta que algo estaba mal conmigo. Me veía deprimida y supo que lloraba constantemente. Él creyó que estaba muy alterada por la boda, aunque después reparó en que algo más grave me tenía angustiada. Me cuestionó día y noche acerca del asunto, hasta sacarme la verdad como con un tirabuzón. Cuando se lo dije, él admitió que todo dependería de la situación, aunque también me aseguró que me mantendría informada a diario de lo que sucediera, y en cuanto supiera algo me haría saber por cuánto tiempo debería vagar entre la vida y la muerte. Eso me tranquilizó, y durante mucho tiempo no había vuelto a pensar en mi futuro… hasta ese día, cuando recibí el mensaje y no supe qué hacer. Había dejado de ver las ilusiones de mi primo durante casi una semana, perdí contacto y ni él me dijo ni yo pregunté qué debía hacer en cuanto recibiera su ilusión final.

Edsuyn me había advertido que no contara el plan a nadie y yo había seguido sus instrucciones, no sólo por saber que se trataba de algo muy importante, sino que ¡¿a quién rayos se lo iba a decir?!

Extrañaba tener una plática tranquila, bromear, correr, reírme, jugar, pasear… realmente añoraba tanto mi antigua vida, donde mis únicas preocupaciones eran las decepciones amorosas y las cazadoras de chicos. Ah, también extrañaba a Sara y sus molestas arpías, a Efra, a José con sus atenciones innecesarias y nuestras discusiones acostumbradas acerca de Sara, y hasta al inepto de Carlo. En Josgwen mi vida era extremadamente solitaria y me aburría. No podía conversar gran cosa ni bromear con mis amados y adorados primos, como ya dije. Cuando estaba con ellos sólo los podía ver, o cuando mucho establecer una corta conversación, nada comprometedora; Galahad me prohibía platicar más de la cuenta con ellos. Eso era tan deprimente que varias veces se lo hice saber y alegué que tenía todo el derecho de platicar con ellos cuanto se me antojara. Estuvo a punto de ceder, pero su tío, o mejor dicho su titiritero, me lo negó como siempre. Galahad no me agradaba pero lo empezaba a entender, y de hecho hasta empezó a darme lástima. Su tío fue quien lo crió, él le enseñó todo y lo formó como la persona que era.

Para intentar sacarme de la soledad en la que vivía, su tío me mandó a una especie de escuela, porque en Josgwen se les otorgaba a los jóvenes de los 12 hasta los 18 años una especie de preparación. Allí no le llamaban exactamente escuela, pero ¡tampoco le llamaban de algún modo! Los príncipes éramos los únicos que les decíamos escuelas, los demás sólo decían “la …” Resultaba algo extraño, aunque claro, la enseñanzas eran ¡aún más absurdas y erróneas según los conocimientos que yo tenía! Una vez debatí con un profesor el hecho de que un círculo “O” no era un triángulo “Δ”.

—Maestro, disculpe —interrumpí.

—¿Euríneme? ¿Cuál es tu duda? —preguntó indiferente.

—Eso no es un triángulo —dije señalando el círculo que estaba en su pizarra—. Eso, señor, es un círculo.

Los demás chicos empezaron a cuchichear de forma mordaz.

—¡¿Disculpe?! —preguntó riéndose.

—Sí, —sostuve mi posición—. Un triángulo tiene tres lados y tres ángulos, por eso se llama triángulo, tres ángulos. Tri viene de tres, y ángulo, eso quiere decir, tres ángulos —me paré de mi asiento, tomé la tiza o como le llamaran, y dibujé un triángulo—. Eso sí es un triángulo —aseveré orgullosa y satisfecha.

—No, jovencita; está usted en un grave error. Éste —señaló al círculo— es un triángulo, porque un círculo —señaló mi triángulo— cabe en él. Déjese de cuestiones absurdas, princesa, y váyase a sentar.

—Eso no es lógico —mascullé con la cara roja de rabia y vergüenza.

—¿Dijo algo, princesa? —preguntó retóricamente el profesor.

—No —contesté una vez que me hube sentado.

El profesor siguió su clase y no presté atención, hasta que el chico que se sentaba junto a mí se animó a hablarme. Primero se presentó como Llaiten y comenzamos a conversar, ya que tomó confianza se ánimo a preguntarme:

—¿Quién te dijo semejante locura? —preguntó curioso.

—¿Hablas de lo del triángulo y el círculo? —y tan bien que me había caído el chico…

—Sí, ¿estás loca o algo así?

—¡Claro que no! —le grité furibunda. Si algo no soportaba era que me llamaran loca por tener ideas diferentes a las suyas—. Yo nunca les he llamado a ustedes locos por tener ideas distintas o pensar de esa manera tan… singular, así que te exijo un poco de respeto —le grité aún con más enojo.

—Lo siento, princesa, no quise ofenderla.

El chico me miró con pena. Me sentí mal por haberle hablado de esa forma, portándome como una princesa caprichuda y frívola que piensa que por ser de la realeza puede hacer lo que se le dé la gana.

—No, discúlpame tú, Llaiten. Es que me molesta que me llamen de esa forma por mi manera de pensar.

—Está bien, entonces, ¿tan amigos como siempre?

—Claro —dije con un poco de esperanza. No había tenido la oportunidad de hacer muchos amigos y él parecía una buena persona.

No pude seguir en la escuela ya que Lord Red decidió que debía ocuparme de cosas más importantes. Yo no estaba de acuerdo con él porque ir a la escuela me daba la oportunidad de ser libre, de sentirme como en casa y menos sola. Llorando fingida y amargamente le dije a Galahad que no me podían hacer eso; admito que logré suavizarlo un poco, pero no lo suficiente para que persuadiera a su tío de dejarme en la escuela.

Seguí frecuentando a Llaiten porque su mamá era mi ama de llaves —o colimptugh— y a veces la iba a ayudar, entonces aprovechaba para platicarle cómo había sido mi estancia en otra dimensión además de cuánto añoraba mi vieja vida. Llaiten no hablaba mucho pero sabía escuchar y darme muy buenos consejos. Era mi compañero de lágrimas, con él podía llorar hasta desahogarme, nunca me reprochaba nada y era un excelente amigo. Yo no sabía mucho de su vida pues era muy reservado; no quería parecer metiche, así que si le preguntaba algo personal y él nada más me sonreía, cambiaba rápidamente de tema. Desgraciadamente nuestra amistad sólo duró unas dos semanas porque a su mamá le asustaba que Galahad pudiera hacerle algo por pasar tanto tiempo con su prometida. Desde ese día regresé a mi acostumbrada soledad, donde tenía que soportar la compañía de Galahad o el encierro de la habitación.

A veces aprovechaba para preguntarle si podría ver a mis padres o cuándo conocería a Yikyt, a lo que él se limitaba a decir que pronto; pero ese pronto jamás llegaba y eso me empezaba a angustiar porque pensaba que ellos podrían estar muertos y que por dicha razón Galahad no me los mostraba. Esas ideas me atormentaron hasta que Edsuyn me aseguró que seguían vivos.

Muchas noches recorría las celdas buscando los cerrojos de todas las llaves que tenía el carcelero, pero era inútil, allí no había nadie más que Derek y Sele. Estaba segura de que no eran los únicos prisioneros de Lord Red, pero era muy probable que, como a Derek y Sele, los protegieran púas móviles y muchas rejas.

Las demás celdas debían ser aún más difíciles de hallar y de llegar a ellas. De repente me parecía que las otras celdas debían estar en pisos más abajo, ya que donde estaban las celdas de Derek y Sele había ocho rejas protegiéndolos, y todas ellas tenían un candado, pero en el espacio de la reja seis había una puerta del lado derecho que por más que probaba qué llave la abría ninguna lo conseguía. Presentía que Galahad o su tío podrían tener la llave, la que con una probabilidad no muy remota, aunque tampoco muy cercana, podría abrir el paso a mi dicha y libertad.



Capítulo 3: Maldad pura


Cuando logré despertar me di cuenta de que eran las siete de la mañana —según el reloj que traía desde mi primer hogar. En Josgwen medían el tiempo de la misma manera ya que el día también tenía 24 horas. Eso me alegraba, porque estar acostumbrada 16 años a 24 horas y luego adaptarse a un horario diferente sería un cambio algo brusco—. Me paré muy amodorrada, con los ojos y la boca secos. Pisé suelo con los pies descalzos y no me preocupé en buscar unos zapatos; como no me había quitado la ropa que me puse en la noche tampoco me ocupé en esa cuestión, simplemente la arreglé un poco para que no luciera tan desordenada. Abrí la puerta despacio y me asomé con suma precaución, evitando preguntas innecesarias y miradas curiosas; estaba segura de que a muchos ya les habría llegado la noticia de mi caminata nocturna y mi plática con Galahad, esto claro, de la boca del mencionado individuo. Él no era de la clase de personas que se guardan las cosas en sus adentros. “Mi pecho no es bodega”, diría él.

Con pies de plomo llegué a un cuarto contiguo al mío y me asomé por la ventana. Estaba nublado. Era poco común que no hubiera sol en Josgwen, esos días eran escasísimos, tal vez uno al año o uno cada dos años, aunque claro que la gente estaba preparada para esa clase de días, cuando se debía cocinar, aunque la comida no era nada parecida a la que yo conocía. Tenía sabor exagerado, dulce, salado, picante, agrio, ácido; bueno, en conclusión, descomunal para mi paladar. Sólo comían frutos de formas irregulares y colores aún más raros que sus sabores, pero debo admitir que se veían llamativos y apetitosos.

Recuerdo la primera vez que los probé, no fue en un día nublado, sino en un día común y soleado; Galahad me insistió —mejor dicho obligó— en probarlos, y yo, con la curiosidad que sentía, no los rechacé y gustosa los devoré. Y luego, claro, me di una arrepentida tremenda cuando mi delicado paladar acostumbrado a sabores “normales” se retorció de asco al contacto con los sabores extraños; puedo jurar que casi vomito encima de mi prometido. Galahad murió de risa todo ese día, viéndome arquear y sufrir durante la tarde-noche, donde no podía quitarme el horrible sabor de la boca.

Dentro del cuarto, que era una especie de cocina, me asomé a la mesa donde estaban dos grandes canastas. En una había frutos de colores extravagantes mientras en la otra estaban mis frutos favoritos, de colores más apagados pero con sabores parecidos a los que conocía, para que a mi paladar no le resultaran tan desagradables.

La servidumbre o colimptugh eran los encargados de cortar los frutos y prepararlos de diferentes maneras para satisfacer a los reyes y las personas importantes que habitaban en el castillo, mientras los del pueblo debían cortarlos por sí mismos y comerlos sin ninguna preparación especial; eso no variaba mucho con respecto a los parámetros de mi país, donde los ricos no sabían hacer mucho y la servidumbre era quien hacía todo. No había una diferencia extraordinaria como yo lo había imaginado, llegué a pensar que tendrían algún sistema social desconocido para mí, pero… ¡triste desilusión!

Con mucho cuidado partí los frutos con las manos y me comí una mitad. Mientras engullía mi alimento apareció una señora bastante sorprendida. Pegué un brinco por el susto y casi me atraganté el pedazo que paladeaba con exquisito deleite.

—Lo siento, princesa —se excusó bastante apenada—, no sabía que estaba despierta.

—Es que no puedo dormir —le dije sobresaltada, intentando que mi propósito verdadero se mantuviera oculto—, me cuesta trabajo con toda esa luz violeta.

—Eso debe ser porque es nueva, ¿no cree? —preguntó con inocencia, y según mi parecer sin malas intenciones.

—Claro —le sonreí, y ella me devolvió el gesto.

Nos miramos un rato con una tonta sonrisa fingida. Fue de esa clase de silencio que siempre digo que me incomoda y pone aún más nerviosa.

—Veo que ya está desayunando, ¿le gustan esos frutos tan horribles? —preguntó con curiosidad.

—Sí —respondí con naturalidad—, es que aún no me acostumbro a los más extravagantes. Me cuesta trabajo comerlos sin empezar a arquear.

—Supongo… —repuso riéndose.

—Me disculpa, tengo que irme. Aún tengo cosas pendientes por arreglar para… bueno, usted sabe, la boda y cosas por el estilo —mentí.

—La entiendo —sonrió con franqueza—. ¿Quiere que le avise al lord que ya desayunó?

—¡No! —grité nerviosa—. Por favor no me haga eso —en ese momento me di cuenta de que me estaba delatando así que inventé una nueva mentira—, les quiero dar una sorpresa al lord y su adorado sobrino —le sonreí con exageración y falsedad, pero aparentemente no lo notó—. Usted sabe, cosas de mujeres; con tanta emoción ando algo nerviosa.

—Me supongo, princesa. No se preocupe, su secreto está a salvo conmigo —me guiñó un ojo y se alejó sin mirar atrás.

No supe si había captado mis verdaderas intenciones o había descubierto mi pequeña falacia y me había seguido la corriente, lo cierto es que en ese momento era libre y no se me presentarían muchas oportunidades como ésa, así que sin pensarlo dos veces corrí a mi cuarto, tomé un bolso mediano donde metí los frutos y la peineta además de una capa por si no regresaba inmediatamente, y salí disparada hacia una salida por la que no muchos pasaban. Entonces me sorprendí al ver que caminaba hacia mí el ama de llaves, ¡la madre de Llaiten!

—¿Prisa, princesa? —preguntó extrañada.

—Sí, ¿se le ofrece algo? —repuse nerviosa.

—No, sólo quería asegurarme de que ya hubiera comido algo —me dijo con franqueza.

—Ya llevo frutas, si no le importa daré un paseo por los jardines.

—Claro que no —dijo—, que tenga buen día. Recuerde que no puede salir del castillo.

—Claro, claro —repuse con urgencia sin ponerle mucha atención.

—Buen día —se despidió con una sonrisa.

—Gracias, igualmente —le sonreí y continué mi camino al tiempo que ella retomaba el suyo.

No volví la mirada y caminé aún más rápido; por un momento temí que el ama de llaves sospechara, pero no tenía tiempo de preocuparme de cosas como ésas. Me dirigí sin pensarlo más hacia la salida más cercana. Me detuve a reflexionar por unos instantes qué sería más conveniente, si huir en la noche o irme de día. Si me iba de noche tendría la ventaja de que nadie me buscaría hasta el otro día, la desventaja que le encontraba a hacerlo así era que no me ubicaría tan bien como lo hacía de día. Si me iba de día corría más riesgo de ser descubierta, pero me ubicaría más rápido y con mayor facilidad. Fue una decisión que estuve analizando con minuciosidad, tras lo cual decidí que sería más conveniente huir mientras Galahad y su tío siguieran en los brazos de Morfeo, pues ambos tenían la pésima costumbre de levantarse muy tarde.

Me acerqué hasta una puerta muy grande que llevaba hacia un jardín de árboles algo extraños para mí, con colores igual de extravagantes que las frutas además de formas aún más caprichosas. Los matorrales no se diferenciaban mucho de lo que yo conocía.

Había dos motivos por los cuales fui a ese lugar. El primero era que la puerta nunca tenía llave, el segundo que en el jardín había una curiosa escalera de una clase de paja, mucho más dura que la que conocía, que daba al exterior del castillo —el castillo, estaba ¡al revés!, es decir, por debajo del suelo. Eso resultaba muy raro, pero a esas alturas ya estaba acostumbrada—, lo que era una muy buena opción para no llamar la atención: salir por un lugar que nadie imaginaba, además de lo más importante: por donde nadie o muy pocos transitaban. Supongo que la escalera estaba por puro adorno, no para que una princesa desesperada huyera inadvertida del castillo.

Con movimientos rápidos pero silenciosos me escabullí dentro del jardín; había un serio inconveniente con el jardín: la ventana de Galahad ¡daba en esa dirección!, y su ventana apuntaba exactamente hacia la escalera. Ya había pensado en que eso era un verdadero problema, pero no desistí y me encomendé a la divinidad, y con todo el valor que mi ser permitía me encaminé hacia la escalera. Puse un pie sobre el primer escalón y tomé la falda del vestido con una mano para que no se me enredara y por los nervios que traía cayera en una picada mortal. Ahora que los nervios turbaban mi pensar no me parecía un plan tan brillante como se me figuró hacía unos momentos, además de que no tenía tiempo para consultarlo con Edsuyn porque el tiempo no era precisamente un aliado que ayudara a salvarme del matrimonio.

Quité el pie del escalón y me dirigí detrás de un matorral. Estuve sentada por algún tiempo en silencio, detrás del follaje. El silencio era incómodo, pero necesitaba reflexionar acerca de lo que haría una vez que me encontrara fuera del castillo. Los nervios suelen traicionar, pero en esa ocasión fueron quienes me alertaron sobre mi falta de planeación.

Después de fallar en encontrar un plan concreto decidí distraer mi aturdida mente en cosas tristes, porque sabía que en ello fácilmente me sumiría y hasta los nervios se me olvidarían. Comencé a pensar, como tantas veces, en lo mucho que extrañaba mi antigua vida y cómo me había enfrascado en un trance como el que atravesaba. No podía decir que me desagradara Josgwen ni la situación que vivía, pero si las circunstancias hubieran sido diferentes lo habría disfrutado todo; sin embargo los nervios y la tristeza, además de la intensa soledad que me embargaba, no eran compatibles con mi definición de la palabra “disfrutar”. Dice una frase que la gente está sola no porque quiere, sino porque construye muros en lugar de puentes a su alrededor; pero en mi caso los muros no los había construido, sino que me los habían impuesto arbitraria e injustamente. Me preocupaba que…

—¿Dónde está? —gruñó una voz proveniente del pasillo. Se escuchaba algo retirada— ¡¿Qué, nadie la ha visto?!

Me sobresalté terriblemente, tanto que instintivamente me tiré al suelo aun a sabiendas de que estaba tras un matorral y no podían verme; traté de contener la respiración, sentía como si entre menos ruido tratara de hacer, más produjera.

—No lo-o-o sé-e-e —titubeó una segunda voz, más lejana que la de Galahad y que se percibía notablemente asustada. No recordaba haber escuchado esa voz antes, así que me concentré en ponerle atención a su tono.

—No está por ninguna parte, esa…

Galahad no concluyó la frase, como solía hacerlo cuando se enfurruñaba con alguien; algunas veces se me figuraba un niño chiquito haciendo una rabieta.

—Te juro que no la veo desde ayer —afirmó con más seguridad la voz desconocida, aunque se seguía apreciando la tensión en sus palabras.

En cuanto el desconocido concluyó su frase me puse de rodillas y comencé a gatear en dirección a la escalera, que no estaba muy lejos de donde me ocultaba. Por precaución arranqué el matorral —no estaban muy enraizado— tras el cual me escondía y avancé ocultándome con él, ya que no tenía certeza de qué tan lejos estaban los individuos aquellos. Al principio estaba segura de que, al terminar de hablar la persona que no conocía, su voz se había perdido un poco, pero tenía miedo de que la audición me hubiera fallado y siguieran cerca de ahí; no me decidía, la cordura me empezaba a fallar y un sudor fino perlaba mi frente. Sin tomar en cuenta a la razón, mi instinto de sobrevivencia me hizo ir poniendo los pies sobre el primer y segundo escalón; mis manos temblorosas acomodaron de forma espléndida el matorral en mi cintura, sujeto por la banda del vestido, de modo que cubría dos terceras partes de mi cuerpo; con eso era suficiente para mí. Estaba muy alterada, las cosas no iban tan bien como se me figuraron al principio y bajo esas circunstancias era mala improvisando, así que regresar e inventar algo ya no estaba entre mis posibilidades. Estando en el tercer escalón mi cabeza volvió a considerar el hecho de transformarme en una mitómana experta y enredar a Galahad con un invento, aunque tomando en cuenta mis nervios volvía a ser una opción para descartarse, porque una simple mentirita provocaría un torrente de ellas, y si erraba existía la posibilidad de morir en el intento o provocar la muerte de alguno de mis seres queridos, que era lo más probable… no quería ni pensarlo.

Tenía pocos minutos para decidir. Galahad y el extraño se aproximaban cada vez más al jardincito, lo supe por sus voces, que reanudaron la charla, ahora un poco más cordial; el tiempo se me acababa y mi cabeza se sobrecalentaba, entonces el instinto me impulsó a actuar de nuevo. Seguí subiendo rápidamente, escalón tras escalón, con el corazón acelerado y sudando a cántaros. No supe en qué momento el pie izquierdo se me atoró en uno de los últimos escalones, de manera que al intentar seguir subiendo sentí la fuerte palanca que me hacía la escalera. Fue tal mi dolor que para ahogar un gemido me solté repentinamente. Quedé solamente sujeta por el pie atorado; estuve a punto de soltar un grito, pero la desesperación me hizo callar. En esa situación sólo tenía de dos: o me entregaba a Galahad o sacaba fuerzas y seguía adelante. La opción que me pareció más fiable fue la segunda, así que comencé a balancearme hacia delante y hacia atrás hasta alcanzar uno de los escalones más cercanos al pie atorado. Me incorporé con lentitud hasta conseguir apoyarme, desatoré el pie y continué mi escalada; ya no faltaba mucho para llegar a la salida, así que lo hice con mayor silencio y rapidez. Por fin abrí la compuerta y salí del castillo; tan pronto como estuve fuera la cerré sigilosamente.

No puse suficiente atención y no reparé en si Galahad me había descubierto o no. Al fin y al cabo, fuera así o no, estaba obligada a huir; cuando planeé la escapada todo parecía tener sentido, se veía tan bien y tan lógico… ahora la idea se desdibujaba en mi mente, ya nada encajaba; me sentí tonta e irresponsable ante tal decisión. No pensé en el tiempo que llevábamos trabajando en el plan Edsuyn y yo, fui soberbia, quise hacer las cosas por mi cuenta sintiendo que no necesitaba de nadie… debí haber pedido ayuda; aunque a estas alturas ya no debía lamentarme. Me incorporé quitándome el matorral de encima e intenté caminar, pero no pude debido a que el pie que se me había atorado me dolía al apoyarlo. Me senté de nuevo y lo moví repetidamente. No debía estar allí largo rato, llamaría la atención de la gente que pasara. Volví a pararme y soportando el malestar empecé a andar; no estaba muy a gusto, pero no tenía de otra.

No conocía muy bien los alrededores de esa zona, ya que Galahad sólo me había llevado un par de veces por ahí, pero cada vez que fui traté de poner los cinco sentidos en observar a detalle todo lo que había. Admito que no tengo una memoria de lujo, pero si es por necesidad logro retener bien la información. Conocía uno que otro camino —aunque debo decir que todo, o la mayor parte de ese conocimiento, se lo debía a Llaiten y no a una habilidad innata de ubicación— que llevaba hasta el pueblo, pero nunca me había atrevido a preguntar hacia dónde se dirigían los otros senderos. Llaiten no solía decirme nada a menos que se lo preguntara, y antes no me pareció importante saberlo; ahora pagaba muy cara mi ignorancia.

Tampoco me sentía completamente desorientada, aunque sí algo extraviada. Miré fijamente los dos caminos desconocidos; antes de decidirme por uno sentí una mirada penetrante e insistente detrás de mí… instintivamente volteé en todas direcciones aunque sin ver a nadie; no le presté atención y continúe concentrándome en elegir el mejor camino; los volví a ver… tomé el de la izquierda, que no se veía nada diferente al de la derecha.

Andar sola no me causaba problemas, simplemente me sentía ansiosa, como si supiera que alguien me estaba siguiendo o pronto lo haría, por eso me habría gustado tener la compañía de Sele, Armida o Ludwig… hasta de Derek, para poder charlar y no comenzar con esa horrible sensación que llega con los nervios y la soledad. El corazón se me aceleraba con cada paso que daba, a su vez el estómago me ardía con cada respiración y un vacío frío e infinito se me abría en el pecho, causándome dolor emocional más que físico; espontáneos y molestos temblores asaltaban mis brazos y piernas con cada pensamiento, y lo peor de todo era que no lo podía controlar. Deseaba con todas las fuerzas del mundo tranquilizarme y hacía respiraciones profundas para mitigar esa sensación, pero cada vez era peor. Desde el momento en que decidí salir del castillo me propuse controlar los nervios, claro que era más fácil proponérselo que llevarlo a cabo. De repente el pánico me invadió y por fin acabó con la poca serenidad que tenía, por supuesto que no tuvieron que preguntarle dos veces a la serenidad, porque no dudó ni un segundo en marcharse. Me sentí deshecha, desdichada y desesperada… pensé que ahora ya no era complejo de las tres íes, sino de las tres des; reí ante mi ocurrencia, y cuál fue mi sorpresa al ver que el pánico se había esfumado tan rápido como había llegado, dejando su lugar a la serenidad.

Continué mi camino con mucho cuidado, alejando los malos pensamientos y las piedras de mis pies, ¡era un camino lleno de ellas! Al principio no se veían muchas, pero ya más avanzado el sendero estaba repleto de ellas; aunque intentaba hacer el mínimo ruido para evitar ser descubierta por algún caminante matutino o simplemente algún curioso, las piedras no me ayudaban y no llevaba puestos zapatos apropiados para la situación. Decepcionada regresé sobre mis pasos y tomé el camino de la derecha, deseando que fuera más cómodo y sin tantas piedras.

Mis deseos se vieron cumplidos y me sentí mucho más tranquila caminando en silencio y sin estorbos. Aún así seguía con algo de miedo, por lo tanto decidí tararear algo muy bajito; era una canción que había escuchado ahí, en Josgwen, muchas chicas que trabajaban en el castillo la silbaban. Llevaba una letra muy peculiar que sólo había escuchado una vez, en boca de una mujer muy anciana, así que no la recordaba bien. Eran palabras que no entendía cómo podían ser pronunciadas si no llevaban vocales… me parecía muy extraño. La melodía era suave y a la vez melancólica, feliz y trágica. Me producía mucha nostalgia y añoranza de mi vieja vida, de la escuela, de mis compañeros… tantas cosas movía en mí esa canción que llegué a tomarla como parte de mi ser, cosas maravillosas y espeluznantes que me hacían extrañar más a la que tomé como mi tierra, todos esos momentos que viví durante 16 años… no era la primera vez que me sentía así, pero ir caminando por un lugar extraño y sola representaba, de alguna manera, lo sombría y sólida que me resultaba mi estadía en un país diferente, que aunque era el mío lo sentía ajeno; donde conocía a tan poca gente, y los que estaban a mi favor permanecían encerrados.

Por primera vez en Josgwen me deprimí verdaderamente, sintiéndome la persona más desdichada de Wartreop. Ahora sé que fue tonto, pero estaba tan desesperada en esos momentos que necesitaba descargar mi furia sobre algo o alguien… y mi primera víctima fue Wartreop. Le eché la culpa de todo lo que me pasaba, lo maldije y pateé el suelo una y otra vez; nunca había sentido tanto odio en mí, ni por la misma Sara, que estaba en mi lista de cien por ciento despreciable. Tantos sentimientos se encontraron en ese momento que desembocaron en un llanto inevitable y desesperado, que buscaba respuestas tanto como yo.

Ésa no fue la primera ni la última vez que maldije en Josgwen por cosas absurdas, pero la recuerdo con más detalle por todos los acontecimientos que a partir de ello se desencadenaron. Mientras el llanto resbalaba por mis mejillas una cosa brillante destelló en el suelo donde acababa de caer una de mis tantas lágrimas, y a la vez se reflejó en mis hinchados ojos; me detuve y la recogí de inmediato, movida por un instinto extraño e impulsivo. Entre mis dedos la pieza fue tomando forma y los ojos me transmitieron la certeza de que se trataba de un dije de forma circular, con tres letras en altorrelieve, de tono bermellón, rectas y carentes de gracia… al analizarla con más detenimiento se me hizo familiar; escarbé en lo más profundo de mi memoria hasta retornar a sucesos verdaderamente gratos… seguí buscando y un rostro sincero, de rasgos agradables bajo una cabellera negra, brotó de mi mente al mismo tiempo que un nombre de mis labios: Quibrus.



Capítulo 4: Sospechas


Ahora todo se volvía mucho más claro; hacía poco tiempo, cuando aún estaba en mi antigua dimensión, Quibrus, el príncipe de Fadweri, amable y caballeroso me dio un collar con las mismas letras que el dije que tenía entre mis manos: RFQ. Era un desconcierto total porque no tenía la menor idea de lo que esas iniciales significaban verdaderamente. Al principio estaba segura de que significaban “Rey de Fadweri Quibrus”, y si lo vemos así tiene mucho sentido, pero algo me decía que estaba mal, que había algo más, oculto y misterioso igual que su dueño, pues Quibrus se volvió un total enigma para todos los que estuvieron allí, justo el día en que vimos que Derek no nos había traicionado y bueno, ya saben el resto. Yo insistía y le sacaba toda la información que podía a Ludwig —ya que Armida no deseaba ni dirigirme la palabra— cuando tenía la oportunidad de hablar con él a solas —si se le puede decir a solas a estar vigilada por muchos gárgolas-soldados que no prestaban atención a la conversación— ya que a Galahad se le presentaban algunos asuntos y debía marcharse, lo que me daba la libertad de hablar con más confianza.

Aunque Ludwig sabía menos que yo del chico —y estaba consciente de ello—, seguía preguntándole todo cuanto podía. Después de unos días me di por vencida ya que me había convencido de que simplemente había desaparecido de la faz de Wartreop.

En esos momentos una llama de esperanza surgió en mí… pero, ¿de qué me servía en la situación en que estaba? Quibrus no iba a surgir desde mi imaginación ni a ayudarme a seguir mi camino a quién sabe dónde. En esos instantes me di cuenta de que había algo en él que me daba confianza e inspiraba tranquilidad, tal vez por eso se había vuelto un misterio tan entrañable y obsesivo. Las pocas veces que estuve sola me dediqué a recabar de Llaiten información sobre Quibrus, aunque él, al igual que Ludwig, no me decía nada que no supiera ya. Hubo un lapso durante el cual me desanimé y decidí rotundamente ya no buscar más acerca de él, pero el ocio, además de la curiosidad, me alentaron nuevamente a investigar. Ya que sabía que mis más allegados amigos no sabían mucho del asunto, me decidí a buscar por otros medios.

En una ocasión le pedí a Galahad que fuéramos a visitar a Ludwig; bastante asombrado ante la petición supuso que era una broma de mi parte, pues los días de visita a mis primos estaban establecidos y aquél no era uno de ellos. Al principio no me lo permitió. Debo admitir que fue toda una odisea convencerlo de semejante cosa, pues nunca me había permitido ir a verlos cuando no correspondiera. Alegué que extrañaba mucho a Ludwig y hasta le hice una escenita de llanto para que se convenciera; al principio se mantuvo firme en su determinación, y con comentarios sarcásticos me aclaró que no tenía intención alguna de que fuéramos, claro que yo no me rendí y continué con el llanto desconsolado. Él me advirtió que mi puesta en escena no lo iba a conmover, aunque después de un rato dijo que lo consultaría con su tío. Al escuchar esas palabras me aterré, suponiendo que si con Galahad las probabilidades eran remotas, con el tío serían nulas. Rápidamente ideé un plan infalible. En cuestión de segundos, antes de que Galahad llegara con su tío, salí corriendo hacia su despacho; una vez que llegué me presentaron y él me recibió con gran desconcierto. Le hice circo maroma y teatro, halagándolo —ya que Edsuyn me había dicho que ése era su punto débil— por lo bien que se veía aquella mañana y alabando su excelente trabajo como administrador provisional del reino. Él ciertamente me miró confundido y dudoso, pero recibió de buena forma mi adulación exagerada. Luego de un silencio corto le expuse que tenía planeado ir a dar un paseo con Galahad, pero él, temiendo su negativa, me había afirmado que no sería posible.

—Yo, en serio que necesito aire fresco —dije con aire de frivolidad.

—Eso supongo —consintió él con tanta gravedad como confusión—. Pero, ¿por qué habría de temer mi sobrino ante petición tan inocente?

—Debe tener sus motivos que, siéndole sincera, desconozco en absoluto —admití con una sonrisa angelical.

—Tu comportamiento conmigo es ciertamente desconcertante y extraño, pero lo tomaré como una simple petición, Euríneme; espero que de ahora en adelante te comportes tan amable como ahora —dijo alzando una ceja y esbozando una sonrisa maliciosa.

—Claro —repuse con tanta sinceridad como pude.

—Tienen mi consentimiento —afirmó, y me despachó de inmediato, no sin antes decirme—: Por cierto, Euríneme, eres muy astuta cuando te propones conseguir algo; ahora veo por qué mi sobrino me ruega tanto para cumplir tus caprichos.

No le respondí más que con una cordial sonrisa de satisfacción.

Cuando salí profesaba el mismo aborrecimiento de siempre hacia su persona, aunque en ese momento sentía un atisbo de simpatía por él.

Cuando iba a buscar a Galahad me lo topé y le expliqué lo sucedido, haciéndole saber que le había pedido permiso a su tío y había accedido. Él, incrédulo, negó que fuera cierto lo que le decía; yo, alegándole lo contrario, le dije que lo comprobara por él mismo. Ahí se daría la verdadera prueba de fuego, pues no sabía si mi farsa podría continuar o me armarían un lío grande y feo.

Aguardé fuera, escuchando cuanto podía, lo que resultó innecesario, ya que tan pronto como mi prometido entró, salió. El muy insulso traía cara de asombro, me miraba tan confundido como su tío lo había hecho poco antes.

Sin más demoras partimos caminando con un centenar de gárgolas-soldados hacia la casa de mis primos. En el trayecto él no paraba de interrogarme insistentemente acerca de cómo había logrado convencer a su tío, a lo que yo le respondía con una sonrisa burlona; el tema se vio agotado una vez que llegamos. Los únicos que entramos fuimos Galahad, tres gárgolas-soldados y yo, ya que desde hacía algún tiempo las demás gárgolas-soldados se quedaban afuera. Ludwig parecía muy sorprendido, al igual que su hermana, que estaba junto a él cuando la puerta se abrió. Entramos a la casa sin gran demora y le hice señas a Ludwig de que entretuviera a Galahad; estaba acostumbrado a esas cosas, por lo que no dudó en obedecerme.


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