Excerpt for Las Vidas de Felix V by Joseph Orbi, available in its entirety at Smashwords


Copyright José Orbi 2010

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Primera Edición Electrónica


Índice de materias


En memoria de...


La aparición - I


Legado vesánico - II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI


La hija del tenor - XII, XIII, XIV, XV, XVI, XVII


El obispo - XVIII, XIX, XX, XXI, XXII,


La confesión - XXIII, XXIV, XXV, XXVI, XXVII,


El santo - XXVIII, XXIX, XXX,


La profecía - XXXI, XXXII.


Sobre el Autor


Página Titular - Información de Registro (Copyright)


En memoria de. . .


Esta novela está dedicada a
Nermin Divović (1987-1994)


Tenía el añoro de una bendición y el
Amén
atascados en mi garganta.
—Macbeth


La Aparición

I


Louie el Zorro atravesó el pantano tan ligero como se lo permitió el fango del caminito una tarde cuando ni los sapos ni los grillos se dignaron a verlo pasar.

Entre saltitos por aquí y brinquitos por allá, por eso de no enfangarse más de la cuenta, el Zorro trató de que no se le mojara el talego, algo que resultó imposible porque el día estaba delicioso, con una capa de nubes negras que abarcaba todo, acompañadas de lluvia, vientos huracanados y un frío –muy poco común para esas partes– que le mordía el tuétano.

En su injusta batalla contra el mal tiempo, Louie frotó las manos y secó el flujo de mocos con la manga. Él hubiera dado cualquier cosa por estar en su cuartucho, donde, si le daba la gana, podía tirarse a morir en su catre, que, aunque en muy malas condiciones y habitado por una colonia de chinches, por lo menos estaba seco.

A decir verdad el apodo de «Zorro» no era el más apropiado para Louie porque, con lo que le quedaba de su sobresaliente dentadura y su ansiosa y desesperada mirada, él parecía más un jerbo –o quizá un hámster– que un zorro porque los zorros son –bueno, los zorros son zorros– y por ser zorros son astutos, ingeniosos e inteligentes; características comunes en los zorros pero no en Louie. Él era un viejo desnutrido, nervioso y pobre, aunque no tan viejo y desnutrido como era pobre; en otras palabras, el Zorro era el prototipo perfecto de la empobrecida ciénaga de Luisiana.

Tan simpático como una comadreja, el sobrenombre tan inapropiado de «Zorro» le fue conferido unos años atrás por sus amigotes del pueblo cuando lo sorprendieron robándole a Paco unas gallinas ya que evidentemente, ellos, ni conocían bien a Louie ni sabían de la diferencia entre los jerbos y los zorros.

Así, después que dejó al padre O’Malley practicando el tenis contra la pared del altar, y luego de una caminata de cuarenta y cinco minutos, el Zorro llegó por fin hasta el portón de los Miltedew y como estaba de muy mal humor y tan empapado que parecía que lo habían tirado de cabeza en un inodoro, ni se molestó en quitar la aldaba, prefiriendo abrirlo de una patada. Con una agilidad sorprendente para un hombre que se paseaba por los sesenta años, el Zorro atravesó el solar a toda velocidad, brincó los tres escalones y le despachó varios golpes a la puerta de entrada de la humilde residencia.

–Ray, ¿dónde estás? ¿Qué haces?

–¡Tomando el sol! –le gritó Ray desde adentro.

El señor Miltedew estaba sentado en una mecedora, arropado hasta la frente con una frazada vieja que ayudaba a tres pares de pantalones, a tres camisas y a dos suéteres a abrigarlo. Su pelo negro y enmarañado le llegaba hasta los hombros y como no se afeitaba hacía más de un mes, parecía un indigente ambulante como esos que se encuentran viviendo debajo de puentes en todas las grandes ciudades del mundo. Él era un hombre que la pobreza no sólo le robó su forma de vida sino también su juventud porque lucía mucho más de veintisiete años; luciendo pálido, encorvado como un inválido y con los ojos hundidos, y los labios agrietados.

La casita donde se encontraba el Sr. Miltedew tenía cuatro ventanas, dos a cada lado. Estaba fabricada de aluminio barato y se mantenía anclada a una base de bloques de cemento. Una bombilla colgaba del techo en el mismo centro de la habitación principal y trataba de alegrar la deprimente penumbra, aunque se le hacía muy difícil ya que, un tiempo atrás, un extraordinario evento atmosférico en forma de un enorme granizo desbarató una de las ventanas, la cual la señora Miltedew tapó con una bolsa grande de basura, verde oscuro. El resultado de ese maldito pedazo de hielo que terminó convirtiéndose en un charco en el medio de la sala, fue que la casita logró un desafortunado parecido a la famosa ballena blanca de apellido Dick, después que el Capitán Ahab la dejara tuerta con su arpón.

Era como si el Dios Todopoderoso y Vengador se estuviera desquitando de los Miltedew por razones que ellos desconocían, porque, ¿quién había visto que en un sitio tan sofocantemente caluroso y húmedo, llovieran granizos e hiciera tanto frío que necesitaban cubrir los rotos y ranuras en la residencia para evitar que se colara el viento?

Sin quitarse la manta de los hombros, Ray abrió la puerta dando paso al Zorro.

–Oye, me encanta lo que han hecho con este sitio –dijo Louie, cerrando la puerta.

–Vete a la mierda –le respondió el dueño de la casa.

–No, te lo digo en serio.

Louie soltó la bolsa y se fijó en los pocos muebles; en las cuatro sillas alrededor de una mesita que hacía de mesa de comedor, en las dos lámparas sin pantalla ni bombilla, una a cada lado de la habitación; en las cuatro fotografías de la familia durante tiempos más alegres y en la pared principal, donde, para indicar su importancia, se encontraba una enorme foto de Elvis acompañada por una interpretación a terciopelo de la Virgen María.

La cocina era pequeña y quedaba al costado de la entrada principal. Estaba equipada con un horno de microonda, una estufa de gas y una nevera tan vacía que no enfriaba por eso de no perder tiempo. Seguidamente, al final de un apretado pasillo se encontraban las dos pequeñas habitaciones, amuebladas con colchones, donde Teddy y la dulce Alice se acostaban a soñar con cuentos de hadas, príncipes y castillos; y donde, en el caso de Ray y su señora, una copia del Libro Sagrado adornaba la humilde mesita de noche.

–Puñeta, nene, estás hecho mierda –observó Louie, yendo al grano. Pidió disculpas por haber llegado tarde pero, según él, el cabrón del cura O’Malley lo había hecho trapear la cocina de la rectoría además de hacerlo barrer los pasillos de la iglesia antes de permitirle que se largara.

Con todo y eso el Zorro no tuvo dificultad en esconder algunos de los artículos que en ese momento se proponía a ofrecerle a sus más íntimos amigos.

–Mira lo que tengo para ti –dijo mientras sacaba del talego unos cuantos aparatos electrónicos que seguida y cuidadosamente colocó a los pies del Sr. Miltedew. Entre ellos, un «Walkman» con audífonos, una mezcladora, un exprimidor y un proyector de cine de ocho milímetros con su propio rollo de película.

Louie no había terminado de exhibir la mercancía cuando comenzó a anunciar el valor de cada uno de los artículos; cinco dólares por el Walkman; y lo mismo por la exprimidora y por el proyector de cine. El Zorro hasta conectó este último a la pared para dar una demostración, al mismo tiempo que explicó los términos de pago que eran flexibles hasta para el más exigente, sagaz y refinado consumidor.

Por ejemplo, Ray podía comprar tres de los productos por doce dólares. O si lo deseaba, se podía quedar con dos de los enseres por sólo ocho cincuenta.

–Eres un ladrón –le dijo Ray, meciéndose lentamente.

–Sí, lo sé, y tú lo sabes, y hasta la policía lo sabe también, aunque no lo saben tan bien como tú y yo, ¿eh? Je, je, je –le dijo el Zorro enseñando los pocos dientes que le quedaban–. ¿Qué te puedo decir? Tú y yo somos lo que somos. Tú eres tú y yo soy yo. ¿Qué se supone que haga, eh? Yo me largo, me voy de todo esto y que la mierda de pueblo este se vaya... se vaya a la mierda. Pero, por eso necesito plata, ¿verdad que sí?

Como Ray no estaba de buen humor, dejó su silla y se llegó hasta la puerta, echó un vistazo a lo que quedaba de jardín, y le dijo al Zorro:

–¿Sabes por qué yo me paso ahí, en esa silla meciéndome como un retrasado hora tras hora y día tras día? Lo hago porque no tengo otra cosa que hacer. Y no tengo otra cosa que hacer porque no tengo empleo, nada. ¿Y te imaginas, por casualidad, por qué coño hace tanto frío en esta puta casa? No me contestes, yo te diré: porque como no tengo trabajo no tengo para comprarnos uno de esos calentadores de piso, que no cuestan nada, por cierto, sólo que yo no tengo ni para eso. Ahora, si pasas por aquí mañana, vas a encontrar que además de que va a estar haciendo frío, todo va a estar a oscuras porque nos van a cortar la electricidad, porque tampoco tengo para eso, Louie.

–Oye Ray, cógelo con calma, no te... no te inquietes –le dijo Louie dando unos pasos atrás ante la mirada amenazadora de su cliente.

–La vida es una puta en calzoncillos, ¿verdad Louie? ¡El pueblo se va al carajo, cierran la cabrona fábrica, tiran a todo el mundo a la calle, el maricón del alcalde escupe unas palabritas finas que no significan nada, como depresión, inflación, porque, en fin de cuentas, somos los pendejos como yo los que nos quedamos en el limbo, contemplando el papel de las paredes y volviéndonos locos porque no tenemos ni para comer! –y Ray agarró a Louie por el cogote y lo haló hacia él con tanta fuerza que el Zorro parecía un pez fuera del agua, con los ojos desorbitados–. Así, que supongamos... supongamos que yo tuviera por ahí un par de pesos, ¿tú crees que yo voy a malgastarlos comprando esa mierda que te robaste? ¿Tú crees que yo soy tan imbécil que de tener dinero te lo daría a ti, a una rata como tú, a un hijo de puta, ladrón asqueroso? ¡Porque si lo crees, eres más bruto que los pelos del culo!

Louie por fin logró zafársele a su amigo, se llevó la mano al pecho y con una mirada que pretendía sinceridad, pero que demostró su cobardía, le respondió en una voz temblorosa:

–¡Pero por qué me llamas rata? ¡Oye, soy yo, Louie!, ¿te acuerdas? ¡Somos compinches desde hace muchísimo! ¡Qué coño té pasa conmigo, hombre? –Y aquí el Zorro fue muy enfático–. ¡Decirme rata... a mí! –Louie tiró los brazos para todos los lados mientras daba un paso al frente y otro para atrás fingiendo estar indignado–. ¿Por qué? ¿Qué te he hecho yo, chico, para que me maltrates así? ¿O es que no te acuerdas que yo fui como pai tuyo? Cuando el viejo tuyo cogió la calle y no se le vio más, ¿quién veló a tu vieja, eh... y a tu hermana? ¿Quién, ah? ¡Contéstame, carajo! No, espera que yo te digo. ¡Fue Louie Peps, ese mismo! ¡Fui yo quién te enseñó a cazar cocodrilos! ¡Yo, Louie Peps! ¡El mismo que te enseñó a correr bicicleta! ¡El que te llevó al veterinario cuando te rompiste el brazo... y de tener auto, te hubiera llevado a un doctor de verdad, pero como no lo tenía, ni tu vieja tampoco y el único con un carro era tu tío pero él tenía una borrachera encima que ni contarte... no que yo lo culpe, porque yo no soy así! ¿Y quién fue el que te regaló tu primera escopeta cuando no eras más que un pendejito? –Louie trató de demostrar el tamaño de Ray durante aquellos tiempos, aquellos días cuando el sol salía todos los días y la alegría se palpaba hasta en el clamor de la acacia–. ¡Fui yo, maldita sea, yo y nadie más que yo! –Una lágrima se le fugó a Louie del ojo derecho y la interceptó con la manga de los mocos–. ¡Y tengo a Dios de testigo, carajo, que con lo que yo odio la pesca, te llevé a pescar! ¿Y quién fue el que te enseñó a fumar pasto? ¿O es que tampoco te acuerdas? Fui yo, Louie, el mismo Louie a quien ahora le dices rata y cuantos otros insultos se te ocurren. ¡Louie, el que te consiguió un condón aquella vez que trataste de metérselo a la vieja Brouseau! No, coño, no es justo lo que estás haciendo conmigo, Ray, no es justo y llora antes los ojos de la Virgen, los brazos del niñito Jesús y su papá el carpintero... ¡mira y qué llamarme rata!

–¿De qué carajo hablas, pendejo?

–¡De la vida, Ray! ¡Te hablo de la vida, tu vida y mi vida, vidas que hasta hace unos minutos yo hubiera dicho que... –Y Louie repitió una de las frases predilectas del cura O’Malley: «...tuvieron la buena fortuna de encontrarse en este valle de lágrimas»–. ¡De eso hablo! ¡No! Y ahora me vas a decir que no fue así, que eso no pasó, ¡verdad? ¡Te lo veo en la cara, Ray! ¡Después de todo lo que yo he hecho por ti, carajo!, ¡qué ingratitud! ¡Y pensar que siempre te quise como hijo!

Aquel melodrama conmovió a Ray mucho menos de lo que Louie el Zorro se esperaba. No sólo eso. Pensar que alguien hubiera estado emparentado con Louie Peps, mejor conocido como el Zorro, era suficiente para enviar a todos los maestros de la teoría de la evolución al suicidio. Por otro lado, Louie sí podía ser el famoso eslabón perdido. Ciertamente, pensó Ray Miltedew, el hombrecillo había perdido los cabales porque no hacía ni un año que se habían conocido por accidente durante una actividad en la iglesia, donde Louie estaba pasando la canasta de ofrendas durante la misa.

–Tienes el cerebro hecho mierda. ¡Lárgate!

Louie el Zorro sacó un cigarrillo bastante mongo de su chaqueta y, mientras lo sujetaba con sus huesudos dedos que no dejaban de temblar, se lo llevó a los labios, y le dijo:

–¡No es justo, eso es lo que yo digo! ¡Mira y que decirme rata a mí! ¿No tienes una cerilla?

–Te dije que te largaras, ¡carajo! ¡Apestas a mierda! –le dijo Ray, dándole la espalda al Zorro y regresando a su silla.

–¿Tú sabes lo que te pasa, Ray? Lo que pasa es que no sales de estas cuatro paredes; con tu vieja por un lado y los mocosos por el otro. Te están volviendo loco. ¡Eso es peor que la muerte, créemelo, que lo es, yo lo sé, sé de lo que te hablo!

Ray no pudo aguantar más y de un brinco agarró al Zorro por el cuello.

–¡Suéltame, carajo, deja, que me voy! –gritó Louie, quien con la misma, dio unos pasos hacia atrás, tropezó con la puerta, perdió el balance y cayó por los escalones.

Por un momento Ray sintió lástima por Louie Peps mientras éste le miraba ofendido y con miedo a la vez que se le salía la baba por una esquina de la boca. ¿Era eso lo que la vida tenía reservado para Ray? ¿Era ese el fin de los fracasados como él? Excepto que Ray no era Louie. Louie era un infeliz, el idiota de la parroquia a quien todo el mundo le sacaba el cuerpo. A Ray no. Ray tenía una familia y amigos que lo querían mucho.

–Carajo, ¡Ray, me jodistes la chaqueta!

Poco a poco Louie se puso de pie, resbaló y terminó de cara en el fango.

–¡Eres un malagradecido, cabrón! –le gritó el Zorro, llegándose hasta el portón, el cual nuevamente agració con una patada antes de recordar su mercancía–. ¡Me cago en la mierda! –se quejó el Zorro, brincando de ira y maldiciéndolo todo aunque no se atrevió a regresar a buscar sus cosas porque una vocecita le sugirió que esperara unos días en lo que Ray recobraba su sentido de humor–. ¡Hijo de puta! ¡Cabrón! ¡Malagradecido de mierda!

Una vez más Louie el Zorro trató de cubrirse la calva con la chaqueta y se marchó rumbo al pueblo.

Ray ya había regresado a su silla cuando se dio cuenta que las porquerías que le había traído Louie estaban tiradas en el suelo.

–¡Louie!

Desgraciadamente, no había rastro del Zorro. Ray tiró la puerta y una incontrolable furia lo arrebató e hizo que le pegara a la pared con la cabeza hasta que notó las gotas de sangre manchando el piso. El sentido de culpabilidad se manifestó a tal punto que él no hubiera tenido palabras para explicarle a Harriet lo que hacían las pertenencias de la iglesia en su casa. No sólo era un fracasado sino que también era un ladrón.

–¡Por qué yo?

Era como si los dioses lo hubieran preferido a él entre todos los hombres para hacer de su vida un infierno. ¿Por qué no fulminarlo de un todo con un rayo celeste y así librarlo de la infelicidad?

De pronto todas las horas que había perdido sentado en la mecedora durante meses y meses empezaron a sofocarle el pensamiento. No tenía duda alguna; como esposo, como padre de familia Ray no servía para nada. Seguro, sus hijos lo adoraban y su Harriet también. Ellos lo querían con pasión y eso le causó más remordimiento; la humillación aumentaba, y el resentimiento y la indignación le confundían el pensar. Se le estaba viniendo el mundo encima y no esperó para tirarlo todo contra la pared: las sillas, la mesa, lámparas; todo lo que encontró en su camino, el Walkman, el proyector y hasta la maldita mezcladora. No quedó nada en una sola pieza.

En el medio de la sala Ray gritó pero sus quejidos no los oyó nadie. Era un hombre paralizado por el fracaso. Por eso, agarró una silla, se quitó la correa, la ató a una viga del techo, se acomodó el otro lado a la nuca, dio un salto y se ahorcó.

Bueno, por lo menos eso fue lo que trató de hacer si no hubiera sido por las polillas que como todo el mundo sabe, hacen fiesta de la madera. Por consiguiente, la viga no aguantó el peso y Ray cayó al suelo, derrumbando parte del techo, que por mala suerte también se le vino encima.

Así estuvo casi una hora. Creyó oír a sus adorados llamándolo. Imaginó que su suegra los había llevado hasta el portón antes de regresar a su casa en su cacharro; que hacía lo posible por no quedarse engranado en el lodo.

–¡Adiós, Lala!

–¡Dios me los bendiga! –les contestó su abuelita–. ¡Entren y no se mojen! ¡Vamos! ¡Dile a tu mami que vengo por ella mañana temprano!

–¡Sí, bien! –le gritó Teddy.

–¡Te quiero mucho! –añadió Alice.

Ray supuso que sus niños ya estaban llegando a la puerta; que Teddy y la pequeña Alice estaban cansados; que Teddy llevaba a su hermanita de la mano y que cargaban con sus libros de escuela; que la pequeña Alice abrazaba a una muñeca que era más vieja que ella, y la cual tenía el pelo como un puercoespín.

Aunque la familia era muy pobre Teddy y Alice no conocían la ansiedad de la necesidad porque casi todos los otros niños de la parroquia vivían en condiciones similares. Sólo cuando se gritaban su papi y su mami, Teddy y Alice se ponían tristes, el resto del tiempo aparentaban ser felices.

Teddy, quien quería a su hermanita mucho, le abrió la puerta para que ella entrara primero, pero sólo después de él asegurarse que no había peligro y después de encender la bombilla que nunca encendió.

Eso fue lo que Ray pensó mientras permaneció en el entredicho de la vida y la muerte.

–¡Papi!

–¡Mami! –Alice imitaba a su hermanito.

Como todo estaba tan oscuro y su padre no salió a recibirlos como acostumbraba, durante un incómodo silencio, Teddy creyó que quizás sus padres los habían abandonado, como hicieron los padres de Hansel y Gretel, a quienes dejaron solos en un temeroso bosque salvaje. Teddy, naturalmente, sabía que «Hansel y Gretel» era un cuento tonto y que ellos –él y su hermanita, Alice– no tenían una madrastra sino un papi y una mami que los adoraban y que nunca en la vida los harían sufrir por nada del mundo. Por eso encogió los hombros y con esa preocupación fuera de su mente le ordenó a su hermanita entrar en la casa:

–Dale. ¡Vamos, que te mojas!

–¡No veo nada! –se quejó la chiquilla. Aunque no le temía a la oscuridad, ella prefería una habitación bien iluminada y alegre.

Quien se hubiera imaginado que mientras Teddy trató de ver por qué no había luz, de repente, un deslumbrante rayo de sol convirtió su casita en una caleidoscópica maravilla celestial de millones de estrellas y ángeles que brotaban por todos lados contra la inmensidad del eterno vacío del universo; como si esas mismas estrellas y seres celestiales hubieran montado su glorioso cantar en las paredes de aquel humilde hogar que ahora temblaba de alegría al mismísimo instante que una sinfonía de colores y música divina bendijo la penumbra con su majestad hasta la misma frontera de la eternidad.

Era de esperarse. Los niños quedaron estupefactos, especialmente cuando la Virgen María, la Santísima Madre de Dios, la mamá del niñito Jesús apareció en una maravillosa vestimenta bordada en oro y plata con una corona de diamantes y rubíes que no eran otra cosa que el real depósito de todas las estrellas de los cosmos, mientras sostenía al Santo Infante en un brazo y a un cetro de esmeraldas y zafiros en el otro. Así estuvo sostenida un metro en el aire, frente a Teddy y su hermanita, a la vez que un coro divino cantó gloria a Jesús.

Fue tal el impacto que les creó aquella aparición bendita que Teddy y Alice se tiraron de rodillas, se persignaron varias veces, y mientras el profundo amor celestial les mantuvo entre el asombro y el terror, los niños fijaron la mirada en la Virgen, y al son de «¡Aleluyas!» que tronaba contra la Creación, pegaron un grito y se desmayaron.


Legado vesánico

II


A principios de 1941, mucho pero que mucho antes de que nacieran el pequeño Teddy y su hermanita Alice, al otro lado del Atlántico, Hitler sufrió un gran disgusto cuando tuvo que aplazar la Operación Barbarosa después de que el Reino Unido provocara un golpe de estado al gobierno pro-Alemania de Yugoslavia.

Mientras el Imperio Nazi dio rienda suelta a su venganza, atacando de manera salvaje a Belgrado, un Mercedes-Benz color negro con una cruz roja pintada en cada puerta, y con placas del cuerpo diplomático, se acercó a la entrada del campamento luego de viajar toda la noche desde Banja Luka, la capital de Croacia, a través de traicioneros y ondulados paisajes montañosos.

Una bandera enorme de tres franjas anchas de color rojo, blanco y azul, con una «U» en forma de cuadritos blancos y rojos y situada en el centro –símbolo de la Ustacha–, se veía a lo alto de aquel masivo umbral de ladrillos, encima del letrero que daba la bienvenida a los desafortunados que pasaban por sus portones de hierro: «Campo de Adiestramiento de la Defensa Ustacha - Unidad III.»

Ustacha en la lengua Serbocroata significa rebelde, pero ya para este entonces era sinónimo con los fascistas que habían establecido el Estado Independiente de Croacia, aunque siempre contando con la ayuda de sus camaradas en Berlín y Roma.

Dos tipos altos, escuálidos con apariencia de campesinos y vestidos con uniformes verde oscuro, gorras de lana y cargando carabinas Máricich inspeccionaron cuidadosamente el automóvil antes de permitirle paso.

Las aguas del río todavía no habían decrecido y el brillo del sol chispeaba del parabrisas cuando los centinelas respetuosamente le ordenaron al cura que iba al volante que se bajara del coche y les abriera el baúl. No querían dar nada por descontado porque en fin de cuentas, el enemigo se parecía mucho a ellos.

El campo de concentración estaba al este del valle de Jasenovac a la orilla del río Sava, entre Zagreb y Banja Luka. El complejo era enorme y estaba separado en cinco sectores, con docenas de barracas fabricadas, una paralela a la otra, donde se practicaba toda clase de exterminación humana.

Dos alambrados electrificados rodeaban el área, facilitando la labor de los francotiradores quienes, encaramados en seis oscuras, siniestras y rectangulares torres –que parecían féretros con rendijas para ametralladoras– vigilaban los alrededores.

Al padre Krúnoslav Dragánovich le agradó mucho la apariencia tan sobria y profesional del lugar y no le molestó nada que los guardias le rebuscaran su máquina. Sintió un gran alivio haber llegado sano y salvo ya que, como no podía llevar consigo un mapa en caso de que se hubiera tropezado con miembros de la resistencia comunista que batallaban en contra de la Ustacha y de la influencia de Alemania en Yugoslavia, el cura se vio obligado a depender exclusivamente en las direcciones que memorizó antes de emprender viaje.

Naturalmente cuando uno hace planes para viajar en automóvil de un sitio a otro depende en parte de letreros y rótulos de carreteras los cuales, desafortunadamente, suelen desaparecer durante una guerra. De todas maneras, una vez los centinelas le dieron el visto bueno, Dragánovich se dirigió a una caseta adornada con un altoparlante en el techo y un rústico letrero en la puerta que leía: «Comandante».

No hizo más que bajarse del auto cuando oyó un gran tumulto. El cura pensó que algunos guardias estaban entreteniéndose, quizás jugando fútbol, por eso de mitigar la presión de sus desagradables, pero muy necesarias obligaciones; una pérdida de tiempo, según el padre Dragánovich, ya que el jugar fútbol en medio de un conflicto bélico no le resultaba muy práctico porque no aportaba nada al esfuerzo que los llevaría al triunfo, aunque, no existe nada en el mundo tan poco práctico como la guerra.

–¿Filípovich? –le preguntó Dragánovich a un tipo con cara de matón que estaba de guardia en la comandancia.

El hombre le respondió señalando de donde se oían los aplausos y los «¡Bravo!».

El cura fue caminando en busca del Comandante cuando un remolino de polvo lo encubrió de pies a cabeza.

El padre Dragánovich tenía treinta y dos años y parecía más un boxeador que un cura. Era corpulento, alto y estaba un poco quemado del sol. Llevaba un recorte estilo militar, o mejor dicho, muy de acuerdo con las órdenes religiosas; con pelo color marrón oscuro. Su boca casi no se le notaba, con labios muy finos; sus ojos eran color gris y su mirada revelaba una determinación y una disciplina absoluta, el producto de una fe inagotable basada en la convicción fanática por la independencia de Croacia. Él era un hombre de precisión y muy cuidadoso de los detalles, una persona que no perdía tiempo pensando ni contemplando una situación, cuando lo que se necesitaba era ser decisivo.

–¡Filípovich! –llamó el cura al ver al fraile, quien observaba a un grupo de soldados y prisioneros parados a la orilla de río.

Conocido por sus subalternos como el hermano Satanás, Míroslav Filípovich no llevaba puesta una sotana, sino un uniforme de la Ustacha, incluyendo una pistola en su funda y un garrote metido en el cinturón. El fraile era un hombre de unos veintiocho años, de complexión trigueña, frente ancha, cara estrecha y cuadrada con cachetes un poco hinchados, un bigotico fino, ojos pequeños y muy negros; en fin, una apariencia común y corriente coronada por una masa de pelo negro empastado hacia atrás.

–Padre Dragánovich. Qué gusto verle –le saludó Filípovich–. No le esperábamos hasta la noche.

–¿Y esto? ¿Qué ocurre? –le preguntó Dragánovich al hermano Satanás, al ver que algunos de los guardias del campamento habían puesto a los prisioneros en una fila a lo largo de la orilla del río; miles de hombres, mujeres y niños, todos de rodillas y con las manos atadas detrás de la espalda, mientras que cientos de sus familiares y amigos ya flotaban río abajo en las aguas ensangrentadas del Sava.

–Los muchachos... entreteniéndose un poco. Tienen una apuesta.

–¿Apuesta?

Al otro lado del campo de concentración, el padre Dragánovich se percató de siete prisioneros crucificados.

–Sí –replicó Filípovich sin entusiasmo–. Lo que pasa es que aquí la vida es un poco lenta, y no necesito a estos paletos armados y aburridos –y señaló a un grupo de guardias–. Por eso se me ocurrió celebrar una competencia para ver quien liquida el mayor número de confinados en un día.

–Simpática idea –dijo Dragánovich, soso, observando que en vez de matar a los prisioneros a tiros los soldados les cortaban la garganta o les rajaban el cráneo con un garrote– ¿Por qué no los fusilan? –añadió el cura, al recordar el comentario de Mile Budak, Ministro de Religión y Educación, al representante del Reino Unido, cuando éste le preguntó cómo el nuevo gobierno de Croacia pensaba lidiar con sus minorías étnicas: «Para ellos tenemos tres millones de balas».

–No, no –aclaró el hermano Satanás–. De acuerdo con las reglas tienen que matarlos al estilo medieval, con una navaja o un garrote. Aquel hombre, ¿lo ve? Ese lleva la delantera.

Filípovich señaló a un hombre tosco, pero pequeño de estatura que se movía de un prisionero a otro con una agilidad impresionante; un paso al lado, un cuerpo que caía al agua.

–Se llama Braciko, no hay quien le gane. Tiene un puñal de fabricación especial y hasta ahora ha degollado casi mil trescientos en poco más de cinco horas. Eso es un promedio de doscientos setenta y dos prisioneros por hora. El hombre es una verdadera maravilla, y lo que pasa... porque me he dado cuenta... es que él se dedica casi exclusivamente a los pequeños, porque sus gargantas, naturalmente, tienden a ser más tiernas y no perjudican tanto la cuchilla. Yo nunca he visto nada igual en mi vida –añadió Filípovich con cierta admiración–. Ahora sí, padre, ese hombre ni ha tomado agua desde que empezó la competencia. Ah, pero, ¿a quién le interesa? Si aquí lo que tenemos es basura; serbios, judíos y uno que otro gitano.

–La guerra... –suspiró Dragánovich.

–Es demasiada la responsabilidad. Oiga, ¡pero qué hago! –Y el hermano Filípovich soltó una carcajada–. Ni le he dado la bienvenida. ¡Le ruego me perdone! ¿Le gustaría una tacita de café?

–¿Café? No Turco. Eso es lodo. Sabe a...

–¡Jesús nos ampare! No, no, no. Acabo de recibir un envío de Roma de café puertorriqueño. ¡Delicioso, créame usted!

–¿De dónde?

–Mire, padre... –interrumpió Filípovich–. Aquellos dos hombres, ¿los ve? Son los que le mencioné en la carta.

Filípovich señaló a dos frailes que llevaban la cuenta del concurso.

–Son muy concienzudos y trabajadores, precisamente lo que usted necesita para convertir a las masas Serbias –dijo el hermano Satanás antes de llamar a los frailes–. ¡Oye, Petrónovich! ¡Tú y Rádonich, vengan acá un momento!

Sólo tomó ese llamado del comandante para que los dos frailes perdieran la cuenta de los prisioneros que caían al Sava, algo que no les agradó nada a los guardias que competían.

El hermano Silov Petrónovich era corto de estatura, ancho de cintura y tenía como veintiocho años. Él era un hombre bastante ordinario que había vivido toda su vida entre los miembros de su orden. Siempre caminaba con sandalias cubiertas en lodo y lo hacía tan rápido que parecía inclinarse hacia el frente, lo que le daba un aire de determinación y propósito. Su tonsura disimulaba un poco la calvicie, haciendo difícil descifrar si la misma se debía a ese estilo de peinado tan particularmente católico, o simplemente a sus nervios. Petrónovich tenía ojos negros, cejas un poco rojizas, una tez pálida y hasta un poco amarillenta debido a problemas del hígado y vestía el hábito de la orden Franciscana con una funda donde guardaba una Luger.

Su colega, el hermano Borna Rádonich era todo lo contrario. Para empezar, le llevaba cinco años a su amigo; era mucho más alto, más flaco y mucho más intelectualmente ágil que el otro. También tenía bastante pelo, no obstante su tonsura; pelo rizo de color castaño, ojos verdes, cejas gruesas, una nariz pequeña y dedos largos y flacos.

Sin embargo, a diferencia de Petrónovich, Borna tardaba el doble en todo y no se esforzaba en nada, incluyendo al caminar, algo que siempre hacía inclinándose un poco hacia atrás. Por eso, cada vez que los dos frailes caminaban juntos impresionaban a la gente que los veía de lejos, porque parecía que una letra «V», vestida en una sotana, había cobrado vida mientras se deslizaba por los caminos.

–Braciko, a ese no le gana nadie –dijo Petrónovich llegándose hasta el hermano Satanás.

–Hermano, éste es el padre Dragánovich. Vino por ustedes. Vamos adentro, por favor. El padre tiene algo que decirles.

Inmediatamente el hermano Satanás agarró al padre Dragánovich por el brazo y lo dirigió hasta la comandancia.

–No me ha dicho si quiere café, padre.

–Usted me perdona, hermano –le dijo el cura, con gran curiosidad–. Pero, ¿de dónde dijo que es el café?

–Usted no es el único con contactos en la Santa Sede, padre Dragánovich. Yo recibo un kilo de café de Puerto Rico cada dos meses. ¿Verdad que sí, Silov?

El comandante se dio vuelta mientras preparaba el café.

–¿No sabe usted, padre, que el Vaticano compra casi todo el café que produce Puerto Rico?

–Perdone mi ignorancia, hermano –le respondió Dragánovich–. ¿Qué es Puerto Rico?

–Creo... para mí... que es una isla del Caribe.

Luego de una pausa durante la cual los frailes y el cura se imaginaban donde estaba ubicada la bendita isla tropical en donde se cultivaba el delicioso y tan católico café, Rádonich confirmó que:

–El... ese café es muy rico.

El despacho donde se encontraban reunidos estaba surtido de un catre, tres sillas de madera, una estufa pequeña, una mesa que también servía de escritorio, y un micrófono conectado a los altoparlantes, en el techo.

En lugar de lavamanos el hermano Satanás gozaba de un balde de agua. Dos ventanillas permitían que la claridad entrara en la casucha además de dar vista a la letrina que se encontraba a un par de metros de la puerta trasera.

De vez en cuando se sentía una leve brisa con un dulce y acre aroma que se mezclaba con el aroma del café.

–Huele raro –dijo el padre Dragánovich desde la ventana.

El hermano Satanás miró de reojo a los frailes, antes de contestar:

–Ah, ese olor viene del taller de cerámica. Apesta un poco, sí, pero sólo cuando el viento sopla del sur.

El supuesto taller de cerámica era un salón muy grande que se encontraba al otro lado del campamento y acomodaba unos cuarenta prisioneros a la vez, aunque no por mucho tiempo ya que en cuanto los pobres entraban, se cerraban las puertas antes de que las paredes se cubrieran en llamas, transformando el taller de cerámica en un crematorio.

–Silov y Borna, ustedes regresan con el padre Dragánovich –les dijo el hermano Satanás.

–¿Regresar? –preguntó Petrónovich.

–¿Adónde? –dijo Rádonich.

–Banja Luka –les explicó Dragánovich–. Necesitamos ayuda con las nuevas leyes... de conversión; se nos está haciendo muy difícil.

Los frailes intercambiaron miradas antes de sonreír.

–¿Nosotros?

Habían pasado más de nueve meses desde su llegada a Jasenovac, nueve meses de mucha duda por su ardua e intensa labor, recargada de sentimientos muy contradictorios, nueve meses que ellos hubieran preferido pasar en cualquier otro lado, a pesar de todos los patriotas que se encontraban laborando en el campamento, verdaderos misioneros Católicos a quienes Petrónovich y Rádonich no iban a echar de menos ni por un segundo.

Mientras los frailes Silov y Borna contemplaban el futuro y Filípovich daba los últimos toques a la preparación de café, el padre Dragánovich se dio cuenta que la caseta no gozaba de una llave de agua, lo que le indicó que el agua para el café era la misma del río que los guardias del campamento utilizaban, incluyendo en ese mismo momento, como un vertedero de cadáveres.

–Sabe, hermano, agradezco su gentileza pero el café... no me apetece.

–¿Qué no? ¿Pero cómo es posible?

El hermano Satanás notó la leve preocupación en el cura.

–Ah, veo –dijo Filípovich con una sonrisa–. Yo no uso agua del Sava, padre. Tenemos un pozo de agua pura y fresca. Le aseguro que aquí nadie recoge agua del río, bueno, es decir, excepto esos que ya no importan.

–Haberlo dicho antes. No está de más una buena taza de café antes de irnos. Si podemos, comeremos algo por el camino.

Ya el delicioso aroma de aquel café negro puertorriqueño llegaba hasta las torres de vigilancia. Filípovich le sirvió el café al padre Dragánovich en una taza de lata, y se disculpó por no tener ni azúcar ni galletas para acompañar aquella delicia. Él estaba seguro de que el cura comprendería que había que hacer ciertos sacrificios, después de todo, estaban en guerra.

De pronto, desde la orilla del río se oyeron fuertes gritos y aplausos. El padre Dragánovich se asomó a la puerta y vio a los desafortunados sobrevivientes regresando a son de latigazos hacia las barracas, al mismo tiempo que un grupo de soldados cargaba a hombros a su campeón. A Petar Braciko se le veía feliz, saludando a todos como si hubiera sido un político en campaña, su fiel navaja resplandeciente contra la luz del día.

Regresando su atención al café, el cura se dirigió a Petrónovich y a Rádonich:

–Me imagino que ustedes saben manejar.

–Yo sí –dijo Petrónovich.

–Yo no –añadió Rádonich.

Con el último sorbo, el cura colocó la taza en la mesita.

–Filípovich, usted tenía razón. El café es riquísimo. Muchísimas gracias.

–De nada. Siempre a sus órdenes, Padre.

–Bueno, señores... por favor, dejen las pistolas. No pueden ir armados.

–¿Y eso por qué? –Petrónovich le había cogido cariño a su Luger.

–No se puede –contestó Dragánovich en voz firme. Ni frailes ni curas se suponía que estuvieran armados y de ser interceptados por los comunistas, los tres serían fusilados inmediatamente.

Los hermanos Silov y Borna, que según Dragánovich, llevaban encima un olorcito a cebolla cruda, entregaron sus armas a Filípovich y alcanzaron al cura que ya estaba montándose en el auto.

–¡Dios los guíe! –les gritaba el hermano Satanás, a la vez que les decía adiós con la mano.

Antes de que nadie en el automóvil pudiera devolver el saludo, el Mercedes-Benz se encontró al otro lado de los impresionantes portones de entrada. En un par de horas, estarían llegando a Banja Luka y en la mañana, el padre Dragánovich se reuniría con el «Poglavnik», el líder, Ánte Pávelich; por lo menos eso era lo que tenía en agenda, de no ser por un grupo de partisanos con otra cosa en mente.

Dragánovich tuvo la precaución de desviarse de la carretera principal luego de pasar el pueblo de Bosanska Dubica, un desvío que los llevó por el centro de Mrakovica, donde, al pasar la aldea, continuaron hacia Banja Luka. El carro con las cruces rojas no había navegado ni dos horas por un desfiladero a lo largo de la falda de una colina, cuando un grupo de partisanos le bloqueó el camino.

El cura no tuvo alternativa que pegar freno y bajar de cambio para evitar que le entraran a tiros. El automóvil no había parado del todo cuando cuatro hombres les amenazaron con escopetas, les alumbraron las caras y los sacaron a la fuerza del auto.

Eran partisanos, probablemente comunistas, lo que quería decir que posiblemente eran ateos, y de seguro repudiaban a los religiosos.

–¿Y esto? ¿Un cura y par de hermanitos? –le preguntó un hombre de cara demacrada y con una cicatriz que le adornaba la frente. El hombre pasaba la luz de uno a otro, siempre terminando en la cara del padre Dragánovich–. Oiga, cura, parece que perdió su rebaño. ¿Y hacia dónde los dirige ese Cristo suyo esta noche?

Dragánovich ignoró la blasfemia prefiriendo asumir una expresión de paciencia y benevolencia a la vez que los dos frailes mantenían la cabeza en alto, denotando orgullo y desafío.

–Soy el emisario del Vaticano a la Cruz Roja en Yugoslavia y estos hermanos son mis ayudantes. Hemos embarcado en una misión de misericordia y estoy seguro que encontrará que todos mis papeles están en orden.

–Usted lo ha dicho, padre, «sus papeles». ¿Y de estos dos, que hay de ellos? –preguntó el hombre, alumbrando con la linterna primero a Silov y luego a Borna.

–Son frailes; entienda que ellos nunca llevan papeles de ninguna clase, hijo mío.

–Oiga cura, yo no soy su hijo y usted... usted es un espía.

Dragánovich entonces hizo la observación que de él y sus ayudantes ser espías, estaban vestidos de forma muy llamativa. A lo que el partisano le replicó que de no ser espías, el cura y los hermanos entonces eran mensajeros de la Ustacha.

–¿Encontraron algo? –les preguntó el hombre a los que estaban inspeccionando el asiento del frente. Ya el lujoso interior del automóvil había sido desgarrado por las bayonetas, mientras buscaban evidencia de la verdadera identidad de los pasajeros y de su encomienda.

–¡Debajo del auto... busquen debajo del auto!

La búsqueda tardó unos veinte minutos pero a Dragánovich y los dos frailes les pareció una eternidad.

–Demasiado limpio –dijo uno de los inspectores.

–Yo no sé que pretenden encontrar –se atrevió a decirles Rádonich, acentuando cada sílaba con desprecio.

–Una razón para fusilarlos –le contestó el líder, antes de señalar el camino bosque adentro con su linterna.

Tres otros partisanos les siguieron, empujando a Dragánovich y los frailes con la punta de las escopetas. Caminaron por aquel monte casi media hora, entre las aterradoras sombras de la foresta hasta llegar a un claro al otro lado de una colina, con la luna llena y el centellar de millares de estrellas ayudando a iluminar la desolación del paisaje. Era, según el padre Dragánovich, como estar cautivo en la boca de un volcán, y aquellos pálidos rayos de luz desde el más allá la única evidencia que él seguía con vida.

Entonces vio lo que en algún momento fue el orgullo de una familia adinerada; una casa de campo de gente que seguramente se encontraba en el exilio.

La villa parecía una novia abandonada por su amante. La estructura de dos pisos estaba en un solar de tocones de árboles, víctimas de cañonazos y morteros. Todas sus ventanas y puertas estaban entabladas, parte del techo se había derrumbado y lo que le restaba de cubierta había perdido las tejas. Peor aún era la condición de su exterior; paredes agujeradas que parecían estar picadas de viruela.

Sus frondosos y bellos jardines que en su época resplandecían de color, se habían convertido en un cementerio de maquinaria pudriéndose de moho.

Poco a poco los partisanos y sus tres prisioneros se adentraron por un pasillo hasta la parte trasera de la casa, llegando al salón principal, donde la imaginación pudo revivir las noches de bohemias, la música y las risotadas de mejores tiempos. El salón, totalmente sin muebles con excepción de una silla de madera en una esquina, gozaba de una chimenea que por medidas de seguridad se mantenía apagada mientras dos lámparas de aceite alumbraban el terror.

Inmediatamente al padre Dragánovich y a los dos frailes se les ordenó desnudarse ante la vigilancia de dos soldados, que no encontraron nada de interesante en el hecho que de los tres, el padre Dragánovich era el más corpulento, mientras los hermanos Borna y Silov estaban, al igual que ellos, raquíticos.

Luego que los partisanos se convencieron de que los religiosos no ocultaban nada les ataron las manos y los pies, y todavía desnudos, ordenaron a los frailes a arrodillarse en el duro y casi congelado piso de mármol mientras que a Dragánovich lo mantuvieron de pie y con la espalda en contra de la pared.

En ese momento otros dos hombres entraron en la habitación vestidos en lo que parecía haber sido parte de un uniforme militar de un ejército u otro, con sus chaquetas de lana color verde oscuro. Lucían muy del campo con pelo negro, ojos oscuros y caras entrecruzadas de arrugas. Ellos no estaban armados, no aparentaban estar tan hambrientos como sus camaradas y su apariencia no gustaba de ser amable, colocándose cada uno al lado del cura.

Uno de los hombres era tamaño normal, tenía unos cincuenta y cinco años, su cabello se empezaba a adornar de gris y tenía un bigote fino, como los que usaban algunas estrellas de cine.

Su compañero era todo lo contrario. Era un hombre de algunos veinte años, de una fisionomía corpulenta y de cara ancha, como un oso.

Los otros partisanos en la habitación contemplaron un tanto aburridos y con brazos cruzados mientras el mayor de los recién llegados se dirigió a Dragánovich en un tono desdeñoso.

–Bueno, cura ¿y se puede saber que hacía usted en Jasenovac?

–En un automóvil Alemán y en rumbo al sur, ¿eh, cura? Eso es lo que yo quiero saber –añadió el Oso escarbándose los dientes con la punta de una bayoneta.

El inquisidor miraba cuidadosamente a Dragánovich quien aparentaba estar un poco incómodo pero no muy preocupado. Lo que el partisano debió haber hecho fue tomarle el pulso al Padre cuyo corazón desenfrenado bombeaba tanta sangre al cerebro que le causó un terrible dolor de cabeza, un pesar empeorado por la ira y el terror porque entendió que él y los frailes habían sido delatados.

–Vamos en camino a Sarajevo en una misión para la Cruz Roja. Es, le aseguro, una encomienda de paz y amor.

Y como del «amor» se ha escrito tanto y suele ser, según el Oso, tan poco sincero, él mismo enfundó la cuchilla y le pegó un puñetazo tan terrible en el lado de la cara, que la cabeza del cura dio contra la pared de cemento, sintiendo Dragánovich que la sangre se le chorreó por la frente mientras el romper de su lacerada mejilla reverberaba por la habitación.

Fue en ese momento que el padre Dragánovich sintió un gran deseo por tomar asiento cuando el Oso, con más entusiasmo, lo mantuvo de pie con un puño de abajo hacia arriba, en los testículos.

Dragánovich se dobló y bilis negra le salió por la boca y la nariz. Cuando las piernas ya no lo pudieron sostener, el cura cayó al suelo. El hermano Silov cerró los ojos y empezó a rezar, resignado a la muerte luego de oír el nombre del campo de concentración. Rádonich, sin embargo, gritaba y protestaba el abuso al cura, condenando a los partisanos al infierno infinito. Fue tanto el escándalo que uno de los guardias sacó su cuchilla y le ordenó al fraile que se pusiera de pie. Cuando Rádonich se negó el hombre le colocó la navaja firmemente en contra de la mejilla del fraile, empujando el filo hacia arriba y obligando a Rádonich a seguir órdenes o perdía mitad de la cara.

Con un gesto desafiante Rádonich echó la cabeza hacia el frente y el partisano no pudo hacer otra cosa que agarrarle el miembro, lo haló hasta donde pudo, le pegó la hoja de acero (que estaba muy fría) y le dijo estas palabras:

–Ahora te callas.

Del dicho al hecho; Rádonich dejó de gritar y de moverse, mientras no le quitó la vista a la profunda marca en su pobre e indefenso pene.

¿Cuántas veces no oyó el fraile de las atrocidades de los partisanos que obligaban a sus prisioneros a morderse los penes unos a otros hasta que los infelices terminaban castrándose?

Mientras el hermano Rádonich reflexionó sobre esa pesadilla, al otro lado de la habitación el Oso le dio una salvaje paliza al padre Dragánovich mientras le gritaba obscenidades al oído, y su compañero intentaba interrogar al cura. Lo único que lograron fue dejarlo casi muerto, con la cara deformada y sin dientes. Durante la tortura, el padre Dragánovich no perdió el conocimiento, aunque él hubiera preferido rendirse a la comodidad del vacío. En algún lugar de su mente confusa y su cabeza dolorida él trató de convencerse a sí mismo que sólo tenía que sobreponerse a las inclemencias de la crueldad de sus verdugos unos minutos más para poner fin a su pesadilla. Ese último pensamiento se cristalizó cuando uno de los dos hombres que lo brutalizaba le agarró el brazo y le talló con un puñal la hoz y el martillo, más abajo del codo.

Dragánovich no sintió nada y por fin se perdió en el deslumbrante pórtico de la muerte.

–Despiértalo –le dijo el bigote, al Oso.

El grandullón, cuyo uniforme verde se manchó de sangre sacerdotal, trató de animar al cura con una patada en las costillas y meándosele encima, lo que motivó a sus compañeros a violar a los frailes con sus escopetas y a obligarlos a cometer felatio mientras les repartían bofetadas.

El padre Dragánovich nunca se imaginó terminar su día de forma tan desagradable; él embarrado en su propia sangre y orina comunista, y los hermanos Petrónovich y Rádonich sangrando por el ano y vomitando semen partisano. El fin parecía estar a la vuelta de la esquina cuando otro tipo entró en el despacho.

–Le dijo el Oso:

–Ah, Milán, ¿has visto antes a estos hijos de puta?

–Ese no sé quién es –respondió el joven, señalando a Dragánovich–, ¡pero esos dos...!

El muchacho había aumentado de peso y se dejó crecer barba desde que compartió con los hermanos Borna y Silov. Sin embargo, los frailes lo reconocieron inmediatamente como uno de los pocos prisioneros que escapó del «campo de muerte» en Jasenovac.

–Eran ayudantes de Filípovich –dijo el muchacho–. Aquel maricón –y señaló a Petrónovich–, aguantó a mi hermanito cuando el hermano Satanás lo mató de un garrotazo.

El Oso llevó al muchacho por el brazo hasta el pasillo, y le dijo:

–¿Qué quieres hacer con ellos? Vamos, decide que tenemos prisa –justo cuando un cañonazo voló las paredes al carajo, mató a todos los que se encontraban de pie, y les salvó lo que les restaba de vida al cura y a los frailes.

Poco después del bombardeo, soldados de la Ustacha penetraron el perímetro para ver los resultados.

–¡Auxilio! ¡En el nombre de Dios! –gritó Borna, arrastrándose en dirección de las linternas–. ¡Somos católicos!


III


El edificio no tenía igual. La Ustacha evisceró el último de los siete pisos del Ministerio y de un total de quince oficinas y lujosos salones creó aquel monumental despacho que sí era digno del Dr. Ánte Pávelich, el Poglavnik, o «líder» del Estado Independiente de Croacia. La maravilla arquitectónica propasaba lo grotesco y era muy diferente a los tres cuartuchos en Italia donde, por muchos años, vivió el Poglavnik durante su exilio. Unas cortinas pesadas y gruesas escondían tres de las paredes, aquellas que daban al norte, al sur y al oeste. Tres puertas macizas y de por lo menos tres metros de altura daban a la secretaría, donde se encontraban los ayudantes del señor Presidente. Dos enormes ventanales adornaban desde el piso de mármol negro hasta el abovedado del techo, y una gigantesca lámpara de cristal tallado marcaba el centro exacto del salón.

–Estoy muy complacido que el Santo Padre esté de acuerdo con nuestros logros –dijo Pávelich sosteniendo la delicada taza de té con su platillo mientras se recostaba contra su inmenso escritorio, el cual sólo tenía encima un teléfono y un tintero.

En la pared al fondo colgaba una pintura renacentista de la Sagrada Madre de Jesús, con su niño en brazos; un obsequio de Artúkovich, Ministro de Asuntos Internos, quien fue su compañero y cómplice en el asesinato del Rey Alejandro en el 1934. A la derecha del escritorio, adornando toda la esquina del despacho, estaba la imponente asta de la bandera del Estado Independiente de Croacia.

Pávelich tenía cincuenta y dos años. Su cabello llevaba un recorte militar y al igual que sus ojos, era color negro. A sus labios casi nunca se les veía sonreír y rara vez el hombre alzaba la voz, lo que no quiere decir que tomaba la vida con calma.

Su uniforme siempre lucía impecable con una camisa y corbata negra, pantalones color caqui acogidos por botas negras altas y brillosas amarradas hasta las rodillas, un pecho adornado por una cantidad exagerada de medallas y otras condecoraciones, todo para complementar lo que se pudo haber categorizado como alta costura fascista, siempre manteniendo uniformidad con el ancho cinturón negro y una lustrosa pistolera con la Walther PP-K que le regaló el oficial Nazi de más alto rango en Croacia, el general Austriaco Edmund Glaise von Horstenau.

–Sí que está muy satisfecho –le respondió su excelencia Josip Ramiro Marcone, abad de la orden Benedictina y el representante de la Santa Sede en el Estado Independiente de Croacia. Marcone tenía sesenta y cinco años, un mechón de pelo blanco en su redonda cabeza, y ese día, por alguna razón que no se sabe, llevaba puesta la vestimenta blanca de la Orden de los Dominicos.

El abad era un hombre obeso, con una cara mofletuda, una nariz protuberante y una panza que se imponía al resto de su fisionomía, sirviéndole de plataforma a sus gruesas manos que como de costumbre se encontraban entrelazadas. Algunas veces su excelencia daba la impresión de ser un búho de plumas blancas trepado en el árbol de la sabiduría, acechando e intimidando a su presa desde lo alto, antes de saltarle encima.

–¿Un poco más de té? –le preguntó Pávelich.

Su excelencia sacudió la cabeza, le dio las gracias y añadió:

–Tengo entendido que se va a reunir con el Führer... pronto.

–Así es –le respondió el Poglavnik.

Marcone le ofreció una sonrisita. La lealtad del Presidente del Estado Independiente de Croacia era tema de controversia en la Santa Sede porque nadie sabía si Pávelich le era más fiel a Hitler y a Mussolini, quienes lo colocaron en la silla del poder, o a su Cristo, que era su fuente de inspiración. Ciertamente, Pávelich le era simpático a Pío XII, quien consideraba al Jefe de Estado croata como un buen Católico que hacía lo posible por defender la fe. Era la opinión del Santo Padre que si Pávelich poseía una que otra peculiaridad en su forma de gobernar, era menos importante cuando se comparaba con su lucha en contra de la amenaza a Europa central, por parte de la iglesia Cristiana Ortodoxa y el ateísmo de los bolcheviques. Por lo tanto, con Pávelich, el Vaticano se hacía de la vista larga.

–¿Bueno, y qué se ha sabido de Stepinac? Hace tiempo que no lo veo –le preguntó Marcone, retirando la silla y poniéndose de pie.

–Está en el norte convirtiendo a los herejes –le dijo Pávelich, con lo que se pudo considerar como una media sonrisa–. Él y el padre Dragánovich.

–¿Quién?

Pávelich apretó un botón al lado del escritorio y le explicó al abad que el padre Krúnoslav Dragánovich era el responsable de hacer cumplir las leyes de conversión.

–Estoy seguro que lo conoce; fue secretario del Instituto de San Jerónimo –añadió el Dr. Pávelich –el Instituto de San Jerónimo era una organización adscrita al Vaticano con el propósito de avanzar la autonomía de Croacia.

A Marcone le parecía recordar un cura con mucha prisa, que se pasaba de un lado a otro en Ciudad del Vaticano, siempre en reuniones con arzobispos o con cualquiera que apoyara la formación de una nación católica, independiente y Croata.

Se oyó un toque a la puerta, seguido por un soldado quien se detuvo a la entrada, esperando para escoltar a su excelencia hasta su automóvil. El abad se despidió con un abrazo y salió del despacho.

De nuevo en su escritorio, Pávelich sacó dos comunicados secretos de una gaveta. El primer papel tenía un número escrito y nada más: «425,534». Para otra persona ese número no significaba nada. La cifra podía haber sido el déficit del Estado de Croacia; como también pudo ser el desembolso para sobornar los altos dignatarios extranjeros; el costo del regalo de cumpleaños de Adolfo Hitler; el número de armas compradas a Italia; o hasta la cantidad del préstamo de la Santa Sede. Poca gente, fuera de Pávelich y su Ministro de Asuntos Internos, Artúkovich, podían identificar el número con la exterminación de los serbios, los judíos y los gitanos en Croacia.

El segundo comunicado era un memorándum del Sr. Ministro quejándose que la SS de los Nazi ejercía demasiada influencia sobre sus homólogos de la Ustacha. Como Pávelich no estaba de acuerdo, respiró profundo, miró su reloj, regresó los comunicados a su gaveta y levantó el teléfono.

–¿Dónde está Dragánovich?

En vez de una respuesta oyó un ruido horrible causado por la estática seguido por la voz tartamuda de su ayudante.

–¡A-aquí... a-aquí no está, Excelencia!

–Lo sé, pero tengo una reunión pautada con él, ¿no es cierto? ¿Así que dónde se ha metido el cura? –preguntó el señor Presidente por teléfono–. ¿Qué pasa? ¿No me escuchas?

Posiblemente el secretario le oía aunque Pávelich no podía oír al secretario y sí estaba perdiendo la paciencia. Era insoportable el ruido en el teléfono y la falta de una contestación no podía ser otra cosa que una falta de respeto.

–¡Ven acá! –ordenó el Poglavnik.

Un segundo y medio después, quizás antes, Níkola, el humilde, excepcionalmente pequeño, extremadamente estrecho, desmesuradamente frágil, excesivamente nervioso y terriblemente pálido ayudante de Ánte Pávelich; un hombrecillo de mirada caída y muy preocupada que siempre lo acompañaba una nubecita de humo de cigarrillo y su inimitable aroma a tabaco rancio, abrió las pesadas puertas con mucho trabajo, asumió lo que parecía ser la primera posición de ballet –con los talones haciendo contacto y los pies a 75º– y esperó instrucciones.

Nadie hubiera pensado que ese hombre pequeño parado a la entrada de la Presidencia cumplía con los dignos requisitos para trabajar para el Poglavnik, o de su extraordinaria fama dentro de la burocracia Croata gracias a su impresionante velocidad y precisión escribiendo a máquina.

–¡Qué esperas! –le dijo Pávelich de mala manera–. ¡Acércate, caramba!

El secretario no era un hombre joven aunque su edad era tan difícil de descifrar como un dialecto chino, con varios estimados que lo hacían entre los cuarenta y los sesenta y cinco años de edad. Además, padecía de una cojera, producto de su encuentro de niño con la poliomielitis, y sufría de enfisema, una enfermedad que no le permitía hablar excepto en voz baja; otra razón por la cual el pobre no tenía fuerza para nada.

–De nuevo, ¿dónde está Dragánovich? –le preguntó el Poglavnik.

Níkola encogió los hombros y dijo:

–Fue a Jasenovac. Se supone que estuviera de regreso. Más de eso...

–¿Qué hacía en Jasenovac?

–Sugerencia suya, Excelencia –le replicó Níkola–. Fue a buscar ayuda.

–Ahora recuerdo. Bueno... oye, estás apestándolo todo, regresa a tu escritorio.


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