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EL CUADERNO VEINTIUNO

CARLOS DE TOMÁS

© Editorial EMOOBY, 2011

EL CUADERNO VEINTIUNO

By CARLOS DE TOMÁS

Published by Editorial Emooby at Smashwords

© Copyright 2011 Editorial Emooby

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ÍNDICE

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

XVI

XVII

XVIII

XIX

XX

XXI

BIOGRAFÍA LITERARIA

“A Mer, por las horas robadas”

I

La casilla de salida

Aquel hombre no sabe que soy menos que una sombra, que soy invisible excepto cuando quiero mostrarme. Ese grado de perfección lo alcancé con los años. Cuando llegó a mis manos su verdadera historia y después de haberle observado mucho tiempo no tuve más remedio que escribirla. Los cimientos de esta obra están en los cuadernos de Zenón Torrecilla, en esos diarios se mezcla la contabilidad con los versos, los inventarios con los recuerdos, los pensamientos con las direcciones y los teléfonos, es difícil orientarse entre tanta caligrafía inconexa.

El día que comienzo a trabajar en el asunto, Zenón pasea por la pequeña plaza donde arranca la rua dos mercadores, algunos anticuarios todavía están instalándose, se adentra bajo las arcadas y observa sin pararse, con paso lento, los puestos ambulantes adosados a la fachada. Llama su atención un objeto, se para, es una pequeña caja de plata con cuatro pezuñas de felino preciosas, muy bien labrada. Intenta abrirla, no puede, y comienza a examinar con detenimiento; el punzón, el peso, la posible antigüedad, la calidad de la plata, el color. “No se puede abrir, no tengo la llave, está tal y como la compré” dice el comerciante. Nuestro hombre la agita con suavidad mientras la voltea una y otra vez para apreciar mejor su factura, y nota, con ese oído tan sutil que tiene Zenón, que algo reside en su interior. Quizá un papel o tal vez un cartoncillo. “No se” piensa casi en voz alta. “A lo mejor está forrada de terciopelo y éste anda suelto”. El anticuario, con el ademán que da la experiencia, hace parecer que mira a otro lado, recoloca los objetos a la venta, sin embargo, no deja de escudriñar de soslayo a su cliente, o potencial cliente, porque hasta ahora es un manoseador como tantos otros que se aproximan al puesto. Al cabo de un instante decide explicar “no he querido abrirla, si la fuerzo podría estropear una cerradura irremplazable. Es de finales del dieciocho. Inglesa”. Nuestro hombre asiente mudo, sin dejar de observar y manosear la caja. “¿Cuánto cuesta?”, “la tengo en seiscientos euros”, “voy a pensarlo”. La deja con mimo y sin despedirse sigue paseando delante de los tenderetes. Aunque de una cierta importancia, pero no dejan de ser tenderetes, o mantas viejas sobre el empedrado, llenas de inverosímiles objetos. Zenón Torrecilla enfila la rua dos mercadores. El mercadillo de antigüedades de Aveiro da para unas horas, y se extiende por callejas estrechas de sabor rancio, pero Zenón, hoy no tiene ganas de muchos trotes. Es un día húmedo, de esos que se mete en los huesos el agua de los canales, y en los pulmones la bruma de otoño. La mezcla de olores entre las viejas rúas es un poema que describe la ciudad, que digo, el país entero. El aroma a caldo verde se mezcla con el de café, y con los dulces de azúcar y yema. Flotando sobre una paleta de olores más pesados; el cieno de la ría y los canales, el salitre que llega desde Barra, incluso ese olor entre cañería vieja y gas que transporta a Zenón Torrecilla al Madrid de cuando era niño. Nuestro hombre sigue rebuscando, y su mirada se pierde, sin fijeza, entre tantas piezas, unas grandes, otras diminutas, y tiene que hacer un ejercicio de concentración para valorar lo que está viendo. De vez en cuando toca algo, lo eleva, pregunta el precio. Otras veces se detiene como testigo de algún trato. Le gusta entretenerse con el tejemaneje de los vendedores que intentan convencer a los más remisos, a los inseguros, a los que no saben qué comprar pero tienen ganas de gastar dinero en cosas quizá inútiles. “Estos portugueses son silenciosos y apasionados en el comercio”, se dice. Pero a pesar de la distracción, no se quita de la cabeza la dichosa caja. “La compro o no”. Se para a elucidar. “Está cara. Si vuelvo y me la deja en cuatrocientos me quedo con ella. Pesará doscientos cincuenta gramos… A peso casi lo vale… Y si le sumo la antigüedad…” Zenón intenta convencerse. Se ha encaprichado de la pieza. Cerca de él reconoce a Evariste. Su amigo ensimismado, contempla una partitura para pianola, Zenón se aproxima y le presiona con su dedo índice el costado izquierdo. “Qué susto me has dado chéri. Aquí hay que tener cuidado con los roces, puede volar la cartera”, “lo siento” dice nuestro hombre levantando los brazos, e insiste “no te voy a robar”. “¿Qué te parece el rollo de pianola?”, “está perfecto”. El francés se convence “a cinco euros es una ganga, los vendo en Madrid a noventa o cien”, “pues quédate con todos”. Evariste empieza a contar para sus adentros mientras señala con el dedo las cajas que contienen las partituras. Están depositadas en una tela negra sobre los pequeños adoquines de la rúa. “Veintiuna. Me las quedo.” Después de una pausa vuelve a añadir “¿has visto algo Zenón?”, “no especialmente que valga la pena, ya sabes lo que busco”. “Ya”, dice el francés sin prestarle atención. Zenón Torrecilla le deja conversando con el comerciante, y sigue su marcha con las manos entrecruzadas en su espalda. “Eh, Zenón. Comemos donde siempre, a las dos hora de España”. Nuestro hombre sin volver la cabeza contesta con desgana “allí estaré”.

Aquel restaurante está junto a la lonja, en un espacio abierto donde termina uno de los canales, las casas de no más de dos alturas, con un regusto entre marinero y urbano, es uno de esos sitios por donde no pasa el tiempo. Las paredes interiores de la casa de comidas son de piedra, a modo de sillarejos encastrados, pequeñas fotografías en blanco y negro narran las faenas de pesca, otra foto es una composición de mujeres descalzas pisando el fango de la ría y otra más distante la estación de trenes con esos coches delante de la fachada, que parecen zapatos, años cuarenta tal vez. El suelo de barro gastado y pulido, los manteles de tela a cuadros rojos y blancos; en todas las mesas vacías un jarroncito con una flor de plástico y un pequeño cenicero de cristal aunque no se puede fumar. A pesar de la paradoja se come bien, y a falta de ceniza algunos clientes dejan los pipos de aceituna en el cenicero. Zenón se presenta con la caja de plata envuelta en papel de estraza, como si fuera pescado. Deja el bulto sobre la mesa y se sienta frente a su amigo francés, que le reprende “poca cosa has comprado”, “solo esto”, y se dispone a desenvolver un extremo del paquete. “Ya veo, una tabaquera de plata”, “no creo que sea una tabaquera, después de comer te la enseño”. Aquel es el sitio acostumbrado, cada cuarto domingo de cada mes, de vez en cuando, tienen una cita desde hace varios años, pero esta vez el encuentro ha sido una coincidencia, ninguno de los dos hombres comunicó al otro el viaje a Aveiro, aunque días antes Zenón dijo a su amigo de gremio que tenía ganas de ir, que echaba de menos Portugal, donde tantas veces se habían solazado, y el francés declinó la invitación, “posiblemente no pueda asistir”. Los dos amigos se conocieron en Madrid. Evariste, un parisino cansado de correr mundo, afincado hacía más de quince años en la capital, conoció a Zenón Torrecilla cuando fue a venderle un lote de cuadros, pintura antigua, en el noventa y ocho. Zenón, en aquella ocasión le mandó a la mierda, y dejó de hablar al amigo común que les presentó, pero Evariste, un seductor empedernido, que ahora rozaba la cincuentena, no quería perder un buen contacto en el mundo de las antigüedades y con el tiempo, y varios negocios serios, hicieron amistad. “Ayer estuve en Portobello” refiere Evariste. Zenón le mira sorprendido. “¿Cuándo descansas?”, “el negocio es el negocio. Estuve en Roger Harris y me traje dos piezas de Galle”, “seguro que las tenías vistas y vendidas, de lo contrario las hubieras comprado en París”. Evariste no levanta la mirada del plato de bacalhao com nata, mientras, mueve la cabeza negando y responde “tú de eso no entiendes chéri”. Zenón, aunque con los años ha tomado afecto a Evariste, se descompone cuando su amigo mariconea con los gestos. “Bueno, me da igual, cada uno vamos a lo nuestro”. Sin embargo, después de una pausa y un sorbo de albariño a Zenón le pica la curiosidad “¿qué has hecho con los vidrios, no los llevarás encima?”, “por supuesto, están en el hotel, los desenvolví y los coloqué sobre el mobiliario”, y suelta una carcajada con movimiento de brazos y manos. Zenón en ese instante está entre avergonzado y sorprendido. El matrimonio que come en la mesa de al lado no quita los ojos de Evariste, aquella mujer de cara redonda y mofletes rosa sonríe, quizá entienda castellano, como casi todos los portugueses, pero seguro que su sonrisa la provocan los gestos entre grotescos y amanerados del francés. “No me jodas chéri”, dice Zenón imitándole y torciendo el gesto con sarcasmo, y añade “lo peor no es que te roben, es que las chicas de la limpieza, en un descuido, los rompan”, vuelve a reír Evariste “a que es una gran idea”, ahora ironiza Zenón “como cualquiera de las tuyas”. Y siguen comiendo en silencio. El francés había salido el día anterior, a las dos de la tarde, de Portobello road, tomó un avión a las cuatro treinta con destino al aeropuerto Sa Carneiro, a las ocho y media ya estaba hospedado en el Paloma Branca, ese hotelito discreto, un palacete de principios del veinte, remetido en una calle vulgar próximo a la estación de trenes de Aveiro. “He descansado muy bien, me acosté temprano, me puse a hojear cantidad de revistas y algún libro que traje de Londres; a primera hora ya estaba desayunando en Veneza y paseaba viendo los moliceiros, aún no estaban instalados los puestos del mercadillo”, “envidio tu disciplina. ¿Café?”. Y sigue la charla, esta vez de cómo les va en el negocio.

Zenón, antes de comer, estuvo sentado más de una hora en las escaleras de la fachada da Vera Cruz, aquella iglesia blanca que preside una buena parte del mercado de antigüedades, y mientras miraba, casi a vista de pájaro, el movimiento de la gente recorriendo los puestos, pensaba que estaba un poco harto de venir a Aveiro y encontrarse con Evariste. Hacer las cosas por obligación no le gusta, o mejor, le está dejando de gustar, se habían impuesto esa rutina y quería descansar, era como un peso mal llevado, además, con la crisis habían bajado las ventas y con tanto almacenado era venir por placer. No tenía ganas de más mercado. Después de comer y despedirse de su amigo, “nos vemos en Madrid”, a Zenón le sabe extraño que el francés no quiera regresar a Madrid con él, Evariste no le revela sus planes, pero a Zenón Torrecilla le da igual, toma el coche y se marcha a Costa Nova, pasea un buen rato por delante de aquellas casitas de colores, y piensa dejándose llevar por aquel decorado, por aquellas fachadas como de camisas veraniegas, que después de hacer quinientos quilómetros no puede dejar de contemplar el mar. La agradable tarde le ayuda al pensamiento sosegado. Regresa al coche después de batir a cada paso la arena de la playa, vacía de gente, y la saudade se apodera primero de su cuerpo y luego de su alma, aquella morriña también hace presa en los extranjeros. Es el principio del otoño y el día se apaga, se pone plomizo, y le viene a su memoria mientras siente la arena en sus pies, con los pantalones remangados, aquellos años de médico sin serlo en Argentina; antes fue cocinero en Madrid, bueno mejor dicho ayudante de cocina, y más antes peluquero, pero eso fue hace mucho tiempo. Le emocionan esos países donde cada cual puede ser lo que quiera sin dar cuentas a nadie de títulos ni etiquetas, bastaban las ganas y la irresponsabilidad de cada uno, pero en aquellas tierras el destino quiso que ayudara, favoreciera a sus gentes, como un acto de consuelo para ambos. Cuando regresó de Argentina hace veinte años conoció a Manuel Tajaneiro, hombre sabio, al que debe y agradece casi todo el conocimiento que atesora. Fueron años duros, volver a empezar, volver a andar camino hasta encontrar un sitio, y ese sitio le estaba esperando en Claudio Coello 212; una pequeña casa de dos plantas, la fachada gris sucia, a pie de calle una tienda, que más parecía un trastero, y así la llamó siempre; en el primer piso una buhardilla oscura, trastos viejos y un jubilado moribundo al frente de aquel rincón húmedo, de bombillas gastadas y terciopelos polvorientos. Aquel anciano le regaló el viejo portaminas de plata y se acostumbró a escribirlo todo, escribía esas notas que más que notas eran versos, y detallaba los objetos, las piezas de arte, y de manera escrupulosa, como si fuera un inventario, los viajes, las anécdotas, los recuerdos, sobre todo los recuerdos. Cada año un cuaderno, así sumaba el tiempo su nueva vida, pero no quería que todo se quedara en una colección de almanaques, allí estaban sus satisfacciones y sus desengaños. En alguna ocasión estuvo a punto de quemarlo todo, pero se arrepintió, era la trastienda de sus pensamientos, y estaban las direcciones, los teléfonos, las compras, las ventas y los poemas, algunos no eran suyos, eran de otros, insertados en el margen de aquellas hojas abigarradas de escritura, la letra pequeña, clara, a lapicero; “adónde acudir cuando la memoria se oculta”. Y allí, en el cuaderno veintiuno que siempre lleva encima anota: “caja de plata, Aveiro, cuatrocientos cincuenta euros, veintisiete de septiembre”.

El viaje de regreso a Madrid es un estigma, se libra de él a las cuatro de la mañana. La ciudad vacía, algún taxi y la niebla le acompañan hasta aposentarse en el desván del trastero de Claudio Coello, llega al hogar de un hombre solo. El viaje fue un punto y aparte, lo decidió mientras conducía, “no volveré a quedar con Evariste, cambiaré mi rutina, o mejor, no quiero ninguna disciplina”, aunque es mentira, algunas veces colecciona propósitos vanos. Esa noche duerme de un tirón hasta las diez de la mañana, no abre al público el negocio, hace mucho tiempo que eso no ocurre. Aún tumbado, en la cama, coge de la mesilla de caoba el paquete de papel de estraza, lo abre, da vueltas a la caja de plata, qué extraña sensación, por qué le fascina aquel objeto. Piensa “vaya viaje inútil, sólo he comprado esta reliquia”. La agita junto a su oído derecho, “¿qué tendrá dentro?”, se incorpora, va a buscar una herramienta de entre las muchas que tiene en el gabinete contiguo. Aquella estancia es austera pero repleta de cosas, casi agobiante, incluso del techo abuhardillado cuelgan enseres, objetos inservibles, sillas pequeñas, lámparas sin orden. El lugar se compone de un dormitorio, el gabinete, un pequeño baño, y el hueco de escalera para bajar al trastero, y están también los tragaluces en el artesonado que proyectan una tenue e inquietante luz. El olor no es malo es indescriptible, entre cuero viejo y maderas, y ese olor a gas, el mismo que le persigue desde su infancia, recuperado y flotando entre las paredes del trastero. “Así olía el patio de la casa de mi abuela en Argüelles” pensó cuando accedió al desván por primera vez hacía ya muchos años. Aquel olor no se marchó nunca, le acompañó las madrugadas mientras arreglaba algún cacharro o tomaba notas, que no eran notas eran casi versos. En la planta baja los olores son más pastosos, algo más agradables, ceras naturales, el alcohol de la gomalaca, algún barniz recién estirado, el olor a cola de carpintero. El buril entre sus dedos intenta forzar la cerradura de la caja, “imposible, la rompo”. La sostiene con la mano izquierda, en la derecha el viejo portaminas, y anota en el cuaderno vigente la continuación al apunte que imprimió en Aveiro, “de estilo más cercano al neoclásico, el punzón en la parte inferior, muy gastado, gracias a la lupa es de la ciudad de Newcastle, con tres coronas, un sello doble correspondiente al impuesto, la marca de ley con el león rampante, sin fecha grabada, posiblemente entre mil setecientos ochenta y noventa, la marca del fabricante borrada, ilegible, quizá caja de rapé, aunque es muy grande para eso.” Ha desligado el contraste en pocos minutos, echa mano de un manual, cierra el libro, ha dado en el clavo, aunque le molesta pensar que Evariste, a los postres en Aveiro, le había puesto sobre la pista, “has comprado una ganga, vale muchísimo más” y nuestro hombre se la quitó de las manos con un ademán poco agradable, Evariste se estaba acostumbrando a aquellos pequeños desplantes, “últimamente te noto bastante raro, tengo yo algo que ver en eso”, “ni hablar, no estoy en mi mejor momento” decía Zenón, a sabiendas de que mentía.

La caja empieza a formar parte de Zenón Torrecilla, un hombre mediocre, que veinte años atrás quiso dejar de serlo, y acaso lo consiguió para sus adentros, ¿y para sus afueras?, alguna señora de las que frecuentaban su establecimiento decía que era la persona más culta y exquisita que había conocido. Solo falta abrir la caja, y se devana los sesos buscando la manera. Suena el timbre de la puerta varias veces, el cartel de cerrado y la luz apagada del trastero no dejan dudas. “Ya volverán” se dice. Toca con el buril una de las coronas del contraste, la más oscura e incrustada, y en el silencio de aquel hábitat suena sutilmente un mecanismo a la altura del contrafuerte de la tapa, vuelve a tocar pasándose la caja a su mejor oído, y en efecto se repite el sonido, lo hace una y otra vez, hasta estar convencido que la caja no tiene cerradura de llave, es un pegote a modo de ojo, toca con la punta de la pequeña herramienta el fondo de la falsa cerradura y la tapa se dispara. Mientras observa satisfecho el interior de la caja piensa que ha merecido la pena no abrir el trastero, descanso y meta conseguida, ahora está claro, el ruido que escuchaba es el movimiento del mecanismo de cierre. En parte es una pequeña decepción pues lo único que alcanza a ver es el forro de terciopelo rojo. Deja la caja encima de la mesa del gabinete, se viste, se enfunda una gabardina oscura y baja a la calle, tiene hambre, pero qué esperaba encontrar dentro, nunca lo sabremos, no deja ninguna anotación al respecto. Dobla en Diego de León hacia Lagasca, y entra en un restaurante que más parece una farmacia, sube a la primera planta y se sienta junto a la ventana. “Don Zenón, ¿lo de siempre?”. Asiente con la cabeza y al momento está el camarero con una copa de rioja, su rioja en la mesa. “Del menú dame lo que quieras, no tengo ganas de elegir”. Desde que abrieron el establecimiento come allí casi todos los días, pero está cansado, no quiere disciplina ni para comer, además siente que lo hace en un lugar poco discreto, en una calle poco discreta y muy transitada, aunque se perdona por la buena comida y el trato de amigo.

Ahora, sentado en el restaurante de diario, se acuerda de Manuel Tajaneiro, aquel hombre dispuesto al suicidio pero sin temple ni fuerzas para hacerlo, un hombre en sus últimos días postrado en la cama donde después dormiría Zenón Torrecilla. Apunta Zenón que aquellas largas conversaciones, a la luz del quinqué, prolongaron esa frágil vida, hasta que creyó haber narrado a nuestro hombre todo lo que entendía que debía contarle. “Has llegado como del cielo”, susurraba el moribundo una y otra vez, y otras veces le premiaba diciendo “todo esto es para ti, por ti no va todo al estercolero”. Los primeros días, recién llegado Zenón, sólo hablaban del firmamento, de las distancias, de la materia. Semanas después, disertaba sobre Fragonard, o sobre Balthus y establecía distancias, entre esos pintores, más alejadas que entre galaxias, y decía que le mirara bien, que era Balthus en el autorretrato de mediana edad y que, después de tanto tiempo encerrado, había llegado al convencimiento que la calle del trastero era el Pasaje de San Andrés, y que la verdadera realidad tenía los colores de aquella pintura, que eran los de la buhardilla, y que la chica, que acudía a diario a limpiar, y a darle de comer, era una furcia en la que se inspiró Botero cuando la pintó en el baño delante de un espejo, y después de algunas semanas más, un hilo de voz corría apenas por su boca y Zenón tenía que flexionar incómodo las cervicales para escuchar técnicas de pavonado o limpieza de sonerías, pero le agradaba. Su primer cuaderno fueron apuntes de discípulo. “Don Zenón, ¿toma el café aquí o en la barra?”. “Aquí, por favor”, y sigue pensando en Manuel Tajaneiro, pero esta vez como si fuera presa aún de aquel moribundo. Y a propósito de la caja de plata, recuerda aquella clase magistral, una tarde de verano recocidos en aquel antro, soportando aquellas columnas de luz polvorienta que bajaban de los tragaluces, versaba sobre los plateros ingleses y le habló de la Goldsmith´s Hall de Londres y de Exeter, York, Birmingham y Sheffield, y del estilo William & Mary, y de Lamerie y de David Tanqueray, y de los plateros de Jorge III, y de Adam y Bateman, y del estilo Regency, y tantos otros apuntes dictados con una erudición increíble, y de memoria. Aunque la memoria de Manuel Tajaneiro no era genética. Anotó Zenón en su primer cuaderno, que aquel hombre, de joven, al apoyar su mano en un puesto de feria, de esos que vendían algodón dulce, recibió una descarga eléctrica que le tuvo en coma varios días, y desde entonces todo se le grababa, como si tuviera álbumes de fotos en el cerebro. Más tarde Manuel Tajaneiro terminaba su disertación diciéndole “si te transmito el uno por ciento de lo que sé, me doy por satisfecho en una parte, a la otra no creo que llegue”. Y Zenón preguntaba inocente “¿y cuál es la otra?”, contestando el anciano apesadumbrado “pulirte Zenón, pulirte”. Ahora nuestro hombre sabe que le costó muchos años bregarse en los salones del Ritz o del Villa Magna, o saber ligarse con igual fortuna a una señorona que a una nueva rica. No queda nadie en el primer andar del restaurante, se le pasa el tiempo sin pasar entre tanta ensoñación, y vuelve a enfundarse la gabardina oscura. En las calles de Madrid llueve con sol, los edificios se conjuran contra el arcoíris. La humedad le transporta al país vecino y se deja llevar por la temprana bruma de Caparica o la de tarde en Sintra, y aquellas veladas después de la cena en la terraza del Lawrence’s.

II

El puente

La vida que lleva Zenón le cansa, no es por su quehacer cotidiano, la disciplina cada vez es menor y comienza a cambiar de hábitos. Se pregunta por qué no está a gusto con nada. Ahora que lleva veinte años de tranquilidad se le revuelven las tripas con cualquier cosa que no le venga al pelo. Tiene ganas de marcharse, pero adónde, quizá una temporada, unas largas vacaciones, o tal vez desaparecer mucho más tiempo, como aquella primavera del ochenta y cuatro, cuando tomó un avión ligero de equipaje a Buenos Aires. Su abuela, la de Argüelles, le decía que estaba loco, aquel es un lugar peligroso, sin porvenir, ya no es lo que era. Sin embargo, se echó a la aventura. Alfonsín había subido al poder, a los argentinos después de la dictadura, aún les quedaban esperanzas, Zenón estaba convencido que encontraría su oportunidad en aquel país. Ese año, cansado de Madrid, pudo haberse marchado a cualquier otro lugar, de cocinero a la costa, de hippy a Ibiza, quién sabe, pero eligió Buenos Aires, tal vez sin reflexionar demasiado. Tenía una dirección, un pequeño comercio en una galería de la calle Mariano Acosta con la avenida Rivadavia, muy cerca de la Estación Floresta. Allí estuvo varias horas intentando superar el sueño, esperando la llegada del dueño del comercio, una pequeña tienda donde se amontonaban los retales en estantes de madera vieja, mientras esperaba soportaba a una mujer madura con el pelo desaliñado, la nariz aguileña, las cejas pobladas, de hablar agradable, le preguntaba por el viaje, Zenón solo quería dormir y se languidecía viendo como cotorreaba la señora según patroneaba unas telas sobre el mostrador. En las notas de viajes de Zenón Torrecilla apunta poca cosa sobre el encuentro con el gallego, nunca sabremos qué pasó, Zenón se marchó de allí hundido, y comenzó a andar mientras desoía las voces de aquel hombre desde la puerta del comercio “donde se va, volver acá, no seás loco”, y aceleró el paso, con la maletita colgada de la mano, por el gran Buenos Aires. En el Parque Avellaneda descansó hasta bien entrada la tarde, el ocaso le provocaba desasosiego, y el frío le ofuscaba los sentidos, tenía que pensar pero era difícil. Arrugado en un banco, desorientado, levantó los ojos y adivinó una silueta de mujer, después reparó en sus ropas, toda de vaquero, la melena larga y rizada, morena marrón de facciones agradables, de gesto serio, mirándole a dos palmos mientras sujetaba un pequeño bolso de cuero y hurgaba en el bolsillo de la cazadora; los zapatos oscuros, gastados por los laterales, detrás de ella un carrito de plástico, encima del carrito un hatillo. Se puso unos guantes de lana y rompió el silencio para pedirle dinero; solo quería plata para el autobús. Zenón, sin ocurrírsele otra cosa preguntó que adónde iba y ella con una voz melosa y pausada “Rivadavia”, “de esa avenida vengo”, “no, Rivadavia, Salta”, “aquí todo se llama Rivadavia”. Se sentó aquella joven en el banco junto a él, como queriendo levantarse, y empezó a contarle la historia de su vida, a describir con detalle su pueblo, con ese orgullo chaqueño que les diferencia de los bonaerenses. Zenón hablaba de sus inquietudes y del desencanto del viaje; después de los dos monólogos marcharon a la estación de autobuses; ya de madrugada partieron hacia el Chaco. A medida que transcurría el viaje Zenón iba deshaciendo en su estómago la gran decepción que le introdujo el gallego. La voz de Mariela era una música que le cerró los ojos mientras ella le acomodaba la cabeza contra su hombro. Cuando rodaban por el puente General Belgrano en Corrientes despertó Zenón Torrecilla de manera violenta, medio tumbado sobre la muchacha, miraba a través del manoseado cristal, su cuerpo entumecido y su mente abierta a la sorpresa, mientras, enfilaban la ruta dieciséis, la carretera interminable hasta Salta, amanecía. Fueron veintiuna horas de viaje y Zenón ya no cerró más los ojos, ahora tenía la ansiedad del viajero reposado, se empapaba del paisaje y de la cantinela de la muchacha. Los cielos descerrajaban agua que parecía leche y llegando a Salta él se decidió “quiero ir a tu pueblo”, ella asumiendo la lejanía “allí no va nadie, y qué digo”, “No te preocupes, ya me las arreglaré, a mí no me conoces”. Fueron más horas de autobús esta vez por caminos, cuando llegaron se acomodó en una barraca y el jergón le pareció un milagro. A las seis de la mañana, despertado de un puntapié en el muslo, un chiquillo le voceó “eh, Gallego, sos médico, se nos muere”. Salió sobresaltado de aquél cobertizo no sabiendo porqué ni para qué y en un acto mecánico e impulsivo puso sus manos sobre el vientre de un hombre arrugado y cetrino, presionó con fuerza, se retorcía, tosió de manera bronca, al momento el chaqueño abrió sus grandes ojos y miró a Zenón con fijeza a la luz de un candil, “gracias doctor”, había sacado la enfermedad de las entrañas de aquel viejo, y desde ese momento le llamaron brujo. La boda con Mariela llegó después de mucho cocinar, cortar el pelo, sacar muelas con tenazas de ferralla, cortar troncos en el aserradero y soportar mucha lluvia, y con la boda, el calor insoportable, el polvo y largas jornadas de pesca en el río Bermejo. El cuerpo marrón de Mariela era el mejor chocolate que había probado en su vida, sensual y salvaje, le envolvía con su melena de rizos cuando ella le montaba, y cada vez se olvidaba más de Argüelles, del patio con las paredes negras y olor a gas, del calor de la cocina de aquel restaurante madrileño de tercera división y menú de medio pelo, de los cuatro años antes en el paro, del olor masticable de su abuela, de sus impertinencias, de no conocer mundo, de su insensatez, de todas las chicas a las que le parecía poco, y fue tejiendo una muralla de justificaciones para quedarse siempre en Argentina, pero eso no fue así del todo, y hoy recuerda con pena aquel viaje de regreso en las navidades del ochenta y nueve, volvía de aquel maravilloso país, estaba curado, había mudado, y con tristeza dejó a su amor y a sus amigos. Ya en Madrid hablaba de la hiperinflación insostenible, de las huelgas, de los muertos, pero todo eran excusas para evitar el compromiso prolongado, Mariela se había vuelto medio loca cuando pasaba el tiempo y no se preñaba. Zenón se marchó sin despedirse, fue de compras, como todos los meses, a Salta, y no subió al autobús equivocado, había elegido el abandono, la huída. Tuvo que trabajar en Buenos Aires para pagarse el billete de regreso a España, no le quedó más remedio que doblegarse al gallego de la calle Mariano Acosta, aunque después, como se verá, le favoreció en Madrid. Esto lo apunta de soslayo, Zenón acostumbraba a omitir en sus notas cualquier evento desafortunado. Allá dejó la maletita, en Barajas no le esperaba nadie, al igual que ahora en el viejo trastero, después de un largo paseo de recuerdos rescatados.

Llueve en Madrid, pero menos que en el Teuquito. Abre el cierre metálico para acceder a la buhardilla, tiene que atravesar el trastero, se siente pesado, se dice que debe comer menos, que ya es hora de cuidarse, que son sesenta primaveras. Sin encender la luz tropieza varias veces antes de llegar a la escalera, y dice “no sonó loza rota, tengo que cambiar de sitio esos tibores”. Sube por los viejos peldaños de madera gastada, que suenan como cuando se pisan cartones vacíos de huevos, se deja caer sobre la cama, gira la cabeza hacia la mesilla y allí está la caja, la preciosa caja de plata, la toma en sus manos, la eleva, le molestan las mangas de la gabardina, se incorpora y comienza a adoptar la severa actitud del anticuario, así se considera después de tantos años de profesión, se pone cómodo y marcha al gabinete con su caja. El flexo de la mesa ofrece una iluminación en forma de sombrero chino, ahora se aprecia mejor su silueta con la opacidad del ambiente, entre húmedo y polvoriento; en medio de esa ilusión, la caja abierta y su terciopelo rojo fluorescente, la mira, tiene las manos juntas y reposadas en el borde de la mesa, un extraño impulso le hace coger pinzas y cúter, en ese preciso momento vuelve a ser el cirujano del Gran Chaco, el pateador nocturno del Teuquito en busca de su víctima, o quizá de su paciente; el carnicero de mortadela ido a más para coger serrucho y amputar algún miembro a la luz de hogueras, en aquellos chamizos de allende los mares. Pero la caja se deja, no hace falta trabajarse el mar océano para encontrar un paciente tan confiado. La tela gastada está fuertemente pegada al interior, después de aplicar paciencia y corte, va saliendo casi entero el terciopelo, éste no se halla adherido a la base, y allí, en ese fondo impoluto de plata vieja reside un papel doblado. No ha depositado aún el terciopelo en la mesa cuando el teléfono le asusta, “¿quién llama a estas horas?”, descuelga, “has tenido el móvil apagado todo el día, ¿qué te pasa Zenón?”, “casi me da un infarto”, “no será para tanto, dime que tal el viaje”, “bien y tú”, “todavía estoy en Portugal, quizá cierre una operación mañana, no te dije nada porque si no se gafa”, “ya”, “pasado mañana te veo, ¿estás bien?, te noto raro”, Zenón con ganas de acabar la conversación “estoy de puta madre, nos vemos, suerte”, “adiós Zenón, te noto raro”. Cuelga el teléfono aliviado. El pesado de Evariste se hace cada vez más insoportable, “Evariste y sus negocios” piensa en voz alta con una cierta sorna. Por un instante se ha olvidado del papel que había en el fondo de la caja, aunque no dejó de mirarlo sin mirar mientras hablaba por el teléfono. Despliega aquella cuartilla “L. Te lo mereces todo y te dejo lo que humildemente puedo, tengo que comunicártelo así para que nadie usurpe tu herencia. Cuando nadie te vea abre el cajón izquierdo de mi escritorio y corre su base desde abajo”. La gran sorpresa de Zenón es la nota escrita en castellano, eso le despista, el comerciante de Aveiro quizá compró la caja en España, o se la compró a otro anticuario portugués que a su vez la compró en España. Establece varias hipótesis que no llevan a ninguna parte. ¿Quién será “L”?. La mirada perdida entre aquellas paredes, recostado en el sillón de la mesa del gabinete, apaga la consciencia y sumerge su alma en las profundidades del sueño, la buhardilla queda silente acompañada por la luz en forma de gorro chino que rebosa la mesa e ilumina los zapatos gastados y brillantes de Zenón.

Al alba suena el gallo, un despertador con timbre rústico que tiene el vecino que linda por detrás del trastero, Zenón despierta y en la somnolencia cree estar en el Chaco y recuerda con los ojos cerrados la gran orquesta de los gallos y los perros que pululaban a su aire por las calles de Rivadavia, aquellos madrugones para ir a cortar árboles al Teuquito, desbrozando los madrejones de algarrobos y palosanto. En el Chaco la medicina daba para poco y Zenón tenía que tirar de hacha o motosierra, en el fondo era el mismo oficio, cirugía mayor la que infligía a unos bosques diezmados, maltratados desde hace un siglo por la codicia de los blancos y después por la pobreza. Y de los humedales al aserradero, a seguir esparciendo viruta, nieve parda en el calor del Chaco; sudado y sucio, a penas cruzaba el umbral del barracón Mariela le abrazaba, casi desnuda, y lo arrastraba al catre, se había acostumbrado al olor de Mariela entre sudor y humo, su cuerpo marrón, delgado, de pechos grandes y duros, el bello sexo de sus axilas le acabó hechizando, ella siempre quería más y él llevaba a cuestas mucha cirugía, y terminaba siempre aquella sesión amatoria con temblor en las piernas, como ahora, al levantarse del sillón, la postura le juega una mala pasada, hinchados los pies y dolor en la espalda. Se mete en la ducha, “hoy abriré, aunque no me apetece”. Disfruta debajo del agua pensando en la nota de la caja, pero eso le provoca intranquilidad, un cierto frenesí, “¿por dónde empezar?”, atisba libertad, excusa para unas vacaciones. En su memoria hace presencia Manuel Tajaneiro, quiere saber que hubiera pensado, e intenta meterse dentro de aquel personaje al que cree conocer muy bien. Baja al trastero, enciende las luces, la mañana esta oscura, las nubes amenazan agua, abre el cierre de chapa y voltea el cartelito “abierto”, Zenón vuelve a ser el Zenón de los últimos años. Esa mañana los carrillones están roncos y los tintineos de las sonerías de mesa compiten con las paredes, en una lucha de músicas a las diez de la mañana. Los martes son propicios para el combate y éste no se hizo esperar. Suena la campanilla de la puerta, Zenón, sentado junto a la mesa camilla del fondo, divisa la entrada en el espejo colgado a su costado, en él la estancia es oblonga y las siluetas como flotando por el pequeño zoco, deja el cuaderno y su portaminas de plata encima de la mesa, se levanta con parsimonia, juguetea con las gafas mientras se apremia a dar los buenos días. “Me gustaría echar un vistazo” dice el visitante, y sin contestar Zenón le indica con la mano que adelante, vuelve a la camilla sin quitar ojo al cliente, en ese instante comprende que su tiempo en el trastero ha terminado, que se ha convertido en un tendero de bazar. La campanilla de la puerta le trunca su ensoñación, el cartero, y tiene que levantarse esta vez sin ganas. El día empieza a despejarse, apaga algunas luces del trastero, “¿ha visto algo que le guste?”, “sí, pero seguro que es carísimo”, “pregúnteme, se puede sorprender”, Zenón comienza a animarse, se acerca lentamente a aquel hombre de aspecto distinguido aunque algo astroso, pelo grasiento y la faz dura aunque su voz es agradable, hay melodía lo cual agrada a Zenón, ha aprendido con los años a catalogar a las personas por su timbre, su compás, sus pausas, su acertada o desacertada pronunciación, su acento, la cadencia del lenguaje, y sobre todo por los decibelios; no soporta un chillido, un pito, un siseo. “Me gusta ese espejo, ¿cuánto cuesta?”. “Precisamente ese no está en venta”. Después de un silencio “Vaya, se me anticipó alguien”, “no, no es eso, el espejo es parte de mí”. El cliente no acierta a entender ni contestar nada, se queda pensando y después dice, mirando el espejo, “creía que todo estaba en venta”, “y lo está, menos ese espejo, allí tiene otros dos”, “sí pero aquellos no tienen cornucopia, quiero este, además ofrece una ligera deformación, quizá debida a su curvatura, eso me gusta”. Zenón se enciende ligeramente en su interior, iba a despedirlo pero frena su instinto. Se da cuenta de que si vende aquel espejo retrocede en el viaje, se aparta del legado de Manuel Tajaneiro, aquel espejo son sus ojos cuando los párpados caen, es el ojo de pez desde la camilla, cuando se mira en él no se ve, ve a su maestro. “Le puedo vender el marco” dice Zenón, “no, lo veo como un todo, me gusta el cristal con sus motas de óxido, sus líneas de aguas y alguna burbuja descubierta”. Zenón comprende ahora que no es un cliente cualquiera. “Definitivamente no se lo vendo”. “Póngale precio”. Zenón se sienta sin contestar, aquel hombre le mira con fijeza, se vuelve en dirección a la salida, comienza a andar, su espalda es muy ancha, aunque delgado; de una cierta altura, el pelo graso oculta ligeramente el cuello del gabán, y Zenón pregunta lo que no acostumbra a preguntar “perdone, ¿cómo se llama?”, el hombre se gira de perfil, ahora se le pronuncian las entradas, su cabeza brilla como un cartón acerado, sonríe “Matías Marzol, volveré por aquí, me gusta este lugar, hasta la vista Zenón”, “¿me conoce?”, “de oídas, solo de oídas” dice aquel hombre con un pie en la calle, y Zenón queda bastante azorado. Pero será más tarde cuando piense en aquel sujeto, ahora tiene hambre, voltea el cartel “cerrado” y se marcha a comer a la farmacia que no es una farmacia.

III

Zenón recupera la memoria en el cuaderno veintiuno. Hay veces que esas impresiones se apelmazan con el relato del día a día, y escribe recordando sin dolor, pero con un cierto desconsuelo, el día en que su abuela la de Argüelles le llevó corriendo de la mano al lugar del miedo, y rememora la muerte de su madre, pero ¿por qué ahora?, quizá porque está a punto de cerrar la última página de su vida y lo sabe. Aquella mujer joven se dejó caer del viaducto de la calle de Bailén y su padre huyó sin dejar rastro, era el año cincuenta y nueve; aquel hijo único de nueve años, quedó prisionero de la mano de su abuela, jurándose a sí mismo que no volvería a sentir aquello, y aunque es verdad que Zenón fue un hombre arrojado y pocas cosas se le pusieron por delante sin que pudiera saltarlas, aquellos pensamientos fueron recurrentes a estas alturas de su vida. Anota con la letra menos apoyada y los rasgos estirados que la orfandad es una mera anécdota del destino, aunque es otra disculpa para evitar el sufrimiento. Su abuela cortó el pelo de su hija muerta, y lo guardó, como un macabro fetiche, en una bombonera de cristal, Zenón no logró nunca acostumbrarse a contemplar los cabellos de su madre sobre el mueble del salón, hasta que años después tuvo reaños para tirarlos al Manzanares. De su infancia y juventud poco más sabemos, porque poco dejó escrito, como si fuera un pasaje para olvidar.

Con dificultad traga saliva, en su cabeza continúa rodando el tiempo pasado, y sumergido en el Teuquito, echa de menos a Mariela, él que la tenía casi olvidada, comenzó a caminar por los esteros, ella corría casi desnuda, como siempre, allí estaban los dos entre cardones y vinales, y sumido en esta ensoñación mira la caja de plata, sabe que tiene un trabajo pendiente.

El miércoles no muy temprano entra Evariste en el trastero, eufórico, inflando el pecho la chaqueta abotonada parecía un globo, “¿qué tal llevas la vida?”, Zenón está tranquilo y afable, la vida le llevaba a él y se sientan junto a la camilla, allí están los dos chamarileros hablando de sus asuntos, de los últimos negocios, de la crisis, del exceso de vendedores y la escasez de compradores, de amoríos. Comienzan a recordar los años dorados de la venta, los viajes a provincias, las jornadas en París, en Lisboa, la visita a los mercadillos y algunos domingos en Madrid, el rastro. Aquellos tiempos no volverán, cuanto más dinero gastaban más negocio tenían. Evariste detenta una tienda en la calle de Toledo, en La Latina, allí está siempre Marcela una estudiante de arte, que se deja explotar más por seducción que por necesidad. Han pasado muchas mujeres por su tienda, “como Marcela no encontré ninguna, es lista y cariñosa”, así va transcurriendo la mañana y se marchan a comer juntos lejos del trastero; la farmacia que no es una farmacia queda huérfana de Zenón. A nuestro hombre le asalta la duda de contarle o no a Evariste la anécdota de la caja de plata, pero al final decide reservarse lo ocurrido, lo siente como algo suyo, íntimo. A los postres, recuerdan su primer viaje juntos a Lisboa, allá por el noventa y nueve, cuando pasó la euforia de la Expo y los precios se calmaron, en la ciudad del Tajo Zenón comenzó a saber de verdad sobre cerámica china, cenaba en Sintra con Evariste y Jorge Oliveira, un hombre de aspecto bondadoso entrado en años que había vivido mucho tiempo en Macao, dedicado al comercio de lozas. La terraza del restaurante Lawrence’s era ese sitio que igualaba en encanto y enigma a la heredada buhardilla, y en él los dos amigos escuchaban absortos las palabras de Jorge, les enseñó a distinguir los dos métodos de fabricación de la porcelana; antes, esa tarde en su tienda de Lisboa, en la Baixa, les animaba a tocar las piezas, que observaran sus diferencias al tacto, la “pasta dura” era fría, los rayados y pequeños desconchones revelaban en la superficie una pátina cristalina unida al vidriado, ésta correspondía a la primera época de fabricación de la porcelana, era una mixtura de vidrio en polvo y arcilla, luego les pasaba otra pieza y la tocaban con sensualidad, “esta es pasta tierna”, apreciaban que era granulada, el vidriado presentaba pequeñas grietas y estaba ligeramente decolorado, “es la más auténtica y original de China, tiene arcilla de caolín, piedra de china y piedra de feldespato”. Zenón se quedó hipnotizado contemplando un jarrón Imari, “en Japón también se hicieron maravillas, es uno de los jarrones más caros de la tienda” señaló Jorge con entusiasmo. Evariste, con esa tendencia natural hacia lo crematístico, preguntaba el precio de algunas piezas, ya sabía, más o menos, lo que iba a comprar. Fue después de la cena, en el restaurante del Hotel Lawrence’s, degustando un aguardente velha, cuando Jorge se desató en un discurso sobre la dinastía Ming y Quing, y la implantación de las marcas en la cerámica china, pero lo más interesante era el ojo del experto, cuando decía que no se debía tener en cuenta la fecha del reinado para datar una pieza porque algunos ceramistas cambiaron a su conveniencia el periodo para llevarlo a una época más floreciente, les decía que por este motivo, a veces es preferible datar cada época según los defectos que presentan las piezas, la calidad del producto, la caligrafía utilizada y los estilismos de cada periodo. Zenón comprendía que nunca llegaría a ser un experto en esa materia, pero con los años y el gusto por Portugal se hizo un gran conocedor y estudioso de la cerámica de Vista Alegre, en casi todos sus viajes al norte de aquel país no dejaba de visitar la fábrica en Ilhavo. Zenón escribía entre cada sorbo de aguardiente, dejándose envolver por el ambiente del hotel favorito de Lord Byron. Se acordó que Manuel Tajaneiro no pudo pasar de Sèvres o Chantilly antes de morir. Disfrutando de estos recuerdos se dan cuenta los dos amigos que se hace tarde, “deberías tener una Marcela, así tu local estaría siempre abierto”, pero el trastero era otra cosa, Zenón Torrecilla y aquel lugar eran uno. “Por cierto, ¿conoces a un tal Matías Marzol?”, “no me suena, ¿por qué?”, “es igual, nos llamamos”, “siempre con tus misterios, yo te lo cuento todo”, “Adiós Evariste”.


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