Excerpt for Cosa Nostra (Spanish) by Joseph Orbi, available in its entirety at Smashwords

CosaNostra José Orbi



CosaNostra

Copyright José Orbi 2010

Publicado por I. O. Twomey, Ltd. en Smashwords


I.O.TWOMEY, Ltd.

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Esta novela es de ficción y cualquier situación semejante a algo ocurrido, o algún parecido de los personajes a personas reales, muertas o vivas, es pura casualidad y mera coincidencia, especialmente si se tropiezan con fulana en un cóctel, en una fiesta o en la calle envenenando el ambiente con nicotina


Índice de materias


Página Titular

En Memoria

1 - La señorita Julia

2 - ¡Amore!

3 - Camioneros

4 - Mano a Mano

5 - El Rojo Grande

6 - San Pedro y el árbol de navidad

7 - Bachattaria y Glass

8 - ¡Asesinato! (A capella)

9 - La despedida

10 - El inesperado Picol

11 - Coincidencias

12 - Canelones Picantes

13 - 4 años más tarde

El Autor


En memoria


Esta novela está dedicada a mi gran amigo Maestro Franco Gratale.


Vino, vio y montó tarima


José Orbi

marzo 2010


1 - La señorita Julia


Había una vez. . . un sol que no se atrevió a dar la cara por miedo a las tenebrosas nubes que agobiaban la madrugada de Hartsdale. El poblacho al norte de la ciudad de Nueva York, se distinguió un tiempo atrás como el centro de veraneo de los residentes de la gran urbe que no tenían plata para ir de vacaciones a la Florida.

100 Nosretac Terrace estaba en una colina casi al final de la carretera curvilínea con una cúpula de árboles, por donde miles de feligreses –casi todos vestidos de gris– diariamente emprendían su peregrinaje a Manhattan. La residencia, producto de muy buenas intenciones a fines de la Primera Guerra, era un adefesio arquitectónico, que, gracias a un techo puntiagudo en el altillo, parecía una bruja con sombrero. Hierba mala y flores silvestres abundaban los alrededores y la segadora no decía presente excepto cuando los vecinos protestaban que la propiedad se estaba convirtiendo en un refugio de sabandijas.

Mina se acostumbró a dormir en el diván del estudio, un estrecho e incómodo cuartucho abarrotado de libros viejos y muebles baratos y ordinarios, incluyendo la lámpara de piso imitación Tiffany con bandeja negra, puesta, muy a propósito entre su lecho y una butaca donde su marido, de vez en cuando, se sentaba a disfrutar la televisión.

A su lado en el suelo, estaba un vaso de cristal con un residuo de Alka-Seltzer de dos semanas, un reloj alarma, un teléfono inalámbrico, un cenicero derramado de colillas y una cajetilla de Camels; todos eran parte del ambiente opresivo que junto a la música de ópera que siempre se oía tocando en el fondo –como la Donna è mobile–, le producía fantásticos y tétricos destellos de la neurosis; pesadillas que la confundieron y la hicieron tardarse más de un minuto en darse en cuenta que los cascabeles que adornaban las zapatillas de los enanitos de Santa Claus aprovechándose de ella a cañón de pistola, eran solamente el ring-ring del inalámbrico.

Turbada, ella alcanzó el instrumento, se sentó derecha, tiró hacia atrás el mechón de pelo negro largo y reseco, se frotó los ojos y dijo en voz ronca:

–¿Qué pasa?

La Sra. Morton, quien tampoco durmió en toda la noche, no tardó en comunicar la triste nueva.

Al oír la noticia, Mina encendió su primer cigarrillo del día, cargó sus pulmones de carcinógenos, interceptó –con la manga de su camisa de dormir– una lágrima que amenazó con deslizarse por su mejilla, y dijo:

–Gracias por llamar, aunque, ¿qué le costaba esperar unas horas antes de empezar a molestar gente? Como dijo, Costikas murió. Él no va para ningún lado –añadió, tirando el aparato al piso y contemplando el vacío, mientras terminaba su cigarrillo–. ¡Bonjour tristesse!

Su primera encomienda del día fue cambiar la música de la radio; Rigoletto por una desconsiderada interpretación de von Karajan del vuelo de las valquirias, que sacudió al vecindario. Luego, caminó alrededor de una valiosa y antigua alfombra Persa en el mismo medio de la sala, que fue parte de la herencia de sus padres; le pasó por encima a montones de revistas y periódicos viejos acumulando polvo varios años y llegó al vestíbulo, donde Chuchu, un Doberman negro del tamaño de un poni, pasaba su día acostado en un nicho al lado de la escalera, supuestamente velando y protegiendo la entrada. Mina se quitó el cigarrillo de la boca con una mano, agarró al perro por una oreja con la otra, le plantó un besote en el hocico, y en un tono de voz más apto

para un infante que para un perro guardián haciéndose pasar por mascota, le dijo:

–¡Cómo está mi puchito lindo! ¡Chi, chi, chi, mi Chuchu!

Dados los buenos días al can, la señora regresó el cigarrillo a sus labios y entrecerrando los ojos porque, como dice la canción, le molestaba el humo, cruzó al comedor que estaba amueblado con un aparador de madera oscura, una elaborada lámpara de techo, cortinas de terciopelo verde tirando a negro, y seis sillas acojinadas que acompañaban a una mesa de caoba que servía para almacenar más revistas y periódicos fuera de circulación; todo con una capa de polvo de varias semanas.

De ahí pasó a una cocina equipada con enseres de otra época, incluyendo un refrigerador cubierto de cuanta caja de cereal existía, un teléfono de pared, tan maltratado que perdió la autoestima, una antigua máquina de coser, montones de cuentas a pagar sobre la mesa y un piso de linóleo. Delicadas cortinitas grasientas que aparentaban ser amarillas y lucían un bordado de hilo blanco alrededor, adornaban la ventanilla sobre el fregadero con vista al patio trasero.

Mina calentó un poco de agua en el horno de microondas, se preparó un café, deslizó sus sesenta y siete años en la silla y disfrutaba lo último del pitillo al entrar Fran vestida de jeans, una chaqueta de cuero negro, y botas, cargando un casco de motocicleta rojo y su mochila, que, junto al casco, puso sobre la estufa antes de prepararse algo de comer; todo sin decir una palabra.

–Pareces una cualquiera –le dijo Mina, cuando oyó el cambio de música en el ambiente–. ¡Quién dijo que cambiaras la cabrona música! –gritó, dirigiendo su descontento a la sala–. ¡Es mi estéreo, mi música y casa!

–¡Es mi estéreo, mi música y casa! –dijo Fran, burlándose de su madre–. Suenas como una misma chiquilla.

–Wagner es. . . muy desagradable. . . especialmente a esta hora de la mañana –interpuso su marido, haciendo su entrada triunfal y cargando el más prodigioso de todos los diarios del mundo, el Times de Nueva York, en sus brazos, el cual, luego de besar a su hija, colocó en la mesa antes de tomar asiento frente a su señora.

A pesar de su avanzada edad, Enrico era un hombre con una presencia imponente, medía unos 1.95 metros de estatura y tenía espaldas que, de joven, pudieron ser parte de un gran jugador de fútbol americano, a pesar de su donaire. Él vestía una bata corta de seda azul oscuro que le llegaba a las rodillas, un fular de estampado de cachemir, zapatillas de terciopelo, enormes gafas Dior, una fabulosa colección de brazaletes; tres cadenas de oro portando medallones del Castillo de San Ángel y la Virgen Tosca, además de anillos, aros y sortijas de cuanto metal y piedras preciosas existían en el planeta.

–¿Quieres cereal, papi? –le dijo Fran.

–Té y tostadas nada más, mi corazón. . . quizás medio vaso de jugo de naranja –le dijo Enrico, cuando oyeron el timbre de la puerta de entrada, seguido por el anémico ladrido del pichicho.

–¡A quién coño se le ocurre! ¡Carajo! –dijo Mina, molesta–, ¡no son ni las siete de la mañana! ¡Me cago en la mierda!

–Fran, amorcito –le dijo su padre, con parsimonia–, ten la bondad. . .

La chica le sirvió a su padre las tostadas, se limpió las manos con papel toalla y se dirigió a la puerta, regresando segundos más tarde con. . .

–Buenos días, Lawrence, ¡qué gusto verte! ¡Entra! –le dijo Enrico.

–Buenas –dijo Larry Overtone, en un tono desinteresado. Él era un hombre de sesenta y cinco años, un tipo flaco de mediana estatura y tez pálida, que vestía de Armani y lucía un ridículo peluquín de poliéster. Dijo el letrado:

–Disculpen la molestia pero tengo que salir en el tren de las siete y quince.

–Ninguna molestia, ¿verdad que no, Oli? –respondió Enrico, mirando a su señora y usando el apodo de cariño de cuando eran novios, algo que solían hacer casi siempre en presencia de gente extraña.

Mina botó humo por la nariz y no dijo nada.

–Siéntate, hombre –añadió Maestro Monticelli sin mover un dedo y mirando a su hija de reojo–. ¿Café?

–No, gracias, no tengo tiempo. Mina, ehhh. . . ¿Qué tal si nos vemos a las cuatro, en vez de a las. . . ?

Mina sacudió la cabeza, y dijo:

–Tengo que ir a la funeraria.

–¿Funeraria? –preguntó Enrico, alarmado.

–Funeraria. . . –repitió Larry en el mismo tono de voz apático.

–¿Q-qué. . . ? –añadió Enrico.

–Mi marido. . . mi ex. . . Costikas. . . –le dijo Mina a Larry.

–¡Costikas! –interpuso Enrico.

Mina se volvió a su esposo, le fijó una mirada aborrecida, le echó el humo en la cara, y le dijo:

–Lo fulminó un infarto, Oli. ¿Contento? –Mina llenó sus pulmones de humo y dejó caer la mirada–. Me imagino que tendré que llamar a Nulos.

Enrico agitó el periódico para disipar las emanaciones tóxicas de su mujer.

–¿Quién es ese? –preguntó, tosiendo.

–El hermano de Costikas –le respondió Mina.

–Ah –dijo su esposo, recordándose de aquel infeliz que conoció una vez, muchos años antes; un desgraciado que tuvo la desdicha de sufrir diez años con Mina. Enrico, sin embargo, ya contaba dos décadas de tortura conyugal porque, al parecer «hasta que la muerte os separe» se le convirtió en una maldición–. Oye, Larry, ¿cómo te gustaría ir con tu señora al estreno de la señorita Julia?

–¿Cuándo? –pregunto Larry.

–Esta noche –le respondió Enrico.

–No, lo siento, tengo un compromiso –dijo Larry, fijando la vista en Mina–. Gracias, de toda forma.

–Sólo vamos a presentar dos funciones, la última será el viernes; Sala de Bellas Artes, en Newark.

–Lo tendré presente. Bueno, hasta luego –se despidió la visita.

–¡Ciao! –dijo Enrico, diciéndole adiós con la mano y esperando a que saliera de la casa–. ¿Cómo te enteraste? –le preguntó a su señora.

Mina se levantó de la mesa, y dijo:

–La dueña del edificio.

–Pobre Costikas. Era buena gente.

–¿A ti qué te importa? Él no era nada tuyo –le dijo Mina, de manera despectiva.

–Fran, mi amor, ¿te espero esta noche? –le preguntó su padre.

–No puedo, papi, trabajo hasta muy tarde. Pero sí voy el viernes, cuenta conmigo –le dijo la chica dándole un beso a su padre, ignorando a su madre y saliendo por la puerta con el casco de motocicleta debajo del brazo y la mochila al hombro.

–¡Te dejaré dos boletos en la taquilla. . . por si quieres llevar un amigo! ¡Qué pases un lindo día, cariño! –llamó Enrico tras su hija, a la vez que regresó al periódico.

–¿A qué hora te vienen a buscar? –le preguntó su señora.

–A las diez –le contestó Enrico, pasando a la sección de obituarios del periódico–. Oye, no hay mención de Costikas.

Mina enterró la colilla en el cenicero, dirigió lo último del humo en sus pulmones hacia su marido, y dijo:

–¿Y tú? ¿No te tienen en la lista?

Enrico ignoró el comentario, suspiró profundo y esperó al portazo de todas las mañanas cuando su esposa subía a vestirse a su habitación.

Con cariño y gentileza, llevó a Chuchu al patio de atrás para que hiciera sus necesidades, esperó unos minutos, regresó el perro a su nicho, le dio de comer, volvió a la cocina y se sentó a disfrutar su té, cuando alguien tocó a la puerta, seguido nuevamente por el anémico ladrido de Chuchu.

–Qué mañana más intranquila –se dijo Enrico a sí mismo, caminando a la entrada–. ¿Quién es? –preguntó antes de encontrar a Bobbie con el ceño fruncido, al otro lado del umbral.

–¿Quién es? ¿Quién tú crees, chula? –le preguntó su amiga empujándolo a un lado y entrando en el recibidor–. ¿No estás listo? ¿No tienes una reunión esta mañana?

–Sí, chula, a las once –le respondió Enrico.

–¡A las once! –repitió Bobbie, camino a la cocina, donde soltó su cartera sobre la mesa–. ¿Entonces para que dijiste que pasara a buscarte tan temprano?

–Dije a las diez.

–Dijiste siete y media.

–Oíste mal, chula. Dije a las diez, y sé que sí porque la reunión es a las once –le contestó Enrico.

Bobbie era una mujer de unos cuarenta y cinco años, pequeña de estatura, rechoncha y mofletuda, con poco cuello y una cintura que parecía una concertina. Su cabello pintado de rubio era largo y le llegaba a los hombros; tenía ojos verdes y una boca sin ninguna personalidad. Su peculiaridad más notable, sin embargo, era que parecía una versión en miniatura de su amigo, el extravagante –y a su lado– enorme Maestro Monticelli en la manera que imitaba sus gestos y su teatralidad.

–Oye, te ves divina. Me encanta lo que llevas puesto. ¿Traje nuevo? –le dijo Enrico, jugando con uno de los botones de la blusa de Bobbie.

–¡Te diste cuenta! –le dijo Bobbie, orgullosa de sí–. Lo compré anoche. ¿Y qué te parecen. . . ? –añadió, inclinando el peso hacia atrás y alzando la falda para enseñar el escarpín de taco alto, punta abierta y charol rojo irisado–. ¡Chanel!

–Son bellos pero te destrozan los pies –le dijo Enrico.

–Me compré cuatro pares –dijo Bobbie, sonriendo.

–¡Cuatro! Chula, ¿te sacaste la lotería?

–No tanto. Y esto. . . –añadió sacando una envoltura de satín verde de su bolsa y entregándosela a su amigo–, ¡es para ti, chula!

–¡Bobbie! –le dijo Enrico, besando a su amiga en las mejillas y sacando de la envoltura una preciosa bufanda de seda color oro con un motivo musical como elemento decorativo en el centro. El Maestro Monticelli se la tiró por los hombros para ver como lucía, cuando se oyó el abrir de una puerta en el segundo piso–. ¡Shhh! Medea. . . no se ha ido. Tú estás temprano y ella tarde; casualidades de la vida. Oh. . . ¡es preciosa! –añadió, hablando de la bufanda.

–¿Sabes que es? –le preguntó Bobbie, señalando al motivo musical.

–No tengo idea.

–Es el primer compás de Nessun dorma, chula –dijo Bobbie, antes de tatarear el refrán en una voz soprano que alarmó a Chuchu, debajo de las escaleras.

–¡Qué ingenioso! Gracias, amorcito, ¡me encanta! –le dijo Enrico, con otro beso–. Exactamente lo que necesito para levantar mi espíritu. No sabes. . . murió Costikas.

–¿Quién?

Enrico aclaró la relación entre él y la primera víctima de su mujer, y dijo:

–Murió solo, pero tranquilo. Yo no tendré esa suerte.

Justo en ese momento, Mina, toda arreglada y vistiendo un traje gris oscuro debajo de un impermeable negro y cargando una bolsa de lona que le hacía juego, apareció en la puerta de la cocina donde se detuvo a observar a su marido y a su amiga.

–Ah, ¡buenos días, Mina! Te ves muy guapa –le dijo Bobbie, forzando una sonrisa.

La Sra. Monticelli arqueó la ceja de la derecha, miró la mujercita fijamente y, resaltando cada sílaba con despecho, le dijo:

–Eres digna de pena.

–Oli –interpuso Enrico para evitar un disgusto–, ¿te dejo una entrada en la taquilla? ¿Vas al estreno, verdad?

–Prefiero tirarme debajo del tren –dijo la señora, dando vuelta y saliendo del lugar.

Enrico y Bobbie esperaron un momento hasta que oyeron el tirar de la puerta de entrada. Dijo Bobbie:

–Se dice que la edad suaviza el carácter de alguna gente pero esa mujer es lo más antipático que he conocido en mi vida.

–Imagínate vivir con ella –le dijo Enrico.

–Yo me corto las venas –respondió Bobbie.

–Lo he pensado. . . en varias ocasiones –añadió Enrico–, pero rehúso darle la satisfacción.

–Ella lo que necesita es un buen pingaso por el culo –dijo Bobbie.

–No sé quien se atrevería. Tirarse a Mina es como tirarse a una perra con rabia; ¡qué horror! –dijo Enrico, cerrando los ojos y estremeciendo el cuerpo–. Aunque creo que se está viendo con el vecino.

–¡No!

–¡Sí! Y lo mejor del caso es que no me importa –dijo Enrico, inclinando su cuerpo contra el fregadero, haciendo un puchero y aguantando las lágrimas, antes de sacar un pote pequeño de píldoras del bolsillo de la bata y tomarse dos con un poco del té–. Me voy a vestir –añadió, antes de fregar las tazas, limpiar la mesa, pasar la aspiradora por la sala, y subir –por fin– a su habitación.

Casi dos horas más tarde, a las nueve y cuarenta y cinco, Enrico bajó las escaleras impecablemente vestido con un suéter de cuello alto gris oscuro debajo de una chaqueta de lana gris y pantalones negros; sus hombros adornados con el regalo de Bobbie y dos medallones de oro. Una leve capa de maquillaje cubría sus arrugas y su cabello –el poco que le quedaba– estaba teñido, peinado y asegurado en la coronilla con una generosa cantidad de fijador.

–¿Nos vamos? –dijo el maestro Monticelli, con su maletín en una mano y su Fedora en la otra–. Oye, ¿cuándo regresas al banco?

–Mañana.

–Tienes suerte.

–¿Suerte?

–Sí. Tienes un buen empleo, haces lo que te da la gana, eres completamente independiente y no dependes de nadie. Yo, no. Esa mujer está loca y me está haciendo la vida un infierno. ¡Te digo que me está tratando de matar de un ataque al corazón! No lo dudes, ¡quiere ponerme a pastar!

–Chula –le dijo Bobbie, emulando al maestro–, las ovejas van a pastar, las mariquitas van a bailar. Si estás sufriendo tanto, mándala para el carajo y vete de la casa.

–¡Irme de casa! ¡Esa casa es mía. . . no importa que esté a su nombre! Yo llevo veinticinco años sufriendo sus insultos, sus atropellos. . . es más, su tortura y tengo tanto derecho a la casa, como ella.

–Entonces resígnate a sufrir,–le dijo Bobbie.

–¿Qué carajo crees que he estado haciendo todo este tiempo?

–¿Por qué no le pegas un tiro? Pégale un tiro y di que te volvió loco. . . y que te abandonas a merced de la corte. O espera a invierno y le tapas el tubo de escape al auto –añadió Bobbie–. Así, cuando salga un día, en el auto. . . naturalmente tendrá las ventanas subidas. . . los gases se cuelan en el interior del vehículo y la sofocan.

–Chulita –le dijo Enrico–, la mujer fuma cinco cajetillas de cigarrillos al día; el monóxido de carbono le vendría bien.

–Tienes razón –dijo Bobbie, luego de una pausa–. Además, pensándolo bien, mi chula, esa mujer tuya es tan odiosa, detestable, depreciable, repugnante y horrible que si muere de causas naturales, mucho menos bajo circunstancias no muy claras, a ti te meten presa.

–¡A mí? ¿Por qué?

–Porque nadie se imagina cómo es qué no le has entrado a tiros.

–Ya. Haz el favor de cambiar la conversación antes de que me deprima más de lo que estoy –le dijo Enrico, llegando ellos al Teatro.

Bobbie ayudó a su amigo a salir del automóvil. Enrico enderezó su cuerpo, levantó la mirada, sacó el pecho para el frente, echó las bufandas para un lado, se ajustó el Fedora y, en el tiempo que tardó en subir las escaleras tras bastidores, completó la transformación de esposo malentendido a imperioso Director de Escena.



Su equipo de producción estaba compuesto de un grupo variopinto de aficionados de la ópera, de insatisfechas y frustradas amas de casa, varios jovencitos de sensibilidad estética y uno que otro miembro de la unión de tramoyistas.

–Buenos días. ¿Todos presente? –dijo el maestro Monticelli, poniendo a un lado su maletín–. En unas horas sube el telón de nuestra producción de la señorita Julia, algo que nunca se hubiera podido lograr sin la ayuda de todos ustedes; ¡gracias! Gracias por hacer posible esta aventura, este reto y extraordinario logro del cual todos podemos sentirnos muy, pero que muy orgullosos. . . a pesar de los dolores de cabeza, las frustraciones y las lágrimas que enfrentamos estas últimas seis semanas. Como les dije al principio, esta es la primera vez que esta pieza, que esta ópera sube a escena en los Estados Unidos y les garantizo que Nueva Jersey nunca ha visto cosa igual. Sí, no podemos comparar a la señorita Julia con el repertorio operático italiano; es más, ni tan siquiera con las óperas de Wagner, música que detesto con todo mi ser. La señorita Julia carece del encantador y omnipresente um-pa-pa de Verdi y no posee melodías románticas a lo Puccini. Sin embargo, La señorita Julia nos ofrece un ejemplo de la psicología del ser humano cuando la locura desenfrenada, la misma que todos llevamos con nosotros; esa pasión que no se esconde detrás de melodías si no que nos aterroriza y nos confunde. . .

–Maestro –interpuso Anthony, alzando la mano. El joven, sentado con las piernas cruzadas y reclinado hacia atrás en el diván de la señorita Julia, tenía una manera de hablar muy peculiar porque le añadía una melodía a su conversación.

–¿Qué sucede? ¿No te das cuenta que estoy. . . ? –dijo Enrico, molesto con el gerente de escena porque, bueno, le faltaba mucho que decir.

–El pájaro –añadió Anthony.

–¿El pájaro? –repitió Enrico.

–No hay pájaro.

–¿Qué no hay pájaro? –dijo Enrico.

–Es lo que acabo de decir.

–No entiendo –esto por parte de Enrico.

–El último. . . ayer lo hicieron pedazos. . . en el ensayo.

El Maestro Monticelli se descubrió la testa, tiró el sombrero al lado del maletín, y dijo:

–¿Y por qué no buscaron otro pájaro?

–No sé. No es mi departamento, Maestro –dijo Anthony.

–¡Lucy!

La utilera dio un paso al frente, y dijo:

–Llevo toda la mañana buscando el pajarito, Maestro –Ella era una señorona de cincuenta años; alta, corpulenta, con una sonrisa amable, quien vestía de jeans, tenis y un suéter que le quedaba grande para disfrazar su sobrepeso–. He ido a cuanta tienda por departamento y de juguetes; es más, me tiré hasta el Village. . . nada. Lo único que encontré fue una cotorra mecánica color verde que canta bossa nova y, como quiera, no cabe en la jaula.

Un silencio sepulcral acompañado de un aire extremadamente cargado de tensión invadió la sala de la señorita Julia. El Maestro Monticelli amenazó a los presentes con una mirada adusta, y, luego de lo que pareció ser una eternidad, dijo:

–¿Fuiste a la pajarería?

–¿Pajarería? –preguntó Lucy.

–¡Sí, a la pajarería! –le dijo Enrico.

Lucy miró a Enrico como si él hubiera estado disfrazado de Mickey Mouse; el asombro se corrió por las tablas y varios de los presentes se cubrieron la boca con las manos.

–¿Un canario. . . de. . . carne y hueso? –preguntó Bobbie.

–Y plumas, ¡carajo! Sólo por esta noche. Ya se me ocurrirá algo para mañana –le respondió Enrico.

–Maestro, no hay necesidad –le dijo Lucy, acercándosele–. Yo tengo una idea, no se preocupe.

–¿Qué no me preocupe? ¡La pieza gira alrededor del canario! Recuerda que Jean, nuestro héroe, trata de dominar a la señorita Julia mientras la envidia y los celos lo vuelven loco; es cuando saca al pájaro de la jaula ¡y le corta la cabeza con el machete! Sin canario, bueno –Enrico encogió los hombros–, la señorita Julia se convierte en la Casa de muñecas.

Lucy no entendió la comparación pero, sin embargo, asintió con la cabeza, agarró su mochila y salió del teatro a toda prisa en busca de un canario.

Cuarenta y cinco minutos más tarde, la utilera encontró a Enrico en su camerino, midiéndose su traje de etiqueta.

–¿Qué traes ahí? –preguntó Enrico, señalando la bolsa plástica del supermercado.

Al ver a Lucy derramar un ramo de jugosos y amarillentos bananos niños –que no medían más de 6.35 centímetros cada uno– sobre la mesa, Maestro Monticelli le pidió a Bobbie que saliera un momento del camerino para él hablar en privado con Lucy.

–Maestro, deje que le explique. . . –interpuso Lucy.

–¡Explicar qué? –gritó el Maestro–. ¡Te pido un canario y regresas con un coctel de frutas!

–Pero, Maestro, si me permite –explicó ella–. Son amarillos y pequeños.

–¡Son bananos! –le gritó el Sr. Director–. ¡Ni tienen alas y ni tienen pico! ¿Además, dónde carajo están las plumas?

En una lata de volantes de bádminton, explicó la utilera:

–Las pinto de amarillo, se las pego al banano, le añado la punta de un lápiz para que parezca el pico del canario, y ya; le aseguro que nadie se dará cuenta.

Enrico miró fijamente a Lucy, encogió las cejas, y le dijo:

–¿Tú estás bajo medicamento?

–No se preocupe, Maestro –dijo Lucy regresando los bananos niños a su bolsa.

–Oye bien lo que te voy a decir. Tienes media hora para disfrazar a ese banano de canario, o te juro por el sagrado moño de Cho-cho-san que ¡te siembro el ramo en la. . . !

–¡Maestro! –le dijo Lucy, atolondrada por la descarga, antes de salir corriendo del camerino toda temblorosa y con lágrimas en los ojos, en busca de los volantes de bádminton.

Entre tanto, Enrico y Bobbie se sentaron en la sala, a esperar. La misma era en forma de herradura, cumplía con las normas

más severas del teatro clásico italiano y gozaba de una excelencia acústica. La planta estaba bordeada de palcos hasta el tercer piso, con una capacidad total de 2,000 localidades, y facilidades para 500 personas que podían presenciar los espectáculos de pie.

No pasaron veinticinco minutos cuando la utilera colocó la jaula del canario donde le correspondía; en el centro del escenario, a un metro del borde del proscenio.

Enrico ordenó iluminar la escena, pidió que se meciera el columpio dentro de la jaula dorada y que se oyera el gorjeo del pajarito.

–Toma nota –le dijo a Bobbie, después de un momento; contento porque no pudo distinguir entre el banano y un canario–. Dile a Casanova que va a agarrar un banano y no a un pájaro de juguete. . . va y se confunde. Él no es muy inteligente.

–¿Quién, el banano? –preguntó Bobbie.

–¡El tenor!



Mientras Enrico daba los últimos toques a la señorita Julia, Frank Lippi terminó su café expreso en el solárium, echó los platos a un lado, inclinó la butaca acojinada para atrás, tiró el periódico al piso y leyó la revista hípica.

Aunque presuntamente retirado, don Lippi vivía en una mansión con piscina bajo techo, una cancha de tenis de arcilla; un establo para tres ejemplares de purasangre con miras al Kentucky Derby y una pista de un kilometro alrededor, donde entrenaban los mismos. La propiedad era parte de doscientas cuerdas de terreno con onduladas y frondosas colinas donde reinaba la paz y la tranquilidad, y donde don Lippi se pasaba el tiempo leyendo, hablando por teléfono, jugando a los caballos, caminando por los alrededores –acompañado por dos Dobermans– y saliendo a almorzar con los pocos amigos que le quedaban, antes de regresar a su casa y terminar su día acompañado por el Duque de Alba, Puccini, Verdi y una que otra vez, Rossini; todo parte de una rutina tan aburrida como no tener a nadie para compartir su cancha de tenis, la piscina y los recuerdos de lo que fue y lo que pudo ser.

–Più caffè? –le preguntó Rosina, recogiendo el periódico regado por el suelo. Ella era una italiana pequeña y delgada, de unos cincuenta años, de pelo y ojos castaño, quien servía de ama de llaves y criada–. Il signor Joe è arrivato –añadió ella, al Frank sacudir la cabeza.

–Dirgli di venire qui –le dijo Frank, levantando la mirada de la segunda carrera en Aqueduct.

Rosa se retiró y fue a decirle al Sr. Joe que pasara adelante. Él era un tipo sencillo de mediana estatura, cabeza ancha y calva, ojos negros pequeños y la cara de un hombre que pudo ser veterano de Corea como de la guerra de Vietnam; por lo que era imposible adivinar su edad. Él vestía un traje color gris, una camisa blanca y una corbata negra, y llevaba en la mano una carpeta que colocó enfrente a don Lippi, mientras él se colocó al otro lado de la mesa de cristal, entrelazó las manos detrás de su espalda, asumió una pose militar, y dijo:

–Como usted sabe, está enterrado en la Finca Claiborne.

Frank sacó tres fotografías de la carpeta.

Añadió el Sr. Joe:

–Su lápida no dice mucho, sólo lleva su nombre, el día que nació y el día que murió. Ayer entrevisté a la viuda de Eddie Sweat, el mozo de cuadra. Esa es ella. . . –y el Sr. Joe se inclinó un poco hacia el frente y señaló la foto de una mujer afroamericana de edad avanzada, junto a una pared en su apartamento, adornada con una pintura de su esposo al lado de su famoso encargo, tres trofeos, más de diez medallones, dos placas de reconocimiento y un marco de plexiglás que despertó la curiosidad de don Lippi–. Es un. . . objeto de interés.

–¿Qué tiene adentro? –preguntó Frank, cuando Henry entró de pronto, arrastró una silla y se sentó al lado de su padre.

–Buenos días –dijo besando a don Lippi–. Hola, Joe.

–¡Henry! –dijo Frank, entregándole las fotos y la carpeta al Sr. Joe–. Interesante, Joe. ¿Por qué no hablamos más tarde? Dame una llamada como a las tres.

–Como usted diga, jefe. Tengan buenos días –le respondió el Sr. Joe, haciendo mutis tan discretamente como arribó.

–¿Cuándo llegaste? –le preguntó Frank a su hijo.

–Anoche. . . de madrugada –le respondió Henry, quien acostumbraba a no avisar sus visitas para pasar unas horas con su padre, antes de regresar a Manhattan; algo que Frank agradecía sobremanera.

Henry tenía treinta y siete años, era un hombre alto y bien parecido; elegante, tipo atleta, con ojos azules que heredó de Frank, pelo negro undulado, tez bronceada y facciones perfiladas, como su madre.

–¿Y qué? –le preguntó Frank.

Henry ojeó la sección de deportes del periódico, y dijo:

–Conseguí la información que me pediste. Bachattaria y Glass. . . es una empresa privada, en White Plains. Por lo que pude averiguar, están a punto de irse a quiebra. ¿Algo más?

–No sé –respondió Frank.

Rosina entró con el desayuno de Henry y un sobre manila para don Lippi. Dijo ella:

–È arrivato da messaggero.

Frank sacó dos taquillas y un programa del mismo.

–¿Y eso? –preguntó Henry.

–La señorita Julia. . . estrena esta noche. ¿Quieres ir? Tiene un elenco excelente. . . Stucca, Casanova. . .

A Henry no le gustaba decepcionar a su padre pero las producciones de ópera en Nueva Jersey, especialmente aquellas en la Sala de Bellas Artes, eran famosas porque no bajaban el telón hasta la madrugada; como sucedió con la última producción de Turandot donde, no hicieron los chinos más que terminar de cantar, que se cambiaron de ropa y salieron a desayunar. Le dijo:

–Otro día.

–¡Ha! ¿Dónde está tu espíritu de aventura? –observó don Lippi, fijándose en la portada del programa:


Director de Escena, Enrico Monticelli


2 - ¡Amore!


Según los que conocen de esas cosas, los estrenos de espectáculos, especialmente ópera, causan sensación en una comunidad porque son eventos donde la gente comparte unas horas luciendo ropa que no viste el resto del año; posando para la prensa local y haciendo creer que disfrutan del patrocinio de las artes.

Gracias a ese fenómeno cultural, la función de estreno de la señorita Julia estaba completamente vendida; ayudó también, por supuesto, el interés por parte de muchos neoyorquinos que se tomaron la molestia de viajar hasta Nueva Jersey para presenciar algo poco común, como lo era una ópera basada en la famosa obra teatral de August Strindberg.

Enrico, vestido con una etiqueta que resaltaba gracias a una cantidad exagerada de joyas, collares y sortijas, estaba por salir a darle las últimas instrucciones al elenco, en el momento que el Director de Orquesta entró a saludarlo.

Dijo el Maestro Ingípilis, sonriendo:

–Casa llena, Enrico.

–Esperemos que no se duerman –le replicó el Maestro Monticelli, un poco ansioso.

–Si lo hacen, Maestro –ofreció Ingípilis, un hombre delicado con un leve parecido a Adolphe Menjou, echando hacia el lado un pelito extraviado del tupé–, no será por culpa de la orquesta.

–Por supuesto –replicó Enrico, saliendo al pasillo–, será culpa del autor. Con tu permiso –y el Maestro Monticelli se dirigió al camerino del lado, tocó a la puerta, entró, besó a la soprano en la mejilla, y dijo: –¡Querida! ¡Estás fábu! ¿Y esa cara tan seria? Madame Stucca, cuyo nombre no confundía su pronunciado acento de Brooklyn, replicó: –¡Me jode la peluca, Maestro! ¿Por qué tengo que usar esta peluca de mierda? Es un espanto. Mi pelo. . . –Tienes pelo negro, cariño, y la señorita Julia es de Noruega. –Sueca –interpuso Bobbie, recibiendo una mirada de advertencia por parte del Maestro. –Y ¿no existen pelinegras en Suiza. . . digo Suecia? –preguntó la cantante. Le respondió Enrico: –No tengo idea, cariño. Lo que sé es que hay muchos molinos de viento y niños rubios con sombreritos muy graciosos y zapatitos de madera. Frustrada, Madame Stucca tiró los brazos al aire y comenzó a vocalizar. Seguidamente, Maestro Monticelli salió del camerino de la soprano, camino al del tenor, cuando Bobbie le dijo, en un aparte: –Chula. . . molinos de viento, niños rubios y zapatos de madera. . . Holanda, no Suecia.


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