Excerpt for Atrapados por el vicio by Andrés Casanova, available in its entirety at Smashwords


Novela policíaca postmoderna

Atrapados por el vicio

Andrés Casanova

©Editorial Emooby, 2011

Atrapados por el vicio

By Andrés Casanova

Published by Editorial Emooby at Smashwords

©Copyright 2011 Editorial Emooby




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Table of Contents

Atrapados por el vicio

Acerca del autor

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Atrapados por el vicio

Andrés Casanova

Novela policíaca que posee dos ingredientes fundamentales en el mundo postmoderno de hoy en el cual el tiempo no abunda: brevedad y concisión. Sin embargo, ninguna de las dos condiciones antes dicha le restan al texto la intensidad que requieren estas obras del llamado género negro.

En esta novela, el oficial de la policía cubana Félix Ramírez se propone evitar una matanza entre un grupo de delincuentes vinculados al mundo de la droga, muchos de cuyos integrantes fueron protegidos antaño por un oficial corrupto, y durante el curso de sus investigaciones descubre hechos sorprendentes

Transcurre en una pequeña ciudad cubana de la zona oriental del país, desde la que el lector se adentrará por medio del relato en una realidad marginal de esta nación caribeña de la que muy poco se habla.

Dedico esta novela a Giraldo Aice, escritor que como yo vive en Las Tunas, porque me facilitó el núcleo de la historia y yo la reinventé como una trama fabular desde el punto de vista del ficticio capitán Félix Ramírez.

Acerca del autor

Andrés Casanova (Las Tunas, Cuba, 1949). Narrador, poeta y crítico literario. Escritor de guiones radiales dramatizados. Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Fue seleccionado al premio artístico-literario Catania Duomo 1995 auspiciado por la Academia Ferdinandea de Ciencias, Letras y Artes con sede en Italia. Aparece reseñado en el Diccionario Biográfico Internacional de Cambridge, Inglaterra. Es miembro del Consejo de Consultores del Instituto Biográfico Americano (ABI) con sede en Carolina del Norte, Estados Unidos. Textos suyos han sido publicados en revistas literarias de varios países y está antologado en Poesía Cubana Hoy, Editorial Grupo Cero, Madrid, 1995; Cuaderno de poesía, Editorial Sornabique, Béjar, España, 1996; A través del tiempo, Ediciones ALAN, Barcelona, España, 1996; De Cuba te cuento, Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2002. Reside en Las Tunas, Cuba.

Novelas publicadas con otras editoriales:

Hoy es lunes (Editorial Letras Cubanas, 1995); Tormenta tropical de verano (Editorial Sanlope, Las Tunas, Cuba, 2000; Ediciones Coyoacán, México, 2003; Editorial Emooby, Portugal, 2011); Las trágicas pasiones de Cándida Moreno (Editorial Sanlope, 2001; Editorial Emooby, Portugal, 2011); La jaula de los goces (Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2001; Editorial Emooby, Portugal, 2011); La fiebre del atún (Editorial Oriente, 2005); Las nubes de algodón (Editorial Sanlope, 2005) y No somos aquellos niños (Editorial Sanlope, 2007). Tiene inéditas otras novelas.

Libros publicados con EMOOBY:

Novelas: Tormenta tropical de verano (2011); Las trágicas pasiones de Cándida Moreno (2011); La jaula de los goces (2011); y Atrapados por el vicio (2011).

Libros de cuentos: Pequeñas historias memorables (2011)

Su novela inédita Onán en busca de la mujer perfecta fue seleccionada finalista en el II PREMIO INCONTINENTES DE NOVELA ERÓTICA que convoca Ediciones Irreverentes con la colaboración del programa Sexto Continente de Radio Exterior de España y Cambio 16. La obra La muerte de un tumbador, escrita en coautoría con el también cubano Giraldo Aice, resultó finalista en el I Premio de Novela Breve Oscar Wilde que convoca la misma editorial.

Sobre la presente edición digital:

©Andrés Casanova, 2011

©Editorial Emooby, 2011

ISBN: 978-989-714-063-1

Edición, diseño de cubierta y composición: Editorial EMOOBY

Capítulo 1

Jamás pensé utilizar los recuerdos para exorcizar a mis fantasmas, y es que en alguna medida la muerte de Armando del Real resume todas las muertes ocurridas a mi alrededor e incluso, aquellas lejanas a mí que no solo no pude evitar, sino también que no imaginé o por el contrario, ocurrieron porque otro como yo no supo (o no pudo) llegar a tiempo para que en ese instante al menos no sucediera. Aunque por supuesto, tampoco lloré por la muerte de Armando del Real.

Mi sentimiento de culpabilidad quizás fueron más bien mis estudios universitarios, porque según explicaba en sus clases el doctor Abel Morales Azcuy, era una obligación inexcusable de la policía poner en conocimiento del fiscal los hechos apenas iniciara las actuaciones y además atenerse a los términos legales durante la etapa de las diligencias de prueba así como otros deberes que pasaban a segundo plano para mí cuando yo metía los ojos dentro de mi trabajo y no era capaz de sacar la nariz ni para respirar.

Basta de exordios y vayamos al grano, porque es la única forma que tengo de exorcizar esos fantasmas de que hablé y que todos tenemos, como me sugirió al que le dicen Santiago el Rojo aquella tarde que de manera encubierta fui con él a psicoanalizarme creyendo que sería la forma más directa de penetrar en el mundo de la droga en esta pequeña ciudad con ínfulas de ser grande.

Seis meses antes, llegué aquí cargado de ilusiones y de planes, pues después de graduarme en la academia de cadetes me mantuve en puestos subalternos hasta que concluí los estudios universitarios y entonces me decía a veces sin creerlo, o se lo confiaba a mi mujer cuando despertaba en las madrugadas y el insomnio me obligaba a acariciarla más allá del deseo, ¿te imaginas?; ahora soy un licenciado en Ciencias Jurídicas.

–Capitán –me dijo el coronel Altuna cuando me recibió en su oficina, amplia, amueblada con sillones donde uno se hundía y hubiese podido dejar allí todo el cansancio de noches sin dormir esperando algún alijo de droga en la costa–, a partir de hoy se hará usted cargo de los casos que venía llevando el teniente Lorié.

Así de manera tan simple me instalé en una oficinita que apenas rebasaba los cinco metros cuadrados, luego de haber entregado mis documentos oficiales en el área de personal.

Ahora tendría que preocuparme por el traslado de mi esposa y los niños hasta este lugar, un sitio que los habaneros llamamos el campo porque se sale de los límites de Ciudad de La Habana y desde luego, además lograr mis propias relaciones con mis futuros compañeros de trabajo, llegar hasta un mundo regido por leyes diferentes a las de la capital cubana, allá donde lo más importante es el dinero, al menos en el reparto residencial donde vivía con mi esposa y nuestros hijos.

Aquí, apenas llegué varios compañeros me dieron la bienvenida, expresando su voluntad de ayudarme en todo.

–¿Sabes lo que es todo? –me preguntó un capitán que dentro de unos días sería para mí simplemente Reutis–. Que si necesitas que te laven los calzoncillos también puedes contar con nosotros.

Rieron al ver la expresión de mi cara más apropiada para una recepción oficial que para un encuentro entre compañeros de trabajo durante el horario del almuerzo, y después Reutis me llamó aparte. Sus dedos gruesos parecían enormes plátanos y la piel no era tan negra como para que pudiera decirse que era negro, sino eso que de manera eufemística llamamos en Cuba un jabao. En fin, que más parecía una de esas figuras de santos deformes que venden los negociantes de la fe en Shangó y Obatalá que propiamente un oficial de policía.

–¿Ya Altuna se entrevistó contigo? –fue directo, sin rodeos, como me gusta a mí que sean las personas.

Le expliqué que si entrevistarse con alguien significaba una taza de café de por medio, brindar de una caja de cigarros Popular que no acepté porque no fumo y algunas palabras de aliento tan generales como preguntarme por la familia o interesarse acerca de cómo había dormido la noche anterior, entonces sí, el coronel se había entrevistado conmigo. Desde luego, yo cumplía con el principio de la compartimentación al no confiarle al capitán Reutis que con voz ordenadora el coronel expresó al final de nuestro encuentro, como para que no tuviera dudas fíjese bien porque luego no quiero rollos, lo único que usted tiene que hacer por el momento es evaluar la situación objetiva de la droga en esta ciudad.

–Altuna es una gran persona –rotundo, Reutis no me dejaba lugar para las dudas. El coronel llevaba cinco años aquí, y poco a poco fue acabando con ciertas prácticas que anteriormente llegaron a convertirse en algo tan normal como detener a un delincuente sin haber confeccionado el expediente o con el aporte de pruebas insustanciales. También cortó algunos procedimientos que ya eran rutinarios, como enamorar a la mujer de un detenido para precisar evidencias, llegarse hasta el lugar de los hechos y sembrar una buena cantidad de semillas de pruebas, la confianza excesiva en los agentes encubiertos y otras costumbres que fueron pasando de año en año por el tamiz de la indolencia sin que a nadie le importara. En definitivas, todos luchaban por el mismo propósito: acabar con la droga por el método que fuese necesario justificándose con aquella manida expresión de que el fin justifica los medios.

Altuna en cambio era un jefe apegado a los procedimientos legales y no admitía la desviación hacia el terreno de la ilegalidad que combatíamos por razones del oficio policial. Días después le escucharía decir esto en varias oportunidades, y fue precisamente esta manera torcida de proceder lo que había sacado de este lugar al teniente Lorié.

–¿Fueron esas las razones? –le pregunté interesado a Reutis al llegar a este punto de la conversación.

–Exacto –dijo mientras prendía un cigarrillo–. El coronel en casos como el de Lorié siempre es inflexible.

Nunca llegué a conocer en realidad al mencionado teniente, porque lo habían trasladado hacia un trabajo de poca importancia en otra provincia; sin embargo, en todo momento su actuación fue desde ese instante un referente de lo que jamás aceptaría. Tantos años estuvo Lorié en este lugar, que conocía con igual profundidad a sus informantes personales, a los asignados centralmente a la agentura y a los propios traficantes y consumidores. Muchos delincuentes pasaban frente a él una o dos veces al año, o los visitaba para convencerlos de que no continuaran relacionándose con alguno de los fichados, de tal manera que en una oportunidad compartía con cualquiera de ellos una taza de café, en otra un trago de ron, hasta que un día lo llamó a conversar Yiseldis Molina, alias El Guapo, un joven de apenas veinte años al que llamaban algunos de sus compinches El bárbaro de la yerba.

El Guapo sabía que a Lorié no le importaban los traficantes menores, porque para ir detrás de ellos tenía a sus agentes, ni tampoco los tramposos porque a esos los controlaba por mediación de sus informantes que habían logrado penetrar aquel mundillo de cosecheros y pasadores. A Lorié sólo le interesaban los que entre nosotros llamábamos los importantes.

“Mire teniente, yo sé que usted así vestido de civil puede conversar conmigo aquí en esta carpita mientras nos bebemos unas cervezas”, comenzó diciéndole Yiseldis Molina a Lorié según la versión que recuerdo narrada por Reutis, aunque advierto que otros oficiales lo contaban de diferente manera.

Al poco rato de haber comenzado a conversar, el teniente Lorié aceptó beber una cerveza Bucanero porque en realidad hacía bastante calor, y con lo que ganaba al mes apenas podía costear la manutención de los dos hijos del primer matrimonio y mantener a la familia actual con tres hijos más.

El Guapo también sabía que al teniente le perjudicaba que los volviesen a ver juntos, le dijo para tranquilizarlo cuando ya habían bebido lo suficiente como para tratarse de una manera parecida a la amistad. Sin embargo, de ahora en adelante sería un hermano de Yiseldis quien se encargaría de entregarle todos los meses esta ayudita.

Y mientras pronunciaba la última palabra, metió la mano en el bolsillo, la movió en un arco que parecía un intento de agresión y ya Lorié tenía de manera inconsciente la mano derecha al nivel de la cintura donde la Makarov de reglamento con una bala en el directo le daba cierta sensación de superioridad, cuando comprendió que no se trataba de ninguna agresión.

“Yo quiero fumar la pipa de la paz con usted, teniente”, sonrió El Guapo en el instante que depositó el sobre justo al alcance de la mano de Lorié y su sonrisa franca que mostraba unos dientes perfectos desarmó por completo las defensas del oficial.

Si después bebieron cinco o diez cervezas más, resulta irrelevante porque a fin de cuentas, yo soy de los que creen que un policía es un ser humano en nada diferente a cualquier otro, y si decide emborracharse esa es su propia decisión que a nadie incumbe. Incluso, el teniente hubiese podido echarse el sobre al bolsillo sin que le temblara la mano como le tembló cuando sus dedos oprimieron el paquete, o habiéndole temblado no atreverse a conocer su contenido antes de tiempo.

Mientras un rato después Lorié permanecía encerrado en el baño de la casa, la mujer le gritaba improperios. Borracho de mierda, descarado, parece mentira que salieras a las siete de la mañana en la motocicleta Ural para la Delegación Provincial y te aparezcas a esta hora sin importarte si los muchachos bebieron leche o tienen ganas de tomarse un helado aunque sea de los que venden en El Yumurí. Claro, con tus compinches siempre, esos policías de mierda con los que parece que resuelves todos los problemas, desayunas, almuerzas y comes en la Delegación como un rey y a nosotros que nos parta un rayo; pero lo que más me jode es que nunca habías venido borracho.

La mujer de Lorié se desgañitaba, y a él le temblaban las manos. Sabía que su deber resultaba inexcusable: esperar el día siguiente sin rasgar la tapa del sobre y llegar donde Altuna y decirle: “Coronel, necesito comunicarle algo de extrema gravedad. Los traficantes están tratando de comprarme”. Después, cuando llegara el momento del juicio contra Yiseldis Molina, alias El Guapo, podría testificar, responder las preguntas del fiscal y la defensa, aclararle algunos detalles al presidente del tribunal y sentirse orgulloso de no haber faltado al juramento que un día hizo ante la bandera cubana.

Sin embargo, allí recostado contra la pared del baño mientras las ofensas de su mujer atraviesan la puerta, el teniente Lorié rasga el abultado sobre porque está deseoso de descubrir qué precio le ha puesto El Guapo.

–Durante dos años –dice en tono conclusivo Reutis–, el teniente nos estuvo engañando. Hasta que...

–Se cumplió –lo interrumpo– una verdad bíblica que dice: “Nada ha de andar oculto que no sea en alguna ocasión revelado”.

–Exacto –sonríe Reutis–. Y entonces llegas tú a ocuparte de ese digamos... tumor... que Lorié ha dejado en activo, reproduciéndose más allá de la voluntad de Yiseldis Molina, al que no hemos podido todavía agarrar por el cuello.

Capítulo 2

Con el paso de los días mi vida comenzó a acomodarse. La compañía de Ana Julia y los niños en aquel apartamento de un edificio ubicado en el Reparto Las Cuarenta, rodeado de otros militares tanto de las Fuerzas Armadas como del Ministerio del Interior, ya me estaba haciendo sentir parte de esta ciudad cuya historia comenzaba a conocer en los matutinos diarios en la unidad, los programas de la emisora local y el telecentro que funcionaba durante dos horas al día.


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