FUERZAS VIOLENTAS
Erasmo Sondereguer
©Editorial Emooby, 2011
FUERZAS VIOLENTAS
By Erasmo Sondereguer
Published by Editorial Emooby at Smashwords
© Copyright 2011 Editorial Emooby
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Índice
Naufragaron. Desde el bote ven hundirse al velero.
Clelia tiene setenta años. Está en cubierta mirando el mar. Presintiendo presencias, gira su cabeza. Ve a una joven con un niño en brazos. Junto a ella, el esposo de la joven.
—¡Qué hermoso bebé! —exclama, Clelia, acercándose—. ¿Cuál es su nombre?
—Gustavo —le contestan.
—Escuché su historia. ¡Qué sorprendente! ¡Tantos días en el mar! ¿¡Y sobre el bote tuvieron a esta preciosa criatura!?
—No —sonríe, el padre—. Nos rescataron antes. Nació en el barco.
—¡Ah! ¡Gracias a Dios! —exclama con alivio, la mujer y continúa—. Mi nombre es Clelia. Decidí viajar. Mi marido murió hace algunos años. Tengo una hija casada. Y entonces me decidí...
Su impulso de hablar es incontenible. Carla y Octavio, dándose cuenta de la necesidad de expresarse de la anciana, le indican unas reposeras. Cómodamente sentados, el matrimonio escucha a la señora. Esta sostiene al pequeño, quién parece observarla. El sol ilumina el rostro de la mujer. Pese a los años, la juventud está en ella, en el silencio de la bondad de un tiempo. Y es una joven de veinticuatro años, con su bebé en brazos; cerca de la baranda, de espaldas al mar. Se da vuelta y enfrenta al océano.
—Ahora ya no podés abandonarme. ¡Sos tan pequeño! ¡Y me necesitás!
Clelia, con la criatura en brazos, observa a Carla y a Octavio, quienes juegan al tenis. Cuando finalizan, le dice al bebé:
—Vamos, encanto. Tus padres te esperan.
Lo acuesta en la cuna que está en el camarote. Se mira al espejo, hay ternura y tranquilidad en su rostro.
—¡Gracias por cuidar a este sinvergüenza! —le agradece, Carla, sonriendo.
—¡Es divino! —pronuncia la anciana, retrotrayéndose.
Clelia, sintiendo confianza ante esos jóvenes, les habla. Cuenta parte de su historia.
Octavio se da cuenta, al oírla, quién es esa mujer. Disimula su asombro. Por el momento decide no manifestar su conocimiento sobre ella.
—El día que cumplí veinticuatro años, nació Fernando, mi hijo. Mi esposo era comerciante, ganaba muy bien. Durante más de doce años, nuestro matrimonio fue excelente. Pero algo comenzó a suceder que yo ignoraba. Lo supe al término del día, en que fuimos a festejar en la casa de mi suegra, los cumpleaños de Fernando y el mío. Mi hijo cumplía catorce y yo treinta y ocho.
Volvimos de la reunión. Estábamos en nuestro dormitorio. Roque me dijo, mirándome, y con una voz extremadamente suave y nerviosa:
—Me voy. Te dejo.
Era el fin de dieciséis años de matrimonio. Yo sólo lo miraba. No sabía qué decirle”.
Él, ante mi silencio, continuó:
—Conocí a una mujer...
Se detuvo, observándome, como esperando de mí una reacción. Al no haberla, prosiguió:
—Me voy con ella.
Sonreí levemente, siguiendo en mi mudez. Gritaba por dentro: “¡De tu hijo no te importa nada!” Como si leyera en mi expresión, que yo tal vez, involuntariamente revelaba, asintió:
—Hablaré con Fernando. Le explicaré. ¡Adiós, Clelia!
Se fue. Le faltó decirme: ¡Feliz cumpleaños! Abrí la boca para exteriorizar mi rabia, mi desamparo, mi odio, pero... no pude decir nada. Me fui al baño, y vestida, me puse bajo la ducha. El agua fría me hizo erizar, sentí escalofríos. Finalmente me calmé.
—Hemos sido abandonados —le dije a mi hijo.
—Papá volverá por mí. Me lo prometió —exclamó, Fernando.
—¡No debiste creerle! —le grité.
Me miró. En él había rabia. Salió corriendo.
Al otro día encontré una nota: “Buscaré a mi padre.” Solamente esas cuatro palabras. Fui a la policía.
Se detiene, mirando a sus interlocutores. Nota el interés que tienen en su relato. Continúa con cierta lentitud.
—Han transcurrido treinta y dos años. Mi hijo tiene cuarenta y seis. ¡Capaz que ya tengo nietos!
Gustavo despierta, comenzando a llorar.
—Tiene hambre —dice Clelia, con una sonrisa.
Carla lo alza. El pequeño se prende al pezón de su madre.
Clelia sonríe. Son las once de la noche. Por el ojo de buey observa el cielo. El mar está manso. Siente la bondad y la quietud de un tiempo, que ahora vuelve a ser presente. Fernando se alimenta, prendido al pezón de su madre. El naufragio de Clelia ha ocurrido hace mucho. Ahora, ella está retornando a un espacio, un tiempo, un silencio, habiendo un canto infinito que enriquece. Lo ve y lo oye decir:
—He vuelto. Te pido perdón, mamá.
Amanecer. El sol expande su intensidad, desparramándola sobre el océano. Una maravillosa rutina. En realidad: una creación constante.
Clelia abraza a su hijo.
—Debés descansar, mi pequeño. Tu viaje ha sido largo.
—Sí, mamá. Mi viaje ha sido largo —expresa, Fernando.
Ambos comienzan a caminar juntos. Al llegar al muelle, bajan hasta el bote y lo abordan. El muchacho empieza a remar. Lo hace por más de una hora. Las olas se elevan y hacen descender la embarcación, aunque sin motivos para alarmarse. De pronto ven a una persona en el agua, nadando hacia ellos.
—¡Es papá! —grita, Fernando.
Lo ayudan a subir al bote.
Está oscureciendo. Los tres, abrazados, se quedan dormidos. El bote prosigue a la deriva. El mar y el horizonte, resplandecen. Van hacia alguna parte... o tal vez... a ninguna.
Al despertar, Clelia está sola. Su marido y su hijo no se encuentran. El bote sigue a la deriva. Por el ojo de buey entra luz. Clelia se levanta. Piensa que Gustavo la espera y ansía verlo.
De pronto, el bote, con sus tres tripulantes, se hunde.
Clelia recorre parte del barco. Mira a los demás, que pasean y se divierten. Hermoso bullicio. Tiene treinta y ocho años y contempla su presente. Se halla como aguardando pero sin saber. Mira la cama que compartiera con su marido. De inmediato, va a la habitación de su hijo. Observa todo lo que hay: objetos, ausencias, presencias... ¿Debe recomenzar? ¿Debe buscarlos? Decide.
Contempla en el espejo cada detalle de su persona. Se satisface con lo visto.
Su hijo no vendrá. Hace un llamado telefónico y toma un tren. El trayecto es largo. Su hermana la espera.
Observa el paisaje: quietud del campo, monótona y apacible. “Las penas son de nosotros/ las vaquitas son ajenas.” Sonríe, cantando en voz baja, mirando al ganado en la distancia. Está triste, pero no se arrepiente de haberse ido. Se convence de que Fernando está con su padre. Y es mejor así.
Va a almorzar al comedor del tren. Mientras come, se da cuenta que alguien la observa. Es un hombre de unos cincuenta años. Bien parecido, elegante. Clelia, trata de no prestarle atención. El hombre persevera con su mirada y su silencio, y se atreve a sonreírle. Ella intenta relajarse, exhibiendo, casi a su pesar, un esbozo de sonrisa. Entonces, lo ve de reojo levantarse, yendo despacio a su encuentro.
Clelia le permite, ante una amable solicitud, sentarse a su mesa. Él le agradece.
—Estoy divorciado. Tengo una hija casada, que vive en México. Por el momento, estoy solo...
Se detiene. Mira a Clelia, como justificándose.
—No piense —sonríe— que trato de que me compadezca. Solamente describo mi situación. No crea que yo busco…
Clelia se echa a reír.
—No se preocupe —le dice al hombre.
Toman café y quedan conversando.
—Vamos a la misma ciudad. Yo voy por negocios.
—Yo, a ver a mi hermana. Creo que necesito su amparo —sonríe, la mujer.
—¿Lo verás? —le pregunta, su hermana.
—Sí, ¿por qué no? Estoy como soltera —hace una pequeña pausa y prosigue—. Además, me gusta.
—Bueno, eso es un principio, pero te podés meter en un compromiso, que quizás...
—Nada, nada. Seguiré adelante.
—Bien, Clelia, bien. Tu seguridad me gusta. Es positiva.
—¡La noche fue magnífica! Te agradezco, Federico.
—Me alegra mucho. Para mí también fue magnífica esta noche. ¿Podemos continuar?
—Podemos, pero... despacio. ¿Sí, Federico?
—Sí, Clelia —responde él, sonriendo.
Siente la imperiosa necesidad de tener un hijo. ¿Consuelo o reemplazo? No importa ni analiza. Quiere tener un hijo.
—Quizás somos un poco grandes para eso, pero...
—Federico...
Es un ruego.
—No me dejaste terminar —le expresa, con paciencia, el hombre.
—¡Perdón!
— Pero... ¡me encanta la idea!
—¡Federico!
Clelia se apoya en la baranda y mira el mar. Ve emerger sus recuerdos. También los ve hundirse. Hay un presente. Quiere vivirlo.
Nace Amanda.
A veces piensa que puede ser abandonada otra vez. Aunque, al mismo tiempo, siente que el amor que Federico le tiene, hará imposible que su temor se cumpla.
La pequeña crece dulcemente. Clelia es feliz. Emergen los recuerdos, como los delfines: vigorosos y alegres.
Amanda mira, desde su altura, a los grandes que la observan. Da tambaleantes, sus primeros pasos. Clelia recuerda a Fernando. Lo ve caminando al lado de su hermana. Pone una mano sobre su boca. Siente correr sus lágrimas. Ve venir a Octavio y a Carla, quien trae en brazos a Gustavo. Va con ellos a almorzar.
Un día, a los ocho años, Amanda oye de su madre que tiene un hermano.
—¡Quiero conocerlo! —grita ansiosa.
—No creo que sea posible, mi amor —se disculpa Clelia, tratando de explicar el porqué—. Fue hace mucho tiempo, aunque... aunque quizás, podamos encontrarlo.
La niña llora.
—¡Por favor, mi amor!, ¡no llores!
Abraza a la criatura, sintiéndose angustiada.
—¡Lo encontraremos! —le promete—. ¡Vas a ver que lo vamos a encontrar!
Repentinamente ha sentido una total convicción.Y surge una verdad: su hija le ha revivido un sentimiento que parecía haber terminado. Ahora toma conciencia y se horroriza por su insensibilidad.
—¡Mamá!, ¡por favor!, ¡encontremos a Fernando!
—¡Hola, hermanita! ¿Cómo estás? —le grita, el muchacho.
Amanda corre hacia su hermano. Este la alza en vuelo. De pronto se ve sola, de pie, en el piso. Fernando no está. Mira el agua llegar a sus pies. El agua la rodea. Las olas se le abalanzan y la cubren. Se sumerge sin desearlo. Siente mucho miedo. Dos manos toman sus muñecas. Es izada y sacada del agua. Ve el rostro de su salvador. Fernando y Amanda caminan, tomados de la mano, por una playa enorme de arenas blancas. La superficie del mar se ilumina y la luz se sumerge.
—¡Vendré! —le dice, Fernando, a la niña, volviendo a desaparecer.
Clelia y Federico contratan a un investigador privado.
—Me dijeron que es el mejor —dice, Federico.
—¿Por qué dejé de pensar en Fernando? Lo negué y es mi hijo ¡Es mi hijo!
—No te lastimés más con eso —le dice su marido.
—Me lo seguiré preguntando —prosigue la mujer, obstinadamente.
II
Mi padre abandona a mi madre y se va con otra mujer. Yo decido ir a buscarlo y por eso, también abandono a mi madre. Me entero, por una comunicación telefónica, que mi padre tiene otra mujer. Sigo a mi padre. Veo a su amante y conozco su domicilio. Me hubiese gustado tener unos años más, para intentar sustraerle tan atractivo objeto. Y mi padre, se muestra ante ella, como un adolescente baboso. ¡Ridículo y baboso!
Decido volver, después de irse de casa mi padre y luego de haber hablado conmigo. Toco el timbre varias veces. Golpeo la puerta. Insisto con rabia.
—Se fue esta mañana con un hombre que la vino a buscar. Lo he visto otras veces —me dice una vecina, agregando inmediatamente—. A las cinco vuelve su hermana del trabajo. Creo que ella podrá responder a tus preguntas. Se llama Eliana.
Tengo deseos de regresar a casa. Mi madre estará angustiada por mí. No sé por qué razón debía saber dónde se encontraba mi padre. Seguro que para convencerlo de que vuelva, no sería. Si él dejó a mi madre por otra mujer, que la disfrute, hasta que alguno de los dos se pudra del otro.
Miro mi reloj. Voy al cine. Antes de irse, mi querido papito, me dejó una buena cantidad de plata. Me divierto con la película. Al salir, llamó a mi madre. Le digo que no se preocupe, que yo pronto regresaré y que la tendré al tanto. Entre sollozos me dice, que la única persona que le importa, soy yo. Me implora que vuelva. Le prometo hacerlo lo antes posible. Me despido, mandándole un beso.
Son las seis de la tarde y tengo hambre. Decido volver a la casa.
Me gusta, es una mujer muy atractiva. Tiene más o menos, la misma edad de mi madre. Le explico mi presencia. Me mira con simpatía y curiosidad. Se aparta.
—Adelante —me dice.
—Observo un anillo en su mano izquierda. Advirtiendo mi mirada, pronuncia:
—Soy casada. Mi marido está de viaje. Negocios. Volverá en algunos días.
Le hablo de mi padre. Ella lo conoce bien. Hace dos años que visita a su hermana. Las dos supieron, desde un principio, que él era casado.
—Rita se enamoró perdidamente de tu padre. Él también, por supuesto, se enamoró de mi hermana. Anoche me enteré, de lo que hace un tiempo determinaron: irse juntos.
—Hijo... escúchame...
Mi padre me mira. Luego baja la cabeza. Sé lo que va a decirme. Continúa:
—Me voy... hay otra mujer. Dejaré a tu madre...
Me vuelve a mirar.
—La amo. Sé que eso no te importa, ni justifica que me vaya.
Yo sólo le digo:
—No está bien, papá.
Salgo corriendo hacia la calle. Después de varias cuadras, me detengo y sigo caminando.
Cuando vuelvo a casa, mi padre se ha ido. En mi dormitorio, sobre la cama, me ha dejado un sobre con dinero y una pequeña nota: “Querido Fernando/ No me juzgues. Nos veremos pronto. Te quiero mucho, hijo”. Hago un bollo con la nota y la tiro a la basura. Tomo mi mochila y le meto algunas cosas. Escribo algo para mi madre y me voy.
—Quiero saber adónde está mi padre —le pregunto a Eliana.
—Sí —responde la mujer—. Te lo voy a decir, pero si me prometés que te vas a quedar a comer conmigo.
Me gusta su mirada. Sonríe ternura.
Ceno con Eliana. Siento la tibieza de su presencia.
La ayudo a lavar los platos.
Luego del café, ocurre. Después, me duermo.
“Lo vi tan dulce y tan desamparado, que lo refugié en mis brazos. Su contacto me gustó. Lo aparté un poco y lo miré: su boca entreabierta, una mirada sorprendida, que al mismo tiempo me buscaba. Le acaricié el rostro con ambas manos. Él me sonrió. Iba adquiriendo confianza. La dulzura del muchacho me producía deseos. Deseos de ampararlo. Deseos de tenerlo. Deseos... Lo separé de mí, lo más suavemente posible. Lo vi sorprendido y mortificado. Lo lastimaba. Se dio media vuelta, saliendo de la habitación. Tomó su chaqueta y su mochila, y se dirigió a la puerta de calle. Dudé un instante, quedándome inmóvil, mirándolo irse. Su mano tomó el picaporte. “¡No, Fernando!”, le grité y corrí. Él se dio vuelta. “¡No te vayás!, ¡por favor!” Nos abrazamos. Lo inicié en el amor. Y sentí como si yo también me hubiese iniciado en él”.
“Fue el momento más dulce de mi vida.”, escribió, Eliana.
Son ambas cosas: realidad y sueño. Comienzo, despertando muy lentamente. ¿Dónde se separa el sueño de lo real? ¿Se separan? Al despertar, continúa mi sueño.
Amanece.
—¡Hola! —pronuncia muy suave.
Su rostro se toca con el mío.
Nos duchamos juntos. La dicha continúa. Me abraza, nos besamos. Nos poseemos otra vez. El agua, acariciándonos, corre por nuestros cuerpos
Desayunamos.
—¿Querés quedarte? —me pregunta.
Quiero y se lo digo. Algo maravilloso me ha pasado. Me siento más hombre. Me siento más fuerte. Y siento que soy muy importante para Eliana. Mucho más que su marido.
—Llamaremos a tu padre —determina, Eliana.
—Bueno —pronuncio con mansedumbre.
—¡Hola, Roque! ¿Cómo estás?... Te tengo una sorpresa... escucharás a alguien...
Mi mano tiembla al agarrar el tubo.
—... ¡Hola... papá!
Por unos segundos, oigo un silencio pesado. Hiere.
—... ¿Cómo estás, hijo?
—Bien, papá. ¿No te molesta que haya venido hasta aquí?
—Olvidá eso, hijo. No me molesta.
—¿Puedo ir a verte?
Recibo silencio. Después:
—... Sí...
No sé si ese “sí” me basta. Posiblemente no, pero iré.
Luego, Eliana, habla con Roque:
—Sí, estoy de acuerdo. Iremos para allá. Saldremos mañana.
Mientras habla, Eliana me acaricia la cara. Le tomo la mano y se la beso varias veces.
—¿No querés volver con tu mamá?
La miro fijo ante la pregunta. Siento silencio. Amo a mi madre, sin embargo... la dejo. Miro a Eliana. Veo a Eliana. Sólo a Eliana.
En el bote, Clelia y Eliana. Ambas, observando ansiosas como Fernando se acerca nadando hacia la embarcación. Las dos extienden sus manos, ayudando al muchacho a subir. Eliana ve, sin sorprenderse, que la mano que toma es la de otro adolescente, quien, desprendiéndose de la mujer, se hunde en el mar.
—¡Hijo! —grita Eliana y se zambulle.
Ahora, Fernando se halla en el bote. La ayuda a subir. Clelia no está.
Se ven en tierra: una sabana verde, rodeada de árboles. Se dirigen a una casa sobre una pequeña colina. Entran. Llegan a un dormitorio. Hay una cuna vacía. Eliana la mira, quedando unos segundos contemplándola. Luego mira a Fernando. Gira su cabeza: la cuna ha desaparecido. Fernando duerme a su lado. Ella acaricia el cabello del muchacho y lo besa en la mejilla.
Subimos al auto. Eliana maneja. ¡Estoy feliz! ¡Lo ocurrido y lo que sigo viviendo, al lado de esa divina mujer, es y ha sido maravilloso!
—¿Qué significa la cuna vacía? —le pregunto, luego de unos segundos de silencio.
—Tal vez un hijo que no tuve —responde.
—¿Y por qué no lo tuviste? —sigo preguntando, contemplando su perfil.
¡La amo! ¡Cuánto la amo! “Tiene la edad de mi madre”, pienso.
—Dios no lo quiso.
—¿Cómo que Dios?
En ese instante me siento perverso.
—Perdoname —murmuro.
¿Es solamente a ella a quién le pido perdón?
Le veo lágrimas. Saco un pañuelo, y con exagerada suavidad, se las seco. Gira, por un instante, su cabeza hacia mí. Dulzura inmensa en su mirada.
Varias horas después, paramos a comer. Nos sentamos a una mesa. Me toma las manos y me habla, mirándome fijamente:
—Fernando...—pequeña pausa—. Anoche cometí un error. No debimos hacer lo que hicimos.
—¡¿Por qué?! —exclamo—. Si fui... fuimos felices. ¿Vos no lo fuiste?
—Sí... pero después de dieciséis años de casada, engaño a mi marido. Además, al conocerte, te vi como a un hijo que no tuve nunca. Y pese a eso...
La miro inquieto y preocupado. Solamente una cosa me interesa en este instante. Le pregunto con miedo:
—¿No lo haremos más?
Me mira sin responder.
—¡Contéstame! ¡Por favor! —le suplico.
Me sonríe, respondiéndome:
—No lo sé, todavía. Ahora comamos.
Comemos. Hay silencios.
—No te preocupes, todo estará bien.
—Sí —sonrío.
—¿Qué te parece si cuando lleguemos, le hablás a tu mamá?
—De acuerdo. Lo haré.
Quiero ser complaciente con ella. ¿Qué voy a decirle a mi madre? “Te amo, mamá y te extraño. Pronto iré a verte.” ¿Eso le diré?
Vamos por la ruta.
—Amo a mi madre —pronuncio—. Papá hizo mal en abandonarnos. No tiene sentido que vaya al encuentro de mi padre.
Eliana me mira. Después de unos segundos de silencio, me dice:
—Podemos volver.
Me sorprende un poco.
—No, ya no —respondo.
Llegamos. Mi padre me abraza y me besa. No creí que me iba a alegrar tanto al verlo. Y ahí está su nueva mujer. Es linda, un poco más joven que Eliana. Deduzco que yo no le resulto simpático, aunque me da un beso de bienvenida. ¿Por qué dejar a mi madre por esa? Se llama Rita. ¿No es vulgar? En cambio, Eliana, es maravillosa. Y yo siento ese algo, que se dice que se siente, cuando uno está enamorado. Ese algo: pasión y locura. ¡Qué excitante combinación!
—Ellos no tienen que saber lo que pasa entre nosotros —me advierte, Eliana.
Finjo. Disimulo. Sentir tantas ganas y no poder hacerlo. Trato de no estar muy cerca de ella. La veo desnuda entrando en mi habitación. ¡Qué aparición divina! Se acerca. Es etérea. Suavemente se acuesta a mi lado. Comienzo a acariciarla. Ella también lo hace. Veo su cuerpo y su cara, iluminados por una preciosa luz. Beso sus senos y paladeo su sabor. Intensidad sublime en la experiencia. Eliana se tiende de espaldas. La miro. ¡Insólito! ¡Allí hay una gata de pelo largo y blanco! Contemplo lo que hace: está pariendo. Va expulsando numerosos gatitos. Observo, con asombro, al último nacido. Eliana me sonríe, aunque su rostro transpira por el esfuerzo. La criatura sale. Abro los ojos. Una preciosa gata blanca durmiendo a mi lado. No quiero pensar en algo que... ¿¡podría haber sucedido!? ¡No! ¡No! Levanto las sábanas y miro. Huyo al baño.
Bajo lentamente. Muy lentamente. Están desayunando. Eliana se ha ido. Creo que conseguí demostrar lo que siento. Rita me sirve café con leche. Acaricia mi cabeza.
—Tu hijo es hermoso —comenta, mirando a mi padre. Este sonríe. Y creo notar algo de molestia en él.
Eliana me ha dejado. Para ella fue un error. Regresa con su marido. ¿Y yo qué haré? ¿Volver, también, a casa? Mi padre evita estar solo conmigo.
Salgo sin que me vean. Camino un poco. Me detengo. Giro. Miro la casa. He estado en un lugar en donde no tuve respuestas. Alguien queda allí. Sigo caminando. ¿Volveré a mi casa? Pregunto por la estación de ómnibus. Saco pasaje.
Ha huido de alguien a quién desea demasiado. Se siente sucia. Son inmensas las ganas de volver para buscarlo. Sale de la carretera y detiene el coche. Queda pensando en el muchacho. Imagina estar con él. Se excita, acariciándose.
—¡Basta! —grita—. ¿¡Qué hago, Dios mío!?
Pone el auto en marcha. Ella debe estar en casa cuando su marido llegue. Aumenta la velocidad. Algo natural le ha dejado de ocurrir. ¡Y ha sido maravilloso!
Vuelve a su casa. Dos días después lo hace su esposo. Eliana retorna a su viejo cauce, aunque, por momentos, recuerda y existe de otra forma. O revive el haber existido de otra forma.
Una enorme cuna. En ella, Eliana. Y sobre Eliana: Fernando. Penetración, movimientos intensos, jadeos. Fernando entra por la vagina de Eliana. Es como una boca de serpiente, se agranda enorme, para poder recibir a su presa. El muchacho se introduce. En su cara, la feliz intensidad del goce. Como tremenda y mágica aparición, va surgiendo de ese habitáculo, un pequeño cráneo velludo. De inmediato, el cuello, los hombros. Hay música en el silencio presencial del bellísimo acto. Y Eliana toma en sus brazos a la criatura. Mirándola dulcemente, exclama:
—¡Mi ángel!
Y en el silencio prosigue la bella música. Eliana toca su vientre. En él crece una imagen, recostada en su esperanza. Fernando está allí y continúa.
El silencio se hace luz y todo resulta natural y bueno.
—¡Oh, mi amor!, ¡ha sido un milagro! ¡Somos dichosos!
Eliana escucha a su marido y sonríe. Sus remordimientos han desaparecido. Extraño, pero así es. Y tiene ganas de reír. Lo hace. Se abraza a su marido y sigue riendo.
—¡Un milagro, José!, ¡Es un milagro! —vocifera, enormemente divertida.
José se contagia y se mezcla su risa con la de su mujer. Comienzan un baile, recorriendo la sala con pasos rítmicos y exagerados. Finalmente, Eliana, se pone a llorar. José detiene la danza. Mira extrañado a su mujer.
—¿Qué te sucede? —le pregunta.
Ella no cesa. El hombre reflexiona. Luego concluye:
—Es la felicidad. Eso es. ¿No, mi vida?
Eliana mira a su marido, como si no lo comprendiese. Hay tristeza y enojo en ella. Con inmenso esfuerzo, contiene un nombre que está por salir de su garganta. José contempla las fluctuaciones expresivas de su mujer, sin comprenderlas. Eliana se da cuenta, salvando su situación, al decir:
—¡Es tan hermoso esto! Nunca pensé que iba a ocurrir. ¡Somos dichosos, José! ¡Somos dichosos! —Termina, abrazándose a su marido. Apoyada en él, viaja.
III
—Fernando vuelve unos días después. Yo no estoy en casa. Me deja una nota. Se va. Me dice que me quiere mucho. Tiene catorce años. Es un chiquillo. ¿Adónde irá? ¿Qué hará? Voy a la policía con la nota.
A los treinta y ocho años comienza otra vida para Clelia.
Hace silencio. Octavio y Carla la han escuchado, sintiendo por ella enorme simpatía.
Golpean a la puerta del camarote. Clelia abre. Lo hace pasar. Por un instante ve a su hijo. Octavio ha entrado. Se sonríen. No hay palabras. Solamente un abrazo. Un abrazo... con la extensión de una inmensa ausencia. El mar tiembla. Aunque increíble, sentimientos humanos lo conmueven. Al separarse, Octavio y Clelia, siguen aferrados.
—Cuando nací, mi padre tenía diecinueve años y mi madre diecisiete —comenta, Octavio—. Se habían conocido algunos años atrás. Papá estaba solo, sin padres visibles. A los padres de mamá eso les molestaba. Pensaban que ese chico no tenía responsabilidad ni hogar, por lo tanto, no era recomendable. Lo echaron varias veces. Lo intimaron. Hasta una vez, mi abuelo le pegó. Todo ello hizo que mamá se pusiera en contra de sus padres, haciendo que la unión entre los míos, se hiciera más fuerte. Se amaban profundamente, pese a ser tan jóvenes. Era un amor maduro y tenaz, como la valentía que les daba fortaleza.
Clelia experimenta felicidad, pero al mismo tiempo, está triste. Toma las manos de Octavio y las retiene entre las suyas.
—¿Cómo se conocieron? —pregunta.
—Desde que se fue de su casa, papá vagabundeó un poco. Realizó algunos trabajos, honrados por cierto.
—¿Nunca te dijo por qué se alejó de mí?
No. Aunque siempre me dijo que te quería mucho. Creo que ni él mismo pudo explicárselo nunca.
—Sí, es posible —expresa Clelia—. ¡Por favor, continuá!
—Mamá estaba en un parque, cerca de su casa, con unas amigas. Papá las vio y se acercó a ellas. Comenzaron a hablar y a hacer bromas. Las chicas lo aceptaron, en particular, mamá. Les resultaba muy simpático y atractivo. Comenzaron a verse. Se enamoraron. Cuando mi padre consiguió un trabajo fijo y empezó a estudiar, mis abuelos aflojaron un poco, hasta acceder por completo. Y la relación resultó formal.
Clelia escucha anhelante.
—¿Alguna vez quiso encontrarme? —pregunta temerosa, la anciana.
—Sé que varias veces fue con mamá a la casa donde ustedes vivían.
Al llegar Carla con Gustavo, Clelia se pone a llorar, abrazándose a ellos.
—Abuela, queremos que vengas a casa. Ahí está papá...
—Sí, mi querido, lo haré. También iré con Amanda. Tu tía siempre ansió encontrar a su hermano. ¡Qué felicidad el haberlos encontrado!, ¡Dios mío!
Clelia entra en la casa y ve a su hijo. Un adolescente de catorce años baja corriendo las escaleras.
—¡Mamá, mamá, mamá! —grita Fernando, acercándose.
Está sucediendo. Anhelo. Realidad. Un reflejo recíproco los hace estar en el tiempo.
—¡Oh, mamá!, ¿por qué lo hice?
Clelia, solamente pronuncia.
—¡Estamos juntos, hijo!
El abrazo abarca un espacio y un tiempo, que no parece haberse perdido.
De pie, en mitad de la escalera, la mujer de Fernando los contempla. Comparte con plenitud el encuentro. Clelia levanta la cabeza, mirándola, y le dice:
—Vení, hija, quiero abrazarte.
Octavio observa sonriente. Gustavo duerme en brazos de su madre.
Instalan a Clelia en una amplia y agradable habitación.
Amanda mira la fotografía.
—No tendrías que haber abandonado a mamá. ¿Por qué lo hiciste? Te quiero, hermanito y quiero conocerte. Vos sabés también que nos conoceremos.
—¡Mamá!
Amanda mira a su hija, parada en el marco de la puerta.
—¡Vení, mi amor!
Alza a la criatura.
—¡Feliz cumpleaños, mi vida!
—¡Gracias, mamá! Con cinco años soy grande, ¿no?
—Tan grande como vos quieras, mi cielito.
—¿Vendrá la abuela? —pregunta la pequeña Constanza.
—Sí. Y vendrá con otras personas.
—¡Ah! Vos ya me lo dijiste.
— Sí, ya te conté quiénes son ¿Lo recordás?
—Sí, mami. Si vos los querés, yo los quiero. ¡Quiero conocerlos!
Y Amanda recuerda. Recuerda sus ansias de conocer a su hermano. La búsqueda por medio de investigadores privados, con resultado nulo. Pero supo, como su madre, que el encuentro se produciría. Y su madre le narra el encuentro en el barco. Le resulta increíble.
Amanda ve a Constanza corriendo hacia el jardín. La contempla hamacarse.
IV
Festejan el cumpleaños de Rita. Sus sesenta y cinco años. Su marido Roque baila con ella. Eliana, sentada junto a su esposo, mira sonriente. También baila su hijo Romualdo. Algunos, ya viejos, presentes el día del nacimiento del muchacho, con sorna e ironía, lo llaman, y muy por debajo, El Milagro. Curiosamente o no, nunca tales habladurías llegaron a oídos de quien lo reconociera como hijo, que no dudó jamás, de su paternidad. Aunque Eliana supo y sabe de los comentarios, no le importan. Agradece a Fernando, el hijo que le dejara. Y en ella, el recuerdo de Fernando es permanente.