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Pelo bueno, pelo malo


Carmen L. Montañez



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Copyright © 2006 by Carmen L. Montañez

Copyright © 2006 by Terranova Editores, Inc.





Para Amarilis el tiempo había pasado, pero para su madre estaba estancado.


***


Estaba decidido. Se mudaría mañana.

—Me casé virgen, ¿oíste? ¿Cómo quieres que te lo diga? En jeringonza, chiyochimechica-chisechi-virchigen…

La hija y la madre rieron de la ocurrencia, pero ya Amarilis sabía por dónde venía su madre. Siempre así, cuando la madre comenzaba a hablar no había nadie que la parara, tenía la lengua montada en bolines. Hoy ya había comenzado con su tema preferido, la virginidad, que casi siempre comenzaba con la misma aseveración: si lo quieres creer, lo crees, pero te estoy diciendo la verdad.

Virgen, ¿me oíste bien?— dijo la madre cambiando a un tono casi de enfado—. Llevé traje blanco y corona de azahares sin ningún cargo de conciencia.

Como siempre, la madre de Amarilis cada vez que contaba esta parte de su boda arqueaba las manos sobre su cabeza para simular una corona invisible que Amaralis ya no se molestaba en mirar.

—Sí, te oí perfectamente— contestó Amarilis, sonriendo y con voz despreocupada, como si a ella le importara—. Yo tampoco tengo cargos de conciencia cuando llevo un traje blanco— añadió Amarilis, dándole la espalda con indiferencia.

—No te burles que tú sabes bien lo que quiero decir. Las jóvenes de ahora no tienen cargos de conciencia ni aunque maten a su madre de un susto. Se acuestan con el barrio entero y después se casan con el que más grande lo tenga o con el primero que le ofrezca matrimonio. Estos son otros tiempos.

Estaba decidido.

Hace meses, cuando tuvo la idea, no pensó en lo difícil que sería salir de esta casa donde había pasado su niñez, su adolescencia y ya había comenzado su vida de adulta. En este cuarto, donde había vivido toda su vida y cuyas paredes habían variado de color y de papel decorativo según ella fue creciendo. Conocía cada desperfecto de las paredes creados por el pasar del tiempo y los cambios de decorado que la madre había hecho con sus propias manos. Echaría de menos la ventana que daba al patio con vista al árbol de mangó y del cual ella se había columpiado verano tras verano. La ventana de persiana Miami que abría sus hojas con una manecilla que ella había estropeado en varias ocasiones y que su padre había arreglado sin protestar y para cuyos marcos su madre había cosido varios pares de cortinas a compás del desarrollo de su cuerpo: de ositos de ojitos achispados, de muñequitas preciosas rodeadas de florecitas primaverales, o flores rebosantes de colores y de alegría. Por aquella persiana había esperado ver llegar a los Reyes Magos cargados de regalos, sólo para ella. Un año recibió la muñeca más hermosa que Amarilis haya visto en su vida. Llevaba un traje en organdí rosado, un sombrerito en su cabeza de la misma tela con encajes blancos cubriendo unos bucles rubios y suaves, con unos zapatitos apretaditos y medias blancas. Su carita rosada tenía unos ojitos risueños colmados de alegría y en su boquita unos labios rojitos enmarcados en una sonrisa perpetua.

¿Dónde estará esa muñeca? ¿Por qué ella no sabe su paradero? ¿Adónde fue el Peter Pan con su traje de felpa verde?

Ningún otro niño en su barrio tenía un Peter Pan, vestido de héroe europeo con un sombrerito adornado con una pluma roja. Sólo ella poseía uno. Peter Pan envuelto en magia que no le permite ponerse viejo y podrá vivir para siempre en Neverland. Allá se transportaba Amarilis con Peter Pan, volando, casi siempre cuando los perros del barrio aullaban avisando que alguien iba a morir. Volando para vencer a muchos Capitanes Hook. “All you need is faith and trust… un poquito de pixie dust”. ¿Dónde estará ese polvito mágico que nunca Amarilis encontró? Seguramente junto al Peter Pan. En algún lugar. En Neverland. Ese fue el destino de muchos otros regalos que los Reyes le trajeron en diferentes años. Cuando niña, le intrigaba cómo era posible que entraran por aquellos espacios tan estrechos de las persianas, unos hombres barbudos, robustos, cargados de objetos. Claro, eran magos, como le explicaban sus padres, aunque ella supo la verdad el día que vio a su papá llegar en puntillas a su cuarto aquella noche de Reyes y traer la bicicleta que tanto ella anhelaba. Ella se quedó quieta en apariencia de dormida y cuando se levantó temprano ese día aparentó una alegría que no existía porque comprendió que había perdido su inocencia. Pero disfrutó mucho el que su padre le enseñara a correr su bici. Fueron bonitos esos días.

—Mami, no exageres. Porque me quiera independizar no quiere decir que tienes que hacer un análisis de todas las mujeres de este tiempo, no es para tanto.

No es que quiera analizar nada ni a nadie. Lo que te quiero decir es que ahora que te sientes mujer, quieres estar sola para hacer lo que te venga en gana. Como aquí, porque ésta es una casa decente, no puedes traer a tus amigos, o a tu amiguiiito, como le llaman ustedes ahora a los cortejos, pues ya la casa te queda chiquita. Pues claro, no puedes seguir mi ejemplo que me casé bien casadita. Cuando salí de la casa de mis padres me fui del brazo de tu padre, que Dios perdone, con mucho orgullo —decía la madre montándose en tribuna.

—Mamita, tú sabes que yo no soy así, que he tenido pocas relaciones amorosas que se pueden contar sin tener que esforzar la memoria. Se puede decir que en este aspecto mi vida ha sido aburrida, que no he tenido un novio que valga la pena. En otras palabras, no tengo suerte para el amor. Tú tuviste suerte que pudiste encontrar el hombre de tu vida, convivir y disfrutar con él años de alegría. Te puedes dar con piedras en el pecho, como se dice.

—Sí, ahora tienes toda la razón. Tuve suerte. Me casé con el hombre de mis sueños— dijo con voz triste, añadiendo—: sin importar que mi madre me decía que era grifo. Siempre recuerdo que un día me dijo, si te casas con ese hombre vas a peinar grifería…

—Ya ves que abuela tenía razón— dijo Amarilis mostrándole un mechón de su negro y rizado cabello.

—Pero, Amarilis, ¿a qué te refieres? Tu pelo es hermoso— dijo la madre acariciando con ternura el cabello de su hija.

—Porque me miras con los ojos del alma, pero algunas personas no lo ven así. Recuerdo un día cuando tenía alrededor de dieciséis años que un hombre, muy romántico él, me dijo como piropo “adiós, preciosa, con el pelo como pasas y no me miras”— dijo Amarilis con cierta rabia en la voz.

Olvida eso, no vale la pena recordarlo. Yo amé a tu padre tal cual era y por ti doy mi vida sin importar como tengas el pelo— dijo la madre con voz sincera.

—Pero… ¿dónde está mi Ricky Martin, mi Tom Cruise, mi Brad Pitt, mi Chayanne?— preguntó Amarilis para cambiar el tema.

—Bueno, mi’jita, si esos son los hombres que estás buscando, creo que nunca los va a encontrar. Tienes que aspirar a un hombre corriente pero con buenos sentimientos, un hombre hecho y derecho que…

—Estoy bromeando, Mami, tú sabes, es un decir…— le dijo Amarilis deseando cortar la conversación.

—Amarilis, mira que te quejas mucho de tu mala suerte, pero hay otros que han logrado encontrar el amor y lo inexorable se los arrebata— dijo la madre lista para contar una historia—. Por ejemplo, el caso de Julio Agosto, quien se quedó vestido con su traje de etiqueta mirando perplejo a su novia graciosamente recostada en un ataúd con su traje de novia y su corona de azahares, con su anillo de compromiso resplandeciendo en su dedo anular de la mano izquierda para llevarla a la iglesia a una ceremonia completamente diferente a la planeada. El joven más guapo y codiciado del barrio, viudo sin casarse.

—En este caso, Mami, ahora eres tú la que tiene toda la razón. Esta historia en una mujer es algo más verosímil; en un hombre, quizás menos frecuente. Pero lo que pasa es que a los hombres su machismo y el orgullo los repone y les da el valor que se requiere para seguir adelante…

—Amarilis, esta historia le puede pasar a cualquiera, no estés buscando excusas a tus malas decisiones.

Amarilis decidió callar y no contestar la argumentación de la madre porque no tenía sentido volver a la misma polémica de siempre. Se encerró en su cuarto.

Estaba decidido.

Se mudaría mañana.


***

El tiempo había transcurrido rápidamente para Amarilis. En aquel cuarto lloró la pérdida de su primer amor. Nunca comprendió por qué él le decía que no le dijera a nadie el secreto de que ellos eran novios. Ella se lo prometía cada vez que él se lo recordaba en las pocas veces que estuvieron solos. Fue un noviazgo de pocos días y de pocos besos —besos rápidos rodeados de miedos. Realmente no tenían mucho en común, como decía aquella canción que Amarilis gustaba tatarear en aquel tiempo, “mi piel y su piel nunca se llevaron bien”. Fue Amarilis quien tomó la decisión de romper la relación de distancia y secretividad.

Así fue y así paso su primer amor.

Evidentemente, pensaba Amarilis, su teens pasaron sin mayores acontecimientos.

Fue una adolescencia diferente a la de las jóvenes de hoy día. Hoy la juventud, se decía Amarilis, está desenfrenada. A ella le hubiera gustado haber tenido más libertad para compartir con las pocas amigas que tuvo, o ir a fiestas sin tantas amonestaciones y consejos. Pero claro, se decía, no envidiaba la juventud de hoy con todos sus aretes prendidos en la nariz, en la boca, en las cejas, en la lengua, hasta en sus partes púdicas; traspasado el ombligo mostrándolo como signo de triunfo o los cuerpos tatuados con flores, mariposas, escorpiones, signos chinos como marineros realengos. Por otro lado, sí les envidiaba la soltura y las oportunidades que tienen de tomar sus propias decisiones, el valor que tienen de decir no o sí cuando se amerita, y su forma maravillosa de desconocer el miedo.

Su madre, sin embargo, todavía la veía como una adolescente que necesitaba de su mano para guiarla por la vida, tomando decisiones por ella, queriendo pensar por ella. No, ya está bien, se dijo. De hoy en adelante ella solita se bastaba. Claro, no podía dejar abandonada a su madre y menos ahora que su padre había fallecido y la madre estaba enfrentándose a unos cambios inesperados. Nadie está preparado para perder un familiar tan cercano y menos cuando es una muerte repentina. Pero ella no se iba a morir, solamente se mudaría a un apartamento en un lugar cercano. Tal vez es prematuro dejar a su madre, pero ésta es una decisión tomada antes de su padre fallecer. Lo que no estaba previsto era que él muriera de un ataque al corazón, así, sin contar con nadie, sin avisar.

Ahora la madre estaba prácticamente poniendo la situación más difícil. La comunicación entre ellas se iba deteriorando y cada día que pasaba, especialmente desde que la madre tuvo conocimiento de sus planes, la situación era peor. La madre salía con unos argumentos que nada tenían que ver con la mudanza. La noticia de Amarilis la tenía desconcertada; estaba que no cuajaba y aprovechaba cualquier situación para decirle algo que la hiriera. Era simple: la hija deseaba una vida independiente. La madre no podía comprender porque en esta casa su hija tenía su cuarto con todas las comodidades posibles, podía usar el teléfono cuando quisiera, salir con sus amigas, usar su carro cuando lo necesitara, en fin, según la madre, lo que le faltaba era sarna para rascarse. Porque mira que ella y su difunto esposo se esmeraron por darle la mejor educación, la mandaron a un colegio católico donde todas las asignaturas, excepto la de español, eran en inglés, se habían preocupado por darle una educación que ellos no tuvieron, y ahora su hijita quería irse lo más lejos posible, sin importarle que su madre viuda se quedaría sola, se decía.

Insistiría. La haría entrar en razones para que se quede, pero si a pesar de todos sus ruegos ella decidía irse, la dejaría ir. Ya verá ella lo difícil que es la vida, se decía. Viviendo sola las cosas serán diferentes, quién le hará la comida y la cama todos los días y quién le lavará y planchará la ropa, ya verá, no es lo mismo llamar al diablo como verlo venir, se consolaba. No obstante, cuando su hija le dio la espalda y casi la dejó con la palabra en la boca, no pudo detener el recuerdo de su propio pasado.

Ella, también, tiempo atrás, tuvo que tomar una decisión irrevocable.

Tenía diecinueve años, con una figura esbelta, una piel lozana y facciones algo finas que le proporcionaban un perfil altanero para aquél que no la conociera. Después de terminar su escuela superior, simplemente, casi sin afán, trabajaba en una tienda de ropa de hombres de mediocre calidad. Allí conoció a Pablo. Desde un principio le aclaró que ella no lo vería en la calle, que tenía que ir a hablar con sus padres y visitarla en su casa. Pablo le aseguró que así haría. Fue su primer y único novio. Desde que llevó a Pablo a conocer a sus padres, ellos, aunque de forma sutil, se opusieron a esa relación, especialmente la madre. Desde un principio le advirtió que peinaría grifería en sus hijos, aunque el novio no era negro, sino un trigueño donde se notaba la mezcolanza de todas las razas. Hubo algunos enfrentamientos al ella tener que defender su amor por ese joven de campo, de manos callosas, pero amoroso, lleno de una espiritualidad que lo distinguía. Por otro lado, todas sus hermanas, en total cinco, les pareció un hombre guapo, aunque no refinado. Finalmente, él se ganó el cariño de los suegros y les prometió que su hija iba a salir casada de su casa, como se merecía. El día de la boda, ella vestida de blanco frente al espejo y su madre ajustándole su corona de azahares en su cabeza de pelo negro y lacio le dijo: “Amalia, hoy eres la más bonita de todas mis hijas”. Estas palabras bastaron para hacerla feliz y comenzar una nueva vida junto al hombre que iba a ser el padre de sus dos hijos.

Esta vida nueva como pareja comenzó en una casita en la Calle Los Ángeles en Santurce, muy cerca de la antigua vía del tren, la que para los años cincuenta el gobierno eliminó, tal vez a raíz del mejoramiento de carreteras en la isla y el aumento en la adquisición de carros particulares. La casa era sumamente pequeña, apenas para tres personas, pero con el tiempo, Pablo, con sus propias manos y esfuerzos, añadió cuartos, agrandó considerablemente la cocina, hizo una salita de estar y una terraza en la parte trasera de la casa donde solían pasar las tardes de bochorno. Luego, cuando el gobierno decidió construir el Expreso Las Américas, el cual daría comienzo a un expreso que cruza la isla de norte a sur, fueron expropiados y con lo que recibieron compraron una casa más moderna y espaciosa en una urbanización en Bayamón. Aquí vivirían el resto de sus vidas, hasta que la muerte sorprendió a Pablo. Pero entonces, la madre de Amarilis debía dejar marchar a su hija a una nueva vida. Asimismo, debía de aprender a manejar su vida de soltera nuevamente, alrededor de su hijo, quien tenía su vida enfocada en los estudios y una novia que lo acaparaba todo. Dolía, sí; pues, no era amiga de la soledad.

Era evidente que Amarilis valoraba todo lo que sus padres habían hecho por ella, pero sentía que ya era hora de irse, de alzar vuelo, de enfrentar la vida de otra manera, sin deberle nada a nadie de lo que lograra, y si fracasaba, pues pa’l carajo, seguir adelante, pero no tendría que dar cuenta absolutamente a nadie. Ya era una adulta y todavía no había encontrado a su pareja y, claro, no se iba a tirar a casarse con el primero que le saliera al paso. Pronto tendría treinta años. No. Prefería estar sola a estar mal acompañada. Entendía que no iba a ser fácil porque todo, hasta ahora, se lo habían dado masticadito, en su boquita de niña buena. Pero ya había que poner el punto final. Esto se acabó, se dijo Amarilis. Y se armó de valor y se lo dijo a su madre, aunque ya de antemano sabía cómo su madre iba a reaccionar. Tal vez, si su padre estuviera vivo la decisión de irse a vivir sola hubiera sido más fácil porque su madre no se sentiría tan sola. Pero no, la decisión estaba tomada, pa’l carajo los miedos y los consejos, era una decisión tomada antes de su padre morir y la iba a llevar a cabo aunque el espíritu de su padre la halara por las patas. Claro, estaría siempre pendiente de su madre. Además, su hermano vivía también en la casa y por lo que parecía estaría al lado de la madre por mucho tiempo porque era un poco vago, poco emprendedor y apendejao. Amarilis no iba a dar su brazo a torcer. Ya se le pasaría el berrinche a su mamita, aunque apreciaría que ella la apoyara en su decisión. Pero le dará tiempo al tiempo y como el tiempo sana las heridas, algún día su madre comprenderá su necesidad de tener una vida independiente, de irse sola a formar su futuro. Ella se decía que si todo le salía mal ella sería responsable, pero igual, si todo le salía bien ella se sentiría satisfecha. Y a volar pichón…


***

Aló… Hola, Mamita… Bendición…Sí, acabo de llegar… Te digo que todos los días no son iguales… que ¿por qué? … fíjate, hoy, por ejemplo, ha sido un día horrible. Me desperté tarde, la guagua pasó y no paró a pesar de que por poco me disloco el hombro tratando de hacerle señas al chofer para que parara. Para más, se me rompió uno de los broches del brassiere y, luego, en la oficina, buscando unos sobres en el armario se me desprendió el otro broche y me quedé con las tetas al aire… Pues claro que sigo tus consejos… Sí, sí... ¡Gracias a Dios que siempre tengo alfileres, imperdibles, aguja, hilo y hasta un dedal en la cartera como tú me has dicho!…Pero el colmo fue, cuando empezó a llover y se me encrespó el pelo después de haber pasado media hora tratando de estirarlo para que luciera lacio y sedoso…sí, fui al biuti… pero de nada me sirve pagar un montón para que me lo alisen porque cuando llueve y tenemos un día caluroso y húmedo el pelo se emperra y por nada se quiere mantener en su sitio, tú sabes... no hay moose ni spray que lo dome... ¡Qué día!… Después de todo, no ocurre lo que de verdad me interesa… que el condenao ése se fije en mí… sí, el casi vecino pues no vive tan cerca… sin embargo, lo vi haciéndole cucasmonas a la idiota de mi vecina… sí, sí, la misma... ¡Cómo si fuera una gran cosa! Es chumba y media puta… Bueno Mamita, debo calmarme, por lo menos estoy viva e indiscutiblemente ese tipo no es para mí… Eso es así… Mejor es que me ponga a hacer el ritual que encontré en la Internet… ¿Hechizo? No, no me gusta esta palabrita… pero es la que usan los que saben de estas cosas… Sí, sí, es que deseo encontrar al varón que le falta una costilla y esa costilla soy yo…Bueno, eso es lo que dice la Biblia… ¡Ah! Entonces, ¿no eras tú la costilla que le faltaba a Papi?… Esto es un vacilón, Mami, no lo cojas a pecho… Sí, claro que respeto la Biblia… bueno, pero como te dije, voy a seguir las instrucciones al pie de la letra ¡para atraer perspectivas idílicas!… a ver si algo se pega… tú sabes que no he tenido un novio que valga la pena… ¿Quién? ¿Miguel, el que estudiaba para ingeniero?… Pero bendito Mami, es una buena persona pero no recuerdas que salió del closet y ahora vive con otro…desde que estoy trabajando no he podido conocer a un hombre que merezca mi respeto y mi amor, el que no tiene dinga tiene mandinga… en este aspecto me parezco a ti, pues soy bastante exigente… Bueno, bendición y llámame mañana que me gusta oír tu voz, aunque tú no lo creas… cuídate… sí, sí, no te preocupes que yo no olvido de ponerle el seguro a la puerta… Te lo agradezco… Que descanses…


Con toda franqueza, debo reconocer que mi Mami me hace falta, coño, pero ni modo, tenía que independizarme… ya soy una adulta y ella me trata como a una nena… yo sé cuánto le dolió mi mudanza… la pataleta que formó no tiene nombre… por eso no le dije nada a principios de comenzar mis planes de mudarme porque hubiera formado una pataleta todos los días y tal vez me habría mudado antes sin planear todo perfectamente como lo hice… que si por qué no puedo vivir con ella, que lo que pasa es que quieres independizarte para salir con mengano y perencejo, aquí estás cómoda, como ahora ganas buen dinero no necesitas de mí, ahora que estoy vieja me dejas sola cuando más te necesito… y dale con el culo al seto… si la hubiera escuchado, nunca me hubiera mudado y la cantaleta hubiera sido una letanía insoportable… Bueno, deja relajarme y empezar con la primera parte del hechizo… mejor dicho, ritual. Es jueves, con luna creciente, aunque no la he visto pero el almanaque dice que es luna creciente y yo lo creo y estoy en la primera hora después del crepúsculo. Prendo mi velita color morado, para seguir las instrucciones. ¡Aaah! Necesito la fuente de agua. Aquí detrás de la vela. Así. Todo frente al espejo… el agua, la vela y yo que me pueda reflejar en él. Según las instrucciones, debo concentrarme en mi belleza y estar completamente desnuda… se me hace un poco incómodo el mirarme en el espejo desnuda, pero debo de seguir las instrucciones si quiero que surjan efectos positivos de estos hechizos. Tengo que concentrarme… mis ojos son color canela… ¡Oye! Échate pa’acá, que nunca los había visto así… tan fijamente como para examinarlos… no son feos, bueno, la verdad, no son espectaculares… digo, no tienen ni gota de parecido a los de Sofía Loren… pero, ahí vamos… tampoco son tan feos que digamos… tienen un algo y cuando me maquillo y coordino la sombra con colores suaves y luminosos se ven presentables… los tonos tierra me van muy bien… sí, tengo que concentrarme en mi belleza… ¿Cuál belleza? Bueno… la que tenga, carajo… que no soy tan fea… tengo una nariz algo mixta porque a veces se me ve perfilada para los lados como dice mi mamá, medio chatita, dependiendo del ángulo, pero no es fea, no está aplastá como la de Celia Cruz… he aprendido a camuflajearla cuando me maquillo… mis cejas son abundantes, algo rizadas, las hubiera preferido más lacias… ya tengo algún crecimiento… sí, tengo que limpiarlas… en mi frente se me ve toda la raíz taína, tiene un ángulo hacia atrás que la hace amplia y me da un look de indígena que me gusta… mis pómulos también tienen algo mixto, un poco levantados como las mujeres negras y me dan una apariencia de una mujer fuerte y conquistadora… mis labios y mis dientes… no son perfectos, pero me gustan… los labios son carnosos, como quisieran tenerlos muchas modelos de ahora… yo no tengo que gastar en cirugías plásticas o inyecciones de colágeno para ponerlos gruesos, con mi bembita me conformo… tengo que ir a mi dentista a hacerme una limpieza en los dientes, pedir consejos para un blanqueador de esos que están de moda, digo, no están mal, pero pueden estar mejor y ¿por qué no? yo me lo merezco… mis hombros son bastante cuadrados como dicen que tienen las modelos… y mis senos, no me había fijado, pero se ven firmes y miran directo al espejo con unos pezones rosados como deben de tener las mujeres que no han tenido hijos… ¡Hum! No están mal, y no me había fijado pero tengo un lunar en el derecho que lo hace verse interesante y le da gracia… ¡Ay, cará! Que me estoy convirtiendo en una Narcisa cualquiera… pero la verdad no estoy tan mal… mi vientre se ve plano y mis caderas se ven recogidas y me dan buena figura… en fin… que… ¡Me gustas, condená!, como me dijo el borrachón de mi vecino con cinco hijos… ¡San Alejo, aléjalo!… Mira, que me quejo de mi suerte… pero hay otras más feas que yo… como dicen, todas las mujeres tenemos algo bonito… yo sé que soy digna de tener un amor y tiene que aparecer algún marchante que me desee con todas sus fuerzas… porque… mirándome bien, no soy fea y tengo un cuerpo aceptable… no soy una Jennifer López, pero ahí vamos… mis muslos están firmes y las piernas un poco flacas pero como me dice el Arnold Schwarzenegger del gimnasio, si hago ejercicios las puedo mejorar… las piernas son importantes pero no tan importantes, me puedo poner minis y me veo bien… espejito, espejito, ¿quién es la más bonita? pues yo, quien va a ser, si no hay otra mujer en esta habitación frente a este espejo… creo que me estoy saliendo fuera del ritual. Ahora, así concentrada… a la oración… menos mal que no tengo que aprenderla de memoria porque no soy buena para memorizar… “Por la gracia del universo y por la abundancia del amor, declaro ser muy deseable y estar abierta a la mani… no, manu… no, no…muuniificennncia del amor que a mi alrededor está. El flujo del amor, del romanticismo y de la camaradería es eternamente abundante, y teniendo presente el bien mayor, creo y atraigo el enamoramiento”. Amén. Ahora… con las yemas de mis dedos me mojo mi cabeza, la boca y el centro de mi corazón, amén, amén, amén… ¡Jum! Como una trinidad… así soy, una trinidad y soy un solo dios dentro de mí misma… me imagino que esto es lo que quiere decir las instrucciones. Cuando llego a la palabra esa de muuuniiifiiicencia se me traba con manificiencia o munuficiencia, que sé yo, tengo que buscarla en el diccionario la próxima vez. Voy a llamar a Janina a ver cómo está… mi amiga que no sale de una para meterse en otra… a ver condená… contesta… suena pero no contesta, a lo mejor está putiando por ahí… ya es hora de que se compre un contestador automático… bueno, no voy a ver televisión, es tarde, mejor voy a acostarme… espero que mañana sea un día mejor… aunque debo de ver el pronóstico del tiempo para saber si mañana también va a llover… ¡Ay, no lo puedo ver por la mañana cuando me levante!… Si llueve, me recojo el pelo y así me evito la rabieta conmigo misma y toda mi raza… Creo que mejor voy a tratar de teminar la novela de Gioconda Belli… ¡Uf! ¡Qué sueño! Y tan interesante que está la trama de la novela, una mujer revolucionaria, pero ¡una indígena reencarnar en un árbol de chinas!… ¡Qué ocurrencia! Voy a llamar a Janina otra vez… su número de teléfono tiene una combinación interesante…


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