LA FEA KRIMILDA Y EL CIEGO JOHANNS
Eduardo Rojas Rebolledo

Colección / Collection
Los cuentos del cíclope (A Book for a Buck), núm. 007
Primera edición electrónica: junio de 2011
First digital edition: June, 2011
Publicado por Tártaro en Smashwords
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Copyright © Eduardo Rojas Rebolledo, 2011
Copyright © Tomás Zurián (ilustración en interiores / interior illustration), 2011
Copyright © Tártaro Servicios Editoriales, SA de CV, 2011
Av. Insurgentes Sur 377-503, colonia Hipódromo de la Condesa, delegación Cuauhtémoc, 06170, México, Distrito Federal
ISBN (ePub): 978-607-9150-14-3
ISBN (ePub, colección completa / complete collection): 978-607-9150-00-6
ISBN (mobipocket): 978-607-9150-15-0
ISBN (mobipocket, colección completa / complete collection): 978-607-9150-04-4
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Noticias
«Será un acto piadoso»: tal súplica final profiere el náufrago de La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares, en su anhelo por la impalpable Faustine. En La fea Krimilda y el ciego Johanns el acto piadoso es más bien vehemencia amorosa en pos de aquel que, a diferencia del drama bioycasariano, sólo es capaz de mirar mediante las facultades de escuchar y tocar.
Eduardo Rojas Rebolledo nació en el desierto de Baja California Sur en 1970 y renació en Galicia en 2000. Ha colaborado en diversas publicaciones y textos suyos han sido incluidos en varias antologías. Su primera novela, La ruta del Aqueronte, fue publicada por el Fondo de Cultura Económica en 2006. Bajo el mismo sello editorial aparecerá este año su segunda novela, Bálano. También es autor de libros de relatos de ensayo.
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del otoño de 1820, el agitado ruido de cinco carruajes despertó a buena parte de los vecinos del Leopoldstadt. Y no era para menos: los cinco rodaban a matacaballo y sus cocheros berreaban lo suficiente como para incomodar a un muerto. Los ocupantes resultaron ser el coronel Anton Oesterlin, el doctor Maulbertsch, el abogado Von der Fletscher, y media docena de gendarmes. Algo muy grave había sucedido en la casa de la señora Krimilda Göten.
Nada más apearse en el oloroso jardín de azucenas que abrigaba la entrada, salió a su encuentro el ama de llaves. Tenía la cara desencajada y apenas y podía articular palabra. El doctor Maulbertsch entró el primero y tras él, el viejo abogado Von der Fletscher. Los gendarmes, presumiendo de una sólida educación castrense, se alinearon firmes a la espera de las órdenes del coronel Oesterlin.
—¡Ustedes cuatro!, monten guardia en la puerta, no quiero mirones ni visitas sorpresa. ¡Y ustedes!, vengan conmigo, veremos qué tiene que decir la señora Krimilda.
La casa de la señora Krimilda Göten era una soberbia muestra de mal gusto. Mandada construir por su abuelo a principios del reinado de José II, para usufructo y herencia de su único hijo, era una desagradable mezcla de estilo barroco y Luis XV. Estaba hecha toda de cantería labrada y contaba con tres plantas comunicadas por una escalera tan grande y ostentosa que parecía robada del palacio de Belvedere. La decoración, por su parte, tenía el toque rancio del anticuario y el atrevimiento iletrado del burgués. Había muebles por todos sitios, sin consideración estética alguna; los objetos de porcelana y de plata abarrotaban estanterías, esquineras y mesillas; y de las paredes –revestidas de color burdeos y verde aceituna– colgaban innumerables cuadros al más sensiblero estilo danubiano. Eso sí, no había ningún espejo; estaban más que prohibidos desde que Krimilda cumplió los cinco años.
El coronel Oesterlin y dos de los gendarmes cruzaron el salón principal sin poder evitar una mueca de entre asombro y sofoco. La señora Krimilda Göten se había confinado en la biblioteca, dejando a su marido, el señor Johanns von Alt, gritando de dolor en la habitación de la primera planta. Afortunadamente el doctor Maulbertsch actuó con rapidez y eficiencia, y logró tranquilizarlo. Claro que también ayudaron las alentadoras palabras del abogado Von der Fletscher.
Algún tiempo tardó el coronel Oesterlin en convencer a la señora Krimilda para que abriera la puerta; estaba empeñada en permanecer encerrada y amenazaba con hacerse daño si intentaban entrar por la fuerza.
—Únicamente hablaré con usted, coronel.
—De acuerdo, señora Göten, yo entraré solo. ¡Pero abra de una vez!
El coronel Oesterlin notó que la biblioteca estaba muy oscura. Un escaso par de lámparas a mediana intensidad era toda la luz que la señora Göten acostumbraba encender cuando recibía alguna visita. Y aunque el alba comenzaba a despuntar, las gruesas cortinas de terciopelo rojo impedían el paso de cualquier claridad del exterior. El coronel hubo de educar los ojos a tanta tiniebla antes de poder distinguir la silueta de la señora Göten sentada tras su escritorio. El coronel Oesterlin dio unos pasos y se sentó frente a ella. Y si ya de por sí el ambiente le pareció lúgubre, al advertir el atuendo de la anfitriona, le pareció incluso macabro.
La señora Krimilda Göten tenía por rutina ataviarse con un vestido negro confeccionado en seda cotonada muy gruesa, y de corte tan recatado y vetusto que no dejaba ver ni el dorso de sus manos. Pero eso no era todo: la señora Göten usaba una peluca desgreñada y argenta sobre la que hacía descansar una anticuada pamela; ¡y para rematar la grotesca indumentaria!, se cubría la cara con un velo de seda levantina –también negro– que apenas y dejaba imaginar las crueles formas de su cara. ¿Y todo para qué?, para ocultar a los ojos de los mortales su tremenda fealdad, ni más ni menos.
¡Pobre Krimilda!, Dios se había ensañado con ella de tal manera, que no existía mujer más fea en todo el imperio. Su cuerpo distaba mucho de guardar las formas clásicas: era rollizo, de piernas cortas y hombros enjutos, la cabeza era –en proporción– demasiado pequeña, muy redonda y con el pelo tan escaso y débil como el de un neonato; además, sus ojos eran asimétricos, medio estrábicos y pegados casi al tabique nasal; sus labios, que tanto dicen de la voluptuosidad de una mujer, eran extremadamente delgados y cadavéricos; y la barbilla, insignificante, parecía formar más parte del cuello que de la cara; ¡y ni decir de los lóbulos de las orejas!, que eran dos crestas de gallo naciéndole de los perfiles; ¡ni de su nariz!, que era tan alargada y estrecha como el pico de un cuervo. Sin embargo, en este derroche de mala fe divina, Krimilda poseía algo hermoso, sí, aunque parezca una broma: Krimilda poseía una voz dulce y encantadora, tan medida y sonora como el canto de un ruiseñor.
—Señora Göten –el coronel rompió el silencio lúgubre de la biblioteca–, según nos informó su cochero en la gendarmería, usted le clavó un abrecartas a su marido en los ojos.
—¿Cómo está?
—Considerando que el señor Von Alt era ya ciego, la pérdida no le resultará tan grave. El doctor Maulbertsch está con él. Pero me temo decirle, señora Göten, que la que está con graves problemas es usted. Cuénteme, con tranquilidad y detalle, todo lo que ha pasado.
—¿Quiere todos los detalles?, pues tendrá entonces tiempo, coronel Oesterlin, mucho tiempo.
—Tiempo y paciencia. Así que hábleme con la verdad, señora Krimilda, sabré ser comprensivo.
—¡Ay!, coronel, ¿se puede usted imaginar los sentimientos que me han embargado durante mis treinta años de vida?, ¿sabe acaso la de veces que he maldecido a Dios por la cruel travesura que hizo conmigo?, ¿y las otras tantas que he pensado en arrancarme el corazón para dejar de sentir, para intentar apagar la rabia que me procura estar con vida? No puede tener ni idea. ¡Porque usted, coronel Oesterlin, ha tenido una vida normal!, y en ello radica nuestra gran diferencia. Soy fea, coronel, muy fea. Muchos incluso dicen que soy un monstruo. Seguro usted lo cree, ¿no es así?, se lo veo en la cara, pero no se preocupe, yo también lo creo, ¡lo he creído siempre! Tal vez por eso mi vida es aún más dolorosa: no me enseñaron a reírme de mi fealdad; sólo me enseñaron a sufrirla, a llevarla como un castigo, como una gran culpa. Sí, me he tomado las cosas demasiado en serio. Es triste, pero vivimos en un mundo de apariencias. Hace ya tiempo que el espíritu importa menos que nada. ¿Sabe, coronel Oesterlin?, con apenas cinco años hube de enfrentarme con mi destino. ¡No le miento! A los cinco años tomé conciencia de mi tremenda fealdad ¿Que cómo? Muy sencillo: cometí la imprudencia de mirarme en un espejo. Allí me di cuenta, coronel, de que cada una de mis facciones, cada uno de mis trazos, mis ojos, mis mejillas, mis cabellos, mis orejas, ¡todo el conjunto!, nada tenía de parecido con el común de mis congéneres; descubrí lo mucho que distaba de parecerme a un ángel, a un querubín o a una santa. ¡Ay!, qué despiadada me resultó en ese momento la iconografía cristiana. ¿Ha visto usted algún personaje celestial que sea representado con feas formas y malas proporciones? No, ¿verdad? Sentí entonces mucho odio y vergüenza, coronel, y no encontré otro modo de aliviarme que golpear el espejo una y otra vez: hasta que el ruido de los cristales y de mis lloros alertó a la señora Viktoria Erd, mi querida nodriza.
»—¿Qué pasa, mi niña bonita? –ella sabía mejor que nadie lo que me pasaba. Sabía que el dolor había entrado en mi vida y que no había marcha atrás.
»Tengo tanto que agradecerle a la señora Erd, que ni todo el oro del mundo sería capaz de pagar el precio de sus oportunas caricias, de aquéllos, sus mimos y besos puntuales. Murió cuando yo tenía cumplidos los diecinueve años, y le puedo jurar que no he llorado más muerte que la suya. ¡Mi querida Viktoria!, cuánto la sigo echando de menos. Ella, coronel Oesterlin, fue para mí todo: fue amiga, paño de lágrimas, secuaz e incluso una feroz protectora. Cuando llegué a este mundo, mi madre sufrió tal sobresalto que se le cortó la leche y con ello –casi a la par– se le cortó también cualquier posible lazo sentimental para conmigo. Mi madre nunca me quiso, coronel, no podía ni llamarme por mi nombre, ¡no podía ni verme! Me repudiaba igual que la coneja repudia al gazapo enfermo: sin contemplaciones:
»—¡Por Dios, señora Viktoria!, llévesela de aquí, que espero visitas. Y no quiero que se le escuche ni respirar –decía con tanta inquina y repugnancia que hasta un verdugo se abatiría de pena.
»Mi madre me condenó a una vida de monasterio. La sola idea de que me vieran por la calle, en misa o simplemente tras la ventana, la llenaba de vergüenza. Su frustración y su amargura fue tal, que no le bastó con cobrársela conmigo, sino que también se la cobró con mi padre. Como lo oye, coronel Oesterlin, para mi madre la culpa de todo estaba en el árbol genealógico de los Göten, y es que ella se sabía una mujer perfecta y hermosa. Después de mi nacimiento mi padre no volvió a tocar a mi madre. Durante quince años su relación sólo existió de cara a la altiva sociedad vienesa. El pobre infeliz se entregó a la bebida como un sediento marinero. ¡Ay!, coronel, no sabe la de noches que lo escuché humillarse frente a la habitación de mi madre, rogando de rodillas que lo perdonara, implorando una caricia, un beso, asumiéndose entre llantos como el único responsable de que yo hubiese nacido así. Y nada: ella jamás le abrió la puerta.
»¿Sabe, coronel Oesterlin?, tengo que reconocer que, pese a todo, algo sí que aprendí de mi madre. Me enseñó, con lo cruento que pueda parecerle, que tarde o temprano todo se paga, ¡y con la misma moneda de cambio! Tan es así, que ella lo comprobó en su propia carne, y yo, coronel, yo lo disfruté mucho. Verá: en el mes de febrero de 1805 mi madre se contagió de una rara enfermedad a la que los médicos –incluido el doctor Maulbertsch– no hallaron cura ni explicación. Aunque los rumores de la calle, en boca de la señora Viktoria Erd, apuntaron como causa del contagio a un desliz que mi madre mantuvo con el señor Von Daun, un rico comerciante de maderas que había permanecido largo tiempo en el África ecuatorial y que había muerto unos meses antes de que mi madre cayera enferma. Yo, honestamente, no pondría la mano al fuego por este rumor, pero lo que sí es cierto, coronel, es que la enfermedad de mi madre me resultó una venganza muy justa. En un principio se pensó que se trataba de una afección respiratoria, debido sobre todo a los altibajos de fiebre y a una tos de perro que apenas y la dejaba hablar. Pero al paso de los días la enfermedad tomó nuevos bríos: sin aminorar la fiebre, los músculos de todo su cuerpo comenzaron a perder movilidad y a endurecerse como madera de boj; se fue quedando raquítica y su piel fue pintándose de amarillo bilis. ¡Parecía un cadáver!, coronel Oesterlin, un muerto esperando sitio en el cementerio. Pero aquí no termina la venganza del destino: en su última semana de vida, cuando ya no podía ni pronunciar palabra, tan sólo unos chillidos de rata herida, se llenó de infinidad de pústulas y forúnculos que le deformaron la cara y la cabeza a tal punto, que resultaba imposible imaginar que hacía unos meses fuera una de las mujeres más hermosas y envidiadas de Viena. Eso tiene la belleza, coronel, que es un episodio efímero y volátil. Me dejaron entrar a verla cuando ya la muerte esperaba junto a su cama. En su habitación descubrí un olor fétido y una veintena de moscas jugueteando sobre su cabeza. Sé que no es de cristiana decirlo, pero gocé lo inimaginable contemplando los estragos que la enfermedad había hecho con ella, lo verdaderamente horrorosa e indefensa que había quedado. Ella, en cambio, me mostró unos ojos humillados: buscando mi compasión: tratando de hallar un cómplice. Estoy segura, coronel, de que nunca pensó que moriría de tal forma. ¡Ay!, por primera y única vez me sentí muy por encima de ella, ¡por primera vez tenía la ocasión de pisotearla como a una hormiga!, y no quise perder la oportunidad:
»—Pobre madre –le susurré al oído–, ya no queda nada de esa mujer que despertaba miradas y apetitos. Nada de la que atormentaba a su hija con el peor de los desprecios. Quieres ahora mi compasión, ¿verdad?, estás segura de que Krimilda es la única que puede entender tu tormento. Pues te digo que es ya demasiado tarde. Hace tiempo que estabas podrida y no quisiste darte cuenta. Madre, el alma no se puede embellecer con un suspiro y dos lágrimas.
»A la muerte de mi madre, coronel Oesterlin, la siguió la de mi padre. En menos de cinco semanas hubo que volver a abrir el nicho para darle merecida sepultura junto a su mujer. Y perdone que me ría, pero la verdad es que nunca estuvieron más juntos, pues personalmente ordené que los colocaran uno arriba del otro y con una lápida que dijera: Aquí yacen dos esposos a los que la muerte unió más que la vida. ¡Claro que mi padre no murió como un Romeo! Murió a consecuencia de una terrible melopea, ahogado en sus propios vómitos. Ya le dije que el desprecio de mi madre lo convirtió en algo menos que un despojo conservado en vino. Sinceramente, coronel, poco tengo que decirle de mi padre. No le guardo rencor. Tampoco le guardo un apesadumbrado duelo. No se preocupó demasiado por mí, pero tampoco buscó hacerme la vida difícil. Bastante tenía el pobre con su amargura y con sus fantasmas porque, hay que decirlo, hacía tiempo que se le escuchaba delirar a grito tan alto, que parecía que el Demonio mismo lo acompañaba de la mano. Creo que pudo haberle ido mejor; por lo menos no se merecía un final tan simple y vulgar.
»El caso es, coronel Oesterlin, que cumplidos mis quince años era huérfana, ¡y la fea más rica de Austria! Junto con la señora Viktoria Erd como mi única compañera, supimos sacarle jugo a la soledad de esta casa. Fueron tres años de una relativa paz interior… No, coronel, no abandoné mi enclaustramiento. Ya lo tenía asumido como parte inquebrantable de mi destino. Alguien tan desacostumbrada y temerosa a la mirada de extraños no puede menos que aceptar su existencia como un paulatino sumar de días y de noches, a la espera de que se cumpla el capricho del oráculo. Eso sí, cada mes recibíamos la visita de mi albacea, el abogado Von der Fletscher. Él nos traía los pormenores sobre la campaña de Baviera, sobre la batalla de Austerlitz. También nos ponía al día sobre las cuitas cortesanas y sobre los cotilleos más inmorales de la burguesía vienesa. Puedo decirle, coronel, que en esos años hubo noches en las que dormía plácidamente, en las que olvidaba mi tragedia, en las que me soñaba hermosa y ligera… Pero luego, al despertar, la realidad me fustigaba con la misma inquina que el espejo aquél de mi infancia. La señora Erd sabía levantarme el ánimo y la estima como sólo pueden hacerlo las almas nobles y sacrificadas. Me decía que perder la esperanza era peor que perder la vida, y que las buenas noticias acostumbran llegar sobre el ala de una abeja. En su lecho de muerte me auguró incluso que un hombre entraría en mi vida, un hombre amoroso y pulcro como un serafín. Yo no le creí nada. Pero tendría razón, coronel Oesterlin, ¡mucha razón!»
Krimilda Göten hizo una ligera pausa, como si tratara de hilvanar el tropel de anécdotas e imágenes que le atiborraba la cabeza, y prosiguió:
—Los diez años posteriores a la sentida pérdida de la señora Erd, del invierno de 1809 a la primavera de 1819, pasaron sobre de mí tan insulsos y grises, que pocas cosas he querido dejar anotadas en mi memoria. Diez años, coronel, que caben perfectamente en la palabra soledad y aún sobra espacio para el quebranto y la tribulación. El tiempo tomó una dimensión distinta: menos rigurosa, menos exacta. Dejé de darle cuerda a los relojes para que se fuesen deteniendo a su ritmo y antojo. En esos años fui algo con menos vida que una gárgola, sin más quehacer que el duro juego de la autocompasión. ¿Compañía?, en esos dos lustros sólo crucé palabra con el abogado Von der Fletscher. A la servidumbre procuré mantenerla siempre lo más lejos posible. Venía a verme una vez al mes, como ya le dije, para ponerme al tanto de mis asuntos financieros, pero, sobre todo, venía para que no me olvidara de que el mundo y el tiempo seguían vivos fuera de esta casa.
»Honestamente, coronel, yo apostaba a que mi vida terminaría en cualquier momento, pero cada que los años pasaban, uno tras otro, supe que Dios no cedería hasta que mi tormento fuera casi eterno: insoportable. Y llegué al límite de lo insoportable, porque un día, sin tener un motivo claro, estallé en lágrimas muy gruesas. Había acumulado tanto dolor que ni el hambre ni el sueño pudieron acallar mi llanto. Lloré un día, luego otro, y así hasta sumar trece, sin descansar, segura de que esta vez me enterraría la angustia, pero no fue así. Y no fue así porque al decimotercer día, cuando ya mi tristeza parecía mortal, se cruzó frente a mí, con la dulzura y la pequeñez de un poema oriental, una grácil abeja. ¡Se lo juro! Nada más escuchar el alegre movimiento de sus alas, ahí: tan pícara y juguetona, sentí que la queridísima señora Erd no me había abandonado del todo; supe que esa abeja era un cariñoso mensaje enviado de ultratumba. Y no estaba equivocada, porque a la par de que la abeja aterrizó su vuelo en mi mano y dio un recorrido hasta mi hombro –sin prisas–, escuché llegar la calesa del abogado Von der Fletscher. Y, ¡claro!, coronel Oesterlin, no venía solo. Por primera vez desobedecía a mis manías y se presentaba acompañado… Sí, se trataba de Johanns.