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Ctrl-Alt-Supr Reiniciar

Félix Acosta Fitipaldi

Ctrl-Alt-Supr Reiniciar

By Félix Acosta Fitipaldi

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© Copyright 2011 Editorial Emooby

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Table of Contents

INTRODUCCIÓN

LIBRo I

Fase Uno

Fase Dos

Fase Tres

Fase Cuatro

Fase Cinco

Fase Seis

Fase Siete

Fase Ocho

LIBRo II

Fase Nueve

Fase Diez

Fase Once

Fase Doce

Fase Trece

Fase Catorce

Fase Quince

EPÍLOGO

Breve biografía


A mi madre,

Por la luz y su paciencia de leer todos y cada uno de mis textos

y a mi padre,

por inducirme a la buena lectura

INTRODUCCIÓN

Año 2030 – El eficaz, el prodigioso y el díscolo

A diario, al atardecer, el viejo desciende las escaleras del torreón y camina por la arista oceánica de su reino insular. En ocasiones su nieta lo acompaña, platican, sonríen, y siempre les queda la sensación de que el recorrido ha sido demasiado breve.

Él sabe que desde hace un tiempo ella sueña. Una fotografía y algunas tele conferencias con cierto lejano joven la han dejado pensativa y distante, como si parte de ella estuviera en otro sitio. Por eso le aseguró que es bueno creer en los sueños y depende de cada uno que lleguen a ser realidad o permanezcan dormidos. Ella ha comprendido muy bien porqué lo dice: apenas toda esa isla. Así que también ella ha ido construyendo una fe, pequeñita al comienzo, inmensa ahora.

Este día ella no ha venido, y buena falta que le hace a este hombre distraerse con una buena charla. Cadenas de código de virus informáticos rebullen en su mente. Relámpagos que significan estrategias de ataque a software diverso, pero que también implican pavor y dudas por lo que está a punto de realizar desde su refugio, alejado del dinámico ajetreo de las grandes urbes. Por eso piensa en su nieta, para alejar tanta tormenta cerebral. Y ella, que esta vez no lo acompaña, ha quedado presa nada menos que de un computador, de un monitor, del par de ojos cándidos que la observan embelesados desde el otro extremo de un delgadísimo rayo. Es mi sangre. Y es el amor. Se dice el viejo mientras sonríe.

Pensar en el amor lo envuelve en recuerdos de su juventud y de aquella mujer incomparable que se le fue tan pronto. Le duele no haber sido más considerado, dedicarle más tiempo, acatar sus deseos aunque no fueran de su agrado. Como el del perro. ¡Ella adoraba a ese animal y no me importó! Quizás de haber traído alguno ahora mismo andaría saltando a su lado de aquí para allá; olisqueando las matas y las olas, rasguñando la arena, explorando la libertad que lo rodea. ¿Pero quién no comete errores?

Graznidos de gaviota lo distraen, le permiten evadir parte de su melancolía por unos momentos. Luego se consuela pensando que en un par de semanas todo estará resuelto. Para bien o para mal. ¿Unas semanas? Querido, mamá volverá en una semana. ¡Ven, demos de comer a las palomas! Es sólo una semana, una semana, una semana...

* * *

Ni siquiera en la noche profunda el silencio es absoluto en el hospicio psiquiátrico. Algún gemido o grito esporádico siempre recorre los corredores. El paciente vuelve a girar entre las sábanas y los momentos vividos ese día se retuercen pugnando por permanecer. No le resulta fácil mantener enfocada la mente en ellos, otras escenas le llegan en aluvión y lo intranquilizan, lo conmueven. No estoy loco. Es la humanidad quien ha perdido la cordura.

Ha visto lo que hará, se ha observado haciéndolo. Nada menos que ingresar furtivamente a la oficina del Director del Instituto Foucault. Pero no conoce el resultado de tal maniobra. Con seguridad nada grave pues se ha visto conversando con el comandante días más tarde y su actitud lo induce a suponer que su plan no ha sufrido ningún percance. Lo que sí tiene claro es que lo visto ocurrirá sin lugar a dudas. Si saber ese tipo de situaciones es estar loco he de aceptarlo: lo estoy. ¿Y qué con eso? Luego de que las percibo jamás cambia el rumbo de las cosas.

Dejando de lado esa idea recurrente sobre su salud mental decide que si no puede dormir tampoco se aburrirá como un insomne. Cierra los ojos y piensa en la violinista. Puede verla. Ella tampoco logra conciliar el sueño y es la única de su pabellón que no ha pegado un ojo. Antes de que apaguen las luces nuevamente ha desplegado sus cartas de tarot y otra vez el destino le ha indicado que un hombre la sacará de allí. Ahora piensa en él.

El desvelado abandona la vigilia de su amiga, sus cartones mágicos y su salvador desconocido, que bien sabe él de quien se trata. Falta poco para partir a la aventura y siente la adrenalina fluir por sus venas. ¿Eso es lo que no me deja dormir? ¿O los miles de ojos?

Alguna vez tuvo la sensación de que existen miles de ojos observando para él y a través de ellos puede conocer cuanto sucede, no sólo en cualquier parte sino también en cualquier época. El único problema es que no le permiten elegir ni tiempo ni lugar, las escenas sólo llegan y llegan como lluvia de imágenes, por lo general atroces. Empapan. El alma le queda aterida y no queda otra salida que intentar palpar la realidad, vivirla, sentirla, y relegar esas visiones todo lo posible con la esperanza de que algún día dejarán de venir. Acaso lo que inhibe mi sueño no se trate de miles de ojos sino de los millones de muertos. Porque no son los de antes, sino los de mañana.

Procura recordar alguna conversación con el comandante o la violinista, pensar en otros internos, en algún funcionario, quizás en el canto del mirlo de la otra tarde o el vuelo de la paloma de esta mañana. Finalmente y sin notarlo cae dormido sobre la contemplación de la paloma.

* * *

Aún no amanece. El estío se extiende sobre Pionera, ciudad insignia de Umbral. Sobre el edificio más alto una paloma observa al objeto estrafalario detenido contra el pretil. Es un conjunto de piezas de carbono, tubos, impulsos eléctricos y fluidos, coronados por una cabeza humana. Se trata de “La cosa”, modo en el cual se refieren a él los habitantes del mundo en la intimidad de sus vidas programadas. En las conversaciones protocolares el “Presidente del Consejo Superior del Planeta” es citado con nombre, apellido, y toda la consideración que semejante jerarquía merece.

El sujeto está orgulloso, ha logrado cuanto se propuso aún contra la providencia. Respira una bocanada de aire fresco y sus pulmones de plástico reaccionan dentro de su exoesqueleto. Lo tienes todo. Con un leve chirrido su mano articulada se apoya en la baranda. ¿O nada tienes?

La paloma abandona su altozano emprendiendo un lento planear hacia el este. “La cosa” percibe su vuelo y sus ojos al seguirla distinguen una figura sobre otro penthouse, unos cien metros más allá y algo más abajo. ¿Quién será? Allí residen los Athanaida. Su pensamiento es interrumpido por un rayo de sol que hiere su mirada. No lo molesta, tiene tan pocas sensaciones que todo estímulo sensorial lo reconforta. El astro rey asoma y ante su fulgor la paloma detiene su vuelo, posándose a escasos metros de aquella lejana silueta.

Es un muchacho que con frecuencia contempla el amanecer envuelto en una dolorosa melancolía pues se le dificulta el sueño. Está enamorado, pero no de una compañera de estudios ni de alguna prestigiosa heredera de su círculo tal como pretenden sus padres. No de alguien cercano y accesible a sus inmensas posibilidades: no. Él ama entrañablemente a una isleña, hermosa y distante, con la cual gracias a su abuelo ha podido conversar algunas escasas noches a través de la muy exclusiva y restringida Supranet.

Suspira. Sus diecinueve años lo traen inquieto: ha tomado una decisión difícil. Sus padres le impiden viajar pero él lo hará de todos modos. No ha sido fácil, no se trata de unas simples vacaciones, el mundo exterior está vedado a gran parte de los habitantes de las ciudades Umbral. Mas el complot está encaminado y comprende que una vez los engranajes lo impulsen poco probable sería la marcha atrás. Aun así, ignora cuánto se cuece tras bambalinas, circunstancias que no atañen sólo a su persona sino a todos los humanos.

Sobre el horizonte el sol se muestra ahora en todo su esplendor y da de lleno en el rostro del joven. El día estará cálido, más de eso no puedo adivinar... ¡Si pudiera ver el futuro! Absurdo, no podría, ha de existir sólo un ser en el mundo que puede hacerlo y no es él; es más, esa persona se halla en un internado psiquiátrico y quizás en ese mismo instante esté escudriñando los pensamientos del muchacho.

Descubre a la paloma, quietecita, viéndolo desde la distancia. ¿Conoces el futuro paloma? Es posible. ¿Por qué no? Nadie podría asegurar lo contrario. Por ello el ave levanta vuelo alejándose, como si se dirigiera con presteza a buscar el futuro demandado por el muchacho.

Y allá va, se pierde de vista. Quizás de encontrar el futuro rehuya transmitirlo, atónita y agobiada por terribles visiones. Pero es posible que al menos halle jirones de pasado flotando en la atmósfera y acepte luego divulgar cómo llegó hasta aquí la humanidad. Para no dejarla librada a su suerte quizás debiéramos decirle que todo comenzó hace varias décadas, allá por mil novecientos sesenta y nueve.

LIBRo I

Cuando encuentres la verdad, por favor ponle otro velo.

Siddartha Gautama

Fase Uno

1969 – Días iniciales

Adrián

Allá arriba el hombre había pisado la luna. Abajo, en alguna parte del planeta el festival de Woodstock marcaba un hito. Y en ese punto del globo donde el dictador Franco designa a Juan Carlos Borbón para sucederle apenas ha nacido, en Madrid alguno de esos días pero a las siete horas, Adrián Lazar, y la humanidad debiera tenerlo en cuenta.

A pesar de su juventud sus padres, Antonio y Pabla –una portuguesa cuya familia abandonó Lisboa huyendo de la dictadura de Salazar para caer en la de Franco– lograron ser buenos progenitores durante los primeros años de su hijo.

Luego transcurrió un lapso de tiempo durante el cual Antonio aceptó llevar corto el cabello y calzar traje y corbata. Cambió de trabajo varias veces, siempre para mejorar según sus propias palabras y pese a los gestos mordaces de su suegra. Él prefería pasar por alto semejantes exageraciones, sobre todo después que Pabla le transmitiera los comentarios de aquella luego de conocerlo:

–¡Ay Pabla me vas a matar! Ese novio tuyo es de esos melenudos que se bañan sólo cuando llueve y hacen el amor como los animales.¡Dios te cuide hijita! Para esto no vinimos a España.

Pabla por su parte asumió su maternidad con total amor y responsabilidad. Era muy feliz con la existencia que llevaba desde que ese pequeño solcito comenzara a iluminarla. Ambos entonces vivieron sus mejores días, llegando incluso a reconciliarse con sendas familias.

El pequeño sujeto era por demás exigente con las comidas a horario y tan majadero como para soltar el berrinche ante la mínima incomodidad del orín. En cambio resultaba demasiado tranquilo el resto del tiempo. Generó en sus padres una leve preocupación pues lo hallaban distraído, casi indiferente a movimientos, sonidos y colores. Pabla adelgazó y Antonio no lo notaba, ocupado como estaba en sus intentos de ser el mejor amigo de su hijo y el buen proveedor que pretendía su suegra.

Al ir creciendo, las demandas del niño fueron perdiendo impulso, se asentaba su personalidad y podía asegurarse que eran una familia feliz donde cada uno cumplía su misión en forma brillante. Adrián había cumplido los cuatro años cuando dejó de ver a su madre: –¡Volverá la semana próxima! –le decían.

–¿La semana que viene?

–¡Sí, pero ahora vamos a jugar! ¿Quieres ir a la plaza?

Durante toda su vida cada vez que Adrián oyera la frase “La próxima semana” un escalofrío le haría temblar las piernas. Recién en la adolescencia le preguntaría a Antonio la verdad sobre su madre y así se enteraría de que un tumor implacable se llevó a Pabla Pineca en un par de meses. Pese a eso si alguien le hubiese alertado que lo mismo le ocurriría con el amor de su vida no lo habría creído.

Tras la muerte de Pabla, Antonio quedó obnubilado, roto, muerto de algún modo él también. Lo tenía todo y el destino me lo ha partido a la mitad. Descuidó sus obligaciones y perdió el trabajo. Pasaba días enteros escuchando a “Ten years after” y por su causa todo el barrio había comenzado a odiar el rock and roll.

De Adrián se hacían cargo su abuela y su tía portuguesas. Ellas lo trataban con extremo cariño y celo aunque siempre entre comentarios mordaces: –Pobrecito... ¡Adónde podría llegar con la ración de padre que le tocó en el sorteo! –Le obsequiaban juguetes mecánicos que Adrián desarticulaba pues no le gustaba lo reiterado y monótono de sus movimientos, resultaba mucho más grato saber cómo lo hacían. Así que los desarmaba para buscarles el alma y a veces, cuando le resultaba interesante el desafío los volvía a componer, con frecuencia desalmados.

A los ocho años fabricó su propio pinball de mesa con pequeños motores extraídos de aparatos domésticos en desuso y juguetes desensamblados. El resultado nada habría de envidiarles a las máquinas electrónicas del Game Center de la plaza, allí aún no le permitían ingresar pero los había observado con detenimiento desde la ventana. Ufano lo mostraba a su abuela y le aseguraba que él sería un gran ingeniero del que ella habría de enorgullecerse.

Durante sus años de escolar Adrián tuvo pocos amigos. Uno de ellos, un marroquí callado y prudente que apenas participaba como testigo de los desguaces, se asoció a su empresa infantil de desmontaje de juguetes y reparaciones fallidas. Juntos hacían que los demás se admiraran de su inventiva. Así podían vengarse de quienes se burlaban de ellos por sus nulas virtudes físicas y ser tan torpes realizando actividades deportivas.

Entonces, en medio de una España eufórica que recobraba la democracia y transmitía al mundo “el destape” de sus libertades, Antonio decide emigrar a los Estados Unidos pues le resulta imperioso musitar un rezo ante la tumba de Elvis, su héroe desaparecido meses atrás. La madre y la hermana de Pabla no se lo harían sencillo, por lo cual demoró más de un año en juntar el dinero y ganarles un pleito por la tenencia del niño. Su idea inicial fue emigrar solo y por poco tiempo, pero la ansiedad de las mujeres en mantener al niño junto a ellas llevó a que Antonio dejara de lado todo resquicio pragmático para otorgarles un dudoso escarmiento.

Y allá fueron sin embargo y pese a todo una tarde lluviosa en la que por poco se cancela su vuelo. –Es el vergel de las oportunidades –decía Antonio a su hijo mientras acariciaba su cabeza a miles de metros de altura. El niño dormía.


Dennis

Mientras los Lazar volaban sobre el océano hacia los Estados Unidos, lugar percibido entonces como tierra promisoria, otras circunstancias se encargaban de ponerlo en duda. No siempre la realidad es acorde a las voces del viento. Muy poco aquí es éxito y fortuna. De esta forma pensaba Helena mientras dejaba a su pequeño hijo en casa de Lorna, su vecina, para salir a buscar su jornal.

Helena es la madre de Dennis Molini, el muchachito callado de la cuadra. Ella misma, una luchadora incansable, hormiguita laboriosa que tras un horario completo de mesera realiza la limpieza de un par de oficinas. Aunque el dinero nunca fue demasiado la falta de un hombre jamás se sintió en la casa.

Dennis no conoció a su padre pero hasta la adolescencia se le inducirá a esperar su regreso. Es un niño escuálido cuyo aspecto timorato hace pensar en una sana y buena educación. Durante las largas ausencias de su madre es atendido por Lorna, la vecina viuda y sin hijos que lo gobierna con cariño y regocijo.

Lorna, mujer sumamente devota, está convencida de que a veces su debilidad la entrega al demonio y el fuego del averno le sube por las piernas dejándola a su merced. Atrapada en una de esas tentaciones irresistibles había hallado la manera de apagarlas a expensas del niño que cuidaba.

Cuando el demonio al fin la deja en paz una culpa insoportable la acosa, por lo cual realiza actos de contrición consistentes en la formulación de avergonzados rezos, el encendido de velas e incienso y el suministro de purificadoras bondades hacia el niño. Persuadida de lo pecaminoso de los aborrecibles actos que comete lleva a su víctima a paseos expiatorios y dándole todos los gustos le explica lo conveniente de mantener en secreto los “jueguitos cariñosos”.

Pero en el colegio se aprenden cosas, algunas con los maestros y otras con los compañeros. Dennis entendió que aquellos eventos que piadosamente realizaba para Lorna eran tan terribles y maliciosos que lo llevarían de cabeza al infierno.

Anduvo indeciso lo que permitió la gula, pues temía quedarse sin paseos y chocolates, pero cuando ya no soportó la persecución de la culpa, lo contó a Helena entre sollozos. Como siempre, la responsabilidad última caía sobre los hombros de un fantasma: –¡Eso no hubiera sucedido de permanecer tu padre con nosotros! –decía Helena saliendo como llevada por el viento hacia la casa de Lorna.

Dennis de inmediato inició uno de los rezos que Lorna le enseñara pero a medio camino se detuvo, jamás volvería a hacer nada de lo que Lorna acostumbraba, ella sin lugar a dudas estaba poseída por Satanás, y él mismo, irremediablemente perdido. ¡Tan joven!

Lorna es una vecina amable, de esas que preguntan demasiado pero con las que es bueno contar y nos alerte si alguien merodea nuestra puerta. Creyente fervorosa colabora en forma activa cuando de recaudar fondos para la iglesia se trata; además, jamás duda en hacerse tiempo libre para cuidar enfermos o concurrir a los funerales y consolar deudos.

La mesera en cambio es una mujer mal agradecida, deja a su pequeño en otras manos para salir con sus novios. ¡Y ahora acepta las mentiras de ese niño! El muchacho es algo negado, comienza a ponerse rebelde y pretende quedar sin tutelaje. ¡Allá ellos pues! Que se arreglen solos. ¡Vamos, no llores Lorna querida que se me rompe el corazón!

Helena confiaba ciegamente en las palabras de Dennis, eso contribuyó a que éste superara sin mayores problemas el asunto, al menos en la relación con su madre: –No te preocupes, saldremos adelante pues ya eres todo un hombre.

Mas no todo estaba en su debido equilibrio.

* * *

Por el tesón de Helena y la docilidad de Dennis, efectivamente, salieron adelante. Años después y ya sobre la adolescencia Dennis volvió a preguntar sobre su padre: –Nunca vendrá. ¿Verdad?

–No.

–¿Por qué siempre alentaste mi esperanza, madre?

–Quería darte todas las opciones y tú eligieras una.

–¡Claro! Los que viven en la oscuridad hacen el mundo a su medida. Entiendo. Si bien es cierto que la vida suele ser cruel los sueños pueden ser perfectos. Puedo elegir entre la realidad o la fantasía y quedarme a vivir donde me sienta mejor. Está bien, lo haré algún día si de eso se trata.

Dennis no podía saberlo pero había emitido palabras proféticas. Así sería, en el futuro viviría varios años en el limbo incierto donde la realidad se oscurece. Por lo pronto faltaba mucho para que eso ocurriera.

–Tus sueños tenían parte de los míos y muchas veces soñamos juntos. ¿Irás a la universidad? Quisiera seguir soñando.

–¿Para qué? Según parece tu costumbre es soñar fracasos. Lo cierto es que no lo sé, antes cuando tenía dudas me preguntaba: ¿Qué me gustaría contarle a mi padre sobre este asunto? ¿Qué haría ese señor ante este problema? Y actuaba en consecuencia. Ahora las dudas se mantienen, aun cuando haga tal o cual cosa. Mi actitud es dejar que los hechos ocurran limitándome a observarlos.

–Creo que a él le gustaría que asistieras a la universidad y de seguro estaría encantado de que se lo contaras. Además, si se trata sólo de eso debes ir. No puedo solucionarte lo del padre, pero haré todo lo posible para solucionar lo del dinero.

A Dennis jamás se le quitó la costumbre de permitir que las cosas sucediesen, tal sería el anatema de su vida. Y lo del dinero no habría de resultar tan sencillo como Helena esperaba.

* * *

Cuando el bar donde trabajaba su madre cambió de manos se complicaron las cosas. El nuevo propietario pretendía que los servicios de Helena se extendieran con especiales características luego de bajar las cortinas, y la buena mujer sólo se acostaba con quien despertara su deseo.

–¡Tonterías que a veces tienen los muertos de hambre! –dijo el hombre al despedirla mientras ella salía dejando el delantal sobre una mesa.

Debieron mudarse a un barrio más económico y cuando Helena consiguió nuevo empleo Dennis pasaba el día solo. No conocía a nadie en la zona y se limitaba a ir al colegio y luego a deambular observando en silencio el ajetreo monótono y veloz de las calles grises. Pero allí, a la vuelta de cualquier esquina, un arlequín caprichoso llamado Destino lo acechaba disfrazado de tecnología.


Adrián

Los primeros tiempos de los Lazar en su nueva tierra fueron difíciles para ambos. Tuvieron dificultades con el idioma pero las superaron con rapidez. Antonio ayudado por las letras de las canciones con las que procuraba perder la audición y la necesidad de comprender los diálogos de “Ruta 66”, su serie favorita. Adrián por su juventud y una cualidad innata para los idiomas que se manifestaría a lo largo de toda su vida.

El muchacho mantenía su espíritu de explorador, que aún le impelía a meter las manos en las obras ajenas para descuajarlas en interesantes y enriquecedoras autopsias. Continuaba palpando y razonando las maquinarias y sólo con ellas no era introvertido y poco comunicativo. Tenía tendencia a quedar absorto, con la mente perdida en cuestiones vinculadas a las matemáticas y las ciencias, estimulando la facilidad que tenía hacia tales materias. Y como no olvidaba que su meta era ser un gran ingeniero, un triunfador capaz de enorgullecer a su abuela, le iba de maravillas en los estudios.

Antonio trabajaba la mayor parte del día. El resto de su tiempo bebía o desfallecía tras intensa actividad sexual, dando a pensar que llevaba intenciones de conocer a todas las mujeres de la ciudad. Con llamativa celeridad había abandonado los intentos de ser amigo de su hijo, mas para compensar su desidia le traía una madrastra nueva cada tantos días. Adrián las identificaría por sus gemidos nocturnos, entonces era cuando más unidos estaban pues desde su habitación los acompañaba intentando sus primeras autocomplacencias.

Ya más habituado a su nuevo entorno Adrián se entretenía al volver del colegio en el comercio de Miguel, un electricista cubano cálido y conversador. Allí se hacían fotocopias, se vendían revistas de electricidad, pornográficas y comics; había estantes con preservativos, baratijas chinas, refrescos y al fondo, unas máquinas tragaperras con las que Adrián aprendió a divertirse sin pagar.

Hizo buenas migas con Miguel y sus conocimientos de electrónica, campo que le atraía. Al mismo tiempo ganaba algún dinero ayudándolo o quedando al frente del negocio cuando el otro debía ausentarse. Pero lo que más repercutió en el resto de su vida fue conocer a Jonás un par de años más tarde, cuando terminado el colegio todavía no se decidía a trabajar y apenas conseguía unas monedas con el cubano.

Jonás era algunos años mayor que Adrián, venía por revistas específicas que abría de inmediato dando la sensación de que los ojos no le bastaban para verlas, luego se quedaba conversando sobre sus trucos con los teléfonos y su amor: una rudimentaria computadora.

–Hardware es la parte física, tangible, mensurable, de un computador; es semejante al “cuerpo” de la máquina, compuesto por la tecnología disponible –explicaba Jonás al muy atento muchachito, mientras Miguel cohonestaba sus dichos como si realmente conociera de qué iba la cosa. –Software, por otro lado, son los programas, el conjunto de órdenes que hacen que el hardware funcione, el “intelecto” o “pensamiento” de la máquina.

Jonás afirmaba muy ufano haber adquirido con el fruto de sus “negocios” –y cuando lo decía uno podía imaginar las comillas– un 80286 a 12 megahercios, el primero con sistema operativo con mapeado de memoria virtual: –¡Se han vendido más de quince millones en el mundo! –decía maravillado, como si el desarrollo de la informática dependiera de su entusiasmo, y se mostraba tan orgulloso como el comprador de un Ford T recién salido de fábrica en los albores del automovilismo. Rápidamente Adrián fue aprendiendo que 80286 era un modelo de procesador electrónico de datos e instrucciones, y aquellos 12 megahercios la frecuencia con que operaba para lograr resultados matemáticos.

La diferencia entre sus edades no fue obstáculo y de encontrarse en forma habitual en la tienda del cubano pronto iniciaron una amistad: tenían en común el universo de la transmisión de datos y un mundo ahí afuera, como un panal repleto de miel dispuesto a saciar sus apetitos. Jonás advirtió la facilidad de Adrián para la computación y su primacía lo llenaba de un orgullo sumamente didáctico. No tardó en invitarlo a su casa para enseñarle su flamante microprocesador, y aunque no le permitió que lo tocara fue atento al realizar varias demostraciones mágicas.

Para sanear su conciencia le permitió jugar con su primer procesador: un Altair, limitado a una caja sin pantalla ni teclado en la cual unos dieciséis conmutadores permitían enviar órdenes mientras otras tantas lámparas parpadeaban. Alguna vez había sido el mejor microprocesador del momento, con él ya se podía escribir software y sería el primero en convertir en chatarra a las inmensas moles de metal y circuitos eléctricos que lo habían precedido.

Estimulado por el interés de Adrián por lo que a ambos concernía Jonás tuvo dos gestos fundamentales para que volviera a fojas cero la historia universal, uno de ellos fue obsequiarle a Adrián su Altair: –Pagué cuatrocientos dólares por él hace unos años –dijo– cuando no te sirva o te aburra me lo devuelves, que le tengo aprecio. –Y el otro, cederle su colección de revistas Party Line y TAP: boletines que divulgaban las técnicas yippies para intervenir, desguazar y usufructuar... teléfonos.

Jonás medraba, vivía y se divertía a expensas de las grandes compañías telefónicas, era un orgulloso “phone phreak”, de los más listos, de los menos honestos. Vendía llamadas de larga distancia a todo el mundo, principalmente entre la comunidad latina necesitada en comunicarse a bajo costo con sus lugares originarios. Se había hecho experto en “ingeniería social”, así que recolectaba información útil a sus intereses mediante mentiras y engaños de su conversación, aguda y envolvente. Solía fanfarronear a propósito de sus hazañas –invariablemente vinculadas al robo de código de acceso a teléfonos y tarjetas de crédito– o de las de alguno de sus colegas de LoD, “Legión of Doom”, uno de los más importantes grupos de phreaks y hackers de todos los tiempos, al cual afirmaba pertenecer.

Para Jonás fue una obligación moral transmitir la vastedad de sus conocimientos ilícitos. Para Adrián, su famélico alumno, un placer infinito comenzar a descubrir “el alma” de aquellos fantásticos aparatos. Adrián vio en Jonás el líder con el que su generación no contaría, el hermano mayor que no tuvo, la presencia de un padre ausente.

Aunque el carácter de Adrián continuaba siendo huraño y de pocas palabras cuando la ocasión lo ameritaba sabía adaptarse. Con el paso del tiempo llegaría a imitar con buen éxito la habilidad declamatoria de Jonás y su arte jovial en cuanto a las relaciones públicas, necesario para realizar maniobras con tarjetas de crédito no precisamente propias.

Otra de las actividades mutuas consistía en ingresar en cuentas de usuarios a través de una “puerta trasera” y enviar a una propia los centésimos. Luego hacían desaparecer los rastros y no volvían a interferir en dichas cuentas. Siendo ínfimo el volumen de sus maniobras no eran detectados y hacerlo con gran cantidad de usuarios les permitía sumar interesantes cantidades.

En una conversación con un integrante del grupo Hirmondo se enteran de que han atrapado a “Telégrafo”, uno de los más torpes participantes de las comunidades electrónicas que ellos frecuentaban. No les resultó extraño, llevaba ese apelativo pues vivía consultando a uno y otro, tenía mala memoria y anotaba todo. Deciden tomar precauciones pues si descubrían sus notas podía caer media colectividad.

* * *

En semejantes actividades transcurrieron tres años de sus vidas, los suficientes para que Adrián llegase al borde de la euforia luego de vislumbrar albores de independencia ante su inminente mayoría de edad. Vivía inserto en ese lugar intangible donde una conversación telefónica se desarrolla, ese “espacio entre teléfonos” que si bien no es real muchas personas pasan fugaces horas en él. Era uno más de los cientos de apasionados que medraban en el circuito informático, ese que permanece oculto hasta que se ilumina la pantalla del ordenador y es llamado Ciberespacio. Pocas otras cosas existían en su círculo de interés y sólo una tan interesante: un cuerpito tibio envuelto en pecas que se le daba hasta más de lo conveniente.

Es que comenzó a salir con una joven de la zona de la cual nunca podría enamorarse, lo sabía, aunque no podría precisar el motivo. Ella tenía el cabello color zanahoria y pecas que odiaba pero le sentaban bien, le daban un aspecto infantil que desmentía su mirada y sus apremios.

Ese año Adrián saltó del sexo teórico al práctico, aunque “La pecosita”, un par de años mayor, rió mucho al enterarse que su nuevo novio era virgen. A él le despertaba curiosidad que ella no tuviera la mínima capacidad para aprender lo elemental en el manejo de un computador: de diferentes ventanas miraban al mundo y en contadas ocasiones de su vida Adrián recordaría a esa mujer. Una de ellas ocurriría años más tarde, la evocación de su imagen le sería útil para comprender a Nereo Boer cuando le hablara de la lombriz en la maceta.

Jonás, con uno de los tantos números de teléfono gratuito sin dirección ni nombre de usuario que creaba en forma permanente abrió una BBS, o tablero de noticias. Procuraba usufructuar el primer medio electrónico que permitió al público en general la comunicación en línea entre más de un usuario, cuando aún no se había establecido Internet. Su BBS fue bautizada “Intrusos binarios”, según sugerencia de Adrián.

Allí, además de ofrecer pequeños juegos gratis, realizaban intercambio de información, aunque el cometido principal era recibirla. Para no ser descubiertos camuflaron el modem con una serie de números telefónicos internacionales que cambiaban cada pocos días. Fueron aprendiendo a reprogramar software haciendo modificaciones en los aspectos que podrían beneficiarlos, luego cerraban el hueco dejando oculto entre ciertas líneas de código sus “parásitos”. En el bajo mundo digital se sentían como peces en el agua.

El seudónimo de Jonás era “Maestro Jon” y el de Adrián “Vengador”. En esos días de jubilo y grandilocuencia fueron contactados por una BBS de aparente buen nivel. No sospecharon de ella aunque ninguno de sus amigos la mencionaba ni conocía su existencia. Desde allí los desafiaban a ingresar a una “Cámara secreta” y les otorgaron la clave correspondiente.

De inmediato Jonás modifica el camino para llegar a su propio “tablero de noticias”. Comienza a temer que quienes se han contactado con ellos pertenezcan al gobierno o a alguna de las compañías telefónicas afectadas que estuviese intentando detectarlos. Emplea diferentes números y también redirecciona aquellos que considera seguros. Luego de unos días de temor paranoico vuelve a sentirse superior y confiado e ingresa a la “Cámara secreta” ofrecida. El único mensaje que recibe es: “Te atrapé”. Mas ignora si se trata de una broma o realmente están sobre sus pasos. Como fuese, no pensaba estar un solo día en la cárcel. Se lo había comentado a su joven amigo español: –El límite de mi vida es el de mi libertad: no nací para una jaula.

* * *

A la semana siguiente, una tarde calurosa que vibraba sobre el asfalto y atravesaba paredes los hizo salir a respirar aire puro. Como si el mundo les pesara sobre los hombros caminaron hacia el parque, la intención era compartir una cerveza y luego, distendidos y frescos, volver a sus dígitos. Jonás conversaba mucho, parecía exaltado o nervioso.

–Fíjate, mira en derredor, todo mundo inmerso en vanas circunstancias: desean un empleo de mayor sueldo, un coche más moderno, una mujer muy bella, una casa mejor... Cuando lo consiguen comprenden que aún existen mejores empleos, coches, mujeres, casas... ¡Así hasta el infinito!

–No había pensado en eso –dijo Adrián con aspecto inocente –¿Te parece mal?

–Nadie podría asegurarlo. Lo que quiero expresar es que nosotros no entramos en esa carrera, estamos en una modulación diferente, y aunque conocemos cada una de sus acciones ellos nada saben de las nuestras. Ahora mismo pensamos en código, en cómo crearlo, escribirlo, domarlo, dominarlo. ¡Ellos desconocen su existencia!

Se detuvo de pronto y miró a Adrián. –Como habrás notado el dinero me interesa apenas para subsistir. Sin embargo tengo algunos miles –dijo –. Es bueno que lo sepas.

Adrián se encogió de hombros. –¿Para qué? –preguntó–. ¿Por si me entero de algún negocio?

Jonás rió de buena gana. –¿Negocio? ¿Jugar sus reglas? No. Si algo malo me ocurre entrega a Miguel la mitad y hazte humo con el resto. No te preocupes por mí Vengador, ya hice lo que quise y si la esquivo te encuentro.

Adrián sintió que se le aflojaban las piernas y su rostro provocó el inmediato comentario de Jonás: –¡Eh, no te asustes! No es que vaya a morir. Es que uno nunca sabe... –bajó el tono de su voz–. Atraparon a un colega de LoD y creo que todo el grupo corre peligro. Ten cuidado, tú también podrías estar en la lista.

–Puedes venir a casa unos días –ofreció Adrián– el viejo ni se entera. No te verá, ahora tiene una gorda que le mantiene los ojos entornados y de seguro terminará matándolo.

–¿De veras? ¡Acepto! Llevaré mis ahorros. Eso sí, te pediré que de ese tema tú te encargues, sólo avísame cuando sea necesario.

Trasladaron todos los equipos al cuarto de Adrián y Jonás estuvo cerca de un mes viviendo allí sin que nada pasara. Cuando decidió regresar a su casa invitó a su amigo a mudarse con él. Adrián aceptó, mas aquello fue quedando de un día para el otro hasta que todo pareció indicar que jamás se concretaría. Lo cierto es que Adrián evitaba la correspondiente conversación con su padre, cada día más hosco y amargado.

* * *

Hay noches malas que quedan en eso y el despertar es como un renacer. También las hay que se convierten en malos días y así ocurrió la mañana en que al fin Adrián se dispuso a mudarse. En la víspera había terminado la relación sexual que mantenía con “La pecosita” y no de la mejor manera. Tanto, que una reconciliación parecía imposible. Si bien era cierto que no le importaba demasiado se había acostumbrado a los extenuantes desahogos que la joven le brindaba.

Antonio Lazar en cambio sí que se había divertido. Toda la noche le llegó a Adrián la algarabía originada en el otro cuarto y sobre el amanecer, cuando apenas se había dormido volvieron a despertarlo. Esta vez eran las discusiones de su padre libre de su borrachera con la mujer de turno transformada en resaca. Ninguno de ellos había ido a trabajar y Adrián saltó como un resorte hacia el placard: era hora de hacer las maletas.

Entonces sintió los rumores y los silencios de la calle, diferentes de lo habitual. Se asomó con curiosidad y vio movimientos sobre la esquina donde vivía Jonás. Bajó corriendo las escaleras y procurando caminar con prisa y disimulo a la vez pudo advertir que dos hombres de negro y un policía subían a su amigo a un coche.

Dio vuelta a la manzana y regresó a su habitación patinando en medio de un cúmulo de conjeturas. Nuevamente de pie ante la ventana observaba la calle ahora solitaria, entonces sintió el portazo y el ofendido: –“¡Hasta nunca!”– semejante a un ladrido, de la inminente ex mujer de su padre.

Adrián no necesitaba preguntar para saber cuánto había ocurrido en cualquiera de las dos escenas observadas. Sí se preguntó si él mismo estaría corriendo algún peligro, contestándose que no tanto como su amigo o su padre... quien también salía dando un portazo.

A esa altura de la mañana aún faltaba mucho para que el día terminara. Adrián todavía no sabía qué actitud tomar respecto a la circunstancia de Jonás cuando sobre el mediodía regresó Antonio, sin mujer, sin alcohol y con dinero:

–¡Tomé el despido, los ahorros y vendí el auto! –dijo su padre en tono jovial, como si por primera vez en muchos años encontrara a su hijo y pudiera manifestarle algo que a éste importara y aguardase con fervor. Parecía el Antonio juvenil de la niñez peninsular de Adrián, un sujeto que el muchacho había dado por perdido, ese que ahora lo miraba como si le estuviese entregando un obsequio espectacular: –También hablé con la dueña del departamento y le dejaré las llaves. ¡Nos volvemos a España! Es la tercera vez que en nuestra patria gana el PSOE y quiero ver algo de socialismo antes de morir.

Adrián se permitió una sonrisa: –¡Buen viaje! –dijo, sin dar la mínima señal de querer evaluarlo: –¡Pero yo me quedo!

–¿No deseas conocer una mujer española? ¡Vamos, es hora de que te hagas hombre! –le guiñó un ojo con picardía –¿O una portuguesa como tu madre? No he conocido mejor mujer que ella... –dijo y bajó los ojos. Luego observó la actitud de Adrián y poniendo la mano sobre su hombro agregó: –Debo irme, me urge cambiar de fracaso. ¿Entiendes? –Y lo abrazó.

Todo estaba claro, Antonio se preocupaba por la única existencia que podía importarle. Adrián hizo suya la culpa de un padre que en mucho tiempo no ha abrazado a su hijo y cuando se percató de que no lloraría se permitió un rubor de vergüenza ajena.

Ya sobre el atardecer, con las manos en los bolsillos y sin coordenadas auspiciosas, Adrián se dirigió hacia la tienda de Miguel. Deseaba consultarlo sobre el tipo de ayuda que podría dar a su amigo y cómo contratar un abogado.

Pronto se enteró que nada de eso sería necesario. Miguel le comentó que unos tipos habían estado preguntando por el amigo de Jonás. También le habían dado a entender que no era importante, pretendían que Adrián les diera información, pues “el grande” se había suicidado con el revólver del guardia que lo custodiaba.

Adrián se mantuvo largo rato en silencio, luego le dio la parte del dinero que Jonás le indicara y un estrechón de manos: –Si vuelven diles que regreso “la semana que viene” –dijo, dando a su frase el significado que en su inmanencia portaba. Luego tomó algunas revistas para el viaje y de sopetón se encontró en una nueva noche.

No tenía dónde ir ni sabía dónde llevar sus huesos pero de seguro allí afuera, en algún lugar ignorado pero suyo, continuaba aguardándolo un panal repleto de miel. Levantó el cuello de su abrigo y comenzó a caminar hacia la estación. Se sintió raro: no estaba triste, ni nervioso, ni asustado. Estaba resignado y solo, muy solo. Sabía que jamás volvería a ver a Jonás, pero ignoraba que tampoco sabría nunca nada de su padre ni de Miguel el cubano. En cosa de horas rompía con el presente y partía hacia un futuro desconocido. Sería esa la primera vez, pero como si su existencia girara en una noria, volvería a ocurrirle.

Pronto consiguió un lugar en el viaje al sur que lo llevaría a encontrarse con aquellas personas que, lejos de acercarlo a una vida normal, harían de su existencia una historia peculiar.


Dennis

Poco sabía Dennis de electrónica, teléfonos y computadoras, cuando cayó en sus manos el libro de un tal Abbie Hoffman. Ingresaba a la adolescencia influido más por la ausencia de su padre que por los años cumplidos o los indicios corporales. Crecer se le venía haciendo doloroso. Llevaba la vida a su modo sin aceptar que alguien le dijera cómo hacerlo, sea éste un libro o un preceptor, razón por la cual en el secundario era de los de mejor comportamiento pero más bajas calificaciones. Se notaba tan apático con todo que él mismo se asombró al notar el repentino interés que sintió por ese libro avizorado al pasar ante una librería: “Roba este libro”, era su título.

¿Qué dudosos motivos llevaron al escritor a realizar tan deshonesta sugerencia? ¿Qué cosa importante tenía ese libro que debía ser robado? Pues sin duda algo urgente e imprescindible lo acechaba, un menú fuera de lo común habría de cocinarse entre sus páginas misteriosas.

Estuvo varios minutos de pie ante el cristal razonando al respecto. ¿Qué cosas peores podría hacer que las inducidas por Lorna? Los rayos del sol caían sobre sus espaldas y en la vidriera que observaba, allí, junto a la sombra de su puño y como al alcance de su mano estaba el libro. ¡Róbame! ¡Róbame!

No llevaba dinero pero si lo tuviese hallaría en el acto de adquirirlo una actitud cobarde, ya no querría leerlo. ¿De qué servía comprar un libro que pedía ser robado? Así que ingresó al local como curioseando y se mantuvo en él casi media hora; hojeaba distintos ejemplares con galopes inciertos de su corazón, mirando de reojo y calculando distancias.

Al fin levantó el de su interés y fingió leer la contratapa. ¡Vamos, corre! Si te atrapan dirás que te sedujo el título. ¿No es una buena excusa? ¡Ahora o nunca!

Y así fue. El tendero levantó la vista al advertir los sonidos y movimientos suscitados por la corrida de Dennis y una mueca de contrariedad se adueñó de su rostro: –¡Marina! –llamó–. ¡Ya les he dicho que no dejen ese libro cerca de la puerta!

Antes de que el suceso se diluyera en el ámbito de la librería el muchacho estaba en su casa y comenzaba a leer.

* * *

El libro contenía una serie de métodos con los cuales se podían obtener beneficios manipulando los medios electrónicos. Dennis literalmente devoró cada palabra: un mundo desconocido se abrió ante sus ojos, un universo de conmutadores, código binario, electrones, baudios.

Pronto comenzó a realizar pequeñas pruebas prácticas: reducir las cuentas de electricidad y gas, asaltar parquímetros para lograr monedas o máquinas expendedoras para cubrir sus necesidades de chocolates, refrescos y cigarrillos. Soy autodidacta, madre: ¿Para qué concurrir a la universidad? Aprenderé solo madre, lo prometo ¡Encontré la forma de educarme sin que gastes dinero! ¿Cómo? ¡Solo! No te preocupes, tú ahorras y yo aprendo... No. No lo aceptará ¿Qué le digo?

Al poco tiempo clonaba y recargaba tarjetas telefónicas que luego comercializaba al precio más bajo del mercado. El dinero obtenido lo empleaba en ayudar a su madre y en alquilar horas de ordenador en la universidad local. Sólo mencionar que era allí donde daba sus primeros pasos en escribir código satisfacía a Helena.

Aquella actividad era lo que a Dennis causaba placer, esa tarea parecía hecha a su medida. Decidió entonces continuar sus estudios pero con una nueva actitud: rechazar de plano leer cosa diferente. Estuvo seguro de que podría llegar lejos por un camino directo, sin pagar peaje en la universidad.

Helena no dejaba de insistir: –Un título es importante, no lo olvides.

–Un título es apenas el reconocimiento al esfuerzo realizado durante algunos años. No más que eso. No significa tener inteligencia, talento, o aptitud. Y para manifestar esas cualidades no basta que las dicte un trozo de papel.

–Pero abren puertas Dennis, son una llave sin la cual no podrás demostrar tu capacidad.

–Lo haré madre, lo haré.

* * *

En una de sus incursiones universitarias con carné falsificado advirtió, en la cartelera de la entrada, que cierta empresa local hacía un llamado y tomaría una prueba a estudiantes interesados. Necesitaban formar un equipo para realizar modificaciones al software diseñado para su compañía. En diversos ámbitos habían surgido interesados en adquirirlo y pensaban que algunos estudiantes podrían dar una mano con las adaptaciones. Obtendrían un plus explotando algo que no ameritaba mayor inversión que la realizada. No dudaban en sostener que todo lo relacionado con los ordenadores era un negocio en potencia y se debía profundizar en ese campo.

Pero él no era un estudiante universitario y por más que su madre se esforzara jamás lo sería. Tuvo la convicción de que siempre sería un don nadie, un insecto sobre una fruta sacudida por una bacanal ajena. Apelando a la indiferencia concluyó que tal cosa no le importaba en absoluto y aceptó continuar siendo un depresivo resignado a vivir; la vida era demasiado obstinada y él un sujeto acostumbrado a ceder.

Allá iría, obligado por las circunstancias y la curiosidad. Pese a su apocamiento habría de mantener conversaciones con otros jóvenes de los que concurrieron a inscribirse. De uno de ellos, conocido del colegio, consiguió copias de los certificados solicitados.

El último día de plazo se presentó con toda la documentación recién salida de su fábrica de engañifas, y quedó habilitado para concursar. En muy dudosa actitud pero con suficientes méritos Dennis obtuvo uno de los seis puestos disponibles ganándole a medio centenar de concursantes, estos sí, estudiantes legítimos de la universidad. ¡No soy tan negado después de todo! Le vino bien un poco de confianza en sí mismo y Helena se regocijó de verlo jovial.

A último momento y visto el interés planteado, la empresa decidió armar dos grupos en lugar de uno; trabajarían por separado y sin contacto entre ellos, luego se evaluarían avances. El más hábil de su grupo fue Dennis, el de la otra media docena un tal Nick Andreani. Con el ritmo ágil de los estudiantes y la mente en sus tareas se cruzaron un par de veces en los pasillos, mas ninguno reparó en el otro.

Fase Dos

Días de encuentro

Nick

Tal es la ambigüedad de la providencia que según la óptica del observador variará la escena. Por tanto tampoco sería lícito afirmar que Estados Unidos debe su fama a historias infundadas. Más existencias de las que se pueden contar en mil historias recibieron allí la bendición del éxito: tal era el caso de la familia Andreani.

Gracias a su celosa visión de la unidad familiar estos recios inmigrantes italianos lograron amasar una inmensa fortuna iniciada en la explotación de yacimientos de mármol. Esa tierra joven y esplendorosa a la que arribaron plenos de incertidumbre les daría la oportunidad de consolidarse, prosperando firmes generación tras generación. A principios de los años setenta nacía Nick Andreani, joven heredero sobre el cual se proyectaría el futuro del nombre y la fortuna Andreani.

Muy diferente a la de Adrián y Dennis sería la circunstancia de Nick. Cuando ingresaba a la pubertad su madre decía sentirse orgullosa de ese joven normal, dinámico y sin traumas. Su padre en cambio lo sermoneaba, las pocas veces que coincidían en la casa, conque desperdiciaba el conjunto de genes inteligentes heredados de su sangre, dejándose arrastrar por los frívolos obviamente legados por su madre. Palabras como “necesidad” y “hambre” tenían una mínima trascendencia en el vocabulario de Nicky, careciendo de significado otras tales como “afecto” y “responsabilidad”.

De todos modos el muchacho sabía muy bien lo que quería: nada más ni nada menos que todo. Sin dudas lo tendría, tal vez incluso más, y nadie que lo conociera habría dicho lo contrario. Desde adquirir la capacidad de razonar supo manejarse con independencia, soltura y determinación.

A su padre casi no lo veía pues el control de su feudo lo absorbía por completo; aquél era un tipejo arrogante y apurado, de esos que hasta la mierda que cagan vale oro y deben revisar la agenda para recordar si tienen descendencia. Aparte de esa nimiedad: nada. Ante el menor amague de exigencia por parte de su hijo su mano extraía un billete pletórico de eficacia. Parecía tener un corazón tan pétreo como el mármol que comercializaban algunas de sus empresas, mas dentro de su caparazón tenía una razón objetiva de obrar y existir, pese a su amor selectivo y acotado.

Con su madre ocurría algo semejante. Sin serlo, ella vivía la vida de una estrella del jet set, entrando y saliendo de la casa en una sucesión constante de cambio de ropas. Avisaba que iba de compras, de allí a lo de sus amigas, del té benéfico al Centro Corporal, de la peluquería al yoga... ¡Ah! ¡No olviden la cena del Club Hípico!

* * *

A los diez años Nick admiraba al matón del barrio, Jerry Dier, quien además de tener cierto parecido con el Superman de los comics hacía gala de la equívoca y pedante sabiduría veinteañera. El padre de Jerry, Lucas, era jardinero; intentando bloquear los malos pasos que su hijo llevaba solía convencerlo de que lo ayudara a cortar el césped en casa de los Andreani.

Jerry era muy amable con Nick y tenía dos buenas razones: una era aguardar la oportunidad de llevarse de allí algo valioso para vender, otra era la madre de Nick, la que aún doblándolo en edad a fuerza de gimnasio tenía firmes las pantorrillas y sus nalgas abultaban hasta con ropa holgada. La fantasía mayor de Jerry era quedarse con la dama y el botín.

Así que con Nick ensayó de padrastro hasta que los estupefacientes le hicieron perder la cabeza. Nick se enteró por la TV y el gritito horrorizado de su madre culona: –¿Ese que se llevan ahí no es el hijo de Dier? ¿Lo viste Nicky, encanto?

Acostado, por la noche, Nick no podía dormir. Mientras especulaba sobre cuánto demoraría en recorrer sus paredes un nuevo haz de luz exterior una certeza trémula latía en su subconsciente: Jerry era un asesino. ¿Sería cierto? ¡Tal vez fue otra persona! Pero conociendo a Jerry no era difícil aceptarlo. Los del noticiero lo manifestaron con claridad: había matado a su abuela bajo un rapto paranoide inducido por la droga. El hijo del viejo Dier se había jodido y nada podría cambiar la situación.

Nick lo había visto escupir a la cámara mientras pasaba ante ella altivo y sonriente. Luego lo imaginó así, como él estaba, rumiando en la noche sin poder dormir... cavilando en la montaña de años que estaría viendo esas rejas. No evaluó lo horrendo del crimen y allí fue la primera vez que escogió la carta equivocada, luego lo haría muchas veces más: –¡Buena suerte amigo! –musitó en la oscuridad. Se verían nuevamente alguna vez, y la sangre los volvería a separar.

* * *

Tiempos viejos. Aquello había ocurrido al final de la niñez de Nick. En su adolescencia se desataron las batallas del divorcio de sus padres, del nuevo matrimonio de su madre y de su viaje al inexpugnable y misterioso territorio de las cartas breves y espaciadas. La casa incrementó su silencio y su letargo. Aquellos tiempos fueron muy tristes para su padre. Nick sentía que en lo personal nada había cambiado y de seguro algún día Jerry Dier volvería para acompañarlo y acaso compartir aventuras.

En sus tardes solitarias comenzó aprendiendo a manejar la memoria Ram de su PC, debía adaptarla a las exigencias de su colección de video-games de modo que pudieran funcionar mejor; por supuesto, nunca tuvo problemas para contar con el hardware que deseara. Realizaba parches para todos los juegos y una vez que los tenía funcionando perdía interés en ellos.

Su padre tenía acciones en IBM y estaba bien informado sobre las actividades de los hackers, a quienes repudiaba. Algunos vagos comentarios sobre ellos despertó la curiosidad de Nick, que sintió deseos de “verle el rostro a los malditos” sólo para comprobar si se les parecía.

Siempre que se le daba la oportunidad acompañaba a su padre a la compañía y andaba por allí escudriñando, haciendo preguntas y acopiando información de primera mano. No tuvo necesidad entonces de hacer como la mayoría de los informáticos de la época: colgarse de los contenedores de basura de las grandes empresas tras datos útiles descartados sin las precauciones debidas.

Al ritmo de su capacidad poco demoró en leer y escribir el código elemental de entonces y desentrañar las características de cada lenguaje. Pronto realizaba programitas ingeniosos y más tarde su padre, lleno de orgullo, le permitió convertirse en uno de los más seguros beta-testers de una empresa subsidiaria, donde localizaba problemas y realizaba diagnósticos de versiones de software prototipo.

Por esa época ingresó en la misma compañía que Dennis pero en el otro grupo. En realidad allí no había permanecido demasiado, no necesitaba el empleo y cuando no tuvo nada más que aprender decidió marcharse.

Pocas horas antes de un encuentro que sería clave Nick había “ingresado” a un sector interno del pentágono y husmeó legajos secretos sin saber de qué iba la cosa. Sus transgresiones le demostraban que podía hacerlas, que podía burlar la seguridad de la red informática de esa repartición gubernamental tan sólo para refrescar su orgullo. Era rico, inteligente y especial... ¡Prepárate mundo que allá vamos!


Dennis y Adrián

El dinero obtenido por Dennis era exiguo, pero conservar ese trabajo le permitía tener a su disposición el manejo del mastodóntico equipo de computación de la sociedad, dispositivo que en un par de años no sería más que un obsoleto dinosaurio. Comenzó a vivir absorbido por esa actividad hecha a su medida, creando pequeños programas sobre la base de buscarle errores a un software que una y otra vez mejoraba. También leía cuanta revista aparecía sobre su nuevo mundo y sentía admiración por algunos hackers que habían adquirido renombre. Aún creía que algún día podría llegar a ser como ellos, pero sin creérselo cuando osaba decirse que ya lo era.

Escribió un par de artículos para The Loginataka y Open Source intentando describir su forma de pensar en términos lógicos y siguiendo cadenas de razonamiento exacto. Al comienzo había pocos programas disponibles en código fuente, luego comenzó a estar a disposición de los usuarios software de fuente abierta, sistemas operativos y herramientas libres para programar. Sentía pasión por navegar e ingresar a sitios que requieren contraseña... sin tenerlas: hallarlas se convirtió en su deporte favorito.

Por las noches concurría a un gimnasio donde enseñaban artes marciales, sospechaba no ser igual a los demás y eso ya le había traído algún problema. No aceptaba, cuando de alguna forma se lo daban a entender, poseer tendencias homosexuales. No es que tuviera pudor o prejuicios, sino que no sentía atracción hacia otros muchachos.

Cuando estas cosas le ocurrían maldecía el recuerdo de Lorna pues lo había inducido a repudiar el cuerpo femenino. No podía evitar que el sexo le fuera indiferente pero sí que le tomaran el pelo. Después de unos golpes a los humoristas se les borrará la sonrisa.

* * *

Volvía del gimnasio una noche brumosa, su paso era rítmico, algo afeminado tal como decían y bastante ligero. Helena le había comunicado que esa noche no estaría en casa y él iba pensando en su apetito. ¿Hallaré alimentos cuando llegue? Se detuvo a evaluar si su hambre ameritaba ir por alguna hamburguesa sin advertir al par de sujetos que lo aguardaban emboscados en la umbrosa entrada de un comercio.

Dio tres pasos presurosos, sintió el golpe y cayó: –¡Toma esto mariquita! –dijo alguien –¿Quieres más? ¿eh? –y provocó un nuevo golpe seguido del correspondiente gemido de Dennis. El muchacho tuvo la agilidad mental de rodar hacia un lado con rapidez y logró incorporarse pese a recibir un puntapié en pleno muslo. Sus atacantes eran tres y él comenzó a defenderse con angustia y el auxilio de sus menguadas técnicas marciales. Aún no contaba con destreza suficiente para librarse de sus contrincantes, los que comenzaban a doblegarlo. Cuando volvió a caer y se creía perdido sonrió a su buena estrella: un transeúnte entraba en escena. Eso era lo que necesitaba, que al menos distrajeran a uno de los valientes. Fue un gran momento, el extraño lo socorrió con eficacia tal que pronto hicieron huir a los agresores.

–¿Estás bien? –preguntó el auxiliador, cierto joven solitario llamado Adrián Lazar.

–¡Gracias a tu ayuda! –contestó Dennis mientras quitaba el polvo de sus ropas.

Adrián comenzó a recoger la serie de disquetes que se le habían caído y ese fue el nexo inicial de su amistad: media docena de reveladores soportes magnéticos. Nadie que no estuviera en el mundillo de la computación los portaba en aquellos tiempos.

Marcharon juntos el par de cuadras hasta sus viviendas, hablando animadamente y a la vez con discreción. Adrián no tenía demasiado interés en tener contactos o conseguir nuevos amigos. Creía que nunca hallaría persona semejante a Jonás, y por si eso fuera poco sus actividades con tarjetas de crédito le exigían discreción. Además, su vecino daba la sensación de ser gay y a él sólo le atraían las chicas.


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