Excerpt for Retazos De Su Vida by Moni Hernandez T., available in its entirety at Smashwords


RETAZOS DE SU VIDA

MONI HERNANDEZ T.

RETAZOS DE SU VIDA

By MONI HERNANDEZ T.

Published by Editorial Emooby at Smashwords

© Copyright 2011 Editorial Emooby

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Agradecimientos:

A Patricia Coronel Cortez por su persistencia que terminase este proyecto.

A Rosario Miguel Zacarías quien 10 años atrás me inspiró a comenzar a explotar mi talento.

A Jorge Vargas quien de la distancia me ayudó a revisar los dos primeros borradores y me brindó de manera gratuita sus consejos y correcciones; y me dio los contactos de lugar para volver esto una realidad.

Y otros más que no terminaría de agradecerles lo suficiente.

A Mis Padres: por Siempre llenar mis conocimientos con libros, fantasía y realidades necesarias.

“Porque todos de una u otra forma necesitamos soñar”

Índice


Agradecimientos:

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Epílogo

Datos Biográficos



***

“Un auténtico individualismo requiere de la reencarnación. Si el individuo muere definitivamente, el mundo sigue pero a través de otros, no del mismo individuo. El individualismo necesita de un mismo individuo que reencarne una y otra vez, el mismo, siempre, evolucionando, cada vez más consciente, infinito, divino, siempre eternamente Yo”. Horst Matthai Quelle1.

Símbolo celta para Agua, Luz y Reencarnación. Autor, anónimo.

Prólogo

No se puede leer cómo las cosas pueden ocurrir. Tampoco cuándo ocurrirán. Simplemente pasan y estamos a merced de ellas. Al menos eso pienso en estos momentos.

Anoche Albert me propuso matrimonio. Tiene 21 años y pronto se graduará de la universidad. Trabaja como pasante en una firma de ingenieros y asesores de construcción. No le di el sí y tampoco rechacé su propuesta. Yendo a casa en las vacaciones de primavera me ayudará a poner mis pensamientos en orden. Además he recibido carta de Kate, mi prima de 27 años quien se encuentra casada y con una nena de tres años y las cosas no van bien para ella. Su esposo le maltrata y teme estar embarazada nuevamente. Me espera en casa…

Somos primas pero es como si fuéramos hermanas. La diferencia de edad nunca ha sido un obstáculo en nuestra amistad y la considero más cercana a mí que mis dos hermanos menores quienes están felices que finalmente se libraran de mí para irme a la universidad cuando el momento llegó y los cuales cuando regreso a casa, me hacen la vida un infierno.

Soy demasiado conservadora para los tiempos… estamos en 1989 y mi mejor amiga, Anne dice que me comporto como si perteneciera al 1959. Mi infancia fue bajo estrictas normas familiares y por supuesto la asistencia a un estricto colegio Católico no aminoró mi actitud pese a que mis compañeros de estudios siempre fueron muy liberales y sus padres no tan estrictos.

A veces envidio a Anne. Ella no hesita en decirle a su madre lo que piensa y hace lo que siente… yo incluso ante la propuesta de Albert, no dije que sí… no puedo decir que sí aún.

La aprobación de los Masterson es tan importante para mí, como la propuesta de Albert.

La perfección es importante para mi familia. Esa perfección que muchos buscan alcanzar y que aparentemente (sólo en apariencia) pareciera que alcancé, es que hace que muchos me admiren no importando mucho lo que deseo y busco en mi vida.

Busco hacerme exploradora… busco saberlo todo y poder documentarlo. En este campo no somos muchas de esas…

Y por supuesto no fue una carrera aprobada por los seres superiores (mis padres). Son muchas cosas las cuales influyen en quien soy hoy en día… sin embargo, siento que estoy en aquel momento perfecto el cual todos luchan por alcanzar el resto de su vida y no lo consiguen…

Ahí debí comenzar por pensar que las cosas podrían no salir como las había planeado en un principio… con aquella sensación de total perfección.

¿Mi única opción? Resignarme a estudiar derecho, deseo que mi padre advierte que será la ventaja constitutiva para mi éxito. “La gente no estudia lo que quiere porque sabrá que no tendrá éxito. El éxito viene del sacrificio y con este sacrificio verás los resultados”. ¡Mi querido padre! Algunas veces pienso que está equivocado… y me he visto en dos ocasiones en sacarle de su duda; sin embargo, aquí estoy… estudiando derecho, una carrera que no me gusta para complacerlo a él. No he aceptado la propuesta matrimonial de Albert porque no creo que mis padres lo aprobarían a pesar que conocen a Albert desde que andaba en pañales y sus padres son amigos de mis padres… y que Albert está con la empresa contratista que construye las nuevas oficinas de los abogados de la firma de mi padre. Tampoco he aceptado la propuesta porque temo terriblemente a estar cometiendo un error… tengo veintiuno y no es lo que esperan de mí.

No acepto su propuesta porque temo volverme una decepción en caso de que nos casemos… que luego se arrepienta. Que no funcione en el transcurso y ambos terminemos lastimados… son tantas cosas las cuales pensar.

El teléfono está sonando. Apenas voy cerrando mi maleta… vacaciones de primavera. Miro la foto que me tomaron junto a mis padres y hermanos cuando recibí el diploma de secundaria. ¡Vaya! Sí que me veía más gorda y esa toga no me ayuda…

—¿Hola?

—¿Todavía no has salido?

—El tren sale nueve de la mañana. Estaré allá para diez de la noche, tal vez las once de la noche a más tardar —Mi madre. Aún mis hermanos viven en su casa (el menor no termina la preparatoria) y desde la distancia controla mis movimientos. La escucho reclamarme que no esté en la estación de trenes ya desde una hora atrás y por supuesto ¿Si me daba la satisfacción que tal vez pude salir temprano en aquel momento, qué hace llamando al dormitorio para saber si ya he salido? Mi madre me subestima y no me sorprende. He vivido 20 años con esta misma sensación—. ¿Quién pasará a recogerme?

—Seguro Arturo —hablando de mi hermano menor de 17 años quien ingresará a la universidad en otoño—. En su convertible que le obsequiamos por su cumpleaños.

Ya me imagino aquello gracias a la nota de orgullo dejada entredicha por mi madre: Arturo que a sus 17 años es irresponsable, ahora con un convertible, obsequio de mis padres no será definitivamente un modelo a seguir. Aun así mis padres tienen esperanzas que se convierta en médico. Arturo puede ser irresponsable pero es sumamente inteligente y el primero de su clase. No creo que decepcione a mis padres.

Debo aclarar mi complexión física: ojos azules, cabellos rubios finos que aunque me gusta tenerlos cortos, a mi madre le complace que los lleve largos.

—¿Estará en punto en la estación de trenes?

—Por supuesto que sí, pero contrario a otras… no pierdas el tren.

Ahí está de nuevo ese tono de voz condescendiente. —No lo perderé. Espero que no hagas una fiesta mamá… ya estoy bien grandecita para fiestas de jardín. —En aquel momento tocan a la puerta de mi habitación.

—Claro que no querida. Será una cena bien tranquila. Solo la familia… y por favor, deja esos pantalones cortos en el armario de tu universidad —habla de mis pantalones por encima de la rodilla que tengo desde que tenía 16 años—. No son nada apropiados para el pasadía corporativo de la empresa donde trabaja tu padre…

Tocan nuevamente a la puerta. Voy a abrir y aquella alta figura de cabellos negros y ojos azules me sonríe divertida y le hago señas que no hable o que se acerque a abrazarme o besarme. Le hago pasar y cierro la puerta detrás de él. —Te aseguro que haré todo lo posible por vestir adecuadamente… yo también te quiero —Sonrío—. Sí, nos veremos esta noche —Finalmente colgando la llamada y observo al hombre sentado en mi cama quien me mira con un rostro lleno de curiosidad. Al colgar el teléfono digo —: Mi madre… quiere asegurarse que lleve todo lo apropiado y no pierda el tren… —Yendo a mi ropero y sacando los desvergonzados shorts, (que ya el ruedo se le deshace y aunque están por la altura de las rodillas) me quedan fantásticos y aunque no pretendo usarlos en el día de campo siempre me ha gustado poner nerviosa a mi progenitora. Así que se van directo a la maleta.

¿Qué les puedo decir? Soy la hija perfecta pero no soy santa.

—¿Siempre te marchas sin darme una respuesta? —me pregunta mientras observo su cabello recién lavado y su sonrisa pícara vistiendo aquel polo blanco y pantalones largos caquis. Es obvio que va a su casa ya.

Hemos sido amigos casi toda nuestra vida. Pero este año sus vacaciones de primavera las pasará con su primo favorito en Alaska y yo vuelvo casa. Lamento mucho que las cosas sean así. En cierta manera prefiero la distancia entre nosotros. Así me dará oportunidad de aclarar mis ideas.

—Sabes como soy yo…

—En efecto. Eres una contradicción andante. Una mujer disfrazada de perfección pero llena de tantos temores…

Torciendo mi nariz le llamo la atención diciendo seriamente —: ¿Qué eres? ¿Ingeniero o siquiatra?

Se levanta para ir a mí con pasos lentos pero seguros, rodearme con sus brazos mi cintura y decir lentamente —: Soy todo lo que quieras… —Besándome con lentitud y paciencia. Al separarse me observa a los ojos y sacando del bolsillo de su pantalón aquel objeto pequeño y redondo con una piedra en su final, lo desliza en mi dedo índice diciendo con gravedad—: Dejaste esto en mi mesa de noche.

—Oh, se ve extraño en ese dedo —dije separándome de él y colocándolo en mi mano derecha. Noto su decepción en su mirada y su rostro y añado—: Dame tiempo —Mostrándole la sortija—. Me cuesta acostumbrarme a la idea.

—Te preocupa lo que dirá tu padre ¿cierto?

—No creo que preconcibiera la idea de que me casaría antes de los veinte años o antes de graduarme… no está en sus planes —Observo el anillo—, o en los míos.

—¿Por qué no me rechazas entonces?

—Porque te amo demasiado para decirte que no. Pero… aún no estoy dispuesta a decirles a mis padres si ven el anillo que me casaré contigo. Aún me faltan dos años de universidad… y el solo pensar en los preparativos, las invitaciones… pensar que mi padre querrá a toda la sociedad de la ciudad en nuestra boda… ughhhh odio las bodas grandes…

—Digno de la realeza.

—Digno de los Masterson —corrijo.

—Dejemos entonces nuestros viajes: no vayas a casa, yo no iré a Canadá y nos vamos a la oficialía civil y nos casamos.

—¿Estás loco? Mi madre nos mataría solo por arruinarle la idea de la fiesta perfecta para su única hija… —No soporto la risa al imaginarme a la distinguida Caroline Masterson, persiguiendo a su hija y su nuero por todas las calles para darles muerte—… No soy su hija perfecta como mis hermanos pero creo que lo lamentaría.

—No me estás dando el sí.

—Tampoco estoy diciendo que no.

Me miró en silencio por largo rato y luego cerré mi segunda maleta y no interrumpí su silencio.

—Tienes que empezar a vivir tu vida Loraine. Ya casi cumplirás veinte años y no podrás seguir escondiendo tus sentimientos ante los demás… la vida pasa muy deprisa…

Le lancé una de las almohadas en mi cama y él las esquivó. Lanzándome un beso simplemente se marchó de la habitación con la promesa que llamaría a casa de mis padres una vez arribara él a Alaska.

Yo nunca recibiría la llamada.

Capítulo 1

19 años después.


—No comprendo cómo pudimos acceder a esta tontería —dice Caroline Masterson cómodamente sentada en su sofá elegante de su confortable residencia estilo victoriana que quince años atrás se mudara en compañía de su esposo y cuyos pasillos han sido testigos silenciosos de muchos eventos familiares de importancia para la pareja—. Servir de padres temporales… —Volteándose a su esposo (un hombre de estatura normal que está perdiendo sus cabellos y de barba y bigotes prominentes quien coloca las agujas del reloj encima de la vieja chimenea a tiempo)—… Absurdo: no estamos ya para estar en estos juegos de ser padres temporales de cualquier niño.

—Sabes que esto servirá para mi candidatura como presidente del Colegio de Abogados del estado —habla Anthony quien es hijo único y cuya madre murió diez años atrás perdiendo la batalla con el cáncer de estómago. Observa sutilmente una foto colocada en un viejo portarretratos plateado donde se ve la elegante figura de una joven de cabellos rubios y su rostro se contrajo además de perder la voz por unos segundos—. Esta es la mejor oportunidad… y está de moda ¿No?

Caroline se arregla su camisa de seda y sus brazaletes dorados enderezándose en su sofá mientras los minutos pasan y arregla los vasos elegantes que están sobre la mesa de té esperando a sus invitados. Sus cabellos negros canosos ya muestran su edad mientras las arrugas nunca tratadas visten con orgullo su rostro que ha visto tantas alegrías y también muchas tristezas.

—Sabes que Anne llamó.

—¿Anne? —pregunta Masterson extrañándose ante aquel nombre—. Dios; no sabía de Anne en… —ahí dejando de hablar—. ¿Qué quería?

—Va a hacer la renovación de votos matrimoniales en dos semanas… quería invitarnos.

—¿Puedes creer que Anne cumplirá veinte y dos años de casada? —dice Masterson distraídamente—. Recuerdo cuando Loraine fungió como dama de honor… le armaste un escándalo a Lori cuando te dijo que su amiga de dieciocho años se casaba y esperaba un bebé.

—Tú no fuiste más sociable que yo… —dice mirándole con desafío y de soslayo alzando su voz agrega a su esposo—, le dijiste que la desheredarías si venía con la sorpresa de un hijo o matrimonio antes de graduarse de abogada…

—Nunca me decepcionó —dice Masterson con orgullo y Caroline se muerde la lengua quitando distraídamente una lágrima que se asoma en uno de sus ojos. Tose y su esposo dice irguiéndose—. ¡Qué poco respeto por el tiempo! Ya pasan veinte minutos desde que era la hora de reunión con la trabajadora social… —En aquel momento el timbre de la casa suena haciendo que ambos esposos se sobresaltaran al unísono—. ¡Ya está aquí! —dice alisando el frente de su camisa de lino con insistencia.

La casa Masterson fuera de los días festivos, es muy solitaria. La señora Masterson recuerda que las ocasiones que la residencia se ha visto viva han sido los eventos más importantes y alegres de su vida: el matrimonio de su hijo Robert hace seis años, la licenciatura de su hijo Arturo (el menor) y tomar las riendas directivas de la firma de abogados de su esposo y por supuesto, los días de las madres o Navidad. Pero no es la misma casa que conoció Loraine.

Esa casa representó un principio; un nacimiento ante las circunstancias dolorosas que tuvo que enfrentar 19 años atrás en la vieja casa a kilómetros de esta y al final no saliendo de Ontario.

La muerte de una hija no es algo que se supera de la noche a la mañana. Incluso recuerda con un gran dolor en su corazón como fue que se enteró de su muerte.

Pasan de las cuatro de la mañana cuando los toques a su puerta la hacen salir de su profundo sueño. Abriendo los ojos escucha a su esposo también incorporarse y decir con gesto de reproche. —¡Voy a matarlos!

—Tranquilo… no te hace bien para la presión —replica con voz rasposa.

—Tengo una audiencia esta mañana a las nueve en punto. Y en vez de llegar a horas decentes… ¡Mira a qué hora vienen de la estación!

—Pues del todo me sorprende que llegaran —dice encendiendo la luz de la alcoba y alisando su cabello, mientras se coloca una bata sobre su ropa de dormir—. Apostaba que Lori perdería el tren.

—Estos muchachos. Si Lori llevó a su hermano a beber…

—Calma. Sabes que Lori no haría eso. Su hermano tiene apenas diecisiete años —Viendo a su esposo volver a poner la cabeza en la almohada y dice sin cuidar su tono de voz—. ¡Anthony Masterson! ¿Acaso no recibirás a tu propia hija de su viaje? ¡No ha estado en casa desde año nuevo!

—Ha sobrevivido tres meses y algo —dice entre dientes al cerrar sus ojos y apagar la luz—. Unas horas más no le afectarán.

Asombrada por su falta de tacto, la señora Masterson abandona la alcoba matrimonial y baja las escaleras con lentitud hasta llegar al rellano escuchando los toques ahora constantes junto al timbre. En aquel momento escucha unos pasos que vienen de arriba y observa a su hijo Robert quien soñoliento y rascándose la cabeza pregunta. —¿Acaso Arturo olvidó sus llaves nuevamente? Robert llegó el día anterior de la universidad en donde cursa un año menos que su hermana.

—Vuelve a dormir —reprende su madre al verlo a tales horas. Haciendo caso omiso a su solicitud se sienta en las escaleras para ver a su madre hacerle un gesto de tozudez y verle abrir la puerta.

La señora Masterson mostró su curiosidad y también duda al ver aquellos uniformados delante de su puerta a las dos de la mañana. Incluso, cerró un poco más la puerta para no dar total visibilidad del interior de su casa. —¿Sí?

—¿Señora Caroline Masterson?

Ella no responde.

—Somos el oficial Trevine —Señalando al hombre a su lado de piel oscura y el mismo— y Spaldon de la jefatura de policía. Ella es Betsy Randall de la comisión de transporte ferroviario. —Señalando a una tercera persona más cerca de la puerta.

—¿Ferroviario? —pregunta observando de arriba abajo a la mujer más bajita que ella vistiendo un traje de saco y pantalones de poliéster barato—. ¿Qué pasa? —pregunta nerviosa.

—¿Señora? Tal vez podamos tratar esto más cómodamente… tal vez dentro de su casa.

—Díganme qué hacen aquí… qué quieren… ¿Quiénes dicen ser? —pregunta nuevamente.

—Señora esto es algo delicado —habla la mujer lentamente y mirando a la señora de nariz perfilada con intensidad—. Si hubiera una manera de pasar y explicarle…

—No, debe de haber un malentendido… no pueden estar aquí porque serían… — haciendo una pausa para llevarse la mano a su pecho—. Serían malas noticias…

El tono de voz atrajo la mirada de su hijo menor que baja las escaleras rápidamente para colocarse al lado de su madre. Y el oficial fijándose en el chico pregunta. —¿Hay alguien más de ustedes aquí en la casa?

—Mi esposo… duerme —responde la mujer sin quitar la mano de su pecho—. Tiene un importante caso mañana en la corte…

—Hijo: será mejor que llames a tu padre y dile que venga aquí… tenemos que hablar con él… con ambos —Ahí observando a la señora Masterson.

Los pasos que le anuncian que se acercan unas personas al descanso enfrente de la entrada a la casa Masterson le hacen despertar de sus pensamientos. Hace tanto tiempo que no pensaba que aquella fatídica noche. Una noche que se culpó a sí misma de haber insistido a su hija que tomara el tren de las cinco.

Aquel día que insistió tanto en su presencia aquellas vacaciones de primavera. Abre la puerta para fijarse en las dos personas tras ella: una mujer de aproximadamente cuarenta años, portando una chaqueta de mezclilla y pantalones del mismo material y bajo esta una camisa de rayas rojas. Perfectamente peinada y con poco maquillaje, con una chica a su lado de aproximadamente dieciséis o tal vez quince años; un poco más baja de estatura que la señora: cabellos cortos negros y piel dorada además de ojos claros (verdes) y labios gruesos además de caderas amplias, ocultas tras un sobretodo de mezclilla largo color caqui y camisa blanca. En su cabeza una banda ancha de color caqui y vistiendo calzado deportivo observa a ambas personas en la puerta con cierta curiosidad entremezclada con timidez.

—¿Señora Masterson? —habla la señora de piel oscura y sonrisa gentil. Incluso su mirada compagina con su tono de voz: irradia paz y tranquilidad—. Soy la señorita Constance Burrows. Soy empleada de servicios infantiles. Ella —Tocando el hombro de la jovencita a su lado—es Iris.

La mujer que se hace llamar Caroline observa a la recién llegada de arriba abajo en silencio y su desconfianza le gana a la intención de sentir bienvenida a las recién llegadas. Con un movimiento torpe señala con su mano a su lado. —Este es mi esposo… Anthony… bien-bienvenidas.

Para los Masterson quienes están acostumbrados a hablar y relacionarse con gente de su propia condición social (la cual ha ido en ascenso en los últimos años) la situación de estar recibiendo a una mujer que recibirá de salario lo que la señora Masterson está acostumbrada a gastar en el servicio de su casa, la tiene un poco nerviosa. Por su lado su esposo quien es un poco más abierto a los desconocidos observó a sus invitadas y dice —encantado de conocerles —Extendiéndole la mano a cada una y las saludó con un breve apretón—. Pasen por favor. —Abriéndoles la puerta de su casa mientras su esposa se hace a un lado.

—Qué lindo hogar tienen —dice la señorita Burrows—, muy linda en verdad… —Hace cumplidos mientras caminan al saloncito de la casa con lentitud. El buen gusto siempre ha sido la carta de presentación de Caroline y lo que considera uno de sus mayores atributos.

—Muchas gracias —dice orgullosa Caroline observando con satisfacción a su esposo: no hay nada que le guste más que le halaguen su hogar. Ya los cuatro sentados en el salón, Caroline es la que habla diciendo luego de un largo rato en silencio en la que los Masterson observan a las invitadas y viceversa—. ¿Desean jugo? —Señalando los vasos en la mesilla de té—. ¿Galletas?

La agente de servicios sociales no duda dos veces en tomar un poco del jugo que le ofrecen y luego muestra la carpeta donde está el caso que presenta en aquellos momentos. Mientras ella habla de temas burocráticos e inverosímiles sobre los procedimientos de adopción temporal o permanente, Iris recorre toda la estancia con su mirada, fijándola en los libros que hay en la estantería que se encuentra cerca de la ventana.

—¿Te gustan los libros? —pregunta Masterson sobresaltándola desde su silla. El sujeto se da cuenta inmediatamente de que la chica estaría, de seguro, más nerviosa que ellos mismos.

—A Iris le gustan mucho los libros —afirma la trabajadora social—. Es una gran estudiante aunque sus calificaciones dejan mucho que desear…

—La perfección es todo en este mundo. Un mundo sin perfección de las personas se iría a la ruina —afirma la señora Masterson sabiamente—. Las cosas tienen que tener un sentido y una razón de ser. Si la persona es mala alumna o su desempeño no es el más apropiado puede dirigirse a una vida desordenada y no conseguirá más de lo que merece.

—Creo en el sentimiento de caos en la vida… caos es lo que le da a la vida su espontaneidad… ¿No lo cree? —habla Iris atrayendo las miradas de ambos esposos sorprendidos ante su deducción y el tono pausado, formal, pero firme de su voz para ser alguien tan joven.

—Vaya. Sí que tiene su propia voz esta muchacha —opina el hombre mirándole sorprendido: no todos se atreven a llevarle la contraria a su esposa gracias a su temperamento. Pero contrario a lo que esperaría de una chica tan joven y que tal vez se avergonzaría de su comentario, esta observa con desafío a ambos esposos.

Como si esperara una réplica de su parte.

La trabajadora social, nerviosa dice. —Tal vez sea un buen momento para que Iris de una vuelta por su jardín —Ahí observando a la señora de la casa—. Estábamos opinando antes de entrar que tiene un hermoso jardín, señora Masterson.

—Muchas gracias —dice secamente todavía afectada por el comentario de la chica y la intensa mirada de esta sobre su rostro que la hace observarla. Mirando con nerviosismo (pero sin declararlo verbalmente), corta la mirada con la joven y mientras esta la observa firmemente ella vuelve a mirarle para notar que aún no le deja de observar. Ya exasperada ante su escrutinio dice con un gesto un tanto más atento—. Puede ir al jardín si lo desea —accediendo a la solicitud de la trabajadora social.

La adolescente observa a la señorita Burrows y esta asiente dándole permiso y con esto pide disculpas para marcharse del saloncito y dejando a los tres adultos solos. Ya cuando la trabajadora social considera que no puede ser escuchada por la jovencita, dice a los anfitriones. —Seré totalmente sincera con ustedes: Iris siempre ha sido una chica particular. No hace amistad con chicos de su edad… fue abandonada por su madre cuando tenía seis años y dejada en custodia de su padre. Este murió dos años después, de cáncer de páncreas que ya estaba muy avanzado. Entró después de eso a servicios sociales. Le gusta estar entre adultos y creo que eso no cambiará. Tal vez es por eso, que es tan propia al hablar.

—Dice que es muy inteligente… —afirma Masterson.

—Más bien atrevida —discute su esposa, poco acostumbrada que le discutan y le lleven la contraria.

—Iris no deja de decir lo que piensa… y es muy inusual en los chicos que llegan al sistema tener un autoestima tan alto como es su caso.

—¿Ha estado en muchos hogares?

—En realidad estuvo bajo el cuidado del estado en hogares temporales hasta los trece años. De ahí hasta el momento con ustedes serían el sexto hogar temporal que la acoge.

—¿El sexto en casi cinco años? —pregunta no cuidando el tono de su voz la dueña de la casa y observa nerviosa a su esposo quien permanece de manera pasiva, simplemente escuchando lo que la trabajadora dice. La señorita Burrows entiende la preocupación de la mujer: ella misma se sorprende que Iris quien es referida con un comportamiento ejemplar, se mueva tanto dentro del sistema y en tantos hogares en los últimos años. Usualmente ese tipo de traslados se le atribuye a chicos problemáticos y desadaptados.

La señorita Burrows guarda silencio unos momentos para darles tiempo a los aludidos pero no dura mucho tiempo cuando el señor de la casa dice. —¿Dónde firmo?

—¡Anthony! ¿No estarás considerando…? ¡Es una chica sumamente maleducada!

—¿Maleducada? Caroline: la chica es todo lo que podríamos esperar y hasta más del sistema social… está un poco oxidada en modales pero algo podrás hacer… criaste a tres hijos —Tocando su hombro con delicadeza—. ¿Dice que va a la escuela?

—Está en el último año. En su último hogar adoptivo era la primera de su clase.

—¿Ya ves querida? —dice Masterson con una sonrisa de confianza a las palabras de la señorita Burrows—. No nos caerá mal tener un poco de energía joven en la casa.

La mujer se levanta incómoda de su silla y muestra su inconformidad con la decisión. La trabajadora social con una mirada apenada pasea sus ojos del hombre a la mujer diciendo con nerviosismo. —Lo siento… pero según tengo entendido ambos estaban de acuerdo. Se necesitan ambas firmas para hacer final la instalación de Iris aquí.

—Disculpe a mi esposa señorita Burrows. Hace casi veinte años… perdimos a nuestra única hija —ahí la mujer comprende la hesitación de la señora y asiente en silencio entendiendo sus palabras—. Tenemos dos hijos más, pero no sabemos mucho de ellos —Señalando con su mirada el retrato encima de la repisa de la chimenea—. No estamos acostumbrados a las chicas… y el dolor aún no nos deja seguir.

—Lo lamento mucho señor Masterson —dice de todo corazón la mujer de tez oscura. Sus palabras están cargadas de honestidad, lo que hizo que el sujeto cerrara sus ojos para enjugar su dolor. La señora Masterson muy al contrario a su esposo y quien usualmente el tema le afecta no dijo nada pero tampoco dio a entender cierta sensibilidad por el tema— . Le puedo asegurar que Iris no ocasionará problemas. No lo ha hecho nunca en ninguno de los hogares. Pero creo que necesitan más tiempo para ustedes pensarlo —incorporándose.

—Deme unos minutos a solas con mi esposa, por favor, señorita Burrows —solicita cortésmente el hombre. La aludida asiente en silencio y sale del saloncito dejando a ambos solos. Anthony pregunta con voz grave—: ¿Acaso no puedes hacer un esfuerzo mujer? Hablamos de una adolescente. Hemos tratado con esas antes…

—Hemos tratado con Lori… Mi Lori era educada. Guardaba silencio cuando era necesario. Era un poco terca en ocasiones pero eso fue veinte años atrás. Los jóvenes de ahora están con costumbres odiosas y toman la educación en buenas costumbres como algo anticuado. ¡Tu idea es absurda! ¡Tomar una chica de la calle en nuestra casa!

—A mí me simpatiza. Parece ser muy centrada. Y escuchaste a la trabajadora social… es inteligente. Le gusta estudiar aunque no es aplicada.

—¡Ella dirá cualquier cosa para quitársela de encima! —Alzando sus manos añade—: ¡Seis hogares en cinco años! Seríamos el sexto… una muchacha tan inestable puede tener mañas —bajando la voz y aproximándose a su esposo para discutirlo más racionalmente. Le mira a los ojos añadiendo—: y toma en consideración que en unos meses cumplirá dieciocho. Se marchará…

—Si la tratas como una hija no creo que lo haga —dice poniendo sus manos en sus hombros. Masterson con aquella revelación departe de su esposa supone que lo que le dolería luego de tomarle cariño, fuera que los abandonara o pidiera otro traslado, pero se equivocó cuando la mujer retrocedió quitándole las manos mostrando un aspecto en su rostro casi símil a la repulsión.

—Por si lo olvidas, ya tuve una hija… ¡Tuve una hija! No tienes que recordármelo a cada momento del día. —Alejándose de su persona pero sin dejar la habitación y camina con prisa a la ventana para observar a través de ellas: al otro lado puede ver una adolescente de cabellos oscuros caminando entre sus rosas y claveles mientras la señorita Burrows habla seriamente con ella pero parece que la joven no le prestara atención: se concentra en tocar por segundos las flores para luego… sorpresivamente, levantar la mirada a la ventana donde los ojos de las señora Masterson hace contacto con los suyos y ella retrocede alejándose del alféizar.

—No me agrada Anthony. Algo puede salir mal —su esposo lo toma como un “tal vez”.

Al menos es un avance ante el no rotundo de antes.

—Piénsalo de esta forma querida… terminará la preparatoria y se irá a la universidad —haciendo una pausa añade—: No se verá tan bien que personas como nosotros que ayudan en lo que pueden a los más necesitados y conocidos por nuestra buena voluntad, mande de vuelta a una casa de acogida a esa chica, una vez habiendo hecho el compromiso con Servicios Infantiles.

Caroline mantiene el silencio y poco a poco suelta la inquietud en su mirada, al afinar sus facciones y respirar larga y profundamente por unos instantes ante la cara de “cachorro herido” que su esposo sabe colocarle (digno de los nietos de la pareja) para decir. —Bien… de acuerdo —notando la sonrisa que ilumina el rostro de su esposo y quien le besa en los labios con intensidad y ella mantiene los labios cerrados—. ¡Por Dios Anthony! —Sintiéndose repentinamente acalorada a las demostraciones de agradecimiento de su esposo. Mientras se arregla la blusa y camina hasta el recibidor dice con aire acusatorio mientras su marido le sigue el paso—. Pero te lo aseguro que al primer error… al primer problema con esta chica y se va de nuevo a Servicios infantiles… —Abriendo la puerta y dice con un tono de voz gentil—. ¿Señorita Burrows? —Haciendo una señal con su mano que se acerque. Mientras la aludida se aproxima con gesto de expectativa, la chica de cabellos oscuros y piel dorada viene en pasos más lentos.

La señora Masterson le lanza una última mirada —un tanto breve que le pone en advertencia— y dice con gesto serio—: Lo hemos pensado. Aceptamos servir de… —evitando decir “Padres” añade—: hogar temporal para la chica…

—Iris —reconfirma la trabajadora social con una sonrisa y la satisfacción escrita en todo su rostro—. Se llama Iris…

—Iris —repite la señora Masterson aún un tanto insegura de su decisión pero invita nuevamente con un gesto a ambas féminas a pasar. Ya habiendo pasado ambas su esposo se queda atrás observando un instante la entrada de la casa y luego cerrar la puerta tras su persona.

Capítulo 2

La señora Masterson no ha dejado de hablar desde que despidieron a la trabajadora social aquella noche; cenó con ellos, tratando de hacer la transición lo menos extraña posible y una vez se confirmó departe de Iris que estaba bien quedarse allí y una vez que la trabajadora social les dio las tarjetas de presentación con sus teléfonos, se marchó en su Sedan del 96. —Esta será tu habitación —anuncia al abrir una de las puertas del segundo piso. Encendiendo la luz añade—: Espero que te guste.

La habitación se encuentra a media distancia del final del largo pasillo del segundo piso. Tiene una línea de ventanas que la cubren de pared a pared, justo debajo del espaldar de la cama y está cubierta con cortinas. La cama está llena de cojines decorativos y tiene una linda colcha de un tono verde claro. La habitación es bastante práctica: escritorio, tocador y un armario al otro lado.

—Ahí hay acceso al baño —explica de la otra puerta al otro lado—. Cuando los chicos no están será tu baño. Al venir ellos con sus familias compartirás con ellos y otra habitación que hay del otro lado.

—¿Los chicos?

—Mis hijos. Viven fuera de casa y uno de ellos ya está casado y ambos tienen vida aparte, pero suelen venir para las fiestas… si te quedas… —haciendo una pausa se da cuenta de la forma en que aquello sonó y vuelve a parafrasear— en Navidad los conocerás. —Mirando de arriba abajo a la joven añade—: ¿Usan ese pelo tan corto ahora?

—¿Ahora?

—¿Es la moda?

—Es práctico. No necesita mucho cuidado —explica secamente.

—Bueno —dice ella un tanto dudosa del concepto de esa palabra—, supongo que en tu caso sí lo es… —ahí dudando lo que dice. Iris por su parte, coloca la mochila con la que llegó, sobre la cama y la abre sacando varios libros y un portarretratos viejo de madera gastada. La mujer lo observa un instante y luego a la chica que parece encerrada en su mundo: sacando sus cosas (las pocas que tiene) de la mochila—. El Señor Masterson mandará en la mañana a su asistente a averiguar todo lo relacionado con la escuela… estamos pensando inscribirte en un colegio privado —Ahí atrayendo la mirada de Iris—, si lo prefieres…

—¿Privado? ¿De los que usan uniformes? ¿Faldas escocesas y todo ese embrollo?

—su tono de voz devela todo lo que para ella significa en lo personal un colegio privado. Caroline frunce su ceño y dice con un gesto grave y pausado—. Sí.

—Paso—dice tajante y firme—. Pública para mí estará bien —afirma seriamente.

—Escucha niña…

—Iris.

—Bien Iris, escucha: el señor Masterson es una persona sumamente ocupada y debo de decir que yo también. Debo administrar esta casa y no hay muchas cosas para hacer aquí durante el día. Tampoco puedes pasar el día en la calle. Usualmente las clases empiezan a las nueve en punto y en eso, somos bien estrictos. Desayuno es a las siete y media en punto. Los sábados y domingos almorzamos juntos. Estarás en casa para las tres y cuarenta minutos en punto. El chofer…

—¿Chofer?

—Sí, chofer. Tenemos un chofer. No tomarás el autobús público… más faltara. El señor Masterson es candidato para ser el presidente del Colegio de Abogados del estado… no tendrá a una chica bajo su tutela tomando autobuses… ¿Qué pensará la gente de nosotros? —La chica se quedó quieta ante aquellas declaraciones. La señora Masterson observa las ropas encima de la cama y dice—: ¿Qué es eso? —Señalando con un dedo unos pantalones con parches y no evita levantarlos con cierto asco en su expresión. Al desdoblarlos observa que se trata de unos cortos llenos de parches y el ruedo gastado—. Te desharás de esto inmediatamente y de eso también —Al observar una camiseta remangada y con el cuello con hilos despegados—, por el momento eres una Masterson y debes de lucir como una.

—Esto es todo lo que tengo por el momento señora Masterson.

—Procuraré resolver este problema para mañana… —Mira la pared que está al otro lado de la habitación y llevando un dedo a sus labios frunce el rostro un poco más diciendo con un tono de voz firme—. Al fondo del pasillo hay una habitación. Tiene muchas cajas… creo que encontrarás una de ellas marcada como “Ropas de dormir” —Mirándola un instante de arriba abajo—. No estoy segura que podrá servirte pero como siempre terminan siendo holgadas… tal vez sí.

—¿Ropas de dormir?

—Están limpias… fueron guardadas limpias… —haciendo una pausa y evita la mirada de la chica yendo a la puerta—. tuve y perdí a mis Espero que descanses bien. Mañana a la siete y media en el comedor…

—Sí, señora —Viendo como la mujer se retira—. ¡Espere! —Evitando que cerrara la puerta. Observando su rostro—. ¿Tiene un teléfono aquí arriba?

—Hay uno allí —Señalando el escritorio y el pequeño aparato negro cobraba más sentido para Iris. Llena de curiosidad pregunta—: ¿A quién pretendes llamar a estas horas?

—A mi sicóloga.

—¿Disculpa?

—Sicóloga —confirma con su respuesta—. ¿No creerá que con seis hogares en cinco años estoy en todo lo normal, cierto? —añade con una sonrisa burlona y un brillo en su mirada mientras se aproxima con lentitud a la puerta de la habitación. La señora Masterson adquirió en sus mejillas un sorprendente rubor de vergüenza.

—Estabas escuchando.

—Creo que toda la calle le escuchó. —Su mirada se llenó de nostalgia al agregar—: No pretendo llenar un vacío. Recuerde que yo también una vez tuve y perdí a mis padres… —Señalando con la cabeza el portarretrato sobre la cama—. Y no pienso reemplazarlos muy pronto… —haciendo una pausa—. Buenas noches.

Veinte minutos después y ante la presencia de su esposo (quien ya en sus ropas de dormir lee un libro en la cama de ambos mientras ella se quita sus joyas para ir al baño) dice. —Insolente… totalmente irrespetuosa.

—Era notable que tuviera su propio temperamento —dice sin observarle y de manera distraída (aunque para Caroline aquella distracción la utiliza para ser más sarcástico de la cuenta y salirse con la suya)—. Ustedes se llevarán de maravilla en ese caso —Levantando fugazmente la mirada de su libro para mirar el rostro enfurecido de su esposa (últimamente aquello se está convirtiendo en un hábito)—. Vamos Caroline: sabes que los chicos de ahora tienen su propia opinión e independencia de hacer lo que quieren y cuando quieren. Necesitan límites por supuesto pero hay que darles un poco de rienda suelta —Viendo su duda añade—: Cuando se adapte a nosotros y tú a ella, será mejor… ya ni la verás como una extraña.

Caroline lo observa detenidamente antes de responderle. —Tal vez tengas razón —

y sonriendo más animada añade—: Deberíamos organizar una cena… una cena formal.

—¿Cena formal?

—Para presentarles a Iris a nuestros familiares y amigos. —Ante el gesto de duda ella añade—: ¡No me dirás que pretenderás que la gente simplemente lo sepa por rumores! No creo que esté acorde a nuestra alcurnia darle la bienvenida con todas las de la ley: cena formal, brindis de bienvenida… tal vez mantelería y…

—Creo que debes hacer algo menos formal, querida. Una cena con nuestra familia, estaría bien… una cena formal con nuestros conocidos y allegados terminaría por asustarla.

Piensa en silencio unos segundos y dice—: Tal vez tengas razón. Pero tendremos que esperar a Navidad para que los chicos la conozcan… ¡Pensar que faltan unos meses para Navidad! Probablemente decida marcharse antes de eso…

Mientras los Masterson hacen planes, al otro lado del pasillo, la recién llegada a la residencia, toma las toallas que fueron puestas en la ducha y las observa un instante distraídamente acariciándolas por un segundo. Dejándolas en su sitio, llega al teléfono y lo toma marcando un número que parece saberse de memoria. Repica un par de veces cuando escucha que lo levantan y saluda dice. —Hola. Soy yo… me aceptaron.

—¿Cómo son? —pregunta la voz al otro lado de la línea. Iris camina su mirada por toda la habitación de manera intensa y observa la cama antes de sentarse en la silla del escritorio y escucha que añade—: ¿Son tal como los esperabas?

—No sé lo que estaba esperando —admite la chica— pero han resultado ser simpáticos. Principalmente la señora… —sonriendo con satisfacción— me tiene algo de miedo.

—Iris no vayas a hacer alguna locura…

La chica que responde a ese nombre suelta una carcajada mostrando la calidez de su rostro en aquel gesto para responderle a su interlocutora. —¿Yo? ¿Cuándo he hecho locuras? En fin, pronto estaré, de seguro, viendo recortes de álbumes y conociendo personas de la familia y creo que eso ayudará… —bajando el tono de su voz—. Lo encontraré… juro que lo encontraré.

—Tu experiencia me ayudará muchísimo con mi investigación Iris. Me has ayudado mucho… pero ¿qué pasará si lo que buscas no está tampoco ahí?

Iris dudó un instante y su mirada se nubló con tristeza aunque su interlocutora no la vio. —Será mejor que me vaya ya. No quiero que levanten en otro lado la línea y me descubran hablando esto. Hasta luego doctora… veré cuándo le escribo un correo electrónico y le mando unas cuantas fotos —antes de que la susodicha pudiera replicar, Iris había colgado la llamada.

Capítulo 3

Tal cual Iris no pudo predecirlo, los toques en la puerta de su habitación se volvieron tan continuos que fueron insoportables. No pudo dormir hasta muy tarde, explorando todos los alrededores de la casa, hasta donde el tiempo y sus nervios le permitieron yéndose a la cama pasada las tres de la mañana. Ya cuando ella no respondió al llamado, la puerta se vio estrepitosamente abierta y las mantas en las cuales dormía, bruscamente separadas de su cuerpo, sobresaltándole.

—¿Acaso no dije que el desayuno es a las siete y media en punto? —Escucha la voz retadora de la señora Masterson.

Iris reconoce la voz de Caroline y aún aturdida por la brusca forma que fue levantada dice con voz sutil—: No dormí hasta muy tarde… —Ahí siendo observada con perspicacia y añade—: Problemas femeninos —miente hábilmente resolviendo con ello que el enojo de la mujer fuera empequeñeciendo y su mirada se lo revela.

—Oh. Bueno… entiendo —y añade con sagacidad—: Creo que necesitarás productos higiénicos. Lo mandaré a buscar y mandaré a la muchacha de ayuda con un desayuno para ti… ¿Necesitas algún medicamento?

—No, estoy bien. Y gracias —responde con cortesía la joven y ve cómo la mujer se retira cerrando la puerta tras ella. Solo cuando se vio a solas fue que se echó atrás en la cama. Se echó la mano a la cara suspirando por lo cerca que se encontró. Pudo haber dicho que se le pegaron las sábanas pero no cree que sea una buena idea con el temperamento de Caroline Masterson puesto a prueba.

De por sí, esa mujer no la quiere en su casa.

Decidió no tentar la suerte y retirarse a bañar. Una vez salió de la ducha encontró en su cama unos pantalones y una de las camisas que ella misma llevaba en su valija. En la mesa del escritorio, una bandeja con jugo, leche y tostadas con fruta.

Lo que deseaba era una taza enorme de café. Sí, a sus diecisiete años, es adicta al café. Eso fue una de las cosas que no se le quitó con sus tratamientos y su terapia. Incluso el hábito de fumar se le había quitado —por suerte duró solo unos meses con el hábito— y la sicóloga logró que dejara de fumar. Aunque la tentación a veces le invade.

Se comió lo que le apeteció del servicio y sin nadie decírselo descendió las escaleras con la charola en sus manos encontrándose cara a cara con la señora de la casa y la chica que ayuda a la limpieza. —Iris, esta es Norma. Es la chica que me ayuda en la semana… Norma, ella es la señorita Iris, quien estará con nosotros por un tiempo.

—Mucho gusto Norma —dice Iris con cortesía pero sin sonreír.

—Tanto gusto señorita —saluda cordial la mujer bajita y rechoncha a la aludida. Su piel oscura como la noche y ojos brillantes, pero igual de oscuros recorren de arriba abajo su complexión para luego ampliar la sonrisa y decir—: Gusto en tenerla aquí. Estoy para lo que se le ofrezca. —Ya tomando la charola de sus manos y disponiendo de ella, sale a la cocina. Iris le sigue el paso hasta que la voz de Caroline le detiene preguntando a dónde va—. Voy a la cocina por un poco de café.

—¿Café? ¿A tu edad? —dice la mujer asombrada ante aquella revelación—. No deberías tomar café. Pone los dientes amarillos…

—¿No toman café aquí?

—Mi esposo y el jardinero con Norma. Pero no es costumbre mía tomarlo.

—Pues a mí sí me gusta. Lo tomo desde que tengo trece años y no creo que sea una buena razón para dejarlo porque estoy aquí… es un hábito que no creo querer dejar en mucho tiempo.

Se quedan viéndose mutuamente: los ojos de Iris reflejan decisión mientras su adversaria demuestra cierta sorpresa ante sus palabras.

—¿Nunca haces lo que te aconsejan?

—Nunca. Y por lo que veo usted nunca ha encontrado a nadie que le contradiga.

Caroline respiró profundo para responder. —Hay modales… estándares…

—Y no pretendo cruzar ninguno de ellos. Solo hablo de una taza de café señora Masterson.

La mujer no responde su solicitud pero sí le dice—: Iremos ahora afuera.

—¿Afuera?

—Mañana empezarás la escuela: y no creo que lo irás a hacer en esas fachas. Pasaremos a buscar el uniforme con el sastre (suerte que hay un sastre preasignado y siempre tiene tallas adicionales), cortarte el pelo y hacer algo con esas uñas. —Mirándole de arriba abajo e Iris se observa sus cutículas y sus uñas—.Voy a vestirme y nos iremos de compras… ¡Ah! Y dile a Norma que venga aquí arriba. Tiene que ayudarme con unas cajas. —Ya subiendo las escaleras sin siquiera voltear la mirada a la joven.

Encogiéndose de hombros, Iris camina por los pasillos de la casa: cruzando el pie de las escaleras y parte del recibidor, encuentra el baño de visitas. En un lado el estudio (lo sabe ya que entró a explorarlo la noche anterior) y finalmente en el fondo y con dos puertas (una al comedor y otra al pasillo exterior) estaba la cocina.

Para una casa de tal magnitud no estaba muy bien equipada pero posee todo lo básico. Iris así lo sabe porque el año anterior estuvo en la casa de un exitoso cirujano plástico y su esposa y la cocina era una obra arquitectónica de lo moderno y lo indispensable. Esta cocina era menos lujosa pero práctica. Ya vio la cafetera sobre la repisa y no dudó en ir a ella para buscar un poco de café justo en ese momento entra la mujer del servicio quien se sorprende de verla allí pero Iris le saluda con una tenue sonrisa.

—¿Sabe la señora que está tomando café? —no duda Iris que la mujer está enterada de las normas de su señora.

—Lo dejó entredicho —dice Iris sonriéndose y encogiéndose de hombros—, dice que necesita ayuda para bajar unas cajas.

Norma se marcha no evitando brindarle una sonrisa divertida. Ya a solas disfruta de su dosis de cafeína que necesita para dar la talla con el día que le espera.

Ya devuelta en el pasillo tocan el timbre y ella va al intercomunicador diciendo—: ¿Sí? ¿Quién es?

—Es Kate. Norma, abre la puerta. —confundiéndola con Norma, Iris prefiere abrirle la puerta y luego la de la entrada para encontrarse cara a cara con Kate.

Es claro de la primera mirada que esta le dio a la chica de diecisiete años que las cosas no iban a ser tan sencillas.

Capítulo 4

Han pasado dos horas desde el encuentro de Iris y Kate cara a cara. Kate es la hija mayor del hermano de Caroline quien murió en los pasados diez años. Al morir este, Kate se volvió prácticamente una más de la casa Masterson aunque sus ocupaciones en su tienda de ropa de segunda mano ocupan casi todo su día y hasta los fines de semana. Yendo de la mano de Caroline se separa de ellas para ir a su tienda ubicada dos centros comerciales más abajo y el cual Caroline prometió en ir antes de marcharse.

Así que al lado de la huérfana, recorren tiendas y boutiques algunas con precios asequibles y otras no tanto.

Debemos recalcar que para los Masterson la apariencia lo es todo; tener una “Recogida” en harapos no es la imagen social que estos quieren vislumbrar; quieren resaltar que ellos brindan a una muchacha la misma oportunidad que hubieran brindado a cualquiera de sus hijos. Caroline Masterson es recibida con muchos cumplidos a las tiendas donde parece que es asidua y no hesita dos segundos para pagar las prendas que encuentra adecuadas en la figura de Iris.

Mientras la mujer da sus aprobaciones a ciertas vestimentas, debemos añadir que Iris se siente abrumada. Si bien sus otros hogares fueron más desinteresados en algunos casos y en otros no tanto, sí se siente tensa al verse entre tantas oportunidades. Aunque ninguna es como la más importante que la ha movido de hogar en hogar los últimos años. Escucha un timbre de teléfono portátil cerca y no duda que sea de Caroline: esta ha recibido dos llamadas más temprano y son los únicos clientes en aquella tienda. En aquel momento tiene una falda por encima de la rodilla de color negra y un escotado blanco en satén. Demasiado lujoso para su gusto.

—¿Tengo que ponerme esta cosa? —pregunta desde el vestidor—. No me gusta para nada…

—¡No te ha gustado nada de las últimas dos tiendas! Tenemos que salir con algo para la cena dentro de dos noches —dice de manera autoritaria viendo sacar la cabeza por los vestidores con gesto de exasperación. Al ver su rostro añade—: Debes de vestirte como una señorita… no irás dando saltos por ahí en esa ropa que trajiste a la casa.

—No estoy acostumbrada a dar saltos. Y pensaba que buscaba ropa para la escuela —replica de manera firme pero no desafiante.

Caroline le da privacidad y retira la cabeza del vestidor pero se queda cerca para responderle. —Eso también. Pero tienes que añadir que un vestido o unas piezas elegantes te harán bien para las ocasiones especiales… ah y zapatos de tacón.

—¿Zapatos de qué? En mi vida he usado zapatos de tacón… —Quitándose aquel conjunto que le hacía ver como no es— y no voy a empezar ahora…

—Debiste conocer a Lori —dice ella atrayendo con su tono de voz su atención y haciendo que ella se detuviera de quitarse la ropa—. Usó tacones de acuerdo a su edad desde que cumplió trece años…

La nostalgia entrecerrada en su voz la hicieron darse cuenta de su desliz: la noche anterior se había prometido no hablar de Lori. Pero aquellos momentos, yendo de compras con una muchacha le habían recordado mucho sus experiencias de infancia y juventud de Loraine. Su única hija.

Y aquello a Iris le llenó de cierta culpa. Se quedó observándole por el reflejo del espejo que tiene en el vestidor. Al final salió con un vestido corto en sus manos, de color blanco con encajes diciendo—: Creo que este se me ve mejor…

—¿Un vestido blanco? ¿En una tez latina? —pregunta la dependienta y mirando de soslayo a la señora Masterson dice con gentileza a esta—. Tal vez quiera probarse otra cosa. Más adecuada a sus curvas y su tez…

Iris frunció su rostro notando con qué “indiscreción” la dependienta (una mujer muy clara ojos claros y perfilados) hablaba de su complexión física. Tal vez no era una modelo de portada pero no había nada malo con sus curvas. Lo que vislumbraba delante de sí era una adolescente de 17 años con sus grasas naturales y que no la hacían posar esquelética como el resto de las anglosajonas.

—Me gusta este vestido y no creo que ande nada malo conmigo pero sí con usted

—desafía Iris observándole con hastío y desafío mientras se aproxima de manera amenazante a la mujer—. Pero al menos no tengo que matarme de hambre como otras para entrar en una talla ocho. —Empujando el vestido en contra de su cuerpo ante su mirada incrédula y volviendo al vestidor para calzarse con el atuendo que llevaba aquel día.

La señora Masterson se puso de pie haciendo una seña a la dependienta para que le acompañase afuera. Ya en el área de exhibición dice con firmeza—: No tengo que decirte Amelia lo que significa que yo retire a mis conocidas y allegados de tu lista de clientes…—Viéndole palidecer.

—Lo siento señora Masterson. Pero creí que quería algo más adecuado al físico de la joven…

—No. Lo que tienes es un serio problema de discriminación —dice con firmeza—. Ella tal vez no sea una talla cuatro como la mayoría de tus clientas y como alguna vez lo fue Lori, pero definitivamente mi dinero sigue valiendo aquí… ¿No es así? Y mi dinero habla por ella… ¿Quedó claro?

La mujer bajó su mirada sin nada que decir y la señora Masterson advirtió con acento suavizado mientras arregla su chaqueta. —Recuerda que ya los tiempos no están como antes: que quieras mantener cierta percepción de tus clientes, es ilegal en casi todo el mundo… y la chica tiene razón: tu ropa no se presta a lo que buscamos aquí. —Viendo a la joven venir de atrás y dejar los vestidos en el mostrador y sonríe añadiendo—: Iremos a otro sitio… —Abrazándola por los hombros y ambas retirándose del lugar. Ya afuera dice—: Te defendiste sumamente bien… estoy sorprendida.

—No debió de decir eso… ¡Muchas personas tienen curvas y no quiere decir que sean gordas o deformadas! Odio ese tipo de gente… ¿Todo por el color de mi piel?

—Tienes un bronceado estupendo todo el día… eso es obvio y la envidia del lugar. —Dice sorprendiendo a Iris quien la mira espantada ante su respuesta.

—Escuché lo que le dijo… gracias —dice la chica con gesto humilde.

—¡Es una tonta! Rubia oxigenada… ¡Quien la escucha! Ella era antes castaña… y castaña se veía mejor… —Tomando su hombro acelera su paso para decir—: Vamos… por aquí iremos a la tienda de Kate. —Doblando una esquina en el centro comercial.

—¿Este lugar… es muy antiguo? —pregunta observando los diversos escaparates, la fuente al centro de la plaza y el techo bobinado del lugar.

—Bueno sí… la plaza tiene más de veinticinco años. Aunque no era tan grande en aquel entonces. —Viendo la complexión preocupada añade—: Ya olvídalo. Vamos. Seguro en donde Kate encontraremos algo…

—¿Kate vende ropa?

—No toda clase de ropa… ropa con historia —afirma con orgullo la mujer.

Aquella revelación la llena de curiosidad aventurándose por los distintos establecimientos: en la librería y papelería adquirió lo que necesitaba para las clases. Por requisito de la señora Masterson en una zapatería adquirió dos zapatos nuevos para la escuela y unos zapatos de tacón para la famosa cena.

Cuando llegan a la puerta del negocio esta tiene como letrero de cabecera “Retazos: tienda de los tiempos” y abriendo la puerta se abre paso a lo que llamaríamos el baúl del tiempo olvidado.

Exhibidores y percheros llenan de extremo a extremo el establecimiento. Tiene un tamaño relativamente normal a los demás negocios de la plaza pero pintado con un color mostaza y cobre en su interior hacen alusión a momentos, tiempos y eventos que caen en el olvido. Aquellos estantes y percheros están llenos de ropas de todos los colores, texturas, diseños y adornos. Carteles sobre los mismos hechos con cuidado y plastificados, hablan de “básicos” “formales” “semi-formales” “faldas” “pantalones” “dos piezas” “abrigos y casimires” cuidando el detalle de no parecer desarreglado pero sí elegante para llamar la atención del que pasea fuera de la plaza. Dos maniquíes en la vidriera llevan puestas prendas que fácilmente hacen alusión a los años cincuenta. Y al fondo justo atrás ven una mano que se levanta entre los percheros y la voz indicando la dirección a tomar les guía entre los percheros y los estantes de bolsos y más ropas.

—Bienvenidas ¿Cómo les ha ido de compras?

—Nada bien debo añadir —dice Masterson pero no desanimada y añade—: Creo que intentaremos en las franquicias que hay del otro lado… tengo unas cajas en el maletero del coche para la tienda… ¿Te animas a buscarlas? —Mostrando la llave de su coche—. Yo descansaré un poco en tu oficina.

Aceptando la propuesta, Kate toma las llaves del vehículo y se marcha en busca de las cajas mientras Iris recorre aquellos percheros observando la ropa: toda la ropa es de segunda mano pero la mayoría en estupendas condiciones. ¿Qué hace una tienda de ropa de segunda en aquel centro comercial semi-exclusivo? Hasta se lo preguntó a la ayudante que le sigue en toda la tienda.

Una chica (parecía estudiante pues es tan joven como ella) con un teñido rubio en el cabello pese a que sus cejas son castañas, le dice—: ¡Estos ricos! Hay personas que para costearse nuevas vestimentas, venden las que ya han comprado, usado y no creen que puedan volver a usarla. Así se costean las nuevas vestimentas que adquirirán.

Aquella idea aunque era la primera vez que la escuchaba por alguna razón le resulta familiar. Así pregunta—: ¿Y hay gente que viene a comprarla?

—Eso es lo mejor. Sí los hay. Allí atrás hay una selección de ropa de marca… estoy hablando de diseñador y alta costura con sus sellos originales y todo. Esos vestidos y conjuntos son adquiridos a precios un poco altos pero no como si lo compraras a la misma casa de diseños —y bajando la voz añade—: Hay unos cuantos “Plásticos”2 de este estado que vienen aquí, venden artículos de lujo y compran algunas piezas que no pasan de moda. Otras son estudiantes con no muchos recursos pero compran los vestidos que están aquí para sus fiestas y eventos… en fin, hay de todo.

—¿En serio? ¿Acaso son los Masterson de ese tipo? —pregunta Iris curiosa y bajando la voz para no ser escuchada: incluso observa perspicazmente la puerta de la oficina.


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