El principio de educabilidad
Marisol Cabrera Sosa
©Editorial Emooby
El principio de educabilidad
By Marisol Cabrera Sosa
Published by Editorial Emooby at Smashwords
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Table of Contents
El principio de educabilidad como posibilidad de creación de cultura
1. Búsqueda de la genealogía del concepto de educabilidad
2. El principio de educabilidad y la transmisión del bien común
Puesto que no hay lecturas inocentes, empecemos por confesar de qué lecturas somos culpables (Louis Althusser).
Asumir la responsabilidad de prologar una obra de gran valía, supone un enorme desafío, que a menudo no es cabalmente dimensionado. Supone, ante todo, la opción por el lugar (rol y posición) desde el cual se introducirá al centro de atención e interés para el lector que –jamás debe olvidarse– es el texto que se presenta.
Hay pues, lugares que ni son ni pueden ser míos. Algunos en general, para ninguna obra. Otros en particular, dada las características especiales de este texto.
Uno lugar para mí siempre imposible, evidente tras la cita a Althusser, es la asepsia doctoral o alguna forma de pretensión de objetividad. La subjetividad franca y rigurosamente expuesta, explicitando los modelos lógicos y epistemológicos subyacentes, argumentada de acuerdo con ellos de forma sincera, y si cabe, ensangrentada y visceral, se me antoja la mejor vía para aportar desde el individuo al conocer colectivo. Y en todo caso, se aplica una razón de hierro: es la única manera en la que sé comunicarme. Por añadidura gratuita, se desprende que tampoco me competerá jamás, el prólogo magistral, el que deja duda sobre cuál de las plumas es la que reclama la mayor atención lectora. De hecho, si se me permite apelar al sentido del humor, creo que el mejor prólogo imaginable sería simplemente:
“Por favor lea con mucha atención esta obra. A mi me gustó mucho y creo que realmente vale la pena”.
Naturalmente, estoy resignado a que semejante acto de sencillez y absoluto despojo de adornos intelectuales, casi un gesto de budismo tibetano literario, no es compatible con las tradiciones editoriales y no caeré en la grosería de usarlo con nadie. Pero creo que ejemplifica mejor que nada mi rechazo al prólogo alambicado, erudito, deslumbrante. Favorecido por mi notoria ajenidad al menor riesgo de erudición o deslumbramiento, no estoy sin embargo exonerado de caer en abstrusas construcciones discursivas que pretendan sonar inteligentes. Pues no lo haré, ni me gusta, ni me parece buena práctica. Aceptando que no puedo recurrir a la parca modalidad tibetana antes enunciada, defiendo con firmeza al prologuista que se rehúsa a regar palabras innecesarias.
Otro sillón en el que jamás podría instalarme, es en el de prologuista sinóptico, el que resumidamente le avisa al navegante las mareas de ideas que habrán de desafiarlo a lo largo del texto, su dirección e intensidad. Tal práctica me parece una maravillosa manera de arruinar la deliciosa experiencia lectora. Tan sólo comparable, disculpando la ausencia de purismo intelectual, a mirar un partido de fútbol cuyo resultado y datos fundamentales se conocen de antemano, o a leer un thriller sabiendo que “el asesino, es Jack el forastero” (con la debida licencia de Les Luthiers).
¿Dónde quedaría la adrenalina, el desafío intelectual y hasta la seducción sensual del razonamiento, del pensamiento desarrollado y analizado de forma cautivante, si desde el prólogo se cantan las cartas para toda la partida?
Para mí, desde las lecturas de las que yo soy culpable, con el debido respeto a todo otro estilo y usanza, no hay otra manera de prologar que resonando armónicamente. No en vano la Matemática y la Música son mis dos mayores pasiones, vale decir. Me gusta entonces prologar acompañando y con espontaneidad, como en una buena jam session, desde lo irrepetible de lo que uno puede compartir específicamente en determinado momento y espacio. Sin la menor ilusión de perennidad, dejando que los acordes se busquen entre sí sin sobrecargarlos de pretensiones, y con el más cabal sentido de la intensidad del presente.
Puesto a prologar entonces, la imagen de mí mismo que se me antoja, es verme con un bajo eléctrico, o baby-bass, o contrabajo, al lado de un pianista que comienza a frasear en sus teclas. Mi cometido es captar su mensaje, no anticiparlo, ni interferirlo, ni molestarlo, sino complementarlo y apoyar el realce de lo que su propio mérito e inspiración justifican.
Imagíneme entonces haciendo las veces de una suerte de aprendiz de Jaco Pastorius o Cachao López, de Marcus Miller, Juan Formell o Abe Laboriel.
Aquí, el perlado sonido de las teclas, los silencios adecuados, los cambios de métrica, tempo y tonalidad, los marca Marisol Cabrera Sosa. Y lo hace magníficamente bien.
Deje pues a este humilde bajista solamente desarrollar su walking line, su apoyo armónico a la creadora de esta bella y necesaria pieza.
Si se pregunta a casi cualquier ser humano en este planeta UN tema de relevancia superlativa, casi seguramente responderá “Educación”. Si se le pregunta qué es “Educación”, el consenso será automáticamente pulverizado en millones de partículas más dispersas que el Cosmos tras el Big-Bang.
¿Desde dónde educamos? ¿Qué es educar? ¿Quién es “educable” y en qué sentido? ¿De qué manera y desde qué lugar se educa al educable? ¿Se educa desde el hoy, desde la prospectiva, desde el hoy preñado de futuro, desde la vana ilusión de un mañana en realidad subsumido en las cargas del hoy? ¿Se educa desde la sustitución o la revulsión? ¿Se educa o en realidad se participa de un complejo interrelacional llamado “educación”? ¿Se educa bajo o sobre la tensión clasista? ¿Se incide en ella? ¿Se interactúa dialécticamente con ella?
No sería difícil agotar una carilla con preguntas sobre qué es en realidad la tan “consensual” Educación, cosa de mostrar que lo unánime es una aspiración etérea, pero no ninguna suerte de proyecto medianamente factible. Los proyectos educativos –para mi subjetividad, desde las lecturas de las que soy plenamente culpable– son, como las clases sociales, a menudo antagónicas e irreconciliables. Lo cual no es forzosamente sinónimo de odios ni violencias, salvo para quien haya leído “La ideología alemana” buscando la sombra detrás de la luz, y no el candil del pensamiento más genuinamente vocacional del duro cometido de transformar la realidad.
Quien esto prologa es marxista, por si no se notara. Por ende admirador del genial Carlos Marx y también de Federico Engels. Pero de los que sinceramente cree que entre ambos lanzaron una piedra, en aguas que deberán ser soplada por millones de alientos, para que de aquellas ondas de la lúcida piedra original, surjan las fuertes corrientes que transformen al mundo de plano. De los que admira no lo acabado de su obra, sino la gran cantidad de puertas, persianas –y a veces ventanucos– que se encargaron de abrir para la Humanidad. Por ende, de los que cree que Engels, en su emoción admirable, exageró profundamente en algunos ítems en su célebre discurso ante la tumba del maestro de Tréveris. Por ejemplo y para hablar con relativa propiedad, cuando Engels atribuye a Marx descubrimientos originales en Matemática, no hay ni una pizca de evidencia que lo apoye, más bien absolutamente todo lo contrario. No hay el menor indicio tan siquiera de una mediana cultura matemática en Marx, por el contrario algunos comentarios y notas de su autoría sugieren más bien exactamente lo opuesto. Lo más profundo vinculado a la Matemática surgido del directo entorno de Marx son algunos sagaces apuntes del propio Engels en su “Dialéctica de la Naturaleza”, sobre el correlato filosófico de descubrimientos matemáticos más de un siglo anteriores al genial Carlos y al encomiable Federico. No hay omnisapiencia en la obra del homenajeado y de su compañero de a bordo, ni mucho menos. Más bien no hay conclusiones cerradas en la construcción marxista, hay sólidos elementos constructivos acompañando las máximas sublimes de que todo amerita duda y que nada de lo humano es digno de ajenidad.
Esta aparente digresión es para enfatizar que no es por los nudos que se atan, sino por las cadenas que se rompen, que un pensamiento amerita celebrarse. Y más por las conclusiones que se aportan, siempre discutibles, es por las discusiones que se abren y se ahondan que ha de apreciarse un texto. Pero también, dato nada menor, no es posible abordar cabalmente la Educación sin militancia en el mejor y más amplio sentido de la palabra.
Para quien como yo, a menudo transita los campos de la Ciencia y la Tecnología, a menudo contaminadas por su pretensión de impolutez, valga la paradoja, me resulta profundamente valiosa la siguiente cita
Los procesos de verificación y validación pueden ser puramente teóricos, pero nunca tienen lugar en un vacío, ni terminan en una mente privada, individual. El sistema hipotético de formas y funciones se hace dependiente de otro sistema: un universo preestablecido de fines en el qué y para el que se desarrolla. Lo que aparecía extraño, ajeno al proyecto teórico, se muestra como parte de su misma estructura (sus métodos y conceptos); la objetividad pura se revela sí misma como objeto para una subjetividad que provee los telos, los fines. En la construcción de la realidad tecnológica no existe una cosa como un orden científico puramente racional; el proceso de la racionalidad tecnológica es un proceso político (Herbert Marcuse. “El hombre unidimensional”, Editorial Ariel, 1984, p. 195, texto enfatizado por mí).
La Educación es cosa de militantes en el mejor y más amplio sentido. Para mi gusto, es cosa de gente que duda de todo y que no se permite sentir nada humano ajeno. Es lucha con las propias limitaciones, con las dificultades objetivas y subjetivas. Es lucha intelectual, social y política.
Marisol Cabrera practica esa forma de vida y expresión. Lo hace siempre, lo hace en este libro. Escribe con frondosa generosidad y particular esmero, puntillosidad. Refleja en cada frase un profundo respeto al lector. Trata sus frases como porcelana en la que le propone alimentarse al lector (que siempre es el lector el que elabora, el autor le aporta ingredientes). Deleita leerla en este texto que he tenido el honor de prologar. Pero también deleita esa actitud que trasunta. Esa duda tan respetuosa de los argumentos y posibles evidencias que sólo puede provenir de una luchadora incansable, dispuesta a cambiar el mundo entero si fuera posible (que necesario estoy seguro que lo es).
Al leerla, por un momento, me fui mentalmente a la tierra de mis ancestros. En el Port Vell de Barcelona, un muy digno edificio recuerda la historia de Catalunya. Mi apellido materno es Ferrer. Al recorrer cronológicamente la rica historia catalana, bajo la impactante cobertura sonora de “Els segadors”, el himno de Catalunya basado en las antiquísimas luchas campesinas, aparecían imágenes en blanco y negro, y mudas, de la ejecución de Don Francesc Ferrer i Guàrdia, fusilado por órdenes de Alfonso XIII. El ilustre Francesc Ferrer i Guàrdia, de quien recuerdos nutridos atesora la memoria familiar. La notoria última voluntad del ejecutado es que no se le cubrieran los ojos. Y murió con sus manos atadas a la espalda, pero de pie, mirando fijamente a los ojos de sus ejecutantes, que difícilmente hayan podido superar la humillación que con su mirada fija y decidida el condenado infringió a los verdugos. ¿La causa última de la ejecución? Que Ferrer era pensador y militante libertario, evidentemente, pero, sobre todo, que era un ilustre y subversivo pedagogo, el que en la “La Escuela Moderna” diagnosticara:
A nadie chocaba el absurdo dominante por la incongruencia que existe entre lo que se cree y lo que se sabe, ni nadie apenas se preocupaba de dar una forma racional y justa a la solidaridad humana, que diera a todos los vivientes en cada generación la participación correspondiente en el patrimonio creado por las generaciones anteriores.
Vi el progreso entregado a una especie de fatalidad, independiente del conocimiento y de la bondad de los hombres, y sujeto a vaivenes y accidentes en que no tiene participación la acción de la conciencia ni de la energía humana. El individuo, formado en la familia con sus desenfrenados atavismos, con los errores tradicionales perpetuados por la ignorancia de las madres, y en la escuela con algo peor que el error, que es la mentira sacramental impuesta por los que dogmatizan en nombre de una supuesta revelación divina, entraba en la sociedad deformado y degenerado, y no podía exigirse de él, por lógica relación de causa a efecto, más que resultados irracionales y perniciosos.
La reflexión sobre qué es educar, para qué, a quién, cómo, desde qué lugar, bajo qué modalidad relacional, ha costado ni más ni menos que pelotones de fusilamientos. Y siglos antes, hogueras. Y no me cabe duda que hoy en día, cuesta postergaciones académicas o mezquindades intelectuales. Es que no paga el cuestionar, paga el repetir, reproducir, perpetuar, consagrar. El poder buscar poder y continuarse a sí mismo. No busca ni aprecia cuestionamientos. Las palabras de Ferrer son muy antiguas en su estilo, en sus sesgos y giros, tanto lingüísticos como culturales, completamente propios a la época en que fueron escritos. Pero el fondo subyacente, el que decanta tras hacer abstracción de lo particular a la época y circunstancia, es de permanente validez. Como participa cada generación en el patrimonio de conocimiento generado previamente, como se empodera , lo legitima o cuestiona, lo transforma y direcciona, sigue siendo cuestión central, de profunda raigambre psicológica, sociológica, epistemológica y, obviamente, política.
En aquel encuentro en el Port Vell con el gesto particularmente bravío del viejo gran educador libertario, me invadió una inmensa y muy profunda emoción. Por razones de ligazón particular, naturalmente, pero por sobre todas las cosas, por el profundo compromiso, hasta el último instante, de Ferrer i Guàrdia con la Educación como acto político y por la política como terreno de Educación ¿Qué otra cosa que una clara exposición de una forma de morir con ejemplar dignidad, de transformar la derrota física en victoria moral y política, fue ese postrer gesto de mirada firme y valiente? ¿No fue acaso su último aporte, desprovisto de palabras, al intento de humanizar tanto la vida, como para no dejar descubierta ni siquiera la cruel muerte ordenada por un cobarde monarca ausente?