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Náufragos que sueñan islas

by

Rosamaría Tapia C.

SMASHWORDS EDITION

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PUBLISHED BY:

Rosamaría Tapia C.

Rosamaría Tapia C.

Título: Náufragos que sueñan islas

Copyright © 2011 by Rosamaría Tapia C.

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DEDICATORIA

Algún día mis pasos se perderán, con la luz del ocaso, en ruta hacia el horizonte.

Y al arribar a las rejas del Jardín Sagrado, un inquieto y vivaz Ser de Luz, al darme la bienvenida, tomará mi mano. Con curiosidad y entusiasmo habrá de preguntarme:

—¿Qué fue lo que más te gustó de la vida?

Bajo los álamos blancos empezaré mi relato. La aurora acompañará la respuesta, posada sobre el olvido cual gota de rocío indisoluble.

—Lo que más me gustó de la vida, hermoso Ser de Luz, fue conocer a mi padre.

1



El mendigo más pobre

«La muerte tiene sabor a metal», pensó Samantha parada sobre la tierra mojada. Los demás se habían marchado y solo ella permanecía en el cementerio, bajo un aguacero torrencial. Sus ropas empapadas le provocaban escalofríos y su mandíbula temblaba sin control. A pesar de todas las condiciones ambientales adversas, estaba consciente del sabor de su saliva. Metálico.

La mirada se le perdía en un horizonte conocido, aquel donde su esperanza suplicaba en susurros por auxilio. Un sentimiento de indefensión plagaba su corazón sin dejar escapatoria. La última puesta de sol en la vida de Samantha fue la del día de ayer, sin sospecharlo. Con los zapatos enterrados en el lodo, mojada de pies a cabeza, dio dos pasos hasta quedar frente al ataúd. Se arrodilló, abrazó al féretro, con un escalofrío recorriéndole la espalda, se despidió de su amigo.



Siempre va con ella el recuerdo del primer día en que aprendió a identificar el color negro. Tenía 5 años. Su madre le pidió que alzara sus brazos para deslizar por encima un hermoso vestido que atrapaba toda luz. Los de la casa vestían del mismo color. Los miraba, pero en sí era el negro el que la cautivaba. Fue en ese preciso momento cuando la vida dispuso que perdiera su inocencia, ese manto mágico con el que nacen los niños, como refugiados de verdades siniestras.

—No te debe gustar este color, Sami. Hoy es un día muy triste para la familia –dijo su madre con su voz más suave.

La niña no comprendía por qué no le podía gustar el negro; sin embargo, a esa corta edad, sabía cuándo no insistir ante ella. Respiró agitada y su corazón atemorizado fue exiliado del territorio protegido que debieron proveer sus padres.

La madre manejaba el auto en total silencio. Sami miraba por la ventana y en ella el reflejo de su vestido. Le atraía. Observaba el tono de su piel y el contraste con la tela le parecía hermoso. Minutos después, al llegar a su destino, los ojos de Samantha experimentaron un deleite majestuoso: ¡una casa llena de personas vestidas del mismo color!

No comprendía los llantos, los abrazos prolongados y aquella caja resplandeciente en medio del lugar. Caminó entre los presentes evitando ser vista, atraída por un jardín que resplandecía del otro lado de la sala principal. Allí se encontraba un hombre arrodillado sobre la tierra. Ella se acercó y le habló:

—Me llamo Sami. ¿Y tú?

Él se incorporó y, después de sacudirse sus manos, le extendió una de ellas.

—Soy Ramón, el jardinero. ¿Te gustan mis flores?

—¿Usted las hace? —preguntó la niña, acomodándose el vestido negro.

—No, Sami. Coloco sus semillas en la tierra y les doy amor. Es todo lo que necesitan para crecer hermosas. Así como tú.

Los ojos de la niña se iluminaron. Al fin unas palabras cariñosas le devolvieron el sentido de protección que llegaba y nunca se quedaba.

Él se inclinó ante un rosal y cortó una hermosa rosa roja. Sami no lo sabía, pero su dulzura hizo que el jardinero recordara que al dar se recibe, y que en momentos de desconsuelo brindar cariño le devolvía una dosis inmerecida de luz en medio de la oscuridad.

—Es para ti. Cuando llegues a casa, ponla en un vasito con agua.

La niña no sabía cómo agarrar la flor. La recibió en sus dos palmas juntas como un preciado tesoro. Antes de agradecerle al jardinero, escuchó a su madre llamarla, anunciando su partida. Le dio un beso a Ramón como el que pide auxilio, o como quien acaba de recibirlo.

Ya en el carro miró a su madre y notó su gesto endurecido. Sabía que el silencio sería, una vez más, la pauta ineludible. Apretaba en sus manos el tallo de la rosa, sin entender cómo algo tan bello podía herir sus manos. Su primera experiencia de que algunas bendiciones vienen con espinas.

—¿De dónde sacaste esa flor? ¿La cortaste sin permiso? —averiguó su mamá con tono acusador.

—Me la dio Ramón, el jardinero. Está linda, ¿verdad?

La ausencia de una respuesta hizo que Sami se inquietara. Pensó que su madre también necesitaría una flor, que podría regalársela y hacerla feliz. Se la llevó a la nariz y la olió por última vez. Su aroma impregnó su ser de una idea descabellada. No podía perder la rosa, ¿qué haría sin ella? Volvería a luchar contra su atracción al color negro. La rosa era roja, y le brindaba protección, aunque sus espinas le causaran dolor. Fue allí donde aprendió la lección que años después llegaría para salvarla: «Hay veces en la vida que antes de rescatar a otros, hay que rescatarse uno mismo». No volvió a mirar a su madre. Al acomodar la flor sobre su regazo notó el contraste entre su piel, el vestido y la rosa. Sonrió.



Dicen que el llamado de las alturas siembra en el hombre un deseo por ser mejor. Una invitación a vencer la mediocridad interna y avanzar hacia la versión más pura de uno mismo. Para los nacidos con la atracción por conocer el Reino Invisible no hay descanso, no hay tregua, no hay paz. La vida pierde su sabor y aparece una sed vertiginosa por lo que no vemos. Muchos confunden el llamado espiritual con una meta terrenal. Y así todo triunfo se torna insuficiente, vacío. En vano se busca validación externa en forma de estatus, pertenencias y un reconocimiento de los semejantes. Nada puede saciar la sed. Nada que ofrezca el mundo.

Samantha escuchó el llamado espiritual y su falta de comprensión la llevó a perseguir un espejismo: el éxito. Llena de miedos e inseguridades, se esforzaba por superarse. Buscaba libros que la ayudaran a mejorarse como persona, a ser más optimista, a llevar una vida más disciplinada, a ser más útil a la sociedad. Nunca discutió con ese sentimiento que la empujaba a añadirse cualidades. Lo aceptó como la filosofía de su vida. «Un propósito loable», se decía para infundirse confianza. No obstante, las pruebas se hacían más indoblegables cada día. Porque todo camino terrenal lleva irremediablemente a la desilusión.

Con el tiempo y mucho esfuerzo, Sami se convirtió en una mujer exitosa. Todas las señales del éxito la acompañaban. Buen trabajo, presencia nítida, buenos modales y un grupo de apoyo, entre familiares y amigos, dignos de admirar. Era una mujer completa.

¿Lo era? En las noches aparecía el miedo. Sudoraciones y espasmos la asaltaban avanzada la noche. Una madrugada las palpitaciones del corazón la despertaron. Sentada en la oscuridad, a orillas de su cama, intentó controlar los temblores de sus manos y no pudo. Un solo pensamiento pestañaba con luces neones dentro de su mente: «Eres una farsa; una mentira».

Perdición y Salvación son hermanas. Las dos caminan juntas, tomadas del brazo, como lo harían en un paseo vespertino. Si una se sienta con nosotros en el comedor, la otra espera paciente recostada en la cama. Siempre que experimentamos el polo de un concepto, a un paso está accesible su opuesto. Solo es cuestión de tiempo, de un enfoque imparcial. Samantha se perdió en el conocimiento acumulado por años y se salvó por la información que encontró en un nuevo libro.

El contenido del libro presentaba a Jack. Era el presidente de una compañía inglesa de mejoramiento personal. Una empresa construida por él desde hacía treinta años y que ahora funcionaba en todo el mundo. A sus setenta años, con su reciente libro sobre el poder de los pensamientos positivos y la acción proactiva, alcanzó la lista de los más vendidos a nivel mundial. Sus enseñanzas recorrieron el planeta hasta llegar a las manos de Samantha. Cuando leyó el resumen de su filosofía, supo en ese mismo instante que su maestro había aparecido.



Pedir ayuda puede resultar el paso más difícil para un ser humano. Solo quien ha formulado una petición, basada en una necesidad, conoce la agonía de la antesala a la respuesta. Si se brinda la ayuda, llega la bendición de anclar en un puerto seguro. Aunque ese puerto no sea un arribo definitivo y solo sea una escala temporaria para sanar.



Samantha viajó hasta Inglaterra para escuchar una charla de Jack. Todos sus ahorros los utilizó para tener la oportunidad de estar frente a él y expresarle lo mucho que aprendió estudiando sus libros. Durante semanas ensayó lo que iba a decirle cuando tuviera la oportunidad de estrechar su mano.

Mientras viajaba en el avión, Sami pensaba que si no hubiera sido porque cursó estudios universitarios en Los Estados Unidos, no podría acceder a la información ofrecida por él en el idioma inglés. Cuando al fin lo vio, en el seminario, observó que su presencia era imponente, parecía abarcar todo el anfiteatro. El éxito hecho hombre se encontraba, por primera vez, ante sus ojos. En el receso se le acercó, compitiendo con muchas personas, y alcanzó a tocarle el hombro. Él se volteó, la miró y, por alguna razón, él recordó la promesa que hizo a su mentor años atrás: ayudar a superarse a todos los que buscaran honestamente su sabiduría. Reconoció en ella la sed de quien anhela llegar a la cumbre, por eso su saludo fue más afectuoso que el que suele iniciar la relación maestro-pupilo.

¿Cómo puede un alma herida luchar por una meta? ¿De dónde saca fuerza? Estas dos preguntas se convirtieron en un territorio prohibido para Sami. No se permitía cuestionamientos que obstaculizaran su crecimiento personal bajo la tutela de Jack. Había pasado un año desde que era su tutor y eran visibles todos sus cambios. Era positiva en sus pensamientos, visualizaba sus metas, creó un plan definido para alcanzarlas, y tomaba una acción proactiva para lograr sus objetivos. Bien decía Jack: «El éxito es como la receta de un pastel. Si la sigues al pie de la letra abres el horno y allí está».

Samantha fue fiel a las enseñanzas de su maestro. Estudió teorías como la de causa y efecto, el poder del pensamiento positivo, la ley de la atracción, el poder de la constancia y de la repetición para adquirir hábitos ganadores y la importancia de la confianza en uno mismo. Fue un año de estudio intensivo donde su vida social pasó a segundo plano y su llamado por triunfar se colocó en el primer lugar de sus prioridades.

El contacto con Jack durante todo el año fue estrecho gracias a la tecnología. Las clases eran grupales a través de una línea de conferencias, con no más de 10 personas de diferentes nacionalidades, dirigidas personalmente por él. Cada uno tenía tiempo de discutir las lecciones asignadas y después formular preguntas en un foro abierto. Algunos optaban por charlar con Jack a solas después que todos colgaban. Sami estaba entre los que siempre pedían quedarse en línea para dialogar. A él no le importaba; admiraba el interés que ella sentía por todo lo que podía ofrecerle. Le recordaba cómo fueron sus inicios y cómo la mano de su tutor lo ayudó a salir de la oscuridad que lo rodeaba.

Todo cambió el segundo año de las enseñanzas de Jack, cuando venía el tiempo de aplicar los conocimientos a la vida diaria. Sami salió a su mundo dispuesta a imprimir su marca. El llamado de las alturas en su corazón nunca resonó tan fuerte. Se repetía en su mente las claves del éxito: «Conquistar el terreno, avanzar sin detenerse, mirar siempre hacia arriba a la meta, ser el primero, acumular riquezas, adquirir reconocimiento, ser experto en un campo profesional, venderse bien». ¿Cómo fue que al ir a conquistar su pedazo de cielo, regresó con una parcela en la finca del infierno?

Una mujer educada para el éxito resultó ser, frente al mundo, un fiasco. ¿Qué pasó con la receta del éxito? ¿Qué ingredientes se agregaron de más o de menos? Estas dos preguntas se convirtieron en el terreno que Samantha escogió para habitar. Día y noche volvía a sus enseñanzas, las repasaba de memoria y aún no comprendía qué salió mal. Su corazón le hablaba y ella pretendía no escuchar. Confirmó que llega un momento en la vida de todo humano cuando la realidad lo atraviesa como una navaja de doble filo.

La búsqueda de la verdad se convierte en una llaga incurable, un ácido corrosivo, una agonía que no se puede ignorar. En vano se busca un sentido si te sabes presa de la mentira en que se ha convertido tu vida. Se pierde el gusto por los placeres y te sientes ajeno a tus semejantes. Solo en el mundo, en búsqueda de un «no sé qué», que se extravió sin saber para qué servía. El corazón, en letras neones, escribe en su superficie un signo de interrogación que recuerda que existe algo más a lo cual no se tiene acceso.

Samantha recordaba los días en que su vida transcurría calmada, deslizándose como agua mansa. Ahora, su corazón buscaba la verdad y le hablaba. Ella le decía:

—Cálmate, corazón insensato, porque no tengo culpa. La codicia y la pasión dominan al mundo.

—Mientras que vivas no te dejaré en paz —su corazón discutía—. Tú eres culpable, y cada día te lo repetiré. Porque no descansaré hasta que te levantes del fango y reclames lo que fue dispuesto para ti.

—Eres un corazón enloquecido y estoy cansada de ti, porque solo me has causado contrariedades y tormentos —Sami protestaba—. ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué me enfrentas a esta dificultad sin tregua? ¿Quién soy yo para modificar la naturaleza de los hombres?

—Eres culpable porque ahora posees el saber —su corazón se defendió—. No eres inocente porque se te ha ofrecido una salida y no me escuchas. Por eso tus lágrimas turban tu presente y te quitan el placer de vivir. Y por esto te atormentaré hasta el fin de tus días.

Así, por primera vez, Samantha se detuvo a escuchar a su corazón, porque supo el daño que le causaba y le permitió exhalar su dolor. El lamento, a través de su voz, se escuchó así: «Dulce fue el néctar de mi juventud y piadosa mi ignorancia. ¡Años, den la vuelta y vuelvan! Es tarde, y ya no puedo modificar ningún acto ni cambiar una sola palabra. ¡Devuélvanme mis falsas creencias! Locura que me impidió ver, ¡regresa!»

Al estar frente a sus arrepentimientos, forjó un compromiso con su corazón. Prometió siempre escuchar su guía y respetar sus deseos. Le aseguró que no descansaría hasta encontrar su propia voz. Seguiría su propio sendero, aunque estuviera pavimentado de incertidumbres y obstáculos. Le pidió a su corazón, encarecidamente, conservar el cariño de su maestro. Suplicó por una manera de presentar la verdad sin menoscabar el vínculo afectivo que los unía a los dos.

—No puedo herirlo. Tú también te sientes agradecido y lo amas —le argumentó.

Obtuvo silencio como respuesta. Llegado el momento se sinceró con Jack. Después de una llamada de conferencia de su grupo pidió hablar con él. El corazón ganó en Sami a un aliado. Suspiró y luego sonrió.



Nos volvemos valientes en el segundo después que ponemos un pie en nuestro propio camino, aunque se presente escabroso y rodeado de bruma. Nunca se olvida el instante en que cesa la búsqueda externa e inicia el recorrido por los laberintos del espacio interior.

—Jack, quiero agradecer tu ayuda y tu guía.

—Samantha, eres mi alumna más aplicada, a quien pongo de ejemplo al promover mis enseñanzas.

—Estoy confundida. Hay algo que no cuadra en mi interior —anunció, con voz resquebrajada.

—Debes explicarte mejor. Yo te escucharé en silencio.

—Ha aparecido otro llamado en mi corazón. Intento seguir los principios de un triunfador, los que tú me enseñaste, y al hacerlo mi corazón llora. Solloza sin consuelo. No quiero conquistar un terreno donde otro sea el terrateniente, donde no sea mi suelo. Aún no reconozco mi territorio. He visto aquellos que avanzan sin detenerse hacia sus metas. Pisan al débil, usan al oportuno y dejan a su paso fosas comunes repletas de sacrificados. Seres humanos se convierten en comodines. No encajo entre los que buscan ser los primeros. Veo en ellos tanta carencia que no podría disputarles el único espacio donde se sienten vivos.

Un silencio sepulcral plagaba la comunicación. Sami continuó:

—¿Cómo acumular riquezas viendo a tantas personas con necesidades básicas? He visto la mirada de un camarero extenderme un plato de comida en un restaurante lujoso, los dos sabiendo que él nunca se lo podría costear. Me he comprado un vestido, para estar a la moda, que podría haber alimentado a una familia por un mes. El reconocimiento de mis semejantes, en su mayoría, lo encuentro falso e irrelevante. ¿Ser un experto en el mundo? A mí me interesa otro mundo. El que no vemos ni tocamos, ese que algunos llaman: «El Reino de los Cielos».

Jack no quería aceptar lo que escuchaba. En el fondo sabía que Sami era taciturna y solitaria. Notaba que, a menudo, su corazón sangraba por aquellos que se quedaban atrás. Sami parecía desenvolverse mejor en el territorio de los olvidados que en una mansión con los apoderados. Pensó que podría cambiarla. Convertirla en una persona más práctica y funcional.

—Samantha, has extraviado el camino —afirmó Jack, contrariado. Necesitas venir a mi próximo seminario para que conversemos. Todavía podemos reparar los daños.

—¿Qué daños?

—Es mi turno de hablar. He sido tu maestro y te he apoyado. No puedes entregarte a la mediocridad. ¿Te convertirás en una persona débil que solo ve a los débiles? ¿Pretendes triunfar sin atropellar a nadie en el intento? Samantha, en la guerra hay bajas. Ese es el precio a pagar.

—Jack, eres mi maestro, mi amigo, pero no pagaré ese precio. ¡Jamás! Quisiera mantener tu amistad. Contarte de mi búsqueda, la que empiezo ahora. Sentir tu apoyo en momentos difíciles. Sabes lo importante que eres para mí.

—Lo siento. Hasta aquí compartimos el camino. Si seguimos nuestra comunicación, yo siempre querré convencerte de tu error. Será muy doloroso para mí verte marchar hacia un desfiladero.

—No sé cómo decirte adiós, Jack. Por eso solo te diré que nunca te olvidaré.

La línea de conferencia se cerró. En un extremo el maestro se despedía, en el otro su alumna le daba la bienvenida al valor y a su preciado corazón. Aquel que fue esclavo y ahora promulgado Sabio Guía de su mundo interior.



El siguiente año transcurrió para Sami en total tiniebla. Quien decide ser un buscador espiritual es puesto a prueba de forma cruenta. El precio a pagar para entrar al mundo invisible del Ser es muy alto. Ella siguió adelante sin claudicar. Las enseñanzas de Jack en perseverancia le sirvieron de mucho en su viaje. A menudo lo recordaba y de rodillas elevaba a lo Divino una plegaria por su amigo. Lo extrañó constantemente hasta ese medio día de jueves de un lluvioso mayo.

—Buenas tardes, ¿puede comunicarme con Samantha? —preguntó la voz femenina, en inglés, al otro lado del teléfono.

—Soy Samantha, ¿con quién tengo el gusto?

—Soy la enfermera Jane Bedson del London Bridge Hospital. El paciente Jack Byrne me ha pedido que la localizara. Desea hablar con usted.

Sami demoró unos segundos en asimilar el mensaje. Una ola de dicha, seguida por una sacudida de preocupación, hizo que se le quebrara la voz.

—¿Jack? ¿Qué le sucede? ¿Se encuentra bien?

—Está en condición crítica. Le harán un reemplazo de la válvula aorta. Ha sufrido un desmayo en medio de uno de sus seminarios. Recobró la conciencia en el hospital, y lo primero que pidió fue que la localizaran. Encontramos su número de contacto en su billetera.

—Comprendo. ¿Puede pasármelo ahora? Necesito escuchar su voz.

Samantha tuvo tres segundos para recobrar el aliento.

—Sami, mi niña, ¿cómo estás? Te han exagerado sobre mi condición. Sabes que soy un roble. Nada pasará.

—Estoy tan feliz de oírte, Jack. ¿Cuándo te operan? ¿Qué puedo hacer para facilitarte este proceso?

—¿Puedes perdonarme?

Samantha no pudo disimular el nudo en la garganta.

—No hay nada que perdonar entre amigos. Solo descansa.

—Quiero que me escuches con mucha atención —dijo Jack con voz sombría—. No sé qué pasará en la operación. Me equivoqué, Sami. No tuve el valor de aceptarlo. Ha sido la muerte la que me ha arrebatado mi orgullo y ha dejado expuesto mi corazón. Quiero verte a los ojos y decirte lo orgulloso que estoy de ti.

— ¿Orgulloso…? —no pudo pronunciar el resto.

—Ven a verme. Me darás un aliciente para vencer esta prueba. Además, tengo un acertijo para ti: ¿Sabes cuál es el mendigo más pobre?

Hubo un silencio desconcertante de parte de la muchacha.

—Ven, mi niña, y te digo la respuesta.

—Estaré allí cuando despiertes. Jack. Gracias.



Era de madrugada cuando arribó al aeropuerto de Londres. Exhausta por las horas de vuelo intentaba no pensar más en su conversación con Jack. En su cabeza rebotaba la pregunta: ¿Cuál es el mendigo más pobre? ¿Qué tenía que ver esta incógnita con todo lo que acontecía? Pasó por el puerto de aduanas como una sonámbula. Al entrar a la sala de visitantes se percató de que un hombre sostenía un letrero en el que se leía su nombre. Ella se aproximó y él se identificó.

—Samantha, soy Carl, amigo de Jack. He venido para llevarte al hotel donde estarás hospedada.

Ambos se dirigieron, en taxi, hacia el hotel. Sami se sentía inquieta, pero de alguna forma se sentía reconfortada por la amable acogida de Carl. Al llegar a su habitación él esperó en el marco de la puerta. Sonreía.

Samantha no sabía qué pensar, pero su corazón le advertía que era el momento de ser fuerte. Con un giro abrupto, clavó su mirada en la suya.

—Ha muerto, ¿no es cierto?

—Sí, Sami. Lo siento —traspasó el umbral y tomó su mano—. Todo estará bien.

Samantha lloró desconsoladamente sobre el hombro de Carl.



Horas más tarde, en el cementerio, posó su frente sobre el ataúd. El sabor a metal inundaba toda su boca. Una mano se posó en su hombro y ella detuvo su llanto para escuchar: «Él está bien y sabe cuánto lo amas». Sami hizo un esfuerzo para ponerse de pie y salieron. Bajo la llovizna, los dos hablaron.

—¿Quién eres, Carl? ¿Conocías bien a Jack? ¿Cómo puedes saber que está a salvo?

—Cierra tus ojos.

Ella, con vacilación, obedeció. Carl puso una mano en su corazón y otra sobre sus ojos. Sintió un calor reconfortante, como un bálsamo, que la aliviaba.

—Ahora conéctate con la presencia de Jack. Siente su espíritu. ¿Qué puedes decirme?

—¡Lo veo, Carl! ¡Puedo verlo! — una sonrisa iluminó su rostro, anunciando un sollozo— ¡Oh, Jack…!

—¿Qué te dice? Sé que puedes sentirlo, que te dará un mensaje. Dime cuál es.

—Lo siento Carl, esto es solo mi imaginación. No puede ser. Yo no sirvo para esto —respondió, desanimada.

—Solo confía en ti. ¿Qué hace Jack en estos instantes?

Como sale el sol tras la lluvia, así Samantha sintió el resurgir de la confianza en sí misma.

—Sonríe —abrió los ojos y los fijó en Carl.

—¡Ves!

Ambos caminaron juntos hasta un costado del campo santo, donde hallaron lugar para sentarse a salvo de la lluvia. Carl le explicó a Sami que su amistad con Jack fue corta, vinculada al proceso de aceptar su enfermedad.

—¿Sabía Jack que iba a morir?

—Él presentía que su fin se acercaba y sentía angustia y remordimiento. En cada una de nuestras conversaciones me hablaba de ti. Y en ese momento supe que nuestros caminos, irremediablemente, se encontrarían. Me pidió que te entregara esta carta y luego que te revelara un acertijo.

Con su mano temblorosa, Samantha tomó la carta y la apretó contra su pecho. Suspiró y se llenó de aire puro y fresco. Con valor se dispuso a leer el mensaje póstumo de su maestro. La carta decía:

«Querida Sami: hoy puedo decirte que he vivido, al igual que tú, alegrías y tristezas. Me han aquejado tus mismas dolencias, he sido feliz y he sido desdichado; he sido una persona más. Todos vinimos a este mundo a descubrir algo, o a pretender que nada buscamos.

Por ley natural, todo vuelve a empezar y nada hay nuevo bajo el sol. Hay quienes piensan que lo que ocurre nunca es semejante a lo que ocurrió. No es cierto, Samantha. Nada nuevo ocurrirá ante tus ojos y todo lo sucedido acaecerá también en el porvenir. Tú has tenido un vislumbre de esa verdad. Lamento haber estado ciego y no apoyarte cuando más lo necesitabas. Mi ignorancia no me permitió fortalecerte con la validación que me pedías.

Confiaste en mí como tu maestro y yo no supe guiarte. Serví para educar hombres de este mundo, no a los que deciden responder al llamado de las alturas. Ellos, como tú, caminan imperceptibles entre nosotros y nos salvan. Así me salvaste tú. Te escribo como la última esperanza de este corazón que añora conectarse a otro. Escribo en plena conciencia de que, en mi vida, algunas de mis decisiones han sido erradas y la mayoría de mis caminos escabrosos, pero también con la certeza que si fui merecedor de tu cariño, algo bueno debí haber hecho en esta vida. Dios me premia al poder ser el puente que te entrega a Carl. Él será el maestro que hoy requieres. ¿Sabes, Sami? Siento a la muerte rondarme, y estoy tan agradecido. La vida es una celebración, no te lo pierdas».



Samantha sostuvo el papel arrugado entre sus manos mientras lloraba con un desconsuelo que parecía no tener fin. Pasado un tiempo, recuperó la compostura e indagó:

—Entonces, ¿tú serás mi maestro?

—Ya no tendrás que andar a tientas en la oscuridad. Te enseñaré como llevar luz a los inagotables tesoros de tu alma, para que no te pase lo de Jack. Él lo tenía todo en este mundo y no era feliz, no tenía paz. El dinero no le sirvió de nada. Sami, todos somos millonarios en nuestro espíritu. Solo tenemos que reclamar esa herencia.

Hizo una pausa para que asimilara sus palabras y luego prosiguió.

—¿Sabes cuál es el mendigo más pobre?

—No —secó sus lágrimas con la manga de su abrigo y escuchó con su corazón.

—El mendigo más pobre es un rico que estira su mano. Aquel que teniéndolo todo mendiga un poco de paz, de amor, de propósito. Toma, esto lo corté para ti —puso en su mano una rosa roja.

Por segunda vez en su vida, Samantha, vestida de negro en un funeral, recibía, con una rosa roja, una esperanza.



2



La casa de los espejos

Cuenta una parábola —dijo Carl dirigiéndose a Samantha— que un mendigo había estado sentado más de treinta años a la orilla de un camino. Un día pasó por allí un desconocido. «Una monedita, por favor», murmuró mecánicamente el mendigo, alargando su vieja gorra de béisbol. «No tengo nada que darle», dijo el desconocido. Después preguntó: «¿Qué es eso en lo que está sentado?» «Nada», contestó el mendigo. «Solo una caja vieja. Me he sentado en ella desde que tengo memoria». «¿Alguna vez ha mirado que hay adentro?», preguntó el desconocido. «No», dijo el mendigo. «¿Para qué? No hay nada adentro». «Échele una ojeada», insistió el desconocido. El mendigo se las arregló para abrir la caja. Con asombro, incredulidad y alborozo, vio que la caja estaba llena de oro.

—Sami, yo soy el desconocido que en nuestro recorrido juntos no tendrá nada que darte, y que te pide que mires dentro. No dentro de la caja, como ilustra la parábola, sino en un lugar más cercano: dentro de ti. Lo mismo, hace muchos años atrás, me enseñó mi maestro.

Carl hizo una pausa para permitirle asimilar la enseñanza.

—Si no encuentras tu verdadera riqueza, esa que nadie te puede quitar, te convertirás en el mendigo de la historia. Suplicarás a tus semejantes por mendrugos de placer o realización para alcanzar la aceptación, la seguridad y el amor. Los tesoros externos, en comparación con los que yacen dentro de ti, no son más que pedazos de metal oxidados bañados con pintura dorada.

—Pensaba que las grandes bendiciones de Dios eran otorgadas desde afuera. Ahora comprendo que todo lo hermoso, real e inmutable, ya se nos fue dado. ¿Por qué no se manifiestan estas bendiciones de inmediato?

—Porque debes aprender a encontrarlas en tu interior y abrir el cerrojo que las resguarda. Es la manera que la Existencia presenta para alentarnos a recorrer el camino espiritual. Si todo en la vida es color de rosa, no tuviéramos la necesidad de mirar adentro. La búsqueda espiritual empieza con una gran decepción con el mundo. Ocurre cuando asimilamos conceptos como la mortalidad, la ley de los opuestos, el sufrimiento y nuestra impotencia para controlar la mayoría de los acontecimientos. Es entonces cuando empieza la búsqueda por aquello que el mundo no te puede arrebatar. Solo entonces se empieza a desmoronar la ilusión.

— ¿La ilusión?

—Casi todo lo que tu mente proyecta y te dice sobre ti misma, sobre otros y el mundo, es una ilusión. Una mentira. La mente condicionada con paradigmas erróneos hace su propio análisis y saca sus propias conclusiones; todo es ficticio, ya que las herramientas que utilizó para comparar e interpretar son defectuosas, carentes de veracidad.

—¿Cómo empezó esta disfunción de la mente?

—Cuando naciste, viniste al mundo como una página en blanco. Los adultos, inconscientes del daño que perpetraban y del cual ellos fueron víctimas también, escribieron en esa página sus valores, sus ideas, sus perjuicios, su manera de ver la vida. A través de mamá y papá, tus maestros, la religión y otras personas encargadas de encarrilarte, aprendiste sobre el mundo, nada lo decidiste tú, todo lo escribieron por ti. Aunado a esto, todas las experiencias que has tenido te han marcado para bien o para mal. Si sumamos todas estas experiencias verás que te has formado una idea de la vida, de las cosas y estas mismas conclusiones que has sacado las aplicas a todo lo que entra en contacto contigo.


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