Excerpt for Visiones del Abismo by Ramón Ramos, available in its entirety at Smashwords

Visiones del Abismo

Ramón Ramos 


Copyright © 2010 Ramón Ramos

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La presente recopilación de relatos es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares y sucesos en él descritos son producto de la imaginación del autor. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia. No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del autor.

1. Comida



2.La suerte consecutiva



3. Robots



4. Problema nº6



6. Soy Escorpión



7. La isla



8. Lo inmortal



9. El jersey de lana



10. Escritor



11. La cueva del sol



Comida

1

Me acuerdo de las salchichas con Ketchup. Eran lo que más me gustaba. Aunque las hamburguesas y el pollo frito también estaban muy ricos. Ahora que nada de eso existe, retengo su sabor ya muy impreciso, pero sí tengo grabada la sensación de regusto que se te quedaba después de comerlos. ¡Qué tiempos! De lo que no me puedo acordar es de cómo empezó nuestro fin, porque era un niño. Ahora tengo treinta y cinco años, pero sólo soy un ciudadano. No tengo los datos, no tengo la certeza, pero sí esa espeluznante incertidumbre que parece contagiar a unos cuantos. La misma que me lleva a escribir aún sabiendo que nada cambiará. Ni siquiera mi conciencia, ya que sobrevivir está por encima de cualquier consideración.
He intentado informarme pero hay tanta contradicción entre lo que dicen las hemerotecas y la versión que se cuenta ahora, que no sé qué creer. Dicen que cuando ocurrió todavía no sabíamos lo que se avecinaba, y no comprendíamos el significado de las noticias. Eso tiene sentido, pero los hechos que se relataban siguen siendo hechos. Ya sé que estando en guerra la información se filtra y trastoca, y eso me da aún más miedo.
Vacas locas, fiebre aftosa, peste porcina, gripe aviar y hasta la H1N1; no sé, al final me parecen todo el mismo nombre. He revisado los periódicos de entre los años 1999 y 2012, y he comprobado que se solía quitar importancia a las informaciones sobre esos brotes para tranquilizar a los consumidores.

Entonces yo vivía con mis padres y mi hermano Jaime, seis años mayor que yo, en un piso del barrio de Chamberí en Madrid. Yo era un crío más, entusiasmado con internet y los videojuegos, y Jaime, mi héroe, ya mostraba interés por los grupos anti-sistema. Mis padres, mucho más conservadores, veían aquellos escarceos con recelo, pero lo interpretaban como una fase propia de su edad que pronto pasaría.

Nadie se esperaba, en esa extraña guerra del siglo XXI, ataques desde frentes tan insospechados. Aunque llamarlo guerra es antiguo. Los políticos lo llamaron terrorismo porque sus adversarios no defendían una tierra en concreto, y extendían sus redes ajenos a las fronteras. El objetivo era, según me contaba Jaime, provocar el desmorone de la sociedad de consumo, del control del petróleo, de las grandes empresas; sembrar el terror y la desconfianza. Se temían los progresos nucleares de algunos países, o a los suicidas deseosos de inmolarse con bombas en lugares de máxima afluencia pública. Pero después, surgió el temor a que los terroristas tuviesen armas bacteriológicas. Cuando los servicios secretos revelaron que el enemigo podía disponer de este tipo de armamento, imaginamos la muerte disuelta en aguas contaminadas con virus mortales, o flotando llevada simplemente por el viento. Pero nadie relacionó las epidemias en los animales de consumo con una ofensiva bélica.

Durante años se habían alternado distintos tipos de brotes: gripe de los pollos, vacas locas, peste porcina... Eran apariciones más o menos periódicas, y la gente se había acostumbrado a no darles demasiada importancia. Ni siquiera la gripe que pasó a los humanos fue de mucho alcance. Su auténtico efecto consistió en enriquecer a los laboratorios que fabricaron la vacuna. Pero la verdadera alarma surgió cuando yo tenía unos diez años. Esta vez los brotes de virus fueron simultáneos en vacas, cerdos y pollos. Eran nuevos y muy contagiosos, con numerosos focos en Asia, bastantes en América y unos cuantos en Europa.

Mi madre me llevaba los sábados al mercado municipal de Vallehermoso, y pude ver, semana a semana, cómo la gente dejaba de fiarse. El pescado y las verduras se encarecieron al ser lo único que se compraba. La poca carne que se ponía a la venta con supuesta garantía, se pudría en los mostradores, mientras que las conservas con fecha de envasado anterior al brote, desaparecieron de los estantes de un día para otro. Algunas pollerías y carnicerías cerraron.

Los animales se seguían sacrificando por millones. En nuestra ingenuidad, pensábamos que ningún grupo terrorista sería capaz de hacer algo que también les afectase, pero nos equivocábamos de nuevo. Si eran capaces de cometer tantos ataques suicidas, ¿porqué no esto? En realidad fue muy sencillo; los primeros brotes surgieron de la compra, por parte de los ganaderos, de partidas ilegales de piensos muy baratos. A los terroristas les bastó ponerse en contacto con esas redes clandestinas, y apoyarlas, ampliando su distribución, a cambio de que mirasen a otro lado cuando inoculaban los piensos con esos virus, que nadie supo nunca de dónde habían salido.
El caos surgió en cuanto se relacionó las epidemias con el terrorismo. El desplome de las bolsas fue, como siempre, instantáneo, y una crisis que disparó el desempleo obligó a medidas más propias de una posguerra. Tampoco ayudó que ya lleváramos unos años bajo otra crisis de carácter financiero. Crisis sobre crisis. El mundo no estaba preparado para soportarlo. Los gobiernos cerraron las fronteras a los inmigrantes y los incidentes se multiplicaron. Escenas desesperadas y muertes absurdas llenaban los informativos. Sin embargo, preferíamos esas noticias a las de más enfermedades y sacrificios masivos de animales, porque intuíamos lo que eso significaba. En algunos países pobres se hizo imposible la incineración a tiempo del ganado, y la putrefacción dio paso a plagas que también arrasaron entre las personas. Las pobres, claro. Jaime me explicaba ofuscado estas noticias, mientras mi padre, algo preocupado, le decía que exageraba y que los gobiernos pondrían en orden la situación enseguida. Al fin y al cabo, salvo la reciente variación de dieta en casa, las cosas no habían cambiado aún para nosotros. Pensar que el problema se escapase de las manos era algo inimaginable en nuestra sociedad, tan avanzada. Mi padre protestaba un poco cuando en la cena aparecían sardinas o judías verdes en vez de un filete. Los huevos tampoco se podían comer, ni la leche y sus derivados, y desayunábamos con soja y cereales.
Muy pronto la ganadería dejó de existir. La última vez que fui al mercado de Vallehermoso con mi madre, todas las carnicerías y pollerías tenían bajados sus cierres mudos y, a la gente que iba a comprar, se la veía ansiosa y como perdida. No sé muy bien por qué, pero sin venir a cuento había gritos y trifulcas, que luego cesaban de golpe. Mi madre ya no quiso que la volviese a acompañar.
Era una situación incómoda aunque tolerable, porque decían que era temporal. Pero al cabo de cuatro meses, en febrero del 2013, llegó un golpe muy bajo que nada tenía que ver con la comida: una extraña epidemia que obligó a sacrificar a los animales de compañía. Esta sí que se había propagado por el aire y parecía afectar a perros y gatos solamente. Debía de ser muy infecciosa porque no hubo perdón. El ejército se encargó de requisar todos los animales y de incinerarlos en un fulminante plazo de dos semanas. Tuvimos que entregar a nuestra gata Cleopatra enseguida, porque se le empezó a caer el pelo y se quedó medio calva. Mi madre la cogió con los guantes de cocina puestos, y la metió en la jaula que usábamos para llevarla al veterinario. Después de entregarla, tuvo que fumigar las habitaciones con un producto que olía muy mal. Cuando llegué a casa después del colegio, la peste me hizo vomitar y tuve que irme a casa de mi amigo Javi a dormir esa noche. Se dijo que de no haber actuado con tanta rapidez, el virus se hubiese extendido imparable a las personas. En los países pobres no pudieron actuar con la misma prontitud, y murió aún más gente. Aunque nadie prestaba atención a aquellas muertes lejanas, habiendo perdido al mejor amigo del hombre en su propia casa.
Prescindir de gatos y perros fue un golpe moral que dio origen a una larga agonía. Ni los más pesimistas podían imaginar el declive que iba a suponer esa pérdida en muchas personas; tan profunda era la relación que teníamos con ellos.
Jaime se enfadaba por la importancia que se daba a esta segunda epidemia, cuando decía que el peligro era que nos muriésemos de hambre todos. Papá estaba siempre discutiendo con él, y la reciente ausencia de Cleopatra junto a la dieta de pescado y verduras, ya habían irritado el ambiente en casa haciendo que las broncas saltasen a la mínima. Entonces yo me encerraba en la habitación a jugar con la consola.

El terrorismo ganaba. En realidad, hacía tiempo que había vencido. El miedo y la paranoia sobre la seguridad ya había invadido todos los países. Hacía algunos años que vivíamos casi en un estado policial, y el cúmulo de atrocidades en los animales y la alimentación no hizo más que empeorar esa situación. Se pensaba que las enfermedades no tardarían en propagarse a los humanos, pero no fue así. En las personas se controló para dar paso a una angustia aún más larga.

En septiembre de 2013, yo empezaba la ESO, y lo que nos enseñaban en clase ya no se correspondía con la realidad. Hubo muchos cambios, y los alumnos de cursos más altos hablaban de caos y de un gobierno incapaz de atajar la situación. Organizaban protestas no autorizadas a las que siempre iba mi hermano. Les comprendí mejor cuando mi padre se quedó sin trabajo y apenas recibió ayudas por desempleo. Durante unos meses lo pasamos muy mal en casa, pero no peor que cualquiera de nuestros vecinos, y acabamos por acostumbrarnos a una forma de vida muy austera. En cualquier caso, aquel fue el disparador que enemistó del todo a mi padre y mi hermano, quien se marchó de casa para irse con unos okupas. Varias semanas más tarde, mi padre encontró una actividad que le procuraba ingresos, pero no era un trabajo, y en casa me hicieron jurar que si alguien me preguntaba, diría que seguía desempleado. Hacía algo ilegal, pero nunca me contaron qué. A partir de ahí, sin Jaime y con el secretismo de mis padres, me enteré menos de lo que pasaba en el mundo. Durante unos meses lo agradecí.

Al cabo de año y medio hubo otra ofensiva. Aparecieron esos virus desconocidos que eliminaban todo bicho viviente. Los periquitos, canarios, hámsteres, o ratones, que habían sustituido en las casas a perros y gatos, aparecieron una mañana tiesos en el fondo de sus jaulas. Recuerdo aquel día perfectamente. Iba al colegio y me encontré la calle sembrada de palomas y gorriones muertos que apartaba a patadas. En clase nos dijeron que no los tocásemos, pero en el patio, después de que el conserje hubiese retirado los cadáveres, a mi amigo Javi le cayó del cielo una paloma muerta y le hizo una herida en la cabeza. Todos nos reímos y enseguida nos volvieron a mandar para adentro. Javi murió al cabo de una semana. La sangre de la paloma se había mezclado con la suya infectándole. Su nombre se añadió al de una larga lista que se recitó con solemnidad en la televisión autonómica y en la radio. Después de aquello no volví a jugar con la consola. Mi vida había sufrido demasiados cambios y no podía dar de lado a la realidad. Prestaba atención a las noticias y visitaba a mi hermano en la casa okupa de turno cuando podía. A veces le decía que me dejase quedarme con él, pero siempre acababa convenciéndome para que no lo hiciera, diciendo que mis padres no soportarían tener a sus dos hijos fuera de casa.
Los nuevos virus eran letales únicamente para los animales. La gente no moría al respirarlos. En las ciudades no vimos mucho porque ya sólo quedaban aves, pero al parecer fue el brote más grave, porque acabó con casi toda la fauna salvaje: los pájaros, los anfibios, muchos reptiles, casi todos los mamíferos terrestres, y multitud de especies de insectos. Hubo muchos animales que no parecían estar afectados directamente, pero el desequilibrio que generó la extinción masiva acabó con la mayoría de ellos. Los depredadores se habían quedado sin sus presas, y se había roto la cadena alimentaria por tanto sitios que era imposible recuperarla. La vida vegetal también sufrió por la misma causa. Los animales que se encargaban de hacer que muchas plantas y árboles germinasen, habían desaparecido haciendo que estos también se extinguieran. Afortunadamente las plagas no llegaron a las aguas, y aún teníamos las generosas provisiones del océano para alimentarnos. 
Daba la impresión de ser demasiado tarde, aunque nadie en su sano juicio podía pensar que la vida animal sobre la tierra estuviese afectada de forma definitiva. Pero así era. Solo algunos reductos en las selvas profundas parecían mantenerse ajenos, aunque el hombre entró en ellos y arrasó con lo que quedaba. La tierra había llegado a un punto sin retorno.
Jaime había viajado a muchos sitios protestando, haciendo huelgas de hambre, y cosas por el estilo. Como su actitud catastrofista siempre había anticipado la realidad, se convirtió para mí en un verdadero profeta, y comencé a escuchar sus previsiones como si fuesen ya hechos. Cuando me dijo que el mundo estaba a punto de acabarse, le creí.

Las ratas sobrevivían de forma asombrosa, y allá donde el hambre acuciaba se las comieron. Pero tenían enfermedades que transmitían a quienes las consumían. Y eso hizo que incluso ellas acabaran por mermar su población. Las cucarachas y otros bichos así, parecían resistir. De hecho, enfrente de casa, en un local cerrado que antes había sido una carnicería, los bomberos, alertados por los vecinos, entraron forzando el cierre para encontrarse con una colonia de cucarachas que salían a borbotones de las baldosas rotas, y se extendieron por la acera como una inmensa mancha negra. Tuvieron que acordonar la zona para quemarlas con algo parecido a un lanzallamas. Incluso desde la distancia de nuestro balcón, ver la escena respirando el hedor achicharrado, es una de las sensaciones más repulsivas que recuerdo. Supongo que a todo el mundo le pasaría lo mismo, porque el pánico y un desconocido instinto de supervivencia hizo que acabásemos con todos los nidos que había en el país, y de paso con las ratas también. Y aunque en el tercer mundo también se consiguió lo mismo a posteriori, las epidemias habían hecho que para entonces su población humana hubiese menguado más de la mitad.   
Las noticias comenzaron a ser más escasas, y la información bastante contradictoria. Las cadenas privadas de televisión ya no existían y sólo estaban las estatales y las autonómicas. Con las emisoras de radio pasaba algo por el estilo, y los periódicos redujeron su tirada y algunos cerraron. Jaime participaba en una gacetilla que se distribuía de forma ilegal. Fue detenido un par de veces y estuvo en la cárcel durante casi un año. Mis padres apenas hablaban de él. En realidad apenas hablaban. En silencio, nos reuníamos alrededor de la mesa para comer legumbre, pasta, arroz, o verduras. Y cuando nos queríamos dar un festín, comíamos pescado y fruta también. Mi madre quitó los geranios del balcón y plantó tomateras.  
Siguiendo la estela de mi hermano, yo me había unido a las protestas que organizaban los estudiantes, aunque al final encontré más útil acudir a los locales de voluntariado, en donde siempre faltaban manos.

Se intentó controlar la pesca, pero casi todos los países se saltaban los acuerdos. Era un “sálvese quien pueda”, y en aguas internacionales las capturas extinguieron a los cetáceos y al atún rojo, aunque pronto se arrasó con mucho más. Las técnicas de pesca prohibidas eran las más utilizadas, y las reservas y santuarios marinos fueron aniquilados. Se recurrió entonces a la pesca en aguas profundas, y durante algún tiempo los peces abisales fueron una parte importante de nuestro sustento, pero aquello se acabó tan rápidamente como había empezado. Algo más tarde llegó la fiebre de las piscifactorías, pero tampoco estaba ahí la salvación ya que los peces también comen, y no era fácil alimentarlos. Se intentó cebarlos con varias especies de insectos que habían logrado ser inmunes, y el éxito fue relativo. Incluso desde Asia se trajo la moda de comer saltamontes fritos y cosas así. Pero a la gente le daba asco, y tampoco eran carne. En bolsas como las de los gusanitos se vendían los “crujis”, un variado de bichos. A mí la verdad es que me gustaban, y los he seguido comiendo desde entonces.
Había gente que moría por enfermedades derivadas de la malnutrición. En el mundo civilizado la situación era caótica, pero al menos había algo que comer. En el tercer mundo la gente perecía sin esperanza. Hubo numerosos conflictos de intereses, incluso entre países aliados, y muy pronto cada uno se replegó para atender sus necesidades más acuciantes. Incluso la Unión Europea fue congelando temporalmente acuerdos entre sus países miembros, hasta dejar prácticamente de existir. En el momento en el que el mundo necesitaba estar realmente unido, nos dividíamos aún más.

El terrorismo había sido un suicida. Su propio triunfo acabó con él, y con el resto del mundo. La extraña guerra terminó. Terminó con todos nosotros. Las prioridades habían cambiado. Las grandes empresas se habían ido a la quiebra; las medianas y las pequeñas también. El sistema económico dejó de existir tal y como lo conocíamos, e incluso en algunos lugares se desconfió tanto del dinero, que se volvió al trueque. Había tal confusión que se decretó el estado de sitio en muchos países, incluido el nuestro, y los soldados armados se convirtieron en parte del paisaje urbano. Mi hermano llevaba varios meses fuera de la cárcel y parecía que no se metía en muchos líos, pero el día que vinieron a casa varios soldados con miradas huidizas, diciendo que a Jaime le había alcanzado un disparo fortuito mientras se dispersaba una protesta ilegal, mi mundo se vino abajo por completo. Y a pesar de todo, creo que el de mis padres también. Le enterramos todavía incrédulos, y a partir de entonces las noticias del mundo me llegaron como con un eco sordo. No me interesaba nada, pero el aire en casa era ya irrespirable y sabía que si no salía de allí pronto, me hundiría con mis padres.

La agricultura se convirtió en la base de nuestro sustento. Toda superficie de siembra era poca, y el terreno se resentía. Nadie quería pensar a unos años vista, y las cosechas eran cada vez más pobres debido al esfuerzo al que se sometía a la tierra. No había barbecho y los potentes fertilizantes dejaban el suelo casi inutilizable. Aquí en España éramos afortunados. Al menos eso decían las noticias. Al tener mucho terreno por habitante tocábamos a más. Las grandes ciudades se quedaron vacías, y la gente volvió a los pueblos para trabajar la tierra. Los jóvenes que iban a la universidad eran cada vez menos. Había mucha necesidad y el campo demandaba una labor cada vez mayor. Nos volvimos un país de labriegos. Labriegos sin tierra, porque el estado requisó temporalmente la propiedad de toda superficie cultivable para encargarse de su explotación.
Yo tenía dieciocho años cuando ocurrió el gran éxodo. Había intentado encontrar algún tipo de trabajo en Madrid, pero no había nada. Mi padre se negó a que entrase en sus trapicheos, fueran los que fuesen. Ser mayor de edad y no aportar nada en la casa me resultaba una idea demasiado egoísta, y aunque hubiese deseado seguir estudiando, decidí que lo mejor era marchar al campo en donde el esfuerzo de mis manos me daría el sustento. Además deseaba huir de cualquier sitio que me recordase a mi hermano. De entre las listas de demandas elegí un pequeño pueblo de Logroño como destino, y pensé en los espacios abiertos como en una nueva posibilidad de ilusionarme.

Ante el hambre, se prohibió a la gente tener hijos. Los que deseaban tenerlos debían rellenar una solicitud que, tras ser aprobada, entraba en un sorteo, y solo una de cada diez parejas era agraciada. Pero los niños no nacían bien. Algunos estudios dijeron que la baja calidad de la tierra hacía que los vegetales no fuesen suficientemente nutritivos. Mis padres me contaron que mi prima Sonia, después de la alegría de ganar el sorteo y poder quedarse embarazada, había dado a luz pero los médicos ni siquiera le llegaron a enseñar a su hijo. Aparte de algunas deformidades, parecía que el bebé no hubiese conseguido sobrevivir por problemas con su corazón. Si no conseguíamos alguna solución, en pocas generaciones nos convertiríamos en la sombra de lo que nuestra especie fue. Los más pesimistas hablaban del fin de la raza humana.

En una visita que hice a mis padres a Madrid un año más tarde, me encontré con una ciudad fantasma que me recordaba demasiado a mi hermano, y decidí no volver. Ya nadie pensaba en esos ancianos muriendo solos a diario, sin un animal que les acompañase, y con una pensión reducida hasta no permitirles nada. Ni en ese mundo que tan solo unos años atrás se había hecho pequeño gracias a internet y a las comunicaciones, y que de repente se volvía de nuevo remoto y distante. Ya ni siquiera nos fiábamos de nuestros vecinos ¿por qué íbamos a fiarnos de los franceses o los portugueses? Y menos de los americanos o los ingleses. Los marroquíes ya no tenían sitio aquí, y a los sudamericanos conseguimos echarles casi por completo. Los pocos que quedaron camuflaron su acento y su apariencia como pudieron porque se les miraba mal. Eso sí, nuestra mierda se volvió valiosísima por ser el único abono natural disponible, y comenzamos a llevarla a unos depósitos para canjearla por cupones.

Tres años después de aquello nuestra vida había cambiado en todo. Y sin embargo es sorprendente ver cómo incluso en la adversidad, la gente se acostumbra a cualquier situación. A pesar de lo irrecuperable, en la calle se respiraba normalidad. La mayoría estaban satisfechos al sentir que, más o menos, habíamos dejado de ir a peor. Los adolescentes más jóvenes vivían contentos y sin lamentarse al apenas ser capaces de recordar una vida distinta. Especulaban sobre cúales eran las tierras a las que se irían al ser mayores de edad, mientras comían “crujis”. Las pocas personas mayores que quedaban eran las que más sufrían. Muchos hubiesen dado lo que fuera ya no por un filete, sino por tener de nuevo un perro o un gato, por ver a los gorriones sobrevolar el cielo, o incluso a una maldita rata merodeando entre la basura. Pero no quedó nada. Nada.
Después de tocar fondo sólo se puede subir, y eso es lo que ocurrió. Las noticias hablaban tímidamente de la recuperación genética de las especias con las que solíamos alimentarnos. Al parecer las enfermedades continuaban en el aire y el agua, por eso se hicieron proyectos para la construcción de unas granjas completamente herméticas y aisladas, en las que criar todo tipo de ganado. Se hablaba del precio desorbitado que tendría la carne. Se iba a poder consumir al principio el equivalente a un filete por mes y persona. Pero eso era lo de menos; ante el panorama que teníamos, cualquier mínima esperanza como esa nos hacía felices. El miedo ante la pobre dieta de verduras y hortalizas que consumíamos fue desapareciendo, y sentimos que de nuevo repoblaríamos la tierra.


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