Visiones del Abismo
Ramón Ramos
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Ramón Ramos
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La presente
recopilación de relatos es una obra de ficción. Los nombres,
personajes, lugares y sucesos en él descritos son producto de
la imaginación del autor. Cualquier semejanza con la realidad
es pura coincidencia. No está permitida la reproducción
total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático,
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sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros
métodos, sin el permiso previo y por escrito del autor.
1. Comida
2.La suerte consecutiva
3. Robots
4. Problema
nº6
6. Soy
Escorpión
7. La isla
8. Lo inmortal
9. El jersey de lana
10. Escritor
11. La cueva del sol
Comida
1
Me acuerdo de las
salchichas con Ketchup. Eran lo que más me gustaba. Aunque las
hamburguesas y el pollo frito también estaban muy ricos. Ahora que
nada de eso existe, retengo su sabor ya muy impreciso, pero sí tengo
grabada la sensación de regusto que se te quedaba después de
comerlos. ¡Qué tiempos! De lo que no me puedo acordar es de cómo
empezó nuestro fin, porque era un niño. Ahora tengo treinta y cinco
años, pero sólo soy un ciudadano. No tengo los datos, no tengo la
certeza, pero sí esa espeluznante incertidumbre que parece contagiar
a unos cuantos. La misma que me lleva a escribir aún sabiendo que
nada cambiará. Ni siquiera mi conciencia, ya que sobrevivir está
por encima de cualquier consideración.
He intentado informarme
pero hay tanta contradicción entre lo que dicen las hemerotecas y la
versión que se cuenta ahora, que no sé qué creer. Dicen que cuando
ocurrió todavía no sabíamos lo que se avecinaba, y no
comprendíamos el significado de las noticias. Eso tiene sentido,
pero los hechos que se relataban siguen siendo hechos. Ya sé que
estando en guerra la información se filtra y trastoca, y eso me da
aún más miedo.
Vacas locas, fiebre aftosa, peste porcina, gripe
aviar y hasta la H1N1; no sé, al final me parecen todo el mismo
nombre. He revisado los periódicos de entre los años 1999 y 2012, y
he comprobado que se solía quitar importancia a las informaciones
sobre esos brotes para tranquilizar a los consumidores.
Entonces yo vivía con mis padres y mi hermano Jaime, seis años
mayor que yo, en un piso del barrio de Chamberí en Madrid. Yo era un
crío más, entusiasmado con internet y los videojuegos, y Jaime, mi
héroe, ya mostraba interés por los grupos anti-sistema. Mis padres,
mucho más conservadores, veían aquellos escarceos con recelo, pero
lo interpretaban como una fase propia de su edad que pronto pasaría.
Nadie se esperaba, en esa extraña guerra del siglo XXI, ataques
desde frentes tan insospechados. Aunque llamarlo guerra es antiguo.
Los políticos lo llamaron terrorismo porque sus adversarios no
defendían una tierra en concreto, y extendían sus redes ajenos a
las fronteras. El objetivo era, según me contaba Jaime, provocar el
desmorone de la sociedad de consumo, del control del petróleo, de
las grandes empresas; sembrar el terror y la desconfianza. Se temían
los progresos nucleares de algunos países, o a los suicidas deseosos
de inmolarse con bombas en lugares de máxima afluencia pública.
Pero después, surgió el temor a que los terroristas tuviesen armas
bacteriológicas. Cuando los servicios secretos revelaron que el
enemigo podía disponer de este tipo de armamento, imaginamos la
muerte disuelta en aguas contaminadas con virus mortales, o flotando
llevada simplemente por el viento. Pero nadie relacionó las
epidemias en los animales de consumo con una ofensiva bélica.
Durante años se habían alternado distintos tipos de brotes: gripe
de los pollos, vacas locas, peste porcina... Eran apariciones más o
menos periódicas, y la gente se había acostumbrado a no darles
demasiada importancia. Ni siquiera la gripe que pasó a los humanos
fue de mucho alcance. Su auténtico efecto consistió en enriquecer a
los laboratorios que fabricaron la vacuna. Pero la verdadera alarma
surgió cuando yo tenía unos diez años. Esta vez los brotes de
virus fueron simultáneos en vacas, cerdos y pollos. Eran nuevos y
muy contagiosos, con numerosos focos en Asia, bastantes en América y
unos cuantos en Europa.
Mi madre me llevaba los sábados al
mercado municipal de Vallehermoso, y pude ver, semana a semana, cómo
la gente dejaba de fiarse. El pescado y las verduras se encarecieron
al ser lo único que se compraba. La poca carne que se ponía a la
venta con supuesta garantía, se pudría en los mostradores, mientras
que las conservas con fecha de envasado anterior al brote,
desaparecieron de los estantes de un día para otro. Algunas
pollerías y carnicerías cerraron.
Los animales se seguían
sacrificando por millones. En nuestra ingenuidad, pensábamos que
ningún grupo terrorista sería capaz de hacer algo que también les
afectase, pero nos equivocábamos de nuevo. Si eran capaces de
cometer tantos ataques suicidas, ¿porqué no esto? En realidad fue
muy sencillo; los primeros brotes surgieron de la compra, por parte
de los ganaderos, de partidas ilegales de piensos muy baratos. A los
terroristas les bastó ponerse en contacto con esas redes
clandestinas, y apoyarlas, ampliando su distribución, a cambio de
que mirasen a otro lado cuando inoculaban los piensos con esos virus,
que nadie supo nunca de dónde habían salido.
El caos surgió en
cuanto se relacionó las epidemias con el terrorismo. El desplome de
las bolsas fue, como siempre, instantáneo, y una crisis que disparó
el desempleo obligó a medidas más propias de una posguerra. Tampoco
ayudó que ya lleváramos unos años bajo otra crisis de carácter
financiero. Crisis sobre crisis. El mundo no estaba preparado para
soportarlo. Los gobiernos cerraron las fronteras a los inmigrantes y
los incidentes se multiplicaron. Escenas desesperadas y muertes
absurdas llenaban los informativos. Sin embargo, preferíamos esas
noticias a las de más enfermedades y sacrificios masivos de
animales, porque intuíamos lo que eso significaba. En algunos países
pobres se hizo imposible la incineración a tiempo del ganado, y la
putrefacción dio paso a plagas que también arrasaron entre las
personas. Las pobres, claro. Jaime me explicaba ofuscado estas
noticias, mientras mi padre, algo preocupado, le decía que exageraba
y que los gobiernos pondrían en orden la situación enseguida. Al
fin y al cabo, salvo la reciente variación de dieta en casa, las
cosas no habían cambiado aún para nosotros. Pensar que el problema
se escapase de las manos era algo inimaginable en nuestra sociedad,
tan avanzada. Mi padre protestaba un poco cuando en la cena aparecían
sardinas o judías verdes en vez de un filete. Los huevos tampoco se
podían comer, ni la leche y sus derivados, y desayunábamos con soja
y cereales.
Muy pronto la ganadería dejó de existir. La última
vez que fui al mercado de Vallehermoso con mi madre, todas las
carnicerías y pollerías tenían bajados sus cierres mudos y, a la
gente que iba a comprar, se la veía ansiosa y como perdida. No sé
muy bien por qué, pero sin venir a cuento había gritos y trifulcas,
que luego cesaban de golpe. Mi madre ya no quiso que la volviese a
acompañar.
Era una situación incómoda aunque tolerable, porque
decían que era temporal. Pero al cabo de cuatro meses, en febrero
del 2013, llegó un golpe muy bajo que nada tenía que ver con la
comida: una extraña epidemia que obligó a sacrificar a los animales
de compañía. Esta sí que se había propagado por el aire y parecía
afectar a perros y gatos solamente. Debía de ser muy infecciosa
porque no hubo perdón. El ejército se encargó de requisar todos
los animales y de incinerarlos en un fulminante plazo de dos semanas.
Tuvimos que entregar a nuestra gata Cleopatra enseguida, porque se le
empezó a caer el pelo y se quedó medio calva. Mi madre la cogió
con los guantes de cocina puestos, y la metió en la jaula que
usábamos para llevarla al veterinario. Después de entregarla, tuvo
que fumigar las habitaciones con un producto que olía muy mal.
Cuando llegué a casa después del colegio, la peste me hizo vomitar
y tuve que irme a casa de mi amigo Javi a dormir esa noche. Se dijo
que de no haber actuado con tanta rapidez, el virus se hubiese
extendido imparable a las personas. En los países pobres no pudieron
actuar con la misma prontitud, y murió aún más gente. Aunque nadie
prestaba atención a aquellas muertes lejanas, habiendo perdido al
mejor amigo del hombre en su propia casa.
Prescindir de gatos y
perros fue un golpe moral que dio origen a una larga agonía. Ni los
más pesimistas podían imaginar el declive que iba a suponer esa
pérdida en muchas personas; tan profunda era la relación que
teníamos con ellos.
Jaime se enfadaba por la importancia que se
daba a esta segunda epidemia, cuando decía que el peligro era que
nos muriésemos de hambre todos. Papá estaba siempre discutiendo con
él, y la reciente ausencia de Cleopatra junto a la dieta de pescado
y verduras, ya habían irritado el ambiente en casa haciendo que las
broncas saltasen a la mínima. Entonces yo me encerraba en la
habitación a jugar con la consola.
El terrorismo ganaba. En
realidad, hacía tiempo que había vencido. El miedo y la paranoia
sobre la seguridad ya había invadido todos los países. Hacía
algunos años que vivíamos casi en un estado policial, y el cúmulo
de atrocidades en los animales y la alimentación no hizo más que
empeorar esa situación. Se pensaba que las enfermedades no tardarían
en propagarse a los humanos, pero no fue así. En las personas se
controló para dar paso a una angustia aún más larga.
En
septiembre de 2013, yo empezaba la ESO, y lo que nos enseñaban en
clase ya no se correspondía con la realidad. Hubo muchos cambios, y
los alumnos de cursos más altos hablaban de caos y de un gobierno
incapaz de atajar la situación. Organizaban protestas no autorizadas
a las que siempre iba mi hermano. Les comprendí mejor cuando mi
padre se quedó sin trabajo y apenas recibió ayudas por desempleo.
Durante unos meses lo pasamos muy mal en casa, pero no peor que
cualquiera de nuestros vecinos, y acabamos por acostumbrarnos a una
forma de vida muy austera. En cualquier caso, aquel fue el disparador
que enemistó del todo a mi padre y mi hermano, quien se marchó de
casa para irse con unos okupas. Varias semanas más tarde, mi padre
encontró una actividad que le procuraba ingresos, pero no era un
trabajo, y en casa me hicieron jurar que si alguien me preguntaba,
diría que seguía desempleado. Hacía algo ilegal, pero nunca me
contaron qué. A partir de ahí, sin Jaime y con el secretismo de mis
padres, me enteré menos de lo que pasaba en el mundo. Durante unos
meses lo agradecí.
Al cabo de año y medio hubo otra
ofensiva. Aparecieron esos virus desconocidos que eliminaban todo
bicho viviente. Los periquitos, canarios, hámsteres, o ratones, que
habían sustituido en las casas a perros y gatos, aparecieron una
mañana tiesos en el fondo de sus jaulas. Recuerdo aquel día
perfectamente. Iba al colegio y me encontré la calle sembrada de
palomas y gorriones muertos que apartaba a patadas. En clase nos
dijeron que no los tocásemos, pero en el patio, después de que el
conserje hubiese retirado los cadáveres, a mi amigo Javi le cayó
del cielo una paloma muerta y le hizo una herida en la cabeza. Todos
nos reímos y enseguida nos volvieron a mandar para adentro. Javi
murió al cabo de una semana. La sangre de la paloma se había
mezclado con la suya infectándole. Su nombre se añadió al de una
larga lista que se recitó con solemnidad en la televisión
autonómica y en la radio. Después de aquello no volví a jugar con
la consola. Mi vida había sufrido demasiados cambios y no podía dar
de lado a la realidad. Prestaba atención a las noticias y visitaba a
mi hermano en la casa okupa de turno cuando podía. A veces le decía
que me dejase quedarme con él, pero siempre acababa convenciéndome
para que no lo hiciera, diciendo que mis padres no soportarían tener
a sus dos hijos fuera de casa.
Los nuevos virus eran letales
únicamente para los animales. La gente no moría al respirarlos. En
las ciudades no vimos mucho porque ya sólo quedaban aves, pero al
parecer fue el brote más grave, porque acabó con casi toda la fauna
salvaje: los pájaros, los anfibios, muchos reptiles, casi todos los
mamíferos terrestres, y multitud de especies de insectos. Hubo
muchos animales que no parecían estar afectados directamente, pero
el desequilibrio que generó la extinción masiva acabó con la
mayoría de ellos. Los depredadores se habían quedado sin sus
presas, y se había roto la cadena alimentaria por tanto sitios que
era imposible recuperarla. La vida vegetal también sufrió por la
misma causa. Los animales que se encargaban de hacer que muchas
plantas y árboles germinasen, habían desaparecido haciendo que
estos también se extinguieran. Afortunadamente las plagas no
llegaron a las aguas, y aún teníamos las generosas provisiones del
océano para alimentarnos.
Daba la impresión de ser
demasiado tarde, aunque nadie en su sano juicio podía pensar que la
vida animal sobre la tierra estuviese afectada de forma definitiva.
Pero así era. Solo algunos reductos en las selvas profundas parecían
mantenerse ajenos, aunque el hombre entró en ellos y arrasó con lo
que quedaba. La tierra había llegado a un punto sin retorno.
Jaime había viajado a muchos sitios protestando, haciendo huelgas de
hambre, y cosas por el estilo. Como su actitud catastrofista siempre
había anticipado la realidad, se convirtió para mí en un verdadero
profeta, y comencé a escuchar sus previsiones como si fuesen ya
hechos. Cuando me dijo que el mundo estaba a punto de acabarse, le
creí.
Las ratas sobrevivían de forma asombrosa, y allá
donde el hambre acuciaba se las comieron. Pero tenían enfermedades
que transmitían a quienes las consumían. Y eso hizo que incluso
ellas acabaran por mermar su población. Las cucarachas y otros
bichos así, parecían resistir. De hecho, enfrente de casa, en un
local cerrado que antes había sido una carnicería, los bomberos,
alertados por los vecinos, entraron forzando el cierre para
encontrarse con una colonia de cucarachas que salían a borbotones de
las baldosas rotas, y se extendieron por la acera como una inmensa
mancha negra. Tuvieron que acordonar la zona para quemarlas con algo
parecido a un lanzallamas. Incluso desde la distancia de nuestro
balcón, ver la escena respirando el hedor achicharrado, es una de
las sensaciones más repulsivas que recuerdo. Supongo que a todo el
mundo le pasaría lo mismo, porque el pánico y un desconocido
instinto de supervivencia hizo que acabásemos con todos los nidos
que había en el país, y de paso con las ratas también. Y aunque en
el tercer mundo también se consiguió lo mismo a posteriori, las
epidemias habían hecho que para entonces su población humana
hubiese menguado más de la mitad.
Las noticias
comenzaron a ser más escasas, y la información bastante
contradictoria. Las cadenas privadas de televisión ya no existían y
sólo estaban las estatales y las autonómicas. Con las emisoras de
radio pasaba algo por el estilo, y los periódicos redujeron su
tirada y algunos cerraron. Jaime participaba en una gacetilla que se
distribuía de forma ilegal. Fue detenido un par de veces y estuvo en
la cárcel durante casi un año. Mis padres apenas hablaban de él.
En realidad apenas hablaban. En silencio, nos reuníamos alrededor de
la mesa para comer legumbre, pasta, arroz, o verduras. Y cuando nos
queríamos dar un festín, comíamos pescado y fruta también. Mi
madre quitó los geranios del balcón y plantó tomateras.
Siguiendo la estela de mi hermano, yo me había unido a las protestas
que organizaban los estudiantes, aunque al final encontré más útil
acudir a los locales de voluntariado, en donde siempre faltaban
manos.
Se intentó controlar la pesca, pero casi todos los
países se saltaban los acuerdos. Era un “sálvese quien pueda”,
y en aguas internacionales las capturas extinguieron a los cetáceos
y al atún rojo, aunque pronto se arrasó con mucho más. Las
técnicas de pesca prohibidas eran las más utilizadas, y las
reservas y santuarios marinos fueron aniquilados. Se recurrió
entonces a la pesca en aguas profundas, y durante algún tiempo los
peces abisales fueron una parte importante de nuestro sustento, pero
aquello se acabó tan rápidamente como había empezado. Algo más
tarde llegó la fiebre de las piscifactorías, pero tampoco estaba
ahí la salvación ya que los peces también comen, y no era fácil
alimentarlos. Se intentó cebarlos con varias especies de insectos
que habían logrado ser inmunes, y el éxito fue relativo. Incluso
desde Asia se trajo la moda de comer saltamontes fritos y cosas así.
Pero a la gente le daba asco, y tampoco eran carne. En bolsas como
las de los gusanitos se vendían los “crujis”, un variado de
bichos. A mí la verdad es que me gustaban, y los he seguido comiendo
desde entonces.
Había gente que moría por enfermedades
derivadas de la malnutrición. En el mundo civilizado la situación
era caótica, pero al menos había algo que comer. En el tercer mundo
la gente perecía sin esperanza. Hubo numerosos conflictos de
intereses, incluso entre países aliados, y muy pronto cada uno se
replegó para atender sus necesidades más acuciantes. Incluso la
Unión Europea fue congelando temporalmente acuerdos entre sus países
miembros, hasta dejar prácticamente de existir. En el momento en el
que el mundo necesitaba estar realmente unido, nos dividíamos aún
más.
El terrorismo había sido un suicida. Su propio
triunfo acabó con él, y con el resto del mundo. La extraña guerra
terminó. Terminó con todos nosotros. Las prioridades habían
cambiado. Las grandes empresas se habían ido a la quiebra; las
medianas y las pequeñas también. El sistema económico dejó de
existir tal y como lo conocíamos, e incluso en algunos lugares se
desconfió tanto del dinero, que se volvió al trueque. Había tal
confusión que se decretó el estado de sitio en muchos países,
incluido el nuestro, y los soldados armados se convirtieron en parte
del paisaje urbano. Mi hermano llevaba varios meses fuera de la
cárcel y parecía que no se metía en muchos líos, pero el día que
vinieron a casa varios soldados con miradas huidizas, diciendo que a
Jaime le había alcanzado un disparo fortuito mientras se dispersaba
una protesta ilegal, mi mundo se vino abajo por completo. Y a pesar
de todo, creo que el de mis padres también. Le enterramos todavía
incrédulos, y a partir de entonces las noticias del mundo me
llegaron como con un eco sordo. No me interesaba nada, pero el aire
en casa era ya irrespirable y sabía que si no salía de allí
pronto, me hundiría con mis padres.
La agricultura se
convirtió en la base de nuestro sustento. Toda superficie de siembra
era poca, y el terreno se resentía. Nadie quería pensar a unos años
vista, y las cosechas eran cada vez más pobres debido al esfuerzo al
que se sometía a la tierra. No había barbecho y los potentes
fertilizantes dejaban el suelo casi inutilizable. Aquí en España
éramos afortunados. Al menos eso decían las noticias. Al tener
mucho terreno por habitante tocábamos a más. Las grandes ciudades
se quedaron vacías, y la gente volvió a los pueblos para trabajar
la tierra. Los jóvenes que iban a la universidad eran cada vez
menos. Había mucha necesidad y el campo demandaba una labor cada vez
mayor. Nos volvimos un país de labriegos. Labriegos sin tierra,
porque el estado requisó temporalmente la propiedad de toda
superficie cultivable para encargarse de su explotación.
Yo
tenía dieciocho años cuando ocurrió el gran éxodo. Había
intentado encontrar algún tipo de trabajo en Madrid, pero no había
nada. Mi padre se negó a que entrase en sus trapicheos, fueran los
que fuesen. Ser mayor de edad y no aportar nada en la casa me
resultaba una idea demasiado egoísta, y aunque hubiese deseado
seguir estudiando, decidí que lo mejor era marchar al campo en donde
el esfuerzo de mis manos me daría el sustento. Además deseaba huir
de cualquier sitio que me recordase a mi hermano. De entre las listas
de demandas elegí un pequeño pueblo de Logroño como destino, y
pensé en los espacios abiertos como en una nueva posibilidad de
ilusionarme.
Ante el hambre, se prohibió a la gente tener
hijos. Los que deseaban tenerlos debían rellenar una solicitud que,
tras ser aprobada, entraba en un sorteo, y solo una de cada diez
parejas era agraciada. Pero los niños no nacían bien. Algunos
estudios dijeron que la baja calidad de la tierra hacía que los
vegetales no fuesen suficientemente nutritivos. Mis padres me
contaron que mi prima Sonia, después de la alegría de ganar el
sorteo y poder quedarse embarazada, había dado a luz pero los
médicos ni siquiera le llegaron a enseñar a su hijo. Aparte de
algunas deformidades, parecía que el bebé no hubiese conseguido
sobrevivir por problemas con su corazón. Si no conseguíamos alguna
solución, en pocas generaciones nos convertiríamos en la sombra de
lo que nuestra especie fue. Los más pesimistas hablaban del fin de
la raza humana.
En una visita que hice a mis padres a Madrid
un año más tarde, me encontré con una ciudad fantasma que me
recordaba demasiado a mi hermano, y decidí no volver. Ya nadie
pensaba en esos ancianos muriendo solos a diario, sin un animal que
les acompañase, y con una pensión reducida hasta no permitirles
nada. Ni en ese mundo que tan solo unos años atrás se había hecho
pequeño gracias a internet y a las comunicaciones, y que de repente
se volvía de nuevo remoto y distante. Ya ni siquiera nos fiábamos
de nuestros vecinos ¿por qué íbamos a fiarnos de los franceses o
los portugueses? Y menos de los americanos o los ingleses. Los
marroquíes ya no tenían sitio aquí, y a los sudamericanos
conseguimos echarles casi por completo. Los pocos que quedaron
camuflaron su acento y su apariencia como pudieron porque se les
miraba mal. Eso sí, nuestra mierda se volvió valiosísima por ser
el único abono natural disponible, y comenzamos a llevarla a unos
depósitos para canjearla por cupones.
Tres años después
de aquello nuestra vida había cambiado en todo. Y sin embargo es
sorprendente ver cómo incluso en la adversidad, la gente se
acostumbra a cualquier situación. A pesar de lo irrecuperable, en la
calle se respiraba normalidad. La mayoría estaban satisfechos al
sentir que, más o menos, habíamos dejado de ir a peor. Los
adolescentes más jóvenes vivían contentos y sin lamentarse al
apenas ser capaces de recordar una vida distinta. Especulaban sobre
cúales eran las tierras a las que se irían al ser mayores de edad,
mientras comían “crujis”. Las pocas personas mayores que
quedaban eran las que más sufrían. Muchos hubiesen dado lo que
fuera ya no por un filete, sino por tener de nuevo un perro o un
gato, por ver a los gorriones sobrevolar el cielo, o incluso a una
maldita rata merodeando entre la basura. Pero no quedó nada. Nada.
Después de tocar fondo sólo se puede subir, y eso es lo que
ocurrió. Las noticias hablaban tímidamente de la recuperación
genética de las especias con las que solíamos alimentarnos. Al
parecer las enfermedades continuaban en el aire y el agua, por eso se
hicieron proyectos para la construcción de unas granjas
completamente herméticas y aisladas, en las que criar todo tipo de
ganado. Se hablaba del precio desorbitado que tendría la carne. Se
iba a poder consumir al principio el equivalente a un filete por mes
y persona. Pero eso era lo de menos; ante el panorama que teníamos,
cualquier mínima esperanza como esa nos hacía felices. El miedo
ante la pobre dieta de verduras y hortalizas que consumíamos fue
desapareciendo, y sentimos que de nuevo repoblaríamos la tierra.