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En las calles de la Eternidad

Andrés Ugueruaga

©Editorial Emooby, 2011

En las calles de la Eternidad

By Andrés Ugueruaga

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©Copyright 2011 Editorial Emooby




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Ayurveda es como la perra Laika: alguien recordado desde aquí al mirar las estrellas. El techo del mundo está más cerca de ese cielo nocturno que de esta llanura. Imaginarlo es entrar en un delicado modo de abstracción. Qué difícil distinguirlo dentro de un mundo oriental, perdido allí hace tiempo.

(Tony Santos)

Table of Contents

[12 de diciembre del 2010]

[La llegada, el arribo]

[Perros y abandonados]

[Linyeras en mi mente]

[Encuentro con Ivo]

[Aquellos años locos. La relación]

[Policías y payasos]

[Historia de una persecución. Breve autobiografía]

[El no menor problema de Mauricio Costas]

[Hermanos en armas: el episodio de los Bukis]

[Viaje a Buenos Aires. Promesas incumplidas. El fantasma y Scarlett Johansson]

[Smerdiakov: personaje de Dostoievski según Safo. Una muy triste confesión]

[La muerte del padre de Ayurveda y de su hermanastro]

[Noticias de una persecución]

[Catedral]

[Conversación con una buena madre]

[La visita del Hombre Negro]

[¿Y quién es Safo?]

[El viaje de Mercedes. Roxana recuerda algo del pasado]

[Una anécdota: la madre de los gatos]

[El paseo de Saravia con gente de pantalones negros, camisas blancas y sombreros de cowboys]

[Surge una idea en una partida de ajedrez]

[Diálogo sobre Oscar Aleman con un mago en el bar ‘La Fábula’]

[Encuentro con la mujer de arriba del bar ‘La Fábula’]

[El extraño caso de David. Recuerdo de un viejo recorte de Saravia. Conversación entre sábanas]

[Flash Forward]

[Involuntaria noticia sobre ‘Vavurveda’]

[T.N.T.]

Epílogo: Inconstante confidencia

Biografía del autor

[12 de diciembre del 2010]

Safo se anticipó: Saravia había desaparecido de su casa, del mundo sensible… Yo nunca supe más nada de él, porque desapareció en el sentido más literal, y lo comprobé recién hoy por la tarde, frente a mi vieja computadora de segunda mano: hasta su email se esfumó. Y sí, claro que lo sabía, pero moví mi cabeza negándolo, ¿qué otra cosa? Desde la cocina alguien habrá escuchado mi voz ronca diciendo: “Chau sus largas caminatas por la ciudad al atardecer, también nuestros partidos de ajedrez, todo”. Pero es imposible, yo vivo solo. Y cómo pasa el tiempo: era ya la una en punto de la madrugada.

Atrás quedó ‘el proyecto’: sitiar la ciudad, ver a sus habitantes como pobres ratas de laboratorio buscando lo perdido, “sí” gritaba él, levantando sus brazos con nervio, “que todo arda, que todos despierten”, y caminaba despacio yo, especulando por la calle iluminada y desierta rumbo a mi casa, como un bárbaro en Asia, el título de ese libro que la increíble Camila (alias Safo) retiró de su inmune y prolija biblioteca para obsequiármelo con esa sonrisa maliciosa, mostrándome su diente de oro y un hermoso ejemplar de un poeta belga llamado Henri Michaux. Camila colecciona libros usados, de hojas amarillentas. No le gustaron las letras de la portada: minúsculas y doradas sobre una tapa bordó de fino cuero. Yo había leído poco del tema… “¡Pero Javier nació y se crió en este pueblo!”, le aseguré al abandonar su casa. “¡Él no es asiático!” Y paso a paso me abrí camino en el césped húmedo de rocío de la plaza, reconociendo la loca historia de alguien que cambió un lugar por otro: uno triste y concreto por otro, de ensueño. Tal vez lo digo porque me cansé de despertar por la madrugada todo sudado gritando “¡Ayurveda!”. Con una sonrisa nostálgica recordé los desprolijos retazos de una soleada y difícil tarde de enero, de cuando lo vi por última vez, con su acostumbrada bermuda verde, su musculosa negra, descolorida y estirada; su mano derecha en forma de gancho, hamacándose tensa a su costado, cada vez más escuálida; recordé haberle preguntado a Ayurveda (el alias de Javier Saravia) si era feliz. Como respuesta se impuso un silencio negro, con una mirada que no me decía nada, como si esa pregunta se tratase de una espera ¿Existía todavía algún horizonte en su vida? Esta interrogación y sus signos se perpetúan hasta hoy. “¡Y…! ¡No lo puedo saber!” Pensé. Caminaba yo por una noche fresca y festiva. La Navidad estaba a la vuelta de la esquina. Pero mi pregunta sobre ese incierto horizonte no cargaba nada triste, sin embargo, su respuesta sí… Y no culpemos al inquieto Mousladin, el espíritu o fantasma egipcio que vivió en el Medioevo, el “eterno amigo de Ayurveda” según Safo, “Qué podría hacer ese pobre, pobre espíritu en estos tiempos”.

La vida continuaba y unas veinte horas más tarde, a la pregunta de Nicolás en la tan concurrida barra de Moe´s Villa y entre copas llenas, yo le respondí que sí: “yo me sigo acostando con Safo… seguimos haciendo el amor a trocha y mocha: no me interesa dejarla”. Le dije. Pues nos unía y mancomunaba el sexo, las conversaciones, los libros y alguna que otra pelea, le confirmé y aseguré subiendo mi voz. Ella sin embargo iba a perderse y malgastarse en los vaivenes de las caravanas de la diversión, de los papelitos picados, y de la música mala a todo volumen; y también en las desmejoradas, estériles y roncas peroratas políticas de hombres con trajes grises, en la blanca nada de la vida. Por supuesto, la política le subvencionaba los recursos para caminar su absurdo y amenizado sin sentido.

Cruzo la ajada 9 de Julio: la plaza enfrente a la Terminal. Miro con descuido los remisses estacionados con orden y paciencia, a la espera de algún pasajero lleno de valijas y bolsos, de muy lejos; perros con el cuerpo frío durmiendo a pierna suelta; risotadas de hombres obscenamente chistosos; mujeres perfumadas que huelen a pescado, ofreciendo una verdadera noche de placer, y hasta amor eterno; chicos con la cara y el pelo sucios. Descalzos. Hambrientos. Pávidos. Pidiendo comida o monedas a los eventuales transeúntes. Echo una ojeada a los carros hamburgueseros aún abiertos. Transpirados hombres gordos de chaqueta blanca en su interior, su acostumbrado ventiladorcito, sus panes de hamburguesas envueltos en nylon, sus almanaques de mujeres en bikini. Allí casi no quedan comensales, me dije oliendo el aroma de viejas fritangas, porque sencillamente no es la noche propicia para saborear a la intemperie cualquier minuta acompañada con una cerveza fría. A pesar de ser diciembre, el calor aún se hace rogar... “Esto es un poco como Nepal”, me dije sólo para pensar en mi amigo ausente. Y marchaba. Poniendo mis ojos cansados en esos altos semáforos inútiles y amarillos, en ese lustroso Dodge rojo estacionado, en ese grupo de perros y humanos. Volví a pensar en un rato antes: en mis anormalidades oníricas que le confesé a Safo. “No sé qué decirte, Tony. Desde hace años también tengo un sueño recurrente. Vas a pensar que estoy loca: siempre lo soñé a Ayurveda caminando a la deriva, dando vueltas por la calle, siempre persiguiendo a alguien. Vos lo perseguís en el sueño”.

“¿Pero cómo puede ser?” me pregunté en voz alta.

Perseguidor o perseguido, ella tuvo un sueño premonitorio “¿Y cómo se comporta?” pregunté.

“Mejor dicho: premonitorio mientras no pasó”, me dijo con una risita turbada “porque ahora ya es parte del pasado”. Y se quedó reflexionando, en algo que quizás la preocupaba “¿Y cómo se comporta Ayurveda en mi sueño me preguntás…? Él mira para todos lados, las ventanas, los autos, la gente. Como si hubiera perdido la razón”.

“¿Como si estuviese demente, digamos?” Comparé. “¡Y eso ocurrió!”

“Sí” asintió (¿emocionada?) punteándome con su dedo y agregó: “¡Pero en el sueño no lo reconozco! Tiene barba, harapos, un perro cocker que lo acompaña”. Pausa. “¿Podría ser Bernardo? Pero este sueño es anterior a que naciera este perro, antes incluso a que Javier se enloquezca. ¡Yo soñaba esto desde cuando era su novia!” Confesó al borde del grito “¡De cuando teníamos quince años! Me asustaba verlo como un viejo, con una barba llegándole hasta la cintura. ¡Me asustaba! Lo soñé mil veces, lo vi muy parecido a ese linyera que hace mucho no veo, ¿Ivo? ¡Te lo juro!” Concluyó con un suspiro. La besé ni bien terminó esa frase, muriéndome de risa: hablaba como si Ayurveda con el cocker aparecieran en cualquier momento, por allí, a la vuelta de la esquina. Y calculé la siguiente ecuación: “Ivo=Ayurveda; Ayurveda = Ivo”. Me embrollé ¡Pero hasta dónde eran equivalentes!… Yo no quería pensar mucho más.

Sin embargo jamás vi a Ayurveda con semejante barba. El espectáculo de los persistentes carritos hamburgueseros, el colorido de los semáforos y las bicicletas trasnochadas me rodeaban. “Bah, cosas locas”. Le murmuré al dejar de besarla. En tanto él hacía casi diez meses que había viajado derecho a Santa Fe y después a Buenos Aires, y luego, el avión a Benarés, y después por tierra, directo a Lhasa. Digamos lo siguiente: Ayurveda escapó de la Ley (dato a tener en cuenta). Primero de la policía y más tarde de la policía aeroportuaria, y sin dar el brazo a torcer subió a un inmenso avión y todo pasó a ser historia. Su pasaporte falso, sus documentos falsos, su pistola de plástico negra dentro de su bolso con el cual se subió a ese imponente Boeing. ¡Los miles de dólares falsos! Que una boliviana llamada Reina Julia Euvino, que fingía ser una editora que trabajaba por la calle Corrientes al 7000, ahora que lo recuerdo, fallecida a sus treinta, al desangrarse mientras abortaba. Reina Julia Euvino. Esta reina que fingía ser una librera. Ella misma apuntaló a Ayurveda en su proyecto. Porque a pesar de ser una reina con pretendidos aires de empresaria, tenía también ella sus descontentos con la sociedad. Ella fue la amante incondicional de Ayurveda; y además del alquiler de algún departamentito en algún barrio de Buenos Aires, le escanció dinero y documentos falsos. En caso de haberse quedado Ayurveda en Buenos Aires, ella hubiera abandonado quizás su vida ligera, y ambos podrían haber sido una exitosa pareja de estafadores, de manipuladores de cualquier tipo, manejándose en el increíble paraíso porteño, con sus propios códigos, fuera de la sabia y omnisciente Ley.

En su fuga, él me comunicó que un agente haitiano de la Interpol lo perseguía. Su cabeza redonda. Sus enérgicos rizos aceitosos. Sus largas patillas terminadas en punta. Su bigote y sus grandes ojos inyectados en sangre. Moviéndose por los aeroportuarios, inmaculados pasillos internacionales, enfundado en su muy sudado traje gris claro, de aquí para allá subiendo las escaleras, entrando en los baños del aeropuerto, buscando con meticulosidad en el interior de cada negocio, preguntándole si conocía a esta persona, con un identikit plastificado en su mano, sacudido a cada palabra que él decía, en inglés o en español, a cada mujer rubia de labios carmesí y sonrisa perfecta, hermosa y uniformada. Él preguntaba por un hombre con mano en forma de medialuna y mirada de desquiciado, pero no lo iba a encontrar.

¡Y vaya a saber! Todavía guardo en mi teléfono celular sus mensajes de texto, enviados todos con desesperación, mientras se escabullía de ese oficial. No me preocupó, pues sabía que se trataba de una de sus tantas fantasías. ¿Por qué creen sino que estuvo internado? Éste es Saravia, con sus ojos desorbitados, con sus frases a menudo inconexas, con sus acciones impredecibles. La vox populi rezaba que “Javier Saravia es capaz de cualquier cosa”. Por eso, en su debido momento, todos los dedos lo señalaron a él, no hubo quien no lo acusara por los asesinatos de su padre, y de su hermanastro; a pesar de que las sospechas permanecen en pie como espantapájaros y sin pruebas suficientes, entre bisbiseos, de café en café. Porque aquí la Ley jamás hubiera podido con las permanentes y enérgicas corridas de mi amigo. Pero su fuga nunca tuvo sentido, porque nadie lo acosaba. Y al leer su último mensaje: ‘M SUBI AVION. HASTA NNCA’, sonreí alegre. En mi retina descansaban esas letras tan negras y elocuentes, impresas en ese blanco tan característico de los mensajes de textos. No habrá sido ninguna belleza su situación y me fue fácil imaginarla: escalera, azafata, pasillo, música ambiental, transpiración en su frente, ojos desorbitados, voz temblorosa. Los rasgos inconfundibles de un eterno prófugo de sus propios fantasmas. Porque cuando se dice fantasmas es mucho más que aparecidos, ánimas, muertos y demás… Esta simple palabra había echado sus raíces mucho más hondo en él. Sus días estaban para disparar de algo, de alguien

Así se suponía que terminaría esta historia. Pero en esas primeras horas de una madrugada fresca recordé su llegada de Buenos Aires, de cuando tomábamos con unos amigos algunas cervezas en la Terminal.

[La llegada, el arribo]

29 de abril del 2007.

Para ser sincero, no estaba muy al tanto de su vida. Suponía sí, que estaba bastante loco. Él llegó una noche de domingo a fines de abril, tras una ininterrumpida ausencia de siete años. (Esa eternidad de años rezaba la leyenda inventada por él, y éste su falso dato: sus años de exilio iban desde el 2002 hasta el 2007; pero el siete era su cifra preferida.) Javier Saravia era de esos de contextura fornida, algo excedido de peso tal vez, cabello entrecano y ojos achinados de haberlo visto todo y no haber creído en nada. Él era una realidad y casi sin poder entenderlo, yo lo vi regresar. Esa sí fue una sorpresa y ocurrió a las once de la noche ¿verdad? a la hora en que la Terminal yace repleta de pasajeros yendo y viniendo, aguardando su colectivo. En medio de todos ellos, él observaba con desconcierto cada detalle que la ciudad a cuentagotas le ofrecía. Por momentos lo vi reír, al hacerlo le tembló su labio inferior y me hizo recordar a Roxana. Su destino era muy obvio: la casa de su madre. ¡Vaya realidad la que le iba a tocar vivir! Se bajó de ese inmenso bólido amarillo, (¿lo ves?) le dio unas pocas monedas al maletero y echó a andar por las calles eternas. Me consta que unos perros vagabundos escoltaron sus pasos perezosos y lentos, el mismo andar que lo trajo desde tan lejos, desde el otro lado del océano, desde el otro mundo.

Al pasar por la tienda de artesanías y luego por el Museo Arqueológico Municipal, Saravia habrá notado entre las opacas penumbras, ese esqueleto grisáceo de cinco pisos proyectándose al cielo. (En ese mismo punto, yo me había parado un día atrás, adonde se inaugura esa angosta senda gris. Miré también por encima de los bordes de las casas pintadas todas a la cal, y distraído, usando mi mano como visera, encaucé mis ojos al vértice alto y gris de esa estructura, de lo que hace mucho iba a ser un majestuoso centro cultural. En esos escasos segundos recuerdo que vi: bicicletas, motos, autos, colectivos, transeúntes, un búho. Y me detuve. Cerré mis ojos y me pregunté “¿Estoy viendo un búho? ¿Dónde están las rejas?” Esto no era un zoológico pero allí ¿qué había? Su grueso perfil resaltándose en el extremo de esa mustia viga, sus gigantescos ojos, su nimio pico curvo; “nunca un león, una cebra, un gorila...” me dije; sólo un búho inmóvil contemplando al este, al campo llano y verde, más allá de la ciudad. Fui a un quiosco a comprar una tarjeta para mi celular. Debía llamar a Waldo.)

Ni bien vi descender a Saravia de ese colectivo, caí en la cuenta de que el búho vaticinaba su regreso “es tan curioso ver a Ayurveda por aquí como haber visto a ese gran búho pardo”. Pero Javier Saravia al mirar a ese enorme esqueleto edilicio, y lo confirmo, habrá recordado sus épocas como cazador de palomas, siempre antes de ir a la escuela. Con nervio habrá recordado (y le molestaría al leerlo) cuando les daba de comer pan duro o maíz para después cazarlas. Su obsesión por entonces eran solamente esos pájaros.

Pero además de ese búho, antes y durante su llegada, hubieron otros ‘elementos raros’: un linyera entrometido y curioso con los ojos fijos en él; una bandada de pájaros extraños volando alrededor de la Terminal. Nada era igual porque los años habían pasado, porque la ciudad –aunque no lo hayamos visto– se encargó de cambiar: aquí un semáforo; allí una farmacia con una gran vidriera llena de luz; un modesto local de ropas más allá; una calle refaccionada más acá. Y qué más puedo decir: con él compartimos crudas experiencias; desde la más profunda amistad hasta las más enérgicas trompadas. Él me enseñó sobre el bien sabido fraude al decir que ‘tu mejor amigo puede ser tu peor enemigo’. Con él aprendí, entre otras cosas, de los muchos y sórdidos recovecos del ser humano; de cómo se dan las cosas en la vida de un mortal.

Por eso les indiqué a mis amigos: “¿Lo ven? Ése que va a ahí ¡El que está ahí! Es un amigo de la secundaria. Así como lo ven, él acaba de llegar de Nepal ¡Volvió!”. Mi comentario les produjo risas, ignoro si por su ropa (un jogging violeta, azul y blanco, gorro de lana negro y zapatillas blancas) o por haber llegado de aquel lugar. El tiempo pasó. Cuánto nos parecíamos en la secundaria. Pero ahora, sin embargo, ya no estábamos cortados por la misma tijera. Porque al verlo me percaté que éramos opuestos. Los recios empujones de la vida me llevaron a mí por aquí y a él por allá. ¡Y nadie tenía la culpa!: éramos sencillamente contrarios, inocentes de nuestros actos aunque mi mente, que nada lo olvidaba, hizo que ni bien mis ojos lo vieran, me identificara con él. En ese santiamén algo de mi vida despertó. Porque se trata de una historia de amistad, identificaciones, enemistad y sospechas… Y si digo que nos parecíamos mucho, fue porque yo nunca fui él: coincidíamos, sí, en muchos pareceres. Es que Saravia siempre estimuló en mí, ganas de caminar por el tajante borde de la navaja, en los abismos más o menos sociales, más o menos esotéricos (para decirlo de una manera recargada y loca). Y en esas antiguas instancias, cualquier divergencia quedaba atrás. Actuábamos ya sea mirando un mapa, ya sea alrededor de una copa, o pergeñando el paso previo a un accionar más comprometido. Durante años nos interesó jugar con fuego, pero ya mucha agua había corrido bajo el puente: el chasquido espontáneo de mí lengua paladeando mi cerveza helada se debía a que ya no quedaban dudas, ya nada sería lo mismo.

Aclaro: siempre me gustó el sentido de su viaje, él siempre quiso descubrirlo. Yo lo pensaba como algo más que un traslado, algo a modo de conquista. “Ya no se habla de conquistas ¿verdad Waldo?” le pregunté. A esto él me respondió: “La del Espacio sí; no la del infinito, y después de todo, hay muchas conquistas ¿pero de qué?” Saravia deseaba conquistar cualquier cosa. Esto me confesó hace muchos años. Más que un mero acto turístico, en su viaje existió una conquista, imaginaria. En esa empresa hubo algo de heroico. Supongo que algo habrá conseguido de ese largo, largo viaje de apenas cinco años.

En la mesa éramos cinco muchachos expectantes ante su impensado retorno a este inverisímil pueblo del norte. Y de conocer la historia de Javier Saravia, nadie lo creería. Más allá de todo, él retornó y todos lo notamos llegar ‘vivito y coleando’ a la ciudad que justamente lo vio nacer. Yo junto a Waldo habíamos perdido una apuesta jugando al póker contra Pablo y Diego (invitamos a Roberto, porque él es una muy buena persona, de pocas palabras, pocos amigos, pocos problemas…) y debíamos pagar una bondadosa cantidad de bebidas; en este momento ya no recuerdo su número. Esto justificaba nuestra tertulia. No nos fastidiaba ganar o perder porque, de todas maneras, la bebida y la comida nunca faltaban. Y esa noche, una hora más tarde, es cuando yo les dije ya un poco borracho: “de todas maneras, en caso de irnos de esta ciudad, estas tertulias (intenté enfatizarlo) serían uno de los más significativos principios de nuestra nostalgia…” Y todos, de acuerdo, brindamos.

Hasta una botella anterior a ese brindis, nadie había perdido la compostura.

–¿Quién dijiste que es ése que recién bajó del colectivo? –preguntó Waldo.

–Javier Saravia.

–¿Y qué fue a hacer a Nepal?

–A conquistar a alguien…

–¡Qué pelotudez! La primera vez que veo a alguien llegar de tan, tan lejos, para algo tan fácil –dijo, riéndose Waldo–. ¿Y hace cuánto se fue?

–Hace siete años, ya te dije. Una princesa nepalesa le pidió que vaya; ella quería conocerlo…

–Una princesa rusa, dirás –risas–, ¿cómo puede ser? Estás mintiendo. A mí no me invitan ni a ir a Garabatos ¡y a éste lo invitan a ir a Nepal! ¿Vieron a ese energúmeno? ¿Lo vieron? –preguntó Waldo…

–Mirá –le dije a Diego–. Acá somos Waldo, vos, Roberto, Pablo y yo: cinco. Todos lo vimos bajarse y sacar sus bolsos de la bodega… –no terminé de decir esto, que él se puso de pie y caminó sacando pecho ocultando su panza pero destacando su enorme cabeza hasta el frente del colectivo, pasando en medio de la gente, observó el cartel y desde allí, lo vimos levantar el pulgar en señal de aprobación. El colectivo venía desde Buenos Aires ¡no podía ser de otra manera!

–A ver: ¿¡Cómo que vino de Nepal!? ¡Si acá nadie sabía que se había ido! No lo puedo creer. Estás mintiendo… ¿Es una broma? –agregó Pablo.

–Creélo, así de fácil… Vio la oportunidad de irse, y se fue –respondí.

–¡Pero para qué tan lejos! –se quejó el disipado Roberto…

“Vio la oportunidad de irse, y se fue”. Pasaron muchos años, es verdad, y después de todo, nosotros no habíamos tenido la posibilidad de irnos con nuestros proyectos a otra parte. Pero ahora que lo pienso bien me pregunto: ¿por qué eligió Nepal? ¿Por qué no el Congo, algún lugar aislado de Brasil o Venezuela? ¡Por qué no la deshabitada Patagonia, como alguna vez un tal Chatwin! ¡Ésa sí era la no man´s land por excelencia! ¡La auténtica ‘tierra de nadie’, disponible a todos los viajeros a ninguna parte, el ‘último lugar del mapa’! como escribió Bolaño, ese gran viajero ¿Por qué Nepal? ¡Nepal está más lejos que la luna!

Y mi inquietud fue la siguiente: ver un poco de historia de ese país, investigar sobre el significado etimológico de la palabra ‘Nepal’, ¿pero para qué? si esta historia no se justifica con la desconocida raíz de la palabra ‘Nepal’. No reside en la raíz etimológica de ese montañoso y místico nombre, sino en el fruto de este pueblo en medio del llano, destinado por muchos años a ser un inmemorial, verdadero y a medias deshabitado campo de cacería, junto al Paraná. A miles y miles de kilómetros de ese país. Entonces digámoslo: nada de Budismo. Espiritualidad. ¡Omms! Mándalas y todo lo demás. Digamos en cambio: Calor. Paralelo 29º. Conquistas. Desiertos. Reconquistas. Abipones. Mocovies. Pueblos deslucidos, y todo lo demás. El fruto rancio caído del quemado árbol de estas latitudes era, en este caso, la historia de Javier Saravia.

Entonces bajé hasta mí y calculé: Roberto (pulgar) trabajando siempre en el campo con su padre, si bien tenía un buen pasar, le hubiera gustado irse del pueblo. Waldo (índice), no tenía ninguna perspectiva de progreso aquí: confiaba conseguir un mejor empleo y así poder mudarse al sur. Diego (mayor) a punto de casarse. Pablo (anular) deseaba poner un restaurante en el norte de la ciudad, por esos días había iniciado los trámites. Y yo (dedo meñique) deseaba vivir de la docencia. Los cinco, cada uno a su manera, intentamos en su momento de entender al mundo en que vivíamos, torcer el tosco destino de las cosas, pero los hechos no salieron como esperábamos. Éramos por eso, sólo sombras cansinas y divertidas de lo que habíamos sido, resignadas y satisfechas a cambio de un poco de trabajo, dinero y litros de cerveza fría servida en la mesa. Después de todo, qué le íbamos a hacer. Ahora restaba permanecer en el lugar, crecer, envejecer, procrear, trabajar. Eso y nada más. Hacía ya un par de años, yo había intentado irme de aquí, pero regresé. Mientras tanto, vivía de la venta de comestibles en un almacén de un barrio pobre, algo retirado de la ciudad.

Entre nosotros, comparábamos la vida de aquí con la de Buenos Aires. El sur se mostraba engalanado con sus asesinatos, estafas, celebraciones, luchas por el poder y mucho más. Y no era que el sur amaba este norte, sino que simplemente no le interesábamos. Aquí no existían ni grandes fiestas, ni grandes desfalcos, ni grandes desgracias. Algo había para quedarnos en este pueblo tan simple y chato, una promesa secreta tal vez. No ir a ese resumidero metropolitano, algo nos negaba a hacerlo. Desde mi modesto punto de vista, Buenos Aires me hacía recordar a las novelas de Roberto Arlt. Esta era la idea que siempre bailaba dentro de mí: la idea de personajes maliciosos, foscos… con la mirada del mismo Caín. Yo no quería verme dentro de una historia como las que están dentro de las obras de Arlt. Por eso fui un perfecto extranjero, un extraño invisible en la furiosa joya del Plata. En esos días, caí en la cuenta: Buenos Aires se parecía (y mucho) a las páginas de las obras del mencionado, a menudo desarrolladas en paisajes bizarros. Todo me parecía esconder algo inconfesable y espurio, sin revelar. Entonces ¿los del interior éramos extranjeros en el misterio de sus calles enjoyadas de perdición? a nosotros no nos competía eso, no éramos eso, y al menos yo, me alegraba de que así lo fuera, viviendo bajo el sol de este pueblo tan distinto a la gran metrópolis: más pequeño, simple, ‘mío’ y ‘nuestro’, y lo compartíamos sin mezquindades, como una cálida cocina, como un jardín limpio, fresco y fértil, a salvo aún de desperdicios de industrias multinacionales y bolsas de hipermercados, multinacionales. Todo consistía para nosotros en trabajar, dormir y soñar1.

Y sí: lo tengo que confesar. Este sueño me tenía hecho trizas, aunque por siempre en los pies de página de mi vida, como un segundo detalle y un tercer motivo de enojo. Estaba harto de soñarlo “¿No podés ver en tus sueños cosas nobles?” me preguntó mi cordial exprofesora de literatura de la secundaria. A tales sueños, tales ideas. Éste me abrumó por años. ¿Rebelión? ¿Incertezas? ¿Dudas? ¿Qué más? Me negaba a seguir soñandolo. Allí no se recreaba nada de la buena vida; ni mujeres jugando al golf, ni escenas frente al mar. No lo sé. Al día siguiente de reflexionar sobre esto, pensé al respecto. ¿Se trataba del presagio de algo? “Sueño: no quiero soñarte”. Ésa mi oración de cada noche. “Sueño: ¡no quiero soñarte!”

Cada noche estas imágenes persiguiéndome, más y más claras… ¿Qué vivía dentro de mí? A los pocos días volví a conversar con mi exprofesora de Literatura. Cómo podía ser que ese viejo True Love No Traces2 de Leonard Cohen siempre rondara, dé vueltas y finalmente, persistiera dentro de mi cabeza, como la música de fondo de mi sueño ¿Por qué? ¿Qué me quería decir? “¡Pero es sólo una canción!” me respondió ella, riéndose. “¿Qué más que una vieja y romántica canción?” dijo “sólo eso, otra forma de sueño ¡Nada más!” Ella me aseguró que alguien con grandes pretensiones, sin hijos ni familia como yo, sólo precisaba libros y canciones para vivir.

Sin embargo Saravia para vivir precisó viajar hasta el corazón de Oriente, y conocer a una enigmática princesa. “El amor es así”, leyó una vez de al final de un libro de psicología, Safo. “Sólo él puede mover un alma de semejante modo. Si pensamos como es debido, veremos que ni la guerra ni la paz, el hambre ni el desempleo, las catástrofes naturales ni las tragedias sociales, lograron hacer migrar un alma a través de miles y miles de kilómetros de distancia”. Y aquí quedamos nosotros.

–¡Ah! El amor –exclamé, y me reí.

–¿Y cuál es la gracia entonces? –preguntó Diego.

–Que Javier Saravia se fue a Nepal, esa es la gracia –destaqué.

La mirada de los cuatro evidenciaba que no lo creían. No opinaban de la posibilidad de este milagro: alguien de nuestro pueblo había pisado las tierras de Nepal, y fue un ciudadano más en ese lejano país.

–Te creo, te creo –me comunicó calmo, Roberto.

Yo les expresé:

–Se fue por pedido de su padre. Su padre quiso educarlo para ser un empresario y no un pelagatos como hoy es… Siempre quiso verlo estudiando.

–No habrá nacido para ser un empresario –agregó Pablo.

–Y no… –otra vez Roberto, con serena resignación.

Cuando el padre estaba vivo, sus sentimientos hacia su hijo, calculé, siempre fueron raros. Eso me llamaba la atención y quería averiguarlo…

–¿Hacia quién? –preguntó Waldo.

–¡Cómo que hacia quién! ¡Hacia Javier! Su padre era malo con Javier. Él es muy inteligente como para ser un empresario liso y llano. Podía haber sido un grande en las matemáticas y en muchas cosas. Podría haberse entregado a los placeres de la vida y no complicársela. No sé: trabajó como lavacopas, en algún hotel de por ahí. Limpió baños. Quería experiencias que lo alimentasen para un futuro. Los más ‘aclamados’ y ‘celebres’ de este lugar, dudo hayan tenido la entereza de hacerlo, a los diecisiete años.

–Qué bárbaro –opinó el elocuente Pablo.

Hace muchos años, su familia paladeaba la promesa intelectual del pequeño e inquieto Javier, pero el dinero contante y sonante entraba gracias a los indecentes tejes y manejes de su padre. La familia gozaba de estas dos facetas a la vez. Roxana, su madre, era ama de casa, encargada de la crianza de sus hijos. Después de Javier, venía Gabriel y por último, el fallecido Esteban…

–Gabriel Saravia –balbuceó Roberto–. ¿Un gordito de ojitos claros y anteojos, medio boludo?

–Sí, ese mismo.

–¿Tiene un remisse Duna verde fosforescente, traído de no sé dónde? –preguntó Roberto.

–Exacto.

–Sí, sí: lo conozco –concluye Diego.

–Yo también –dice alguien más.

La noche estaba un poco fresca y neblinosa. No quise pensar para cuando llegase el invierno, lo que iba a ser. Se veía el dorado del bronce de las hojas tiradas ahí, en las veredas de abril.

–Y después como ya dije, viene Esteban. La madre se llama Roxana. Ella nunca se adaptó a este lugar, ni a ninguno. Ella conoció a José Saravia en un tour a Carlos Paz. José en esa época era pareja de Mercedes Menezes, una mujer que vino de Flor de Oro. Al conocerla a Roxana, José la dejó a Mercedes y se fue a vivir con ella: ¡había muchos malentendidos con Mercedes…! Después, la pobre campesina se mudó a la casa de su padre, en Tostado –dije. Y, mientras cruzaban algunas opiniones, yo me quedé pensando en los días que le habrá llevado viajar hasta aquí a mi amigo: las nieves eternas, el aeropuerto, la ruta 11, el sosiego (otoñal) de esta estación terminal.

De pronto la voz de Roberto me trajo a la realidad:

–Mirá vos –rió.

–José Saravia tuvo dos mujeres: Mercedes y Roxana. Al Joselito no le faltaron mujeres en su vida ¿eh? –expresó Waldo–. Y así terminó ¡pst! ‘Sin José nadie habría progresado’, habrán pensado estas mujeres –agregó con ironía, y se echó a reír.

–Joselo terminó mal. Lo mataron como a un perro –dije.

–Otro tema: Y Safo… ¿no viene? –preguntó Roberto.

Esa voz dentro de mí me sacó de allí, y me explicó:

[Qué curioso: debemos comenzar siempre por el principio. Ese principio no está al abandonar la Terminal… esta vieja y podrida y por siempre mal diseñada, construida y remodelada mole de hierro y cemento, como vos dijiste. Hay que zambullirse otra vez en la ciudad. Ese punto llamado la Terminal es en donde la gente casi nunca permanece. Aquí se da la necesidad de ir a algún otro lugar, salirse de estas calles eternas, infinitas… La Terminal es un terreno de paso. Guarda tu energía para ir a otro sitio. ¿Eras vos quien pensaba en eso? ¿Eras vos quien dudaba en estos días de la realidad del yo, de lo que en realidad sos? La esencia está en tu yo, ésa es la extensión de tus otros yoes… Eras vos quien pensaba en la imposibilidad de conocerlos.]

[Perros y abandonados]

29 de abril del 2007. “Los perros son ángeles en las calles, pero demonios cuando entran los domingos a la Iglesia”, escuché decir una vez… Desde mí mesa vi tres persiguiendo a Saravia: Jack, Rocco y Bernardo, crispados por sus pulgas. Un hombre vendedor de boletos del Norte Bis me dijo que dormían por allí nomás, sobre un piso polvoriento y húmedo, debajo del alero de ese edificio en construcción. Todos ellos habitaban ese lugar de nadie llamado La Terminal. [Mientras hablaba una noche con este hombre-vendedor de boletos de estos perros, él sin querer me hizo saber o recordar el nombre del tercero: Bernardo. En esa ocasión, en la misma noche que lo vi llegar a Saravia, lo volví a ver a Bernardo. Sin saberlo, el recién aparecido Javier Saravia alias Ayurveda, se paseaba con el obsequio que un tal Mauricio Costas, allá por el 2005, le había regalado a Safo buscando la reconciliación. Safo había abandonado a Saravia por Mauricio Costas allá por el ’92. El despechado juró y perjuró, siempre con los puños cerrados y la mirada encendida, en matar a quien le robó su gran amor, aunque desconocía su nombre y paradero. Y en el 2005, Safo tiró a la calle al perro Bernardo, por su gran enojo hacia el ya maltrecho Costas. Pero en el 2010, los opuestos de alguna manera se unieron, bajo otras vicisitudes.] “Pero el caso es que estos perros son la puerta de esta ciudad llena de pulgas”. Opinó el atento boletero mirándose las mangas algo sucias de su camisa. “¿Qué metafísica puede haber aquí?”, me pregunté. Los perros eran la primera postal del sorprendido forastero al bajarse de un recalcitrante coche calefaccionado, con su inseparable vaso de café. ¿Y cómo puedo hacer para esquivar perros abandonados, tan desagradables a la vista y al olfato? No hay manera. Estas bestias lo recibirían siempre al bajarse para ir al baño, para tomar una Coca Cola, para estirar un poco las piernas viendo (quizás por vez primera) las desoladas y tranquilas calles del perímetro. Estos perros existirán aquí por siempre.

Lo cierto es que Bernardo más tarde vino a mí de muy buena gana cuando lo llamé por su nombre, como a un verdadero amigo, y aprovechando mi atención, restregó su lomo contra mis pantorrillas, aliviándose del interminable acoso de las pulgas. Noté que su vida sin hogar y sin el afecto de un dueño lo volvió ‘un perro oscuro’, pero fue esa misma vida la que lo llevó a reaparecer en la calle como un verdadero ‘rudo’, marcando territorios ante los otros perros, corriendo furiosamente a cualquier gato negro que hurgase las bolsas de basura. Cuando lo conocí en la casa de mi amiga Camila, alias Safo, él era sólo un cachorro. Bernardo era aquel cachorrillo, aquel simpático cocker irlandés, la mascota perfecta y sencillamente irresistible para una mujer hermosa y caprichosa, de esas que suelo ver corriendo hoy por la plaza, con sus perros, con sus calzas rojas, con su pelo recogido y aires de indiferencia. Se hubiera esperado que Bernardo fuese compañero de una de ellas, sin embargo, este perro fue lanzado sin patadas ni gritos, aunque sin miramientos, a la calle. ¿Nadie lo quiso alojar en su casa, entre platos de leche, huesos y una buena cucha para las noches de invierno? Tal vez no. Por eso Bernardo no tenía problemas a la hora de mostrar sus colmillos amarronados, su sonrisa tétrica, amplia y turbia: el verdadero motivo de miedo para el paseante incauto para echarse a correr. “Ese perro feroz”, le dije a Diego cuando justamente eso sonaba por la radio.

A mí también me habían seguido meses atrás unos perros que nunca antes vi. Era una fría noche de julio, yo me sentía algo desolado por los problemas… si bien no entendí el mensaje, los dejé venir conmigo. Si hasta llegué a sacarles fotos en todo momento y en todo lugar. En mi celular guardo aún miles de ellas sacadas y vistas hasta el cansancio, tratando de captar esa primera frase: ¿los perros eran ángeles? No encontré nada de angelical en sus furibundas rascadas debajo de su hocico. No encontré nada en esos feos ladridos desentonados. En ese escapar con sus sucios rabos entre las patas. En esas fauces enseñando sus caninos sucios de tanto remover la basura de quienes pagan sus impuestos. Vi en ellos especialmente a cirujas, desterrados, abandonados… nada más que eso. Me encontré así en medio de esos perros, perros… perros, indefensos, ante la soledad y el desamparo. Qué eran al final los perros en mi vida.

Mientras Bernardo se alejaba de mí pensé: hay perros porque hay gente y me acordé de alguna película mexicana. Nunca faltó la gente predispuesta a tirarles algún pedazo de carne, el sobrante de algún almuerzo abundante o de mal sabor, recién sacado de la heladera.

Recordé algún viejo poema de Saravia, escrito al parecer para ese momento; databa de marzo de 1991 (eso decía al dorso de la hoja). Yo todavía lo guardaba dentro de mi billetera:

Ocurren cosas calles cosas -Cemento tesoro -Maldición/Bendición -Caminando Perros Caminan -Somos/Florecemos -Piadosos /Criminales -Inmortalidad es/está en-Ninguna parte/pieza -Nada mejor -STOP Permanecer/Durar -Crecer/Desarrollarse -Sin acomodo/Destino -Eternidad/ Infinitud-Mata STOP

Eso escribió Javier a sus diecisiete años ¿A quién no se le acercó uno de estos perros alguna vez con timidez pero también con hambre, para alcanzar al menos una caricia? Me pregunté pensando en él. (¿En quién?) Y me quedé atrapado en la respuesta. Me quedé agarrado a esa imagen, pensando con dulzura y lentitud en ellos, observando cualquier ejemplar de la amplia genealogía canina: uno con la sarna a flor de piel, con la modestia y sumisión propias de quien la vida lo golpeó muy fuerte; otro perfectamente cuidado, con aires de vanidad, intacto y altivo. Otro, en cambio –el más aguerrido y dinámico de todos–, el típico perro al que los remiseros, boleteros y mozos les tiran piedras de todos los tamaños y colores. “Después de todo nadie odia a estos ángeles de la nada”. Le dije al expendedor de boletos, haciéndome el poeta. En cuestión de minutos, vi al menos cinco perros más: perros, perros y más perros. Ellos también tenían mal aliento, lealtad, servilismo, el cuidado celoso de un territorio: son parecidos a nosotros. Pero cuántos perros cruzaron a la muerte en estas mismas calles, atropellados con malicia y sin piedad.

“¡Cuántos!” Le grité a Diego. “¡Cuántos!”

Sin más, hasta aquí había llegado desde muy lejos Saravia, alias Ayurveda. Los tres lo recibieron y no dudaron en manifestarle sus grotescas y amigables bienvenidas: lamidas, saltos, correteos alrededor. Y cuando hablo de abandonados, hablo no sólo de los perros vagabundos, pues hablo de Bernardo y de Saravia. Ellos fueron abandonados por alguien, y al afirmarlo, me refiero a Safo (“Lo que es el amor de una mujer” pensé “el verdadero camino, la genuina condena”). En ambos había, en ese momento, un común denominador bajo la luna, una misma espina al recordar el color de la misma rosa: el haber nacido bajo un mal signo, la vida errática y dura, la existencia de los sin rumbo.

[Linyeras en mi mente]

Respecto a los linyeras: desde muy chico declaro haberlos notado vivir en una frecuencia propia. Para mí, ellos, sin la menor dificultad, ‘llegaron rápido y primero’: instalaron una por una las primeras chozas enclenques junto al riacho de aguas pardas, en esa fresca y verde barranca (del hoy llamado ‘arroyo El Rey’) atiborrada de sauces y ceibos. Pronto arribarían los ejércitos con sus fusiles, cañones, miles de trajes militares vistiendo a fantasmas heridos y a hombres fuertes, destrozados por espinillos, arbustos, y todos los calores de este verdadero campo de cacerías. Los soldados no tardarían en embestir con sus alaridos de guerra, con sus cuerpos henchidos de sed y hambre siempre desde el sur, rumbo al paralelo 29º. Sin mayores vueltas me decía yo: “sin estos linyeras, Obligado no hubiese fundado jamás este pueblo en medio de la nada”.

¿Quién hubiera podido hacerlo antes? ¿Quién hubiera resistido semejante empresa en medio de la inculta llanura? ¿Quién podría haber sido más primitivo y más cercano a este hábitat? Quién sino estos legendarios, irremplazables linyeras. Mi abuelo, mi principal maestro, siempre usaba sus tardes explicándome de dónde venían, a qué se dedicaban. Entonces yo le preguntaba cómo habían llegado los linyeras hasta aquí, y él moviendo la cabeza, me decía con el gesto de estar hablando de algo muy serio “Los linyeras, según me dijeron, llegaron desde el norte. Eran los hijos de las amazonas, unas guerreras rubias que vivían perdidas en medio de la selva” mientras yo lo miraba con los ojos bien abiertos, sin que saliera de mi boca una sola palabra “pero los soldados vinieron en barcos y después en carretas desde el sur, desde Buenos Aires. Querían volver a fundar un pueblo en medio de la nada. De algo tenían que vivir”. Eso me contó con seguridad mi abuelo, masticando la cañita de un pasto.

Otras tardes, usaba sus comentarios para añadirle un atributo más a estos vagabundos: “Ellos siempre existen para espiarte, ladrando a tus vecinos con sus balbuceos de borracho. Encontrarás en sus palabras algún vago resplandor de una estrella brillando a años luz de nosotros”. Así me hablaba este instruido viejo. Porque en mis vacaciones de verano solíamos sentarnos en las largas tardes –llueva, esté nublado o haya sol– debajo del espeso limonero. Según él, los trenes los trasladaban desde el norte y desde el sur, desde el principio de los tiempos. Linyeras. Trenes. Selva. Amazonas rubias. Piojos. Espías. Fundación de Reconquista. He aquí las palabras claves de las enseñanzas de mi abuelo. “Los linyeras entonces ¿qué hacían por aquí?” Le preguntaba yo. Se me escapaba cuál era su función, y siempre me detenía a pensar en sus locas explicaciones. Porque al escuchar las sabias palabras de mi abuelo, sin saberlo, escuchaba yo sobre una musa de muchas cosas, eso que dormía en la imaginación de la gente. El linyera: ese hombre casi imaginario, esa especie de Sandman, ese elemento de tantas elucubraciones inútiles. Yo por esos días, y sin saberlo, escuchaba hablar a mi abuelo sobre un personaje que conocería en el futuro: Ivo.

Ya bien entrado en mis treinta tenía muy bien identificado a este hombre barbado y supuesto amante del alcohol llamado Ivo. Y me constaba que no se trataba del regreso de lo reprimido. Ivo era algo más que un sujeto raro llamado Ivo, que caminó sobre los pasos de Saravia y los míos. En esos días, unos poquísimos sueltos de lengua lo dijeron: Ivo, ¿un boricua usado por la Interpol o la CIA, vigilando la vida de los Saravia, ‘esa familia de cuidado’? “Ese hombre algo escuende”. Escuché a una desdentada mujer con pañuelo de seda atado en su cabeza decirle al escéptico y formal verdulero del barrio. Los más despiertos y sagaces echaron a rodar esta duda sin mucho éxito, bienvenida por los más ingenuos. En ese momento lo vi con más claridad: ése era Ivo.

(Ivo, por si no lo sabían, era uno de los tres perpetuos confidentes, socios y viandantes en este páramo pisoteado por incansables ruedas larga distancia. Y no cabe duda: fue además el primero en dirigirle la palabra a Javier Saravia ni bien acababa de pisar la Terminal. Me pregunté qué deseaba. A qué quería llegar. No sabía por qué desconfiaba de Ivo: dos años por aquí, muchos años por allá, rondando sin ton ni son, mostrándonos su indigencia, escondiéndonos su vida: para mí esas no eran sus auténticas miserias. Porque nadie se atreverá a negar a los linyeras como encubridores de algo. Porque algún lazo existía entre Ivo y Javier Saravia. Porque alguna red más que invisible se ceñía debajo de esta historia en la cual yo fui testigo y partícipe: ahí tomé yo la punta del ovillo, ahora debía saber el qué, el cómo y el porqué.

Ivo no era un poema suelto en medio de las calles de las divisas y los cheques ni mucho menos. ¡Ivo usaba una máscara increíble! Esto no me lo pude quitar de mi cabeza por nada y claro: él ‘trabajaba’ como linyera y algo más, porque insistía en acechar velar y controlar en estas calles por siempre sombreadas de lapachos, adornadas con luminosos carteles de negocios de ropa. No me convencía (mientras al resto quizás sí) que él fuese un mendigo con sus pasos cansados, golpeando puertas de madera de pino pidiendo algo para comer, ni en sus gestos de manos; ni mucho menos se trataba de un borracho vagabundo con su botella de plástico, llena de vino blanco, ni un atorrante de la vieja escuela... Desde lo personal, él no era eso en absoluto.

* * *

Les daré ahora un detalle muy importante en mi vida: por la mañana trabajo en una biblioteca popular, y por la tarde, en mi almacén Zen. Ahora bien, debo decirlo: cuando Javier arribó a la Terminal, Ivo estaba presente allí. Él le habló a Saravia, sé que algo le dijo. Al saberlo, algo se movió en mis entrañas, algo se me tornó consciente: yo jamás vi a Ivo como a un vagabundo, a pesar de su barba y sus harapos y, sin embargo, era un hecho. Aunque a veces temía haberme embarcado en la nave de una imaginería ridícula, él no representaba para mí la dejadez, ni la filosofía bajo el sol o bajo el eucalipto, propias de un linyera.

Pensé, lo observé, lo observé y pensé, y entre titubeos y movimientos de cabeza, estuve a punto de comentárselo al alevoso Waldo. ¿Qué otra cosa podía hacer? Pero con mis ojos ubicados en el vacío, opté por llamarme al silencio. Sin reflexionar en su dentadura sucia al aflojar alguna que otra sonrisa… para mí Ivo no era un devorador de cualquier cosa, ni de sus propios sueños. Me pareció más acertado decir: él debía tener algún cargo en alguna oficina de algún Estado. Me pregunté (sabiendo las respuestas de antemano): su verdadero aspecto ¿coincidía más al de un significativo e importante hombre trajeado o uniformado, rondando por este pueblo, como un verdadero gaje de su oficio?, ¿ocultaba Ivo sus objetivos con método y gusto? ¿Es que nadie veía a Ivo como un sobrio agente de la CIA o de la Interpol o del FBI? Ivo, Ivo ¿Quién era Ivo? ¿Un sobrio y rígido representante de la ley y el orden? Por la sufrida ventana de la Casita de la Fantasía3 miraba yo, al libre y verde campo por donde él rondaba, ¡hasta dónde habían llegado los métodos del espionaje! Complot. Boicot. Pericias. Averiguaciones…

Ivo debe haber elegido ese aspecto por varios motivos y el más importante de todos: los linyeras no representan siquiera al lugar en el cual viven, o mejor dicho: moran. Imaginaba su única tierra debajo de sus largas y gruesas uñas, como una gruesa cobertura que lo escudaba precisamente del mundo. Yo concebía a los linyeras como comediantes negados a vivir dentro del teatro de la vida ‘tal cual es’, ¡de la región! Condenados eternamente a vagar por la tierra, siempre en la más cruel de las carencias. Ivo, en cambio, no tenía sus alcoholes cortados con agua; no sufría esas atroces ofuscaciones tan típicas de los linyeras; él carecía de esas costumbres tan escandalosas, tan propias de ellos: la de asustar, por ejemplo, a las criaturas y a las ancianas del barrio. Ivo se escondía, pero yo no sabía precisamente para qué. Pero no por eso le retiré mis consideraciones: los verdaderos profetas en la historia de los pueblos fueron tan mal vistos, tan mal vestidos y sospechados como él. Porque nadie ha dejado de mirarlo por el rabillo del ojo con aterradora y visible desconfianza, rondando a la deriva, fingiéndose mareado y hambriento. Porque muchas veces, y lo aprendí de mi abuelo, los linyeras se ocultaban muy cerca de la maquinaria del ecosistema, muy cerca de los sufridos perros. De acuerdo a este viejo, los linyeras eran la versión bípeda, harapienta y solapada de estos ángeles con pulgas y garrapatas, y en cualquier momento podían pasar a ser lo opuesto, allí nomás, ante tu mirada atónita. Y con el correr del tiempo creí ver a Ivo, tal como siempre lo supuse, queriendo atrapar a Javier Saravia, sospecha que finalmente se murió en estúpidas suposiciones. Me creí –una vez más–destinado a navegar en la barcaza de una imaginería estéril, en una carabela en medio de una inmensa laguna de aguas marrones, sin el menor sentido adónde ir.

* * *

Pero lo más enigmático es qué mierda tramaba en esta ciudad perdida en el norte ¿Qué hacía en la esquina de mi casa viéndome entrar o salir de allí? A veces lo noté espiándome desde las oscuras sombras desplegadas sobre la vereda de la escuela, debajo de los añosos lapachos de esa calle principal, a sólo metros de mi puerta. Él creyó que yo no lo veía, escondido con cuidado en esa mata de oscuridades, vigilando mis pasos con meticulosidad (característica muy rara en un vagabundo). Si fuera por eso, yo era libre: pagaba mis impuestos, vivía en una sociedad. Una noche estuve a punto de cruzar la calle vacía y preguntarle por qué, por qué me perseguía. Pero como por arte de magia, después de comentárselo a Waldo de mi ya bien comprobada sospecha, Ivo dejó de vigilarme, de comportarse como un verdadero sabueso tras mis pasos…

Nadie, ni mi fallecido abuelo ni mucho menos yo, entendíamos a estos ‘barbados, desdentados profetas de la nada’. Y todos desconocimos del pasado personal de Ivo, del porqué de su acento centroamericano, de qué clase de mugre o limpieza habitaba debajo de su roña tan evidente. Yo ignoraba, claro, con qué me encontraría. Y si bien yo creía, por herencia de mi abuelo, que eran la casta de perros más cercana a la de los hombres, sabía que Ivo se valía de ésta para sus desconocidos fines, por ejemplo, la de espiar cada uno de nuestros movimientos (de Saravia y especialmente los míos). Yo tenía que actuar y sabia algunos de sus hábitos, sus puntos flacos, sus debilidades. Llevaba semanas estudiando a mi perseguidor. Y diré lo más revelador: él solía cambiarse de ropas y de aspecto bastante seguido. Al principio lucía la barba muy crecida y el pelo muy largo. Al año apareció con el pelo rapado; la barba brillaba por su ausencia. Después un bigote algo desprolijo; después unos anteojos; después ropa de colores más bien claros, no tan viejas; luego, en otoño, un saco de piel de camello marrón claro. En verano: musculosas de todo tipo. El cambio de su aspecto físico: de ser delgado (digamos… unos 75 Kg. 1,81m), su cuerpo pasó a ostentar un ligero sobrepeso: 83 Kg. –todo sin saber cómo hacía para conseguirlo, supuestamente carecía de los medios para la comida–. A partir de ese sobrepeso sus músculos comenzaron a mostrarse más fláccidos. Todas estas camaleónicas transformaciones me dieron qué pensar ¡Qué raro todo, para un linyera!

“Ese hombre algo escuende”, la frase de esa pobre y anticuada mujer retumbó en mi cabeza. No quería pensar, quería más bien proceder, ponerme manos a la obra. Y lo perseguí durante dos semanas, como un hobbie. Siempre cien metros detrás de donde él iba, por la calle principal, por las de los suburbios (de tierra o asfaltadas) mientras caminaba con sus acostumbrados perros y moscas alrededor. De vez en cuando se daba la vuelta pero yo no me dejaba ver. Me escondía entre la gente, detrás de alguna entrada o alguna eventual galería, detrás de alguna casa con techo de chapa, o bien detrás de los gruesos troncos de las tipas, ya en los márgenes de la ciudad. Con el correr de los días me percaté de que se trataba de un hombre de hábitos inmutables. Las mismas calles: calle principal al fondo, más allá de estropeado edificio Austral, para doblar hacia la parte norte: al llegarse hasta la última calle, paraba allí a comer. Una familia de apellido Rodríguez le solía dar un plato de polenta o guiso de arroz, plato que comía debajo de un alero o bajo el sol tibio del invierno… acompañándose con algo que quizás era una botella de plástico con agua a temperatura ambiente. Y así sucesivamente. Me llamaba también la atención su manera de pedir un cigarrillo, a personas de aspecto similar, con los mismos modos de vestir: frecuentemente hombres canosos, esos de pelo grueso, con o sin bigotes… vestidos con camisa a cuadros, y jean azul. Después de conseguir su cigarrillo, él caminaba con este cigarrillo pero sin prenderlo durante cinco cuadras. Les pedía dinero pero en especial cigarrillos, en especial los días martes, jueves y viernes por la mañana. Como ya dije, se trataba de un hombre de hábitos fijos. De lunes a viernes dormía en los hangares del Centro Cultural; los fines de semana, en cambio, optaba dormir en la parte oeste de la ciudad, en uno de esos barrios marginales… donde obtenía de un célebre cabaret, comida y alojamiento por parte de las mujeres que allí trabajaban (al parecer se trataba de Ivo: un linyera con buenos atributos).

Entonces me pregunté: ¿cómo sería escribir la historia, la biografía de Ivo ‘el linyera’? ¿Cuáles serían las progresiones de la historia, por ejemplo, en sus últimos cinco años? Allá por el sur, en el Complejo la Estación, por donde hace mucho pasaba el tren, rodeado por ese inmenso mar de pasto, seco o crecido, verde o amarillo, según la estación; allí donde yo siempre, dentro de la Casita de la Fantasía, tuve la sensación de más frescura o pureza, al caminar entre perros, flores, caballos… Ahí él: siempre alegremente reunido con otros, planeando quizás oscuridades para un hipotético mundo exterior, (pensando en algún ajuste de cuentas, en algo por robar, en algo por hacer). Le aseguro que allá en el sur subsistía Ivo, el hombre vestido con el traje ancestral del linyera, siempre allí: debajo de ese alto y macizo eucaliptus, en un rincón del descampado, en donde circunstanciales fogatas invernales formaron, quizás hacía milenios, una pequeña habitación dentro de ese tronco de gran diámetro: la suite de tantas barbaries.

Y vaya imaginación la mía: día a día me abrazaba fuerte a la idea de despertarme en esa casita frente a un gran río o frente al mar, en una especie de lugar aparte, lleno de arena y agua y largos, largos trechos por andar. Esa destartalada casita amarilla era el galeón desde donde lo observaba todo, como un búho escondido en el interior de algo. Y a menudo, dentro de una imaginería ridícula, yo intercalaba esta observación con lecturas de libros de otras épocas y lugares, ajenos a Ivo y a mí. Y con frecuencia, para amenizar, apuraba algún que otro mate o cigarrillo. Ése iba a ser mi trabajo, me comunicó la directora. Y nada era casual: esta labor era parte de este enigma: la vida de Ivo, el linyera.

Y pasaron las dichosas primaveras y los veranos y muchas cosas bajo el mismo sol. Le tomé muchas fotos. Todavía las conservo en mi viejo celular Nokia. Me llamaba la atención en especial una: en donde Ivo era lánguidamente rodeado por el descuidado pastizal, sus movimientos importunados, perseguidos, congelados en ese momento, por siempre junto a los cimientos desnudos de una incierta construcción, detrás de un anfiteatro circular y chato, siempre debajo de ese fornido y añoso eucaliptus con ‘la suite de tantas barbaries’. Era verdad: de vez en cuando, yo las revisaba por simple placer y para precisar esa escena detenida y difusa, bajo el siempre furtivo sol de febrero: la fantasmagoría intensamente pixelada, y detrás, siempre detrás: las ralas construcciones, las deslucidas casas con techos de chapa oxidada, el diáfano cielo veraniego como un mero suvenir de lo que, tal vez, era nada.

[Encuentro con Ivo]

Un día, de improviso, se acercó a mi puesto. Entró pidiendo permiso. Allí dentro yo circunstancialmente me entretenía jugando al solitario con un grasiento mazo de cartas españolas, olvidadas en un cajón del escritorio. Por primera vez lo vi de cerca. “Con permiso”. Me dijo. “Me llamo Lucio Ramos. Mucho gusto” me saludó. Ivo no era Ivo sino que se llamaba Lucio. Escondí de todas maneras mi desconcierto. Miré su cara totalmente cubierta por largas matas de pelo negro hasta debajo de su espalda, larga barba hasta debajo de su pecho, dientes sospechosamente limpios, buen tono de voz. Él no tenía los ojos de un mercenario, de un confabulador ni de un agente. Imaginé los rasgos de un hombre más bien fino. “Su aspecto, su buen pasar perdidos en las infinitas tormentas de hambre y sed, las feroces intemperies invernales: todo eso borró su mimado y triunfante pasado,” me dije mientras le acercaba una silla de lata. Me contó de su vida sin siquiera yo pedírselo: Ivo había sido ingeniero civil, pero un día el destino le ordenó convertirse sencillamente en un vagabundo. Poco a poco fue perdiendo ‘los estribos’ de su vida asegurada, hasta convertirse en esa figura imprecisa.

Pensé en el título de algún libro: Abandonémoslo todo… Saber vivir y soñar4 como Thoreau: despreocupado de cualquier cosa, incluso de las inclemencias del clima. Así mi duda creció más, ¿la duda de qué? La duda de muchas cosas… Si bien se parecía más a un santo, su misión en esta tierra era otra. Yo me había estado mintiendo por mucho tiempo. Lucio, (antes Ivo) era sólo una persona que eligió caminar en contra de la corriente. De ahí sus constantes vagabundeos por aquí y por allá. No era un agente de nada, ni siquiera de su propia vida, como un barco en altamar, sin timón ni capitán.

–Espero a alguien venga y me lleve a morir –me dijo con cierta pena– así no se puede vivir.


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