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El Maravilloso Viaje de Banai


Natalio Simon


Copyright 2011 by Natalio Simon

Smashwords Edition

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* * * *

Contenido

1 El regalo

2 La Ciudad de los Orejones

3 La Ciudad de los Canasteros

4 La Ciudad de los Peces Bailarines

5 La Ciudad de los Indecisos

6 La Ciudad que Nunca Fue

7 La Ciudad de Unicus

8 La Ciudad de los Gatos

9 La Ciudad de Hielo

10 La ciudad de las leyes

11 La Ciudad Subterránea

12 La Ciudad de los Siete Velos

13 La Ciudad de las Tres Ciudades

14 La Ciudad Flotante

15 La Ciudad Dividida

16 La Ciudad de los Osos Gusu Gusu

17 La Ciudad del Tesoro Perdido

18 El Regreso

19 La Búsqueda

20 El Temible Rey Lagunus

21 El Reino de las Montañas

22 La Ciudad de Banai


* * * *


1 El regalo


Banai no pudo cerrar los ojos durante toda la noche. La emoción que lo embriagaba era muy fuerte. Las horas pasaban con exagerada lentitud como si algunas trabaran a otras en un forcejeo para alejar a la noche del amanecer. Mañana cumpliría quince años, cuestión que aunque sucede una vez en la vida de todos, en su caso no sería un simple cumpleaños más. Para su familia, esa era la edad en que se celebraba un momento muy especial: recibiría un legado de su padre, que él a su vez también había recibido de su abuelo a dicha edad, una tradición que se cumplía quién sabe desde hace cuántas generaciones en la familia.

La noche pareció durar una eternidad pero los primeros rayos del sol se asomaron por la ventana de su habitación, de a poquitos, como si tuvieran desconfianza de entrar de un golpetón. Entonces Banai saltó de la cama y corrió a la cocina pensando que sería el primero en llegar, pero sus padres ya estaban allí.

“¿Dónde está mi regalo? ¿Dónde lo han escondido todo este tiempo?” – preguntó sin poder contener más su curiosidad.

Su madre dijo:

“Ya has esperado muchos años, así que puedes esperar un poco mas. Ahora arréglate, vístete y come tu desayuno, luego recibirás tu regalo.”

Aunque no tenía hambre y estuvo a punto de expresarlo, algo en su interior le decía que mejor le hacía caso a su mamá para no retrasar las cosas y antes de que sus padres dijeran algo más, Banai corrió de nuevo a su habitación para ponerse la ropa, arreglarse un poco el pelo, cepillarse los dientes y en pocos minutos regresó a la cocina a acabarse el contenido del plato.

Su padre, sonriendo se sentó a su lado en la mesa y dijo:

“Se me hace esto mas difícil de lo que pensaba. Tu madre y yo no logramos cerrar los ojos durante toda la noche. Te vamos a extrañar muchísimo. Cuanto nos gustaría ir contigo.”

“¿De qué hablas papá? No te preocupes. ¡Ya tengo quince años! Y me las arreglo por mí mismo.” – contestó él, aunque en realidad sentía un poco de temor.

Su padre se levanto de la mesa y dijo:

“Llego el momento. ¡Lo voy a traer!”

Salió de la casa. Banai y su madre lo siguieron. El padre subió por una escalera al techo de la casa, removió unas tejas y sacó una caja de madera.

Ahí estuvo todo este tiempo. Y yo que lo busque por todas partes” – pensó Banai.

Regresaron a la cocina y colocó la caja sobre la mesa. Entonces, Banai la abrió apresuradamente y saco su contenido. Era un antiguo mapa, que una vez desenrollado, cubrió toda la mesa.

El mapa mostraba la ruta hacía muchísimas ciudades. ¡Y que nombres tan especiales tenían aquellos lugares! La Ciudad Subterránea, La Ciudad de los Peces Bailarines, La Ciudad de Unicus, La Ciudad de los Cocodrilos…ésta última, probablemente mejor no visitarla, pensó.

Desde que tenía memoria, Banai había escuchado las historias de los viajes de su padre -cuando partió con un mapa a los quince años- visitando más de treinta ciudades en un viaje de tres años. Finalmente llegó el momento cuando a Banai le tocaría continuar la tradición familiar y partir, en una gran aventura, a conocer los maravillosos lugares señalados en aquel viejísimo pergamino.

Su padre dijo:

Con gran dolor, pero a la vez, emoción, te entregamos este mapa. Nos es difícil despedirnos Banai. Mucho más difícil de lo que pensábamos. Mucho tiempo pasará hasta que estés de vuelta con nosotros, pero cumplirás con orgullo una tradición que mantenemos de generación en generación. Estamos seguros que tu también llegaras a ciudades muy especiales en donde la gente te recibirá cordialmente y te ayudarán, aunque sea la primera vez que te vean y aunque vengas de un lugar que no conocen. Verás costumbres diferentes a las nuestras, escucharás historias sorprendentes, notarás que lo que hay por descubrir y aprender es inagotable. Pero no olvides, querido hijo, que nosotros pensaremos constantemente en ti, deseosos de que regreses. Y el día que retornes a casa podrás aprovechar todo lo que has visto y aprendido en tus viajes para beneficio de nuestra ciudad y de todos sus habitantes.”

Banai se quedó mudo por la emoción. Abrazó fuertemente a sus padres y ese mismo día, sin despedidas especiales, para no entristecerse demasiado, preparó su mochila y la llenó con comida, ropa y varias monedas de oro y plata, dobló el mapa, lo apretó en su mano y partió con una extraña mezcla de alegría y nostalgia. Estaba listo para la gran aventura de su vida.



2 La Ciudad de los Orejones


Banai miró en el mapa y comenzó su travesía dirigiéndose de a La Ciudad de los Orejones.

Tras cuatro días de camino por un bosque de altos árboles llegó a un valle repleto de casas de piedra. Se acercó a una de las casas y cuando estaba a punto de tocar la puerta, ésta se abrió dejando ante su vista a un extraño hombre.

“Hola extranjero. ¿Que te trae a nuestra ciudad?” – le preguntó.

Asombrado, Banai también le preguntó:

“¿Como sabía usted que yo quería tocar su puerta y que no soy de este lugar?

El hombre respondió:

“Abrí la puerta para ver quién es el extranjero que caminaba en dirección a mi casa pisando todas las hojas en el camino. La gente de nuestra ciudad es mas cuidadosa en no hacer tanto ruido.”

Entonces, observando detenidamente al hombre, Banai cayó en cuenta de que tenía cuatro orejas.

“Por un momento pensé que podía usted leer mis pensamientos -dijo- Ahora entiendo que oyó usted mis pasos. Me llamo Banai y vine a su casa a preguntar en dónde puedo encontrar un lugar para comer algo caliente y luego pasar la noche. He pasado cuatro días caminando por bosques, durmiendo sobre la tierra y comiendo frutas y nueces. Viajo para conocer las maravillosas ciudades de este mundo”.

Y antes de que el hombre pudiese contestarle, agregó:

“Disculpe mi asombro, señor, pero nunca había conocido a alguien con cuatro orejas. ¿Oye usted cosas que yo no soy capaz de oír?”

El hombre contestó:

Con las dos orejas pequeñas oigo los sonidos cercanos, como esta conversación, por ejemplo. Con los grandes oigo lo que pasa a lo lejos: las olas que se arremolinan en la playa, los pájaros aleteando en el cielo, las nubes chocando, unas contra las otras, la lluvia golpeando a la tierra de ciudades vecinas, las manzanas que caen de los árboles, el saltar de los peces de mar, el galopar de caballos en el valle” – y luego, con una gran sonrisa tan grande como sus par de orejas grandes le extendió la mano para saludarlo – “Mi nombre es Artos y será un placer tenerte como invitado en mi casa y mostrarte mi ciudad.”

Banai aceptó la invitación. Luego de descansar conoció a la ciudad junto con Artos y descubrió varias cosas poco usuales de sus habitantes de cuatro orejas. Por ejemplo, Artos le contó que la gente había aprendido a no roncar para evitar despertar a sus vecinos y que solo comían vegetales y frutas.

Cuando cenó con Artos y sus amigos, en un banquete organizado en su honor, observó que todos masticaban con mucho cuidado para no molestar a sus compañeros, hablaban con voz suave y cuando reían, se contenían para no irrumpir con fuertes carcajadas.

“¿Nunca ustedes comen carne?” – preguntó Banai a Artos.

Él le explicó:

“Para comer pollo necesitas gallos, y ellos son demasiado ruidosos para nuestros oídos. Por eso no los criamos por aquí. Para carne, necesitas vacas, y después de muchos años de oír su mugido la gente se cansó y las vendimos a ciudades vecinas.”

Banai se quedo tres días con Artos y fue muy cuidadoso en no hacer ruido. Valoró el encanto del silencio y de las pocas palabras, pero se alegro de no tener cuatro orejas y mucho menos de un tamaño tan grande.

Luego se despidió de Artos y sus amigos partiendo silenciosamente en dirección a la siguiente ciudad de su mapa.



3 La Ciudad de los Canasteros


Banai se dirigió a la Ciudad de los Canasteros.

Luego de dos días de camino llegó al lugar y notó que todas las personas caminaban por las calles sosteniendo una pequeña canasta sobre sus cabezas. Se acercó a uno de los habitantes y le pregunto:

“Disculpe que lo moleste. Soy un extranjero viajando por ciudades de este mundo, y hoy he llegado a la suya. ¿Puede decirme por qué llevan todos los habitantes de esta ciudad una cesta en la cabeza?”

El habitante dijo:

Es una antigua tradición. Cuando las personas cumplen ocho años, los llevamos a una inmensa cueva en la frontera de la ciudad. Dentro de ella hay una gran cantidad de cestas. Cada quien escoge una y desde ese momento siempre la carga sobre su cabeza.”

“¿Y qué hay dentro de la canasta?” – preguntó Banai.

El habitante contestó:

“No lo sé.”

Asombrado, Banai insistió:

“¿Nadie mira lo que lleva en su canasta, luego de llevarla por tantos años sobre la cabeza?”

El habitante dijo:

“No, nadie se interesa por su contenido. Simplemente las llevamos como adorno en nuestras cabezas. Es algo natural. De vez en cuando vemos a algún extranjero sin canasta y eso sí que nos sorprende”

Banai continuó:

“¿Quién sabe que hay adentro? ¿Quizás hay una piedra preciosa, un tesoro? Tengo mucha curiosidad por saber ¿Esta prohibido abrirlas?”

“No que yo sepa.” – se rascó la cabeza el habitante y Banai lo animó:

“¿Por qué no miramos lo que hay en su canasta?”

“Bueno, no sé. Me da un poco de miedo.”-respondió el poblador

“Si usted quiere yo se la abro” – le insistió.

Finalmente lo convenció y temblorosamente, abrió la canasta. Excitado ante lo que vio, exclamó:

“¡Hay algo adentro! ¡Es un libro!” y sacándolo se la entregó al habitante y juntos abrieron sus páginas, descubriendo que contaba historias de la ciudad y estaba adornado con lindos dibujos.

Emocionados, los dos fueron a la casa del habitante y una vez allí, mostraron el libro a toda la familia. Cuando se enteraron que el libro venía de la cesta, todos abrieron las suyas y cada uno encontró un libro diferente. Pronto la noticia se esparció por toda la ciudad y desde entonces, los habitantes leen los libros de sus canastas y pasan el resto de sus vidas intercambiándoselos, leyendo nuevos y lindos cuentos.

Agradecidos por su descubrimiento, los habitantes regalaron una cesta a Banai y él partió a la siguiente ciudad en la ruta de su mapa, leyendo en el camino las maravillosas historias de su libro y quién sabe, si en alguna cesta se encuentre la historia de un chico que les enseño a descubrir el contenido de lo que había en sus cestas.



4 La Ciudad de los Peces Bailarines


Banai se aproximó a su siguiente destino, la Ciudad de los Peces Bailarines. Al llegar, tocó la puerta de la primera casa que encontró. Momentos después, un hombre le abrió y Banai se presentó:

“Señor, dueño de esta casa, perdone que lo moleste. Soy un viajero de un lugar lejano y he llegado a esta ciudad desconocida para mí. ¿Podría usted decirme en dónde puedo encontrar un lugar para comer y pasar la noche?”

“Seas bienvenido a nuestra ciudad y por favor entra y siéntate mientras consulto con mi esposa.” – le invitó el hombre.

Banai entró y notó que en el salón había un inmenso acuario con peces de radiantes colores.

Su anfitrión regresó al poco tiempo y dijo:

“Estaremos muy contentos de tenerte como huésped en nuestra casa y tenemos mucha curiosidad de escuchar las historias de tu viaje.”

Banai aceptó la invitación agradecido y cuando llegó la hora de la cena, se sentó frente a la mesa del salón regocijándose ante la cantidad de platos repletos de comida. Entonces conoció a la esposa y a las dos hijas del dueño de casa, quienes le hicieron numerosas preguntas sobre su ciudad, su familia y su viaje, escuchando con gran atención sus explicaciones con excepción de los peces, que permanecían indiferentes en el agua abriendo y cerrando sus bocas.

Banai y sus anfitriones, bebieron, comieron y al terminar la cena, la hija mayor del dueño de casa se levantó de la mesa y poco después regresó con una guitarra, comenzando a tocarla mientras la acompañaba la hija menor con un hermoso canto. En ese momento, Banai volvió su mirada en dirección hacia la pecera, y para su sorpresa, vio que los peces se ordenaban en cuatro líneas, formando una combinación de colores más preciosa que los de un arco iris. Al ritmo de la guitarra y de la melodiosa voz de la chica, los peces nadaban, dos líneas en dirección a la izquierda y las otras dos hacia la derecha. De repente, y a un cambio de tono en la melodía, los peces intercambiaron líneas y formaron una combinación de colores más preciosa que la anterior. Banai no sabía a cual pez mirar, porque todos eran muy hermosos.

Con el fin de la melodía y el canto, los peces volvieron a su estado normal, cada uno por su cuenta, como si toda la milagrosa danza hubiese sido un sueño.

Aun no salía de su asombro, cuando el dueño de la casa le explicó:

“En nuestra ciudad todas las casas tienen acuarios. Los peces fueron traídos hace mucho tiempo por nuestros ancestros. La leyenda cuenta que vienen de un isla en donde sirenas van a cantar y así ellos aprendieron a danzar en fila al son de las melodías que le recuerdan a su hogar”.

Banai pasó la noche en la casa y con la salida del sol, partió hacia la próxima ciudad de su mapa. En el camino no pudo dejar de pensar en esa noche fantástica, de preciosa música, canto y colores celestiales de peces mágicos que nadaban en una pecera que parecía contener los secretos más íntimos de todo el mar.



5 La Ciudad de los Indecisos


Banai llegó a la siguiente ciudad de su ruta, situada en la costa del mar. Se aproximó a la plaza central y observó en ella a varias personas intentando escalar una muralla de piedra que se alzaba imponte en su centro. Entró a una taberna y pregunto al mesero cuál era la razón de tanto tumulto frente a ésa pared tan alta que desentonaba con el ambiente de la plaza.

El mesero le explicó que los habitantes estaban entrenando para llegar a la cima de la montaña de la isla desierta que se ve desde la ciudad.

“Todo comenzó hace unas semanas cuando el príncipe descubrió un libro antiguo en la biblioteca del palacio. ¡Cuál fue su sorpresa cuando leyó sobre la existencia de un tesoro enterrado bajo la cima de la montaña de la isla! Desde entonces, la gente comenzó a prepararse para subir la empinada montaña y como esta zona de la ciudad es totalmente plana, construimos la muralla de piedra para practicar antes de emprender el ascenso a la cima de la montaña.”

Al salir de la taberna Banai se dirigió al mercado. Ahí encontró un grupo de gente enfrascada en una animada discusión. Se acercó a escuchar. Uno de los habitantes hablaba con gran seguridad:

“No me cabe la menor duda que la manera de subir a la montañas es utilizando una larga cuerda que debe ser fijada en las rocas: una persona sube 20 metros, amarra la cuerda en una roca y se las lanza a los demás para subir con la ayuda de la cuerda. Otra persona sube otros 20 metros fija la cuerda y la lanza de nuevo para los demás, y así sucesivamente hasta llegar a la cima.”

“Es peligroso y probablemente imposible subir derecho hacia la cima” – le refutó otra persona - “La montaña no puede ser tan empinada por todos sus lados. Debemos caminar alrededor de ella y buscar el camino menos inclinado. La mejor forma de llegar a la cima es caminando en zigzag”.

Otro hombre replicó:

“Ese plan suena poco seguro. Quién sabe si encontraremos un camino para llegar a la cima. Probablemente caminemos y caminemos en zigzag sin nunca llegar o habrá algún lugar en donde se haga imposible continuar.”

El debate se tornó cada vez más tenso entre los pobladores, y cuando Banai se dio cuenta ya había decenas de personas participando de una acalorada discusión que parecía no tener fin. Entonces, uno de los presentes propuso la idea de contarle al hijo del rey sobre las dos ideas y que fuese él quien decidiera la solución para llegar a la cima de la montaña.

Uno de los marchantes fue elegido para hablar con el príncipe y poco después, el mismo rey, salió a un balcón de palacio, junto a su hijo y varios ministros para escuchar los dos argumentos. Luego el príncipe consultó al ministro más anciano y sabio cuál era su opinión y éste, rascándose la barbilla, dijo:

“Ambos planes tienen sus ventajas y sus riesgos y no es posible saber cuál de los dos es el mejor. Por lo que podemos poner en práctica ambos: un grupo tratará de llegar directamente a la cima, en línea recta, utilizando la cuerda y otro grupo andará alrededor de la montaña buscando un camino que llegue hasta la cima. Es más, un tercer grupo podrá combinar ambos planes: buscar un camino en zigzag a la cúspide y llevar una cuerda para poder avanzar hacia arriba en partes empinadas del camino.”

A todos los presentes les pareció sensata la solución del ministro. Entonces, ya sin dudas, comenzó una nueva discusión sobre lo que harían con el tesoro en caso de hallarlo.

A Banai le daba vueltas en la cabeza el siguiente detalle: en el mercado no vio ninguna tienda con materiales e instrumentos para barcos, como velas y remos. Entonces, interrumpió:

“¿Qué tipo de barcos utilizan los pescadores de la ciudad?”

Uno de los habitantes le contestó sorprendido:

“No tenemos barcos. Los pescadores usan redes desde la playa y así consiguen suficiente pescado. La fabricación de barcos y velas es algo muy complicado que no hemos necesitado aprender. Además el mar es muy peligroso. ¿Porqué está interesado en saber sobre barcos?”

Banai respondió:

“¿Cómo piensan cruzar el mar que los separa de la isla en donde se encuentra el tesoro?’

En ese momento todos los presentes dejaron de hablar y la tristeza se apoderó de sus rostros. Como dirigidas por una mano invisible todas las miradas se tornaron hacia el mar que los separaba de su montaña. Luego se miraron los unos a los otros sin saber qué hacer o qué decir.

Banai entonces decidió que ya era hora de partir. Seguro que tras otra larga discusión, los habitantes de la Ciudad de los Indecisos, junto a sus líderes, encontrarían la solución para cruzar el mar. ¿Se habrán preguntado, cuando solucionen también ese problema, cómo harán para excavar en la cima tan estrecha y de piedra maciza de la montaña?

Sonrió imaginando el nuevo debate que ocurriría una vez que llegaran a la cima ¿No será acaso “el tesoro” al cual se refiere el libro, simplemente el descubrimiento de que todo problema tiene varias soluciones y toda solución invita a un nuevo problema?

Pensando en esto, Banai continuó su camino silbando hacia la siguiente ciudad.



6 La Ciudad que Nunca Fue


La ciudad más próxima en el mapa, según el itinerario de Banai, tenía un extraño nombre: La ciudad que Nunca Fue.

Si bien el nombre de la ciudad le causaba mucha curiosidad, no le inspiraba buenos augurios. Después de dos días de camino, llegó a un valle desierto en donde además de arena, solo había una inmensa roca en su centro. Banai pasó la noche al pie de la roca, para protegerse del viento que alzaba remolinos de arena. En el amanecer, el sol lo despertó con toda su fuerza y apenas abrió los ojos, notó que en la parte superior de la roca había un largo texto tallado que decía:

“Yo, el Rey Grotus, dejo grabada esta historia para todos los caminantes que buscan la sombra y protección de esta piedra. A cambio pido que dispersen mi relato por todas las ciudades del mundo.

Esta piedra pertenece a la construcción de La Ciudad de la Belleza. Aquí, quise construir un reino con preciosas casas, calles, fuentes y obras de arte que sobrepasen en esplendor a todas las ciudades. Para ello, envié a mis ministros a buscar a los más talentosos artesanos de las aldeas vecinas. Los artesanos del norte produjeron una colección de mil alfombras de extraordinarios colores con diseños de lagos y pájaros. Los artesanos del este labraron una colección de mil quinientas majestuosas esculturas de mármol y oro compuestas por quinientos leones, quinientos elefantes y quinientos caballos. Los artesanos del sur crearon una colección de dos mil espejos con preciosos marcos de oro y plata. Los artesanos del oeste hicieron una colección de cinco mil candelabros de cristal. Los artesanos de mi ciudad elaboraron una colección de quinientas mesas y tres mil sillas de madera con piedras preciosas incrustadas. Y un grupo especial de artesanos de un lejano reino oriental produjo una colección de platos y vasos de porcelana con dibujos de flores y plantas.

Así, un gran ejército de trabajadores se trasladó con las alfombras, esculturas, espejos, candelabros, mesas, sillas, platos y vasos al valle donde la ciudad sería construida. También convocamos a un grupo de cantantes y músicos para que los entretuvieran mientras laboraban. En primer lugar, fue necesario construir un gran edificio para guardar los objetos de arte traídos y protegerlos del viento y de la arena. Finalmente, comenzó la construcción de la base de piedra de la ciudad.

El tesoro de mi reino se redujo bastante pagando los salarios de los artesanos, los trabajadores y los materiales para su construcción. Tomé la decisión de racionar los envíos de comida a los trabajadores en el valle para ahorrar costos y así, no poner en peligro al proyecto. Poco después, envié a un segundo grupo de trabajadores al valle para la construcción de mi nuevo palacio. Decidí no agrandar el campamento de trabajadores para no aumentar los costos. Donde vivía un trabajador, ahora vivían dos. También decidí enviar a los músicos y cantantes de regreso a sus hogares para disminuir los costos.

La construcción avanzaba a buen paso y habíamos levantado ya la muralla de del palacio y sus columnas hechas con piedras de mármol, cuando comenzaron a esparcirse rumores infundados de que muchos trabajadores abandonaban el valle y que varios de mis ministros se oponían al proyecto.

¡Y entonces sucedió! En una oscura noche sin luna, mientras visitaba yo la construcción para contemplar cómo avanzaba la obra, fui arrestado por mis propios guardias, que seguían órdenes de algunos de mis ministros. Todo fue muy rápido.

Las alfombras, esculturas, espejos, mesas, sillas, platos y vasos fueron vendidos en las localidades vecinas. Una cuarta parte de las ganancias fueron repartidas entre los trabajadores, que regresaron contentos a sus casas. Otra cuarta parte fue distribuida entre los soldados y empleados del reino. La restante mitad de las ganancias fue puesta en el tesoro de nuestra ciudad. Uno de los ministros -de quién siempre sospeché pero no tuve la visión para despedirlo-me destronó y se coronó rey. Ni bien asumió el poder hizo traer las piedras de mármol del valle a la ciudad y con ellas ordenó construir una plaza a la cual le puso su nombre, lejos de aquí.

Yo fui abandonado en la que debió ser La Ciudad de la Belleza, en donde lo único que queda es esta roca, parte de la muralla del palacio, en donde he grabado mi historia. Vivo ahora en una cueva al borde del valle, en mi Palacio de la Sobriedad.

Espero que la lección de mi historia quede grabada en la mente de todo aquel quien la lea: “No permitas que el lujo y el deseo de mostrar tus riquezas opaque tu buen juicio. Siempre hay cosas más importantes que la belleza de lo material.”

Ahora, desde mi Palacio de la Sobriedad, comprendo que está roca, la cual dará refugio a cualquier viajero que se topé con ella, es infinitamente más hermosa por su función, que cualquier monumento o edificación que deslumbre la vista.”

Banai copió en un cuaderno las últimas palabras grabadas en la roca por el Rey de la Ciudad que Nunca Fue, contentó de haber contemplado la simple y hermosa roca, legado de un monarca que aprendió el verdadero significado de la belleza.



7 La Ciudad de Unicus


Banai llegó a la siguiente ciudad de su ruta, La Ciudad de Unicus. Entonces preguntó a uno de sus habitantes en dónde quedaba una taberna.

Una vez en el lugar, se hizo servir un rico almuerzo, mientras le preguntaba al tabernero de dónde provenía el nombre de la ciudad:

“Todo comenzó cuando el rey y la reina tuvieron un niño”- le explicó – “Ellos decidieron que su hijo, futuro rey, debía recibir un nombre diferente a todos los nombres existentes. Entonces, decidieron llamar a su hijo, Unicus, nombre que ningún súbdito del reino tenía.

Un día el rey decidió visitar la ciudad vestido en ropas sencillas para no ser reconocido y así, preguntar a los habitantes sus opiniones sobre la vida en el reino y enterarse de sus problemas. Sin embargo, cuando el rey entró a una taberna que estaba llena de gente, se dio con la sorpresa que todos conversaban animadamente, respecto al nombre de su futuro hijo:

“¿Qué ocurrirá cuando el rey tenga un segundo hijo? ¿Cómo lo llamará: Unicus-Dos o Menos-Unicus?”

Y la gente en la taberna no paraba de reír. El rey un poco molesto por la impertinencia continuó su inspección y se dirigió a otra taberna donde escuchó otros comentarios:

“¡Qué imaginación tiene nuestro rey! A ninguna otra persona se le hubiera ocurrido llamar a su hijo Unicus.”

“Bueno, pudo ser peor” – dijo otro – “Si hubiera tenido una hija ella se llamaría Unicusa.”

Y la gente reía a carcajadas.

El rey ya estaba molesto cuando decidió dirigirse a una tercera taberna en la que escuchó:

“Imagínense lo que pasará cuando Unicus sea mayor, se case y tenga un hijo. ¿Cómo creen que lo llamará?”

“No tenemos la mínima idea.” – dijo uno en nombre de todos los allí presentes.

“Se llamará No-Tan-Unicus.”

Y la gente no paraba de reír.

Y así, en todo lugar que visitaba el rey la gente hacia chistes sobre el nombre de su hijo. Regresó a palacio rojo de ira. Convocó a sus ministros y les comunicó:

“He decidido imponer una nueva ley que debe ser decretada inmediatamente: todos los varones que nazcan en nuestra ciudad deberán tener el nombre Unicus. Los padres que no cumplan con esta ley serán llevados a la cárcel.”

El tabernero hizo una pausa, mientras le brindaba un jugo a Banai para saciar su sed y continuó:

“Desde ese momento todos los hombres de nuestra ciudad se llaman Unicus y como se puede imaginar, esto ha causado bastante confusión entre todos: familias con dos o tres Unicus, escuelas con decenas de alumnos llamados Unicus, equipos de fútbol con todos los jugadores llamados Unicus y además, los del equipo rival, también se llaman así. ¡Hasta el arbitro!

Hemos encontrado ya, una solución parcial a este problema. Para identificarnos, agregamos siempre el nombre de la madre a nuestro nombre: yo, por ejemplo, me llamo Unicus Luisa, y mis amigos aquí sentados son Unicus Rosa y Unicus Ana – el tabernero se los presentó a Banai y prosiguió – “Pero familias con varios hijos tienen todavía un problema. Por ejemplo mis dos hermanos también se llaman Unicus Luisa, lo que origina mucha confusión en casa”

“¡Bueno visitante! Esa es la historia y debo irme. Otro tabernero le seguirá atendido.” “Amigos – se dirigió a todos los presentes – “Tengan buenas noches y los veo mañana. Bienvenido seas a nuestra ciudad, forastero.”

Minutos después Banai notó que el tabernero había olvidado una bolsa en la mesa. La tomó y salió apurado de la taberna llamándolo:

“¡Unicus!, ¡Unicus!”

Entonces más de cien cabezas voltearon en dirección a Banai, quien entendió que debía llamarlo por su nombre exacto y gritó:

“¡Unicus Luisa!”

Unicus Luisa se volteó y fue en dirección a Banai para recibir la bolsa.

“Gracias por traerme la bolsa. Hubiera sido una lástima perderla. Allí llevo un regalo para mi hermano Unicus Luisa. Por cierto, mañana es la coronación del Rey Unicus. Su padre finalmente decidió ceder el trono a su hijo. Si no tienes lugar donde pasar la noche te invito a mi casa y mañana podremos ir a la ceremonia.”

Banai aceptó contento la invitación y pasó la noche con la familia del tabernero. A la mañana siguiente salieron en dirección al palacio real, en donde miles de habitantes se conglomeraron para ver la coronación.

Unicus Luisa comentó al visitante:

“Todos estamos a la expectativa de cómo será el nuevo rey. Su padre nunca fue muy popular, especialmente desde que decretó esa ley sobre el nombre Unicus. El descontento entre la población aumentó cada vez más. Rumores circulan en la ciudad, asegurando que el verdadero motivo para que el rey cediera el trono a su hijo fue el decreto. La gente está a la expectativa de qué nuevas leyes anunciaría el nuevo rey después de su coronación.”

La ceremonia duró varias horas. Los ministros llegaron en caballos blancos a la plaza del palacio real y tomaron asiento al lado del viejo rey y del príncipe Unicus. Un grupo de músicos y bailarines presentaron un alegre espectáculo para todos los habitantes de la ciudad.

Finalmente, el príncipe Unicus fue conducido a una silla de gran altura en medio de la plaza. Uno de los ministros tomó una corona de oro y piedras preciosas y colocó la corona en la cabeza del príncipe y lo proclamó rey. Los ministros volvieron a sus sillas. Nadie aplaudió, no hubo vítores para el heredero del trono. Más bien, un silencio sepulcral reinaba en la plaza. Todos estaban a la expectativa de lo que el nuevo rey diría.

El rey se levantó de su silla y dijo:

“Uno de los privilegios de un nuevo rey es el poder decretar nuevas leyes en el día de su coronación. Yo voy a hacer uso de este privilegio…”

No se escuchaba ni el zumbido de una mosca. El nuevo rey prosiguió:

“Primero que nada, he decidido cambiar mi nombre. Desde ahora me llamaré Luis.

Segundo, todos los ciudadanos podrán cambiar sus nombres a los que deseen y ya no tendrán que llamarse Unicus”.

La gente comenzó a bailar y con gran entusiasmo gritaron tres veces:

“¡Viva el rey Luis!, ¡Viva!”

Banai pasó unos días en la ciudad festejando con los habitantes y al preguntar por los nuevos nombres que habían elegido sus habitantes, cual sería su sorpresa al saber que todos escogieron el mismo nombre: Luis. En honor a su apreciado rey que les había permitido tener nombres diferentes.

Con una sonrisa en el rostro, Banai continuó su camino a la próxima ciudad, pensando en cuán curiosa puede ser la gente.



8 La Ciudad de los Gatos


Banai llegó junto a la salida del sol a la siguiente ciudad de su trayectoria. Se dirigió hacia la plaza central, que desde muy temprano ya estaba repleta de vendedores. Puso atención que la gran mayoría de ellos ofrecían pieles de oveja.

Con gran curiosidad, se acercó a uno de los mercaderes y le preguntó:

“Estimado vendedor, parece que en esta ciudad son muy populares las pieles de oveja. ¿Para qué las usan?”

“La piel de oveja es el mejor material para las camas de los gatos.”-contestó él.- “Cada familia tiene por lo menos cuatro gatos. En esta ciudad hay más gatos que personas. En mi casa por ejemplo vivimos mi mujer, mis dos hijas y mis seis gatos” – dijo sonriendo el hombre y preguntó - ¿No desea comprar una piel de oveja? Tengo de la mejor calidad que podrá encontrar en la ciudad.”

“No sabría qué hacer con ella” – contestó Banai - “no tengo gatos y no puedo andar con uno porque estoy de viaje y la suerte me ha traído a esta ciudad. Pero podría decirme ¿por qué todos aquí son tan amantes de los gatos?”

“Es una historia muy vieja” – comenzó(repetición) a explicar el vendedor – “Todo empesó cuando el pequeño príncipe Arturo cumplió ocho años y sus padres, el Rey Antonius y la Reina Margarita, le regalaron un gato al cual llamaron Mischa.

Arturo y su gatito Mischa eran inseparables, hasta dormían juntos. Cuando el príncipe cumplió doce años, sus padres decidieron enviarlo de vacaciones a la casa del hermano del rey que vivía en una isla a la que se llegaba en dos días de viaje en barco. Al poco tiempo, la embarcación estaba lista para partir con el príncipe, Mischa, el capitán y veinte marineros de la guardia real.

Al primer día de navegación, una tormenta los envolvió en su manto y el viento comenzó a soplar cada vez más fuerte. Las olas crecieron hasta alturas muy elevadas y el capitán ordenó bajar las velas para evitar que se volteara el barco. Sin embargo, la fuerza del mar los empujó a una playa desolada y desconocida.

El rey Antonius se enteró de la tormenta y preocupado, envió otro barco en dirección de la isla en donde vivía su hermano. Cuatro días más tarde los marineros de esta expedición regresaron corroborando que la embarcación en la cual viajaba el príncipe Arturo nunca llegó a su destino. La noticia se difundió rápidamente por toda la ciudad y la gente se lamentaba pensando que todos se habían hundido en las entrañas del mar.

Pero, lo cierto es que Arturo, Mischa y los tripulantes habían sobrevivido y bajaron a tierra con la poca comida que lograron rescatar, apenas suficiente para un par de días. Acamparon bajo unos árboles cercanos a la playa y llegada la noche, todos cayeron en un profundo sueño hasta que fueron despertados por los fuertes maullidos de Mischa, que parado sobre los sacos de comida se enfrentaba a decenas de hambrientos cangrejos que se aproximaban a las provisiones. Los marineros entonces tomaron pedazos de maderas y espantaron a los cangrejos.

A la mañana siguiente decidieron partir por tierra en busca de su ciudad. El problema era que no podían decidir qué camino seguir. El capitán entonces notó que Mischa quería tomar determinada dirección y con la venia del príncipe Arturo, decidieron seguirlo. El trayecto fue largo y duró más de un día, pero los condujo hasta un valle lleno de flores con un aroma conocido por todos, que les llenó de alegría y les devolvió la confianza de llegar a su hogar. Horas después, estaban frente a la entrada de la ciudad.

El rey Antonius y la reina Margarita quienes se habían encerrado en palacio desde la noticia de la desaparición de su hijo, habían perdido la esperanza de volver a verlo.

¡De repente, oyeron un maullido que les pareció familiar! Los dos corrieron a la entrada del castillo y se encontraron con Mischa, seguido por Arturo, el capitán y los marineros. El rey y la reina casi se desmayaron de la alegría y emoción de volver a verlos, ¡Todos sanos y salvos!

La noticia del retorno del príncipe y su flota se difundió rápidamente por la ciudad. Desde ese entonces todos los ciudadanos regalan gatos a sus hijos. ¡Y pobre de la persona que trate mal a uno de ellos!”

Banai, tras escuchar la historia, decidió comprarle al vendedor una piel de oveja, pues había decidido, que al volver a casa, buscaría un gato para que le hiciese compañía.

Permaneció en la ciudad y conoció preciosos gatos: blancos, grises, negros y amarillos y cada mañana fue despertado por el maullido de cientos de gatos que hacían de gallos en su función de despertar a los habitantes de la ciudad.

Banai visitó el palacio real, en donde habían alzado una estatua de oro de Mischa y luego de una semana, prosiguió su viaje.



9 La Ciudad de Hielo


La siguiente ciudad en el mapa era La Ciudad de Hielo la cual se encontraba a varios días de camino. Durante su trayecto, Banai notó que a medida que avanzaba el día oscurecía más y se hacía de noche más temprano, haciendo difícil seguir el camino. Al tercer día del trayecto, en pleno mediodía, era imposible tener visibilidad mas allá de 5 metros a su alrededor. Los árboles eran cada vez más escasos, la temperatura bajaba terriblemente sembrando el bosque de pedazos de hielo. Pero eso no era todo, el viento se hacía más fuerte, congelando al caminante quien al cuarto día apenas podía distinguir entre el día y la noche.

Banai supo que tenia que proseguir a como de lugar, pues si se detenía o se quedaba dormido podría morir congelado. El quinto día, de repente, se percató que frente a él se alzaba una muralla de hielo y la bordeó hasta conseguir una apertura que resulto ser la entrada de la ciudad. Entró y escuchó a lo lejos el sonido de caballos, carretas y voces de gente. Las calles de la ciudad eran de sal pero los muros de las casas estaban hechos de hielo. Se acercó a uno de los habitantes y le preguntó donde podría comprar ropa para protegerse del frío y luego buscar un lugar para calmar su hambre y calentarse.

El habitante le indicó la dirección al mercado y allí, luego de comprar buen abrigo, se dirigió a una taberna, de paredes de hielo, como todas las casas de la ciudad. El piso era de sal. La luz de un candelabro se reflejaba en las heladas paredes y en el blanquísimo piso deslumbrándolo como cuando un espejo refleja la luz del sol. Pero aun así, apenas iluminaba a la ciudad que permanecía cubierta por un enorme velo de oscuridad.

Mientras comía, Banai se percató que todos los habitantes tenían piel muy clara, además de cabello casi blanco, y apenas se les notaba el color de las pupilas de los ojos. Muchos de ellos, lo miraban con curiosidad pues tenía el cabello de color oscuro y los ojos caramelo, por lo que decidió entablar conversación presentándose a una de las personas sentadas a su lado y averiguar más:

“Soy un extranjero de un lugar muy lejano. Recién llego a su localidad y tengo unas cuantas preguntas. Por ejemplo, ¿Cuantos habitantes tiene la ciudad?”

Su vecino de asiento le contestó con una amplia sonrisa:

“En La Ciudad de Hielo vivimos en perpetua oscuridad. Nadie sabe exactamente cuantos habitantes somos, ni qué tan grande es la ciudad.”

“¿Y cómo encuentran el camino con esta oscuridad?”

“Hemos desarrollado un sentido de la dirección que siempre nos permite, una vez tomado el camino, recordar la manera de regresar. Somos todos amantes de la exploración. La actividad más común es salir a buscar nuevos lugares sin saber a donde llegaremos, pero eso no nos da temor ni nos desanima, sino todo lo contrario, estamos conscientes de que es natural no conocer todas los detalles y encrucijadas del camino, pero que sin embargo más adelante, lograremos encontrar suficientes indicios para poder decidir correctamente qué dirección tomar. Instintivamente sabemos que finalmente llegaremos a un nuevo e interesante lugar. Los habitantes más viejos tienen más experiencia y se guían, más que por su vista, por sonidos. El sueño de cada habitante es llegar al lugar más alejado de la ciudad.”

“A mí me da un poco de miedo caminar por lugares desconocidos en medio de la oscuridad.” – confesó Banai.

“Miedo es algo que todos sentimos. Es inevitable. Pero el deseo de explorar y conocer nuevos lugares es más intenso y vencemos al miedo. Te invito a venir conmigo a explorar y conocer un lugar desconocido. ¿Quieres ser nuestro huésped en mi casa? Mañana partiremos a una aventura”

Banai aceptó la invitación.

Muy temprano partieron los dos exploradores y tras varias horas de camino llegaron al pie de una colina:

“La ruta hasta esta colina la conozco. Pero nunca he subido. ¿Quieres intentarlo?” – le invitó su guía.

Banai asintió. Empezaron a subir y luego de varias horas se sentaron para descansar y comer algo. Los exploradores se percataron de un sonido suave. Se levantaron y siguieron al ruido hasta llegar a la entrada de una cueva, que al penetrarla, aumentó el susurro que ahora sonaba como una cascada. Finalmente, descubrieron el origen: eran las aguas de un manantial subterráneo.

Se acercaron al manantial y descubrieron que la temperatura era mucho más calida que la de todos los lugares de la ciudad que habían recorrido. Su compañero introdujo su brazo en el agua:

“¡Hemos descubierto un manantial de agua caliente!” – exclamó entusiasmado.

Entonces, se quitaron las pesadas ropas y entraron en calzoncillos a nadar en el manantial y se entregaron a un merecido descanso flotando sobre sus aguas. Todo era muy sereno, hasta que de repente, una familia de imponentes osos blancos se acercaba al manantial.

Banai, asustado, miró a su compañero pero vio que permanecía tranquilo. Éste le dijo:

“Los habitantes de La Ciudad de Hielo respetamos a los animales de la zona, por eso ellos no nos tienen miedo y no nos atacan. Así, hacemos nuestras expediciones sin cargar pesadas armas.”

Los osos entraron lentamente el manantial y el guía de Banai les dio parte de la comida que aun sobraba, lo cual aceptaron gustosos y comieron sin prisa.

Fue entonces, cuando Banai perdió el miedo y se acercó a los osos más jóvenes con quienes jugó entre chapoteos de agua.

El tiempo paso rápido y los aventureros salieron del manantial, seguidos por los osos que se adentraron a las profundidades de la cueva.

Los aventuraron tenían que volver a la ciudad, cuando llegaron Banai se despidió del habitante:

“Te agradezco que me hayas llevado en tu viaje. Tenías razón, aunque no sabíamos a donde llegaríamos y el miedo se apoderó de mí en varios momentos, finalmente descubrimos un maravilloso lugar. En mis próximos viajes por las ciudades del inmenso mundo y el miedo se apodere de mí en lugares desconocidos, pensaré en nuestra expedición.”

Con estas palabras Banai partió y nunca olvidó que el mayor temor que debemos superar todos, es el de nuestros propios miedos.



10 La ciudad de las leyes


En la siguiente ciudad de su ruta, Banai se encontraría con una inesperada sorpresa que requeriría de su participación.

Antes de su llegada, ocurrió que un mendigo que vivía en la calle entró a un templo para protegerse de la lluvia. Era mediodía y el templo se encontraba vacío. El mendigo se sentó a descansar y observó a su alrededor, notando una mesa repleta de libros por lo que se acercó a mirarlos.

Uno de los libros –que tenía por Título: Las leyes de la Ciudad- le llamó poderosamente la atención pues su cubierta tenía hermoso decorado en rojo y dorado. El mendigo al hojearlo, leyó algo que le inspiró a llevárselo. Entonces, al amainar la lluvia, salió con rapidez del templo en dirección al mercado principal de la ciudad y una vez allí, se sentó en una esquina y puso el libro a la venta.

El dueño de una tienda de ropa cuando vio a gente aglomerada alrededor del mendigo, le pareció sospechoso que éste- al ser un hombre pobre- vendiera un libro tan hermoso, en lugar de otra cosa.

Inmediatamente, llamó al guardia del mercado y le comentó sus pensamientos, por lo que el vigilante decidió acercarse, quedando asombrado por el aspecto precioso del ejemplar ofrecido por las sucias manos del menesteroso.

Entonces coincidió con el dueño de la tienda en que un hombre tan pobre no podía ser dueño del libro y lo acusó por habérselo robado. El mendigo lo negó. Pero igual lo arrestaron llevándolo ante el juez de la ciudad.

Inmediatamente en el tribunal se inició el proceso y el estado nombró a un defensor gratuito para el mendigo durante el juicio.

“¿Cómo consiguió el libro?”- inquirió el juez.

El mendigo contó cómo había entrado al templo para protegerse de la lluvia, vio el libro en una mesa, comenzó a leerlo y luego lo llevo al mercado para venderlo.

“Tomaste un libro que no te pertenece y lo trataste de vender. Eso es considerado un robo según la ley.” – lo acusó el juez.

El defensor dijo:

“El libro no tiene dueño. Por lo tanto no se trata de un robo.”

El juez decidió llamar al sacerdote del templo y preguntarle a quién pertenecía el libro. El sacerdote explicó que el templo y sus libros pertenecían a todos los habitantes de la ciudad.

Dijo entonces el juez:

“El libro pertenece a todos los habitantes de la ciudad, por lo tanto ninguna persona puede venderlo y quedarse con las ganancias. Por lo tanto eso es considerado un robo de acuerdo a la ley”.

En ese momento el mendigo pidió tomar la palabra y le fue concedido el derecho:

“El libro que he tomado contiene las leyes de nuestra ciudad, y dice que una de cada diez cosas debe ser reservada para los más pobres. Yo vivo, ya no recuerdo hace cuantos años, en las calles de la ciudad y mi única pertenencia es la ropa que llevo encima. Como en la mesa del templo habían mas de diez libros entonces tome uno pues me pertenecía”

El juez, algo enojado, le replicó:

“Si bien es cierto que en la ley está escrito que de cada diez monedas ganadas por los ciudadanos una debe ser entregada a los más pobres y que de cada diez posesiones de una persona, como ropa, libros, platos y todo lo que llega a esa cantidad también debe ir para las personas que menos tienen, le corresponde a la alcaldía de nuestra ciudad distribuir esas posesiones.”

Tomo aire y continuó: “Si bien en este caso, el libro es una pertenencia común de todos -según el sacerdote del templo- el acusado tomó directamente el objeto y no recibió el equivalente en monedas, de manos de la alcaldía, siendo ésta la única institución responsable de repartir el dinero, para los más pobres. Por lo tanto, la toma del libro es considerada un robo de acuerdo a la ley.”

El mendigo dijo:

“Me parece muy bien que la alcaldía sea responsable de distribuir monedas y otros objetos comunes a toda la ciudad entre los pobres, pero yo no poseo más de lo que llevo encima, y desde que tengo memoria nunca he recibido nada de la alcaldía.”

El defensor, entonces, pidió la palabra y argumentó:

“Considerando que la alcaldía es parte importante en este juicio- pues es la encargada de la distribución de la riqueza en esta ciudad- y considerando, señor juez, que usted trabaja también para la alcaldía; exijo que el rey de nuestra ciudad nombre a otro juez para ese caso a fin de garantizar un juicio imparcial.”

La petición del defensor fue aceptada a regañadientes por el juez y acudieron al rey para pedir otro árbitro para el caso. El rey a su vez ordenó buscar a un extranjero de visita en la ciudad y nombrarlo juez para el caso.

De este modo Banai fue involucrado en los hechos, pues mientras terminaba de almorzar, varios guardias se le acercaron presentándose con cortesía y le contaron que el rey requería de sus servicios.

Sorprendido y sin saber por qué un monarca que no lo conocía, lo convocaba. Aceptó la invitación y una vez en palacio, el rey le explicó toda la historia y le dijo que sería recompensado si aceptaba ser juez en el caso. También le garantizó que su decisión sería respetada. Banai aceptó y fue conducido al tribunal.

La noticia del juez extranjero que impartiría justicia se propagó rápidamente por toda la ciudad y el día del dictamen la sala se llenó completamente. Banai fue informado con detalle de los argumentos del juez anterior, del mendigo y del defensor. Pidió volver a escucharlos y así ocurrió y luego propuso un receso para reflexionar sobre su decisión. Horas después volvió a la sala y pronunció la siguiente sentencia:

“Primero: el libro debe ser retornado al templo y por cada diez libros de leyes que allá se encuentren, uno debe ser destinado a un salón especial que se creará, para todo aquel que quiera aprender las normas que rigen su ciudad”.

Segundo: el mendigo recibirá un cargo en la alcaldía para buscar a la gente más pobre y garantizar que de cada diez monedas que se reciban de impuestos para la ciudad, una será destinada para subvencionarlos”.

Banai miró al pobre hombre y le dijo:

“Ahora que aprendió sus deberes y derechos, le toca demostrar que ejercerá con sus semejantes la justicia que exigió para usted”.

Tercero: “El defensor recibirá el cargo de juez por haber ayudado a un mendigo e impartirá justicia pensando en el bienestar de los más pobres de la ciudad”.

Por último, el juez que me precedió en este caso, deberá ponerse vestimentas de mendigo por una semana y recorrer las calles para aprender las dificultades de vivir en pobreza y así, cuando vuelva a su cargo, su corazón se compadecerá más de los más necesitados.

Con toda humildad, esta es mi resolución del caso”

En la ciudad jamás habían escuchado una sentencia más sabia y Banai recibió loas y vítores hasta del mismo Rey, quien le pagó sus honorarios con un libro y 100 monedas de oro. Banai entregó 10 monedas al mendigo -ahora funcionario de la alcaldía- y le dijo que deberían ser distribuidas a diez personas pobres de la ciudad, puesto que le correspondían a ellos y era el momento de dar el ejemplo.

Antes de partir de la ciudad, Banai revisó el libro que le regalaron y se dio cuenta que en una de cada diez páginas, se repetía un proverbio tomado de un antiguo libro llamado Talmud, que decía:

¿Quién es sabio? Aquel que aprende de toda persona. ¿Quién es fuerte? Aquel que conquista sus deseos. ¿Quién es rico? Aquel que está satisfecho con su parte. ¿Quién es honrado? Aquel que honra a los demás.”

Sin darse cuenta y reflexionando en estas palabras, Banai pasó frente a una vitrina de la calle y observó su reflejo. Sonrió al verse más alto y grande: había crecido. Apretó el libro en sus brazos y continuó el camino, pues aunque había actuado con inteligencia, aún le faltaba mucho por conocer.



11 La Ciudad Subterránea


La próxima estación era la llamada Ciudad Subterránea que -según las indicaciones de su mapa- requería primero el llegar a una cueva cerca de un lago bordeado por una altísima montaña.

Banai atravesó una zona con distintos tipos de lagos, algunos de color verde, otros azules y unos cuantos de tonos marrón. Banai se topó con un camino de tierra con algunas casas a los lados. Se acercó a una de ellas y oyó un gran bullicio. Se asomó por la ventana y lo que vió lo asustó bastante, un grupo de soldados, armados hasta los dientes, se encontraban sentados alrededor de una mesa bebiendo y jugando cartas. Banai decidió no tocar la puerta y alejarse del camino silenciosamente. Finalmente llegó a uno -al pie de una montaña tan alta que impedía que los rayos del sol iluminaran sus aguas- de color negro, como una noche nublada.

Observó el mapa y caminó alrededor del lago hasta encontrar la entrada de la cueva- que era una grieta apenas visible en la montaña- encontrándose poco después con dos guardias que se sobresaltaron más que él ante el súbito encuentro apuntando sus lanzas hacia él.

Banai se acercó a ellos sonriendo, para darles confianza y les dijo:

“Estimados guardias, soy un viajero de un lugar lejano, agradecido por la oportunidad de conocer las maravillosas ciudades de este inmenso y fantástico mundo. Permítanme entrar a su Cuidad Subterránea, de la cual tanto he oído hablar.”

Notó que ellos eran bastante más bajos que él, tenian ropas distintas a los soldados que vió el el camino y que peinaban trenzas y barbas frondosas. El más corpulento de ellos, sin dirigirle la palabra, se amarró una cuerda en la cintura y le extendió el otro extremo a Banai. Su compañero, le dijo:

Te llevará ante el Rey Petrus El Grande, quien decidirá qué hacer contigo. Toma la cuerda en tus manos y no la sueltes durante todo el camino. No estas acostumbrado a la oscuridad y si la sueltas te podrías perder o caer en algún precipicio o en algún frío lago subterráneo.”

Banai aceptó el trato y se introdujo por la grieta. Desde el comienzo se sujeto con fuerza a la cuerda y dejo que guardia lo guiara. Gradualmente se acostumbro a la oscuridad y pudo ver, aunque con dificultad, los alrededores de la cueva. El camino estaba rodeado de inmensas rocas que lo hicieron sentirse pequeño e insignificante. En varios lugares, se estrechaba el sendero. Inclusive en algunas partes del camino, se abrían oscuros precipicios en ambos lados del sendero cuyo fondo era imposible de divisar y aunque se escuchaban ríos subterráneos, por más que intentó verlos, no lo logró

Después de horas de caminata, el guardia y él llegaron a un resplandeciente valle subterráneo, en donde Banai, quedó algo encandilado por el contraste entre la oscuridad y la luz, le tomó algo de tiempo ver con claridad pequeñas casas de piedra, adornadas con cristales transparentes que servían de ventanas. Pero el guardia, sin pensar en detalles, lo condujo rápidamente a un gran palacio.

El interior del palacio del Rey Petrus estaba hecho de piedra mármol blanca, con espejos de plata que reflejaban la luz de candelabros en todas direcciones. Dos inmensos osos grises cuidaban la entrada hacia salón principal, en donde pilares de piedra roja de más de diez metros se alzaban hasta el blanco techo.

El Rey Petrus fue informado de la llegada del extranjero y ordenó invitar a Banai una cena de bienvenida. En la mesa real- que media más de cinco metros de largo- se sirvieron diferentes tipos de pescados, los cuales eran inmensos, de más de un metro de largo y tenían formas muy extrañas. También había distintos guisos de un extraño vegetal que nunca había probado.

El Rey Petrus era jovial y aunque casi no hablaba, le sonreía contento de agasajarlo.

Al finalizar la cena, cuatro mujeres pequeñas -pero muy hermosas y con largas cabelleras de color rojo- se levantaron de la mesa y se pararon en las esquinas del salón. Una de ellas comenzó a recitar en alta voz la siguiente frase:

¡Alegría, sabiduría!”

En pocos momentos, el eco de su voz retumbó en el frío mármol de palacio que hizo rebotar la frase repitiéndola al menos cien veces. La segunda mujer cantó desde otra esquina: “¡Justicia trajo!”.

La tercera dijo: “¡Nuestra felicidad!”

Y la cuarta: “¡A la ciudad, rey!”

En pocos momentos las frases colmaron el salón retumbando sobre el techo y las paredes y se mezclaron unas con las otras, formando una cadencia:

Nuestro rey trajo alegría justicia sabiduría y felicidad a la ciudad

A la ciudad trajo nuestro rey felicidad alegría justicia y sabiduría

A la ciudad felicidad justicia alegría y sabiduría trajo nuestro rey


Las cuatro cantantes se desplazaron hacia adelante y hacia atrás mientras cantaban e hicieron variar el ritmo de la canción. Luego, dejaron de cantar, regresaron una por una a la mesa y se sentaron. El eco siguió cantando por el resto de la noche, hasta que el rey dio por terminada la cena.

Banai se quedó sorprendido. Nunca había visto espectáculo como ése. Al día siguiente el rey lo invitó a una reunión con sus ministros.

La reunión se había convocado para discutir sobre los rumores de la existencia de un segundo pasaje para salir de la ciudad. Varios ministros proponían organizar una expedición para encontrar esa salida. Otros estaban en contra de la exploración por considerarla arriesgada, costosa y con pocas probabilidades de éxito.

El guardia que condujo a Banai, le explico que el camino por el que habían venido no era utilizado, porque llegaba a La Ciudad Agria gobernada por el terrible Rey Lagunus y del cual preferían estar alejados.

“Nuestros ancestros vivían antes en el lago junto a la entrada de esta cueva, sin embargo una noche fueron atacados sorpresivamente por el Rey Lagunus y escaparon al interior de la misma – le explicó el guardia mientras los ministros seguían el debate - “Aquí se asentaron al lado de un lago subterráneo y construyeron sus casas con los materiales que puedes ver y que abundan: mármol, topacios, rubíes, cuarzos y todo tipo de piedras preciosas. Además, los lagos de la cueva están llenos de peces que se convirtieron en el alimento principal, junto con los hongos gigantes, de más de dos metros de alto, que por aquí crecen y que comemos junto al pescado”.

Tomo aire y continuó: “Una nueva salida sería de gran importancia para nosotros, ya que no sería tan riesgoso salir fuera de la cueva, lo que traería nuevas posibilidades a la ciudad. La entrada por la que viniste, da a un camino lleno de soldados del Rey Lagunus. Si pudiésemos conseguir otra en la dirección contraria, lograríamos intercambiar nuestras piedras preciosas por productos de ciudades del exterior que no son posibles de obtener o producir en este lugar”.

“Hace poco el pescador Vilnus que explora a bordo de una canoa en los ríos subterráneos de la montaña-buscando nuevos lugares donde pescar- dice haber descubierto reflejos de luz en una de sus expediciones, lo que parece indicar que existe otra salida. Vilnus no ha logrado encontrar la salida, ya que la luz se refleja en las piedras y no se ve de donde se origina.”

Banai esperó el momento oportuno y pidió permiso de hablar en la reunión de ministros:

“Poderoso y sabio rey, distinguidos ministros, permítanme partir junto con el pescador Vilnus en busca de la salida. Sólo necesito una carreta llena de piedras lisas negras como la noche y pequeñas piedras azules.”

El rey y los ministros, sin entender el plan y sabiendo que no tenían nada que perder, decidieron aceptar la propuesta ya que los costos y los riesgos no eran grandes.


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