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ADICCIÓN;

la lógica y relativa enfermedad de nuestras mentes

Martín Zambrano Astudillo

ADICCIÓN;

la lógica y relativa enfermedad de nuestras mentes

By Martín Zambrano Astudillo

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© Copyright 2011 Editorial Emooby


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ÍNDICE

PRESENTACION E INTRODUCCION

CAPÍTULO I

1.- NOCIONES PRELIMINARES Y GENERALES.

2. Incidencia negativa de la globalización capitalista y neo-liberal en el pensamiento sociocultural planetario.

2.1.- El real propósito económico.

3.- Ciencia, Materialismo y Capitalismo, las rutas de la Adicción.

4.- Decadencia del idealismo, el espiritualismo y la espiritualidad.

5.- La indiferencia moral-espiritual generadora de la corrupción y la decadencia humana.

6.- La Personalidad Adicta y el pensamiento adicto.

6.1.- De la anormalidad psíquica hacia la adicción.

6.2.- Culpables y/o Víctimas del proceso adictivo.

7.- La figura maternal, benignidad y bondad sin complicidad.

7.1.- El compulsivo pensamiento pre-juvenil, un peligroso atajo en el sendero existencial.

CAPÍTULO II

1.- DE LA NATURALIDAD A LA PROFUNDIDAD NEGATIVA DEL SER HUMANO.

1.1.- El Ser normal o natural.

1.2.- Información y conocimiento.

1.3.- Pensamiento positivo.

1.4.- Pensamiento negativo.

1.5.- Egocentrismo y asocialidad.

1.6.- Nuevos usos morales.

1.7.- Rompimiento total con el orden moral y espiritual.

1.7.1.- Autosuficiencia.

1.7.2.- Inestabilidad emocional.

1.7.3.- Actitud extremista.

1.8. - Desequilibrio Psicológico y degeneración Moral=espiritual.

1.8.1.- Agresividad y Violencia.

1.8.2.- Actitud antisocial y delictiva.

1.8.3.- Criminalidad temeraria y alta peligrosidad.

CAPITULO III

EPÍLOGO

RESEÑA BIOGRÁFICA

BREVE RESEÑA DE LA OBRA

Mi agradecimiento especial a:

Guadalupe E. Izquierdo Cherrez

Inspectora y Profesora de Lenguaje en el Instituto Superior Nocturno Huaquillas.

...porque su inteligente, maduro, y oportuno criterio me permitió mejorar, sustancialmente, el contenido de “ADICCIÓN, la lógica y relativa enfermedad de nuestras mentes”

Huaquillas, 15 de febrero del 2006

“La nobleza, la responsabilidad, la humildad, la sencillez y el respeto entre los Seres humanos son valores que se van perdiendo con el paso del tiempo; y qué no decir del amor que rige a todos los valores humanos (Espirituales, sociales, religiosos, etc.). A este inmenso valor sentimental y emocional lo hemos transformado en un monstruoso anti-valor porque simplemente nos subordinamos mentalmente o nos encasillamos, fácilmente, en el molde de las conveniencias sociales y de las absurdas apariencias, principalmente económicas.

Debido a ello, las doctrinas o preceptos espirituales que aun eran la sustancia moral de las últimas generaciones de fines del siglo XX, se han degenerado por completo y han liberado la amargura de absurdos complejos hondamente superficialistas para pervertir la mente de las nuevas generaciones que se placen en distinguir el rechazo moral, la conducta para-social, antisocial y el libertinaje sexual”. Guadalupe E. Izquierdo Ch.

Dedicatoria Especial

A MI MADRE: Doña. María Eufemia Astudillo


Una mujer sencilla, firme, y profundamente amorosa, que ha validado por completo el don de la maternidad. Una mujer de excepcional e incansable sentido autodidacta y, sobre todo, llena de una fuente inagotable de ternura y de un espíritu forjado en el hierro de la honradez y el respeto moral. Una mujer de severa rectitud para imponer el correctivo oportuno a las conductas impropias de sus hijos, como para defender con celoso ímpetu, también, su integridad y porvenir. Padre y madre por si sola ante las grandes adversidades de la vida.

Nosotros, los hijos, por prestar poca atención a los sabios consejos maternales, hemos tenido que golpearnos en el muro de nuestra absurda obstinación para entender que siempre estuvimos equivocados al imitar los negativos estereotipos sociales y considerar que los principios morales eran solo fastidiosos valores obsoletos y en desuso.

A ella y, en su nombre, a las excepcionales Madres o Mujeres del planeta que han sufrido y sufren las consecuencias de una sociedad machista y retrógrada. A aquellas que han sido abusadas y abandonadas como objetos desechables pero que jamás doblegaron su voluntad positiva al indigno libertinaje o a la indecencia; a aquellas, valientes y emprendedoras mujeres que han sido y siguen siendo protagonistas inteligentes de nuevos estadios existenciales, dedico las páginas de este libro.

En Memoria de mi Padre

Don: Telmo Víctor Zambrano Sánchez.


Nada hubiera sido más grato (Como dicta la sensibilidad humana) el haber perdonado completamente –en vida– los errores de mi padre. Solo alcancé a hacerlo en silencio, cuando le vi moribundo, el día anterior a su fallecimiento (Ya hacía casi un año que no le visitaba).

A la víspera de su muerte fue terrible observar, en el lecho del dolor, la flácida y esquelética figura de mi padre que yacía allí –atendido con suma diligencia por Hilda Sánchez, su última compañera sentimental–, minada por un deplorable rictus cadavérico. Yo no tuve mucho que decir ese momento, ni él pudo escuchar lo poco que dije. Al día siguiente me enteré –en casa de mi madre–, por parte de mis hermanos paternos, de la triste noticia de su deceso.

Dedicatoria familiar

A mis hermanos maternos; John, Stalin, Manuel y Balbina.


A mis hermanos paternos: Adela Zambrano; Darwin, Regina, Manuel y Luis Zambrano Sánchez; Gladis y Hernán Zambrano Moreno;

A mis primos paternos y maternos;

A mis sobrinos –sin excepción alguna–; y a los pocos pero sinceros amigos que siempre han confiado en mí y me han congratulado con su sincero aprecio y respeto.

“Hacia los sentimientos sanos de quien nos valora, quiere o ama, con sinceridad, nos resulta mucho más cómodo ser neciamente desconfiados o simplemente actuar con la misma postura inconsecuente y canalla de quien nos ha causado hondo daño o decepción en el pasado. De ese inútil y estéril esfuerzo por concentrar las agrias, imaginarias y radicales, desconfianzas de nuestro triste pasado emocional y sentimental terminamos perdiendo una nueva y positiva oportunidad para encontrar un poco de felicidad”.

Martin Zambrano

Dedicatoria final:

A la verdadera hombría de aquellos Padres que renegaron de su machismo aberrante y aceptaron la responsabilidad familiar con sus obligaciones correspondientes;

A los padres que ofrecieron y brindaron a sus hijos una atmósfera familiar sana, pródiga de amor y valores verdaderos;

A los hombres que se enamoraron y cumplieron con profundo respeto y fidelidad ininterrumpida los votos morales y espirituales por los que juraron lealtad a su pareja hasta el final de sus vidas, y;

A aquellos hombres y mujeres, indiferentes y perturbados, que traen hijos al mundo sin reflexionar en las graves consecuencias de su descuido, dedico estas líneas. Ojalá la lectura de este serio contenido les ayude a entender el verdadero valor de los actos positivos y la vida humana.

“Permanentemente caemos en el terrible error de creer que la sola y correcta conducta pública ya es virtud moral”.

Martín Zambrano.

PRESENTACION E INTRODUCCION

Cierto día, hace varios años atrás, después de varios intentos fallidos por vender mas de un ejemplar de mi primer libro de poemas y relatos (“Por el Camino que Sigo”) a los transeúntes ocasionales del viejo y tradicional parque central de Huaquillas1 “El Algarrobo”2, noté la presencia de un individuo de apariencia sencilla que descansaba de espaldas a mí, presuntamente despierto, en una de las largas bancas de cemento del interior del parque –bajo la sombra de una frondosa planta ornamental–.

La quietud meditativa de ese descanso me hizo tomar confianza y convencerme de que no perdía nada si intentaba por última vez bregar contra la corriente de la indiferencia cultural local, así que opté por acercarme al hombre sin pérdida de tiempo. Debido a mi súbito entusiasmo, al acercarme por su costado e inquirirle mi petición, no pude percatarme que en ese preciso instante éste acababa de desvanecerse en los brazos de morfeo, vencido por la calurosa y pesada modorra de la tarde. Sin querer, le sobresalté.

Apenas un breve gesto de enfado se dibujó en el rostro del maduro personaje –para mi suerte–, luego me dirigió la somnolienta mirada y, agravando un tanto el tono de su voz, preguntó:

¿De qué trata el libro?

Relatos y poemas, Le respondí y agregué –por si acaso– !Es mi primer libo publicado… solo vale dos dólares!

!Asíiii!, silabeó, aletargando la ultima vocal con cierto tono irónico. Luego introdujo la mano, parsimoniosamente, en uno de los bolsillos del pantalón y extrajo un delgado fajo arrugado de cinco billetes de a dolar, apartó dos y me los entregó mientras tomaba los libros para escoger, como si fueran de distinto contenido.

Después de elegir uno de los ejemplares, darse un breve tiempo para hojear un par de páginas y devolverme los restantes, me dejó escuchar un lacónico, espontáneo, sentencioso y resumido discurso que daba plena cuenta de nuestras más cerradas costumbres, vicios, o habitualidades adictas3. Entonces ni siquiera imaginé que años más tarde le recordaría al escribir, por cosas del destino, un libro o tratado sobre la Adicción teniendo como referente la perturbación adicta que yo mismo experimenté durante un gran periodo de mi vida; el alcoholismo compulsivo de cada fin de semana.

Lo expresado por mi interlocutor –singularmente gráfico e irónico– fue, aproximadamente, en este sentido:

“Amigo, a la gente de nuestro medio poco o nada le interesa la cultura seria. Lo que le atrae de verdad es el chisme, la calumnia de quinta columna y la crónica roja. Ya que usted es hábil para las letras no desperdicie el chance de hacer dinero, escriba un libro sobre los escándalos de un personaje público y verá la cantidad de libros que vende. Le aseguro que es más llamativo, para la mayoría, un libro inmoral caro que un libro culto y barato o que, incluso, una Biblia gratis”.

Aunque esta singular exposición, con ribetes de crítica psico-social, sobre nuestra idiosincrasia cultural parezca diluirse en el simplismo retórico o en la sencillez antojadiza de un bien intencionado eufemismo hacia la actividad literaria que no genera lucro (cuando en el mínimo de los casos es sensata y lejanamente morbosa), en realidad no lo hace, ya que no podría existir más rica y expresiva sencillez, ni más exacta descripción –de la viciosa y cotidiana práctica social– que la de esa invaluable e indiscutible ponencia.

Más, aunque no es posible sustentar, a la ligera, el fundamento de este realismo descriptivo que ya señala con cierta precisión la realidad común o la cotidianidad viciosa del Ser social consumista, el referido exponente utilizó su experiencia personal para identificar aquellos rasgos tipológicos en los que la conducta pervertida intenta pasar por natural, siendo, lógicamente, antinatural por su negativa esencia moral.

Este es el meollo del asunto, como referirnos a esta forma de conductismo aberrante capaz de alcanzar profundas perturbaciones socioculturales, políticas, económicas, etc., sin caer en las ridículas ambigüedades de siempre que solo retardan su comprensión y sus posibles soluciones.

Para un neófito consumado en el tema de la adicción, como yo, la inmensa interrogante planteada en esta reflexión representaba –al momento de iniciar mi investigación– un profundo dilema muy complicado de resolver con simples percepciones; no obstante, en el rango de las categorías que encasillan a la diversidad adictiva de las costumbres y usos sociales cotidianos logré encontrar aquella causa típica que, por su irrefutable y única trascendencia, se manifiesta como la mayor constante en el problema y la solución de esta perturbación mental (abstractivismo conductual negativo o afección psicológica de la conducta positiva) considerada como la más insidiosa y degenerativa del mundo actual (La Adicción, una perturbación psico-bio-social.)

La respuesta al terrible estigma de la adicción, su causa y solución, comprendí, guarda estricta relación entre la marcada e indiferente actitud consumista del modernismo global materialista y la desentendida práctica doctrinaria moral-espiritual que exhorta a la especie humana a ser solidaria entre si. Esta crisis mental de lo moral y espiritual tiene que ver radical y fundamentalmente con la poca comunicación y la casi nula expresión emocional positiva que los Seres humanos nos dedicamos unos a otros, porque nuestro interés principal es la consecución y acumulación de bienes materiales y, aunque esta pretensión materialista cotidiana se justifique de buena fe, por las características propias de nuestra constitución psicosomática, no queremos aceptarla como tal o somos indiferentes a aquella parte espiritual y emocional que constituye, también, la esencia existencial del buen vivir de los Seres humanos.

La ignorancia o confusión que se origina en la psiquis humana, por la valoración inmediata y sustancial del mundo practico materialista, respecto de la pre-existencia de un estadio paralelo conocido como espiritualismo data desde tiempos remotos. Sin duda alguna al hombre le resulta mucho mas fácil reconocer la funcionalidad de un mundo real descrito por la ciencia y la experiencia sensorial materialista como exacto, que aquel que se sujeta al dogma y a la experiencia extrasensorial o paranormal que se entiende como espiritual y que se encuentra regida por principios y valores relativos al poder de Dios.

Indudablemente el término “mental” –más que la filología espiritual o idealista– nos es conocido y familiar a todos, o puede ser asociado con gran facilidad, porque el lenguaje común y académico lo emplea con regular frecuencia para caracterizar o determinar a la función cerebral (mecanismo mental o mente) como un poderoso computador biológico capaz de procesar y resumir –en ciertos casos de una manera general, y, en otros, de forma muy particularizada– los códigos semánticos de los usos idiomáticos propios o extranjeros; los códigos matemáticos; los químicos; los atmosféricos; los filosóficos; los sociales; los legales; los emocionales; los espirituales y sobrenaturales; los religiosos; los morales; los sexuales, etc. De manera que, cuando este procesador mental –de increíble capacidad de memoria cognitiva y de enorme habilidad para procesar la mayoría de los códigos existenciales planetarios– es contaminado por una información negativa que decodifica –parcial o totalmente– los valores positivos tradicionales correspondientes a las normas o principios morales y espirituales que han permitido a la humanidad mantener, entre si, profundos lazos afectivos de hermandad y solidaridad, entonces, lógicamente, aquel poderoso procesador de la memoria existencial racional se convierte en un peligroso mecanicismo psico-biológico que guiará al hombre, invariablemente, a su más terrible decadencia afectiva y complementariamente adicta.

Aquí es necesario definir al Código como el conjunto de contenidos –académicos o comunes– cuyos signos, señales, conceptos, fórmulas y significados, que nos permiten formular o emitir un mensaje determinado para entendernos o comunicarnos con nuestros semejantes. Como ocurre con la semántica en el lenguaje escrito y fonético, de igual manera en la utilización de las señas (en el transito peatonal, vehicular terrestre, aéreo. marítimo, y en el lenguaje sordo-mudo), o en el caso de los simbolismos gestuales (gestos) que se utilizan para expresar los estados de ánimo como en aquellos que se incluyen los sonidos, entre otros.

Bien, cuando cito a aquella constante –exclusiva o única– que puede revertir plenamente, o incidir de manera nefasta, en la perpetuación de los vicios, manías, hábitos, usos o costumbres adictivas o adictas, me refiero a todo un proceso en sí que atañe u omite a la triada intelectual (moral, emocional y espiritual), orientadora de valores humanos trascendentales como el honor y la dignidad, por ejemplo.

En un primer nivel, esta valoración se entiende como la salvaguarda ética de cada individuo en función de una doctrina moral-espiritual colectiva; es decir, no como un simple estereotipo conductual impositivo, sino, como aquella inteligencia superior (moral, emocional y espiritual) que permite al hombre enfocar con absoluta claridad una conciencia positiva en la toma de decisiones existenciales, para si mismo y su entorno familiar o social. Mientras que, en un segundo plano o nivel, se denota la manifestación de un pensamiento social negativo disfrazado en el pragmatismo materialista y totalmente subordinado u obsecuente a los arquetipos codiciosos, violentos, agresivos, anárquicos, egocéntricos, seudo-religiosos, etc., constitutivos de la perturbación mental adicta.

Ante esta prospección argumentativa muchos se preguntarán con honda extrañeza:

¿Que tiene que ver la deficiencia del carácter espiritual en aquellos asuntos mentales cuya propiedad material y terrenal, intrínseca de por si en su contexto, es de competencia exclusiva a la Psicología como ciencia exacta y no al dogmatismo como irrelevancia cientificista? La respuesta es simple, todo. Todo lo negativo nos contamina mentalmente, y se empieza por la nimiedad de detalles tan, aparentemente inconsecuentes, inicuos o fáciles de manejar en nuestra cotidianidad, que no consideramos ni remotamente que al permitirles la oportunidad de un proceso lento pero insidioso, al final, nos convertirán en usuarios subordinados de inimaginables, ansiosos, compulsivos y degenerativos hábitos enfermizos (lesión profunda de la conciencia positiva y los principios morales), hoy conocidos como adicciones.

Uno de los gravísimos problemas, de la era actual, que subordina a la conciencia social hacia la perturbación adicta, es la influencia superlativa que ejercen las culturas liberalistas de los países con economías súper desarrolladas sobre las naciones en proceso de desarrollo, a más del hecho forzoso de haber sufrido la experiencia ancestral de un pasado colonial foráneo caracterizado por la conquista y la explotación social que terminó minimizando los valores y principios de los conquistados para reducirlos a la esclavitud de una explotación inmisericorde y a la participación indeseable de vicios morales lesivos a las tradiciones y principios de los nativos (en el planeta entero tenemos constancia de estos eventos históricos). Es decir, este sistema de poder conquistador y colonizador nos mezcló o mestizó geneticamente para desarticular la identidad originaria de nuestros valores y costumbres ancestrales (génesis de una alienación cultural anunciada); para hundirnos en la depravación moral y en la adicción alcohólica, principalmente (como es el caso de los indios en Norteamérica y los aborígenes en Australia, u otros a lo largo de Sudamérica).

Desde esta perspectiva, si pensamos en la piscología como una ciencia fórmula que estudia y rehabilita totalmente la conducta de los individuos o sus procesos mentales perturbados, caemos en un craso error, pues ésta, lamentablemente, no desarraiga de raíz de la mente adicta –sin la voluntad positiva– a la conducta negativa, agresiva o violenta, del consumismo hedonista y materialista, no, solamente desarrolla terapias denominadas de autocontrol sujetas a un forzoso y cotidiano horario reflexivo, muchas veces cansino, que termina siendo falso por esa condicionalidad sujeta a la tentación compulsiva –que sigue siendo latente aunque limitado por ese control mental forzoso–; mientras que, la actitud de la inteligencia superior –desde los principios morales e inteligencia espiritualizada– en cualquiera de sus niveles, no solo rechaza a la tentación como una ejecutoria conductual profundamente negativa, causante del desenfreno adicto que lleva al hombre a la desgracia económica, intelectual, política y económica (entre otras), sino, también, como la consumación de un hecho antinatural reconocido desde la espiritualidad como un “pecado” que le corromperá y le alejará de la salvación eterna –según el dictado bíblico, ya, desde una posición expresamente doctrinaria– o desde el punto de vista indeclinable de la conciencia moral.

Decía que la psicología profesional solo alcanza a determinar el diagnóstico y el tratamiento individual que “técnicamente” debe aplicarse y seguirse en el proceso recuperador del afectado, pero no asegura de ninguna manera el hecho de que aquellas “cargas emocionales” que el paciente no aprendió a manejar por sí mismo, en el futuro no han de provocar la reversión de sus logros o, en el peor de los casos, mayor perversión. Es decir, al amparo de la psicología, dependiendo incluso del nivel adicto y de la capacidad mental del paciente en recuperación, no existe un patrón definido que determine si éste ha de caer o no nuevamente bajo la influencia negativa de su entorno social.

Incluso la misma piscología, como ciencia de la conducta humana, no puede asegurar con certeza o exactitud el comportamiento futuro del paciente, si de sí misma acepta la contraposición bipolar negativa que puede originarse entre el querer y el hacer dentro de la mente perturbada frente a la influencia del precario entorno social. Así, entorno social y pensamiento individual se convierten en el paradigma condicional de una enfermedad mental superlativamente dependiente de la psicoterapia perpetua, ya de manera forzosa en las clínicas privadas o por voluntad condicionada en el caso de las comunidades abiertas de recuperación en contra de la adicción, donde el perturbado es guiado subliminalmente a convertirse en un inalterable adepto (adicto) del grupo y de su “terapeuta” o “padrino” (a quien otorga el grado y calidad de imprescindible gurú o guía emocional y espiritual).

En el corrillo popular se llega a hacer bromas agrias sobre “la rehabilitación” de las crisis sintomáticas de la adicción; “Mira tú, bonita recuperación, dejas un vicio y adquieres otro tan peculiar o dañoso como el anterior”.

Y esto ocurre a cada momento. Lamentablemente, desde la óptica del cuadro clínico, la terminología o el significado auténtico de la espiritualidad, el espiritualismo, o la inteligencia espiritual, se encuentra completamente en desuso, además de ser considerado un simple y agrio vocabulario moralista en la conciencia popular globalizada. Esta apreciación escéptica a llevado al alter ego de la mente social modernista –pragmatista y radicalmente dialéctica– a redefinir a los principios espirituales y a los valores morales nada más como fórmulas, categorías o tratados conceptuales de orden dogmático, nacidos en la mente de una filosofía rígida, retardataria y contradictoria, tanto al desarrollo científico como a la naturalidad y diversidad Psicosomática del hombre.

El pensamiento nihilista y relativista reclama a rajatabla el derecho universal a que la conducta humana, por ser naturalmente diversa o particularmente diferente, no debe ser considerada o encasillada como innatural o pecaminosa cuando no se adapta o rechaza el molde subjetivo del dogma, convertido en norma lesiva a esa originalidad individual. Incluso la ciencia, separada por viscerales antagonismos históricos con la iglesia de los Papas, avala el criterio notoriamente escéptico del pensamiento relativista, nihilista y materialista (capitalista –por antonomasia–), y defiende el argot de los cambios inevitables en los usos y las costumbres de la humanidad como derecho de esa expresión individual y social a la que se denomina dialéctica.

Con estos antecedentes no es nada extraño encontrar, en este ámbito, un debate ardoroso entre ciencia y espiritualidad, desde décadas atrás, cuando se ha evidenciado un interés inusual por la extensa bibliografía de entusiasmados investigadores que se atribuyen, tanto el descubrimiento de tumbas insospechadas que presuntamente albergan las osamentas de Jesucristo (aseveraciones que siguen evidenciando los mismos arquetipos de la ya vieja y premeditada farsa nihilista), como el haber dado con una serie de documentos que evidencian “las inmensas contradicciones bíblicas”. Esta campaña unilateral y absolutista del escéptico cientificismo, en contra de los postulados esencialmente cristianos, ha traído, como consecuencia profundamente negativa, el resurgimiento de aquellas filosofías existencialistas que han convulsionado a la humanidad entera con la cultura de una globalización capitalista e imperialista que apuesta a la violencia y al individualismo en pro del poder planetario. Uno de los más notorios ejemplos de la literatura moderna materialista, disfrazada en la religiosidad gnóstica o del intelecto masón, es ¡EL CÓDIGO DA VINCI!

El Código Da Vinci (best seller), sin lugar a dudas, es uno de los libros o contenidos literarios que plasman de manera detallada, matemática y magistral, las singulares características referidas. Sin embargo, para cumplir con los requisitos básicos propuestos o sugeridos en la inteligente observación realizada por aquél improvisado analista popular de las costumbres adictas –de mi referencia–, esta obra “gnóstica”4 no ha necesitado ser un libro vulgar, pero sí estar advertidamente identificada con un argumento literario estrictamente técnico, potencialmente absurdo, escandaloso, exageradamente deductivo, demasiado fantasioso como superficial y difamatorio (además de ser, apenas, el clon del tema recurrente con el que sus iniciadores y seguidores han intentado re-inventar la historia del cristianismo).

En estos afanes, ya dirigidos por la fe o el escepticismo, los bandos contradictores han expresado su posición radical en contra o a favor de los débiles fundamentos o de la presunción sin mérito invocada en la poca originalidad gnóstica del Da Vinci –de Dan Brown–, y han terminado diciendo más de la cuenta al respecto. Así, mientras los verdaderos creyentes cristianos predican y practican el evangelio de su doctrina espiritual –en espera del retorno del Mesías, sacrificado y resucitado, que llegará para realizar el Arrebato Divino del mundo como se profetiza en la Biblia. También se habla, como suceso anterior a esta cita, de la aparición de un gobierno mundial liderado por el último anticristo–, los creyentes meramente religiosos y los neo-creyentes son absorbidos por el materialismo dialéctico que alimenta, exacerba y argumenta su posición escéptica5 en contra de este pensamiento presuntamente superficialista y profundamente dogmático. El materialismo escepticista argumenta que solo el metaficismo irracional es capaz de arraigarle a Jesucristo –sin fundamento convincente– una absurda naturaleza DIVINA.

Así se ironiza, del relato bíblico, la presunción ortodoxa y doctrinaria de que Jesús fuera concebido, sin cópula sexual, en el vientre de una mujer virgen llamada María. La sola idea de una concepción, casi mágica, derivada del poder espiritual de un supuesto Dios Universal conocido como Jehová o Yahvé resulta un hecho exageradamente irreal para el cientificista escepticismo radical, más no para la fe cristiana, según se tiene entendido por sus fieles.

Los escépticos, viscerales y profundamente convencidos de que la ciencia ha demostrado en gran medida la improbabilidad o la utopia de las escrituras bíblicas, han aprovechado al máximo la resonancia mundial del tema, no puramente cristiano sino, inclusive, estrictamente anti-religioso e intelectual, para traer al plano del debate sus exacerbados juicios o argucias. Sin embargo, aún cuando ha sido demostrada la inconsistencia de las famosas y endebles pruebas aportadas por algunos autores, investigadores literarios e historiadores, como Dan Brown, el escepticismo fanático ha “renacido” y sostiene con mayor tozudez o necedad que la falacia de estos argumentos son totalmente fidedignos porque se sustentan en la presunción científica. Dan Brown se incluye ahora en esta larga lista con el Código da Vinci (novela que alcanzó fama y la nominación de Best Seller en el 2.003).

No obstante el ideario materialista y ateo que evidencia el escepticismo frente a la teoría del creacionismo divino, lo más notorio del asunto es la gran confusión de la que ha sido presa el interior espiritual de quienes se denominan así mismos “creyentes”6 y, aún más, de los denominados “neo-creyentes” –advertidamente seculares y religiosos liberales–. Estos apasionados debates mundiales han validado a la mayoría de estos libros –de la misma línea temática– la calificación de Best Sellers y, por supuesto, grandes ganancias a sus autores. Luego de estos privilegios de primicia que el público mundial concede a la creación literaria fantástica en un determinado momento, al final, su mayor gloria es alcanzar apenas el nivel de lectura de distracción, aunque el germen de su doctrina quedó implantado en la mente liberal, radical y violenta, de la modernidad humana que usa a la dialéctica como justificativo existencialista.

Es demasiado obvio notar que a los declarados escépticos, ateos e ideólogos del relativismo, no les interesa realmente la erudición oscurantista que abriga la falacia argumental de tales teorías, sino, la causa que las motiva, y esta consiste en perpetuar la filosofía anticristiana para naturalizar la perversión; por ello se atrincheran y defienden cualquier supuesto –en la pasión de los momentos más cumbres de sus argucias– que vaya en contra de los principios espirituales y Dios. Debido a ello al Código Da Vinci le fue atribuido y sobredimensionado el mérito docto que no le correspondía.

Si, cegados por el sol del materialismo dialéctico y científico –que pone en tela de juicio todos los acontecimientos relatados y sostenidos por los libros o evangelios Bíblicos–, también han calificado a la Biblia7 como un compendio incompleto –por haberse excluido a los denominados evangelios gnósticos– que no tiene la autoridad necesaria para proclamarse como la fuente de “la verdad universal” e, inclusive, la acusan de ser un texto profundamente fantasioso. Aducen que su única virtud es hacer descripciones maravillosamente cinéticas de la historia religiosa, antes y después de Jesucristo, y, sobre todo, de haber prefabricado un fraude mítico que solo ha enfebrecido la imaginación de la humanidad desde milenios atrás hasta los tiempos actuales. El fraude al que se hace referencia trata sobre la supuesta divinidad de un Mesías al que se le atribuye ser concebido por un Ser espiritual divino denominado Dios en una mujer virginal cuyo nombre era María.

Mi humilde criterio personal –no soy practicante religioso ni ateo o escéptico, me considero espiritualista– le otorga a la Biblia ser mucho más que un libro bonito o fantasioso, porque en él se puede percibir con absoluta claridad esa especie de fuente de energía espiritual capaz de producir en la capacidad mental humana una forma de intelecto superior –en todo sentido– al logicismo racional. La “ciencia” o el conocimiento espiritual que se encuentra en la Biblia le señala a la conducta humana cuales son, en realidad, los valores positivos moral-espirituales con los que ha de regirse permanentemente para sostener una convivencia social llena de concordia y fraternidad. Indudablemente, también, determina el inmenso poder negativo de aquellas tentaciones que abstraen a la mente y corrompen al espiritu con terribles defectos y perversiones (pecados en la cristiandad) que nos arrastran a una decadencia existencial a veces irreversible.

Desde esta perspectiva “es lógico” colegir que el ego de nuestra secularidad, ignorante y profundamente consumista, se sienta impotente ante la erudición inapelable del texto bíblico y, debido a ello, pretende desconocer o negar que en la sabiduría de esas páginas “existe o vive” un intachable juzgador que hace seria e inapelable crítica a la profunda inmoralidad y a la necia indiferencia espiritual en que se sostiene el irrespetuoso pensamiento “mundano”.

La justificación al error humano nace desde esta visión escéptica como una inobjetable patente de corso a favor de moros y supuestos cristianos.

El autor del Código da Vinci –de acuerdo a los no tan misteriosos y ancestrales postulados que pretende defender– intenta convencernos de que Jesús –también conocido como EL NAZARENO–, más allá de un cierto y misterioso poder sobrenatural –que no atribuye a ninguna ascendencia divina–, fue un hombre con las mismas características psicosomáticas o mortales que cualquier Ser humano; es decir, debió pasar por las mismas circunstancias físicas y biológicas de la corrupción cadavérica que experimenta el cuerpo después de la muerte. Por lo tanto, desde el contexto de la recurrente trama literaria, Brown8 pretende explicar y calificar a la liturgia religiosa y a la oración personal, de los creyentes para con ese poder superior “metafísico” denominado Dios (como formas de contacto o comunicación espiritual doctrinaria), solo como artilugios devocionales readaptados de las tradiciones antiquísimas del pasado.

En otras palabras, estas “costumbres o prácticas” solo tienen importancia en el sentido y la seriedad que cada persona es capaz de experimentar cuando busca entender la espiritualidad al interior de cualquier confraternidad religiosa, iglesia o culto. Con esta afirmación se pretende aclarar de manera estricta que Jesucristo –según el fanatismo escéptico– no es el mediador entre la humanidad y Dios, sino, nada más que un hombre espiritualmente virtuoso –o santo, si se quiere– que se llamó asimismo hijo de Dios como el supuesto arcaico de que lo somos todos aun si a regañadientes aceptamos la perspectiva creacionista sin practicar sus postulados.

De tal manera que, en el buen sentido del logicismo radical o del hito de la evolución Darwiniana –y otros–,el hecho concreto de la morfología estructural de todas las especies y en particular del hombre (por sus supuestas semejanzas con las osamentas antiquísimas de especies antropoides encontradas –según datos del carbono 14–) se debe, justamente, a un proceso de millones de años de una evolución continua que ha logrado desarrollar o mejorar a los organismos “inteligentes” y a toda la existencia planetaria en una constante existencial perfectiva y electiva que no tiene relación alguna con la “famosa” teoría espiritualista conocida como Creacionismo (creación divina).

Para la ciencia, entonces, sólo los organismos fuertes e inteligentes sobreviven a las transformaciones del o los ecosistemas y, por lo tanto, dado el hecho que el hombre ha sentado su precedente en la evolución, así seguirá indefectiblemente adaptado a ella al igual que otras especies en los siglos subsiguientes hasta el fin de la humanidad.

La deducción científica arriba a la conclusión formal de que, antes de la aparición del homo erectus –el mono bípedo e inteligente– que evolucionó hacia el hombre moderno, el antecesor biológico de éste sería una criatura simiesca casi cuadrúpeda e instintiva, instalada en un estadio inferior. Y, al igual que las demás especies biológicas, en su génesis real la vida se originaria de una estructura orgánica unicelular (en un periodo conocido también como “prebiótico de los organismos”) que se desarrolló con lentitud milenaria hasta convertirse en una célula super compleja que no solo alcanzó la capacidad de diversificar el arquetipo fisiológico de las especies sino también su género sexual para poder reproducirse.

Así la evolución rudimentaria llegaba al fin de su ciclo unicelular y permitía que cada especie se desarrollara con la particularidad de la diferencia de género sexual para multiplicarse; luego, sin embargo, la evolución en sí no se detendría en su perpetua e incansable tarea perfectiva y se vería forzada, por la incidencia de las catástrofes naturales y por la modificación de sus entornos medio ambientales y ecológicos, a sufrir “cambios necesarios”. De modo que, los animales planetarios, incluido el homo sapiens, dependían de una función determinada en la constante perfectiva de la cadena trófica, así los herbívoros se convertían usualmente en presa de los carnívoros.

Más, quien puede, sino, desde la óptica creacionista, también argumentar que la creación tuvo consigo la alternativa de la evolución de las especies por el hecho de que ésta, una vez manifestada, no podía depender de una constante divina para su modificación permanente, en las circunstancias, desde luego, que el creador ya había previsto los cambios de la naturaleza y sus catástrofes en si misma o por mano del hombre y sus daños colaterales en las especies; es decir, la naturaleza existencial en si, se modifica de acuerdo a lo previsto por el creador, y no, de ninguna manera debe depender de evolución alguna, o esa es precisamente la evolución asignada como arquetipo de la multiplicidad de las especies, al azar, y de sus cambios de adaptación o transformación al entorno en que les toca habitar o coexistir.

En el caso de nuestros supuestos y antiquísimos ascendientes, según la ciencia, el asunto de la evolución fue un proceso excepcional. Para que los primitivos homínidos alcanzasen los rasgos característicos de la perfecta fisiología humana la “sabia naturaleza” les escogió e influyó sobre una constitución antropoide (pudo haberse dado con cualquier otra especie animal con las mismas o superiores características intelectuales, pero la naturaleza “sabiamente” escogió al primate) para convertirle de una criatura simiesca a una especie superior que lograría articular ya no simples sonidos guturales, gruñidos repetitivos y señas, sino, un conjunto de sonidos inteligentes o fonemas con los que lograría establecer y codificar pautas comunicativas con sus semejantes, utilizar patrones lingüísticos que más tarde se convertirían en morfemas estrictos de un lenguaje particularizado o entendido como diversidad idiomática. En la actualidad podemos notar como los científicos tratan de demostrar la inteligencia de los simios para organizarse socialmente y aprovechar mecanismos o artilugios inteligentes en su supervivencia alimentaria.

Para el desarrollo de los sentidos inteligentes, de las habilidades motrices y de las cualidades individualistas de la personalidad, el simio evolucionado debía contar con una masa cerebral que le permitiera no solo ejercer capacidades físicas y mentales simples o instintivas sino, también, capacidades superiores generadas por un procesador mental con la habilidad para reconocer el estadio existencial en el que habitaba y hacer conclusiones lógicas para avanzar hacia el cientificismo. La memoria cognitiva de la mente humana recoge, entonces, toda la información útil para su existencia pro-comunitaria y alimentaria, obviamente bajo ciertos aspectos limitativos y dependientes (como reza la teoría de la evolución de las especies) de la naturaleza evolutiva a la que se encontraba sujeto en ese periodo.

Mientras la inteligencia racional se desarrolla para alcanzar en el futuro –casi como un hecho común– lo que hoy conocemos como intelecto superior; en ese periodo –aún cavernario– ya puede identificar o entender con cierta claridad la diferencia y la importancia de su rol protagónico en el escenario existencial planetario respecto de las demás especies. Sin embargo, cuando experimenta la reacción desastrosa y destructiva del inmenso poder de los fenómenos naturales su reflejo psíquico es traumático y, presa de la histeria y el terror –aún gobernado por el instinto primitivo de su origen simiesco–, va a interpretar esta fuerza descomunal como provenida de una energía o poder sobrenatural inexplicable a la que venerará con invariable sumisión.

En ese periodo primario de su inteligencia, el hombre-simio, vive temeroso de la manifestación de los fenómenos naturales y les considera divinidades; luego, en la etapa de un incipiente desarrollo racional –más emocional que lógico– y, cuando su apariencia humana ya es mucho más definida, crea sus primeros dioses del bien y del mal. Así, desbordado en una imaginación supremamente fantasiosa, confiere una magistratura especial (que ya podría definirse como divina) a los volcanes y montañas; también inventa a criaturas antropomorfas, mitad hombre y mitad animal, que serán parte de las leyendas y mitologías del futuro; por ejemplo, los centauros, medusa, –entre otros–.

Más adelante, con la invención e incorporación de la escritura, las leyendas y mitos de transmisión oral se convertirán en la base filosófica de los aspectos doctrinario-religiosos que –al principio de carácter politeísta– luego se afirmarán en una definida tendencia monoteísta en la mayoría de los casos –no necesariamente un mismo o único Dios universal–.

En las lindes del subjetivismo incipiente y retardatario –según la teoría evolucionista y dialéctica– el hombre crea primero a Dios y luego le atribuye a éste la creación universal para depender de su idealización, por siempre.

De este modo, en cada lugar o punto geográfico de la tierra donde ciertas sociedades comunitarias habían logrado un nivel o grado destacado de desarrollo cultural, se llega a contar con cierto aspecto doctrinario en el que la religión o el culto a los dioses determinaba, para sus seguidores, un carácter normativo y disciplinario muy rígido. La subordinación u obediencia hacia una especie de monarquía sacerdotal, que lideraba o guiaba la pretendida liturgia espiritual, era indiscutible. Por ello, el cristianismo, según sus detractores, desde su nacimiento –al igual que otras doctrinas “religiosas”– recoge “costumbres rituales de diferentes culturas” y las perfecciona como doctrina espiritual para, al mismo tiempo, adaptarse a los cambios dialécticos y a los escenarios modernos de cada etapa histórica de la humanidad.

Así tenemos que, como en la misma línea de los seguidores del cristianismo –después de la muerte de Cristo–; los islamistas después de Mahoma, y los budistas después de Buda –al igual que en otras pseudo-religiones, facciones, sectas o grupos fanáticos en la era moderna–, se sigue haciendo camino al andar sobre la vigencia de determinadas posturas o principios doctrinales espiritualistas, incluso diametralmente violentas y opuestas al cristianismo.

En el caso de Dan Brown –de sus antecesores y de sus contemporáneos– La desmitificación propuesta no hace nada más que cuestionar la procedencia divina en la persona terrenal de Cristo y, sorprendentemente, eleva o engrandece la figura de María Magdalena, a quien le atribuye el mérito de conquistar y mantener un vínculo emocional muy íntimo con el supuesto Mesías –según la obra referida–. Por lo tanto, Jesús, un Ser excepcional pero mortal como cualquiera, al sentirse poderosamente atraído y conquistado por María Magdalena –una mujer distinta a la conocida o descrita en los libros bíblicos– no ocultaría ni disimularía a los ojos de sus discípulos aquella relación humanamente natural y contraria al principio del celibato doctrinario, inspirado y creado justamente en el estereotipo de su castidad9. Todo esto en honor a la dialéctica escéptica que es indiferente al aspecto doctrinal del amor desde la perspectiva espiritual y moral.

El mayor supuesto de este libro es sostener, que Jesús y María Magdalena se enamoraron, contrajeron matrimonio y engendraron hijos, quienes, luego de la muerte del Rabí en la crucifixión –no consta en el Código Da Vinci, por supuesto, el importantísimo evento de la resurrección que narra la Biblia–, serían trasladados por su madre y discípulos a un auto-exilio en Francia, país donde continuarían su propia línea real sucesoria de la dinastía de David, emparentándose con una casta real local conocida como Los Merovingios.

¿De quién es hijo, el Cristo? (Mr. 12.35-37; Lc. 20.41-44)

41 Y estando juntos los fariseos, Jesús les preguntó, 42 diciendo: ¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es hijo? Le dijeron: De David. 43 El les dijo: ¿Pues cómo David en el Espíritu le llama Señor, diciendo: 44 Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies? 45 Pues si David le llama Señor, ¿cómo es su hijo? 46 Y nadie le podía responder palabra; ni osó alguno desde aquel día preguntarle más.

La trama policíaca del Código Da Vinci asegura que los descendientes de Jesucristo viven –actualmente– en el continente europeo protegidos por una poderosa organización religiosa denominada “EL PRIORATO DE SION” (Una supuesta confraternidad religiosa, atribuida a la invención de un artificioso estafador llamado Pierre Plantard10, descubierto tiempo atrás –según se conoce– antes de la publicación del Código Da Vinci).

En esta obra literaria no se ha hecho nada más relevante, hasta hoy –ya tendremos nuevos libros o documentales basados en ficticios descubrimientos de la existencia nada divina de Jesús–, que descubrir o patentar la lánguida fe de los mojigatos devotos creyentes y “neo-creyentes”, quienes han decidido desprenderse definitivamente del pesado disfraz espiritualista en el que se camuflaban para identificarse plenamente con el liberalismo materialista. El libro que mayor éxito ha tenido para encantar y absorber la debilidad espiritual de los teóricos del cristianismo, con su enmarañado contenido, solo presenta como pruebas en contra, la impronta de una genialidad presuntiva de matemáticos elementos de juicio que intentan aparejarse y distraernos con confusas evidencias materiales que incluso ya son descritas en los mismos pasajes bíblicos. Nuestra profunda ignorancia espiritual ha permitido que el ardid del materialismo puro nos convenza y nos arrastre en la corriente de aquél consumismo nefasto que le pone valor económico a las emociones humanas.

La poderosa red de Tv Cable internacional Nathional Geographic Society difundió (en la celebración religiosa de la semana santa del 2006 y del 2007, respectivamente) una hipotética y artificiosa versión cinética sobre Cristo y el nacimiento del cristianismo, basada en estos argumentos seudo-científicos y gnósticos.

Lógicamente, el patético documental de la Nathional Geographic Society pretende no solo debilitar al cristianismo como doctrina mundial sino, también, cualquier forma de espiritualidad religiosa que tenga un carácter socializador. Debido a ello, en ese arrebato tendencioso ha logrado confundir nuestra mente neo-creyente y secular para luego conducirla mediante mecanismos seudo-liberalistas ha desechar, totalmente, cualquier posibilidad sostenida en la creencia de que el hombre provenga o sea el producto creativo de un Dios llamado Jehová.

Estas fuentes o herramientas literarias de las que se ha servido como “palanca de apoyo” el logicismo liberalista, relativista y visceral de las versiones científicas, no solo ha re-descubierto la débil convicción de los “creyentes” folclóricos sino que, también, ha contemplado la destrucción total de la esencia del verdadero espiritualismo cristiano.

Esta siempre ha sido, es, y será, la característica de la lucha entre el bien y el mal; una lucha de contrarios presuntamente inespecíficos e impersonalizados, pues, de acuerdo a los postulados del pensamiento escéptico, no existe ningún poder del Bien ni del Mal y, de existir, estos nada tienen que ver con Jehová –como padre de Jesucristo– o con ningún Ser maléfico de la imaginaria talla de Satán.

Pero, por si las dudas, el pragmatismo logicista –más allá de las presunciones espiritualistas– hace notar que las actitudes incorrectas, antisociales, o conceptuadas como malas, en los parámetros de la delincuencia, se encuentran tipificadas por su ámbito y son sujetas de sanción de acuerdo a los preceptos y el imperio de las leyes terrenales. Así, o por lo tanto, en el marco de la legislación planetaria no existe delito o crimen al que no se aplique una pena determinada de carácter directo o analógico.

La obra teatral de la escéptica comedia humana vuelve a reeditarse, una y otra vez, siguiendo el mismo enunciado o el mismo guión confabulador que pretende despersonalizar a Jesucristo del carácter “divino” que dicen las escrituras bíblicas y simplemente le asigna, en la historia religiosa de esa época, un papel o un protagonismo fantasioso parecido o igual de trascendente que el de aquellos personajes a los que se les ha “atribuido” procedencia divina, como por ejemplo Mitras –una supuesta divinidad Persa de la luz y la cordura–; Apolonio de Tirana; o Simón11 conocido como “El mago” –un oscuro personaje–, a quien se le atribuye también poderes sobrenaturales.

El claro efecto anticristiano re-descubre y evidencia la manipulable actitud cientificista del homo erectus moderno, la única especie animal racional, soberbia y engreída, capaz de repetir el mismo error un centenar de veces al ardor de un intrincado “juego”, aparentemente inofensivo, en el que la suerte se decide con una moneda de dos lados diabólicamente referentes, el logicismo dialéctico y el pragmatismo liberal.

¿Cuál es la verdad –si existe– sobre los increíbles y terribles secretos a los que hace referencia la obra citada12?

El pilar de la tesis de Brown se fundamenta, principalmente, en una de las obras pictóricas del famoso LEONARDO DA VINCI: “La última cena”13. En esta obra de Da Vinci –a quien se atribuye ser miembro de la logia gnóstica–, el autor asegura haber encontrado la clave de todo el misterio que rodea al Santo Grial y a la supuesta divinidad de Cristo –además de otras obras pictóricas que también ofrecen pistas aparentemente concretas sobre la supuesta ubicación de la tumba de Jesús–.

Más allá de nuestra necia y débil fe, resulta muy difícil –incluso para el logicismo escéptico– negar la fuerza realista de las narraciones bíblicas sobre el poder sobrenatural de Cristo. Estas se evidencian desde las profecías que ya anunciaban la llegada de un Mesías a la tierra prometida o cuando hacen descripciones de escenarios y personajes que la misma investigación científica ha descubierto como reales.

Existen tantas “coincidencias y secuencias increíbles” en los eventos bíblicos del Viejo y nuevo Testamento que muchos de nosotros podemos tener la antojadiza impresión de estar leyendo un guión pre-diseñado; sin embargo, según se conoce, cada uno de los libros es escrito con un diseño semántico tan especial y diverso que aún en los tiempos modernos los investigadores y teólogos que les estudian siguen haciendo nuevos descubrimientos o encontrando pistas de un plan que va mas alla de la leyenda o de la estructura normativa de un espiritualismo lírico (Vale hacer notar que desde el colonialismo hasta los acontecimientos mundiales modernos, Dios ha sido apenas un término religioso utilizado por el tiranismo, el totalismo monárquico, el terrorismo y el imperialismo, por lo tanto, éste ha terminado convertido –para la mente perturbada– en un Ser superior inútil a las necesidades de los pobres o clase explotada –si acaso existe–).

No obstante, aún si toda esta maraña de argumentos evidentemente parcializados y comprometidos con una tendencia doctrinaria pro-cientificista fuere cierta; ¿Podríamos ofendernos y rasgarnos las vestiduras porque aparentemente hemos sido engañados durante milenios por una filosofía que ha terminado atribulando nuestro dulce y sensible espíritu humano? O nos pondríamos a saltar locos de alegría porque el error humano ya no tendría la significación que ha tenido como “pecado” –que apenas entendemos– sino como aquella calificación banal o simplicista de una “falla moral o acto inmoral” que se encuentra sujeta solo a la reprobación o a la sanción de las leyes humanas según las circunstancias en que se manifestare, y de acuerdo a la probidad juzgadora de quien tenga el caro encargo de aplicar las sentencias establecidas a esta.

Esta es la verdadera tendencia de la humanidad frente al materialismo, y no quepa duda, a nadie, del hecho que el hombre, provocado por la felonía de su perturbación adicta –hipócrita y supuestamente indómita–, no tiene ni tendrá ningún reparo en allanarse al peso de sus justificadas contradicciones emocionales. Su indiferencia a los fundamentos o normas disciplinarias positivas y su renegación –indiscutible– a una pacífica existencia espiritual no tiene ni siquiera sustento lógico porque lo único que le motiva plenamente es la consecuciòn de ese poder economico que puede brindarle el maximo poder sobre sus semejantes –revisar esclavismo, feudalismo y capitalismo–, y a través de él experimentar el hedonismo en su plenitud morbosa.

Esa es la tirana actitud con la que el hombre se orienta y ésta no depende del supuesto status IMPERFECTO con el que él mismo pretende justificar a su Naturaleza Humana –es reincidente en sus defectos y práctica inmoral–, sino, del rigor de una insondable personalidad adicta que se yergue triunfal ante la impotencia de una supuesta inteligencia suprema y vanidosamente logicista.

El hombre ha sido liberado para elegir como vivir y esa es la forma desdeñosa que ha elegido para vivir, en el caos, la degradación y el deshonor (el espíritu del mal lo alienta y lo alimenta).

Por sus frutos los conoceréis LUCAS 6: del 43 al 45. (Mt. 7.15-20)

43 No es buen árbol el que da malos frutos, ni árbol malo el que da buen fruto. 44 Porque cada árbol se conoce por su fruto; pues no se cosechan higos de los espinos, ni de las zarzas se vendimian uvas. 45 El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca.

La liberalidad y coqueteo de la liturgia religiosa en los actos políticos o elitistas –ajenos a los verdaderos postulados cristianos–; la sujeción de la práctica espiritual a esas nuevas tendencias cada vez más seculares o mundanas; el frío conocimiento, académico y cientificista que abstrae el intelecto o la intelección humana a la consecución de metas imperturbablemente económicas, más la pésima orientación intra-familiar, ha incidido terriblemente sobre la naturalidad de la psiquis humana y la ha afectado con un terrible trastorno adicto.

Incluso cuando el pensamiento colectivo se vuelve demasiado tolerante hacia la práctica amoral e inmoral y hasta consecuente con la corrupción, el vandalismo o la criminalidad en cualquiera de sus expresiones, el pensamiento individual –liberado de la crítica normativa moral–espiritual y ya totalmente desinhibido del pudor o del temor dogmático– se vuelve un peligroso depredador de la moral y termina, desde una perspectiva anormal e irracional, naturalizando el irrespeto y toda insustancialidad insurrecta que denigra los valores humanos.

Lamentablemente el increíble poder con el que se fortalece el mal en contra del bien es demasiado inconmensurable, hasta el punto de que la capacidad natural del Ser humano es anulada por el imperio de éste y le hace detestar cualquier regla o principio moral-espiritual que perturbe sus prácticas innaturales e inmorales.

Desgraciadamente nuestra actitud es dócil y desarmada frente a los caprichos de una cultura viciosa y seudo-dialéctica que “naturaliza” a la corrupción humana. Así, indefectiblemente, muchos terminan o terminamos siendo solo esos espíritus cobardes que se vician de las costumbres amorales e inmorales y que, como los cerdos en el lodo, vivimos revueltos en la suciedad de monstruosos y perversos resentimientos. Si, somos como las ratas que se alimentan y se multiplican en la podredumbre viciosa de nuestra cloaca existencial, ya que nada es más fácil para el cobarde e ignorante espiritual que el subordinarse a la maldad como si a una maravillosa fórmula escapista en la que no existe ninguna disciplina del valor y la fortaleza positiva del Ser humano, sino, sólo anarquía e irreflexión.

Ya casi a nadie le resulta necesario reflexionar con profunda seriedad sobre la utilidad espiritual de nuestras vidas. Los conceptos y significados de los valores humanos que disciplinan y templan al espiritu en la humildad, el amor y el respeto hacia nuestros semejantes, no tienen ya mayor sentido en nuestras modernas vidas vacías.

Necesitamos retornar a nuestra verdadera capacidad natural humana para alcanzar a plenitud los estados emocionales de esa paz y felicidad que tanto añoramos y que –equívocamente– pensamos es fácil encontrar en la riqueza económica y no en la sabiduría espiritual –cada día hacemos todo lo contrario, y terminamos alimentado a la voraz bestia de nuestro oscuro y negativo interior espiritual–.

Por experiencia propia sé que es difícil más no imposible doblegar la radicalidad e intolerancia del pensamiento escéptico.

La particularidad del BIEN y el MAL radica en que sus significados son abismalmente diferentes como para aludir confusión alguna; por lo tanto, sin importar cuan tolerante e indiferente sea el criterio social frente a los desusos morales o cuan parsimoniosamente tibio se manifestaré en contra de ellos, el verdadero sentido de la actitud inmoral jamás podrá modificarse ni aún a pretexto de visión dialéctica alguna. Entonces es claro que la singularidad y la particularidad del hecho inmoral no puede prescribir aun a pesar de cualquier rediseño conceptual materialista.

De allí que, si nos dejamos arrastrar sumisamente por la negativa y maliciosa corriente modista de la sociedad, tarde o temprano, estaremos atrapados en las redes de un astuto pensamiento adicto que nos tallará en la mente la idea simplista de que “un vicio” es sólo un mal hábito manejable y nada más.

Posiblemente, para muchos, la importancia que he concedido al comentario crítico –sobre las costumbres adictas– que dio inicio a la presentación de este libro, les haya resultado pretenciosamente trivial. No obstante, sin establecerse en ningún sentido como meramente calumnioso ni necesariamente superficialista por espontáneo, define con gran exactitud a la viciosa actitud social e individual, pues, el pensamiento adicto contiene no una específica sino una gran diversidad de tolerancias sintomáticas. Esta realidad la comprendí cuando acepté en su momento mi impotencia ante la adicción alcohólica y –al mismo tiempo– pude descubrir otras perturbaciones mentales igual de radicales y astutamente disfrazadas como necesidades bio-psico-sociales naturalizadas (deseo sexual compulsivo, emociones y sentimientos egocéntricos, etc.).

Lo indispensablemente imperativo para el Ser individual es hacer un rediseño mental que le permita abrir un gran espacio de aceptación al conocimiento espiritual. Este conocimiento convertido en inteligencia le proveerá de una templanza o fortaleza inquebrantable ante la tentación de los usos, costumbres, hábitos negativos o “vicios” adictivos provenidos o forjados por el pensamiento perturbado y decadente de una sociedad adicta al hedonismo y al dinero. Sólo la fortaleza de un pensamiento esencialmente positivo nos permite reflexionar, entender, combatir, superar e inhibirnos de la profundidad negativa con la que el sofisma perturbador del acto inmoral busca influenciarnos y afectarnos.

Sólo el conocimiento positivo, guiado a través del pensamiento y la práctica moral-espiritualista, nos hace intolerantes a la manifestación de aquellas tentaciones emocionales o químicas capaces de llevar a la naturalidad humana hacia un abismo adicto.

CAPÍTULO I

“Ya no guío más mis sentimientos por ningún principio de la lógica intelectual, por el contrario, dejo que ellos fluyan con absoluta libertad en la corriente reflexiva de la inteligencia emocional, pues ahora intento comprender, por lo menos, la increíble capacidad de ese único e incomparable AMOR que es capaz de perdonar, incluso la ofensa más grave, 77 veces 7”

Martín Zambrano.

1.- NOCIONES PRELIMINARES Y GENERALES.

EL BUEN SAMARITANO. San Lucas 10.25.– Un intérprete de la Ley se levantó y preguntó para probarlo: Maestro, ¿Haciendo que cosa heredaré la vida eterna? 26.– Jesús le inquirió:– ¿Que está escrito en la Ley? ¿Cómo lees? 27.– Aquél, respondiendo, señaló:– Amarás al señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.28.– Jesús, asintiendo, le hizo notar:– Bien has respondido; haz esto y vivirás.29.– Pero el intérprete, queriendo justificarse a sí mismo, inquirió a Jesús de este modo:– ¿Y quien es mi prójimo 30.– Respondiendo Jesús dijo:– Un hombre que descendía de Jerusalén a Jericó cayó en manos de ladrones, los cuales lo despojaron, lo hirieron y se fueron dejándolo medio muerto.31.– Aconteció que descendió un sacerdote por aquél camino, y al verlo pasó de largo.32.– Así mismo un levita, llegando cerca de aquél lugar, al verlo pasó de largo.33.– Pero un samaritano que iba de camino, vino cerca de él, al verlo, fue movido a misericordia.34.– Acercándose, vendó sus heridas echándole aceite y vino, lo puso en su cabalgadura, lo llevó al mesón y cuidó de él.35.– Otro día, al partir, sacó dos denarios, los dio al mesonero y le dijo: “Cuídamelo, y todo lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando regrese”.36. –¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones? 37.– El intérprete respondió de inmediato: El que sintió misericordia por él. Entonces Jesús le volvió a responder: –ve y haz tú lo mismo–.

Estimado lector, la información de este libro pretende ser una exposición o explicación inteligente nada subordinada o sujeta al modismo léxico con el que la terminología del pensamiento social, mojigato y perturbado, ha pretendido simplificar a los fenómenos sintomáticos de la terrible enfermedad histórica bautizada en el mundo moderno como “ADICCIÓN” (que no distingue posición social, capacidad intelectual, género sexual o religión), llamándolos, tibiamente, hábitos negativos, manías, costumbres insanas o simplemente vicios.

Sin embargo, estas tolerancias sintomáticas aparentemente incipientes son elementos profundamente subjetivos que se van afirmando de manera progresiva e insidiosa en la mente humana para perturbarla y esclavizarla a un poderoso pensamiento adicto profundamente ansioso y compulsivo. Y es que no se puede ser tibio ni delicado cuando se aborda este tema, ni es buena idea reducir o menoscabar –para nada– la terrible incidencia que las malas costumbres o hábitos insanos tienen sobre la voluntad positiva.

No se puede ocultar el hecho de que la repetición, réplica o práctica cotidiana de los vicios sociales, representa para la enamoradiza voluntad individual un trastorno perturbador que la anula y transforma progresivamente en una incapacidad humana gobernada por un único pensamiento profundamente adicto que no mide consecuencia presente o futura en su entorno existencial. Todo vicio que amenace aunque sea por un poco la integridad de la voluntad positiva terminará siendo incontrolable o ingobernable cuando la mente decide estacionarse en la negatividad de los recursos insanos.

Estas graves y poderosas tolerancias sintomáticas14 no son vicios estacionados necesariamente en una determinada apariencia peligrosa o violenta, no, pueden originarse en una abstracción mental pacifica que se modifica y tiene la capacidad de acelerarse a la misma velocidad que la ciencia y la tecnología para finalmente eclosionar en los diferentes temperamentos adictos. En estos parámetros es fácil confundir, en la actualidad, a estas tolerancias sintomáticas que no se manifiestan u originan precisamente como expresiones agresivas o violentas sino que, por el contrario, desde un estado pasivo inicial resultan más inadvertidas o llegar a ser consideradas y aceptadas como parte de un proceso dialéctico natural que no tiene mayor trascendencia perturbadora. Lamentablemente, debido a esta necedad naturalizadora del conceptualismo social modernista, estas novedosas costumbres o hábitos nuevos profundamente negativos cuando ya han agotado su periodo pasivo no se limitan a una práctica periódica sino a un conductismo consuetudinario que se convierte en un verdadero problema adictivo.


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